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Silencio - Clarice Lispector

Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. 

Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.

Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. 

La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.

La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.

Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.

Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.

El corazón late al reconocerlo.

Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es solo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta —cómo ardemos por ser llamados a responder—, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan solo tu silencio. 

Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.

Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.

Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de este. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.

Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, solo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y este navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. 

Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada solito y solito latir alto en las tinieblas. Solo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando este se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.

Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, solo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.

Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.

Un par de escritores - Raymond Chandler

1
 
Por muy borracho que hubiera estado la noche anterior, Hank Bruton siempre se levantaba muy temprano y caminaba descalzo por la casa, esperando que se hiciera el café. Cerraba la puerta de la habitación de Marion, estirando un dedo para frenar el borde cuando este llegaba al marco y soltando el tirador con gran delicadeza para que no hiciera ruido. 

Le parecía muy extraño poder hacer eso, y que las manos se mantuvieran perfectamente firmes, cuando los músculos de las piernas y los muslos no paraban de temblar, y los dientes no dejaban de rechinar, y sentía aquella desagradable sensación en el hueco del estómago. Parecía no afectar en absoluto a sus manos, una idiosincrasia que resultaba curiosa y conveniente, así que, qué demonios.


Mientras se hacía el café y la casa permanecía en silencio, sin que afuera se oyera ningún ruido entre los árboles, con excepción del canto ocasional de algún pájaro lejano y el aún más lejano rumor del río, él salía y se quedaba junto a la puerta de rejilla mirando a Febo, el gatazo pelirrojo, que se sentaba en el porche vigilando la puerta. 

Febo sabía que aún no era hora de comer y que Hank no le dejaría entrar, y probablemente sabía por qué: si entrara empezaría a maullar, y era capaz de maullar como la sirena de un tren, lo cual echaría a perder el sueño matutino de Marion. No es que a Hank Bruton le importara un pimiento su sueño matutino. Lo que le gustaba era disponer de las primeras horas de la mañana para él solo, en silencio, sin voces... en especial sin la voz de Marion.


Bajó la mirada hacia el gato, y Febo bostezó, dejando escapar una nota triste, no demasiado fuerte, solo lo suficiente para dejar claro que a él no le engañaban.

—Cállate —dijo Hank.

Febo se volvió a sentar, levantó una de las patas traseras y se enfrascó en la limpieza de su piel. A mitad de la tarea se interrumpió, con la pata estirada hacia arriba, y miró a Hank de un modo deliberadamente insultante.

—Un truco muy visto —dijo Hank—. Los gatos llevan diez mil años haciéndolo.

Aun así resultaba eficaz. Quizá tengas que ser absolutamente desvergonzado para ser un buen cómico. Era una idea. Quizá debiera anotarla. ¿Y para qué? Si se le había ocurrido a Hank Bruton, algún otro ya lo habría pensado antes. Retiró la cafetera de la rejilla de amianto y esperó a que silbara. 

Luego se sirvió una taza y añadió un poco de agua fría antes de bebérsela. En la siguiente taza añadió crema y azúcar y la sorbió poco a poco. La sensación nerviosa del estómago se alivió, pero los músculos de las piernas aún le seguían atormentando.


Puso al mínimo la llama bajo la rejilla de amianto y volvió a colocar encima la cafetera. Salió de la casa por la puerta delantera y caminó descalzo, bajando del porche de madera y andando de lado por la hierba mojada de rocío. Era una casa vieja, sin distinción, pero tenía mucha hierba alrededor que había que cortar, y un montón de pinos no muy grandes alrededor de la hierba, excepto por el lado que bajaba al río. 

No era gran cosa como casa y estaba condenadamente lejos de cualquier parte, pero por treinta y cinco dólares al mes era una ganga. Más valía que se aferraran a ella. Si alguna vez tenían que quedarse en algún sitio, mejor que fuera aquí.


Por encima de las copas de los pinos se veía el semicírculo de colinas bajas con niebla a mitad de las laderas. El sol se ocuparía de aquello enseguida. El aire era fresco, pero con un frescor suave, no penetrante. Era un sitio bastante bueno para vivir, pensó Hank. Estupendamente bueno para una pareja de pretendidos escritores que, en lo que a talento se refería, eran un par de muertos de hambre. 

Un hombre tenía que ser capaz de vivir allí sin emborracharse cada noche. Probablemente, un hombre sería capaz. Pero probablemente, un hombre no estaría allí, para empezar. Durante la bajada al río intentó recordar algo anormal que había ocurrido la última noche. No pudo acordarse, pero tenía la vaga sensación de que se había producido alguna especie de crisis. 

Probablemente habría dicho algo acerca del segundo acto de Marion, pero no podía recordar qué. No debió ser halagador. Pero ¿de qué servía mostrarse hipócrita respecto a su maldita obra? Andarse por las ramas no la haría mejor. Decirle que era buena cuando no lo era no le ayudaría a avanzar. Los escritores tienen que mirarse directamente a los ojos, y si no ven nada, eso es lo que tienen que decir.


Se detuvo y se frotó el hueco del estómago. Ahora podía ver entre los árboles el agua de color gris acerado, y le gustó verla así. Se estremeció un poco, sabiendo lo fría que iba a estar, y sabiendo también que eso era lo que le gustaba. Era criminal durante unos pocos segundos, pero no te mataba, y luego te sentías de maravilla, aunque no por mucho tiempo.

Llegó a la orilla, dejó en el suelo la toalla y el par de zapatillas que llevaba, y se quitó la camisa. Allí abajo todo era soledad. El leve rumor del agua era el sonido más solitario del mundo. Como siempre, deseó tener un perro que correteara entre sus piernas, ladrando, y que se bañara con él, pero no se podía tener un perro estando Febo, que era demasiado viejo y demasiado duro para tolerar a un perro. 

O bien se libraba del perro, o el perro le cogía desprevenido y le rompía el cuello. En cualquier caso, tendría que ser un perro muy raro el que se metiera en aquel agua helada. Hank tendría que tirarle. Y el perro se asustaría, y tendría problemas con la corriente, y Hank tendría que sacarlo. Había ocasiones en que a él mismo le costaba salir.


Se quitó los pantalones y se metió de golpe en el agua, mirando corriente arriba. La mano de un gigante furioso le agarró el pecho y le hizo soltar todo el aire. Otra mano de gigante tiró de sus piernas hacia donde no debía, y se encontró nadando río abajo en lugar de río arriba, sin aliento y tratando de gritar, pero sin poder emitir ni un sonido. 

Moviéndose con furia, consiguió darse la vuelta y al cabo de un momento se encontraba a la par con la corriente; y luego, poniendo en ello todas sus fuerzas, empezó a ganar un poco de terreno. Llegó a la orilla, aunque no consiguió alcanzar el sitio preciso por donde se había metido. Llevaba un año sin conseguirlo. Debía ser por el whisky. En fin, no parecía un precio demasiado elevado. Y si alguna mañana fracasaba por completo y se dejaba arrastrar bajo el agua y se golpeaba con una piedra y se ahogaba...


—Mira —dijo en voz alta, todavía un poco jadeante—, no empecemos así el día. De ninguna manera.

Caminó con cuidado a lo largo de la accidentada orilla y recogió su toalla; se frotó la piel con violencia hasta que entró en calor y empezó a sentirse relajado. Los gusanos de las piernas habían desaparecido. El plexo solar estaba tan quieto como un flan.

Se vistió, se puso las zapatillas y emprendió el regreso cuesta arriba. A mitad del camino se puso a silbar un fragmento de alguna pieza sinfónica. Luego trató de recordar cuál era y cuando se acordó se puso a pensar en el compositor, la vida que había llevado, las luchas, la miseria, y ahora estaba muerto y podrido, como tantos hombres que Hank Bruton había conocido en el ejército.

Típico de un mal escritor, pensó. En vez de la cosa en sí, la emoción barata que la acompaña.
 
2

Febo seguía en el porche trasero, pero ahora estaba maullando como un poseso, y eso significaba que Marion se había levantado. Estaba en la cocina, vestida de calle y con una bata de color cobrizo encima.

—¿Por qué no has esperado a que yo volviera? —dijo Hank—. Te habría subido el café.

Ella no le respondió directamente ni le miró directamente. Se quedó mirando a un rincón, como si viera allí una telaraña.

—¿Ha estado bien el baño? —preguntó con aire ausente.

—Perfecto. Pero está la mar de frío el riachuelo este.

—Qué bien —dijo Marion—. Maravilloso. Perfecto. Asombrosa recuperación. Aunque al cabo de algún tiempo se hace bastante monótona. ¿Querrías dar de comer al maldito gato?

—¡Caramba, qué oigo! —dijo Hank—. ¿Cómo ha llegado el pobre Febo a ser un maldito gato? Creía que era el amo aquí. Teniendo en cuenta que no se entrompa.

—«Dijo él con una sonrisa triunfal» —se burló Marion.

Hank la miró pensativo. Tenía el cabello negro y corto, muy pegado a la cabeza. Sus ojos eran azules, pero de un azul mucho más oscuro que los de Hank. Tenía una boca pequeña y primorosa, que a Hank le había parecido provocativa antes de llegar a considerarla petulante. Era una muchacha muy bien formada y bien compuesta, tirando a frágil. 

La fragilidad de una cabra de montaña, pensó Hank. «Soy del tipo de Dorothy Parker, pero sin su ingenio», le había dicho ella cuando se conocieron. A él, aquello le había parecido encantador. Ninguno de los dos se daba cuenta de que era verdad.


Hank abrió la puerta de rejilla y Febo entró haciendo trizas la atmósfera con sus aullidos selváticos. Hank abrió una lata de comida de gato, la vació en un plato y lo puso delante del fregadero. Sin decir una palabra, Marion dejó su taza de café, cogió el plato y quitó la mitad de la comida de gato. Abrió la puerta de rejilla y dejó el plato fuera. Febo se lanzó sobre el plato como un futbolista que recibe un pase adelantado. Marion dejó que la puerta se cerrara de golpe.

—Muy bien —dijo Hank—. Lo tendré presente la próxima vez.

—La próxima vez puedes darle de comer como quieras —dijo Marion—. Yo no estaré aquí.

—Ya veo —dijo Hank despacio—. ¿Tan mal estuve?

—No peor que de costumbre —respondió ella—. Y gracias por no decir «otra vez». La última vez que me marché... —se interrumpió con la voz un poco temblona. Hank inició un movimiento hacia ella, pero ella se recuperó al instante—. Puedes prepararte algo de desayuno. Yo tengo que terminar el equipaje. Lo dejé casi todo hecho esta noche.

—Deberíamos hablar sobre esto —dijo Hank con suavidad.

Ella se dio la vuelta en el umbral de la puerta.

—Oh, claro —ahora su voz era tan dura como el tacón de una bota—. Podemos dedicarle al tema diez fascinantes minutos, si te das prisa.

Salió y sus pasos resonaron escaleras arriba.

—«Dijo ella, volviéndose en el umbral de la puerta» —murmuró Hank mirándola marchar.

Se dio la vuelta bruscamente y salió de la casa. Febo estaba husmeando en torno al borde del plato, en busca de la comida que había tirado. Hank se agachó y le ayudó a recoger la comida caída. Rascó la vieja y dura cabeza del gato, y Febo dejó de comer y esperó rígido a que Hank retirara la mano. Hasta que no lo hizo no volvió a la comida.

Hank abrió de golpe las puertas plegables del garaje y revisó los neumáticos del Ford. Estaban gastados, pero aún les quedaba aire. El coche estaba bastante sucio. Soy un escritor, pensó Hank, no tengo tiempo para trabajos serviles. Rodeó la parte delantera del coche para pasar al rincón oscuro donde se guardaba un montón de sacos. 

Debajo de los sacos había una damajuana de whisky de maíz. Hank aflojó el grueso corcho que tapaba el cuello y levantó el pesado recipiente con el antebrazo, al estilo clásico. Lo mantuvo en alto con la pose de un levantador de pesos. Luego bebió un largo trago, bajó la damajuana, le puso el corcho y la colocó de nuevo bajo los sacos.


No lo necesito para nada, se dijo, y casi llegó a creérselo. Pero para ella será una satisfacción notarme el olor. Marion es una chica que necesita tener razón.

Estaba de pie en medio del cuarto de estar cuando ella bajó las escaleras. Tenía un cigarrillo en la boca. Parecía muy tranquila. Parecía incluso competente, pero los muebles del cuarto de estar no se mostraron de acuerdo con este diagnóstico. Se quedaron de pie, mirándose uno al otro, mientras Hank llenaba una pipa y la encendía.

—¿Has tomado un trago de la garrafa? —preguntó Marion con suavidad.

Él asintió y encendió la pipa. Sus ojos volvieron a encontrarse en medio del espacio inmóvil. Marion se sentó despacio en el brazo de un banco de mimbre. El banco crujió un poco. Fuera de la casa se oyó una repentina algarabía de cantos de pájaros, y luego un chirrido indignado que debía ser Febo, dándose una vuelta matutina alrededor de los nidos.

—El coche está bien —dijo Hank—. ¿Quieres coger el de las diez y cinco?

—Diez y once —corrigió Marion—. Sí. Quiero coger ese. Sería tonto decir que lo siento. No lo siento. Cuanto más me aleje de aquí, mejor estaré. Cada milla será una bendición.

Hank la miró con los ojos en blanco.

—No quiero nada de esta porquería —dijo Marion, mirando los muebles anticuados y de segunda mano que a duras penas habían podido pagar—. No quiero nada de esta casa. Excepto mi ropa. Mi ropa y me largo.

Sus ojos se dirigieron a la mesa de trabajo del rincón, un enorme armatoste de madera con patas de dos por cuatro pulgadas y una arpillera clavada sobre las tablas sin curar que formaban el tablero. Miró la vieja Underwood, y los papeles sueltos, y los lápices, y la caja de color crema con letras rojas que contenía el resultado de los esfuerzos de Hank con su novela.

—Y sobre todo, no quiero eso —dijo Marion señalando la mesa—. Estás colgado de eso. Cuando termines el libro, puedes poner una foto de ese elegante ejemplar de Chippendale Neanderthal en la solapa, en lugar de tu foto. Porque para entonces no serás nada fotogénico, a menos que puedan fotografiar tu aliento. Si lo lograran, eso sí que tendría verdadera presencia —se pasó rápidamente la mano por la frente—. Otra vez vuelvo a hablar como un maldito escritor —murmuró, haciendo un gesto que podría haber indicado desesperación si no hubiera sido tan deliberado.

—Podría dejar de beber whisky —dijo Hank muy despacio, a través de una bocanada de humo.

Ella le miró con sonrisa tensa.

—¡Claro! ¿Y después, qué? No eres un hombre. Eres un ejemplar físicamente perfecto de eunuco alcohólico. Eres un zombi en plena forma. Eres un cadáver con la tensión arterial absolutamente normal.

—Deberías escribir eso —dijo Hank.

—No te preocupes, lo escribiré —ahora tenía la mirada dura y brillante. Ya no parecía quedar nada de azul en sus ojos—. Y por amor de Dios, no te preocupes por mí. Conseguiré trabajo. Publicidad, prensa, qué demonios, siempre encontraré un trabajo. Hasta puede que escriba esa obra que creí que podría escribir aquí, en estos hermosos bosques, en un entorno maravillosamente tranquilo, sin nada que te distraiga salvo el suave y constante gorgoteo de una botella de whisky.

—Es una mierda —dijo Hank.

Ella le miró con los ojos en llamas.

—¿El qué?

—El diálogo. Y además es demasiado largo —dijo Hank—. Y los actores ya no hablan al público. Hablan entre ellos.

—Te estoy hablando a ti —dijo Marion.

—En realidad, no —dijo Hank—. En realidad, no.

Ella se encogió de hombros. Hank no estaba muy seguro de que ella entendiera lo que le estaba diciendo, de que entendiera que le estaba diciendo indirectamente, como tantas otras veces, que las parrafadas literarias ya no sirven para el teatro. Al menos, para el teatro que se lleva a escena.

—Nadie podría escribir una obra aquí —dijo Marion—. Ni siquiera Eugene O'Neill. Ni siquiera Tennessee Williams. Ni siquiera Sardou. Nómbrame alguien capaz de escribir una obra aquí. El que sea. Dime el nombre y te demostraré que mientes.

Hank miró su reloj de pulsera.

—No te casaste conmigo para escribir una obra de teatro —dijo con suavidad—. Ni yo me casé contigo para escribir una novela. Y por entonces tú también empinabas el codo de lo lindo, ¿recuerdas? Hubo una noche que perdiste el conocimiento y tuve que desnudarte y meterte en la cama.

—¿Tuviste que hacerlo?

—Está bien —dijo Hank—. Quise hacerlo.

—Entonces me parecías un buen camarada, ¿no es cierto? —el recuerdo romántico, si es que se trataba de eso, no la había impresionado más de lo que una pisada impresiona al suelo—. Tenías ingenio, e imaginación, y una especie de alegría aventurera. Pero entonces no tenía que contemplarte sumiéndote en el estupor ni quedarme despierta toda la noche escuchándote roncar hasta tirar la casa —casi se quedó sin aliento en la voz—. Y lo peor de todo, o casi lo peor...

—Somos escritores, tenemos que calificarlo todo —murmuró Hank para su pipa.

—... es que ni siquiera estás irritable por las mañanas. No te despiertas con los ojos vidriosos y la cabeza como un tambor. Te limitas a sonreír y continúas la tarea donde la habías dejado, lo cual te identifica como el perfecto borracho perenne, nacido para los vapores del alcohol, que vive entre ellos como la salamandra vive en el fuego.

—Quizá deberías escribir tú la novela y yo la obra teatral —dijo Hank.

La voz de ella adquirió tonos de histeria.

—¿Sabes lo que les ocurre a los hombres como tú? Un buen día se caen en pedazos, como si les hubiera acertado un obús. Durante años y años no se advierte prácticamente ninguna señal de degeneración. Se emborrachan todas las noches y por la mañana empiezan otra vez a emborracharse. Se sienten de maravilla. No les afecta. Y de pronto llega ese día en el que ocurre de golpe todo lo que a una persona normal le va ocurriendo poco a poco, a lo largo de meses y años, en pasos razonables y plazos razonables. En un momento dado pareces un hombre saludable, y al minuto siguiente pareces un horror consumido que rezuma whisky. ¿Crees que voy a esperar hasta entonces?

Él se encogió de hombros pero no respondió. Lo que ella le decía no parecía significar nada para él, como si no se lo hubieran dicho a él. Era como un rumor monótono en la oscuridad, al otro lado de los árboles, pronunciado por un desconocido invisible al que nunca llegaría a ver. Volvió a consultar el reloj de pulsera, mientras ella aplastaba su cigarrillo y se ponía en pie.

—Sacaré el coche —dijo Hank, saliendo de la habitación.

Ella ya había dicho su parlamento, que era lo principal. Se había quedado despierta toda la noche inventándolo, poniéndolo en palabras, ensayándolo y probándolo en silencio, y ahora ya lo había pronunciado y la escena había concluido. Le pareció que podría haber quedado un poco mejor si hubiera sido más corto, pero, qué demonios, no eran más que un par de escritores.

3

Le pegó otro viaje a la damajuana antes de sacar el Ford marcha atrás. Cuando lo llevó a la puerta de la casa, Marion se encontraba en una esquina del porche mirando por encima de los árboles. El sol daba en las laderas de las colinas y la niebla había desaparecido. Pero en aquellas alturas todavía hacía un poco de frío. 

Marion llevaba sobre sus oscuros cabellos un sombrerito que le sentaba mal, y sus labios aferraban un cigarrillo como unos alicates sujetando un tornillo. Hank entró en la casa sin dirigirle la palabra. En el piso de arriba estaban las dos maletas, el neceser, la sombrerera y el baulito verde con esquinas redondeadas de latón. Lo bajó todo y lo amontonó en la trasera del coche. Marion ya había ocupado el asiento.


Hank se sentó junto a ella, puso el motor en marcha y descendieron por el camino de grava hasta la sucia carretera que seguía las curvas del río durante seis millas para luego desviarse ladera abajo hasta el pueblecito por el que pasaba el ferrocarril. Marion miró con atención el río y dijo:

—Te gusta pelear con ese río, ¿verdad? ¿Es peligroso?

—No, si tienes el corazón en forma.

—¿Por qué no luchas por algo que valga la pena?

—Oh, Dios mío —dijo Hank.

Marion le miró un momento, y luego se quedó mirando hacia delante, a través del polvoriento parabrisas.

—En un año habré olvidado que existías —dijo—. Es un poco triste. Pero ¿cuánta vida pretenden chuparle a las mujeres los hombres como tú?

Se atragantó. Hank estiró el brazo y le palmeó el hombro.

—Tómatelo con calma —dijo—. Algún día lo pondrás todo en un libro.

—Ni siquiera sé dónde ir —sollozó ella.

Él volvió a palmearle el hombro y esta vez no dijo nada. Ninguno de los dos habló hasta que llegaron a la estación. Hank descargó el equipaje y lo colocó junto a las vías. Quiso facturar el baúl, pero Marion dijo que lo haría ella misma.

—Bueno, me sentaré en el coche hasta que te vayas —dijo Hank.

Le dio un apretón en el brazo y ella dio media vuelta y se alejó de él. Se quedó bastante tiempo sentado en el coche hasta que el tren llegó. Empezó a tener ganas de echar un trago. Pensó que Marion le miraría y, por lo menos, le diría adiós con la mano al subir al tren. Pero no lo hizo. 

No tenía que haber esperado. Podría haber vuelto a casa y cogido la garrafa hacía un buen rato. Era un gesto vacío, eso de esperar. Peor aún, ni siquiera tenía estilo. Contempló sin mover un músculo cómo el tren se perdía de vista. También aquello resultaba inútil y sin estilo.

 
4

Cuando regresó a la casa, el sol ya calentaba y la débil brisa que agitaba la hierba también era cálida. Los árboles susurraban, hablándole a él, diciéndole que era un hermoso día. Entró despacio en la casa y se quedó de pie, esperando que el silencio le abrumara. Pero la casa no parecía más vacía que antes. Una mosca zumbó y un pájaro hizo ruido en un árbol. Miró por la ventana para ver qué clase de pájaro era. Era escritor y tenía que enterarse, pero ni vio al pájaro ni le importó un pepino.

—Si al menos tuviera un perro —dijo en voz alta, aguardando a que resonara el lúgubre eco.

Se acercó a la maciza mesa de trabajo, destapó la caja y leyó la hoja de encima de su manuscrito, sin sacarlo de la caja.

—Pastiche —dijo en tono fúnebre—. Todo lo que escribo suena como algo desechado por un auténtico escritor.

Salió de la casa para meter de nuevo el coche en el garaje, por la única razón de que allí estaba la garrafa de whisky. Llevó la damajuana a la casa y la colocó sobre la mesa de trabajo. Buscó un vaso y lo puso junto a la garrafa. Luego se sentó y se quedó mirando la garrafa. Estaba a su disposición, y quizá por eso no le apetecía en aquel preciso instante. Se sentía vacío, pero no con la clase de vacío que la bebida puede llenar.

Ni siquiera estoy enamorado de ella, pensó. Ni ella de mí. No hay tragedia, ni verdadera pena, solo un vacío plano. El vacío de un escritor al que no se le ocurre nada que escribir, y se trata de un vacío bien doloroso, pero por alguna razón no llega a ser como la tragedia. Jesús, somos la gente más inútil del mundo. 

Y debemos ser un buen montón, todos solitarios, todos vacíos, todos pobres, todos afligidos por pequeñas y mezquinas preocupaciones sin dignidad. Todos esforzándose, como si estuvieran atrapados en arenas movedizas, por alcanzar un terreno firme donde apoyar los pies, y sabiendo en todo momento que no tiene la menor importancia que lo consigamos o no. 

Deberíamos celebrar un congreso en alguna parte, en un sitio como Aspen, Colorado, un sitio donde el aire sea claro, fresco y estimulante, y donde podamos lanzar nuestras desviadas inteligencias contra la dura mollera de los demás. Quizá así nos sentiríamos durante un rato como si de verdad tuviéramos talento. 

Todos los aspirantes a escritores del mundo, los chicos y chicas que poseen educación, voluntad, deseo, esperanza y nada más. Saben todo lo que hay que saber acerca de cómo se hace, pero son incapaces de hacerlo. Han estudiado a fondo e imitado a conciencia a todo aquel que alguna vez dio en el clavo.


Qué encantadora colección de nulidades formaríamos, pensó. Seríamos tan agudos como navajas de afeitar. Resonarían en el aire los chasquidos de nuestros sueños. La pena es que no duraría mucho. Pronto terminaría el congreso y tendríamos que regresar a nuestras casas a sentarnos frente a este maldito trasto metálico que escribe las palabras en el papel. Sí, a sentarnos aquí a esperar... como quien espera en la galería de los condenados a muerte.

Levantó la damajuana y, olvidándose del vaso, bebió directamente con la técnica tradicional del levantapesos. Estaba caliente y agrio, pero esta vez no le sirvió de mucho. Siguió pensando en lo de ser un escritor sin talento. Al cabo de un buen rato, volvió a llevar la damajuana al garaje y la metió bajo el montón de sacos. 

Febo apareció por la esquina con un enorme saltamontes de aspecto asqueroso en la boca. Hacía un ruido muy desagradable. Hank se agachó, obligó al gato a abrir las mandíbulas y dejó libre al saltamontes, con una pata menos pero aún rebosante de espíritu viajero. Febo miró a Hank fijándose hambriento. Así que Hank le dejó entrar en la cocina.


—Siéntate donde quieras —le dijo Hank al gato—. Estás en tu casa.

Le ofreció algo de comida, pero sabía que Febo no la querría, y así fue. De manera que se sentó ante la mesa de trabajo e introdujo un folio en la máquina de escribir. Al cabo de un rato, Febo se subió a la mesa junto a él y se puso a mirar por la ventana.

—Uno no debería trabajar el día en que su mujer le abandona, ¿no crees, Febo? Debería tomarse el día libre.

Febo bostezó. Hank le rascó la cabeza junto a la oreja y Febo ronroneó concienzudamente. Hank pasó los dedos por el lomo del gato, y Febo arqueó su cuerpo hacia la mano con una fuerza sorprendente.

—Eres un viejo gato hijoputa, ¿eh, Febo? Tendría que escribir algo sobre ti.

La tarde transcurrió con lentitud. Por fin fue cediendo paso al crepúsculo, y el vacío aún seguía allí. Febo ya había comido y se había echado a dormir en el banco de mimbre. Hank se sentó en el porche, contemplando a los insectos que bailaban en un tardío rayo de sol. Justo antes de que salieran los mosquitos oyó el coche que se acercaba. Hacía mucho ruido. 

Sonaba como el Chevy del viejo Simpson. Luego lo vio a lo lejos, avanzando por la polvorienta carretera, y supo que era él. Se notaba por el parabrisas roto. Apenas se sorprendió cuando el coche se desvió por el sendero y rodeó torpemente los escalones. El viejo Simpson se quedó inmóvil, con sus nudosas manos sobre el volante y sus ojos acuosos mirando al frente. Sus mandíbulas se movieron para escupir. No dijo nada. Ni siquiera volvió la cabeza cuando Marion salió del Chevy.


—Le he pagado al señor Simpson —dijo Marion.

Hank sacó el equipaje del coche sin que el viejo Simpson hiciera ademán de ayudarle. Cuando todo estuvo fuera, el viejo Simpson metió el embrague y se marchó, sin haber pronunciado una palabra ni haber mirado a ninguno de los dos.

—¿Por qué está molesto? —preguntó Hank.

—No está molesto. Simplemente, no le gustamos. Siento haber malgastado el dinero, Hank —tenía cara de derrotada—. Parece que no te sorprende que haya vuelto.

—No estaba seguro —meneó la cabeza en un gesto ambiguo.

Ella se echó a llorar estrepitosamente y Hank le pasó el brazo por los hombros.

—No se me ocurrió ningún maldito sitio donde ir —balbuceó ella—. Todo parecía tan absurdo —se arrancó el sombrero de la cabeza y se soltó el pelo—. Tan completa y absolutamente sin sentido. Ni puntos altos ni puntos bajos, solo una terrible sensación de cosa rancia.

Hank asintió y la miró mientras ella se secaba los ojos y se esforzaba por dibujar una ligera y avergonzada sonrisa.

—Hemingway habría sabido dónde ir —dijo ella.

—Claro. Habría ido a África a cazar un león.

—O a Pamplona a cazar un toro.

—O a Venecia a tirar al blanco —dijo Hank, y los dos sonrieron.

Hank levantó las dos maletas y empezó a subir los escalones.

—¿Dónde está Febo? —preguntó ella desde abajo.

—En mi mesa de trabajo —respondió Hank—. Está escribiendo un cuento. Una cosa cortita... para pagar el alquiler.

Ella subió corriendo los escalones y le hizo apartar el brazo de la puerta. Hank dejó las maletas con un suspiro y se encaró con ella. Quería ser amable, pero sabía que nada de lo que habían dicho en el pasado o de lo que dijeran ahora o en el futuro significaba nada. No eran más que ecos.

—Hank —dijo ella, desesperada—, me siento fatal. ¿Qué va a ser de nosotros?

—No gran cosa —dijo Hank—. ¿Por qué habría de pasarnos nada? Aún podemos aguantar seis meses.

—No me refiero al dinero. Tu novela... mi obra teatral. ¿Qué va a pasar con ellas, Hank?

Sintió un vuelco en el estómago, porque conocía la respuesta, y Marion también la conocía, y no tenía ningún sentido fingir que se trataba de un problema sin resolver. El problema no consistía en lograr algo que sabes que no está a tu alcance, sino en dejar de comportarse como si lo tuvieras a la vuelta de la esquina, aguardando a que tú dieras con ello, oculto tras un matorral o bajo un montón de hojas secas, pero real y verdadero. No estaba allí y nunca lo estaría. ¿Por qué seguir aparentando que sí que estaba?

—Mi novela es una mierda —dijo muy tranquilo—. Y tu obra, lo mismo.

Ella le pegó en la cara con toda su fuerza y entró corriendo en la casa. Estuvo a punto de caerse al subir las escaleras. Dentro de un instante, si escuchaba con atención, la oiría llorar. No quería oírlo, así que bajó del porche, se dirigió al garaje y sacó la garrafa de debajo de los sacos. Bebió un buen trago, bajó con cuidado la garrafa, la tapó y la metió de nuevo bajo los sacos.

Cerró las puertas del garaje y puso en su sitio la clavija de madera. Estaba anocheciendo, y los huecos entre los árboles se veían negros y profundos.

—Ojalá tuviera un perro —le dijo a la noche—. ¿Por qué sigo deseándolo? Supongo que necesito alguien que me admire.

Una vez en la casa, escuchó pero no pudo oír ningún llanto. Subió hasta la mitad de las escaleras y vio la luz encendida, lo cual indicaba que ella se encontraba bien. Cuando se quedó parado en el umbral de la habitación, ella estaba sacando las cosas del neceser. Mientras lo hacía, silbaba muy bajito entre dientes.

—Ya te has tomado un trago, ¿no? —dijo ella sin levantar la mirada.

—Solo uno. Era un brindis. En homenaje a un Corazón Destrozado.

Ella se enderezó bruscamente y le miró con fijeza por entre los cabellos despeinados.

—Qué agradable —dijo con frialdad—. ¿Tu corazón o el mío?

—Ninguno de los dos —dijo Hank—. Es solo un título que se me ocurrió.

—¿Un título para qué? ¿Para un cuento?

—Para la novela que no voy a escribir —dijo Hank.

—Estás borracho —dijo Marion.

—No he comido nada.

—Lamento haberte abofeteado, Hank.

—No tiene importancia —dijo Hank—. Lo habría hecho yo mismo si se me hubiera ocurrido.

Dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras, caminando con delicadeza, paso a paso, sin tocar la barandilla; luego cruzó el vestíbulo y salió por la puerta, dejando que la rejilla se cerrara con suavidad, bajó los escalones uno a uno, con cuidado y con decisión, y luego dio la vuelta a la esquina de la casa, pisando firmemente la grava, en su interminable y predestinado viaje de regreso a la garrafa escondida bajo el montón de sacos.

La cena - Clarice Lispector

Él entró tarde en el restaurante. Por cierto, hasta entonces se había ocupado de grandes negocios. Podría tener unos sesenta años, era alto, corpulento, de cabellos blancos, cejas espesas y manos potentes. En un dedo, el anillo de su fuerza. Se sentó amplio y sólido.

Lo perdí de vista y, mientras comía, observé de nuevo a la mujer delgada, la del sombrero. Ella reía con la boca llena y le brillaban los ojos oscuros.

En el momento en que yo llevaba el tenedor a la boca, lo miré. Ahí estaba, con los ojos cerrados, masticando pan con vigor, mecánicamente, los dos puños cerrados sobre la mesa. Continué comiendo y mirando. El camarero disponía platos sobre el mantel, pero el viejo mantenía los ojos cerrados. A un gesto más vivo del camarero, él los abrió tan bruscamente que ese mismo movimiento se comunicó a las grandes manos y un tenedor cayó. 

El camarero susurró palabras amables, inclinándose para recogerlo; él no respondió. Porque, ahora despierto, sorpresivamente daba vueltas a la carne de un lado para otro, la examinaba con vehemencia, mostrando la punta de la lengua —palpaba el bistec con un costado del tenedor, casi lo olía, moviendo la boca de antemano—. Y comenzaba a cortarlo con un movimiento inútilmente vigoroso de todo el cuerpo. 

En breve llevaba un trozo a cierta altura del rostro y, como si tuviera que cogerlo en el aire, lo cobró en un impulso de la cabeza. Miré mi plato. Cuando lo observé de nuevo, él estaba en plena gloria de la comida, masticando con la boca abierta, pasando la lengua por los dientes, con la mirada fija en la luz del techo. Yo iba a cortar la carne nuevamente, cuando lo vi detenerse por completo.

Y exactamente como si no soportara más —¿qué cosa?—, cogió rápido la servilleta y se apretó las órbitas de los ojos con las dos manos peludas. Me detuve, en guardia. Su cuerpo respiraba con dificultad, crecía. Retira finalmente la servilleta de los ojos y observa atontado desde muy lejos. Respira abriendo y cerrando desmesuradamente los párpados, se limpia los ojos con cuidado y mastica lentamente el resto de comida que todavía tiene en la boca.

Un segundo después, sin embargo, está repuesto y duro, toma una porción de ensalada con el cuerpo todo inclinado y come, el mentón altivo, el aceite humedeciéndole los labios. Se interrumpe un momento, enjuga de nuevo los ojos, balancea brevemente la cabeza —y nuevo bocado de lechuga con carne engullido en el aire—. Le dice al camarero que pasa:

—Este no es el vino que pedí.

La voz que esperaba de él: voz sin posibles réplicas, por lo que yo veía que jamás se podría hacer algo por él. Nada, sin obedecerlo.

El camarero se alejó, cortés, con la botella en la mano.

Pero he ahí que el viejo se inmoviliza de nuevo como si tuviera el pecho contraído y enfermo. Su violento vigor se sacude preso. Él espera. Hasta que el hambre parece asaltarlo y comienza a masticar con apetito, las cejas fruncidas. Yo sí comencé a comer lentamente, un poco asqueado sin saber por qué, participando también no sabía de qué. 

De pronto se estremece, llevándose la servilleta a los ojos y apretándolos con una brutalidad que me extasía. Abandono con cierta decisión el tenedor en el plato, con un ahogo insoportable en la garganta, furioso, lleno de sumisión. Pero el viejo se demora poco con la servilleta sobre los ojos. Esta vez, cuando la retira sin prisa, las pupilas están extremadamente dulces y cansadas, y antes de que él se las enjugara, vi. Vi la lágrima.

Me inclino sobre la carne, perdido. Cuando finalmente consigo encararlo desde el fondo de mi rostro pálido, veo que también él se ha inclinado con los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza entre las manos. Realmente él ya no soportaba más. Las gruesas cejas estaban juntas. 

La comida debía haberse detenido un poco más debajo de la garganta bajo la dureza de la emoción, pues cuando él estuvo en condiciones de continuar hizo un terrible gesto de esfuerzo para engullir y se pasó la servilleta por la frente. Yo no podía más, la carne en mi plato estaba cruda, y yo era quien no podía continuar más. Sin embargo, él comía.

El camarero trajo la botella dentro de una vasija con hielo. Yo observaba todo, ya sin discriminar: la botella era otra, el camarero de chaqueta, la luz aureolaba la cabeza gruesa de Plutón que ahora se movía con curiosidad, goloso y atento. Por un momento el camarero me tapa la visión del viejo y apenas veo las alas negras de una chaqueta sobrevolando la mesa, vertía vino tinto en la copa y aguarda con los ojos ardientes —porque ahí estaba seguramente un señor de buenas propinas, uno de esos viejos que todavía están en el centro del mundo y de la fuerza—. 

El viejo, engrandecido, tomó un trago, con seguridad, dejó la copa y consultó con amargura el sabor en la boca. Restregaba un labio con otro, restallaba la lengua con disgusto como si lo que era bueno fuera intolerable. Yo esperaba, el camarero esperaba, ambos nos inclinábamos, en suspenso. Finalmente, él hizo una mueca de aprobación. El camarero curvó la cabeza reluciente con sometimiento y gratitud, salió inclinado, y yo respiré con alivio.

Ahora él mezclaba la carne y los tragos de vino en la gran boca, y los dientes postizos masticaban pesadamente mientras yo espiaba en vano. Nada más sucedía. El restaurante parecía centellear con doble fuerza bajo el titilar de los cristales y cubiertos; en la dura corona brillante de la sala los murmullos crecían y se apaciguaban en una dulce ola, la mujer del sombrero grande sonreía con los ojos entrecerrados, tan delgada y hermosa, el camarero servía con lentitud el vino en el vaso. Pero en ese momento él hizo un gesto.

Con la mano pesada y peluda, en cuya palma las líneas se clavaban con fatalismo, hizo el gesto de un pensamiento. Dijo con mímica lo más que pudo, y yo, yo sin comprender. Y como si no soportara más, dejó el tenedor en el plato. Esta vez fuiste bien agarrado, viejo. Quedó respirando, agotado, ruidoso. 

Entonces sujeta el vaso de vino y bebe, los ojos cerrados, en rumorosa resurrección. Mis ojos arden y la claridad es alta, persistente. Estoy prisionero del éxtasis, palpitante de náusea. Todo me parece grande y peligroso. La mujer delgada, cada vez más bella, se estremece seria entre las luces.

Él ha terminado. Su rostro se vacía de expresión. Cierra los ojos, distiende los maxilares. Trato de aprovechar ese momento, en que él ya no posee su propio rostro, para finalmente ver. Pero es inútil. La gran forma que veo es desconocida, majestuosa, cruel y ciega. Lo que yo quiero mirar directamente, por la fuerza extraordinaria del anciano, en ese momento no existe. Él no quiere.

Llega el postre, una crema fundida, y yo me sorprendo por la decadencia de la elección. Él come lentamente, toma una cucharada y observa correr el líquido pastoso. Lo toma todo, sin embargo, hace una mueca y, agrandado, alimentado, aleja el plato. Entonces, ya sin hambre, el gran caballo apoya la cabeza en la mano. La primera señal más clara aparece. 

El viejo devorador de criaturas piensa en sus profundidades. Pálido, lo veo llevarse la servilleta a la boca. Imagino escuchar un sollozo. Ambos permanecemos en silencio en el centro del salón. Quizás él hubiera comido demasiado deprisa. ¡Porque, a pesar de todo, no perdiste el hambre, eh!, lo instigaba yo con ironía, cólera y agotamiento. Pero él se desmoronaba a ojos vista. 

Ahora los rasgos parecían caídos y dementes, él balanceaba la cabeza de un lado para otro, sin contenerse más, con la boca apretada, los ojos cerrados, balanceándose, el patriarca estaba llorando por dentro. La ira me asfixiaba. Lo vi ponerse los anteojos y envejecer muchos años. 

Mientras contaba el cambio, hacía sonar los dientes, proyectando el mentón hacia delante, entregándose un instante a la dulzura de la vejez. Yo mismo, tan atento había estado a él que no lo había visto sacar el dinero para pagar, ni examinar la cuenta, y no había notado el regreso del camarero con el cambio.

Por fin se quitó los anteojos, castañeteó los dientes, se enjugó los ojos haciendo muecas inútiles y penosas. Pasó la mano por los cabellos blancos alisándolos con fuerza. Se levantó asegurándose al borde de la mesa con las manos vigorosas. Y he aquí que, después de liberado de un apoyo, él parecía más débil, aunque todavía era enorme y todavía capaz de apuñalar a cualquiera de nosotros. Sin que yo pudiera hacer nada, se puso el sombrero acariciando la corbata en el espejo. Cruzó el ángulo luminoso del salón, desapareció.

Pero yo todavía soy un hombre.

Cuando me traicionaron o me asesinaron, cuando alguien se fue para siempre, cuando perdí lo mejor que me quedaba, o cuando supe que iba a morir.

—Yo no como. No soy todavía esa potencia, esta construcción, esta ruina. Empujo el plato, rechazo la carne y su sangre.

El duende de Aldgate - Catherine Crowe

Durante el crudísimo invierno de 1799, fue visto un lobo en Aldgate, Leadenhall y Cornhill, en pleno centro de Londres. Al principio se creyó que se trataba de un enorme perro vagabundo, extrañamente peligroso; pero numerosos testigos comprobaron que se trataba de un lobo y además, ¡de notables dimensiones!

Sobre todo atacaba a las mujeres que llegaban tarde a sus hogares y también a los hombres que no iban armados, pues el animal parecía intuir desde lejos si llevaban o no un arma peligrosa.

En la noche de San Ambrosio, hacía un tiempo infernal y las calles estaban desiertas, cuando el oficial de sanidad Br... cruzó Fenchurch en su pequeño coche.

Cuando llegó a la altura de la plaza principal, el lobo surgió de un callejón sin salida y se abalanzó sobre la cabeza del caballo.

Pero el lobo recibió lo suyo, pues el caballo, un animal joven y robusto, se apartó y lanzó una violenta coz.

El lobo, alcanzado en la mandíbula, profirió un siniestro alarido e intentó huir.

Pero el médico no se conformó con esto, siguió al lobo hacia el callejón sin salida en el que se refugiaba y, desde lejos, le disparó un tiro.

El monstruo cayó, se incorporó y desapareció por el corredor de una casa, cuya puerta se cerró inmediatamente tras de sí.

El Dr. Br... llamó inútilmente a la puerta, nadie acudió a abrirle.

A la mañana siguiente dio parte al oficial de policía del barrio que, acompañado de dos hombres armados, se dirigió a la casa indicada.

La vivienda estaba ocupada por un pequeño rentista llamado Smigger, un hombre temido y detestado por toda la vecindad debido a su mal carácter y a su brutalidad.

Al no responder a los requerimientos del oficial de policía, hundieron la puerta y, desde la entrada, en un ángulo del corredor, vieron a Smigger en el suelo, muerto, en un mar de sangre.

Tenía destrozada la parte inferior de la cara y una bala de pistola en los riñones.

No se encontró la piel de lobo, pero en todas partes de la casa había huellas de enormes patas con garras, así como una gran provisión de carne cruda e incluso una cabeza humana completamente despedazada.

El Dr. Br... tuvo la curiosidad de examinar, asistido de varios expertos, los enormes excrementos que se encontraron por todas partes en la siniestra vivienda, y tuvieron que concluir con pavor que se encontraban ante las deyecciones de un lobo.

Smigger jamás había abandonado Londres y fue imposible explicar este caso de licantropía.


El fantasma solo llama una vez - Jane Sherrod Singer

Lea este relato desde el punto de vista que más convenga a su fantasía. Si es un admirador de Alfred Hitchcock, es posible que su extraño final le haga reír entre dientes. Pero si, por el contrario, está usted de acuerdo con Shakespeare en aquello de que «existen más cosas en el cielo y en la tierra... que las que pueda imaginar nuestra mente», entonces permítame que me apresure a asegurarle que este caso real fue investigado y debidamente reconocido como auténtico por miembros de la Sociedad Británica para la Investigación Psíquica.

Aquellos lectores amantes de indagar sucesos inexplicables en el reino de lo sobrenatural deben hacer una pausa para reflexionar..., y aquellos otros que deseen relajarse con la lectura del siguiente relato deben ser precavidos con algunas páginas capaces de poner los cabellos de punta.

Los hechos registrados, acaecidos el 26 de mayo de 1897, y recogidos por sir Anthony Wister, son los siguientes:

Dado que soy una persona de espíritu metódico y lógico, he decidido empezar por el principio de esta cadena de sucesos en vez de sobrecoger inicialmente al lector con aquellos detalles ambientales y terroríficos que se presentaron, por desgracia, casi al final de la muy corta vida de Ernest Melbourne.

Para ser un conservador, Ernest era, a sus veinticinco años, un joven de acentuada personalidad. Me imagino que algunos lo describirían como un poco petimetre, pero yo, en cambio, más bien admiraba su melindrosa forma de vestir y su inmaculado acicalamiento, sobre todo después de llegar a conocerlo profundamente como amigo. 
 
Dado que pertenecíamos al mismo club, a menudo estábamos juntos, y como los dos nos interesábamos más por la gente, la conversación y las ideas, que por aquellos juegos aburridos y silenciosos como el ajedrez y el whist, solíamos enfrascarnos en profundas y eruditas conversaciones.

En muchos sentidos éramos muy parecidos y, sin embargo, demasiado diferentes. Ernest era un gran aficionado a la música, lo mismo que yo, pero su entusiasmo no pasaba la frontera de la admiración, mientras que yo, por el contrario, me había visto obligado a sujetar un violín bajo mi beligerante y poco colaboradora barbilla como parte de mi educación juvenil. 
 
Ernest era un gran connaisseur de excelentes manjares y exquisitos vinos, aunque esta cualidad era más bien una pasión que había aprendido y cultivado, mientras que mis gustos en este aspecto no pasaban de simples inclinaciones a la buena cocina. 
 
En resumen, gracias a su inteligencia, espíritu observador, jactancia e incluso astucia, Ernest Melbourne se elevó de un nivel social bastante bajo, empleando las más sutiles maquinaciones, hasta llegar al mismo círculo social en el que yo me introduje sin desearlo, como uno de los derechos de mi noble cuna.

A excepción de nuestra ascendencia y tradiciones familiares, ambos teníamos muchas cosas en común, incluyendo el hecho de que nos comportamos una vez, sólo una vez, como unos insoportables tumbacuartillos. 
 
Sin revelar el nombre de la dama, Ernest me contó con amargura que había abandonado a una linda muchacha que lo amaba profundamente, después de haber abusado ignominiosamente de su generoso cuerpo. Se trataba de una camarera que trabajaba en la taberna de su padre. 
 
De los detalles de esta historia me enteré una noche en que ambos habíamos bebido más de la cuenta y en la que me contó, además, cómo había ascendido de su bajo estrato social hasta nuestra clase de élite. 
 
Impresionado por aquella confidencia de mi amigo, que demostraba su confianza en mí, yo también le revelé un secreto, es decir, que había roto el compromiso que mi padre arreglara para casarme con una duquesa, tan bella y encantadora que muy a menudo era invitada al Palacio de Buckingham. 
 
Después de un espantoso, aunque justo, altercado con mi padre, me marché de la casa solariega, mientras que la que debía haber sido mi esposa abandonó Inglaterra para ir a mitigar su desilusión y su dolor en los Alpes suizos.

El único motivo que me lleva a mencionar mi vergonzosa conducta es el de exponer otra razón por la que Ernest y yo nos hicimos tan íntimos amigos, unidos por tan dispares historias, secretos y admiración recíproca: él apreciaba mi privilegiada situación en la vida, y yo le ayudé en su tenaz y acertada aspiración de ingresar en mi estrato social.

Recuerdo perfectamente los sucesos que se desarrollaron poco antes de aquella horrible noche del 26 de mayo, ya que el día 24, Ernest y yo comimos en el club, mientras refunfuñábamos de aquella eterna llovizna que mantenía a toda Inglaterra húmeda, fría y mojada; luego nos enfrascamos en una conversación en la que discutimos acaloradamente.

El tema de la misma era demasiado trivial. Un amigo común, aunque considero más justo el llamarle una amistad casual, había muerto, y nuestra discusión estribaba en si debíamos o no arriesgarnos a asistir a sus funerales y agarrar un resfriado. Durante nuestra conversación intercambiamos nuestras posiciones como dos niños en el juego del columpio. 
 
Según mi punto de vista, sostenía que debíamos a sir Gilbert nuestro último homenaje, mientras Ernest argumentaba que odiaba los funerales, fueran en el sitio que fuesen, pero sobre todo en Kensington. Dio a entender que había una cierta razón.

Luego, una vez que hubo paladeado su pierna de cordero fuertemente condimentada, dulcificó su voz e insistió en que debíamos asistir al funeral. Confieso sinceramente que me encolericé, ya que al comprobar los astutos razonamientos de mi amigo no pude dominar mis nervios. 
 
Era obvio que Ernest, por otra parte, se daba cuenta de que mucha gente importante asistiría a aquel funeral y tendría la oportunidad de codearse con aristócratas, y conquistar así otro puesto más dentro de la alta sociedad británica.

Por un instante lo aborrecí, ya que pretendía aprovecharse de un funeral en beneficio suyo; pero cuando salimos del club aquella noche, volvimos a ser tan amigos como siempre. Al final nos pusimos de acuerdo en que Ernest asistiría al funeral a pesar de su aversión por la fría y oscura iglesia de Kensington y su húmedo cementerio, en el que las tumbas estaban cubiertas de losas de mármol negro, y en las que se podían leer los hechos importantes llevados a cabo en vida por sus fenecidos y actuales ocupantes.

Pero incluso en el cementerio de Kensington había cierta discriminación social entre su inmóvil población de cadáveres, ya que los condes y los duques, los ricos banqueros y los poderosos industriales, se hallaban en suntuosos panteones familiares a ambos lados de la puerta principal de la iglesia, mientras que, en la parte posterior de la misma, bien ocultos por una empalizada, se hallaba el último lugar de reposo de las almas menos importantes; quizá no menos en el sentido de la humanidad, pero sí ciertamente en cuanto a su posición social, prestigio y la suficiente cantidad de dinero como para reposar en un panteón bajo una marmórea losa sepulcral exquisitamente esculpida y engalanada.

El 26 de mayo fue una jornada tan miserable como lo habían sido los diez fríos y húmedos días anteriores. Por ello me quedé en casa no sin cierto regocijo, ordené a Hugh, mi ayuda de cámara, que me trajera la merienda con una buena taza de hirviente té indio, y comencé a leer las tediosas cláusulas del testamento de mi padre. 
 
En ese momento, acudió a mi mente la imagen del pobre Ernest, saludando y haciendo reverencias, siendo presentado a personas importantes de la aristocracia, y fijándose cuidadosamente, muy cuidadosamente, en sus rostros, con el fin de poder recordarlos en una futura gala de ópera o de teatro. 
 
A lo mejor Ernest estaba, en aquel preciso instante, besándole la mano a alguna hermosa y joven duquesa que, quizá, en un día no muy lejano, le aportaría una rica dote y un tierno cariño de esposa. «Pues no me importa si Ernest se divierte en este momento —pensé—, al menos, mañana no tendré un fastidioso resfriado y una roja nariz goteando moco»; y arrojé otro tronco al fuego de la chimenea.

Alrededor de las cinco de la tarde, el cielo parecía tan plomizo como en pleno invierno. Hugh me sirvió mi tradicional copa de jerez y le volví a repetir mis instrucciones de que pensaba cenar en mi biblioteca.

La cena fue más bien ligera, y la intranquilidad empezó a adueñarse de mi mente. Traté de leer un libro, pero las palabras carecían de significado. Entonces pensé en relajarme, ya que recordaba que esta práctica, tan recomendada por los médicos, estaba muy indicada en los momentos de tensión nerviosa.

Como solía hacer en aquellas tardes en que me quedaba en casa, me puse mi horrible pero confortable batín de lana, me calcé unas cómodas zapatillas de cuero que en otras ocasiones mi mayordomo había intentado tirar a la basura, lamenté no tener un mastín para que se acostara junto a mi chimenea, a mis pies, y me puse a cargar una pipa con refinado y amoroso cuidado.

Debía haberme quedado adormecido con el libro en mi regazo, cuando Hugh me despertó para anunciarme que me llamaban por teléfono. Perezosamente cogí el aparato.

Una voz frenética al otro extremo del hilo me dijo que acudiera inmediatamente, que era muy urgente. No había un minuto que perder. Mi amigo, Ernest Melbourne, se hallaba al borde de la muerte. En realidad, continuó diciéndome aquella voz desconocida para mí, está economizando el aire que respira en un esfuerzo para mantenerse vivo hasta su llegada.

Rápidamente me puse el primer traje que encontré a mano, alquilé un taxi y me dirigí a toda prisa al elegante piso de Ernest. La puerta me fue abierta por uno de mis antiguos criados, Stephen, el cual se hallaba extremadamente aturrullado hasta el punto de parecer enloquecido.

—Sir Anthony —me dijo, hecho un manojo de nervios—, es espantoso, es horriblemente espantoso. Me temo que no llegará a tiempo.

—Tranquilízate, querido Stephen —le dije, tratando de que hablara en voz baja—. Cualquier cosa que haya ocurrido, por favor, ten la bondad de mantenerte en tu sano juicio. Vamos, condúceme inmediatamente al lado de míster Melbourne.

El tono severo que empleé calmó algo a Stephen, pero cuando me conducía hacia el salón biblioteca, me empujó de pronto y rudamente hacia un lado. Me sorprendí ante aquella extraña conducta de mi excriado, pero luego comprendí que lo que pretendía era que yo no pisara una serie de huellas barrosas que conducían a la estancia donde se hallaba mi amigo.

Ernest estaba acostado en un diván. Aunque en su rostro no había ninguna señal de violencia, me costó trabajo reconocerle. Incluso hoy día me es difícil describir la transformación que se había operado en sus facciones.

Sus ojos, que generalmente miraban a todas partes plenos de curiosidad, estaban paralizados, fijos en un punto del techo, como si pendieran de él mediante dos cuerdas. Su sonrosada piel que yo, como pálido londinense, en ciertas ocasiones había envidiado en secreto, se había disuelto en un gris de cal apagada. Venas azules sobresalían en sus manos, muñecas y garganta, y morados verdugones cubrían sus sienes. Su lengua pendía grotescamente a un lado de su boca abierta.

Haciendo un esfuerzo para dominar mi repugnancia, me acerqué a él y le dije todo aquello que suele decirse en estos casos. «Aquí me tienes... ¿Qué te ha sucedido...? Ánimo, hombre. Vamos, cuéntame lo que te ha pasado...»

Ernest reaccionó lentamente. Un indefinido fulgor apareció en sus ojos. Después de varios intentos, al final estuvo en condiciones de hablarme de forma que yo pudiera entenderle.

—Anthony —murmuró—, debes escucharme..., pero, sobre todo, debes creer en mí, debes creerme.

Luego permaneció en silencio, sofocado, tosió y trató de incorporarse. Cogí una almohada y se la puse a la espalda, mientras le decía en voz baja a Stephen que fuera inmediatamente a buscar un médico. La retirada del criado fue sumamente ruidosa, pues tropezó con una silla y se cayó al suelo. Pero Ernest se hallaba muy lejos de la realidad para darse cuenta de ello.

Me senté cerca de mi amigo, mostrándome tan afectivo como un elefante macho intentando cuidar una liebre herida. Yo sabía que Ernest no debía agotarse hablándome, pero eran tan intensos los pensamientos que en aquellos instantes torturaban su mente que no tuve más remedio que permitírselo.

—Anthony —murmuró Ernest—, debo ser breve. Me queda muy poco tiempo de vida. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Y, en nombre de Dios, créeme.

Después de una breve pausa, continuó.

—Fui al funeral de sir Gilbert. Fue espantoso. Tú sabías que yo no quería ir, pero no sabías por qué. Gladys, el amor del que renegué, la chica a quien abandoné, yace en una tumba del cementerio de Kensington... Estaba aún lloviendo cuando sacaron el ataúd de sir Gilbert de la iglesia. Permanecí allí mojado y helado de frío. De repente, guiado por los remordimientos o quizá empujado por el mismo demonio, me hallé explorando el cementerio, pisando aquel terreno sucio y fangoso, buscando algo, una flor de lis, una rosa, algo que fuera bello, fresco y joven. De pronto vi un seto vallado en el que había una entrada que daba a otro cementerio en el que las losas sepulcrales estaban muy cerca unas de otras... Anthony, ¿me estás escuchando?

Alargué mi mano y le cogí la suya, pero, no queriendo distraer sus pensamientos, permanecí en silencio. Vi que el rostro de Ernest se relajaba, cerró la boca y un alarmante color de cera se extendió por su piel. Después de unos instantes continuó.

—Empujado por una fuerza misteriosa, me dirigí a la tumba más insignificante, más raída, más pobre de todas. La losa sepulcral ostentaba el número 298, y gotas de lluvia caían al suelo desde el punto en el que estaba esculpido el nombre de Gladys Moore..., mi Gladys que tanto me había amado hace muchos años.

Evidentemente, comprendía el dolor y la pena de Ernest, sin embargo, me parecía imposible que la vista de la tumba de su querida Gladys hubiera podido causarle aquel espantoso daño físico. Ernest continuó hablando, pero cada vez más rápido, como si considerara que el tiempo estaba en contra de su reserva vital y de su monólogo.

—El temor más espantoso se apoderó de mí. Mi primer impulso fue sacar inmediatamente el ataúd de aquel lugar tan deprimente y colocarlo en aquella parte del cementerio reservada a la gente ilustre para que así la tumba de mi Gladys ocupase el mejor sitio de todos; pero este noble pensamiento se me borró en el acto para ser sustituido por otro: si la gente llegara a enterarse de mis antiguas relaciones amorosas con una tabernera, todos mis proyectos se vendrían a tierra, todo aquello por lo que había luchado durante toda mi vida quedaría arruinado.

Un suspiro estremeció el cuerpo de mi amigo. Después de una pausa, Ernest continuó:

—Cuando regresé a casa, Stephen me sirvió la comida. No tenía apetito, por lo que le ordené que retirara los platos, limitándome a beber tres copas de oporto. Creo que me quedé dormitando durante varias horas. Cuando me desperté, tuve la sensación de haber sido drogado, o sometido a un trance hipnótico. Luego sentí la necesidad de telefonear a alguien. ¡Cogí el aparato y marqué el 298 de Kensington! Después de un corto tiempo, una voz de mujer contestó. Sonaba como si estuviera muy lejos, aunque sus palabras eran perfectamente audibles. La voz dijo: «Oh, amor mío, qué gentil has sido en telefonearme. He estado mucho tiempo esperando esta llamada. Iré inmediatamente a verte».

Miré asombrado a Ernest. La habitación pareció llenarse de repente de un aire viscoso y estancado. Sentí que se me contraía la piel y se erizaban mis cabellos cuando oí aquel horroroso relato. Ernest movía la cabeza a un lado y otro sobre la almohada, como tratando de luchar con aquellos pensamientos que torturaban su mente.

—Me senté en el sillón y esperé —continuó mi amigo—. ¿Esperar qué? No lo sabía en aquel momento. Entonces oí que la puerta principal se abrió completamente, a pesar de que Stephen siempre la tenía cerrada. Las cortinas empezaron a agitarse como la vela de un barco, al mismo tiempo que una corriente de aire helado penetraba en mi habitación. Luego sentí un penetrante olor de moho, de tierra y de humedad. Vestida de blanco, llegó ella...

La voz de Ernest se quebró. Su rostro se volvió azulado; empezó a dar boqueadas; sus ojos se revolvieron. Como nunca había visto morir a nadie, me sentí estupefacto, fascinado, profundamente asustado, incapaz de gritar pidiendo auxilio. Su cuerpo se puso tieso y luego cayó hacia atrás. Cogí mi pañuelo y cerré cuidadosamente aquellos ojos fijos y brillantes.

Entonces llamé..., bueno, temo que empecé a gritar llamando a Stephen. El rostro de este reflejaba palpablemente su aflicción y ansiedad. Le rogué que telefoneara a un médico y a la policía.

Mientras esperaba al lado de mi amigo muerto, me puse a observar cuidadosamente la habitación.

En línea directa desde la puerta al sillón favorito de Ernest estaban aquellas huellas fangosas de pasos que Stephen me había impedido pisar hacía unos instantes. Me levanté para estudiarlas más cuidadosamente. Entonces vi horrorizado que en las pelusas de la alfombra que cubría el suelo de madera, estaban grabadas las huellas inconfundibles de unos zapatos de mujer.