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La distante - Alberto Chimal

    Cuando el Este del mundo no sabía del Oeste, hubo, en el borde del Gran Desierto, una ciudad. Se llamaba Kadur, la de Altas Paredes, por los muros enormes, de piedra y acero, que la protegían de todo ataque. Estos muros se juntaban en cuatro esquinas, que señalaban los puntos cardinales. En cada esquina se elevaba una torre. En lo más alto de cada torre había centinelas, y uno de ellos se llamaba Manek.

    No pasaba de los dieciséis. Era alto, desgarbado y tan flaco, decían, como en sus años de infancia, y en esto, como en que era retraído, torpe de trato, inseguro de su cuerpo y su alma que crecían, no era distinto de otros muchachos. Pero tenía, como un don, la mirada más larga: los ojos más agudos y poderosos que jamás hayan sido.

    No miento. Podía distinguir las gotas de lluvia en una tormenta a leguas de distancia, o reconocer la cara un hombre a más de mil trancos; si miraba al suelo, podía ver las sombras cambiantes, minúsculas de los granos de polvo, que nunca forman dos veces la misma figura; si volvía la vista a Kadur, podía encontrar en las calles a su madre, a su padre, a cualquiera de sus hermanos, y podía seguirlo desde lo alto con tal escrúpulo que era capaz de decir, más tarde, cuántos pasos había dado de un lugar a otro, por ejemplo, o cuál había sido su ánimo durante el recorrido...

    Estaba siempre en el turno de la noche y en la torre del oeste, la más cercana a las arenas. Más de una vez había dado la alerta contra los bárbaros varraky, que entonces vivían en el Desierto y anhelaban la tierra verde; más de una vez, antes que los centinelas de otras torres, había visto la llegada de las caravanas que venían del este, por entre las montañas de Urga Kan, con alimentos y mercancías para la ciudad. 

    Todos aseguraban que llegaría lejos: podría subir cuanto quisiera, decían, en la guardia de las torres, llegar a capitán, pasar incluso al ejército del rey. Pero Manek no pensaba mucho en su porvenir, y en verdad no le hubiera molestado ser siempre un vigía, porque nada le gustaba más que subir cada día a las torres. Porque el mundo, desde la altura, se ofrecía pleno a sus ojos milagrosos.

    Una noche, a poco de la puesta del sol, Manek hacía guardia en la torre con Ankar, un muchacho tan joven como él. Los dos conversaban, aunque Manek no ponía toda el alma en ello, embelesado como estaba por las estrellas: cada una marcaba un ritmo distinto con su parpadeo, y las más cercanas al horizonte, las que rozaban el Desierto, eran cubiertas y descubiertas por la arena que el aire impulsaba. 

    En ese aparecer y desaparecer, como bien sabía Manek, podía leerse la velocidad y la dirección del viento, y aun pronosticar tormentas con mucha más exactitud que con otros métodos...

    Entonces la vio, pequeña, muy lejana, alumbrada apenas por las luces de la noche.

    Era una joven, allí, en medio del Desierto.

    Estaba inmóvil, de pie, con los brazos extendidos hacia él. Se veía y no, escondida a veces por la arena, como las estrellas, pero estaba en el suelo. Su piel era morena, como la de la gente de Kadur, y se cubría con una túnica blanca.

    Por primera vez en su vida, Manek se restregó los ojos, incapaz de creer en ellos.

    Y, también por primera vez, pidió a su amigo:

    --Mira allá.

    Ankar miró, dijo:

    --No veo nada --y Manek se dio cuenta de lo tonto que había sido, porque nadie sino él podría haberla visto, así de lejos estaba.

    Pero de todos modos, cuando él mismo volvió a mirar, la joven se había ido.

    --¿Qué tengo que ver? --pidió Ankar.

    --Ya se fue --le respondió Manek--. Era una muchacha --volvió a restregarse los ojos--. Nunca había visto a nadie tan lejos...

    Ankar sólo dijo: --Si la viste, es que estaba allí --y dio la alerta: un toque de cuerno que avisaba de alguien perdido en el Desierto. De inmediato subió un capitán, para saber a dónde tenía que partir con su destacamento, y les preguntó:

    --¿Cómo es?

    --Es una mujer --respondió Manek--. Está sola, en aquella dirección, a tantas leguas como el horizonte. Su traza es de oriental. Viste de blanco, así que la luna ayudará a verla.

    El capitán permaneció callado un momento, y luego, desde lo alto, ordenó romper filas a su tropa, que esperaba abajo.

    --¿No van a ir por ella, capitán? --preguntó Ankar, indignado.

    --No es varraky --dijo Manek.

    --Tampoco es alguien a quien pueda asistir --respondió el capitán--, y les voy a decir por qué, aunque me asombra que no lo sepan ya. ¿No se cuenta aquí arriba la leyenda de la Distante, de Akundi la Maldita?

    Así les dijo, y ustedes, como Ankar y Manek, de seguro tampoco saben de esa historia, como que fue de las primeras leyendas del mundo, mucho antes del tiempo de las magas y los hechiceros, y ya en ese tiempo antiguo se estaba olvidando.

    --Hace mucho tiempo --dijo el capitán--, vivió en Kadur una joven llamada Akundi. Era muy hermosa y muy vana: despreciaba a todos y no dejaba que se le acercaran. Humillaba a quien lo intentara y se burlaba de él. Y porque su belleza era grande, muchos no querían rendirse y volvían a buscarla, una y otra vez, para ser despedidos con risas y palabras hirientes. Pero un día, un dios, un poder del mundo, llegó hasta Akundi y la alabó como ninguno, con las más hermosas palabras, con la sinceridad más grande y más clara. 

    Y Akundi sólo pensó en el goce de humillarlo, de burlar su porfía, y lo insultó como nunca había insultado a nadie. Lo llamó escoria, malnacido, lastre y viento, y le dijo que no había nacido quien pudiera pretenderla; que no sería, ciertamente, alguien como él, y que ni el mundo ni el tiempo ni el destino la harían acercarse, entretanto, a ningún otro.

    »Y él, o ella, o aquello, pues la condición de los dioses no es la de los hombres, enfureció, y en su ira la maldijo.

    »Ella vivía en la calle de Siboki. Una mañana salió, dio un paso, y fue como si hubiese dado cinco. En un instante estuvo en el mercado; al siguiente, en las alcabalas. Tuvo miedo y quiso regresar, pero cada paso, por más firme que fuera su intención, la apartaba más. Y entonces descubrió que no podía detenerse: sus pies no la obedecían, y ella daba voces pidiendo ayuda, pero nadie se atrevió a acercarse. Erró por las calles, cada vez más cerca de las murallas, como arrebatada por un espíritu. Salió de la ciudad en un grito y se internó en el desierto, sin que los varraky consiguieran alcanzarla, cada vez más rápido y más lejos, y aún está allí. Está condenada a estar lejos de todo, para siempre. Nadie puede acercársele.

    »Entiendan: quien la ve, la ve siempre en el sitio más remoto, tan lejos como alcance su mirada. Y el que no quiera respetar la maldición, el que a pesar de todo quiera buscarla, será maldito también, y no volverá jamás al lugar del que parta. Como ella, que a donde avance nunca progresa, y parece siempre en ese lugar en el que acaban las distancias, y no muere porque así lo decreta su sentencia: para que no deje de ver y sufrir la lejanía.

    El capitán refirió también la última parte de la maldición: que quien alcanzara a Akundi podría salvarla, y dar un gran don al mundo.

    --Pero esos son cuentos --sentenció--. ¿Cómo la va a alcanzar, si no puede acercársele? --y sin más se despidió y bajó de la torre.

    Ankar se puso a parlotear, como antes, lleno de maravilla por aquellas cosas que hasta entonces había ignorado, pero Manek se quedó en silencio, mirando al horizonte. Y a partir de ese día, aunque no lo admitiera ni para sí mismo, comenzó a esforzarse por ver más y más lejos. 

    Olvidó las proezas que acostumbraba hacer con cosas pequeñas o cercanas, y se concentró en contar los carros y la gente de las caravanas en cuanto las veía; en avistar a los halcones maihau, que desde su nacimiento hasta la muerte no tocan el suelo; en leer los signos de tormentas que jamás llegaban a la linde del desierto, y azotaban sólo las arenas profundas.

    Además, si hasta entonces había ignorado buena parte de la vida de sus compañeros, y nunca seguía a Ankar ni a otros en sus correrías por la ciudad, pronto comenzó a incitarlos a que lo dejaran montar guardia solo. Así, mientras ellos se divertían abajo, él se quedaba mirando, mirando siempre...

    Hasta que un día volvió a verla, tan lejos como antes, con los brazos extendidos y el rostro diminuto, casi invisible, torcido en una mueca de dolor.

    Entonces Manek supo que era verdad: que estaba viendo a Akundi la Distante, la que jamás volvería a las ciudades de los hombres, y sintió mucho miedo.

    Pero Akundi lo miró a los ojos, y levantó la mano en un saludo, y la pena en su cara desapareció, y Manek supo que ella también podía verlo. Que su mirada, por obra de la maldición, para hacer más dura su pena, era tan potente como la de él.

    Y en vez de asustarse más, de mirar hacia otro lado o marcharse corriendo como habríamos hecho casi todos, la saludó también, y allí se perdió para Kadur, para la guardia de las torres y el ejército del rey, pues a partir de entonces no dejaron de verse, todos los días sin falta, al caer la noche.

    Manek se limitó, primero, a hacerle ver que estaba allí a una hora fija: que no subía a la torre a burlarse de su desventura. Luego le sonrió y observó las sonrisas de ella. Más tarde, y tras muchas vacilaciones, comenzaron a hablar. No podían oírse, porque sus oídos no eran tan milagrosos como sus ojos, pero los dos hablaban la Lengua del Este, de la que provienen tantas de nuestros tiempos, y pronto descubrieron que podían leerse los labios si pronunciaban las palabras con cuidado. 

    Así, en silencio, sostuvieron muchas conversaciones. Hablaban de cosas sencillas: las que podían decirse dos muchachos que apenas habían vivido, pero los dos atendían con asombro a las palabras del otro. Pues a Manek lo sorprendían las historias de ella, que eran del pasado remoto y legendario, y a Akundi le parecía que él era un enviado del futuro, de un tiempo de portentos y grandes hazañas.

    --Se habla en la ciudad --decía Manek, sin que saliera sonido alguno de su boca-- de los sabios del Este. Se dice que tienen aparatos, canutos de madera, vidrios con formas extrañas, que les permiten ver tanto como yo y más aún.

    --Espero --contestaba Akundi-- que ninguna de esas cosas llegue a tus manos. Con uno de esos vidrios, tu visión me empujaría más allá del horizonte...

    --Podrías llegar a las tierras del Oeste --sugería Manek.

    --Oh, sí, al Oeste --replicaba Akundi.

    Y los dos reían, porque en ese tiempo nadie creía que hubiese algo más allá del Gran Desierto.

    --Pero cuéntame de ti --decía ella--. ¿Alguna muchacha te despide al pie de la torre?

    Y Manek respondía que no, tímidamente, y ella decía que él era aún muy joven; y él le contaba de su infancia en Kadur, y luego hablaban de los notables de la ciudad, que siempre hacían y decían las mismas cosas; de la forma cambiante de las calles, de las canciones y los cuentos en boga; de la belleza que los dos, y nadie más en el mundo, podía percibir. Y así hasta que el sol brillaba a espaldas de Manek, y lo forzaba a despedirse y bajar de la torre.

    Aquel tiempo fue de contento para él, es decir, estuvo lleno de días semejantes, de horas que se mezclaban y eran una sola. Pues no había nadie como Akundi, según pensaba, y tenía razón, pero Manek lo creía como otros lo creen de otras muchachas, aun de las más ordinarias en Kadur y en todo el Este y en el mundo.

    Y por eso, aunque al principio le pesaban las advertencias del capitán y temía ser descubierto, pronto olvidó todo cuidado. Sus ojos empujaban a Akundi y la hacían invisible para cualquier otro. Nadie sino él podía ver sus labios y sus palabras.

    Y además, se decía, no me incita al mal. Ya no es soberbia. Nunca me dice que falte a mis deberes, ni que me consagre a ella...

    Esto duró hasta una noche, muy negra, en la que Manek le vio el rostro grave y triste.

    --¿Qué sucede? --preguntó él.

    --Tengo miedo --dijo ella-- de que pase algo terrible. ¿Es propio que siempre haya dos guardias en las otras torres y sólo tú en la del oeste?

    Sorprendido, Manek la vio decir que le tenía un gran afecto, que sus conversaciones la alegraban, pero que no debían verse más. Que nadie, jamás, debía ir hacia ella. Manek repuso que nunca había salido de la ciudad y que no lo haría.

    --Temo --dijo Akundi-- que lo haya hecho tu pensamiento.

    Y Manek tuvo ese miedo, el que llega con el fin de la dicha, y dijo que no, que no deseaba sino hablar con ella, que nunca había pensado en más. Y lo dijo tantas veces, con tal calor, de modo tan terminante, que al fin él mismo se dio cuenta.

    Sí, estaba mintiendo.

    Pero tanto se afanó él en convencerla, tanto protestó su mera simpatía, tanto quiso descifrar los matices de su rostro, sus emociones como eran reveladas por los párpados, las cejas, las comisuras de la boca, que no vio a los guerreros que, mucho más cerca, ocultos por la arena y la oscuridad, se aproximaban. 

    Eran varraky, sí, y eran miles, y al principio avanzaban con cautela, en grupos pequeños, ocultándose tras las dunas por miedo a los vigías. Pero al no ser descubiertos se envalentonaron. Y comenzaron a agruparse, y llegaron hasta los muros y los tocaron. Entonces dieron su grito de guerra...

    Pero ni eso oyó Manek. Seguía pidiendo, rogando, y tuvo que sobresaltarlo el grito de un centinela de la torre del este; Manek, aturdido, sólo pudo verlo pelear contra tres varraky mientras su compañero hacía sonar el cuerno. Luego, ante el muchacho, que vio cada herida y cada gota de sangre, los dos fueron muertos por los invasores y arrojados de la torre. 

    Y de pronto hubo dos guerreros más junto al propio Manek y él mismo tuvo que pelear, y apenas pudo porque era joven, e inexperto, y porque no podía creer lo que estaba pasando. Otros centinelas llegaron hasta él, sí, y pelearon también, y arrojaron a los varraky de la torre, pero luego pasaron la noche, que fue larga como muchos días, como una pesadilla, disparando flechas, dando tajos y mandobles, gritando alertas y órdenes a los soldados que peleaban abajo, a la luz de antorchas y de incendios.

    Muchos murieron en la batalla, muchos más fueron heridos o mutilados. Buena parte de la ciudad fue destruida. Los varraky fueron rechazados, justo un día después del primer ataque, pero en los años siguientes, crecidos por la facilidad con la que habían entrado en Kadur, tratarían de invadir la ciudad muchas otras veces. A pesar de todo se proclamó la victoria. Sin embargo, la gente no tardó en preguntarse cómo había ocurrido; cómo habían logrado llegar tantos, y tan cerca, sin que nadie diera la alerta; quiénes estaban de guardia en la torre del oeste...

    En el juicio, Manek dijo la verdad, defendió a sus amigos y se echó toda la culpa. Pero el cuerpo de guardias fue condenado a prisión y azotes, en castigo a su negligencia, y Manek a la horca: por los horrores que se habían visto en la ciudad, por la muerte y la devastación, y por el espanto, más grande todavía, de que la Distante hubiese aparecido nuevamente.

    Sólo algunos sabios y legistas, después de una junta apresurada, convencieron al rey de que Manek debía vivir.

    --Por su comercio --le dijeron-- con la Distante. Mientras más tiempo esté entre nosotros, mientras más estemos con él, más dolor y pena traerá a la ciudad. Ya está maldito también.

    Así, a la noche, Manek no estuvo en su puesto, sino ante la gran puerta de la ciudad, que miraba al este. Llevaba un atado con ropa y alimentos, que sus padres le habían dado a pesar de consejos y amenazas, y nada más. Nadie lo vio partir, y las puertas fueron cerradas de prisa tras él.

    Al escucharlas, Manek entendió que en verdad no iba a volver nunca al interior de la muralla, y levantó la vista. Ante él estaban las montañas de Urga Kan, que nunca había visto desde tan poca altura, y también Akundi: delante suyo, tan lejos como el horizonte, entre las montañas. Tenía la cabeza gacha y lágrimas en los ojos.

    Pero Manek lloraba también, y echó a andar, y se alejó de Kadur con la vista fija en el camino, los dientes apretados, la espalda muy tiesa para que nadie viera su dolor.

    En los años que siguieron, Manek erró por todo el Este, pues sólo quería encontrar la paz, el olvido entre gentes que no lo conocieran. Pero a donde llegaba era visto con recelo: algo en él desagradaba a quien lo viera, lo llevaba a pensar las peores cosas... No pocas veces, Manek fue confundido con asesinos y bandoleros, y si lograba quedarse en algún sitio, vencer la desconfianza, lo perdía su fama, que siempre terminaba por alcanzarlo y era vista como un mal augurio. 

    Y si aun entonces no se marchaba de donde estuviera, si a pesar de todo era aceptado o tolerado, las madres comenzaban a abortar, o los niños a morir, o las cosechas se perdían por plagas o heladas, o los hombres guerreaban...

    Sí, la maldición existía. El día en el que Manek llegó a Calint, un gran incendio quemó bosques y gente; a su paso por Jumakhilna el Mar de Lodo se secó; cuando lo vio la sibila de Borbandes, pues él llegó hasta ella para pedirle consejo, ayuda, siquiera consuelo, cuando se vieron a los ojos la sibila dio un grito horrible, y se desmayó, y al despertar perdió por un año todos sus poderes. 

    La llegada de Manek a un lugar terminó por ser anunciada, y temida, como una invasión; las puertas de todas partes se le cerraban, y algunos hasta lo perseguían, como a una bestia, por creer que su desgracia, y el peligro para el mundo, cesarían sólo con su muerte.

    Y como llevaba su vergüenza, como quería vivir pero no hacer más daño, Manek viajó desde Sintago en el norte hasta la tierra de los iondre; fue cazado por igual en Genidor y en los páramos de Rhunga; se refugió en las Ciudades Muertas de los janr y en la estepa de Daka; durmió en las Montañas de Humo, que ya en ese tiempo ennegrecían el cielo y anticipaban la Guerra Numerosa; robó frutos en Amor, la isla prohibida del Mar del Centro; tomó agua de los pozos de Mitrish, durmió en los basureros de Yedresamma...

    A donde fuera, Akundi iba con él. Siempre estaba allí, en el horizonte, tan lejos que nadie sino Manek podía verla. Aparecía en las cimas, en la otra orilla de los lagos y los ríos caudalosos, sobre el agua de los mares; en donde el aire y el sol borraban los caminos. Y aunque no hablaba su rostro era triste, más triste aún que el día en el que Manek la había visto por primera vez.

    Y he aquí que Manek, primero, agradeció su compañía, y sintió que aliviaba su pena, pero luego la vio como un espejo: un recordatorio de su propia locura y su desgracia. Y su mirada comenzó a desviarse de ella a las ciudades, los pueblos del mundo, a los que ya no se aventuraba. Así perdió la esperanza de poder detenerse en algún sitio, y se llenó de pesadumbre.

    Y una noche en la que Akundi apareció bajo la luna, ante las aguas de un lago tan remoto que parecía la pupila de un ojo, Manek supo, no con el pensamiento sino con su alma entera, con su vientre y su pecho y su cabeza, que era verdad: que no iba a tener paz ni reposo, que avanzaría por siempre, cada vez más lejos de todo, siempre aborrecido. 

    Entonces la pesadumbre se convirtió en rabia, y Manek gritó, y le dijo a Akundi que la odiaba, que la aborrecía, que lamentaba haber nacido si en su destino estaba conocerla. Porque él también se perdería para el mundo, dijo; porque había sido maldito, sin remisión, sin esperanza, y todo por ella...

    Akundi lo miró hablar durante horas, durante la noche entera, en verdad hasta que Manek perdió la voz, por tanto hablar y gritar sin pausa, y cerró la boca.

    Entonces él la vio decir: --Manek, yo soy culpable de mi falta, pero no de la tuya.

    Manek le reprochó, él también en silencio ahora, que lo hubiese distraído.

    --¿Te distraje? --le preguntó Akundi-- Eras tú el que no callaba, el que insistía.

    Manek pensó que debía decir algo, no dejarle a ella la última palabra, y le preguntó, con saña, con toda la malicia de que era capaz, por qué había tardado tanto. Por qué para despedirse había elegido, de entre todas, aquella noche. Y Akundi calló otra vez.

    Pero al cabo le dijo por qué, y Manek deseó, como nunca antes, como nunca después lo desearía, apartarse de todo: cerrar los ojos, dormir, olvidar el mundo y su marcha. Pues Akundi murmuró, sus labios apenas se movieron, y dijo:

    --Porque mi propio pensamiento ya estaba contigo.

    Así supo Manek, como sabía de su perdición, que su propio amor lo había condenado, y que todo aquello, tal vez, era parte de su propio destino, inapelable y fijo desde siempre.

    Entonces se levantó y corrió, corrió hacia ella, con la vista fija en su cara, sin atender al camino que seguía..., loco, sí, lleno de dolor, ciego a las súplicas de Akundi que le rogaba detenerse, aceptar su suerte, no agregar a su ruina la de otros. 

    Así Manek recorrió el Este por segunda vez, sin objeto ni plan en su locura, y la muerte y el dolor lo seguían, llenando a todos de miedo.

    Pero de esto nada más puede decirse, porque aún hoy se recuerda el paso del Maldito en algunos lugares, aparejado a las leyendas más terribles y antiguas, pero Manek no lo supo nunca. Una mañana, despertó y se encontró en las montañas de Urga Kan. Ante sus ojos estaban las murallas de Kadur, más lejos estaba el Gran Desierto, y más lejos aún, entre la arena, su amada, como el primer día. La arena la cubría y la descubría, allá en el horizonte.

    Entonces Manek recobró la razón, o tal vez comprendió que su vida, si estaba en el destino, tenía una forma.

    --Akundi --murmuró.

    Ella alzó la vista y le sonrió, a pesar de todo, porque ya no estaba loco. Él dijo que la amaba, que no deseaba sino estar con ella, y que la maldición se lo impedía.

    --Así que voy a seguir caminando --dijo también.

    --¿Hacia el Desierto? --preguntó ella.

    Manek asintió, y echó a andar otra vez, y pasó cerca de Kadur, sin detenerse, ante la mirada de los vigías de las altas paredes. Nadie lo reconoció porque se había hecho un hombre, alto y delgado, enjuto como un peregrino, de rostro ceñudo y largo andar. 

    Y su alma, si alguien hubiera podido verla, si en verdad el alma tiene aspecto de cosa visible para algunos elegidos, como se dice ahora, su alma, digo, era brillante, ligera, como una llama viva: atemperada por las cenizas del pesar, pero no por la angustia.

    Y llegó al borde de la arena, lo dejó atrás, y avanzó, y siguió avanzando, y otra vez, como antes en la dicha o la congoja, los días se acumularon y se confundieron, porque Manek no se detuvo y fue, fue, fue cada vez más lejos, y empujaba a Akundi con su vista, porque ella siempre estaba allá, lejos, junto con las estrellas y las tormentas. 

    Alguna vez Manek pensó que ella tampoco volvería nunca, ni sería vista más, porque nadie habría después de él con la vista prodigiosa que haría falta para verla allá, tan lejos. Pero ella no decía nada, y Manek siguió adelante, y llegó más allá que nadie antes que él.

    Lo supo una mañana: sus piernas se negaron a sostenerlo, cayó de rodillas, y mientras reposaba, pensando que no debía faltarle mucho, se atrevió a mirar atrás. Y vio que, desde aquel lugar no se veían las tierras del Este. No se veía Kadur. Aun ante sus ojos portentosos sólo había arena y cielo. Estaba en el centro mismo del Desierto, o tal vez, así lo pensó, porque el cansancio y el calor le abrasaban el cuerpo y la cabeza, en un mundo que era todo Desierto, sin señales ni caminos ni fin. Un lugar en el que cualquier punto era igualmente cercano, igualmente lejano de todos los otros, porque en él la distancia no tenía sentido.

    Entonces volvió a mirar hacia adelante, a Akundi, y la vio.

    Y ya no estaba sobre la línea del horizonte.

    Caminaba. Sí, caminaba, hacia él, se acercaba, su figura crecía, y también el espanto de ella, y el de él, porque cada vez estaba más cerca, porque sus pasos hacían más pequeña la distancia.

    Él, como pudo, se levantó. Dio unos pasos, tropezó, volvió a levantarse.

    Y lo ayudaron unas manos suaves, morenas, que lo aferraban como si no creyeran que estuviese allí. Manek levantó su propia mano, áspera, basta, y tocó un rostro.

    Akundi puso una mano sobre la de él.

    Y su voz se oyó áspera, desmañada, porque no la había usado en mucho tiempo.

    --La maldición... --comenzó.

    Y Manek quiso decir algo, preguntar qué había pasado, qué broma o burla horrible del Desierto era aquello, o decir que no lo creía, que no podía ser, que ya estaba muerto.

    Pero poco a poco, mientras sentía en su mano la mano de ella, mientras olía el aroma de su piel, mientras procuraba dominar el estupor y la debilidad, entendió.

    Sólo quien la alcanzara podría salvarla, decía la maldición, y él la había alcanzado. Ahora, como ella, él estaba lejos de todo, para siempre.

    Sintió la arena en su boca, el sabor de la sed, y supo que no podrían salir del Desierto. Miró hacia el sol, como había hecho tantas veces al amanecer, en la torre del oeste, y como siempre tuvo que apartar la vista. Pero al hacerlo vio, ante sí, la cara de Akundi que le sonreía, y Manek pensó que había hecho bien.

    Y supo, plenamente, como antes su amor y su condena, otra verdad: que allí, ante la certeza de la muerte, conocía la paz.

    Para los que recuerden la última parte de la leyenda de Akundi, la que Manek supo de un capitán en una noche de Kadur, diré que muchos, muchos años después, el gran Ganuga, el Valiente, el Esforzado, iba por el Gran Desierto. 

    Ya conocen su misión: hallar el Oeste, que nadie había visto, en el que nadie creía, para cumplir con el designio de Ombara, la primera maga, única hija fiel de Amma, la Madre Primigenia; para encontrar la Piedra de la Noche, la perdida desde la creación del mundo, cuya falta ponía en peligro la unidad de todo lo viviente. Han oído las leyendas y los cantos.

    Pero he aquí algo que ignoran de esa gesta: que Ganuga partió como jefe de una gran expedición, bien armada y pertrechada, y sólo a la mitad del camino se quedó solo: cuando todos sus compañeros hubieron muerto o desertado de vuelta al Este. 

    Entonces Ganuga, sediento, sin comida, erró por el Desierto y estuvo a punto de morir. Pero cuando iba a dejarse caer, cuando iba a rendirse al cansancio y la oscuridad, vio lejos, tan lejos como podía ver, casi en el borde del horizonte, una luz, una luz sobre la arena, el fulgor de una estrella. Pensó que sería agua, siquiera un charco, porque no raleaba ni guiñaba como los espejismos, y reunió fuerzas de donde pudo y avanzó.

    Y al llegar a donde estaba la luz, vio que era el reflejo del sol en dos esqueletos, blanqueados por el viento y los años, abrazados.

    Primero se llenó de ira, porque le pareció un juego cruel de los dioses, o del destino, que así se burlaban de él y de su empeño. Pero luego se sintió intrigado. Los que habían sido aquellos huesos habían llegado a morir allí. Uno había sido mujer, el otro hombre, y estaban abrazados, según le pareció a Ganuga, con ternura. No con miedo, no con rabia. Se habían amado.

    Esto lo hizo pensar. Éste no es el lugar de mi muerte, se dijo, y también: Aunque yazga sólo un poco más lejos, no debo hacerlo aquí, con ellos.

    Y luego: Tengo que continuar.

    Así que levantó la cabeza, y al hacerlo vio otro reflejo, más cercano, tras una duna, y ahora sí: ahora sí era el reflejo del agua.

    Una laguna, una poza oscura y fresca rodeada de palmeras. Un oasis que acababa de aparecer, que no había estado allí un momento antes.

    Y como todos saben el origen de ese milagro, saben también, ahora, cuál el don que Manek y Akundi dieron al mundo, pues gracias a ellos Ganuga no se rindió, y no aceptó la muerte, y así pudo llegar al oasis, descansar, continuar su viaje hacia el Oeste, hacia las aventuras y fatigas que lo esperaban.

    Por eso la historia de la Distante está casi olvidada, como parte diminuta que es de la gran gesta de Ganuga. Y por eso es justo que aquel lugar: el Oasis de Mankune, en el centro mismo del Gran Desierto, se llame así, pues el nombre quiere decir Estrella de la Arena. Como Akundi, la amada de Manek, cuando él la observaba desde su torre en la ciudad de Kadur.

El vampiro - J. W. Polidori

Sucedió que en medio de las diversiones propias del invierno londinense, en varias fiestas de las personas más significadas de la buena sociedad, apareció un noble que destacaba más por sus peculiaridades que por su rango. 

Contemplaba el regocijo de su alrededor como si no pudiera participar de él. Aparentemente, solo la suave risa de los demás llamaba su atención, y con una sola mirada podía acallarla, y meter el miedo en aquellos pechos en los que reinaba la despreocupación. 

Los que percibían esta sensación de reverente temor que provocaba no podían explicar cuál era su causa: algunos la atribuían a unos ojos grises e inertes, que al fijarse sobre los rostros parecía no verlos, pero cuya mirada penetraba hasta lo más recóndito de los corazones; caía a plomo sobre una mejilla y se quedaba sobre la piel que no podía atravesar. 

Sus peculiaridades hicieron que se lo invitase a todas las casas; todo el mundo quería verlo, y quienes estaban acostumbrados a la excitación violenta, y ahora experimentaban el peso del aburrimiento, se alegraron de tener algo capaz de atraer su atención. 

A pesar de la palidez de su rostro, cuyos rasgos eran sin embargo hermosos y agradables, y de que nunca adquiría color, ni por el rubor de la modestia ni por la fuerte emoción de la pasión, muchas de las féminas que iban detrás de la notoriedad, intentaron ganarse sus atenciones y atisbar al menos alguna señal de algo que pudiera llamarse afecto. 

Lady Mercer, que había sido objeto de burla por todos los monstruos a los que había arrastrado a su dormitorio desde su boda, se interpuso en su camino, y, salvo ponerse un traje de saltimbanqui, hizo de todo para llamar su atención, pero en vano; cuando se plantaba delante de él, si bien en apariencia sus ojos se fijaban en los de ella, no parecía darse cuenta de su presencia. 

Pese a su conocido descaro, la mujer finalmente se sintió frustrada y abandonó su intento. Pero aunque consumadas adúlteras no consiguieran de él ni siquiera una mirada, a este extraño personaje el sexo femenino no le era indiferente; sin embargo, era tal la discreción con que hablaba con la esposa virtuosa y con la hija inocente, que pocos se daban cuenta de que se dirigiera a las mujeres. 

Poseía, sin embargo, reputación de ser muy buen conversador; y ya fuese porque gracias a eso lograba que se sobrepusiesen al espanto de su carácter singular, o bien porque las conmoviera su aparente rechazo del vicio, tanto se lo podía encontrar entre las mujeres que constituyen el orgullo de su sexo por sus virtudes domésticas, como entre las que lo avergüenzan con sus vicios. 

Hacia esa misma época, llegó a Londres un joven caballero llamado Aubrey. Era huérfano, y tenía una sola hermana, y sus padres, muertos cuando eran todavía unos niños, les habían dejado una gran fortuna. 

Criado por tutores que creían que su deber respecto a él consistía meramente en cuidar de su fortuna, habían dejado el más importante cometido de la formación de su mente en manos de personas subalternas, que cultivaron más su imaginación que su juicio. 

Tenía, pues, ese acusado sentimiento romántico del honor y del candor, que a diario arruina la vida de tantos jóvenes ignorantes. Creía que todo el mundo apreciaba la virtud, y que el vicio solo había sido añadido por la Providencia para poner un toque pintoresco en la escena, como en las novelas. 

Creía que la miseria de una choza consistía en la manera de vestir de sus habitantes, con prendas que abrigaban como las demás, pero más adecuadas para el ojo del pintor gracias a sus pliegues irregulares y al colorido de sus variados remiendos. Pensaba, en fin, que los sueños de los poetas eran la realidad de la vida. 

Aubrey era bien parecido, sincero y rico; por estos motivos, tras su entrada en sociedad, muchas madres lo rodeaban, esforzándose por describir con poca veracidad a sus lánguidas o retozonas hijitas. Por su parte, el semblante de estas se iluminaba cuando él se les acercaba, y sus ojos centelleaban, con lo que le hicieron concebir una falsa idea de su talento o su mérito. 

Tras las muchas novelas románticas que había leído en sus horas solitarias, le sorprendió descubrir que, salvo en las velas de sebo y cera que chisporroteaban, no por la presencia de un fantasma, sino por falta de mecha, en la vida real no había fundamento para ninguna de las numerosas imágenes y descripciones agradables que contenían aquellos libros con los que se había educado. 

Al encontrar, empero, alguna recompensa en la satisfacción de su vanidad, estaba a punto de renunciar a sus sueños, cuando el extraordinario ser que hemos descrito anteriormente se cruzó en su camino.

Aubrey lo observó con atención, y la propia imposibilidad de formarse una idea del carácter de un hombre tan completamente absorbido por sí mismo, que no daba más señales de su percepción de los objetos externos que la aceptación tácita de su existencia, reflejada en su evitación de los mismos, hizo que el joven dejara que su imaginación tomara las riendas y, con su inclinación a las ideas extravagantes, pronto convirtió a aquel hombre extraño en el héroe de una novela, y decidió observar aquel resultado de su fantasía, más que a la persona en sí. 

Trabó conocimiento con él, le dedicó especiales atenciones, y avanzó tanto en su propósito, que llegó incluso a ser reconocido por el otro. Poco a poco, fue sabiendo que los asuntos de lord Ruthven estaban un poco embrollados, y pronto, gracias a informaciones recogidas aquí y allá, averiguó que estaba a punto de partir de viaje. 

Deseoso de saber más acerca de ese personaje singular que, hasta el momento, apenas había satisfecho su curiosidad, sugirió a sus tutores que ya era hora de que él realizara el viaje que desde hacía generaciones se consideraba necesario para que un joven avanzara rápidamente en la carrera del vicio, para así ponerse al mismo nivel de sus mayores, y que no le pillase de nuevas cuando se mencionaran intrigas escandalosas en medio de chanzas o elogios, según el grado de habilidad con que se hubieran llevado a cabo. 

Sus tutores consintieron, y Aubrey, tras mencionar de inmediato sus intenciones a lord Ruthven, se sorprendió al proponerle este acompañarlo. Halagado por tal muestra de aprecio de quien al parecer no tenía nada en común con los demás mortales, aceptó de buena gana, y en pocos días ya habían cruzado el mar y estaban en el continente.

Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar el carácter de lord Ruthven, y ahora descubrió que, si bien la mayor parte de sus actos sucedían ante su vista, los resultados ofrecían conclusiones diferentes de los aparentes motivos de su conducta. 

Su compañero era generoso: el vago, el vagabundo y el mendigo recibían de su mano más que suficiente para cubrir sus necesidades inmediatas. Pero Aubrey no pudo evitar observar que no era a los virtuosos, reducidos a la indigencia a causa de las desgracias que recaen incluso sobre la virtud, a quienes ofrecía su limosna; a estos los echaba de su puerta con una expresión de desprecio apenas disimulada. 

Sin embargo, cuando era el libertino el que iba a pedir algo, no para aliviar sus necesidades, sino para poder entregarse a la lujuria, o hundirse aún más en sus excesos, se iba de allí habiendo recibido profusa caridad. Sin embargo, el joven lo atribuía a la mayor importunidad del vicioso, que en general es más insistente que el indigente virtuoso. 

Había una característica de la caridad de su señoría que había impresionado aún más al joven: a todos aquellos a los que lord Ruthven ayudaba, invariablemente atraían sobre ellos una maldición, pues o bien eran llevados al cadalso, o bien caían en la más absoluta y abyecta miseria. 

En Bruselas y otros lugares por los que pasaban, Aubrey se sorprendió del evidente entusiasmo con que su compañero buscaba todos los centros de vicio de moda; una vez en ellos, se acercaba ansioso a la mesa de juego, donde apostaba y ganaba siempre, salvo cuando su antagonista era un tahúr; entonces, lord Ruthven perdía más de lo que ganaba, pero siempre con la misma expresión inmutable con que solía mirar todo lo de su alrededor. 

No era así, sin embargo, cuando se encontraba con un joven novato e imprudente, o con el desafortunado padre de familia numerosa; entonces, su deseo parecía el ejecutor de la ley de la fortuna: abandonaba su aparente distracción, y sus ojos brillaban con el fuego de los del gato que juguetea con un ratón medio muerto. 

En cada ciudad, dejaba al joven antes acaudalado, arrancado de los círculos que hasta entonces había frecuentado, maldiciendo en la soledad de un calabozo la suerte que lo había acercado a aquel malvado; al mismo tiempo, más de un padre se quedaba desesperado ante las elocuentes miradas de sus hijos hambrientos, sin un solo céntimo de su anterior fortuna con la que comprar lo suficiente para hacer frente a su necesidad. 

Pero su señoría no se llevaba el dinero de la mesa de juego, sino que inmediatamente perdía el último florín que acababa de obtener de las manos temblorosas de personas inocentes. Su habilidad podía deberse quizá a cierto grado de conocimiento que no era, sin embargo, capaz de combatir la astucia de los más experimentados. 

Aubrey deseó a menudo comentar todo eso con su amigo, rogarle que renunciara a la caridad y al placer que resultaba en la ruina de todos, y en cambio no redundaba en su propio provecho. Pero fue dejándolo, porque cada día esperaba que su amigo le diera la oportunidad para hablarle franca y abiertamente, pero eso nunca sucedió. 

En su carruaje, entre las escenas ricas y variadas de la naturaleza, lord Ruthven era siempre el mismo: sus ojos hablaban menos que su boca, y si bien Aubrey estaba cerca del objeto de su curiosidad, no obtenía de ello más que la constante y vana ilusión de creer que iba a descifrar ese misterio, que ante su imaginación exaltada empezó a asumir la apariencia de algo sobrenatural.

Pronto llegaron a Roma, y, por un tiempo, Aubrey perdió de vista a su compañero; lo dejó en la compañía cotidiana del círculo matutino de una condesa italiana, mientras él iba en busca de los vestigios de otra ciudad casi desierta. 

En esas estaba cuando le llegó correo de Inglaterra, que Aubrey abrió con apremiante impaciencia; la primera carta era de su hermana, llena de afecto; las otras eran de sus tutores, y estas últimas lo sorprendieron: si alguna vez había pasado por su mente que su acompañante poseía un poder maligno, sus tutores parecían darle motivos sobrados para creerlo así. 

Lo instaban a que se alejara de su amigo de inmediato, e insistían en que su carácter era tremendamente vicioso, y que debido a sus irresistibles poderes de seducción sus costumbres libertinas se volvían aún más peligrosas para la sociedad. 

Se había descubierto que su desprecio por la adúltera no procedía de su rechazo de ese tipo de persona, sino que, para su gratificación, necesitaba que su víctima, compañera en la culpa, estuviese en la cima de la virtud más elevada para desde allí caer al más bajo abismo de infamia y degradación. 

En resumen, todas las mujeres a las que lord Ruthven había buscado, aparentemente a causa de su virtud, desde su partida no habían vacilado en dejar caer la máscara, y habían expuesto sin escrúpulos toda la deformidad de sus vicios ante la mirada pública.

Aubrey decidió dejar al instante a aquel cuyo carácter no había mostrado un solo punto de luz en el que reposar la mirada. Resolvió inventar alguna excusa verosímil para abandonarlo del todo, con el propósito simultáneo de vigilarlo más de cerca y que no le pasase desapercibida ninguna circunstancia. 

Se introdujo en el mismo círculo que él y pronto percibió que su señoría se afanaba en conquistar a la inexperta hija de la mujer cuya casa frecuentaba más a menudo. En Italia, era raro que una mujer soltera alternase en sociedad, de modo que lord Ruthven estaba obligado a llevar a cabo sus planes en secreto; pero Aubrey estaba pendiente de todo y pronto descubrió que habían fijado una cita secreta que seguramente acabaría en la ruina de una chica inocente pero imprudente. 

Sin perder tiempo, entró en el apartamento de lord Ruthven, y abruptamente le preguntó acerca de sus intenciones con respecto a la dama, informándole a la vez de que sabía que iba a encontrarse con ella esa misma noche. Lord Ruthven respondió que sus propósitos eran los que podía suponerse en circunstancias semejantes; cuando el joven le preguntó si pensaba casarse con ella, el otro simplemente se echó a reír. 

Aubrey se fue, y de inmediato escribió una nota para decirle a lord Ruthven que desde aquel momento se negaba a acompañarlo en lo que quedaba de viaje, ordenó a su sirviente que le buscara otro apartamento, y fue a ver a la madre de la chica para informarla de todo lo que sabía, no solo en relación con su hija, sino también de la persona de su señoría. 

La cita fue impedida. Al día siguiente, lord Ruthven envió a su sirviente para que le comunicase a Aubrey su total conformidad con la separación, pero no insinuó sospecha alguna respecto a que sus planes se hubieran frustrado por obra del joven

Una vez dejó Roma, Aubrey dirigió sus pasos hacia Grecia, cruzó la península, y pronto se encontró en Atenas. Fijó su residencia en casa de un griego y luego se ocupó en rastrear los recuerdos desvanecidos de la antigua gloria en los monumentos, que al parecer avergonzados de dar cuenta de hechos de hombres libres solo ante esclavos, se habían ocultado bajo el suelo protector o bajo coloridos líquenes. 

En su mismo alojamiento vivía un ser tan bello y delicado que podría haber servido de modelo para un pintor que quisiera retratar en el lienzo la esperanza prometida a los fieles en el paraíso de Mahoma, excepto que sus ojos hablaban demasiado de su mente como para que alguien pensara que pertenecía al grupo de los que carecían de alma. 

Mientras danzaba en la llanura, o se movía con paso ligero por las laderas de la montaña, uno hubiera pensado que la gacela era una pobre comparación para su belleza, ya que nadie habría cambiado sus ojos, que parecían los de la naturaleza animada, por la mirada soñolienta y lujuriosa del animal que solo gusta al epicúreo. 

El paso leve de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su búsqueda de antigüedades, y a menudo inconscientemente, ocupada en la persecución de una mariposa de Cachemira, mostraba al completo la belleza de sus formas, como si flotase al viento, ante la mirada ansiosa del joven, que al contemplar su figura de sílfide olvidaba las letras que acababa de descifrar en una lápida casi borrada. 

A menudo, mientras revoloteaba de un lado a otro, sus largas trenzas reflejaban los rayos del sol con unos tonos tan delicadamente brillantes y tan evanescentes, que bien podían servir de excusa para el despiste del buscador de antigüedades, que olvidaba lo que hasta ese momento había considerado de vital importancia para la interpretación correcta de un pasaje de Pausanias. 

Pero ¿para qué intentar describir unos encantos que todos sienten, pero nadie puede apreciar? Era la inocencia, la juventud y la belleza, no afectadas por los salones abarrotados de gente y los bailes sofocantes. Mientras él dibujaba las ruinas cuyo recuerdo quería preservar para sus horas futuras, ella se quedaba de pie a su lado y observaba el efecto mágico de su lápiz al esbozar las escenas que conformaban el lugar donde había nacido. 

Entonces, ella le describía el baile en círculo sobre la llanura abierta, desplegaba ante sus ojos, con todos los brillantes colores de su memoria juvenil, los solemnes casamientos que recordaba de su infancia, y luego, recalando en los temas que a todas luces más impresión le habían causado, le contaba los relatos sobrenaturales de su nodriza. 

Su seriedad y aparente creencia en lo que narraba, despertaba incluso el interés de Aubrey; y cuando le contaba el cuento del vampiro viviente, que había pasado años entre sus amigos y sus más queridos parientes, obligado a alimentarse cada año de la vida de una bella joven para prolongar su existencia unos meses más, la sangre se le helaba en las venas, mientras intentaba ahuyentar con risas esas horribles y ociosas fantasías. 

Pero Ianthe mencionaba los nombres de ancianos que habían detectado al menos a un vampiro viviendo entre ellos, después de que hubiesen encontrado a varios de sus parientes cercanos y niños con la huella del apetito del malvado. Cuando veía a Aubrey tan incrédulo, la joven le rogaba que la creyera, pues se decía que quien se atreve a dudar de su existencia termina siempre por recibir pruebas que lo obligan, con pesar y congoja, a reconocer que era verdad. 

Ianthe le detalló la apariencia tradicional de esos monstruos, y el horror de Aubrey fue en aumento al oír una descripción bastante ajustada de lord Ruthven; y, aunque insistía en persuadir a la muchacha de que sus miedos carecían de fundamento, al mismo tiempo se sorprendía de tantas coincidencias, que tendían a reforzar en él la creencia en el poder sobrenatural de lord Ruthven.

Aubrey empezó a sentirse cada vez más apegado a Ianthe; su inocencia, tan opuesta a todas las afectadas virtudes de las mujeres entre las que había buscado su romance soñado, conquistó su corazón. Y si bien la idea de que un joven de costumbres inglesas se casara con una chica griega sin educación le parecía ridícula, aun así iba sintiendo cada vez más afecto por la figura casi feérica que tenía ante sí. 

A veces se apartaba de ella, y siguiendo un plan de búsqueda de restos arqueológicos, partía con la intención de no regresar hasta alcanzar su objetivo. Pero luego le resultaba imposible fijar su atención en las ruinas que lo rodeaban, mientras la imagen que ocupaba su mente le parecía la única legítima poseedora de sus pensamientos. 

Ianthe no era consciente de su amor, y seguía siendo el mismo ser infantil y sincero que había conocido la primera vez. Siempre parecía separarse de él con desgana, pero era porque mientras su amigo estaba ocupado dibujando o descubriendo algún fragmento que todavía no había sucumbido a la mano destructora del tiempo, ella no tenía con quién evocar sus fantasías favoritas. 

Ianthe preguntó a sus padres qué opinaban de los vampiros, y ambos, lo mismo que varias personas presentes, confirmaron su existencia, palideciendo de horror ante la mera mención de los mismos. Poco tiempo después, Aubrey se decidió a emprender una de sus excursiones, que lo mantendría ocupado durante algunas horas. 

Cuando los demás supieron adónde tenía previsto ir, todos le rogaron que no regresara de noche, ya que por fuerza tenía que pasar por un bosque en el que, por ningún concepto, griego alguno entraría tras ponerse el sol. Le dijeron que era el lugar donde los vampiros celebraban sus orgías nocturnas, y aseguraban que los más terribles males recaerían sobre quien se atreviera a cruzarse en su camino. 

Aubrey no se tomó en serio sus palabras, e intentó bromear sobre ellas, pero cuando los vio estremecerse al ver cómo él se atrevía a burlarse de ese poder infernal y supremo, cuya sola mención parecía helarles la sangre, guardó silencio.

A la mañana siguiente, Aubrey partió de excursión solo; le sorprendió observar el melancólico semblante de su anfitrión, y le preocupó descubrir hasta qué punto sus palabras burlándose de aquellos horribles demonios les habían causado terror. 

Cuando estaba a punto de irse, Ianthe se acercó a él, que estaba montado ya en su caballo, y le rogó encarecidamente que regresara antes de que la noche permitiera que el poder de aquellos seres se pusiera en acción. Él así se lo prometió. 

Sin embargo, estaba tan absorto en su investigación, que no se dio cuenta de que la luz del día estaba menguando, y de que en el horizonte había una de esas manchitas que, en los climas más cálidos, rápidamente se convierten en una tremenda masa y que descarga toda su furia sobre el resignado campo. No obstante, finalmente montó en su caballo, convencido de que compensaría la demora con velocidad; pero era demasiado tarde. 

En esos climas sureños el crepúsculo casi no existe, y en cuanto se pone el sol comienza la noche, y antes de que hubiera avanzado demasiado, la fuerza de la tormenta descargó sobre su cabeza. Los truenos retumbaban sin apenas intervalo ni descanso; la intensa lluvia se abría camino a través del dosel del follaje, mientras los relámpagos, azules y ahorquillados, parecían caer junto a sus propios pies. 

De repente, el caballo se asustó y se lanzó al galope a través del bosque enmarañado. Finalmente, agotado, el animal se detuvo, y a la luz de los relámpagos, Aubrey vio que estaba en las cercanías de una casucha que apenas se destacaba entre las masas de hojas muertas y la maleza que la rodeaban. 

Desmontando, se acercó a la choza, esperando encontrar allí a alguien que pudiera conducirlo al pueblo, o, de estar deshabitada, conseguir al menos un lugar donde refugiarse de la tormenta. A medida que se acercaba, los truenos cesaron un momento y Aubrey pudo oír los espantosos chillidos de una mujer, mezclados con una sofocada pero exultante risa burlona. 

El joven se sobresaltó, pero impulsado por el trueno que nuevamente retumbó sobre su cabeza, empujó con fuerza y abrió la puerta de la choza. Dentro reinaba la oscuridad más absoluta; el sonido, sin embargo, lo guió. Al parecer, nadie se había percatado de su presencia, pues, a pesar de haber llamado, los sonidos continuaron sin que nadie le respondiera. 

Topó con alguien que inmediatamente lo agarró; cuando una voz gritó: «¡Otro despistado!» le sucedió una fuerte risa y se sintió sujetado por alguien cuya fuerza parecía sobrehumana. Se resistió, dispuesto a vender cara su vida, pero en vano: fue levantado en el aire y lanzado con una enorme fuerza contra el suelo. A continuación, su enemigo se abalanzó sobre él y, arrodillándose sobre su pecho, le rodeó el cuello con las manos.

En ese momento, el resplandor de varias antorchas penetró por el agujero que iluminaba la choza durante el día y el que lo sujetaba se levantó de golpe, abandonó a su presa y huyó por la puerta; un instante después, el estrépito de las ramas que se quebraban a medida que corría por el bosque dejó de oírse. 

La tormenta había cesado y las voces de Aubrey, incapaz de moverse, pronto fueron oídas por los que estaban fuera. Entraron, y las antorchas iluminaron unas paredes de barro y un techo de paja cargado de pesados restos de hollín. Por indicación del joven, los recién llegados fueron en busca de la mujer cuyos gritos él había oído, y lo dejaron de nuevo sumido en la oscuridad. 

Pero cuál no sería su horror cuando las antorchas regresaron y, a su luz, pudo percibir la figura sin vida de su bella y grácil guía. Cerró los ojos, confiando en que no fuera más que una visión fruto de su perturbada imaginación, pero al abrirlos volvió a verla, echada a su lado. El color había huido de su rostro, e incluso de sus labios, aunque la serenidad de su semblante parecía casi la misma de cuando estaba viva. 

Su cuello y su pecho estaban ensangrentados, y en la garganta se veían las marcas de unos dientes que le habían abierto la vena. Los hombres las señalaron horrorizados, gritando a la vez: «¡Un vampiro, un vampiro!». Fabricaron rápidamente unas parihuelas, y depositaron en ellas a Aubrey junto con quien en los últimos tiempos había sido para él objeto de tantas luminosas y feéricas imágenes, ahora caída; la flor de la vida muerta junto con ella. 

Aubrey apenas podía pensar; su mente entumecida parecía rehuir la reflexión y refugiarse en el vacío. Sin darse cuenta, sostenía en la mano un puñal desenvainado, de una singular factura, que había encontrado en la choza. Pronto se encontraron con otras partidas que habían salido en busca de aquella a quien su madre había echado en falta. Su lastimero llanto a medida que se acercaban a la ciudad, advirtió a los padres de que algo terrible había ocurrido. Cuando estos descubrieron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y señalaron el cadáver. Inconsolables, ambos murieron con el corazón destrozado.

Acostaron a Aubrey y este fue presa de una virulenta fiebre que a menudo lo hacía delirar. En estos intervalos llamaba a lord Ruthven y a Ianthe; por alguna extraña asociación, parecía rogarle a su antiguo acompañante que perdonara la vida de su amada. En otros momentos dirigía sobre él todas las imprecaciones, y lo maldecía por haberla destruido. 

Casualmente, por aquel entonces lord Ruthven llegó a Atenas, y, por el motivo que fuera, al enterarse del estado de Aubrey, inmediatamente se instaló en la casa y lo cuidó noche y día. Cuando el joven salió de su delirio, se horrorizó y sorprendió a partes iguales al ver a aquel cuya imagen había asociado a la de un vampiro. 

Pero lord Ruthven, con sus palabras amables, que casi transmitían arrepentimiento por la falta que había causado su separación, y aún más con la atención, ansiedad y preocupación por él que demostraba, pronto lo reconcilió con su presencia. 

Su señoría parecía muy cambiado; ya no era aquel ser apático que tanto había impresionado a Aubrey. Pero a medida que la recuperación de este empezó a ser un hecho, se volvió a retraer poco a poco en su anterior estado mental, hasta el punto de que Aubrey ya no podía percibir ninguna diferencia con el hombre de antaño, salvo que a veces lo sorprendía mirándolo fijamente, con una sonrisa maliciosa y exultante en los labios. 

El joven no sabía por qué, pero esa sonrisa lo obsesionaba. Durante la última etapa de recuperación del enfermo, lord Ruthven parecía estar entretenido en mirar las olas que levantaba la fresca brisa, o en observar el avance de los orbes que, como nuestro mundo, rodean al sol inmóvil. En realidad parecía querer evitar la mirada de los demás.

A causa de la impresión de lo acaecido, la mente de Aubrey se debilitó enormemente, y aquella levedad de espíritu que tiempo atrás lo había caracterizado parecía haber desaparecido para siempre. Ahora era tan amante de la soledad y el silencio como lord Ruthven, pero por mucho que deseara la soledad, le era imposible hallarla en Atenas. 

Si la buscaba entre las ruinas que antaño había frecuentado, veía la figura de Ianthe a su lado; si la buscaba en los bosques, su paso ligero parecía pasear entre la vegetación, en busca de la modesta violeta, y entonces, de repente, se daba la vuelta y, con una tranquila sonrisa en los labios, le mostraba a la desbocada imaginación de Aubrey su pálido rostro y su garganta herida. 

El joven decidió cambiar de aires e irse del lugar que suscitaba tan amargas asociaciones en su mente. Propuso a lord Ruthven, a quien se encontraba unido por los tiernos cuidados que este le había prodigado durante su enfermedad, que visitaran aquellas partes de Grecia que ninguno de los dos había visto aún. Viajaron en todas direcciones y buscaron los sitios que pudieran visitar con gusto; pero aunque se esforzaron por recorrerlo todo, no parecían prestar atención a lo que miraban. 

Oyeron muchas historias de bandidos, pero poco a poco empezaron a hacer caso omiso de esas informaciones, que atribuyeron a la inventiva de individuos cuyo propósito era estimular la generosidad de aquellos a quienes defendían de los supuestos peligros. Como consecuencia de ese desprecio de los consejos de los habitantes, en una ocasión viajaron con apenas unos pocos guardas, que les servían más como guías que como defensa. 

Sin embargo, al entrar en un estrecho desfiladero, en el fondo del cual discurría el lecho de un torrente, con enormes masas de rocas caídas de los precipicios vecinos, tuvieron motivos para arrepentirse de su negligencia, pues, en cuanto la totalidad del grupo hubo entrado en el angosto pasaje, fueron sorprendidos por el silbido de balas cerca de su cabeza, y el eco retumbante de varias pistolas. 

En un instante, sus guardas salieron corriendo y, refugiándose detrás de unas rocas, comenzaron a disparar en la dirección de donde venían los tiros. Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se parapetaron por un momento detrás de un recodo del paraje, pero avergonzados al verse así detenidos por un enemigo que con insultos los provocaba para que avanzasen, y expuestos a la carnicería segura si cualquiera de los bandidos trepaba y los sorprendía por la espalda, de repente decidieron huir hacia delante en busca del enemigo. 

Apenas habían abandonado su refugio cuando lord Ruthven recibió un tiro en el hombro que lo derribó. Aubrey se apresuró a prestarle ayuda sin importarle ya la lucha ni su propia seguridad; lo sorprendió ver en un instante las caras de los bandidos a su alrededor. Al ver a lord Ruthven herido, los guardas levantaron los brazos y se rindieron.

Con la promesa de una gran recompensa, Aubrey pronto los persuadió para que llevaran a su amigo herido a una cabaña cercana, y tras haber acordado un rescate, dejaron de molestar con su presencia. Se limitaron a vigilar la puerta hasta que su camarada volviera con la suma prometida, para la que Aubrey había extendido una orden. 

Lord Ruthven perdía fuerzas rápidamente, y al cabo de dos días le sobrevino la gangrena; la muerte parecía acercarse a pasos agigantados. La conducta y la apariencia del herido no habían cambiado; parecía tan ajeno al dolor como lo había estado a los objetos de su alrededor. Pero hacia la tarde del último día, se lo vio repentinamente inquieto, con los ojos fijos en Aubrey, el cual se vio urgido a asistirlo, con una petición inusitadamente formal.

—¡Ayúdame! Tú puedes salvarme, puedes hacer incluso más que eso… no me refiero a la vida, mi final me importa tan poco como mi existencia, pero podrías salvar mi honor… el honor de tu amigo.

—¿Cómo? Dime cómo. Haría cualquier cosa —respondió Aubrey.

—Necesito muy poco, mi vida se consume con presteza… No puedo explicártelo todo, pero si ocultaras lo que sabes de mí, mi honor estaría libre de mácula para todo el mundo… Y si mi muerte se desconociera durante algún tiempo en Inglaterra… yo… yo… solo la vida.

—No se sabrá.

—¡Júralo! —gritó el moribundo incorporándose bruscamente—. Jura por todo aquello que veneras, por todo lo que temes, jura que durante un año y un día no explicarás a nadie lo que sabes de mis crímenes y mi muerte, pase lo que pase y veas lo que veas. —Los ojos parecían salírsele de las órbitas.

—¡Lo juro! —dijo Aubrey.

Riendo, lord Ruthven volvió a recostarse, y dejó de respirar.

Aubrey se fue a descansar, pero no pudo dormir; las diversas circunstancias que habían rodeado su relación con aquel hombre le vinieron a la mente sin que supiera por qué. Al recordar su juramento lo recorrió un escalofrío, como si presintiera que algo horrible lo aguardaba. 

Se levantó pronto por la mañana, y estaba a punto de entrar en la casucha en la que había dejado el cadáver cuando un bandido se acercó a él, y le dijo que lord Ruthven ya no estaba allí; que él y sus camaradas lo habían transportado a la cima de un monte cercano, según la promesa que habían hecho a su señoría de que expondrían su cuerpo al primer rayo frío de luna que brillase después de su muerte. 

Estupefacto, Aubrey se llevó a varios de los hombres, dispuesto a enterrar el cadáver allí donde yacía. Pero cuando llegó a la cumbre no encontró ni rastro de él ni de la ropa que llevaba, aunque los bandidos juraban y perjuraban que aquella era la roca donde habían apoyado el cuerpo. Durante un rato, la mente de Aubrey se perdió en conjeturas, pero al fin dio media vuelta y se fue, convencido de que aquellos hombres habían enterrado el cuerpo y se habían quedado con la ropa.

Cansado de un país donde le habían acontecido tan terribles desgracias, y en el que todo parecía conspirar para enaltecer la supersticiosa melancolía en que se había sumido, resolvió irse de allí, y poco después llegó a Esmirna. Mientras esperaba un barco que lo llevara a Otranto o Nápoles, se entretuvo poniendo orden en los efectos personales de lord Ruthven, que llevaba consigo. 

Entre otras cosas, había una caja que contenía varias armas ofensivas, más o menos adaptadas para garantizar la muerte de la víctima. Entre ellas, había varias dagas y yataganes. Mientras las contemplaba y examinaba sus extrañas formas, cuál no sería su sorpresa al descubrir una vaina que parecía decorada con el mismo estilo que la daga que Aubrey había encontrado en la cabaña fatal. 

Se estremeció y, apresuradamente, fue en busca del arma, para descubrir con horror que, pese a su forma peculiar, esta encajaba perfectamente en la vaina que tenía en la mano. No parecían ser necesarias más certezas; su mirada había quedado clavada en la daga, pero aun así Aubrey no quería creerlo. Sin embargo, su forma particular, la misma variedad de tonos en el mango del arma y en la vaina, ambas de idéntico esplendor, no dejaban lugar a dudas. Había además unas gotas de sangre en cada una.

Aubrey abandonó Esmirna, y al pasar por Roma de camino a casa, hizo en esa ciudad sus primeras averiguaciones, centrándose en la joven a la que había intentado salvar de las artes seductoras de lord Ruthven. 

Sus padres estaban enormemente afligidos; se habían arruinado, y no sabían nada de su hija desde la partida de su señoría. Aubrey se sintió a punto de perder la razón ante tal sucesión de horrores; temía que la joven hubiese caído víctima del destructor de Ianthe. 

Se volvió taciturno y callado; su única ocupación consistía en decirles a los postillones que acelerasen el paso de los caballos, como si tuviera que llegar a tiempo de salvar la vida de un ser querido. Llegó a Calais. Una brisa que parecía obedecer a su voluntad pronto lo condujo a la costa inglesa, y una vez en tierra se apresuró para llegar a la mansión de sus padres. Allí, con los abrazos y caricias de su hermana, por un momento pareció borrar todo recuerdo del pasado. Si antes, con sus caricias infantiles, la joven había conquistado su afecto, ahora que empezaba a convertirse en mujer, era aún mejor compañera.

Miss Aubrey carecía de la gracia que atrae la mirada y el aplauso de los que frecuentan los salones. No poseía esa brillantez ligera que solo se da en el cálido ambiente de un apartamento abarrotado. A sus ojos azules nunca asomaba el brillo de una mente frívola. Tenía un encanto melancólico que no parecía surgir de la desgracia, sino de algún sentimiento profundo que parecía indicar un alma consciente de que existe un mundo mejor. 

Sus pasos no eran los pasos livianos que van donde haya una mariposa o un color que los atraiga; eran sosegados y reflexivos. Cuando estaba sola, su rostro nunca se iluminaba con una sonrisa de alegría, pero cuando su hermano le expresaba su afecto, y en su presencia olvidaba las penas que, como ella sabía, le impedían descansar, ¿quién hubiera cambiado su sonrisa por la de una mujer más sensual? Era como si esos ojos, esa cara, poseyeran una luz propia. Tenía solo dieciocho años, y aún no había sido presentada en sociedad, porque sus tutores consideraban más adecuado que su debut se retrasara hasta el regreso de su hermano del continente, cuando él pudiese convertirse en su protector. 

Con él ya en Inglaterra, se resolvió que la siguiente recepción, que tendría lugar en breve, sería el momento de su entrada en la «gran escena». Aubrey hubiese preferido permanecer en la mansión de sus padres, y alimentarse de la melancolía que lo abrumaba. Se veía incapaz de interesarse por las frivolidades de la gente de buen tono, cuando su mente había sido desgarrada por los acontecimientos que había presenciado. Pero decidió sacrificar su propia comodidad en aras de la protección de su hermana. Pronto llegaron a la ciudad, y se prepararon para el día siguiente, en que iba a celebrarse una recepción.

El gentío era excesivo, no había habido una reunión en mucho tiempo, y todos aquellos que estaban ansiosos por deshacerse en sonrisas ante la realeza se apresuraron a asistir. Aubrey lo hizo con su hermana. Mientras estaba solo en un rincón, abstraído de cuanto lo rodeaba y pensando que la primera vez que había visto a lord Ruthven había sido en aquel mismo sitio, alguien lo cogió de repente del brazo, y una voz que reconoció muy bien le dijo al oído: «Recuerda tu juramento». 

Apenas se había atrevido a darse la vuelta, temeroso de que un espectro lo atacara, cuando, a poca distancia, percibió la misma figura que había llamado su atención en ese mismo lugar el día en que por primera vez entró en sociedad. Lo miró hasta que sus miembros estuvieron a punto de negarse a seguir sosteniéndolo; tuvo que cogerse del brazo de un amigo, abrirse paso a través de la multitud hasta su carruaje, y pedir que lo llevasen a casa. 

Recorrió la habitación con paso apresurado, llevándose las manos a la cabeza, como si temiera que el cerebro le fuese a estallar. Lord Ruthven de nuevo ante él…, todo empezó a girar en un caos vertiginoso…, la daga…, su juramento. Se recompuso; aquello no era posible…, ¡los muertos no resucitan! Pensó que su imaginación había conjurado la imagen de la persona a la que estaba evocando. No podía ser real. Finalmente, decidió seguir acudiendo a los actos sociales y allí preguntar por lord Ruthven e intentar conseguir información. 

Unas pocas noches después, asistió con su hermana a una reunión en casa de un pariente cercano. Dejándola al cuidado de una matrona, se retiró a un saloncito, y allí se entregó a los pensamientos que lo consumían. Al ver que muchos de los invitados se marchaban, se levantó y se dirigió al salón. 

Encontró a su hermana rodeada por varios hombres, con los que parecía estar conversando con seriedad. Intentó abrirse paso y acercarse a ella. Cuando pidió permiso a uno de los hombres, este se dio la vuelta, y Aubrey vio el rostro aborrecido. Se lanzó hacia delante, agarró a su hermana del brazo y, con paso acelerado, la condujo hacia la salida. 

En la puerta se vio obstaculizado por la multitud de sirvientes que esperaban a sus señores, y mientras intentaba abrirse paso entre ellos, volvió a oír el susurro a su lado: «¡Recuerda tu juramento!». No se atrevió a volverse; le metió prisa a su hermana y pronto llegaron a casa.

Aubrey se volvió distraído. Si ya antes su mente tenía tendencia a dejarse absorber por un tema, ahora su ensimismamiento era mucho más completo, debido a la certeza de que el monstruo había vuelto a la vida. Ya no hacía caso de las atenciones de su hermana, y en vano ella le rogaba que le explicara lo que había provocado su abrupta reacción. 

Él se limitó a murmurar unas pocas palabras pero estas aterrorizaron a la joven. Cuanto más pensaba, más perplejo se sentía. Su juramento lo asustaba: según este, ¿debía permitir que aquel monstruo anduviera suelto, provocando con su aliento la perdición de lo que él más quería, sin impedirlo? Su misma hermana podría verse afectada por él. Pero aunque rompiera su juramento y manifestara sus sospechas, ¿quién iba a creerle? Pensó en librar al mundo de tal miserable él mismo, pero recordó que este ya se había burlado de la muerte. 

Permaneció en ese estado durante días; encerrado en su habitación, sin ver a nadie, y comiendo solo cuando su hermana, con los ojos llenos de lágrimas, le suplicaba que volviera a su ser. Finalmente, incapaz de aguantar la inmovilidad y la soledad, Aubrey salió de casa; deambuló de calle en calle, deseoso de librarse de la imagen que lo atormentaba. 

Empezó a descuidar su vestimenta, y vagaba, expuesto tanto al sol del mediodía como a la humedad de la noche. Ya no era él mismo; al principio regresaba a casa al atardecer, pero luego se acostaba a descansar allí donde la fatiga lo encontrara. Su hermana, preocupada por su seguridad, contrató a gente para que lo siguieran, pero Aubrey pronto los despistaba, capaz de huir de sus perseguidores a toda velocidad. 

Sin embargo, su conducta cambió de repente. Asustado con la idea de que con su ausencia dejaba a sus amigos con un demonio entre ellos de cuya presencia eran ignorantes por completo, se decidió a volver a la sociedad y vigilarlo de cerca, dispuesto a advertir, a pesar de su juramento, a aquellos con los que lord Ruthven se relacionara. 

Pero cuando entraba en una habitación, su aspecto demacrado y sospechoso causaba tal impresión, su íntimo tormento era tan evidente, que su hermana tuvo que rogarle al fin que por el bien de ella se abstuviera de frecuentar un ambiente que lo afectaba de forma tan profunda. Cuando, pese a todo, sus ruegos se revelaron inútiles, sus tutores consideraron oportuno intervenir y, temiendo que su mente se estuviese alienando, pensaron que era aconsejable que volvieran a asumir el cometido que los padres de Aubrey les habían encargado.

Deseando protegerlo de los peligros y sufrimientos a que se exponía a diario en sus andanzas, y de preservar de la mirada pública las señales de lo que ellos consideraban locura, contrataron a un médico para que residiera en la casa y lo atendiera constantemente. Aubrey no pareció darse ni cuenta, tan completamente absorta estaba su mente en un solo tema terrible. 

Su incoherencia se volvió finalmente tan grave que lo confinaron en su habitación. Allí permanecía echado, a menudo durante días, incapaz de levantarse. Estaba en los huesos y sus ojos habían cobrado un lustre vidrioso. Los únicos indicios de afecto y reconocimiento se producían cuando veía a su hermana; entonces, a veces se levantaba y, cogiéndole las manos y mirándola de un modo que a ella la afligía profundamente, le pedía que no tuviese relación con él. 

«No, no lo toques; si de verdad me quieres, ¡no te acerques a él!». Pero cuando la joven le preguntaba a quién se refería, la única respuesta era «¡es verdad, es verdad!», y otra vez se hundía en un estado del que ni ella podía sacarlo. Esto duró muchos meses. Gradualmente, sin embargo, a medida que el año pasaba, sus incoherencias se volvieron menos frecuentes, y su mente se libró de una parte de tristeza; al mismo tiempo, sus tutores observaron que varias veces al día contaba con los dedos una cifra determinada, y luego sonreía.

El período de tiempo prometido ya casi había pasado, y el último día del año, uno de sus tutores entró en la habitación y empezó a hablar con el médico de lo terrible que era que Aubrey estuviese tan melancólico cuando su hermana se iba a casar al día siguiente. Eso atrajo de inmediato la atención del joven, que preguntó ansiosamente con quién se casaba. 

Contentos de ese indicio de que recuperaba sus facultades mentales, cuando ya temían que las hubiese perdido por completo, le contestaron que con el conde de Marsden. Pensando que debía de tratarse de algún joven conde al que su hermana había conocido en sociedad, Aubrey pareció alegrarse, y los sorprendió aún más cuando expresó su intención de asistir a la boda, y su deseo de ver a su hermana. 

En un principio le dijeron que no, pero pocos momentos después, la joven entraba en su habitación. Al parecer, volvía a ser capaz de sentir los beneficiosos efectos de su hermosa sonrisa, ya que la apretó contra sí, y le besó la mejilla, húmeda de lágrimas que fluían al pensar que su hermano respondía de nuevo a los sentimientos de afecto. 

Aubrey comenzó a hablar con toda su calidez habitual, y la felicitó por su boda con una persona tan distinguida por su rango y sus logros. En esas, se dio cuenta de que su hermana llevaba un medallón colgando del cuello; Aubrey lo abrió, y cuál no sería su sorpresa al contemplar las facciones del monstruo que llevaba tanto tiempo influyendo en su vida. 

Le arrancó el medallón en un paroxismo de furia, y lo pisoteó. Al preguntarle la joven por qué destruía así la imagen de su futuro esposo, él la miró como si no la comprendiera; a continuación le cogió las manos con expresión frenética, pidiéndole que jurara que nunca se casaría con aquel monstruo, porque… Pero no pudo seguir; era como si aquella voz le pidiese de nuevo que recordara su juramento. 

Se dio vuelta de repente, pensando que lord Ruthven pudiera estar cerca, pero no vio a nadie. Mientras, sus tutores y el médico, que lo habían oído todo, e interpretaron que volvía a su confusión mental, entraron y lo alejaron a la fuerza de miss Aubrey, pidiéndole a esta que se fuera. Él se arrodilló ante ellos, imploró, suplicó que lo demoraran un solo día. Ellos, atribuyendo ese comportamiento a la locura que creían que había tomado posesión de su mente, intentaron calmarlo, y se marcharon.

Lord Ruthven había ido a visitarlos a la mañana siguiente a la recepción, pero, lo mismo que a todos los demás, se le negó la entrada. Cuando se enteró de la enfermedad de Aubrey, enseguida comprendió que era por su causa, pero cuando supo que lo consideraban locura, no pudo esconder su exultación y placer ante quienes le habían dado la información. 

Se apresuró a volver a la casa de su antiguo acompañante, y gracias a la atención constante y el pretexto del gran afecto que sentía por él y el interés por su suerte, poco a poco se fue ganando la atención de miss Aubrey. ¿Quién podía resistirse a su poder? Su lengua tenía demasiados peligros y recursos como para detallarlos; le habló de sí mismo como de alguien a quien todos los demás seres de la tierra no tenían simpatía, con la salvedad de aquella a quien se dirigía; le contó cómo, desde que la conocía, su existencia había empezado a parecerle digna de preservación, aunque solo fuese para escuchar el dulce acento de su voz…, en fin, sabía tan bien cómo usar sus artes tortuosas —o tal era la voluntad del destino— que se granjeó su afecto. 

Por entonces, heredó el título de una antigua rama de la familia, y obtuvo una importante embajada, lo que le sirvió como excusa para acelerar la boda (a pesar del estado trastornado del hermano de ella), que finalmente iba a tener lugar el día antes de su partida al continente.

Cuando el médico y sus tutores se marcharon, Aubrey intentó sobornar a los sirvientes, pero en vano. Pidió entonces papel y pluma y escribió una carta a su hermana, instándola, por su propio honor y felicidad, y por el honor de aquellos que ahora descansaban en sus tumbas, pero que alguna vez la habían tenido en sus brazos como su esperanza y la de su hogar, a que demorara solo unas pocas horas su matrimonio, para el que él auguraba los más terribles males. 

Los sirvientes prometieron entregar la carta, pero se la dieron en cambio al médico, que pensó que sería mejor no preocupar más a miss Aubrey con lo que él consideraba los delirios de un maníaco. Los agitados habitantes de la casa pasaron la noche sin dormir, y Aubrey oyó, con un horror indescriptible, el sonido de los ajetreados preparativos. Llegó la mañana, y el traqueteo de los carruajes alcanzó sus oídos. Aubrey se puso casi frenético. 

La curiosidad de los sirvientes pudo más que su obligación de cuidarlo, y poco a poco se fueron escabullendo, dejándolo bajo la custodia únicamente de una anciana indefensa. Él aprovechó la oportunidad; en un momento estuvo fuera de la habitación, y en dos zancadas llegó al salón donde estaban ya casi todos reunidos. Lord Ruthven fue el primero que lo vio; se acercó a él enseguida y, tomándolo del brazo con fuerza, lo sacó rápidamente de la estancia, mudo de rabia. 

Una vez en la escalera, susurró al oído del joven: «Recuerda tu juramento, y debes saber que, si hoy no se convierte en mi esposa, tu hermana se verá deshonrada. ¡Las mujeres son tan débiles!». Y tras decir esto, empujó a Aubrey hacia sus sirvientes, quienes habían acudido en su búsqueda gracias al aviso de la anciana. 

El joven ya no pudo soportarlo; su furia sin salida le provocó la rotura de un vaso sanguíneo y se lo llevaron a la cama. A su hermana no le dijeron nada de lo sucedido, pues el médico temía agitarla. La boda se celebró con toda solemnidad, y los novios se fueron de Londres.

La debilidad de Aubrey fue en aumento; la efusión de sangre produjo los síntomas que indican que la muerte está cercana. Mandó llamar a los tutores de su hermana, y cuando el reloj dio la medianoche, relató con serenidad todo lo que el lector ya sabe. Murió inmediatamente después.

Los tutores se apresuraron para proteger a miss Aubrey, pero cuando llegaron, ya era demasiado tarde. Lord Ruthven había desaparecido, ¡y la hermana de Aubrey había saciado la sed de un VAMPIRO!