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Un par de escritores - Raymond Chandler

1
 
Por muy borracho que hubiera estado la noche anterior, Hank Bruton siempre se levantaba muy temprano y caminaba descalzo por la casa, esperando que se hiciera el café. Cerraba la puerta de la habitación de Marion, estirando un dedo para frenar el borde cuando este llegaba al marco y soltando el tirador con gran delicadeza para que no hiciera ruido. 

Le parecía muy extraño poder hacer eso, y que las manos se mantuvieran perfectamente firmes, cuando los músculos de las piernas y los muslos no paraban de temblar, y los dientes no dejaban de rechinar, y sentía aquella desagradable sensación en el hueco del estómago. Parecía no afectar en absoluto a sus manos, una idiosincrasia que resultaba curiosa y conveniente, así que, qué demonios.


Mientras se hacía el café y la casa permanecía en silencio, sin que afuera se oyera ningún ruido entre los árboles, con excepción del canto ocasional de algún pájaro lejano y el aún más lejano rumor del río, él salía y se quedaba junto a la puerta de rejilla mirando a Febo, el gatazo pelirrojo, que se sentaba en el porche vigilando la puerta. 

Febo sabía que aún no era hora de comer y que Hank no le dejaría entrar, y probablemente sabía por qué: si entrara empezaría a maullar, y era capaz de maullar como la sirena de un tren, lo cual echaría a perder el sueño matutino de Marion. No es que a Hank Bruton le importara un pimiento su sueño matutino. Lo que le gustaba era disponer de las primeras horas de la mañana para él solo, en silencio, sin voces... en especial sin la voz de Marion.


Bajó la mirada hacia el gato, y Febo bostezó, dejando escapar una nota triste, no demasiado fuerte, solo lo suficiente para dejar claro que a él no le engañaban.

—Cállate —dijo Hank.

Febo se volvió a sentar, levantó una de las patas traseras y se enfrascó en la limpieza de su piel. A mitad de la tarea se interrumpió, con la pata estirada hacia arriba, y miró a Hank de un modo deliberadamente insultante.

—Un truco muy visto —dijo Hank—. Los gatos llevan diez mil años haciéndolo.

Aun así resultaba eficaz. Quizá tengas que ser absolutamente desvergonzado para ser un buen cómico. Era una idea. Quizá debiera anotarla. ¿Y para qué? Si se le había ocurrido a Hank Bruton, algún otro ya lo habría pensado antes. Retiró la cafetera de la rejilla de amianto y esperó a que silbara. 

Luego se sirvió una taza y añadió un poco de agua fría antes de bebérsela. En la siguiente taza añadió crema y azúcar y la sorbió poco a poco. La sensación nerviosa del estómago se alivió, pero los músculos de las piernas aún le seguían atormentando.


Puso al mínimo la llama bajo la rejilla de amianto y volvió a colocar encima la cafetera. Salió de la casa por la puerta delantera y caminó descalzo, bajando del porche de madera y andando de lado por la hierba mojada de rocío. Era una casa vieja, sin distinción, pero tenía mucha hierba alrededor que había que cortar, y un montón de pinos no muy grandes alrededor de la hierba, excepto por el lado que bajaba al río. 

No era gran cosa como casa y estaba condenadamente lejos de cualquier parte, pero por treinta y cinco dólares al mes era una ganga. Más valía que se aferraran a ella. Si alguna vez tenían que quedarse en algún sitio, mejor que fuera aquí.


Por encima de las copas de los pinos se veía el semicírculo de colinas bajas con niebla a mitad de las laderas. El sol se ocuparía de aquello enseguida. El aire era fresco, pero con un frescor suave, no penetrante. Era un sitio bastante bueno para vivir, pensó Hank. Estupendamente bueno para una pareja de pretendidos escritores que, en lo que a talento se refería, eran un par de muertos de hambre. 

Un hombre tenía que ser capaz de vivir allí sin emborracharse cada noche. Probablemente, un hombre sería capaz. Pero probablemente, un hombre no estaría allí, para empezar. Durante la bajada al río intentó recordar algo anormal que había ocurrido la última noche. No pudo acordarse, pero tenía la vaga sensación de que se había producido alguna especie de crisis. 

Probablemente habría dicho algo acerca del segundo acto de Marion, pero no podía recordar qué. No debió ser halagador. Pero ¿de qué servía mostrarse hipócrita respecto a su maldita obra? Andarse por las ramas no la haría mejor. Decirle que era buena cuando no lo era no le ayudaría a avanzar. Los escritores tienen que mirarse directamente a los ojos, y si no ven nada, eso es lo que tienen que decir.


Se detuvo y se frotó el hueco del estómago. Ahora podía ver entre los árboles el agua de color gris acerado, y le gustó verla así. Se estremeció un poco, sabiendo lo fría que iba a estar, y sabiendo también que eso era lo que le gustaba. Era criminal durante unos pocos segundos, pero no te mataba, y luego te sentías de maravilla, aunque no por mucho tiempo.

Llegó a la orilla, dejó en el suelo la toalla y el par de zapatillas que llevaba, y se quitó la camisa. Allí abajo todo era soledad. El leve rumor del agua era el sonido más solitario del mundo. Como siempre, deseó tener un perro que correteara entre sus piernas, ladrando, y que se bañara con él, pero no se podía tener un perro estando Febo, que era demasiado viejo y demasiado duro para tolerar a un perro. 

O bien se libraba del perro, o el perro le cogía desprevenido y le rompía el cuello. En cualquier caso, tendría que ser un perro muy raro el que se metiera en aquel agua helada. Hank tendría que tirarle. Y el perro se asustaría, y tendría problemas con la corriente, y Hank tendría que sacarlo. Había ocasiones en que a él mismo le costaba salir.


Se quitó los pantalones y se metió de golpe en el agua, mirando corriente arriba. La mano de un gigante furioso le agarró el pecho y le hizo soltar todo el aire. Otra mano de gigante tiró de sus piernas hacia donde no debía, y se encontró nadando río abajo en lugar de río arriba, sin aliento y tratando de gritar, pero sin poder emitir ni un sonido. 

Moviéndose con furia, consiguió darse la vuelta y al cabo de un momento se encontraba a la par con la corriente; y luego, poniendo en ello todas sus fuerzas, empezó a ganar un poco de terreno. Llegó a la orilla, aunque no consiguió alcanzar el sitio preciso por donde se había metido. Llevaba un año sin conseguirlo. Debía ser por el whisky. En fin, no parecía un precio demasiado elevado. Y si alguna mañana fracasaba por completo y se dejaba arrastrar bajo el agua y se golpeaba con una piedra y se ahogaba...


—Mira —dijo en voz alta, todavía un poco jadeante—, no empecemos así el día. De ninguna manera.

Caminó con cuidado a lo largo de la accidentada orilla y recogió su toalla; se frotó la piel con violencia hasta que entró en calor y empezó a sentirse relajado. Los gusanos de las piernas habían desaparecido. El plexo solar estaba tan quieto como un flan.

Se vistió, se puso las zapatillas y emprendió el regreso cuesta arriba. A mitad del camino se puso a silbar un fragmento de alguna pieza sinfónica. Luego trató de recordar cuál era y cuando se acordó se puso a pensar en el compositor, la vida que había llevado, las luchas, la miseria, y ahora estaba muerto y podrido, como tantos hombres que Hank Bruton había conocido en el ejército.

Típico de un mal escritor, pensó. En vez de la cosa en sí, la emoción barata que la acompaña.
 
2

Febo seguía en el porche trasero, pero ahora estaba maullando como un poseso, y eso significaba que Marion se había levantado. Estaba en la cocina, vestida de calle y con una bata de color cobrizo encima.

—¿Por qué no has esperado a que yo volviera? —dijo Hank—. Te habría subido el café.

Ella no le respondió directamente ni le miró directamente. Se quedó mirando a un rincón, como si viera allí una telaraña.

—¿Ha estado bien el baño? —preguntó con aire ausente.

—Perfecto. Pero está la mar de frío el riachuelo este.

—Qué bien —dijo Marion—. Maravilloso. Perfecto. Asombrosa recuperación. Aunque al cabo de algún tiempo se hace bastante monótona. ¿Querrías dar de comer al maldito gato?

—¡Caramba, qué oigo! —dijo Hank—. ¿Cómo ha llegado el pobre Febo a ser un maldito gato? Creía que era el amo aquí. Teniendo en cuenta que no se entrompa.

—«Dijo él con una sonrisa triunfal» —se burló Marion.

Hank la miró pensativo. Tenía el cabello negro y corto, muy pegado a la cabeza. Sus ojos eran azules, pero de un azul mucho más oscuro que los de Hank. Tenía una boca pequeña y primorosa, que a Hank le había parecido provocativa antes de llegar a considerarla petulante. Era una muchacha muy bien formada y bien compuesta, tirando a frágil. 

La fragilidad de una cabra de montaña, pensó Hank. «Soy del tipo de Dorothy Parker, pero sin su ingenio», le había dicho ella cuando se conocieron. A él, aquello le había parecido encantador. Ninguno de los dos se daba cuenta de que era verdad.


Hank abrió la puerta de rejilla y Febo entró haciendo trizas la atmósfera con sus aullidos selváticos. Hank abrió una lata de comida de gato, la vació en un plato y lo puso delante del fregadero. Sin decir una palabra, Marion dejó su taza de café, cogió el plato y quitó la mitad de la comida de gato. Abrió la puerta de rejilla y dejó el plato fuera. Febo se lanzó sobre el plato como un futbolista que recibe un pase adelantado. Marion dejó que la puerta se cerrara de golpe.

—Muy bien —dijo Hank—. Lo tendré presente la próxima vez.

—La próxima vez puedes darle de comer como quieras —dijo Marion—. Yo no estaré aquí.

—Ya veo —dijo Hank despacio—. ¿Tan mal estuve?

—No peor que de costumbre —respondió ella—. Y gracias por no decir «otra vez». La última vez que me marché... —se interrumpió con la voz un poco temblona. Hank inició un movimiento hacia ella, pero ella se recuperó al instante—. Puedes prepararte algo de desayuno. Yo tengo que terminar el equipaje. Lo dejé casi todo hecho esta noche.

—Deberíamos hablar sobre esto —dijo Hank con suavidad.

Ella se dio la vuelta en el umbral de la puerta.

—Oh, claro —ahora su voz era tan dura como el tacón de una bota—. Podemos dedicarle al tema diez fascinantes minutos, si te das prisa.

Salió y sus pasos resonaron escaleras arriba.

—«Dijo ella, volviéndose en el umbral de la puerta» —murmuró Hank mirándola marchar.

Se dio la vuelta bruscamente y salió de la casa. Febo estaba husmeando en torno al borde del plato, en busca de la comida que había tirado. Hank se agachó y le ayudó a recoger la comida caída. Rascó la vieja y dura cabeza del gato, y Febo dejó de comer y esperó rígido a que Hank retirara la mano. Hasta que no lo hizo no volvió a la comida.

Hank abrió de golpe las puertas plegables del garaje y revisó los neumáticos del Ford. Estaban gastados, pero aún les quedaba aire. El coche estaba bastante sucio. Soy un escritor, pensó Hank, no tengo tiempo para trabajos serviles. Rodeó la parte delantera del coche para pasar al rincón oscuro donde se guardaba un montón de sacos. 

Debajo de los sacos había una damajuana de whisky de maíz. Hank aflojó el grueso corcho que tapaba el cuello y levantó el pesado recipiente con el antebrazo, al estilo clásico. Lo mantuvo en alto con la pose de un levantador de pesos. Luego bebió un largo trago, bajó la damajuana, le puso el corcho y la colocó de nuevo bajo los sacos.


No lo necesito para nada, se dijo, y casi llegó a creérselo. Pero para ella será una satisfacción notarme el olor. Marion es una chica que necesita tener razón.

Estaba de pie en medio del cuarto de estar cuando ella bajó las escaleras. Tenía un cigarrillo en la boca. Parecía muy tranquila. Parecía incluso competente, pero los muebles del cuarto de estar no se mostraron de acuerdo con este diagnóstico. Se quedaron de pie, mirándose uno al otro, mientras Hank llenaba una pipa y la encendía.

—¿Has tomado un trago de la garrafa? —preguntó Marion con suavidad.

Él asintió y encendió la pipa. Sus ojos volvieron a encontrarse en medio del espacio inmóvil. Marion se sentó despacio en el brazo de un banco de mimbre. El banco crujió un poco. Fuera de la casa se oyó una repentina algarabía de cantos de pájaros, y luego un chirrido indignado que debía ser Febo, dándose una vuelta matutina alrededor de los nidos.

—El coche está bien —dijo Hank—. ¿Quieres coger el de las diez y cinco?

—Diez y once —corrigió Marion—. Sí. Quiero coger ese. Sería tonto decir que lo siento. No lo siento. Cuanto más me aleje de aquí, mejor estaré. Cada milla será una bendición.

Hank la miró con los ojos en blanco.

—No quiero nada de esta porquería —dijo Marion, mirando los muebles anticuados y de segunda mano que a duras penas habían podido pagar—. No quiero nada de esta casa. Excepto mi ropa. Mi ropa y me largo.

Sus ojos se dirigieron a la mesa de trabajo del rincón, un enorme armatoste de madera con patas de dos por cuatro pulgadas y una arpillera clavada sobre las tablas sin curar que formaban el tablero. Miró la vieja Underwood, y los papeles sueltos, y los lápices, y la caja de color crema con letras rojas que contenía el resultado de los esfuerzos de Hank con su novela.

—Y sobre todo, no quiero eso —dijo Marion señalando la mesa—. Estás colgado de eso. Cuando termines el libro, puedes poner una foto de ese elegante ejemplar de Chippendale Neanderthal en la solapa, en lugar de tu foto. Porque para entonces no serás nada fotogénico, a menos que puedan fotografiar tu aliento. Si lo lograran, eso sí que tendría verdadera presencia —se pasó rápidamente la mano por la frente—. Otra vez vuelvo a hablar como un maldito escritor —murmuró, haciendo un gesto que podría haber indicado desesperación si no hubiera sido tan deliberado.

—Podría dejar de beber whisky —dijo Hank muy despacio, a través de una bocanada de humo.

Ella le miró con sonrisa tensa.

—¡Claro! ¿Y después, qué? No eres un hombre. Eres un ejemplar físicamente perfecto de eunuco alcohólico. Eres un zombi en plena forma. Eres un cadáver con la tensión arterial absolutamente normal.

—Deberías escribir eso —dijo Hank.

—No te preocupes, lo escribiré —ahora tenía la mirada dura y brillante. Ya no parecía quedar nada de azul en sus ojos—. Y por amor de Dios, no te preocupes por mí. Conseguiré trabajo. Publicidad, prensa, qué demonios, siempre encontraré un trabajo. Hasta puede que escriba esa obra que creí que podría escribir aquí, en estos hermosos bosques, en un entorno maravillosamente tranquilo, sin nada que te distraiga salvo el suave y constante gorgoteo de una botella de whisky.

—Es una mierda —dijo Hank.

Ella le miró con los ojos en llamas.

—¿El qué?

—El diálogo. Y además es demasiado largo —dijo Hank—. Y los actores ya no hablan al público. Hablan entre ellos.

—Te estoy hablando a ti —dijo Marion.

—En realidad, no —dijo Hank—. En realidad, no.

Ella se encogió de hombros. Hank no estaba muy seguro de que ella entendiera lo que le estaba diciendo, de que entendiera que le estaba diciendo indirectamente, como tantas otras veces, que las parrafadas literarias ya no sirven para el teatro. Al menos, para el teatro que se lleva a escena.

—Nadie podría escribir una obra aquí —dijo Marion—. Ni siquiera Eugene O'Neill. Ni siquiera Tennessee Williams. Ni siquiera Sardou. Nómbrame alguien capaz de escribir una obra aquí. El que sea. Dime el nombre y te demostraré que mientes.

Hank miró su reloj de pulsera.

—No te casaste conmigo para escribir una obra de teatro —dijo con suavidad—. Ni yo me casé contigo para escribir una novela. Y por entonces tú también empinabas el codo de lo lindo, ¿recuerdas? Hubo una noche que perdiste el conocimiento y tuve que desnudarte y meterte en la cama.

—¿Tuviste que hacerlo?

—Está bien —dijo Hank—. Quise hacerlo.

—Entonces me parecías un buen camarada, ¿no es cierto? —el recuerdo romántico, si es que se trataba de eso, no la había impresionado más de lo que una pisada impresiona al suelo—. Tenías ingenio, e imaginación, y una especie de alegría aventurera. Pero entonces no tenía que contemplarte sumiéndote en el estupor ni quedarme despierta toda la noche escuchándote roncar hasta tirar la casa —casi se quedó sin aliento en la voz—. Y lo peor de todo, o casi lo peor...

—Somos escritores, tenemos que calificarlo todo —murmuró Hank para su pipa.

—... es que ni siquiera estás irritable por las mañanas. No te despiertas con los ojos vidriosos y la cabeza como un tambor. Te limitas a sonreír y continúas la tarea donde la habías dejado, lo cual te identifica como el perfecto borracho perenne, nacido para los vapores del alcohol, que vive entre ellos como la salamandra vive en el fuego.

—Quizá deberías escribir tú la novela y yo la obra teatral —dijo Hank.

La voz de ella adquirió tonos de histeria.

—¿Sabes lo que les ocurre a los hombres como tú? Un buen día se caen en pedazos, como si les hubiera acertado un obús. Durante años y años no se advierte prácticamente ninguna señal de degeneración. Se emborrachan todas las noches y por la mañana empiezan otra vez a emborracharse. Se sienten de maravilla. No les afecta. Y de pronto llega ese día en el que ocurre de golpe todo lo que a una persona normal le va ocurriendo poco a poco, a lo largo de meses y años, en pasos razonables y plazos razonables. En un momento dado pareces un hombre saludable, y al minuto siguiente pareces un horror consumido que rezuma whisky. ¿Crees que voy a esperar hasta entonces?

Él se encogió de hombros pero no respondió. Lo que ella le decía no parecía significar nada para él, como si no se lo hubieran dicho a él. Era como un rumor monótono en la oscuridad, al otro lado de los árboles, pronunciado por un desconocido invisible al que nunca llegaría a ver. Volvió a consultar el reloj de pulsera, mientras ella aplastaba su cigarrillo y se ponía en pie.

—Sacaré el coche —dijo Hank, saliendo de la habitación.

Ella ya había dicho su parlamento, que era lo principal. Se había quedado despierta toda la noche inventándolo, poniéndolo en palabras, ensayándolo y probándolo en silencio, y ahora ya lo había pronunciado y la escena había concluido. Le pareció que podría haber quedado un poco mejor si hubiera sido más corto, pero, qué demonios, no eran más que un par de escritores.

3

Le pegó otro viaje a la damajuana antes de sacar el Ford marcha atrás. Cuando lo llevó a la puerta de la casa, Marion se encontraba en una esquina del porche mirando por encima de los árboles. El sol daba en las laderas de las colinas y la niebla había desaparecido. Pero en aquellas alturas todavía hacía un poco de frío. 

Marion llevaba sobre sus oscuros cabellos un sombrerito que le sentaba mal, y sus labios aferraban un cigarrillo como unos alicates sujetando un tornillo. Hank entró en la casa sin dirigirle la palabra. En el piso de arriba estaban las dos maletas, el neceser, la sombrerera y el baulito verde con esquinas redondeadas de latón. Lo bajó todo y lo amontonó en la trasera del coche. Marion ya había ocupado el asiento.


Hank se sentó junto a ella, puso el motor en marcha y descendieron por el camino de grava hasta la sucia carretera que seguía las curvas del río durante seis millas para luego desviarse ladera abajo hasta el pueblecito por el que pasaba el ferrocarril. Marion miró con atención el río y dijo:

—Te gusta pelear con ese río, ¿verdad? ¿Es peligroso?

—No, si tienes el corazón en forma.

—¿Por qué no luchas por algo que valga la pena?

—Oh, Dios mío —dijo Hank.

Marion le miró un momento, y luego se quedó mirando hacia delante, a través del polvoriento parabrisas.

—En un año habré olvidado que existías —dijo—. Es un poco triste. Pero ¿cuánta vida pretenden chuparle a las mujeres los hombres como tú?

Se atragantó. Hank estiró el brazo y le palmeó el hombro.

—Tómatelo con calma —dijo—. Algún día lo pondrás todo en un libro.

—Ni siquiera sé dónde ir —sollozó ella.

Él volvió a palmearle el hombro y esta vez no dijo nada. Ninguno de los dos habló hasta que llegaron a la estación. Hank descargó el equipaje y lo colocó junto a las vías. Quiso facturar el baúl, pero Marion dijo que lo haría ella misma.

—Bueno, me sentaré en el coche hasta que te vayas —dijo Hank.

Le dio un apretón en el brazo y ella dio media vuelta y se alejó de él. Se quedó bastante tiempo sentado en el coche hasta que el tren llegó. Empezó a tener ganas de echar un trago. Pensó que Marion le miraría y, por lo menos, le diría adiós con la mano al subir al tren. Pero no lo hizo. 

No tenía que haber esperado. Podría haber vuelto a casa y cogido la garrafa hacía un buen rato. Era un gesto vacío, eso de esperar. Peor aún, ni siquiera tenía estilo. Contempló sin mover un músculo cómo el tren se perdía de vista. También aquello resultaba inútil y sin estilo.

 
4

Cuando regresó a la casa, el sol ya calentaba y la débil brisa que agitaba la hierba también era cálida. Los árboles susurraban, hablándole a él, diciéndole que era un hermoso día. Entró despacio en la casa y se quedó de pie, esperando que el silencio le abrumara. Pero la casa no parecía más vacía que antes. Una mosca zumbó y un pájaro hizo ruido en un árbol. Miró por la ventana para ver qué clase de pájaro era. Era escritor y tenía que enterarse, pero ni vio al pájaro ni le importó un pepino.

—Si al menos tuviera un perro —dijo en voz alta, aguardando a que resonara el lúgubre eco.

Se acercó a la maciza mesa de trabajo, destapó la caja y leyó la hoja de encima de su manuscrito, sin sacarlo de la caja.

—Pastiche —dijo en tono fúnebre—. Todo lo que escribo suena como algo desechado por un auténtico escritor.

Salió de la casa para meter de nuevo el coche en el garaje, por la única razón de que allí estaba la garrafa de whisky. Llevó la damajuana a la casa y la colocó sobre la mesa de trabajo. Buscó un vaso y lo puso junto a la garrafa. Luego se sentó y se quedó mirando la garrafa. Estaba a su disposición, y quizá por eso no le apetecía en aquel preciso instante. Se sentía vacío, pero no con la clase de vacío que la bebida puede llenar.

Ni siquiera estoy enamorado de ella, pensó. Ni ella de mí. No hay tragedia, ni verdadera pena, solo un vacío plano. El vacío de un escritor al que no se le ocurre nada que escribir, y se trata de un vacío bien doloroso, pero por alguna razón no llega a ser como la tragedia. Jesús, somos la gente más inútil del mundo. 

Y debemos ser un buen montón, todos solitarios, todos vacíos, todos pobres, todos afligidos por pequeñas y mezquinas preocupaciones sin dignidad. Todos esforzándose, como si estuvieran atrapados en arenas movedizas, por alcanzar un terreno firme donde apoyar los pies, y sabiendo en todo momento que no tiene la menor importancia que lo consigamos o no. 

Deberíamos celebrar un congreso en alguna parte, en un sitio como Aspen, Colorado, un sitio donde el aire sea claro, fresco y estimulante, y donde podamos lanzar nuestras desviadas inteligencias contra la dura mollera de los demás. Quizá así nos sentiríamos durante un rato como si de verdad tuviéramos talento. 

Todos los aspirantes a escritores del mundo, los chicos y chicas que poseen educación, voluntad, deseo, esperanza y nada más. Saben todo lo que hay que saber acerca de cómo se hace, pero son incapaces de hacerlo. Han estudiado a fondo e imitado a conciencia a todo aquel que alguna vez dio en el clavo.


Qué encantadora colección de nulidades formaríamos, pensó. Seríamos tan agudos como navajas de afeitar. Resonarían en el aire los chasquidos de nuestros sueños. La pena es que no duraría mucho. Pronto terminaría el congreso y tendríamos que regresar a nuestras casas a sentarnos frente a este maldito trasto metálico que escribe las palabras en el papel. Sí, a sentarnos aquí a esperar... como quien espera en la galería de los condenados a muerte.

Levantó la damajuana y, olvidándose del vaso, bebió directamente con la técnica tradicional del levantapesos. Estaba caliente y agrio, pero esta vez no le sirvió de mucho. Siguió pensando en lo de ser un escritor sin talento. Al cabo de un buen rato, volvió a llevar la damajuana al garaje y la metió bajo el montón de sacos. 

Febo apareció por la esquina con un enorme saltamontes de aspecto asqueroso en la boca. Hacía un ruido muy desagradable. Hank se agachó, obligó al gato a abrir las mandíbulas y dejó libre al saltamontes, con una pata menos pero aún rebosante de espíritu viajero. Febo miró a Hank fijándose hambriento. Así que Hank le dejó entrar en la cocina.


—Siéntate donde quieras —le dijo Hank al gato—. Estás en tu casa.

Le ofreció algo de comida, pero sabía que Febo no la querría, y así fue. De manera que se sentó ante la mesa de trabajo e introdujo un folio en la máquina de escribir. Al cabo de un rato, Febo se subió a la mesa junto a él y se puso a mirar por la ventana.

—Uno no debería trabajar el día en que su mujer le abandona, ¿no crees, Febo? Debería tomarse el día libre.

Febo bostezó. Hank le rascó la cabeza junto a la oreja y Febo ronroneó concienzudamente. Hank pasó los dedos por el lomo del gato, y Febo arqueó su cuerpo hacia la mano con una fuerza sorprendente.

—Eres un viejo gato hijoputa, ¿eh, Febo? Tendría que escribir algo sobre ti.

La tarde transcurrió con lentitud. Por fin fue cediendo paso al crepúsculo, y el vacío aún seguía allí. Febo ya había comido y se había echado a dormir en el banco de mimbre. Hank se sentó en el porche, contemplando a los insectos que bailaban en un tardío rayo de sol. Justo antes de que salieran los mosquitos oyó el coche que se acercaba. Hacía mucho ruido. 

Sonaba como el Chevy del viejo Simpson. Luego lo vio a lo lejos, avanzando por la polvorienta carretera, y supo que era él. Se notaba por el parabrisas roto. Apenas se sorprendió cuando el coche se desvió por el sendero y rodeó torpemente los escalones. El viejo Simpson se quedó inmóvil, con sus nudosas manos sobre el volante y sus ojos acuosos mirando al frente. Sus mandíbulas se movieron para escupir. No dijo nada. Ni siquiera volvió la cabeza cuando Marion salió del Chevy.


—Le he pagado al señor Simpson —dijo Marion.

Hank sacó el equipaje del coche sin que el viejo Simpson hiciera ademán de ayudarle. Cuando todo estuvo fuera, el viejo Simpson metió el embrague y se marchó, sin haber pronunciado una palabra ni haber mirado a ninguno de los dos.

—¿Por qué está molesto? —preguntó Hank.

—No está molesto. Simplemente, no le gustamos. Siento haber malgastado el dinero, Hank —tenía cara de derrotada—. Parece que no te sorprende que haya vuelto.

—No estaba seguro —meneó la cabeza en un gesto ambiguo.

Ella se echó a llorar estrepitosamente y Hank le pasó el brazo por los hombros.

—No se me ocurrió ningún maldito sitio donde ir —balbuceó ella—. Todo parecía tan absurdo —se arrancó el sombrero de la cabeza y se soltó el pelo—. Tan completa y absolutamente sin sentido. Ni puntos altos ni puntos bajos, solo una terrible sensación de cosa rancia.

Hank asintió y la miró mientras ella se secaba los ojos y se esforzaba por dibujar una ligera y avergonzada sonrisa.

—Hemingway habría sabido dónde ir —dijo ella.

—Claro. Habría ido a África a cazar un león.

—O a Pamplona a cazar un toro.

—O a Venecia a tirar al blanco —dijo Hank, y los dos sonrieron.

Hank levantó las dos maletas y empezó a subir los escalones.

—¿Dónde está Febo? —preguntó ella desde abajo.

—En mi mesa de trabajo —respondió Hank—. Está escribiendo un cuento. Una cosa cortita... para pagar el alquiler.

Ella subió corriendo los escalones y le hizo apartar el brazo de la puerta. Hank dejó las maletas con un suspiro y se encaró con ella. Quería ser amable, pero sabía que nada de lo que habían dicho en el pasado o de lo que dijeran ahora o en el futuro significaba nada. No eran más que ecos.

—Hank —dijo ella, desesperada—, me siento fatal. ¿Qué va a ser de nosotros?

—No gran cosa —dijo Hank—. ¿Por qué habría de pasarnos nada? Aún podemos aguantar seis meses.

—No me refiero al dinero. Tu novela... mi obra teatral. ¿Qué va a pasar con ellas, Hank?

Sintió un vuelco en el estómago, porque conocía la respuesta, y Marion también la conocía, y no tenía ningún sentido fingir que se trataba de un problema sin resolver. El problema no consistía en lograr algo que sabes que no está a tu alcance, sino en dejar de comportarse como si lo tuvieras a la vuelta de la esquina, aguardando a que tú dieras con ello, oculto tras un matorral o bajo un montón de hojas secas, pero real y verdadero. No estaba allí y nunca lo estaría. ¿Por qué seguir aparentando que sí que estaba?

—Mi novela es una mierda —dijo muy tranquilo—. Y tu obra, lo mismo.

Ella le pegó en la cara con toda su fuerza y entró corriendo en la casa. Estuvo a punto de caerse al subir las escaleras. Dentro de un instante, si escuchaba con atención, la oiría llorar. No quería oírlo, así que bajó del porche, se dirigió al garaje y sacó la garrafa de debajo de los sacos. Bebió un buen trago, bajó con cuidado la garrafa, la tapó y la metió de nuevo bajo los sacos.

Cerró las puertas del garaje y puso en su sitio la clavija de madera. Estaba anocheciendo, y los huecos entre los árboles se veían negros y profundos.

—Ojalá tuviera un perro —le dijo a la noche—. ¿Por qué sigo deseándolo? Supongo que necesito alguien que me admire.

Una vez en la casa, escuchó pero no pudo oír ningún llanto. Subió hasta la mitad de las escaleras y vio la luz encendida, lo cual indicaba que ella se encontraba bien. Cuando se quedó parado en el umbral de la habitación, ella estaba sacando las cosas del neceser. Mientras lo hacía, silbaba muy bajito entre dientes.

—Ya te has tomado un trago, ¿no? —dijo ella sin levantar la mirada.

—Solo uno. Era un brindis. En homenaje a un Corazón Destrozado.

Ella se enderezó bruscamente y le miró con fijeza por entre los cabellos despeinados.

—Qué agradable —dijo con frialdad—. ¿Tu corazón o el mío?

—Ninguno de los dos —dijo Hank—. Es solo un título que se me ocurrió.

—¿Un título para qué? ¿Para un cuento?

—Para la novela que no voy a escribir —dijo Hank.

—Estás borracho —dijo Marion.

—No he comido nada.

—Lamento haberte abofeteado, Hank.

—No tiene importancia —dijo Hank—. Lo habría hecho yo mismo si se me hubiera ocurrido.

Dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras, caminando con delicadeza, paso a paso, sin tocar la barandilla; luego cruzó el vestíbulo y salió por la puerta, dejando que la rejilla se cerrara con suavidad, bajó los escalones uno a uno, con cuidado y con decisión, y luego dio la vuelta a la esquina de la casa, pisando firmemente la grava, en su interminable y predestinado viaje de regreso a la garrafa escondida bajo el montón de sacos.

Rapunzel - James Finn Garner

Érase una vez un calderero económicamente desfavorecido que vivía con su mujer. Su falta de bienestar material no debe dar a entender que el conjunto de los caldereros formen un grupo económicamente marginado, ni que, de ser así, merezcan sufrir dicha condición. 

Por más que en los cuentos infantiles clásicos el calderero represente el arquetipo de víctima propiciatoria, este individuo en particular era calderero de profesión y, sencillamente, se encontraba en una posición de desventaja económica.

El calderero y su mujer vivían en una diminuta casucha próxima a la modesta finca de una de las brujas de la localidad. Desde su ventana, podían admirar el jardín de la bruja, que ésta cuidaba meticulosamente en un repugnante intento por imponer sobre la Naturaleza nuestras nociones humanas de orden.

La mujer del calderero estaba embarazada y, mientras observaba el jardín de la bruja, comenzó a experimentar un apetito irresistible por las lechugas que ésta cultivaba. Suplicó al calderero que saltara la valla y le trajera algunas, y su esposo terminó por ceder a sus deseos: al caer la noche, saltó la valla y se apropió de unas cuantas lechugas. Sin embargo, antes de que pudiera regresar a su hogar, se vio sorprendido por la bruja.

Ahora bien, la bruja en cuestión era una persona de amabilidad sumamente limitada. (No pretendemos afirmar con ello que todas las brujas —ni siquiera algunas— lo sean, ni despojar a esta bruja en cuestión de su derecho a expresar su carácter natural, sea éste cual fuere. Antes bien, nos inclinamos por reconocer que dicho carácter se debía, sin duda, a numerosas circunstancias relacionadas con su educación y su entorno social que aquí, desgraciadamente, habremos de omitir por necesidades de espacio.)

Pero, como decíamos, la bruja era una persona de amabilidad notablemente limitada, por lo que el calderero experimentó un agudo temor cuando ella, asiéndole por el cuello, le preguntó: —¿A dónde vas con mis lechugas?

El calderero podría acaso haber discutido con ella los conceptos de la propiedad y haber argumentado que las lechugas «pertenecían» en buena ley a cualquiera que tuviera el hambre y el coraje suficientes como para apropiarse de ellas. Sin embargo, imploró piedad, sin importarle el degradante espectáculo que ofrecía con ello. —Ha sido culpa de mi mujer —gimió, de un modo característicamente machista—. Está embarazada y se ha encaprichado con sus espléndidas lechugas. Le ruego que me perdone la vida. Por más que el concepto de hogar regentado por un progenitor único resulta totalmente aceptable, le ruego que no me mate, pues con ello despojaría a mi retoño de una estructura familiar estable basada en el cuidado de ambos cónyuges.

La bruja caviló unos instantes y, a continuación, soltó al calderero y desapareció sin pronunciar palabra. El hombre recogió sus lechugas y regresó a su hogar con enorme alivio.

Pocos meses después, y tras terribles sufrimientos que los hombres nunca podrán apreciar debidamente, la mujer del calderero dio a luz a una hermosísima y saludable mujer de corta edad, a la que llamaron Rapunzel como referencia a un conocido género de lechugas.

Poco después, la bruja se presentó en el umbral de su puerta exigiendo que le fuera entregada la recién nacida a cambio de haber perdonado la vida del calderero cuando éste se introdujo en su jardín. ¿Qué podían hacer? La situación vital de impotencia que padecían siempre les había dejado a merced de cualquier forma de explotación, y en aquel momento no vieron otra alternativa posible. Entregaron a Rapunzel a la bruja y ésta se alejó a toda prisa.

La bruja llevó a la pequeña al corazón del bosque y la encerró en una elevada torre de evidente representación simbólica. Allí creció Rapunzel hasta convertirse en una mujer adulta. La torre carecía de puertas o escaleras, y tan sólo tenía una ventana en su parte superior. El único modo de acceder a la ventana era trepando por la larga y voluminosa cabellera de Rapunzel (una vez más, el simbolismo de todo ello debería resultar obvio).

La bruja era la única visitante de Rapunzel. Solía detenerse al pie de la torre y gritar:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Y Rapunzel, obedientemente, dejaba caer su trenza. De este modo, y durante años, permitió que se explotara su cuerpo para satisfacer las necesidades de desplazamiento de otra persona. A la bruja le gustaba la música, y enseñó a Rapunzel a cantar. Juntas, pasaban largas horas cantando en la torre.

Pero un día, un príncipe pasó cerca de la torre y oyó el canto de Rapunzel. No obstante, al aproximarse a la fuente de aquel delicioso sonido avistó a la bruja y se ocultó entre los árboles junto con su equino acompañante. Desde su escondrijo, pudo ver cómo la bruja llamaba a Rapunzel, cómo ésta dejaba caer su trenza y cómo la bruja trepaba por ella. Y, nuevamente, llegó a sus oídos aquel canto hermosísimo. Finalmente, cuando la bruja abandonó la torre y desapareció en la distancia, el príncipe salió de los bosques y dijo:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Inmediatamente, Rapunzel descolgó su trenza por la ventana y el príncipe trepó por ella.

Cuando el príncipe vio a Rapunzel, el atractivo físico de ésta —muy superior a la media— y sus cabellos largos y abundantes le llevaron a presumir (de un modo típicamente sexista) que su personalidad sería igualmente atrayente. (No pretendemos, con ello, sugerir que todos los príncipes juzguen a las personas únicamente por su aspecto, ni negarle a éste en particular su derecho a realizar tales presunciones. Remítase el lector a otras aclaraciones expresadas en párrafos anteriores.)

Y dijo el príncipe: —¡Oh, hermosa doncella! He oído vuestro canto mientras cabalgaba por las cercanías. Cantad de nuevo para mí, os lo ruego.

Rapunzel no sabía muy bien qué actitud adoptar ante aquella persona, ya que hasta entonces nunca había visto un hombre de cerca. Pensó que era una extraña criatura: de grandes dimensiones, rostro velludo y dotada de un poderoso olor acre. De algún modo inexplicable, Rapunzel se sintió extrañamente atraída por aquella mezcla y abrió la boca dispuesta a cantar. —¡Detente inmediatamente! —exclamó una voz procedente de la ventana.

¡La bruja había regresado! —¿Cómo... cómo habéis podido subir? —inquirió Rapunzel. —Ordené fabricar una segunda trenza para emplearla en caso de apuro —dijo la bruja con tono desenfadado—, y parece que tal es el caso. ¡Escúchame, príncipe! Construí esta torre para mantener a Rapunzel alejada de hombres como tú. Fui yo quien la enseñó a cantar y llevo años educando su voz. Se quedará aquí y no cantará para nadie más que para mí, ya que soy la única persona que realmente la ama. —Podemos discutir vuestros problemas de interdependencia más tarde —dijo el príncipe—. Antes quisiera oír a... ¿Rapunzel, se llama?... Querría oír cantar a Rapunzel. —¡NO! —chilló la bruja—. ¡Voy a arrojarte por la ventana sobre las zarzas que crecen bajo ella y así sus espinas te arrancarán los ojos y tendrás que vagar por la campiña maldiciendo tu mala suerte durante el resto de tus días! —Quizá te interese reconsiderar esa decisión —dijo el príncipe—. Verás, tengo en la industria discográfica buenos amigos a los que quizá les interesaría oír a... ¿Rapunzel, te llamabas? Tiene un estilo diferente... pegadizo, diría yo. —¡Lo sabía! ¡Quieres apartarla de mí! —No, no. Quiero que sigas adiestrándola, que la eduques... en calidad de representante —dijo el príncipe—. Luego, en su momento, digamos al cabo de una o dos semanas, podrás revelar su talento al mundo y nos embolsaremos la pasta.

La bruja vaciló unos instantes mientras sopesaba la propuesta, y su actitud se apaciguó visiblemente. A continuación, el príncipe y ella comenzaron a discutir contratos discográficos y derechos de vídeo, así como posibles ideas de comercialización, entre las que se incluían muñecas «Rapunzel»© de tamaño natural equipadas con sus propias Columnas Melódicas© estereofónicas en miniatura. 

Mientras les observaba, Rapunzel veía transformarse sus sospechas en una sensación de repugnancia. Durante años, sus cabellos se habían visto explotados para satisfacer las necesidades de desplazamiento de terceros, y ahora querían explotar también sus dotes vocales. «De modo que la avaricia es un vicio común a ambos sexos», pensó con un suspiro.

Rapunzel fue acercándose lentamente a la ventana sin ser vista y, una vez allí, se descolgó a lo largo de la segunda trenza hasta donde aguardaba el caballo del príncipe. A continuación, desenganchó la trenza y partió con ella al galope dejando que la bruja y el príncipe siguieran discutiendo sus derechos y porcentajes en el fálico torreón.

Rapunzel se dirigió a la ciudad y alquiló una habitación en un edificio provisto de escaleras como es debido. Posteriormente, creó una Fundación no lucrativa para el fomento de la Libre Proliferación de la Música, se cortó la cabellera y la donó a una subasta destinada a la recogida de fondos. 

Durante el resto de sus días, cantó gratuitamente en cafés y galerías de arte, negándose sistemáticamente a explotar, a cambio de dinero, el deseo de oírla cantar que pudieran experimentar otras personas.

Talento - Robert Bloch

 Quizá sea una lástima que no se supiera nada de los padres de Andrew Benson.

Las mismas razones que los condujeron a abandonarlo en la escalera de entrada del Orfelinato de San Andrews, constituyeron asimismo la causa de su discreto anonimato. El hecho ocurrió en la mañana del 3 de marzo de 1943 -en plena guerra, como cualquiera puede recordar-, de modo que el niño podía ser muy bien tomado como un producto de los avatares bélicos. Sucesos similares ocultaban la singularidad de cualquier caso, incluso en Pasadena, que era donde el Orfelinato estaba ubicado.

Tras las usuales tentativas y las infructuosas pesquisas, las buenas hermanas lo tomaron. Allí adquirió su primer nombre, del patrón y patronímico santificado que bautizaba el establecimiento. El «Benson» le fue añadido unos años más tarde, por una pareja que lo adoptó ocasionalmente.

Es difícil, después de tanto tiempo, calibrar la clase de muchacho que fue Andrew; el orfanato posee archivos, pero meramente contienen fichas, y la hermana Rosemarie, que trabajaba como supervisora del dormitorio masculino, hace tiempo que murió. La hermana Albertine, calificadora de los estudios en la Escuela del Orfelinato, se encuentra ahora -por decirlo de la manera más delicada posible- en su senilidad, y su testimonio aparece necesariamente coloreado por el asalto de sucesos secundarios.

Parece empero increíble que Andrew no aprendiera a hablar hasta encontrarse en el umbral de sus siete años; la forzada gregariedad y la conspicua falta de atención a las características individuales, propia de los orfelinatos, la habría acelerado como si la facultad del habla fuera necesaria para la absoluta supervivencia, desde la más remota infancia, dado el entorno. Apenas es más creíble la teoría de la hermana Albertine de que Andrew sabía hablar pero que sencillamente se negó a hacerlo hasta no haber llegado a su séptimo año de vida.

Pero, lo que agrava las cosas, ella lo recuerda ahora como un muchachito desacostumbradamente precoz, que parecía poseer una inteligencia y un entendimiento que iban más allá de sus años. En lugar de valerse del habla, no obstante, adoptaba la pantomina, arte al que era tan brillante adepto (si hemos de creer a la hermana Albertine) que su continuo silencio era apenas notable.

-Podía imitar a cualquiera -declara la hermana-. A los otros niños, a las hermanas, incluso a la Madre Superiora. Claro, yo tenía que reprenderlo por eso. Pero era admirable la facilidad con que asimilaba las mínimas maneras y las expresiones faciales de cualquier otra persona, y de una sola mirada. Pues eso es lo que hacía Andrew: lanzar una sola mirada y captarlo todo.

»El día de las visitas era el domingo. Naturalmente, Andrew nunca tenía visitas, pero le gustaba haraganear por el pasillo y ver cómo entraban. Luego, por la noche, ya en los dormitorios, llevaba a cabo una función para los otros chicos. Podía encarnar cada hombre, mujer o niño, que entraba en el Orfelinato ese día, individualmente: la forma de andar, de moverse, todos sus actos y gestos. Incluso a pesar de no decir jamás una palabra, a nadie se le ocurrió pensar que Andrew fuera un deficiente mental. Durante un tiempo el Dr. Clement llegó a pensar que Andrew podía ser mudo.

El Dr Clement es una de las pocas personas capaces de suministrar datos objetivos sobre los primeros años de la vida de Andrew Benson. Desgraciadamente, falleció en 1954, víctima de un incendio que también destruyó su casa y sus archivos.

Fue el Dr. Clement quien atendió a Andrew la noche en que éste vio la primera película.

El año era 1949, y el día algún sabado por la tarde de finales de la citada fecha. El Orfelinato recibía y exhibía una película a la semana y solo se permitía su visualizacion a los niños en edad escolar. La inhabilidad -o negligencia- de Andrew para hablar le causó algunos problemas cuando entró en el grado primario el último septiembre, y aún pasaron algunos meses antes de que le fuera permitido reunirse con sus compañeros de clase en el auditorio para las sesiones cinematográficas del sábado por la noche. Aunque se sabe que ocasionalmente lo hizo.

La película era la última (y probablemente la menor) de las de los Hermanos Marx. Su titulo era Love Happy y si es recordada por el público medio de hoy se debe al hecho de la brevísima aparición de la entonces desconocida rubia, llamada Marilyn Monroe.

Pero la audiencia del Orfelinato tuvo otros motivos para recordarla como memorable. Porque Love Happy fue la película que puso en trance a Andrew Benson.

Después de que las luces fueran de nuevo encendidas, el niño se quedó allí sentado, inmóvil, los ojos fijos y sin vida en la blanca y vacía pantalla. Cuando sus compañeros lo advirtieron y le instaron a levantarse, él no respondió; una de las hermanas (probablemente la hermana Rosemarie) lo zarandeó, y él cayó en un colapso con apariencia de muerte. El Dr. Clement fue llamado y atendió al paciente. Andrew Benson no recobró el conocimiento hasta la mañana siguiente.

Fue entonces cuando habló.

Habló inmediata, perfecta y copiosamente: pero no de la forma que podía hacerlo un niño de seis años. La voz que surgió de sus labios era la de un hombre de mediana edad. Era nasal, crujiente y, aunque sin los guiños y expresiones faciales, fue instantáneamente reconocida e indiscutiblemente identificada como la voz de Groucho Marx.

Andrew Benson imitó el papel de Groucho como Sam Grunion a la perfeccion, palabra por palabra. Luego «hizo» de Chico Marx. Después volvió nuevamente al silencio y se pensó que otra vez había entrado en su fase muda. Pero pronto su silencio se hizo elocuente y en seguida se advirtio que estaba imitando a Harpo. En rápida sucesión, Andrew creó identificables retratos vocales y visuales de Raymond Burr, Melville Cooper, Eric Blore y los demás actores que interpretaban papeles menores en la película. Sus encarnaciones parecieron siniestras a sus compañeros y las hermanas no dejaron de notarlo.

-Pero si hasta se parece a Groucho -insistió la hermana Albertine.

Ignorando el problema de como un crío de seis años podía parecerse físicamente a Groucho Marx sin el beneficio (o detrimento) del maquillaje, el caso fue que Andrew Benson cobró repentina celebridad como mímico dentro de los reducidos límites del Orfelinato.

Y desde aquel momento en adelante, habló con regularidad si no libremente. Es decir, respondió a las preguntas directas, recitó sus lecciones en clase, y contestó con las estereotipadas formas de educación requeridas por la disciplina del Orfelinato. Pero nunca fue locuaz, ni siquiera comunicativo, en el sentido ordinario del término. La única ocasión en que espontáneamente articulaba palabras era la que seguía a la proyección de la película semanal.

No se repitió el ataque primero, pero cada noche sabática la proyección traía al final una completa y dramática recapitulación a cargo del dotado muchacho. Durante la agonía del año 49 y el invierno del 50, Andrew Benson vio muchas películas. Sorrowful Jones, con Bob Hope; Tarzan's Magic Fountain; The Fighting O'Flynn; The Life of Riley; Little Women, y muchas más, tanto antiguas como contemporáneas. Naturalmente, las películas eran supervisadas antes por las hermanas, y las películas que incidían en la violencia, descrita o superlativizada, no eran aceptadas. No obstante, llegaron algunos westerns a la pantalla del Orfelinato y es significativo que Andrew Benson reaccionara como lo que llegó a ser una forma característica.

-Divertido y curioso -declara Albert Domínguez, que estaba en el Orfelinato durante el mismo período que Andrew Benson y que es una de las pocas personas localizadas que lo admite y rehuye toda discusión sobre el hecho-. Al principio Andy imitaba a todo el mundo: a todos los hombres, claro. Nunca imitó a ninguna mujer. Pero después de empezar a ver westerns pareció querer escoger. Imitaba sólo a los malos. No me refiero a lo que hacemos cuando de críos jugamos a vaqueros, ya sabe, cuando uno es sheriff y el otro pistolero. Quiero decir que él imitaba a los malos todo el tiempo. Podía hablar como ellos, hasta parecerse a ellos. Solíamos chotearnos de él, ¿sabe?

Probablemente como resultado de este «choteo», Andrew Benson, durante la tarde del 17 de mayo de 1950, intentó cortarle la garganta a Frank Phillips con un cuchillo de mesa. Probablemente... a pesar de que Albert Domínguez asegura que el otro no le provocó y que Andrew Benson estaba duplicando con exactitud el papel de un asesino desesperado del lejano oeste en una vieja película de Charles Starrett.

El incidente fue aparenteniente silenciado y no se tomó ninguna medida; poseemos poca información sobre el crecimiento y desarrollo de Andrew Benson entre el verano de 1950 y el otoño de 1955. Domínguez abandonó el Orfelinato, nadie más se presta a declarar y la hermana Albertine se retiró a una casa de reposo. Como resultado, no hay nada digno de crédito en torno a lo que muy bien pudo haber sido el período crucial de Andrew, sus años de formación. Los escasos restos de trabajos escolares parecen bastante satisfactorios y nada hay que indique que fuera un problema de disciplina para con sus instructores. En junio de 1955, junto con el resto de sus compañeros de clase, fue fotografiado con ocasión de su graduación después del octavo curso. Su rostro es una mera mancha, un tizne casi inexistente en mitad de un mar de semblantes pre-adolescentes. Lo que pudiera parecer a esa edad es difícil de decir.

Los Benson pensaron que se parecía a su hijo David.

El pequeño David Benson había muerto a consecuencia de una infección de poliomielitis en 1953, y dos años después iban sus padres al Orfelinato de St. Andrews con la intención de adoptar un chico. Traían consigo un retrato de David y confesaron francamente que se sirvieron del parecido físico al realizar la elección.

¿Vio Andrew Benson aquella fotografía? ¿Vio -según han supuesto algunos tremendistas irresponsables- las películas caseras que los Benson tomaron de su hijo?

Por nuestra parte, debemos limitarnos a los hechos comprobados, y estos se resumen en que Mr. y Mrs. Louis Benson, de Pasadena, California, adoptaron legalmente a Andrew Benson, de 12 años de edad, el 9 de diciembre de 1955.

Y Andrew Benson fue a vivir con ellos, en calidad de hijo. Andrew entró en una escuela pública de enseñanza media. Llego a ser propietario de una bicicleta. Recibió honorarios semanales de un dolar. Y frecuentó el cine.

Andrew Benson frecuentaba los cines sin restricción. Sin ninguna restricción. Así fue durante varios meses, período en el que vio comedías, dramas, westerns, musicales, melodramas. Sin duda vio melodramas. ¿Hubo entre estos films alguno que, exhibido más o menos en 1956, mostrara como un gangster defenestraba a su víctima desde un segundo piso?

Por lo que hoy sabemos, no tenemos más remedio que sospechar la existencia de ese film. Por aquellos días, cuando tuvo lugar el incidente, Andrew Benson fue virtualmente exculpado. Él y otro muchacho habían estado «forcejeando» en un aula después de la clase y el otro muchacho había sufrido una «caída accidental». Al menos, ésta fue la version oficial del suceso. El otro muchacho -hoy coronel de Marines Raymond Schuyler- mantiene hoy día que Benson pretendió asesinarlo deliberadamente.

-Aquel crío era espeluznante -insiste Schuyler-. Ninguno de nosotros congenió realmente con él. Era como si no hubiera nada con lo que congeniar, ¿sabe usted? Quiero decir que él estaba siempre retraído y sujeto a cambios inexplicables. De un día para otro uno nunca sabía con qué iba a salir. Claro, nosotros sabíamos que él imitaba a los actores de cine (era sólo un novato pero había dado ya el golpe en el club dramático), pero nos daba la sensación que los imitaba en todo momento y lugar. Un minuto se estaba quieto y al siguiente, ¡ahí va! Usted conocerá esa historia, la de Jekyll y Hyde. ¿La conoce? Bueno, pues eso le pasaba a Andrew Benson. La tarde que me echó la zarpa habíamos estado incluso hablando amigablemente. Me condujo hasta la ventana y juro ante Dios que cambió ante mis ojos. Como si repentinamente se hubiera hecho un pie más alto y cincuenta libras más pesado, y su rostro era realmente salvaje. Me lanzó por la ventana sin pronunciar una palabra. Por supuesto, yo los tenía en la garganta y quizá pensara que había sufrido un cambio. Quiero decir que a nadie se le ocurriría hacer una cosa así.

Semejante incógnita, si afloró por aquel tiempo, se ha mantenido hasta ahora sin respuesta. Sabemos que Andrew Benson llamó la atención del Dr. Max Fahringer, psiquiatra infantil y consejero guía del colegio, y que su examen inicial no reveló anormalidades aparentes en la personalidad ni en los modelos de conducta. El doctor Fahringer, sin embargo, sostuvo largas charlas con los Benson y como resultado de las mismas se prohibió a Andrew la asistencia a proyecciones cinematográficas. Al año siguiente, el propio doctor Fahringer se ofreció voluntariamente a examinar al joven Andrew: indudablemente, su interés se había incrementado por las sorprendentes habilidades dramáticas que el muchacho mostraba en sus actividades extraescolares.

No tuvo lugar más que una entrevista y es de lamentar que el doctor Fahringer no trasladara sus descubrimientos al papel ni que los comunicara a los Benson antes de su repentina y violenta muerte a manos de un desconocido asaltante. Se creyó (o se lo creyó la policía, al menos, por entonces) que uno de sus primeros pacientes, internado en una institución en calidad de psicópata, podía haber sido el causante del crimen.

Todo cuanto sabemos es que ello ocurrió poco después de haber asistido a una reposición local de la película Man in the Attic, en la que Jack Palance hace el papel de Jack el Destripador.

Es interesante examinar hoy día algunas de las llamadas «películas de terror» de aquellos años, incluyendo las reposiciones de las primitivamente interpretadas por Boris Karloff, Bela Lugosi, Peter Lorre y tantos otros.

Obviamente, no podemos asegurar con certeza que Andrew Benson estaba violando los deseos de sus padres adoptivos y asistiendo furtivamente a proyecciones cinematográficas. Pero si lo hizo, es bastante probable que frecuentara algunos de los pequeños cines de la vecindad, muchos de los cuales eran de reestreno. Pues sabemos, a tenor de los comentarios de sus compañeros de clase durante aquellos años de enseñanza media, que «Andy» estaba familiarizado -de manera casi omnisciente, podría decirse- con los amaneramientos de tales reposiciones.

La evidencia es a menudo conflictiva. Joan Charters, por ejemplo, está dispuesta a «jurar sobre la Biblia» que Andrew Benson, a la edad de 15 años, era «el vivo retrato de Peter Lorre... los mismos ojos saltones y demás cosas». Mientras que Nick Dossinger, que asistió a las mismas clases que Benson un año más tarde, asegura que «se parecía a Boris Karloff talmente».

Aunque la adolescencia conlleve un considerable incremento de estatura en el corto tiempo de un año, es casi imposible de creer que un «vivo retrato de Peter Lorre» pueda metamorfosearse en un asténico tipo Karloff.

Hay muchos testimonios dignos de crédito durante estos años de la vida de Andrew Benson, pero casi todos ellos inciden en destacar el fenomeno de su talento mímico y su irrebatible habilidad para las encarnaciones ad libitum de los actores de cine. Al parecer, había caracterizado a todos sus compañeros y contemporáneos de cabo a rabo.

-Decía que prefería imitar a los actores de cine porque eran más grandes -afirma Don Brady, que fue compañero suyo en el último año-. Le pregunté qué quería decir con «más grandes» y contestó que los actores de cine eran más grandes en la pantalla, a veces de veinte pies de punta a punta. Y dijo: «¿Por qué molestarse con las personas pequeñas cuando uno puede ser grande?» Oh, muchacho, era un carácter original del todo, un tipo único.

Las frases se repetían. «Extraño», «excéntrico» y «volado» son términos pintorescos pero altamente esclarecedores. Y parecía haber muy pocos recuerdos de Andrew Benson como un compañero de clase como los demás, en el papel ordinario de adolescente, o como un simple amigo. Lo único recordado es el imitador, generalmente con admiración y, con bastante frecuencia, con disgusto rayano en la aprensión.

-Era tan bueno que lo asustaba a uno. Claro, eso era cuando hacía sus caracterizaciones. El resto del tiempo apenas te percatabas de que estaba allí.

-¿Sus clases? Sí, creo que las acabó como todo el mundo. No estuve muy al tanto.

-Andrew era un estudiante normal. Podía responder cuando se le preguntaba, aunque nunca lo hacía voluntariamente. Sus notas fueron las corrientes. Tenía la impresión de que era más bien retraído.

-No, nunca tuvo muchas citas. Ahora que lo pienso, no recuerdo que saliera nunca con chicas. Nunca le presté mucha atención, excepto, claro está, cuando se ponía a actuar.

-No sé lo que quiere usted decir con acercarse a Andy. No sé de nadie que pareciera tener amistad con él. Fuera de sus reproducciones dramáticas estaba siempre tranquilo y quieto. Pero cuando las emprendía, era como si se tratase de una persona diferente... era realmente grande, ¿no cree? Siempre supusimos que acabaría en el Pasadena Playhouse.

Los recuerdos de sus contemporáneos son aptos frecuentemente para arribar a sucesos que no envolvieron directamente a Andrew Benson. Los años 1956 y 1957 son todavía recordados por los estudiantes de enseñanza media de la zona que nos ocupa como los años del toque de queda. Era un toque de queda voluntario, naturalmente, pero estrictamente observado, no obstante, por la mayoría de chicas estudiantes al tanto de lo que se llamaron «crímenes del hombre lobo»: una serie de crímenes salvajes y todavía sin resolver que aterrorizaron a la comunidad durante algo más de un año. Algunos aspectos canibalescos en el asesinato de cinco muchachas llevaron a la prensa sensacionalista a calificar al asesino como «hombre lobo». La serie del Wolf Man, producida por la Universal, había vuelto a llenar las pantallas por aquellos días y quizá esta circunstancia permitió tamaña asociación.

Pero regresemos a Andrew Benson; creció, fue a la universidad y vivía la vida propia de un hijastro. Si sus padres adoptivos fueron un tanto estrictos, él no hizo queja alguna. Si lo castigaron porque sospechaban que abandonaba su habitación por la noche, tampoco se quejó ni negó el hecho. Si se mostraron aprensivos porque temían que desobedecía la prohibición de ver películas, no manifestó ninguna abierta oposición.

El único choque conocido entre Andrew Benson y su familia se produjo como resultado de la llana negativa de sus padrastros a instalar un aparato de televisión en casa. Si estaban al tanto o no del posible fomento de la habilidad mímica de Andrew o si habían desarrollado una mera alergia hacia Lawrence Welk y su estirpe, es difícil de determinar. Como fuere, se resistieron a la adquisición de un aparato de televisión. Andrew rogó y suplicó, señalando que «necesitaba» la televisión como un complemento en su futura carrera dramática. Su argumento tenía alguna justificación, pues en su último curso Andrew había sido «reconocido» por el famoso Pasadena Playhouse, y hasta se había hablado de la posibilidad de una futura carrera profesional sin necesidad del aprendizaje normal.

Pero los Benson fueron inexorables en lo concerniente al televisor; por lo que podemos conjeturar, se mantuvieron inexorables hasta el día de su muerte.

Los infortunados sucesos tuvieron lugar en Balboa, Panamá, donde los Benson poseían una pequeña casa de campo y mantenían un yate de pequeñas proporciones. Los ancianos Benson y Andrew se adentraban por el Canal Catalina cuando el yate volcó en aguas agitadas. Andrew logró aferrarse al casco hasta que fue rescatado, pero sus padres adoptivos perecieron. Accidente bastante común; uno ha visto en el cine docenas de accidentes parecidos.

Andrew, poco después de cumplir los dieciocho, fue internado nuevamente en un orfanato, pero un orfanato con plenas características de agradable hogar y con la expectativa de convertirse en heredero cuando cumpliera los veintiuno. La propiedad de los Benson estaba administrada por el abogado de la familia, Justin L. Fowler, y concedió al joven Andrew unos honorarios semanales de cuarenta dolares, cantidad más que suficiente para cubrir los gastos de un recién graduado de enseñanza media, aunque no para permitirle vivir con derroche.

Es de temer que se sucedieron violentas escenas entre el joven y el abogado de la familia. No hay lugar aquí para traerlas a colación y detalle, ni para condenar a Fowler por lo que parecía ser -al menos superficialmente- el desarrollo de una fijacion.

Pero hasta la noche en que fue atropellado por un vehículo que se dio a la fuga, el abogado Fowler se mantuvo casi obsesionado por el deseo de probar que el joven Benson era legalmente incompetente, si no algo peor. Ciertamente, fue su investigación la que permitió el descubrimiento de los escasos hechos concernientes a la vida de Andrew Benson que hoy día pueden ser considerados dignos de crédito.

Hubo algunas hipótesis -uno duda si dignificarlas con el término «conclusiones» -, que extrapoló en apariencia a partir de sus magros descubrimientos o que fabricó sin fundamento alguno. A menos que, naturalmente, tuviera en su poder detalles hoy día fuera de control. Sin la base de tales detalles no hay forma de corroborar lo que no parecía sino una serie de fantásticas conjeturas.

Un ejemplo al azar, como recuerdo de las distintas conversaciones que Fowler sostuvo con las autoridades, será suficiente.

-No creo que el chico sea siquiera humano, al menos en lo que respecta a este asunto. Por el simple hecho de aparecer en las escaleras del orfanato se le llama expósito. Mutante puede ser un término más apropiado. Sí, ya sé que nadie cree en tales cosas. Y si uno habla de las formas vitales de otros planetas, se le ríen en la cara y le dicen a uno que se vaya a freír espárragos.

»¿Mutante? Probablemente sea éste un término más exacto de lo que su estrecho significado implica. Me refiero a la forma en que él se transforma cuando ve las películas. No, no es necesario que me crea a mí, pregunte a cualquiera que lo haya visto actuar desde siempre. Mejor aún, pregunte a aquellos que nunca lo han visto y que sólo lo han contemplado en sus imitaciones privadas de los actores de cine. Descubrirá usted que hay muchísimo más que una simple imitación. Él se convierte en el actor. Sí, quiero decir que sufre una transformacion física total. Camaleón. O alguna otra forma de vida. ¿Quién podría decirlo?

»No, yo no pretendo entenderlo. Ya sé que no es "científico", según su forma de entender la ciencia. Pero eso no quiere decir que sea imposible. Hay muchas formas vitales en el universo y nosotros sólo podemos hacer cábalas sobre un reducido número de ellas. ¿Por qué no podría alguno poseer una sensibilidad anormal para la mímica?

»Usted sabe el efecto que el cine puede tener sobre los que llamamos "seres normales", aunque sea bajo ciertas condiciones. El espectador cinematográfico se queda bajo un estado hipnótico, y puede usted comprobarlo preguntando a los psicólogos. Oscuridad, concentración, sugestión... todos los elementos están presentes. Y existe también la sugestión posthipnótica. Nuevamente me respaldarían los psiquiatras en esto. Muchas personas tienden a identificarse con algunos de los personajes que aparecen en la pantalla. Aquí es donde interviene nuestro adorado héroe, y ésta es la razón por la que existen los aficionados a los westerns y a los films policíacos y toda la pesca. Se supone que la gente común sale del cine fantaseando sobre los héroes y heroínas que han visto en la pantalla; imitándolos también.

»Obviamente, esto es lo que Andrew Benson hace. ¿Y si suponemos que lo que hace es ir un poco más allá? ¿Y si suponemos que es capaz de ser lo que ve retratado? ¿Y que escoge exclusivamente los personajes malvados? Se lo digo, es necesario investigar los crímenes perpetrados desde hace unos años a esta parte. No sólo el asesinato de aquellas chicas, sino también el de los dos doctores que examinaron a Benson cuando este era un niño, y es más: la muerte incluso de sus padres adoptivos. No creo que esas cosas fueran accidentes. Creo que algunas personas se acercaron demasiado a su secreto y que Benson las quitó de en medio.

»¿Por qué? ¿Cómo podría yo saber el porqué? Ni siquiera se lo que busca cuando asiste al cine. Pues está buscando algo, eso se lo garantizo. ¿Quién podría saber lo que tal forma vital se propone hacer o cuáles son sus propósitos respecto de sus poderes? Todo cuanto puedo hacer, es advertirle.

Es fácil desechar que el abogado Fowler fuera un tipo paranoide aunque no que resultara tal vez injusto, a la hora de evaluar las razones de su arrebato. Que sabía (o creía saber) algo, es evidente de por sí. Como prueba, en la noche de su muerte estaba parecer a punto de confeccionar un informe con sus descubrimientos.

Deplorablemente, cuanto quedó no fue sino un preámbulo, en forma de cita de Erie Voegelin, relativas a las rígidas y pragmaticas actitudes del «cientifismo», por llamarlo así:

«(1> está supuesto que la ciencia matematizada de los fenómenos naturales es un modelo científico al que todas las otras ciencias deben adaptarse; (2) que todos los reinos de los seres son accesibles según los métodos de las ciencias de los fenómenos; y (3) que toda realidad que no tenga acceso a las ciencias de los fenómenos o es irrelevante o, en la forma más radical del dogma, ilusoria.»

Pero el abogado Fowler está muerto y nosotros no podemos tratar sino con la vida, con Max Schick, por ejemplo, el agente de películas de cine y televisión que visitó a Andrew Benson en su casa poco después de la muerte de los ancianos Benson y le ofreció un contrato inmediato.

-Usted es un genio nato -le dijo Schick-. Deje de preocuparse por lo del Pasadena Playhouse. A nadie le interesa esto. Puedo demostrárselo ya, créame. Con lo que usted es capaz de hacer, borraremos a Marlon Brando del mapa. Claro, empezaremos por cosas menores, pero yo sé dónde está el chollo. Lo principal es que pueda introducirse entre los grandes por donde sea. Nada de musicales adocenados, ¿me sigue? Los estudios no se reparten de buenas a primeras y aunque usted cayera en uno, acabaría en las filas de los don nadie. No, el trato es conseguir para usted un primer puesto y un cartel más allá de las eventualidades. Y, como le dije, yo se dónde está el meollo.

»Iremos a un pequeño productor independiente, ¿me capta? Debe haber como una docena operando ahora, y haciendo todos lo mismo. Sólo hay una clase de películas que combine el bajo costo con los grandes beneficios y esa clase es la de la ciencia-ficción.

»Sí, como me oye, una película de ciencia-ficción. ¿Qué me dice, que nunca ha visto una? ¿Está usted majara? ¿Cómo es posible? ¿Quiere decir que jamás vio ninguna película de ciencia-ficción?

»Ah, su familia, ¿eh? ¿Se lo tenían prohibido? ¿Y sólo se exhibían en los cines del centro?

»Bien mirado, muchacho, le digo que ya es hora, eso es lo que le digo. ¡Ya es hora! Mire, para que sepa usted de lo que estamos hablando, lo mejor es que vaya a ver una ahora mismo. Estoy seguro. tienen que estar poniendo alguna en algún cine del centro. ¿Por qué no va esta misma tarde? Tengo un trabajo que terminar en mi oficina: lo llevo en mi coche y se va a ver la película y luego acude a mi oficina, al salir.

»Claro que puedo dejarle mi coche. Es usted mi invitado.

Así fue como Andrew Benson vio su primera película de ciencia-ficción. Fue y volvió en el coche de Max Schick (como excesiva coincidencia hay que señalar que fue, al caer la tarde de aquel día, cuando el abogado Fowler devino víctima del atropello) y Schick tuvo buenas razones para recordar la aparición de Andrew Benson en su oficina justo después del crepúsculo.

-Tenía una expresion en su rostro que no era de este mundo -declara Schick.

»-¿Qué tal la película? -le pregunté.

»-Maravillosa -me dijo-. Justo lo que había estado buscando todos estos años. Y pensar que no conocía esas cosas.

»-¿Qué no conocía qué? -pregunté. Pero dejó de dirigirse a mí. Dese cuenta. Hablaba consigo mismo.

»-Sabía que tenía que haber algo así -decía-. Algo mejor que Drácula, que el monstruo del Dr. Frankenstein y todo eso. Algo más grande, más poderoso. Algo que podía convertirse en realidad. Y ahora lo he conocido. Y ahora voy a hacerlo.

Max Schick es incapaz de mantener la coherencia a partir de este punto. Pero su informe directo no es necesario. Desgraciadamente, todos nosotros sabemos lo que ocurrió a continuación.

Max Schick estaba sentado en su sillón y observó el cambio de Andrew Benson.

Lo vio crecer. Vio aumentar sus ojos, sus antenas, sus retorcidos tentáculos. Lo vio retorcerse e hincharse, llenando la habitación hasta que, reventando las paredes, no hubo sino aquel verde y gigantesco horror, aquella monstruosidad de sesenta pies de altura que quizá nacido del cerebro de un guionista de cine, tal vez engendrado más allá de las estrellas, pero con certeza existente y sin duda alimentado en los lejanos reinos, allende el mundo tridimensional y allende los tridimensionales conceptos de la salud mental.

Max Schick nunca olvidará aquella noche, como tampoco, claro está, la olvidará ningún otro.

Aquella fue la noche en que el monstruo destruyó Los Ángeles...