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Repuestos, repuestos - Carlos D. J. Vázquez

Agazapado junto a la viga, esperó oculto entre las largas sombras de las chimeneas. Tenía los miembros entumecidos y el frío comenzaba a calarle los huesos. Encendió el protector térmico del traje y unos segundos después se sentía mucho más cómodo, reconfortado. La luna, detrás del humo y las nubes, lo espiaba desde un charquito olvidado por la última lluvia.

Transcurrieron tres horas antes de que pasara algo. Una sombra abrió la puerta que daba a la escalera del edificio y con tranquilidad se dirigió al pequeño vehículo que lo esperaba levitando unos metros sobre la azotea. La esfera luminiscente que llevaba en sus manos alcanzaba a acariciar su rostro con un brillo espectral. El siguió esperando, conteniendo la respiración para no delatarse. Cuando ese alguien estuvo lo suficientemente cerca, disparó. La descarga envolvió al ladrón, que se sacudió espasmódicamente hasta quedar inmovilizado.

Avanzó y le quitó la esfera. En su interior había lo suficiente como para vaciar la bitloteca. Buscó entre las ropas del ratero. Ninguna documentación, ninguna marca especial. Sólo sus manos de cuatro dedos indicaban que se trataba de un Leechee. Habían evolucionado muchísimo desde su primitiva forma de muy pocas instrucciones, y ya casi no se los podía distinguir de las réplicas virtuales de los humanos. Con un tiro certero en el medio de la frente decidió que este ya no molestaría, ni volvería a reproducirse.

Cuando le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la escalera, sintió el tenue pitido, casi imperceptible, y lo reconoció al instante. Corrió hacia el cadáver y manoteó su muñeca. No tenía nada. Giró la mano y encontró la cosa. El artefacto palpitaba lentamente en la palma como un ojo asombrado, titilando al ritmo del sonido. 

Conseguiría un buen precio por él... si lograba desactivarlo. Intentó sacárselo pero fue imposible, las conexiones lo aferraban a la piel y lo ligaban a ella como una sola cosa. Sin perder tiempo, tomó su navaja y mutiló la mano. Ningún cambio. Corrió hacia la escalera. Entró, trabó la puerta con todas sus fuerzas y huyó escalones abajo tratando de refugiarse. 

La explosión, algunos segundos después, voló el acceso y lo arrojó contra la pared opuesta, a la misma altura donde había estado hacía sólo un par de segundos, rebotando y cayendo sobre sus espaldas. 

Estuvo un momento tirado, luego reaccionó y comenzó a quitarse los escombros de encima. Se paró, pero su inestabilidad lo tiró nuevamente sobre los escalones. Tardó un buen rato en recuperar el equilibrio, y los oídos seguían zumbándole alocadamente. 

Se había golpeado la cabeza contra los peldaños por cubrir la bola con ambos brazos, y ahora la cabeza le latía al ritmo del corazón bombeante. Tenía un corto y profundo tajo sobre la ceja izquierda, del que manaba un pequeño pero constante hilito de sangre. Suspiró y bufó, pensando que quizá se arriesgaba demasiado. Pero no. Lo hacía por Ella, nada más que por Ella. Era la única que lo hacía sentir entero. Y eso justificaba cualquier sacrificio. Debía demostrarle que podía lograr cuanto quisiese.

Bajó el resto de la escalera apoyándose en la pared, apenas visible bajo el brillo de la esfera, la que -notó- le brindaba cierta seguridad. Conseguiría una buena recompensa por el rescate.

Ingresó a la sala oscura, tratando de encontrar el interruptor de la luz o la puerta de salida. Pero no le dieron tiempo.

Alguien pateó la puerta de entrada a la sala.

- ¡No se mueva! - gritó. Vestía el mameluco gris sin costuras ni aberturas del Comando Antivirus. El sólo atinó a levantar la vista y ver al guardia de seguridad que le apuntaba. Trató de ponerse a salvo y proteger la esfera, pero el disparo se le clavó en la frente.

 

Haz lo que más te Gusta

Cibermundo Unlimited

 

Jano Standup se sacó las lentes y los sensores con el único brazo que le respondía. Se sintió molesto, terriblemente molesto. Era la tercera vez que le pasaba, y no podía permitírselo. Debía aprovechar al máximo lo que el cibermundo le ofrecía. Ahora la habitación se sentía sofocante, sucia y oscura. Angustiante. Entonces desconectó la consola y oprimió el joystick de la silla con la seguridad que su mano buena le proporcionaba. Luego de quince horas sin salir de la máquina se sentía vacío, hambriento y con una sed abrasadora.

Abrió el refrigerador para sacar algo que comer, y sólo encontró un trozo de queso viejo y pan en rebanadas. Tendría que conformarse con el agua de la canilla, tibia, arenosa y con gusto a lavandina. Había olvidado hacer los mandados de la semana. Es que el mundo verdadero le llevaba tanto, tanto tiempo... También había descuidado el engrase de las ruedas, rechinaban demasiado. ¡Qué fastidio, tener que gastar tanto dinero en cosas materiales cuando debería comprar otro bitlocuerpo! Pero debía hacerlo, necesitaba ambas cosas para sobrevivir.

Bebió largos sorbos directamente del grifo, sin darle importancia al sabor del agua, y comió un par de bocados. Allí mismo inclinó la silla y durmió algún tiempo, tratando de recuperar fuerzas.

Antes dormir le daba miedo. Había un sueño que se repetía casi siempre. Una y otra vez soñaba con su cuerpo lúcido, respondiendo a su pedido de movimientos, corriendo a lo largo y a lo ancho de una vasta pradera. El sol brillaba y se ocultaba de a ratos, cediéndole paso a una fina llovizna que refrescaba su cuerpo sudado. Y él saltaba, corría y hacía cabriolas, colmado de dicha. 

Hasta que el cielo se encapotaba, tenebroso, y unas garras se le clavaban en los tobillos y lo sujetaban, tirándolo al piso para que otras garras saliesen de la tierra y lo aferrasen dejándolo inmóvil. Y llegaba el verdugo con su capucha negra de mueca ¡JA JA JA! bordada y su enorme hacha brillante ¡NO POR FAVOR POR FAVOR NO POR FAVOR NO! que caía una y otra vez entre las risas del gigante y su imploración sin sentido, con las gotas de su sangre que teñían el cielo de nubes carmesí, quitándole lo que tanto apreciaba, marchándose alegremente con su botín no sin antes comerse ante sus ojos su brazo verdaderamente vivo.

Despertaba sudoroso, agitado, con las lágrimas viajando sin sentido por su torso inerte. Y se daba cuenta que lo que más le sacudía no eran los golpes del verdugo, sino la entrañable imagen de su cuerpo sano, activo, sensible. Intacto.

La tercera vez que se repitió el sueño había intentado una locura, clavándose cuchillos en varias partes, haciendo fuerzas con su única mano para rasparle al hueso alguna sensación. Y fue como cortar una enorme y ajena res. La mujer que hacía la limpieza lo halló cuando apenas había perdido la conciencia, casi desangrado, empapado en rojo.

Una fría cirugía de emergencia recuperó tejidos y tendones, salvándole la vida con su lógica insana. Un juez lo condenó a un manicomio, y la terapia lo conectó con el mundo virtual, aprendiendo a sentir propio un cuerpo programado. El verdugo jamás volvió a presentarse; ahora soñaba con soles de neón, vivía en praderas de electrones.

 

Súbete al Mundo Moderno

Cibermundo Unlimited

 

Al despertar revisó el nivel de mugre de su silla. Estaba completísimo, lleno de excrementos y orín. Debería ser un poco más cuidadoso y calcular el tiempo que le llevaba atiborrar el receptáculo. Aunque ya habían pasado años no terminaba de acostumbrarse a no sentir nada del cuello hacia abajo, salvo -gracias a quien sabe qué- el brazo. Con mal humor fue hasta el baño, se acomodó sobre la letrina modificada y programó la descarga y limpieza del recipiente. Decidió que no debía sentirse tan molesto, después de todo era mejor que andar revisándose los pañales a cada rato.

Volvió a la máquina, la encendió y se conectó. Revisó su cuenta bancaria y notó que sólo contaba con algunas chirolas. Lo importante era conseguir dinero, y a cualquier precio. Vendería su cuerpo si era necesario para poder estar con Ella, la necesitaba tanto como salir de esta realidad de pesadilla. Buscó entonces en la bolsa de ofertas. Lo hizo durante horas, revisando en los bancos de órganos de la ciudad y de las ciudades cercanas. A la madrugada encontró lo que buscaba:

COMPRA: Pierna derecha blanca, largo entre ochenta y cinco y noventa y cinco centímetros, sin fracturas ni problemas físicos importantes, completa. Muy buena paga. Instituto Privado de Traumatología y Ortopedia.

Apresurado, ordenó a la consola que se conectase lo más rápidamente posible. Debía lograrlo, nadie debería ganarle de mano y quitarle su salvación inmediata. Buen dinero, el Instituto siempre pagaba muy bien las piezas de recambio. Había gente que podía darse esos lujos.

El paisaje automático que aparecía en el visor cada vez que hacía un llamado se difuminó y cedió paso a un corto pasillo. Al final, una puerta transparente dejaba ver la elegante oficina. Para ponerse a tono, tomó la forma de un hombre alto, vestido con un moderno traje de aire distinguido. Esta apariencia le saldría algo más cara que la término medio, pero tenía la corazonada de que esta vez todo marcharía a la perfección. Sí, así sería. Al entrar, tras un refinado escritorio oval de madera oscura, la bella recepcionista le dirigió la mirada.

- ¿Señor? preguntó ésta, inclinándose en su dirección con un mohín que mostraba sensualidad y cortesía.

Intentó en vano parecer seguro.

- Vengo... vengo por el aviso.

- Ah... ¿Cuál de todos? - preguntó la hermosura.

- El de la pierna - contestó -. La pierna derecha.

La mujer cambió de semblante, mirándolo de la cabeza hasta los pies.

- Usted no parece el tipo de persona que necesite vender sus miembros - dijo en tono de burla.

El la miró, pensando que su bello rostro y sus senos opulentos tampoco deberían responder a su físico real, aunque seguramente esta imagen virtual era tan coqueta y quisquillosa como la de carne y huesos. Decidió no decir nada, admirando el escote y el relieve de los pezones que se dejaban ver tras la fina seda de la blusa.

- No es para mí - explicó sonriente, tratando de demostrar que lo anterior no había hecho mella en él -. Es para un amigo que no puede comunicarse.

Ella se irguió en su asiento, ofuscada.

- Vea, señor - dijo tras una seca sonrisa -. Lamento decirle que las ofertas sólo se tratan con el interesado, sin intermediarios. Si su amigo no puede comunicarse con nosotros, déjenos su dirección o su número de terminal, hablaremos con él cara a cara en caso de necesitarlo.

Presionó un botón en el pequeño tablero y le extendió un lápiz óptico.

Jano tomó el lápiz y observó el formulario que apareció en la simulada superficie del escritorio.

- No... Creo... Creo que me he expresado mal - se disculpó, turbado.

Ella levantó su cabeza y lo miró con sorna.

- Yo... Yo soy el interesado.

- Está bien - suspiró tras una mueca -. Vea, debe presentarse personalmente en el Instituto para ver en qué estado se encuentra el miembro requerido. Hoy miércoles, alrededor de las ocho de la mañana y en ayunas. Y ahora, llene esto.

Apretó otro botón y el formulario de la pantalla cambió al instante.

Jano llenó los datos y se despidió.

- Gracias. Hasta luego.

La hermosa señorita ya estaba observando su cabello en el espejo de mano.

Volvió a quitarse los sensores y las antiparras. Su corazón redoblaba como una batería furiosa. Agradecía tanto haber pensado en el gimnasio automático, así que después de todo no había sido una mala inversión cuidar de su cuerpo aunque a él no le sirviese para nada. Contento, se dirigió hacia el aparato, se puso en posición y presionó el botón verde. El brazo neumático lo levantó con suavidad y lo acomodó sobre el mullido bastidor. Automáticamente, la maquinaria comenzó con los masajes y los movimientos. El conectó la sonda a su costado y acomodó el casquete sobre su cabeza. Mientras su cuerpo se sometía a diálisis y hacía ejercicio, él dormiría otra siesta.

 

Disfruta tu Estilo

Cibermundo Unlimited

 

Cuando se presentó en el Instituto Privado de Traumatología y Ortopedia vio que no era el único en responder el aviso. Y notó que llevaba todas las de perder. El primero era un viejo bastante mayorcito de edad, demasiado para andar ofreciendo partes. Por eso éste no era el problema. Había otro, un atlético muchacho de entre veinte y veinticinco años. ¡A la mierda, eso sí que era un verdadero desperdicio!

Decidió acercarse al viejo e ignorar al otro, así se sentiría mucho menos acomplejado.

- Buenos días - saludó, tratando de sonar cordial.

- Buenos días muchacho - le respondió el viejo con voz gastada. - ¿Viene por el aviso?

- Ajá - asintió.

El viejo cabeceó pensativo. - Se mantiene en muy buena forma a pesar de la...

- ¿De la silla? Sí, me he cuidado. Siempre supe que comprar un autogimnasio no era una mala elección.

- No. No lo ha sido.

- Además - agregó - tengo un colchón de aire que impide que se me formen escaras.

Ambos se quedaron un momento en silencio, uno sacándose una pelusa de la ropa y el otro mirando la nada.

- ¿Por qué lo... - dijeron ambos al unísono.

El viejo sonrió y contestó primero.

- Hace ya dos años que me quitaron la jubilación. Estuve tratando de averiguar el por qué, pero nunca pude enterarme de nada. Usted sabe como son estas cosas. A uno lo joden sin derecho y después no puede ni protestar.

Jano vio que el otro los estaba observando. Trató de mirarlo a la cara, pero éste giró sus ojos, disimulando.

Unos segundos después, cuando iba a confiarle al viejo las causas que lo habían arrastrado a esta situación, apareció la secretaria. Por suerte, no se veía demasiado diferente a su imagen virtual. Quizá su busto fuese un poco más chico, pero seguía siendo irremediablemente sugestivo. Al verlo, llamó por el intercomunicador.

- El señor Standup ya está aquí - informó.

- Perfecto - dijo la voz desde el otro lado -. Que pase el primero.

Hizo señas al anciano. - Pase por aquí, abuelo.

- ¡Abuelo! - protestó el anciano. - ¡Yo no soy su abuelo, a lo sumo puedo ser su padre!

Jano acomodó su silla en un costado y se quedó mirando a la secretaria, esperando su turno.

Un rato después el viejo salía de la oficina, amargado.

- ¡No les sirvo porque se me hinchan las venas! Al final no me queda otra que morirme - se lamentó -. ¡Ya no aguanto ni un día más durmiendo en las calles y comiendo de limosnas!

- Es su turno - dijo la secretaria haciéndole un gesto con la cabeza. Tenía las manos muy ocupadas haciendo no se sabe qué en el tablero.

- Pero... El señor... - dijo señalando al muchacho atlético.

- ES SU TURNO, señor - repitió ella impacientándose.

Consternado, tomó el mando de su silla y sin decir más se dirigió hacia la oficina. Al entrar vio que era mucho más amplia y rica que la sala, tanto cualitativa como cuantitativamente. Las paredes estaban forradas de diplomas y pergaminos, todos enmarcados con el mismo tipo de borde de oro. Varios focos iluminaban a medias el ambiente, destacando en un rincón el holograma animado de una osamenta que giraba flotando a unos centímetros de la base. Lo hacía lentamente, posando siempre de la manera que mostrase mejor sus huesos, imitando a un descarnado fisicoculturista. Detrás, una pantalla panorámica que cubría la pared de punta a punta dejaba ver la noche desde un acantilado costero.

- La verdad, así no me lo imaginaba - dijo una vocecita nasal desde atrás del escritorio, sobresaltándolo.

Un tipejo pequeño de barba rala pero prolijamente cortada y peinado engominado salió de la media luz que lo protegía y se adelantó hacia él. Vestía un traje costosísimo, de hilo verdadero, y en su solapa llevaba prendido el distintivo que indicaba su alto rango en el escalafón médico.

- Soy el Doctor Remigio González Ochoa, Director de este establecimiento - dijo mientras le daba la mano -. Por su informe supuse que se encontraría en mejores condiciones - dijo mientras le palpaba los músculos.

Por un instante un escalofrío recorrió su cervical y se sintió perdido, pero logró reponerse a la primera embestida descalificadora.

- No he dejado ni un día de hacer ejercicio.

- Se nota, se nota - dijo divertido el hombrecito, mientras se apoyaba en el borde del escritorio y entrelazaba sus manos. - Sus músculos están bien trabajados, pero no sé en qué estado se encontrarán las terminales nerviosas.

Replicó al instante, ahora ya preparado para responder cualquier cosa.

- En mi informe puse todo lo de mi enfermedad. En todo caso, en el archivo comunal, en mi historia clínica...

- Sí, ya la he leído detalladamente. Vea usted - hizo una pausa y se dirigió hacia el esqueleto. - ¡Detente! - ordenó, y la imagen cesó su giro. Apuntando con el extremo de la lapicera, le explicó. - El problema suyo es que no sabemos en qué tramo de su sistema nervioso está el inconveniente. Los hospitales públicos no tienen el instrumental necesario para saberlo. El daño puede estar por aquí - recorrió el espinazo con la pluma -, aquí - la nuca -... o aquí, en algún lugar de su cerebro. La cuestión es saber exactamente dónde.

- ¡Sigue! - y el holograma reanudó sus movimientos. Entonces volvió al lugar donde había estado antes, acariciando a su paso la madera lustrosa con la punta de los dedos. - Pero no se preocupe, le realizaremos de inmediato los estudios pertinentes.

Primero le sacaron una muestra sanguínea y le realizaron una tomografía computada de cuerpo entero. Luego lo desinfectaron y llevaron ante una compleja maquinaria, acostándolo sobre la camilla. Un sujeto alto y de mirada completamente profesional le baño el cuerpo con una sustancia abstergente y le conectó cientos de electrodos, clavándole las agujas en el nervio de los músculos con la precisión de un cirujano. Aunque no las sentía en lo más mínimo, el sólo verlas desaparecer bajo la piel le produjo náuseas.

- Háganlo con cuidado - ordenó el jefe del equipo -, no queremos dañar la mercadería.

Una vez hecho esto, el hombre se dirigió a una consola y comenzó a manipular el teclado. Al instante, sus músculos comenzaron a moverse espasmódicamente, reaccionando a la descarga. El tipo de la consola le dirigió una mirada satisfactoria.

 

La Única Forma de Ser

Cibermundo Unlimited

 

- Bien - dijo el hombrecillo bien trajeado, nuevamente en su oficina -. Muy bien.

El esqueleto había desaparecido y en su lugar Jano vio una imagen tridimensional de su propio cuerpo desnudo. Nunca antes había podido observar la delicada y paradójica armonía de su musculatura.

- Ha hecho un buen trabajo con ellos, pero observe esto. Como dice el viejo chiste, tengo dos noticias para darle, una buena y otra mala. Le daré primero la mala.

A un mandato de su voz la piel desapareció, dejando las vísceras a la vista.

- Como puede ver, sus órganos están dañados irreparablemente. No creo que pueda sobrevivir por mucho tiempo, aún con los mejores tratamientos que podamos ofrecerle. Es una pena derrochar así sus extremidades.

Jano hizo un gesto desconsolado.

- ¡Pero amigo! - dijo el otro abriendo los brazos -. Aún no le he dado la buena. Repuestos, repuestos... eso es lo que mi empresa necesita. Y usted necesita vivir.

Hizo una larga pausa mientras caminaba de un lado al otro de la oficina, parándose delante del ventanal simulado para mirar la luna llena que crecía en el horizonte.

- Puedo proponerle un trato. El costo de lo que puedo ofrecerle es muy alto, pero eso puede solucionarse de varias maneras. Quizá tenga usted algunos bienes, los que de cualquier modo sólo le servirán en el corto plazo, si usted muere... Además - prosiguió -, tengo un amigo, un alto funcionario que quizá pueda brindarle un empleo, bastante cómodo si lo comparamos con lo que hay en el mercado.

Sacó un pequeño objeto de su bolsillo. Al apuntar sobre la pantalla, el control remoto trasmutó el paisaje en la imagen fija.

- ¿Sabe de qué se trata?

- Más o menos.

- Juegan un papel muy importante en la Comunidad. Aparte de esto, pueden dedicarse a lo que quieran. Usan el bitlespacio cómo y cuánto se les dé la gana. Juegan todo el día, se dedican a deportes... Hacen lo que quieren. El Estado se encarga de alimentarlos y mantenerlos en buena forma. ¿Pero sabe una cosa? Hay veces que se producen vacantes, pues algunos se cansan de esa vida. ¿No le parece ridículo?

Es obvio - pensó Jano -, observaron mi expediente hasta en el último detalle. Saben que me he pasado días enteros dentro de la computadora. Saben lo de mi intento de suicidio, de mi adicción, y que he perdido mi imagen virtual.

Volvió a apuntar con el control y la luna brilló nuevamente en la pantalla. Se dio media vuelta y lo miró de manera penetrante.

- Tómese su tiempo. Ahora - agregó - quiero que conozca a alguien.

Se dirigió al intercomunicador y la imagen de la recepcionista se mostró en la pequeña pantalla. - Hágalo pasar.

 - Sí señor - respondió la joven obedientemente.

La puerta se abrió y el muchacho que lo observaba en la sala de espera entró a la oficina. El anfitrión se adelantó a saludarlo.

- ¡Mi querido señor Potranco, qué gusto el verlo!

- ¿El será el que...?

- Aún no lo ha decidido. Pero no se haga problema, le conseguiremos la pierna.

El muchacho miró a Jano, alarmado.

- No se preocupe - dijo González Ochoa para calmarlo -, el señor es de confianza, nunca diría nada. Ahora vaya y descanse, nosotros nos comunicaremos con usted cuando todo esté listo.

El hombre lo miró detenidamente durante un breve lapso y luego saludó con la cabeza y se marchó por donde había venido.

- Es el hijo del Embajador - dijo el doctor confidencialmente -. El pobre perdió la pierna en un accidente mientras esquiaba en Las Leñas. Yo estaría muy contento si alguna parte de mi cuerpo lo acompañara. Es un buen chico, muy sensible, y no quiere que nadie se entere de su pérdida porque cree que muchos de los amigos que tiene se alejarían al saber lo de un implante artificial.

Sonrió y se sentó en su mullido sillón forrado en cuero natural, tras el escritorio. Se reclinó y comenzó a hamacarse levemente mientras miraba el enorme anillo que brillaba en su anular izquierdo.

- Aunque quizá esté todo solucionado - dijo para sí mismo.

 

Los Mejores Momentos son Electrónicos

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Un breve murmullo resonaba en lo más profundo de su mente, pero no le dio importancia. Siguió mirando las olas que por primera vez había visto en el lejano consultorio de su benefactor. El sol lo acariciaba con su cálida y sedosa mano acompañado por la sutil brisa marina. Se recostó boca abajo en la reposera y se puso a juguetear con la arena seca que se le escabullía entre los dedos. 

Sintió sed y tomó el trago helado que estaba sobre la mesa, bajo la sombrilla. Bebió un sorbo y el gusto a frutas le refrescó la boca y la garganta. Así reconfortado, se levantó y marchó a quitarse el calor y el aburrimiento entre las olas atlánticas.

Allí estuvo un largo rato, a veces saltando y jugando con el agua, otras buscando piedras y caracoles bajo la superficie. Cuando se sintió cansado salió del agua y marchó hacia la cabaña, apenas visible entre las palmeras. Penetró en ella y, luego de darse una ducha a fin de quitarse la sal de la piel, se recostó desnudo sobre la amplia y cómoda litera. 

Estiró su brazo y puso a funcionar el ventilador de techo. Mientras observaba el apaciguado andar de las aspas, recordó la imagen que había visto en el consultorio del Instituto, cuando el doctor le mostró aquellos estantes llenos de cerebros. 

La Memoria de la Comunidad, el mayor biobanco de datos del mundo. El también estaba allí, en alguno de los nichos, y una parte de su mente estaría allí, manipulando archivos, legajos y cuentas bancarias, pero... ¿cuál era el problema?

Entonces sintió unos pasos que se acercaban por el blando camino de arena. Su programa del sensex preferido estaba desarrollándose a la perfección. La morena tendría algo más de dieciséis años y un cuerpo deslumbrante.

- Al fin lograste llegar a mí, picarón - dijo con la voz y la risa de los ángeles.

Se acercó a él y, luego de convidarle con un pequeño trozo de manzana, le besó la boca. Sintió sus labios perfumados y su lengua traviesa.

En la penumbra de la choza ella se quitó la levísima ropa que cubría sus formas y se inclinó sonriendo sobre él, poniéndole los pechos a la altura de su boca.

- ¡Ah... Esto sí que es vida! - pensó. Y se puso a juguetear succionando, lamiendo, mordiendo suavemente, mientras sus manos recorrían las mejores partes del cuerpo de su acompañante a la vez que la penetraba.

La noche de la gallina - Francisco Tario

—Los hombres son vanos y crueles como no tienes idea —me decía hace casi un siglo una gallina amiga, cuando todavía era yo joven y virgen, y habitaba un corral indescriptiblemente suntuoso, poblado de árboles frutales.

—Lo que ocurre —objeté yo, sacudiendo mi cola blanca— es que tú no los comprendes; ni siquiera te has cuidado de observarlos adecuadamente. ¡Confiesa! ¿Qué has hecho durante la mayor parte de tu existencia, sino corretear como una locuela detrás de tus cien maridos y empollar igual que una señora burguesa? ¡El hombre es un ser admirable, caritativo y muy sabio, a quien debemos estar agradecidas profundamente!

Esto decía yo hace tiempo; no sé cuántos meses. Cuando aún me dejaba sorprender por las apariencias, rendía culto a los poetas y llevaba minuciosamente clasificadas en un cuaderno las características de los petimetres que me perseguían. Cuando mi cresta era voluptuosa cual un seno de mujer, y mi cola, artística, poblada. Cuando dormía en posturas graciosas y, al crepúsculo, languidecía bajo la influencia inefable de las encinas. Decía esto —entre otros motivos más graves— porque mi amo era muy cordial conmigo y solía conducirme a los rincones más apartados de la finca, con objeto de obsequiarme los residuos de los banquetes y otras golosinas menos importantes.

Hoy no. Hoy pienso de otro modo.

Heme aquí confinada en una celda tenebrosa, condenada a muerte. ¿Creen que no lo adivino? ¿Creen los hombres que por ser diminutas y estar cubiertas de plumas, no tenemos las gallinas nuestro corazoncito, nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento?

Me apresaron al atardecer. Paseaba yo con una amiga por el sendero de las coles. Soplaba una cautivadora brisa. Íbamos charlando de mil cosas triviales y picoteando, ora un rábano, ora una fruta caída, cuando se entreabrió la puerta fatídica y apareció el cocinero. Nunca me simpatizó este hombre. Es un tipo grueso, perverso, de epidermis muy roja, con un bigote cuadrado y un delantal demasiado largo, tinto en sangre generalmente. De ordinario, salta al corral con un cuchillo en la mano y se contonea por entre los árboles, berreando siempre la misma tonada. Cuando alguien osa acercársele, toma la primera estaca o piedra que ve a su alcance y la arroja contra el intruso. En seguida corta una ciruela o un albérchigo y, tras de frotarlo contra su trasero, lo engulle, escupiendo la piedra a gran distancia... Pues bien, llegó el cocinero y me fue persiguiendo taimadamente por la vereda de las coles. Tan pronto llegamos a la tapia —¡oh, perfumada muy lindamente por las enredaderas de Bécquer!— me atrapó con sus manazas de simio, sujetándome por las alas. Me introdujo en la casa, hizo girar la puerta de un cuarto muy tétrico y me lanzó al aire, cual si se tratara de una avioneta. Caí como mejor pude y tardé mucho tiempo en moverme.

Aquí estoy, en consecuencia, sola, en tinieblas, sin un galán indómito que se aventure a rescatarme. Sola con mis reminiscencias, con mi pasado turbulento, con mi angustia loca, con mi cresta ya no tan voluptuosa y mi pechuguita tierna.

"Posiblemente —cavilo— me reste una noche de vida: doce horas: varios cientos de minutos... Si me pusiera a contar desde ahora, no llegaría a treinta mil seguramente."

Suspiro y prosigo, dejando que mis pensamientos fluyan, fluyan, como una bandada de canarios.

"¡Cuan crueles y vanos son los hombres! ¿Por qué nos asesinan? ¿Por qué nos comen? ¿Qué daño les he hecho yo, por ejemplo? ¿Qué grave trastorno o qué perjuicio irreparable les he ocasionado...? Les he dado huevos frescos, cría; los he recreado con mi canto; les he anunciado el mal tiempo, el bueno —tal vez con mayor exactitud y armonía que los maestros cantores—, la presencia de un ladrón. No me he enfermado nunca; por el contrario, siempre podía admirárseme pizpireta, complaciente, muy limpia, tomando el sol a toda hora del día, meciendo mis alas níveas, que un joven galante comparó una vez con las de un cisne. He servido también de modelo a cierto pintor impertinente que profanó nuestros dominios. Me han retratado los chiquillos, he respetado la siembra, no he herido, injuriado a nadie. Jamás hice un mal gesto. ¿Qué culpa es, pues, la mía? Y sin embargo, van a inmolarme, van a comerme."

Me estrujará el cocinero entre sus garras inicuas e irá arrancando a puñados mis plumas finas, mis plumas albas, que tan celosamente he cuidado. Me las arrancará, sí, con la avidez de un enamorado que deshoja una margarita, y las irá arrojando a un cubo lleno de sangre —abollado, fétido—, cual si se tratara de algo despreciable e inmundo. Me desprenderá el cuello de un tajo, y mis ojitos pardos, mis ojitos picaros —que otro galán comparó con los de una gacela— se obscurecerán definitivamente. Mis piernas doradas y elásticas caerán por tierra como las ramas secas de un árbol... y las comerán los cerdos —¿quién iba a pensarlo?— los cerdos: esa especie de hipopótamos color de rosa que liban sus propios orines y jamás alzan la jeta, temerosos de vaciarse un ojo. Bien asada, me acomodarán en una fuente de loza y me transportarán a la mesa, humeante, guarnecido mi cuerpecito con zanahorias, trufas o espárragos. Y es tal la crueldad de los hombres, tal su sadismo, que quizá respeten mi forma y me presenten así enterita, sin plumas, en cueros, exhibiendo para deleite de todos mi inocente vergüenza.

Los invitados se relamerán de gusto, no importa que entre ellos se cuente algún filósofo o canónigo.

"Bien sabrosa que debe estar" —pensarán para sus adentros.

Y la dueña de la casa, esa berruga con faldas, exclamará melifluamente:

—No es malo, que digamos, su aspecto; pero temo que esté un poquito dura. ¡Era tan vieja!

También es creíble que un niño me rechace y su mamá le ofrezca un muslito.

—Mamá, no quiero gallina —protestará el infante, con su carita de ángel bobo y rico.

—Si está muy tiernecita, tonto... ¡Mira!

Y el rorro objetará entonces, gesticulando:

—¿Por qué me das esas cosas, si sabes que las gallinas comen caquita?

¡Ay, me sacrificarán sin remedio! ¡Me asesinarán los hombres, no obstante que he alegrado sus vidas! Son vanos, crueles, egoístas. Principalmente eso: egoístas. ¿Por qué no matan al perro? ¡Porque los defiende! ¿Por qué no matan al gato? ¡Porque se come a los ratones! ¿Por qué no matan al burro? ¡Porque transporta sus mercancías! ¿Por qué no matan al caballo? ¡Porque los transporta a ellos! ¿Por qué no sacrifican al tigre, a la víbora o al lobo? ¡Porque les temen! ¡Canallas! ¡Cobardes! ¡Nos asesinan a nosotras, y a los pajaritos, y a los gansos, y a los cerdos, que no sirven para nada. Nos ven pequeños, indefensos, asequibles!

Ya sé de qué modo hablan los hombres. Cierta tarde sorprendí a uno de ellos interrogando:

—Y diga usted ¿es que no ha probado por casualidad el gato?

Otro respondió, llevándose el pañuelo viscoso a la boca:

—Por Dios, qué excentricidades... ¡Valiente asco!

Yo he gritado entonces:

—¡Mentira! ¡Mentira! ¡No es asco lo que tenéis ni mucho menos!

Pero nuestro lenguaje resulta enteramente incomprensible para esa gente. Tanto, que el primero de ellos dijo:

—¡Maldito bicho éste! ¡Qué lata nos está dando!

Y según es costumbre en tales seres, me lanzó un pedrusco, a riesgo de matarme. Pero yo esquivé el proyectil, dando rienda suelta a la hilaridad más desbordante. Prorrumpí desde lejos:

—¡No, no es asco lo que le tenéis al gato! ¡Cuidáis vuestro queso!

¡Cómo! Oigo una llave... la tos del cocinero... ¿Es que ha llegado la hora? ¡Oh, se anticipan! Pero ¿qué significa todo esto? ¿Es que no van a permitirme confesar siquiera? He oído contar no sé dónde que a los reos a muerte se les dispensan privilegios de tal índole: se les conforta, se les auxilia espiritualmente. ¿Y por qué a mí no? Yo también creo en Dios. También a mí me espanta el infierno. Mis pecados pueden ser graves... ¡Sí, sí, creo en Dios, creo en Dios lo mismo que pueda creer el hombre más docto! ¡He nacido de Dios! ¡He cometido adulterio...! ¡Y tengo mi alma —chiquita y débil— pero mi alma! ¡Aquí está! ¡Quiero salvarla! ¡Quiero salvarla! ¿Qué clase de justicia es ésta?

Inútil. Chirría la puerta sobre sus goznes y aparece el cocinero. Le veo al trasluz divinamente, con su delantal hasta los tobillos y su cabezota calva. Entreabre los brazos para atraparme. Me escurro una, dos, tres veces con éxito. Insiste; se desespera. Yo pienso:

"Perfectamente. Puesto que así sois de villanos, la pagaréis bien cara."

Doy un salto increíble, ridículo si se quiere para una gallina, y escapo por encima de los hombros del verdugo; vuelo a través de un pasadizo que apesta a vinagre; de un corredor lleno de muebles y ropa sucia; de la escalera... Detrás viene el cocinero blasfemando y sacudiendo su panza dura. Descubro en el segundo piso de la casa una ventana abierta y me lanzo al vacío, ahora sí como una avioneta. Tardo en caer al corral y, abajo, se produce un clamoreo inenarrable, consecuencia de mis gritos desgarradores. Quien chilla, pidiendo auxilio; quien corre de un lado para otro, tapándose los ojos; mi amiga sufre un soponcio. Pero yo anuncio, y mi anuncio lo escuchan hasta los muertos:

—¡La pagaréis bien cara! ¡La pagaréis bien cara!

Cuando el cocinero salta al jardín, ya he alcanzado mi meta. Es una planta misteriosa, azafranada, de hojas muy ásperas, que, de niñas, nos prohibían frecuentar nuestras mamas:

—Quien pruebe de ellas, sucumbe —nos prevenían, cubriéndonos con sus temblorosas alas.

Y yo comí esta vez hasta hartarme. Comí raíces, tallos, flores, ¡cuanto pude!

Un poco más tarde, el verdugo empuñaba el cuchillo y me apoyaba su hoja en el pecho, diciéndome:

—¡Escápate ahora, maldita...!

Aún solté una carcajada que atronó la casa.

Desde el retrete preguntó la dueña:

—Cirilo: ¿qué ocurre?

—¡Nada! —prorrumpió el asesino, trozándome el cuello—. ¡Esta maldita perra...!

—¿Cuál perra? —oí a la vieja, como entre sueños.

—O lo que sea. ¡Esta gallina!

Una vez más ratifiqué mi amenaza:

—¡La pagaréis bien cara!

Y en efecto: treinta y seis horas más tarde, cinco ataúdes en fila bajaban por la arboleda rumbo al cementerio.

La parentela de los elfos - Lord Dunsany

LA PARENTELA DE LOS ELFOS
Lord Dunsany

CAPITULO I

Soplaba el viento del Norte y de él fluía rojos y dorados los últimos días del otoño. Solemne y fría caía la tarde sobre los marjales.
Todo estaba sumido en la quietud.
Entonces la última paloma volvió a su casa de los árboles en tierra seca a la distancia, y su forma ya se había vuelto misteriosa en la niebla.
Todo volvió a estar sumido en la quietud.
Cuando la luz iba desvaneciéndose y la niebla volviéndose más espesa, el misterio vino arrastrándose de todas partes.
Entonces las verdes avefrías vinieron plañideras y se posaron todas.
Y otra vez hubo silencio, salvo cuando una de las avefrías revoloteaba un trecho emitiendo el grito del descampado. Y acallada y silenciosa estuvo la tierra a la espera de la primera estrella. Entonces llegaron los patos y las maracas, bandada tras bandada: y toda la luz del día se desvaneció, salvo una franja roja sobre el horizonte. Sobre la franja aparecieron, negras y terribles, las alas de una bandada de gansos batiendo el aire de los marjales. También éstos descendieron entre los juncos.
Entonces aparecieron las estrellas y brillaron en la quietud y hubo silencio en los vastos espacios de la noche.
De pronto irrumpieron las campanas de la catedral de los marjales que llamaban a oraciones vespertinas.
Ocho siglos atrás los hombres habían construido la enorme catedral a orillas de los marjales, o quizá fue hace siete siglos, o puede que nueve... lo mismo les daba a las Criaturas Silvestres.
De modo que se celebraron las oraciones vespertinas, se encendieron las velas y las luces a través de las ventanas brillaban rojas y verdes en el agua, y el sonido del órgano vibró estruendoso sobre los marjales. Pero desde los lugares profundos y peligrosos, bordeados de musgo luminoso, las Criaturas Silvestres vinieron brincando para bailar sobre el reflejo de las estrellas, y por sobre sus cabezas los fuegos fatuos flotaban y fluían.
Las Criaturas Silvestres tienen algo de humano en la apariencia, sólo que su piel es parda y apenas alcanzan los dos pies de altura. Sus orejas son puntiagudas como las de las ardillas, sólo que mucho más grandes, y saltan a alturas prodigiosas. Viven todo el día sumergidas en los estanques profundos en medio de los marjales más solitarios, pero de noche salen a la superficie y bailan. Cada Criatura Silvestre tiene sobre la cabeza un fuego fatuo que se mueve junto con ella; no tienen alma y no pueden morir, y son de la familia de los elfos.
Toda la noche bailan sobre los pantanos andando sobre el reflejo de las estrellas (porque la sola superficie del agua no los sostiene por sí misma); pero cuando las estrellas comienzan a palidecer, se hunden una por una en los estanques donde tienen su hogar. O, si se retardan descansando sobre los juncos, sus cuerpos van desvaneciéndose y volviéndose invisibles al igual que los fuegos fatuos empalidecen a la luz, y de día nadie puede ver a las Criaturas Silvestres, de la familia de los elfos. Nadie puede verlas ni siquiera de noche, salvo que haya nacido, como yo, a la hora del anochecer, justo en el momento en que aparece la primera estrella.
Ahora bien, en la noche de la cual hablo, una pequeña Criatura Silvestre había ido deslizándose por el descampado hasta llegar a los muros de la catedral y bailó sobre las imágenes coloridas de los santos espejadas en el agua entre los reflejos de las estrellas. Y mientras brincaba en su fantástica danza, vio a través de los vitrales de colores el lugar donde la gente rezaba y oyó el órgano que sonaba estruendoso sobre los marjales. El sonido del órgano sonaba estruendoso sobre los marjales, pero el canto y las oraciones de la gente ascendían desde la más alta de las torres de la catedral como finas cadenas de oro y llegaban hasta el Paraíso y por ellas bajaban los ángeles desde el Paraíso a la gente, y desde ésta subían al Paraíso una vez más.
Entonces, algo no distante del descontento perturbó a la Criatura Silvestre por primera vez desde que fueron hechos los marjales; y la blanda exudación gris y el frío de las aguas profundas no parecieron bastar, ni tampoco la llegada desde el Norte de los tumultuosos gansos, ni el frenético regocijo de las alas de las aves cuando cada una de sus plumas canta, ni la maravilla del hielo sereno que sobreviene cuando las agachadizas parten, y barba los juncos de escarcha y viste el descampado acallado de misteriosa niebla en la que el sol se vuelve rojo y bajo y ni siquiera la danza de las Criaturas Silvestres en la noche magnífica; y la pequeña Criatura Silvestre anheló tener alma e ir a venerar a Dios.
Y cuando las oraciones de las vísperas terminaron y se apagaron las luces, volvió llorando entre los suyos.
Pero a la noche siguiente, tan pronto como las imágenes de las estrellas aparecieron en el agua, se fue saltando de estrella a estrella hasta el borde más extremo de los marjales donde crecía un espeso bosque en el que vivía la más anciana de las Criaturas Silvestres.
Y encontró a la Más Anciana de las Criaturas Silvestres sentada al pie de un árbol, al abrigo de la luna.
Y la pequeña Criatura Silvestre dijo:
—Quiero tener un alma para venerar a Dios y conocer la significación de la música y ver la belleza íntima de los marjales e imaginarme el Paraíso.
Y la Más Anciana de las Criaturas Silvestres le respondió:
—¿Qué tenemos nosotras que ver con Dios? Sólo somos Criaturas Silvestres, de la familia de los elfos.
Pero la pequeña sólo insistió:
—Quiero tener alma.
Entonces la Más Anciana de las Criaturas Silvestres dijo:
—No tengo alma que darte; pero si tuvieras alma, un día tendrías que morir, y si conocieras la significación de la música, tendrías que aprender la significación del dolor, y es mejor ser una Criatura Silvestre y no morir.
De modo que la pequeña se fue llorando.
Pero las parientes de los elfos sintieron pena por la Criatura Silvestre; y aunque las Criaturas Silvestres no pueden apenarse mucho tiempo por no tener alma con qué hacerlo, por un rato sintieron lástima en el lugar donde deberían haber estado sus almas al contemplar la aflicción de su camarada.
De modo que la parentela de los elfos salió por la noche a hacerle un alma a la pequeña Criatura Silvestre. Y se trasladaron por sobre los marjales hasta llegar a los campos elevados entre las flores y las hierbas. Y allí recogieron una gran telaraña que la araña había tejido en el crepúsculo; y estaba cubierta de rocío.
En ese rocío habían brillado todas las luces de las amplias orillas del cielo y los colores cambiantes en los reposados espacios de la tarde. Y sobre él la noche maravillosa había resplandecido con todas sus estrellas. Luego las Criaturas Silvestres fueron con la telaraña salpicada de rocío hasta el borde de su morada, y allí recogieron un poco de la neblina gris que por la noche pende sobre los marjales. Y en ella pusieron la melodía del descampado que es transportada de un lugar al otro de los marjales al caer la tarde sobre las alas de los frailecillos dorados. Y también pusieron en ella el canto doliente que tienen que cantar por fuerza los juncos ante la presencia del arrogante Viento del Norte. Luego cada una de las Criaturas Silvestres dio alguno de sus atesorados recuerdos de los viejos marjales.
—Pues podemos permitírnoslo—dijeron.
Y a todo esto agregaron unas pocas imágenes de las estrellas que recogieron del agua. Sin embargo, el alma que las parientes de los elfos estaban haciendo, todavía no tenía vida.
Entonces le agregaron las voces quedas de los amantes que caminaban solos y errantes tarde en la noche. Y después de eso esperaron hasta el amanecer. Y el majestuoso amanecer se hizo presente, los fuegos fatuos de las Criaturas Silvestres empalidecieron en la luz, sus cuerpos se desvanecieron y aún siguieron esperando al borde de los marjales. Y hasta ellos que se estaban allí esperando, por sobre campos y marjales, desde tierra y cielo, llegó el múltiple canto de los pájaros.
También a éste pusieron las Criaturas Silvestres en el trozo de niebla que habían recogido en los marjales, y lo envolvieron todo en la telaraña salpicada de rocío. Entonces el alma cobró vida.
Y allí estaba en las manos de las Criaturas Silvestres, no mayor que un erizo; y cosas maravillosas había en ella, verdes y azules que cambiaban incesantes girando una y otra vez y en el gris que tenía en el centro, había un resplandor púrpura.
Y a la noche siguiente se allegaron a la pequeña Criatura Silvestre y le mostraron el alma refulgente. Y le dijeron:
—Si por fuerza has de tener alma y venerar a Dios, convertirte en mortal y morir, ponte esto sobre el pecho izquierdo algo por encima del corazón, penetrará en ti y te volverás humana. Pero si la coges, nunca podrás deshacerte de ella para volverte mortal nuevamente, a no ser que te la arranques y se la des a otro; y nosotras no te la recibiremos y la mayor parte de los seres humanos ya tienen alma. Y si no te es posible encontrar un ser humano sin alma, un día tendrás que morir, y tu alma no puede ir al Paraíso porque sólo fue hecha en los marjales.
A lo lejos la pequeña Criatura Silvestre vio las ventanas de la catedral iluminadas para el servicio de las oraciones vespertinas; la canción de la gente ascendía al Paraíso y los ángeles subían y bajaban por ella. De modo que agradecida se despidió con lágrimas de las Criaturas Silvestres, de la familia de los elfos, y se alejó saltando hacia la verde tierra seca llevando el alma en las manos.
Y las Criaturas Silvestres sintieron pena de que se hubiera ido, pero no por mucho tiempo, porque no tenían alma.
A orillas del marjal la pequeña Criatura Silvestre contempló por unos instantes los fuegos fatuos que saltaban de un lado a otro sobre el agua, y luego presionó el alma contra su pecho izquierdo algo por encima del corazón.
Instantáneamente se convirtió en una hermosa joven; sintió frío y estaba atemorizada. Se vistió como pudo de juncos y se acercó a las luces de una casa que se encontraba no lejos de allí. Abrió la puerta de un empujón, entró y encontró a un granjero con su mujer que comían sentados a la mesa.
Y la mujer del granjero condujo a la pequeña Criatura Silvestre con el alma y le trenzó el cabello; luego volvió a llevarla abajo y le ofreció la primera comida que hubiera nunca comido. Luego la mujer del granjero le hizo muchas preguntas:
—¿De dónde vienes?—le preguntó.
—De los marjales.
—¿De qué dirección?—le preguntó la mujer del granjero.
—Del Sur—respondió la pequeña Criatura Silvestre de alma flamante.
—Pero nadie puede venir de los marjales desde el Sur—dijo la mujer del granjero.
—No, eso no es posible—dijo el granjero.
—Yo vivía en los marjales.
—¿Quién eres tú?—preguntó la mujer del granjero.
—Soy una Criatura Silvestre y encontré un alma en los marjales; somos de la familia de los elfos
Hablando de ella más tarde, el granjero y su mujer decidieron que ella debía ser una gitana que se había perdido, y que el hambre y la intemperie la habrían desquiciado.
De modo que esa noche la pequeña Criatura Silvestre durmió en casa del granjero, pero su alma flamante permaneció despierta toda la noche soñando con la belleza de los marjales.
No bien la aurora llegó al descampado y brilló sobre la casa del granjero, ella miró por la ventana hacia las aguas resplandecientes y vio la belleza interior del marjal. Porque las Criaturas Silvestres sólo aman los marjales y conocen su morada, pero ella ahora percibía el misterio de sus distancias y la seducción de sus peligrosos estanques con sus rubios musgos mortales, y sintió la maravilla del Viento del Norte que llega dominante de desconocidas tierras heladas y la maravilla del flujo y reflujo de la vida cuando las aves llegan a los pantanos al atardecer y al llegar la aurora se dirigen al mar. Y sabía que por sobre su cabeza muy por encima de la casa del granjero, se extendía amplio el Paraíso donde quizás ahora Dios se estuviera imaginando un amanecer mientras los ángeles tocaban quedo sus laúdes y el sol se levantaba sobre el mundo por debajo para regocijo de los campos y los marjales.
Y todo lo que el cielo pensaba, lo pensaban los marjales también; porque el azul de los marjales era como el azul del cielo y la forma de las grandes nubes del cielo se convertía en la forma de los marjales y a través de ambas corrían momentáneos ríos púrpuras, errantes entre orillas de oro. Y el vigoroso ejército de juncos aparecía de entre las sombras con todos sus penachos mecidos hasta donde la vista alcanzara. Y desde otra ventana vio la vasta catedral que recogía toda su inmensa fuerza para izarla en sus torres desde los marjales.
Dijo ella:
—Jamás, jamás abandonaré los marjales.
Una hora más tarde se vistió con gran dificultad y descendió para comer la segunda comida de su vida. El granjero y su mujer eran gente bondadosa y le enseñaron a comer.
—Supongo que los gitanos no tienen cuchillo ni tenedor—se dijeron más tarde.
Después del desayuno el granjero fue a ver al Deán, que vivía cerca de la catedral, y en seguida volvió para llevar consigo a casa de éste a la pequeña Criatura Silvestre con su alma flamante.
—Esta es la joven—dijo el granjero—. Este es el Deán Murnith.
Luego partió.
—Ah—dijo el Deán—. Tengo entendido que te perdiste la pasada noche en los marjales. Era una noche terrible para que algo así sucediera.
—Amo los marjales —dijo la pequeña Criatura Silvestre de alma flamante.
—¡Vaya! ¿Cuántos años tienes?—preguntó el Deán.
—No lo sé—respondió ella.
—Tienes que saber cuántos años tienes—insistió él.
—Oh, unos noventa—respondió ella—o más.
—¡Noventa años! exclamó el Deán.
—No, noventa siglos—dijo ella—. Tengo la edad de los marjales.
Entonces contó su historia: cómo había anhelado ser humano y venerar a Dios, tener un alma y ver la belleza del mundo, y cómo las Criaturas Silvestres le habían hecho un alma de telaraña, niebla, música y recuerdos extraños.
—Pero si eso es cierto—dijo el Deán Murnith—, está muy mal hecho. Dios no pudo haber tenido intención de que contaras con un alma.
»¿Cuál es tu nombre?
—No tengo nombre—respondió ella.
—Debemos encontrar para ti un nombre de pila y un apellido. ¿Cómo te gustaría llamarte?
—Canción de los Juncos—respondió ella.
—Eso no es de ningún modo posible—dijo el Deán.
—Entonces me gustaría llamarme Terrible Viento Norte o Estrella en las Aguas—dijo ella.
—No, no, no—dijo el Deán Murnith—, eso es totalmente imposible. Podríamos darte el nombre de Señorita Junco, si gustas. ¿Qué te parece María Junco? Quizá sería mejor que tuvieras aún otro nombre, digamos María Juana Junco.
De modo que la pequeña Criatura Silvestre con el alma de los marjales tomó los nombres que se le ofrecieron y se convirtió en María Juana Junco.
—Y debemos encontrarte una ocupación—dijo el Deán Murnith—. Mientras tanto podemos ofrecerte una habitación aquí.
—Yo no quiero hacer nada—replicó María Juana—; sólo venerar a Dios en la catedral y vivir junto a los marjales.
Entonces llegó la Señora Murnith y durante el resto del día María Juana permaneció en casa del Deán.
Y allí con su nueva alma, percibió la belleza del mundo; porque ésta llegaba gris y grave desde las neblinosas distancias y se ensanchaba en las verdes hierbas y en los labrantíos hasta el viejo pueblo con casas provistas de gablete; y solitario en los campos lejanos se erguía un viejo molino de viento y sus honestas aspas hechas a mano giraban y giraban en los libres Vientos Anglos del Este. Muy cerca, las casas de gablete se inclinaban hacia las calles, sobre firmes maderos nacidos en viejos tiempos, todos juntas gloriándose de su belleza. Y destacándose de ellas, puntal sobre puntal, con inspiración de altura, se levantaban las torres de la catedral.
Y vio a la gente que se trasladaba por las calles, ociosa y lenta, y entre ellas invisibles, musitando entre sí, sin ser oídos de los hombres vivos, sólo concentrados en cosas pasadas, se agitaban los fantasmas de antaño. Y dondequiera que las calles se abrieran hacia el Este, dondequiera que hubiera espacios entre las casas, irrumpía siempre la visión de los grandes marjales, como si respondieran a una barra de música fascinante y extraña que vuelve una y otra vez en una melodía, tocada por el violín de un músico tan solo que no toca otra barra alguna, de pelo oscuro y lacio, barbado en torno de los labios, de largos bigotes caídos, cuya tierra de origen nadie conoce.
Todo esto era bueno de ver para un alma nueva.
Luego se paso el sol sobre los campos verdes y los labrantíos y vino la noche. Una por una las luces gozosas de las lámparas iluminaron las ventanas de las casas en la noche solemne.
Luego sonaron las campanas en una de las torres de la catedral y su música se derramó sobre los techos de las viejas casas y se vertió por sobre sus aleros hasta que las calles estuvieron llenas de ella, y fluyó luego hacia los campos verdes y los labrantíos hasta llegar al vigoroso molino y llamó al molinero que se dirigió con paso afanado al servicio de oraciones vespertinas y hacia el Este y hacia el mar se extendió el sonido hasta los más remotos marjales. Y para los fantasmas que rondaban las calles, nada había cambiado desde el día de ayer.
Entonces la mujer del Deán llevó a María Juana al servicio de oraciones vespertinas y vio allí trescientas velas encendidas que llenaban el pasillo de luz. Pero los firmes pilares se elevaban por la penumbra donde tarde y mañana, año tras año, cumplían su cometido en la oscuridad sosteniendo en alto la techumbre de la catedral. Y había más silencio allí que el silencio en que se sume el marjal cuando ha llegado el hielo y el viento que lo trajo se ha aquietado.
De pronto en esta quietud irrumpió el sonido del órgano, estruendoso, y en seguida la gente se puso a rezar y cantar.
Ya no le era posible a María Juana ver sus oraciones ascender como delgada cadena de oro, pues esa no era sino la fantasía propia de un elfo, pero imaginó con toda claridad en su alma flamante a los serafines en los senderos del Paraíso, y a los ángeles que se turnaban para vigilar al Mundo de noche.
Cuando el Deán hubo terminado con el servicio, subió al púlpito un joven cura, el Señor Millings.
Habló de Abana y Pharpar, ríos de Damasco: y María Juana se alegró de que hubiera ríos que tuvieran tales nombres, y escuchó hablar de Nínive, la gran ciudad, con maravilla, y también de muchas otras cosas extrañas y novedosas.
Y la luz de las candelas brilló sobre el pelo rubio del cura y su voz bajó resonante por el pasillo, y María Juana se regocijó de que estuviera allí.
Pero cuando el sonido de su voz se acalló, sintió una súbita soledad, que jamás había sentido antes desde que fueran hechos los marjales; porque las Criaturas Silvestres nunca padecen soledad ni experimentan nunca la desdicha, sino que bailan toda la noche sobre el reflejo de las estrellas; y, como no tienen alma, no desean nada más.
Después de recogidas las limosnas, antes de que nadie se moviera para irse, María Juana recorrió el pasillo hasta llegar al Señor Millings.
—Te amo —le dijo.

CAPÍTULO II

Nadie sentía simpatía por María Juana.
—Vaya, pobre Señor Millings—decían todos—. Un joven que prometía tanto.
A María Juana la enviaron a una gran ciudad industrial de la región central del país donde se le había encontrado trabajo en una fábrica de telas. Y no había nada en esa ciudad que un alma pudiera ver de buen grado. Porque ignoraba que la belleza fuera algo deseable; de modo que hacia muchas cosas con máquina, todo en ella se apresuraba, se jactaba de su superioridad en relación con otras ciudades, se enriquecía cada vez más y nadie había que se apiadara de ella.
En esta ciudad se le encontró a María Juana alojamiento cerca de la fábrica.
A las seis de la mañana, en noviembre, aproximadamente a la hora en que, lejos de la ciudad, las aves salvajes levantan vuelo de los serenos marjales y se dirigen a los perturbados espacios del mar, a las seis, la fábrica lanzaba un prolongado aullido con el que se llamaba a los trabajadores que trabajaban allí durante todas las horas del día, con excepción de dos horas destinadas a la comida, hasta que al oscurecer las campanas volvían a doblar fúnebres las seis.
Allí trabajaba María Juana con otras jóvenes en una alargada y tétrica estancia, donde gigantes con estridentes manos de acero machacaban lana hasta dejarla convertida en una larga franja de fibras. Durante todo el día se estaban allí rugiendo frente al desalmado trabajo. Pero María Juana no debía trabajar con ellos, aunque su rugido le perforaba sin cesar los oídos mientras sus estrepitosos miembros de acero iban y venían.
Su tarea consistía en atender a una criatura más pequeña, pero infinitamente más astuta.
Tomaba la franja de Lana que los gigantes habían machacado y la hacía girar y girar hasta que quedaba retorcida y convertida en una resistente fibra delgada. Luego aferraba con dedos de acero la fibra recogida y se alejaba contoneándose unas cinco yardas para volver con más.
Había dominado toda la sutileza de los trabajadores especializados y gradualmente había ido desplazándolos; sólo una cosa no era capaz de hacer: recoger los extremos de una fibra si ésta se rompía para volverlos a unir. Para esto se requería un alma humana, y la tarea de María Juana consistía en recoger los extremos de una cuerda rota; y, en el momento que ella los unía, la afanada y desalmada criatura los ataba por si misma.
Todo allí era feo; aun la lana verde que giraba y giraba no tenía el verde de la hierba, ni siquiera el verde de los juncos, sino un penoso verde parduzco que se adecuaba a una triste ciudad bajo un cielo lúgubre,
Cuando miraba por sobre los techos de la ciudad, tampoco allí había belleza; y bien lo sabían las casas, porque con horrible estuco mimaba como un mono grotesco los pilares y los temples de la antigua Grecia, fingiendo, la una delante de la otra, ser lo que no eran. Y al salir año tras año de estas casas y volver a entrar en ellas, y ver el fingimiento de pintura y estuco hasta quedar todo descascarado, las almas de sus pobres propietarios trataban de cambiarse por otras hasta fatigarse del intento.
Al llegar la noche María Juana volvía a su alojamiento. Sólo entonces, después de entrada la oscuridad, podía el alma de María Juana percibir cierta belleza en esa ciudad, cuando se encendían las lámparas y aquí y allí una estrella brillaba a través del humo. Habría ido entonces afuera para contemplar la noche, pero la vieja a la cual le había sido encomendada no se lo permitía. Y los días se multiplicaron por siete y se convirtieron en semanas, y las semanas pasaron y todos los días eran iguales. Y sin cesar el alma de María Juana lloraba por la presencia de cosas bellas y no las hallaba, salvo los domingos, cuando iba a la iglesia, y la dejaba para encontrar a la ciudad más gris que antes todavía.
Un día decidió que era preferible ser una Criatura Silvestre en los hermosos marjales que tener un alma que lloraba por la presencia de cosas hermosas sin hallar una siquiera. Desde ese día decidió deshacerse de su alma, de modo que le contó su historia a una de sus compañeras de fábrica y le dijo:
—Las otras jóvenes van pobremente vestidas y se desempeñan en un trabajo desalmado; seguramente alguna de ellas no tendrá alma y tomará de buen grado la mía.
Pero su compañera de fábrica le dijo:
—Todos los pobres tienen alma. Es lo único que tienen.
Entonces María Juana observó con cuidado a los ricos dondequiera los hallara y en vano buscó a alguno que no tuviera alma.
Un día, a la hora en que las máquinas descansan y los seres humanos que las atienden descansan también, el viento llegó de la dirección de los pantanos, y el alma de María Juana se lamentó amargamente. Entonces, como se encontraba fuera de los portones de la fábrica, el alma, de modo irresistible, la instó a cantar, y una canción desolada le salió de los labios como un himno a los marjales. Y en la canción se expresó plañidera la nostalgia que sentía por su hogar y por el sonido ululante del Viento del Norte, dominante y orgulloso, con su adorable señora de las Nieves; y cantó los cuentos que los juncos se musitan entre sí, cuentos que conoce la cerceta y la garza vigilante. Y por sobre las calles atestadas, su canción partió plañidera, la canción de los sitios descampados y de las salvajes tierras libres, plenas de maravilla y magia, porque ella tenía en su alma hecha por elfos, el canto de los pájaros y el estruendo del órgano en los marjales.
Dio la casualidad que en ese momento pasara por allí el Signor Thompsoni, el afamado tenor inglés, en compañía de un amigo. Se detuvieron y se pusieron a escuchar; todos se detenían y escuchaban.
—En mis tiempos no hubo nadie con voz semejante en Europa—dijo el Signor Thompsoni.
De modo que en la vida de María Juana se produjo un cambio.
Se dirigieron cartas y finalmente se dispuso que, a las pocas semanas, tendría un papel protagónico en la Opera del Covent Garden.
De modo que debió ir a Londres a estudiar.
Londres y las lecciones de canto eran algo mejor que la ciudad de la región central y esas terribles máquinas. Con todo, María Juana no era libre de vivir como se le antojara a la orilla de los marjales y estaba decidida a deshacerse de su alma, pero no encontraba a nadie que no tuviera ya una propia.
Un día se le dijo que los ingleses no querrían escucharla si se llamaba Señorita Junco, y se le pidió un nombre más adecuado por el que le gustara ser llamada.
—Me gustaría ser llamada Terrible Viento del Norte—dijo María Juana—o Canción de los Juncos.
Cuando se le dijo que eso no era posible y se le sugirió María Junchiano, ella cedió de inmediato como había cedido cuando se la separó de su cura; nada sabia de cómo se conducían los seres humanos.
Por fin llegó el día de la presentación en la Opera, un frío día de invierno.
Y la Signorina Junchiano apareció en el escenario frente a una casa atestada.
Y la Signorina Junchiano cantó.
Y a la canción pasó toda la nostalgia de su alma, el alma que no podía llegar al Paraíso, pero que sólo podía venerar a Dios y conocer la significación de la música, y la melancolía impregnó la canción italiana como el infinito misterio de las colinas se trasmite con el sonido de los cencerros lejanos. Entonces en el alma de los que se encontraban en esa casa atestada se despertaron recuerdos desde mucho tiempo atrás enterrados que volvieron a vivir mientras duró aquella maravillosa canción.
Y un frío extraño penetró en la sangre de todos los que escuchaban como si se encontraran a la orilla de los lúgubres marjales y soplara el viento del Norte.
Y a algunos los movió a tristeza, a otros al dolor y a otros, en fin, a una alegría ultraterrena; de pronto la canción fue desvaneciéndose quejumbrosa como los vientos del invierno se desvanecen de los marjales cuando desde el Sur, aparece la Primavera.
De este modo terminó. Y un gran silencio llenó como la niebla toda la casa poniendo fin a la animada conversación que mantenía Cecilia, Condesa de Birmingham, con un amigo.
En esa mortal quietud, la Signorina Junchiano desapareció apresurada del escenario; volvió a aparecer corriendo por entre el público y se precipitó sobre Lady Birmingham.
—Coged mi alma—le dijo—. Es una hermosa alma. Es capaz de venerar a Dios, conoce la significación de la música y puede imaginar el Paraíso. Y si vais a los marjales con ella, veréis cosas hermosas; hay una vieja ciudad allí construida de bellos maderos y fantasmas en sus calles.
Lady Birmingham se quedó mirándola. Todo el mundo se había puesto en pie.
—Mirad —dijo la Signorina Junchiano—, es un alma hermosa.
Y se cogió el pecho izquierdo algo por sobre el corazón, y allí estaba el alma brillando en su mano con luces verdes y azules que giraban y giraban y un resplandor púrpura en el medio.
—Tomadla—dijo—y amaréis todo lo que es hermoso y conoceréis a los cuatro vientos, a cada cual por su nombre, y las canciones de los pájaros al amanecer. Yo no la quiero porque no soy libre. Ponéosla en vuestro pecho izquierdo, algo por encima del corazón
Todo el mundo seguía en pie y Lady Birmingham se sentía incómoda.
—Por favor, ofrecedla a algún otro—dijo.
—Pero todos tienen ya alma—dijo la Signorina Junchiano.
Y todo el mundo estaba en pie todavía. Y Lady Birmingham cogió el alma en su mano.
—Quizá traiga buena suerte—dijo.
Sentía deseos de rezar.
Cerró a medias los ojos y dijo:
—Unberufen.
Luego se puso el alma sobre el pecho izquierdo algo por sobre el corazón en la esperanza de que la gente se sentara y la cantante se retirara.
Instantáneamente un montón de ropa cayó delante de ella. Por un momento, entre las sombras de las butacas, los nacidos a la hora del crepúsculo podrían haber visto a una criaturita parda que abandonaba el montón de roca y se dirigía saltando al vestíbulo brillantemente iluminado donde se volvió invisible para el ojo humano.
Corrió aquí y allí por un instante, encontró luego la puerta y salió a la calle iluminada por faroles.
Los nacidos a la hora del crepúsculo podrían haberla visto alejarse saltando de prisa por las calles que iban hacia el Norte y hacia el Este, desapareciendo al pasar bajo los faroles y apareciendo luego con un fuego fatuo sobre la cabeza.
En una oportunidad un perro la percibió y se puso a perseguirla, pero quedó muy atrás.
Los gatos de Londres, todos nacidos a la hora del crepúsculo, maullaron de modo terrorífico a su paso.
En seguida llegó a las calles suburbanas, donde las casas son más pequeñas. Entonces se dirigió sin desvío alguno hacia el noreste saltando de techo en techo. Y de ese modo, en pocos minutos llegó a espacios más abiertos y luego a las tierras desoladas donde se cultivan los huertos destinados al mercado. Hasta que por fin se divisaron los buenos árboles negros con sus demoníacas formas en la noche. Y un gran búho blanco apareció, que subía y bajaba en la oscuridad. Y ante todas estas cosas la pequeña Criatura Silvestre se regocijaba como se regocijan los elfos.
Y dejó a Londres, que teñía el cielo de rojo, muy atrás; ya no le era posible percibir sus desagradables clamores y escuchaba en cambio nuevamente los ruidos de la noche.
Y atravesó un villorrio que resplandecía pálido y amable en la noche; y volvió a salir al campo abierto otra vez, oscuro y húmedo; y se encontró con muchos búhos a su paso, raza que mantiene relaciones amistosas con la raza de los elfos. En ocasiones cruzó anchos ríos saltando de estrella a estrella; y, escogiendo su sendero al avanzar, para evitar los caminos ingratos y duros, antes de medianoche llegó a las tierras Anglas del Este.
Y oyó allí el grito del Viento del Norte, dominante colérico, que guiaba hacia el Sur a sus gansos aventurados; mientras tanto, los juncos se inclinaban ante él cantando en voz baja y plañidera como remeros esclavos de algún fabuloso trirreme que se inclinaran y se mecieran al golpe del látigo y cantaran al mismo tiempo una canción dolida.
Y sintió el agradable aire húmedo que viste por la noche a las anchas tierras Anglas del Este y llegó nuevamente a un viejo y peligroso estanque en el que crecen los suaves musgos verdes y se zambulló en él hundiéndose más y más en las queridas aguas oscuras hasta que sintió entre los dedos de los pies el limo hogareño. De allí, del adorable frío que anida en el corazón del limo, salió renovada y regocijada para bailar sobre la imagen de las estrellas.
Dio la casualidad que esa noche yo me encontraba a orillas del marjal, tratando de olvidar los negocios humanos; y vi los fuegos fatuos que venían saltando de todos los sitios peligrosos. Y vinieron por bandadas durante toda la noche hasta formar una gran multitud y se alejaron danzando por sobre los marjales.
Y creo que hubo un gran festejo esa noche entre la parentela de los elfos.