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El mejor amigo del hombre - Dee Stuart

—Muerte accidental —dijo el juez de instrucción. El único que sabía que fue un asesinato, nunca lo diría...

Emily se revolvió, sintiéndose incómoda entre Fred y «Cinnamon», en el asiento delantero. El roce con el pelo de «Cinnamon» le hacía estremecer la piel, aunque el último sol de agosto calentaba el aire de Nueva Inglaterra.

Su esposo, Fred, escueto y afable, parecía no darse cuenta.

Emily pellizcó con dureza el rabo de «Cinnamon». La perra, dirigiéndole una mirada de reproche, cambió de postura y sacó su nariz por la ventana, mientras Fred miraba con ojos de miope la carretera que tenía delante, a través de unas gafas de montura de hueso.

—Ahí está nuestro motel —dijo, dirigiendo el coche hacia una salida secundaria—. Sólo son las cuatro de la tarde. Hemos avanzado mucho.

Una vez en su habitación, Fred pidió una cerveza y dos bocadillos de jamón y queso.

—No pidas nada para mí —dijo Emily—. El ir todo el día en coche me trastorna el estómago.

—Está bien —dijo Fred, condescendiente.

Cuando llegaron la cerveza y los bocadillos, Fred los colocó sobre la mesa, y se sentó en el sillón, frente a la ventana desde donde dominaba una buena panorámica. Tomó un buen trago de cerveza, extendió el periódico y observó apreciativamente, por encima de él, los bikinis que había alrededor de la piscina.

En el momento en que Emily empezaba a sentarse, «Cinnamon» saltó al sillón y se quedó allí sentada, observando expectante a Fred. Este partió con la mano un trozo de bocadillo.

—¡Habla! —le ordenó.

«Cinnamon» emitió un ladrido breve y agudo. Fred le dio el trozo de bocadillo.

—¡Baja! —ordenó Emily.

Pero «Cinnamon» no le hizo el menor caso.

—Te dije que la teníamos que haber dejado en la perrera —comentó Emily de mal humor—. Dile que baje.

—Cuando viajamos, «Cin» y yo siempre hacemos esto —dijo Fred, sintiéndose herido—. Observamos a la gente que hay en la piscina, y nos tomamos un bocadillo.

Fred, representante de una empresa manufacturera, estaba en la carretera desde el lunes hasta el viernes.

—Pero esta semana, no estás en la carretera. Hemos alquilado una cabaña en las montañas y son nuestras vacaciones, y no las de esa perra. La estoy aguantando todo el viaje en el asiento de delante, cerca de la ventana, para que no se ponga enferma. Ahora quiero sentarme.

Cogió parte del periódico y levantó el brazo amenazadoramente, en dirección a «Cinnamon».

—Baja, «Cinnamon», baja —dijo Fred rápidamente.

A regañadientes, la perra saltó al suelo y se colocó junto al codo de Fred, con los ojos rogando aún por su bocadillo.

Emily se quedó mirando maliciosamente a «Cinnamon». ¿Cómo era posible que aquella perra la hiciera sentirse como una intrusa en su propia casa? Trató de imaginárselo. Todo empezó el último otoño, cuando Fred la hizo dejar de enseñar.

—Veinticinco años ya es bastante tiempo —le dijo él—. Estoy ganando dinero suficiente para vivir... Tenemos pagada la casa y el coche. Quédate en casa. Descansa. Visita a los amigos.

Pero todos los amigos de Emily seguían trabajando en la enseñanza. Se sentía sola, llevando una vida solitaria en una casa vacía. Y fue entonces cuando él trajo aquella perra a casa.

Un viernes por la noche, entró en la cocina con las manos a la espalda.

—Te traigo un regalo —le dijo con orgullo, y colocó en sus brazos el cálido, inquieto y sonrosado muñeco.

—¡Oh, qué lindo es! —exclamó Emily, sonriendo con indecisión.

—Es perra. Te hará compañía —dijo Fred, contento consigo mismo—. Y te protegerá mientras yo esté fuera.

En aquellos momentos, desde luego, ella no tenía la menor idea de cómo aquella perra desorganizaría su casa y su vida entera.

«Cinnamon» la miró, con sus ojos grises brillando con una luz muy peculiar. Aunque pareciera increíble, Emily podría haber jurado que aquella perra estaba sonriendo. Como una premonición, por su mente cruzó el pensamiento de que dos hembras no podrían vivir juntas, pacíficamente, en la misma casa. Aquello la hizo sentirse intranquila. Dejó la perra en el suelo de linóleo, de un amarillo brillante, donde sus pequeñas y aún débiles patas empezaron a resbalar.

—¿De qué raza es? —preguntó Emily, mirando las orejas puntiagudas dotadas de puntas colgantes y el espeso rabo, que se doblaba en un círculo perfecto.

—Es un cruce —dijo Fred a la defensiva—. Parte de fox terrier, parte de Weimaraner, quizá tenga algo de esquimal en el rabo —acarició su pelo corto y suave y añadió—: Su nombre es «Cinnamon».

La perra se le quedó mirando, con ojos de adoración.

—Es una perra callejera, eso es lo que es —dijo ella—. ¿Cómo se hará de grande?

—¡Oh! Unos cincuenta o sesenta centímetros —contestó, rascando las orejas de «Cinnamon», que acarició su mano con el hocico.

—Bueno, tendrás que entrenarla. Yo ya tengo bastantes cosas que hacer para ir limpiando además las porquerías de una perra.

Fred entrenó a «Cinnamon». La enseñó a pedir, hablar, ir a buscar cosas y a rodar sobre sí misma.

La bañaba y la cepillaba y se la llevaba a dar largos paseos. Un día, Emily dijo:

—Me parece que te pasas más tiempo con esa perra que conmigo.

Lo más irritante de todo era que él no lo negaba. Emily no le decía que, cuando él estaba fuera, de viaje, la perra iba cabizbaja de un lado a otro, con indiferencia, con el rabo colgando, incluso cuando Emily la dejaba estar dentro de casa. Únicamente volvía a la vida cuando escuchaba el ruido del coche de Fred entrando por el camino.

Poco a poco, los ojos malhumorados de la perra y su semblante acusador empezaron a deprimir a Emily. Se sentía enferma y cansada de sacar a la perra de la casa y atarla con la cadena, y de tener que sacarla a hacer sus necesidades. En una ocasión, Emily encontró a «Cinnamon» debajo de su cama, con sus zapatillas de satén verde tan masticadas que apenas si pudo reconocerlas.

—¡Mala perra! —gritó, golpeándola—. ¡Vas a tener que marcharte de esta casa!

Emily trató de imaginar un medio para librarse de ella. Al final se le ocurrió una idea que pareció ser la solución perfecta.

—Fred, ¿por qué no te llevas a esa perra contigo cuando vayas de viaje? Te hará compañía en la carretera.

Al principio, él se negó, pero finalmente Emily le convenció de que a ella no le importaría estar sola. A partir de entonces, Fred se marchaba cada lunes en el coche, con «Cinnamon» a su lado, serena y altiva, con los ojos y las orejas alertas, sonriendo como si fuera la dueña del coche.

«¡Pero desde luego no tenía la intención de traerme a esa perra durante mis vacaciones!», pensaba ahora Emily.

—Es hora de cenar —dijo Fred, interrumpiendo sus recuerdos.

Fred le puso la cena a «Cinnamon» y después llevó a Emily al restaurante del motel. Cuando terminaron de cenar ya era casi de noche, aunque seguía habiendo luces en la piscina y nadadores que, como peces brillantes, ponían en movimiento el agua transparentemente azul y centelleante.

—Quedémonos aquí un rato —dijo Emily, deambulando por el césped y sentándose finalmente en una silla, sobre el cemento, cerca de la piscina.

—Tengo que sacar a «Cinnamon» a pasear.

—Te esperaré aquí.

Sin duda alguna, él no se atrevería a traer a aquella perra cerca de la piscina.

Volvió con «Cinnamon», que andaba airosa y elegantemente a su lado.

—¡No puedes tener a esa perra aquí! —murmuró Emily con enojo.

—Tonterías. Sabe muy bien cómo portarse. Siéntate, «Cinnamon», siéntate.

La perra se sentó a sus pies, con las orejas aguzadas, la nariz venteando el aire, contemplando el mundo que la rodeaba como una esfinge egipcia. Tranquilamente, Fred acarició a «Cinnamon» entre las orejas, y cruzó una pierna sobre la otra. Un muchacho se tiró a la piscina cerca de ellos, salpicándoles de agua y rápidamente Fred limpió las gotas que habían caído sobre el lomo de «Cinnamon», suavizando su pelo.

«No puede dejar de tocarla —pensó Emily—. Es indignante que prodigue tanto afecto a esa perra. Si me hubiera prestado a mí la mitad de la atención que le concede a ella... quizá si hubiéramos podido tener hijos... Si Fred no viajara tanto...»

«Cinnamon» se levantó de pronto y trotó hacia la piscina.

—¡Quieta! —ordenó Fred.

«Cinnamon» se detuvo, miró hacia el agua y volvió una mirada de ruego al amo.

—¡No! ¡Quieta! ¡Apártate del agua!

«Cinnamon» se quedó quieta. «Siempre obediente, siempre comportándose bien», pensó amargamente Emily. Y no era de extrañar. Fred se pasaba todo su tiempo libre entrenándola. Cada vez más, a Emily le parecía que Fred prefería estar con «Cinnamon» que con ella. ¿Sería todo igual en la cabaña? Fred y «Cinnamon» explorando y dando largos paseos juntos.

Entonces, «Cinnamon» se extendió a los pies de Fred. Él le acarició suavemente el estómago y la perra se volvió lánguidamente, con las patas al aire y los ojos cerrados en éxtasis. Por sus labios negros se extendió una sonrisa de pura felicidad, con la punta de su lengua sonrosada recostada indolentemente sobre su mejilla.

Desconcertada, Emily se dio cuenta de que la gente estaba mirándoles. De repente, escuchó exclamar a la joven del bañador negro:

—¡Mira, esa perra se está riendo! ¡Realmente se está riendo!

Allí estaba la prueba, pensó triunfalmente Emily. No eran imaginaciones suyas; aquella estúpida perra se estaba riendo... de ella.

Mientras observaba a los bañistas deseó desesperadamente poder nadar, pero el agua aún estaba demasiado fría para aprender. «Me pregunto si esa perra puede nadar», pensó maliciosamente Emily. Había oído decir que los perros nadan instintivamente cuando son arrojados al agua. ¿Pero durante cuánto tiempo? Y si a uno le estiraban hacia abajo...

Cuando la piscina se cerró y se apagaron las luces, se marcharon, andando en fila, como patos. «Cinnamon» haciendo cabriolas delante, con Fred inmediatamente después, escoltándola orgullosamente, y Emily siguiéndoles despacio, detrás.

Por muy fuerte que lo intentara, Emily no podía vencer los celos, la rabia y el daño que ahora se fundían en su interior, formando un nudo de profundo odio. ¡Dedicar todo su amor a una perra! ¡Era indecente! No lo consentiría más tiempo.

Sería inútil pedirle que diera la perra a alguna persona. No lo haría. Tendría que plantearle un ultimátum. Fred tendría que elegir entre ella y aquella perra. Pero él nunca podría olvidarla... y existía la terrible posibilidad, impensable, desde luego —aunque a pesar de todo existía— de que él eligiera a la perra. Pero había otra forma.

Emily esperó hasta que Fred estuvo metido en la cama, mirando la televisión.

—Creo que esa perra tiene que volver a salir —dijo.

—No, no lo necesita —afirmó Fred, sin apartar la mirada de la pantalla.

—Parece terriblemente inquieta.

—No, no lo está.

—No tienes que sacarla tú, si no quieres —insistió Emily—. Me pondré la bata y...

—¡No! —exclamó Fred severamente—. ¡Olvídalo!

Durante un largo tiempo, Emily permaneció tumbada, despierta, notando una sensación de frustración y derrota. Lo tendría que hacer a la mañana siguiente.

Como consecuencia de largos años de práctica, Emily podía ponerse un despertador en la mente y despertarse a la hora que quería. Lo hizo a las cinco de la madrugada, poco antes de que amaneciera. A hurtadillas, sacó a «Cinnamon» al exterior, llevándola a través del césped, húmedo por el rocío, hacia la piscina. No estaba todo tan oscuro como ella hubiera deseado.

Su corazón le golpeaba en el pecho, temerosa de que alguien pudiera verla. Tendría que arriesgarse. Si alguien le preguntaba, diría que la perra se había caído a la piscina y que ella estuvo tratando de sacar al animal del agua. Empezó a caminar por el suelo de cemento. «Cinnamon» se detuvo, y se sentó.

—¡Vamos, vamos! —dijo Emily ásperamente.

La perra se negó a moverse. Emily dio un tirón de la correa. ¡Aquella perra no podría recordar que no le estaba permitido acercarse al agua! Exasperada, Emily tiró del animal hacia la piscina. La perra se resistió, con su hocico raspando el cemento.

—¡Emi-i-ly! —gritó impacientemente Fred desde el balcón de la habitación, en el gris del amanecer—. No intentes andar con ella a través de la piscina. Sabe que no le está permitido.

Emily apretó los dientes, forzando una sonrisa, osciló hacia un lado y empezó a moverse hacia la zona del aparcamiento, con «Cinnamon» trotando obedientemente a su lado. Después, le dijo a Fred que la perra la había despertado y que quiso salir fuera. Furiosa, se dijo a sí misma que no fracasaría en la siguiente ocasión.

Aquella tarde se introdujeron con el coche en un camino arenoso, metiéndose entre los bosques. El perfume de los pinos refrescaba el aire y los rayos del sol se filtraban por entre los altos robles, teñidos de musgo. Se detuvieron ante una rústica cabaña, construida sobre un montículo.

—Mira, Em, estamos completamente rodeados de montañas. Desde el porche se puede ver el lago, allá abajo.

Con una secreta sonrisa, Emily miró hacia el lago, que relucía bajo los rayos del sol.

—Y los árboles empiezan a enrojecer y...

—Hay allá abajo un bote, que se alquila junto con la cabaña. Tendremos que intentar pescar algo en el lago.

—¡Hummm! —murmuró Emily pensativamente—. Pero ahora hace un tiempo estupendo.

Fred recogió la última cucharada de arándanos de su plato y terminó de beber el té helado.

—Bien, mientras tú limpias los platos, «Cin» y yo daremos un pequeño paseo exploratorio. ¿Paseo, «Cin»? ¿Paseo?

La perra empezó a hacer cabriolas, encantada, oscilando el rabo como una bandera. Los labios de Emily se estrecharon, formando una línea de expresión decidida.

Una hora después, cuando Emily ya estaba empezando a sentirse furiosa, aparecieron en el porche, llenos de excitación.

—¿Sabes lo que hemos encontrado, Em? Ese camino de atrás de la cabaña da unas vueltas y termina en una senda. Al fondo de la senda, hay otro sendero con huellas de carro, ahora cubiertas de hierba. Hemos seguido el sendero un rato y entonces la hemos visto. Una vieja granja de piedra, toda carbonizada y con el interior destruido, como si se hubiera producido un incendio. Hemos echado un vistazo al interior; estaba tan oscuro que casi me caí al sótano; hay un agujero en el suelo, donde antes estaban las escaleras que conducían al sótano.

Emily empezó a escuchar con atención, brillándole los ojos.

—Fuera de la casa, todo está lleno de maleza. Hay una parra y rosas silvestres y gencianas. ¿Y sabes lo que ha encontrado «Cinnamon»?

Confundida, Emily sacudió su cabeza en un gesto de negación.

—¡«Cinnamon» encontró un pozo! ¡Qué digo un pozo...! Un gran agujero en el suelo, que parece como si fuera a desembocar a China. Me hubiera caído allí si «Cinnamon» no hubiera olfateado alrededor y no me hubiera hecho detener. Es tan inteligente... ¿Sabes lo que hizo? Se sentó justo delante del agujero. Nadie podría haberla movido de allí. ¿Puedes creer que una perra sea tan inteligente?

—No —dijo Emily ásperamente.

Fred acarició cariñosamente la cabeza de «Cinnamon».

—Tienes que ver el lugar, Em. Debe tener por lo menos doscientos años.

—Sí, me gustaría verlo.

«Ningún perro es más inteligente que yo —pensó—. ¡No lo toleraré!»

Al día siguiente, después de comer, Fred se tumbó un rato a dormir la siesta. En cuanto empezó a roncar, Emily enganchó la correa en el collar de «Cinnamon» y salió silenciosamente por la puerta trasera de la cabaña. Siguió el camino hasta llegar a la senda y tras haber seguido dos caminos falsos, encontró el sendero con huellas de carro, que le llevó hasta la antigua granja. 

Subió los desgastados escalones, cruzó el porche de la puerta de entrada y penetró cautelosamente en el interior. El suelo que quedaba parecía sólido. Unas pocas tablas estaban carcomidas, otras faltaban. Delante de ella observó una gran abertura negra, donde debieron estar los escalones que conducían al sótano.

Avanzando con mucho cuidado, se acercó. Cuando «Cinnamon» empezó a gruñir, se detuvo, la levantó y le quitó la correa. Se detuvo ante el borde del hueco, tratando de no respirar el aire malsano procedente de la madera carcomida y del sótano de tierra. «Cinnamon», inquieta entre sus brazos, gimió más fuerte.

De repente, Emily se dio cuenta de algo. El sótano no tenía una profundidad suficiente. La caída no sería lo bastante grande. «Cinnamon» se pondría a ladrar y quizá no la escuchara nadie, pero sus aullidos, que encontrarían eco en el oscuro sótano, se escucharían a varios kilómetros de distancia.

Emily sacó la perra al exterior, le volvió a sujetar la correa y la colocó en el suelo. Cautelosamente, rodeó la casa, observando con cuidado a «Cinnamon» para ver si hacía signos de querer retirarse a medida que iba olfateando. Fred habría advertido a «Cinnamon» que se mantuviera apartada del pozo, del mismo modo que había hecho con la piscina. 

Emily volvió a dar vueltas alrededor de la casa, en un círculo más amplio en esta ocasión, pasando disgustadamente a través de las hierbas altas y las malas hierbas que le pinchaban las piernas, mientras «Cinnamon» olfateaba delante de ella.

Emily se volvió abruptamente para evitar andar sobre algunos maderos anchos que encontró en el camino. Emily creyó que se trataba de maderos procedentes del antiguo suelo de la casa. Parecía como si alguien los hubiera colocado allí, uno al lado del otro. Pero «Cinnamon», olfateando con su nariz los secretos de la tierra, no quiso apartarse de allí. De repente, saltó hacia adelante y la correa se escapó de los dedos de Emily.

—¡Maldita seas! —gritó Emily, enfurecida—. ¡Vete! ¡Piérdete de mi vista!

Podría decirle a Fred que la perra había salido de la cabaña y se había marchado. Pero si él la descubría después llevando la correa, sabría que le había mentido. O le podría decir que había sacado a «Cinnamon» a dar un paseo y que la perra se le había escapado. Pero si aquella estúpida perra quedaba atrapada en unos arbustos y se estrangulaba al tirar de la correa, él nunca se lo perdonaría.

No podía hacerlo de aquel modo. Tendría que soltarle la correa del collar, o él sabría que la había sacado a pasear. Su cabeza le palpitaba y sentía las manos húmedas.

Entonces, «Cinnamon» se detuvo a medio camino, sobre las tablas. La perra parecía estar sonriendo, invitándola a seguirla. Emily corrió hacia «Cinnamon», intentando cogerla por el collar, y no lo consiguió. «Cinnamon» avanzó ligeramente sobre las maderas. Enfurecida, Emily intentó entonces coger el extremo de la correa y tampoco lo consiguió. 

Bajo el peso de su cuerpo, las maderas carcomidas empezaron a resquebrajarse y de pronto se partieron y Emily cayó hacia abajo, a través de la oscuridad que olía a humedad. Trató de gritar, pero su garganta se cerró, negándose a emitir ningún sonido. Parecía como si estuviera cayendo para siempre, pero no se sintió asustada, al menos hasta que se hundió en el agua helada del fondo.

Moviendo frenéticamente las piernas, Emily tuvo fuerzas para sacar la cabeza una sola vez sobre la superficie del agua. Todo lo que vio en el amplio círculo azul de cielo que había sobre ella fue a «Cinnamon» que, desde el borde, miraba hacia abajo, riendo. 

Las ratas - Francisco Espínola

Me veo, siendo muy niño, siguiendo una mañana hacia el fondo de la casona familiar a una criada que, entre aspavientos, portaba una gran caldera de agua hirviente. 

El fondo era extenso. A un lado, estaba la caballeriza y el altillo para los forrajes, largos de varios metros. Al frente, las habitaciones de la servidumbre y de los recogidos. 

Cuando la criada se detuvo frente a una trampa de alambre que encerraba dos ratas, el espanto estrujó mi corazón. Al vernos, ellas se debatieron contra las paredes de la jaula, arañando los alambres. Luego, se echaron con las cabecitas pegadas al suelo, jadeantes. Sus ojillos abiertos no querían mirar.

De pronto, profiriendo a gritos:
-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora! - la mujer alzó la caldera.

Un chorro quemante, un solo, breve chorro, cayó sobre las ratas, cuyos lomos humearon, despeinándose, y se encogieron entre ahogados chillidos. La maldita jaula se estremeció, se dio vuelta, rodó, saltó, despidiendo un pegajoso tufo a carne recocida. Como ositos se paraban en dos patas las infortunadas, rascando con las uñas los fatales alambres. Y caían. Y en botes de epilepsia se destrozaban los hocicos buscando salida. 

Inexorable, la criada dejó caer un nuevo chorro; esta vez prolongado, perseguidor. Sin voz de horror, yo permanecía inmóvil, con los ojos secos, vueltos vidrio. Entre el clamor ya desvaneciéndose,  la jaula daba tumbos, crujía a influjo de las pequeñas garras urgidas. Y aparecían los dientecillos en las crispaciones del martirio.

-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora!

Hasta que una cayó encogiéndose en brusca crispatura y se estiró luego, imperceptiblemente. Entonces, enloquecida, la otra quiso guarecer la cabeza bajo el cuerpo inerte. Pero alcanzada otra vez por el agua, tocó el techo, de un brinco, rodó también, temblando, y quedó quieta.

Cayó todavía más agua, acabando con la tersura de aquellas pieles grises. La mujer se alejó sin mirarme. Yo... yo no había recibido todavía el golpe de saber que las oraciones aprendidas eran sólo para los humanos; que lo demás, las plantas, las bestias, la tierra toda quedaban fuera, en horroroso desamparo. 

Cuando pude salir de mi anonadamiento, me arrodillé, pues. Y elevé mis preces a Dios por las almas de las dos bestezuelas quemadas.

Momentáneamente, una dulce paz se posesionó de mí. Volví al patio. Entré en el cuarto donde mi madre yacía en cama, enferma. No sé por qué, guardé el secreto de la escena que acababa de presenciar. Ella extendió el brazo, y acarició mis mejillas. Estaba ojerosa y pálida. Bella como la que, allí mismo, rodeada de flores, me contemplaba desde su nicho, a la luz permeante de una veladora.

Mi madre me cantaba siempre la canción de un viejo arpista muy pobre, con varios niñitos, a quienes tenía muy poco que darles de comer. Una noche de lobos en que llegó sin nada, al oír "¡Danos pan! ¡Tenemos hambre!", desesperado, se puso a tañer el arpa. Ellos danzaban. Danzaban hasta caer, dormidos, a sus pies, para no abrir ya nunca más los ojos.

Bajo la mano de mi madre, él reciente martirio y la idea de los roedores que todavía vivían en sus cuevas del fondo volvieron a turbar mi corazón. Asocié la canción del viejo arpista con sus niños hambrientos.
-Mamá -dije, trepándome a la cama-, cántame lo de los niños.

Ella sonrió, melancólica. Me situó de manera que yo no tocara su vientre, y accedió con su cara junto a la mía. Pero su acento, ahora, evocaba para mí más que niños danzando hasta morir bajo los sones del arpa. Yo veía también ratas, muchas ratas, extenuándose hasta caer inanimadas...

De pronto, algo cálido cayó sobre mi mejilla. Alcé la cabeza. Estaba llorando mi madre. Evocaba por su parte, sin duda, ahora lo comprendo, algo más que los hijos del arpista. Y derramaba lágrimas por dos niños, yo y el que iba a nacerle, que nos hundiríamos pronto en el incierto, hosco porvenir. 

Recién terminaba una guerra. El padre, herido, todavía no había llegado: en los fogones revolucionarios las brasas ardían, aún... Pero siguió con un acento triste como nunca, como jamás había cantado, mientras mi alma se iba sintiendo presa de un oscuro y poderoso infortunio que me fue estrechando cada vez más a ella, hasta que, de pronto, lanzó un gemido mi madre. Y una anciana negra, arrojando su cigarro a medio fumar, entró en el cuarto y me llevó afuera a pesar de las protestas.

En el patio, junto al pasillo de la puerta de calle, sobre una pequeña mesa, había siempre una bandeja con monedas para los mendigos que acudían diariamente. Al pasar junto a ella me asaltó una súbita idea que quise rechazar lleno de susto; pero que lenta y seguramente fue ganando mi voluntad. 

Se disimulaba entre otras, aparecía en parte, se desnudaba y se ocultaba en seguida, conducía mi imaginación hacia los estantes del vecino almacén y la tornaba presto, con sabrosas adquisiciones, hacia las negras cuevas de las ratas.

Desde ese momento, muchas veces me dirigía a la caballeriza, subía por la escalera hasta el vasto altillo, me tumbaba entre los fardos de pasto, y allí acariciaba la ensoñación, conmovido... ¡Ah! Era de noche, imaginaba yo, era de noche en una inmensa planicie solitaria. 

Me veía, a la luz de una luna pálida, con las manos desbordantes de exquisitas confituras. Y de todos los puntos del horizonte irrumpían, entonces, las ratas. Silencioso, sin sorpresa, multiplicándose en las sombras, avanzaba el pardo tendal como tibia marea de lava. 

Mis manos se abrían inagotables. Y los míseros roedores devoraban, junto con los dulces dones, mi ternura irresistible y desbordada. Lejos las trampas traidoras, las criadas crueles, los humeantes calderos. En la vasta planicie ellas y yo. Y la luna pálida. Y mi pasión, cuyo ardiente conjuro incorporaba en el vago horizonte más y más acercantes animalillos. 

Saltaban éstos entre mis piernas. Cogían en el aire los trozos de pan, de queso, de chauchas de algarrobo. Y en amplios movimientos mis brazos arrojábanlos en derredor a los lejanos. Luego, calladamente, bajo la luna pálida, íbanse retirando hacia detrás del confín. Y quedaba yo solo en la vasta planicie. 

Solo, grave y amoroso como un dios. Protegiendo el sueño de la confiada multitud maldita.

Pero pronto la realidad volvía. Y me asaltaba la desolación. Deambulaba  sin  sombra  por la  enorme casa; Yo, niño, entre las campanadas de las altas torres que me envolvían y envolvían el pueblo y seguían hacia los campos, desfallecía de angustioso amor. 

¿Malditas las que roban, destrozan, contagian las pestes? ¿Trampas para ellas? ¿Muerte?... ¡Ah, Dios mío! Y me escurría entre las patas de los caballos, y trepaba al altillo a resonar con la planicie bajo la luna pálida.

Hasta que, para mantenerse, el ensueño empezó a exigir algo, aunque fuese un poco, de verdad. Se me aparecía de nuevo, insistente, la bandeja con monedas del patio. Y el almacén vecino, de sabrosas provisiones. Entonces, me ahogaba la congoja. 

Y la sensación del mundo subterráneo y desdichado de las ratas, infundiéndome infinita piedad, no era bastante para mover mi mano. Llegaba de abajo, de la cuadra, el sordo mascar de los caballos. Este rumor oscuro, paciente, se fundía al oscuro y paciente infortunio de las cuevas. 

Mi alma, que después sabría de las cuevas desdichadas y oscuras y pacientes de los hombres, se agitaba en un desesperado delirio. El miedo a robar me rodeaba con barrotes de jaula. Hundía la cara entre el pasto seco, cuyo perfume traía también sus peculiares sensaciones de oscura resignación, de mansedumbre. Y lloraba. 

Cierta imagen desolada aparecía fatalmente. La de un hombre de piernas atadas por debajo del vientre de su cabalgadura, de manos atadas a la espalda, llevando en pos a una pareja de policías emponchados, que atravesó el pueblo cierta tarde de lluvia. Tan abatida iba su cabeza, que la hundía casi entre las negras barbas. 

Me veía atado yo, tan pequeño, a un enorme caballo, bajo la lluvia. Yo, en un peregrinaje sin descanso ni retorno, atadas las manos, atadas las piernas por debajo del vientre del caballo, seguido de patibularios emponchados, cada vez más lejos, más lejos de mi madre...

Pero triunfó mi piedad. Y atravesé el patio. Y robé. Y compré. Y repartí entre mis invisibles amigos, echándoles dentro de las cuevas el botín de mis robos.

Pasaron los años. Dejé el pueblo por Montevideo. Pero me ahogaba. Regresé. Y mi corazón me fue arrastrando hacia las míseras cuevas de quienes suelen destrozar, llevar las pestes. Ahora, éstos eran hombres. ¡Ay, Dios mío!

El hombre normal - Juan Filloy

Era un hombre normal. Pero un hombre normal en un medio de degenerados constituye una rara degeneración. Todos lo notaron. Y, a fuerza de advertencias, fue el tipo más extraordinario de la colectividad. La obsesión ajena lo fiscalizaba. El delirio multitudinario lo perseguía. Todos, en fin, recelaban las determinaciones de su discernimiento; porque la gravedad y el equilibrio, donde prima la desorbitación y el ímpetu, son cualidades que exasperan el modus vivendi de una realidad morbosa.

Impasible, él mantúvose como el yogui que ahorra energías psíquicas. No hizo caso de nada. Y con su flema, economizando gestos inútiles, escarneció el histrionismo y la vocinglería.

La fiebre y el insomnio colectivo se conjuraron contra él:

-Es un peligro. Es un peligro. Tener suelto a un tipo de tal clase contamina nuestra vida. Y la contaminará mas aún si nos mantenemos inactivos y perplejos. Fuera. ¡Fuera!

Almenado tras la indiferencia, sus sornas y desdenes fueron reputados como las peores psicopatías. Entonces, no demoraron más. Fue apresado. Y sometido que fue a un régimen demencial, naturalmente incurrió en la locura.

En el oscuro dominio se exhibe ahora rojo, iracundo y candoroso. Se percibe que la imaginación recorre borracha las sendas retrospectivas sin conocerlas, chapaleando en sus lagunas. Se avergüenza de su rabia -reversión de su serenidad irónica. Y se irrita cuando los resquicios lúcidos del cerebro alborotan con magra luz la gris uniformidad espiritual.

Mas hay algo que lo muestra en cierta beatitud gozosa y vacía. Es, sin duda, la intuición de que al fin armoniza en la convivencia. En efecto, ya no llama la atención. Es un hombre normal...

Un hombre muerto a puntapiés - Pablo Palacio

«Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía Nº 451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. 

El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.

»Esta mañana, el señor Comisario de la 6ª ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.

»Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho.»

 

No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.

Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder.

Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García.

Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.

Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera idea, que era ésta, de reconstrucción, y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. 

Bueno, el porqué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe qué de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa. Esto es esencial, muy esencial.

La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método. Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los normales, los de los colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos: la deducción y la inducción (véase Aristóteles y Bacon).

El primero, la deducción, me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo más conocido a lo menos conocido. Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja.

La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido... (¿Cómo es? No lo recuerdo bien... En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?) Si he dicho bien, éste es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir. Induzca, joven.

Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.

«Bueno, ¿y cómo aplico este método maravilloso?», me pregunté.

¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los primeros años.

Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero no había apartado nunca de mi mesa el aciago diarioy dando vigorosos chupetones a mi encendida y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el ceño como todo hombre de estudio ¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención!—.

Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.

Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de «Esta mañana, el señor Comisario de la 6ª...» fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos: «Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso». Y yo, por una fuerza secreta de intuición que usted no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.

Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era... No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras...

Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.

Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6ª quien podía darme los datos reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:

¡Ah!, sí... El asunto ése de un tal Ramírez... Mire que ya nos habíamos desalentado... ¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor... Como usted tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció... el pobre. Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso... algún deudo... ¿Es usted pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame... mi más sincero...

No, señor dije yo indignado—, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más...

Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? «Soy un hombre que se interesa por la justicia.» ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle más, apresureme:

Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas...

El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.

Y se portó muy culto:

Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero... Eso sí, con cargo de devolución me dijo, moviendo de arriba abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarillos.

Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.

Y dígame usted, señor Comisario, ¿no podría recordar alguna seña particular del difunto, algún dato que pudiera revelar algo?

Una seña particular... un dato... No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar. Así más o menos de mi estatura el Comisario era un poco alto—; grueso y de carnes flojas. Pero una seña particular... no... al menos que yo recuerde...

Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.

Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos.

Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la fortuna había puesto a mi alcance.

«Lo primero es estudiar al hombre», me dije. Y puse manos a la obra.

Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo. Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir sus misterios.

Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el más escondido rasgo.

Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.

Cogí un papel, tracé las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego, cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable... ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.

Después... después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de los santos. ¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!

Mas, ¿a qué viene esto? Yo trataba... trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué lo mataron...

Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:

El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto no puede llamarse de otra manera);

Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años;

Octavio Ramírez andaba escaso de dinero;

Octavio Ramírez iba mal vestido;

y, por último, nuestro difunto era extranjero.

Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad.

Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenía que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades.

Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.

¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido enseguida en la Policía y el dato del periódico había sido terminante, como para no tener dudas, o, si no constó por descuido del repórter, el señor Comisario me lo habría revelado, sin vacilación alguna.

¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones:

«Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira; le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado» o

«Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él, más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí» o

«Tuve unos líos con una comadre, y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos»?

Si algo de esto hubiera dicho a nadie extrañaría el suceso.

También era muy fácil declarar:

«Tuvimos una reyerta».

Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero, su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en el cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado hasta los nombres de los agresores.

Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo evidente. Ya no caben más razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:

Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.

Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos.

Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días antes a la ciudad teatro del suceso.

La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. 

Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquier oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.

Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío doloroso.

Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa, deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.

Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse al primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas...

Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimose al muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquél estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. 

Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.

Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.

¡Pst! ¡Pst!

El muchacho se detuvo.

Hola, rico... ¿Qué haces por aquí a estas horas?

Me voy a mi casa... ¿Qué quiere?

Nada, nada... Pero no te vayas tan pronto, hermoso...

Y lo cogió del brazo.

El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.

¡Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa.

Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:

¡Papá! ¡Papá!

Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una claridad sobre la calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo.

Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.

¿Qué quiere usted, so sucio?

Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un largo hipo doloroso.

Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.

¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!

Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!

Así:

¡Chaj! 

        con un gran espacio sabroso.

¡Chaj!

 

Y después; ¡cómo se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen a sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!

¡Cómo batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!

 

¡Chaj! 

¡Chaj!                                        vertiginosamente

¡Chaj!

 

en tanto que mil lucecitas, como agujas, cosían las tinieblas.