—Quien dice verdá tiene la boca fresca como si masticara hojitas de hierbabuena, y tiene los dientes limpios, blancos, porque no hay lodo en su corazón —decía el viejo tata Juan.
Sebastián Pérez Tul nunca dijo palabra que no encerrara verdad. Lo que hablaba era lo cierto y así había sucedido algún día en algún lugar.
—Los que tienen valor pueden ver de noche y llevar la frente erguida. Quien es valiente conserva las manos limpias; sabe recoger su gusto y su pena. Sabe aceptar el castigo. Quien es miedoso huye de su huella y sufre y grita y la luna no puede limpiarle los ojos. Quien no acepta su falta no tiene paz y parece que todas las piedras le sangraran el paso porque no hay sabor en su cuerpo ni paz en su corazón –decía el viejo tata Juan.
Sebastián Pérez Tul nunca evadió el castigo que limpia la falta. Nunca corrió caminos para engañar a la verdad. Nunca tembló ante las penas y vivía en paz con su corazón.
—Quien no recuerda vive en el fondo de un pozo y sus acciones pasadas se ponen agrias porque no sienten al viento ni al sol. Los que olvidan no pueden reír y el llanto vive en sus ojos porque no pueden recordar la luz —decía el viejo tata Juan.
Sebastián Pérez Tul vivía con sus recuerdos y estos caminaban a su lado y en su compañía saltaban de alegría y también se ponían a sufrir y a lamentarse. Sebastián Pérez Tul no olvidó nunca lo que sus manos acariciaron o sus pies destruyeron.
—Aquel que hiere debe ser herido, y aquel que cura debe ser curado, y el que es matador debe ser matado, y el que perdona debe de ser olvidado en sus faltas. Pero aquel que hace daño y huye, no tiene amor en su espalda, y hay espinas en sus párpados y el sueño le causa dolor y ya no puede volver a cantar —decía el viejo tata Juan.
Sebastián Pérez Tul estaba de acuerdo en todo y no dudó que ahora él debía de cumplir. Nunca pensó en negar que él, con sus manos había matado al ladino Lorenzo Castillo, comerciante en aguardientes.
—Vos lo mataste, Sebastián. Estabas loco de la furia pero vos juiste quien lo cerrajó.
—Juí yo.
—Vos lo seguiste, Sebastián y le gritaste y él se detuvo.
—Le grité y se detuvo. Ese jué su mal: se detuvo.
—Vos lo alcanzaste y le hiciste reclamo. . .
—Le reclamé pué.
—Y vos le agarraste del pelo y lo porraseaste y le empezaste a pegar...
—Le empecé a pegar. Pero yo ya no miraba nada y sólo quería acabarlo.
—Y aluego cuando quedó quieto lo soltaste y el finado Lorenzo se jué rodando por la cañada.
—Sí pué. Se puso blando y empezó a rodar. Sí pué.
—Vos juíste Sebastián. Pero él se lo anduvo buscando. Si ya lo había hecho el daño, pa qué volvió.
—Pa qué volvió. Esa jué la cosa.
Sebastián Pérez Tul estaba sentado en la entrada de su jacal con los codos apoyados sobre sus gruesas y macizas rodillas, y la cabeza, llena de preocupaciones y sustos, en medio de sus manos. Estaba con el miedo secándole la lengua. Su hermano, el Fermín Pérez Jo, le hablaba y le quería quitar las ganas de arrepentirse.
—Vos se lo alvertiste en San Ramón, a la salida de ciudad Real. Bien que se lo alvertiste. Todos lo oímos clarito.
—Pa que no me anduviera con cosas jué que se lo dije. Pa que supiera de dónde salía el camino. Pa que no le tomaran las cosas desprevenido. Yo se lo dije. Y todos lo oyeron...
—Pero como es su modo, o era, porque ya es dijunto, no hizo caso de razones y nomás se empezó a carcajiar allá en San Ramón.
—Eso jué lo que me dio más rabia, Fermín; eso jué lo que me nubló la vista: se quedó riyendo sin hacer caso de palabras.
—Sí Sebastián, pero vos se lo anticipaste. —No hice traición...
—No Sebastián; vos se lo anticipaste. En San Ramón se lo anticipaste.
San Ramón sólo tiene una larga calle. Por allí corre el viento que viene de los cerros para irse a meter a Ciudad Real. Es sólo una calle pero hay rencor y hay lodo... y hay maldad. San Ramón es el primer anuncio de ladinos que se encuentra cuando se llega a Ciudad Real; y es la última oportunidad para llenarse la boca de amargos cuando se sale de Ciudad Real. Es el último sitio. Hasta allí es que llegan los comerciantes, los curas, los abogados, los burdeles, el viejo señorío, en suma, de Ciudad Real. Hasta allí es que llegan. Hasta allí es que se quedan.
—En San Ramón jué que se lo dije... Allí jué. .
San Ramón tiene nombre de Santo, pero esto no es de primera intención. No es su nombre de origen, porque antes el gobierno le puso Ramón Larrainzar, pero ahora le nombran San Ramón. Los ladinos le hicieron el cambio porque cuando no hay protección de santo los pecados brillan en la oscuridad... y el diablo sigue los reflejos y se guía por los brillos hasta donde están las almas de aquellos que perdieron la pureza.
—Allá jué que me lo encontré de primeras. De nuevo como quien dice. Allá se lo hice ver su mal. Su daño que había dejado; y le hice su anticipo. Se lo anticipé al Lorenzo.
En San Ramón vivía el Lorenzo Castillo, ladino, gordo, comerciante en aguardientes. Allá fue que se lo encontró Sebastián.
—Tené cuidado Lorenzo. No asomés por allá. Te dejé salir, pero no volvás. Te lo estoy alvirtiendo Lorenzo. No volvás.
—Calláte indio.
—Te dejé dormir en mi casa. Te di posada. Te dejé vender trago en mi puerta. Pero cuando todos estábamos borrachos vos te pusiste a robar y aluego pepenaste a mi hija y la dañaste y aluego te empezaste a burlar. No vayás a regresar. Te lo estoy anticipando...
¡Indio mierda! Andarás engazado por la borrachera; Que me voy a meter con tu hija. Ni conozco a la puta esa; pero si es india ha de estar toda apestosa —y el Lorenzo enseñó su boca sucia y sus dientes negros en medio de una carcajada.
—Te lo dije tres veces. No asomés por allá.
—¿Me estás amenazando?¿Desde cuándo los indios me hablan de igual a igual? Ese es que quiero que me digás. Anda, vamos al carajo, no sea que te vaya a meter a la cárcel por injurias y amenazas ¿verdad licenciado? —y el viejo vestido de negro que estaba al lado de Lorenzo, con la cabeza, afirmó y juntos se estuvieron riendo hasta que el Sebastián se perdió de vista.
Así fue como Sebastián Pérez Tul se lo advirtió. Quedó avisado. Se lo dijo las veces que deben de ser; ni una menos ni una más. Así fue como se lo anticipó.
—Pero él ni caso hizo, y te vino a hacer burla, Sebastián. Hasta tu casa te vino a buscar, Sebastián, y te insultó y se volvió a reír de tu hija, y dijo que estaba más galana.
—Y ya estaba sobreaviso. No jué traición.
—No jué traición, Sebastián... Jué a la buena.
Lorenzo Castillo llegó a este paraje, con sus garrafones de aguardiente sobre las tres mulas viejas en que realizaba el comercio. Venía cayéndose de borracho desde San Juan Chamula; allá había hecho una buena venta y del gusto había estado bebiendo hasta que se sintió mareado y pensó en regresar. Iba para Ciudad Real, pero desde que vio el caserío de este lugar se le metió en la cabeza la idea de venir a burlarse del Sebastián. A la casa de éste se dirigió, llegando, y le llamó a gritos, y le insultó y se puso a decir a todos lo de su hija.
—¡A mí los indios me la juegan!
—Vos lo mataste, Sebastián...
—Yo lo maté.
—El tuvo la culpa. No te arrepintás. No tengás triste tu corazón.
—No me da remordimiento. Ni estoy ciscado. Lo maté porque había que acabar lo que es malo, lo que es ponzoña, lo que jiede.
—Pero te debés juyir, Sebastián. Ayer que llevamos al dijunto dijeron que ahora te iban a agarrar.
—No me juyo.
—Peláte Sebastián. La sangre dice que te quedés, pero los policillas y los ladinos no saben de ésto. No saben la lengua ni el corazón. Peláte.
—No.
—Entonces echáles mentira. Decí que vos no juíste. Nosotros lo vamos a decir también, porque ellos no hacen aprecio del corazón.
—No lo voy a negar. Yo juí.
—¡Sebastián! juyíte. Ahí vienen ya los policillas —gritó la Rosa López Chalchele.
—Yo lo maté. Es la verdad. La palabra es limpia. Yo juí.
—Sebastián peláte. Te van a llevar. A la cárcel te van a llevar.
—Es mi pago. Lo maté. Yo lo maté.
Los vecinos iban llegando. Hicieron una rueda ante la puerta del Sebastián. Le aconsejaban que se fuera. Que pusiera los pies en una vereda y se perdiera por un tiempo.
—¡Juyíte! Te podés juyir.
—Es mi castigo. Ansina está bueno. Mi corazón es limpio y si juyo se apesta.
—El que es ladino ya no se acuerda de la verdá, y cuando la encuentra sólo se burla.
—Vos no tuviste la culpa Sebastián. El se lo buscó.
—Vos se lo habías anticipado. juyíte.
—No.
Los policías de la montada se recortaron sobre la loma. A un lado de la cruz del cerro se destacaban los grandes caballos que hacían saltar las piedras a su paso. Eran cinco.
—Entuavía podés, Sebastián.
—Agarrá camino, Sebastián.
—Juyíte. Vos no tenés pecado.
—Jué el Lorenzo el que se lo buscó.
—Yo juí. No me voy. No me juigo.
Los caballos de los policías bajaron al llano. Se abrieron en una larga línea que abarcaba el pequeño valle.
— Todavía podés, Sebastián. juyíte.
— Tenés mujer. Juyíte.
—Si te agarran te amuelan, Sebastián.
— Tenés hijos, Sebastián. Juyíte.
—No puedo. Estoy debiendo. No es bueno jugar al castigo.
Los policías desenfundaron sus armas. Un brillo frío brincó de los cañones de las carabinas. Ya están entrando al caserío.
—Corréte Sebastián. No te han visto... Al poco podés volver. Se van a olvidar.
—No.
—Sebastián. El Lorenzo era ladino. Vos sos indio. Corréte.
—No. Ansina es como debe ser. Debo quedarme.
Los perros empezaron a ladrar. Los policías estaban entrando a las calles del poblado. Ya se les veían las caras. Clarito oyeron cuando el sargento ordenó cortar cartucho; el ruido seco y ronco de los cerrojos de las carabinas les llegó a la cara. Los perros seguían ladrando y uno de los policías le dio un latigazo al que estaba más cercano. Todo esto lo vieron desde la casa del Sebastián.
—Escondéte. Podés todavía.
—No..
—Escondéte. Te van a fregar.
—Es el castigo.
—Son ladinos los policillas, Sebastián.
—Es el castigo.
—Castigo de otro es que saben, Sebastián.
Los policías se detuvieron a diez metros de los indígenas que los observaban temerosamente.
—Sebastián Pérez Tul: reo de asesinato, —gritó el sargento de policía.
Todos permanecieron callados. Clavaron la vista al suelo.
—¿Quién conoce a este desgraciado? —volvió a gritar.
Sebastián se levantó de su puerta. Se dirigió a los policías. Todos se le quedaron viendo. AIgunos cerraron los puños para no detenerlo.
—¿Quién sabe dónde putas está el asesino? —preguntó a gritos el sargento. Todos los ojos se clavaron en el Sebastián que se iba yendo a donde estaban los policías.
— Aquí estoy, gobierno. . .
—¿Quién sos vos?
—Sebastián Pérez Tul.
—¿Por qué no te pelaste?
—Porque no.
—¿Querés ir a la cárcel?
—Sí.
—¿No tenés dinero pa que te defienda un licenciado en Ciudad Real?
—No.
—Bueno. Volteáte pa que te amarren.
El Sebastián se dio la vuelta. Quedó de espaldas a los policías y con los ojos quería despedirse de su casa, de su mujer, de sus hijos, de su gente, de sus montañas. El Sebastián estaba tranquilo. Nunca conoció su boca más palabra que la de la verdad, y nunca hubo miedo en sus ojos, y siempre tuvo la frente erguida. Nunca hubo temor en sus piernas ante el castigo.
—Ahora —dijo el sargento.
El Sebastián Pérez Tul no supo cómo fue la cosa. La gente oyó un disparo y vieron que aquel caía de rodillas.
—Pa qué perdemos tiempo con éste —dijeron los policías y se alejaron al galope.
—Sebastián, Sebastián, te lo estamos diciendo. Sebastián.
Alguien se arrodilló para levantarlo. Le pasó la mano detrás de la nuca y sintió que por los dedos le corría la sangre del Sebastián. Tenía la cabeza destrozada.
—Te lo dijimos. Te hubieras juyido, Sebastián. Entre varios vecinos levantaron el cuerpo.
—Quien dice verdá tiene la boca fresca como si masticara hojitas de hierbabuena ....—Así empezó a decir el viejo tata Juan, pero la voz se le quebró y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
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Quien dice verdad - Eraclio Zepeda
Peligro para caminantes - Leonardo Valencia
Una tarde separados del resto de la familia no es mucho para darse una escapada por la ciudad, así lo entiende Elvina. Las vacaciones llegan a su fin y Massimiliano debe tener la sensación de que Roma se le desvanece una vez más entre las manos. Al menos de su mano derecha. Un guante de cuero negro cubre discretamente el muñón del antebrazo izquierdo.
—Te entiendo —dice Elvina, que ha asumido el defecto de su esposo desde el día que lo conoció—. Pero vamos a pasear sin los niños.
A las tres de la tarde ya están caminando a solas a lo largo del Tíber. El no deja de decirle lo bueno de haber regresado después de cinco años a visitar a su familia. Cuando Massimiliano estaba soltero solía visitar Roma cada dos años. Así no perdía el acento de su italiano, engordaba siete kilos que hacía desaparecer en dietas de dos meses, y sentía una satisfacción del deber cumplido con aquella familia a la que concebía como una felicidad permanente.
Eso había sido Roma para él. Así se la habían creado sus padres cuando emigraron, así decidió mantenerla en su recuerdo, y de esa forma se lo había contado a ella. Volver cada cierto tiempo le daba lozanía al recuerdo, pero sin proporcionarle tanta consistencia de realidad como para verse obligado a enfrentarlo.
Ahora, las dos últimas veces, ha vuelto con Elvina, y la familia no deja de festejarlo. Los días han pasado entre comidas y paseos. Más que nunca, Massimiliano se da cuenta de que ya no podrá volver a darse el gusto de antes de vagar por Roma tratando de descubrir lo que miles de turistas descubren en los tours de cada día.
Pero esta vez, con ella a su lado y con la oportunidad de hacerlo, no quiere ponerse a descubrir Roma. Quiere mostrársela, compartir los rincones imposibles que perdió en otros paseos, en otras tardes, sin ella. Por eso la lleva a los mismos sitios por donde solía deambular sin rumbo previsto. Empieza por los gatos tristes que merodean por la estatua de Trilussa en Trastevere.
El cuestor Lucio Polibio giraba en torno de Ahmed. Le pedía explicaciones, lo insultaba, pegándole con el látigo, con la mano, furioso, arrebatado. Una máscara de piedra de metro y medio de diámetro, circular, con tres huecos en forma de ojos y boca, y de quince centímetros de espesor, había sido colocada de pie en los jardines de la villa aquella mañana.
La máscara miraba hacia las habitaciones del cuestor con un gesto para el horror. Su esposa, Flavia, lo vio al despertarse y gritó. Ahmed, el esclavo sirio, estaba junto a la máscara.
Ahmed repetía con voz temblorosa que no sabía nada. Aun así, la tez morena y humillada del esclavo no conmovía a Lucio Polibio. No dejaba de escuchar una y otra vez las preguntas por la extraña aparición de la máscara.
—¡Algo sabes, sirio miserable! —le gritaba el cuestor—. ¡Algo sabes y no quieres decirlo! ¡Habla de una vez, bastardo!...
El alboroto despertó a la guardia del cuestor. Su capitán, Attilio, preguntó qué ocurría. Se lo explicó Flavia mientras Lucio seguía fustigando al esclavo. Había rumores de temer en toda Roma. Enviados del otro lado de los Cárpatos se estaban asentando clandestinamente en Roma para preparar un complot. Según las versiones más difundidas, estaban colocando una serie de amuletos que les permitirían conquistar Roma sometiéndola a un ensueño vaporoso. Pero eran sólo suposiciones.
Las familias patricias reforzaron sus guardias y el César se encargó de desmentir los rumores en el tribunado militar. Roma no caería por murmullos. Pero ese día, cuando Flavia se levantó y encontró la máscara, los temores le empezaron a parecer fundados.
Attilio seguía escuchando en silencio. No le sorprendía lo de la máscara, pero estaba humillado. La guardia a su mando no había ni siquiera visto a quienes ingresaron la máscara de piedra al jardín de los Polibio. Tan sólo Ahmed parecía haber escuchado unos ruidos.
Cuando Flavia vio la máscara, había encontrado a Ahmed tratando de moverla. Aun así, pensaba Attilio, el ensañamiento del cuestor con Ahmed era injustificado. El esclavo, tan anciano y tan humilde como para ser gestor de una estratagema, le merecía cierto respeto. Decidió acercarse a su barraca en la tarde para hablar con él.
Lo encontró reclinado sobre una canastilla con hojas de pino y cortezas desmenuzadas. Echaba un poco de agua caliente para preparar una ablución. Se detuvo apenas vio al capitán de la guardia.
—Sigue —le indicó al esclavo—. Termina lo que estás haciendo y entonces hablamos.
Attilio no se fue de la habitación. Vio a Ahmed cumplir su ceremonia. Luego de verter el agua caliente, echó una sustancia terrosa en el recipiente, se cubrió con una tela gruesa y sucia e inhaló el vapor de la ablución. Al despojarse de la tela, el rostro de Ahmed estaba menos áspero, sudaba, y resplandecía de limpia su piel oscura. Vertió el líquido hirviente a un costado.
—Ahora hablemos —dijo Attilio.
Su esposo la agarra de la mano y está feliz. Saltan a un tranvía, se acomodan junto a una ventana, él la abraza por atrás y observa la avenida, la gente en la parada, los automóviles, las tiendas.
—Esta ciudad nunca acaba —le escucha decir—. Cada vez que vengo tiene algo nuevo.
Pasan por el río Tíber. La estrechez nerviosa y firme de la isla Tiberina siempre conmueve a Massimiliano. A lo largo de las orillas, ambas revestidas de piedra, se extienden dos hileras de árboles en su mejor verdor. Las aguas del río, esplendorosamente sucias, densas, siguen corriendo hacia Ostia bajo un cielo ligero.
Elvina deja de contemplar el río y ve por el rabillo del ojo a su esposo. No lo encuentra taciturno. Está tranquilo y silencioso.
—A veces me pregunto —le dice—, ¿cómo es que no volviste a Italia para radicarte? Acá tienes tanta familia. No te faltan vínculos.
Dos señoras mal vestidas y cargadas de bolsas suenan el botón rojo de la parada del tranvía. En unos segundos chirrían las ruedas como si les afectara un dolor de rutina. Se detienen. Bajan. Suben pasajeros, circulan, cuchichean, toman asiento, se acomodan. El tranvía se pone en marcha de nuevo, traqueteando con una simple felicidad de armatoste, y las voces se vuelven un solo murmullo con el tránsito y la ciudad.
—Tú eres una razón —dice Massimiliano.
—Sí, sí, pero yo vengo después —niega ella—. Me refiero a mucho antes.
—Sí, sí, pero yo vengo después —niega ella—. Me refiero a mucho antes.
Llegan a la plaza Argentina. Massimiliano le sugiere bajar para contemplar las excavaciones y luego enrumbar por una callecita secundaria hasta el Panteón. A esta hora hay pocos turistas. La ciudad está tranquila, menos ruidosa, más fácil de recorrer. Los gatos gordos de las ruinas, peludos y lerdos, sin fe, se contonean sin apresuramientos, nadie se detiene a verlos. Ni siquiera están tristes: están indiferentes.
Una vieja andrajosa, durante muchos años la holgazana más asidua del recinto, vestida con las hilachas de un antiguo abrigo y apoyada en un bastón, se les aproxima lentamente. Los gatos rompen su mutismo, maúllan, piden de comer, alzan las orejas muy despacio. La vieja les habla.
—Fueron muchas razones —responde Massimiliano—. Ahora ya no distingo cuál fue la principal. ¿Quién puede hacerlo? ¿Acaso soy el indicado? ¿Acaso tú? Lo que sí sé es que nunca me hubiera quedado en Roma. Esta ciudad me resulta más agradable de lejos. Sí, de lejos. Si viviera aquí seguido, todo se borraría. Míralo a mi tío Orlando. Nunca en su vida entró al Coliseo Romano ni al Museo Vaticano, ni fue a Ostia Antica, ni siquiera ha caminado por la Nomentana, ni conoce las fuentes de Villa D'Este. Nunca. Como si no supiera que está viviendo en Roma. De manera que algo me decía siempre: mantén lejos a Roma. Después vino lo de mi mano, el nuevo trabajo, tú, la casa, los niños. De pronto ya tenía un mundo propio, como todos, y me gustó así.
Menciona la pérdida de su mano porque eso distorsionó sus proyectos. La hacienda de sus padres era exigente, aun para un manco emprendedor que gustaba de las labores del campo. Y partir para Italia así de incapacitado no le auguraba ningún trabajo fácil. Debía olvidar su sueño de hacendado, pero encontró una alternativa.
No es indispensable su mano perdida, se mantiene junto al ámbito del agro y le pagan bien. Es técnico en alimentos. Se ha destacado a nivel académico, y en cuestión de dos años ha pasado a formar parte de la Universidad Politécnica. No le exigen las dos manos, sino la destreza de sus conocimientos.
—Entonces no fue tan grave —dice Elvina.
—No he dicho nunca que haya sido grave.
—Te lo digo —continúa ella— porque así, gracias a tu trabajo, has venido de vez en cuando a Italia. A ti te gusta, los niños ven nuevos lugares y yo me doy por satisfecha. No pides más. No necesitas más. Está bien así como se te dieron las cosas. ¿No crees? ¿No te parece así?
—No he dicho nunca que haya sido grave.
—Te lo digo —continúa ella— porque así, gracias a tu trabajo, has venido de vez en cuando a Italia. A ti te gusta, los niños ven nuevos lugares y yo me doy por satisfecha. No pides más. No necesitas más. Está bien así como se te dieron las cosas. ¿No crees? ¿No te parece así?
Massimiliano no responde. Observa a la vieja levantando el bastón, insultando a los gatos, correteando, agitando en el aire las hilachas del inútil abrigo. Algunos gatos que están junto a ella salen espantados. De lejos, el resto de los felinos se fijan en el rostro irascible de la vieja, se estiran, dan media vuelta y la desprecian. No olvidan el rostro. Nunca lo olvidan. Hoy tampoco les ha llevado comida.
Attilio salió convencido de la barraca. La enorme máscara de piedra que estaba en la villa de Lucio Polibio no tenía ningún vínculo con Ahmed. No sabía nada, no vio nada, fue una casualidad que lo encontraran junto a la máscara. Luego de conocerlo hasta le dio lástima saber que el esclavo sobrellevara a sus años la condición de extranjero y siervo.
Lo dejó recuperándose del castigo y no lo molestó más. Pero tenía que hablar con el cuestor. El asunto no podía quedar así. El prestigio de la guardia imperial estaba ahora en juego. Empezó a investigar al detalle las horas y salidas de todos los visitantes de la villa. Instaló espías nocturnos cerca de las casas de los cristianos, los griegos, los judíos y los egipcios. Pidió informes detallados a sus superiores sobre los rumores que le contara Flavia.
Envió a dos de sus mejores hombres de confianza a la biblioteca de la Villa Adriana para que leyeran todo manuscrito que hablara sobre máscaras. Prometió una recompensa de tres talentos a los soldados que descubrieran a los culpables. Por último, se afincó en la casa del cuestor para protegerlo de cualquier atentado.
Todas las cabezas nobles de Roma estaban bajo riesgo si ocurría un sabotaje.
Pasaron las semanas y no ocurrió nada. La villa de Lucio Polibio estaba ordenada y segura con el rigor de siempre. Sólo la máscara de piedra seguía en el jardín.
Nadie la había cambiado de lugar.
Pasaron las semanas y no ocurrió nada. La villa de Lucio Polibio estaba ordenada y segura con el rigor de siempre. Sólo la máscara de piedra seguía en el jardín.
Nadie la había cambiado de lugar.
Attilio merodeaba junto a la máscara luego de almorzar. La observaba sin apremio, meticuloso, casi gozoso de enfrentarse a un reto que no podía resolver. Y cuando lo encontraban junto a la máscara, los habitantes de la villa sabían que el capitán Attilio estaba buscando una solución y un culpable.
—¿Por qué juega tanto con la máscara? —le preguntó Antonio, el menor de los hijos de Lucio Polibio, a su nodriza.
La mujer le sonrió:
—No juega.
—Entonces —preguntó Antonio—, ¿qué hace?
—¿Por qué no se lo preguntas a él mismo? —le insinuó.
El niño dejó atrás a su nodriza y avanzó hacia Attilio. La máscara de piedra lo miraba con sus ojos huecos. El niño sintió miedo, dudó en acercarse, no avanzaba. Attilio lo vio venir, entendió su temor y le sonrió. Antonio empezó a calmarse. Contempló sin tanto temor la máscara.
—Es rara esa máscara —le dijo, sin atreverse a preguntar por qué él estaba siempre cerca—. ¿A usted le gusta?
Attilio responde que no le gustaba, pero que efectivamente era extraña.
—Me da miedo —dijo el niño—. ¿Por qué papá quiso ponerla aquí?
—Él no la puso aquí —le explica Attilio.
—Entonces le voy a decir que la saque.
—¿Te parece?
—Sí —decía convencido el niño—. Le voy a decir que la saque.
La mujer le sonrió:
—No juega.
—Entonces —preguntó Antonio—, ¿qué hace?
—¿Por qué no se lo preguntas a él mismo? —le insinuó.
El niño dejó atrás a su nodriza y avanzó hacia Attilio. La máscara de piedra lo miraba con sus ojos huecos. El niño sintió miedo, dudó en acercarse, no avanzaba. Attilio lo vio venir, entendió su temor y le sonrió. Antonio empezó a calmarse. Contempló sin tanto temor la máscara.
—Es rara esa máscara —le dijo, sin atreverse a preguntar por qué él estaba siempre cerca—. ¿A usted le gusta?
Attilio responde que no le gustaba, pero que efectivamente era extraña.
—Me da miedo —dijo el niño—. ¿Por qué papá quiso ponerla aquí?
—Él no la puso aquí —le explica Attilio.
—Entonces le voy a decir que la saque.
—¿Te parece?
—Sí —decía convencido el niño—. Le voy a decir que la saque.
Antonio se alejó buscando a su nodriza. Attilio lo vio alejarse y regresó hacia la máscara. La observaba. Se estaba enmoheciendo, como si se hubiera ablandado por las últimas lluvias. Una pátina verdosa empezaba a extenderse sobre las comisuras de la boca entreabierta. «Una saliva verde», pensó, «una saliva verde que cae de las fauces». Seguía pensando en esto —«fauces, fauces»— hasta que llegó corriendo uno de los soldados.
Eran malas noticias. Habían asesinado al cuestor Nubius, a dos esclavos sicilianos, a una mujer griega y a un niño. Súbitamente la ciudad estaba alterada, el comercio se había detenido, el César convocaba a una reunión del Senado, y el ejército imperial debía estar en guardia.
Attilio comprendió que sus informantes no estuvieron en los lugares adecuados y que las últimas semanas se desvinculó de la realidad recluyéndose en la villa. Demasiados errores juntos y Lucio Polibio lo sabría, esta vez sí le llamaría la atención y no recomendaría nunca un ascenso. Debía encontrar una solución esa noche.
Al día siguiente llevaron la máscara de piedra al Foro de Augusto. Attilio ordenó que se hiciera un orificio del tamaño de la máscara en una de las paredes. Luego la empotrarían. Demoraron dos días en hacerlo. Al tercero, el ejército se afincó en las explanadas de las termas y Roma tuvo curiosidad.
Al cuarto día, el César se apersonó en el lugar, supo más de ese casi desconocido capitán Attilio y presenció junto al resto de los patricios la exhortación del pontífice de Roma. Detrás del sacerdote, la máscara de piedra no cedía en ninguno de los rasgos de su rostro feroz.
Terminado el sermón, los soldados de Attilio trajeron atado de manos a Ahmed. Lo agarraron tres verdugos. Hicieron que metiera su mano dentro de la boca de la máscara. El sacerdote lo empezó a interrogar.
El esclavo sólo negaba... negaba... negaba...
Terminado el sermón, los soldados de Attilio trajeron atado de manos a Ahmed. Lo agarraron tres verdugos. Hicieron que metiera su mano dentro de la boca de la máscara. El sacerdote lo empezó a interrogar.
El esclavo sólo negaba... negaba... negaba...
Llevan horas caminando y está por atardecer. Han llegado a la explanada de la Fuente de los Tritones. A un costado, la iglesia de Santa María en Cosmedin y unos cuantos turistas japoneses, suecos, venezolanos. Frente a la iglesia se yergue el templete de Vesta, circular, perfecto, cerrado: una de las pocas ruinas romanas que han permanecido intactas.
Hay pocos automóviles estacionados en la plaza, pasa un carruaje, sólo molesta el tránsito ruidoso de los carros del Lungotevere. Elvina se sienta un momento y deja que su esposo vaya a curiosear por el templete. Las explicaciones de la guía del grupo que está a su lado no la incomodan.
—Existe otro templo de Vesta en el Foro Romano —dice la guía, la voz modulada, rápida, sin pensar en lo que repite todos los días, sin importarle a quién—. Éste que vemos ha tomado el mismo nombre por su forma circular. Sin embargo, a pesar de su nombre, no tiene ninguna relación con el culto de Vesta y parece que estaba dedicado a Portumnus, divinidad del puerto fluvial, o bien al Dios Sol.
Es un templo pagano muy bello. Su origen se remonta al primer siglo del Imperio, con una celda cilíndrica construida en bloques de mármol blanco rodeada por columnas corintias...
Está cansada por la caminata. Pero está feliz: Massimiliano sonríe, la abrazó como si fueran novios y le dijo palabras cariñosas. Pronto volverían al trajín de todos los días y al trabajo. Ha valido la pena. Massimiliano merecía un buen descanso y, más que eso, una satisfacción que le compensara sus amarguras, la distancia tensa con su familia, esa mano dichosa que tanto tiempo lo ha atormentado.
Ve a su marido junto al templete, ve el guante de cuero negro cubriéndole el muñón mientras Massimiliano lo esconde en el bolsillo de su chaqueta. Un muchacho pelirrojo y su novia se le acercan, algo le dicen y le dan su cámara. El no se indispone, les sonríe. Coge la cámara con la mano derecha, sin sacar del bolsillo de la chaqueta el muñón indignante, y se prepara para tomar la foto.
Elvina más que mirarlo lo admira, se siente segura con él, tanta iniciativa, tanto empeño para no dejarse vencer, tanta fuerza frente a un accidente injusto. Él ha solucionado su problema de una forma tal que ella nunca hubiera podido hacerlo. Así que ya no hay ningún problema, todo se puede olvidar, todo se olvida y seguimos viviendo, se dice, feliz, sonrosada.
Su marido continúa tomando fotos a la pareja, que no deja de pedirle una y otra más. El grupo de turistas sigue con curiosidad la voz de la guía.
—Esta fuente barroca —dice—, conocida como la Fuente de los Tritones, fue construida en 1715 con la colaboración de Francesco Moratti, que esculpió los dos tritones que sostienen la concha que ustedes pueden ver... Ahora pasemos al área del Templo de Hércules, donde surge la antiquísima iglesia que tenemos ante nosotros...
Elvina no quiere perderse la explicación. Comprueba que su marido sigue ocupado con las fotos de la pareja y decide seguir al grupo. Estará cerca, en la iglesia. Massimiliano la encontrará de inmediato. Se aleja de la fuente y va acercándose a la iglesia.
—Su origen se remonta al siglo VI —continúa la mujer—. Fue ampliada por Adriano I en el siglo VIII, transformada por Nicolás I, restaurada varias veces y, en fin, por los años 94 y 99 del siglo pasado, Gian Battista Giovenale restableció su originaria estructura medieval. De modo que todo volvió a su sitio. ¡Saben cuánto lo odiarían los otros artistas a Giovenale! ¡Tanto cambio para volver a lo mismo!
El grupo ríe y Elvina también. La guía los lleva dentro de la iglesia y pide que no se separen del grupo. Cruzan el pórtico, se apretujan, y en el rellano de la entrada a la iglesia, se detienen por el susto de los primeros en verla. Una enorme máscara de piedra pende de una pared y los mira con ojos de guardián.
—No se asusten —advierte la guía a los niños del grupo—, es sólo una máscara. Esta máscara ha dado también el nombre a la plaza en la que estamos. Es la famosa Boca de la Verdad. Seguramente vieron esa película donde Gregory Peck pone su mano en la boca y mira a su chica diciéndole que si está mintiendo la Boca de la Verdad le volaría la mano. La introduce y pega un grito, y la chica, obviamente, se espanta. Todo era una broma del personaje. Pues bien, no fue tan broma.
Según una leyenda muy difundida, esta máscara era utilizada en la época romana para juzgar a los delincuentes. Se les preguntaba si habían o no cometido tal o cual delito, debían meter su mano en la boca de la máscara y declarar. Si mentían, la boca les amputaría la mano de un solo mordisco. El truco estaba en que detrás de la máscara, al otro lado de la pared, había un verdugo con un hacha. Era una manera de hacer temer a los posibles delincuentes para que dijeran la verdad antes de poner la mano en la boca.
Pero hubo muchos inocentes. Se dice que más de diez mil manos fueron cortadas por este atroz y bárbaro sistema de miedo. Ahora sólo es una piedra, por suerte. Pero si quieren pueden probar a decir una mentira.
El grupo se relaja, respira. Miran con menos miedo a la enorme máscara de piedra. Dos niños se aproximan a las fauces de la máscara, tocan la piedra, la acarician: está desgastada, comprueban. Está sucia, piensan. La dejan y vuelven al resto del grupo que entra en la iglesia.
Pero Elvina se separa de ellos, se abre paso entre el grupo, mira hacia la calle y comprende: Massimiliano está ahí, como si no hubiera pasado nada. Sigue tomando fotos al chico pelirrojo y a su novia con su hábil mano derecha, una y otra vez a pedido de la pareja, y una vez más, como si no fueran a volver nunca a Roma. Y es que la pareja nunca volverá a Roma. No tendrá la suerte de Massimiliano de volver siempre a Roma.
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El poder de los nombres - Úrsula K. Le Guin
El señor Bajocolina salió de debajo de su colina, sonriendo y respirando con dificultad. Cada resoplido salía disparado por las ventanas de su nariz como una doble bocanada de vapor, blanca nieve bajo el sol matinal. El señor Bajocolina contempló el cielo brillante de diciembre y sonrió más ampliamente que nunca,
mostrando unos dientes blancos como la nieve. Luego se dirigió al pueblo.
—Día, señor Bajocolina —le decían los aldeanos cuando se cruzaban con él por la calle angosta, entre casas de tejados cónicos y sobresalientes como los sombreretes rojos y gruesos de las setas venenosas.
—¡Día, día! —respondía él a todos. (Por supuesto que desear a cualquiera un buen día traía mala suerte; en un lugar tan afectado por Influencias como Sattins Island, donde un adjetivo descuidado puede cambiar el tiempo por una semana, era suficiente con decir sólo el momento del día.)
Todos le hablaban, algunos con cariño, otros con cariñoso desdén. Era todo lo que la pequeña isla poseía a modo de mago, y por lo tanto merecía respeto..., ¿pero cómo se podía respetar a un hombrecillo regordete y cincuentón que se tambaleaba con los pies hacia adentro, sonriendo y exhalando vapor? En el trabajo tampoco era gran cosa. Se esmeraba medianamente en los fuegos artificiales, pero sus elixires eran ineficaces con frecuencia.
Las verrugas que hechizaba reaparecían a los tres días; los tomates que encantaba no llegaban a ser más grandes que los melones; y durante los contados días en que alguna nave extraña se detenía en el puerto de Sattins, el señor Bajocolina permanecía siempre debajo de su colina; por temor, explicaba, al mal de ojo.
En otras palabras, era un mago por la misma razón por la que el zarco Gan era un carpintero: por negligencia. Por esta generación los aldeanos se las apañaban con puertas mal colocadas y hechizos inútiles, y descargaban su irritación tratando al señor Bajocolina con bastante familiaridad, como un simple aldeano más. Hasta lo invitaban a cenar. Una vez él invitó a cenar a algunos de ellos, y sirvió una colación espléndida, con plata, cristal, albaricoque, ganso asado, un chispeante Andrades 639, y budín inglés con salsa fermentada; pero estuvo tan nervioso que quitó toda alegría a la comida, y además, todos volvieron a estar hambrientos media hora después. No le gustaba que nadie visitara su cueva, ni siquiera la antecámara, más allá de la cual en realidad no había llegado nadie. Cuando veía que se acercaba gente a la colina, salía trotando a recibirla. «¡Sentémonos aquí, bajo los pinos!», decía sonriendo y señalando hacia el bosquecillo de abetos; o si llovía: «Vayamos a tomar un trago a la taberna, ¿eh?», aunque todos sabían que él no bebía nada más fuerte que agua de pozo.
Algunos de los niños de la aldea, tentados por aquella cueva, curioseaban y escudriñaban y hacían incursiones cuando el señor Bajocolina salía; pero la puertecilla que conducía a la habitación interior estaba cerrada por medio de un encantamiento, y al parecer, por una vez, se trataba de un encantamiento eficaz.
Una vez que dos niños creían que el hechicero se encontraba en la Costa Oeste curando el burro enfermo de la señora Ruuna, llevaron allí una palanca y un hacha, pero al primer golpe surgió del interior un rugido de ira y una nube de vapor purpúreo. El señor Bajocolina había regresado temprano. Los niños huyeron. Él no salió, y los niños no sufrieron ningún daño, aunque dijeron que de no escucharlo, nadie podría creer que aquel hombrecillo regordete produjera ese horrible y enorme grito-bramido-aullido-silbido.
Aquel día tenía que comprar en el pueblo tres docenas de huevos frescos y cuatrocientos gramos de hígado; también debía pasar por la casita de Fogeno, el capitán, a renovar el hechizo de los ojos del anciano (bastante inútil aplicado a un caso de desprendimiento de retina, pero el señor Bajocolina continuaba intentándolo), y por último se detendría a charlar con la vieja Goody Guld, la viuda del fabricante de concertinas. La mayoría de los amigos del señor Bajocolina eran ancianos. Los hombres jóvenes y fuertes de la aldea le producían timidez, y las muchachas le tenían vergüenza.
—Me pone nerviosa, sonríe tanto... —decían haciendo mohines, retorciendo rizos sedosos alrededor de un dedo.
«Nerviosa» era una palabra de última moda, y todas las madres respondían adustas:
—Nerviosa un cuerno, lo que sois es tontas. ¡El señor Bajocolina es un hechicero muy respetable!
Después de despedirse de Goody Guld, el señor Bajocolina pasó por la escuela, que ese día se reunía fuera, en el baldío. Dado que no había nadie alfabetizado en Sattins Island, no existían libros en los cuales aprender a leer ni pupitres en los que grabar iniciales ni pizarras que borrar, y de hecho no existía un edificio escolar. En los días lluviosos los niños se reunían en el desván del Granero Común, y se ensuciaban los pantalones con heno; en días de sol, la maestra, Palani, los llevaba a donde tuviera ganas. Hoy, rodeada por treinta niños atentos menores de doce años y cuarenta ovejas distraídas menores de cinco, estaba enseñando un punto importante en el plan de estudios: las Reglas de los Nombres. El señor Bajocolina, sonriendo con timidez, se detuvo a mirar y escuchar. Palani, una muchacha rolliza y bonita de veinte años, hacía un cuadro encantador allí, bajo el sol invernal, con niños y ovejas a su alrededor, un roble sin hojas sobre la cabeza y las dunas y el mar y el cielo pálido y transparente detrás. Hablaba con seriedad, con el rostro enrojecido por el viento y las palabras.
—Ya habéis aprendido las Reglas de los Nombres, niños. Son dos, y son las mismas en todas las islas del mundo. ¿Cuál es una de ellas?
—No es buena educación preguntarle a nadie cuál es su nombre —gritó un niño gordo y veloz, que fue interrumpido por una niña pequeña que chillaba:
—¡Nunca podrás decir tu propio nombre a nadie, dice mi mamá!
—Sí, Suba. Sí, querida Popi, no chilles. Tenéis razón. Nunca preguntaréis a nadie su nombre. Nunca diréis el vuestro. Ahora pensad en ello un minuto y decidme por qué llamamos a nuestro hechicero señor Bajocolina —sonrió al señor Bajocolina por encima de las cabezas ensortijadas y los lomos lanudos, y él se
puso radiante y aferró nervioso su bolsa de huevos.
—¡Porque vive debajo de una colina! —gritó media clase.
—¿Pero es ése su verdadero nombre?
—¡No! —dijo el niño gordo, y el chillido de la pequeña Popi le hizo eco:
—¡No!—¿Cómo sabéis que no lo es?
—Porque llegó aquí solo y entonces no había nadie que supiera su verdadero nombre y por eso no nos lo podían decir, y él no podía...
—Muy bien, Suba. Popi, no grites. Tienes razón. Ni siquiera un mago puede decir su verdadero nombre. Cuando vosotros, los niños, hayáis dejado la escuela y estéis atravesando el Pasaje, dejaréis atrás vuestros nombres de niños y conservaréis solamente vuestros nombres verdaderos, los que nunca deberéis preguntar ni entregar. ¿Por qué existe esta regla?
Los niños permanecieron en silencio. Las ovejas balaron con dulzura. El señor Bajocolina contestó la pregunta:
—Porque el nombre es la cosa —dijo con voz suave, tímida, ronca—, y el verdadero nombre es la verdadera cosa. Conocer el nombre significa controlar la cosa. ¿No es así, señorita maestra?
Ella le sonrió e hizo una reverencia, evidentemente un poco desconcertada por su intervención. Y él se fue a su colina al trote, aferrando los huevos contra el pecho. Por alguna razón, el momento que había pasado contemplando a Palani y a los niños le había abierto el apetito. Al pasar, cerró la puerta interior con un encantamiento apresurado; debió de haber dejado uno o dos escapes en el hechizo pues la antecámara vacía pronto estuvo llena del olor de los huevos fritos y el hígado tostado.
Ese día el viento era fresco y ligero y venía del oeste. Al mediodía había traído un pequeño bote que llegó al puerto de Sattins peinando las olas brillantes. Cuando irrumpió en el horizonte, un chico de vista aguda lo notó y, conocedor como todos los niños de cada vela y cada mástil de los cuarenta botes de la flota pesquera, corrió por la calle gritando: «¡Un barco extranjero, un barco extranjero!». La solitaria isla muy rara vez era visitada por algún barco de otra isla igualmente solitaria de la Bordada Este, o por un mercader aventurero del Archipiélago. Cuando el barco llegó al embarcadero, media aldea ya estaba allí para saludarlo, y los pescadores se sumaron luego desde sus hogares, y manadas de vacas y buscadores de almejas y cazadores de hierbas jadeaban por las rocosas colinas en dirección al puerto.
Pero la puerta del señor Bajocolina permaneció cerrada.
Solamente había un hombre a bordo del barco. Cuando se lo contaron al anciano capitán Fogeno, un cardumen de cejas blancas descendió hasta sus ojos sin vista.
—Hay una sola clase de hombres que naveguen a solas por la Bordada Externa. Un brujo, un hechicero o un Mago...
Así que los aldeanos quedaron sin aliento ante la posibilidad de ver por una vez en sus vidas a un Mago, uno de los poderosos Magos Blancos de las islas interiores del Archipiélago, ricas, pobladas, llenas de torres. Se decepcionaron, pues el viajero era bastante joven, un sujeto guapo, de barba negra, que los
saludó alegremente desde su barco y saltó a tierra como cualquier marinero que llega contento a puerto. Se presentó de inmediato como un buhonero de mar. Pero cuando le contaron al capitán Fogeno que llevaba consigo un bastón de roble, el anciano movió la cabeza y dijo:—¡Malo! Dos hechiceros en una aldea... —su boca se cerró con un chasquido.
Como el extranjero no podía decir su nombre, inmediatamente le dieron uno: Barbanegra. Y le prestaron mucha atención. Tenía un pequeño y revuelto hato de ropas y sandalias y plumas de piswi para adornar capas e incienso barato y piedras ligeras y delicadas hierbas y grandes cuentas de cristal de Venway..., el lote habitual de un buhonero. Todo Sattins Island fue a mirar, a charlar con él, y quizás a comprar algo.
—¡Imposible de olvidar! —cacareaba Goody Guld, quien al igual que todas las mujeres y todas las muchachas de la aldea, estaba conmovida por la audaz hermosura de Barbanegra. Los chicos también le rondaban, para que les contara sus viajes a lejanas y extrañas islas de la Bordada o les describiera las grandes y ricas islas del Archipiélago, las Rutas Internas, los fondeaderos blancos de naves, y los tejados dorados de Havnor. Los hombres escuchaban sus relatos con gusto, pero algunos de ellos se preguntaban por qué un mercader viajaría solo, y contemplaban pensativamente su vara de roble.
Durante todo este tiempo el señor Bajocolina permaneció debajo de su colina.
—Es la primera isla sin mago que veo —dijo un día Barbanegra a Goody Guld, que en la ocasión había invitado a su sobrino y a Palani a tomar una taza de té de junco con el viajero—. ¿Qué hacéis cuando os duele un diente o una vaca se seca?
—Bueno..., ¡sí tenemos al señor Bajocolina! —dijo la anciana.
—Para lo que sirve... —murmuró Birt, el joven sobrino de Goody Guld, y luego se ruborizó hasta el color púrpura y se le derramó el té; estaba enamorado de la maestra de escuela, pero lo más que había hecho hasta ese momento para demostrarle su amor había sido regalar canastas de caballas frescas a la cocinera de su padre.
—Oh, ¿tenéis un hechicero? —preguntó Barbanegra—. ¿Es invisible?
—No, solamente muy tímido —dijo Palani—. Apenas lleva una semana aquí, ¿no?, y vemos tan pocos extranjeros... —también se ruborizó un poco, pero no derramó su té.
Barbanegra le sonrió.
—Es un buen sattinsano entonces, ¿verdad?
—No —dijo Goody Guld—, no mejor que tú. ¿Más té, sobrino? Manténlo en la taza esta vez... No, mi querido; llegó en un pequeño barco..., ¿hace cuatro años? Fue un día después que concluyó la arribada del sábalo porque estaba recogiendo las redes en la Ensenada Este, y Pondi Cowherd se rompió la pierna aquella misma mañana..., hará cinco años. No, cuatro. No, son cinco, fue el año en que el ajo no se dio.
Entonces llega navegando en una pequeña chalupa cargada hasta el tope de grandes cofres y cajas y le dice al capitán Fogeno, que entonces no estaba ciego, aunque sabe Dios que estaba tan viejo como para haberse quedado ciego dos veces: «Oigo contar —le dice— que no tienen un brujo o hechicero... ¿No
están deseando uno?». «¡Ya lo creo, si la magia es blanca!» dice el capitán, y antes de decir «pulpo» el señor Bajocolina se había instalado debajo de la colina y estaba hechizando la sarna del gato de Goody Beltow. Aunque la piel creció gris, y era un gato naranja. Tenía un aspecto bien raro después de eso.
Murió el invierno pasado, durante el encantamiento del frío. Goody Beltow se tomó la muerte de su gato, pobre criatura, peor que cuando su marido se ahogó en las Orillas Largas, el día de la arribada prolongada de los arenques, cuando mi sobrino Birt aquí presente no era más que un bebé en pañales. —El sobrino de
la señora Goody Guld volvió a derramar el té y Barbanegra hizo una mueca, pero la anciana prosiguió sin desfallecer, y habló hasta que cayó la noche.
Al día siguiente, Barbanegra se hallaba en el muelle trabajando en la tabla arrancada de su barco, a cuya reparación parecía dedicarle mucho tiempo, y como de costumbre, hacía hablar a los taciturnos sattinsanos.
—¿Cuál de estas naves es la de vuestro hechicero? ¿O tiene una de esas que los Magos pliegan dentro de cáscaras de nuez cuando no las usan?
—No —dijo un imperturbable pescador—. Está allá arriba en su cueva, debajo de la colina.
—¿Llevó hasta su cueva el barco que lo trajo?
—Sí. Hasta arriba del todo. Yo lo ayudé. Llena hasta el tope de grandes cajas llenas hasta el tope de libros con encantamientos, dice él. Era pesada como el plomo. —Y el imperturbable pescador le volvió la espalda, suspirando imperturbablemente. El sobrino de Goody Guld, que arreglaba una red allí cerca,
levantó la vista de su trabajo y preguntó con igual imperturbabilidad—: ¿Verdad que te gustaría conocer al señor Bajocolina?
Barbanegra le devolvió la mirada. Por un momento, unos ojos negros y listos se encontraron con unos ojos azules e inocentes; luego Barbanegra sonrió y dijo:
—Sí. ¿Me llevarás a la colina, Birt?
—Sí, cuando haya terminado con esto —dijo el pescador. Y cuando hubo terminado de remendar la red, él y el del Archipiélago partieron por la calle de la aldea hacia la alta colina verde. Pero mientras cruzaban el baldío, Barbanegra le dijo:
—Espera un momento, amigo Birt. Tengo una historia para contarte antes que visitemos a tu hechicero.
—Cuéntala —dijo Birt, sentándose bajo la sombra de una encina perenne.
—Es una historia que empezó hace cien años, y que todavía no ha terminado... Aunque pronto terminará, muy pronto... En el mismo corazón del Archipiélago, donde las islas se apiñan densas como moscas en la miel, hay una pequeña ínsula llamada Pendor. Los señores de Pendor eran hombres poderosos en los viejos días de guerra anteriores a la Liga. Botines y rescates y tributos diluviaban sobre Pendor, y allí se reunió un gran tesoro, hace mucho tiempo. En aquel entonces, de algún lejano lugar en la Bordada Oeste, donde los dragones se crían en las islas de lava, llegó un dragón muy poderoso. No era uno de esos lagartos hiperdesarrollados que la mayoría de vosotros los habitantes de la Bordada Externa llamáis dragones, sino un monstruo grande, negro, alado, sabio, astuto, lleno de fuerza y artificios, y que como todos los dragones, amaba el oro y las piedras preciosas por sobre todas las cosas. Mató al Señor del Mar y a sus soldados, y los habitantes de Pendor huyeron de noche en sus naves. Huyeron todos, y dejaron al dragón enroscado dentro de las Torres de Pendor. Y allí permaneció durante cien años, arrastrando su barriga escamosa sobre esmeraldas y zafiros y monedas de oro, apareciendo solamente una vez cada uno o dos años, cuando debía comer. Invadía islas cercanas en busca de alimento. ¿Sabes lo que comen los dragones?
Birt cabeceó y dijo en un susurro:
—Doncellas.
—Así es —dijo Barbanegra—. Bueno, esto no se podía soportar eternamente, ni tampoco el saber que estaba sentado sobre todo ese tesoro. Así que cuando la Liga se fortaleció, y el Archipiélago no estuvo tan preocupado por guerras y piratería, se decidió atacar Pendor, expulsar al dragón y recuperar el oro y las
joyas para el tesoro de la Liga. Ellos siempre están deseando dinero. Por lo tanto se reunió una enorme flota de cincuenta islas, y en las proas de las siete naves más fuertes colocaron siete Magos, y navegaron hacia Pendor... Llegaron. Desembarcaron. Nada se movió. Todas las casas estaban vacías, los platos
sobre las mesas llenos del polvo de cien años. Los huesos del viejo Señor del Mar y de sus hombres yacían en los patios del castillo y en las escaleras. Y las habitaciones de la torre apestaban a dragón. Pero no había ningún dragón. Tampoco ningún tesoro, ni un diamante del tamaño de una semilla de amapola, ni una simple cuenta de plata... Al saber que no habría podido resistirse a siete Magos, el dragón se había ido. Lo rastrearon, y descubrieron que había volado a una isla desierta en el norte llamada Udrath; le siguieron la pista hasta allí, ¿y qué encontraron? Huesos de nuevo. Sus huesos, los del dragón. Pero ningún tesoro. Un hechicero, algún hechicero desconocido de otro lugar, debió de haberlo encontrado indefenso y lo derrotó... Y después se fue con el tesoro, ¡delante de las mismas narices de la Liga!
El pescador escuchaba, atento e inexpresivo.
—Por supuesto que habrá sido un hechicero poderoso e inteligente para primero matar al dragón, y segundo escaparse sin dejar rastro. Los Señores y Magos del Archipiélago no pudieron seguirle el rastro en absoluto... Ni sospechas siquiera de dónde había venido o hacia dónde había ido. Estuvieron a punto de abandonar. Esto sucedió la primavera pasada; yo había estado ausente, viajando por la Bordada Norte durante tres años, y regresé en aquellos días. Y me pidieron que les ayudara a encontrar al hechicero desconocido. Esto fue un rasgo de inteligencia de parte de ellos. Porque no soy solamente un hechicero yo mismo, como creo que lo adivinaron algunos de los zoquetes de aquí, sino que soy un descendiente de los Señores de Pendor. Ese tesoro es mío. Es mío, y sabe que es mío. Esos idiotas de la Liga no pudieron encontrarlo porque no es de ellos. Pertenece a la casa de Pendor, y la gran esmeralda, la estrella del tesoro, Inalkil la Piedraverde, conoce a su dueño. ¡Observa! —Barbanegra levantó su bastón de roble y gritó—: ¡Inalkil! —La punta de la vara empezó a brillar, verde, un encendido resplandor verde, una niebla deslumbrante del color de la hierba de abril, y al mismo tiempo la vara se inclinó en la mano del hechicero hasta señalar en línea recta el costado de la colina que se levantaba sobre sus cabezas.
—En el lejano Havnor el resplandor no era tan potente —murmuró Barbanegra—, pero la varilla señalaba en la dirección correcta. Inalkil respondió cuando la llamé. La joya conoce a su dueño. Y yo conozco al ladrón, y lo someteré. Es un hechicero agraciado, que pudo con un dragón. Pero yo soy más poderoso. ¿Quieres saber por qué, zoquete? ¡Porque conozco su nombre!
A medida que el tono de Barbanegra se hacía más arrogante, el rostro de Birt aparecía más y más obtuso, más y más inexpresivo; pero al oír decir a Barbanegra que conocía el verdadero nombre del señor Bajocolina, se sacudió, cerró la boca y contempló al del Archipiélago.—¿Cómo... lo aprendiste? —dijo muy lentamente.
Barbanegra hizo una mueca y no le contestó.
—¿Magia negra? —insistió Birt.
—¿Cómo, si no...?
Birt palideció y no dijo nada.
—¡Soy el Señor del Mar de Pendor, zoquete, y poseeré el oro que mis padres ganaron, y las joyas que mis madres usaron, y la Piedraverde! Porque son míos. Bueno, ahora podrás contar toda la historia a tus gaznápiros de aldea, una vez derrotado ese hechicero y que yo me haya ido. Espera aquí. O puedes venir y
mirar, si no tienes miedo. Nunca volverás a tener la oportunidad de observar a un hechicero en todo su poder. —Barbanegra se volvió, y sin mirar atrás subió a grandes trancos la colina, hacia la entrada de la cueva.
Muy lentamente, Birt lo siguió. Se detuvo a una buena distancia, se sentó bajo un espino y miró. El del Archipiélago se había detenido; era una figura oscura y envarada, sola en la verde ondulación de la colina, de pie y absolutamente inmóvil ante la boca bostezante de la caverna. Repentinamente movió el bastón
sobre su cabeza; el resplandor esmeralda invadió el ámbito mientras gritaba:
—¡Ladrón, ladrón del Tesoro de Pendor, sal a la vista!
Se oyó un estruendo como de loza rota dentro de la cueva, de la que salió despedida una cantidad de polvo. Asustado, Birt se agachó. Cuando volvió a mirar, vio a Barbanegra aún inmóvil, y en la boca de la cueva, polvoriento y desgreñado, estaba el señor Bajocolina. Parecía pequeño y enternecedor, con los pies torcidos hacia adentro como de costumbre, y con las piernecillas arqueadas cubiertas por calzas negras, y sin varilla..., nunca había tenido una, reparó Birt. El señor Bajocolina preguntó con su vocecilla ronca:
—¿Quién es usted?
—Soy el Señor del Mar de Pendor, ladrón, y he venido a reclamar mi tesoro.
Ante esto, el señor Bajocolina se fue poniendo rosado lentamente, como sucedía siempre que la gente era grosera con él. Se puso amarillo, el cabello se convirtió en cerdas, emitió un rugido parecido a una tos, y se convirtió en un león amarillo que saltó por la colina hacia Barbanegra, los colmillos blancos destellando.
Pero Barbanegra se había esfumado. Un tigre gigantesco, del color de la noche y el relámpago, brincaba al encuentro del león... que había desaparecido. De pronto, bajo la cueva se alzaba un bosquecillo alto, negro bajo el sol invernal. El tigre, conteniéndose en pleno salto justo antes de caer bajo la sombra de los
árboles, se encendió en el aire, transformado en una lengua de fuego que azotaba las ramas secas y negras.
Pero donde se habían alzado los árboles, una repentina catarata empezó a caer desde la ladera de la colina, un arco de agua plateada y estruendosa que tronaba sobre el fuego. Sobre el sitio ocupado antes por el fuego... que había desaparecido.Por un instante, ante los ojos fijos del pescador se levantaban dos colinas: la verde que ya conocía y una nueva, una loma parda y pelada, lista para beberse la torrencial catarata. Esto sucedió con tanta rapidez que Birt parpadeó, y después de parpadear parpadeó de nuevo pues lo que estaba viendo era mucho peor. Allí donde había estado la catarata revoloteaba un dragón. Alas negras oscurecían toda la colina, garras de acero se extendían, tanteando, y de los labios oscuros, escamosos, entreabiertos, brotaba fuego y vapor.
Debajo de la criatura monstruosa, Barbanegra se reía.
—¡Toma cualquier forma que te guste, pequeño señor Bajocolina! —se burló—. Puedo enfrentarte.
Pero el juego se vuelve aburrido. Quiero contemplar mi tesoro, Inalkil. Ahora, gran dragón, pequeño hechicero, recobra tu forma real. ¡Te lo ordeno por el poder de tu verdadero nombre: Yevaud!
Birt estaba petrificado, ni siquiera podía parpadear. Se agachó, indeciso entre hacerlo o no; veía al dragón suspendido en el aire sobre Barbanegra, el fuego que llameaba a la manera de muchas lenguas desde la boca escamosa, el humo que salía en chorros de las rojas ventanas de la nariz. Vio cómo el rostro
de Barbanegra se volvía blanco como la tiza, y cómo le temblaban los labios orlados de barba.
—¡Tu nombre es Yevaud!
—Sí —dijo un vozarrón ronco y silbante—. Mi verdadero nombre es Yevaud, y mi verdadera forma es esta.
—Pero el dragón había muerto... Encontraron sus huesos en la isla de Udrath.
—Ése era otro dragón —intervino el dragón, y luego caló como un halcón, con las garras extendidas.
Birt cerró los ojos. Cuando los abrió, el cielo estaba despejado, la colina vacía, excepto una mancha pisoteada de color negro rojizo, y unas pocas huellas de garras en la hierba.
Birt el pescador se puso en pie y corrió. Atravesó el baldío a la carrera, dispersando las ovejas a izquierda y derecha, y bajó por la calle de la aldea hasta la casa del padre de Palani. La joven estaba en el jardín desmalezando las capuchinas.
—¡Ven conmigo! —jadeó Birt; ella lo miró fijamente, él la aferró de la muñeca y la arrastró consigo. Palani chilló un poco, pero no se resistió.
Ambos corrieron recto hacia el muelle; Birt empujó a Palani dentro del Queenie, la chalupa pesquera. El muchacho desató las amarras, asió los remos y partió, remando como un demonio. Lo último que Sattins Island vio de él y de Palani fue la vela del Queenie desvaneciéndose en dirección de la isla más cercana en
el oeste.
Los aldeanos creyeron que nunca dejarían de comentar cómo Birt, el sobrino de Goody Guld, se había vuelto loco y había escapado en un bote con la maestra el mismo día que el buhonero Barbanegra desapareció sin dejar rastro, abandonando todas sus plumas y cuentas. Pero tres días más tarde dejaron de
comentarlo pues tuvieron otras cosas que comentar, cuando el señor Bajocolina salió por fin de su cueva. El señor Bajocolina había resuelto que ya que su verdadero nombre no era más un secreto, bien podía abandonar su disfraz. Caminar era mucho más difícil que volar, y además hacía mucho, mucho tiempo que no comía una verdadera comida.
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