Sus
manos se alzaron y cayeron de nuevo. Dilvish miró a Reena y a Reynar.
Parecían estar hablando, pero no consiguió oír lo que decían.
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Al incorporarse tras una reverencia siguiendo el compás, Reena observó la dirección de la mirada de su pareja y sonrió.
—¡Ah,
señora! Estáis a punto de estallar en ese vestido —dijo él—. Es una
pena que no estemos solos en alguna parte, donde el asunto podría
proseguirse hasta su adecuada conclusión.
—¿Desde cuándo conocéis a Oele? —preguntó Reena, todavía sonriente.
—Desde hace algunas semanas.
—Los hombres raramente son modelos de lealtad —dijo Reena—. Pero aun así, es poco tiempo para apasionarse...
—Bien,
la verdad es que... —La expresión de Reynar cobró seriedad. Apartó los
ojos de los pechos de Reena y miró a Oele—. No tengo motivo para mentir a
una desconocida. Ella es encantadora y vivaracha, pero me causa un poco
de miedo. ¿Sabéis que es hechicera?
—Absurdo
—dijo Reena—. Ella no ha respondido a ninguno de los signos de
reconocimiento comunes en la profesión cuando los he hecho ante sus
ojos.
—¿Vos? —dijo Reynar, con los ojos muy abiertos—. ¡No lo creo!
Reena
hizo un gesto y la sala desapareció. Estaban bailando en fosforescentes
cavernas, con impresionantes estalagmitas alzándose como columnas por
todas partes. Momentos después estaban dando vueltas en blancas arenas
del verde fondo de un océano, con brillantes corales y más brillantes
peces en todos los rincones.
También esta escena se esfumó en un
instante, siendo sustituida por la oscuridad salpicada de estrellas del
espacio exterior, lejos de cualquier habitación humana. Igual que
gigantes, igual que dioses, Reena y el marino recorrieron las
constelaciones, en silencio, siguiendo los omnipresentes compases del
baile.
La mano de la mujer pasó como un lento y fulgurante cometa ante
los ojos de Reynar. Habían vuelto a la sala iluminada por el fuego del
hogar y las velas; seguían bailando sin haber perdido el ritmo un solo
instante.
—Afirmo que vuestra esposa no es una hechicera —dijo Reena—. Yo lo habría sabido.
—Entonces,
¿qué es? —preguntó el marino—. Sé que ella dispone de ciertos poderes.
Ha dejado sin sentido a varios hombres con un solo gesto. Ha llenado mis
puños de oro cuando no había oro en ningún sitio.
—Ese oro se convertirá en piedras y polvo —dijo Reena.
—En
ese caso me alegra haberlo gastado rápidamente —replicó Reynar—. Será
mejor que eluda a ciertas personas la próxima vez que pase por allí.
Pero si eso no es magia, ¿qué es?
—La
magia —replicó Reena— es un arte. Requiere considerable estudio y
disciplina. En general hay que esforzarse un período bastante largo
incluso para obtener el nivel relativamente modesto que yo poseo. Pero
hay otras rutas para alcanzar el poder mágico. Una persona puede nacer
con aptitudes naturales y crear muchos efectos sin instrucción. Pero
esto es brujería muy sencilla, y tarde o temprano, a menos que se tenga
mucha fortuna o se muestre gran cuidado, esa persona se encuentra en
dificultades por falta de conocimientos de las leyes propias de los
fenómenos. Pero no creo que este sea el caso de vuestra esposa. Un mago
suele llevar una señal identificadora visible para otros compañeros de
profesión.
—¿Cuál, pues, es su secreto?
—Quizás extraiga su poder directamente de un ser mágico al que ella domina o sirve.
Los ojos de Reynar se abrieron desmesuradamente y miraron de nuevo a Oele. El marino se humedeció los labios y asintió.
—Creo que es eso —dijo. Y agregó—: Decidme, ¿es transferible ese poder? ¿Puede compartirse?
—Sí,
por supuesto —respondió Reena—. Es posible. El otro también sería un
siervo... o compartiría el dominio, esas son las posibilidades.
—¿Hay algún riesgo en ello?
—Bien...
tal vez. Hay tantos detalles que no entiendo en esa situación... Pero
¿por qué querría ella compartir su poder? Yo no lo haría.
Reynar desvió la mirada.
—Tal vez tenga una opinión demasiado elevada sobre mí mismo —dijo por fin—. ¿Cuánto tiempo estaréis aquí?
—Nos iremos por la mañana.
—¿A dónde os dirigís?
—Hacia el sur.
—¿Es vuestra misión de venganza?
Reena hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No
es mi misión. Es la de él. Yo iniciaré una nueva vida, quizás en Tooma.
Él continuará. No creo que pueda convencerlo para que no lo haga... o
de lo contrario lo haría.
—En otras palabras, ¿seguiréis vuestro propio camino dentro de poco?
La comisura derecha de los labios de Reena se estrechó.
—Así parece.
—Supongamos
—dijo Reynar—, supongamos que los dos abandonamos a nuestra pareja y
huimos juntos. Tengo un barco, y me dirigiría hacia el sur si partiera
de repente. Hay muchos puertos extraños e interesantes. Habría
excitación, nuevas comidas, baile... y por supuesto mi estupenda
compañía.
Reena se sorprendió al notar que se ruborizaba.
—Pero si acabamos de conocernos —dijo—. Apenas os conozco. Yo...
—Los
dos estamos en el mismo caso, y admito que soy un diablo impulsivo.
Pero siempre me he portado bien con mis mujeres, mientras hemos estado
juntos.
Reena se echó a reír.
—Es un poco repentino, pero gracias de todas formas. Además —dijo Reena—, me asusta bastante el mar.
Reynar meneó la cabeza.
—Tenía
que intentarlo, ya que sois lo más encantador que he visto en mi vida.
Si cambiáis de opinión mientras todavía estéis en situación de hacer
algo al respecto, recordad que estoy titubeando aquí debido a mi miedo.
Vuestra decisión será la mía.
—Me
siento halagada —dijo Reena—, y eso podría ser divertido durante algún
tiempo, pero no. Tendréis que tomar vuestra decisión solo.
—En ese caso, pretendo dejar seguir las cosas —dijo Reynar— y ver qué pasa. Las ganancias podrían ser grandes pese a todo.
—Puedo imaginar esas cosas —contestó Reena— y os deseo suerte. ¿Cuándo?
Reynar miró hacia la ventana, donde era visible un pálido fulgor.
—La luna está saliendo —replicó.
—Lo sospechaba.
—¿Cómo?
—Por vuestros actos, vuestras emociones.
—Bien, ¿hay algún consejo que podáis ofrecerme, ya que estáis familiarizada con estos asuntos?
Reena le miró a los ojos.
—Marchaos —le dijo—. Volved a vuestro barco, al mar. Olvidad esto.
—He llegado muy lejos —respondió el marino.
Reena extendió la mano y rozó con las puntas de los dedos la frente de Reynar mientras la música acercaba a ambos.
—La marca de la muerte empieza a asomar ya en vuestra frente. Haced lo que os digo.
Reynar sonrió maliciosamente.
—Sois
una dama encantadora, y quizás un poco celosa de vuestros poderes... o
teméis que yo pueda obtener algunos. Como he dicho, he llegado muy
lejos, y tengo un buen viento a favor. Es la disposición de las velas lo
que más preocupa.
—En ese caso —replicó Reena—, solo puedo ofreceros un consejo general: recelad de lo que os ofrezcan de comer o de beber.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Reynar sonrió de nuevo.
—Después de una cena como esta, eso no será problema. Os recordaré, y tal vez nos unamos pese a todo.
Reena se sonrojó por segunda vez y desvió la mirada.
Más tarde, cuando la música cesó, Reynar la cogió de la mano y la llevó a la mesa para una dulce y última ronda de vino.
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Cuando
terminaron y se retiraron, Dilvish notó un tirón en la manga mientras
seguía a los otros fuera del comedor. Al volverse vio que era el viejo
que había estado sentado junto al fuego.
—Buenas noches —dijo Dilvish.
—Buenas noches, caballero. Decidme, ¿vais a partir ahora?
Dilvish respondió negativamente con la cabeza.
—Pasaremos la noche aquí y partiremos por la mañana. ¿Deseabais viajar con nosotros?
—No, simplemente repetir mi advertencia.
—¿Qué sabéis que yo no sepa? —preguntó Dilvish.
—No
soy filósofo para responder a esa pregunta —afirmó el anciano. Cogió su
bastón, dio media vuelta y salió renqueando hacia la cocina.
...
Allí estaba Jelerak, inclinado sobre el sacrificio. Dilvish avanzó
hacia él, espada en mano, dando patadas a artilugios mágicos,
maldiciendo, corriendo en socorro de la víctima. Pero ya no estaba
corriendo. Notó que sus extremidades se hacían más pesadas, y sus
movimientos más lentos. Al mirar los ojos llenos de odio de la sombría
silueta que se cernía ante él, vio su propio puño cerrado, de un blanco
anormal, convertido en algo similar a piedra en respuesta a las secas
palabras que habían invocado las fuerzas que caían sobre él como un
torrente, constriñendo sus entrañas, disminuyendo los latidos de su
corazón... Dilvish se tambaleó, se detuvo y quedó totalmente
entumecido... con excepción de su columna vertebral, que parecía estar
en llamas. Algo estaba retorciendo su conciencia, y una suave voz
parloteante le llegó a la cabeza entre un sonido igual que el del viento
enfurecido. Era como si estuvieran arrancándole de su cuerpo...
Estaban
sacudiéndole. Dilvish alzó las manos y las bajó otra vez. El pánico
comenzó a ceder cuando comprendió que se hallaba en la cama.
—No pasa nada —estaba diciendo Reena—. Un sueño, un mal sueño... No pasa nada.
—Sí —dijo por fin Dilvish, frotándose los ojos—. Sí...
Bajó las manos y dio una palmada en el muslo de Reena.
—Gracias —dijo—. Siento haberte despertado.
—Vuelve a dormir —respondió la joven.
—¿Qué es eso?
—¿Qué?
—A la derecha —dijo Dilvish en voz baja—. Mira la puerta.
Hubo una larga pausa.
—No la veo...
—Yo tampoco.
Dilvish
bajó los pies al suelo, se levantó y cruzó la habitación. Se detuvo
cerca del lugar donde debía estar la puerta. Extendió la mano, tocó la
pared y la apretó. Pasó las puntas de los dedos por la piedra. Fue de un
rincón al otro.
—No es una ilusión de la oscuridad —dijo—. No hay puerta.
—¿Magia? —dijo Reena—. ¿Obra de albañilería?
—No
puedo saberlo, y no tiene importancia —replicó Dilvish—. De todos
modos, estamos prisioneros. Levántate y vístete. Prepara tus cosas.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Voy a intentar salir de aquí.
Cruzó la habitación hacia la estrecha ventana.
—¡Espera! ¿Estás seguro de que eso sería prudente, aunque descubras una forma?
—Sí —replicó él—. Cuando alguien me hace su prisionero, estoy seguro de que es preferible no seguir siéndolo.
—Pero nadie ha intentado causarnos daño...
—Todavía no —dijo Dilvish—. No comprendo tus intenciones.
—Podría ser más peligroso salir que estar aquí.
—¿Por qué dices eso?
—Algo
está pasando afuera esta noche. Algo peligroso, lo deduzco de... mi
conversación con Reynar. Me siento segura aquí. ¿Por qué no
aguardamos... hasta que amanezca?
—Nadie va a controlarme —afirmó Dilvish— si puedo hacer algo al respecto.
Asomó la cabeza por la estrecha ventana.
—¡Black! —gritó—. ¡Te necesito! ¡Estamos encerrados en esta habitación! ¡Acércate!
Hubo
movimiento en el pozo de sombra situado abajo, a la derecha. Con la luz
de la luna convirtiendo sus ojos en fuego, la oscura silueta de caballo
dio varios pasos y se detuvo. De pronto echó hacia atrás la cabeza y
emitió un gemido que obligó a Dilvish a alejarse de la abertura.
—¡Black! ¿Qué ocurre? ¿Cuál es el problema? —gritó.
—Me he quemado —sonó la réplica—. Alguien me ha rodeado. ¿Puedes librarme de eso desde allí?
—No lo creo. Espera un momento.
Dilvish volvió la cabeza hacia la cama.
—Alguien ha cercado a Black... —empezó a decir.
—Lo he oído —repuso Reena—. Yo no puedo liberarlo desde aquí.
—Perfectamente.
Dilvish encontró su ropa y comenzó a vestirse.
—¿Qué piensas hacer?
—Va a ser un buen estrujón, pero creo que podré salir por esa ventana.
—Hay losas ahí abajo.
Dilvish cogió una manta y la anudó al pilar más próximo de la cama.
—Disponemos
de suficientes sábanas para llegar bastante abajo y saltar. Coge la
palangana y mójalas todas. Así serán más resistentes. Pero no creo que
la cama pueda moverse... No, no puede moverse.
Terminó de atar las sábanas y se echó al hombro el cinto con la espada. Levantó la mojada cuerda y la lanzó por la ventana.
—Bien.
Me voy ahora —dijo. De una patada acercó una banqueta a la ventana y se
subió encima—. Prepárate. Volveré pronto a buscarte.
—¿Pero cómo...?
—Hazlo.
Dilvish ya estaba introduciéndose poco a poco por la ventana. Tuvo que detenerse para quitarse la espada del hombro. Sostuvo el arma en una mano y la cuerda de sábanas en la otra. Se detuvo de nuevo, sacó aire de sus pulmones y siguió impeliéndose hacia la izquierda, poco a poco, notando el roce de la piedra en su espina dorsal.
Tras expeler más aire, continuó deslizándose hacia un lado y su esternón también rozó muy despacio la parte más estrecha de la ventana. Un frío viento nocturno acometió su cara cuando salió y volvió a ponerse la espada al hombro. Cogió la cuerda con ambas manos e inició el descenso.
Sus botas elfas encontraron puntos de apoyo en lugares donde otro calzado habría resbalado. Muy inclinado, con los brazos en tensión, se apoyó en la pared mientras bajaba. Se detuvo para enjugarse las manos una a una, ya que su peso arrancaba humedad de la tirante ropa. Miró hacia arriba una vez y hacia abajo en varias ocasiones. La luna, que ascendía hacia el centro del cielo, creaba una lechosa película en el silencioso patio y en el granuloso muro que estaba descendiendo.
Su intención al llegar al extremo de la cuerda era quedar suspendido con los brazos estirados antes de soltarse para saltar el resto de la distancia. No obstante, sus manos resbalaron antes de poder llegar a esa posición. Al caer de espaldas, notó un tirón que enderezaba su cuerpo, cambiando su posición respecto al suelo; sus botas encantadas recurrieron a las fuerzas necesarias para asegurar una caída de pie.
Dilvish dobló las rodillas. Se lanzó hacia adelante para dar vueltas en cuanto se produjo el contacto, pero aun así sus tobillos sufrieron un fuerte estremecimiento al tocar la dura superficie.
Se levantó rápidamente y se colocó el cinto de la espada de una forma más tradicional. Miró alrededor, atento durante unos instantes a cualquier indicación de inminente peligro. Aparte del viento y de su jadeante respiración, empero, no oyó nada. Como tampoco vio nada extraordinario. Atravesó el patio raudamente y se detuvo ante Black.
—¿Quién lo ha hecho? —preguntó.
—No lo sé. Ni siquiera me di cuenta de que estaba inmovilizado hasta que traté de moverme. De haber sabido lo que pasaba, no habría aguardado a que ellos completaran la trampa. Puedo refrescarte la memoria si no recuerdas el procedimiento de liberación...
—Precisa demasiado tiempo —dijo Dilvish—. Dado que yo puedo hacer algunas cosas que tú no puedes, me limitaré a romper el círculo y sacarte de ahí.
—Será doloroso. Es muy fuerte.
Dilvish se echó a reír en voz baja.
—Pase lo que pase, me he sentido peor otras veces.
Dilvish avanzó, sintiendo primero un cosquilleo, luego un fuerte dolor al acercarse a su montura. Se detuvo un momento y el dolor alcanzó un angustioso máximo, como si todo su cuerpo ardiera por dentro y por fuera, y la cabeza le dio vueltas. Después, la angustia comenzó a ceder. Dilvish extendió los brazos y tocó a Black con ambas manos.
—He disipado la peor parte —dijo, y montó—. ¡Vamos!
Black empezó a moverse. Hubo una sensación de cosquilleo, y después se encontraron cruzando el patio, en dirección a la entrada principal. Momentos más tarde la habían atravesado.
—¡Sube esa escalera! —dijo Dilvish, y Black se lanzó hacia adelante, haciendo resonar sus cascos—. Cuando llegues arriba, a la derecha. Luego subes por la otra escalera.
Grandes candelabros flamearon al pasar Black, los tapices se agitaron, las armas colgadas resonaron en las paredes de piedra.
—Gira a la derecha aquí... en lo alto de la segunda escalera. Gira otra vez... a la derecha. Despacio ahora... Cerca del centro del corredor. ¡Para!
Dilvish desmontó y se acercó a la pared. Apoyó las palmas en ella.
—Era aquí —dijo—. Justo aquí... la puerta. ¡Reena!
—Sí —dijo alguien, débilmente, al otro lado de la pared.
—No sé qué han hecho con la puerta —dijo Dilvish—. Pero necesitamos otra.
—Tengo la impresión —dijo lentamente Black— de que la original continúa aquí, en alguna parte... que estabais atrapados por una ilusión. Pero solo es una impresión, y ahora no puedo detectarla. De modo que partiremos de la nada, por así decirlo.
Black se encabritó, formando una sombra gigantesca. Al hacerlo, se produjo el primer silencio desde la entrada en el edificio. En medio del silencio, más allá de él, Dilvish creyó oír voces y pasos en las cercanías de la escalera. Pero no se veía a nadie, y momentos más tarde el silencio más cercano quedó roto: las patas de Black descendieron para golpear la pared.
Dilvish se apartó, ya que fragmentos de piedra salieron volando por el pasillo. Black estaba ya empinándose otra vez. Su segundo golpe arrancó chispas de la piedra. La tercera vez que arremetió contra la pared apareció una grieta.
Un grupo de criados, con bastones en las manos, entró en el pasillo. Se detuvieron mientras Black se erguía y golpeaba de nuevo. La mujer, Andra, se adelantó y habló con Dilvish.
—¡Dijisteis que el animal metálico no se movería! —exclamó.
—...Y hablaba en serio... hasta que fui hecho prisionero —respondió Dilvish.
Black se lanzó de nuevo contra la pared. La piedra se destrozó y cayó. Apareció un agujero del tamaño de una cabeza.
Al cabo de unos instantes de vacilación, los sirvientes, cuatro hombres y dos mujeres, siguieron acercándose. Dilvish sacó la espada. El siguiente asalto de Black a la pared triplicó el tamaño de la brecha.
Dilvish avanzó hacia los criados. Bajó la punta de la espada y la arrastró por el suelo.
—Haré pedazos a la primera persona que cruce esta línea —afirmó.
Detrás de él hubo otro estruendo y el ruido de más piedras que caían. Los que avanzaban dudaron, se detuvieron. El siguiente golpe de Black pareció hacer temblar el castillo entero.
—He acabado —dijo lacónicamente Black, apartándose del boquete.
—¿Reena? —inquirió Dilvish, sin apartar los ojos de sus murmurantes adversarios.
—Sí. —La voz de la mujer era clara y próxima.
—Monta —dijo Dilvish—. Nos vamos de aquí.
—Sí.
Dilvish oyó los movimientos detrás de él. Luego la sombra de Black se deslizó hacia adelante. Dilvish volvió la cabeza y montó rápidamente detrás de Reena.
—¡Será mejor que os apartéis de nuestro camino! —anunció—. ¡Vamos a pasar por en medio!
Blandió la espada.
—Llévanos fuera —dijo a Black, y el caballo metálico avanzó.
Las seis figuras se apretaron a la pared para dejar pasar a Black. Tenían sus armas dispuestas, pero no hicieron tentativa alguna de usarlas. Todos tenían un semblante inexpresivo y contemplaban el pasillo lleno de polvo. Dilvish también miró atrás cuando Black hizo el primer giro hacia la escalera. La puerta había reaparecido, medio metro más allá de la nueva abertura en la pared.
Momentos más tarde estaban bajando la escalera. Nada obstruía su camino. Salieron de la fortaleza y encontraron el patio vacío. Al cruzarlo, vieron que el rastrillo estaba levantado.
—Qué extraño... —observó Dilvish, señalando la entrada.
—Tal vez —dijo Reena mientras Black apretaba el paso para atravesar la entrada—. He traído tu capa...
—Quédatela hasta que estemos más lejos. Black, cuando llegues a la senda de ayer, gira a la izquierda.
—Los caballos... —dijo Reena—. Las demás cosas...
—No pienso volver a por ellas.
Black inició el ascenso bajo la luna llena. Los fríos vientos azotaron al grupo, y muy lejos una criatura ladró, aulló y guardó silencio. Reena volvió la cabeza hacia el castillo una sola vez, se estremeció y reposó en el círculo de los brazos de Dilvish.
—Vas a morir, ¿sabes? —dijo—. Él te matará. No tienes ninguna posibilidad.
—¿Quién? —dijo Dilvish.
—Jelerak. Es imposible que puedas destruir a alguien como él.
—Seguramente —dijo Dilvish—. Pero he de intentarlo.
—¿Por qué?
—Él ha hecho mucho daño y hará más a menos que alguien lo detenga.
Llegaron a la senda y Black fue hacia la izquierda, todavía subiendo.
—Siempre ha existido mal en el mundo y siempre existirá. ¿Por qué has de ser tú quien lo purgue?
—Porque he visto la malicia de él mucho más cerca que cualquier ser viviente.
—Y yo también. Pero sé que no se puede hacer nada.
—Diferimos —replicó Dilvish.
—No creo que te impulse el deseo de que el mundo sufra un buen cambio. Es odio y venganza.
—También es eso.
—Solo eso, creo yo.
Dilvish guardó silencio unos instantes.
—Tal vez tengas razón —dijo por fin—. Me gusta creer que hay algo más que eso. Pero supongo que podrías tener razón.
—Eso te pervertirá y te destrozará, suponiendo que él no acabe contigo. Quizá lo ha hecho ya.
—De momento necesito eso. Me sirve. Es un estímulo. Cuando la finalidad desaparezca, ese impulso desaparecerá también.
—Mientras tanto, tienes pocas oportunidades de cualquier otra cosa... Como amor.
Dilvish se irguió ligeramente.
—Tengo oportunidades de experimentar otras sensaciones, pero de momento debo subordinarlas a lo principal.
—Si te pidiera que te quedaras conmigo, ¿lo harías?
—Algún tiempo, supongo.
—¿Pero solo algún tiempo?
—Eso es lo único que cualquier persona puede prometer.
—Supongamos que te pido que me lleves contigo.
—Diría que no.
—¿Por qué? Podrías ser de cierta ayuda.
—No te pondría en peligro. Como he dicho, puedo experimentar otras sensaciones.
Reena apoyó la cabeza un momento en el bíceps de Dilvish.
—Aquí tienes la capa —dijo por fin—. Hace frío. Debemos estar muy lejos...
—Para, Black. Para un momento.
Black aflojó el paso.
Había visto danzar a Oele ante el Diablo con una creciente sensación de pánico, allí ante el oscuro montón de piedras con la daga de plata en lo alto, con la copa aferrada en su mano, observando el brillante dibujo que aparecía en el suelo alrededor de la bailarina, sintiendo el frío viento.
—Bébelo todo —le había dicho ella—. Es parte del ritual.
(CONTINUARÁ...)