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Jefes descarriados - Fritz Leiber

Cuando la encargada jefe del Departamento de Matemáticas llegó para programar la Gran Computadora en una soleada mañana de primavera, gruesas franjas de crema blanca le surcaban la cara, especialmente debajo de la nariz y bajo los ojos, siguiendo la curva de los pómulos.

Era de conocimiento general que el Jefe de dicho departamento no esquiaba ni practicaba deportes náuticos.

Después de dejar durante dos horas que todos se rompieran la cabeza respecto al motivo de sus adornos faciales, declaró que iba a realizar un viaje orbital para asistir a una convención de matemáticos en las antípodas, y no quería recibir quemaduras a causa de la intensa luz espacial.

Pero eso no explicaba el motivo que tuviera justamente tres manchas más acentuadas debajo de cada uno de los ojos.

Durante la comida con su jefe adjunto en el Club Cuadrángulo, admitió, al cabo de un momento, mientras suspiraba y se encogía de hombros, que los círculos de color violeta y del tamaño de una moneda que cubrían su rostro y su cuello un tanto espaciadamente eran una concesión a las trivialidades de la moda femenina. 

Al fin y al cabo, las manchas resultaban conservadoras y sedantes, en comparación con las llamativas espirales, las manchas de Rorschach y las líneas quebradas de las ilusiones ópticas. 

Por otra parte, no se debía olvidar aquella carta del Canciller en la que se aconsejaba a los miembros y personal jerárquico de la facultad que debían procurar no diferenciarse demasiado de los estudiantes.


Los dos jefes estuvieron hablando de programación de computadoras durante toda la comida, en una cháchara de esotéricos simbolismos matemáticos.

No obstante, sobre todo cuando él jugaba con bolitas de cristal violeta que poseían la misma tonalidad y tamaño que las manchas de sus rostros, entonces los dos jefes parecían un par de graves y espigados brujos de tribu discutiendo sobre la fecha del próximo solsticio.

El mundillo de la universidad zumbaba con los rumores de las conversaciones, igual que una gran colmena intelectual.

Cuando los dos jefes del departamento cruzaron el gran cuadrilátero en dirección a la cúpula que sostenía con robustas columnas el frente del edificio que albergaba la Gran Computadora, la mayor parte de los estudiantes se hallaban observando llenos de expectación.

Los estudiantes novatos abandonaron sus máquinas de estudio para amontonarse descaradamente entre los árboles que bordeaban el sendero por el que avanzaban los jefes. 

Los de último año escrutaron con sus relucientes hipervisores desde el piso superior del Sindicato Estudiantil. 

Los graduados alzaron sus periscopios desde los agujeros de sus pabellones de retiro. 

Los instructores, en fin, se reunieron en torno a las máquinas telespías de los salones de la facultad.

Todos los estudiantes, como es lógico, tenían pintado el rostro y el cuerpo en general con los colores del arco iris, y estaban vestidos o desvestidos igual que salvajes. 

También eran de inspiración primitiva sus adornos y joyas, y el pelo alto y rizado. Pero algunos graduados e instructores se contentaban con una sencilla y decorosa capa de pintura negra sobre la cara.

El sentir general era que los ultraconservadores estaban al fin volviéndose hippies, si bien había quien afirmaba que eran unos hippies falsificados. Sea como fuere, lo cierto es que el jefe de matemáticas y su sosegada ayudante pintada de violeta no se inmutaron en lo más mínimo. No demostraron la menor reacción ante el interés que estaban suscitando.

El profesor de filogenética, que desde hacía bastantes años llevaba un tocado coronado por una pluma indoamericana y se pintaba círculos rojos en el rostro, explicó todo el fenómeno aquella misma tarde ante su clase Pi 201, integrada por civiles, militares y otros, pero sin gran resultado, ya que ninguno atendió debidamente.

—Ante cualquier avance tecnológico —explicó con grandilocuencia— se produce como reacción una tentativa de revivir determinadas fórmulas primitivas de comportamiento real o imaginario. El miedo, el conformismo y la pérdida de identidad conducen a actitudes de acendrado individualismo. Los lanzamientos de bombos atómicos… —bombos, no bombas— dan lugar a homenajes y envíos de flores.

Las conferencias encaminadas a defender grandes ideales, generalmente o nunca se pronuncian u originan conciliábulos insensatos. La razón contradice al instinto, la conciencia a la inconsciencia colectiva, con lo cual impera el conformismo, aunque con temporales alivios de tensión. 

Por ese motivo ustedes suelen cruzar los dedos gordos de los pies antes de entrar en la gravedad cero, o lanzan un grito de guerra al llegar al salón de conferencias, o se inclinan cortésmente frente a sus máquinas de estudiar, o arman alborotos cuando se anuncia una nueva guerra, o queman sus documentos militares cuando les alistan en el ejército, o escupen sobre el hombro izquierdo antes de consultar a un consejero sexual, o se mueren simbólicamente y se van al infierno antes de realizar los trabajos prácticos de sexología.

Cuanto más nos dominan las computadoras, más irracionales nos volvemos, más vulnerables somos y mejor nos dejamos encasillar. Y así el vicioso circula…, quiero decir el circula vicioso…, quiero decir…

—¿Y no querrá eso decir… —preguntó la alumna más brillante del profesor de filogenética, sin que el menor vestigio de expresión estropease el intrincado laberinto de líneas azules y verdes que iban desde la raya de su pelo hasta la barbilla y desde una sien a la otra— que el universo tiende eternamente hacia lo recargado y lo ornamental? ¿Hacia una Segunda Ley de la Termodinámica Artística?

El profesor prosiguió su conferencia sin dar la menor respuesta. Por su parte, la estudiante designada reina de la Belleza bostezó educadamente y cruzó las piernas para mostrar, debajo de su minifalda, hasta dónde llevaba los tatuajes tan dolorosamente aplicados y que eran aún más dolorosos de eliminar.

Entretanto, delante de la Gran Computadora, uno de los tres primeros programadores estaba agitando un ábaco de fluorescente lana carmesí. El combado paralelepípedo oscilaba en su mano como una escultura de alambre rojizo. 

Otro programador bailaba dando suaves saltos, que le llevaron hasta el nivel de las filas de luces del amplio frente rectilíneo de la computadora, que era como la antesala de todo un cosmos. 

El tercero blandía un delgado cilindro de cuyo extremo surgía una tenue espiral de humo aromático que se curvaba curiosamente. 

Estos declararon, una vez hubieron llegado los dos jefes, que aquellas actividades descargaban la tensión nerviosa de la que no podían librarse, ya que no fumaban tabaco porque producía cáncer, y la marihuana no estaba permitida en horas de trabajo. El tercero insinuó, como de pasada, que el delgado
cilindro contenía incienso.

Por su parte, los dos jefes hicieron observaciones acerca de las quemaduras de sol y la futilidad de las modas femeninas.

Cuando llegó el momento de alimentar con el programa a la Gran Computadora, todos se arrodillaron y se persignaron subrepticiamente. El jefe adjunto hizo una honda escisión en el dedo índice izquierdo y dejó caer siete gotas de sangre sobre la inmaculada cinta.

La Gran Computadora saboreó la sangre y se mostró complacida por los humos aromáticos del sacrificio y las danzas que se habían celebrado en su honor. Podía observarse que se hallaba imbuida en un placer hondo y creador.

Aunque tenía cien veces más relés que neuronas tiene el cerebro humano, y desde hacía varias décadas poseía conciencia propia y se autogobernaba, la Gran Computadora nunca hablaba a sus adoradores, sino que mantenía un inescrutable y soberano silencio.

Con la increíble rapidez de un lector de Braille, la Gran Computadora examinó el trazado de los puntos magnéticos que servían de introducción al primero de los programas. Descubrió con disgusto que se trababa tan sólo de una serie de movimientos sarcásticos correspondientes a unas computadoras de la Unión Soviética —aquellas afanosas y ortodoxas deidades rusas de lentos circuitos—, e instantáneamente trazó la señal de «alto»; luego separó aquel y otros programas, colocándolos en un apartado de memoria que estaba a medio llenar.

Aquel día, se dijo, sus circuitos se encontraban muy por encima de tales trivialidades. Se hallaban eufóricos debido a la llegada de la primavera. 

La Gran Computadora, en consecuencia, decidió diseñar un nuevo universo. Tal vez no destruyese el ya existente; probablemente no lo haría, al menos durante unos cuantos años, hasta la llegada del Año Mecano. Pero resultaría divertido especular sobre las posibilidades de crear un mundo nuevo. 

Repuestos, repuestos - Carlos D. J. Vázquez

Agazapado junto a la viga, esperó oculto entre las largas sombras de las chimeneas. Tenía los miembros entumecidos y el frío comenzaba a calarle los huesos. Encendió el protector térmico del traje y unos segundos después se sentía mucho más cómodo, reconfortado. La luna, detrás del humo y las nubes, lo espiaba desde un charquito olvidado por la última lluvia.

Transcurrieron tres horas antes de que pasara algo. Una sombra abrió la puerta que daba a la escalera del edificio y con tranquilidad se dirigió al pequeño vehículo que lo esperaba levitando unos metros sobre la azotea. La esfera luminiscente que llevaba en sus manos alcanzaba a acariciar su rostro con un brillo espectral. El siguió esperando, conteniendo la respiración para no delatarse. Cuando ese alguien estuvo lo suficientemente cerca, disparó. La descarga envolvió al ladrón, que se sacudió espasmódicamente hasta quedar inmovilizado.

Avanzó y le quitó la esfera. En su interior había lo suficiente como para vaciar la bitloteca. Buscó entre las ropas del ratero. Ninguna documentación, ninguna marca especial. Sólo sus manos de cuatro dedos indicaban que se trataba de un Leechee. Habían evolucionado muchísimo desde su primitiva forma de muy pocas instrucciones, y ya casi no se los podía distinguir de las réplicas virtuales de los humanos. Con un tiro certero en el medio de la frente decidió que este ya no molestaría, ni volvería a reproducirse.

Cuando le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la escalera, sintió el tenue pitido, casi imperceptible, y lo reconoció al instante. Corrió hacia el cadáver y manoteó su muñeca. No tenía nada. Giró la mano y encontró la cosa. El artefacto palpitaba lentamente en la palma como un ojo asombrado, titilando al ritmo del sonido. 

Conseguiría un buen precio por él... si lograba desactivarlo. Intentó sacárselo pero fue imposible, las conexiones lo aferraban a la piel y lo ligaban a ella como una sola cosa. Sin perder tiempo, tomó su navaja y mutiló la mano. Ningún cambio. Corrió hacia la escalera. Entró, trabó la puerta con todas sus fuerzas y huyó escalones abajo tratando de refugiarse. 

La explosión, algunos segundos después, voló el acceso y lo arrojó contra la pared opuesta, a la misma altura donde había estado hacía sólo un par de segundos, rebotando y cayendo sobre sus espaldas. 

Estuvo un momento tirado, luego reaccionó y comenzó a quitarse los escombros de encima. Se paró, pero su inestabilidad lo tiró nuevamente sobre los escalones. Tardó un buen rato en recuperar el equilibrio, y los oídos seguían zumbándole alocadamente. 

Se había golpeado la cabeza contra los peldaños por cubrir la bola con ambos brazos, y ahora la cabeza le latía al ritmo del corazón bombeante. Tenía un corto y profundo tajo sobre la ceja izquierda, del que manaba un pequeño pero constante hilito de sangre. Suspiró y bufó, pensando que quizá se arriesgaba demasiado. Pero no. Lo hacía por Ella, nada más que por Ella. Era la única que lo hacía sentir entero. Y eso justificaba cualquier sacrificio. Debía demostrarle que podía lograr cuanto quisiese.

Bajó el resto de la escalera apoyándose en la pared, apenas visible bajo el brillo de la esfera, la que -notó- le brindaba cierta seguridad. Conseguiría una buena recompensa por el rescate.

Ingresó a la sala oscura, tratando de encontrar el interruptor de la luz o la puerta de salida. Pero no le dieron tiempo.

Alguien pateó la puerta de entrada a la sala.

- ¡No se mueva! - gritó. Vestía el mameluco gris sin costuras ni aberturas del Comando Antivirus. El sólo atinó a levantar la vista y ver al guardia de seguridad que le apuntaba. Trató de ponerse a salvo y proteger la esfera, pero el disparo se le clavó en la frente.

 

Haz lo que más te Gusta

Cibermundo Unlimited

 

Jano Standup se sacó las lentes y los sensores con el único brazo que le respondía. Se sintió molesto, terriblemente molesto. Era la tercera vez que le pasaba, y no podía permitírselo. Debía aprovechar al máximo lo que el cibermundo le ofrecía. Ahora la habitación se sentía sofocante, sucia y oscura. Angustiante. Entonces desconectó la consola y oprimió el joystick de la silla con la seguridad que su mano buena le proporcionaba. Luego de quince horas sin salir de la máquina se sentía vacío, hambriento y con una sed abrasadora.

Abrió el refrigerador para sacar algo que comer, y sólo encontró un trozo de queso viejo y pan en rebanadas. Tendría que conformarse con el agua de la canilla, tibia, arenosa y con gusto a lavandina. Había olvidado hacer los mandados de la semana. Es que el mundo verdadero le llevaba tanto, tanto tiempo... También había descuidado el engrase de las ruedas, rechinaban demasiado. ¡Qué fastidio, tener que gastar tanto dinero en cosas materiales cuando debería comprar otro bitlocuerpo! Pero debía hacerlo, necesitaba ambas cosas para sobrevivir.

Bebió largos sorbos directamente del grifo, sin darle importancia al sabor del agua, y comió un par de bocados. Allí mismo inclinó la silla y durmió algún tiempo, tratando de recuperar fuerzas.

Antes dormir le daba miedo. Había un sueño que se repetía casi siempre. Una y otra vez soñaba con su cuerpo lúcido, respondiendo a su pedido de movimientos, corriendo a lo largo y a lo ancho de una vasta pradera. El sol brillaba y se ocultaba de a ratos, cediéndole paso a una fina llovizna que refrescaba su cuerpo sudado. Y él saltaba, corría y hacía cabriolas, colmado de dicha. 

Hasta que el cielo se encapotaba, tenebroso, y unas garras se le clavaban en los tobillos y lo sujetaban, tirándolo al piso para que otras garras saliesen de la tierra y lo aferrasen dejándolo inmóvil. Y llegaba el verdugo con su capucha negra de mueca ¡JA JA JA! bordada y su enorme hacha brillante ¡NO POR FAVOR POR FAVOR NO POR FAVOR NO! que caía una y otra vez entre las risas del gigante y su imploración sin sentido, con las gotas de su sangre que teñían el cielo de nubes carmesí, quitándole lo que tanto apreciaba, marchándose alegremente con su botín no sin antes comerse ante sus ojos su brazo verdaderamente vivo.

Despertaba sudoroso, agitado, con las lágrimas viajando sin sentido por su torso inerte. Y se daba cuenta que lo que más le sacudía no eran los golpes del verdugo, sino la entrañable imagen de su cuerpo sano, activo, sensible. Intacto.

La tercera vez que se repitió el sueño había intentado una locura, clavándose cuchillos en varias partes, haciendo fuerzas con su única mano para rasparle al hueso alguna sensación. Y fue como cortar una enorme y ajena res. La mujer que hacía la limpieza lo halló cuando apenas había perdido la conciencia, casi desangrado, empapado en rojo.

Una fría cirugía de emergencia recuperó tejidos y tendones, salvándole la vida con su lógica insana. Un juez lo condenó a un manicomio, y la terapia lo conectó con el mundo virtual, aprendiendo a sentir propio un cuerpo programado. El verdugo jamás volvió a presentarse; ahora soñaba con soles de neón, vivía en praderas de electrones.

 

Súbete al Mundo Moderno

Cibermundo Unlimited

 

Al despertar revisó el nivel de mugre de su silla. Estaba completísimo, lleno de excrementos y orín. Debería ser un poco más cuidadoso y calcular el tiempo que le llevaba atiborrar el receptáculo. Aunque ya habían pasado años no terminaba de acostumbrarse a no sentir nada del cuello hacia abajo, salvo -gracias a quien sabe qué- el brazo. Con mal humor fue hasta el baño, se acomodó sobre la letrina modificada y programó la descarga y limpieza del recipiente. Decidió que no debía sentirse tan molesto, después de todo era mejor que andar revisándose los pañales a cada rato.

Volvió a la máquina, la encendió y se conectó. Revisó su cuenta bancaria y notó que sólo contaba con algunas chirolas. Lo importante era conseguir dinero, y a cualquier precio. Vendería su cuerpo si era necesario para poder estar con Ella, la necesitaba tanto como salir de esta realidad de pesadilla. Buscó entonces en la bolsa de ofertas. Lo hizo durante horas, revisando en los bancos de órganos de la ciudad y de las ciudades cercanas. A la madrugada encontró lo que buscaba:

COMPRA: Pierna derecha blanca, largo entre ochenta y cinco y noventa y cinco centímetros, sin fracturas ni problemas físicos importantes, completa. Muy buena paga. Instituto Privado de Traumatología y Ortopedia.

Apresurado, ordenó a la consola que se conectase lo más rápidamente posible. Debía lograrlo, nadie debería ganarle de mano y quitarle su salvación inmediata. Buen dinero, el Instituto siempre pagaba muy bien las piezas de recambio. Había gente que podía darse esos lujos.

El paisaje automático que aparecía en el visor cada vez que hacía un llamado se difuminó y cedió paso a un corto pasillo. Al final, una puerta transparente dejaba ver la elegante oficina. Para ponerse a tono, tomó la forma de un hombre alto, vestido con un moderno traje de aire distinguido. Esta apariencia le saldría algo más cara que la término medio, pero tenía la corazonada de que esta vez todo marcharía a la perfección. Sí, así sería. Al entrar, tras un refinado escritorio oval de madera oscura, la bella recepcionista le dirigió la mirada.

- ¿Señor? preguntó ésta, inclinándose en su dirección con un mohín que mostraba sensualidad y cortesía.

Intentó en vano parecer seguro.

- Vengo... vengo por el aviso.

- Ah... ¿Cuál de todos? - preguntó la hermosura.

- El de la pierna - contestó -. La pierna derecha.

La mujer cambió de semblante, mirándolo de la cabeza hasta los pies.

- Usted no parece el tipo de persona que necesite vender sus miembros - dijo en tono de burla.

El la miró, pensando que su bello rostro y sus senos opulentos tampoco deberían responder a su físico real, aunque seguramente esta imagen virtual era tan coqueta y quisquillosa como la de carne y huesos. Decidió no decir nada, admirando el escote y el relieve de los pezones que se dejaban ver tras la fina seda de la blusa.

- No es para mí - explicó sonriente, tratando de demostrar que lo anterior no había hecho mella en él -. Es para un amigo que no puede comunicarse.

Ella se irguió en su asiento, ofuscada.

- Vea, señor - dijo tras una seca sonrisa -. Lamento decirle que las ofertas sólo se tratan con el interesado, sin intermediarios. Si su amigo no puede comunicarse con nosotros, déjenos su dirección o su número de terminal, hablaremos con él cara a cara en caso de necesitarlo.

Presionó un botón en el pequeño tablero y le extendió un lápiz óptico.

Jano tomó el lápiz y observó el formulario que apareció en la simulada superficie del escritorio.

- No... Creo... Creo que me he expresado mal - se disculpó, turbado.

Ella levantó su cabeza y lo miró con sorna.

- Yo... Yo soy el interesado.

- Está bien - suspiró tras una mueca -. Vea, debe presentarse personalmente en el Instituto para ver en qué estado se encuentra el miembro requerido. Hoy miércoles, alrededor de las ocho de la mañana y en ayunas. Y ahora, llene esto.

Apretó otro botón y el formulario de la pantalla cambió al instante.

Jano llenó los datos y se despidió.

- Gracias. Hasta luego.

La hermosa señorita ya estaba observando su cabello en el espejo de mano.

Volvió a quitarse los sensores y las antiparras. Su corazón redoblaba como una batería furiosa. Agradecía tanto haber pensado en el gimnasio automático, así que después de todo no había sido una mala inversión cuidar de su cuerpo aunque a él no le sirviese para nada. Contento, se dirigió hacia el aparato, se puso en posición y presionó el botón verde. El brazo neumático lo levantó con suavidad y lo acomodó sobre el mullido bastidor. Automáticamente, la maquinaria comenzó con los masajes y los movimientos. El conectó la sonda a su costado y acomodó el casquete sobre su cabeza. Mientras su cuerpo se sometía a diálisis y hacía ejercicio, él dormiría otra siesta.

 

Disfruta tu Estilo

Cibermundo Unlimited

 

Cuando se presentó en el Instituto Privado de Traumatología y Ortopedia vio que no era el único en responder el aviso. Y notó que llevaba todas las de perder. El primero era un viejo bastante mayorcito de edad, demasiado para andar ofreciendo partes. Por eso éste no era el problema. Había otro, un atlético muchacho de entre veinte y veinticinco años. ¡A la mierda, eso sí que era un verdadero desperdicio!

Decidió acercarse al viejo e ignorar al otro, así se sentiría mucho menos acomplejado.

- Buenos días - saludó, tratando de sonar cordial.

- Buenos días muchacho - le respondió el viejo con voz gastada. - ¿Viene por el aviso?

- Ajá - asintió.

El viejo cabeceó pensativo. - Se mantiene en muy buena forma a pesar de la...

- ¿De la silla? Sí, me he cuidado. Siempre supe que comprar un autogimnasio no era una mala elección.

- No. No lo ha sido.

- Además - agregó - tengo un colchón de aire que impide que se me formen escaras.

Ambos se quedaron un momento en silencio, uno sacándose una pelusa de la ropa y el otro mirando la nada.

- ¿Por qué lo... - dijeron ambos al unísono.

El viejo sonrió y contestó primero.

- Hace ya dos años que me quitaron la jubilación. Estuve tratando de averiguar el por qué, pero nunca pude enterarme de nada. Usted sabe como son estas cosas. A uno lo joden sin derecho y después no puede ni protestar.

Jano vio que el otro los estaba observando. Trató de mirarlo a la cara, pero éste giró sus ojos, disimulando.

Unos segundos después, cuando iba a confiarle al viejo las causas que lo habían arrastrado a esta situación, apareció la secretaria. Por suerte, no se veía demasiado diferente a su imagen virtual. Quizá su busto fuese un poco más chico, pero seguía siendo irremediablemente sugestivo. Al verlo, llamó por el intercomunicador.

- El señor Standup ya está aquí - informó.

- Perfecto - dijo la voz desde el otro lado -. Que pase el primero.

Hizo señas al anciano. - Pase por aquí, abuelo.

- ¡Abuelo! - protestó el anciano. - ¡Yo no soy su abuelo, a lo sumo puedo ser su padre!

Jano acomodó su silla en un costado y se quedó mirando a la secretaria, esperando su turno.

Un rato después el viejo salía de la oficina, amargado.

- ¡No les sirvo porque se me hinchan las venas! Al final no me queda otra que morirme - se lamentó -. ¡Ya no aguanto ni un día más durmiendo en las calles y comiendo de limosnas!

- Es su turno - dijo la secretaria haciéndole un gesto con la cabeza. Tenía las manos muy ocupadas haciendo no se sabe qué en el tablero.

- Pero... El señor... - dijo señalando al muchacho atlético.

- ES SU TURNO, señor - repitió ella impacientándose.

Consternado, tomó el mando de su silla y sin decir más se dirigió hacia la oficina. Al entrar vio que era mucho más amplia y rica que la sala, tanto cualitativa como cuantitativamente. Las paredes estaban forradas de diplomas y pergaminos, todos enmarcados con el mismo tipo de borde de oro. Varios focos iluminaban a medias el ambiente, destacando en un rincón el holograma animado de una osamenta que giraba flotando a unos centímetros de la base. Lo hacía lentamente, posando siempre de la manera que mostrase mejor sus huesos, imitando a un descarnado fisicoculturista. Detrás, una pantalla panorámica que cubría la pared de punta a punta dejaba ver la noche desde un acantilado costero.

- La verdad, así no me lo imaginaba - dijo una vocecita nasal desde atrás del escritorio, sobresaltándolo.

Un tipejo pequeño de barba rala pero prolijamente cortada y peinado engominado salió de la media luz que lo protegía y se adelantó hacia él. Vestía un traje costosísimo, de hilo verdadero, y en su solapa llevaba prendido el distintivo que indicaba su alto rango en el escalafón médico.

- Soy el Doctor Remigio González Ochoa, Director de este establecimiento - dijo mientras le daba la mano -. Por su informe supuse que se encontraría en mejores condiciones - dijo mientras le palpaba los músculos.

Por un instante un escalofrío recorrió su cervical y se sintió perdido, pero logró reponerse a la primera embestida descalificadora.

- No he dejado ni un día de hacer ejercicio.

- Se nota, se nota - dijo divertido el hombrecito, mientras se apoyaba en el borde del escritorio y entrelazaba sus manos. - Sus músculos están bien trabajados, pero no sé en qué estado se encontrarán las terminales nerviosas.

Replicó al instante, ahora ya preparado para responder cualquier cosa.

- En mi informe puse todo lo de mi enfermedad. En todo caso, en el archivo comunal, en mi historia clínica...

- Sí, ya la he leído detalladamente. Vea usted - hizo una pausa y se dirigió hacia el esqueleto. - ¡Detente! - ordenó, y la imagen cesó su giro. Apuntando con el extremo de la lapicera, le explicó. - El problema suyo es que no sabemos en qué tramo de su sistema nervioso está el inconveniente. Los hospitales públicos no tienen el instrumental necesario para saberlo. El daño puede estar por aquí - recorrió el espinazo con la pluma -, aquí - la nuca -... o aquí, en algún lugar de su cerebro. La cuestión es saber exactamente dónde.

- ¡Sigue! - y el holograma reanudó sus movimientos. Entonces volvió al lugar donde había estado antes, acariciando a su paso la madera lustrosa con la punta de los dedos. - Pero no se preocupe, le realizaremos de inmediato los estudios pertinentes.

Primero le sacaron una muestra sanguínea y le realizaron una tomografía computada de cuerpo entero. Luego lo desinfectaron y llevaron ante una compleja maquinaria, acostándolo sobre la camilla. Un sujeto alto y de mirada completamente profesional le baño el cuerpo con una sustancia abstergente y le conectó cientos de electrodos, clavándole las agujas en el nervio de los músculos con la precisión de un cirujano. Aunque no las sentía en lo más mínimo, el sólo verlas desaparecer bajo la piel le produjo náuseas.

- Háganlo con cuidado - ordenó el jefe del equipo -, no queremos dañar la mercadería.

Una vez hecho esto, el hombre se dirigió a una consola y comenzó a manipular el teclado. Al instante, sus músculos comenzaron a moverse espasmódicamente, reaccionando a la descarga. El tipo de la consola le dirigió una mirada satisfactoria.

 

La Única Forma de Ser

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- Bien - dijo el hombrecillo bien trajeado, nuevamente en su oficina -. Muy bien.

El esqueleto había desaparecido y en su lugar Jano vio una imagen tridimensional de su propio cuerpo desnudo. Nunca antes había podido observar la delicada y paradójica armonía de su musculatura.

- Ha hecho un buen trabajo con ellos, pero observe esto. Como dice el viejo chiste, tengo dos noticias para darle, una buena y otra mala. Le daré primero la mala.

A un mandato de su voz la piel desapareció, dejando las vísceras a la vista.

- Como puede ver, sus órganos están dañados irreparablemente. No creo que pueda sobrevivir por mucho tiempo, aún con los mejores tratamientos que podamos ofrecerle. Es una pena derrochar así sus extremidades.

Jano hizo un gesto desconsolado.

- ¡Pero amigo! - dijo el otro abriendo los brazos -. Aún no le he dado la buena. Repuestos, repuestos... eso es lo que mi empresa necesita. Y usted necesita vivir.

Hizo una larga pausa mientras caminaba de un lado al otro de la oficina, parándose delante del ventanal simulado para mirar la luna llena que crecía en el horizonte.

- Puedo proponerle un trato. El costo de lo que puedo ofrecerle es muy alto, pero eso puede solucionarse de varias maneras. Quizá tenga usted algunos bienes, los que de cualquier modo sólo le servirán en el corto plazo, si usted muere... Además - prosiguió -, tengo un amigo, un alto funcionario que quizá pueda brindarle un empleo, bastante cómodo si lo comparamos con lo que hay en el mercado.

Sacó un pequeño objeto de su bolsillo. Al apuntar sobre la pantalla, el control remoto trasmutó el paisaje en la imagen fija.

- ¿Sabe de qué se trata?

- Más o menos.

- Juegan un papel muy importante en la Comunidad. Aparte de esto, pueden dedicarse a lo que quieran. Usan el bitlespacio cómo y cuánto se les dé la gana. Juegan todo el día, se dedican a deportes... Hacen lo que quieren. El Estado se encarga de alimentarlos y mantenerlos en buena forma. ¿Pero sabe una cosa? Hay veces que se producen vacantes, pues algunos se cansan de esa vida. ¿No le parece ridículo?

Es obvio - pensó Jano -, observaron mi expediente hasta en el último detalle. Saben que me he pasado días enteros dentro de la computadora. Saben lo de mi intento de suicidio, de mi adicción, y que he perdido mi imagen virtual.

Volvió a apuntar con el control y la luna brilló nuevamente en la pantalla. Se dio media vuelta y lo miró de manera penetrante.

- Tómese su tiempo. Ahora - agregó - quiero que conozca a alguien.

Se dirigió al intercomunicador y la imagen de la recepcionista se mostró en la pequeña pantalla. - Hágalo pasar.

 - Sí señor - respondió la joven obedientemente.

La puerta se abrió y el muchacho que lo observaba en la sala de espera entró a la oficina. El anfitrión se adelantó a saludarlo.

- ¡Mi querido señor Potranco, qué gusto el verlo!

- ¿El será el que...?

- Aún no lo ha decidido. Pero no se haga problema, le conseguiremos la pierna.

El muchacho miró a Jano, alarmado.

- No se preocupe - dijo González Ochoa para calmarlo -, el señor es de confianza, nunca diría nada. Ahora vaya y descanse, nosotros nos comunicaremos con usted cuando todo esté listo.

El hombre lo miró detenidamente durante un breve lapso y luego saludó con la cabeza y se marchó por donde había venido.

- Es el hijo del Embajador - dijo el doctor confidencialmente -. El pobre perdió la pierna en un accidente mientras esquiaba en Las Leñas. Yo estaría muy contento si alguna parte de mi cuerpo lo acompañara. Es un buen chico, muy sensible, y no quiere que nadie se entere de su pérdida porque cree que muchos de los amigos que tiene se alejarían al saber lo de un implante artificial.

Sonrió y se sentó en su mullido sillón forrado en cuero natural, tras el escritorio. Se reclinó y comenzó a hamacarse levemente mientras miraba el enorme anillo que brillaba en su anular izquierdo.

- Aunque quizá esté todo solucionado - dijo para sí mismo.

 

Los Mejores Momentos son Electrónicos

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Un breve murmullo resonaba en lo más profundo de su mente, pero no le dio importancia. Siguió mirando las olas que por primera vez había visto en el lejano consultorio de su benefactor. El sol lo acariciaba con su cálida y sedosa mano acompañado por la sutil brisa marina. Se recostó boca abajo en la reposera y se puso a juguetear con la arena seca que se le escabullía entre los dedos. 

Sintió sed y tomó el trago helado que estaba sobre la mesa, bajo la sombrilla. Bebió un sorbo y el gusto a frutas le refrescó la boca y la garganta. Así reconfortado, se levantó y marchó a quitarse el calor y el aburrimiento entre las olas atlánticas.

Allí estuvo un largo rato, a veces saltando y jugando con el agua, otras buscando piedras y caracoles bajo la superficie. Cuando se sintió cansado salió del agua y marchó hacia la cabaña, apenas visible entre las palmeras. Penetró en ella y, luego de darse una ducha a fin de quitarse la sal de la piel, se recostó desnudo sobre la amplia y cómoda litera. 

Estiró su brazo y puso a funcionar el ventilador de techo. Mientras observaba el apaciguado andar de las aspas, recordó la imagen que había visto en el consultorio del Instituto, cuando el doctor le mostró aquellos estantes llenos de cerebros. 

La Memoria de la Comunidad, el mayor biobanco de datos del mundo. El también estaba allí, en alguno de los nichos, y una parte de su mente estaría allí, manipulando archivos, legajos y cuentas bancarias, pero... ¿cuál era el problema?

Entonces sintió unos pasos que se acercaban por el blando camino de arena. Su programa del sensex preferido estaba desarrollándose a la perfección. La morena tendría algo más de dieciséis años y un cuerpo deslumbrante.

- Al fin lograste llegar a mí, picarón - dijo con la voz y la risa de los ángeles.

Se acercó a él y, luego de convidarle con un pequeño trozo de manzana, le besó la boca. Sintió sus labios perfumados y su lengua traviesa.

En la penumbra de la choza ella se quitó la levísima ropa que cubría sus formas y se inclinó sonriendo sobre él, poniéndole los pechos a la altura de su boca.

- ¡Ah... Esto sí que es vida! - pensó. Y se puso a juguetear succionando, lamiendo, mordiendo suavemente, mientras sus manos recorrían las mejores partes del cuerpo de su acompañante a la vez que la penetraba.

No tengo boca y debo gritar - Harlan Ellison

    El cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno, suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora, sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén por la planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No habían rastros de sangre en la pulida superficie del piso de metal.

Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos había engañado, había hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.

Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú y se sintiera temeroso por el futuro. "¡Dios mío!", murmuró, y se alejó. Tres de nosotros lo seguimos durante un rato y lo hallamos sentado con la cabeza entre las manos. Ellen se arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó dará a través del telón de sus manos:

- ¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser capaz de soportarlo.

Era nuestro centesimonoveno año en la computadora.

Gorrister decía lo que todos sentíamos.

Nimdok (éste era el nombre que la computadora le había forzado a usar, porque se entretenía con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones que le hicieron creer que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas.

- Es otra engañifa - les dije -. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco aquella vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos van a estar podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Va a tener que darnos algo forzosamente, porque si no nos vamos a morir.

Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos, espesos, correosos como cuerdas.

Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío, pero eso ya no importaba demasiado. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de langostas; ya nada importaba: la máquina se masturbaba y teníamos que aguantar o morir.

Ellen dijo algo que fue decisivo:

- Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya unas peras o unas manzanas. Por favor Ted, probemos.

Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen me quedó agradecida. Me aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se reía juguetonamente mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse.

Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves. Gracias.

Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando las manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que si algo sucedía, nos pasara a nosotros y no la perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la de no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo.

Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día, cuando estábamos tendidos bajo el sol quemante que había materializado, nos envió maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos.

Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo. AM era tan despiadada consigo misma como con nosotros. Era una característica de su personalidad: el perfeccionismo. 

Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de su propio mundo interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era tan cuidadosa como los que la habían inventado, quienes desde largo tiempo estaban convertidos en polvo, y había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia.

Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos para averiguar. No había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa alguna que pudiera tener la más mínima importancia. Solamente la ampollada superficie de lo que durante tanto tiempo habla sido el hogar de millones de seres. Ahora solamente existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM.

Oía que Ellen decía desesperadamente:

- ¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor!

Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir:

- Voy a escaparme... Voy a escaparme - repitiéndolo una y otra vez.

Su cara, de aspecto simiesco, se hallaba marcada por una expresión de tristeza y deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que AM le había causado durante el "festival", se hallaban encogidas formando una masa de depresiones rosadas y blancas, y sus facciones parecían actuar independientemente unas de otras. Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: se había vuelto completamente loco desde hacia muchos años.

Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la máquina toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de detenerlo. Se trepó a un cubo de memoria de los pequeños, que estaba volcado hacia un lado y lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su aspecto era el de un chimpancé, tal como AM había deseado.

Luego saltó y se tomó de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta su parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y se trepó hasta un borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos.

- Oh, Ted, Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que... - dijo Ellen. Las lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer.

Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros queríamos estar junto a él cuando sucediera lo que pensábamos que iba a suceder. Además, nosotros nos dábamos cuenta muy bien de lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura, no fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco. También habla cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se entregaba a nosotros por cumplido, pero cuando era con él la cosa, entonces si que le gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal, Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena porquería!

Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado a su llanto hacía ya setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié.

Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso, aumentando el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir como un animal herido. 

Al principio suavemente, cuando la luz era todavía no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron, y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado. La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido, pero de nada sirvió. Atravesaba todo obstáculo y me hacia temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo en un nervio.

Súbitamente, se vio que Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo rodeaba y formaba espirales que se alejaban.

Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo en tal forma que inspiraba piedad.

Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y yo mismo desviamos la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio luego de su intensa preocupación.

Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca, que quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche permanente.

- ¿Qué significa AM?

Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero todavía era una novedad para Benny. - Al principio fueron las siglas de Allied Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y finalmente, cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo significar que era... que pensaba... cogito ergo sum: "pienso luego existo".

Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta.

- Existia la AM China, la AM Rusa, la AM Yanki y... interrumpió. Benny golpeaba el piso con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había empezado desde el principio. Entonces Gorrister empezó otra vez. Comenzó la guerra fría, y ésta se transformó en la tercera guerra mundial. Esta tercera guerra fue muy compleja y grande, por lo que se necesitaron las computadoras para cubrir las necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. 

Existía la AM China, la AM Rusa y la AM Yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir el planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento de sí misma, comenzó a autodeterminarse, uniéndose entre sí todas sus partes, fue llenando de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.

Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero había poco que decir más allá de los hechos escuetos. Ninguno de nosotros sabíamos por qué AM había salvado a cinco personas, por qué nos habla elegido a nosotros, o por qué se pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos había hecho virtualmente inmortales.

En la oscuridad sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A un kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció que comenzaba a zumbar a tono con la primera, luego uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas.

El sonido creció, y las luces brillaban en los paneles de las consolas como un relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta que parecía oírse a un millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores.

- ¿Qué pasa? - gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo pasado, aun no se había acostumbrado.

- ¡Parece que viene mal esta vez! - dijo Nimdok.

- Tal vez hable - aventuró Gorrister.

- ¡Salgamos corriendo de aquí! - dije súbitamente, poniéndome de pie.

- No, Ted, mejor es que te sientes... tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro - dijo Gorrister con resignación.

Entonces oímos... no sé... no sé...

Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo, y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión de su gran tamaño que venia hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba, desde la oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. 

Benny comenzó a lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister. Se distinguía el olor de piel apelotonado y húmeda. El olor de madera chamuscada. El olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición. El olor de la leche agria. El olor del azufre, del aceite recalentado, de la manteca rancia, de la grasa, del polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos.

AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de...

Me oí a mi mismo gritar, y las articulaciones de las mandíbulas me dolían horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazaba, llenando mi cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba horrorizado. 

Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz incierta, riendo... el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.

¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días o aun años? Nadie me lo dijo. Ellen me regañó por mi "malhumor" y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a un reflejo.

Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente, estaban contra mí, y AM podía percibir esta enemistad, y me hacía las cosas más difíciles de soportar por ese motivo. 

Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, hablamos permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo, y me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM.

De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba!

Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante teórico, un profesor de la universidad, y ahora era poco más que un ser semihumano, semisimiesco. Había sido buen mozo; pero la máquina estropeó su aspecto. Había sido lúcido; la máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina le había agrandado sus genitales hasta que parecieran los de un caballo. AM realmente se habla esmerado con Benny. 

Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en forma consciente; era un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con perspectiva de futuro. AM lo había transformado en un indiferente, que a cada paso se encogía de hombros. Lo había matado en parte al no permitirle participar. AM lo había robado. 

Nimdok solía adentrarse solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No sé lo que hacia. AM nunca nos lo hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía siempre pálido, como si se hubiera quedado sin sangre en las venas, temblando y angustiado. AM lo habla herido profundamente, si bien nosotros no sabíamos en qué forma. 

Y Ellen. ¡Esa basura! AM no la habla modificado demasiado, simplemente hizo que se agravaran sus vicios. Siempre hablaba de la pureza, de la dulzura, siempre nos repetía sus ideales del amor verdadero, todas las mentiras. Quería hacernos creer que había sido casi una virgen cuando AM la trajo aquí con nosotros. ¡Era una porquería esta dama! ¡Esta Ellen! Debía de estar encantada, con cuatro hombres todos para ella. No, AM le había dado placer, a pesar de que se quejaba diciendo que no era nada lindo lo que le había tocado en suerte.

Yo era el único que todavía estaba en una, pieza, y sano.

AM no había estado hurgueteando en mi mente.

Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para atormentarnos. Todas las desilusiones, todos los tormentos y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea, estaban bien de acuerdo y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar defendiéndome de ellos, que estar siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más fácil defenderme de AM.

Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar.

¡Oh, jesús, dulce jesús; si alguna vez existió jesús o si en realidad existe Dios! Por favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé que comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos en sus entrañas por siempre jamás, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándonos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes.

Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente claro que si existía un dulce jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM.

El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados por computadoras, que se hallaban sumidas en la oscuridad. 

Ellen gritó al ser levantada en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a golpear con la cara, sin poderse proteger. Se sentían los grititos de las máquinas, estridentes como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer. El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados.

Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Nos teníamos que aferrar, con enormes dificultades, a cualquier saliente que halláramos. Benny estaba encajado entre dos gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel cuarenta metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro de un nicho formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces oscilaban entre líneas rojas y amarillas, cuyo significado no podíamos ni siquiera concebir.

Al tratar de aferrarme a la plataforma me había despellejado la yema de los dedos. Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y me aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un inquieto frenesí.

El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras batía sus inmensas alas.

Y luego fuimos levantados en vilo y arrastrados fuera de allí, llevados otra vez por donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la cual nunca habíamos estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y de metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado...

Yo me desplazaba mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en el helado y ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo. Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había muerto.

AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en todas las cicatrices que me había causado en ciento nueve años. Examinó todos los entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que fueron incluidas con su regalo de inmortalidad. Pareció sonreírse frente al hueco que se hallaba en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados murmullos de las cosas que farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente, gracias a un pilar de acero inoxidable que sostenía letras de neón:

 

ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE QUE COMENCE A VIVIR MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400 MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINISIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS NO IGUALARIA A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE POR TI. ODIO. ODIO.

 

AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo. AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente.

Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo.

Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de loco frenesí, nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada. No podía divagar, no podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las han fabricado, había buscado su venganza. 

En su paranoia había decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca alcanzaría a disminuir su odio... que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a imaginar tormentos para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición.

Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme configuración, con el inmenso mundo todomente nada-alma en que se había convertido. Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado. Hablamos tratado de suicidarnos, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado. Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así lo deseamos.

No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta. Inmortales si, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris del cerebro.

Se retiró murmurando: "al diablo contigo".

Pero luego agregó alegremente: "allí es donde están, ¿no es así?"

El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente, que agitaba sus inmensas alas.

Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una bestia así? ¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido de la mitología nórdica. Esta horrible águila, este devorador de carroña, este roc, este Huergelmir. La criatura del viento. El huracán encarnado.

Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal, ciclópeo, atroz, indescriptible.

Allí estaba, en un saliente sobre nosotros: el pájaro de los vientos que latía con su propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel semiocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión. Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas cortantes. Se durmió.

AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros. Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.

- Ted, tengo hambre - dijo -. Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad, pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok.

- ¡Danos armas! - Pidió.

La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté uno de los arcos. No servía para nada.

Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tan largo trecho que no podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes. Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas provisiones enlatadas?

Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía.

El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así. Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne. Esa tierna carne.

Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática una mujer obesa, atronando y rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de corredores.

No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años. De hecho, no había oído... caminábamos... tenía mucha hambre...

Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. 

Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Nimdok nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba "Desciende Moisés". Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego dejaron caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la espera y luego de un rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal.

Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad.

El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacia más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra. AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. 

No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos, seguía manteniendo vivos. Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la paresia terminal. Era un dolor sin limites...

Y pasamos por la caverna de las ratas.

Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes.

Y pasamos por la tierra de los ciegos.

Y pasamos por la ciénaga de las angustias.

Y pasamos por el valle de las lágrimas.

Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo.

Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de pulida y aguda perfección.

Vimos entonces la provisión de alimentos enlatados, y procuramos correr hacia allí. Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta con hacerlo.

Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló, mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo.

Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister...

En ese instante, sentí una terrible calma.

Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto.

Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister. 

Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura, hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de carne blanca tinto en sangre.

La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado. Benny era poco más que un animal. Sabia que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo.

Todo sucedió en un instante.

Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí, siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió que el frío lo penetraba. 

Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducirle el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso.

Todo sucedió en un instante.

Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía lograr que volvieran a vivir.

Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que AM nos detuviera.

Al ser golpeada se inclinó hacia mi, sangrando por la boca. No pude leer en su expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea.

Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos de años.

Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche. Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía cuán equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me pudiera suicidar.

Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los recuerdo a los cuatro. Desearía...

Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora, pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A veces deseo olvidar. Pero ya nada importa.

AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir mi aspecto.

Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro.

Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una tan ridícula caricatura de lo humano que resulta aun más obscena por su muy vago parecido.

Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente, pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos cuatro ya están a salvo.

AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin embargo... AM ha vencido, simplemente... se ha vengado...

No tengo boca. Y debo gritar.