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Visión del futuro remoto - María Covadonga Mendoza

 La tierra está seca, áspera al tacto del único ojo del cielo, que quema con su furia la arena estéril; las huellas de la vida han sido borradas por el aliento de la desolación.  A lo lejos, se distinguen las ruinas de atalayas centenarias que hace tiempo doblaron la testuz de piedra, trastornadas por el abandono. El aire cala sus restos muertos en vano intento por resucitarlas. No hay movimiento, ni sonido alguno.  En torno a ellas pulula un gran número de seres invisibles, pálidos recuerdos de existencia, señal inequívoca del paso de la muerte. Rondan las jambas derribadas, saltan los muros, dan vueltas alrededor de lo que en otro tiempo fue su hogar. No tienen memoria, e ignoran qué les lleva a volver una y otra vez a aquel sitio donde ya no les recibe nadie.  Quieren gritar pero carecen de garganta; o llorar sobre las fosas donde aún reposan sus huesos, pero han sido privados de ojos. Permanecen en un estado de eterna ignorancia y eterna esperanza; separados tant...

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 1)

  Nataniel a Lotario Sin duda estaréis inquietos porque hace mucho tiempo que no os escribo. Mamá estará enfadada y Clara pensará que vivo en tal torbellino de alegría que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi corazón y en mi alma. Pero no es así; cada día, cada hora, pienso en ustedes y el rostro encantador de Clara vuelve una y otra vez en mis sueños; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonríe como antaño, cuando volvía junto a vosotros.  ¡Ay de mí! ¿Cómo podría haberos escrito con la violencia que anidaba en mi espíritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? ¡Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombríos presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre mí, como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero sólo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas.  ¡Ay, querido...

El huevo de cristal - H. G. Wells

       Hasta hace un año, cerca de Seven Dials había una tienda pequeña y de aspecto mugriento sobre la cual, deteriorado por el tiempo, un letrero amarillo anunciaba: «C. Cave, Naturalista y Anticuario».  El contenido de su escaparate era curiosamente variado. Comprendía algunos colmillos de elefante y un juego incompleto de ajedrez, abalorios y armas, un estuche con ojos, dos calaveras de tigre y una humana, varios monos disecados y comidos por las polillas (uno sostenía una lámpara), un bargueño anticuado, un huevo de avestruz cubierto de huevos de mosca, aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. En el momento en que empieza la historia había también un bloque de cristal de roca, tallado en forma de huevo y brillantemente pulimentado. Y aquello era lo que estaban mirando dos personas, de pie frente al escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra un joven de barba negra, tez morena y vestuario discreto. El joven moreno g...