Uno apenas elegiría la vida de profesor ayudante de
matemáticas en una Universidad Oriental, por insegura. En general, la gente
piensa que los profesores son personas que dormitan en una existencia de
sabihondos sosegada, y a un instructor de matemáticas se le considera como el
más seco y menos bullicioso de los hombres, puesto que su tema de enseñanza es
sumamente aburrido.
No obstante, hasta la aburrida ciencia de las cifras tiene
sus soñadores: Clerk Maxwell, Lobachewski, Einstein y los demás. El último, el
genial Albert Einstein, que está forjando la única cadena que haya unido nunca
el sueño de un filósofo y la ciencia experimental, está remachando sus
eslabones de tenues símbolos matemáticos, oscuros de pensamiento, pero
inquebrantables.
No olvidemos que Alicia en el País de las Maravillas
la escribió un soñador que al mismo tiempo era matemático. Yo no me clasifico
entre éstos, pues soy demasiado práctico para albergar en mí cualquier fantasía.
Mi profesión es la enseñanza.
Al menos es mi profesión principal. También efectúo
algún trabajo estadístico para corporaciones industriales cuando se presenta la
ocasión; en efecto, mi nombre figura en la sección de clasificados: Abner
Aarons, perito en estadística y consultor de matemáticas. Así aumento mi
salario profesional y a veces tropiezo con algo interesante.
Naturalmente, esta
labor consiste principalmente en tabular las tendencias de consumo para
fabricantes, o el incremento de población para las empresas de servicios
públicos. Ocasionalmente, una emprendedora agencia anunciante me consulta
acerca de cuántas latas de sardinas harían falta para llenar el Canal de Panamá
o qué material se necesita para conseguir anuncios con gancho. No es un trabajo
realmente excitante, pero ayuda financieramente.
Por eso no me sorprendió recibir una llamada aquella
mañana de julio. La universidad estaría cerrada unas semanas, y la temporada de
verano estaba a punto de empezar sin, no obstante, el beneficio de mi
presencia.
Pensaba, pues, tomarme unas vacaciones de dos o tres días en un
poblado de Vermonth, donde al arroyo repleto de truchas no le importa que sea
un boxeador, un presidente o un profesor el que sostiene el sedal de pesca. Y
estaría solo; tres cuartas partes del año frente a un aula llena de unos sapos
llamados estudiantes universitarios me habían dejado sin el más mínimo deseo
de una compañía humana; mis instintos sociales se hallaban temporalmente
ausentes de mí.
De todos modos, no estoy tan boyante corno para
despreciar la oportunidad de ganar unos honrados peniques, y aquella llamada
fue, por tanto, muy bien recibida. Hasta las modestas vacaciones que planeaba
pueden morder profundamente en el bolsillo de un profesor ayudante. Y el trabajo
parecía ser bastante lucrativo y sencillo.
—Aquí Court Strawn —anunció el teléfono—. Soy químico
experimental y he terminado una larga serie de experimentos. Quiero tabularlos
y analizar los resultados. ¿Se dedica usted a esta clase de trabajo?
Así era, con buenos conocimientos sobre el particular.
—Será necesario que venga a verme para los datos
—continuó la voz, extrañamente untuosa—. Yo no puedo moverme.
Siguió una dirección de la calle Setenta Oeste.
Bien, ya había ido otras veces en busca de datos.
Generalmente, me los enviaban por mensajero o correo, pero esta petición no
era extraordinaria, por lo que accedí a ella y añadí que no tardaría en
llegar. Si podía impedirlo, no retrasaría mis cortas vacaciones.
Tomé el metro. Los taxis son un lujo innecesario para
un simple profesor y un coche de propiedad era momentáneamente algo fuera de
mis ambiciones. No tardé en penetrar en uno de esos indescriptibles inmuebles
amarronados que todavía sobreviven al oeste de la Avenida.
Strawn abrió la
puerta y al momento percibí la razón de su petición. Era un hombre
horriblemente lisiado; todo el costado izquierdo estaba encorvado como un
roble torcido, y le resultaba difícil andar renqueando por el piso. Por lo
demás: cabello negro y ojillos muy intensos.
Me recibió con agrado y entré en una pequeña
biblioteca, mientras mi anfitrión renqueaba hacia una mesa-escritorio
atestada, sentándose frente a mí. Los hundidos ojillos me estudiaron
lentamente, y al final lanzó una risita.
—¿Es usted un buen matemático, doctor Aarons? —quiso
saber. Había una insinuación de burla en su voz.
—Mi trabajo siempre ha sido satisfactorio —respondí,
un poco picado—. Llevo varios años haciendo tareas estadísticas.
Agitó la tullida mano izquierda.
—Claro, claro... No pongo en duda su habilidad
práctica. Sin embargo ¿está versado en las ramas más abstractas de las
matemáticas, como la teoría de los números, por ejemplo, o las matemáticas
hiperespaciales?
Me sentí un poco irritado. Había algo en aquel hombre
que...
—No creo que nada de esto sea necesario para el
análisis estadístico de unos resultados experimentales —repliqué—. Si me da
los datos, empezaré al momento...
Volvió a reírse entre dientes, muy divertido al
parecer.
—En realidad, doctor Aarons —manifestó con sonrisa
afectada—, el experimento todavía no está completo. A decir verdad, ahora está
empezando.
—¡Cómo! —ya estaba colérico—. Si esta es su idea de
una broma...
Empecé a levantarme, con ánimo levantisco.
—Un momento —me detuvo Strawn fríamente. Me estaba
apuntando con una automática de cañón azulíneo. Volví a sentarme boquiabierto;
confieso que experimenté una horrible sensación de pánico a la vista de los
intensos ojillos de aquel tullido observándome a lo largo de la ominosa arma.
—La más mínima cortesía dicta que al menos me
escuche, doctor Aarons —no me gustó la untuosa suavidad de su voz, pero ¿qué
podía hacer yo?—. Como decía, el experimento está justo empezando. En
realidad, usted es el experimento.
— ¿Eh? —exclamé, volviendo a preguntarme si todo
aquello no sería una broma de mal gusto.
—Usted es un matemático ¿verdad? —Prosiguió Strawn—.
Bien, eso significa una caza limpia para mí. Un matemático, mi querido amigo,
no es sino algo que es preciso cazar. ¡Y eso estoy haciendo!
¡Aquel hombre estaba loco! Esta verdad se grabó en mi
cerebro mientras trataba de conservar la calma. Pensé que lo mejor sería
razonar con él.
— ¿Pero por qué? —pregunté—. Los matemáticos somos
gente inofensiva...
Sus ojos centellearon furiosamente
— ¡Inofensiva, hum... inofensiva! Bueno, fue uno de
sus colegas el que hizo esto —indicó su pierna tullida con su brazo mutilado—.
¡Hizo esto con sus engañosos cálculos! —se inclinó hacia mí confidencialmente—.
Escuche, doctor Aarons. Yo soy químico, o lo fui. Solía trabajar con
explosivos, y en esto era muy bueno. Luego, uno de sus malditos calculistas
ideó una fórmula para mí... Un punto decimal mal colocado... ¡bah! ¡Sí, usted
no es caza vedada para mí! —hizo una pausa y la sonrisa burlona volvió a sus
labios—. Simple justicia ¿no?
Cabe imaginar lo horrorizado que estaba, sentado
frente a un maníaco homicida con una pistola cargada en su mano. ¡Seguirle la
corriente! Creí que sería el mejor tratamiento. Usar la persuasión, la razón.
—Señor Strawn —empecé—, ciertamente tiene derecho a la
justicia. ¡Sí, ciertamente lo tiene! Pero, señor Strawn, en realidad no está
sirviendo a los fines de la justicia cargando sobre mí toda su cólera. No, esto
no es justicia.
Se echó a reír y continuó:
—Un argumento muy engañoso, doctor Aarons.
Sencillamente, usted tuvo la mala suerte de que su nombre fuese el primero en
la sección de clasificados de la guía. De haberme dado su colega una
oportunidad... una leve oportunidad de salvar mi cuerpo de esto que ve, podría
perdonar. ¡Pero confié en los cálculos de un imbecil! —torció el gesto hasta
convertirlo en una amarga mueca—.
En realidad, le concedo a usted una
oportunidad que yo no tuve. Si es usted, como afirma, tan buen matemático,
tendrá una oportunidad de escapar. Yo no tengo nada en contra de los
auténticos estudiosos de los números, sino sólo —su mueca burlona se transformó
en un gesto siniestro—... sino contra los falsarios, los ignorantes y los
mentirosos. ¡Sí, usted tendrá su oportunidad!
La sonrisa volvió a sus labios pero sus ojillos detrás
de la automática azul no parpadearon.
No vi más alternativa que seguir la espantosa farsa.
Ciertamente, la oposición a cualquiera de sus sugerencias sólo hubiese servido
para inducir al maníaco a la violencia, por lo que me limité a preguntarle: —
¿Cuál es su proposición, señor Strawn?
El gesto siniestro volvió a convertirse en una mueca
burlona.
—Es muy justa. Sí señor, es una proposición muy justa.
Se rió entre dientes.
—Me gustaría escucharla —le pedí, esperando que se
produjese alguna clase de interrupción.
—La oirá ahora mismo. Se trata de lo siguiente: usted
es matemático y, según dice, muy bueno. Perfecto. Vamos a poner su afirmación a
prueba. Estoy pensando en una cantidad matemática, una expresión numérica, si
lo prefiere.
Usted dispondrá de diez preguntas. Si lo consigue quedará libre
en lo que a mí concierne. Pero si fracasa...—reapareció el gesto siniestro—,
bueno, si fracasa pensaré que pertenece a la tribu de los mentirosos a lo que
yo combato... ¡y el resultado no será agradable para usted!
Tardé varios segundos en recobrar la voz, y luego
empecé a balbucir una serie de protestas.
— ¡Pero, señor Strawn! ¡Esto es totalmente imposible!
La escala de números es infinita y ¿cómo puede identificarse uno con diez
preguntas? ¡La prueba debe ser justa! ¡Esta no ofrece ni una posibilidad entre
un millón! ¡Entre un billón!
Me hizo callar blandiendo el cañón de la pistola
automática.
—Recuerde, doctor Aarons, que no dije que fuese un
número, dije una expresión numérica, lo cual abarca un campo mucho más amplio.
Le doy esta pista sin deducir una pregunta, lo cual habla muy alto en favor de
mi magnanimidad —rió de nuevo—.
Las reglas de nuestro juego son como siguen:
usted puede formular preguntas excepto la directa: «¿Cuál es la expresión?». Yo
responderé con claridad, y según todos mis conocimientos, salvo a la pregunta
directa.
Podrá formularme tantas preguntas como quiera, desde una hasta el
límite de diez. De todos modos, yo sólo contestaré a dos cada día. Esto le dará
tiempo suficiente para meditar —otra vez la horrible risa— y además, también
mi tiempo es limitado.
—Pero, señor Strawn —argüí—, esto podrá tenerme
ocupado cinco días. ¿Ignora que mi esposa habrá llamado ya a la policía para
que me busquen?
Una llamarada de cólera brilló en sus ojos
demenciales.
— ¡No juega usted limpio, doctor Aarons! ¡Sé que no
está casado! Hice algunas averiguaciones sobre usted antes de que viniera. Sé
que nadie le echará en falta. No intente engañarme, y será mejor que sirva a
los fines de la justicia. Usted debe demostrar sus ansias de vivir como uno de
los auténticos matemáticos —se puso repentinamente en pie—.Y ahora,
caballero, sígame escaleras arriba.
¡No tenía más remedio que obedecer! La gruesa pistola
que empuñaba era un argumento muy convincente, al menos para un alma inofensiva
como la mía. Me levanté y salí de la habitación tras él, escaleras arriba,
cruzando luego una puerta que él me indicó, más allá de la cual vi una celda
sin ventanas, aireada por un tragaluz que a la primera ojeada reveló que
estaba enrejado. Un mueble de los llamados sofá cama, una silla de alto
respaldo, un sillón tapizado y una mesa-escritorio constituían todo el
mobiliario.
—Esta —dijo mi anfitrión— es su celda de estudiante.
Sobre la mesa hay una garrafa con agua y, como ve, un diccionario integral.
Ésta es la única referencia permitida en nuestro juego —consultó su reloj—. Son
las cuatro menos diez. Mañana a las cuatro debe formularme dos preguntas,
debidamente meditadas.
Los diez minutos sobrantes son un regalo de mi parte,
para que usted no dude de mi generosidad —se dirigió a la puerta—. Veré que sus
comidas lleguen a su hora —añadió—: Mis saludos, doctor Aarons. Se cerró la
puerta y al momento empecé a registrar la habitación.
El tragaluz estaba fuera
de toda esperanza y la puerta todavía más; me hallaba desdichada y
desvalidamente prisionero en aquella celda. Invertí una media hora en esta
inspección minuciosa e infructuosa, pero la habitación había sido muy bien
diseñada o adaptada a su propósito; la maciza puerta estaba atrancada por
fuera, el tragaluz guardado por un enrejado de hierro y las paredes no
ofrecían ni la más ligera esperanza. ¡Abner Aarons estaba ciertamente preso en
aquella celda!
Reflexioné sobre el demencial juego de Strawn. Tal vez
lograría resolver su maldito misterio; al menos, podría mantenerle lejos de
toda violencia por espacio de cinco días, y mientras tanto algo podía suceder.
Hallé unos cigarros en la mesa y, forzándome a conservar la calma, encendí uno
y me senté a meditar.
Ciertamente, de nada serviría estudiar su lunático
concepto desde un ángulo cuantitativo, pues de esta manera malgastaría muy
pronto las diez preguntas, preguntándole, por ejemplo: ¿Es mayor o menor de un
millón? ¿Es mayor o menor de un millar? ¿Es mayor o menor de un centenar?
Imposible obtener la solución por medio de esta clase de eliminación cuando
podía tratarse de un número negativo, de una fracción o de un decimal, incluso
de un número imaginario como la raíz cuadrada de menos uno... o, en realidad,
de cualquier posible combinación semejante.
Y esta reflexión me impulsó a la
primera pregunta; cuando el cigarrillo era ya una arrugada colilla, yo ya había
formulado mi pregunta inicial. No tuve que esperar mucho tiempo, puesto que
pasadas las seis se abrió la puerta.
—Aléjese de la puerta, doctor Aarons —me ordenó la voz
de mi anfitrión.
Obedecí a la fuerza; entró el loco, empujando ante sí
una mesita rodante que contenía una cena más que respetable, desde un consomé a
una botella de vino. Empujaba la mesita con su tullida mano izquierda, mientras
con la derecha blandía el engendro automático.
—Confío en que habrá aprovechado bien el tiempo —se
mofó.
—Al menos ya tengo mi primera pregunta —repliqué.
— ¡Bravo, doctor Aarons! ¡Muy bien! Oigámosla...
—Bien —proseguí—, entre los números, expresiones de
cantidades, los matemáticos reconocen dos grandes diferencias, dos campos en
los que pueden clasificarse todas las posibles expresiones numéricas.
Estas
dos clasificaciones se conocen como números reales por una parte, incluyendo
los números positivos y negativos, todas las fracciones, los decimales y los
múltiplos de tales números, y por la otra, la clase de números imaginarios que
incluyen todos los productos de las operaciones sobre la cantidad denominada
«e», expresada como la raíz cuadrada de menos uno.
—Naturalmente, doctor Aarons. ¡Esto es elemental!
—Pues bien ¿esa cantidad es real o imaginaria?
Sonrió con siniestra satisfacción.
—Una buena pregunta, doctor. ¡Muy buena! Y la
respuesta, si esto le ayuda... ¡es que es cualquiera de ambas cosas!
¡En mi cerebro pareció estallar un incendio! Todos los
estudiosos de los números sabemos que solamente una cifra es real e imaginaria
a la vez, la que indica el punto de intersección entre la numerografía real y
la imaginaria. «¡Lo he captado!», pensé. La frase fue rondando por mi cabeza
como un incesante tamborileo. Me esforcé por mantener mi expresión en calma.
—Señor Strawn, ¿acaso es cero la cantidad que tiene en
la mente?
Se echó a reír con una risa desagradable y superior
que irritó mis oídos.
— ¡Oh, no, doctor Aarons! Sé igual que usted que el
cero es un número real e imaginario a la vez. Permita que llame su atención
sobre mi respuesta: yo no dije que mi concepto fuese a la vez real e
imaginario; dije «cualquiera de ambas cosas» —retrocedió hacia la puerta—. Le
recordaré que le quedan ocho preguntas, puesto que me veo obligado a
considerar este prematuro tiro en la oscuridad como una oportunidad. ¡Buenas
noches!
Se había ido. Oí cómo corría el pestillo con un seco
chasquido. Me sentí al borde de la desesperación, por lo que apenas eché un
vistazo a la suntuosa cena que me había servido, sino que me dejé caer en el
sillón.
Me pareció que pasaban varias horas antes de recobrar
la coherencia de mis ideas; en realidad, nunca supe cuál era el intervalo
transcurrido, puesto que no miré mi reloj. Sin embargo, antes o después me
recuperé lo suficiente como para tomar un poco de vino y comer un poco de cordero
asado; el consomé estaba ya completamente frío. Y entonces me dispuse a
considerar mi tercera pregunta.
Según las pistas dadas por Strawn en el enunciado de
sus términos y por las respuestas dadas a mi primera y mi segunda preguntas,
tabulé la información que pude reunir. El había designado específicamente una
expresión numérica, lo cual eliminaba el uso de las «x» y las «y» algebraicas.
La cantidad o era real o era imaginaria, y no era cero; bien, el cuadrado de
cualquier cantidad imaginaria es un número real. Si la cantidad contenía más
de una cifra, o si empleaba un exponente, estaba seguro de que la expresión
era meramente el cuadrado de una cantidad imaginaria; claro que se podía
considerar tal cantidad como real o como imaginaria.
Se me ocurrió entonces un
medio para determinarlo por medio de una sola pregunta. Garabateé unos cuantos
símbolos en una cuartilla de papel y, después, experimentando un cansancio
súbito y total, me tumbé en el sofá cama y me dormí. Soñé que Strawn me estaba
empujando hacia un mar de pesadilla lleno de sonrientes monstruos matemáticos.
Me despertó el rechinamiento de la puerta. Los rayos
del sol se filtraban por el tragaluz; había dormido toda la noche. Apareció
Strawn llevando una bandeja que se balanceaba en su mano izquierda, empuñando
la omnipresente arma con su mano libre. Colocó media docena de platos tapados
en la mesita rodante, y quitó los restos de la cena de la noche anterior.
—Muy poco apetito, doctor Aarons —comentó—. No debe
permitir que su ansiedad por servir a los fines de la justicia le trastorne
tanto —se rió de su propio sarcasmo—. ¿No hay más preguntas todavía? No
importa; para las dos siguientes tiene tiempo hasta las cuatro de mañana.
—Tengo una pregunta —le interrumpí, totalmente
despierto. Me levanté y extendí la cuartilla de papel sobre el escritorio.
—Una cantidad numérica, señor Strawn, puede
expresarse como una operación de números. Así, en vez de escribir el número
«4» puede preferirse expresarlo como un producto de multiplicar «2 x 2», o
como una suma de «3 + 1»; o como un cociente, como «8 ÷ 2 u 8/2», o como un
resto, como «5 – 1». O de otras maneras, como un cuadrado, 22, o como una raíz,
por ejemplo √16 o 3√64.
Son estos los diferentes métodos para expresar la
cantidad «4». Bien, aquí he escrito varios símbolos matemáticos para
operaciones; mi pregunta es: ¿cuál de estos símbolos se usan en la expresión
imaginada por usted?
—Muy bien expuesto, doctor Aarons. Usted ha
conseguido combinar varias preguntas en una sola —tomó la cuartilla de entre
mis manos y volvió a extenderla sobre la mesa—. Este es el símbolo usado.
Indicó el primero de mi lista: el signo de la sustracción, un simple guión.
Y mis esperanzas, al tener que usar la trivialidad de
una broma, también se fueron al garete. Porque aquel signo eliminaba mi tan
bien planeada teoría del producto o del cuadrado de números imaginarios para
formar uno real.
No es posible cambiar lo imaginario a lo real sumando o
restando; hace falta una multiplicación, un exponente o una división para
ejecutar esta magia matemática. Una vez más me sentí ahogado en el mar de
pesadilla, y durante largo tiempo fui incapaz de coordinar nuevamente mis
ideas.
Las horas se fueron convirtiendo en días con la
desesperante y lenta rapidez que atormenta al condenado en el corredor de la
muerte. A cada nueva idea quedaba en jaque mate; las preguntas más curiosamente
paradójicas derrotaban a todas mis preguntas.
Mi cuarta pregunta: « ¿Hay números imaginarios en su
cantidad?» produjo un frío y definitivo «No». Mi quinta pregunta: « ¿Cuántos
dígitos usa en su expresión?», también tuvo por respuesta un igualmente
definitivo «Dos».
¡Al fin...! ¿Cuáles son los dos dígitos conectados por
un signo menos cuyo resto sea real o imaginario? «Una imposibilidad —me dije—.
Este maníaco me está simplemente torturando.» Y no obstante, algo en la
locura de Strawn me parecía demasiado ingenioso, demasiado hábil, para que
esta fuese la respuesta. Era sincero en su pervertida búsqueda de la justicia.
Lo habría jurado.
¡En mi sexta pregunta tuve una inspiración! Según los
términos de nuestro juego, Strawn tenía que contestar a cualquier pregunta
menos a la directa « ¿Cuál es la expresión?». ¡Intuí una salida! Cuando volvió
a presentarse, le recibí con febril excitación, sin apenas aguardar a que
entrara para formularle mi pregunta.
—Señor Strawn. Esta es una pregunta que,
de acuerdo con sus propias reglas, deberá contestar. Supongamos que coloco el
signo de igual detrás de su cantidad: ¿qué número o números completan la
ecuación: ¿Cuál es la cantidad igual a...?
¿Por qué se estaba riendo mi enemigo? ¿Acaso podría
eludir la respuesta?
—Muy hábil, doctor Aarons, una pregunta muy hábil. Y
la respuesta es... ¡cualquiera!.
— ¡Cualquiera! ¡Cualquiera! —creo que grité—.
Entonces, usted es un fraude y su juego no es más que un condenado engaño.
¡No existe tal expresión!
—Pues sí existe, doctor. ¡Un buen matemático la
descubriría!
Y se marchó, sin dejar de reír.
Pasé toda la noche sin dormir. Hora tras hora permanecí
sentado a la odiosa mesa, revisando mis restos de información, meditando,
tratando de recordar fragmentos de todas las teorías casi olvidadas. ¡Y
encontré soluciones! No una sino varias. ¡Dios, cómo me afané sobre ellas!
Con
cuatro preguntas —dos días— que me quedaban, la solución del problema parecía
estar ya cerca. Las cosas se redujeron en mi cerebro; mi razón me aconsejó
proceder lentamente y comprobar mi progreso con otra pregunta, pero mi
naturaleza se revelaba contra el incesante estrés. «Lo has de apostar todo en
estas cuatro últimas preguntas. Formúlaselas todas de una vez, y pon fin a tu
agonía de una u otra manera.»
Creí percibir la respuesta. ¡Oh, la monstruosa y
demencial habilidad de aquel hombre! Había señalado el signo menos de mi lista,
desorientándome deliberadamente, pues constantemente el símbolo había
significado la barra de una fracción. ¿Lo ves? Los dos símbolos son idénticos,
un simple guión, pero uno utiliza la sustracción y el otro la división. «1-1»
significa cero, pero «1/1» significa uno. Y el problema podía solucionarse por
división.
Porque hay una cantidad que literalmente significa algo, número real
o imaginario, y esta cantidad es «0/0». Sí, cero dividido por cero. Cabría
pensar que la respuesta es cero, o quizás uno, pero no lo es, no
necesariamente.
Considerémoslo de esta forma: tomemos la ecuación «2 x 3 =
6». ¿Lo ves? Es otra manera de decir que dos se repite tres veces para dar
seis. Tomemos ahora «0 x 6 = 0». Perfectamente correcto ¿verdad? Bien, en esta
ecuación ¡cero se repite seis veces para dar cero! O «0/0 = 6». Y así
sucesivamente para cualquier número real o imaginario: ¡cero dividido por cero
es igual a nada!
Y esto era lo que yo imaginé que había hecho aquel
monstruo. ¡Había indicado el signo menos cuando en realidad se refería a la
barra de una fracción o división!
Al amanecer apareció sonriendo.
— ¿Están listas sus preguntas, doctor Aarons? Creo que
aún le quedan cuatro.
Le miré fijamente.
—Señor Strawn ¿su concepto es cero dividido por cero?
Sonrió más ampliamente.
— ¡No, señor, no lo es!
No me descorazoné. Quedaba sólo otro símbolo que
contestaba correctamente a la pregunta: una sola posibilidad. Formulé mi
octava pregunta.
—Entonces, será el infinito dividido por infinito.
La sonrisa se ensanchó más.
—Oh, no, doctor Aarons.
¡Experimenté un verdadero pánico! ¡El final parecía ya
muy próximo! Claro que había un medio para descubrir si el juego era o no
fraudulento. Utilicé mi novena pregunta.
—Señor Strawn, cuando usted designó el guión como el
símbolo matemático usado en su expresión, ¿se refería a la barra de una
fracción o al signo de la sustracción? —Al signo de la sustracción, señor
Aarons. Le queda una sola pregunta. ¿Esperará a mañana para formularla?
El monstruo sonreía de puro gozo. Se hallaba
totalmente confiado en las complejidades de su juego demencial. Vacilé en una
atormentadora y frenética indecisión. La terrible perspectiva de otra noche
apabullante llena de dudas me decidió.
—La formularé ahora, señor Strawn.
¡Tenía que ser la correcta! No existía otra
posibilidad. ¡Estaba agotado por tantas horas de conjeturas desdichadas!
—Su expresión... la que tiene usted en su mente... ¿es
infinito menos infinito?
¡Lo era! Lo supe por la asombrada mirada de
desencanto del loco maníaco!
— ¡Debe de habérselo dicho el diablo! —chilló.
Había espuma en sus labios. Bajó la pistola al tiempo
que yo me dirigía a la puerta; no intentó detenerme, sino que se quedó inmóvil
en medio de una especie de desolado silencio, hasta que llegué a lo alto de la
escalera. Entonces...
— ¡Aguarde un momento! —gritó—. ¡Usted se lo contará
a todos! ¡Aguarde sólo un minuto, doctor Aarons!
Bajé la escalera en dos saltos, abriendo ya la puerta
de la calle. Strawn me siguió, apuntándome con la pistola. Oí el crujido al
abrirse la puerta y me escurrí a la estupenda luz del día.
Sí, le denuncié. La policía lo detuvo cuando trataba
de huir, y lo llevaron a un manicomio. Estaba loco, pero su historia era
auténtica. Se había quedado tullido por una explosión ocurrida en un
laboratorio experimental.
¿Y el problema? ¿No lo ven? Infinito es la máxima
expresión numérica posible, un número mayor que cualquier cifra concebible.
Imagínenselo así: El símbolo matemático de infinito es un ocho horizontal: ∞.
Bien, tomemos la cuestión, ∞ + 6 = ∞. Esto es correcto
porque no es posible sumar nada a infinito que lo haga mayor de lo que es. ¿Lo
entienden? Es el mayor número posible. Entonces, por transposición, ∞ – ∞ = 6.Y
así sucesivamente; este mismo sistema se aplica a todo número concebible, real
o imaginario.
¡Y ya está! Infinito menos infinito puede ser igual a
cualquier cantidad, absolutamente a cualquier número real o imaginario, desde
cero a infinito. No, no existía ningún error en las matemáticas de Court Strawn.