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La isla de los antropólogos - Iban Zaldua

Las islas Mouk son el paraíso del antropólogo moderno. Cualquiera puede comprobar, hojeando los índices de Current Anthropology o de American Anthropologist, la popularidad de que gozan estas islas. No hay menos de dos artículos por año y cada lustro, por término medio, ven la luz dos estudios monográficos de mayor o menor envergadura sobre uno o más aspectos de su sociedad, su cultura o su socioecología. 

Y no son más que algunas de las tesis doctorales —las elegidas— que sobre el tema se leen, año tras año, en las diferentes facultades de antropología y filosofía de Europa y Norteamérica.

Conocidas en el mundo occidental desde el primer viaje de Cook, que repostó en la mayor de las islas, a las que denominó —un poco rimbombantemente— Glory Islands, no empezaron a interesar verdaderamente a la antropología hasta los años setenta. 

Las descripciones anteriores son muy vagas: alejadas de las líneas de navegación, las Mouk, pequeñas y —en opinión de los marineros europeos— pobres, fueron olvidadas por comerciantes, soldados y misioneros. Algunos investigadores han resaltado, recientemente, la ausencia de noticias sobre la vida y costumbres de sus habitantes en las escasas referencias anteriores a la Segunda Guerra Mundial (Juárez, 1987). 

Los japoneses ni siquiera se dignaron ocuparlas entonces. Los norteamericanos se conformaron con instalar en 1943 un puesto de radio custodiado por tres o cuatro soldados, que fue desmantelado enseguida, en 1946, cuando las Mouk volvieron a quedar bajo soberanía británica. Los ingleses reconstruyeron el puesto de radio, le añadieron una estación meteorológica y siete barracones y, casi sin darse cuenta, plantaron la semilla de Winstontown, hasta la fecha la única ciudad del archipiélago.

Nuestra historia da comienzo pocos años más tarde, en 1948. Feargal Fischer, un irlandés recién licenciado en antropología por la Universidad de Glasgow, llega a las islas Mouk con la intención de recoger material sobre las costumbres y usos de los indígenas, consigue el permiso de uno de los clanes —así los denomina él— para vivir entre ellos y pasa tres largos años de estudio, privaciones y trópico. 

De vuelta a su Dublín natal publica un digno ensayo, The Moukians: A South Pacific Society, que conoció tres ediciones y —cuentan— fue muy alabado por Evans-Pritchard en sus clases (Fischer, 1951). En él, Fischer nos describe la sociedad de la isla principal, de economía basada en una agricultura de subsistencia, como patriarcal y patrilineal y con fuertes valores militaristas (los clanes luchaban sin cesar entre sí). 

Desgraciadamente, la prematura muerte de Fischer en un accidente de motocicleta le impidió viajar de nuevo allí para ahondar en sus investigaciones, especialmente en lo referido a algunas cuestiones que no quedaron suficientemente claras en su primer trabajo, como el rol de las denominadas «mujeres-tiburón» a la hora de elegir al jefe de guerra, o la relación con la cosmología mouk de las escarificaciones a las que se sometían los adultos una vez se habían cobrado su primera presa de caza. El estudio de Fischer quedó, sin embargo, como una de las pequeñas obras clásicas de la antropología irlandesa de la época.

Ningún científico social se volvió a preocupar de las islas Mouk hasta finales de los años sesenta. Entretanto, Su Graciosa Majestad, sin que nadie se lo pidiera, concedió la independencia a las islas y, casi al mismo tiempo, un empresario hotelero neozelandés, Wayne Townshend, erigía en Winstontown el primer apartamento de lujo de la isla. 

«Las Mouk, un paraíso en la Tierra» fue el lema que acompañó a unas cuantas fotografías de las playas de las islas, eje de una campaña publicitaria que adornó las paredes de unas cuantas agencias de viajes. La campaña no tuvo, en un principio, demasiado éxito: el viaje en hidroavión hasta las islas resultaba caro y otros destinos atraían el interés del turismo masivo. 

Puede que fuera la visión de esta propaganda repugnante y capitalista la que animara a Pierre Roulat, licenciado en Sociología y Antropología por Nanterre, a decidir el tema para su tesis de doctorado: ya veía el título, Colonialisme, néocolonialisme et capitalisme. La destruction d'un monde traditionnel: les îles Mouk, impreso en la portada de algún libro de la editorial Maspero (Crandell, 1981). Claro que aquel largo lema correspondía solo a sus hipótesis de partida, pero estaba seguro de que lograría demostrarlas.

Roulat conocía la obra de Fischer, que circulaba —es un decir— por las librerías francesas en una no muy cuidada traducción. Preveía que la irrupción del turismo habría cambiado las cosas en Mouk, y estaba dispuesto a desenmascarar de qué manera. Además, había algunos aspectos de la forma de trabajar de Fischer que no le convencían. 

Por ejemplo, el investigador irlandés nunca llegó a dominar del todo la lengua local y se valió durante su estancia entre los nativos de un antiguo boy de los soldados norteamericanos que chapurreaba algo que, en todo caso, tenía un marcado acento tejano. 

Por ello, Roulat empleó los dos años siguientes en estudiar lenguas micronésicas en la Universidad de Sídney, y los primeros meses que pasó en las Mouk los dedicó a ahondar en la variante lingüística local.

Fueron tres años intensos, durante los cuales Roulat fue de sorpresa en sorpresa. Casi nada coincidía con lo que Fischer había descrito en su libro. Las diferencias eran tales, que Roulat llegó a dudar si el irlandés había estado en el mismo archipiélago que él. Pero no podía ser: las palabras que aparecían en el texto de Fischer eran las mismas por las que preguntaba a los nativos una y otra vez. Eso sí, describían conceptos, prácticas y situaciones muy distintas a las recogidas por Fischer. 

Roulat encontró una población minúscula, que vivía de la pesca, la recogida de moluscos y la recolección. Las comunidades tradicionales no establecían casi ningún contacto con los extranjeros y, para su sorpresa, no parecía que el débil turismo, dominado por empresarios neozelandeses y australianos, hubiera tenido influencia alguna en la sociedad mouk. 

Las mujeres gozaban de una preeminencia tal que, según Roulat, las descripciones de poliginia, malos tratos y sumisión que aparecían en el libro de Fischer resultaban simplemente increíbles. Los cánticos «guerreros» que había traducido el irlandés no eran, según este investigador, más que invocaciones a la Madre Universal para que la pesca y la caza fueran abundantes. 

Las «mujeres-tiburón», aparte de constituir la memoria de la colectividad mouk, ostentaban, claramente, la jefatura de los clanes, por lo que Roulat se atrevió, en su libro, a calificar a aquella sociedad de matriarcal.

Redactó el libro en menos de tres meses, ya de vuelta en París. Aquello era una bomba académica. Las seiscientas cincuenta y cuatro páginas, coloristas y casi literarias, de Les vraies îles Mouk: une étude anthropologique (1969), aunque le valieron a Roulat la expulsión de los círculos trotskistas y feministas que frecuentaba antes de su partida, cautivaron a la comunidad científica y provocaron una de las más agrias polémicas que se recuerdan entre académicos franceses y anglosajones. 

La Reivindicación de la obra de Fischer partió, como no podía ser menos, del Fischer Memorial Institute of Ethnology de Cork, cuyos miembros estaban consternados por la radical crítica que se hacía en el libro al maestro y a sus métodos. El FMIE convocó aquel año, por primera vez, una sustanciosa beca para financiar estudios antropológicos en la Polinesia y la Micronesia, beca que se ha venido ofreciendo año tras año hasta el día de hoy, y que se concede invariablemente a proyectos centrados en la sociedad de las Mouk, siempre con el inconfesado deseo de desbaratar las críticas de Roulat a Fischer. Así fue, por lo menos, durante los primeros años. Porque los resultados han dejado bastante que desear.

Los cinco artículos que, a partir del estudio de las leyendas y el folclore mouk, publicó el equipo formado por Anna Winter y Claus McAdam, beneficiarios de la primera beca concedida por el FMIE, destrozaron las conclusiones del estudio de Roulat, al que calificaban de «descriptivo y poco riguroso» (Winter & McAdam, 1971, 1972a, 1972b, 1972c, 1973). Y, sin embargo, tampoco confirmaban los extremos que constituían la columna vertebral del libro de Fischer. 

La sociedad mouk estaba basada en una economía recolectora que sacaba provecho de la abundancia de frutos y bayas del bosque tropical. No hallaron indicios de que alguna vez hubieran practicado la caza y, aparte de los moluscos que recogían en las playas, tampoco parecían conocer el arte de la pesca. Consiguientemente, no encontraron indicios de armamento ni de actividad guerrera. 

El hecho de que averiguaran que las «mujeres-tiburón» eran, a la postre, hombres que se travestían para una especie de función de teatro ritual les puso sobre la pista para demoler las tesis matriarcalistas del francés. La preponderancia de las mujeres en la sociedad mouk habría sido, según Winter y McAdam, producto de la calenturienta imaginación de Roulat, pero lo cierto es que tampoco pudieron confirmar algunos de los asertos de Fischer: aunque los hombres dominaban todas las parcelas de la vida de las islas, no se podía decir que ejercieran una hegemonía sin límite sobre las mujeres, a las que trataban en un plano de relativa igualdad.

Como puede suponerse, la controversia que originaron los artículos fue mayúscula y las expediciones se multiplicaron en los siguientes años. Y no solo las inglesas y las francesas: antropólogos norteamericanos, rusos, japoneses, austriacos, indios y australianos acudieron, en sucesivas oleadas, a depositar su granito de arena en el acervo científico de la humanidad. 

Ninguna revista especializada se quedó sin su monográfico dedicado a las islas (sería demasiado prolijo enumerar siquiera los estudios más decisivos; una buena bibliografía la encontramos en Chapman, 1991; para un resumen de las publicaciones más recientes, consultar Vries, 1999). 

La fama de las Mouk sobrepasó, de hecho, las fronteras de la ciencia antropológica, impulsando la llegada de muchos amantes de los viajes exóticos: el turismo se ha convertido, desde 1982, en la primera fuente de la renta nacional, desplazando a —según el estudio que se utilice— la pesca, la agricultura de subsistencia o el plátano para la exportación.

La fama de las Mouk ha atraído también a estudiosos ajenos al campo de la antropología: el lingüista vizcaíno J. Lakarra ha relacionado varios giros de la lengua mouk con estructuras pragmáticas subyacentes en la obra del padre Larramendi, dando pie así a una nueva hipótesis sobre la filiación de la lengua más antigua de Europa, aunque, como el propio autor señala, sean necesarias nuevas investigaciones que la confirmen o, en su caso, invaliden (Lakarra, 1992). 

Incluso el recordado naturalista Félix Rodríguez de la Fuente llegó a rodar un capítulo sobre «La rata pinta de las Mouk», que permanece inédito en los sótanos de Radio Televisión Española. De cualquier manera, ninguna de las publicaciones posteriores aclaró las cuestiones suscitadas. Nadie podía exponer, a ciencia cierta, cómo era la sociedad de las Mouk. 

Los extremos citados en el último artículo eran invariablemente matizados, cuando no demolidos, por los que se publicaban al año siguiente. En muchas universidades, el epígrafe dedicado a las islas Mouk en la asignatura correspondiente desapareció de los planes de estudio: era virtualmente imposible seguirle la pista.

Lo cierto es que las ciencias avanzan, aunque sea lentamente, hacia la verdad: esto es innegable. Aunque la solución al enigma de las Mouk no esté del todo clara aún, han empezado a extraerse algunas hipótesis plausibles. 

Un artículo publicado por Allison Millcave (1990) apunta la idea de que los mouk constituirían una «sociedad-camaleón», capaz de transformarse a sí misma para presentar una imagen, distinta cada vez, a los sucesivos visitantes. Esta característica habría constituido en el pasado un mecanismo defensivo y, hoy en día, siempre según Millcave, un cebo para atraer antropólogos, turistas y, a la postre, riqueza a las islas. 

La autora destaca que uno de los pocos rasgos comunes a casi todas las investigaciones es la nula relación que se aprecia entre la sociedad tradicional de las islas y el mundo del turismo que se concentra en torno a Winstontown.

De hecho, aunque las formas varían de uno a otro estudio, todos ellos subrayan la dureza con la que tratan los mouk a aquellos que tienen contacto con los «blancos» o se van a vivir con ellos. Estos son expulsados de la comunidad con un ceremonial que, aunque desgraciadamente cambiante, siempre es vistoso. 

Lo que contrasta vivamente con la amabilidad con la que han solido tratar a los antropólogos que les visitaban. Como afirma una posterior reseña de Wong (1991), la relación entre estos dos hechos no queda excesivamente clara en el —siempre según Wong— torpe trabajo de Millcave, pero admite rotundamente la intuición de esta sobre el engaño antropológico como base de la sociedad mouk (aunque él prefiera denominarla «comunidad-manto»). 

En resumen, la sociedad de las Mouk sería, según estos y otros trabajos posteriores, un gigantesco fraude (ver, una vez más, la documentación reseñada en Vries, 1999).

Aunque esta teoría se afianza hoy día como la correcta, esto no quiere decir que el interés por las islas decaiga. Los trabajos emprendidos desde entonces en base a esta hipótesis de partida no han resultado ni mucho menos concluyentes. Las encuestas realizadas para ahondar en las bases de los dispares comportamientos sociales observados han arrojado respuestas más que divergentes y han encendido vivas polémicas. 

Una línea de investigación se empeña en fijar cuál es la verdadera estructura de la sociedad mouk, su esencia, mientras que otra escuela, más relacionada con la semiótica, considera imposible esa pretensión. Las cambiantes respuestas de los mouk, que en ocasiones parecen admitir el engaño, no ayudan mucho.

Entre tanto, el negocio turístico de la isla prospera, las expediciones de estudiantes de segundo ciclo y doctorado no cesan y la renta nacional sigue creciendo. A las legiones de antropólogos se han sumado ahora apresuradamente equipos de investigación multidisciplinares, o formados exclusivamente por sociólogos, interesados por el pujante movimiento ecologista indígena contra las pruebas nucleares que el Gobierno francés piensa llevar a cabo en un atolón vecino. 

Movimiento que, por lo que sabemos, puede no durar más que un suspiro y ser sustituido por la conversión al catolicismo de la mayoría de la población, una pasión repentina por la comida china o vaya usted a saber qué.

Chocolate negro - Mercedes Abad

Pongamos que la señora Alondra es una mujer de cerca de cincuenta años. Pongamos que la vida no la ha tratado ni muy bien ni muy mal y que está tan satisfactoriamente casada como puede estarlo una persona después de una secuencia ininterrumpida de veinticinco años de matrimonio. Pongamos que los 2,2 hijos con que la señora Alondra ha contribuido a la reproducción de la especie hace ya tiempo que se abren camino por la vida apartando a codazos a los hijos de mujeres muy parecidas a la señora Alondra. Pongamos que ya no hay el menor atisbo de sorpresa o de desorden o de locura en la vida de la señora Alondra. Pongamos que su vida está estancada en una prórroga, en una especie de prolongación inerte y repetitiva de la partida que, en realidad, concluyó hace rato. Pongamos que la señora Alondra no se formula las cosas de este modo, ni de ningún otro en realidad. Pongamos que a menudo es presa de un profundo desasosiego cuya causa ignora. Pongamos que para combatir esa sensación opresiva toma a menudo chocolate negro, muy amargo.

Pongamos también que la señora Alondra tiene una amiga íntima llamada señora Paloma y cuyas circunstancias vitales, incluida la afición por el chocolate negro, muy amargo, son en lo fundamental muy parecidas a las de la señora Alondra. Pongamos que en el curso del tiempo las dos mujeres han establecido la costumbre de comer juntas una vez al mes. Pongamos también que ninguna de las dos mujeres sería capaz de explicar por qué durante todo ese tiempo han mantenido en secreto sus encuentros mensuales, ocultándoselos en particular a sus maridos, cuando en realidad no hay en esas comidas entre dos viejas amigas nada susceptible de ser ocultado. Pongamos que, en cualquier caso, el hecho de que sus encuentros sean secretos les proporciona a ambas mujeres una extraña y perturbadora sensación de libertad y transgresión, como si hubieran logrado arañarle a su vida una minúscula esfera íntima que les proporciona atisbos de una realidad menos estrecha y mejor ventilada, aunque ellas jamás se lo han formulado de ese modo.

Pongamos que en el curso de una de esas comidas a la señora Alondra se le ocurre de pronto, en una inspiración tan casual como inexplicable, contarle a la señora Paloma que tiene un amante. Pongamos que es la primera mentira que le cuenta a su amiga. Pongamos que, no bien ha soltado su embuste, la señora Alondra se siente tan perpleja como avergonzada y durante unos instantes está a punto de desmentirlo de inmediato. Pero en vista del interés que su mentira ha despertado de pronto en la señora Paloma, decide seguir tirando del hilo de su ficción y la dota de textura y verosimilitud mediante la invención de una serie de extraordinarios pormenores. Pongamos que, al término de esa comida, la señora Alondra ha compuesto el retrato de un hombre espléndido y ha pergeñado algunas de las líneas maestras de una hermosa historia de amor. Pongamos también que esta ficción surte el curioso efecto de imprimirle un nuevo tono, marcadamente más luminoso, a la vida de la señora Alondra. Pongamos que el desasosiego que tan a menudo se apoderaba de su ánimo entra en fase de remisión. Pongamos también que sigue alimentando su ficción no solo cuando se encuentra con la señora Paloma, sino también a solas. Pongamos que ya casi nunca toma chocolate negro, muy amargo.

Pongamos que la señora Paloma nunca ha tenido un amante ni nunca ha contemplado la posibilidad de tenerlo. Pongamos que a raíz de la comida en la que su amiga le contó que tenía un amante la señora Paloma empieza a tomar dosis mucho más altas que antes de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que desde entonces una extraña jauría de pensamientos disparatados, enfurecidos e indomeñables le aúllan en el cerebro noche y día. Pongamos que trata de amordazar a esos perros aulladores sin resultados apreciables. Pongamos que lo que le aúllan los perros noche y día es que su vida está vacía, que se halla en un punto muerto, y que todo, o por lo menos lo mejor, se acabó ya tiempo atrás. Pongamos que después de cierto tiempo conoce a un hombre, que ni le gusta mucho ni le disgusta, y lo convierte en su amante. Pongamos también que, comparado con lo que sabe del amante de la señora Alondra, su propio amante se le antoja ligeramente decepcionante.

Pongamos que cuando la señora Paloma le confiesa que ella también tiene un amante, la señora Alondra no piensa ni por un momento en la posibilidad de que el amante de su amiga sea un hombre real. Pongamos que la señora Paloma omite comunicarle a su amiga su leve decepción. Pongamos también que la señora Alondra se alegre sinceramente de que la señora Paloma se haya decidido a seguir su ejemplo, pues no duda de que así la vida de su amiga experimentará la sensible mejoría que se produjo en la suya desde el momento en que tuvo la curiosa y feliz ocurrencia de inventarse un amante.

Pongamos que en su siguiente encuentro, la señora Alondra se sorprende al descubrir que la señora Paloma no parece particularmente contenta. Pongamos que la señora Paloma se muestra renuente a hablar de su propia aventura y que, en cambio, le pide a la señora Alondra detalles significativos de la personalidad de su amante y del curso que toma su relación. Pongamos que a la señora Alondra le da por pensar, claro que solo es una mera sospecha carente de fundamentos, que acaso la señora Paloma no esté demasiado satisfecha de su amante.

Pongamos que al término de la comida las dos amigas piden, como acostumbran a hacerlo siempre, chocolate negro, muy amargo. Pongamos que la señora Alondra apenas si lo prueba. Pongamos también que la señora Paloma se da un auténtico atracón de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que precisamente mientras observa a su amiga comer con voraz ansiedad el chocolate negro, muy amargo, la señora Alondra comprende que la señora Paloma se ha inventado un amante equivocado y que el suyo, desde luego, es mucho más competente.


La renta espectral - Henry James (Parte 3 y última)

No voy a negar a estas alturas que en aquel momento mi corazón brincaba locamente dentro del pecho. Y sin embargo, no puedo dejar de reconocer que el anciano se dirigió a abrirme la puerta con toda tranquilidad, no exenta de cierto aire solemne. Hasta llegué a pensar, dada la extraña concesión del anciano, que este también era un fantasma. 

Pensé que una vez que preparase mi ánimo para enfrentarme a un ser misterioso, un espectro, o lo que fuera, lo demás ya no podría causarme ningún pavor. Todo esto fue lo que pasó por mi mente antes de penetrar en aquella oscura y misteriosa mansión. 

El capitán Diamond metió la llave en la cerradura, dio la vuelta y abrió, mientras me decía en voz baja que ya podía pasar. Quedé envuelto en la oscuridad y oí cómo la puerta se cerraba detrás de mí. Durante unos instantes no me atreví a mover ni un solo dedo de la mano ni de los pies; permanecí inmóvil, valientemente, en aquellas espantosas tinieblas. 

Como no veía ni oía nada, me decidí a encender un fósforo. En la mesa, tal como me había dicho el anciano, había dos antiguos candelabros con sendos cirios. Los encendí e inicié mi visita de exploración.

Ante mí se elevaba una escalera con una balaustrada, de estilo muy antiguo, cuya madera estaba grabada a la usanza de las viejas casas de New England. Desistí momentáneamente de subir por ella, y me dirigí hacia la habitación situada a mi derecha. 

Se trataba de un salón parcamente amueblado y con esa atmósfera típica de las estancias donde nunca ha habido vida humana. Levanté aún más los candelabros y solo pude ver unas cuantas sillas y los muros desnudos. A continuación estaba la habitación desde cuya ventana baja había espiado en dos ocasiones, y que se comunicaba con la sala, tal como imaginé, mediante una puerta plegable. Aquí tampoco encontré la amenaza de ningún espectro. 

Volví a cruzar el salón y recorrí las habitaciones situadas al otro lado; un gran comedor, donde podría haber escrito mi nombre en la mesa situada en el centro, dada la gran cantidad de polvo que la cubría; una ruinosa cocina provista de cacerolas y sartenes siempre frías, ya que el sol jamás penetró en aquella húmeda y helada estancia; y otras dos habitaciones desprovistas de todo mobiliario. 

Todo esto me pareció extraño, pero no sorprendente. Regresé al vestíbulo y me dirigí al pie de las escaleras, sosteniendo en alto los candelabros. El subir por ellas exigía gran cuidado ya que, a pesar de la débil luz que arrojaban los dos cirios, la oscuridad era profunda. 

De repente tuve la extraña sensación de que las tinieblas tenían vida, que estaban animadas por algo que no veía ni oía; parecía que la oscuridad y la «cosa» dentro de ella se movían al unísono, una junto a la otra.

Lentamente —digo lentamente porque en aquel momento los segundos me parecieron siglos— «aquello» adoptó la forma de una sombra alargada, puntiaguda y definida, que avanzó hacia la parte alta de la escalera. 

Debo admitir que en aquel instante era consciente de que me hallaba dominado por una sensación a la que, en honor a la verdad, debo aplicar el nombre de miedo. Podía exagerar y especificar que lo que yo sentía era Espanto (sí, con mayúscula); mas para no confundir al lector, me limitaré a decir que experimenté eso que puede hacer perder el conocimiento a un hombre hecho y derecho. 

Observé cómo aumentaba de tamaño aquella sombra macabra, y sentí un miedo irresistible dentro de todo mi cuerpo, ya que crecía de una forma tan misteriosa que parecía confundirse con la oscuridad que nos rodeaba. Reflexioné durante unos instantes, pues gracias a Dios, aún podía razonar, y me dije a mí mismo: «Siempre pensé que los fantasmas eran blancos y transparentes; esto debe ser un juego de luces y de sombras densas y opacas». 

Me esforcé en convencerme a mí mismo de que aquello era un efecto óptico momentáneo y que no debía dejarme llevar por los nervios y sentir miedo, pues entonces todo se habría perdido. De modo que empecé a bajar de espaldas la escalera, escalón por escalón, con lentitud y sumo cuidado, y los ojos fijos en la misteriosa figura negra que permanecía allá arriba. 

Evidentemente hubo un momento, muy breve por cierto, durante el cual pensé que debía subir la escalera con resolución y enfrentarme cara a cara con aquella misteriosa sombra movible y negra, pero las suelas de mis zapatos me parecieron de puro y pesado plomo. Había conseguido lo que me había propuesto, ver al fantasma; ya no tenía nada que hacer allí. 


Entonces decidí observar aquella extraña «cosa» desde otro ángulo, con el fin de poder luego recordarla con el mayor número de detalles posible, y, sobre todo, convencerme a mí mismo de que no era fruto de mi imaginación. Incluso me pregunté cuánto tiempo tendría que estar allí, clavado al suelo, contemplando fijamente al espectro, para que mi retirada no pudiera ser considerada como huida a causa del miedo, lo que habría mermado mi dignidad de hombre sensato y valiente.

Todo esto, desde luego, pasó por mi mente con extremada rapidez, lo que comprobé al observar un movimiento del espectro. En aquella horrible oscuridad aparecieron de repente dos manos blancas, elevándose hacia una altura que deduje debía ser a nivel de su cabeza. Allí se juntaron, frente a lo que debía ser su rostro, y luego se separaron, dejando al descubierto el semblante. Este era confuso, blanco, extraño; en una palabra, espectral. 

Durante unos instantes me estuvo mirando, después de lo cual volvió a elevar una de las manos, lenta y suavemente, hacia atrás y hacia delante. Era un movimiento bastante raro, confuso; parecía denotar resentimiento y, al mismo tiempo, indicar que me marchase. Sin embargo, también era un movimiento trivial, familiar. Familiaridad que no había entrado en mis cálculos, y que, por añadidura, no me agradó lo más mínimo, máxime viniendo de parte de la Presencia Espectral. 

Ahora comprendía lo que el capitán Diamond quería decirme al comentar que aquel fantasma era «infernalmente desagradable». De improviso sentí un impulso incontenible de salir corriendo lo antes posible de aquella misteriosa mansión embrujada, pero, por dejar en buen lugar mi dignidad, decidí hacerlo en forma galante, sin denotar pavor alguno, dado que se trataba de un espectro femenino. 

Y lo único galante que se me ocurrió fue apagar los cirios. De modo que me volví y los apagué. Acto seguido me dirigí hacia la puerta, me detuve ante ella y la abrí. La luz exterior, rayana en la oscuridad, entró en la vieja mansión, iluminó su atmósfera oscura y me hizo ver con más nitidez aquella horrible y sólida sombra.

Al salir, encontré al capitán Diamond sentado sobre la hierba y apoyado en su bastón, bajo el parpadeo de las primeras estrellas de la noche. Me contempló fijamente durante unos instantes, pero no me hizo ninguna pregunta; luego se dirigió a cerrar la puerta. 

Cumplida esta formalidad, llevó a cabo la otra, es decir, aquellas inclinaciones que solía hacer ante la vieja mansión. Luego, sin tomarse siquiera la molestia de avisarme, echó a andar por el mismo camino que ambos habíamos tomado, e instantes después, desapareció de mi vista.

Al cabo de pocos días suspendí mis estudios y me marché fuera para pasar mis vacaciones de verano. Estuve ausente durante varias semanas, en las cuales tuve tiempo suficiente para analizar todas mis experiencias acerca de los fenómenos sobrenaturales. 

Estuve orgulloso de mí mismo al recordar que no sentí miedo alguno en la mansión encantada del viejo Diamond; ni tuve escalofríos, ni temblé, ni eché a correr como un galgo asustado. De todas formas, fue un gran alivio verme a treinta millas de distancia de la escena de mi primer encuentro con el espectro; tanto, que durante mucho tiempo preferí la luz del día a la oscuridad de la noche. 

Mis nervios habían sufrido una gran excitación, y aquella estancia junto al mar durante mis vacaciones acabó por calmarlos del todo. Una vez tranquilizado, me dispuse a estudiar en detalle todas las experiencias sobrenaturales que había sentido en mi espíritu y comprobado en mi cuerpo. 

Cierto que había visto algo —aquello no fue fruto de mi imaginación, no—, pero ¿qué había visto yo? Entonces lamenté no haberme acercado más aún a aquel espectro. Pero es muy fácil hablar; cualquier otro hombre en mis circunstancias habría hecho exactamente lo mismo que yo; en realidad, subir por la escalera hasta llegar junto al fantasma era una auténtica imposibilidad física. 

¿Acaso no fue esta paralización de mis facultades una influencia sobrenatural? Quizá no en forma necesaria, ya que un fantasma falso o fingido puede causar el mismo terror que uno auténtico. ¿Pero cómo pude haber visto al fantasma levantar sus manos? ¿Cómo podía explicarse el que me impresionara tanto? Sin duda alguna, auténtico o falso, se trataba de un fantasma muy inteligente. 

A decir verdad, prefería que fuese un fantasma real, ya que me habría avergonzado el haberme dejado impresionar por uno falso; por otro lado, el haber visto un fantasma auténtico era algo que, tal como estaban las cosas, podría compararse a una pluma en el sombrero de un hombre. Así pues, dejé que mis pensamientos se apaciguaran, cesando de atormentarme con mil conjeturas. 

Pero por más esfuerzos que hacía, de vez en cuando volvían a mi mente, haciendo brotar una y mil preguntas. Debía dejar por descontado que aquel espectro era la hija del capitán Diamond; y si era ella, entonces aquello era su espíritu. ¿Pero no sería su espíritu y algo más? Este era el problema que me trastornaba la mente.

A mediados de septiembre volví a la Facultad de Teología, una vez pasadas las vacaciones, pero no me apresuré a visitar la casa encantada.

Se aproximaba el final del mes, es decir, el último día del trimestre, en que el capitán Diamond, como siempre, debería recoger la renta del espectro. Pero esta vez no me sentí en condiciones de trastornar el peregrinaje del anciano militar; aunque también he de confesar que sentí mucha compasión al imaginarme al anciano capitán avanzando en la oscuridad por aquel solitario, polvoriento y siniestro camino, apoyándose penosamente en su vetusto bastón. 

El día treinta de septiembre, mientras me hallaba estudiando, oí de repente un suave golpear en mi puerta. Me dirigí a ella y la abrí. Delante de mí se presentó una anciana negra, con un turbante rojo envolviendo sus cabellos y parte de su frente, y un gran pañuelo blanco cubriéndole el pecho. La mujer me miró en silencio; tenía aquel aire de gravedad y decencia que suelen tener las personas entradas en años de su raza. 

Yo permanecí inmóvil, en una postura interrogativa, y la pobre negra introdujo una de sus manos en el amplio bolsillo de su delantal y extrajo un librito. Era aquel ejemplar de los Pensamientos, de Pascal, que yo había regalado a su amo.

—Perdone usted, señor —me dijo con voz tenue—. ¿Conoce este libro?

—Lo conozco perfectamente —contesté—, mi nombre está escrito en la contraportada.

—¿Este nombre es el suyo? Quiero decir si no es el de otra persona que se llame igual que usted.

—Si lo duda, puedo escribir mi nombre al lado de este y lo podrá comparar.

La negra permaneció callada durante unos instantes. Luego dijo con tono solemne:

—No serviría para nada la prueba que me propone, pues no sé leer. Pero si me da su palabra de honor, ello me bastará. Vengo de parte del caballero a quien le dio este libro. Me dijo que se lo trajera a usted como prueba... bueno, creo que esa fue la palabra que empleó, para que no dudara usted de que era él quien me enviaba. Está muy enfermo y desea verlo.

—¿El capitán Diamond está enfermo? —contesté—. ¿Es grave su enfermedad?

—Está enfermo, muy enfermo —contestó sollozando la pobre negra—. Yo no entiendo de enfermedades, pero creo que de esta no sale mi amo.

Inmediatamente dije a la mujer que iría a verle en el acto, siempre que tuviese la bondad de esperarme para indicar el camino. La negra asintió con un gesto de cabeza, y momentos después ambos caminábamos por aquellas soleadas calles, yo detrás de ella, como un personaje de Las mil y una noches, conducido por un esclavo a una misteriosa mansión. 

Mi guía me llevó hasta la orilla del río, a una casita pintada de amarillo situada en una calle costera. Abrió la puerta con rapidez y me dejó entrar, y me encontré frente a mi viejo y buen amigo. Estaba en la cama, en una habitación oscura, y, evidentemente, en muy mal estado. 

Se hallaba recostado sobre una almohada, con sus tiesos cabellos más erectos que nunca, y los brillantes ojos de siempre dominados por la fiebre. El piso estaba limpio como una patena, lo que me hizo comprobar cuán excelente ama de casa era la anciana negra. 

El capitán Diamond, pálido y rígido sobre aquellas sábanas tan blancas, parecía una de esas figuras grabadas en la losa sepulcral de una tumba gótica. Me miró en silencio, y la anciana sirvienta se marchó, dejándonos solos.

—Sí, es usted —me dijo, haciendo un esfuerzo—; ya veo que es usted. Al fin ha venido. Es un excelente muchacho. Sí, un buen muchacho. ¿Verdad que no me equivoco al decir que es bueno?

—Espero que no —contesté, mientras le dirigía una mirada bondadosa—. Siempre he creído que era un buen muchacho. Pero dejemos esto ahora y hablemos de usted. Observo que se encuentra muy enfermo, bastante enfermo. ¿Qué podría hacer yo por su persona?

—Me encuentro muy mal, gravemente enfermo —repuso mientras hacía un esfuerzo para volverse y dirigir su rostro hacia donde yo me hallaba—. ¡Me duelen tanto mis viejos y pobres huesos!

Le pregunté sobre la naturaleza de su enfermedad, y el tiempo que llevaba postrado en cama, pero pareció no oírme o no querer hacerlo; estaba impaciente por hablarme de algo. Me cogió por la manga, me atrajo hacia sí, y luego dijo casi en un susurro:

—Ha llegado mi hora.

—Oh, desde luego que no —le dije para animarle—. Estoy convencido de que pronto, muy pronto, volveré a verlo andar sobre sus piernas, y tomaremos el sol en aquel romántico banco rodeado de flores, escuchando su siempre amena conversación.

—¡Eso solo Dios lo sabe! —respondió—. Pero no he querido decir que me estoy muriendo; no, todavía no, por ahora. Lo que pretendo decirle es que ha llegado la hora de ir a la vieja mansión y recoger la renta del espectro. Hoy es el día en que debo ir.

—Ah, sí, es cierto —le contesté—. Pero no puede ir hallándose enfermo.

—No, no puedo ir, es verdad. Perderé mi dinero. Es horrible. Aunque me estuviera muriendo, desearía ir por ese dinero, pues durante toda mi vida he sido un hombre honorable, y deseo esa renta espectral para pagar al médico todo lo que le debo, y para ser enterrado como un hombre respetable.

—¿Era esta tarde?

—Sí, a la hora del crepúsculo, en punto.

Luego se recostó de nuevo sobre la almohada y se quedó mirándome con insistencia. Entonces comprendí por qué me había mandado llamar. Moralmente, según mi forma de pensar, no debía oponerme a la última voluntad de un moribundo. Pero, por lo visto, en mi rostro se reflejó lo que yo pensaba, pues el anciano continuó lamentándose de su triste suerte en el mismo tono.

—No puedo perder mi dinero —repitió una y otra vez—. Lo necesito. Alguien debe ir. Se lo he pedido a Belinda, pero ella no quiere ir porque le da mucho miedo, como a todas las mujeres.

—¿Cree que el espectro no tendrá ningún inconveniente en pagarle a otra persona que no sea usted? ¿Está seguro de ello? —insinué.

—Al menos podemos intentarlo. Nunca me ha ocurrido el verme en esta situación, y por ello no puedo asegurarle nada. Pero si le dijera al espectro que estoy gravemente enfermo, que mis viejos huesos me duelen horriblemente, que me estoy muriendo, entonces, quizá se fíe de usted. Creo conocer a mi hija, y no pienso que deje morir a su padre de esta manera.

—¿Quiere que vaya en su lugar?

—Usted ya ha estado allí una vez; sabe lo que es. ¿Es que le da miedo?

Dudé en contestar a su pregunta.

—Denme tres minutos para que lo piense —repuse— y le daré mi respuesta.

Me puse a meditar, mientras dirigía mi mirada por todos los rincones de la estancia, fijándome en los objetos testigos de la decente pobreza de su ocupante. Parecía respirar una atmósfera de súplica en aquella habitación, y hasta me pareció oír una voz rogándome que fuera. Al fin, pensé acceder a la petición del capitán.

—Estoy seguro de que le ha agradado a mi hija como a mí, ya que es un excelente muchacho —continuó hablando el capitán Diamond, sin hacer caso de que yo estaba entregado a mis meditaciones—. Sí, ella confiará en usted lo mismo que lo he hecho yo. Le gustará su rostro, y comprobará que es incapaz de hacer daño a nadie. Son ciento treinta y tres dólares. Procure ponerlos en lugar seguro.

—Sí, iré, tranquilícese —le respondí al capitán Diamond—. Y puede estar seguro de que haré todo lo que esté en mis manos para que tenga su dinero, la renta del espectro. Estaré de regreso alrededor de las nueve de la noche.

Mis palabras hicieron brillar de gozo las pupilas del anciano. Me cogió la mano y la apretó gentilmente, con suma delicadeza, mientras unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Momentos después me marché. Durante el resto del día intenté olvidar la labor que me esperaba a la hora del crepúsculo, pero fue en vano, ya que esta idea acudía a mi mente como atraída por un poderoso imán. No voy a negar que estaba muy nervioso, pues, en realidad, me dominaba una gran excitación. 

Pero si por un lado confiaba en que todo sucediera de la manera más inofensiva para mi seguridad personal, por el otro también temía que todo no fuera tan tremendo, y resultase algo de lo más trivial. Las horas pasaron con lentitud, pero cuando las primeras sombras del crepúsculo empezaron a caer, emprendí inmediatamente mi misión. 

De camino me detuve en la casita del capitán, no solo para interesarme por su salud, sino por si tenía que darme algunas instrucciones que antes hubiera olvidado. La vieja negra me abrió la puerta. Su aspecto era grave y la expresión de su rostro era inescrutable. Me dejó entrar en la casa, y, como respuesta a mis preguntas sobre el estado del enfermo, se limitó a contestarme que el capitán Diamond estaba peor que por la mañana.

—Tiene usted que ser muy astuto y rápido —me dijo— si pretende ir a la mansión del espectro y retornar antes de que él esté ya muerto.

Me bastó una mirada para percibir que la negra sirvienta estaba al corriente de lo que yo haría aquella noche, aunque no vi ninguna muestra que traicionara lo que pensaba en sus negras pupilas.

—¿Por qué se va a morir el capitán Diamond? —pregunté—. Ya sé que se encuentra muy débil y enfermo, pero no como para asegurar que va a morirse. ¿Qué grave enfermedad cree que tiene nuestro excelente amigo?

—Su enfermedad se llama vejez.

—Pero no es tan viejo, mi buena mujer. A lo sumo tendrá sesenta y siete o sesenta y ocho años.

La negra permaneció silenciosa. Luego contestó con voz solemne y grave:

—El capitán Diamond ha llegado al fin; está gastado; no durará mucho.

—¿Puedo verle un instante?

La anciana Belinda asintió con un gesto y me condujo a la habitación de mi amigo.

Este seguía en la misma posición en que le había dejado al marcharme horas antes, exceptuando que ahora tenía los ojos cerrados. Pero me di cuenta que estaba más grave. Le tomé el pulso y comprobé que era muy lento. A pesar de todo, la anciana negra me dijo que el médico había venido a visitarle horas antes aquella tarde y no consideró grave su estado.

—Este médico es un ignorante —dijo ella—, y no ha visto nunca a un moribundo.

En aquel instante mi viejo amigo se movió en su lecho, abrió los ojos, miró alrededor suyo y al cabo de cierto tiempo me reconoció.

—En este momento me disponía a marchar —le dije—. Voy por su dinero. ¿Tiene algo más que decirme antes de que me vaya?

El viejo capitán se incorporó en la cama, apoyándose en la almohada después de hacer un gran esfuerzo con sus huesudos y flácidos brazos. Pareció no oírme o no haber entendido mi pregunta, por lo que insistí:

—Le estoy hablando de la casa, mi querido amigo, de su hija, ¿me comprende?

El capitán Diamond se frotó la frente durante un buen rato, y, al fin, me contestó:

—¡Ah, sí! Confío en usted... ciento treinta y tres dólares en monedas antiguas, todo en monedas antiguas —al llegar a este punto enmudeció por unos instantes, para luego proseguir—. Sea muy respetuoso, muy gentil, si no... —y calló otra vez.

—Oh, no se preocupe, mi buen amigo, seré muy respetuoso y gentil con el espectro de su hija —repuse sonriendo forzadamente—. Pero..., ¿qué me ha querido decir con eso de «si no»?

—¡Si no, me enteraré de ello! —respondió con suma gravedad. Al decir esto, volvió a cerrar sus ojos, y se desvaneció sobre la almohada.

Salí de la casa de mi amigo y me encaminé resueltamente a cumplir mi misterioso encargo. Cuando me hallé frente a la vieja casa, me detuve ante la puerta e hice las reverencias que había visto hacer al capitán. Había calculado mis pasos en forma que pudiera llegar a la mansión a la hora indicada. 

La noche acababa de caer. Saqué la llave, abrí la puerta y la cerré una vez dentro del edificio. Encendí un fósforo y apliqué su llama a los cirios de los dos candelabros que había sobre la mesa. Luego cogí cada uno en cada mano y penetré en el vestíbulo. Estaba vacío, no había nadie, y aunque esperé cierto tiempo, siguió tan vacío como al principio. 

Entonces me dirigí a otra habitación de la planta baja, pero tampoco apareció ninguna sombra negra a detener mis pasos. Al fin me dirigí al gran salón, me detuve al pie de la escalera, y me pregunté si debía o no subirla, con la mirada fija en la parte alta y mi mano apoyada en la barandilla. 

La ansiedad y la angustia me agarrotaban la mente, y tenía motivos para ello; aquella sombra negra que ya había visto antes apareció en las profundas tinieblas del piso superior. No era ninguna ilusión; se trataba de una figura, la misma que viera la primera vez que entré en aquella siniestra mansión. 

Permanecí inmóvil, confiando en que la sombra se perfilaría aún más, mientras mis ojos comprobaban que estaba tan quieta como yo, mirándome desde la escalera con su rostro oculto. Entonces me decidí, desaté la ligadura con que el temor había sujetado mi lengua y hablé.

—He venido en nombre del capitán Diamond. Está muy enfermo, y es incapaz de abandonar su lecho. Me rogó que viniera a recoger su dinero, el cual le llevaré de inmediato, apenas salga de aquí.

Aquella sombra negra no hizo la menor señal, permaneciendo completamente inmóvil. Por ello creí oportuno volver a insistir.

—El capitán Diamond se encuentra muy enfermo. Habría venido de hallarse en condiciones de hacerlo, pero apenas puede moverse de la cama.

Al oír mis últimas palabras, aquella figura retiró el velo que cubría su rostro con lentitud y me mostró una máscara blanca y opaca. Luego empezó a descender la escalera. El espanto se apoderó de mí. Instintivamente, di unos pasos hacia atrás, y me dirigí hacia una salita de estar situada frente a mí. Con los ojos fijos en aquella siniestra figura, anduve de espaldas en dirección a la puerta. Me detuve en el centro de la estancia y puse los cirios en el suelo. 

La figura seguía avanzando hacia mí; parecía corresponder a una mujer de elevada estatura, vestida con extrañas gasas negras. Cuando estuvo cerca de mí comprobé que tenía un rostro perfectamente humano, aunque pálido y triste en extremo. Nos quedamos mirándonos el uno al otro; mi temor había desaparecido; en aquel instante solo estaba muy intrigado.

—¿Está gravemente enfermo mi padre? —preguntó la misteriosa aparición.

Al oír aquella voz tan gentil, temblorosa y humana, anduve unos pasos hacia atrás, me puse a temblar, cogí aliento y di una especie de grito. Lo que tenía delante no era un espíritu ni un fantasma, sino una hermosa mujer, una excelente actriz que se había estado riendo de mi credulidad infantil. 

Instintivamente, sin poder contenerme, le arranqué el velo que cubría su cabeza, enfurecido. Entonces me di cuenta de quién era aquella persona. Su largo vestido negro, su rostro apesadumbrado, pintado en forma que pareciera más pálido aún, sus ojos agudos y penetrantes —del mismo color que los de su padre—, todo me lo confirmaba. Incluso aquel gesto ofendido cuando le arranqué el velo corroboraba todo.

—Supongo que mi padre no le ha enviado aquí para que me insulte —gritó.

Acto sucedido se volvió con rapidez, cogió uno de los cirios y se encaminó hacia la puerta. Al llegar allí se detuvo, me volvió a mirar, dudó un instante, y luego, sacó una bolsa llena de monedas, que arrojó al suelo.

—Ahí tiene usted el dinero —me dijo majestuosamente.

Permanecí inmóvil, entre avergonzado y confuso, viendo cómo ella cruzaba el vestíbulo. Cogí la bolsa de las monedas. En ese instante oí un ruido misterioso, y al poco rato vi aparecer de nuevo a aquella hermosa dama, mas sin llevar el cirio en la mano.

—¡Mi padre...! ¡mi padre! —gritó, mientras le temblaban los labios; sus ojos estaban desorbitados y sus gestos eran los de una persona dominada por un espantoso pavor.

—¿Su padre? ¿Dónde está? —pregunté.

—En el vestíbulo, al pie de la escalera.

Hice el gesto de dirigirme hacia aquel sitio, pero ella me retuvo del brazo.

—Está vestido de blanco —gritó la hermosa dama—, en camisa. ¡No es él!

—Pero, ¿qué dice usted? Su padre está en su casa, en su cama, muy enfermo.

Me miró fijamente, con ojos inquisidores.

—¿Agonizando?

—Espero que no —murmuré.

De pronto, dio un profundo suspiro y se cubrió el rostro con las manos.

—¡Oh, cielos! —gritó profundamente aterrorizada—, entonces he visto su espíritu.

Aún seguía sujetándome el brazo, espantada, incapaz de soltarse de él, como si temiera que algo grave le sucedería de un momento a otro.

—¡El espíritu de su padre! —exclamé intrigado y confuso, sin comprender lo que quería decirme.

—Este es el castigo que merezco por haber cometido aquella locura —continuó hablando.

—¡Ah! —exclamé—. ¡Este es el castigo por mi indiscreción, por mi violencia!

—Lléveme lejos de aquí, lléveme lejos de aquí —me repetía, gritándome al oído—. No, en esa dirección, no —añadió al ver que la conducía hacia la puerta del vestíbulo—. ¡En esa dirección, no! ¡Se lo suplico, por Dios! Huyamos por aquí, por la puerta posterior.

Cogió el otro candelabro y me condujo por una habitación hasta la parte oscura de la mansión. Aquí había una puerta, en una especie de fregadero que daba al huerto. Descorrí el mohoso cerrojo que la tenía cerrada y la atravesamos. Acto seguido nos encontramos respirando aire fresco, bajo una bóveda plagada de estrellas. 

La hermosa dama cogió una capa negra que llevaba y se envolvió en ella, permaneciendo dubitativa durante unos instantes. Yo estaba aturrullado, infinitamente confundido, pero la curiosidad que ella despertó en mí era mucho mayor. Agitada, pálida, pintoresca, con gráciles encantos femeninos, me pareció, bajo la luz de las estrellas, más hermosa que antes.

—Ya veo que ha estado desempeñando un bonito papel durante estos últimos años —le dije, algo ofendido ya—. Un juego extraordinario.

Ella me miró sombríamente, sin intención de contestar.

—Sin embargo, yo me presté a este juego con toda mi buena fe —proseguí—. La última vez que vine, hace unos tres meses, como recordará muy bien, me asustó en grado sumo; sí, muchísimo. ¿Se acuerda, verdad?

—Desde luego que se trataba de un juego extraordinario —contestó al fin la hermosa dama—. Pero era el único remedio que había.

—¿No la perdonó él?

—Mientras creyó que estaba muerta, sí —respondió la extraña dama—. Hubo cosas en mi vida que él no podía perdonar.

Durante unos instantes estuve dudando qué preguntarle; es decir, quería hacer una pregunta importante, pero no sabía cómo. Al final me decidí.

—¿Y dónde está su esposo?

—No tengo marido... —repuso—. Nunca he tenido marido.

Hizo un gesto como indicándome que no le hiciera más preguntas, y echó a caminar con rapidez. Yo salí corriendo detrás de ella, rodeamos la casa y al fin salimos a la carretera. Ella no dejaba de murmurar aterrorizada: «Era él..., era él». Una vez en el camino, se detuvo y me preguntó qué senda iba a tomar yo. Yo le indiqué la ruta por la que había venido.

—Entonces, yo cogeré el otro camino —contestó—. ¿Piensa usted dirigirse a la casa de mi padre?

—Directamente —respondí.

—¿Sería tan amable de decirme mañana cómo lo encontró?

—Con mucho gusto. Pero, ¿cómo me comunicaré con usted?

—Escriba unas cuantas palabras en un papel, y deposítelo bajo esa piedra —repuso, indicándome una de las muchas que bordeaban el viejo pozo del huerto.

Le di mi palabra de que así lo haría, y se dispuso a marcharse.

—Sé lo que debo hacer y conozco el camino —dijo—. Todo está arreglado. Es una historia muy antigua.

Se alejó de mí con extraordinaria rapidez, y mientras desaparecía en la oscuridad, con sus velos negros flotando en el viento, aquellos tules fantasmagóricos con los que iba envuelta la primera vez que la vi, acudió de nuevo a mi mente la impresionante aparición de una oscura noche de invierno en esa tenebrosa mansión solitaria. Me alejé de allí y regresé al pueblo, dirigiéndose directamente a la casita pintada de amarillo junto al río.

Sin pensarlo, me tomé la libertad de entrar en la casa del capitán Diamond sin llamar a la puerta. Una vez dentro, al comprobar que no había nadie en el vestíbulo, me dirigí con resolución al dormitorio de mi anciano amigo. Junto a la puerta, sobre una silla baja se hallaba sentada Belinda, con los brazos cruzados.

—¿Cómo se encuentra el enfermo?

—Se ha ido al cielo.

—¿Muerto? —pregunté.

Se levantó, con una especie de risa trágica en los labios.

—¡Ahora ya es un fantasma tan importante como cualquiera de ellos! —exclamó la negra sirvienta.

Entré en la habitación y encontró al viejo capitán extendido en la cama, rígido e inmóvil. Esa misma tarde escribí unas cuantas líneas en un papel, pensando colocarlo a la mañana siguiente bajo la piedra del viejo pozo de Diamond; pero el destino no quiso que yo llevase a cabo mi misión. Aquella noche, debido a las emociones del día, me fue imposible dormir. 

Me levanté de la cama y me puse a pasear por mi habitación. Mientras lo hacía vi, al pasar junto a la ventana, un gigantesco resplandor rojo en el cielo, al noroeste. Alguna casa se incendiaba en el campo, y ardía con evidente rapidez. Estaba en la misma dirección que el escenario de mis aventuras de la tarde precedente. Mientras contemplaba el encendido horizonte, una idea terrible me vino a la mente. 

Yo apagué el cirio que nos había alumbrado, a mí y a mi compañera, cuando nos dirigíamos hacia la puerta por la que escapamos. No había contado con el otro cirio que se había llevado al vestíbulo, el cual había arrojado Dios sabe dónde al huir presa de espanto por ver el espíritu de su padre.

Al día siguiente, cogí la nota que había escrito y me dirigí a aquel cruce de caminos ya tan familiar para mí. La casa embrujada era un montón de restos calcinados y ardientes cenizas; la tapadera del pozo había sido arrancada para sacar agua por los pocos vecinos que habían acudido a apagar aquella gigantesca hoguera, la cual, lógicamente, debían haber considerado como una venganza del diablo. Las piedras del pozo se hallaban dispersas por el huerto, y la tierra estaba inundada de charcos.

La soledad del escorpión - Jorge Velasco Mackenzie

Detrás del mar estaba el muelle y la colina; digo bien, porque el mar era lo que abandonábamos, junto a El Escorpión, anclado allí, entregado a los cargadores que entre risas y gritos subían grandes bultos a bordo. 

Habíamos navegado durante tres meses para llegar a esta isla. Situada en la mitad del golfo donde desembocaba un río, en cuyas riberas serpenteaban los manglares —más que manglares parecían tentáculos, ramas, retorciéndose, enredándose—, como la cabellera de una inmensa Medusa que sacaba la cabeza sobre las aguas oscuras.

El Cojo Marcial ya antes había estado aquí, fue él quien propuso venir. «Es burdel y despensa a la vez, la dueña cobra por igual libras de manteca y los puntos que hacen las muchachas, buen negocio, ¿no?», decía sonriendo, mostrando aquel fulgor horrendo de un diente de oro. 

Bajamos a tierra despacio; cuando uno navega por mucho tiempo pierde la prisa, todas las horas son lentas y los días se van sin apuro, estás como encerrado en una cárcel, sólo que en vez de rejas te encuentras rodeado de agua; lo digo yo, que he vivido esos dos encierros muchas veces.  

El Escorpión es un barco viejo que navega siempre por las mismas rutas: Panamá, Cartagena, a veces, si hay contrabando, la isla de San Andrés, Buenaventura y Guayaquil; es igual a esos insectos de los que tomó su nombre, nunca se aleja demasiado de su escondite, si lo hace es para matarse o matar. 

Puedo asegurar esto porque la única vez que avanzamos hasta Valparaíso, nos atacaron fuertes vientos terrales que estuvieron a punto de hacernos zozobrar, se desató una peste de viruela que diezmó a la tripulación, incluido el jefe de máquinas; por último, fuimos acusados de transportar armas para una guerrilla en no sé dónde y nos detuvieron cuarenta días en la cárcel del puerto. «Nunca de los nuncas», prometió el capitán y marcó en la carta de navegación, con tinta roja, esos únicos cinco puertos que El Escorpión tocaría.

Pronto empezamos a subir la colina; al hacerlo se me ocurrió voltearme para ver el mar desde lo alto: lucía ancho, como un mantón azul extendido hasta el horizonte. Hacia el frente aparecía marcada la línea del macizo andino de este país que sólo conocía en los mapas. 

Matías, como un práctico que conoce los accidentes del canal, iba delante de la tripulación; el capitán se había quedado en el muelle vigilando la carga. Al bajar vimos la tienda, primero el techo de zinc, después las grandes puertas abiertas por donde entraban mujeres y niños, todos descalzos. 

Al descubrirnos corrieron hacia nosotros, como si fuéramos los primeros seres vivos que vieran en mucho tiempo; caminaban saltando, felices junto a nosotros. Uno de los chicos se acercó a la trastienda y gritó hacia adentro: «¡El Escorpión, señora Tenia, llegó El Escorpión!».

¿Tenia? ¿Tentáculos? ¿Medusas? Todo parecía ir tomando sentido. Me quedé rezagado, tal vez deseando no haber venido. Una mujer alta y delgada apareció; no era mayor, pero tenía una sonrisa vieja dibujada en la cara. Matías se acercó y ella dijo para todos: «Mi nombre es Tania, pero ellos no pueden decirlo bien»; enseguida añadió dirigiéndose al chico: «Tania, ya te lo he dicho cien veces: Tania. Anda, ve a llamar a las muchachas». 

El chico salió corriendo, pero lo detuvo con un grito, casi imposible de creer que salía de ese cuerpo delgado: «¡Oye, no olvides llevar la sal!»; después, volviendo a hablarnos, dijo: «Vamos, señores, pasen, pasen, no hay escorpiones».

En alta mar, cuando no había nada que hacer, me ponía a pensar en la soledad de los escorpiones, en su temor a ser vistos, incluso por las madres a las que devoran al nacer. Pensaba que al salir del istmo de Panamá, rumbo a Cartagena de Indias, éramos uno de ellos abandonando la piedra debajo de la cual viven para avanzar por una pared mojada. 

El barco tenía el casco pintado de negro y en los amaneceres yo imaginaba que al dueño de la embarcación se le ocurrió llamarlo así para que todos le temieran, lo odiaran, porque nunca perdonan a nadie al inyectar su veneno, por vivir ocultos en el fondo de una vieja botella, en un rincón olvidado del mundo, o en el colchón gastado de un hotel de marineros.

El piso del burdel era de tierra, una tierra apisonada y húmeda que no levantaba polvo. Hacia un lado había algo así como un escenario de tablas bordeado de grandes caracoles. Las mesas de madera, igual que las sillas, estaban colocadas frente a ese lugar. Nos sentamos con cuidado para no caer y Tania se acercó; había cambiado su traje y lucía una especie de batón floreado con escote abierto, el pelo suspendido en un moño, también estaba descalza.

«A ver, mis hombres de mar, qué van a beber», dijo inclinándose para limpiar la mesa; el escote se abrió y pude ver sus senos casi planos, los pezones abiertos en una mancha oscura que ella no se preocupó en cubrir. 

«¡Bielas!», gritó Matías, «no se preocupe, tenemos completo el dinero de tres meses», explicó. Alamiro, el más joven de nosotros, dijo algo entre dientes y la mujer contestó: «No hay cuidado, ya vienen, es que tienen que dejar cocinado y barrer la casa, después vestirse y arreglarse, ya vienen, tranquilo...». 

«¿Cuáles casas?», debí haber preguntado yo, pero esta mujer que parecía adivinarlo todo indicó: «El poblado queda más abajo, detrás de la empalizada, no tardan». Se alejó caminando rápidamente. Siguiéndola con la mirada, pude ver el golpe de la luz del congelador iluminando su cara.

Con Alamiro ha venido Bribón, que es negro y no habla español, y el Tieso; le decimos así por su caminar muy erguido, como echado hacia atrás. El Tieso, alguna vez, en un bar de San Andrés, esperando que cesara un torrencial aguacero, me contó que se había embarcado porque en su tierra natal había matado a un hombre; ese hombre era su hermano. 

Empecé a preguntarme si los escorpiones machos se matan entre sí; mientras servían las botellas me dije que no, porque no los conocen, al nacer huyen; lo que ellos no soportan es ver esa figura horrenda donde se reflejan como en un espejo, por eso viven solos y mueren en solitario.

Soportando las bromas de Matías, la impaciencia de Alamiro, el silencio del Tieso y de Bribón, esperamos a las mujeres; la mesa se fue humedeciendo, marcada por los círculos de las botellas que bebíamos sin parar. 

Cuando llegaron me sorprendí: ninguna tenía facha de puta, eran simplemente unas dóciles madres de familia que pasaron de largo, rumbo a un cuarto posterior donde Tania las esperaba, y fueron entrando sin hablar; salían de allí transformadas, mostrando escotes profundos, como tajaduras de un pez espada, faldas cortas y deshilachadas, con los costados abiertos. 

Una de ellas, la más robusta, lucía un vestido rojo que tenía una randa transparente en el lugar del sexo y los pezones. Los labios ardían en bermellones sangrantes, los cabellos fueron reemplazados con viejas pelucas rubias; la única parte de sus cuerpos que no había sido tocada eran los pies, iban descalzas, como si jamás quisieran dejar de sentir la corteza dura de la tierra donde vivían. 

Cada una recibía sus instrucciones: «Oye, Ramira, ten más cuidado con el vestido, la otra vez lo quemaste», «Carmela, el que tiene que acabar es el cliente, no tú», «Fernanda, no chupes mucho, después te quedas dormida», «y tú, Algarrobo, debes moverte más en el baile, eso ayuda a excitarlos, a vender». 

Con las cabezas bajas se sentaron frente a nosotros las tres primeras, menos esa a la que llamó Algarrobo; ella caminó a la trastienda a encender el picó, la voz de Daniel Santos inundó el ambiente: «réntame un cuartito / en el hotel de tu alma / quiero estar cerquita / de tu corazoncito». Algarrobo era flaca, tal vez por eso le decían Algarrobo; rápidamente traspuso los caracoles y se ubicó en el centro de la pista, allí comenzó a bailar.

Bribón tenía los ojos muy abiertos y la miraba fijamente; las manos grandes, con las palmas arrugadas y amarillas, se apretaban con fuerza, como si temiera despertar de un sueño o alguna pesadilla. 

El negro era de algún lugar de la Martinica y lo recogimos en la zona del Canal, vagaba perdido sin tener voz para nadie, otro escorpión que ni siquiera sabía decir su nombre; le pusimos Bribón porque en una pelea repetía esa palabra cada vez que tiraba al suelo a algún contrincante, nunca supe qué quería decir y nadie quiso llamarlo de otra forma; le temíamos cuando se enojaba, como a los escorpiones reales, queríamos acabar con él antes de saber sus intenciones, lo inmovilizábamos entre todos y, después de amarrarlo, lo encerrábamos en la bodega para que no se matara o nos matara a todos.

Algarrobo enseguida dejó caer la blusa de gasa oscura sobre el entablado y se quedó en un sostén con lentejuelas y un calzón brilloso; sus movimientos eran torpes, alejados del baile. Imaginé a una condenada que no quiere avanzar por el pasillo que la llevará a su ejecución. 

Mis amigos seguían bebiendo y gritando. En un momento ella caminó hasta el filo de la pista donde estaban los caracoles, se volvió de  espaldas y pude ver, sobre uno de sus omóplatos, el dibujo de un escorpión: el insecto estaba allí inmóvil, ausente a todo, a los gritos de los tres marineros, a mis silencios; Algarrobo no lo sentía ni parecía importarle demasiado, una picadura podía dejarla en cama varios días, con fiebres altas y delirios. 

Quise levantarme para liberarla de él, algo me mantuvo aferrado a la silla; más que un baile provocador me pareció que ella se retorcía, con señas le pedí que se volteara pero no me entendió; cuando se quitó el sostén y los senos pequeños aparecieron, pensé que el escorpión había caído junto a la prenda, me equivocaba: el animal seguía en su espalda, inmóvil pese a que ella había aumentado sus movimientos yéndose hacia atrás, después hacia delante. «Mujer vil», pensé, «torturas a ese pobre insecto que morirá cuando clave en ti sus tenazas». 

Me arrepentí de hacerlo, quise creer que todas convivían con un escorpión, eran esas hembras escorpionas que ellos no reconocen como sus madres y se reproducen en alguna parte de sus cuerpos. «Ramira, Carmela o Fernanda llevan un escorpión», dije en voz baja. La tripulación no me escuchó, seguía bebiendo cerveza; sólo Alamiro se acercó a una de ellas, le dijo algo, pero regresó cabizbajo.

La canción de Daniel Santos me pareció interminable, igual que el mar, no se acababa nunca, o era Tania o Tenia que volvía a poner el disco. De pronto, como un hecho fugaz, un relámpago, Algarrobo se soltó el calzón; allí, a un palmo de nuestros ojos y manos, apareció su pubis de vellos escasos o perdidos tal vez de tanto uso, nada podía ser más desolador que eso. 

Bribón estiró el brazo pero ella se apartó, fijándose un poco en mí, en la mirada que yo posaba sobre ella sin compasión. Tenía mucho rato sin beber, levanté una botella y pasé un trago largo; al bajarla vi aquella pared de cañas, desde adentro, a contraluz, pude observar algunos brillos de ojos, todos apuntando hacia donde nos encontrábamos, en posiciones diferentes, unos más altos que otros, pero todos con un brillo infeliz y un rumor de voces cortadas. 

Cuando Tania regresó con un nuevo pedido, le pregunté: «¿Qué es eso?»; ella ni siquiera miró hacia allá: «No se preocupe, son los hijos que vienen a verlas, están contentos, hoy también comerán». La pared de cañas era como un tapiz en movimiento, una alfombra mágica de luces y oscuridades; golpeé la mesa furioso, asustando a Bribón que seguía obsesionado mirando el baile de Algarrobo y su desnudez.

Algarrobo se estremeció, y yo me pregunté si en ese momento ya le había picado el escorpión; el insecto ya iniciaba su muerte y ella su dolor, pero en el rostro de la mujer no había ninguna mueca de sufrimiento, sólo un gesto extraño que era un gesto de soledad y vergüenza. 

Hubiera deseado saber en esos momentos si los escorpiones conocen cuando la piel de la víctima está desnuda; imaginé que era así, ellos avanzan sintiendo que sus cuerpos brillantes se deslizan suavemente, buscando el mejor espacio, el más sensible, para hundir sus tenazas, sin los contratiempos de sortear los pliegues de tela del vestido o el abrigo, el veneno llegará más rápido y la herida será más bella.

En nuestra mesa fue creciendo un marcado silencio. Alamiro, desde que fue rechazado por la mujer, bebía cabizbajo; con el dedo humedecido dibujaba algo sobre la mesa. Matías se despreocupó de ellas y llenaba los vasos con aplicación, pedía nuevas rondas y llevaba las cuentas de cada uno. 

De pronto, el Tieso se puso de pie, echó hacia atrás su pesado cuerpo y avanzó hasta donde ellas estaban, se detuvo por un instante y, estirando el brazo, sin decir una sola palabra, agarró a Ramira por la muñeca y la levantó causándole dolor; el escote del vestido de la mujer se abrió más, dejando al descubierto sus senos y sus hombros. 

Con pasos largos se la llevó al cuarto de atrás; desde la pared se oyeron otras voces entrecortadas, los puntos brillantes se movieron como luciérnagas en la oscuridad.

Tania o Tenia, recostada en el mostrador, lo observaba todo con una mirada de triunfo complacido; yo continuaba observando el escorpión sobre el omóplato de Algarrobo cuando la sirena del barco sonó con fuerza: era el primer aviso de regreso a bordo, siempre eran tres, espaciados en media hora cada uno. 

Bribón, al escucharlo, frunció el ceño y apretó más las manos mirando el cuerpo desnudo de la mujer, bailando siempre dentro del espacio bordeado de caracoles. Alamiro había desaparecido con su secreto, Matías siguió bebiendo y era el más complacido de los tres; yo comprendí que ya no me quedaba demasiado tiempo para salvar a Algarrobo, ahuyentar el escorpión de su espalda, pero me asustaba Bribón, que también quería ir con ella al cuarto de atrás.

Me pregunto ahora, cuando termino de contar esta historia lejos del mar, si yo odiaba o admiraba a los escorpiones, por qué me perseguían y tuvo que tocarme viajar en un barco que tenía ese nombre. De niño, salía al patio de mi casa para buscarlos; cuando hallaba alguno, lo rodeaba con papeles encendidos, esperando el momento supremo de su suicidio. 

He leído que de todas las especies vivas, después del hombre, el escorpión es el único que decide qué hacer con su vida: se clava una de las tenazas entre los ojos y muere para evitar otro aniquilamiento más doloroso; como siempre están solos, ellos son como los muertos sin deudos, no son llorados, igual a tantos hombres de mar que yo conocí, fallecidos sin patria, sin hijos, sin mujeres.

Me pareció que Algarrobo había entrado en un trance porque bailaba sin música, desnuda para dos pares de ojos, los míos y los de Bribón. Matías no la miraba, bebía las últimas botellas y contaba el dinero sobre la mesa para entregárselo a Tania antes de que sonara un nuevo llamado del barco. 

Cuando sucedió, nos levantamos los dos al mismo tiempo, traspusimos los caracoles y nos acercamos a ella adelantando las manos: las palmas gruesas y amarillas del negro, las mías blancas, pero cruzadas por viejas cicatrices de sogas y arpones. 

Recordé aquellos bailes públicos en mi pueblo lejano, cuando la chica más bella de la noche es invitada a bailar por varios hombres a la vez, quienes le extienden sus manos esperando ser elegidos. 

Algarrobo no levantó la vista ni detuvo su baile, solamente se dejó caer contra mi pecho como si buscara protección. Yo esperé el golpe y la furia de Bribón que no llegaron; se apartó y levantó en vilo a la mujer del traje rojo para llevarla a la trastienda.

Como pude llevé a Algarrobo al cuarto de atrás. El Tieso ya lo había abandonado, alcancé a verlo correr rumbo al muelle, asustado de que el barco partiera sin él. Al cerrar la puerta, la mujer resbalaba entre mis brazos, tenía la piel húmeda y fría; encendí la luz para quitarle el escorpión de la espalda y al mostrármela me di cuenta de que era un tatuaje, una marca perfecta de color verde oscuro que parecía moverse con su respiración. 

Aturdido le pregunté quién se lo había hecho. Después de un silencio prolongado, con una voz debilitada, respondió: «Nadie, un marinero que me pagó bien por dejármelo hacer». Le pedí que se fuera. Sentado en ese catre sucio, oculto y solo como los escorpiones, escuché la sirena, el último llamado.