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Peligro para caminantes - Leonardo Valencia

Una tarde separados del resto de la familia no es mucho para darse una escapada por la ciudad, así lo entiende Elvina. Las vacaciones llegan a su fin y Massimiliano debe tener la sensación de que Roma se le desvanece una vez más entre las manos. Al menos de su mano derecha. Un guante de cuero negro cubre discretamente el muñón del antebrazo izquierdo.
 
—Te entiendo —dice Elvina, que ha asumido el defecto de su esposo desde el día que lo conoció—. Pero vamos a pasear sin los niños.
 
A las tres de la tarde ya están caminando a solas a lo largo del Tíber. El no deja de decirle lo bueno de haber regresado después de cinco años a visitar a su familia. Cuando Massimiliano estaba soltero solía visitar Roma cada dos años. Así no perdía el acento de su italiano, engordaba siete kilos que hacía desaparecer en dietas de dos meses, y sentía una satisfacción del deber cumplido con aquella familia a la que concebía como una felicidad permanente. 
 
Eso había sido Roma para él. Así se la habían creado sus padres cuando emigraron, así decidió mantenerla en su recuerdo, y de esa forma se lo había contado a ella. Volver cada cierto tiempo le daba lozanía al recuerdo, pero sin proporcionarle tanta consistencia de realidad como para verse obligado a enfrentarlo. 
 
Ahora, las dos últimas veces, ha vuelto con Elvina, y la familia no deja de festejarlo. Los días han pasado entre comidas y paseos. Más que nunca, Massimiliano se da cuenta de que ya no podrá volver a darse el gusto de antes de vagar por Roma tratando de descubrir lo que miles de turistas descubren en los tours de cada día. 
 
Pero esta vez, con ella a su lado y con la oportunidad de hacerlo, no quiere ponerse a descubrir Roma. Quiere mostrársela, compartir los rincones imposibles que perdió en otros paseos, en otras tardes, sin ella. Por eso la lleva a los mismos sitios por donde solía deambular sin rumbo previsto. Empieza por los gatos tristes que merodean por la estatua de Trilussa en Trastevere.

 
 
El cuestor Lucio Polibio giraba en torno de Ahmed. Le pedía explicaciones, lo insultaba, pegándole con el látigo, con la mano, furioso, arrebatado. Una máscara de piedra de metro y medio de diámetro, circular, con tres huecos en forma de ojos y boca, y de quince centímetros de espesor, había sido colocada de pie en los jardines de la villa aquella mañana. 
 
La máscara miraba hacia las habitaciones del cuestor con un gesto para el horror. Su esposa, Flavia, lo vio al despertarse y gritó. Ahmed, el esclavo sirio, estaba junto a la máscara.
 
Ahmed repetía con voz temblorosa que no sabía nada. Aun así, la tez morena y humillada del esclavo no conmovía a Lucio Polibio. No dejaba de escuchar una y otra vez las preguntas por la extraña aparición de la máscara.
 
—¡Algo sabes, sirio miserable! —le gritaba el cuestor—. ¡Algo sabes y no quieres decirlo! ¡Habla de una vez, bastardo!...
 
El alboroto despertó a la guardia del cuestor. Su capitán, Attilio, preguntó qué ocurría. Se lo explicó Flavia mientras Lucio seguía fustigando al esclavo. Había rumores de temer en toda Roma. Enviados del otro lado de los Cárpatos se estaban asentando clandestinamente en Roma para preparar un complot. Según las versiones más difundidas, estaban colocando una serie de amuletos que les permitirían conquistar Roma sometiéndola a un ensueño vaporoso. Pero eran sólo suposiciones. 
 
Las familias patricias reforzaron sus guardias y el César se encargó de desmentir los rumores en el tribunado militar. Roma no caería por murmullos. Pero ese día, cuando Flavia se levantó y encontró la máscara, los temores le empezaron a parecer fundados.
 
Attilio seguía escuchando en silencio. No le sorprendía lo de la máscara, pero estaba humillado. La guardia a su mando no había ni siquiera visto a quienes ingresaron la máscara de piedra al jardín de los Polibio. Tan sólo Ahmed parecía haber escuchado unos ruidos. 
 
Cuando Flavia vio la máscara, había encontrado a Ahmed tratando de moverla. Aun así, pensaba Attilio, el ensañamiento del cuestor con Ahmed era injustificado. El esclavo, tan anciano y tan humilde como para ser gestor de una estratagema, le merecía cierto respeto. Decidió acercarse a su barraca en la tarde para hablar con él.
 
Lo encontró reclinado sobre una canastilla con hojas de pino y cortezas desmenuzadas. Echaba un poco de agua caliente para preparar una ablución. Se detuvo apenas vio al capitán de la guardia.
 
—Sigue —le indicó al esclavo—. Termina lo que estás haciendo y entonces hablamos.
 
Attilio no se fue de la habitación. Vio a Ahmed cumplir su ceremonia. Luego de verter el agua caliente, echó una sustancia terrosa en el recipiente, se cubrió con una tela gruesa y sucia e inhaló el vapor de la ablución. Al despojarse de la tela, el rostro de Ahmed estaba menos áspero, sudaba, y resplandecía de limpia su piel oscura. Vertió el líquido hirviente a un costado.
 
—Ahora hablemos —dijo Attilio.


 
Su esposo la agarra de la mano y está feliz. Saltan a un tranvía, se acomodan junto a una ventana, él la abraza por atrás y observa la avenida, la gente en la parada, los automóviles, las tiendas.
 
—Esta ciudad nunca acaba —le escucha decir—. Cada vez que vengo tiene algo nuevo.
 
Pasan por el río Tíber. La estrechez nerviosa y firme de la isla Tiberina siempre conmueve a Massimiliano. A lo largo de las orillas, ambas revestidas de piedra, se extienden dos hileras de árboles en su mejor verdor. Las aguas del río, esplendorosamente sucias, densas, siguen corriendo hacia Ostia bajo un cielo ligero. 
 
Elvina deja de contemplar el río y ve por el rabillo del ojo a su esposo. No lo encuentra taciturno. Está tranquilo y silencioso.
 
—A veces me pregunto —le dice—, ¿cómo es que no volviste a Italia para radicarte? Acá tienes tanta familia. No te faltan vínculos. 
 
Dos señoras mal vestidas y cargadas de bolsas suenan el botón rojo de la parada del tranvía. En unos segundos chirrían las ruedas como si les afectara un dolor de rutina. Se detienen. Bajan. Suben pasajeros, circulan, cuchichean, toman asiento, se acomodan. El tranvía se pone en marcha de nuevo, traqueteando con una simple felicidad de armatoste, y las voces se vuelven un solo murmullo con el tránsito y la ciudad.
 
—Tú eres una razón —dice Massimiliano.
—Sí, sí, pero yo vengo después —niega ella—. Me refiero a mucho antes.
 
Llegan a la plaza Argentina. Massimiliano le sugiere bajar para contemplar las excavaciones y luego enrumbar por una callecita secundaria hasta el Panteón. A esta hora hay pocos turistas. La ciudad está tranquila, menos ruidosa, más fácil de recorrer. Los gatos gordos de las ruinas, peludos y lerdos, sin fe, se contonean sin apresuramientos, nadie se detiene a verlos. Ni siquiera están tristes: están indiferentes. 
 
Una vieja andrajosa, durante muchos años la holgazana más asidua del recinto, vestida con las hilachas de un antiguo abrigo y apoyada en un bastón, se les aproxima lentamente. Los gatos rompen su mutismo, maúllan, piden de comer, alzan las orejas muy despacio. La vieja les habla.
 
—Fueron muchas razones —responde Massimiliano—. Ahora ya no distingo cuál fue la principal. ¿Quién puede hacerlo? ¿Acaso soy el indicado? ¿Acaso tú? Lo que sí sé es que nunca me hubiera quedado en Roma. Esta ciudad me resulta más agradable de lejos. Sí, de lejos. Si viviera aquí seguido, todo se borraría. Míralo a mi tío Orlando. Nunca en su vida entró al Coliseo Romano ni al Museo Vaticano, ni fue a Ostia Antica, ni siquiera ha caminado por la Nomentana, ni conoce las fuentes de Villa D'Este. Nunca. Como si no supiera que está viviendo en Roma. De manera que algo me decía siempre: mantén lejos a Roma. Después vino lo de mi mano, el nuevo trabajo, tú, la casa, los niños. De pronto ya tenía un mundo propio, como todos, y me gustó así.
 
Menciona la pérdida de su mano porque eso distorsionó sus proyectos. La hacienda de sus padres era exigente, aun para un manco emprendedor que gustaba de las labores del campo. Y partir para Italia así de incapacitado no le auguraba ningún trabajo fácil. Debía olvidar su sueño de hacendado, pero encontró una alternativa. 
 
No es indispensable su mano perdida, se mantiene junto al ámbito del agro y le pagan bien. Es técnico en alimentos. Se ha destacado a nivel académico, y en cuestión de dos años ha pasado a formar parte de la Universidad Politécnica. No le exigen las dos manos, sino la destreza de sus conocimientos.
 
—Entonces no fue tan grave —dice Elvina.
—No he dicho nunca que haya sido grave.
—Te lo digo —continúa ella— porque así, gracias a tu trabajo, has venido de vez en cuando a Italia. A ti te gusta, los niños ven nuevos lugares y yo me doy por satisfecha. No pides más. No necesitas más. Está bien así como se te dieron las cosas. ¿No crees? ¿No te parece así?
 
Massimiliano no responde. Observa a la vieja levantando el bastón, insultando a los gatos, correteando, agitando en el aire las hilachas del inútil abrigo. Algunos gatos que están junto a ella salen espantados. De lejos, el resto de los felinos se fijan en el rostro irascible de la vieja, se estiran, dan media vuelta y la desprecian. No olvidan el rostro. Nunca lo olvidan. Hoy tampoco les ha llevado comida.


 
Attilio salió convencido de la barraca. La enorme máscara de piedra que estaba en la villa de Lucio Polibio no tenía ningún vínculo con Ahmed. No sabía nada, no vio nada, fue una casualidad que lo encontraran junto a la máscara. Luego de conocerlo hasta le dio lástima saber que el esclavo sobrellevara a sus años la condición de extranjero y siervo. 
 
Lo dejó recuperándose del castigo y no lo molestó más. Pero tenía que hablar con el cuestor. El asunto no podía quedar así. El prestigio de la guardia imperial estaba ahora en juego. Empezó a investigar al detalle las horas y salidas de todos los visitantes de la villa. Instaló espías nocturnos cerca de las casas de los cristianos, los griegos, los judíos y los egipcios. Pidió informes detallados a sus superiores sobre los rumores que le contara Flavia. 
 
Envió a dos de sus mejores hombres de confianza a la biblioteca de la Villa Adriana para que leyeran todo manuscrito que hablara sobre máscaras. Prometió una recompensa de tres talentos a los soldados que descubrieran a los culpables. Por último, se afincó en la casa del cuestor para protegerlo de cualquier atentado. 
 
Todas las cabezas nobles de Roma estaban bajo riesgo si ocurría un sabotaje.
Pasaron las semanas y no ocurrió nada. La villa de Lucio Polibio estaba ordenada y segura con el rigor de siempre. Sólo la máscara de piedra seguía en el jardín.
Nadie la había cambiado de lugar. 
 
Attilio merodeaba junto a la máscara luego de almorzar. La observaba sin apremio, meticuloso, casi gozoso de enfrentarse a un reto que no podía resolver. Y cuando lo encontraban junto a la máscara, los habitantes de la villa sabían que el capitán Attilio estaba buscando una solución y un culpable.
 
—¿Por qué juega tanto con la máscara? —le preguntó Antonio, el menor de los hijos de Lucio Polibio, a su nodriza.
La mujer le sonrió:
—No juega.
—Entonces —preguntó Antonio—, ¿qué hace?
—¿Por qué no se lo preguntas a él mismo? —le insinuó.
El niño dejó atrás a su nodriza y avanzó hacia Attilio. La máscara de piedra lo miraba con sus ojos huecos. El niño sintió miedo, dudó en acercarse, no avanzaba. Attilio lo vio venir, entendió su temor y le sonrió. Antonio empezó a calmarse. Contempló sin tanto temor la máscara.
—Es rara esa máscara —le dijo, sin atreverse a preguntar por qué él estaba siempre cerca—. ¿A usted le gusta?
Attilio responde que no le gustaba, pero que efectivamente era extraña.
—Me da miedo —dijo el niño—. ¿Por qué papá quiso ponerla aquí?
—Él no la puso aquí —le explica Attilio.
—Entonces le voy a decir que la saque.
—¿Te parece?
—Sí —decía convencido el niño—. Le voy a decir que la saque.
 
Antonio se alejó buscando a su nodriza. Attilio lo vio alejarse y regresó hacia la máscara. La observaba. Se estaba enmoheciendo, como si se hubiera ablandado por las últimas lluvias. Una pátina verdosa empezaba a extenderse sobre las comisuras de la boca entreabierta. «Una saliva verde», pensó, «una saliva verde que cae de las fauces». Seguía pensando en esto —«fauces, fauces»— hasta que llegó corriendo uno de los soldados.
 
Eran malas noticias. Habían asesinado al cuestor Nubius, a dos esclavos sicilianos, a una mujer griega y a un niño. Súbitamente la ciudad estaba alterada, el comercio se había detenido, el César convocaba a una reunión del Senado, y el ejército imperial debía estar en guardia. 
 
Attilio comprendió que sus informantes no estuvieron en los lugares adecuados y que las últimas semanas se desvinculó de la realidad recluyéndose en la villa. Demasiados errores juntos y Lucio Polibio lo sabría, esta vez sí le llamaría la atención y no recomendaría nunca un ascenso. Debía encontrar una solución esa noche.
 
Al día siguiente llevaron la máscara de piedra al Foro de Augusto. Attilio ordenó que se hiciera un orificio del tamaño de la máscara en una de las paredes. Luego la empotrarían. Demoraron dos días en hacerlo. Al tercero, el ejército se afincó en las explanadas de las termas y Roma tuvo curiosidad. 
 
Al cuarto día, el César se apersonó en el lugar, supo más de ese casi desconocido capitán Attilio y presenció junto al resto de los patricios la exhortación del pontífice de Roma. Detrás del sacerdote, la máscara de piedra no cedía en ninguno de los rasgos de su rostro feroz.
Terminado el sermón, los soldados de Attilio trajeron atado de manos a Ahmed. Lo agarraron tres verdugos. Hicieron que metiera su mano dentro de la boca de la máscara. El sacerdote lo empezó a interrogar.
El esclavo sólo negaba... negaba... negaba...


 
Llevan horas caminando y está por atardecer. Han llegado a la explanada de la Fuente de los Tritones. A un costado, la iglesia de Santa María en Cosmedin y unos cuantos turistas japoneses, suecos, venezolanos. Frente a la iglesia se yergue el templete de Vesta, circular, perfecto, cerrado: una de las pocas ruinas romanas que han permanecido intactas. 
 
Hay pocos automóviles estacionados en la plaza, pasa un carruaje, sólo molesta el tránsito ruidoso de los carros del Lungotevere. Elvina se sienta un momento y deja que su esposo vaya a curiosear por el templete. Las explicaciones de la guía del grupo que está a su lado no la incomodan.
 
—Existe otro templo de Vesta en el Foro Romano —dice la guía, la voz modulada, rápida, sin pensar en lo que repite todos los días, sin importarle a quién—. Éste que vemos ha tomado el mismo nombre por su forma circular. Sin embargo, a pesar de su nombre, no tiene ninguna relación con el culto de Vesta y parece que estaba dedicado a Portumnus, divinidad del puerto fluvial, o bien al Dios Sol. 
 
Es un templo pagano muy bello. Su origen se remonta al primer siglo del Imperio, con una celda cilíndrica construida en bloques de mármol blanco rodeada por columnas corintias...
 
Está cansada por la caminata. Pero está feliz: Massimiliano sonríe, la abrazó como si fueran novios y le dijo palabras cariñosas. Pronto volverían al trajín de todos los días y al trabajo. Ha valido la pena. Massimiliano merecía un buen descanso y, más que eso, una satisfacción que le compensara sus amarguras, la distancia tensa con su familia, esa mano dichosa que tanto tiempo lo ha atormentado.
 
Ve a su marido junto al templete, ve el guante de cuero negro cubriéndole el muñón mientras Massimiliano lo esconde en el bolsillo de su chaqueta. Un muchacho pelirrojo y su novia se le acercan, algo le dicen y le dan su cámara. El no se indispone, les sonríe. Coge la cámara con la mano derecha, sin sacar del bolsillo de la chaqueta el muñón indignante, y se prepara para tomar la foto. 
 
Elvina más que mirarlo lo admira, se siente segura con él, tanta iniciativa, tanto empeño para no dejarse vencer, tanta fuerza frente a un accidente injusto. Él ha solucionado su problema de una forma tal que ella nunca hubiera podido hacerlo. Así que ya no hay ningún problema, todo se puede olvidar, todo se olvida y seguimos viviendo, se dice, feliz, sonrosada.
 
Su marido continúa tomando fotos a la pareja, que no deja de pedirle una y otra más. El grupo de turistas sigue con curiosidad la voz de la guía.
 
—Esta fuente barroca —dice—, conocida como la Fuente de los Tritones, fue construida en 1715 con la colaboración de Francesco Moratti, que esculpió los dos tritones que sostienen la concha que ustedes pueden ver... Ahora pasemos al área del Templo de Hércules, donde surge la antiquísima iglesia que tenemos ante nosotros...
 
Elvina no quiere perderse la explicación. Comprueba que su marido sigue ocupado con las fotos de la pareja y decide seguir al grupo. Estará cerca, en la iglesia. Massimiliano la encontrará de inmediato. Se aleja de la fuente y va acercándose a la iglesia.
 
—Su origen se remonta al siglo VI —continúa la mujer—. Fue ampliada por Adriano I en el siglo VIII, transformada por Nicolás I, restaurada varias veces y, en fin, por los años 94 y 99 del siglo pasado, Gian Battista Giovenale restableció su originaria estructura medieval. De modo que todo volvió a su sitio. ¡Saben cuánto lo odiarían los otros artistas a Giovenale! ¡Tanto cambio para volver a lo mismo!
 
El grupo ríe y Elvina también. La guía los lleva dentro de la iglesia y pide que no se separen del grupo. Cruzan el pórtico, se apretujan, y en el rellano de la entrada a la iglesia, se detienen por el susto de los primeros en verla. Una enorme máscara de piedra pende de una pared y los mira con ojos de guardián.
 
—No se asusten —advierte la guía a los niños del grupo—, es sólo una máscara. Esta máscara ha dado también el nombre a la plaza en la que estamos. Es la famosa Boca de la Verdad. Seguramente vieron esa película donde Gregory Peck pone su mano en la boca y mira a su chica diciéndole que si está mintiendo la Boca de la Verdad le volaría la mano. La introduce y pega un grito, y la chica, obviamente, se espanta. Todo era una broma del personaje. Pues bien, no fue tan broma. 
 
Según una leyenda muy difundida, esta máscara era utilizada en la época romana para juzgar a los delincuentes. Se les preguntaba si habían o no cometido tal o cual delito, debían meter su mano en la boca de la máscara y declarar. Si mentían, la boca les amputaría la mano de un solo mordisco. El truco estaba en que detrás de la máscara, al otro lado de la pared, había un verdugo con un hacha. Era una manera de hacer temer a los posibles delincuentes para que dijeran la verdad antes de poner la mano en la boca. 
 
Pero hubo muchos inocentes. Se dice que más de diez mil manos fueron cortadas por este atroz y bárbaro sistema de miedo. Ahora sólo es una piedra, por suerte. Pero si quieren pueden probar a decir una mentira.
 
El grupo se relaja, respira. Miran con menos miedo a la enorme máscara de piedra. Dos niños se aproximan a las fauces de la máscara, tocan la piedra, la acarician: está desgastada, comprueban. Está sucia, piensan. La dejan y vuelven al resto del grupo que entra en la iglesia.
 
Pero Elvina se separa de ellos, se abre paso entre el grupo, mira hacia la calle y comprende: Massimiliano está ahí, como si no hubiera pasado nada. Sigue tomando fotos al chico pelirrojo y a su novia con su hábil mano derecha, una y otra vez a pedido de la pareja, y una vez más, como si no fueran a volver nunca a Roma. Y es que la pareja nunca volverá a Roma. No tendrá la suerte de Massimiliano de volver siempre a Roma.

No tengo boca y debo gritar - Harlan Ellison

    El cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno, suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora, sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén por la planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No habían rastros de sangre en la pulida superficie del piso de metal.

Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos había engañado, había hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.

Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú y se sintiera temeroso por el futuro. "¡Dios mío!", murmuró, y se alejó. Tres de nosotros lo seguimos durante un rato y lo hallamos sentado con la cabeza entre las manos. Ellen se arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó dará a través del telón de sus manos:

- ¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser capaz de soportarlo.

Era nuestro centesimonoveno año en la computadora.

Gorrister decía lo que todos sentíamos.

Nimdok (éste era el nombre que la computadora le había forzado a usar, porque se entretenía con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones que le hicieron creer que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas.

- Es otra engañifa - les dije -. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco aquella vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos van a estar podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Va a tener que darnos algo forzosamente, porque si no nos vamos a morir.

Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos, espesos, correosos como cuerdas.

Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío, pero eso ya no importaba demasiado. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de langostas; ya nada importaba: la máquina se masturbaba y teníamos que aguantar o morir.

Ellen dijo algo que fue decisivo:

- Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya unas peras o unas manzanas. Por favor Ted, probemos.

Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen me quedó agradecida. Me aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se reía juguetonamente mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse.

Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves. Gracias.

Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando las manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que si algo sucedía, nos pasara a nosotros y no la perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la de no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo.

Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día, cuando estábamos tendidos bajo el sol quemante que había materializado, nos envió maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos.

Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo. AM era tan despiadada consigo misma como con nosotros. Era una característica de su personalidad: el perfeccionismo. 

Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de su propio mundo interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era tan cuidadosa como los que la habían inventado, quienes desde largo tiempo estaban convertidos en polvo, y había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia.

Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos para averiguar. No había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa alguna que pudiera tener la más mínima importancia. Solamente la ampollada superficie de lo que durante tanto tiempo habla sido el hogar de millones de seres. Ahora solamente existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM.

Oía que Ellen decía desesperadamente:

- ¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor!

Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir:

- Voy a escaparme... Voy a escaparme - repitiéndolo una y otra vez.

Su cara, de aspecto simiesco, se hallaba marcada por una expresión de tristeza y deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que AM le había causado durante el "festival", se hallaban encogidas formando una masa de depresiones rosadas y blancas, y sus facciones parecían actuar independientemente unas de otras. Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: se había vuelto completamente loco desde hacia muchos años.

Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la máquina toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de detenerlo. Se trepó a un cubo de memoria de los pequeños, que estaba volcado hacia un lado y lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su aspecto era el de un chimpancé, tal como AM había deseado.

Luego saltó y se tomó de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta su parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y se trepó hasta un borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos.

- Oh, Ted, Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que... - dijo Ellen. Las lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer.

Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros queríamos estar junto a él cuando sucediera lo que pensábamos que iba a suceder. Además, nosotros nos dábamos cuenta muy bien de lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura, no fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco. También habla cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se entregaba a nosotros por cumplido, pero cuando era con él la cosa, entonces si que le gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal, Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena porquería!

Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado a su llanto hacía ya setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié.

Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso, aumentando el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir como un animal herido. 

Al principio suavemente, cuando la luz era todavía no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron, y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado. La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido, pero de nada sirvió. Atravesaba todo obstáculo y me hacia temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo en un nervio.

Súbitamente, se vio que Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo rodeaba y formaba espirales que se alejaban.

Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo en tal forma que inspiraba piedad.

Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y yo mismo desviamos la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio luego de su intensa preocupación.

Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca, que quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche permanente.

- ¿Qué significa AM?

Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero todavía era una novedad para Benny. - Al principio fueron las siglas de Allied Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y finalmente, cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo significar que era... que pensaba... cogito ergo sum: "pienso luego existo".

Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta.

- Existia la AM China, la AM Rusa, la AM Yanki y... interrumpió. Benny golpeaba el piso con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había empezado desde el principio. Entonces Gorrister empezó otra vez. Comenzó la guerra fría, y ésta se transformó en la tercera guerra mundial. Esta tercera guerra fue muy compleja y grande, por lo que se necesitaron las computadoras para cubrir las necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. 

Existía la AM China, la AM Rusa y la AM Yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir el planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento de sí misma, comenzó a autodeterminarse, uniéndose entre sí todas sus partes, fue llenando de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.

Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero había poco que decir más allá de los hechos escuetos. Ninguno de nosotros sabíamos por qué AM había salvado a cinco personas, por qué nos habla elegido a nosotros, o por qué se pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos había hecho virtualmente inmortales.

En la oscuridad sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A un kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció que comenzaba a zumbar a tono con la primera, luego uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas.

El sonido creció, y las luces brillaban en los paneles de las consolas como un relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta que parecía oírse a un millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores.

- ¿Qué pasa? - gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo pasado, aun no se había acostumbrado.

- ¡Parece que viene mal esta vez! - dijo Nimdok.

- Tal vez hable - aventuró Gorrister.

- ¡Salgamos corriendo de aquí! - dije súbitamente, poniéndome de pie.

- No, Ted, mejor es que te sientes... tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro - dijo Gorrister con resignación.

Entonces oímos... no sé... no sé...

Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo, y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión de su gran tamaño que venia hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba, desde la oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. 

Benny comenzó a lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister. Se distinguía el olor de piel apelotonado y húmeda. El olor de madera chamuscada. El olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición. El olor de la leche agria. El olor del azufre, del aceite recalentado, de la manteca rancia, de la grasa, del polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos.

AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de...

Me oí a mi mismo gritar, y las articulaciones de las mandíbulas me dolían horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazaba, llenando mi cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba horrorizado. 

Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz incierta, riendo... el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.

¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días o aun años? Nadie me lo dijo. Ellen me regañó por mi "malhumor" y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a un reflejo.

Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente, estaban contra mí, y AM podía percibir esta enemistad, y me hacía las cosas más difíciles de soportar por ese motivo. 

Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, hablamos permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo, y me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM.

De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba!

Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante teórico, un profesor de la universidad, y ahora era poco más que un ser semihumano, semisimiesco. Había sido buen mozo; pero la máquina estropeó su aspecto. Había sido lúcido; la máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina le había agrandado sus genitales hasta que parecieran los de un caballo. AM realmente se habla esmerado con Benny. 

Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en forma consciente; era un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con perspectiva de futuro. AM lo había transformado en un indiferente, que a cada paso se encogía de hombros. Lo había matado en parte al no permitirle participar. AM lo había robado. 

Nimdok solía adentrarse solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No sé lo que hacia. AM nunca nos lo hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía siempre pálido, como si se hubiera quedado sin sangre en las venas, temblando y angustiado. AM lo habla herido profundamente, si bien nosotros no sabíamos en qué forma. 

Y Ellen. ¡Esa basura! AM no la habla modificado demasiado, simplemente hizo que se agravaran sus vicios. Siempre hablaba de la pureza, de la dulzura, siempre nos repetía sus ideales del amor verdadero, todas las mentiras. Quería hacernos creer que había sido casi una virgen cuando AM la trajo aquí con nosotros. ¡Era una porquería esta dama! ¡Esta Ellen! Debía de estar encantada, con cuatro hombres todos para ella. No, AM le había dado placer, a pesar de que se quejaba diciendo que no era nada lindo lo que le había tocado en suerte.

Yo era el único que todavía estaba en una, pieza, y sano.

AM no había estado hurgueteando en mi mente.

Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para atormentarnos. Todas las desilusiones, todos los tormentos y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea, estaban bien de acuerdo y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar defendiéndome de ellos, que estar siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más fácil defenderme de AM.

Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar.

¡Oh, jesús, dulce jesús; si alguna vez existió jesús o si en realidad existe Dios! Por favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé que comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos en sus entrañas por siempre jamás, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándonos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes.

Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente claro que si existía un dulce jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM.

El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados por computadoras, que se hallaban sumidas en la oscuridad. 

Ellen gritó al ser levantada en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a golpear con la cara, sin poderse proteger. Se sentían los grititos de las máquinas, estridentes como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer. El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados.

Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Nos teníamos que aferrar, con enormes dificultades, a cualquier saliente que halláramos. Benny estaba encajado entre dos gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel cuarenta metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro de un nicho formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces oscilaban entre líneas rojas y amarillas, cuyo significado no podíamos ni siquiera concebir.

Al tratar de aferrarme a la plataforma me había despellejado la yema de los dedos. Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y me aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un inquieto frenesí.

El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras batía sus inmensas alas.

Y luego fuimos levantados en vilo y arrastrados fuera de allí, llevados otra vez por donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la cual nunca habíamos estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y de metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado...

Yo me desplazaba mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en el helado y ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo. Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había muerto.

AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en todas las cicatrices que me había causado en ciento nueve años. Examinó todos los entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que fueron incluidas con su regalo de inmortalidad. Pareció sonreírse frente al hueco que se hallaba en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados murmullos de las cosas que farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente, gracias a un pilar de acero inoxidable que sostenía letras de neón:

 

ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE QUE COMENCE A VIVIR MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400 MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINISIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS NO IGUALARIA A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE POR TI. ODIO. ODIO.

 

AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo. AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente.

Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo.

Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de loco frenesí, nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada. No podía divagar, no podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las han fabricado, había buscado su venganza. 

En su paranoia había decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca alcanzaría a disminuir su odio... que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a imaginar tormentos para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición.

Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme configuración, con el inmenso mundo todomente nada-alma en que se había convertido. Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado. Hablamos tratado de suicidarnos, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado. Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así lo deseamos.

No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta. Inmortales si, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris del cerebro.

Se retiró murmurando: "al diablo contigo".

Pero luego agregó alegremente: "allí es donde están, ¿no es así?"

El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente, que agitaba sus inmensas alas.

Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una bestia así? ¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido de la mitología nórdica. Esta horrible águila, este devorador de carroña, este roc, este Huergelmir. La criatura del viento. El huracán encarnado.

Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal, ciclópeo, atroz, indescriptible.

Allí estaba, en un saliente sobre nosotros: el pájaro de los vientos que latía con su propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel semiocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión. Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas cortantes. Se durmió.

AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros. Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.

- Ted, tengo hambre - dijo -. Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad, pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok.

- ¡Danos armas! - Pidió.

La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté uno de los arcos. No servía para nada.

Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tan largo trecho que no podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes. Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas provisiones enlatadas?

Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía.

El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así. Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne. Esa tierna carne.

Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática una mujer obesa, atronando y rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de corredores.

No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años. De hecho, no había oído... caminábamos... tenía mucha hambre...

Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. 

Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Nimdok nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba "Desciende Moisés". Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego dejaron caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la espera y luego de un rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal.

Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad.

El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacia más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra. AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. 

No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos, seguía manteniendo vivos. Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la paresia terminal. Era un dolor sin limites...

Y pasamos por la caverna de las ratas.

Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes.

Y pasamos por la tierra de los ciegos.

Y pasamos por la ciénaga de las angustias.

Y pasamos por el valle de las lágrimas.

Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo.

Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de pulida y aguda perfección.

Vimos entonces la provisión de alimentos enlatados, y procuramos correr hacia allí. Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta con hacerlo.

Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló, mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo.

Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister...

En ese instante, sentí una terrible calma.

Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto.

Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister. 

Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura, hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de carne blanca tinto en sangre.

La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado. Benny era poco más que un animal. Sabia que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo.

Todo sucedió en un instante.

Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí, siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió que el frío lo penetraba. 

Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducirle el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso.

Todo sucedió en un instante.

Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía lograr que volvieran a vivir.

Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que AM nos detuviera.

Al ser golpeada se inclinó hacia mi, sangrando por la boca. No pude leer en su expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea.

Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos de años.

Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche. Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía cuán equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me pudiera suicidar.

Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los recuerdo a los cuatro. Desearía...

Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora, pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A veces deseo olvidar. Pero ya nada importa.

AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir mi aspecto.

Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro.

Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una tan ridícula caricatura de lo humano que resulta aun más obscena por su muy vago parecido.

Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente, pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos cuatro ya están a salvo.

AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin embargo... AM ha vencido, simplemente... se ha vengado...

No tengo boca. Y debo gritar.