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Los guerreros más valientes - Cuento sioux

 Unktomi-Araña viajaba todo el tiempo, no era alguien que pudiera quedarse quieto en un lugar. Caminaba por las praderas, las montañas y remontaba el curso de los ríos recorriendo todo el territorio sioux.

Cierta vez, en uno de sus viajes, encontró un lago donde nadaba una gran bandada de patos. Unktomi estaba muy hambriento. (Araña siempre tiene hambre, pero a veces tiene más.) Nada más delicioso que un asado de pato. Pero ¿cómo atraparlos? El hombre-araña no necesitaba usar armas, para eso tenía sus trucos, con los que podía engañar a cualquiera.

Era costumbre entre los sioux que, cuando una mujer moría, su esposo tenía que pintarse el cuerpo con arcilla blanca y cortarse el pelo, como forma de llevar luto. Eso fue exactamente lo que hizo Unktomi. Y se puso a caminar por la orilla del lago, gritando y llorando con desesperación.

Los patos, sin embargo, lo reconocieron aun con su disfraz. Cuando se acercaba a la orilla del lago, se escapaban nadando a toda velocidad y les avisaban a los demás.

–Cuidado, amigos, no se dejen engañar. ¡Ése es Unktomi y seguro que va a tratar de atraparnos con alguno de sus trucos!

Pero Araña no parecía en absoluto interesado en ellos. Como si estuviera demasiado concentrado en su dolor para pensar en ninguna otra cosa, seguía gimiendo y tirándose del corto pelo mientras daba vueltas al lago. Después de un tiempo bastante largo, la curiosidad de los patos le fue ganando al miedo, hasta que al fin uno de ellos se acercó a la orilla y le preguntó qué le pasaba.

–¿Qué pasó, Unktomi? ¿Acaso la mujer-araña no existe más?

–Ay, hermano pato, no es posible imaginar una desgracia más grande. No es sólo eso. Una partida de guerra entró en el campamento. Mataron a mi mujer y también a mis pequeños hijos. Un hecho tan terrible no puede quedar sin venganza. ¡Debemos lanzar una expedición de guerra contra el enemigo!

Unktomi había dicho “debemos”. ¡Eso quería decir que los estaba incluyendo a ellos! Nunca antes los patos habían tenido la oportunidad de luchar junto a un guerrero sioux. Se sintieron orgullosos y halagados. Los estaban considerando dignos de avanzar por el sendero de la guerra. Era un grandísimo honor.

–Pero no cualquiera puede participar en una expedición –les dijo Araña, tejiendo su tela–. El enemigo es fuerte y hábil. Sólo podrán venir conmigo los que sean realmente valientes. Los demás, sólo nos causarán problemas.

Por supuesto, todos los patos querían ir.

–¿Y cómo elegirás a los más valientes? ¿En qué se diferencian de los otros? –preguntó uno de los patos.

–Eso es fácil –dijo Unktomi–. Los más valientes, por supuesto, son los que más sacan pecho. Tendrán que ponerse en fila y yo los palparé uno por uno para que no nos confundan las plumas. Elegiré a los mejores.

Los patos no lo dudaron ni un segundo. Se pusieron todos en fila, deseando tener el gran honor de ser los elegidos, y dejaron que Unktomi los levantara. Cada vez que encontraba un pato bien gordo y pesado, de buena pechuga, lo ponía aparte.

–¡Aquí tenemos un valiente! –decía–. ¡Con guerreros así, haremos temblar a nuestros enemigos!

Y el pato, lleno de orgullo, se ponía en la fila de los elegidos, mientras los demás lo miraban envidiosos.

Cuando terminó de seleccionar a los más gordos y apetitosos, Unktomi les dijo a los demás que se fueran. Mirando hacia abajo, profundamente avergonzados por ser considerados cobardes, los patos flacos se volvieron al centro del lago.

Entonces Araña se dirigió a sus nuevos compañeros.

–Como todos saben, antes de partir por el sendero de la guerra, debemos danzar para conseguir el favor de los dioses. Es muy importante que mantengan los ojos cerrados mientras dure la Danza de la Guerra, porque el que abra los ojos antes de tiempo, caerá muerto ante el enemigo. Nos pondremos todos en círculo, yo cantaré y comenzará la danza.

Y así, mientras los valientes guerreros bailaban con los ojos cerrados, Unktomi les fue retorciendo el pescuezo uno por uno y se preparó un delicioso asado de pato.

El paraíso de los gatos - Émile Zola

Una tía mía me legó un gato de angora que sin duda es el animal más estúpido que conozco. Esto es lo que me contó mi gato una tarde de invierno, al amor de las brasas. 

I

Tenía yo dos años por entonces, y era el gato más gordo e ingenuo que se viera. A esa tierna edad aún mostraba la presunción de un animal que desdeña las comodidades del hogar. Y sin embargo, ¡cuánto tenía que agradecer a la Providencia que me hubiera acomodado en casa de su tía! La buena mujer me adoraba. En el fondo de un armario yo tenía un verdadero dormitorio, con tres colchas y un cojín de pluma. La comida no le iba a la zaga. Nada de pan ni sopa; solo carne, carne roja de la buena.   

Pues bien, en medio de aquellos placeres yo no tenía más que un deseo, un sueño: deslizarme por la ventana entreabierta y escapar por los tejados. Las caricias me parecían insulsas, la blandura de mi cama me producía náuseas, y estaba tan orondo que me asqueaba a mí mismo. 

Y me aburría el día entero de ser tan feliz. Debo decirle que, alargando el cuello, había visto desde la ventana el tejado de enfrente. Cuatro gatos se peleaban allí aquel día, con la piel erizada y la cola en alto, rodando sobre la azulada pizarra, calentándose al sol y lanzando juramentos de alegría. 

Nunca había contemplado un espectáculo tan extraordinario. Entonces me convencí de que la verdadera felicidad se hallaba en aquel tejado, detrás de la ventana que cerraban con tanto cuidado. Me lo demostraba el hecho de que cerraran así las puertas de los armarios tras los cuales escondían la carne.   
 
Concebí el proyecto de huir. En la vida debía haber algo más que carne roja. Algo ideal, desconocido. Y un día que olvidaron cerrar la ventana de la cocina, salté a un tejadillo que había debajo.    

 II

¡Qué bonitos eran los tejados! Los bordeaban largos canalones que exhalaban deliciosos aromas. Seguí voluptuosamente aquellos canalones, hundiendo las patas en un fino barro de una tibieza y suavidad infinitas. Me parecía estar caminando sobre terciopelo, y hacía calorcito al sol, un sol que derretía mi grasa. No le negaré que temblaba como un flan. 

El miedo se mezclaba con la alegría. Me acuerdo sobre todo de una terrible impresión que a punto estuvo de hacerme caer sobre el asfalto. Tres gatos bajaron de la techumbre de una casa y se acercaron a mí, maullando espantosamente. Y como yo desfallecía, me llamaron gordinflón y me dijeron que lo hacían para divertirse. Me puse a maullar con ellos. Era delicioso. Aquellos fulanos no estaban tan estúpidamente gordos como yo, y se burlaron de mí cuando resbalé como una bola sobre las placas de cinc recalentadas por el sol de mediodía. 

Un viejo gato de aquella banda me tomó especial aprecio y se ofreció a educarme, lo que acepté agradecido.   
¡Ay, cuán lejos estaban las comodidades de su tía! Yo bebía de los canalones, y ninguna leche azucarada me había sabido tan dulce. Todo me parecía bueno y hermoso. Una gata deslumbrante pasó a mi lado, una gata que me colmó de una emoción desconocida. 

Hasta entonces solo en sueños había visto esas deliciosas criaturas cuyo espinazo parece tan adorablemente flexible. Mis tres compañeros y yo nos precipitamos al encuentro de la recién llegada. Me adelanté al resto y, cuando me disponía a cortejar a la encantadora gata, uno de mis camaradas me mordió salvajamente en el cuello. Lancé un grito de dolor. —¡Bah! —me dijo el viejo gato, apartándome—. Ya habrá otras.  

III
 
Al cabo de una hora de paseo sentí un hambre feroz. —¿Qué se come en los tejados? —le pregunté a mi amigo. —Lo que se encuentra —me respondió él, sabiamente. Su respuesta me desconcertó, pues por mucho que buscaba, no encontraba nada. Por fin, en una buhardilla vi a una joven obrera que se estaba preparando la comida. Sobre la mesa, debajo de la ventana, se veía una hermosa chuleta de un rojo apetitoso. «Esta es la mía», pensé con toda ingenuidad.   
 
Y salté sobre la mesa para coger la chuleta. Pero la obrera, al verme, me atizó un terrible escobazo en el lomo. Solté la carne y huí, lanzando un terrible juramento. —¿Es que acabas de llegar del pueblo? —me dijo el gato—. La carne que está sobre las mesas es para desearla de lejos. Donde hay que buscar es en los canalones. Nunca pude entender que la carne de las cocinas no perteneciese a los gatos. 

Mis tripas comenzaban a quejarse seriamente. El gato me remató diciendo que había que esperar a la noche. Entonces bajaríamos a la calle y escarbaríamos en los cubos de basura. ¡Esperar a la noche! Y lo decía tan tranquilo, como un filósofo curtido. Yo me sentí desfallecer ante la sola idea de aquel ayuno prolongado.    

IV
 
La noche llegó lentamente, una noche brumosa y helada. Empezó a caer una lluvia fina y penetrante, azotada por bruscas ráfagas de viento. Bajamos por el ventanal de una escalera. ¡Qué fea me pareció la calle! Había desaparecido el calorcillo gustoso, el sol resplandeciente, los tejados blancos de luz en los que revolcarse a placer. 

Mis patas resbalaban sobre el pavimento, y recordé con amargura mis tres colchas y mi cojín de pluma. Tan pronto estuvimos en la calle, mi amigo empezó a temblar. Se encogió hasta hacerse pequeño y corrió furtivamente delante de las casas, diciéndome que lo siguiera lo más rápidamente posible. 

Cuando encontró una puerta cochera, se refugió presto en ella, dejando escapar un ronroneo de satisfacción. Al preguntarle por esa huida, me dijo: —¿Viste a ese hombre que llevaba un capacho y un garfio? —Sí. —Pues si nos hubiera visto, nos habría matado y comido asados. —¡Asados! —exclamé—. ¿Pero entonces la calle no es nuestra? ¡En vez de comer, nos comen!    

V

Entretanto habían arrojado las basuras delante de las puertas. Escarbé en los montones con desesperación y encontré dos o tres huesos mondos que habían tirado a las cenizas. Entonces comprendí cuán suculenta es la comida de su tía. Mi amigo hurgaba con destreza entre las sobras. Me tuvo corriendo hasta el amanecer, examinando cada adoquín, sin apresurarse. 

Tras casi diez horas bajo la lluvia, yo tiritaba de frío. ¡Maldita calle, maldita libertad! ¡Cómo añoraba mi cárcel! Por la mañana, el gato, viéndome flaquear, me preguntó con aire extraño: —¿Has tenido bastante? —Ya lo creo —respondí. —¿Quieres volver a casa? —Claro, pero ¿cómo encontrarla? —Ven. Al verte salir esta mañana, comprendí que un gato rollizo como tú no está hecho para las ásperas alegrías de la libertad. Sé dónde vives. Te dejaré en la puerta. 

Aquel digno gato dijo esto con toda sencillez. Cuando llegamos me dijo sin mostar ninguna emoción: —Adiós. —¡No —exclamé—, no nos despediremos así! Ven conmigo, compartiremos la misma cama y la misma comida. Mi ama es una buena mujer... No me dejó acabar. —Calla —dijo bruscamente—, eres tonto. Yo me moriría en la calidez de tu hogar. 

Tu vida regalada es buena para gatos bastardos, pero los gatos libres nunca pagarán con la prisión tus manjares y tu cojín de plumas. Adiós. Y trepó de nuevo a los tejados. Vi su gran silueta delgada estremecerse de placer al sentir los rayos del sol naciente. Cuando entré en casa, su tía cogió el zurriago y me administró un correctivo que recibí con profunda alegría. Saboreé a fondo el placer de sentir calor y ser castigado. Mientras ella me zurraba, yo me relamía pensando en la comida que me daría después.    

VI

—¿Lo ve? —concluyó mi gato, estirándose frente a las brasas—. La verdadera felicidad, el paraíso, mi querido amo, consiste en ser encerrado y golpeado en una habitación donde haya carne. Hablo de los gatos, claro.   

La noche de la gallina - Francisco Tario

—Los hombres son vanos y crueles como no tienes idea —me decía hace casi un siglo una gallina amiga, cuando todavía era yo joven y virgen, y habitaba un corral indescriptiblemente suntuoso, poblado de árboles frutales.

—Lo que ocurre —objeté yo, sacudiendo mi cola blanca— es que tú no los comprendes; ni siquiera te has cuidado de observarlos adecuadamente. ¡Confiesa! ¿Qué has hecho durante la mayor parte de tu existencia, sino corretear como una locuela detrás de tus cien maridos y empollar igual que una señora burguesa? ¡El hombre es un ser admirable, caritativo y muy sabio, a quien debemos estar agradecidas profundamente!

Esto decía yo hace tiempo; no sé cuántos meses. Cuando aún me dejaba sorprender por las apariencias, rendía culto a los poetas y llevaba minuciosamente clasificadas en un cuaderno las características de los petimetres que me perseguían. Cuando mi cresta era voluptuosa cual un seno de mujer, y mi cola, artística, poblada. Cuando dormía en posturas graciosas y, al crepúsculo, languidecía bajo la influencia inefable de las encinas. Decía esto —entre otros motivos más graves— porque mi amo era muy cordial conmigo y solía conducirme a los rincones más apartados de la finca, con objeto de obsequiarme los residuos de los banquetes y otras golosinas menos importantes.

Hoy no. Hoy pienso de otro modo.

Heme aquí confinada en una celda tenebrosa, condenada a muerte. ¿Creen que no lo adivino? ¿Creen los hombres que por ser diminutas y estar cubiertas de plumas, no tenemos las gallinas nuestro corazoncito, nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento?

Me apresaron al atardecer. Paseaba yo con una amiga por el sendero de las coles. Soplaba una cautivadora brisa. Íbamos charlando de mil cosas triviales y picoteando, ora un rábano, ora una fruta caída, cuando se entreabrió la puerta fatídica y apareció el cocinero. Nunca me simpatizó este hombre. Es un tipo grueso, perverso, de epidermis muy roja, con un bigote cuadrado y un delantal demasiado largo, tinto en sangre generalmente. De ordinario, salta al corral con un cuchillo en la mano y se contonea por entre los árboles, berreando siempre la misma tonada. Cuando alguien osa acercársele, toma la primera estaca o piedra que ve a su alcance y la arroja contra el intruso. En seguida corta una ciruela o un albérchigo y, tras de frotarlo contra su trasero, lo engulle, escupiendo la piedra a gran distancia... Pues bien, llegó el cocinero y me fue persiguiendo taimadamente por la vereda de las coles. Tan pronto llegamos a la tapia —¡oh, perfumada muy lindamente por las enredaderas de Bécquer!— me atrapó con sus manazas de simio, sujetándome por las alas. Me introdujo en la casa, hizo girar la puerta de un cuarto muy tétrico y me lanzó al aire, cual si se tratara de una avioneta. Caí como mejor pude y tardé mucho tiempo en moverme.

Aquí estoy, en consecuencia, sola, en tinieblas, sin un galán indómito que se aventure a rescatarme. Sola con mis reminiscencias, con mi pasado turbulento, con mi angustia loca, con mi cresta ya no tan voluptuosa y mi pechuguita tierna.

"Posiblemente —cavilo— me reste una noche de vida: doce horas: varios cientos de minutos... Si me pusiera a contar desde ahora, no llegaría a treinta mil seguramente."

Suspiro y prosigo, dejando que mis pensamientos fluyan, fluyan, como una bandada de canarios.

"¡Cuan crueles y vanos son los hombres! ¿Por qué nos asesinan? ¿Por qué nos comen? ¿Qué daño les he hecho yo, por ejemplo? ¿Qué grave trastorno o qué perjuicio irreparable les he ocasionado...? Les he dado huevos frescos, cría; los he recreado con mi canto; les he anunciado el mal tiempo, el bueno —tal vez con mayor exactitud y armonía que los maestros cantores—, la presencia de un ladrón. No me he enfermado nunca; por el contrario, siempre podía admirárseme pizpireta, complaciente, muy limpia, tomando el sol a toda hora del día, meciendo mis alas níveas, que un joven galante comparó una vez con las de un cisne. He servido también de modelo a cierto pintor impertinente que profanó nuestros dominios. Me han retratado los chiquillos, he respetado la siembra, no he herido, injuriado a nadie. Jamás hice un mal gesto. ¿Qué culpa es, pues, la mía? Y sin embargo, van a inmolarme, van a comerme."

Me estrujará el cocinero entre sus garras inicuas e irá arrancando a puñados mis plumas finas, mis plumas albas, que tan celosamente he cuidado. Me las arrancará, sí, con la avidez de un enamorado que deshoja una margarita, y las irá arrojando a un cubo lleno de sangre —abollado, fétido—, cual si se tratara de algo despreciable e inmundo. Me desprenderá el cuello de un tajo, y mis ojitos pardos, mis ojitos picaros —que otro galán comparó con los de una gacela— se obscurecerán definitivamente. Mis piernas doradas y elásticas caerán por tierra como las ramas secas de un árbol... y las comerán los cerdos —¿quién iba a pensarlo?— los cerdos: esa especie de hipopótamos color de rosa que liban sus propios orines y jamás alzan la jeta, temerosos de vaciarse un ojo. Bien asada, me acomodarán en una fuente de loza y me transportarán a la mesa, humeante, guarnecido mi cuerpecito con zanahorias, trufas o espárragos. Y es tal la crueldad de los hombres, tal su sadismo, que quizá respeten mi forma y me presenten así enterita, sin plumas, en cueros, exhibiendo para deleite de todos mi inocente vergüenza.

Los invitados se relamerán de gusto, no importa que entre ellos se cuente algún filósofo o canónigo.

"Bien sabrosa que debe estar" —pensarán para sus adentros.

Y la dueña de la casa, esa berruga con faldas, exclamará melifluamente:

—No es malo, que digamos, su aspecto; pero temo que esté un poquito dura. ¡Era tan vieja!

También es creíble que un niño me rechace y su mamá le ofrezca un muslito.

—Mamá, no quiero gallina —protestará el infante, con su carita de ángel bobo y rico.

—Si está muy tiernecita, tonto... ¡Mira!

Y el rorro objetará entonces, gesticulando:

—¿Por qué me das esas cosas, si sabes que las gallinas comen caquita?

¡Ay, me sacrificarán sin remedio! ¡Me asesinarán los hombres, no obstante que he alegrado sus vidas! Son vanos, crueles, egoístas. Principalmente eso: egoístas. ¿Por qué no matan al perro? ¡Porque los defiende! ¿Por qué no matan al gato? ¡Porque se come a los ratones! ¿Por qué no matan al burro? ¡Porque transporta sus mercancías! ¿Por qué no matan al caballo? ¡Porque los transporta a ellos! ¿Por qué no sacrifican al tigre, a la víbora o al lobo? ¡Porque les temen! ¡Canallas! ¡Cobardes! ¡Nos asesinan a nosotras, y a los pajaritos, y a los gansos, y a los cerdos, que no sirven para nada. Nos ven pequeños, indefensos, asequibles!

Ya sé de qué modo hablan los hombres. Cierta tarde sorprendí a uno de ellos interrogando:

—Y diga usted ¿es que no ha probado por casualidad el gato?

Otro respondió, llevándose el pañuelo viscoso a la boca:

—Por Dios, qué excentricidades... ¡Valiente asco!

Yo he gritado entonces:

—¡Mentira! ¡Mentira! ¡No es asco lo que tenéis ni mucho menos!

Pero nuestro lenguaje resulta enteramente incomprensible para esa gente. Tanto, que el primero de ellos dijo:

—¡Maldito bicho éste! ¡Qué lata nos está dando!

Y según es costumbre en tales seres, me lanzó un pedrusco, a riesgo de matarme. Pero yo esquivé el proyectil, dando rienda suelta a la hilaridad más desbordante. Prorrumpí desde lejos:

—¡No, no es asco lo que le tenéis al gato! ¡Cuidáis vuestro queso!

¡Cómo! Oigo una llave... la tos del cocinero... ¿Es que ha llegado la hora? ¡Oh, se anticipan! Pero ¿qué significa todo esto? ¿Es que no van a permitirme confesar siquiera? He oído contar no sé dónde que a los reos a muerte se les dispensan privilegios de tal índole: se les conforta, se les auxilia espiritualmente. ¿Y por qué a mí no? Yo también creo en Dios. También a mí me espanta el infierno. Mis pecados pueden ser graves... ¡Sí, sí, creo en Dios, creo en Dios lo mismo que pueda creer el hombre más docto! ¡He nacido de Dios! ¡He cometido adulterio...! ¡Y tengo mi alma —chiquita y débil— pero mi alma! ¡Aquí está! ¡Quiero salvarla! ¡Quiero salvarla! ¿Qué clase de justicia es ésta?

Inútil. Chirría la puerta sobre sus goznes y aparece el cocinero. Le veo al trasluz divinamente, con su delantal hasta los tobillos y su cabezota calva. Entreabre los brazos para atraparme. Me escurro una, dos, tres veces con éxito. Insiste; se desespera. Yo pienso:

"Perfectamente. Puesto que así sois de villanos, la pagaréis bien cara."

Doy un salto increíble, ridículo si se quiere para una gallina, y escapo por encima de los hombros del verdugo; vuelo a través de un pasadizo que apesta a vinagre; de un corredor lleno de muebles y ropa sucia; de la escalera... Detrás viene el cocinero blasfemando y sacudiendo su panza dura. Descubro en el segundo piso de la casa una ventana abierta y me lanzo al vacío, ahora sí como una avioneta. Tardo en caer al corral y, abajo, se produce un clamoreo inenarrable, consecuencia de mis gritos desgarradores. Quien chilla, pidiendo auxilio; quien corre de un lado para otro, tapándose los ojos; mi amiga sufre un soponcio. Pero yo anuncio, y mi anuncio lo escuchan hasta los muertos:

—¡La pagaréis bien cara! ¡La pagaréis bien cara!

Cuando el cocinero salta al jardín, ya he alcanzado mi meta. Es una planta misteriosa, azafranada, de hojas muy ásperas, que, de niñas, nos prohibían frecuentar nuestras mamas:

—Quien pruebe de ellas, sucumbe —nos prevenían, cubriéndonos con sus temblorosas alas.

Y yo comí esta vez hasta hartarme. Comí raíces, tallos, flores, ¡cuanto pude!

Un poco más tarde, el verdugo empuñaba el cuchillo y me apoyaba su hoja en el pecho, diciéndome:

—¡Escápate ahora, maldita...!

Aún solté una carcajada que atronó la casa.

Desde el retrete preguntó la dueña:

—Cirilo: ¿qué ocurre?

—¡Nada! —prorrumpió el asesino, trozándome el cuello—. ¡Esta maldita perra...!

—¿Cuál perra? —oí a la vieja, como entre sueños.

—O lo que sea. ¡Esta gallina!

Una vez más ratifiqué mi amenaza:

—¡La pagaréis bien cara!

Y en efecto: treinta y seis horas más tarde, cinco ataúdes en fila bajaban por la arboleda rumbo al cementerio.

Estofado irlandés - Jean Ray

El menú estaba escrito con tiza sobre una pizarra escolar; ésta formaba, con un farol de llamas azules y un letrero de chapa recortada borroneado por las lluvias, un barroco colgante de miseria, en la esquina de la Night Ravenstreet.
Sólo el nombre de la calle era agradable. Night Ravenstreet: la calle del Cuervo de la Noche. Y, abovedándola, el cielo cargado de lluvia y hollín de Limerick.
Dave Lumley subió algunos escalones, que desembocaban en un hall poligonal como una tela de araña.
Esta imagen lo obsesionó por algunos instantes. Pero como sentía la culata de su Webley en el bolsillo, contra su cadera derecha, alzó los hombros y se introdujo en una fisura sombría de la tela que resultó ser un corredor donde humeaba una lámpara. El cálido olor del guiso lo acogió como un amable anfitrión, que guiaba su persona empapada por la lluvia de octubre.
¬En verdad ¬murmuró¬, comería cualquier cosa.
Fue entonces que los reflejos de su espíritu analizaron la singular atmósfera del lugar, las luces, los ruidos, los olores.
La lámpara no era más que un círculo de claridad, un rayo único evadido de un telón negro.
¬Una mirada de gato tuerta¬ se sonrió Dave burlonamente.
Pero hacia el fondo del corredor, como un alba roja en un túnel, distinguió vagos resplandores de hornos.
Los ruidos eran simpáticos y excelentes: chisporroteos de grasa caliente, estribillos de hervidor, carnes regadas con salsa que sonaban como cohetes, el claro choque de las cacerolas y la vajilla, un glu-glu de botellas que parecía parodiar una serie de besos golosos cayendo en cascada.
Toda su simpatía de hombre hambriento habría ido hacia los olores de las cálidas carnes y las salsas condimentadas, si un efluvio extraño, dulce y terrible no hubiese venido a flotar a su alrededor.
¬Conozco esto¬ murmuró.
Y, de repente, una cruel fantasmagoría se desarrolló como un film silencioso en su memoria: volvió a ver las enlodadas trincheras donde sangraban innumerables cadáveres de Tommie y Feldgrauen.
¬Esto huele a muerte¬ dijo¬, a sangre… ¡Puaj!
Afuera, una cruel ráfaga sacudió los colgantes de hierro; restalló un lejano disparo, seguido por el agudo barreno de un grito de sufrimiento.
Y, de pronto, otro grito subió en fúnebre alarido por los respiradores rojos. Pero una puerta acababa de abrirse de par en par en el muro, la luz desbordando en catarata, y un mozo emprendió, con gran cantidad de golpes de triángulo, de campanillas y xilófono, el estribillo del día.
¬En ningún lugar¬ decía el vecino de mesa de Dave Lumley¬, en ningún lugar tendría usted tanta carne por diez peniques.
Sin embargo, frente a esas rodajas blongas de carne asada, rosadas y blandas, Dave había perdido el apetito; la salsa marrón, en la que flotaban finos pedazos de cebolla quemada, se coagulaba en el plato.
¬¡Ah!¬ murmuró el vecino¬, carne de ternera a la cebolla… ¡Delicioso!
¬¿Cree usted realmente que esto es carne de ternera?¬ preguntó tímidamente Lumley.
¬¿Y si fuese de ballena, de chacal, o de oso blanco, qué importaría?¬ contestó el otro agresivamente¬. Por sus diez peniques, ¿qué querría su señoría? ¿Esturión asado, o un cerdito recién nacido, bien tierno, con salsa picante?
Dave Lumley advirtió entonces la formidable glotonería de todas aquellas personas que se atareaban alrededor de las mesitas de hierro.
Tragadas vorazmente, rociadas con turbia cerveza, se sucedían las porciones rosadas, pegajosas de salsa marrón, y esta atmósfera pesada, presa de masticaciones ruidosas, hipos de beatitud, degluciones veloces, como en un soplo de las pirámides humeantes de estofado irlandés. Luego, en gozo y estupor feliz, estas tres palabras pasaban en un leitmotiv de gratitud:
¬Diez peniques solamente… ¡Solamente diez peniques!
En medio de estas personas, cuyas entrañas habían sido roídas por un hambre sempiterno y hereditario, se contoneaba un tipo singular, de levita y cubierto por un sombrero de papel rosa.
¬¿Un loco?¬ preguntó Dave Lumley.
Su vecino le arrojó una mirada plena de indignación.
¬¿Qué dice usted? ¿Scotty Bell, un loco? Un excéntrico, sin duda, pero con toda seguridad un filántropo. Es él quien nos sirve porciones a diez peniques. ¡Hip, hip, hurra por Scotty Bell!
¬¡Hip, hip, hurra!¬ repitió la sala.
¬¿Violetas, señor?
Una pequeña mano muy blanca tendía a Dave unas grotescas violetas de papel aceitado, humedecidas por algunas gotas de horrible perfume sintético, y por encima de ese ramo de miseria, Lumley vio la doble violeta de dos ojos tristes.
Lumley, a pesar de su pobreza, no había perdido su galantería de antiguo teniente de los Rochester Guardians.
¬Prefiero el color de sus ojos al de sus flores, señorita¬ dijo, tendiéndole un chelín.
Una sonrisa desconsolada, aunque encantadora, lo recompensó.
¬¿Puedo ofrecerle algo?¬ propuso el anciano oficial. Y su mano señaló un nuevo plato humeante que un mozo sombrío, con cabeza de viejo clown, acababa de depositar frente a su vecino.
La florista lanzó una extraña mirada sobre las rodajas jugosas.
¬No, eso no¬ murmuró¬. ¿Podría ser cerveza por favor?
Dave posó tiernamente su mano sobre la miserable manita blanca y sintió que temblaba violentamente; siguió la mirada violeta y vio, no sin disgusto, que estaba clavada en la de Scotty Bell.
Scotty Bell no tenía nada de escocés duro y seco, tallado en los peñones de la montaña. Era pequeño y grasoso; sus abominables ojos de lechuza, con pupila rasgada a lo largo, redondos e inmóviles, reflejaban en verde la luz de las lámparas.
¬Quisiera partir, señor¬ murmuró la florista¬; pero quisiera partir con usted.
•••
¿Cómo había sucedido?
Dave Lumley nunca lo supo.
Guardaba el vago recuerdo de su partida, de un corredor oscuro, de la presencia estremecida de la joven a su lado, luego el dolor repentino y sordo de un golpe en la nuca, una lucha furiosa y una caída interminable en las tinieblas.
Pero lo que quedaba y quedaría siempre en su memoria, era un grito de mujer, un grito de espanto, de dolor, seguido de un gorgoteo atroz.
Ahora, despierto, veía a su alrededor los uniformes color marrón claro de la policía montada de Irlanda.
¬Se escapó de una buena, teniente¬ dijo cerca suyo una voz amable¬. Y no le faltó mucho.
Dave Lumley reconoció, en el sargento de la policía, a su anciano ordenanza Big Jones. A dos pasos de él, la cabeza deformada del mozo sombrío, con cara de viejo clown, ensangrentada en el suelo.
¬No, no le faltó mucho, felizmente¬ repitió el policía.
Entonces Lumley sintió que se estrechaba convulsivamente la culata de su revólver.
¬¡No, no mire allí!¬ continuó Big Jones¬. ¡Basta de horrores por hoy!
Pero Dave tuvo tiempo de entrever el cadáver de la pequeña florista, la garganta bien abierta… Y, más lejos, en el resplandor rojo de una lámpara, veía a los policías depositando cosas horribles sobre una tabla de carnicero: manos, piernas, flácidos senos de mujer, y una cabeza humana gesticulando horriblemente…
Una multitud muda y horrorizada colmaba la Night Ravenstreet.
Lumley vio que llevaban a Scotty Bell sólidamente encadenado, un girón de papel rosa adherido aún al cráneo.
¬¡Un cliente para Jack Ketch! ¬ gritó una voz en la sombra.
¬Daba a comer carne humana a sus clientes¬ dijeron otras voces.
El ex oficial reconoció a su lado, con la cabeza tristemente inclinada sobre el pecho, a su vecino de mesa de hacía un momento.
¬Nunca tendremos tanto de comer por diez peniques¬ murmuraba en un doloroso tono de desesperación.