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El arquillo del aquelarre

Mathieu Wilmart era, sin lugar a dudas, el mejor violinista de la pequeña ciudad y del país de Bouillon. Desde varios lustros, su violón hacía bailar, en diez leguas a la redonda, a los recién casados y a sus invitados; siempre era él quien en las fiestas populares atraía el mayor número de parejas, de jóvenes y viejos, con su melodía simple y seductora. En las fiestas familiares sabía hacer reír o llorar a los que le escuchaban, haciendo vibrar su instrumento como un mago; además, era muy popular y gozaba de la simpatía de todo el mundo.

Era el 15 de diciembre del año de gracia 1450. En la granja del molino Hideux, en Noirefontaine, se celebraba un gran banquete en ocasión de la boda de la hija mayor con un poderoso granjero de Curfooz. Había un gran número de invitados, abundaba comida y bebida y reinaba la alegría.

Al terminar la comida se iniciaron los preparativos para el baile. Los bailes, para todos los gustos, se sucedieron sin descanso, y la fiesta se prolongó hasta la madrugada; ya era muy tarde cuando nuestro músico, cansado, determinó marcharse a su casa.

Se hicieron esfuerzos inimaginables para disuadirlo. Unos porque su partida significaba el fin de las canciones y los bailes; otros por piedad y consideración hacia este hombre de avanzada edad que debía recorrer un largo camino antes de llegar a su destino.

–Quedaos, padre Mathieu –le decía uno–; el viento sopla del Norte e hiela hasta las piedras, y el bosque que debéis atravesar no es de fiar; sin contar los lobos y los jabalíes, están los salteadores. Y dicen que los brujos celebran en él su aquelarre.

Pero todo fue inútil. Mathieu había prometido volver hacia la medianoche y quería, a toda costa, mantener su palabra.

–Llevo una excelente provisión de vino en el estómago –replicó el testarudo ardenés–. Con mi esclavina forrada y mi bastón, desafío a lobos y a ladrones. En cuanto a las brujas o diablos, si acaso me los encuentro, los haré bailar al son de mi violón. ¡Y sea lo que Dios quiera!

Los jóvenes se reían de esta salida, mientras otros criticaban su testarudez. Insistieron hasta el final, pero fue inútil. Entonces quisieron que le acompañara el mozo, pero él se negó rotundamente, alegando que no temía a nada ni a nadie.

Acto seguido, Mathieu se envolvió cuidadosamente en su amplia capa, se ciñó su instrumento a la espalda, en bandolera, cogió su nudoso bastón, saludó cordialmente a los invitados y se marchó con la sonrisa en los labios.

Con paso firme se dirigió a Bouillon. El cielo estaba bastante estrellado y el viento había disminuido. Sólo hacía un poco más de un cuarto de hora que andaba, cuando el cielo se cubrió repentinamente de opacas y amenazadoras nubes, que sumieron la tierra en una casi total oscuridad. Entonces el músico empezó a arrepentirse de haber rechazado el cómodo albergue que le habían ofrecido y que tan soberbiamente había rechazado. 

Por un momento deseó volver sobre sus pasos, pero era demasiado orgulloso para reconocer que había tenido miedo. ¡Ah!, sí, se reirían de él, se burlarían... No, esto no podía ser. Y a pesar de la progresiva oscuridad, apretó el paso, con la mirada fija al frente, marchando al compás, con la cabeza erguida, confiado y resuelto... Pero no tardó en darse cuenta, para su mayor sorpresa, de que se había equivocado de camino. 

¡Esto ya era el colmo! ¿Y qué hacer? ¿Continuar o volver atrás? Continuar sólo serviría para perderse aún más; envolverse en su capa y acostarse bajo un árbol no le parecía seguro; podían comérselo las alimañas o morirse de frío. Los copos de nieve caían aquí y allá... Pero mientras, apoyado con las dos manos en su grueso bastón, Mathieu sufría una penosa ansiedad, he aquí que de pronto vislumbró una tenue luz en la lejanía.

«¡Ah, debe de ser una cabaña de leñador!», se dijo, con nuevos ánimos. E inmediatamente quiso encaminarse en aquella dirección; pero apenas había dado tres pasos, la luz desapareció. Se paró, golpeó el duro suelo con su bastón herrado y profirió un horrible reniego que resonó lúgubremente en el silencio sepulcral de la inmensa y desierta campiña. Y entonces volvió a aparecer la luz. Después de unos segundos de duda, Mathieu decidió proseguir, con la mirada obstinadamente fija sobre el tan codiciado objeto.

Sólo se oía el rechinar de sus pasos en la reciente capa de nieve. El camino le pareció desmesuradamente largo, y sólo después de muchos esfuerzos y peligrosísimos saltos, logró llegar al Camp des Montagnards, lugar donde se encontraba la luz hacia la que se dirigía con tanto esfuerzo desde hacía tantas horas... 

Pero su sorpresa fue enorme cuando de pronto se encontró ante un castillo de magnífico aspecto y del que nunca había oído hablar... Con sus ojos desmesuradamente abiertos miraba, miraba... Y vio pasar las elegantes siluetas de los bailarines ante las cortinas de las amplias ventanas, muy iluminadas, como negras sombras, movidas por una seductora melodía. De vez en cuando llegaban a sus oídos zumbantes ruidos de voces. Y miraba, miraba sin cesar, plácido, lleno de estupor y de temor... Al fin, sin poder contenerse más, decidió satisfacer su exacerbada curiosidad.

Después de dar varias vueltas al inmenso edificio, ya desesperaba de encontrar la puerta de entrada cuando se le apareció un viejo, que de repente se puso a tocar la trompeta. Un puente levadizo, que Mathieu no había visto hasta aquel momento, bajó inmediatamente; el violinista, respondiendo a la invitación del viejo, penetró en la mansión totalmente iluminada.

Había una multitud de hombres y mujeres de todas las edades, ricamente vestidos y adornados con carísimas joyas. Unos participaban en una suntuosa comida mientras otros jugaban a las cartas, al dominó, o a algún otro juego de azar; no obstante, la mayor parte bailaba incansablemente en una inmensa sala, decorada con gran lujo e inundada por una resplandeciente luz. 

Una música hechizadora marcaba el paso de los bailarines. Reinaba una gran animación en todas partes; gritos de alegría y comunicativas risas llenaban el aire perfumado de las distintas salas que se comunicaban entre sí.

Mathieu estaba allí, clavado en su sitio, inmóvil como una estatua, maravillado por todo aquel lujo que lo transportaba hasta enmudecerlo, cuando vio que se acercaba a él un hombre de elevada estatura, de mediana edad y simpática apariencia, que le preguntó qué deseaba. Balbuceó algunas palabras; luego, con voz dudosa que ponía en evidencia su azoramiento, dijo:

–Señor del castillo, soy un pobre músico perdido en el bosque; dignaos permitirme pasar la noche en un rincón de vuestra mansión; me marcharé al amanecer.

La persona a la que Mathieu había dirigido su ruego con tanta humildad, accedió con un simple movimiento de cabeza. Con una señal indicó a un paje que tomara el violón del músico y lo colgara de un clavo de oro que brillaba sobre el rico tapiz de la sala de baile. Este personaje, de misterioso aspecto, sonreía de un modo extraño, y allí donde su mano tocó el instrumento, ennegreció instantáneamente, como si esa mano, a pesar de su finura y lozanía, hubiese sido de fuego.

Impulsado por una irresistible curiosidad, Mathieu Wilmart empezó a examinar el lugar donde se encontraba; pero en vano intentó reconocer a alguno de los personajes que le rodeaban. Al parecer, nadie se preocupaba de su presencia insólita, en este ambiente tan elegante como ruidoso. Escuchaba, escuchaba... Miraba, miraba... 

Y entonces descubrió, no lejos de él, sobre una mesa dorada, un violón que en nada se parecía al suyo, pues era incomparablemente más bello: una forma impecable, madera reluciente, adornos de plata y piedras preciosas. Y en seguida sintió un incontenible deseo de utilizarlo. 

Se apropió del instrumento y se dirigió, fuera de sí, hacia el estrado en que estaban los músicos –violinistas como él–, que tocaban a las mil maravillas, sin interrupción, las melodías más endiabladas. Pero cuál sería su sorpresa al reconocer entre ellos a un amigo, muerto hacía ya treinta años, que le había dado las primeras lecciones de violón.

–¡Virgen Santa, apiadaos de mí! –gritó.

Y en el mismo instante, los músicos, los bailarines, los jugadores y el mismísimo castillo, todo desapareció ante sus confusos ojos.

Cuando a la mañana siguiente, los invitados del Moulin Hideux que, por prudencia, habían aplazado su partida, volvían a sus casas, encontraron a Mathieu Wilmart tendido sin conocimiento al pie de un enorme abeto.

–El padre Mathieu no escogió un lugar muy agradable para dormir–, no pudo aguantarse de comentar un inveterado bromista.

–Es muy original –dijo otro.

–Sin duda alguna –observó un tercero.

–Y un hombre precavido –añadió el cuarto–. Fijaos, llevaba consigo dos arquillos de violón, para no quedarse sin poder tocar si se le rompía uno de ellos.

Le friccionaron luego, después de levantarlo con mucha precaución, le dieron un poco de aguardiente. Poco a poco volvió en sí, abrió con esfuerzo los ojos, y al fin, se dio cuenta de la situación. Atribuyó al frío intenso la causa de su accidente, pero se guardó muy bien de mencionar las visiones infernales que había tenido. Juntos se dirigieron hacia Bouillon, donde se despidieron como buenos amigos.

Cuando llegó a su casa, Mathieu examinó detenidamente el arquillo que había llegado a su poder de una manera tan extraña. Un escalofrío sucedió a un sentimiento de terror, al constatar que este arquillo era un hueso humano trabajado con gran meticulosidad. 

Pero su sorpresa fue absoluta al leer sobre los ricos adornos de plata, el nombre de un habitante de Bouillon, considerado, y con justo título, como una persona que echaba maleficios, es decir, un brujo. Un malestar inexplicable se apoderó de todo su ser. Se tomó una tisana caliente de plantas y raíces, se echó en su camastro, y esperó que anocheciera...

Al atardecer se fue por caminos apartados, a casa de este hombre de mala reputación, que vivía en la colina de Auclin. Con el corazón, que le saltaba del pecho, abrió la ruinosa puerta que cedió sin resistencia alguna. Al ver al que buscaba le dijo, saludándolo con voz muy queda, como la de un niño asustado:

–Compadre, aquí traigo un arquillo que os pertenece, creo; me imagino que lo habéis perdido en alguna gira.

–¡Ah! –dijo Durand, con la boca muy abierta.

–Lo encontré por casualidad, y os lo devuelvo.

–¡Ah! –repitió el viejo brujo, aceptando el objeto.

Y permaneció unos instantes sin pronunciar una palabra, tanta era su emoción. Hizo un esfuerzo para dominarse y dijo al fin, con una voz ligeramente velada:

–¡Oh, oh! Mathieu, la pasada noche debisteis descubrir cosas muy singulares y... una palabra sobre ello... me haría mucho daño...

–¡Dios no quiera que yo hable de ello, compadre!

–Mathieu, sois un gran hombre. Hacéis bien en guardar silencio; pues si me quemasen vivo, cosa que seguramente ocurriría si se enterasen de que me visteis... donde, bien lo sabéis, también podrían iros mal las cosas.

Mathieu, un poco confuso, quiso marcharse, pero Durand lo llamó y, acercándose a su oído derecho, murmuró con voz muy baja:

–Decidme, Mathieu: ¿quiénes son vuestros enemigos? Esta noche echaré un maleficio sobre sus animales, o incluso les puedo contagiar a ellos mismos alguna enfermedad depresiva que acabará con ellos para siempre.

–No tengo enemigos –contestó tímidamente Wilmart–, y Dios no quiera que desee el mal del prójimo.

–Entonces, ¿en qué puedo seros útil? Decidme, os escucho, estoy a vuestras órdenes, Mathieu.

–¡En nada! –contestó resuelto el violinista, que maquinalmente se dirigió hacia la puerta: se ahogaba.

–Hablad con franqueza, Mathieu: ¿Qué queréis de mí? Como recom...

–Nada, Durand, absolutamente nada, os lo repito. No obstante, me siento muy feliz de poder devolveros un arquillo tan bello.

–Un arquillo extraordinario, este arquillo del aquelarre. Pero debo regalaros algo, un don, padre Mathieu, como recompensa por vuestro servicio.

Mathieu Wilmart iba a protestar, explicando su desinterés, cuando una voz misteriosa dijo: «Dale esta bolsa». Y al instante, apareció un hombre de siniestro aspecto, que no estaba en casa del brujo cuando llegó Mathieu. El violinista quiso huir, pero una fuerza invencible le retuvo; sus piernas temblaban y su frente se cubrió de sudor.

–Acepta –le dijo Durand.

–Sin duda será alguna obra de los malos espíritus –objetó con timidez el violinista.

–Es un talismán –respondió el desconocido, con una cierta arrogancia–. Un talismán que puede utilizarlo sin temor un cristiano.

Mathieu permaneció mudo e inmóvil; un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

–Dale esta bolsa –prosiguió Durand–. Le gustará hurgar en ella, pues siempre contendrá seis libras parisis, de gran valor.

–Si esta bolsa es obra del diablo, ¡que sea condenado! –añadió el extraño personaje, riendo amargamente.

Estas palabras parecieron convencer y tranquilizar a Mathieu Wilmart, que alargó una mano temblorosa y aceptó el tentador presente. Luego, envolviéndose en su amplia esclavina, huyó como un malhechor en el crepúsculo.

Mathieu Wilmart, que finalmente había sucumbido a la tentación, tantas veces hurgó en la bolsa maravillosa, que en poco tiempo se convirtió en propietario de una bonita casa y se puso a vivir como un rico burgués. Nada jactancioso, ¡no, eso no!, pero algo orgulloso, es decir, un poco vanidoso... No obstante, continuaba haciendo bailar a las gentes en las fiestas y festines; sólo que ahora poseía una mula para sus desplazamientos y un criado que le llevaba su violón.

Sin embargo, la nueva manera de vivir del violinista excitó algunos celos en la pequeña ciudad de Bouillon y provocó miles de habladurías contradictorias... Inacabables chismes circularon por la plaza para extenderse más allá... Se discutió, se insinuó... Y la versión más extendida era que Mathieu Wilmart había encontrado un tesoro que escondía en algún lugar secreto. Pero nadie osaba hablarle de ello, ni tan sólo aludir a la nueva situación, pues todos lo querían.

No obstante, Mathieu tenía cuatro sobrinos, que eran hermanos, con los que no tenía ninguna relación debido a su conducta. Bebedores infatigables y vagos incorregibles, vivían de la rapiña y de otros medios de existencia no menos condenables. Un día que estaban de juerga, la conversación recayó sobre la fortuna de su tío, y el mayor dijo:

–El tío Mathieu es rico, todos lo sabemos; y sólo nosotros podemos heredar su fortuna. Lo que pasa es que no parece querer «reventar». Los tiempos son duros..., ¿no es cierto? Entonces...

–¿Entonces...? Pues bien, hagámoslo «reventar» –dijo uno de ellos, sonriendo.

–¿Y por qué no? –añadió el más cínico de los cuatro.

–Por supuesto, si no quiere morir amablemente... –añadió el más joven.

Y la conversación que había empezado en un tono de broma macabra, tomó otro cariz: matarían al tío Mathieu, sin más.

Enterándose de que un sábado por la noche debía ir a La Grenelle, le fueron a esperar al borde del bosque: el violinista no pudo evitar el destino. Cuando llegó a una peligrosa encrucijada, los cuatro tunantes salieron de su escondite y se echaron a la vez sobre su víctima, que pereció en pocos segundos... Pero apenas habían empezado a vaciar sus bolsillos, un individuo de siniestro aspecto apareció de repente, se lanzó sobre el cuerpo, sacó de la alforja una pequeña bolsa y desapareció diciendo:

–Este es el fruto de mis dones.

Una risa siniestra, estridente, execrable, siguió a estas palabras.

Los asesinos de Mathieu Wilmart fueron muy pronto apresados y juzgados. Se dice que el preboste de justicia les hizo colgar de los árboles detrás de los que se habían escondido: de aquí viene que este lugar fuera denominado por mucho tiempo: «La encrucijada de los cuatro hermanos».

La soledad del escorpión - Jorge Velasco Mackenzie

Detrás del mar estaba el muelle y la colina; digo bien, porque el mar era lo que abandonábamos, junto a El Escorpión, anclado allí, entregado a los cargadores que entre risas y gritos subían grandes bultos a bordo. 

Habíamos navegado durante tres meses para llegar a esta isla. Situada en la mitad del golfo donde desembocaba un río, en cuyas riberas serpenteaban los manglares —más que manglares parecían tentáculos, ramas, retorciéndose, enredándose—, como la cabellera de una inmensa Medusa que sacaba la cabeza sobre las aguas oscuras.

El Cojo Marcial ya antes había estado aquí, fue él quien propuso venir. «Es burdel y despensa a la vez, la dueña cobra por igual libras de manteca y los puntos que hacen las muchachas, buen negocio, ¿no?», decía sonriendo, mostrando aquel fulgor horrendo de un diente de oro. 

Bajamos a tierra despacio; cuando uno navega por mucho tiempo pierde la prisa, todas las horas son lentas y los días se van sin apuro, estás como encerrado en una cárcel, sólo que en vez de rejas te encuentras rodeado de agua; lo digo yo, que he vivido esos dos encierros muchas veces.  

El Escorpión es un barco viejo que navega siempre por las mismas rutas: Panamá, Cartagena, a veces, si hay contrabando, la isla de San Andrés, Buenaventura y Guayaquil; es igual a esos insectos de los que tomó su nombre, nunca se aleja demasiado de su escondite, si lo hace es para matarse o matar. 

Puedo asegurar esto porque la única vez que avanzamos hasta Valparaíso, nos atacaron fuertes vientos terrales que estuvieron a punto de hacernos zozobrar, se desató una peste de viruela que diezmó a la tripulación, incluido el jefe de máquinas; por último, fuimos acusados de transportar armas para una guerrilla en no sé dónde y nos detuvieron cuarenta días en la cárcel del puerto. «Nunca de los nuncas», prometió el capitán y marcó en la carta de navegación, con tinta roja, esos únicos cinco puertos que El Escorpión tocaría.

Pronto empezamos a subir la colina; al hacerlo se me ocurrió voltearme para ver el mar desde lo alto: lucía ancho, como un mantón azul extendido hasta el horizonte. Hacia el frente aparecía marcada la línea del macizo andino de este país que sólo conocía en los mapas. 

Matías, como un práctico que conoce los accidentes del canal, iba delante de la tripulación; el capitán se había quedado en el muelle vigilando la carga. Al bajar vimos la tienda, primero el techo de zinc, después las grandes puertas abiertas por donde entraban mujeres y niños, todos descalzos. 

Al descubrirnos corrieron hacia nosotros, como si fuéramos los primeros seres vivos que vieran en mucho tiempo; caminaban saltando, felices junto a nosotros. Uno de los chicos se acercó a la trastienda y gritó hacia adentro: «¡El Escorpión, señora Tenia, llegó El Escorpión!».

¿Tenia? ¿Tentáculos? ¿Medusas? Todo parecía ir tomando sentido. Me quedé rezagado, tal vez deseando no haber venido. Una mujer alta y delgada apareció; no era mayor, pero tenía una sonrisa vieja dibujada en la cara. Matías se acercó y ella dijo para todos: «Mi nombre es Tania, pero ellos no pueden decirlo bien»; enseguida añadió dirigiéndose al chico: «Tania, ya te lo he dicho cien veces: Tania. Anda, ve a llamar a las muchachas». 

El chico salió corriendo, pero lo detuvo con un grito, casi imposible de creer que salía de ese cuerpo delgado: «¡Oye, no olvides llevar la sal!»; después, volviendo a hablarnos, dijo: «Vamos, señores, pasen, pasen, no hay escorpiones».

En alta mar, cuando no había nada que hacer, me ponía a pensar en la soledad de los escorpiones, en su temor a ser vistos, incluso por las madres a las que devoran al nacer. Pensaba que al salir del istmo de Panamá, rumbo a Cartagena de Indias, éramos uno de ellos abandonando la piedra debajo de la cual viven para avanzar por una pared mojada. 

El barco tenía el casco pintado de negro y en los amaneceres yo imaginaba que al dueño de la embarcación se le ocurrió llamarlo así para que todos le temieran, lo odiaran, porque nunca perdonan a nadie al inyectar su veneno, por vivir ocultos en el fondo de una vieja botella, en un rincón olvidado del mundo, o en el colchón gastado de un hotel de marineros.

El piso del burdel era de tierra, una tierra apisonada y húmeda que no levantaba polvo. Hacia un lado había algo así como un escenario de tablas bordeado de grandes caracoles. Las mesas de madera, igual que las sillas, estaban colocadas frente a ese lugar. Nos sentamos con cuidado para no caer y Tania se acercó; había cambiado su traje y lucía una especie de batón floreado con escote abierto, el pelo suspendido en un moño, también estaba descalza.

«A ver, mis hombres de mar, qué van a beber», dijo inclinándose para limpiar la mesa; el escote se abrió y pude ver sus senos casi planos, los pezones abiertos en una mancha oscura que ella no se preocupó en cubrir. 

«¡Bielas!», gritó Matías, «no se preocupe, tenemos completo el dinero de tres meses», explicó. Alamiro, el más joven de nosotros, dijo algo entre dientes y la mujer contestó: «No hay cuidado, ya vienen, es que tienen que dejar cocinado y barrer la casa, después vestirse y arreglarse, ya vienen, tranquilo...». 

«¿Cuáles casas?», debí haber preguntado yo, pero esta mujer que parecía adivinarlo todo indicó: «El poblado queda más abajo, detrás de la empalizada, no tardan». Se alejó caminando rápidamente. Siguiéndola con la mirada, pude ver el golpe de la luz del congelador iluminando su cara.

Con Alamiro ha venido Bribón, que es negro y no habla español, y el Tieso; le decimos así por su caminar muy erguido, como echado hacia atrás. El Tieso, alguna vez, en un bar de San Andrés, esperando que cesara un torrencial aguacero, me contó que se había embarcado porque en su tierra natal había matado a un hombre; ese hombre era su hermano. 

Empecé a preguntarme si los escorpiones machos se matan entre sí; mientras servían las botellas me dije que no, porque no los conocen, al nacer huyen; lo que ellos no soportan es ver esa figura horrenda donde se reflejan como en un espejo, por eso viven solos y mueren en solitario.

Soportando las bromas de Matías, la impaciencia de Alamiro, el silencio del Tieso y de Bribón, esperamos a las mujeres; la mesa se fue humedeciendo, marcada por los círculos de las botellas que bebíamos sin parar. 

Cuando llegaron me sorprendí: ninguna tenía facha de puta, eran simplemente unas dóciles madres de familia que pasaron de largo, rumbo a un cuarto posterior donde Tania las esperaba, y fueron entrando sin hablar; salían de allí transformadas, mostrando escotes profundos, como tajaduras de un pez espada, faldas cortas y deshilachadas, con los costados abiertos. 

Una de ellas, la más robusta, lucía un vestido rojo que tenía una randa transparente en el lugar del sexo y los pezones. Los labios ardían en bermellones sangrantes, los cabellos fueron reemplazados con viejas pelucas rubias; la única parte de sus cuerpos que no había sido tocada eran los pies, iban descalzas, como si jamás quisieran dejar de sentir la corteza dura de la tierra donde vivían. 

Cada una recibía sus instrucciones: «Oye, Ramira, ten más cuidado con el vestido, la otra vez lo quemaste», «Carmela, el que tiene que acabar es el cliente, no tú», «Fernanda, no chupes mucho, después te quedas dormida», «y tú, Algarrobo, debes moverte más en el baile, eso ayuda a excitarlos, a vender». 

Con las cabezas bajas se sentaron frente a nosotros las tres primeras, menos esa a la que llamó Algarrobo; ella caminó a la trastienda a encender el picó, la voz de Daniel Santos inundó el ambiente: «réntame un cuartito / en el hotel de tu alma / quiero estar cerquita / de tu corazoncito». Algarrobo era flaca, tal vez por eso le decían Algarrobo; rápidamente traspuso los caracoles y se ubicó en el centro de la pista, allí comenzó a bailar.

Bribón tenía los ojos muy abiertos y la miraba fijamente; las manos grandes, con las palmas arrugadas y amarillas, se apretaban con fuerza, como si temiera despertar de un sueño o alguna pesadilla. 

El negro era de algún lugar de la Martinica y lo recogimos en la zona del Canal, vagaba perdido sin tener voz para nadie, otro escorpión que ni siquiera sabía decir su nombre; le pusimos Bribón porque en una pelea repetía esa palabra cada vez que tiraba al suelo a algún contrincante, nunca supe qué quería decir y nadie quiso llamarlo de otra forma; le temíamos cuando se enojaba, como a los escorpiones reales, queríamos acabar con él antes de saber sus intenciones, lo inmovilizábamos entre todos y, después de amarrarlo, lo encerrábamos en la bodega para que no se matara o nos matara a todos.

Algarrobo enseguida dejó caer la blusa de gasa oscura sobre el entablado y se quedó en un sostén con lentejuelas y un calzón brilloso; sus movimientos eran torpes, alejados del baile. Imaginé a una condenada que no quiere avanzar por el pasillo que la llevará a su ejecución. 

Mis amigos seguían bebiendo y gritando. En un momento ella caminó hasta el filo de la pista donde estaban los caracoles, se volvió de  espaldas y pude ver, sobre uno de sus omóplatos, el dibujo de un escorpión: el insecto estaba allí inmóvil, ausente a todo, a los gritos de los tres marineros, a mis silencios; Algarrobo no lo sentía ni parecía importarle demasiado, una picadura podía dejarla en cama varios días, con fiebres altas y delirios. 

Quise levantarme para liberarla de él, algo me mantuvo aferrado a la silla; más que un baile provocador me pareció que ella se retorcía, con señas le pedí que se volteara pero no me entendió; cuando se quitó el sostén y los senos pequeños aparecieron, pensé que el escorpión había caído junto a la prenda, me equivocaba: el animal seguía en su espalda, inmóvil pese a que ella había aumentado sus movimientos yéndose hacia atrás, después hacia delante. «Mujer vil», pensé, «torturas a ese pobre insecto que morirá cuando clave en ti sus tenazas». 

Me arrepentí de hacerlo, quise creer que todas convivían con un escorpión, eran esas hembras escorpionas que ellos no reconocen como sus madres y se reproducen en alguna parte de sus cuerpos. «Ramira, Carmela o Fernanda llevan un escorpión», dije en voz baja. La tripulación no me escuchó, seguía bebiendo cerveza; sólo Alamiro se acercó a una de ellas, le dijo algo, pero regresó cabizbajo.

La canción de Daniel Santos me pareció interminable, igual que el mar, no se acababa nunca, o era Tania o Tenia que volvía a poner el disco. De pronto, como un hecho fugaz, un relámpago, Algarrobo se soltó el calzón; allí, a un palmo de nuestros ojos y manos, apareció su pubis de vellos escasos o perdidos tal vez de tanto uso, nada podía ser más desolador que eso. 

Bribón estiró el brazo pero ella se apartó, fijándose un poco en mí, en la mirada que yo posaba sobre ella sin compasión. Tenía mucho rato sin beber, levanté una botella y pasé un trago largo; al bajarla vi aquella pared de cañas, desde adentro, a contraluz, pude observar algunos brillos de ojos, todos apuntando hacia donde nos encontrábamos, en posiciones diferentes, unos más altos que otros, pero todos con un brillo infeliz y un rumor de voces cortadas. 

Cuando Tania regresó con un nuevo pedido, le pregunté: «¿Qué es eso?»; ella ni siquiera miró hacia allá: «No se preocupe, son los hijos que vienen a verlas, están contentos, hoy también comerán». La pared de cañas era como un tapiz en movimiento, una alfombra mágica de luces y oscuridades; golpeé la mesa furioso, asustando a Bribón que seguía obsesionado mirando el baile de Algarrobo y su desnudez.

Algarrobo se estremeció, y yo me pregunté si en ese momento ya le había picado el escorpión; el insecto ya iniciaba su muerte y ella su dolor, pero en el rostro de la mujer no había ninguna mueca de sufrimiento, sólo un gesto extraño que era un gesto de soledad y vergüenza. 

Hubiera deseado saber en esos momentos si los escorpiones conocen cuando la piel de la víctima está desnuda; imaginé que era así, ellos avanzan sintiendo que sus cuerpos brillantes se deslizan suavemente, buscando el mejor espacio, el más sensible, para hundir sus tenazas, sin los contratiempos de sortear los pliegues de tela del vestido o el abrigo, el veneno llegará más rápido y la herida será más bella.

En nuestra mesa fue creciendo un marcado silencio. Alamiro, desde que fue rechazado por la mujer, bebía cabizbajo; con el dedo humedecido dibujaba algo sobre la mesa. Matías se despreocupó de ellas y llenaba los vasos con aplicación, pedía nuevas rondas y llevaba las cuentas de cada uno. 

De pronto, el Tieso se puso de pie, echó hacia atrás su pesado cuerpo y avanzó hasta donde ellas estaban, se detuvo por un instante y, estirando el brazo, sin decir una sola palabra, agarró a Ramira por la muñeca y la levantó causándole dolor; el escote del vestido de la mujer se abrió más, dejando al descubierto sus senos y sus hombros. 

Con pasos largos se la llevó al cuarto de atrás; desde la pared se oyeron otras voces entrecortadas, los puntos brillantes se movieron como luciérnagas en la oscuridad.

Tania o Tenia, recostada en el mostrador, lo observaba todo con una mirada de triunfo complacido; yo continuaba observando el escorpión sobre el omóplato de Algarrobo cuando la sirena del barco sonó con fuerza: era el primer aviso de regreso a bordo, siempre eran tres, espaciados en media hora cada uno. 

Bribón, al escucharlo, frunció el ceño y apretó más las manos mirando el cuerpo desnudo de la mujer, bailando siempre dentro del espacio bordeado de caracoles. Alamiro había desaparecido con su secreto, Matías siguió bebiendo y era el más complacido de los tres; yo comprendí que ya no me quedaba demasiado tiempo para salvar a Algarrobo, ahuyentar el escorpión de su espalda, pero me asustaba Bribón, que también quería ir con ella al cuarto de atrás.

Me pregunto ahora, cuando termino de contar esta historia lejos del mar, si yo odiaba o admiraba a los escorpiones, por qué me perseguían y tuvo que tocarme viajar en un barco que tenía ese nombre. De niño, salía al patio de mi casa para buscarlos; cuando hallaba alguno, lo rodeaba con papeles encendidos, esperando el momento supremo de su suicidio. 

He leído que de todas las especies vivas, después del hombre, el escorpión es el único que decide qué hacer con su vida: se clava una de las tenazas entre los ojos y muere para evitar otro aniquilamiento más doloroso; como siempre están solos, ellos son como los muertos sin deudos, no son llorados, igual a tantos hombres de mar que yo conocí, fallecidos sin patria, sin hijos, sin mujeres.

Me pareció que Algarrobo había entrado en un trance porque bailaba sin música, desnuda para dos pares de ojos, los míos y los de Bribón. Matías no la miraba, bebía las últimas botellas y contaba el dinero sobre la mesa para entregárselo a Tania antes de que sonara un nuevo llamado del barco. 

Cuando sucedió, nos levantamos los dos al mismo tiempo, traspusimos los caracoles y nos acercamos a ella adelantando las manos: las palmas gruesas y amarillas del negro, las mías blancas, pero cruzadas por viejas cicatrices de sogas y arpones. 

Recordé aquellos bailes públicos en mi pueblo lejano, cuando la chica más bella de la noche es invitada a bailar por varios hombres a la vez, quienes le extienden sus manos esperando ser elegidos. 

Algarrobo no levantó la vista ni detuvo su baile, solamente se dejó caer contra mi pecho como si buscara protección. Yo esperé el golpe y la furia de Bribón que no llegaron; se apartó y levantó en vilo a la mujer del traje rojo para llevarla a la trastienda.

Como pude llevé a Algarrobo al cuarto de atrás. El Tieso ya lo había abandonado, alcancé a verlo correr rumbo al muelle, asustado de que el barco partiera sin él. Al cerrar la puerta, la mujer resbalaba entre mis brazos, tenía la piel húmeda y fría; encendí la luz para quitarle el escorpión de la espalda y al mostrármela me di cuenta de que era un tatuaje, una marca perfecta de color verde oscuro que parecía moverse con su respiración. 

Aturdido le pregunté quién se lo había hecho. Después de un silencio prolongado, con una voz debilitada, respondió: «Nadie, un marinero que me pagó bien por dejármelo hacer». Le pedí que se fuera. Sentado en ese catre sucio, oculto y solo como los escorpiones, escuché la sirena, el último llamado.

Un caballero para Merytha - Roger Zelazny

Al cruzar el paso, Dilvish oyó el chillido de una mujer.

El grito reverberó en los alrededores y se apagó. Luego quedó únicamente el sonido de los cascos de acero en el camino. Dilvish se detuvo y atisbó en el crepúsculo.

—Black, ¿de dónde ha salido ese grito? —preguntó.

—No sé la dirección —replicó el caballo de acero a cuyos lomos cabalgaba Dilvish—. En estas montañas, los ruidos parecen provenir de todas partes.

Dilvish volvió la cabeza y observó la senda que había seguido. Mucho más abajo, en la llanura, el ejército maldito había establecido su campamento. Dilvish, que dormía muy poco, se había adelantado para explorar el camino de las montañas. La última vez que había pasado por allí, en dirección a Rahoring-hast, era de noche y apenas había visto la senda.

Los ojos de Black brillaron tenuemente.

—La oscuridad aumenta —dijo—, y es inútil continuar. El camino apenas puede verse a partir de este punto. Quizá fuera mejor regresar al campamento para escuchar viejos relatos de tus deudos sobre épocas más jóvenes de la tierra.

—Muy bien... —dijo Dilvish; y mientras pronunciaba estas palabras, oyó de nuevo el chillido.

—¡Por ahí! —dijo, señalando hacia la izquierda—. ¡El grito procede de ahí, senda arriba!

—Sí —dijo Black—, estamos muy cerca de las fronteras de Rahoringhast, por lo que una situación como esta es más sospechosa incluso que en condiciones normales. Te aconsejo que no prestes atención a ese grito.

—Una mujer que chilla en la montaña y por la noche... ¿y no responder? ¡Vamos, Black! Eso viola las leyes de mi raza. ¡Adelante!

Black emitió un sonido como el grito de caza de un gran pájaro y se lanzó hacia adelante. Al otro lado del paso salió de la senda y subió una empinada ladera. En lo alto había el parpadeo de una luz.

—Es un castillo —dijo Black—, y hay una mujer en las almenas, vestida de blanco.

Dilvish contempló el lugar. Las nubes se separaron y la luna vertió luz sobre el edificio. Enorme, y en algunos puntos decadente, la construcción casi parecía formar parte de la montaña. Oscura, aparte de la tenue luz que brotaba por la abierta puerta del patio interior. Vieja...

Llegaron a los muros del castillo y Dilvish gritó:

—¡Señora! ¿Habéis gritado vos?

La mujer miró hacia abajo.

—¡Sí! —dijo—. ¡Oh, sí, buen viajero! ¡He sido yo!

—¿Qué os inquieta, señora?

—He gritado porque os oí pasar. Hay un dragón en el patio... y temo por mi vida.

—¿Habéis dicho «dragón»?

—Sí, buen caballero. Bajó del cielo hace cuatro días y ha hecho del patio su nuevo hogar. Estoy prisionera a causa de ello. No puedo pasar por ahí...

—Veré qué puede hacerse al respecto —dijo Dilvish. Sacó la espada invisible.

—Oh, buen caballero...

—¡Cruza la puerta, Black!

—No me gusta esto —murmuró Black mientras entraba ruidosamente en el patio.

Dilvish miró alrededor. Una antorcha llameaba en un rincón del patio. Las sombras danzaban por todas partes. Por lo demás, no había nada.

—No veo dragón alguno —dijo Black.

—Y yo no huelo el almizcle de los reptiles.

—¡Aquí, dragón! —dijo Black—. ¡Aquí, dragón! ¡Sal, dragón!

Dieron la vuelta al patio y observaron las arcadas.

—Ningún dragón —observó Black.

—No. Una pena. Debes despedirte del placer.

Al pasar junto al último arco, la mujer gritó en el interior:

—Al parecer se ha ido, buen caballero.

Dilvish envainó la espada de Selar y desmontó. Black se convirtió en una estatua de acero mientras su jinete se aproximaba resueltamente al corredor. Allí estaba la mujer, y Dilvish sonrió e hizo una reverencia.

—Vuestro dragón parece haber huido —observó. Y luego la miró.

Tenía el cabello negro y suelto, y le caía muy por debajo de los hombros. Era alta, y sus ojos eran del color del humo de leña. Danzaban rubíes en los lóbulos de sus orejas, su barbilla era fina y la mantenía erguida. Su cuello tenía el color de la leche, y Dilvish lo recorrió con la mirada hasta las inclinaciones donde los pechos se adaptaban al apretado corpiño.

—Eso parece —repuso ella—. Me llamo Merytha.

—Y yo Dilvish.

—Sois un valiente, Dilvish... enfrentarse a un dragón con las manos vacías...

—Tal vez —dijo él—. Puesto que el dragón se ha ido ya...

—Volverá para buscarme, me temo —replicó la mujer—, ya que soy la última persona que hay en estos muros.

—¿Sola aquí? ¿En qué situación os halláis?

—Mis parientes regresarán mañana. Han hecho un largo viaje. Os lo ruego, atended a vuestro caballo y cenad en mi compañía, porque estoy sola y tengo miedo —se lamió los labios formando una sonrisa.

—Perfectamente —contestó Dilvish, y volvió al patio. Puso la mano en el cuello de Black y notó que este se movía—. Black, no todo es normal en este lugar —afirmó—, y quiero averiguar más detalles. Cenaré con la dama.

—Cuidado —musitó Black— con lo que comes y bebes. No me gusta este lugar.

—Mi buen Black —dijo Dilvish, y volvió con Merytha al corredor.

Ella había cogido una antorcha encendida en alguna parte y se la dio.

—Mis habitaciones están al principio de las escaleras —dijo.

Dilvish la siguió en la penumbra. Había telarañas en los rincones y polvo en un amplio tapiz que describía una gran batalla. Dilvish creyó oír la precipitada fuga de las ratas en la maleza, y un tenue olor a seca putrefacción llegó a sus ventanas nasales.

Llegaron a un rellano y Merytha abrió de par en par la puerta que estaba ante los dos. La sala estaba iluminada por numerosas velas. Estaba aseada, era cálida, y un aroma de sándalo flotaba en el ambiente. Había oscuras pieles de animal en el suelo y un magnífico tapiz colgado en la pared. Dos rendijas en las ventanas dejaban entrar la brisa nocturna y permitían atisbar las estrellas, y había un estrecho umbral que conducía a la almena en la que Merytha había gritado.

Dilvish entró en la sala, y al hacerlo vio que en el rincón de la izquierda había un nicho con un hogar y dos troncos ardiendo sin llama. La cena estaba dispuesta en una mesa, delante del hogar. La verdura aún humeaba junto a la carne, y el pan tenía una apariencia fresca y blanda. Dilvish vio también una transparente jarra de vino. 

En otro rincón de la habitación había una enorme cama endoselada, con largas colgaduras de trencilla dorada en los pilares, seda color naranja muy tirante en el punto donde estaba vuelto el cubrecama y una hilera de almohadones del mismo color en la cabecera.

—Sentaos y refrescaos, Dilvish —dijo Merytha.

—¿Cenaréis conmigo?

—Ya he cenado.

Dilvish probó un trozo de carne. No tenía objeción alguna. Sorbió vino. Era fuerte y seco.

—Muy bueno —dijo—. ¿Cómo ha podido prepararse esta cena y continuar caliente?

Ella sonrió.

—Yo la preparé, quizá previendo esto. ¿No os quitaréis el cinto de la espada en mi mesa?

—Sí —replicó Dilvish—. Disculpadme.

Y soltó la hebilla y puso el cinto junto a él.

—No lleváis espada en la funda. ¿Por qué?

—La mía se rompió en batalla.

—A pesar de todo debisteis ganar el combate, o de lo contrario no estaríais aquí.

—Vencí —dijo Dilvish.

—Os tengo por un bravo guerrero, señor.

Dilvish sonrió.

—La dama me hará perder la cabeza con esta charla.

Merytha se echó a reír.

—¿Puedo tocar música para vos?

—Eso sería muy agradable.

Merytha cogió un instrumento de cuerda distinto a todos los que había visto Dilvish. Se puso a tocarlo para acompañarse:

Caen algunas gotitas de lluvia

y el viento sopla esta noche, mi amor;

rogué que vinieras a verme,

para aliviar mi dolor.

Ahora deseo que el viento no cese nunca,

ni los relámpagos en el temporal,

porque has venido al anochecer

en carne y sangre terrenal.

Por favor quédate en la amena noche,

verdes botas en tus pies,

oh caballero que no lleva espada,

para con dulces besos cerrar mis ojos después.

Desearé que el viento no cese nunca,

ni los relámpagos en el temporal,

que puedas quedarte tras el anochecer,

en carne y sangre terrenal.

Rogué que vinieras a verme

cuando la luz del día menguaba,

para abrazarme mientras caían gotitas de lluvia

y el viento de la noche soplaba.

Dilvish siguió comiendo y bebiendo vino, observando a la mujer mientras tocaba. Los dedos de ella apenas tocaban las cuerdas y su voz era suave y clara.

—Encantador —dijo Dilvish.

—Gracias, Dilvish. —Y Merytha le cantó otra tonada.

Dilvish terminó de cenar y continuó sorbiendo vino hasta que no hubo más esperándole en la jarra. Merytha dejó de cantar y puso a un lado el instrumento.

—Temo estar sola aquí —dijo— hasta que vuelvan mis parientes. ¿Querréis quedaros conmigo esta noche?

—Solo hay una respuesta que yo soy capaz de dar.

Merytha se levantó y se acercó junto a él, y le tocó la mejilla con las puntas de los dedos. Dilvish sonrió y le tocó la barbilla.

—Sois en parte de la raza elfa —dijo ella.

—Cierto, lo soy.

—Dilvish, Dilvish, Dilvish... —dijo ella—. El nombre me parece familiar... ¡Sí! Tenéis el mismo nombre que el héroe de La balada de Portaroy.

—Cierto.

—Una canción muy bonita. Quizás os la cante —dijo Merytha—. Más tarde.

—No —repuso Dilvish—, no es una de mis favoritas.

Después acercó la cara de la mujer a la suya y la besó en los labios.

—El fuego se está apagando.

—Sí —dijo él.

—La habitación se enfriará.

—Cierto.

—Pues quitaos vuestras botas verdes, porque es agradable verlas pero serán un engorro en la cama.

Dilvish se quitó las botas, se levantó y cogió en brazos a Merytha.

—¿Cómo os hicisteis esos cortes en la mejilla?

—Mi rival me golpeó en la cabeza.

—Tal parecería que tuviera garras.

—Así era.

—¿Un animal?

—No.

—Besaré las heridas —dijo ella— para que no os piquen.

Los labios de Merytha se posaron en su mejilla. Dilvish la estrechó, y ella suspiró.

—Sois fuerte... —dijo.

Y el fuego estaba apagándose. Al cabo de un rato, se apagó.

¿Cuánto tiempo había dormido? Dilvish no lo sabía. Escuchó ruido de madera astillada, y una voz gritó en la noche. Dilvish sacudió la cabeza y contempló los abiertos ojos de Merytha. Sintió un extraño calor en su cuello. Lo tocó y su mano se mojó. Dilvish sacudió de nuevo la cabeza.

—Por favor, no te enojes —dijo Merytha—. Recuerda que te he alimentado, que te he dado placer...

—Vampira... —musitó Dilvish.

—No tomaría tu sangre vital, Dilvish. Solo un sorbo, un sorbo era lo único que necesitaba.

Hubo otro golpe en la puerta, similar al de un ariete. Dilvish se incorporó poco a poco y se agarró la cabeza con ambas manos.

—Vaya sorbo —dijo—. Creo que hay alguien en la puerta.

—Es mi esposo —replicó ella—, lord Morin.

—¿Eh? No creo que hayamos sido presentados...

—Pensé que él dormiría esta noche, como tantas otras noches pasadas. Se alimentó bien hace una semana y quedó saciado. Pero es igual que el tigre de los mares. Tu sangre le llama.

—Mi posición me parece un poco embarazosa, Merytha —observó Dilvish—. Huésped de un caballero vampiro al que acabo de hacer cornudo... No sé qué se dice en estas ocasiones.

—No hay nada que decir —replicó ella—. Le odio. Él me convirtió en lo que soy. Lo único que lamento es que haya despertado. Pretende matarte.

Dilvish se frotó los ojos y buscó sus botas.

—¿Qué harás, Dilvish?

—Disculparme y defenderme.

Tres nuevos golpes aflojaron las bisagras de la puerta.

—¡Déjame entrar, Merytha! —dijo una profunda voz desde fuera.

—Ojalá le mates y te quedes conmigo.

—Vampira —dijo Dilvish.

—Ojalá fueras mi señor —repuso ella—. Sería buena contigo. Lamento que él haya despertado... No quiero que mueras. ¡Oh, mátale por mí! ¡Quédate aquí y ámame! Habrías podido acuchillarlo si no se hubiera despertado... No soy una de esas que quieren tu sangre en los relatos. ¡Es buena, tan buena tu sangre! ¡Y caliente! La saboreo... ¡Oh, mátale! ¡Ámame!

La puerta se derrumbó, y en la penumbra Dilvish vio una silueta en un rincón. Dos ojos amarillos parpadeaban encima de una barba en forma de espada, y el resto de la cara era oscuridad. Morin era tan alto como Dilvish y tenía una espalda enorme. Llevaba un hacha corta en la mano derecha.

Dilvish le lanzó la jarra del vino y una silla. La jarra no alcanzó su objetivo, y el hacha partió la silla. Dilvish desenvainó la espada de Selar y se puso en guardia. Morin se precipitó hacia él y chilló cuando la punta de la invisible espada entró en su hombro.

—¿Qué magia es esta? —gritó, cogiendo el hacha con la mano izquierda.

—Mis excusas, buen caballero —dijo Dilvish— por abusar de la hospitalidad en vuestra casa. Desconocía que la dama estaba casada.

Morin gruñó y blandió el hacha. Dilvish retrocedió y le hizo una herida en el brazo izquierdo.

—Mi sangre no podéis tenerla —afirmó—. Pero repito mis excusas.

—¡Necio! —chilló Morin.

Dilvish paró otro golpe de hacha. Hacia el este, el cielo empezaba a iluminarse. Merytha lloraba en silencio. Morin se abalanzó sobre él y le apretó el brazo al costado. Dilvish lo cogió por la muñeca y ambos lucharon. Morin bajó el hacha y golpeó en la cara a Dilvish. Este cayó de espaldas y se golpeó la cabeza en la pared. Mientras el otro se lanzaba hacia él, Dilvish levantó la punta de la espada.

Morin lanzó un grito y se derrumbó, agarrándose el estómago con las manos. Dilvish arrancó la espada y contempló al hombre que jadeaba.

—No sabéis lo que habéis hecho —dijo Morin.

Merytha corrió hacia su esposo, y este la apartó de un empujón.

—¡Sacádmela de encima! —dijo—. ¡No consintáis que beba mi sangre!

—¿Qué pretendéis decir?

—No sabía quién era ella cuando la desposé —repuso Morin—. Y cuando lo supe, seguí amándola a pesar de todo. Hacerle daño no era propio de mí. Mis siervos me abandonaron y mi castillo se deterioró, pero yo no podía hacer lo que había que hacer. 

En vez de eso, he sido el carcelero de ella. Os perdono, Botas Elfas, porque ella os ha engañado. Yo estaba narcotizado... Parecéis un hombre fuerte, habéis demostrado serlo... Espero que tengáis la fuerza suficiente para hacerlo.

Dilvish apartó los ojos de la escena y miró a Merytha, que estaba con la espalda apoyada en un pilar de la cama.

—Me has mentido —dijo—. ¡Vampira!

—Lo has conseguido —replicó ella—. ¡Le has matado! ¡Mi carcelero ha muerto!

—Sí.

—¿Te quedarás conmigo ahora?

—No —dijo Dilvish.

—Debes hacerlo —contestó ella—. Te deseo.

—Eso —dijo Dilvish— lo creo.

—No, no de esa forma. No, deseo que seas mi señor. Toda mi vida he deseado un hombre con tu fuerza y tus extraños ojos —dijo ella—, «en carne y sangre terrenal». ¿No he sido buena contigo?

—He matado a este hombre por tu culpa. Ojalá no lo hubiera hecho.

Merytha se protegió los ojos.

—¡Por favor, quédate! —exclamó—. Mi vida estaría vacía si tú no... Debo retirarme enseguida a un lugar oscuro y silencioso. ¡Por favor! —Estaba respirando con dificultad—. Por favor, dime que estarás aquí cuando despierte la próxima noche.

Dilvish meneó la cabeza, lentamente. La habitación iba iluminándose. Los claros ojos de Merytha se abrieron mucho bajo su protectora mano.

—¿No pretenderás —dijo—, no pretenderás hacerme daño, verdad?

De nuevo Dilvish meneó la cabeza.

—Ya he hecho bastante daño esta noche. Debo irme, Merytha. Solo existe un remedio para tu estado, y yo no puedo administrártelo. Adiós.

—No te vayas —dijo ella—. Cantaré para ti. Prepararé magníficas comidas. Te amaré. Solo deseo un sorbito, de vez en cuando...

—Vampira —dijo él.

Oyó los pasos de Merytha, que iba detrás de él por la escalera. Un día gris amanecía cuando Dilvish salió al patio y apoyó la mano en el cuello de Black. Escuchó el jadeo de ella al montar.

—No te vayas... —dijo Merytha—. Te amo.

El sol salía cuando Dilvish avanzó hacia las abiertas puertas. Oyó el chillido de ella. No volvió la cabeza.