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Delfina - Claude Seignolle (Parte 1)

Vagaba sin rumbo por la rue Saint-Martin. Debían de ser las tres de la madrugada y ya se vislumbraban las primeras luces del alba. El agresivo calor de julio atormentaba a París. No sentía el más mínimo deseo de dormir, y, por una vez, la noche parecía ofrecérseme tal como yo la deseaba. 

Tenía dieciocho años y mi juventud exigía de mí vivir la vida intensamente. Mi meta no era llegar al límite de mis fuerzas, sino simplemente errar en busca de aventuras.

¿Adónde me dirigía? Nunca lo supe, pero yo iba..., y, al mismo tiempo que disipaba mis temores, este acto me permitía descubrir los ritos de la noche en la que yo penetraba con fervor, como si fuera una religión secreta defendida por un laberinto de preciosos extravíos. 

Desprovisto de misterio, así lo buscaba yo, igual que un pobre expone su indigencia a la generosidad del azar. E incluso hoy, cada vez que lo evoco, el recuerdo de aquella noche me desgarra como si ella siguiera viviendo en mí, celosa hasta el extremo de querer torturarme cada vez que intento decir lo que yo sé de ella...

Estaba atento, con el corazón y el aliento a disposición de lo inesperado, cuando sentí la presencia muy neta de algo. Un ruido cercano atrajo inmediatamente mi atención. Entonces apareció una adolescente que luego se alejó por la rue Saint-Martin. La seguí a distancia. Rozaba tan fielmente las fachadas desiguales de las casas que por un momento supuse que se trataba de una ciega que se paseaba sin tropezar en aquella noche, clara para ella, pero mucho más confusa para un vidente. 

Pero ciertos movimientos demasiado precisos me desengañaron muy pronto. Aligeraba el paso cuando los muros ventrudos la empujaban a la fuerza hacia la calzada, caminaba más lentamente frente a los recovecos que parecían retenerla por unos instantes.

Una vez que llegó a la altura de la rue Saint-Merri, se detuvo, y con la espalda apoyada en una puerta cerrada, permaneció en actitud expectante. Luego, levantándose sobre las puntas de los pies, pareció que trataba de buscar un obstáculo invisible... Y al ver perfilarse su fina silueta, me sedujo en un instante.

No habiendo descubierto ninguno de los peligros que parecía temer, reemprendió la marcha, empleando las mismas e inútiles precauciones, ya que nosotros dos éramos los únicos noctámbulos en aquella calle desierta. 

De este modo continuó, interrumpiendo muchas veces su meticulosa marcha antes y después de cruzar esas callejuelas medievales que inundaban el barrio de Saint-Merri, que aún se mantenía intacto. 

Hoy día, demolido por completo, ya no es más que un cráter abierto, bordeado por unos inmuebles que, acostumbrados a una asfixia secular, se ahogan ante tanto espacio.

La joven paseante se detenía, miraba ansiosamente a su alrededor, y siempre mi imaginación se esforzaba vanamente en llenar el vacío de la calle con terribles pero imposibles amenazas. En aquel claroscuro, la semioscuridad velaba a la desconocida sin poder ocultármela a la vista. Sus formas eran esbeltas, pero no delgadas. 

Cada vez que pasaba ante una luz, su sombra renacía, se deslizaba alrededor de ella, y en el solo tiempo necesario para que yo pudiera experimentar un breve placer, sus caderas se ensanchaban al proyectarse su sombra en el suelo. Y estos múltiples detalles, bien patentes o vaporosos, reales o imaginarios, que a menudo no se suele volver a encontrar ante una circunstancia idéntica, lo mismo que la suavidad de su armonioso caminar, me acariciaban y ayudaban a afianzar más aún mi encantamiento.

Sus cabellos estaban recogidos sobre su nuca en un pesado y abundante moño. De lejos, no pude reprimir el impulso de soltarlos, y mis dedos se entregaron a ágiles intentos de trenzarlos en el vacío. Su larga falda oscura se hallaba cubierta con un delantal de color claro cuyas cintas se cruzaban sobre sus hombros, descendiendo luego hasta la cintura, que apretaban con un ligero abrazo. 

La joven tenía ese aspecto anticuado que tienen algunas criadas pueblerinas, alejadas entonces del alcance de la moda. Pero esto no afectaba en nada el atractivo que yo encontraba en ella. Al observar todos estos detalles, al sentir en mí la influencia de sus encantos, gacela a la que nada aparentemente acosaba, el placer del cazador surgió en mí: cogerla viva. En ningún momento llegué a valorar la posibilidad de que solo fuera un anzuelo tendido por el hampa nocturna, a la que mi excesiva curiosidad había acabado por irritar.

Al imaginar de pronto que yo podía estar siguiendo a una ardiente muchacha que acababa de despedirse de su enamorado, un deseo malvado me estremeció: ver surgir al padre autoritario que, temiendo por su hija los efectos de una noche embriagadora, la castigaría y la apartaría para siempre de un rival del que, ya entonces, sentía yo celos. 

Así ocurre: los amores milagrosos de la adolescencia crecen muy rápidamente; de inmediato echan raíces, tronco y follaje... Pero las lianas y los parásitos se apoderan del mismo modo de ellos.

Cuando hubo cruzado la rue des Lombards, a aquella hora desierta, privada de la habitual concurrencia de prostitutas que se ofrecen y de hombres que van por ellas, prosiguió decididamente su camino y se dirigió a aquella parte más aireada de la rue Saint-Martin, ensanchada hasta el Sena a finales del pasado siglo. 

Una vez allí, su conducta se hizo aún más incomprensible para mí. Así como había procurado, hasta entonces, ocultarse y desconfiar de todo, en aquel lugar se exponía deliberadamente a todos los riesgos posibles. Caminaba a la vista de todos, fuera de la acera, a muchos metros de las fachadas y, llegada a la rue de Rivoli, no se detuvo ni siquiera un solo instante, la atravesó lentamente, despreocupándose del peligro real de ser atropellada por un vehículo. Al llegar a la avenida Victoria, disminuyó aún más su paso. Luego, bruscamente, se echó a correr, atravesó el quai de Gesvres y entró en el pont Notre-Dame rozando el parapeto.

Inmediatamente imaginé un acto de desesperación, una zambullida fatal. Corrí rápido hacia ella con el fin de sujetarla antes de que fuese demasiado tarde. Pero al llegar a la mitad del puente se detuvo en seco, y en aquella posición miró fijamente hacia el pont au Change. 

Estuve a punto de chocar con ella. La joven se volvió rápidamente hacia mí, pero no se atrevió a mirarme. En ese momento me sentí descorazonado como aquel cazador seguro de sí mismo –según la fantasía que yo había elaborado–, y que se encuentra, por su torpeza, descubierto y, a su vez, convertido en la pieza de caza. Embarazoso, confuso, solo pude pronunciar palabras tontas.

Alzando su rostro, la joven me mostró su dulce mirada, y el maravilloso efecto que me produjo me impidió seguir hablando. ¡Sus ojos! ¡Oh, sus ojos!... No me castigó con ninguna malicia irónica. Me miró solamente y, al mismo tiempo que me causaba una profunda y silenciosa sorpresa, dejó generosamente que mi admiración se reflejase en su límpida mirada.

Iba a disculparme y a iniciar una conversación que deseaba con mayor intensidad que nunca, pero la joven no me dio tiempo para hacerlo. Colocando de repente las manos sobre sus orejas, tuvo un sobresalto. Sus ojos se ensombrecieron y reflejaron un violento terror...

A pesar de mi asombro, me volví e hice frente a ese peligro que la desconocida acababa de descubrir. Pero no alcancé a ver ni a entender nada. Contenidas por el quai de Gesvres, las fauces de la rue Saint-Martin, reptil roto e incrustado en la carne apergaminada de la ciudad vieja, permanecían abiertas apaciblemente en aquella noche diluida por el alba.

Miré de nuevo a la desconocida. Ahora aplicaba sus manos a la boca como para modular un grito, pero ya no reflejaba terror en su mirada... y creí leer en ella su agradecimiento como si, durante algún momento, yo la hubiese protegido. Entonces se estableció entre nosotros una extraña y vertiginosa comunión. 

Sonriéndole, volví a contemplarla, empujado por una necesidad tan intensa de ella, que se vio obligada a bajar la cabeza, sin duda para ocultar esa gran timidez que sienten las jóvenes cuando, creyéndose incapaces de lograr nunca emocionar a un muchacho, manifiestan un exagerado pudor cuando se les presenta la prueba súbita de lo contrario.

Empecé a observarla con esa euforia que se siente al obtener un éxito inesperado. Los pómulos, anchos, daban la impresión de que su boca y su mentón fueran más estrechos. Largas pestañas orlaban sus ojos, animados de una intensa transparencia. Sus cabellos, recogidos en aquel moño ya familiar, se escapaban en dispersos mechones rebeldes, uno de los cuales se deslizaba a lo largo de su mejilla, haciéndome tentar aquel gesto que yo no osaba... 

La luz difusa hacía parecer su piel de color ocre, pero, yo no sé por qué, bajo aquella máscara ardiente y artificial, me la imaginaba pálida y fresca como debe de serlo el alma de la noche. La joven era más fascinante que perfecta; más extraña y misteriosa que bella.

Huyendo de la atracción de su mirada, hábil trampa que me tentaba sin cesar, aprecié más atentamente la finura de su nariz casi infantil y la gracia de su cuello, pivote palpitante de aquel rostro en flor. Le calculé la edad de la primera florescencia, aquellos dieciséis años que mis dieciocho tomaron inmediatamente bajo su protección, sin duda porque la sonrisa parecía ser un don que le había sido negado por la vida.

A pesar de su profunda tristeza, sus rasgos me colmaron con un sordo placer. Pero su vestimenta, debo confesarlo, me desconcertó. ¿Cómo era posible que a la edad en que las jovencitas se creen princesas, esta podía acordar sus gustos con unas ropas tan anticuadas? Aquella falda y aquel delantal, severos ambos, de tosco algodón oscuro, que, ajustados a su cintura, acentuaban la delgadez de su talle, pero ocultaban rodillas y pantorrillas como en una misión formal de decencia. Sus pies estaban descalzos.

Consternado, comprobé hasta qué extremo sus ropas estaban ajadas, pero esto no me hizo alejarme de ella. Al contrario, me acerqué y, ocultando mi asombro, le pregunté qué era lo que la había asustado.

No pareció entenderme y me miró con intensidad. Su cabeza se inclinaba ligeramente a un lado, igual que esos gatos que, no pudiendo comprender nuestros propósitos, esperan otra cosa mucho más tangible que las meras palabras. Tendí mi mano hacia la suya. Ella me la negó. Luego, para hacerme comprender que no debía tocarla, dio unos pasos hacia atrás.

¿Por qué hizo aquel movimiento? ¿Por qué motivos no me respondía? Desilusionado, bajando el tono de mi voz que entristecí a propósito, le pregunté si le desagradaba mi compañía, sabiendo bien que mintiendo diría que sí.

Fue entonces cuando, al estudiar los movimientos precisos de sus labios y el fulgor reavivado de su mirada, comprendí que era muda..., que no era yo el que le había dicho lo que sentía, sino ella, quien, desde el primer momento de nuestro encuentro, me había acogido inmediatamente en el fondo de su corazón, quien me había dirigido luminosas palabras con sus ardientes ojos, pero que yo no había visto en todo ello más que los centelleantes y únicos reflejos de mi propio deseo de ella. Al comprender todo esto, no quise que interpretase mi segunda confusión como compasión por ella. 

Me volví, y a pesar de mi firme deseo de quedarme, me alejé, mal aconsejado por mi inexperta adolescencia en actitudes compasivas. Pero de no haber sido por no querer herirla, la hubiera cogido en mis brazos y, abrazándola con todas mis fuerzas, le habría dicho: «Ahora que nos hemos conocido, seré yo quien hable por ti...». ¡Me marché involuntariamente!

Inmediatamente vino ella a mi lado, caminando junto a mí, y una borrasca de alegría hizo vacilar el ritmo de mi corazón.

Pero no me atrevía a tocarla.

Cuando nos disponíamos a atravesar el quai de Gesvres, se acercó más a mí. Vi que temblaba, como si se hubiese apoderado de su cuerpo una fiebre repentina. Dándome cuenta de que su inexplicable miedo volvía a apoderarse de ella, empecé a hacer gestos de aspecto belicoso con el fin de demostrarle que estando presente nadie se atrevería a asustarla. 

La joven se calmó, y al observar en su mirada una imperceptible señal de agradecimiento, entendí con cuánta facilidad sabía ya comprenderla. Le respondí a su modo, con una suave caída de párpados. De esta forma intercambiamos un nuevo acuerdo.

Sin embargo, apenas llegamos a la parte estrecha de la rue Saint-Martin, la joven volvió otra vez a pegarse a las fachadas mientras caminaba, y deteniéndose en los mismos lugares que antes, demostró aquellos temores que su mirada se esforzaba en hacerme compartir. Luego, pensando que había llegado el momento favorable, reemprendió de prisa la marcha invitándome a seguirla con un gesto imperativo. Y cuando no podía yo caminar tan de prisa, me daba cuenta de cómo mi despreocupación le producía una brutal consternación.

Nos cruzamos con un noctámbulo que no se fijó ni siquiera en mi compañera. Pero, sin embargo, se dedicó a observarme con un invisible estupor. No le di ninguna importancia a este encuentro. Pese a que, más adelante, en ciertos momentos en que mi espíritu se hallaba perplejo, aquel encuentro me venía a la mente como un testimonio que quería imponerse por sí mismo.

Cuando llegamos a la rue Maubée, la desconocida se detuvo, y con una simple inclinación de cabeza, me indicó que había llegado a su destino y que debíamos separarnos.

Profundamente apenado, pensando que jamás volvería a verla, sentí una especie de escalofrío en mis hombros. Fue como si, habiéndome cubierto con el suave armiño del amor, ella me lo quitase de repente, dejándome totalmente desnudo, sin tener siquiera el consuelo de conocer su nombre. Pero uno de los muros cercanos, mejor iluminado, me sugirió el medio de descubrirlo. Recogiendo una piedra puntiaguda del suelo, escribí el mío en el yeso poroso y sucio...

Ella lo leyó..., me miró profundamente..., dudó; luego, recogiendo también una piedra, grabó el suyo haciendo un esfuerzo, escribiendo torpes letras de colegiala, generosas en curvas temblorosas. Yo las descifraba a medida que iba escribiéndolas como embrujado por el hilo de un viejo encaje, destinado a unirnos definitivamente el uno al otro.

Y después de una breve pero expresiva mirada que me reveló su alegría, la joven me abandonó sin el menor ruido.

Permanecí mucho tiempo en aquel sitio, sin moverme, como si ella acabara de llevarse mi vida.

El alba acabó por diluir la noche.

Al llegar a casa, me puse a analizar la historia de mi amor, y, queriendo conservar hasta el más mínimo detalle del mismo, decidí encerrarme en mi habitación. Con el fin de aislarme de la existencia banal de cada día, extendí los visillos, cerré las ventanas y corrí las cortinas con esa prisa que suele emplearse cuando se quiere impedir la huida de algo muy valioso.

Cuando hube reconquistado un trozo puro de aquella noche generosa que me había hecho saborear el más vivificante de los alimentos que pueda exigir un alma juvenil carente de ternura, me eché completamente vestido en mi cama, y, cogiendo mi almohada, la apreté con fuerza. Luego la abracé con dulzura, como si ella fuese realmente mi conquista finalmente complaciente... 

El calor de mis labios ávidos comunicándose a la tela hizo que insensiblemente yo sintiera la ilusión de una verdadera y palpitante presencia. Pronto estuve riéndome a carcajadas con Delfina. Y su risa, que incluso de haber estado ella presente no habría conseguido hacer vibrar, la inventé y la recibí como si fuera realmente la suya.

Así me la imaginé, amorosa tal como yo la anhelaba. Acunado por su amor fluyente y refluyente, me quedé dormido bajo sus besos. Aquel sueño me resultaba imprescindible como a un niño mimado...

Al despertarme al día siguiente, me encontré dominado por una inquietud hostil. Después de haberme embriagado, el amor se había convertido en veneno. La imagen de Delfina se impulsó súbitamente exagerada en su dolorosa realidad. Solo entonces comprendí cuán triste estaba ella. 

Me la imaginé cuando caminaba –su «fuga», pensé yo entonces–, obligada a rozar las paredes con el fin de no ser descubierta por aquel «algo» que la amenazaba. Recordé sus numerosas paradas, sus prolongados momentos de inquieto acecho y traté de explicarme aquel espanto que ella había sentido cuando se hallaba sobre el puente.

¡Delfina perseguida, acosada!... Delfina, princesa metamorfoseada en moza rústica, a la cual yo otorgaba al mismo tiempo pobreza y belleza hasta lo imposible... ¡Delfina desgraciada! ¡Y pensar que yo, por experimentar celos injustificados, le había atribuido un padre abusivo!... De repente la imaginé con padres brutales, abofeteándola por su primera sonrisa, aquella que ella me dedicaba y que acababa torpemente de dejar escapar, pecado visible de su nuevo gozo.

Entonces me levanté, y maldiciéndome por no haberla alejado de un martirio seguro, juré defenderla.

Había que salvar a Delfina... ¿Podía existir una misión más anhelada para mí?

Regresé inmediatamente al lugar donde nos habíamos despedido y apenas divisé a lo lejos la entrada de aquella calle angosta, asfixiada entre los flancos descalabrados de sus edificios desigualmente panzudos, sentí una sorda opresión... Contaminada por un barrio gangrenado, aquella calle debía, con su descalabro, herir el orgullo de la Villa de París. 

Asimismo temí que, al juzgarla como una calle vergonzosa, la destruyeran ante mis ojos y a Delfina con ella. Desconcertante premonición que en este instante recuerdo, una más entre otras, justas o falsas, que yo debía sentir a continuación en aquel lento desgarramiento de mi propia persona.

Penetré en aquella callejuela con tanta necesidad de provocar el milagro anhelado que murmuré una larga y fervorosa oración compuesta únicamente con el nombre de Delfina. Y esta humilde petición levantó una invisible pero ardiente hilera de cirios tan luminosos como las secretas pero radiantes palabras que ella había pronunciado.

Mi presentimiento tenía motivos para ser verdadero. Como con tantas otras callejuelas viejas de aquel barrio, un mandamiento judicial de destrucción había sido promulgado. Desprovista de sus habitantes, la sorprendí en ropas mortuorias. Con el bastón de mando en la mano, los verdugos debían llegar de un momento a otro para destruirla, ladrillo por ladrillo.

Ante este pensamiento, ello fue como si me arrancaran a Delfina, única víctima posible, y fuesen a mortificarla, esta vez en público, permaneciendo yo allí impotente. Corrí inmediatamente hacia el edificio adonde ella se había dirigido al separarse de mí. Encontré un pasillo sombrío. Un olor ácido de suciedad me sofocó, y su tufo de muerte en potencia me forzó a acelerar mi búsqueda. 

Recorrí todos los pisos. Empujé obedientes puertas que, sin pudor, exponían a mi vista miserables habitaciones desnudas: cubiles de muros roídos dejando ver con complacencia sus llagas íntimas, como hacen algunos leprosos resignados. Y mi espíritu, alejándose de mi cuerpo, visitaba los lugares más herméticos a mis miradas. 

Todo mi ser se encontraba en desorden. Impulsado por ilusorias señales de vida que me atraían constantemente, yo obedecía, y, cada vez, mi decepción valoraba la amplitud de una pérdida irreparable. Solo quedaba la única realidad de aquellos lugares, los crujidos de los vidrios rotos y los trozos de yeso caídos al suelo.

Después de haber inspeccionado todos los rincones, subí al techo. Allí quedé deslumbrado por un sol agresivo cuya exuberancia no reconocí. Escruté en la sombra de las chimeneas con la ilusión de encontrar allí a Delfina, pequeño animalito amenazado, acurrucado en uno de estos últimos refugios. Pero ella no se había escondido allí..., ni nadie que me hubiera consolado hablándome simplemente de ella. Así, por primera vez, debía aceptar su pérdida.

Permanecí inmóvil, desesperado, cuando de pronto la voz de un hombre lanzó bruscamente su ironía en mi silencio.

«No hay nada interesante en este lugar –dijo, en tono burlón–, y aunque esta mugrienta casa sea de un bello estilo, ya no tiene ningún valor...»

Me di vuelta, sobresaltado.

El hombre que apercibí entonces reía sin que su risa esbozase sobre su rostro la menor muestra de alegría. Su risa era lisa y fría. Incluso el aspecto irrisorio de su busto rígido que surgía por una claraboya del techo, y parecía de una marioneta, no produjo ningún efecto en mí. Estaba yo muy lejos de sospechar el papel que iba a representar en mi vida. A menudo se es ciego delante de nuestros más importantes socios... 

Demostrando gran agilidad, el desconocido tomó pie sobre el tejado y me dio la impresión de sorprender a un personaje pintado demostrando una repentina infidelidad a su cuadro. Impresión que permanecía en el ambiente de este singular encuentro... Después de haberse quitado rápidamente el polvo de los codos y de las rodillas, se acercó a mí. 

Entonces mi atolondramiento, cobarde cómplice que me había impulsado a llegar hasta allí, en los bienes pertenecientes a otro, me abandonó. Volví a la realidad de las circunstancias y me dispuse a esperar una justa reprimenda. Pero, en contra de lo que yo esperaba, el hombre me tendió una mano cordial, y cogiendo la mía, me sacó de un sonambulismo despierto. «Me llamo Baucaire», dijo presentándose a sí mismo, en un tono refinado, como si estuviera recibiéndome en un salón palaciego. Su seguridad en sí mismo vino a aumentar más aún mi confusión.

Era inexpresivo su rostro, profunda la mirada, sombría la vestimenta y negra su cabellera. Al contemplarlo, me vino a la mente la imagen de un rapaz enflaquecido por cuarenta años de avaricia insatisfecha. Sin embargo, a pesar de estas primeras impresiones que me aconsejaban desconfiar de él, presté generosidad y comprensión a este desconcertante personaje. Su desenvoltura me hizo pensar en que tenía que ser una persona influyente en aquellos lugares. La casa debía de ser suya y, quizá, toda la calle.

Angustiado por saber, le atribuí todos los poderes, empezando, desde luego, por aquel de decirme dónde podía encontrar a Delfina y quién era ella. Pero pronto perdió todo su prestigio al decirme su simple condición de contable en un almacén de textiles al por mayor en el barrio de Sentier, muy cercano de allí. No fui un incauto ante esta modestia forzada, dándome cuenta de que en realidad él se consideraba mucho más importante. Asimismo, la vulgaridad de su modo de hablar como también su facultad de seducción, me disgustaron.

Sacando varios planos de uno de sus bolsillos, me enseñó unos esbozos de proyectos arquitecturales hechos por él y destinados, según me dijo con suficiencia, a ilustrar el libro que estaba preparando sobre el Viejo París a punto de demoler. Me descubrió la riqueza de otras viejas calles, las del Marais, por ejemplo. Luego, pasando del entusiasmo al desprecio, me habló de la miseria de aquella en la que nos encontrábamos y que era mi amiga. 

Glorificó los dorados de las demás, que me eran indiferentes, y denigraba el tugurio bastardo de esta que yo amaba. Mientras escuchaba sus razonamientos, yo despreciaba, a mi vez, todas las demás calles y ennoblecía esta, lamentando que Delfina no pudiera aparecer de repente, para desmentir siquiera sobre un punto a este falso entendido. 

Pero me abstuve de brindarle ayuda, dado el partido que tomaba aquel hombre en contra de «nuestra» calle, lo que me hacía temer que de igual modo juzgaría mi conquista, despojándomela de todo valor.

Cuando nos despedimos, me entregó su tarjeta personal. Me invitó a ir a visitarle a su casa. Tenía mucho interés en ofrecerme una de sus obras, sobre las que había hablado mucho. A decir verdad, me encontraba simpático y quizá inteligente, sin duda porque mi silencio le había permitido presumir de persona erudita.

Al bajar las escaleras, no pensaba en lo extraño de nuestro encuentro. Incluso bien pronto olvidé al señor Baucaire. Ya en la calle, me sentí de nuevo enteramente poseído por Delfina, y, acordándome de nuestro pacto de alianza muda, me dirigí hacia la fachada de la casa que fue testigo de la misma. Pero una vez allí, justo en el lugar donde escribimos nuestros nombres, un obrero acababa de hacer un boquete a grandes golpes de pico para colocar el sujetador de un andamio... Nuestros dos nombres no eran ya más que yeso cubierto de polvo.

Aquella misma tarde, mucho antes de que la noche se desplegase en el cielo, esperaba yo a Delfina sentado detrás de los cristales del café que se hallaba enfrente de su calle. Observaba con tanta atención que los ángulos agudos de los dos inmuebles de entrada se grabaron en mis ojos. 

Se superponían estos en el cristal de mi vaso cuando al dirigir mi mirada allí lo cogía para beber sin sed un pequeño sorbo de bebida que iba reduciendo cada vez más como si mi agotamiento total debiese significar mi marcha y el final de mis esperanzas.

A medianoche, el dueño del café me echó. Luego apagó las luces de su establecimiento, privando a la calle de aquella iluminación que llegaba hasta la acera de enfrente. La oscuridad se hizo más patente. El silencio se espesaba al fin. Mi corazón comenzó a latir rápidamente y ya no tuve el suficiente sosiego como para moderar mi impaciencia. De pronto me di cuenta de que el tiempo corría demasiado rápidamente. Entonces temí que el alba, al acercarse y borrar la noche, borrase también a Delfina.

La primera hora la pasé acurrucado en el portal de una puerta, preso de un atroz desaliento. La segunda, Dios escuchó mis súplicas. Mucho antes de la tercera, el diablo hubiera podido, sin necesidad de insistir, cambiar mi alma por un encuentro con Delfina, por un solo encuentro, por muy breve que hubiera sido.

Finalmente, un pajarillo valiente le silbó a la noche agonizante. Mis párpados me pesaban, marcando un insoportable segundo de angustia. Y ella salió de la callejuela muerta... Delfina había venido, y todo en mí se tranquilizó. Era como si yo no hubiera jamás padecido durante aquella angustiosa espera. Unas lágrimas, miel de mi alegría, brotaron inmediatamente de mis ojos y perfumaron mis mejillas. Delfina había aparecido y los milagros empezaban a florecer.

Pero pronto una viva decepción arañó mi corazón: Delfina no se detuvo para buscar mi presencia con la misma avidez que yo lo hiciera. Reemprendió su mismo caminar ansioso, mostrándose solamente fiel a la rue Saint-Martin.

Tan desgraciado como un animal azotado de esperanzas rechazadas, la seguí a distancia, y comprendí de qué forma sufren las bestias hambrientas de aquella ternura que les es rechazada porque se supone que no serán capaces de paladear su sabor. 

Cuando recuperé mi valor, la alcancé y me puse enfrente de ella. Sorprendida, Delfina se paró llevándose las manos a la garganta. Luego, con un gesto rápido, me ordenó esconderme con ella en el portal de la iglesia de Saint-Merri, delante de la cual nos encontrábamos.

¿Qué podía favorecerme más? Puesto que el juego del amor y el de Delfina así lo querían, me refugié allí, muy junto a ella, demostrándole un perfecto estremecimiento de temor. Y, como me contemplaba tan tiernamente como yo a ella, desgrané suavemente las tres sílabas de su nombre: Del-fi-na. Lo hice con tanto cariño que leyó en mis labios tres otros sones mucho más radiantes. Dije Del-fi-na, y, dichosa pero sin la menor sonrisa, me mostró que entendía Te-quie-ro...

Jamás tuve que bendecir con tanto entusiasmo la característica de un nombre que podía interpretarse con tan bello significado. Luego quise preguntarle sobre estos extremos que tanto me inquietaban el corazón. Desgraciadamente, bien pronto comprendí que había sobrevalorado mi nueva ciencia. 

Mis gestos la despistaban y mis señales hacia la calzada despertaban cada vez el terror en su mirada. Para calmarla y que pudiese superar aquellos temores imaginarios, traté, creyéndome hábil juglar, de dar a mis tres únicas sílabas mucho más sentido del que podían demostrar, lamentando que Delfina no pudiera comprender otras palabras mucho más maravillosas... Volvía sin cesar a los tres sones mágicos, tratando a veces de darles el sentido de por-siem-pre, y ello diciéndole simplemente: Del-fi-na. 

Entonces, al ver brillar su mirada al pronunciar yo esta palabra, me sentí un experto artesano tallando con la herramienta más rudimentaria, faceta por faceta, un diamante en bruto. De esta forma conseguí poco a poco hacer irradiar su sol interior. Y aquella noche, me ingenié de modo que, dándole el placer de mi compañía, Delfina no se marchase lejos.

El alba estuvo a punto de sorprendernos. Apercibiéndola de repente, Delfina se puso muy nerviosa y partió tan rápidamente que a duras penas pude alcanzarla. Solo se volvió cuando estuvo a punto de desaparecer en su calle, enviándome un beso del fondo de su corazón, el primero, que yo recibí gozosamente en los labios... 

El haber conseguido por fin una prenda de amor suya me contuvo, pues de lo contrario, a riesgo de traicionar la confianza que se debe al amor, la habría seguido mucho más lejos en su secreto.

Por la tarde, me dirigí a la rue Maubée con el fin de no impacientarme. Erré en su agrio día pensando en la noche futura, aún tan lejana, esforzándome en sorprender una traición de la presencia de Delfina. Pero todo seguía apagado y muerto. Una vez más la busqué y una vez más encontré al señor Baucaire. Apenas me vio, me mostró sus dibujos: «¿Nada valioso, verdad?», me gritó al verme.

Su frase me hirió, pero me mostré amable con él, ya que, al dignarse eliminar los enjutos restos de aquella calle, él le reconocía tácitamente cierto valor. Entonces me fijé en su sobria elegancia que la víspera, en el tejado, me pasó inadvertida, dejándome seducir, lo que sin embargo me había prometido a mí mismo no aceptar jamás.

Al verme tan feliz, me dirigió un cordial saludo, deseando conocer la razón de tanta felicidad por mi parte. El hecho de que quisiera escucharme precisamente en un momento en que yo sentía la necesidad de confiarme a alguien, hizo que me resultara agradable. De modo que, no ocultando por más tiempo mi dicha, le confesé con ardor la existencia de Delfina y mi amor por ella. 

Le hablé de Delfina y de sus motitas rojizas que revoloteaban en sus ojos azules. Le hablé también de su invisible sonrisa, solamente comparable a los reflejos del oro y las piedras preciosas que adornan el interior inaccesible de los mausoleos inviolables. Seguí hablándole de ella, y, a medida que le contaba tantas cosas, la mirada del señor Baucaire se hacía cómplice. 

Quizá Delfina no fuese una desconocida para él, y si él me dejaba hablar de ella sin interrumpirme, era solamente por enterarse de lo que ignoraba de la misma. Yo no sé hasta qué punto los adultos pueden envidiar la suerte de la juventud y sus fáciles conquistas.

Confuso, empecé por calmar la intensidad de mi admiración. Luego disminuí ciertos rasgos que anteriormente había coloreado en demasía. Finalmente, oculté a Delfina tras un velo de banalidades y la encerré en un cofre hermético a la avidez del señor Baucaire. 

A bocajarro le pregunté súbitamente si la conocía. Mi pregunta le hizo casi sobresaltarse. «¿Conocerla yo? –dijo secamente–. En absoluto.» Y girando rápidamente sobre sus talones, el señor Baucaire se marchó inmediatamente.

Extrañado al principio por el tono de su respuesta, no tardé mucho tiempo en comprender que el señor Baucaire mentía. Sin duda alguna él conocía a Delfina, aquella linda muchacha que en vano buscaba yo de día. Traté de darle alcance, pero había desaparecido.

El hecho de que Baucaire compartiese conmigo el conocimiento de Delfina no me hacía menos preciosa a esta última, pero el que me la hubiese hecho describir hasta aquel extremo, forzándome a un acto deshonesto hacia una muda confianza, me agobió. Todo lo que yo le había dicho era la verdad, pero eso pertenecía a ella y a mí únicamente. 

Me sentía culpable como si, habiéndome convertido en su amante, hubiese entregado, con complacencia, al primer extraño hasta sus más íntimas quejas amorosas... La adolescencia es así, dotada de una pureza que amenaza incesantemente las fiebres adultas. 

Sin embargo, yo no sentía ninguno de los tormentos de los celos. Para experimentar ese sentimiento me hacía falta una prueba de la que, por lo demás, no vislumbraba ni su posibilidad: el señor Baucaire seduciendo a Delfina... Hacía falta tener mucha sensibilidad para conseguirlo, y él no la tenía... Amar el silencio, cosa que él detestaba.

Un viento tenaz de amor barriendo mi cielo era suficiente para eliminar la menor nube, y si persistía, yo la ignoraba hasta el punto de no verla. Así pensaba yo de Baucaire, y, de nuevo, mi alegría inundó los grandes espacios azules. 

Entonces, para que Delfina no pudiera escapárseme, decidí marcarla con un signo visible de posesión: un ligero vestido de color rojo ardiente que podría verse desde cualquier lugar del mundo; una bata de seda púrpura que, aferrándose inmediatamente a mi mirada, me arrastraría detrás de ella con la facilidad de una ágil llama.

Los escaparates me llamaban. No tenía más remedio que hacerles caso, ya que debía tener el honor de vestir a Delfina. Solo mi juventud, tan valiente en sus deseos, se mostró torpe y bien tímida cuando al encontrar el rojo más bello capaz de atravesar la más espesa de las noches, doblé el difícil cabo representado por la puerta de la tienda de ropas femeninas. 

Me pareció que iba a inmiscuirme en un juego de muchachas estrictamente prohibido a los jóvenes, y que, hiriendo mi orgullo, iban a rogarme que saliera inmediatamente después de haberme arrancado la promesa de no volver a entrar en la tienda. Sin embargo, y por el contrario, acogieron mi visita y mi deseo sin mostrar la menor sorpresa. Yo no sabía aún que, sin el hombre, aquel juego no tendría ninguna razón de ser.

Señalé al vestido que deseaba, de corte perfecto, escotado y corto, exactamente lo que necesitaba. Me lo trajeron y esta fácil conquista me inundó de un placer hasta aquel momento desconocido para mí. No me atreví a tocar inmediatamente la tela. Fue necesario que la vendedora me invitase a ello. Entonces lo hice con tanto pudor como dulzura. Al primer contacto con la tela, me estremecí como si hubiese tocado a Delfina en su carne...

Debo decir con cuánta prisa entré en mi casa y cerré con llave la puerta de mi habitación, como si se tratase de un rapto. ¡Delfina estaba en mis manos! Con temblores de fervor, desplegué la ropa de ardiente fuego a la mirada, tan dulce al tacto, y la extendí sobre mi cama como si fuera un cuerpo ágil y complaciente. Acaricié el vestido y me estremecí. 

Mis manos redujeron su talle al de un esbelto manojo de rosas, desprovisto de espinas. Caí de rodillas ante la forma de Delfina, al fin dócil, y abracé hasta saciarme aquella piel de seda. Le murmuré una oración reservada a nosotros dos: la elegía de todo lo que tenía que decirle y que jamás lograría hacerle escuchar. Luego, me acosté junto a ella.

Aquella noche, frente a su calle, la impaciencia por ofrecerle el vestido rojo que yo calentaba contra mi pecho hizo aún más angustiosa mi espera. Sin embargo, de haber permanecido tranquilo, habría podido al fin preguntarme con lucidez sobre la anormal y breve vida nocturna de Delfina. Pero hoy día reconozco que el amor, si no nos ahorra las más ínfimas confusiones, se abstiene algunas veces de sugerirnos las peores. 

Apoyado en el muro donde habíamos escrito nuestros nombres en juramento de fidelidad, no pensé siquiera en su desaparición. Ahora sabía que estaban grabados en nuestros corazones, allí donde ningún pico podría destruirlos, a menos que nos destruyesen a nosotros mismos.

Finalmente, de modo confuso, la calle muerta, fuente de silencio, me atrajo por ese violento silencio que yo conocía bien puesto que era el de Delfina. Avancé, inmediatamente cogido, absorbido por la felicidad que, de repente, surgió de la penumbra.

Delfina me vio en el acto, pero, al verme tan cerca, hizo un pequeño retroceso. Temiendo que se marchara, contuve el impulso que me lanzaba hacia ella. Entonces, penetrando con su mirada dentro de mí mismo, sus ojos me calmaron, y cien años habrían podido pasar junto a mí sin que yo los sintiera, para a continuación resurgir de entre ellos, muertos, mis dieciocho años perfumados por la admiración que sentía hacia Delfina, mi sortilegio.

No tuve tiempo de entregarle mi regalo. Recobrando su temor, segura de mi fidelidad, Delfina me condujo detrás de ella, en su extraño caminar, y, según su costumbre ya tan familiar para mí, hizo una primera parada a algunos metros de la rue Maubée. 

Una vez más traté de adivinar cuál era la amenaza que ella temía, y, no pudiendo distinguir nada, como siempre, decidí liberarla de aquel espanto. Pero, adivinando mis pensamientos, Delfina se volvió y, poniendo un dedo en sus labios, me previno de hacerlo. 

Esta vez, no teniendo en cuenta sus temores, fui decididamente hasta el centro de la calzada y atravesé sin inconvenientes el invisible peligro. Una vez hecho esto sin la menor ironía, me incliné hacia ella ofreciéndole esta fácil victoria sobre un adversario tan temible.


CONTINUARÁ...
 

El fantasma solo llama una vez - Jane Sherrod Singer

Lea este relato desde el punto de vista que más convenga a su fantasía. Si es un admirador de Alfred Hitchcock, es posible que su extraño final le haga reír entre dientes. Pero si, por el contrario, está usted de acuerdo con Shakespeare en aquello de que «existen más cosas en el cielo y en la tierra... que las que pueda imaginar nuestra mente», entonces permítame que me apresure a asegurarle que este caso real fue investigado y debidamente reconocido como auténtico por miembros de la Sociedad Británica para la Investigación Psíquica.

Aquellos lectores amantes de indagar sucesos inexplicables en el reino de lo sobrenatural deben hacer una pausa para reflexionar..., y aquellos otros que deseen relajarse con la lectura del siguiente relato deben ser precavidos con algunas páginas capaces de poner los cabellos de punta.

Los hechos registrados, acaecidos el 26 de mayo de 1897, y recogidos por sir Anthony Wister, son los siguientes:

Dado que soy una persona de espíritu metódico y lógico, he decidido empezar por el principio de esta cadena de sucesos en vez de sobrecoger inicialmente al lector con aquellos detalles ambientales y terroríficos que se presentaron, por desgracia, casi al final de la muy corta vida de Ernest Melbourne.

Para ser un conservador, Ernest era, a sus veinticinco años, un joven de acentuada personalidad. Me imagino que algunos lo describirían como un poco petimetre, pero yo, en cambio, más bien admiraba su melindrosa forma de vestir y su inmaculado acicalamiento, sobre todo después de llegar a conocerlo profundamente como amigo. 
 
Dado que pertenecíamos al mismo club, a menudo estábamos juntos, y como los dos nos interesábamos más por la gente, la conversación y las ideas, que por aquellos juegos aburridos y silenciosos como el ajedrez y el whist, solíamos enfrascarnos en profundas y eruditas conversaciones.

En muchos sentidos éramos muy parecidos y, sin embargo, demasiado diferentes. Ernest era un gran aficionado a la música, lo mismo que yo, pero su entusiasmo no pasaba la frontera de la admiración, mientras que yo, por el contrario, me había visto obligado a sujetar un violín bajo mi beligerante y poco colaboradora barbilla como parte de mi educación juvenil. 
 
Ernest era un gran connaisseur de excelentes manjares y exquisitos vinos, aunque esta cualidad era más bien una pasión que había aprendido y cultivado, mientras que mis gustos en este aspecto no pasaban de simples inclinaciones a la buena cocina. 
 
En resumen, gracias a su inteligencia, espíritu observador, jactancia e incluso astucia, Ernest Melbourne se elevó de un nivel social bastante bajo, empleando las más sutiles maquinaciones, hasta llegar al mismo círculo social en el que yo me introduje sin desearlo, como uno de los derechos de mi noble cuna.

A excepción de nuestra ascendencia y tradiciones familiares, ambos teníamos muchas cosas en común, incluyendo el hecho de que nos comportamos una vez, sólo una vez, como unos insoportables tumbacuartillos. 
 
Sin revelar el nombre de la dama, Ernest me contó con amargura que había abandonado a una linda muchacha que lo amaba profundamente, después de haber abusado ignominiosamente de su generoso cuerpo. Se trataba de una camarera que trabajaba en la taberna de su padre. 
 
De los detalles de esta historia me enteré una noche en que ambos habíamos bebido más de la cuenta y en la que me contó, además, cómo había ascendido de su bajo estrato social hasta nuestra clase de élite. 
 
Impresionado por aquella confidencia de mi amigo, que demostraba su confianza en mí, yo también le revelé un secreto, es decir, que había roto el compromiso que mi padre arreglara para casarme con una duquesa, tan bella y encantadora que muy a menudo era invitada al Palacio de Buckingham. 
 
Después de un espantoso, aunque justo, altercado con mi padre, me marché de la casa solariega, mientras que la que debía haber sido mi esposa abandonó Inglaterra para ir a mitigar su desilusión y su dolor en los Alpes suizos.

El único motivo que me lleva a mencionar mi vergonzosa conducta es el de exponer otra razón por la que Ernest y yo nos hicimos tan íntimos amigos, unidos por tan dispares historias, secretos y admiración recíproca: él apreciaba mi privilegiada situación en la vida, y yo le ayudé en su tenaz y acertada aspiración de ingresar en mi estrato social.

Recuerdo perfectamente los sucesos que se desarrollaron poco antes de aquella horrible noche del 26 de mayo, ya que el día 24, Ernest y yo comimos en el club, mientras refunfuñábamos de aquella eterna llovizna que mantenía a toda Inglaterra húmeda, fría y mojada; luego nos enfrascamos en una conversación en la que discutimos acaloradamente.

El tema de la misma era demasiado trivial. Un amigo común, aunque considero más justo el llamarle una amistad casual, había muerto, y nuestra discusión estribaba en si debíamos o no arriesgarnos a asistir a sus funerales y agarrar un resfriado. Durante nuestra conversación intercambiamos nuestras posiciones como dos niños en el juego del columpio. 
 
Según mi punto de vista, sostenía que debíamos a sir Gilbert nuestro último homenaje, mientras Ernest argumentaba que odiaba los funerales, fueran en el sitio que fuesen, pero sobre todo en Kensington. Dio a entender que había una cierta razón.

Luego, una vez que hubo paladeado su pierna de cordero fuertemente condimentada, dulcificó su voz e insistió en que debíamos asistir al funeral. Confieso sinceramente que me encolericé, ya que al comprobar los astutos razonamientos de mi amigo no pude dominar mis nervios. 
 
Era obvio que Ernest, por otra parte, se daba cuenta de que mucha gente importante asistiría a aquel funeral y tendría la oportunidad de codearse con aristócratas, y conquistar así otro puesto más dentro de la alta sociedad británica.

Por un instante lo aborrecí, ya que pretendía aprovecharse de un funeral en beneficio suyo; pero cuando salimos del club aquella noche, volvimos a ser tan amigos como siempre. Al final nos pusimos de acuerdo en que Ernest asistiría al funeral a pesar de su aversión por la fría y oscura iglesia de Kensington y su húmedo cementerio, en el que las tumbas estaban cubiertas de losas de mármol negro, y en las que se podían leer los hechos importantes llevados a cabo en vida por sus fenecidos y actuales ocupantes.

Pero incluso en el cementerio de Kensington había cierta discriminación social entre su inmóvil población de cadáveres, ya que los condes y los duques, los ricos banqueros y los poderosos industriales, se hallaban en suntuosos panteones familiares a ambos lados de la puerta principal de la iglesia, mientras que, en la parte posterior de la misma, bien ocultos por una empalizada, se hallaba el último lugar de reposo de las almas menos importantes; quizá no menos en el sentido de la humanidad, pero sí ciertamente en cuanto a su posición social, prestigio y la suficiente cantidad de dinero como para reposar en un panteón bajo una marmórea losa sepulcral exquisitamente esculpida y engalanada.

El 26 de mayo fue una jornada tan miserable como lo habían sido los diez fríos y húmedos días anteriores. Por ello me quedé en casa no sin cierto regocijo, ordené a Hugh, mi ayuda de cámara, que me trajera la merienda con una buena taza de hirviente té indio, y comencé a leer las tediosas cláusulas del testamento de mi padre. 
 
En ese momento, acudió a mi mente la imagen del pobre Ernest, saludando y haciendo reverencias, siendo presentado a personas importantes de la aristocracia, y fijándose cuidadosamente, muy cuidadosamente, en sus rostros, con el fin de poder recordarlos en una futura gala de ópera o de teatro. 
 
A lo mejor Ernest estaba, en aquel preciso instante, besándole la mano a alguna hermosa y joven duquesa que, quizá, en un día no muy lejano, le aportaría una rica dote y un tierno cariño de esposa. «Pues no me importa si Ernest se divierte en este momento —pensé—, al menos, mañana no tendré un fastidioso resfriado y una roja nariz goteando moco»; y arrojé otro tronco al fuego de la chimenea.

Alrededor de las cinco de la tarde, el cielo parecía tan plomizo como en pleno invierno. Hugh me sirvió mi tradicional copa de jerez y le volví a repetir mis instrucciones de que pensaba cenar en mi biblioteca.

La cena fue más bien ligera, y la intranquilidad empezó a adueñarse de mi mente. Traté de leer un libro, pero las palabras carecían de significado. Entonces pensé en relajarme, ya que recordaba que esta práctica, tan recomendada por los médicos, estaba muy indicada en los momentos de tensión nerviosa.

Como solía hacer en aquellas tardes en que me quedaba en casa, me puse mi horrible pero confortable batín de lana, me calcé unas cómodas zapatillas de cuero que en otras ocasiones mi mayordomo había intentado tirar a la basura, lamenté no tener un mastín para que se acostara junto a mi chimenea, a mis pies, y me puse a cargar una pipa con refinado y amoroso cuidado.

Debía haberme quedado adormecido con el libro en mi regazo, cuando Hugh me despertó para anunciarme que me llamaban por teléfono. Perezosamente cogí el aparato.

Una voz frenética al otro extremo del hilo me dijo que acudiera inmediatamente, que era muy urgente. No había un minuto que perder. Mi amigo, Ernest Melbourne, se hallaba al borde de la muerte. En realidad, continuó diciéndome aquella voz desconocida para mí, está economizando el aire que respira en un esfuerzo para mantenerse vivo hasta su llegada.

Rápidamente me puse el primer traje que encontré a mano, alquilé un taxi y me dirigí a toda prisa al elegante piso de Ernest. La puerta me fue abierta por uno de mis antiguos criados, Stephen, el cual se hallaba extremadamente aturrullado hasta el punto de parecer enloquecido.

—Sir Anthony —me dijo, hecho un manojo de nervios—, es espantoso, es horriblemente espantoso. Me temo que no llegará a tiempo.

—Tranquilízate, querido Stephen —le dije, tratando de que hablara en voz baja—. Cualquier cosa que haya ocurrido, por favor, ten la bondad de mantenerte en tu sano juicio. Vamos, condúceme inmediatamente al lado de míster Melbourne.

El tono severo que empleé calmó algo a Stephen, pero cuando me conducía hacia el salón biblioteca, me empujó de pronto y rudamente hacia un lado. Me sorprendí ante aquella extraña conducta de mi excriado, pero luego comprendí que lo que pretendía era que yo no pisara una serie de huellas barrosas que conducían a la estancia donde se hallaba mi amigo.

Ernest estaba acostado en un diván. Aunque en su rostro no había ninguna señal de violencia, me costó trabajo reconocerle. Incluso hoy día me es difícil describir la transformación que se había operado en sus facciones.

Sus ojos, que generalmente miraban a todas partes plenos de curiosidad, estaban paralizados, fijos en un punto del techo, como si pendieran de él mediante dos cuerdas. Su sonrosada piel que yo, como pálido londinense, en ciertas ocasiones había envidiado en secreto, se había disuelto en un gris de cal apagada. Venas azules sobresalían en sus manos, muñecas y garganta, y morados verdugones cubrían sus sienes. Su lengua pendía grotescamente a un lado de su boca abierta.

Haciendo un esfuerzo para dominar mi repugnancia, me acerqué a él y le dije todo aquello que suele decirse en estos casos. «Aquí me tienes... ¿Qué te ha sucedido...? Ánimo, hombre. Vamos, cuéntame lo que te ha pasado...»

Ernest reaccionó lentamente. Un indefinido fulgor apareció en sus ojos. Después de varios intentos, al final estuvo en condiciones de hablarme de forma que yo pudiera entenderle.

—Anthony —murmuró—, debes escucharme..., pero, sobre todo, debes creer en mí, debes creerme.

Luego permaneció en silencio, sofocado, tosió y trató de incorporarse. Cogí una almohada y se la puse a la espalda, mientras le decía en voz baja a Stephen que fuera inmediatamente a buscar un médico. La retirada del criado fue sumamente ruidosa, pues tropezó con una silla y se cayó al suelo. Pero Ernest se hallaba muy lejos de la realidad para darse cuenta de ello.

Me senté cerca de mi amigo, mostrándome tan afectivo como un elefante macho intentando cuidar una liebre herida. Yo sabía que Ernest no debía agotarse hablándome, pero eran tan intensos los pensamientos que en aquellos instantes torturaban su mente que no tuve más remedio que permitírselo.

—Anthony —murmuró Ernest—, debo ser breve. Me queda muy poco tiempo de vida. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Y, en nombre de Dios, créeme.

Después de una breve pausa, continuó.

—Fui al funeral de sir Gilbert. Fue espantoso. Tú sabías que yo no quería ir, pero no sabías por qué. Gladys, el amor del que renegué, la chica a quien abandoné, yace en una tumba del cementerio de Kensington... Estaba aún lloviendo cuando sacaron el ataúd de sir Gilbert de la iglesia. Permanecí allí mojado y helado de frío. De repente, guiado por los remordimientos o quizá empujado por el mismo demonio, me hallé explorando el cementerio, pisando aquel terreno sucio y fangoso, buscando algo, una flor de lis, una rosa, algo que fuera bello, fresco y joven. De pronto vi un seto vallado en el que había una entrada que daba a otro cementerio en el que las losas sepulcrales estaban muy cerca unas de otras... Anthony, ¿me estás escuchando?

Alargué mi mano y le cogí la suya, pero, no queriendo distraer sus pensamientos, permanecí en silencio. Vi que el rostro de Ernest se relajaba, cerró la boca y un alarmante color de cera se extendió por su piel. Después de unos instantes continuó.

—Empujado por una fuerza misteriosa, me dirigí a la tumba más insignificante, más raída, más pobre de todas. La losa sepulcral ostentaba el número 298, y gotas de lluvia caían al suelo desde el punto en el que estaba esculpido el nombre de Gladys Moore..., mi Gladys que tanto me había amado hace muchos años.

Evidentemente, comprendía el dolor y la pena de Ernest, sin embargo, me parecía imposible que la vista de la tumba de su querida Gladys hubiera podido causarle aquel espantoso daño físico. Ernest continuó hablando, pero cada vez más rápido, como si considerara que el tiempo estaba en contra de su reserva vital y de su monólogo.

—El temor más espantoso se apoderó de mí. Mi primer impulso fue sacar inmediatamente el ataúd de aquel lugar tan deprimente y colocarlo en aquella parte del cementerio reservada a la gente ilustre para que así la tumba de mi Gladys ocupase el mejor sitio de todos; pero este noble pensamiento se me borró en el acto para ser sustituido por otro: si la gente llegara a enterarse de mis antiguas relaciones amorosas con una tabernera, todos mis proyectos se vendrían a tierra, todo aquello por lo que había luchado durante toda mi vida quedaría arruinado.

Un suspiro estremeció el cuerpo de mi amigo. Después de una pausa, Ernest continuó:

—Cuando regresé a casa, Stephen me sirvió la comida. No tenía apetito, por lo que le ordené que retirara los platos, limitándome a beber tres copas de oporto. Creo que me quedé dormitando durante varias horas. Cuando me desperté, tuve la sensación de haber sido drogado, o sometido a un trance hipnótico. Luego sentí la necesidad de telefonear a alguien. ¡Cogí el aparato y marqué el 298 de Kensington! Después de un corto tiempo, una voz de mujer contestó. Sonaba como si estuviera muy lejos, aunque sus palabras eran perfectamente audibles. La voz dijo: «Oh, amor mío, qué gentil has sido en telefonearme. He estado mucho tiempo esperando esta llamada. Iré inmediatamente a verte».

Miré asombrado a Ernest. La habitación pareció llenarse de repente de un aire viscoso y estancado. Sentí que se me contraía la piel y se erizaban mis cabellos cuando oí aquel horroroso relato. Ernest movía la cabeza a un lado y otro sobre la almohada, como tratando de luchar con aquellos pensamientos que torturaban su mente.

—Me senté en el sillón y esperé —continuó mi amigo—. ¿Esperar qué? No lo sabía en aquel momento. Entonces oí que la puerta principal se abrió completamente, a pesar de que Stephen siempre la tenía cerrada. Las cortinas empezaron a agitarse como la vela de un barco, al mismo tiempo que una corriente de aire helado penetraba en mi habitación. Luego sentí un penetrante olor de moho, de tierra y de humedad. Vestida de blanco, llegó ella...

La voz de Ernest se quebró. Su rostro se volvió azulado; empezó a dar boqueadas; sus ojos se revolvieron. Como nunca había visto morir a nadie, me sentí estupefacto, fascinado, profundamente asustado, incapaz de gritar pidiendo auxilio. Su cuerpo se puso tieso y luego cayó hacia atrás. Cogí mi pañuelo y cerré cuidadosamente aquellos ojos fijos y brillantes.

Entonces llamé..., bueno, temo que empecé a gritar llamando a Stephen. El rostro de este reflejaba palpablemente su aflicción y ansiedad. Le rogué que telefoneara a un médico y a la policía.

Mientras esperaba al lado de mi amigo muerto, me puse a observar cuidadosamente la habitación.

En línea directa desde la puerta al sillón favorito de Ernest estaban aquellas huellas fangosas de pasos que Stephen me había impedido pisar hacía unos instantes. Me levanté para estudiarlas más cuidadosamente. Entonces vi horrorizado que en las pelusas de la alfombra que cubría el suelo de madera, estaban grabadas las huellas inconfundibles de unos zapatos de mujer.

La distante - Alberto Chimal

    Cuando el Este del mundo no sabía del Oeste, hubo, en el borde del Gran Desierto, una ciudad. Se llamaba Kadur, la de Altas Paredes, por los muros enormes, de piedra y acero, que la protegían de todo ataque. Estos muros se juntaban en cuatro esquinas, que señalaban los puntos cardinales. En cada esquina se elevaba una torre. En lo más alto de cada torre había centinelas, y uno de ellos se llamaba Manek.

    No pasaba de los dieciséis. Era alto, desgarbado y tan flaco, decían, como en sus años de infancia, y en esto, como en que era retraído, torpe de trato, inseguro de su cuerpo y su alma que crecían, no era distinto de otros muchachos. Pero tenía, como un don, la mirada más larga: los ojos más agudos y poderosos que jamás hayan sido.

    No miento. Podía distinguir las gotas de lluvia en una tormenta a leguas de distancia, o reconocer la cara un hombre a más de mil trancos; si miraba al suelo, podía ver las sombras cambiantes, minúsculas de los granos de polvo, que nunca forman dos veces la misma figura; si volvía la vista a Kadur, podía encontrar en las calles a su madre, a su padre, a cualquiera de sus hermanos, y podía seguirlo desde lo alto con tal escrúpulo que era capaz de decir, más tarde, cuántos pasos había dado de un lugar a otro, por ejemplo, o cuál había sido su ánimo durante el recorrido...

    Estaba siempre en el turno de la noche y en la torre del oeste, la más cercana a las arenas. Más de una vez había dado la alerta contra los bárbaros varraky, que entonces vivían en el Desierto y anhelaban la tierra verde; más de una vez, antes que los centinelas de otras torres, había visto la llegada de las caravanas que venían del este, por entre las montañas de Urga Kan, con alimentos y mercancías para la ciudad. 

    Todos aseguraban que llegaría lejos: podría subir cuanto quisiera, decían, en la guardia de las torres, llegar a capitán, pasar incluso al ejército del rey. Pero Manek no pensaba mucho en su porvenir, y en verdad no le hubiera molestado ser siempre un vigía, porque nada le gustaba más que subir cada día a las torres. Porque el mundo, desde la altura, se ofrecía pleno a sus ojos milagrosos.

    Una noche, a poco de la puesta del sol, Manek hacía guardia en la torre con Ankar, un muchacho tan joven como él. Los dos conversaban, aunque Manek no ponía toda el alma en ello, embelesado como estaba por las estrellas: cada una marcaba un ritmo distinto con su parpadeo, y las más cercanas al horizonte, las que rozaban el Desierto, eran cubiertas y descubiertas por la arena que el aire impulsaba. 

    En ese aparecer y desaparecer, como bien sabía Manek, podía leerse la velocidad y la dirección del viento, y aun pronosticar tormentas con mucha más exactitud que con otros métodos...

    Entonces la vio, pequeña, muy lejana, alumbrada apenas por las luces de la noche.

    Era una joven, allí, en medio del Desierto.

    Estaba inmóvil, de pie, con los brazos extendidos hacia él. Se veía y no, escondida a veces por la arena, como las estrellas, pero estaba en el suelo. Su piel era morena, como la de la gente de Kadur, y se cubría con una túnica blanca.

    Por primera vez en su vida, Manek se restregó los ojos, incapaz de creer en ellos.

    Y, también por primera vez, pidió a su amigo:

    --Mira allá.

    Ankar miró, dijo:

    --No veo nada --y Manek se dio cuenta de lo tonto que había sido, porque nadie sino él podría haberla visto, así de lejos estaba.

    Pero de todos modos, cuando él mismo volvió a mirar, la joven se había ido.

    --¿Qué tengo que ver? --pidió Ankar.

    --Ya se fue --le respondió Manek--. Era una muchacha --volvió a restregarse los ojos--. Nunca había visto a nadie tan lejos...

    Ankar sólo dijo: --Si la viste, es que estaba allí --y dio la alerta: un toque de cuerno que avisaba de alguien perdido en el Desierto. De inmediato subió un capitán, para saber a dónde tenía que partir con su destacamento, y les preguntó:

    --¿Cómo es?

    --Es una mujer --respondió Manek--. Está sola, en aquella dirección, a tantas leguas como el horizonte. Su traza es de oriental. Viste de blanco, así que la luna ayudará a verla.

    El capitán permaneció callado un momento, y luego, desde lo alto, ordenó romper filas a su tropa, que esperaba abajo.

    --¿No van a ir por ella, capitán? --preguntó Ankar, indignado.

    --No es varraky --dijo Manek.

    --Tampoco es alguien a quien pueda asistir --respondió el capitán--, y les voy a decir por qué, aunque me asombra que no lo sepan ya. ¿No se cuenta aquí arriba la leyenda de la Distante, de Akundi la Maldita?

    Así les dijo, y ustedes, como Ankar y Manek, de seguro tampoco saben de esa historia, como que fue de las primeras leyendas del mundo, mucho antes del tiempo de las magas y los hechiceros, y ya en ese tiempo antiguo se estaba olvidando.

    --Hace mucho tiempo --dijo el capitán--, vivió en Kadur una joven llamada Akundi. Era muy hermosa y muy vana: despreciaba a todos y no dejaba que se le acercaran. Humillaba a quien lo intentara y se burlaba de él. Y porque su belleza era grande, muchos no querían rendirse y volvían a buscarla, una y otra vez, para ser despedidos con risas y palabras hirientes. Pero un día, un dios, un poder del mundo, llegó hasta Akundi y la alabó como ninguno, con las más hermosas palabras, con la sinceridad más grande y más clara. 

    Y Akundi sólo pensó en el goce de humillarlo, de burlar su porfía, y lo insultó como nunca había insultado a nadie. Lo llamó escoria, malnacido, lastre y viento, y le dijo que no había nacido quien pudiera pretenderla; que no sería, ciertamente, alguien como él, y que ni el mundo ni el tiempo ni el destino la harían acercarse, entretanto, a ningún otro.

    »Y él, o ella, o aquello, pues la condición de los dioses no es la de los hombres, enfureció, y en su ira la maldijo.

    »Ella vivía en la calle de Siboki. Una mañana salió, dio un paso, y fue como si hubiese dado cinco. En un instante estuvo en el mercado; al siguiente, en las alcabalas. Tuvo miedo y quiso regresar, pero cada paso, por más firme que fuera su intención, la apartaba más. Y entonces descubrió que no podía detenerse: sus pies no la obedecían, y ella daba voces pidiendo ayuda, pero nadie se atrevió a acercarse. Erró por las calles, cada vez más cerca de las murallas, como arrebatada por un espíritu. Salió de la ciudad en un grito y se internó en el desierto, sin que los varraky consiguieran alcanzarla, cada vez más rápido y más lejos, y aún está allí. Está condenada a estar lejos de todo, para siempre. Nadie puede acercársele.

    »Entiendan: quien la ve, la ve siempre en el sitio más remoto, tan lejos como alcance su mirada. Y el que no quiera respetar la maldición, el que a pesar de todo quiera buscarla, será maldito también, y no volverá jamás al lugar del que parta. Como ella, que a donde avance nunca progresa, y parece siempre en ese lugar en el que acaban las distancias, y no muere porque así lo decreta su sentencia: para que no deje de ver y sufrir la lejanía.

    El capitán refirió también la última parte de la maldición: que quien alcanzara a Akundi podría salvarla, y dar un gran don al mundo.

    --Pero esos son cuentos --sentenció--. ¿Cómo la va a alcanzar, si no puede acercársele? --y sin más se despidió y bajó de la torre.

    Ankar se puso a parlotear, como antes, lleno de maravilla por aquellas cosas que hasta entonces había ignorado, pero Manek se quedó en silencio, mirando al horizonte. Y a partir de ese día, aunque no lo admitiera ni para sí mismo, comenzó a esforzarse por ver más y más lejos. 

    Olvidó las proezas que acostumbraba hacer con cosas pequeñas o cercanas, y se concentró en contar los carros y la gente de las caravanas en cuanto las veía; en avistar a los halcones maihau, que desde su nacimiento hasta la muerte no tocan el suelo; en leer los signos de tormentas que jamás llegaban a la linde del desierto, y azotaban sólo las arenas profundas.

    Además, si hasta entonces había ignorado buena parte de la vida de sus compañeros, y nunca seguía a Ankar ni a otros en sus correrías por la ciudad, pronto comenzó a incitarlos a que lo dejaran montar guardia solo. Así, mientras ellos se divertían abajo, él se quedaba mirando, mirando siempre...

    Hasta que un día volvió a verla, tan lejos como antes, con los brazos extendidos y el rostro diminuto, casi invisible, torcido en una mueca de dolor.

    Entonces Manek supo que era verdad: que estaba viendo a Akundi la Distante, la que jamás volvería a las ciudades de los hombres, y sintió mucho miedo.

    Pero Akundi lo miró a los ojos, y levantó la mano en un saludo, y la pena en su cara desapareció, y Manek supo que ella también podía verlo. Que su mirada, por obra de la maldición, para hacer más dura su pena, era tan potente como la de él.

    Y en vez de asustarse más, de mirar hacia otro lado o marcharse corriendo como habríamos hecho casi todos, la saludó también, y allí se perdió para Kadur, para la guardia de las torres y el ejército del rey, pues a partir de entonces no dejaron de verse, todos los días sin falta, al caer la noche.

    Manek se limitó, primero, a hacerle ver que estaba allí a una hora fija: que no subía a la torre a burlarse de su desventura. Luego le sonrió y observó las sonrisas de ella. Más tarde, y tras muchas vacilaciones, comenzaron a hablar. No podían oírse, porque sus oídos no eran tan milagrosos como sus ojos, pero los dos hablaban la Lengua del Este, de la que provienen tantas de nuestros tiempos, y pronto descubrieron que podían leerse los labios si pronunciaban las palabras con cuidado. 

    Así, en silencio, sostuvieron muchas conversaciones. Hablaban de cosas sencillas: las que podían decirse dos muchachos que apenas habían vivido, pero los dos atendían con asombro a las palabras del otro. Pues a Manek lo sorprendían las historias de ella, que eran del pasado remoto y legendario, y a Akundi le parecía que él era un enviado del futuro, de un tiempo de portentos y grandes hazañas.

    --Se habla en la ciudad --decía Manek, sin que saliera sonido alguno de su boca-- de los sabios del Este. Se dice que tienen aparatos, canutos de madera, vidrios con formas extrañas, que les permiten ver tanto como yo y más aún.

    --Espero --contestaba Akundi-- que ninguna de esas cosas llegue a tus manos. Con uno de esos vidrios, tu visión me empujaría más allá del horizonte...

    --Podrías llegar a las tierras del Oeste --sugería Manek.

    --Oh, sí, al Oeste --replicaba Akundi.

    Y los dos reían, porque en ese tiempo nadie creía que hubiese algo más allá del Gran Desierto.

    --Pero cuéntame de ti --decía ella--. ¿Alguna muchacha te despide al pie de la torre?

    Y Manek respondía que no, tímidamente, y ella decía que él era aún muy joven; y él le contaba de su infancia en Kadur, y luego hablaban de los notables de la ciudad, que siempre hacían y decían las mismas cosas; de la forma cambiante de las calles, de las canciones y los cuentos en boga; de la belleza que los dos, y nadie más en el mundo, podía percibir. Y así hasta que el sol brillaba a espaldas de Manek, y lo forzaba a despedirse y bajar de la torre.

    Aquel tiempo fue de contento para él, es decir, estuvo lleno de días semejantes, de horas que se mezclaban y eran una sola. Pues no había nadie como Akundi, según pensaba, y tenía razón, pero Manek lo creía como otros lo creen de otras muchachas, aun de las más ordinarias en Kadur y en todo el Este y en el mundo.

    Y por eso, aunque al principio le pesaban las advertencias del capitán y temía ser descubierto, pronto olvidó todo cuidado. Sus ojos empujaban a Akundi y la hacían invisible para cualquier otro. Nadie sino él podía ver sus labios y sus palabras.

    Y además, se decía, no me incita al mal. Ya no es soberbia. Nunca me dice que falte a mis deberes, ni que me consagre a ella...

    Esto duró hasta una noche, muy negra, en la que Manek le vio el rostro grave y triste.

    --¿Qué sucede? --preguntó él.

    --Tengo miedo --dijo ella-- de que pase algo terrible. ¿Es propio que siempre haya dos guardias en las otras torres y sólo tú en la del oeste?

    Sorprendido, Manek la vio decir que le tenía un gran afecto, que sus conversaciones la alegraban, pero que no debían verse más. Que nadie, jamás, debía ir hacia ella. Manek repuso que nunca había salido de la ciudad y que no lo haría.

    --Temo --dijo Akundi-- que lo haya hecho tu pensamiento.

    Y Manek tuvo ese miedo, el que llega con el fin de la dicha, y dijo que no, que no deseaba sino hablar con ella, que nunca había pensado en más. Y lo dijo tantas veces, con tal calor, de modo tan terminante, que al fin él mismo se dio cuenta.

    Sí, estaba mintiendo.

    Pero tanto se afanó él en convencerla, tanto protestó su mera simpatía, tanto quiso descifrar los matices de su rostro, sus emociones como eran reveladas por los párpados, las cejas, las comisuras de la boca, que no vio a los guerreros que, mucho más cerca, ocultos por la arena y la oscuridad, se aproximaban. 

    Eran varraky, sí, y eran miles, y al principio avanzaban con cautela, en grupos pequeños, ocultándose tras las dunas por miedo a los vigías. Pero al no ser descubiertos se envalentonaron. Y comenzaron a agruparse, y llegaron hasta los muros y los tocaron. Entonces dieron su grito de guerra...

    Pero ni eso oyó Manek. Seguía pidiendo, rogando, y tuvo que sobresaltarlo el grito de un centinela de la torre del este; Manek, aturdido, sólo pudo verlo pelear contra tres varraky mientras su compañero hacía sonar el cuerno. Luego, ante el muchacho, que vio cada herida y cada gota de sangre, los dos fueron muertos por los invasores y arrojados de la torre. 

    Y de pronto hubo dos guerreros más junto al propio Manek y él mismo tuvo que pelear, y apenas pudo porque era joven, e inexperto, y porque no podía creer lo que estaba pasando. Otros centinelas llegaron hasta él, sí, y pelearon también, y arrojaron a los varraky de la torre, pero luego pasaron la noche, que fue larga como muchos días, como una pesadilla, disparando flechas, dando tajos y mandobles, gritando alertas y órdenes a los soldados que peleaban abajo, a la luz de antorchas y de incendios.

    Muchos murieron en la batalla, muchos más fueron heridos o mutilados. Buena parte de la ciudad fue destruida. Los varraky fueron rechazados, justo un día después del primer ataque, pero en los años siguientes, crecidos por la facilidad con la que habían entrado en Kadur, tratarían de invadir la ciudad muchas otras veces. A pesar de todo se proclamó la victoria. Sin embargo, la gente no tardó en preguntarse cómo había ocurrido; cómo habían logrado llegar tantos, y tan cerca, sin que nadie diera la alerta; quiénes estaban de guardia en la torre del oeste...

    En el juicio, Manek dijo la verdad, defendió a sus amigos y se echó toda la culpa. Pero el cuerpo de guardias fue condenado a prisión y azotes, en castigo a su negligencia, y Manek a la horca: por los horrores que se habían visto en la ciudad, por la muerte y la devastación, y por el espanto, más grande todavía, de que la Distante hubiese aparecido nuevamente.

    Sólo algunos sabios y legistas, después de una junta apresurada, convencieron al rey de que Manek debía vivir.

    --Por su comercio --le dijeron-- con la Distante. Mientras más tiempo esté entre nosotros, mientras más estemos con él, más dolor y pena traerá a la ciudad. Ya está maldito también.

    Así, a la noche, Manek no estuvo en su puesto, sino ante la gran puerta de la ciudad, que miraba al este. Llevaba un atado con ropa y alimentos, que sus padres le habían dado a pesar de consejos y amenazas, y nada más. Nadie lo vio partir, y las puertas fueron cerradas de prisa tras él.

    Al escucharlas, Manek entendió que en verdad no iba a volver nunca al interior de la muralla, y levantó la vista. Ante él estaban las montañas de Urga Kan, que nunca había visto desde tan poca altura, y también Akundi: delante suyo, tan lejos como el horizonte, entre las montañas. Tenía la cabeza gacha y lágrimas en los ojos.

    Pero Manek lloraba también, y echó a andar, y se alejó de Kadur con la vista fija en el camino, los dientes apretados, la espalda muy tiesa para que nadie viera su dolor.

    En los años que siguieron, Manek erró por todo el Este, pues sólo quería encontrar la paz, el olvido entre gentes que no lo conocieran. Pero a donde llegaba era visto con recelo: algo en él desagradaba a quien lo viera, lo llevaba a pensar las peores cosas... No pocas veces, Manek fue confundido con asesinos y bandoleros, y si lograba quedarse en algún sitio, vencer la desconfianza, lo perdía su fama, que siempre terminaba por alcanzarlo y era vista como un mal augurio. 

    Y si aun entonces no se marchaba de donde estuviera, si a pesar de todo era aceptado o tolerado, las madres comenzaban a abortar, o los niños a morir, o las cosechas se perdían por plagas o heladas, o los hombres guerreaban...

    Sí, la maldición existía. El día en el que Manek llegó a Calint, un gran incendio quemó bosques y gente; a su paso por Jumakhilna el Mar de Lodo se secó; cuando lo vio la sibila de Borbandes, pues él llegó hasta ella para pedirle consejo, ayuda, siquiera consuelo, cuando se vieron a los ojos la sibila dio un grito horrible, y se desmayó, y al despertar perdió por un año todos sus poderes. 

    La llegada de Manek a un lugar terminó por ser anunciada, y temida, como una invasión; las puertas de todas partes se le cerraban, y algunos hasta lo perseguían, como a una bestia, por creer que su desgracia, y el peligro para el mundo, cesarían sólo con su muerte.

    Y como llevaba su vergüenza, como quería vivir pero no hacer más daño, Manek viajó desde Sintago en el norte hasta la tierra de los iondre; fue cazado por igual en Genidor y en los páramos de Rhunga; se refugió en las Ciudades Muertas de los janr y en la estepa de Daka; durmió en las Montañas de Humo, que ya en ese tiempo ennegrecían el cielo y anticipaban la Guerra Numerosa; robó frutos en Amor, la isla prohibida del Mar del Centro; tomó agua de los pozos de Mitrish, durmió en los basureros de Yedresamma...

    A donde fuera, Akundi iba con él. Siempre estaba allí, en el horizonte, tan lejos que nadie sino Manek podía verla. Aparecía en las cimas, en la otra orilla de los lagos y los ríos caudalosos, sobre el agua de los mares; en donde el aire y el sol borraban los caminos. Y aunque no hablaba su rostro era triste, más triste aún que el día en el que Manek la había visto por primera vez.

    Y he aquí que Manek, primero, agradeció su compañía, y sintió que aliviaba su pena, pero luego la vio como un espejo: un recordatorio de su propia locura y su desgracia. Y su mirada comenzó a desviarse de ella a las ciudades, los pueblos del mundo, a los que ya no se aventuraba. Así perdió la esperanza de poder detenerse en algún sitio, y se llenó de pesadumbre.

    Y una noche en la que Akundi apareció bajo la luna, ante las aguas de un lago tan remoto que parecía la pupila de un ojo, Manek supo, no con el pensamiento sino con su alma entera, con su vientre y su pecho y su cabeza, que era verdad: que no iba a tener paz ni reposo, que avanzaría por siempre, cada vez más lejos de todo, siempre aborrecido. 

    Entonces la pesadumbre se convirtió en rabia, y Manek gritó, y le dijo a Akundi que la odiaba, que la aborrecía, que lamentaba haber nacido si en su destino estaba conocerla. Porque él también se perdería para el mundo, dijo; porque había sido maldito, sin remisión, sin esperanza, y todo por ella...

    Akundi lo miró hablar durante horas, durante la noche entera, en verdad hasta que Manek perdió la voz, por tanto hablar y gritar sin pausa, y cerró la boca.

    Entonces él la vio decir: --Manek, yo soy culpable de mi falta, pero no de la tuya.

    Manek le reprochó, él también en silencio ahora, que lo hubiese distraído.

    --¿Te distraje? --le preguntó Akundi-- Eras tú el que no callaba, el que insistía.

    Manek pensó que debía decir algo, no dejarle a ella la última palabra, y le preguntó, con saña, con toda la malicia de que era capaz, por qué había tardado tanto. Por qué para despedirse había elegido, de entre todas, aquella noche. Y Akundi calló otra vez.

    Pero al cabo le dijo por qué, y Manek deseó, como nunca antes, como nunca después lo desearía, apartarse de todo: cerrar los ojos, dormir, olvidar el mundo y su marcha. Pues Akundi murmuró, sus labios apenas se movieron, y dijo:

    --Porque mi propio pensamiento ya estaba contigo.

    Así supo Manek, como sabía de su perdición, que su propio amor lo había condenado, y que todo aquello, tal vez, era parte de su propio destino, inapelable y fijo desde siempre.

    Entonces se levantó y corrió, corrió hacia ella, con la vista fija en su cara, sin atender al camino que seguía..., loco, sí, lleno de dolor, ciego a las súplicas de Akundi que le rogaba detenerse, aceptar su suerte, no agregar a su ruina la de otros. 

    Así Manek recorrió el Este por segunda vez, sin objeto ni plan en su locura, y la muerte y el dolor lo seguían, llenando a todos de miedo.

    Pero de esto nada más puede decirse, porque aún hoy se recuerda el paso del Maldito en algunos lugares, aparejado a las leyendas más terribles y antiguas, pero Manek no lo supo nunca. Una mañana, despertó y se encontró en las montañas de Urga Kan. Ante sus ojos estaban las murallas de Kadur, más lejos estaba el Gran Desierto, y más lejos aún, entre la arena, su amada, como el primer día. La arena la cubría y la descubría, allá en el horizonte.

    Entonces Manek recobró la razón, o tal vez comprendió que su vida, si estaba en el destino, tenía una forma.

    --Akundi --murmuró.

    Ella alzó la vista y le sonrió, a pesar de todo, porque ya no estaba loco. Él dijo que la amaba, que no deseaba sino estar con ella, y que la maldición se lo impedía.

    --Así que voy a seguir caminando --dijo también.

    --¿Hacia el Desierto? --preguntó ella.

    Manek asintió, y echó a andar otra vez, y pasó cerca de Kadur, sin detenerse, ante la mirada de los vigías de las altas paredes. Nadie lo reconoció porque se había hecho un hombre, alto y delgado, enjuto como un peregrino, de rostro ceñudo y largo andar. 

    Y su alma, si alguien hubiera podido verla, si en verdad el alma tiene aspecto de cosa visible para algunos elegidos, como se dice ahora, su alma, digo, era brillante, ligera, como una llama viva: atemperada por las cenizas del pesar, pero no por la angustia.

    Y llegó al borde de la arena, lo dejó atrás, y avanzó, y siguió avanzando, y otra vez, como antes en la dicha o la congoja, los días se acumularon y se confundieron, porque Manek no se detuvo y fue, fue, fue cada vez más lejos, y empujaba a Akundi con su vista, porque ella siempre estaba allá, lejos, junto con las estrellas y las tormentas. 

    Alguna vez Manek pensó que ella tampoco volvería nunca, ni sería vista más, porque nadie habría después de él con la vista prodigiosa que haría falta para verla allá, tan lejos. Pero ella no decía nada, y Manek siguió adelante, y llegó más allá que nadie antes que él.

    Lo supo una mañana: sus piernas se negaron a sostenerlo, cayó de rodillas, y mientras reposaba, pensando que no debía faltarle mucho, se atrevió a mirar atrás. Y vio que, desde aquel lugar no se veían las tierras del Este. No se veía Kadur. Aun ante sus ojos portentosos sólo había arena y cielo. Estaba en el centro mismo del Desierto, o tal vez, así lo pensó, porque el cansancio y el calor le abrasaban el cuerpo y la cabeza, en un mundo que era todo Desierto, sin señales ni caminos ni fin. Un lugar en el que cualquier punto era igualmente cercano, igualmente lejano de todos los otros, porque en él la distancia no tenía sentido.

    Entonces volvió a mirar hacia adelante, a Akundi, y la vio.

    Y ya no estaba sobre la línea del horizonte.

    Caminaba. Sí, caminaba, hacia él, se acercaba, su figura crecía, y también el espanto de ella, y el de él, porque cada vez estaba más cerca, porque sus pasos hacían más pequeña la distancia.

    Él, como pudo, se levantó. Dio unos pasos, tropezó, volvió a levantarse.

    Y lo ayudaron unas manos suaves, morenas, que lo aferraban como si no creyeran que estuviese allí. Manek levantó su propia mano, áspera, basta, y tocó un rostro.

    Akundi puso una mano sobre la de él.

    Y su voz se oyó áspera, desmañada, porque no la había usado en mucho tiempo.

    --La maldición... --comenzó.

    Y Manek quiso decir algo, preguntar qué había pasado, qué broma o burla horrible del Desierto era aquello, o decir que no lo creía, que no podía ser, que ya estaba muerto.

    Pero poco a poco, mientras sentía en su mano la mano de ella, mientras olía el aroma de su piel, mientras procuraba dominar el estupor y la debilidad, entendió.

    Sólo quien la alcanzara podría salvarla, decía la maldición, y él la había alcanzado. Ahora, como ella, él estaba lejos de todo, para siempre.

    Sintió la arena en su boca, el sabor de la sed, y supo que no podrían salir del Desierto. Miró hacia el sol, como había hecho tantas veces al amanecer, en la torre del oeste, y como siempre tuvo que apartar la vista. Pero al hacerlo vio, ante sí, la cara de Akundi que le sonreía, y Manek pensó que había hecho bien.

    Y supo, plenamente, como antes su amor y su condena, otra verdad: que allí, ante la certeza de la muerte, conocía la paz.

    Para los que recuerden la última parte de la leyenda de Akundi, la que Manek supo de un capitán en una noche de Kadur, diré que muchos, muchos años después, el gran Ganuga, el Valiente, el Esforzado, iba por el Gran Desierto. 

    Ya conocen su misión: hallar el Oeste, que nadie había visto, en el que nadie creía, para cumplir con el designio de Ombara, la primera maga, única hija fiel de Amma, la Madre Primigenia; para encontrar la Piedra de la Noche, la perdida desde la creación del mundo, cuya falta ponía en peligro la unidad de todo lo viviente. Han oído las leyendas y los cantos.

    Pero he aquí algo que ignoran de esa gesta: que Ganuga partió como jefe de una gran expedición, bien armada y pertrechada, y sólo a la mitad del camino se quedó solo: cuando todos sus compañeros hubieron muerto o desertado de vuelta al Este. 

    Entonces Ganuga, sediento, sin comida, erró por el Desierto y estuvo a punto de morir. Pero cuando iba a dejarse caer, cuando iba a rendirse al cansancio y la oscuridad, vio lejos, tan lejos como podía ver, casi en el borde del horizonte, una luz, una luz sobre la arena, el fulgor de una estrella. Pensó que sería agua, siquiera un charco, porque no raleaba ni guiñaba como los espejismos, y reunió fuerzas de donde pudo y avanzó.

    Y al llegar a donde estaba la luz, vio que era el reflejo del sol en dos esqueletos, blanqueados por el viento y los años, abrazados.

    Primero se llenó de ira, porque le pareció un juego cruel de los dioses, o del destino, que así se burlaban de él y de su empeño. Pero luego se sintió intrigado. Los que habían sido aquellos huesos habían llegado a morir allí. Uno había sido mujer, el otro hombre, y estaban abrazados, según le pareció a Ganuga, con ternura. No con miedo, no con rabia. Se habían amado.

    Esto lo hizo pensar. Éste no es el lugar de mi muerte, se dijo, y también: Aunque yazga sólo un poco más lejos, no debo hacerlo aquí, con ellos.

    Y luego: Tengo que continuar.

    Así que levantó la cabeza, y al hacerlo vio otro reflejo, más cercano, tras una duna, y ahora sí: ahora sí era el reflejo del agua.

    Una laguna, una poza oscura y fresca rodeada de palmeras. Un oasis que acababa de aparecer, que no había estado allí un momento antes.

    Y como todos saben el origen de ese milagro, saben también, ahora, cuál el don que Manek y Akundi dieron al mundo, pues gracias a ellos Ganuga no se rindió, y no aceptó la muerte, y así pudo llegar al oasis, descansar, continuar su viaje hacia el Oeste, hacia las aventuras y fatigas que lo esperaban.

    Por eso la historia de la Distante está casi olvidada, como parte diminuta que es de la gran gesta de Ganuga. Y por eso es justo que aquel lugar: el Oasis de Mankune, en el centro mismo del Gran Desierto, se llame así, pues el nombre quiere decir Estrella de la Arena. Como Akundi, la amada de Manek, cuando él la observaba desde su torre en la ciudad de Kadur.