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No importa - Michael Ende

No hace mucho, al cabo de una dura jornada de trabajo, estaba yo tranquilamente sentado en un mesón con intención de cenar. Tenía mucha hambre y pedí una gran salchicha con muchas patatas crujientes y también una jarra de cerveza fría.

Mientras esperaba a que me trajeran la comida, pensé que no estaría mal saber qué novedades había habido por el mundo. Así que me levanté, crucé rápidamente la calle, compré un periódico y regresé de inmediato al mesón. Pero ¿qué es lo que entonces vi? Pues vi que alguien, entretanto, se había sentado en mi sitio. Para ser más exactos, se trataba de un niño.

Desde siempre he sido de la opinión de que hay que ser amable con los desconocidos, y, por supuesto, también con los niños desconocidos. Me dije que, probablemente, el que ahora estaba sentado en mi sitio no sabía en absoluto que se había sentado en mi sitio, y que seguro que no lo había hecho con mala intención. Así que me dirigí a él, le di un suave toquecito con mi dedo en el hombro y le dije, todo lo amablemente que pude:

—Perdone, mi querido y joven amigo.

Lo traté de usted porque, aunque por su aspecto no debía de pasar de los siete u ocho años, era terriblemente grande.

—Siento tener que molestarle —dije—, pero casualmente está usted sentado en mi sitio.

Aquel niño enorme me miró sorprendido y contestó:

—No importa.

Admito que aquella respuesta me dejó desconcertado. En realidad tenía razón: no importaba en absoluto, pues podía perfectamente sentarme en otro sitio. Con los niños no debe uno ponerse muy severo a la primera de cambio, así que me senté en la silla que había a su lado y murmuré:

—Espero que no le moleste si me siento a su lado.

—No importa —replicó el niño asintiendo con la cabeza; luego cogió mi periódico de la mesa y se puso a leerlo.

Bueno, pensé, después de todo, ¿cómo iba a saber él que yo no había leído aún mi periódico y que me hubiera gustado leerlo precisamente en ese momento? Aparte de que yo, como escritor, soy naturalmente partidario de que todo el mundo se ejercite en la lectura, sobre todo aquellos que todavía no saben leer muy bien, como, por ejemplo, aquel gigantesco niño. 

Para leer de verdad —como enseguida se demostró— aún era demasiado pequeño… Quiero decir… demasiado joven. La prueba más evidente era que pasaba su gordo dedito por las líneas de izquierda a derecha y de arriba abajo, arrugando y estrujando el periódico de tal manera que pronto empecé a dudar si me dejaría algo legible. Como, por otra parte, no quería ofender al niño, le dije con toda amabilidad:

—Lo lamento profundamente, querido amigo… Luego le dejaré con mucho gusto el periódico para que haga lo que quiera con él, pero ahora me gustaría leerlo yo.

—No importa —murmuró el niño grande prosiguiendo con su actividad.

Si hubiera tenido la más mínima duda de que lo estaba haciendo con mala intención…, estoy casi por asegurar que me hubiera resistido al menos un poco. Pero lo dejé estar. Además, en ese momento llegó el camarero y puso en la mesa, delante de mí, mi cena y la jarra de cerveza. 

Aún no había acabado yo de desdoblar la servilleta, y el niño grande ya había empezado a comer. Ciertamente parecía tener todavía más hambre que yo, pues, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron por su boca la salchicha y todas las patatas.

—La verdad es que esta cena la había pedido para mí… —le dije con cierto aire de reproche.

—No importa —me tranquilizó el niño engullendo el último trocito de salchicha.

Sólo un desalmado le quitaría la comida a un niño hambriento, ¿no es cierto? Y en este caso, además, era un verdadero gozo ver el apetito con que comía. Aparte de que, entretanto, yo iba a tener ocasión de echarle rápidamente un vistazo a mi maltrecho periódico. 

Lo alisé y, enfrascado en mis pensamientos, fui a coger mi jarra de cerveza…, pero de nuevo hube de comprobar cómo mi joven amigo se la había llevado ya a los labios y se la había bebido toda… ¡de un trago y sin respirar! Aunque debo admitir que aquella capacidad suya me asombró, esta vez sí que me creí con derecho a regañarlo de alguna manera; no por mí, sino por una simple cuestión de salud. ¡Estoy seguro de que la cerveza en tanta cantidad no es saludable para niños de tan tierna edad! De modo que le dije, un poco más severo que antes:

—Me temo, querido niño, que eso no le va a sentar nada bien.

—No importa —aseguró amistosamente y soltándome, satisfecho, a la cara un eructo que retumbó como si hubiera salido de la barriga de un hipopótamo.

No quisiera que nadie pensara que sentí animadversión alguna contra aquel niño, pues era evidente que no lo había hecho con mala intención. Lo único malo es que yo cada vez tenía más hambre, pues sólo con mirar cómo comen los demás, la verdad, no se sacia uno… 

Lamentablemente, tampoco llevaba dinero suficiente para pedir una segunda ración y otra jarra de cerveza. Me acordé entonces de que en casa aún me quedaba pan y leche. Por esta vez me tendría que conformar con eso. Así que pagué la consumición al camarero, me volví hacia el niño grande y le dije disculpándome:

—Ahora, mi joven amigo, me tengo que ir…

Me quedé parado, pues, por la cara de decepción que puso, vi que de alguna manera aquello le entristecía. ¡Y eso, como todo el mundo sabe, es algo que no se le debe hacer a un niño! Así que rápidamente añadí:

—En otra ocasión tendré muchísimo gusto en invitarle a mi casa; es que hoy, desgraciadamente, no tengo absolutamente nada que pueda ofrecerle…

—No importa —dijo el niño recobrando la alegría y levantándose para acompañarme.

Fuera, ya todo estaba oscuro. Mientras íbamos caminando calle abajo, en silencio, el uno al lado del otro, comencé a sentirme preocupado por mi joven acompañante. Levanté la vista (me sacaba por lo menos la cabeza) y lo escudriñé con la mirada a fin de averiguar, por la expresión de su cara, qué era lo que pretendía. Pero la expresión de su cara seguía siendo amable; a lo sumo, algo soñolienta.

—Mi querido y joven amigo —rompí el hielo al cabo de un rato—, ciertamente es muy amable por su parte querer acompañarme un trecho más, pero creo que sería más razonable que le llevase cuanto antes a su casa. Ya es muy tarde para una persona tan joven como usted, y además, por lo que veo, está usted cansado y tiene sueño.

—No importa —contestó el niño bostezando.

Seguro que todo el mundo coincidirá conmigo en que, si un niño le quiere hacer a uno un favor, no lo debe rechazar. Él lo hacía con tan buena intención que hubiera tenido que avergonzarse de rechazar fríamente su amabilidad. Así que ya no dije nada más.

Vivo completamente solo en las afueras de la ciudad, en una pequeña casita rodeada por un precioso jardín de flores. Quizá mejor debería decir que vivía allí, aunque desde entonces no hayan pasado más que unos pocos días. Pero contaré las cosas por su orden.

Cuando llegamos a la puerta de mi casa, me decidí por una mentira piadosa. Ya sé que una mentira es una cosa muy fea en cualquier caso, pero pensé que si le decía a mi joven amigo que, en mi opinión, un niño de su edad no debería jamás y bajo ningún concepto ir así, por las buenas, con desconocidos, y menos aún a aquellas horas, lo mismo se pensaba que abrigaba sentimientos de enemistad contra él. Al final, una cosa así podría decepcionarle. Por eso exclamé con fingida sorpresa:

—¡Vaya por Dios! Ahora resulta que he perdido las llaves de casa y no puedo abrir la puerta.

—No importa —dijo el niño grande retrocediendo unos pasos.

Me sentí aliviado, e iba a ofrecerme a llevarlo a casa de sus padres, cuando vi que sólo había retrocedido para tomar carrerilla. Se lanzó corriendo contra la puerta de mi casa y la echó abajo de una patada. 

He de confesar que en ese momento me asaltó la duda de si no sería mejor prohibirle a un niño que hiciera una cosa así, sin tener en cuenta para nada si eso le ofendería o no. Pero se veía claramente que mi joven amigo tampoco esta vez lo había hecho con mala intención. Así que me limité a reprocharle con suavidad:

—La verdad es que la puerta de mi casa aún estaba bastante bien…

—No importa —me dijo el niño grande a modo de consuelo, y entró.

Hube de quedarme aún un par de minutos fuera para respirar hondo y secarme el sudor de la frente. Lo cual, evidentemente, fue un fallo por mi parte, pues jamás debe uno dejar de vigilar a un niño… y menos en una casa que no conoce y en la que no puede encontrar la llave de la luz. El caso es que, de pronto, oí dentro de la casa un terrible batacazo, ruido de cristales rotos y un grito de dolor que me puso los pelos de punta.

Entré a la carrera, encendí la luz y vi al enorme niño sentado en el suelo, en medio de los añicos de mi bonito acuario, completamente empapado de agua y cubierto de algas, con mis pececillos pegando saltos en el suelo, a su alrededor.

—¡Por todos los santos! —grité completamente asustado y fuera de mí, pues vi que el niño grande se iba a echar a llorar—. No te habrás hecho daño, ¿verdad?

Con los nervios, me olvidé de tratarlo de usted, tal y como hasta entonces había hecho. Pero no se tomó a mal mi familiaridad. Reprimió valientemente las lágrimas y aseguró sonriente:

—No importa.

De aquí en adelante mis recuerdos ya son algo confusos, porque los acontecimientos se fueron sucediendo vertiginosamente. Me acuerdo, no obstante, de que salí corriendo a la cocina para coger un cubo lleno de agua, pues quería salvar mis peces. 

Cuando volví a la habitación con el cubo, vi que el enorme niño había abierto mi guardarropa, había desgarrado trajes y camisas y estaba secando con ellos el suelo. Inmediatamente comprendí que, por supuesto, no lo hacía con mala intención, sino que lo único que quería era reparar de algún modo el daño causado.

Mientras recogía los peces y los echaba dentro del cubo de agua, le expliqué sutilmente al niño que los trajes y las camisas no son apropiados para secar el suelo, porque se manchan y se estropean.

—No importa —contestó alegremente, para demostrarme que no se tomaba tan a pecho aquel pequeño error.

Corrí a la cocina con el cubo en el que ahora nadaban los peces y busqué un recipiente apropiado en el que poder alojar provisionalmente a mis queridos animalitos, ya que el cubo lo necesitaba para secar el suelo. Mientras lo seguía buscando, oí en el cuarto de estar unos ruidos extraños. 

Pero como a los ruidos no los acompañó en esta ocasión ningún grito de dolor, no me preocupé mayormente, pues yo sé muy bien que a los niños no les gusta que les estén siempre diciendo lo que deben hacer y lo que no. 

Cuando finalmente volví a la habitación, mi joven invitado había tendido una cuerda de un extremo a otro, tirando y rompiendo de paso un valioso espejo y dos cuadros, y había colgado de ella mis trajes y camisas chorreantes para que se secaran. 

Tanta y tanta buena voluntad me emocionó; sólo que, por desgracia, el niño —seguramente para que la ropa se secara antes— había encendido sobre la alfombra, en medio de la habitación, un gran fuego con todos los papeles que había encontrado encima de mi escritorio.

Naturalmente, el niño lo había hecho con buena intención. No podía imaginarse, claro, que aquel montón de hojas era el nuevo libro que yo acababa de escribir. Pegué un salto y arranqué de las llamas las hojas que aún no se habían quemado totalmente, a fin de salvar por lo menos algo.

Mi joven invitado, al verme, siguió inmediatamente mi ejemplo, tomándolo al parecer por un divertido juego, pues esparció por toda la casa los trozos de papel en llamas.

—¡Alto! —grité—. ¡No hagas eso, que vas a incendiar toda la casa!

—No importa —contestó el niño grande.

A partir de ahí todo fue muy deprisa. Aún pude, en el último momento, llamar por teléfono a los bomberos; luego cogí al niño —que se reía complacido y al parecer no comprendía el peligro que corríamos—, y lo arrastré escaleras arriba, pues el pasillo que conducía a la puerta de la casa ya estaba bloqueado por crepitantes llamas. Finalmente conseguimos alcanzar el tejado saliendo por una trampilla del desván.

—Escucha —le dije jadeando en medio de la espesa humareda que nos rodeaba—, ahora tienes que portarte como es debido y procurar hacerlo todo bien. Tenemos que saltar desde aquí.

—No importa —dijo el niño.

Y saltamos. A él, afortunadamente, no le pasó nada, pues cayó encima de mí, o sea, relativamente en blando, mientras que yo me partí un brazo y una pierna.

Lo último que recuerdo con claridad, cuando llegaron finalmente los bomberos y me sacaron de allí en una camilla, es al enorme niño. Estaba de pie, en medio del fulgor de la casa en llamas… diciéndome cariñosamente adiós con la mano. No había ninguna duda de que todo aquello no lo había hecho con mala intención.

Llevo ya catorce días en el hospital con un brazo y una pierna escayolados. Tendrá que pasar aún una buena temporada hasta que me dejen salir de aquí. Entonces habré de buscarme una casa nueva. Naturalmente, también me tendré que comprar ropa nueva, y empezar mi libro otra vez desde el principio. No he vuelto a ver al enorme niño. Aunque, para ser sincero, tampoco me enfadaría si no lo volviera a ver.

 

Por favor no me hagas daño - Paul Wilson

 
- Tienes una casa muy bonita.
- Es una porquería. Puedes decirlo..., no importa. ¿Seguro que no quieres una cerveza o algo?
- Encanto, todo lo que quiero eres tú. Ven y siéntate a mi lado. Aquí, en el sofá.
- Muy bien. Pero no me harás daño, ¿verdad?
- Vamos, querida... Tu nombre es Tammy, ¿no?
- Tammy Johnson. Te lo he dicho al menos tres veces en el bar.
- Eso es. Tammy. No recuerdo bien las cosas después de haber bebido unas cuantas copas.
- Yo también bebí bastante y recuerdo tu nombre. Bob. ¿Eh?
- Eso es, eso es. Bob. Pero ¿por qué querría nadie lastimar a una dulce joven como tú, Tammy? Ya te dije en el bar que te pareces a esa actriz de nombre raro. La de Ghost.
- Whoopi Goldberg.
- Oh, sí que eres graciosa. Graciosa y hermosa. No, la otra.
- Demi Moore.
- Sí. Demi Moore. ¿Por qué querría nadie hacer daño, a alguien que se parece a Demi Moore? Sobre todo después de que me invitaste a venir a tu casa.
- No sé por qué. Nunca sé por qué. Pero parece que los hombres acaban siempre haciéndome daño.
- Yo no, Tammy. Ni hablar. Ése no es mi estilo. Soy amante, no luchador.
- ¿Cómo es que eres marino, entonces? ¿No me dijiste que estuviste en la guerra del Golfo?
- Así fueron las cosas. Pero no dejes que el uniforme te asuste. Soy amante de corazón.
- ¿Me amas?
- Si me dejas.
- Mi padre decía que me amaba.
- Oh, no creo que esté hablando de ese tipo de amor.
- Bien. Porque no me gusta. Él decía que me amaba y luego me hacía daño.
- A veces los niños necesitan un cachete de vez en cuando. Sé que mi padre me amaba, pero de vez en cuando me salía de la raya, como un clavo que empieza a soltarse de una valla, y entonces tenía que zurrarme para que volviera a mi sitio. No creo que sea peor por ello.
- No hablo de «cachetes», marinero. Si quisiera hablar de «cachetes” lo diría. Estoy hablando de hacer daño. Mi padre me lastimó muchas veces. Y lo hizo durante mucho, mucho tiempo.
- ¿Sí? ¿Y qué hacía para lastimarte?
- Cosas. Y me obligaba a hacer cosas todo el tiempo.
- ¿Qué tipo de cosas?
- Sólo... cosas. Le tenía que hacer cosas. Cosas para hacerle sentir bien. Luego me hacía cosas que decía me harían sentir bien, pero me hacían sentirme sucia y pegajosa.
- Oh. Bueno; ¿no se lo dijiste a tu madre?
- Claro que sí. Muchas veces. Pero nunca me creía. Siempre me decía que dejara de decir cosas sucias y entonces me pegaba y me lavaba la boca con jabón.
- Eso es terrible. Pobrecita. Ven. Apretújate contra mí. ¿Qué tal?
- Bien, supongo, pero lo que era peor es que mi madre se lo decía a papá y entonces él se enfadaba y me lastimaba de verdad. A veces era tan malo que yo pensaba en matarme. Pero no lo hice.
- Ya lo veo. Y me alegro de que no lo hicieras. Qué despilfarro habría sido.
- No quiero hablar de mi padre. Ya no está y apenas pienso en él.
- ¿Se marchó?
- No. Está muerto. Y bien muerto. Tuvo un accidente en nuestra granja, hará unos siete años. Cuando yo tenía doce o así.
- Es una lástima..., creo.
- La gente dijo que fue un accidente muy extraño. El gran neumático del tractor, que llevaba años guardado en el granero, se soltó y le cayó en la cabeza. Le rompió el cuello por tres sitios.
- Vaya. Luego hablan de estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno.
- Sí. Mi madre decía que alguien tenía que haber empujado el neumático, pero recuerdo que oí al hombre de la compañía de seguros decir cuántos accidentes hay en las granjas. Accidentes malos. De todas formas, papá vivió unas cuantas semanas en el hospital y luego murió.
- Vaya. Pero hablemos de nosotros. ¿Por qué no...?
- Nadie pudo explicarlo. La máquina que respiraba por él se desconectó. El enchufe se salió solo de la pared. Yo lo vi cuando acababa de morir...; fui la primera en entrar en la habitación, de hecho.
- Eso parece terrible.
- Lo fue. Espera, déjame descorrer la cremallera. Sí, tenía la cara azul púrpura y los ojos rojos e hinchados por haber intentado inspirar aire. Mi madre estuvo triste durante algún tiempo, pero se recuperó. ¿Te gusta cuando te hago esto?
- Oh, nena, es magnífico.
- Es lo que solía decir papá. Oh, mira lo grande y dura que se te pone. Joe solía ponerse igual.
- ¿Joe?
- Sí. Poco después de que papá muriera mi madre se hizo amiga de un hombre llamado Joe y poco después empezaron a vivir juntos. Como decía, yo tenía unos doce años y Joe solía obligarme a que le hiciera esto. Y luego me hacía daño.
- Lamento oírlo. No te pares.
- No lo haré. La tuya es muy grande. No como la de Joe. La tenía torcida. Tal vez por eso la suya me lastimaba más que la de papá.
- ¿Cómo te libraste de él?
- Oh, no lo hice. Tuvo un accidente.
- ¿De verdad? ¿Otro accidente de granja?
- No. Ya no vivíamos en la granja. Vivíamos en una casa vieja en Lottery Canyon. Mi madre seguía trabajando, pero todo lo que Joe hacía era jugar con su viejo Cadillac..., ya sabes, el que tiene alerones.
- Sí. El del cincuenta y nueve.
- Lo que sea. Siempre estaba arreglándolo. Y siempre me hacía ayudarle...; ya sabes, estar presente y ver lo que hacía y pasarle herramientas y las cosas que pedía. Me enseñó un montón sobre coches, pero si no lo hacía todo bien, me lastimaba.
- Y apuesto a que casi nunca lo hacías todo bien.
- No. Nunca. Ni una sola vez. ¿Cómo demonios lo sabes?
- Una suposición afortunada. ¿Qué le pasó por fin?
- Los viejos frenos del Caddy se estropearon una noche cuando daba una de sus vueltas por la carretera del cañón para ir a la tienda de licores. Se salió y cayó treinta metros.
- ¿Se mató?
- Sí, pero no inmediatamente. Salió despedido y luego el coche le cayó encima. Se rompió las piernas por treinta sitios. Pasó un rato antes de que nadie le echara en falta y tardaron casi una hora en rescatarle. Y dicen que gritaba como un cerdo todo el tiempo.
- Oh.
- ¿Pasa algo?
- Uh, no. En realidad, no. Supongo que se lo merecía.
- Claro que sí. Pero no llegó al hospital. Entró en shock cuando le quitaron el coche de encima y vio lo que quedaba de sus piernas. Murió en la ambulancia. Pero espera..., déjame hacerte esto. Hmmm. ¿Te gusta?
- Oh, Dios.
- ¿Eso significa que sí?
- ¡Será mejor que así lo creas!
- A mi novio le encantaba.
- ¿Novio? Eh, espera un momento...
- No te molestes ahora. Échate para atrás y relájate. Mi ex novio. Muy ex.
- Será mejor que lo sea. No voy a caer en ninguna trampa.
- ¿Trampa? ¿Qué quieres decir?
- Ya sabes...; tú y yo nos enrollamos aquí y tu novio aparece y me despluma.
- ¿Tommy Lee? ¿Entrar aquí? Oh, hey, no pretendía reírme pero Tommy Lee Hampton no aparecerá por aquí ni por ningún otro sitio.
- No me digas que también ha muerto.
- No..., no. Tommy Lee está vivo todavía. Sigue viviendo en la ciudad. Pero apuesto a que desearía no hacerlo. Y apuesto que preferiría haber sido más amable conmigo.
- Yo seré amable contigo.
- Eso espero. Tommy y Tammy...; parecía que estábamos hechos el uno para el otro. A veces Tommy Lee era realmente agradable conmigo. Muchas veces. Pero sólo cuando yo hacía lo que él quería que hiciera. Como esto..., como lo que te estoy haciendo ahora. Me enseñó esto y me enseñó a hacérselo todo el tiempo.
- Puedo entender por qué.
- Sí, pero quería que se lo hiciera en público. Y otras cosas. Como cuando íbamos en el coche quería que yo...; mira, te lo demostraré...
- ¡Oh..., Dios... mío!
- Eso es lo que él decía siempre. Pero quería que se lo hiciera, cuando circulábamos junto a uno de esos grandes camiones para que el conductor pudiera vernos. O junto a un autobús Greyhound. O en un semáforo. O en un ascensor...; ¿quién sabe cuándo iba a pararse y quién entraría cuando se abrieran las puertas? Soy una chica encantadora, ¿no? Pero no soy de ese tipo de chicas. En absoluto.
- Parece que es un psicópata.
- Creo que lo era. Porque si no le hacía lo que quería, entonces se enfadaba y se emborrachaba, y me hacía daño.
- Otro no.
- Sí. ¿Puedes creerlo? Desde luego, tengo una mala suerte total. También le daba a las drogas. Siempre esnifando algo o tragándose una píldora tras otra, siempre intentando meterme en las drogas con él. Quiero decir que bebo un poco, como sabes...
- Sí, sabes acabar con los margaritas.
- Me gusta la sal, pero las drogas son otra cosa. Y él se enfadaba cuando yo le decía que no...; me llamaba Nancy Reagan, ¿puedes creerlo? Y me lastimaba de forma horrible.
- Bueno, al menos lo largaste.
- De hecho, se largó él.
- ¿Encontró a otra chica?
- No exactamente. Tomó un montón de píldoras y se emborrachó una noche y se quedó dormido en la cama con un cigarrillo encendido. Estaba tan borracho y colocado que se quemó la mayor parte del cuerpo antes de despertar.
- ¡Jesús!
- Jesús no tuvo nada que ver..., excepto tal vez en el hecho de que sobreviviera. Quemaduras de tercer grado en el noventa por ciento del cuerpo, dijeron los médicos. Dicen que es un milagro que esté vivo. Si se puede llamar vida a lo que está haciendo.
- Pero ¿qué...?
- Oh, no queda mucho. Es como un muñón vivo de tejido cicatrizado. Parece que está fundido. Ya no puede andar. Apenas puede hablar. No puede mover más que dos o tres dedos de la mano izquierda, y sólo un poquito. Algunos amigos que le conocían dicen que lo tiene bien empleado. Y es lo que digo yo. De hecho, se lo digo en la cara un par de veces a la semana cuando le visito en el hospital.
- ¿Tú... le visitas?
- Claro. No puede alimentarse y las enfermeras agradecen la ayuda. Así que voy de vez en cuando y le doy de comer. ¡Oh, cómo lo odia!
- Apuesto a que sí, sobre todo después de la forma en que te trató.
- Oh, no es eso. Me aseguro de que lo odie. Verás, le pongo cosas en la comida y le hago comerla. Ayer mismo le metí una cucaracha viva en una cucharada de puré de patatas. Se la metí en la boca y le hice masticar. Crunch - crunch, ñam - ñam, crunch - crunch. Tendrías que haber visto las lágrimas..., como un bebé grande. Y entonces yo.... ¿Eh? ¿Qué te pasa? Se te ha pasado el entusiasmo. ¿Qué pasa con...? Eh, ¿adónde vas? Empezábamos a pasarlo bien... Eh, no te vayas... Eh, Bob, ¿qué he hecho mal?... ¿Qué he dicho?... ¡Bob! Vuelve y... Juro..., juro que no comprendo a los hombres.

La noche de la gallina - Francisco Tario

—Los hombres son vanos y crueles como no tienes idea —me decía hace casi un siglo una gallina amiga, cuando todavía era yo joven y virgen, y habitaba un corral indescriptiblemente suntuoso, poblado de árboles frutales.

—Lo que ocurre —objeté yo, sacudiendo mi cola blanca— es que tú no los comprendes; ni siquiera te has cuidado de observarlos adecuadamente. ¡Confiesa! ¿Qué has hecho durante la mayor parte de tu existencia, sino corretear como una locuela detrás de tus cien maridos y empollar igual que una señora burguesa? ¡El hombre es un ser admirable, caritativo y muy sabio, a quien debemos estar agradecidas profundamente!

Esto decía yo hace tiempo; no sé cuántos meses. Cuando aún me dejaba sorprender por las apariencias, rendía culto a los poetas y llevaba minuciosamente clasificadas en un cuaderno las características de los petimetres que me perseguían. Cuando mi cresta era voluptuosa cual un seno de mujer, y mi cola, artística, poblada. Cuando dormía en posturas graciosas y, al crepúsculo, languidecía bajo la influencia inefable de las encinas. Decía esto —entre otros motivos más graves— porque mi amo era muy cordial conmigo y solía conducirme a los rincones más apartados de la finca, con objeto de obsequiarme los residuos de los banquetes y otras golosinas menos importantes.

Hoy no. Hoy pienso de otro modo.

Heme aquí confinada en una celda tenebrosa, condenada a muerte. ¿Creen que no lo adivino? ¿Creen los hombres que por ser diminutas y estar cubiertas de plumas, no tenemos las gallinas nuestro corazoncito, nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento?

Me apresaron al atardecer. Paseaba yo con una amiga por el sendero de las coles. Soplaba una cautivadora brisa. Íbamos charlando de mil cosas triviales y picoteando, ora un rábano, ora una fruta caída, cuando se entreabrió la puerta fatídica y apareció el cocinero. Nunca me simpatizó este hombre. Es un tipo grueso, perverso, de epidermis muy roja, con un bigote cuadrado y un delantal demasiado largo, tinto en sangre generalmente. De ordinario, salta al corral con un cuchillo en la mano y se contonea por entre los árboles, berreando siempre la misma tonada. Cuando alguien osa acercársele, toma la primera estaca o piedra que ve a su alcance y la arroja contra el intruso. En seguida corta una ciruela o un albérchigo y, tras de frotarlo contra su trasero, lo engulle, escupiendo la piedra a gran distancia... Pues bien, llegó el cocinero y me fue persiguiendo taimadamente por la vereda de las coles. Tan pronto llegamos a la tapia —¡oh, perfumada muy lindamente por las enredaderas de Bécquer!— me atrapó con sus manazas de simio, sujetándome por las alas. Me introdujo en la casa, hizo girar la puerta de un cuarto muy tétrico y me lanzó al aire, cual si se tratara de una avioneta. Caí como mejor pude y tardé mucho tiempo en moverme.

Aquí estoy, en consecuencia, sola, en tinieblas, sin un galán indómito que se aventure a rescatarme. Sola con mis reminiscencias, con mi pasado turbulento, con mi angustia loca, con mi cresta ya no tan voluptuosa y mi pechuguita tierna.

"Posiblemente —cavilo— me reste una noche de vida: doce horas: varios cientos de minutos... Si me pusiera a contar desde ahora, no llegaría a treinta mil seguramente."

Suspiro y prosigo, dejando que mis pensamientos fluyan, fluyan, como una bandada de canarios.

"¡Cuan crueles y vanos son los hombres! ¿Por qué nos asesinan? ¿Por qué nos comen? ¿Qué daño les he hecho yo, por ejemplo? ¿Qué grave trastorno o qué perjuicio irreparable les he ocasionado...? Les he dado huevos frescos, cría; los he recreado con mi canto; les he anunciado el mal tiempo, el bueno —tal vez con mayor exactitud y armonía que los maestros cantores—, la presencia de un ladrón. No me he enfermado nunca; por el contrario, siempre podía admirárseme pizpireta, complaciente, muy limpia, tomando el sol a toda hora del día, meciendo mis alas níveas, que un joven galante comparó una vez con las de un cisne. He servido también de modelo a cierto pintor impertinente que profanó nuestros dominios. Me han retratado los chiquillos, he respetado la siembra, no he herido, injuriado a nadie. Jamás hice un mal gesto. ¿Qué culpa es, pues, la mía? Y sin embargo, van a inmolarme, van a comerme."

Me estrujará el cocinero entre sus garras inicuas e irá arrancando a puñados mis plumas finas, mis plumas albas, que tan celosamente he cuidado. Me las arrancará, sí, con la avidez de un enamorado que deshoja una margarita, y las irá arrojando a un cubo lleno de sangre —abollado, fétido—, cual si se tratara de algo despreciable e inmundo. Me desprenderá el cuello de un tajo, y mis ojitos pardos, mis ojitos picaros —que otro galán comparó con los de una gacela— se obscurecerán definitivamente. Mis piernas doradas y elásticas caerán por tierra como las ramas secas de un árbol... y las comerán los cerdos —¿quién iba a pensarlo?— los cerdos: esa especie de hipopótamos color de rosa que liban sus propios orines y jamás alzan la jeta, temerosos de vaciarse un ojo. Bien asada, me acomodarán en una fuente de loza y me transportarán a la mesa, humeante, guarnecido mi cuerpecito con zanahorias, trufas o espárragos. Y es tal la crueldad de los hombres, tal su sadismo, que quizá respeten mi forma y me presenten así enterita, sin plumas, en cueros, exhibiendo para deleite de todos mi inocente vergüenza.

Los invitados se relamerán de gusto, no importa que entre ellos se cuente algún filósofo o canónigo.

"Bien sabrosa que debe estar" —pensarán para sus adentros.

Y la dueña de la casa, esa berruga con faldas, exclamará melifluamente:

—No es malo, que digamos, su aspecto; pero temo que esté un poquito dura. ¡Era tan vieja!

También es creíble que un niño me rechace y su mamá le ofrezca un muslito.

—Mamá, no quiero gallina —protestará el infante, con su carita de ángel bobo y rico.

—Si está muy tiernecita, tonto... ¡Mira!

Y el rorro objetará entonces, gesticulando:

—¿Por qué me das esas cosas, si sabes que las gallinas comen caquita?

¡Ay, me sacrificarán sin remedio! ¡Me asesinarán los hombres, no obstante que he alegrado sus vidas! Son vanos, crueles, egoístas. Principalmente eso: egoístas. ¿Por qué no matan al perro? ¡Porque los defiende! ¿Por qué no matan al gato? ¡Porque se come a los ratones! ¿Por qué no matan al burro? ¡Porque transporta sus mercancías! ¿Por qué no matan al caballo? ¡Porque los transporta a ellos! ¿Por qué no sacrifican al tigre, a la víbora o al lobo? ¡Porque les temen! ¡Canallas! ¡Cobardes! ¡Nos asesinan a nosotras, y a los pajaritos, y a los gansos, y a los cerdos, que no sirven para nada. Nos ven pequeños, indefensos, asequibles!

Ya sé de qué modo hablan los hombres. Cierta tarde sorprendí a uno de ellos interrogando:

—Y diga usted ¿es que no ha probado por casualidad el gato?

Otro respondió, llevándose el pañuelo viscoso a la boca:

—Por Dios, qué excentricidades... ¡Valiente asco!

Yo he gritado entonces:

—¡Mentira! ¡Mentira! ¡No es asco lo que tenéis ni mucho menos!

Pero nuestro lenguaje resulta enteramente incomprensible para esa gente. Tanto, que el primero de ellos dijo:

—¡Maldito bicho éste! ¡Qué lata nos está dando!

Y según es costumbre en tales seres, me lanzó un pedrusco, a riesgo de matarme. Pero yo esquivé el proyectil, dando rienda suelta a la hilaridad más desbordante. Prorrumpí desde lejos:

—¡No, no es asco lo que le tenéis al gato! ¡Cuidáis vuestro queso!

¡Cómo! Oigo una llave... la tos del cocinero... ¿Es que ha llegado la hora? ¡Oh, se anticipan! Pero ¿qué significa todo esto? ¿Es que no van a permitirme confesar siquiera? He oído contar no sé dónde que a los reos a muerte se les dispensan privilegios de tal índole: se les conforta, se les auxilia espiritualmente. ¿Y por qué a mí no? Yo también creo en Dios. También a mí me espanta el infierno. Mis pecados pueden ser graves... ¡Sí, sí, creo en Dios, creo en Dios lo mismo que pueda creer el hombre más docto! ¡He nacido de Dios! ¡He cometido adulterio...! ¡Y tengo mi alma —chiquita y débil— pero mi alma! ¡Aquí está! ¡Quiero salvarla! ¡Quiero salvarla! ¿Qué clase de justicia es ésta?

Inútil. Chirría la puerta sobre sus goznes y aparece el cocinero. Le veo al trasluz divinamente, con su delantal hasta los tobillos y su cabezota calva. Entreabre los brazos para atraparme. Me escurro una, dos, tres veces con éxito. Insiste; se desespera. Yo pienso:

"Perfectamente. Puesto que así sois de villanos, la pagaréis bien cara."

Doy un salto increíble, ridículo si se quiere para una gallina, y escapo por encima de los hombros del verdugo; vuelo a través de un pasadizo que apesta a vinagre; de un corredor lleno de muebles y ropa sucia; de la escalera... Detrás viene el cocinero blasfemando y sacudiendo su panza dura. Descubro en el segundo piso de la casa una ventana abierta y me lanzo al vacío, ahora sí como una avioneta. Tardo en caer al corral y, abajo, se produce un clamoreo inenarrable, consecuencia de mis gritos desgarradores. Quien chilla, pidiendo auxilio; quien corre de un lado para otro, tapándose los ojos; mi amiga sufre un soponcio. Pero yo anuncio, y mi anuncio lo escuchan hasta los muertos:

—¡La pagaréis bien cara! ¡La pagaréis bien cara!

Cuando el cocinero salta al jardín, ya he alcanzado mi meta. Es una planta misteriosa, azafranada, de hojas muy ásperas, que, de niñas, nos prohibían frecuentar nuestras mamas:

—Quien pruebe de ellas, sucumbe —nos prevenían, cubriéndonos con sus temblorosas alas.

Y yo comí esta vez hasta hartarme. Comí raíces, tallos, flores, ¡cuanto pude!

Un poco más tarde, el verdugo empuñaba el cuchillo y me apoyaba su hoja en el pecho, diciéndome:

—¡Escápate ahora, maldita...!

Aún solté una carcajada que atronó la casa.

Desde el retrete preguntó la dueña:

—Cirilo: ¿qué ocurre?

—¡Nada! —prorrumpió el asesino, trozándome el cuello—. ¡Esta maldita perra...!

—¿Cuál perra? —oí a la vieja, como entre sueños.

—O lo que sea. ¡Esta gallina!

Una vez más ratifiqué mi amenaza:

—¡La pagaréis bien cara!

Y en efecto: treinta y seis horas más tarde, cinco ataúdes en fila bajaban por la arboleda rumbo al cementerio.

Pueblo de madera - Alphonse Daudet

El emplazamiento era soberbio para construir una ciudad. Bastaba nivelar la ribera del río, cortando una parte del bosque, del inmenso bosque virgen enraizado allí desde el nacimiento del mundo. Entonces, rodeada por colinas, la ciudad descendería hasta los muelles de un puerto magnífico, establecido en la desembocadura del Río Rojo, sólo a cuatro millas del mar.

En cuanto el gobierno de Washington acordó la concesión, carpinteros y leñadores se pusieron a la obra; pero nunca habían visto un bosque parecido. Aferrado al suelo con todas sus lianas, con todas sus raíces, cuanto talaban por un lado renacía por el otro, rejuveneciendo de sus heridas, en las que cada golpe de hacha hacía brotar botones verdes. Las calles, las plazas de la ciudad, apenas trazadas, comenzaron a ser invadidas por la vegetación. Las murallas crecían con menos rapidez que los árboles, y en cuanto se erguían, se desmoronaban bajo el esfuerzo de las raíces siempre vivas.

Para terminar con esas resistencias donde se enmohecía el hierro de las sierras y de las hachas, se vieron obligados a recurrir al fuego. Día y noche una humareda sofocante llenaba el espesor de los matorrales, en tanto que los grandes árboles de arriba ardían como cirios. El bosque intentaba luchar aún demorando el incendio con oleadas de savia y con la frescura sin aire de su follaje apretado. Finalmente llegó el invierno. La nieve se abatió como una segunda muerte sobre los inmensos terrenos cubiertos de troncos ennegrecidos, de raíces consumidas. Ya se podía construir.

Muy pronto una ciudad inmensa, toda de madera como Chicago, se extendió en las riberas del Río Rojo, con sus largas calles alineadas, numeradas, abriéndose alrededor de las plazas, la Bolsa, los mercados, las iglesias, las escuelas y todo un despliegue marítimo de galpones de aduanas, de muelles, de entrepuertos, de astilleros para la construcción de los barcos. La ciudad de madera, Wood´stown -como se la llamó- fue rápidamente poblada por los estrenadores de casas de las ciudades nuevas. Una actividad febril circulaba en todos los barrios; pero sobre las colinas de los alrededores, que dominaban las calles repletas de gente y el puerto lleno de barcos, una masa sombría y amenazadora se instaló en semicírculo. Era el bosque que miraba.

Miraba aquella ciudad insolente que había ocupado su lugar en las riberas del río, y de tres mil árboles gigantescos. Toda Wood'stown estaba hecha con su vida misma. Los altos mástiles que se balanceaban en el puerto, aquellos innumerables desniveles uno tras otro, hasta la última cabaña del barrio más alejado, todo se lo debían, tanto los instrumentos de trabajo como los muebles, tomando sólo en cuenta el largo de sus ramas. Por esto, ¡qué rencor terrible guardaba contra esta ciudad de ladrones!

Mientras duró el invierno, no se notó nada. Los habitantes de Wood'stown oían a veces un crujido sordo en sus techumbres y en sus muebles. De vez en cuando una muralla se rajaba, un mostrador de tienda estallaba en dos estruendosamente. Pero la madera nueva padece estos accidentes y nadie les daba importancia. Sin embargo, al acercarse la primavera -una primavera súbita, violenta, tan rica de savia que se sentía bajo la tierra como el rumor de las fuentes- el suelo comenzó a agitarse, levantado por fuerzas invisibles y activas. En cada casa, los muebles, las paredes de los muros se hinchaban y se veía en los tablones del piso largas elevaciones, como ante el paso de un topo. Ni puertas, ni ventanas, ni nada funcionaba. "Es la humedad -decían los habitantes- con el calor pasará".

De pronto, al día siguiente de una gran tempestad que provenía del mar, y que trajo el verano con sus claridades ardientes y su lluvia tibia, la ciudad, al despertar, lanzó un grito de estupor. Los techos rojos de los monumentos públicos, las campanas de las iglesias, los tablones de las casas y hasta la madera de las camas, todo estaba empapado en una tinta verde, delgada como una capa de moho, leve como un encaje. De cerca parecía una cantidad de brotes microscópicos, donde ya se veía el enroscamiento de las hojas. Esta nueva rareza divirtió sin inquietar más; pero, antes de la noche, ramitas verdes se abrieron en todas partes sobre los muebles, sobre las murallas. Las ramas crecían a ojos vistas; si uno las sostenía un momento en la mano, se las sentía crecer y agitarse como alas.

Al día siguiente todas las viviendas parecían invernaderos. Las lianas invadían las rampas de las escaleras. En las calles estrechas, las ramas se enlazaban de un techo al otro, poniendo por encima de la ruidosa ciudad la sombra de avenidas arboladas. Esto se volvió inquietante. Mientras los sabios reunidos discutían sobre este caso de vegetación extraordinaria, la muchedumbre salía fuera para ver los diferentes aspectos del milagro. Los gritos de sorpresa, el rumor sorprendido de todo aquel pueblo inactivo daba solemnidad al extraño acontecimiento. De pronto alguien gritó: "¡Miren el bosque!", y percibieron, con terror, que desde hacía dos días el semicírculo verde se había acercado mucho. El bosque parecía descender hacia la ciudad. Toda una vanguardia de espinos y de lianas se extendían hasta las primeras casas de los suburbios.

Entonces Wood'stown empezó a comprender y a sentir miedo. Evidentemente el bosque venía a reconquistar su lugar junto al río; sus árboles, abatidos, dispersos, transformados, se liberaban para adelantárselo. ¿Cómo resistir la invasión? Con el fuego se corría el riesgo de incendiar la ciudad entera. ¿Y qué podían las hachas contra esta savia sin cesar renaciente, esas raíces monstruosas que atacaban por debajo del suelo, esos millares de semillas volantes que germinaban al quebrarse y hacían brotar un árbol donde quiera que cayeran?

Sin embargo todos se pusieron bravamente a luchar con las hoces, las sierras, los rastrillos: se hizo una inmensa matanza de hojas. Pero fue en vano. De hora en hora la confusión de los bosques vírgenes, donde el entrelazamiento de las lianas creaban formas gigantescas, invadía las calles de Wood´stown. Ya irrumpían los insectos y los reptiles. Había nidos en todos los rincones, golpes de alas y masas de pequeños picos agresivos. En una noche los graneros de la ciudad fueron totalmente vaciados por las nidadas nuevas. Después, como una ironía en medio del desastre, mariposas de todos los tamaños y colores volaron sobre las viñas florecidas, y las abejas previsoras, buscando abrigo seguro en los huecos de los árboles tan rápidamente crecidos, instalaron sus colmenas como una demostración de permanencia y conquista.

Vagamente, en el gemido rumoroso del follaje se oían golpes sordos de sierras y de hachas; pero el cuarto día se reconoció que todo trabajo era imposible. La hierba crecía demasiado alta, demasiado espesa. Lianas trepadoras se enroscaban en los brazos de los leñadores y agarrotaban sus movimientos. Por otra parte, las casas se volvieron inhabitables; los muebles, cargados de hojas, habían perdido la forma. Los techos se hundieron perforados por las lanzas de las yucas, los largos espinos de la caoba; y en lugar de techumbres se instaló la cúpula inmensa de las catalpas. Era el fin. Había que huir.

A través del apretujamiento de plantas y de ramas que avanzaba cada vez más, los habitantes de Wood'stown, espantados, se precipitaron hacia el río, arrastrando en su huida lo que podían de sus riquezas y objetos preciosos. ¡Pero cuántas dificultades para llegar al borde del agua! Ya no quedaban muelles. Nada más que musgos gigantescos. Los astilleros marítimos, donde se guardaban las maderas para la construcción, habían dejado lugar a bosques de pinos; y en el puerto, lleno de flores, los barcos nuevos parecían islas de verdor. Por suerte se encontraban allí algunas fragatas blindadas en las que se refugió la muchedumbre desde donde pudieron ver al viejo bosque unirse victorioso con el bosque joven.

Poco a poco los árboles confundieron sus copas y bajo el cielo azul resplandeciente de sol, la enorme masa del follaje se extendió desde el borde del río hasta el lejano horizonte. Ni rastro quedó de la ciudad, ni de techos, ni de muros. A veces un ruido sordo de algo que se desmoronaba, último eco de las ruinas, donde se oía el golpe de hacha de un leñador enfurecido, retumbaba en las profundidades del follaje. Solamente el silencio vibrante, rumoroso, zumbante de nubes de mariposas blancas giraban sobre la ribera desierta, y lejos, hacia alta mar, un barco que huía, con tres grandes árboles verdes erguidos en medio de sus velas, llevaba los últimos emigrantes de lo que fue Wood'stown...