INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta blanco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta blanco. Mostrar todas las entradas

Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su Familia - H. P. Lovecraft (Parte 2)

 II

 Arthur Jermyn era hijo de sir Alfred Jermyn y una cantante de music-hall de antecedentes desconocidos. Cuando el marido y padre abandonó a su familia, la madre llevó al niño a la Casa de los Jermyn, donde no quedaba nadie que se opusiera a su presencia. No carecía ella de idea sobre lo que debe ser la dignidad de un noble, y cuidó que su hijo recibiese la mejor educación que su limitada fortuna le podía proporcionar. 

Los recursos familiares eran ahora dolorosamente exiguos, y la Casa de los Jermyn había caído en penosa ruina; pero el joven Arthur amaba el viejo edificio con todo lo que contenía. A diferencia de los Jermyn anteriores, era poeta y soñador. Algunas de las familias de la vecindad que habían oído contar historias sobre la invisible esposa portuguesa de Wade Jermyn afirmaban que estas aficiones suyas revelaban su sangre latina; pero la mayoría de las personas se burlaban de su sensibilidad ante la belleza, atribuyéndola a su madre cantante, a la que no habían aceptado socialmente. 

La delicadeza poética de Arthur Jermyn era mucho más notable si se tenía en cuenta su tosco aspecto personal. La mayoría de los Jermyn había tenido una pinta sutilmente extraña y repelente; pero el caso de Arthur era asombroso. Es difícil decir con precisión a qué se parecía; no obstante, su expresión, su ángulo facial, y la longitud de sus brazos producían una viva repugnancia en quienes lo veían por primera vez.

La inteligencia y el carácter de Arthur Jermyn, sin embargo, compensaban su aspecto. Culto, y dotado de talento, alcanzó los más altos honores en Oxford y parecía destinado a restituir la fama de intelectual a la familia. Aunque de temperamento más poético que científico, proyectaba continuar la obra de sus antepasados en arqueología y etnología africanas, utilizando la prodigiosa aunque extraña colección de Wade. 

Llevado de su mentalidad imaginativa, pensaba a menudo en la civilización prehistórica en la que el explorador loco había creído absolutamente, y tejía relato tras relato en torno a la silenciosa ciudad de la selva mencionada en las últimas y más extravagantes anotaciones. Pues las brumosas palabras sobre una atroz y desconocida raza de híbridos de la selva le producían un extraño sentimiento, mezcla de terror y atracción, al especular sobre el posible fundamento de semejante fantasía, y tratar de extraer alguna luz de los Jatos recogidos por su bisabuelo y Samuel Seaton entre los onga.

En 1911, después de la muerte de su madre, Arthur Jermyn decidió proseguir sus investigaciones hasta el final. Vendió parte de sus propiedades a fin de obtener el dinero necesario, preparó una expedición y zarpó con destino al Congo. Contrató a un grupo de guías con ayuda de las autoridades belgas, y pasó un año en las regiones de Onga y Kaliri, donde descubrió muchos más datos de lo que él se esperaba. 

Entre los kaliri había un anciano jefe llamado Mwanu que poseía no sólo una gran memoria, sino un grado de inteligencia excepcional, y un gran interés por las tradiciones antiguas. Este anciano confirmó la historia que Jermyn había oído, añadiendo su propio relato sobre la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como él la había oído contar.

Según Mwanu, la ciudad gris y las criaturas híbridas habían desaparecido, aniquiladas por los belicosos n’bangus, hacía muchos años. Esta tribu, después de destruir la mayor parte de los edificios y matar a todos los seres vivientes, se había llevado a la diosa disecada que había sido el objeto de la incursión: la diosa-mono blanca a la que adoraban los extraños seres, y cuyo cuerpo atribuían las tradiciones del Congo a la que había reinado como princesa entre ellos.        

Mwanu no tenía idea del aspecto que debieron de tener aquellas criaturas blancas y simiescas; pero estaba convencido de que eran ellas quienes habían construido la ciudad en ruinas. Jermyn no pudo formarse una opinión clara; sin embargo, después de numerosas preguntas, consiguió una pintoresca leyenda sobre la diosa disecada.

La princesa-mono, se decía, se convirtió en esposa de un gran dios blanco llegado de Occidente. Durante mucho tiempo, reinaron juntos en la ciudad; pero al nacerles un hijo, se marcharon de la región. Más tarde, el dios y la princesa habían regresado; y a la muerte de ella, su divino esposo había ordenado momificar su cuerpo, entronizándolo en una inmensa construcción de piedra, donde fue adorado. Luego volvió a marcharse solo. 

La leyenda presentaba aquí tres variantes. Según una de ellas, no ocurrió nada más, salvo que la diosa disecada se convirtió en símbolo de supremacía para la tribu que la poseyera. Este era el motivo por el que los n’bangus se habían apoderado de ella. Una segunda versión aludía al regreso del dios, y su muerte a los pies de la entronizada esposa. En cuanto a la tercera, hablaba del retorno del hijo, ya hombre —o mono, o dios, según el caso—, aunque ignorante de su identidad. Sin duda los imaginativos negros habían sacado el máximo partido de lo que subyacía debajo de tan extravagante leyenda, fuera lo que fuese.

Arthur Jermyn no dudó ya de la existencia de la ciudad que el viejo Wade había descrito; y no se extrañó cuando, a principios de 1912, dio con lo que quedaba de ella. Comprobó que se habían exagerado sus dimensiones, pero las piedras esparcidas probaban que no se trataba de un simple poblado negro. Por desgracia, no consiguió encontrar representaciones escultóricas, y lo exiguo de la expedición impidió emprender el trabajo de despejar el único pasadizo visible que parecía conducir a cierto sistema de criptas que Wade mencionaba. 

Preguntó a todos los jefes nativos de la región acerca de los monos blancos y la diosa momificada, pero fue un europeo quien pudo ampliarle los datos que le había proporcionado el viejo Mwanu. Un agente belga de una factoría del Congo, M. Verhaeren, creía que podía no sólo localizar, sino conseguir también a la diosa momificada, de la que había oído hablar vagamente, dado que los en otro tiempo poderosos n’bangus eran ahora sumisos siervos del gobierno del rey Alberto, y sin mucho esfuerzo podría convencerlos para que se desprendiesen de la horrenda deidad de la que se habían apoderado. 

Así que, cuando Jermyn zarpó para Inglaterra, lo hizo con la gozosa esperanza de que, en espacio de unos meses, podría recibir la inestimable reliquia etnológica que confirmaría la más extravagante de las historias de su antecesor, que era la más disparatada de cuantas él había oído. Pero quizá los campesinos que vivían en la vecindad de la Casa de los Jermyn habían oído historias más extravagantes aún a Wade, alrededor de las mesas del Knight’s Head.

Arthur Jermyn aguardó pacientemente la esperada caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente interés los manuscritos dejados por su loco antepasado. Empezaba a sentirse cada vez más identificado con Wade, y buscaba vestigios de su vida personal en Inglaterra, así como de sus hazañas africanas. Los relatos orales sobre la misteriosa y recluida esposa eran numerosos, pero no quedaba ninguna prueba tangible de su estancia en la Mansión Jermyn. 

Jermyn se preguntaba qué circunstancias pudieron propiciar o permitir semejante desaparición, y supuso que la principal debió de ser la enajenación mental del marido. Recordaba que se decía que la madre de su tatarabuelo fue hija de un comerciante portugués establecido en África. 

Indudablemente, el sentido práctico heredado de su padre, y su conocimiento superficial del Continente Negro, lo habían movido a burlarse de las historias que contaba Wade sobre el interior; y eso era algo que un hombre como él no debió de olvidar. Ella había muerto en África, adonde sin duda su marido la llevó a la fuerza, decidido a probar lo que decía. Pero cada vez que Jermyn se sumía en estas reflexiones, no podía por menos de sonreír ante su futilidad, siglo y medio después de la muerte de sus extraños antecesores.

En junio de 1913 le llegó una carta de M. Verhaeren en la que le notificaba que había encontrado la diosa disecada. Se trataba, decía el belga, de un objeto de lo más extraordinario; un objeto imposible de clasificar para un profano. Sólo un científico podía determinar si se trataba de un simio o de un ser humano; y aun así, su clasificación sería muy difícil dado su estado de deterioro. El tiempo y el clima del Congo no son favorables para las momias; especialmente cuando consisten en preparaciones de aficionados, como parecía ocurrir en este caso. 

Alrededor del cuello de la criatura se había encontrado una cadena de oro que sostenía un relicario vacío con adornos nobiliarios; sin duda, recuerdo de algún infortunado viajero, a quien debieron de arrebatárselo los n’bangus para colgárselo a la diosa en el cuello, a modo de talismán. Comentando las facciones de la diosa, M. Verhaeren hacía una fantástica comparación; o más bien aludía con humor a lo mucho que iba a sorprenderle a su corresponsal; pero estaba demasiado interesado científicamente para extenderse en trivialidades. La diosa momificada, anunciaba, llegaría debidamente embalada, un mes después de la carta.

El envío fue recibido en Casa de los Jermyn la tarde del 3 de agosto de 1913, siendo trasladado inmediatamente a la gran sala que alojaba la colección de ejemplares africanos, tal como fueran ordenados por Robert y Arthur. Lo que sucedió a continuación puede deducirse de lo que contaron los criados, y de los objetos y documentos examinados después. 

De las diversas versiones, la del mayordomo de la familia, el anciano Soames, es la más amplia y coherente. Según este fiel servidor, Arthur ordenó que se retirase todo el mundo de la habitación, antes de abrir la caja; aunque el inmediato ruido del martillo y el escoplo indicó que no había decidido aplazar la tarea. Durante un rato no se escuchó nada más; Soames no podía precisar cuánto tiempo; pero menos de un cuarto de hora después, desde luego, oyó un horrible alarido, cuya voz pertenecía inequívocamente a Jermyn. 

Acto seguido, salió Jermyn de la estancia y echó a correr como un loco en dirección a la entrada, como perseguido por algún espantoso enemigo. La expresión de su rostro —un rostro bastante horrible ya de por sí— era indescriptible. Al llegar a la puerta, pareció ocurrírsele una idea; dio media vuelta, echó a correr y desapareció finalmente por la escalera del sótano. 

Los criados se quedaron en lo alto mirando estupefactos; pero el señor no regresó. Les llegó, eso sí, un olor a petróleo. Ya de noche oyeron el ruido de la puerta que comunicaba el sótano con el patio; y el mozo de cuadra vio salir furtivamente a Arthur Jermyn, todo reluciente de petróleo, y desaparecer hacia el negro páramo que rodeaba la casa. Luego, en una exaltación de supremo horror, presenciaron todos el final. Surgió una chispa en el páramo, se elevó una llama, y una columna de fuego humano alcanzó los cielos. La estirpe de los Jermyn había dejado de existir.

La razón por la que no se recogieron los restos carbonizados de Arthur Jermyn para enterrarlos está en lo que encontraron después; sobre todo, en el objeto de la caja. La diosa disecada constituía una visión nauseabunda, arrugada y consumida; pero era claramente un mono blanco momificado, de especie desconocida, menos peludo que ninguna de las variedades registradas e infinitamente más próximo al ser humano… asombrosamente próximo. 

Su descripción detallada resultaría sumamente desagradable; pero hay dos detalles que merecen mencionarse, ya que encajan espantosamente con ciertas notas de Wade Jermyn sobre las expediciones africanas, y con 1as leyendas congoleñas sobre el dios blanco y la princesa-mono. 

Los dos detalles en cuestión son estos: las armas nobiliarias del relicario de oro que dicha criatura llevaba en el cuello eran las de los Jermyn, y la jocosa alusión de M. Verhaeren a cierto parecido que le recordaba el apergaminado rostro, se ajustaba con vívido, espantoso e intenso horror, nada menos que al del sensible Arthur Jermyn, hijo del tataranieto de Wade Jermyn y de su desconocida esposa. Los miembros del Real Instituto de Antropología quemaron aquel ser, arrojaron el relicario a un pozo, y algunos de ellos niegan que Arthur Jermyn haya existido jamás.

El gnomo bigotudo y el caballo blanco - Cuento Ruso

     En cierto reino de cierto Imperio vivía una vez un Zar. En su corte había unos arreos con jaeces de oro, y he aquí que el Zar soñó que llevaba estos arreos un caballo extraño, que no era precisamente blanco como la lana, sino brillante como la plata, y en su frente refulgía una luna. 

Al despertar el Zar por la mañana, mandó lanzar un pregón por todos los países, prometiendo la mano de su hija y la mitad de su imperio a quien interpretase el sueño y descubriese el caballo. Al oír la real proclama, acudieron príncipes, boyardos y magnates de todas partes, mas por mucho que pensaron, ninguno supo interpretar el sueño y mucho menos saber el paradero del caballo blanco. Por fin se presentó un campesino viejecito de blanca barba, que dijo al Zar:

- Tu sueño no es sueño, sino la pura realidad. En ese caballo que dices haber visto ha venido esta noche un Gnomo pequeño como tu dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo y tenía intención de raptar a tu hermosa hija, sacándola de la fortaleza.

- Gracias por tu interpretación, anciano. ¿Puedes decirme ahora quién es capaz de traerme ese caballo?

- Te lo diré, mi señor Zar. Tres hijos tengo de extraordinario valor. Nacieron los tres en una misma noche: el mayor, al oscurecer; el segundo, a media noche, y el tercero, a punta del alba, y por eso los llamamos Zorka, Vechorka y Polunochka. Nadie puede igualárseles en fuerza y en valor. Ahora, mi padrecito y soberano señor, manda que ellos te busquen el caballo.

- Que vayan, amigo mío, y que tomen de mi tesoro cuanto necesiten. Yo cumpliré mi palabra de Rey: al que encuentre ese caballo le daré la Zarevna y la mitad de mi imperio.

Al día siguiente muy temprano, los tres bravos hermanos, Zorka, Vechorka y Polunochka, llegaron a la corte del Zar. El primero tenía el más hermoso semblante, el segundo, las más anchas espaldas y el tercero, el más apuesto continente. Los condujeron a presencia del Zar, rezaron ante los santos inclinándose devotamente, y ante el Zar hicieron la más profunda reverencia, antes de decir:

- ¡Que nuestro soberano y Zar viva muchos años sobre la tierra! Hemos venido, no para que nos obsequies con banquetes, sino para acometer una ardua empresa, ya que estamos dispuestos a buscarte ese extraño caballo por lejos que se encuentre, ese caballo sin igual que se te apareció en sueños.

- Que la suerte os acompañe, buenos mozos, ¿Qué necesitáis para el camino?

- Nada necesitamos, ¡oh, Emperador! Pero no olvides a nuestros buenos padres. Atiéndelos en su senectud y dales lo necesario para vivir.

- Si no pedís más que eso, id en nombre de Dios. Mandaré conducir a vuestros padres a mi corte y serán mis huéspedes; comerán de lo que yo coma y beberán de lo que yo beba; se vestirán y calzarán de mi guardarropa y los colmaré de atenciones.

Los buenos mozos emprendieron su largo viaje. Uno, dos, tres días anduvieron sin ver otra cosa que el cielo azul sobre sus cabezas y la anchurosa estepa a cada lado. Por fin dejaron la estepa y penetraron en una densa selva, y se regocijaron grandemente. En un claro de la selva hallaron una cabaña diminuta y junto a ella un redil lleno de carneros.

- ¡Vaya! -se dijeron.- Por fin encontramos un lugar donde reclinar la cabeza y descansar de nuestro viaje.

Llamaron a la puerta y nadie contestó; miraron dentro y vieron que no había nadie. Entraron los tres, dispuestos a pasar la noche, rezaron las oraciones y se echaron a dormir. Al día siguiente, Zorka y Polunochka fueron a cazar por el bosque y, dijeron a Vechorka:

- Quédate y prepáranos la comida.

El hermano mayor se conformó, arregló la cabaña, fue luego al corral, escogió el carnero más gordo, lo degolló, lo limpió y lo sacó para la comida. Pero, apenas había puesto la mesa y se había sentado junto a la ventana a esperar a sus hermanos, se produjo en el bosque un ruido como de trueno, la puerta se abrió como si la arrancasen de sus goznes, y el Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo entró en la cabaña arrastrando los bigotes por la espalda. Miró a Vechorka desde sus espesas cejas y chilló con voz terrible:

- ¿Cómo te atreves a entrar en mi cabaña como si fueras el amo? ¿Cómo te atreves a matar a mis carneros?

Vechorka le dirigió una mirada de desprecio y sonrió diciendo:

- Habías de crecer un poco más para chillarme así. Vete y no vuelvas por aquí, si no quieres que coja una cucharada de sopa y un pellizco de pan y haga una gelatina de tus ojos.

- Ya veo que no sabes que, aunque pequeño, soy valiente como el que más -replicó el Gnomo bigotudo, que cogiendo al héroe, lo arrancó del asiento, lo arrastró de un lado a otro, le golpeó la cabeza contra la pared y lo arrojó más muerto que vivo contra el banco. Luego cogió el carnero asado, se lo comió con huesos y todo y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:

- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué llevas la cabeza vendada?

A Vechorka le dio vergüenza confesar que un ser tan insignificante lo había maltratado de aquella manera y contestó a sus hermanos:

- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego y por eso no he podido asar ni hervir nada.

Al día siguiente, Zorka y Vechorka salieron de caza, y Polunochka se quedó a preparar la comida.

Apenas lo tenía todo dispuesto, se oyó en el bosque un estruendo formidable y entró en la cabaña el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, se dirigió a Polunochka, lo zarandeó de lo lindo, y lo arrojó bajo el banco; luego devoró toda la comida y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:

- ¿Qué ha pasado, hermanito? ¿Por qué llevas esos trapos en la cabeza?

- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego, hermano -contestó Polunochka,- y parecía que me iba a estallar, de modo que no pude prepararos la comida.

Al tercer día, los hermanos mayores fueron a cazar y se quedó en la cabaña Zorka, quien se dijo:

- Aquí pasa algo singular. Si mis hermanos se han quejado del calor del fuego dos días seguidos por algo será.

Se puso a arreglarlo todo sin dejar de escuchar un momento, para no estar desprevenido si alguien entraba. Cogió un carnero, lo degolló, lo asó y lo puso en la mesa. Inmediatamente se oyó un ruido como de trueno que corriera por el bosque, se abrió la puerta de la cabaña y apareció el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, con un bigote de siete verstas de largo. 

Llevaba un haz de heno sobre la cabeza y un cubo de agua en la mano. Dejó el cubo en medio del corral, esparció el heno por el suelo y empezó a contar sus carneros. Al comprobar que le faltaba otra cabeza, montó en violenta ira y se arrojó como un loco sobre Zorka. Pero éste no era como sus hermanos. Cogió al Gnomo por los bigotes y empezó a arrastrarlo por la cabaña, dándole golpes, mientras gritaba:

Si no conoces el vado

No camines por el río.

El Gnomo se sacudió de las férreas manos de Zorka, aunque dejando las puntas de su bigote en sus puños, y se escapó a todo correr. De nada sirvió que Zorka lo persiguiese, porque se elevó en el aire como una pluma ante sus ojos y desapareció en las alturas. Zorka volvió a la cabaña y se sentó junto a la ventana a esperar a sus queridos hermanos. 

Éstos se sorprendieron de hallar a su hermanito sano y salvo y con la comida preparada. Pero Zorka sacó de su cinto las puntas del bigote que había arrancado al monstruo y dijo a sus hermanos sonriendo:

- Hermanos míos, permitid que me ría del dolor de cabeza que os ha producido el fuego. Ahora se ha visto que ni en fuerza ni en valor sois compañeros dignos de mí. Voy, pues, sólo en busca del caballo prodigioso. Vosotros podéis volver a la aldea a cavar la tierra.

Se despidió de sus hermanos y prosiguió el viaje solo.

Estaba a punto de salir del bosque cuando vio una choza desvencijada de la que salían lamentos dolorosos.

- A quien me dé de comer y de beber, a ése serviré -decía el ser humano que se quejaba.

El compasivo joven se acercó a la choza y encontró a un hombre cojo y manco que no cesaba de gemir, hambriento y sediento. Zorka le dio de comer y de beber y le preguntó quién era.

- Has de saber que yo era un héroe y no valía menos que tú, pero, ¡ay! me comí uno de los carneros del Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, y me lisió para el resto de mi vida. Pero ya que te has portado bien conmigo dándome de comer y de beber, te diré cómo podrás descubrir el paradero del caballo prodigioso.

- Dímelo, buen hombre; te lo ruego.

- Ve al río que pasa no muy lejos de aquí, coge una barca y traslada a la orilla opuesta durante un año a todos los que quieran cruzarlo; no aceptes dinero a nadie y... verás lo que sucede.

Zorka llegó al río, se hizo dueño de una barco de pasaje y durante un año condujo a la orilla opuesta a cuantos quisieron cruzarlo. Y sucedió que en cierta ocasión hubo de pasar a tres viejos peregrinos. Al llegar a la orilla los viejos desataron sus alforjas y el primero sacó un puñado de oro, el segundo una sarta de perlas puras y el tercero las piedras más preciosas.

- Toma esto para ti en pago de habernos pasado, buen mozo -dijeron los viejos.

- Nada puedo aceptar de vosotros -contestó Zorka,- porque estoy aquí cumpliendo el voto de pasar a todo el mundo sin aceptar dinero.

- ¿Entonces por qué haces esto?

- Busco al caballo prodigioso que no es blanco como la lana, sino brillante como la plata, y no lo hallo en ninguna porte; por eso me aconsejaron que hiciese de barquero y esperase los acontecimientos.

- Has hecho perfectamente, buen mozo, en cumplir fielmente tu promesa. Te daremos algo que puede serte útil en tu viaje. Aquí tienes un anillo que no tiene ningún valor. No tienes que hacer otra cosa que cambiarlo de dedo y se cumplirán todos tus deseos.

Apenas los tres ancianos prosiguieron el viaje, Zorka cambió el anillo de mano y dijo:

- ¡Quiero estar inmediatamente en los parajes donde el Gnomo pequeño como el pulgar apacienta a su caballo!

Inmediatamente lo arrebató la tempestad, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontró en una profunda quebrada, entre peñascos gigantescos, y al extremo de la quebrada pudo divisar al Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, y a su lado estaba paciendo el caballo prodigioso, no blanco como la lana, era brillante como la plata, en su frente resplandecía una luna y de su crin colgaban muchas estrellas.

- Bienvenido, joven -chilló el monstruo dirigiéndose a Zorka.- ¿Qué te trae por aquí?

- Vengo a quitarte el caballo.

- Ni tú ni nadie puede quitarme el caballo. Si lo cojo de las crines y lo llevo al borde de estos precipicios, nadie del mundo podrá arrancarlo de allí por más que se esfuerce.

- Siendo así, hagamos un trato.

- Con mucho gusto. No me importa negociar contigo. Si me traes la hija de tu Zar podrás llevarte caballo.

- Trato hecho -dijo Zorka, y empezó a reflexionar cómo sacaría mejor partido de la situación. Cambió el anillo de dedo y dijo:

- Quiero que la hermosa Zarevna comparezca inmediatamente ante mí.

En un santiamén la Zarevna se apareció ante él pálida y temblorosa, y arrojándose a sus pies le imploró:

- Buen joven, ¿por qué me has arrancado del lado de mi padre? ¡Ten piedad de mi tierna juventud!

Pero Zorka le susurró:

- Quiero sacar ventaja de ese monstruo. Le haré creer que te cambio por el caballo y que te dejo con él para que seas su mujer; pero toma este anillo y cuando quieras volver a casa no tienes más que cambiártelo de dedo y decir: "Quiero transformarme en alfiler y clavarme en la solapa de Zorka", y verás lo que sucede.

Y sucedió tal como Zorka dijo. Entregó la Zarevna al monstruo a cambio del caballo prodigioso, enjaezó el animal, lo montó y se alejó de allí al galope; pero el Gnomo pequeño como el dedo pulgar corrió tras él riendo y gritándole:

- ¡Está bien, buen mozo, has cambiado una hermosa doncella por un caballo!

Apenas se había alejado Zorka dos o tres verstas, sintió que algo se le clavaba en la solapa. Se llevó la mano allí, y efectivamente, encontró un alfiler. Lo arrojó al suelo y ante él apareció una hermosa doncella que lloraba suplicándole que la volviese a casa de su querido padre. Zorka la sentó a su lado y se alejó galopando como sólo los héroes saben galopar. Llegó a la corte y encontró al Zar de muy mal humor.

- No me causa ninguna alegría, buen mozo, que me hayas servido tan fielmente, ni quiero yo el caballo que has ido a buscarme ni te recompensaré conforme a tus méritos.

- ¿Y por qué, mi querido padre el Zar?

- Porque, amigo mío, mi hija se ha marchado sin mi consentimiento.

- Ruégote, mi soberano señor y Zar, que no gastes esas bromas conmigo: la Zarevna acaba de darme la bienvenida en el patio de armas.

El Zar corrió enseguida el patio de armas, donde encontró a su hija. La abrazó y la condujo al lado del joven.

- Aquí está tu recompensa y mi alegría.

Y el Zar tomó el caballo y dio su hija a Zorka por mujer y la mitad de su imperio, según promesa. Y Zorka aun vive con su mujer a quien ama más cada día y goza de su buena fortuna sin vanas ostentaciones ni jactancias.

El poder de los nombres - Úrsula K. Le Guin

El señor Bajocolina salió de debajo de su colina, sonriendo y respirando con dificultad. Cada resoplido salía disparado por las ventanas de su nariz como una doble bocanada de vapor, blanca nieve bajo el sol matinal. El señor Bajocolina contempló el cielo brillante de diciembre y sonrió más ampliamente que nunca,
mostrando unos dientes blancos como la nieve. Luego se dirigió al pueblo.
—Día, señor Bajocolina —le decían los aldeanos cuando se cruzaban con él por la calle angosta, entre casas de tejados cónicos y sobresalientes como los sombreretes rojos y gruesos de las setas venenosas.
—¡Día, día! —respondía él a todos. (Por supuesto que desear a cualquiera un buen día traía mala suerte; en un lugar tan afectado por Influencias como Sattins Island, donde un adjetivo descuidado puede cambiar el tiempo por una semana, era suficiente con decir sólo el momento del día.) 
Todos le hablaban, algunos con cariño, otros con cariñoso desdén. Era todo lo que la pequeña isla poseía a modo de mago, y por lo tanto merecía respeto..., ¿pero cómo se podía respetar a un hombrecillo regordete y cincuentón que se tambaleaba con los pies hacia adentro, sonriendo y exhalando vapor? En el trabajo tampoco era gran cosa. Se esmeraba medianamente en los fuegos artificiales, pero sus elixires eran ineficaces con frecuencia.
Las verrugas que hechizaba reaparecían a los tres días; los tomates que encantaba no llegaban a ser más grandes que los melones; y durante los contados días en que alguna nave extraña se detenía en el puerto de Sattins, el señor Bajocolina permanecía siempre debajo de su colina; por temor, explicaba, al mal de ojo.
En otras palabras, era un mago por la misma razón por la que el zarco Gan era un carpintero: por negligencia. Por esta generación los aldeanos se las apañaban con puertas mal colocadas y hechizos inútiles, y descargaban su irritación tratando al señor Bajocolina con bastante familiaridad, como un simple aldeano más. Hasta lo invitaban a cenar. Una vez él invitó a cenar a algunos de ellos, y sirvió una colación espléndida, con plata, cristal, albaricoque, ganso asado, un chispeante Andrades 639, y budín inglés con salsa fermentada; pero estuvo tan nervioso que quitó toda alegría a la comida, y además, todos volvieron a estar hambrientos media hora después. No le gustaba que nadie visitara su cueva, ni siquiera la antecámara, más allá de la cual en realidad no había llegado nadie. Cuando veía que se acercaba gente a la colina, salía trotando a recibirla. «¡Sentémonos aquí, bajo los pinos!», decía sonriendo y señalando hacia el bosquecillo de abetos; o si llovía: «Vayamos a tomar un trago a la taberna, ¿eh?», aunque todos sabían que él no bebía nada más fuerte que agua de pozo.
Algunos de los niños de la aldea, tentados por aquella cueva, curioseaban y escudriñaban y hacían incursiones cuando el señor Bajocolina salía; pero la puertecilla que conducía a la habitación interior estaba cerrada por medio de un encantamiento, y al parecer, por una vez, se trataba de un encantamiento eficaz.
Una vez que dos niños creían que el hechicero se encontraba en la Costa Oeste curando el burro enfermo de la señora Ruuna, llevaron allí una palanca y un hacha, pero al primer golpe surgió del interior un rugido de ira y una nube de vapor purpúreo. El señor Bajocolina había regresado temprano. Los niños huyeron. Él no salió, y los niños no sufrieron ningún daño, aunque dijeron que de no escucharlo, nadie podría creer que aquel hombrecillo regordete produjera ese horrible y enorme grito-bramido-aullido-silbido.
Aquel día tenía que comprar en el pueblo tres docenas de huevos frescos y cuatrocientos gramos de hígado; también debía pasar por la casita de Fogeno, el capitán, a renovar el hechizo de los ojos del anciano (bastante inútil aplicado a un caso de desprendimiento de retina, pero el señor Bajocolina continuaba intentándolo), y por último se detendría a charlar con la vieja Goody Guld, la viuda del fabricante de concertinas. La mayoría de los amigos del señor Bajocolina eran ancianos. Los hombres jóvenes y fuertes de la aldea le producían timidez, y las muchachas le tenían vergüenza.
—Me pone nerviosa, sonríe tanto... —decían haciendo mohines, retorciendo rizos sedosos alrededor de un dedo.
«Nerviosa» era una palabra de última moda, y todas las madres respondían adustas:
—Nerviosa un cuerno, lo que sois es tontas. ¡El señor Bajocolina es un hechicero muy respetable!
Después de despedirse de Goody Guld, el señor Bajocolina pasó por la escuela, que ese día se reunía fuera, en el baldío. Dado que no había nadie alfabetizado en Sattins Island, no existían libros en los cuales aprender a leer ni pupitres en los que grabar iniciales ni pizarras que borrar, y de hecho no existía un edificio escolar. En los días lluviosos los niños se reunían en el desván del Granero Común, y se ensuciaban los pantalones con heno; en días de sol, la maestra, Palani, los llevaba a donde tuviera ganas. Hoy, rodeada por treinta niños atentos menores de doce años y cuarenta ovejas distraídas menores de cinco, estaba enseñando un punto importante en el plan de estudios: las Reglas de los Nombres. El señor Bajocolina, sonriendo con timidez, se detuvo a mirar y escuchar. Palani, una muchacha rolliza y bonita de veinte años, hacía un cuadro encantador allí, bajo el sol invernal, con niños y ovejas a su alrededor, un roble sin hojas sobre la cabeza y las dunas y el mar y el cielo pálido y transparente detrás. Hablaba con seriedad, con el rostro enrojecido por el viento y las palabras.
—Ya habéis aprendido las Reglas de los Nombres, niños. Son dos, y son las mismas en todas las islas del mundo. ¿Cuál es una de ellas?
—No es buena educación preguntarle a nadie cuál es su nombre —gritó un niño gordo y veloz, que fue interrumpido por una niña pequeña que chillaba:
—¡Nunca podrás decir tu propio nombre a nadie, dice mi mamá!
—Sí, Suba. Sí, querida Popi, no chilles. Tenéis razón. Nunca preguntaréis a nadie su nombre. Nunca diréis el vuestro. Ahora pensad en ello un minuto y decidme por qué llamamos a nuestro hechicero señor Bajocolina —sonrió al señor Bajocolina por encima de las cabezas ensortijadas y los lomos lanudos, y él se
puso radiante y aferró nervioso su bolsa de huevos.
—¡Porque vive debajo de una colina! —gritó media clase.
—¿Pero es ése su verdadero nombre?
—¡No! —dijo el niño gordo, y el chillido de la pequeña Popi le hizo eco:
—¡No!—¿Cómo sabéis que no lo es?
—Porque llegó aquí solo y entonces no había nadie que supiera su verdadero nombre y por eso no nos lo podían decir, y él no podía...
—Muy bien, Suba. Popi, no grites. Tienes razón. Ni siquiera un mago puede decir su verdadero nombre. Cuando vosotros, los niños, hayáis dejado la escuela y estéis atravesando el Pasaje, dejaréis atrás vuestros nombres de niños y conservaréis solamente vuestros nombres verdaderos, los que nunca deberéis preguntar ni entregar. ¿Por qué existe esta regla?
Los niños permanecieron en silencio. Las ovejas balaron con dulzura. El señor Bajocolina contestó la pregunta:
—Porque el nombre es la cosa —dijo con voz suave, tímida, ronca—, y el verdadero nombre es la verdadera cosa. Conocer el nombre significa controlar la cosa. ¿No es así, señorita maestra?
Ella le sonrió e hizo una reverencia, evidentemente un poco desconcertada por su intervención. Y él se fue a su colina al trote, aferrando los huevos contra el pecho. Por alguna razón, el momento que había pasado contemplando a Palani y a los niños le había abierto el apetito. Al pasar, cerró la puerta interior con un encantamiento apresurado; debió de haber dejado uno o dos escapes en el hechizo pues la antecámara vacía pronto estuvo llena del olor de los huevos fritos y el hígado tostado.
Ese día el viento era fresco y ligero y venía del oeste. Al mediodía había traído un pequeño bote que llegó al puerto de Sattins peinando las olas brillantes. Cuando irrumpió en el horizonte, un chico de vista aguda lo notó y, conocedor como todos los niños de cada vela y cada mástil de los cuarenta botes de la flota pesquera, corrió por la calle gritando: «¡Un barco extranjero, un barco extranjero!». La solitaria isla muy rara vez era visitada por algún barco de otra isla igualmente solitaria de la Bordada Este, o por un mercader aventurero del Archipiélago. Cuando el barco llegó al embarcadero, media aldea ya estaba allí para saludarlo, y los pescadores se sumaron luego desde sus hogares, y manadas de vacas y buscadores de almejas y cazadores de hierbas jadeaban por las rocosas colinas en dirección al puerto.
Pero la puerta del señor Bajocolina permaneció cerrada.
Solamente había un hombre a bordo del barco. Cuando se lo contaron al anciano capitán Fogeno, un cardumen de cejas blancas descendió hasta sus ojos sin vista.
—Hay una sola clase de hombres que naveguen a solas por la Bordada Externa. Un brujo, un hechicero o un Mago...
Así que los aldeanos quedaron sin aliento ante la posibilidad de ver por una vez en sus vidas a un Mago, uno de los poderosos Magos Blancos de las islas interiores del Archipiélago, ricas, pobladas, llenas de torres. Se decepcionaron, pues el viajero era bastante joven, un sujeto guapo, de barba negra, que los
saludó alegremente desde su barco y saltó a tierra como cualquier marinero que llega contento a puerto. Se presentó de inmediato como un buhonero de mar. Pero cuando le contaron al capitán Fogeno que llevaba consigo un bastón de roble, el anciano movió la cabeza y dijo:—¡Malo! Dos hechiceros en una aldea... —su boca se cerró con un chasquido.
Como el extranjero no podía decir su nombre, inmediatamente le dieron uno: Barbanegra. Y le prestaron mucha atención. Tenía un pequeño y revuelto hato de ropas y sandalias y plumas de piswi para adornar capas e incienso barato y piedras ligeras y delicadas hierbas y grandes cuentas de cristal de Venway..., el lote habitual de un buhonero. Todo Sattins Island fue a mirar, a charlar con él, y quizás a comprar algo.
—¡Imposible de olvidar! —cacareaba Goody Guld, quien al igual que todas las mujeres y todas las muchachas de la aldea, estaba conmovida por la audaz hermosura de Barbanegra. Los chicos también le rondaban, para que les contara sus viajes a lejanas y extrañas islas de la Bordada o les describiera las grandes y ricas islas del Archipiélago, las Rutas Internas, los fondeaderos blancos de naves, y los tejados dorados de Havnor. Los hombres escuchaban sus relatos con gusto, pero algunos de ellos se preguntaban por qué un mercader viajaría solo, y contemplaban pensativamente su vara de roble.
Durante todo este tiempo el señor Bajocolina permaneció debajo de su colina.
—Es la primera isla sin mago que veo —dijo un día Barbanegra a Goody Guld, que en la ocasión había invitado a su sobrino y a Palani a tomar una taza de té de junco con el viajero—. ¿Qué hacéis cuando os duele un diente o una vaca se seca?
—Bueno..., ¡sí tenemos al señor Bajocolina! —dijo la anciana.
—Para lo que sirve... —murmuró Birt, el joven sobrino de Goody Guld, y luego se ruborizó hasta el color púrpura y se le derramó el té; estaba enamorado de la maestra de escuela, pero lo más que había hecho hasta ese momento para demostrarle su amor había sido regalar canastas de caballas frescas a la cocinera de su padre.
—Oh, ¿tenéis un hechicero? —preguntó Barbanegra—. ¿Es invisible?
—No, solamente muy tímido —dijo Palani—. Apenas lleva una semana aquí, ¿no?, y vemos tan pocos extranjeros... —también se ruborizó un poco, pero no derramó su té.
Barbanegra le sonrió.
—Es un buen sattinsano entonces, ¿verdad?
—No —dijo Goody Guld—, no mejor que tú. ¿Más té, sobrino? Manténlo en la taza esta vez... No, mi querido; llegó en un pequeño barco..., ¿hace cuatro años? Fue un día después que concluyó la arribada del sábalo porque estaba recogiendo las redes en la Ensenada Este, y Pondi Cowherd se rompió la pierna aquella misma mañana..., hará cinco años. No, cuatro. No, son cinco, fue el año en que el ajo no se dio.
Entonces llega navegando en una pequeña chalupa cargada hasta el tope de grandes cofres y cajas y le dice al capitán Fogeno, que entonces no estaba ciego, aunque sabe Dios que estaba tan viejo como para haberse quedado ciego dos veces: «Oigo contar —le dice— que no tienen un brujo o hechicero... ¿No
están deseando uno?». «¡Ya lo creo, si la magia es blanca!» dice el capitán, y antes de decir «pulpo» el señor Bajocolina se había instalado debajo de la colina y estaba hechizando la sarna del gato de Goody Beltow. Aunque la piel creció gris, y era un gato naranja. Tenía un aspecto bien raro después de eso.
Murió el invierno pasado, durante el encantamiento del frío. Goody Beltow se tomó la muerte de su gato, pobre criatura, peor que cuando su marido se ahogó en las Orillas Largas, el día de la arribada prolongada de los arenques, cuando mi sobrino Birt aquí presente no era más que un bebé en pañales. —El sobrino de
la señora Goody Guld volvió a derramar el té y Barbanegra hizo una mueca, pero la anciana prosiguió sin desfallecer, y habló hasta que cayó la noche.
Al día siguiente, Barbanegra se hallaba en el muelle trabajando en la tabla arrancada de su barco, a cuya reparación parecía dedicarle mucho tiempo, y como de costumbre, hacía hablar a los taciturnos sattinsanos.
—¿Cuál de estas naves es la de vuestro hechicero? ¿O tiene una de esas que los Magos pliegan dentro de cáscaras de nuez cuando no las usan?
—No —dijo un imperturbable pescador—. Está allá arriba en su cueva, debajo de la colina.
—¿Llevó hasta su cueva el barco que lo trajo?
—Sí. Hasta arriba del todo. Yo lo ayudé. Llena hasta el tope de grandes cajas llenas hasta el tope de libros con encantamientos, dice él. Era pesada como el plomo. —Y el imperturbable pescador le volvió la espalda, suspirando imperturbablemente. El sobrino de Goody Guld, que arreglaba una red allí cerca,
levantó la vista de su trabajo y preguntó con igual imperturbabilidad—: ¿Verdad que te gustaría conocer al señor Bajocolina?
Barbanegra le devolvió la mirada. Por un momento, unos ojos negros y listos se encontraron con unos ojos azules e inocentes; luego Barbanegra sonrió y dijo:
—Sí. ¿Me llevarás a la colina, Birt?
—Sí, cuando haya terminado con esto —dijo el pescador. Y cuando hubo terminado de remendar la red, él y el del Archipiélago partieron por la calle de la aldea hacia la alta colina verde. Pero mientras cruzaban el baldío, Barbanegra le dijo:
—Espera un momento, amigo Birt. Tengo una historia para contarte antes que visitemos a tu hechicero.
—Cuéntala —dijo Birt, sentándose bajo la sombra de una encina perenne.
—Es una historia que empezó hace cien años, y que todavía no ha terminado... Aunque pronto terminará, muy pronto... En el mismo corazón del Archipiélago, donde las islas se apiñan densas como moscas en la miel, hay una pequeña ínsula llamada Pendor. Los señores de Pendor eran hombres poderosos en los viejos días de guerra anteriores a la Liga. Botines y rescates y tributos diluviaban sobre Pendor, y allí se reunió un gran tesoro, hace mucho tiempo. En aquel entonces, de algún lejano lugar en la Bordada Oeste, donde los dragones se crían en las islas de lava, llegó un dragón muy poderoso. No era uno de esos lagartos hiperdesarrollados que la mayoría de vosotros los habitantes de la Bordada Externa llamáis dragones, sino un monstruo grande, negro, alado, sabio, astuto, lleno de fuerza y artificios, y que como todos los dragones, amaba el oro y las piedras preciosas por sobre todas las cosas. Mató al Señor del Mar y a sus soldados, y los habitantes de Pendor huyeron de noche en sus naves. Huyeron todos, y dejaron al dragón enroscado dentro de las Torres de Pendor. Y allí permaneció durante cien años, arrastrando su barriga escamosa sobre esmeraldas y zafiros y monedas de oro, apareciendo solamente una vez cada uno o dos años, cuando debía comer. Invadía islas cercanas en busca de alimento. ¿Sabes lo que comen los dragones?
Birt cabeceó y dijo en un susurro:
—Doncellas.
—Así es —dijo Barbanegra—. Bueno, esto no se podía soportar eternamente, ni tampoco el saber que estaba sentado sobre todo ese tesoro. Así que cuando la Liga se fortaleció, y el Archipiélago no estuvo tan preocupado por guerras y piratería, se decidió atacar Pendor, expulsar al dragón y recuperar el oro y las
joyas para el tesoro de la Liga. Ellos siempre están deseando dinero. Por lo tanto se reunió una enorme flota de cincuenta islas, y en las proas de las siete naves más fuertes colocaron siete Magos, y navegaron hacia Pendor... Llegaron. Desembarcaron. Nada se movió. Todas las casas estaban vacías, los platos
sobre las mesas llenos del polvo de cien años. Los huesos del viejo Señor del Mar y de sus hombres yacían en los patios del castillo y en las escaleras. Y las habitaciones de la torre apestaban a dragón. Pero no había ningún dragón. Tampoco ningún tesoro, ni un diamante del tamaño de una semilla de amapola, ni una simple cuenta de plata... Al saber que no habría podido resistirse a siete Magos, el dragón se había ido. Lo rastrearon, y descubrieron que había volado a una isla desierta en el norte llamada Udrath; le siguieron la pista hasta allí, ¿y qué encontraron? Huesos de nuevo. Sus huesos, los del dragón. Pero ningún tesoro. Un hechicero, algún hechicero desconocido de otro lugar, debió de haberlo encontrado indefenso y lo derrotó... Y después se fue con el tesoro, ¡delante de las mismas narices de la Liga!
El pescador escuchaba, atento e inexpresivo.
—Por supuesto que habrá sido un hechicero poderoso e inteligente para primero matar al dragón, y segundo escaparse sin dejar rastro. Los Señores y Magos del Archipiélago no pudieron seguirle el rastro en absoluto... Ni sospechas siquiera de dónde había venido o hacia dónde había ido. Estuvieron a punto de abandonar. Esto sucedió la primavera pasada; yo había estado ausente, viajando por la Bordada Norte durante tres años, y regresé en aquellos días. Y me pidieron que les ayudara a encontrar al hechicero desconocido. Esto fue un rasgo de inteligencia de parte de ellos. Porque no soy solamente un hechicero yo mismo, como creo que lo adivinaron algunos de los zoquetes de aquí, sino que soy un descendiente de los Señores de Pendor. Ese tesoro es mío. Es mío, y sabe que es mío. Esos idiotas de la Liga no pudieron encontrarlo porque no es de ellos. Pertenece a la casa de Pendor, y la gran esmeralda, la estrella del tesoro, Inalkil la Piedraverde, conoce a su dueño. ¡Observa! —Barbanegra levantó su bastón de roble y gritó—: ¡Inalkil! —La punta de la vara empezó a brillar, verde, un encendido resplandor verde, una niebla deslumbrante del color de la hierba de abril, y al mismo tiempo la vara se inclinó en la mano del hechicero hasta señalar en línea recta el costado de la colina que se levantaba sobre sus cabezas.
—En el lejano Havnor el resplandor no era tan potente —murmuró Barbanegra—, pero la varilla señalaba en la dirección correcta. Inalkil respondió cuando la llamé. La joya conoce a su dueño. Y yo conozco al ladrón, y lo someteré. Es un hechicero agraciado, que pudo con un dragón. Pero yo soy más poderoso. ¿Quieres saber por qué, zoquete? ¡Porque conozco su nombre!
A medida que el tono de Barbanegra se hacía más arrogante, el rostro de Birt aparecía más y más obtuso, más y más inexpresivo; pero al oír decir a Barbanegra que conocía el verdadero nombre del señor Bajocolina, se sacudió, cerró la boca y contempló al del Archipiélago.—¿Cómo... lo aprendiste? —dijo muy lentamente.
Barbanegra hizo una mueca y no le contestó.
—¿Magia negra? —insistió Birt.
—¿Cómo, si no...?
Birt palideció y no dijo nada.
—¡Soy el Señor del Mar de Pendor, zoquete, y poseeré el oro que mis padres ganaron, y las joyas que mis madres usaron, y la Piedraverde! Porque son míos. Bueno, ahora podrás contar toda la historia a tus gaznápiros de aldea, una vez derrotado ese hechicero y que yo me haya ido. Espera aquí. O puedes venir y
mirar, si no tienes miedo. Nunca volverás a tener la oportunidad de observar a un hechicero en todo su poder. —Barbanegra se volvió, y sin mirar atrás subió a grandes trancos la colina, hacia la entrada de la cueva.
Muy lentamente, Birt lo siguió. Se detuvo a una buena distancia, se sentó bajo un espino y miró. El del Archipiélago se había detenido; era una figura oscura y envarada, sola en la verde ondulación de la colina, de pie y absolutamente inmóvil ante la boca bostezante de la caverna. Repentinamente movió el bastón
sobre su cabeza; el resplandor esmeralda invadió el ámbito mientras gritaba:
—¡Ladrón, ladrón del Tesoro de Pendor, sal a la vista!
Se oyó un estruendo como de loza rota dentro de la cueva, de la que salió despedida una cantidad de polvo. Asustado, Birt se agachó. Cuando volvió a mirar, vio a Barbanegra aún inmóvil, y en la boca de la cueva, polvoriento y desgreñado, estaba el señor Bajocolina. Parecía pequeño y enternecedor, con los pies torcidos hacia adentro como de costumbre, y con las piernecillas arqueadas cubiertas por calzas negras, y sin varilla..., nunca había tenido una, reparó Birt. El señor Bajocolina preguntó con su vocecilla ronca:
—¿Quién es usted?
—Soy el Señor del Mar de Pendor, ladrón, y he venido a reclamar mi tesoro.
Ante esto, el señor Bajocolina se fue poniendo rosado lentamente, como sucedía siempre que la gente era grosera con él. Se puso amarillo, el cabello se convirtió en cerdas, emitió un rugido parecido a una tos, y se convirtió en un león amarillo que saltó por la colina hacia Barbanegra, los colmillos blancos destellando.
Pero Barbanegra se había esfumado. Un tigre gigantesco, del color de la noche y el relámpago, brincaba al encuentro del león... que había desaparecido. De pronto, bajo la cueva se alzaba un bosquecillo alto, negro bajo el sol invernal. El tigre, conteniéndose en pleno salto justo antes de caer bajo la sombra de los
árboles, se encendió en el aire, transformado en una lengua de fuego que azotaba las ramas secas y negras.
Pero donde se habían alzado los árboles, una repentina catarata empezó a caer desde la ladera de la colina, un arco de agua plateada y estruendosa que tronaba sobre el fuego. Sobre el sitio ocupado antes por el fuego... que había desaparecido.Por un instante, ante los ojos fijos del pescador se levantaban dos colinas: la verde que ya conocía y una nueva, una loma parda y pelada, lista para beberse la torrencial catarata. Esto sucedió con tanta rapidez que Birt parpadeó, y después de parpadear parpadeó de nuevo pues lo que estaba viendo era mucho peor. Allí donde había estado la catarata revoloteaba un dragón. Alas negras oscurecían toda la colina, garras de acero se extendían, tanteando, y de los labios oscuros, escamosos, entreabiertos, brotaba fuego y vapor.
Debajo de la criatura monstruosa, Barbanegra se reía.
—¡Toma cualquier forma que te guste, pequeño señor Bajocolina! —se burló—. Puedo enfrentarte.
Pero el juego se vuelve aburrido. Quiero contemplar mi tesoro, Inalkil. Ahora, gran dragón, pequeño hechicero, recobra tu forma real. ¡Te lo ordeno por el poder de tu verdadero nombre: Yevaud!
Birt estaba petrificado, ni siquiera podía parpadear. Se agachó, indeciso entre hacerlo o no; veía al dragón suspendido en el aire sobre Barbanegra, el fuego que llameaba a la manera de muchas lenguas desde la boca escamosa, el humo que salía en chorros de las rojas ventanas de la nariz. Vio cómo el rostro
de Barbanegra se volvía blanco como la tiza, y cómo le temblaban los labios orlados de barba.
—¡Tu nombre es Yevaud!
—Sí —dijo un vozarrón ronco y silbante—. Mi verdadero nombre es Yevaud, y mi verdadera forma es esta.
—Pero el dragón había muerto... Encontraron sus huesos en la isla de Udrath.
—Ése era otro dragón —intervino el dragón, y luego caló como un halcón, con las garras extendidas.
Birt cerró los ojos. Cuando los abrió, el cielo estaba despejado, la colina vacía, excepto una mancha pisoteada de color negro rojizo, y unas pocas huellas de garras en la hierba.
Birt el pescador se puso en pie y corrió. Atravesó el baldío a la carrera, dispersando las ovejas a izquierda y derecha, y bajó por la calle de la aldea hasta la casa del padre de Palani. La joven estaba en el jardín desmalezando las capuchinas.
—¡Ven conmigo! —jadeó Birt; ella lo miró fijamente, él la aferró de la muñeca y la arrastró consigo. Palani chilló un poco, pero no se resistió.
Ambos corrieron recto hacia el muelle; Birt empujó a Palani dentro del Queenie, la chalupa pesquera. El muchacho desató las amarras, asió los remos y partió, remando como un demonio. Lo último que Sattins Island vio de él y de Palani fue la vela del Queenie desvaneciéndose en dirección de la isla más cercana en
el oeste.
Los aldeanos creyeron que nunca dejarían de comentar cómo Birt, el sobrino de Goody Guld, se había vuelto loco y había escapado en un bote con la maestra el mismo día que el buhonero Barbanegra desapareció sin dejar rastro, abandonando todas sus plumas y cuentas. Pero tres días más tarde dejaron de
comentarlo pues tuvieron otras cosas que comentar, cuando el señor Bajocolina salió por fin de su cueva. El señor Bajocolina había resuelto que ya que su verdadero nombre no era más un secreto, bien podía abandonar su disfraz. Caminar era mucho más difícil que volar, y además hacía mucho, mucho tiempo que no comía una verdadera comida.

Zombi Blanco - Vivian Meik

 Geoffrey Aylett, comisionado en funciones del distrito de Nswadzi, estaba asustado. En sus veinte años en África nunca antes había experimentado la sensación de encontrarse tan definitivamente desconcertado. Sentía como si algo estuviera apretándose contra él, algo que no podía ver ni localizar, y, no obstante, algo que parecía envolverle y que de una manera inexplicable amenazaba con asfixiarlo. Últimamente había empezado a despertarse de repente durante la noche, esforzándose por respirar y casi abrumado por una sensación de náusea. 

Una vez que ésta desaparecía, aún permanecía el extraño rastro de un olor horrible e innominado, un olor que tenía fuertes reminiscencias con las consecuencias de las primeras batallas de la campaña de Mesopotamia. Aquellos habían sido días de espantosas enfermedades, cuando el cólera y la disentería, las insolaciones, la fiebre tifoidea y la gangrena habían campado incontroladas; donde cientos quedaron en el sitio en que cayeron; cuando, presionados por los enemigos y olvidados por los amigos, los supervivientes se vieron forzados a abandonar incluso el decoro elemental del entierro decente... Recordó las moscas y la descomposición, la temperatura de cincuenta grados...

Y ahora, dieciocho años después, cuando despertaba por las noches parecía flotar a su alrededor como una presencia maligna el mismo olor de la corrupción fétida.

Aylett era, primero y por encima de todo, un hombre racional, acostumbrado a enfrentarse a los hechos. Sus conocimientos del misterio de África, de sus lugares recónditos y sus selvas, de su espectral atmósfera, eran tan completos como el de cualquier hombre blanco —sonrió fantasiosamente al recalcarse a sí mismo lo pequeños que eran éstos— y buscaría alguna razón concreta que explicara ese vacío de años estrechado con ese horrible hedor. Si fracasaba en conseguir una solución satisfactoria, se vería obligado a concluir que ya era hora de regresar a casa con un largo permiso.

Con cautela, como era propio de un hombre con su experiencia sobre los modos de los dioses oscuros, indagó en la profundidad de su alma, pero no pudo encontrar la respuesta que buscaba.

En el distrito sólo había una conexión entre él y la Mesopotamia de 1915 —un tal John Sinclair, retirado del Ejército de la India—, pero esa conexión ya era un eslabón roto bastante antes de la primera aparición de esas asquerosas pesadillas.

Sinclair había sido un camarada oficial en los viejos días, y, siguiendo el consejo de Aylett, se había instalado en unos miles de acres de tierra virgen en el comparativamente desconocido distrito de Nswadzi apenas terminar la guerra. Pero había muerto hacía más de un año, y, lo que era más importante, lo había hecho de manera natural. El mismo Aylett había estado presente en la muerte de su amigo.

Siendo al mismo tiempo un místico como resultado de su conocimiento de África y un pragmático como resultado de su educación occidental, Aylett consideró de forma metódica la verdad trivial de que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña nuestra filosofía, y repasó en detalle todo el período de su asociación con Sinclair.

Al acabar, se vio obligado a reconocer el fracaso, y, en verdad, analizado lógica o místicamente, no existía ninguna razón adecuada para relacionar a Sinclair con sus problemas presentes. Sinclair había muerto en paz. Incluso recordó el absoluto contento de su último aliento... como si le hubieran quitado una gran carga de encima.

Era verdad que antes de esto, Sinclair —y también Aylett—, durante los dos primeros años de la Guerra, había pasado un infierno que sólo aquellos que lo habían experimentado podían apreciar. También era verdad que, en una memorable ocasión, Sinclair había salvado la vida de Aylett con gran riesgo para la suya propia, cuando Aylett, abandonado por muerto, había estado tendido bajo el sol con graves heridas. Naturalmente, jamás lo había olvidado, pero siendo el típico caballero inglés, había hecho poco más que estrechar la mano de su amigo y musitado algo al efecto de que esperaba que algún día se presentara la oportunidad de pagárselo. Sinclair había descartado el asunto con una risa, como algo sin importancia... sólo una obra hecha en un día de trabajo. Allí había concluido el incidente y cada uno prosiguió su recto camino.

Como colono, Sinclair había sido todo un éxito. Con el tiempo se había casado con una mujer muy capaz, quien, eso le pareció a Aylett siempre que se había detenido durante un viaje en su hogar, estaba muy preparada para la dura existencia de la esposa de un plantador.

Al principio Sinclair había dado la impresión de ser muy feliz, pero a medida que pasaban los años Aylett ya no estuvo tan seguro. En más de una ocasión había tenido la oportunidad de notar los cambios sutiles que experimentaba, a peor, su amigo. Estancamiento, diagnosticó él, y le recomendó unas vacaciones en Inglaterra. Las plantaciones solitarias, lejos de los tuyos, tienden a poner a prueba los nervios. Sin embargo, no siguieron su consejo, y los Sinclair prosiguieron con su vida. Dijeron que habían llegado a amar mucha aquel lugar, aunque él pensó que el entusiasmo de Sinclair no era verdadero. En cualquier caso, no había sido asunto suyo.

Eso era todo lo que podía recordar, y se repitió que todo había terminado hacía más de un año. Pero los viejos recuerdos permanecen. Se encontró reviviendo otra vez aquel horrible día después de Ctesifonte, cuando Sinclair, literalmente, le había devuelto a la vida.

Comenzó a cuestionarlo... ociosa, fantásticamente. La tarde se tornó en crepúsculo, la puesta del sol dio paso a la magia de la noche. Aylett todavía no hizo movimiento alguno para dejar la silla del campamento situada bajo el toldo de su tienda e irse a la cama. Después de un rato, el último de sus “muchachos” vino a preguntarle si podía retirarse. Aylett le contestó con aire distraído, con los ojos clavados en los leños del fuego del campamento.

A medida que pasaban las horas pudo oír el sonido de los tambores nocturnos con más claridad. Desde todos los puntos cardinales los sonidos venían y se iban, el tambor contestando al tambor... el telégrafo de los kilómetros sin senderos que el mundo llama África. Con indolencia se preguntó qué decían, y con qué exactitud transmitían sus noticias. Extraño, pensó, que ningún hombre blanco haya dominado jamás el secreto de los tambores.

Subconscientemente siguió su palpitante monotonía. Poco a poco se percató de que el batir había cambiado. Ya no se estaban transmitiendo opiniones o noticias sencillas. Hasta ahí podía entender. Había algo más que se enviaba, algo de importancia. De repente se dio cuenta de que fuera lo que fuere ese algo, en apariencia se lo consideraba de vital urgencia, y que, por lo menos durante una hora, se había repetido el mismo ritmo breve. Norte, sur, este y oeste, los ecos palpitaban una y otra vez.

Los tambores empezaron a enloquecerlo, pero no había forma de detenerlos. Decidió irse a dormir, pero había estado escuchando demasiado tiempo, y el ritmo le siguió. Al final cayó en un sueño inquieto, durante el cual el implacable y palpitante stacatto no dejó de martillearle su mensaje indescifrable al subconsciente.

Dio la impresión de que se despertó un momento después. Una niebla palúdica se había levantado de los pantanos de abajo y había invadido el campamento. Se encontró jadeando en busca de aliento. Intentó sentarse, pero la niebla parecía empujarle para que siguiera echado. Ningún sonido salió de sus labios cuando se afanó por llamar a sus “muchachos”. Sintió que le sumergían cada vez más... abajo, abajo, abajo y todavía abajo. Justo antes de perder el sentido se dio cuenta de que estaba siendo asfixiado, no por la densa niebla, sino por una nauseabunda miasma que hedía con todo el horror de la descomposición...

Al abrir de nuevo los ojos, Aylett miró a su alrededor azorado. Una cara amable y barbuda estaba sobre él, y oyó una voz que pareció provenir de una gran distancia y que le animaba a beber algo. Le palpitaba la cabeza con violencia y respiraba con profundos jadeos. Pero el agua fresca despejó un poco el asqueroso olor que daba la impresión de aferrarse a su cerebro.

—Ah, mon ami, c’est bon. Creímos que estaba muerto cuando los “muchachos” lo trajeron. —La cara barbuda exhibió una sonrisa—. Pero ahora se pondrá bien, hein? Usted es —¿cómo lo dice?— duro, hein?

Aylett se rió a pesar de sí mismo. Vaya, por supuesto, éste era el puesto de la misión de los Padres Blancos, y su viejo amigo, el Padre Vaneken, plácido y digno de confianza, le estaba cuidando. Cerró los ojos feliz. Ahora ya no había nada que temer, pronto todo estaría bien. Entonces, tan súbitamente como había venido, ese terrible y persistente hedor de muerte y descomposición le abandonó...

—Pero padre —discutió su horrible experiencia después—, ¿qué podría haber ocurrido? Los dos somos hombres de cierta experiencia de África...

El misionero se encogió de hombros.

Mon ami, tal como usted dice, esto es África... y no tengo muchas pruebas de que la maldición de Cam, el hijo de Noé, se haya levantado alguna vez. Los oscuros bosques son la fortaleza de aquellos cuyos espíritus inconscientes se han rebelado y aún no han venido para servir tal como primero se ordenó.? Quién sabe? Nosotros... yo no indago demasiado aquí. Cuando llegué por primera vez, en mi joven idealismo busqué convertir, pero ahora yo... yo me contento con realizar las curas de las fiebres y heridas, y espero que le bon Dieu lo comprenda. Es lo mismo en todas partes donde está la maldición de Noé. La civilización no cuenta. Piense en Haití —pasé allí doce años—, Sierra Leona, el Congo, aquí. ¿Qué puedo decir sobre el ataque que usted recibió por parte de la niebla? Nada, hein? Usted... usted dele las gracias a Dios por estar vivo, pues aquí, mon ami... aquí se encuentra la cuna de África, la fortaleza más antigua de los hijos de Cam...

Aylett observó al misionero con intensidad.

—Padre —preguntó de modo deliberado—, ¿qué es lo que intenta que comprenda?

Los dos hombres, viejos en las maneras de la jungla negra, se miraron con firmeza.

Mon ami —repuso con calma el sacerdote—, usted es un viejo amigo. En cuestión de formas de la religión pensamos de maneras distintas, pero ésta no es la Europa convencional, gracias a Dios, y cada uno de nosotros ha hecho lo mejor según sus creencias. El mismo Dios no puede hacer más. Así que se lo contaré. He visto esa niebla antes... por dos veces. Una en Haití y la otra en este distrito.

—¿Aquí?

El padre asintió.

—Estaba en el campamento asistiendo a la escuela catecúmena que hay junto a las tierras de la señora Sinclair...

—Prosiga —la voz de Aylett sonó baja.

—Como usted sabe, la señora Sinclair ha llevado la plantación desde la muerte de su marido. Se negó a regresar a casa. Al principio usted, yo —toda la zona— pensamos que estaba loca por quedarse allí sola, pero... —el misionero se encogió de hombros— qué voulez—vous? Una mujer es una ley en sí misma. En cualquier caso, ha conseguido que sea el mayor éxito jamás alcanzado, y hemos de callar, hein?

—¿Pero la niebla?

—Iba a eso. Me cogió por el cuello aquella noche. Yo vivía en la casa, como lo hacemos todos los que pasamos por allí... África Central no es una catedral cerrada... pero, aparte de no saber nada acerca de lo que pasó durante varias horas, no me sucedió nada. —Tocó el emblema de su fe en el rosario, que era parte de su atuendo—. La señora Sinclair dijo que me vi agobiado por el calor, pero a mí esa explicación no me basta...

—Sin embargo, eso no explica nada.

—Quizá no... ¡pero la señora Sinclair dijo que no había notado nada peculiar!

—¿Cómo puede ser?

El sacerdote hizo un gesto ambiguo.

—Yo no soy la señora Sinclair —dijo con brusquedad, y Aylett supo que el misionero no pronunciaría otra  palabra sobre ella.

—Cuénteme lo de Haití, padre —pidió.

El cura contestó con voz tranquila.

—Allí comprendimos que estaba producida artificialmente por magia negra vudú, algo muy real, mon ami, que mi iglesia reconoce, como tal vez sepa usted, y que allí llaman “el aliento de los muertos”. ¿Por qué...? —volvió a alzarse de hombros.

Aylett giró el rostro y miró con fijeza hacia la distancia. Durante un largo rato clavó la vista en la línea de las lejanas colinas, sumido en sus pensamientos. Recordó una imagen en las que esas colinas aparecían como fondo: una fotografía tomada por un hombre que casi había estado más allá del límite de demarcación para darle la verdad al mundo. Pero había fracasado. La fotografía mostraba un grupo de figuras. Eso era todo hasta que uno las estudiaba, y aun entonces nadie creería que se trataba de una fotografía de hombres muertos... a los que no se permitía morir.

Durante horas los dos hombres permanecieron sentados en silencio, cada uno ocupado con sus propios pensamientos. La noche cubrió el diminuto puesto de la misión, y desde lejos el sonido de los tambores les llegó transportado por la suave brisa. De repente, Aylett se volvió hacia el misionero.

—Padre —dijo en voz baja—, desde aquí la casa de los Sinclair sólo está a treinta kilómetros...

El sacerdote asintió.

—Lo entiendo, mon ami —repuso. Luego, pasado un momento, añadió—: ¿Lo consideraría una impertinencia si le pidiera que guardara esto en su bolsillo... hasta que vuelva?

Sacó un crucifijo pequeño.

Aylett alargó la mano.

—Gracias —dijo con sencillez.

El sol se había puesto cuando la machila de Aylett fue depositada en el mirador de la señora Sinclair. Ella salió a recibirle.

—Me preguntaba si volvería a verle —le observó con calma—. No ha venido por aquí desde... hace más de un año ya. —Entonces cambió el tono de su voz. Se rió—. ¡Como un oficial de distrito, ha descuidado vergonzosamente sus deberes!

Aylett, con una sonrisa, se confesó culpable, excusándose en base a que todo había ido tan bien en esta sección que había titubeado en entrometerse en la perfección.

—¿Ha perdido ahora la perfección? —replicó ella.

—En absoluto. Esta visita es mera rutina.

—Hum... Gracias —dijo ella con sequedad—. De todas formas, pase y póngase cómodo, y mañana le mostraré unas tierras perfectas.

Aylett estudió a su anfitriona con atención durante la cena. Se sintió incómodo por lo que veía cada vez que la cogía con la guardia baja. Apenas podía creer que esta fuera la misma mujer a la que él había dado la bienvenida como prometida unos años atrás. La vida ardua la había endurecido, pero contaba con ello. Sin embargo, había algo más... una especie de dureza amarga, así lo describió a falta de un término mejor.

Después del recibimiento formal, la señora Sinclair habló poco. Parecía preocupada por los asuntos de la plantación.

—Mis propios territorios en África —dijo—. Oh, cuánto amo el país, su magia y su misterio y su vasta grandeza.

Le recordó cómo se había negado a regresar a casa. Pero mañana, comentó, cuando él viera su África —la plantación—, lo comprendería.

Aylett se retiró temprano, claramente desconcertado. La había visto mirando la cuidada pulcritud de la plantación antes de darle las buenas noches. De modo inconsciente ella había alargado las manos hacia la extensión en una especie de adoradora súplica y, no obstante, bajo la brillante luz de la luna en esa mensual adoración, él había vislumbrado el contraste de las duras líneas de su cara y la amargura de su boca. África...

Extenuado como estaba, durmió bien. No sabía si la pequeña cruz que le había dado el padre tuvo algo que ver con ello, pero por la mañana se había despertado más descansado de lo que había estado en semanas. Anheló recorrer la plantación.

La señora Sinclair no había exagerado cuando empleó la palabra perfección. Los campos habían sido limpiados hasta que ninguna brizna perdida de hierba crecía entre las cosechas; los graneros se alzaban en apretadas hileras; los leños estaban apilados entre cuerdas; el huerto y el jardín de la cocina eran exuberantes, y el pasto en el hogar de la granja era el más verde que él había visto en los trópicos.

—¿Para qué? —su mente subconsciente no dejaba de martillearle—. ¿Por qué... y, por encima de todo, cómo?

Aylett se había dado cuenta de algo que sólo un experto habría visto. Había muy poca mano de obra, aunque los trabajadores que andaban por ahí parecían muy ocupados.

Como si adivinara sus pensamientos, la señora Sinclair los contestó.

—Mis “muchachos” trabajan —dijo con voz monocorde al tiempo que agitó el látigo de piel de hipopótamo que llevaba.

Aylett enarcó las cejas.

—¿Métodos portugueses? —preguntó con calma, mirando el látigo.

La señora Sinclair se volvió hacia él. Por primera vez notó el antagonismo deliberado de ella.

—En absoluto; se debe al conocimiento de cómo sacar lo mejor de un nativo, una facultad que veo que los funcionarios aún no han adquirido.

El oficial del distrito encajó la estocada sin inmutarse.

Touché —repuso, pero sabía que no se había equivocado en cuanto a la mano de obra.

Es extraño, pensó, malditamente extraño...

la señora Sinclair no hizo gesto de enterarse de la concesión del punto que le había hecho. Tenía los labios apretados con firmeza y, al continuar, habló con frialdad:

—Es sólo una cuestión de llegar al corazón de África, ese corazón palpitante que hay debajo de todo esto... A África no le sirven aquellos que no se entregan con sus propias almas.

De repente, ella se dio cuenta de lo que estaba diciendo, pero antes de que pudiera cambiar de tema, Aylett prosiguió con la cuestión. Su voz fue como la de ella.

—Muy interesante... —dijo—, pero nosotros no animamos a los europeos, en especial a las mujeres europeas, a volverse “nativas”.

No obstante, la última palabra la tuvo la mujer.

—¡La perspicacia de los círculos oficiales! —murmuró. Luego miró a Aylett de nuevo a la cara—. ¿Sueno como una nativa —preguntó con voz áspera— o parezco una nativa?

Aylett apenas la escuchaba. La estaba mirando. Sus ojos contradecían sus palabras, pues si alguna vez vio una expresión tiránica, de maligna perversión en una cara humana, fue entonces. Empezó a entender...

Se sintió agradecido cuando la inspección terminó, y aliviado de que ella no le ofreciera la invitación formal para que permaneciera más tiempo.

A ocho kilómetros de los lindes de su territorio tenía una tienda montada detrás de unos matorrales y raciones para dos días bajo la sombra. Envió a su safari a marcha ligera rumbo al puesto de la misión, y lo observó hasta que se perdió de vista. Luego se sentó a la espera de la noche.

—El corazón de África... —repitió para sí mismo, pero su voz sonó lúgubre, y sus ojos centellearon con fría cólera.

No fue hasta que oyó los tambores cuando Aylett retrocedió por el sendero mal definido en dirección a la plantación. En el borde del terreno se fundió entre las sombras de la arboleda y avanzó lentamente junto a los eucaliptos. Se arrastró sin hacer ruido hasta el mismo árbol que crecía en el jardín que había delante de la casa.

Al poco rato vio a la señora Sinclair salir al mirador. Junto a ella había un nativo gigante que parecía un diablo obsceno, un médico brujo, siniestro y grotesco, que se encontraba desnudo a excepción de un collar de huesos humanos que colgaban y traqueteaban sobre su enorme pecho. Manchas de arcilla blanca y ocre rojizo embadurnaban su cara.

Sólo cubierta en parte por una magnífica piel de leopardo, la mujer blanca descendió al claro y restalló el látigo que tenía en la mano. Sonó como un disparo de revólver. Como si se tratara de una señal, Aylett oyó el batir de tambores cercanos. Desde uno de los graneros se inició la procesión más grotesca que hubiera visto jamás. Los tambores palpitaron con malevolencia: el breve stacatto que había precedido a la fétida niebla que casi le había asfixiado. Se tornaron más y más sonoros. El mensaje recorrió las selvas, fue recibido y contestado. No cabía duda en cuanto a su significado.

Se agazapó más cuando los tambores se aproximaron, con los ojos clavados en la escena macabra que tenía ante él. Siguiendo los tambores, con la misma regularidad que una columna en marcha, avanzaban los hombres que trabajaban la perfecta plantación. Se movían en filas de cuatro, con pies pesados y andar automático... pero se movían. De vez en cuando el restallido de ese látigo terrible sonaba como un disparo por encima del batir de los tambores, y entonces Aylett podía ver cómo ese cruel látigo cortaba la carne desnuda, y cómo una figura caía en silencio, para volver a levantarse y unirse a la columna.

En su marcha rodearon el jardín. Al acercarse, Aylett contuvo la respiración. Tuvo que dominar cada nervio de su cuerpo para evitar lanzar un grito. Casi como si estuviera hipnotizado, observó las caras inexpresivas de los autómatas silenciosos, lentos... caras en las que ni siquiera había desesperación. Sencillamente se movían a las órdenes del implacable látigo en dirección a sus tareas asignadas en el campo. Encorvados y aplastados, pasaron a su lado sin emitir un sonido.

La tensión nerviosa casi quebró a Aylett. Entonces lo comprendió... esos desgraciados autómatas estaban muertos, y no se les permitía morir...

le vinieron a la mente las figuras de la increíble fotografía; las palabras del padre; la magia del vudú, reconocida como hecho por la más grande Iglesia Cristiana de la historia. Los muertos... a los que no se permitía morir... zombis, los llamaban los nativos en susurros, allí adonde iba la maldición de Noé... y ella lo llamaba conocer África.

Un terror gélido invadió a Aylett. La larga columna llegaba a su final. La señora Sinclair la recorría, el látigo restallando sin piedad, la cara distorsionada por una lascivia pervertida, y el asqueroso médico brujo asomándose maliciosamente por encima de su hombro desnudo. Ella se detuvo junto al árbol detrás del que él estaba agazapado. Una única figura encorvada seguía a la columna. Con un jadeo de horror Aylett reconoció a Sinclair. Entonces el látigo se abatió sobre esa cosa desgraciada que una vez había muerto en sus brazos.

—¡Dios mío! —musitó Aylett con impotencia—. No es posible...

Pero supo que el vudú del médico brujo le había arrojado esa imposibilidad a la cara. El látigo restalló de nuevo, lanzando al solitario zombi blanco al suelo. Despacio, se levantó —sin un sonido, sin expresión— y automáticamente siguió a la columna. Oyó, como en una pesadilla, increíbles y espantosas obscenidades de los labios de la mujer, burlas crueles... y el látigo restalló y mordió y desgarró, una y otra vez. En la vanguardia de la columna los tambores seguían palpitando.

Por último, el horror pudo con él. Aylett se encontró aferrando con desesperación la diminuta cruz que el padre le había dado. Con la otra mano empuñó el revólver y apuntó con fría precisión... Disparó cuatro veces a un punto por encima de la piel de leopardo y dos a la cara embadurnada del médico brujo... Luego se plantó con la cruz levantada delante del que antaño había muerto como Sinclair.

La figura estaba silenciosa, encorvada e inexpresiva. No hizo señal alguna cuando Aylett se le acercó, pero cuando el crucifijo la tocó un temblor recorrió su cuerpo. Los párpados caídos se alzaron y los labios se movieron.

—Ya me lo ha pagado —susurraron con gratitud. El cuerpo osciló y se desmoronó.

—Polvo al polvo... —rezó Aylett.

A los pocos momentos lo único que quedaba era un escaso polvo grisáceo. Había pasado un año tropical, recordó Aylett con un escalofrío... Luego dio media vuelta y, con el crucifijo en la mano, recorrió la columna...