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Repuestos, repuestos - Carlos D. J. Vázquez

Agazapado junto a la viga, esperó oculto entre las largas sombras de las chimeneas. Tenía los miembros entumecidos y el frío comenzaba a calarle los huesos. Encendió el protector térmico del traje y unos segundos después se sentía mucho más cómodo, reconfortado. La luna, detrás del humo y las nubes, lo espiaba desde un charquito olvidado por la última lluvia.

Transcurrieron tres horas antes de que pasara algo. Una sombra abrió la puerta que daba a la escalera del edificio y con tranquilidad se dirigió al pequeño vehículo que lo esperaba levitando unos metros sobre la azotea. La esfera luminiscente que llevaba en sus manos alcanzaba a acariciar su rostro con un brillo espectral. El siguió esperando, conteniendo la respiración para no delatarse. Cuando ese alguien estuvo lo suficientemente cerca, disparó. La descarga envolvió al ladrón, que se sacudió espasmódicamente hasta quedar inmovilizado.

Avanzó y le quitó la esfera. En su interior había lo suficiente como para vaciar la bitloteca. Buscó entre las ropas del ratero. Ninguna documentación, ninguna marca especial. Sólo sus manos de cuatro dedos indicaban que se trataba de un Leechee. Habían evolucionado muchísimo desde su primitiva forma de muy pocas instrucciones, y ya casi no se los podía distinguir de las réplicas virtuales de los humanos. Con un tiro certero en el medio de la frente decidió que este ya no molestaría, ni volvería a reproducirse.

Cuando le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la escalera, sintió el tenue pitido, casi imperceptible, y lo reconoció al instante. Corrió hacia el cadáver y manoteó su muñeca. No tenía nada. Giró la mano y encontró la cosa. El artefacto palpitaba lentamente en la palma como un ojo asombrado, titilando al ritmo del sonido. 

Conseguiría un buen precio por él... si lograba desactivarlo. Intentó sacárselo pero fue imposible, las conexiones lo aferraban a la piel y lo ligaban a ella como una sola cosa. Sin perder tiempo, tomó su navaja y mutiló la mano. Ningún cambio. Corrió hacia la escalera. Entró, trabó la puerta con todas sus fuerzas y huyó escalones abajo tratando de refugiarse. 

La explosión, algunos segundos después, voló el acceso y lo arrojó contra la pared opuesta, a la misma altura donde había estado hacía sólo un par de segundos, rebotando y cayendo sobre sus espaldas. 

Estuvo un momento tirado, luego reaccionó y comenzó a quitarse los escombros de encima. Se paró, pero su inestabilidad lo tiró nuevamente sobre los escalones. Tardó un buen rato en recuperar el equilibrio, y los oídos seguían zumbándole alocadamente. 

Se había golpeado la cabeza contra los peldaños por cubrir la bola con ambos brazos, y ahora la cabeza le latía al ritmo del corazón bombeante. Tenía un corto y profundo tajo sobre la ceja izquierda, del que manaba un pequeño pero constante hilito de sangre. Suspiró y bufó, pensando que quizá se arriesgaba demasiado. Pero no. Lo hacía por Ella, nada más que por Ella. Era la única que lo hacía sentir entero. Y eso justificaba cualquier sacrificio. Debía demostrarle que podía lograr cuanto quisiese.

Bajó el resto de la escalera apoyándose en la pared, apenas visible bajo el brillo de la esfera, la que -notó- le brindaba cierta seguridad. Conseguiría una buena recompensa por el rescate.

Ingresó a la sala oscura, tratando de encontrar el interruptor de la luz o la puerta de salida. Pero no le dieron tiempo.

Alguien pateó la puerta de entrada a la sala.

- ¡No se mueva! - gritó. Vestía el mameluco gris sin costuras ni aberturas del Comando Antivirus. El sólo atinó a levantar la vista y ver al guardia de seguridad que le apuntaba. Trató de ponerse a salvo y proteger la esfera, pero el disparo se le clavó en la frente.

 

Haz lo que más te Gusta

Cibermundo Unlimited

 

Jano Standup se sacó las lentes y los sensores con el único brazo que le respondía. Se sintió molesto, terriblemente molesto. Era la tercera vez que le pasaba, y no podía permitírselo. Debía aprovechar al máximo lo que el cibermundo le ofrecía. Ahora la habitación se sentía sofocante, sucia y oscura. Angustiante. Entonces desconectó la consola y oprimió el joystick de la silla con la seguridad que su mano buena le proporcionaba. Luego de quince horas sin salir de la máquina se sentía vacío, hambriento y con una sed abrasadora.

Abrió el refrigerador para sacar algo que comer, y sólo encontró un trozo de queso viejo y pan en rebanadas. Tendría que conformarse con el agua de la canilla, tibia, arenosa y con gusto a lavandina. Había olvidado hacer los mandados de la semana. Es que el mundo verdadero le llevaba tanto, tanto tiempo... También había descuidado el engrase de las ruedas, rechinaban demasiado. ¡Qué fastidio, tener que gastar tanto dinero en cosas materiales cuando debería comprar otro bitlocuerpo! Pero debía hacerlo, necesitaba ambas cosas para sobrevivir.

Bebió largos sorbos directamente del grifo, sin darle importancia al sabor del agua, y comió un par de bocados. Allí mismo inclinó la silla y durmió algún tiempo, tratando de recuperar fuerzas.

Antes dormir le daba miedo. Había un sueño que se repetía casi siempre. Una y otra vez soñaba con su cuerpo lúcido, respondiendo a su pedido de movimientos, corriendo a lo largo y a lo ancho de una vasta pradera. El sol brillaba y se ocultaba de a ratos, cediéndole paso a una fina llovizna que refrescaba su cuerpo sudado. Y él saltaba, corría y hacía cabriolas, colmado de dicha. 

Hasta que el cielo se encapotaba, tenebroso, y unas garras se le clavaban en los tobillos y lo sujetaban, tirándolo al piso para que otras garras saliesen de la tierra y lo aferrasen dejándolo inmóvil. Y llegaba el verdugo con su capucha negra de mueca ¡JA JA JA! bordada y su enorme hacha brillante ¡NO POR FAVOR POR FAVOR NO POR FAVOR NO! que caía una y otra vez entre las risas del gigante y su imploración sin sentido, con las gotas de su sangre que teñían el cielo de nubes carmesí, quitándole lo que tanto apreciaba, marchándose alegremente con su botín no sin antes comerse ante sus ojos su brazo verdaderamente vivo.

Despertaba sudoroso, agitado, con las lágrimas viajando sin sentido por su torso inerte. Y se daba cuenta que lo que más le sacudía no eran los golpes del verdugo, sino la entrañable imagen de su cuerpo sano, activo, sensible. Intacto.

La tercera vez que se repitió el sueño había intentado una locura, clavándose cuchillos en varias partes, haciendo fuerzas con su única mano para rasparle al hueso alguna sensación. Y fue como cortar una enorme y ajena res. La mujer que hacía la limpieza lo halló cuando apenas había perdido la conciencia, casi desangrado, empapado en rojo.

Una fría cirugía de emergencia recuperó tejidos y tendones, salvándole la vida con su lógica insana. Un juez lo condenó a un manicomio, y la terapia lo conectó con el mundo virtual, aprendiendo a sentir propio un cuerpo programado. El verdugo jamás volvió a presentarse; ahora soñaba con soles de neón, vivía en praderas de electrones.

 

Súbete al Mundo Moderno

Cibermundo Unlimited

 

Al despertar revisó el nivel de mugre de su silla. Estaba completísimo, lleno de excrementos y orín. Debería ser un poco más cuidadoso y calcular el tiempo que le llevaba atiborrar el receptáculo. Aunque ya habían pasado años no terminaba de acostumbrarse a no sentir nada del cuello hacia abajo, salvo -gracias a quien sabe qué- el brazo. Con mal humor fue hasta el baño, se acomodó sobre la letrina modificada y programó la descarga y limpieza del recipiente. Decidió que no debía sentirse tan molesto, después de todo era mejor que andar revisándose los pañales a cada rato.

Volvió a la máquina, la encendió y se conectó. Revisó su cuenta bancaria y notó que sólo contaba con algunas chirolas. Lo importante era conseguir dinero, y a cualquier precio. Vendería su cuerpo si era necesario para poder estar con Ella, la necesitaba tanto como salir de esta realidad de pesadilla. Buscó entonces en la bolsa de ofertas. Lo hizo durante horas, revisando en los bancos de órganos de la ciudad y de las ciudades cercanas. A la madrugada encontró lo que buscaba:

COMPRA: Pierna derecha blanca, largo entre ochenta y cinco y noventa y cinco centímetros, sin fracturas ni problemas físicos importantes, completa. Muy buena paga. Instituto Privado de Traumatología y Ortopedia.

Apresurado, ordenó a la consola que se conectase lo más rápidamente posible. Debía lograrlo, nadie debería ganarle de mano y quitarle su salvación inmediata. Buen dinero, el Instituto siempre pagaba muy bien las piezas de recambio. Había gente que podía darse esos lujos.

El paisaje automático que aparecía en el visor cada vez que hacía un llamado se difuminó y cedió paso a un corto pasillo. Al final, una puerta transparente dejaba ver la elegante oficina. Para ponerse a tono, tomó la forma de un hombre alto, vestido con un moderno traje de aire distinguido. Esta apariencia le saldría algo más cara que la término medio, pero tenía la corazonada de que esta vez todo marcharía a la perfección. Sí, así sería. Al entrar, tras un refinado escritorio oval de madera oscura, la bella recepcionista le dirigió la mirada.

- ¿Señor? preguntó ésta, inclinándose en su dirección con un mohín que mostraba sensualidad y cortesía.

Intentó en vano parecer seguro.

- Vengo... vengo por el aviso.

- Ah... ¿Cuál de todos? - preguntó la hermosura.

- El de la pierna - contestó -. La pierna derecha.

La mujer cambió de semblante, mirándolo de la cabeza hasta los pies.

- Usted no parece el tipo de persona que necesite vender sus miembros - dijo en tono de burla.

El la miró, pensando que su bello rostro y sus senos opulentos tampoco deberían responder a su físico real, aunque seguramente esta imagen virtual era tan coqueta y quisquillosa como la de carne y huesos. Decidió no decir nada, admirando el escote y el relieve de los pezones que se dejaban ver tras la fina seda de la blusa.

- No es para mí - explicó sonriente, tratando de demostrar que lo anterior no había hecho mella en él -. Es para un amigo que no puede comunicarse.

Ella se irguió en su asiento, ofuscada.

- Vea, señor - dijo tras una seca sonrisa -. Lamento decirle que las ofertas sólo se tratan con el interesado, sin intermediarios. Si su amigo no puede comunicarse con nosotros, déjenos su dirección o su número de terminal, hablaremos con él cara a cara en caso de necesitarlo.

Presionó un botón en el pequeño tablero y le extendió un lápiz óptico.

Jano tomó el lápiz y observó el formulario que apareció en la simulada superficie del escritorio.

- No... Creo... Creo que me he expresado mal - se disculpó, turbado.

Ella levantó su cabeza y lo miró con sorna.

- Yo... Yo soy el interesado.

- Está bien - suspiró tras una mueca -. Vea, debe presentarse personalmente en el Instituto para ver en qué estado se encuentra el miembro requerido. Hoy miércoles, alrededor de las ocho de la mañana y en ayunas. Y ahora, llene esto.

Apretó otro botón y el formulario de la pantalla cambió al instante.

Jano llenó los datos y se despidió.

- Gracias. Hasta luego.

La hermosa señorita ya estaba observando su cabello en el espejo de mano.

Volvió a quitarse los sensores y las antiparras. Su corazón redoblaba como una batería furiosa. Agradecía tanto haber pensado en el gimnasio automático, así que después de todo no había sido una mala inversión cuidar de su cuerpo aunque a él no le sirviese para nada. Contento, se dirigió hacia el aparato, se puso en posición y presionó el botón verde. El brazo neumático lo levantó con suavidad y lo acomodó sobre el mullido bastidor. Automáticamente, la maquinaria comenzó con los masajes y los movimientos. El conectó la sonda a su costado y acomodó el casquete sobre su cabeza. Mientras su cuerpo se sometía a diálisis y hacía ejercicio, él dormiría otra siesta.

 

Disfruta tu Estilo

Cibermundo Unlimited

 

Cuando se presentó en el Instituto Privado de Traumatología y Ortopedia vio que no era el único en responder el aviso. Y notó que llevaba todas las de perder. El primero era un viejo bastante mayorcito de edad, demasiado para andar ofreciendo partes. Por eso éste no era el problema. Había otro, un atlético muchacho de entre veinte y veinticinco años. ¡A la mierda, eso sí que era un verdadero desperdicio!

Decidió acercarse al viejo e ignorar al otro, así se sentiría mucho menos acomplejado.

- Buenos días - saludó, tratando de sonar cordial.

- Buenos días muchacho - le respondió el viejo con voz gastada. - ¿Viene por el aviso?

- Ajá - asintió.

El viejo cabeceó pensativo. - Se mantiene en muy buena forma a pesar de la...

- ¿De la silla? Sí, me he cuidado. Siempre supe que comprar un autogimnasio no era una mala elección.

- No. No lo ha sido.

- Además - agregó - tengo un colchón de aire que impide que se me formen escaras.

Ambos se quedaron un momento en silencio, uno sacándose una pelusa de la ropa y el otro mirando la nada.

- ¿Por qué lo... - dijeron ambos al unísono.

El viejo sonrió y contestó primero.

- Hace ya dos años que me quitaron la jubilación. Estuve tratando de averiguar el por qué, pero nunca pude enterarme de nada. Usted sabe como son estas cosas. A uno lo joden sin derecho y después no puede ni protestar.

Jano vio que el otro los estaba observando. Trató de mirarlo a la cara, pero éste giró sus ojos, disimulando.

Unos segundos después, cuando iba a confiarle al viejo las causas que lo habían arrastrado a esta situación, apareció la secretaria. Por suerte, no se veía demasiado diferente a su imagen virtual. Quizá su busto fuese un poco más chico, pero seguía siendo irremediablemente sugestivo. Al verlo, llamó por el intercomunicador.

- El señor Standup ya está aquí - informó.

- Perfecto - dijo la voz desde el otro lado -. Que pase el primero.

Hizo señas al anciano. - Pase por aquí, abuelo.

- ¡Abuelo! - protestó el anciano. - ¡Yo no soy su abuelo, a lo sumo puedo ser su padre!

Jano acomodó su silla en un costado y se quedó mirando a la secretaria, esperando su turno.

Un rato después el viejo salía de la oficina, amargado.

- ¡No les sirvo porque se me hinchan las venas! Al final no me queda otra que morirme - se lamentó -. ¡Ya no aguanto ni un día más durmiendo en las calles y comiendo de limosnas!

- Es su turno - dijo la secretaria haciéndole un gesto con la cabeza. Tenía las manos muy ocupadas haciendo no se sabe qué en el tablero.

- Pero... El señor... - dijo señalando al muchacho atlético.

- ES SU TURNO, señor - repitió ella impacientándose.

Consternado, tomó el mando de su silla y sin decir más se dirigió hacia la oficina. Al entrar vio que era mucho más amplia y rica que la sala, tanto cualitativa como cuantitativamente. Las paredes estaban forradas de diplomas y pergaminos, todos enmarcados con el mismo tipo de borde de oro. Varios focos iluminaban a medias el ambiente, destacando en un rincón el holograma animado de una osamenta que giraba flotando a unos centímetros de la base. Lo hacía lentamente, posando siempre de la manera que mostrase mejor sus huesos, imitando a un descarnado fisicoculturista. Detrás, una pantalla panorámica que cubría la pared de punta a punta dejaba ver la noche desde un acantilado costero.

- La verdad, así no me lo imaginaba - dijo una vocecita nasal desde atrás del escritorio, sobresaltándolo.

Un tipejo pequeño de barba rala pero prolijamente cortada y peinado engominado salió de la media luz que lo protegía y se adelantó hacia él. Vestía un traje costosísimo, de hilo verdadero, y en su solapa llevaba prendido el distintivo que indicaba su alto rango en el escalafón médico.

- Soy el Doctor Remigio González Ochoa, Director de este establecimiento - dijo mientras le daba la mano -. Por su informe supuse que se encontraría en mejores condiciones - dijo mientras le palpaba los músculos.

Por un instante un escalofrío recorrió su cervical y se sintió perdido, pero logró reponerse a la primera embestida descalificadora.

- No he dejado ni un día de hacer ejercicio.

- Se nota, se nota - dijo divertido el hombrecito, mientras se apoyaba en el borde del escritorio y entrelazaba sus manos. - Sus músculos están bien trabajados, pero no sé en qué estado se encontrarán las terminales nerviosas.

Replicó al instante, ahora ya preparado para responder cualquier cosa.

- En mi informe puse todo lo de mi enfermedad. En todo caso, en el archivo comunal, en mi historia clínica...

- Sí, ya la he leído detalladamente. Vea usted - hizo una pausa y se dirigió hacia el esqueleto. - ¡Detente! - ordenó, y la imagen cesó su giro. Apuntando con el extremo de la lapicera, le explicó. - El problema suyo es que no sabemos en qué tramo de su sistema nervioso está el inconveniente. Los hospitales públicos no tienen el instrumental necesario para saberlo. El daño puede estar por aquí - recorrió el espinazo con la pluma -, aquí - la nuca -... o aquí, en algún lugar de su cerebro. La cuestión es saber exactamente dónde.

- ¡Sigue! - y el holograma reanudó sus movimientos. Entonces volvió al lugar donde había estado antes, acariciando a su paso la madera lustrosa con la punta de los dedos. - Pero no se preocupe, le realizaremos de inmediato los estudios pertinentes.

Primero le sacaron una muestra sanguínea y le realizaron una tomografía computada de cuerpo entero. Luego lo desinfectaron y llevaron ante una compleja maquinaria, acostándolo sobre la camilla. Un sujeto alto y de mirada completamente profesional le baño el cuerpo con una sustancia abstergente y le conectó cientos de electrodos, clavándole las agujas en el nervio de los músculos con la precisión de un cirujano. Aunque no las sentía en lo más mínimo, el sólo verlas desaparecer bajo la piel le produjo náuseas.

- Háganlo con cuidado - ordenó el jefe del equipo -, no queremos dañar la mercadería.

Una vez hecho esto, el hombre se dirigió a una consola y comenzó a manipular el teclado. Al instante, sus músculos comenzaron a moverse espasmódicamente, reaccionando a la descarga. El tipo de la consola le dirigió una mirada satisfactoria.

 

La Única Forma de Ser

Cibermundo Unlimited

 

- Bien - dijo el hombrecillo bien trajeado, nuevamente en su oficina -. Muy bien.

El esqueleto había desaparecido y en su lugar Jano vio una imagen tridimensional de su propio cuerpo desnudo. Nunca antes había podido observar la delicada y paradójica armonía de su musculatura.

- Ha hecho un buen trabajo con ellos, pero observe esto. Como dice el viejo chiste, tengo dos noticias para darle, una buena y otra mala. Le daré primero la mala.

A un mandato de su voz la piel desapareció, dejando las vísceras a la vista.

- Como puede ver, sus órganos están dañados irreparablemente. No creo que pueda sobrevivir por mucho tiempo, aún con los mejores tratamientos que podamos ofrecerle. Es una pena derrochar así sus extremidades.

Jano hizo un gesto desconsolado.

- ¡Pero amigo! - dijo el otro abriendo los brazos -. Aún no le he dado la buena. Repuestos, repuestos... eso es lo que mi empresa necesita. Y usted necesita vivir.

Hizo una larga pausa mientras caminaba de un lado al otro de la oficina, parándose delante del ventanal simulado para mirar la luna llena que crecía en el horizonte.

- Puedo proponerle un trato. El costo de lo que puedo ofrecerle es muy alto, pero eso puede solucionarse de varias maneras. Quizá tenga usted algunos bienes, los que de cualquier modo sólo le servirán en el corto plazo, si usted muere... Además - prosiguió -, tengo un amigo, un alto funcionario que quizá pueda brindarle un empleo, bastante cómodo si lo comparamos con lo que hay en el mercado.

Sacó un pequeño objeto de su bolsillo. Al apuntar sobre la pantalla, el control remoto trasmutó el paisaje en la imagen fija.

- ¿Sabe de qué se trata?

- Más o menos.

- Juegan un papel muy importante en la Comunidad. Aparte de esto, pueden dedicarse a lo que quieran. Usan el bitlespacio cómo y cuánto se les dé la gana. Juegan todo el día, se dedican a deportes... Hacen lo que quieren. El Estado se encarga de alimentarlos y mantenerlos en buena forma. ¿Pero sabe una cosa? Hay veces que se producen vacantes, pues algunos se cansan de esa vida. ¿No le parece ridículo?

Es obvio - pensó Jano -, observaron mi expediente hasta en el último detalle. Saben que me he pasado días enteros dentro de la computadora. Saben lo de mi intento de suicidio, de mi adicción, y que he perdido mi imagen virtual.

Volvió a apuntar con el control y la luna brilló nuevamente en la pantalla. Se dio media vuelta y lo miró de manera penetrante.

- Tómese su tiempo. Ahora - agregó - quiero que conozca a alguien.

Se dirigió al intercomunicador y la imagen de la recepcionista se mostró en la pequeña pantalla. - Hágalo pasar.

 - Sí señor - respondió la joven obedientemente.

La puerta se abrió y el muchacho que lo observaba en la sala de espera entró a la oficina. El anfitrión se adelantó a saludarlo.

- ¡Mi querido señor Potranco, qué gusto el verlo!

- ¿El será el que...?

- Aún no lo ha decidido. Pero no se haga problema, le conseguiremos la pierna.

El muchacho miró a Jano, alarmado.

- No se preocupe - dijo González Ochoa para calmarlo -, el señor es de confianza, nunca diría nada. Ahora vaya y descanse, nosotros nos comunicaremos con usted cuando todo esté listo.

El hombre lo miró detenidamente durante un breve lapso y luego saludó con la cabeza y se marchó por donde había venido.

- Es el hijo del Embajador - dijo el doctor confidencialmente -. El pobre perdió la pierna en un accidente mientras esquiaba en Las Leñas. Yo estaría muy contento si alguna parte de mi cuerpo lo acompañara. Es un buen chico, muy sensible, y no quiere que nadie se entere de su pérdida porque cree que muchos de los amigos que tiene se alejarían al saber lo de un implante artificial.

Sonrió y se sentó en su mullido sillón forrado en cuero natural, tras el escritorio. Se reclinó y comenzó a hamacarse levemente mientras miraba el enorme anillo que brillaba en su anular izquierdo.

- Aunque quizá esté todo solucionado - dijo para sí mismo.

 

Los Mejores Momentos son Electrónicos

Cibermundo Unlimited

 

Un breve murmullo resonaba en lo más profundo de su mente, pero no le dio importancia. Siguió mirando las olas que por primera vez había visto en el lejano consultorio de su benefactor. El sol lo acariciaba con su cálida y sedosa mano acompañado por la sutil brisa marina. Se recostó boca abajo en la reposera y se puso a juguetear con la arena seca que se le escabullía entre los dedos. 

Sintió sed y tomó el trago helado que estaba sobre la mesa, bajo la sombrilla. Bebió un sorbo y el gusto a frutas le refrescó la boca y la garganta. Así reconfortado, se levantó y marchó a quitarse el calor y el aburrimiento entre las olas atlánticas.

Allí estuvo un largo rato, a veces saltando y jugando con el agua, otras buscando piedras y caracoles bajo la superficie. Cuando se sintió cansado salió del agua y marchó hacia la cabaña, apenas visible entre las palmeras. Penetró en ella y, luego de darse una ducha a fin de quitarse la sal de la piel, se recostó desnudo sobre la amplia y cómoda litera. 

Estiró su brazo y puso a funcionar el ventilador de techo. Mientras observaba el apaciguado andar de las aspas, recordó la imagen que había visto en el consultorio del Instituto, cuando el doctor le mostró aquellos estantes llenos de cerebros. 

La Memoria de la Comunidad, el mayor biobanco de datos del mundo. El también estaba allí, en alguno de los nichos, y una parte de su mente estaría allí, manipulando archivos, legajos y cuentas bancarias, pero... ¿cuál era el problema?

Entonces sintió unos pasos que se acercaban por el blando camino de arena. Su programa del sensex preferido estaba desarrollándose a la perfección. La morena tendría algo más de dieciséis años y un cuerpo deslumbrante.

- Al fin lograste llegar a mí, picarón - dijo con la voz y la risa de los ángeles.

Se acercó a él y, luego de convidarle con un pequeño trozo de manzana, le besó la boca. Sintió sus labios perfumados y su lengua traviesa.

En la penumbra de la choza ella se quitó la levísima ropa que cubría sus formas y se inclinó sonriendo sobre él, poniéndole los pechos a la altura de su boca.

- ¡Ah... Esto sí que es vida! - pensó. Y se puso a juguetear succionando, lamiendo, mordiendo suavemente, mientras sus manos recorrían las mejores partes del cuerpo de su acompañante a la vez que la penetraba.

La explosión - Robert Rohrer

El cohete teledirigido de casco negro emitía su tictac mientras cruzaba veloz la noche del espacio. Ascendió rápidamente desde una coordenada preestablecida a otra, en un arco cada vez más amplio. El cohete había fallado el blanco asignado, de modo que el arco aumentaba desusadamente, y en aquel momento alcanzaba un sector de 150.000 kilómetros de longitud.

Hacía ya un siglo que el proyectil había sido disparado, durante una guerra que había cambiado la forma de vida del planeta, una guerra que no terminó con la capitulación de los vencidos. Esa contienda aún se estaba disputando, pero no con las fuerzas titánicas del átomo y de las máquinas, sino con las mentes y las almas de los hombres y de otros que querían serlo.

Desde hacía un siglo el diminuto motor atómico del cohete hizo que éste saltara de un punto a otro de las coordenadas con constante regularidad, y esto mantendría en movimiento al proyectil y su potente cabeza nuclear hasta que algo se interpusiera en su camino.

Una vez más se cerró un circuito, se movió una varilla, y el átomo vomitó potencia. El cohete no pensaba; tan sólo avanzaba.

A unos pocos cientos de kilómetros del proyectil se hallaba inmóvil el pequeño crucero Estrella del Sur, envuelto en una verde nube de refrigerante líquido que se había acumulado en el exterior del casco. En este último se apreciaba un orificio producido por un minúsculo meteorito. Como el calor generado por los cohetes del navío sideral hubiese fundido su casco, de no haber funcionado aquéllos adecuadamente, se había cortado la propulsión y el Estrella del Sur permanecía inmóvil, abatida su pantalla protectora y en la trayectoria directa del proyectil.

En el cónico compartimiento de entrada del crucero, situado justamente en el exterior de la bóveda de cohetes del Estrella del Sur, se hallaban dos hombres y dos maxyds. Uno de los hombre era alto, llevaba barba de varios días y su rostro y cuello relucían a causa del sudor. En cuanto a los dos maxyds tenían el rostro y las zarpas cubiertas por un pelaje hirsuto y amarillento. Sus cabezas eran como la de un osito de felpa barato, y ambos presentaban un aspecto idéntico, al menos para los dos hombres.

Los cuatro llevaban puesto el uniforme azul claro de las Fuerzas Espaciales a la que pertenecían.

—Maldita tubería —masculló el más alto.

Le disgustaba el contratiempo porque deseaba llegar cuanto antes a la siguiente colonia, y el trabajo de reparación iba a demorar la marcha de la nave un día, o tal vez dos.

—Esta maldita tubería ha tenido que estallar —agregó al mismo tiempo que depositaba las pesadas herramientas que empuñaba, tras lo cual se incorporó y se desperezó—. Cielos, cuando llegue a la Colonia Quince me conseguiré la mejor ramera que encuentre, y...

—Cállate —dijo el hombre más bajo.

El otro dejó de estirarse e inquirió:

—¿Qué has dicho?

—He dicho que te calles de una vez. Estoy harto de ti y de tu sucia boca.

—¡Ah, vaya! Pues escucha bien, tú no eres más que un...

—Basta, sigamos adelante —dijo uno de los maxyds—. No es momento para perder el tiempo.

El alto se volvió hacia el maxyd y le dijo socarronamente:

—Bueno, bueno... Está bien, manos a la obra.

El hombre más bajo dejó a su vez las herramientas que había traído, y los maxyds, que estaban ya vestidos con los trajes espaciales, se ajustaron los cascos y se dispusieron a entrar en la abertura de emergencia del tubo de refrigeración.

 

En el interior de la sala de control del Estrella del Sur se hallaba de pie el capitán Henry Bittnel, mirando por el gran tragaluz de proa de la nave hacia los rutilantes puntos blancos y rosados que eran las estrellas diseminadas por la negra bóveda celeste. También Bittnel pensaba buscarse una prostituta, en cuanto llegase a la Colonia Quince, aunque no dijera nada de eso a sus subordinados. No lo dijo al operador de radio que se sentaba a su izquierda, ni al piloto que se arrellanaba en su sillón acolchado, delante de él, ni al maxyd que se hallaba de pie a su derecha. Y, desde luego, tampoco iba a decirlo a su mujer, en la Tierra.

El maxyd que estaba junto al capitán se llamaba Kaaru. Era el segundo en el mando, después de Bittnel, y transmitía a éste todas las quejas de los maxyd alistados en la astronave. No eran pocas las quejas, y Bittnel maldecía a menudo, en la intimidad de su camarote, la ley que exigía que las dotaciones de las naves militares estuvieran compuestas por hombres y por maxyds.

Bittnel nunca se cansaba de contemplar las estrellas. Las había de aspecto muy distinto, todas poseían características diferentes, para un buen observador. Y cuando dejaba de examinar una estrella determinada, Bittnel estudiaba el efecto general del polvillo espacial y de las luminarias, que eran como fragmentos de plata, y jamás parecía aburrirse de aquel grandioso espectáculo.

—Qué hermoso —dijo Kaaru, suavemente.

Bittnel se volvió a medias. Simpatizaba con Kaaru, y pensaba que lo que decían los hombres acerca de los maxyds no eran más que necedades. Bittnel había descubierto que eran gente orgullosa, pero gente al fin y al cabo, y no podía comprender por qué había tanta animosidad contra ellos entre los tripulantes.

—¿Adonde piensa ir, cuando hayamos llegado a la Colonia Quince? —le preguntó Kaaru, con su voz baja y nasal.

—A la cama más mullida que encuentre —repuso Bittnel sinceramente, aunque la pregunta le incomodaba.

—Yo también —aseguró Kaaru, y su corto morro se estremeció ligeramente—. La situación entre los miembros de la tripulación ha mejorado mucho desde que usted habló a los suyos.

—Eso creo; si los maxyds alistados supieran el gran respeto que siento por ellos, y que estoy seguro de que comparten la mayor parte de los hombres...

Baker, el operador de radio, alzó la cabeza y se quitó los auriculares, manifestando:

—Llama el jefe de radar, señor.

Bittnel tomó el aparato y se colocó uno de los auriculares al oído, para luego hablar por el micrófono cónico:

—Dígame, Harris...

—Capitán, algo se acerca velozmente por nuestra banda de estribor.

—¿Es un aerolito?

—No, señor. Los analizadores indican radiactividad. Me parece que se trata de un proyectil teledirigido, señor.

—¿Un proyectil teledirigido? —repitió Bittnel, y vio por el rabillo del ojo cómo los demás se ponían tensos—. ¿Está seguro?

—Sí, señor. En realidad, no podría ser otra cosa.

—¿Cuándo se producirá la colisión?

—Dentro de un minuto y medio, señor, si no levantamos la pantalla protectora.

Bittnel entregó el auricular al operador. Los generadores de la pantalla quemarían el casco de la nave, si no había refrigeración. Pero cuatro tripulantes estaban allí abajo, reparando la tubería principal del sistema refrigerador.

—Póngame con el compartimento de entrada por el intercomunicador.

—Sí, señor —repuso Baker, y pulsó un conmutador Bittnel tomó el micrófono del intercomunicador y dijo:

—Habla el capitán. Cierren la abertura de emergencia del tubo principal.

—Pero, señor, hay dos maxyds trabajando allí ahora —contestó por el aparato una voz llena de sorpresa.

Kaaru se estremeció ligeramente. Bittnel observó al maxyd, pero los ojos de éste se mantenían impasibles. El capitán sabía lo que había detrás de aquella mirada.

—¿A qué distancia se han adentrado? —preguntó.

—A unos cuarenta metros —contestó la voz.

Bittnel dijo a Kaaru:

—Disponemos de menos de un minuto. Tengo que hacerlo.

Kaaru no respondió.

Bittnel ordenó por el micrófono:

—Cierren la abertura inmediatamente.

—Sí, señor —respondió la voz, y se oyó un sonido como de algo que se deslizaba.

Volviéndose al piloto, Bittnel dio otra orden:

—Accione la bomba del refrigerante, y levante la pantalla protectora.

—Sí, señor —dijo el piloto, y sus manos se movieron rápidamente sobre el cuadro de mandos.

Bittnel dijo a Kaaru:

—No había tiempo para sacarlos. Lo siento.

Se daba cuenta de que los maxyds se hallaban en ese momento ahogándose en el refrigerante, y eran golpeados contra las vigas de unión del tubo. Decía la verdad cuando afirmaba que lo sentía.

—Yo lo comprendo —aseguró Kaaru, lentamente—; pero, ¿lo entenderá mi gente?

—Es necesario que usted se lo haga comprender. Verá, Kaaru...

Una sirena aulló en el interior del crucero. Eso significaba que el proyectil había chocado contra la pantalla protectora, pero que no había estallado.

—No ha hecho explosión. Era un proyectil sin carga —dijo Kaaru, sin dar importancia a sus palabras, aunque en ellas había más acusación que si hubiera hablado lleno de enojo.

Bittnel ordenó entonces al piloto:

—Teniente, mande afuera algunos especialistas en explosivos, y que introduzcan el objeto, si les parece seguro. No podemos dejarlo que vague perdido por ahí.

En su interior se sentía agobiado. Había causado la muerte de dos tripulantes, tal vez sin motivo alguno.

—Lo siento, Kaaru. No tenía otra elección... Créame...

—Trataré de decírselo así a mi gente —repuso Kaaru, con una mirada distante como nunca la había tenido desde que se iniciara su amistad con Bittnel—. Pero sería mejor si les hablara excusándose por los que han muerto.

Bittnel miró fijamente a Kaaru. Los maxyds eran gentes orgullosas, ciertamente, pero existían reglas.

—Sabe usted que no puedo hacer eso, Kaaru —concluyó diciendo el capitán.

Kaaru se miró la zarpa abierta, se encogió de hombros y contestó:

—Como usted quiera.

 

El hombre alto estaba hablando en su camarote con dos de sus compañeros.

—Hoy tuve que liquidar a dos de esos condenados maxyds —manifestó.

—¿Es posible? —respondió uno de sus acompañantes.

—Ya lo creo. Estaba haciendo unas reparaciones cuando el capitán me llamó diciendo: «Cierre inmediatamente la compuerta de emergencia». Así lo hice yo, y al momento el tubo se llenó de refrigerante. En seguida oí a los dos maxyds chocando contra las paredes del interior. Mañana tendré que entrar para sacarles de donde están. Tardaremos un día más en llegar a la Colonia Quince, pero ha valido la pena. Acabé con esos malditos... salvajes.

—En realidad, tú no les has hecho nada —intervino uno de los compañeros—. Sólo hiciste lo que te ordenó el capitán.

—Claro, fue el capitán quien lo ha hecho —terció el otro.

—Maldita sea, era igual que si lo hubiera pensado yo mismo —aseguró el alto—. Me gustaría hacerlo de nuevo. Desearía liquidarlos yo de verdad.

—Yo también lo haría —confirmó una de los otros dos.

 

Bittnel se hallaba leyendo el informe del equipo de explosivos cuando Kaaru entró en su camarote.

—Kaaru, ¿quiere sentarse? —dijo Bittnel, poniéndose en pie y siguiendo la fórmula de cortesía de los maxyds.

—Gracias, pero no puedo.

Kaaru omitió las habituales frases de introducción, de lo que Bittnel pudo colegir que el asunto era grave.

—He hablado con mi gente —siguió diciendo el maxyd—. Están inquietos. Hablan de... imprudencias. Exigen una explicación personal por parte de usted.

Bittnel apretó los labios. En cierto modo había esperado eso. Los maxyds ejercían una gran influencia política en el Gobierno interplanetario; debido a que su situación, hasta muy poco antes, había sido la de un grupo social poco privilegiado. Esperaban que los hombres se plegaran siempre a sus deseos, ahora que habían conseguido cierta medida de igualdad. Como resultado de esto se estaban produciendo muchas desavenencias en los planetas.

Bittnel no quería problemas en su nave. Esto era muy peligroso en un viaje de larga duración y en un minúsculo crucero donde no existían mujeres que contribuyeran a aliviar las tensiones.

—Dígame, Kaaru, ¿recuerda el caso del Lincoln? —preguntó el capitán—. ¿Se acuerda de los linchamientos?

Kaaru no dijo nada. Bittnel añadió:

—El capitán del Lincoln pidió disculpas públicamente.

—La culpa fue de la tripulación —contestó Kaaru.

—No, fue del capitán —declaró Bittnel, moviendo negativamente la cabeza—. No debió haber pedido excusas. Los maxyds de la tripulación consideraron esas disculpas como una muestra de inferioridad de los hombres, y sacaron siempre a colación el asunto hasta que los hombres se hartaron y el Lincoln se convirtió en una nave muerta después de la refriega. Yo no quiero disturbios en mi crucero, Kaaru, y si hiciera lo que usted me pide, correría el riesgo de enfrentarme con una situación parecida, por la misma razón. No puedo arriesgarme.

Kaaru no pareció escuchar las últimas palabras de Bittnel, e insistió:

—El caso del Lincoln era diferente en un determinado aspecto.

—Sí, pero los factores eran los mismos, Kaaru. ¿No comprende que por ese motivo ahora hay una regla que prohíbe al capitán hacer cualquier clase de concesión a sus tripulantes? Eso mina su autoridad sobre ellos, lo que a su vez significa falta de moral, de orden...

—Sé que hay unos reglamentos —dijo Kaaru—; pero yo no puedo convencer a mi gente de que usted no utiliza esas reglas como excusa porque no quiere pedirles disculpas.

—Su gente..., mi gente... —repuso Bittnel—. Kaaru, todos somos la misma gente; una tripulación de una nave, que actúa como una unidad. Mientras sigamos obrando unos contra otros, como ahora, tratando de pasarnos por encima mutuamente, no habrá ninguna unidad. El simple hecho es que si un capitán se humilla ante su tripulación, pierde el respeto y el dominio que tiene sobre ella. Por eso existe dicha reglamentación. Ocurre que soy el capitán de la nave, y que los que usted llama «su gente» integran la tripulación de la misma. Hice lo que debía, y voy a seguir aplicando los reglamentos.

—Esto supone una terrible afrenta para mi pueblo —manifestó Kaaru pausadamente.

Bittnel frunció el ceño e hizo una nueva tentativa.

—Mire esto —dijo tendiéndole la hoja de papel que estaba leyendo cuando había entrado Kaaru—. Se trata del informe que los hombres del equipo de explosivos me enviaron. Fíjese; si el proyectil hubiera chocado contra el casco de la nave, habría estallado. Se trata de un viejo cohete y nuestra pantalla protectora no fue lo suficientemente sólida como para activar la cabeza nuclear, pero el casco del crucero lo hubiese hecho. Ahora todo está pendiente de un hilo. La sacudida más insignificante puede provocar el estallido. El artefacto se encuentra en estos momentos junto a la santabárbara, sujeto con abrazaderas. Antes de que lleguemos a la Colonia Quince tendremos que lanzarlo en una zona segura para hacerlo detonar. Hubiera partido esta nave por la mitad, Kaaru, de no haberse levantado la pantalla. Aquellos dos no murieron inútilmente. Puede decirle eso a los otros.

El maxyd terminó la lectura del informe y miró a Bittnel, quien casi pudo leer lo que pasaba por la mente de Kaaru, a través de sus grandes y pálidos ojos. Por fin, Kaaru tomó una decisión, y dijo:

—Está bien; voy a intentarlo. Les hablaré por la mañana.

—Magnífico —respondió Bittnel, sonriendo.

 

A la hora de la comida, al día siguiente, el hombre alto hablaba con varios compañeros sentados ante la estrecha y larga mesa reservada para los hombres. Los maxyds comían siempre en otra mesa que estaba situada en el lado opuesto del comedor.

El hombre de elevada estatura no disimulaba su desdén y enfado.

—Mirad a esos malditos de allí —declaró, señalando—. Mirad a esos puercos peludos, que tal vez están pensando el modo de arrancarnos el cuero cabelludo. Me alegra haber eliminado a dos de ellos, ¿sabéis? Ellos, con su pelaje amarillento, su morro y sus ojos saltones, no merecen dormir en literas, como nosotros. ¿No lo habíais pensado? Sólo son animales con uniforme; es lo único que son. Hace poco tiempo aún dormían en cuevas. Animales salvajes, eso es lo que son.

Los compañeros del que hablaba, con los ojos muy abiertos, se inclinaban hacia él. De vez en cuando alguno decía:

—Sí, tienes razón.

 

En ese momento Kaaru se hallaba frente a Bittnel, el cual estaba sentado ante su escritorio. Kaaru colocó sobre la mesa el informe de los especialistas en explosivos, y dijo:

—Los míos piden que se disculpe.

—Lo siento, no puedo hacerlo —contestó el capitán.

—Quiere decir que no va a hacerlo —corrigió Kaaru—. Usted cree que no son dignos de las excusas de un hombre. Y ellos saben lo que usted piensa.

—Usted también cree eso, ¿verdad, Kaaru?

El aludido desvió la mirada y contestó:

—Es una cuestión de honor.

—Del honor de ustedes tan sólo, ¿no es eso? —insistió Bittnel; y apoyando la frente en sus manos, agregó con aire cansado—: Apremios, obligaciones... Sobre usted, sobre mí..., sobre todos nosotros...

—Mi pueblo ha sufrido hasta ahora muchas ofensas por parte de sus tripulantes —manifestó Kaaru.

—No volverá a ocurrir. Se lo he prometido.

—Eso no basta. Deben recibir alguna prueba de su buena voluntad.

Por vez primera Bittnel no pudo contener su enojo.

—¡No, maldición! —exclamó—. No voy a quebrantar las reglas, ya lo he dicho. Lamento lo que ha ocurrido, bien lo sabe usted, pero pedir disculpas en público es imposible.

De nuevo los ojos de Kaaru dejaron entrever que había tomado una decisión.

—Bajo la responsabilidad de mantener el honor de mi gente, debo manifestarle que estoy en posesión de ciertos informes sobre sus actividades en las dos últimas colonias en que hemos hecho escala, capitán, y creo que eso resultaría desastroso para usted, de enterarse las autoridades centrales, y muy desagradable también si lo supiera su mujer. Ha hablado usted de no quebrantar los reglamentos, capitán, y, sin embargo, lo ha hecho de modo mucho más grave. Usted sabe a qué me refiero.

Bittnel quedó anonadado.

—Usted... ¡me ha hecho seguir! —exclamó.

—Desde el momento en que la situación a bordo se hizo insostenible —dijo Kaaru, con su sonsonete—. Consideré que esos informes podían resultar de gran utilidad para mi pueblo. Si usted ignora la petición de excusas que le han hecho, me veré obligado a enviar esos datos a las autoridades centrales y a su mujer. Hasta ahora había vacilado, pero en estos momentos veo muy bien cuál es mi deber.

—¿Será usted capaz de hacer eso?

—Debo velar por mi pueblo —respondió Kaaru.

—¡Sí, ya veo que sería capaz de hacerlo! ¡Condenado, perro indigno...! ¡Salga de aquí! ¡Fuera de mi despacho!

—¿Desea que su esposa se entere de su corrupción moral, capitán? Está bien...

Bittnel corrió en torno a su escritorio, tomó a Kaaru por el cuello de su guerrera y, abriendo la puerta, le empujó hacia el pasillo. Kaaru no hizo movimiento alguno de resistencia. Dio pesadamente contra la pared opuesta, y Bittnel cerró la puerta.

¿Cómo, cómo iba a explicárselo a ella? —pensó Bittnel—. ¿Qué otra explicación podía dar, sino que era un hombre débil, abrumado por las responsabilidades de un largo viaje en el que se hallaba completamente solo, y donde nadie, sino ella, sólo ella, representaba nada para él?

Era eso lo que afligiría más a su mujer, el pensar en los demás, en lo que dirían, más que en lo que ella misma sentía. Y él no tenía modo de explicárselo, sobre todo, hallándose en el otro extremo del universo.

Se sentó de nuevo ante su escritorio. Hasta entonces había simpatizado con Kaaru. Aunque había oído hablar de la perfidia, de la maldad disimulada de los maxyds, nunca lo había creído de Kaaru, nunca.

«Bien, ¿y qué tiene de extraño todo eso? —pensó—. Kaaru sólo procura defender los intereses de su gente del modo que le han enseñado. Sabía desde hacía tiempo lo que estabas haciendo, y nunca te trató desconsideramente.» Pero, ¿por qué se volvía ahora contra su amigo, contra su capitán? La mente de Bittnel no daba con la explicación, y el hombre dio vueltas y más vueltas a sus pensamientos, hasta que la ira le hizo enrojecer el rostro.

Al menos, no debía permitir que Kaaru radiase desde la nave cualquier informe confidencial que tuviera en su poder. Bittnel habló por el intercomunicador con el operador de radio y prohibió todas las transmisiones que no estuvieran controladas por él, o como respuesta a una llamada directa del exterior.

 

—Creedme que tengo razón en lo que digo —continuó diciendo el hombre de elevada estatura—. ¿Veis aquel maxyd delgado, que luce insignias? Ya lo sabéis, es el primer oficial, y no sé, pero me gusta muy poco cómo actúa. Fijaos cómo les habla; les está preparando para algo. Lo sé porque ya le he visto antes de ahora obrar de esa forma.

—¿Es cierto? ¿Qué crees que van a hacer? —preguntó uno de los que le escuchaban.

—Siempre se reúnen con ese cabecilla, que viene a decirles lo que deben hacer, tanto para insignificancias como cuando se trata de liquidar a alguien.

—¿Cómo? ¿Qué significa eso de liquidar a alguien?

—Lo que he dicho. Se ponen a hablar de ese modo cuando se disponen a matar a alguien, lo repito. Son capaces de estrangular a uno; nadie lo diría, al verlos, pero pueden muy bien hacerlo. Ahora mismo, incluso.

—¡Cielos, y yo tengo mi pistola en la litera!

—¡Miradlos, todos van armados!

—Será mejor que vayas por esa pistola.

—¡Más bajo! ¡No deben oírnos!

—¡Silencio, estúpidos! —exclamó el hombre alto—. Wilks, es mejor que vayas a por la pistola. Fijaos en ellos...

Los maxyds replicaban a algo que les decía Kaaru, y mostraban los dientes con enojo. El llamado Wilks se deslizó fuera del comedor.

De pronto, uno de los maxyds se puso en pie y también se marchó.

—¡Ah, ahí va uno de ellos! —dijo el alto, e inclinando la cabeza habló en voz baja—: Voy a ir por el otro pasillo y le seguiré para ver lo que hace. Cuando llegue Wilks, si advertís algo sospechoso comenzáis a disparar, ¿comprendido?

—Desde luego.

—Claro.

—Les daremos lo que se merecen.

El hombre de elevada estatura salió a su vez del comedor.

 

Bittnel no se dio cuenta de que había comenzado la lucha hasta que zumbó su intercomunicador y a través del altavoz oyó hablar al jefe de pilotos.

—¿Capitán Bittnel? —dijo el oficial.

—¿Qué sucede?

—Capitán, alguien está disparando aquí abajo. Un maxyd trató de obligar a Baker a que enviara un mensaje a la Tierra; armó una gresca cuando le dijimos que no podía hacerse, y...

El piloto se interrumpió, pues jadeaba perceptiblemente.

—¿Y qué más? —inquirió Bittnel.

—Alguien que bajaba por la escalera de la cámara disparó..., disparó contra el maxyd por la espalda, con una pistola. Entonces comenzó el tiroteo, pero no aquí. Me parece... que es en los comedores... y...

—¿Qué ocurre, Russell?

—¡Capitán...!

Bittnel tuvo que apartarse del altavoz cuando se oyó una detonación amplificada.

—¡Russell! ¡Russell!

En ese momento el capitán escuchó disparos en la antesala de su despacho. Se incorporó de un salto y extrajo la pistola de su funda. Corrió hacia la puerta y la abrió de golpe. Un hombre con el pecho destrozado se hallaba tendido muy cerca, en el suelo. Inclinado sobre su cuerpo vio a un maxyd, el cual levantó su arma hacia Bittnel.

El capitán reaccionó instintivamente, y disparó su pistola. La cabeza del maxyd estalló.

Bittnel se dirigió rápidamente hacia la cámara más cercana. Se estaba luchando ya en las cubiertas bajas, y el estruendo era aterrador.

Bittnel corrió hacia las sala de mando y halló muerto al piloto, tendido en el suelo. Había sido alcanzado por un disparo.

El capitán pulsó el conmutador de los altavoces generales y gritó:

—¡Atención! ¡Atención, tripulantes! ¡Les habla el capitán Bittnel! La lucha debe cesar inmediatamente; repito, ¡inmediatamente! Dejen sus armas. Todo aquel que siga luchando o lleve armas encima, a partir de este momento, será arrestado y llevado ante...

Bittnel se interrumpió de pronto. Había advertido algo raro en la caja del intercomunicador general. Levantó la tapa y vio que los circuitos estaban destrozados y los cables arrancados.

Abandonó la sala de mando, y cuando estaba en mitad de la escalerilla que llevaba al puente inferior, recordó el cohete que estaba en la santabárbara. ¿Qué sucedería si alguien entraba allí?

Volviéndose rápidamente, trepó por la escalerilla y corrió por el pasillo de la cubierta principal. Si alguien disparaba contra aquel cohete, o si tan sólo le golpeaban, la nave explotaría en pedazos. Además, había abundancia de armas en la santabárbara. Tenía que cerrar a toda costa aquella puerta.

 

El hombre de elevada estatura corría de camarote en camarote, por el puente inferior, disparando contra los maxyds que encontraba dormidos dentro. Disfrutaba sintiendo cómo la pistola reculaba en su mano y cómo los maxyds se estremecían en sus literas al morir. En ocasiones disparaba mal intencionadamente, para ver a los maxyds chillando y retorciéndose en el suelo. Aguardaba a que el maxyd herido le viese, y cuando aterrado se alejaba gateando, entonces volvía a hacer fuego.

 

Bittnel abrió de un golpe la puerta de la santabárbara e irrumpió en el interior del recinto. Cerró la puerta, corrió el cerrojo y...

—¡Alto, capitán!

Bittnel oyó la voz y giró rápidamente. Kaaru se hallaba agazapado en medio de la estancia, con aire amenazador. El capitán se dijo que debía matar a Kaaru.

De pronto, las emociones que se acumulaban en el pecho de Bittnel desde las muertes producidas en el tubo de refrigeración, brotaron salvajemente a través de su garganta, y gritó:

—¡Ah, maldición!

Era una exclamación desesperada, el grito de un hombre perdido, una expresión de honda protesta contra aquel odio infinito que impulsaba a un ser inteligente a dar muerte a otro ser racional; la íntima rebelión contra la soledad que hacía que los hombres débiles tuvieran que ir en busca de prostitutas; la reacción contra el sistema que les mantenía aislados durante años y años en la soledad del espacio.

Kaaru no advirtió el tono de súplica que había en la maldición de Bittnel; en ese momento tan sólo respondía al instinto generado tras muchos siglos de existencia salvaje. Era un robot sanguinario que reaccionaba ante las órdenes del control remoto y hereditario de sus antepasados. Enardecido, saltó sobre Bittnel.

Este no pudo desenfundar a tiempo su pistola; sus brazos quedaron aprisionados por los de Kaaru, y, a consecuencia de la embestida, retrocedió vacilando y fue a dar con violencia contra una de las paredes de la santabárbara.

El abrazo de Kaaru fue comprimiendo cada vez más el torso de Bittnel, quien comenzó a jadear convulsivamente. Luego, el maxyd aflojó de modo imperceptible la presa, para aferraría mejor, ocasión que aprovechó el capitán para llevar la mano hasta la empuñadura de su pistola.

Bittnel cayó al suelo, y Kaaru siguió presionando sobre su cuerpo con intención de quebrarle la columna vertebral. El hombre no pudo extraer el arma de su funda, pero haciendo un esfuerzo supremo, introdujo el dedo en el gatillo y lo apretó sin apuntar.

Aquel disparo ciego destrozó dos de las cuatro barras que sostenían horizontalmente el negro proyectil. Ni Bittnel ni Kaaru vieron que el cohete se desprendía de los dos últimos soportes y caía al suelo.

 

El hombre de elevada estatura lanzó un alarido cuando la infernal onda térmica generada por la explosión nuclear, arrancó grandes fragmentos de carne de los huesos de su cabeza y de su cuerpo. La santabárbara se hallaba en el centro mismo del Estrella del Sur, por lo que la nave se partió en dos. Mientras se desintegraban, las dos partes se separaron y fueron a hundirse en la oscuridad del espacio infinito.