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Peligro para caminantes - Leonardo Valencia

Una tarde separados del resto de la familia no es mucho para darse una escapada por la ciudad, así lo entiende Elvina. Las vacaciones llegan a su fin y Massimiliano debe tener la sensación de que Roma se le desvanece una vez más entre las manos. Al menos de su mano derecha. Un guante de cuero negro cubre discretamente el muñón del antebrazo izquierdo.
 
—Te entiendo —dice Elvina, que ha asumido el defecto de su esposo desde el día que lo conoció—. Pero vamos a pasear sin los niños.
 
A las tres de la tarde ya están caminando a solas a lo largo del Tíber. El no deja de decirle lo bueno de haber regresado después de cinco años a visitar a su familia. Cuando Massimiliano estaba soltero solía visitar Roma cada dos años. Así no perdía el acento de su italiano, engordaba siete kilos que hacía desaparecer en dietas de dos meses, y sentía una satisfacción del deber cumplido con aquella familia a la que concebía como una felicidad permanente. 
 
Eso había sido Roma para él. Así se la habían creado sus padres cuando emigraron, así decidió mantenerla en su recuerdo, y de esa forma se lo había contado a ella. Volver cada cierto tiempo le daba lozanía al recuerdo, pero sin proporcionarle tanta consistencia de realidad como para verse obligado a enfrentarlo. 
 
Ahora, las dos últimas veces, ha vuelto con Elvina, y la familia no deja de festejarlo. Los días han pasado entre comidas y paseos. Más que nunca, Massimiliano se da cuenta de que ya no podrá volver a darse el gusto de antes de vagar por Roma tratando de descubrir lo que miles de turistas descubren en los tours de cada día. 
 
Pero esta vez, con ella a su lado y con la oportunidad de hacerlo, no quiere ponerse a descubrir Roma. Quiere mostrársela, compartir los rincones imposibles que perdió en otros paseos, en otras tardes, sin ella. Por eso la lleva a los mismos sitios por donde solía deambular sin rumbo previsto. Empieza por los gatos tristes que merodean por la estatua de Trilussa en Trastevere.

 
 
El cuestor Lucio Polibio giraba en torno de Ahmed. Le pedía explicaciones, lo insultaba, pegándole con el látigo, con la mano, furioso, arrebatado. Una máscara de piedra de metro y medio de diámetro, circular, con tres huecos en forma de ojos y boca, y de quince centímetros de espesor, había sido colocada de pie en los jardines de la villa aquella mañana. 
 
La máscara miraba hacia las habitaciones del cuestor con un gesto para el horror. Su esposa, Flavia, lo vio al despertarse y gritó. Ahmed, el esclavo sirio, estaba junto a la máscara.
 
Ahmed repetía con voz temblorosa que no sabía nada. Aun así, la tez morena y humillada del esclavo no conmovía a Lucio Polibio. No dejaba de escuchar una y otra vez las preguntas por la extraña aparición de la máscara.
 
—¡Algo sabes, sirio miserable! —le gritaba el cuestor—. ¡Algo sabes y no quieres decirlo! ¡Habla de una vez, bastardo!...
 
El alboroto despertó a la guardia del cuestor. Su capitán, Attilio, preguntó qué ocurría. Se lo explicó Flavia mientras Lucio seguía fustigando al esclavo. Había rumores de temer en toda Roma. Enviados del otro lado de los Cárpatos se estaban asentando clandestinamente en Roma para preparar un complot. Según las versiones más difundidas, estaban colocando una serie de amuletos que les permitirían conquistar Roma sometiéndola a un ensueño vaporoso. Pero eran sólo suposiciones. 
 
Las familias patricias reforzaron sus guardias y el César se encargó de desmentir los rumores en el tribunado militar. Roma no caería por murmullos. Pero ese día, cuando Flavia se levantó y encontró la máscara, los temores le empezaron a parecer fundados.
 
Attilio seguía escuchando en silencio. No le sorprendía lo de la máscara, pero estaba humillado. La guardia a su mando no había ni siquiera visto a quienes ingresaron la máscara de piedra al jardín de los Polibio. Tan sólo Ahmed parecía haber escuchado unos ruidos. 
 
Cuando Flavia vio la máscara, había encontrado a Ahmed tratando de moverla. Aun así, pensaba Attilio, el ensañamiento del cuestor con Ahmed era injustificado. El esclavo, tan anciano y tan humilde como para ser gestor de una estratagema, le merecía cierto respeto. Decidió acercarse a su barraca en la tarde para hablar con él.
 
Lo encontró reclinado sobre una canastilla con hojas de pino y cortezas desmenuzadas. Echaba un poco de agua caliente para preparar una ablución. Se detuvo apenas vio al capitán de la guardia.
 
—Sigue —le indicó al esclavo—. Termina lo que estás haciendo y entonces hablamos.
 
Attilio no se fue de la habitación. Vio a Ahmed cumplir su ceremonia. Luego de verter el agua caliente, echó una sustancia terrosa en el recipiente, se cubrió con una tela gruesa y sucia e inhaló el vapor de la ablución. Al despojarse de la tela, el rostro de Ahmed estaba menos áspero, sudaba, y resplandecía de limpia su piel oscura. Vertió el líquido hirviente a un costado.
 
—Ahora hablemos —dijo Attilio.


 
Su esposo la agarra de la mano y está feliz. Saltan a un tranvía, se acomodan junto a una ventana, él la abraza por atrás y observa la avenida, la gente en la parada, los automóviles, las tiendas.
 
—Esta ciudad nunca acaba —le escucha decir—. Cada vez que vengo tiene algo nuevo.
 
Pasan por el río Tíber. La estrechez nerviosa y firme de la isla Tiberina siempre conmueve a Massimiliano. A lo largo de las orillas, ambas revestidas de piedra, se extienden dos hileras de árboles en su mejor verdor. Las aguas del río, esplendorosamente sucias, densas, siguen corriendo hacia Ostia bajo un cielo ligero. 
 
Elvina deja de contemplar el río y ve por el rabillo del ojo a su esposo. No lo encuentra taciturno. Está tranquilo y silencioso.
 
—A veces me pregunto —le dice—, ¿cómo es que no volviste a Italia para radicarte? Acá tienes tanta familia. No te faltan vínculos. 
 
Dos señoras mal vestidas y cargadas de bolsas suenan el botón rojo de la parada del tranvía. En unos segundos chirrían las ruedas como si les afectara un dolor de rutina. Se detienen. Bajan. Suben pasajeros, circulan, cuchichean, toman asiento, se acomodan. El tranvía se pone en marcha de nuevo, traqueteando con una simple felicidad de armatoste, y las voces se vuelven un solo murmullo con el tránsito y la ciudad.
 
—Tú eres una razón —dice Massimiliano.
—Sí, sí, pero yo vengo después —niega ella—. Me refiero a mucho antes.
 
Llegan a la plaza Argentina. Massimiliano le sugiere bajar para contemplar las excavaciones y luego enrumbar por una callecita secundaria hasta el Panteón. A esta hora hay pocos turistas. La ciudad está tranquila, menos ruidosa, más fácil de recorrer. Los gatos gordos de las ruinas, peludos y lerdos, sin fe, se contonean sin apresuramientos, nadie se detiene a verlos. Ni siquiera están tristes: están indiferentes. 
 
Una vieja andrajosa, durante muchos años la holgazana más asidua del recinto, vestida con las hilachas de un antiguo abrigo y apoyada en un bastón, se les aproxima lentamente. Los gatos rompen su mutismo, maúllan, piden de comer, alzan las orejas muy despacio. La vieja les habla.
 
—Fueron muchas razones —responde Massimiliano—. Ahora ya no distingo cuál fue la principal. ¿Quién puede hacerlo? ¿Acaso soy el indicado? ¿Acaso tú? Lo que sí sé es que nunca me hubiera quedado en Roma. Esta ciudad me resulta más agradable de lejos. Sí, de lejos. Si viviera aquí seguido, todo se borraría. Míralo a mi tío Orlando. Nunca en su vida entró al Coliseo Romano ni al Museo Vaticano, ni fue a Ostia Antica, ni siquiera ha caminado por la Nomentana, ni conoce las fuentes de Villa D'Este. Nunca. Como si no supiera que está viviendo en Roma. De manera que algo me decía siempre: mantén lejos a Roma. Después vino lo de mi mano, el nuevo trabajo, tú, la casa, los niños. De pronto ya tenía un mundo propio, como todos, y me gustó así.
 
Menciona la pérdida de su mano porque eso distorsionó sus proyectos. La hacienda de sus padres era exigente, aun para un manco emprendedor que gustaba de las labores del campo. Y partir para Italia así de incapacitado no le auguraba ningún trabajo fácil. Debía olvidar su sueño de hacendado, pero encontró una alternativa. 
 
No es indispensable su mano perdida, se mantiene junto al ámbito del agro y le pagan bien. Es técnico en alimentos. Se ha destacado a nivel académico, y en cuestión de dos años ha pasado a formar parte de la Universidad Politécnica. No le exigen las dos manos, sino la destreza de sus conocimientos.
 
—Entonces no fue tan grave —dice Elvina.
—No he dicho nunca que haya sido grave.
—Te lo digo —continúa ella— porque así, gracias a tu trabajo, has venido de vez en cuando a Italia. A ti te gusta, los niños ven nuevos lugares y yo me doy por satisfecha. No pides más. No necesitas más. Está bien así como se te dieron las cosas. ¿No crees? ¿No te parece así?
 
Massimiliano no responde. Observa a la vieja levantando el bastón, insultando a los gatos, correteando, agitando en el aire las hilachas del inútil abrigo. Algunos gatos que están junto a ella salen espantados. De lejos, el resto de los felinos se fijan en el rostro irascible de la vieja, se estiran, dan media vuelta y la desprecian. No olvidan el rostro. Nunca lo olvidan. Hoy tampoco les ha llevado comida.


 
Attilio salió convencido de la barraca. La enorme máscara de piedra que estaba en la villa de Lucio Polibio no tenía ningún vínculo con Ahmed. No sabía nada, no vio nada, fue una casualidad que lo encontraran junto a la máscara. Luego de conocerlo hasta le dio lástima saber que el esclavo sobrellevara a sus años la condición de extranjero y siervo. 
 
Lo dejó recuperándose del castigo y no lo molestó más. Pero tenía que hablar con el cuestor. El asunto no podía quedar así. El prestigio de la guardia imperial estaba ahora en juego. Empezó a investigar al detalle las horas y salidas de todos los visitantes de la villa. Instaló espías nocturnos cerca de las casas de los cristianos, los griegos, los judíos y los egipcios. Pidió informes detallados a sus superiores sobre los rumores que le contara Flavia. 
 
Envió a dos de sus mejores hombres de confianza a la biblioteca de la Villa Adriana para que leyeran todo manuscrito que hablara sobre máscaras. Prometió una recompensa de tres talentos a los soldados que descubrieran a los culpables. Por último, se afincó en la casa del cuestor para protegerlo de cualquier atentado. 
 
Todas las cabezas nobles de Roma estaban bajo riesgo si ocurría un sabotaje.
Pasaron las semanas y no ocurrió nada. La villa de Lucio Polibio estaba ordenada y segura con el rigor de siempre. Sólo la máscara de piedra seguía en el jardín.
Nadie la había cambiado de lugar. 
 
Attilio merodeaba junto a la máscara luego de almorzar. La observaba sin apremio, meticuloso, casi gozoso de enfrentarse a un reto que no podía resolver. Y cuando lo encontraban junto a la máscara, los habitantes de la villa sabían que el capitán Attilio estaba buscando una solución y un culpable.
 
—¿Por qué juega tanto con la máscara? —le preguntó Antonio, el menor de los hijos de Lucio Polibio, a su nodriza.
La mujer le sonrió:
—No juega.
—Entonces —preguntó Antonio—, ¿qué hace?
—¿Por qué no se lo preguntas a él mismo? —le insinuó.
El niño dejó atrás a su nodriza y avanzó hacia Attilio. La máscara de piedra lo miraba con sus ojos huecos. El niño sintió miedo, dudó en acercarse, no avanzaba. Attilio lo vio venir, entendió su temor y le sonrió. Antonio empezó a calmarse. Contempló sin tanto temor la máscara.
—Es rara esa máscara —le dijo, sin atreverse a preguntar por qué él estaba siempre cerca—. ¿A usted le gusta?
Attilio responde que no le gustaba, pero que efectivamente era extraña.
—Me da miedo —dijo el niño—. ¿Por qué papá quiso ponerla aquí?
—Él no la puso aquí —le explica Attilio.
—Entonces le voy a decir que la saque.
—¿Te parece?
—Sí —decía convencido el niño—. Le voy a decir que la saque.
 
Antonio se alejó buscando a su nodriza. Attilio lo vio alejarse y regresó hacia la máscara. La observaba. Se estaba enmoheciendo, como si se hubiera ablandado por las últimas lluvias. Una pátina verdosa empezaba a extenderse sobre las comisuras de la boca entreabierta. «Una saliva verde», pensó, «una saliva verde que cae de las fauces». Seguía pensando en esto —«fauces, fauces»— hasta que llegó corriendo uno de los soldados.
 
Eran malas noticias. Habían asesinado al cuestor Nubius, a dos esclavos sicilianos, a una mujer griega y a un niño. Súbitamente la ciudad estaba alterada, el comercio se había detenido, el César convocaba a una reunión del Senado, y el ejército imperial debía estar en guardia. 
 
Attilio comprendió que sus informantes no estuvieron en los lugares adecuados y que las últimas semanas se desvinculó de la realidad recluyéndose en la villa. Demasiados errores juntos y Lucio Polibio lo sabría, esta vez sí le llamaría la atención y no recomendaría nunca un ascenso. Debía encontrar una solución esa noche.
 
Al día siguiente llevaron la máscara de piedra al Foro de Augusto. Attilio ordenó que se hiciera un orificio del tamaño de la máscara en una de las paredes. Luego la empotrarían. Demoraron dos días en hacerlo. Al tercero, el ejército se afincó en las explanadas de las termas y Roma tuvo curiosidad. 
 
Al cuarto día, el César se apersonó en el lugar, supo más de ese casi desconocido capitán Attilio y presenció junto al resto de los patricios la exhortación del pontífice de Roma. Detrás del sacerdote, la máscara de piedra no cedía en ninguno de los rasgos de su rostro feroz.
Terminado el sermón, los soldados de Attilio trajeron atado de manos a Ahmed. Lo agarraron tres verdugos. Hicieron que metiera su mano dentro de la boca de la máscara. El sacerdote lo empezó a interrogar.
El esclavo sólo negaba... negaba... negaba...


 
Llevan horas caminando y está por atardecer. Han llegado a la explanada de la Fuente de los Tritones. A un costado, la iglesia de Santa María en Cosmedin y unos cuantos turistas japoneses, suecos, venezolanos. Frente a la iglesia se yergue el templete de Vesta, circular, perfecto, cerrado: una de las pocas ruinas romanas que han permanecido intactas. 
 
Hay pocos automóviles estacionados en la plaza, pasa un carruaje, sólo molesta el tránsito ruidoso de los carros del Lungotevere. Elvina se sienta un momento y deja que su esposo vaya a curiosear por el templete. Las explicaciones de la guía del grupo que está a su lado no la incomodan.
 
—Existe otro templo de Vesta en el Foro Romano —dice la guía, la voz modulada, rápida, sin pensar en lo que repite todos los días, sin importarle a quién—. Éste que vemos ha tomado el mismo nombre por su forma circular. Sin embargo, a pesar de su nombre, no tiene ninguna relación con el culto de Vesta y parece que estaba dedicado a Portumnus, divinidad del puerto fluvial, o bien al Dios Sol. 
 
Es un templo pagano muy bello. Su origen se remonta al primer siglo del Imperio, con una celda cilíndrica construida en bloques de mármol blanco rodeada por columnas corintias...
 
Está cansada por la caminata. Pero está feliz: Massimiliano sonríe, la abrazó como si fueran novios y le dijo palabras cariñosas. Pronto volverían al trajín de todos los días y al trabajo. Ha valido la pena. Massimiliano merecía un buen descanso y, más que eso, una satisfacción que le compensara sus amarguras, la distancia tensa con su familia, esa mano dichosa que tanto tiempo lo ha atormentado.
 
Ve a su marido junto al templete, ve el guante de cuero negro cubriéndole el muñón mientras Massimiliano lo esconde en el bolsillo de su chaqueta. Un muchacho pelirrojo y su novia se le acercan, algo le dicen y le dan su cámara. El no se indispone, les sonríe. Coge la cámara con la mano derecha, sin sacar del bolsillo de la chaqueta el muñón indignante, y se prepara para tomar la foto. 
 
Elvina más que mirarlo lo admira, se siente segura con él, tanta iniciativa, tanto empeño para no dejarse vencer, tanta fuerza frente a un accidente injusto. Él ha solucionado su problema de una forma tal que ella nunca hubiera podido hacerlo. Así que ya no hay ningún problema, todo se puede olvidar, todo se olvida y seguimos viviendo, se dice, feliz, sonrosada.
 
Su marido continúa tomando fotos a la pareja, que no deja de pedirle una y otra más. El grupo de turistas sigue con curiosidad la voz de la guía.
 
—Esta fuente barroca —dice—, conocida como la Fuente de los Tritones, fue construida en 1715 con la colaboración de Francesco Moratti, que esculpió los dos tritones que sostienen la concha que ustedes pueden ver... Ahora pasemos al área del Templo de Hércules, donde surge la antiquísima iglesia que tenemos ante nosotros...
 
Elvina no quiere perderse la explicación. Comprueba que su marido sigue ocupado con las fotos de la pareja y decide seguir al grupo. Estará cerca, en la iglesia. Massimiliano la encontrará de inmediato. Se aleja de la fuente y va acercándose a la iglesia.
 
—Su origen se remonta al siglo VI —continúa la mujer—. Fue ampliada por Adriano I en el siglo VIII, transformada por Nicolás I, restaurada varias veces y, en fin, por los años 94 y 99 del siglo pasado, Gian Battista Giovenale restableció su originaria estructura medieval. De modo que todo volvió a su sitio. ¡Saben cuánto lo odiarían los otros artistas a Giovenale! ¡Tanto cambio para volver a lo mismo!
 
El grupo ríe y Elvina también. La guía los lleva dentro de la iglesia y pide que no se separen del grupo. Cruzan el pórtico, se apretujan, y en el rellano de la entrada a la iglesia, se detienen por el susto de los primeros en verla. Una enorme máscara de piedra pende de una pared y los mira con ojos de guardián.
 
—No se asusten —advierte la guía a los niños del grupo—, es sólo una máscara. Esta máscara ha dado también el nombre a la plaza en la que estamos. Es la famosa Boca de la Verdad. Seguramente vieron esa película donde Gregory Peck pone su mano en la boca y mira a su chica diciéndole que si está mintiendo la Boca de la Verdad le volaría la mano. La introduce y pega un grito, y la chica, obviamente, se espanta. Todo era una broma del personaje. Pues bien, no fue tan broma. 
 
Según una leyenda muy difundida, esta máscara era utilizada en la época romana para juzgar a los delincuentes. Se les preguntaba si habían o no cometido tal o cual delito, debían meter su mano en la boca de la máscara y declarar. Si mentían, la boca les amputaría la mano de un solo mordisco. El truco estaba en que detrás de la máscara, al otro lado de la pared, había un verdugo con un hacha. Era una manera de hacer temer a los posibles delincuentes para que dijeran la verdad antes de poner la mano en la boca. 
 
Pero hubo muchos inocentes. Se dice que más de diez mil manos fueron cortadas por este atroz y bárbaro sistema de miedo. Ahora sólo es una piedra, por suerte. Pero si quieren pueden probar a decir una mentira.
 
El grupo se relaja, respira. Miran con menos miedo a la enorme máscara de piedra. Dos niños se aproximan a las fauces de la máscara, tocan la piedra, la acarician: está desgastada, comprueban. Está sucia, piensan. La dejan y vuelven al resto del grupo que entra en la iglesia.
 
Pero Elvina se separa de ellos, se abre paso entre el grupo, mira hacia la calle y comprende: Massimiliano está ahí, como si no hubiera pasado nada. Sigue tomando fotos al chico pelirrojo y a su novia con su hábil mano derecha, una y otra vez a pedido de la pareja, y una vez más, como si no fueran a volver nunca a Roma. Y es que la pareja nunca volverá a Roma. No tendrá la suerte de Massimiliano de volver siempre a Roma.

Axolotl - Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
 
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port-Royal, tomé St. Marcel y L'Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. 

Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes
y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa. 
 
En la biblioteca Sainte-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblystoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. 

Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. 

No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido
y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. 

Lo
s axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (solo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. 

Turbado, casi avergonzado, sent
í como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. 

Vi un cuerpecito rosado y como traslúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetro
s, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. 

Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. 

Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y lo inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. 

La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, solo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendidura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. 

Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se endere
zaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. 

Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
 
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probaron que eran capaces de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. 

Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. 

Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
 
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. 

La absoluta falta de semejanza de
los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Solo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
 
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». 

Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóvil
es; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. 

En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. 

Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
 
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. 

Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era como si me i
nfluyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
 
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. 

Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. 

Inút
ilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
 
Solo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. 

Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era
un axolotl y estaba en mi mundo. 

El horror venía —lo supe en el mismo momento— de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. 

Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
 
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. 

Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obs
esionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. 

Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él —ah, solo en cierto modo—, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es solo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. 

Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

La máscara de la Muerte Roja - Edgar Allan Poe

La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. 

Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.


Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. 

Era esta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. 

Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto, era una locura afligirse o meditar. 

El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.


Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permítanme que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete —una serie imperial de estancias—. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. 

Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta yardas había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. 

Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un profundo color de sangre.


A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. 

Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero, cuyos rayos proyectábanse a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. 

Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que, a través de los cristales de color de sangre, se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies.


En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. 

Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta minutos (que abarcan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye), el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.


Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba.

El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, y su gusto había guiado la elección de los disfraces. Grotescos eran estos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico —mucho de eso que más tarde habría de encontrarse en Hernani—. 

Se veían figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes; se veían fantasías delirantes, como las que aman los maníacos. Abundaba allí lo hermoso, lo extraño, lo licencioso, y no faltaba lo terrible y lo repelente. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.


Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden —apenas han durado un instante—, y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. 

Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose de aquí para allá con más alegría que nunca coloreándose al pasar ante las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquel cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.


Se congregó densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesación angustiosa. 

Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. 

Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, se alzó al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia.


En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba, incluso, más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. 

En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aun el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. 

Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. 

Cierto; aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.


Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), se convulsioóo en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero, al punto, su frente enrojeció de rabia.

—¿Quién se atreve —preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban—, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Atrápenlo y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre osado y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado se encontraba el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y deliberado. 

Mas la indecible aprensión que la insana apariencia del enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó este a una yarda del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente, pero con el mismo solemne y mesurado paso que desde el principio lo había distinguido. 

Y de la cámara azul pasó a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde esta a la blanca y de allí a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. 

Puñal en mano, se acercó impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando esta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyeron un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra y el príncipe Próspero se desplomaba muerto.


Reuniendo el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna forma tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre, y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.