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Las aventuras de Thibaud De La Jacquiére - Charles Nodier

Un rico comerciante de Lyon llamado Jacques de la Jacquiére fue elegido preboste de la ciudad a causa de su probidad y de los grandes bienes que había adquirido sin manchar su honor y reputación. Era caritativo con los pobres y bienhechor de todos los necesitados.

Thibaud de la Jacquiére, su hijo único, tenía un carácter completamente diferente. Era un muchacho muy guapo, pero un pillo redomado que había aprendido a destrozar los cristales de todas las casas, a seducir a las mozas y a jurar y blasfemar con los hombres de armas del rey, en cuyo ejército servía como oficial de estandarte. 

Tanto en París, en Fontainebleau como en las otras ciudades por donde pasaba el rey, todo el mundo hablaba de las maldades cometidas por Thibaud. Un día, este rey, que era Francisco I, escandalizado por la conducta del joven Thibaud, lo envió de vuelta a Lyon, a casa de sus padres, con el fin de que se reformara.

El buen preboste vivía entonces en la plaza de Bellecour. Thibaud fue recibido en la casa paterna con suma alegría. Con motivo de su llegada, se dio un gran banquete a los parientes y amigos. Todos bebieron a su salud, haciendo votos para que el joven Thibaud se convirtiera en un muchacho prudente, sensato y buen cristiano. Pero aquellos votos tan caritativos no le hicieron mella; por el contrario, le disgustaron. Cogió de la mesa una copa de oro, la llenó de vino y dijo:

—¡Sagrada muerte del gran diablo!, quiero ofrecerle, en este vino, mi sangre y mi alma si algún día llego a ser más hombre de bien de lo que soy actualmente.

Estas palabras hicieron poner los pelos de punta a todos los convidados al banquete. Se santiguaron, y algunos se levantaron de la mesa y abandonaron la casa del preboste. Thibaud también se levantó y fue a tomar el fresco a la plaza de Bellecour, donde se encontró con dos de sus antiguos camaradas, tan malos sujetos como él. Thibaud los abrazó de un modo efusivo, los hizo entrar a su casa y los invitó a beber.

A partir de aquel día empezó a llevar una vida pecaminosa que destrozó el corazón de su pobre padre. Este se encomendó a san Jaime, su patrón, y llevó ante su imagen un cirio de diez libras adornado con dos abrazaderas de oro, cada una de un peso de cinco marcos. Pero al querer colocar el cirio sobre el altar, se le cayó de las manos y derribó al suelo una lámpara de plata que ardía ante el santo. Interpretó este doble accidente como un mal presagio, y regresó triste y deprimido a su casa.

Aquel mismo día, Thibaud volvió a invitar a sus amigos; y cuando empezó a anochecer, salieron a tomar aire a la plaza de Bellecour y a pasearse por las calles de la ciudad, confiando encontrar algo que les divirtiese. Pero la noche era tan espesa que no encontraron muchacha ni mujer alguna. Thibaud, impaciente por este fracaso y molesto por no poder conseguir compañía femenina, exclamó, gritando como un energúmeno enfurecido y rabioso:

—¡Sagrada muerte del gran diablo!, prometo que le entregaré mi alma y toda mi sangre si la gran diablesa, su hija, acude a este lugar y acepta mi amor.

Estas sacrílegas palabras disgustaron profundamente a sus amigos, ya que estos no eran tan pecadores como Thibaud, y uno de ellos le dijo:

—Mi querido amigo, piensa que el demonio, por ser enemigo de los hombres, ya les hace bastante daño sin necesidad de que lo llamen invocando su nombre.

Mas el incorregible Thibaud respondió:

—Pues a pesar de todo, cumpliré mi palabra y haré lo que he dicho.

Momentos después, vieron salir de una calle vecina a una joven dama con el rostro cubierto por un espeso velo, que no impedía adivinar su encanto y hermosura. Un negrito la seguía. Este dio un traspié, se cayó al suelo y rompió la linterna. 

La joven dama pareció asustarse muchísimo y, como no sabía qué hacer, Thibaud se apresuró a acercarse a ella, del modo más correcto que pudo, y le ofreció su brazo para conducirla a su casa. Después de unos momentos de vacilación, la desconocida aceptó, y Thibaud, volviéndose hacia sus amigos, les dijo en voz baja:

—Como habéis visto, aquel a quien he invocado no me ha hecho esperar mucho... Buenas noches, amigos míos.

Los dos camaradas comprendieron lo que aquel quería decirles y se marcharon riéndose.

Thibaud ofreció su brazo a la dama y ambos se pusieron en marcha. El negrito iba delante de ellos, aunque llevaba apagada la linterna. La hermosa joven parecía estar tan nerviosa y asustada que apenas podía seguir a su joven acompañante, pero poco a poco se fue tranquilizando y se apoyó con más energía en el brazo de Thibaud. 

De vez en cuando daba un falso paso y se agarraba con más fuerza a su joven caballero. Entonces Thibaud, tratando de retenerla por todos los medios, le puso la mano sobre el corazón, aunque con mucha discreción para no asustarla.

Caminaron durante tanto tiempo que al final Thibaud llegó a suponer que se habían extraviado por las calles de Lyon. Pero este detalle más bien le agradó, ya que así, pensó, tendría más tiempo para conquistar a aquella bella y desconocida dama. No obstante, como sentía una gran curiosidad por saber quién era la hermosa joven, le rogó que tomara asiento en un banco de piedra para que descansase. 

Ella consintió, y nuestro joven amigo se sentó a su lado, cogió su mano con un gesto galante y le rogó, con delicada educación, que contara quién era. La hermosa dama pareció sorprendida en un principio, pero luego, ya más tranquilizada, dijo:

—Me llamo Orlandine; al menos así me llamaban las personas que convivían conmigo en el castillo de Sombre, en los Pirineos. En aquel lugar sólo vi a mi ama de compañía, que era sorda, a una criada tan tartamuda que hubiera sido mejor que fuese muda del todo, y un viejo portero que era ciego. Este portero no tenía mucho trabajo que hacer, pues sólo abría la puerta una vez al año, y eso a un caballero que venía sólo a cogerme la barbilla y hablar con mi dueña; conversaciones de las que no me enteraba de nada, ya que se desarrollaban en lengua vasca, idioma que no domino. Gracias a Dios que sabía hablar cuando me encerraron en el castillo de Sombre, pues de lo contrario jamás lo habría conseguido, dadas las personas que me habían puesto como acompañantes o vigilantes... en mi prisión. En cuanto al portero, sólo lo veía cuando nos pasaba la comida a través de la reja de la única ventana que teníamos. A decir verdad, mi ama de llaves me gritaba al oído extrañas lecciones de moral; pero me enteraba tan poco como si hubiese sido tan sorda como ella, pues me hablaba de los deberes del matrimonio, pero no me decía qué era el matrimonio. A menudo, mi sirvienta se empeñaba en contarme historias y aseguraba que eran muy interesantes, pero como no podía seguir más allá de la segunda frase, se veía forzada a renunciar y se retiraba mientras se disculpaba tartamudeando.

»Ya le he dicho que había un señor que venía a verme una vez al año. Cuando cumplí los quince años, aquel caballero me hizo subir a una carroza, junto con mi ama de compañía. En ella estuvimos viajando durante tres días consecutivos y, al llegar la tercera noche, o quizá el crepúsculo, salimos de la carroza. Recuerdo perfectamente que un hombre abrió la portezuela y nos dijo:

»—En este instante están ustedes en la plaza de Bellecour; y aquella es la mansión del preboste, Jacques de la Jacquiére. ¿Dónde desean que las conduzca?

»—Entre usted en la primera puerta cochera después de la del preboste —repuso mi ama de llaves.

Al oír estas palabras, el joven Thibaud puso mucha atención, ya que era su vecino, un gentilhombre llamado señor de Sombre, quien vivía en aquella mansión y quien, por añadidura, era sumamente celoso.

—De modo que entramos en la puerta cochera —continuó Orlandine—, y allí, subiendo por una escalera de mármol, me condujeron a unas inmensas y hermosas cámaras; luego, caminamos por un pasadizo oscuro, al final del cual había una escalera de caracol. Subimos por ella hasta llegar a una torre muy alta, cuyas ventanas estaban tapadas con gruesas cortinas verdes. Por lo demás, la torre estaba bastante iluminada. Mi dueña, después de hacerme sentar en un hermoso butacón tapizado de terciopelo negro, me entregó su rosario para que ocupara mi tiempo en actos piadosos, y se marchó cerrando la puerta con dos vueltas de llave.

»Cuando me vi sola, tiré el rosario, saqué unas tijeras que había ocultado en mi corsé e hice una abertura en la cortina verde que ocultaba la ventana de la torre. Entonces vi, a través de otra ventana de una mansión vecina, una habitación muy iluminada en la que cenaban tres jóvenes caballeros y tres señoritas. Cantaban, bebían, reían y se abrazaban...

Orlandine dio otros detalles más sobre aquella escena que presenció; detalles que estuvieron a punto de hacer reír a mandíbula batiente al joven Thibaud, pues se trataba de una cena que él había dado a sus dos amigos y a tres señoritas de la ciudad.

—Estaba yo atenta a todo lo que allí pasaba —continuó Orlandine—, cuando de repente oí que se abría la puerta. Cogí el rosario de inmediato, me senté en el sillón y vi entrar a mi ama. Esta me tomó de la mano, sin decirme una sola palabra, me llevó de nuevo a la carroza y me hizo subir a ella. Se puso en marcha y, después de un largo trayecto, llegamos a la última casa de la barriada. En realidad se trataba de una cabaña, aunque por dentro estaba dotada de todas las comodidades. Su aspecto es magnífico; cosa que podrá usted comprobar dentro de un momento, si el negrito encuentra el camino, ya que veo que al fin ha conseguido volver a encender la linterna.

—¡Oh, bella extraviada! —interrumpió Thibaud, mientras le besaba galantemente la mano—. Le agradecería muchísimo que me diga si vive sola en esa casita.

—Sí, vivo sola —respondió la dama—, acompañada de ese negrito y de mi ama de llaves. Mas no creo que ella pueda venir esta noche. El señor que me condujo la noche pasada a esta casita me envió decir, hace unas dos horas, que fuese a unirme con él en casa de una de sus hermanas; como no podía enviarme su carroza, ya que la había enviado a recoger a un sacerdote, decidí ir a pie. Cuando mi ama y yo íbamos por una de esas calles, un individuo me detuvo para decirme que era muy bella. Entonces ella, como es sorda, creyó que me estaba insultando, por lo que se puso a censurarle su vergonzosa conducta con agrias palabras. Luego acudieron otras personas que se unieron a la querella. Tuve miedo y huí; el negrito me siguió corriendo, pero tropezó y rompió la linterna. Fue entonces, caballero, cuando tuve el honor de encontrarme con usted.

Thibaud se disponía a prodigarle unas galanterías cuando el negrito apareció con la linterna encendida. Se pusieron en marcha de inmediato y, al cabo de cierto tiempo, llegaron a la casita aislada, cuya puerta abrió el negrito con una llave que llevaba atada a su cinturón.

El interior de la casa estaba magníficamente adornado y, entre aquellos muebles de nobles maderas, se veían unos butacones tapizados de terciopelo de Génova, con franjas rojas, y una cama cubierta de muaré de Venecia. Pero nada de aquella magnífica y soberbia ornamentación atraía la atención de Thibaud; sólo tenía ojos para Orlandine.

El negrito puso un mantel sobre la mesa y preparó la cena. Entonces, Thibaud se dio cuenta de que el negrito no era un niño, como había creído desde un principio, sino una especie de enano viejo, muy negro y con el rostro más feo del mundo. 

Este pequeño enano se presentó instantes después llevando una bandeja con cuatro apetitosas perdices y una botella de excelente vino. Se pusieron a la mesa. Apenas Thibaud hubo tomado unos bocados y unos cuantos sorbos de vino, sintió como una especie de fuego sobrenatural que circulaba por sus venas. 

Mientras, Orlandine seguía con tranquilidad comiendo, pero observaba con insistencia a su convidado, algunas veces con una mirada tierna y cándida, y otras con unos ojos tan llenos de malicia que el joven caballero ya no sabía qué hacer ni qué pensar.

Al fin, el negrito vino, quitó la comida y el mantel y se retiró de inmediato. Entonces, Orlandine cogió la mano de Thibaud y le dijo:

—Dígame, guapo caballero, ¿cómo quiere que pasemos la velada? Un momento; se me ocurre una idea; aquí hay un espejo. Pongámonos enfrente y juguemos a hacer pantomimas como solía hacer en el castillo de Sombre. Me divertía mucho al ver que mi ama de llaves era muy distinta a mí. Ahora quiero saber si usted es diferente de mí.

Orlandine puso dos sillas delante del espejo y luego aflojó el cuello de Thibaud, mientras decía:

—Su cuello es casi igual que el mío; las espaldas también. Pero en lo referente al pecho, ¡cuánta diferencia! El año pasado mi pecho era como el suyo, pero luego engordé y ya ni me reconozco. Quítese el cinturón, el jubón y todos esos cordones...

Thibaud, no pudiendo contenerse más, llevó a Orlandine a la cama cubierta con muaré de Venecia y se creyó el más feliz de los hombres. Pero aquella felicidad no duró mucho tiempo. El desgraciado joven sintió unas garras agudas que se le clavaban en la espalda. Empezó a gritar llamando a Orlandine, pero esta ya no estaba allí. En su lugar vio un horrible conjunto de formas repugnantes, siniestras y misteriosas...

—¡Yo no soy Orlandine! —dijo el monstruo con voz cavernosa—. ¡Soy Belcebú!

Thibaud quiso pronunciar el nombre de Jesús, pero el diablo, que adivinó su intención, le apretó la garganta con sus dientes, impidiéndole pronunciar el sagrado nombre.

Al día siguiente por la mañana, unos campesinos que se dirigían a vender sus legumbres al mercado de Lyon oyeron unos gemidos procedentes de una granja abandonada situada cerca del camino y que servía de vertedero. Entraron en ella y encontraron a Thibaud tumbado sobre una carroña medio podrida. 

Lo cogieron y lo transportaron a la casa de su padre, el preboste de Lyon. El desdichado caballero de la Jacquiére reconoció a su hijo. Luego colocaron al joven en una cama y pronto recobró el conocimiento. Entonces dijo con voz débil: «Abran la puerta a ese santo ermitaño».

Al principio nadie comprendió lo que quería decir; mas luego fueron y abrieron la puerta, y penetró por ella un venerable religioso que solicitó humildemente que lo dejaran a solas con Thibaud. 

Durante mucho tiempo se oyó la voz del ermitaño aconsejando al joven, exhortándolo, como asimismo los suspiros del desgraciado Thibaud. Cuando la voz dejó de oírse, todos entraron en la habitación. El ermitaño había desaparecido y sobre la cama yacía muerto el hijo del preboste, con un crucifijo entre las manos.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...) 

El vampiro - J. W. Polidori

Sucedió que en medio de las diversiones propias del invierno londinense, en varias fiestas de las personas más significadas de la buena sociedad, apareció un noble que destacaba más por sus peculiaridades que por su rango. 

Contemplaba el regocijo de su alrededor como si no pudiera participar de él. Aparentemente, solo la suave risa de los demás llamaba su atención, y con una sola mirada podía acallarla, y meter el miedo en aquellos pechos en los que reinaba la despreocupación. 

Los que percibían esta sensación de reverente temor que provocaba no podían explicar cuál era su causa: algunos la atribuían a unos ojos grises e inertes, que al fijarse sobre los rostros parecía no verlos, pero cuya mirada penetraba hasta lo más recóndito de los corazones; caía a plomo sobre una mejilla y se quedaba sobre la piel que no podía atravesar. 

Sus peculiaridades hicieron que se lo invitase a todas las casas; todo el mundo quería verlo, y quienes estaban acostumbrados a la excitación violenta, y ahora experimentaban el peso del aburrimiento, se alegraron de tener algo capaz de atraer su atención. 

A pesar de la palidez de su rostro, cuyos rasgos eran sin embargo hermosos y agradables, y de que nunca adquiría color, ni por el rubor de la modestia ni por la fuerte emoción de la pasión, muchas de las féminas que iban detrás de la notoriedad, intentaron ganarse sus atenciones y atisbar al menos alguna señal de algo que pudiera llamarse afecto. 

Lady Mercer, que había sido objeto de burla por todos los monstruos a los que había arrastrado a su dormitorio desde su boda, se interpuso en su camino, y, salvo ponerse un traje de saltimbanqui, hizo de todo para llamar su atención, pero en vano; cuando se plantaba delante de él, si bien en apariencia sus ojos se fijaban en los de ella, no parecía darse cuenta de su presencia. 

Pese a su conocido descaro, la mujer finalmente se sintió frustrada y abandonó su intento. Pero aunque consumadas adúlteras no consiguieran de él ni siquiera una mirada, a este extraño personaje el sexo femenino no le era indiferente; sin embargo, era tal la discreción con que hablaba con la esposa virtuosa y con la hija inocente, que pocos se daban cuenta de que se dirigiera a las mujeres. 

Poseía, sin embargo, reputación de ser muy buen conversador; y ya fuese porque gracias a eso lograba que se sobrepusiesen al espanto de su carácter singular, o bien porque las conmoviera su aparente rechazo del vicio, tanto se lo podía encontrar entre las mujeres que constituyen el orgullo de su sexo por sus virtudes domésticas, como entre las que lo avergüenzan con sus vicios. 

Hacia esa misma época, llegó a Londres un joven caballero llamado Aubrey. Era huérfano, y tenía una sola hermana, y sus padres, muertos cuando eran todavía unos niños, les habían dejado una gran fortuna. 

Criado por tutores que creían que su deber respecto a él consistía meramente en cuidar de su fortuna, habían dejado el más importante cometido de la formación de su mente en manos de personas subalternas, que cultivaron más su imaginación que su juicio. 

Tenía, pues, ese acusado sentimiento romántico del honor y del candor, que a diario arruina la vida de tantos jóvenes ignorantes. Creía que todo el mundo apreciaba la virtud, y que el vicio solo había sido añadido por la Providencia para poner un toque pintoresco en la escena, como en las novelas. 

Creía que la miseria de una choza consistía en la manera de vestir de sus habitantes, con prendas que abrigaban como las demás, pero más adecuadas para el ojo del pintor gracias a sus pliegues irregulares y al colorido de sus variados remiendos. Pensaba, en fin, que los sueños de los poetas eran la realidad de la vida. 

Aubrey era bien parecido, sincero y rico; por estos motivos, tras su entrada en sociedad, muchas madres lo rodeaban, esforzándose por describir con poca veracidad a sus lánguidas o retozonas hijitas. Por su parte, el semblante de estas se iluminaba cuando él se les acercaba, y sus ojos centelleaban, con lo que le hicieron concebir una falsa idea de su talento o su mérito. 

Tras las muchas novelas románticas que había leído en sus horas solitarias, le sorprendió descubrir que, salvo en las velas de sebo y cera que chisporroteaban, no por la presencia de un fantasma, sino por falta de mecha, en la vida real no había fundamento para ninguna de las numerosas imágenes y descripciones agradables que contenían aquellos libros con los que se había educado. 

Al encontrar, empero, alguna recompensa en la satisfacción de su vanidad, estaba a punto de renunciar a sus sueños, cuando el extraordinario ser que hemos descrito anteriormente se cruzó en su camino.

Aubrey lo observó con atención, y la propia imposibilidad de formarse una idea del carácter de un hombre tan completamente absorbido por sí mismo, que no daba más señales de su percepción de los objetos externos que la aceptación tácita de su existencia, reflejada en su evitación de los mismos, hizo que el joven dejara que su imaginación tomara las riendas y, con su inclinación a las ideas extravagantes, pronto convirtió a aquel hombre extraño en el héroe de una novela, y decidió observar aquel resultado de su fantasía, más que a la persona en sí. 

Trabó conocimiento con él, le dedicó especiales atenciones, y avanzó tanto en su propósito, que llegó incluso a ser reconocido por el otro. Poco a poco, fue sabiendo que los asuntos de lord Ruthven estaban un poco embrollados, y pronto, gracias a informaciones recogidas aquí y allá, averiguó que estaba a punto de partir de viaje. 

Deseoso de saber más acerca de ese personaje singular que, hasta el momento, apenas había satisfecho su curiosidad, sugirió a sus tutores que ya era hora de que él realizara el viaje que desde hacía generaciones se consideraba necesario para que un joven avanzara rápidamente en la carrera del vicio, para así ponerse al mismo nivel de sus mayores, y que no le pillase de nuevas cuando se mencionaran intrigas escandalosas en medio de chanzas o elogios, según el grado de habilidad con que se hubieran llevado a cabo. 

Sus tutores consintieron, y Aubrey, tras mencionar de inmediato sus intenciones a lord Ruthven, se sorprendió al proponerle este acompañarlo. Halagado por tal muestra de aprecio de quien al parecer no tenía nada en común con los demás mortales, aceptó de buena gana, y en pocos días ya habían cruzado el mar y estaban en el continente.

Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar el carácter de lord Ruthven, y ahora descubrió que, si bien la mayor parte de sus actos sucedían ante su vista, los resultados ofrecían conclusiones diferentes de los aparentes motivos de su conducta. 

Su compañero era generoso: el vago, el vagabundo y el mendigo recibían de su mano más que suficiente para cubrir sus necesidades inmediatas. Pero Aubrey no pudo evitar observar que no era a los virtuosos, reducidos a la indigencia a causa de las desgracias que recaen incluso sobre la virtud, a quienes ofrecía su limosna; a estos los echaba de su puerta con una expresión de desprecio apenas disimulada. 

Sin embargo, cuando era el libertino el que iba a pedir algo, no para aliviar sus necesidades, sino para poder entregarse a la lujuria, o hundirse aún más en sus excesos, se iba de allí habiendo recibido profusa caridad. Sin embargo, el joven lo atribuía a la mayor importunidad del vicioso, que en general es más insistente que el indigente virtuoso. 

Había una característica de la caridad de su señoría que había impresionado aún más al joven: a todos aquellos a los que lord Ruthven ayudaba, invariablemente atraían sobre ellos una maldición, pues o bien eran llevados al cadalso, o bien caían en la más absoluta y abyecta miseria. 

En Bruselas y otros lugares por los que pasaban, Aubrey se sorprendió del evidente entusiasmo con que su compañero buscaba todos los centros de vicio de moda; una vez en ellos, se acercaba ansioso a la mesa de juego, donde apostaba y ganaba siempre, salvo cuando su antagonista era un tahúr; entonces, lord Ruthven perdía más de lo que ganaba, pero siempre con la misma expresión inmutable con que solía mirar todo lo de su alrededor. 

No era así, sin embargo, cuando se encontraba con un joven novato e imprudente, o con el desafortunado padre de familia numerosa; entonces, su deseo parecía el ejecutor de la ley de la fortuna: abandonaba su aparente distracción, y sus ojos brillaban con el fuego de los del gato que juguetea con un ratón medio muerto. 

En cada ciudad, dejaba al joven antes acaudalado, arrancado de los círculos que hasta entonces había frecuentado, maldiciendo en la soledad de un calabozo la suerte que lo había acercado a aquel malvado; al mismo tiempo, más de un padre se quedaba desesperado ante las elocuentes miradas de sus hijos hambrientos, sin un solo céntimo de su anterior fortuna con la que comprar lo suficiente para hacer frente a su necesidad. 

Pero su señoría no se llevaba el dinero de la mesa de juego, sino que inmediatamente perdía el último florín que acababa de obtener de las manos temblorosas de personas inocentes. Su habilidad podía deberse quizá a cierto grado de conocimiento que no era, sin embargo, capaz de combatir la astucia de los más experimentados. 

Aubrey deseó a menudo comentar todo eso con su amigo, rogarle que renunciara a la caridad y al placer que resultaba en la ruina de todos, y en cambio no redundaba en su propio provecho. Pero fue dejándolo, porque cada día esperaba que su amigo le diera la oportunidad para hablarle franca y abiertamente, pero eso nunca sucedió. 

En su carruaje, entre las escenas ricas y variadas de la naturaleza, lord Ruthven era siempre el mismo: sus ojos hablaban menos que su boca, y si bien Aubrey estaba cerca del objeto de su curiosidad, no obtenía de ello más que la constante y vana ilusión de creer que iba a descifrar ese misterio, que ante su imaginación exaltada empezó a asumir la apariencia de algo sobrenatural.

Pronto llegaron a Roma, y, por un tiempo, Aubrey perdió de vista a su compañero; lo dejó en la compañía cotidiana del círculo matutino de una condesa italiana, mientras él iba en busca de los vestigios de otra ciudad casi desierta. 

En esas estaba cuando le llegó correo de Inglaterra, que Aubrey abrió con apremiante impaciencia; la primera carta era de su hermana, llena de afecto; las otras eran de sus tutores, y estas últimas lo sorprendieron: si alguna vez había pasado por su mente que su acompañante poseía un poder maligno, sus tutores parecían darle motivos sobrados para creerlo así. 

Lo instaban a que se alejara de su amigo de inmediato, e insistían en que su carácter era tremendamente vicioso, y que debido a sus irresistibles poderes de seducción sus costumbres libertinas se volvían aún más peligrosas para la sociedad. 

Se había descubierto que su desprecio por la adúltera no procedía de su rechazo de ese tipo de persona, sino que, para su gratificación, necesitaba que su víctima, compañera en la culpa, estuviese en la cima de la virtud más elevada para desde allí caer al más bajo abismo de infamia y degradación. 

En resumen, todas las mujeres a las que lord Ruthven había buscado, aparentemente a causa de su virtud, desde su partida no habían vacilado en dejar caer la máscara, y habían expuesto sin escrúpulos toda la deformidad de sus vicios ante la mirada pública.

Aubrey decidió dejar al instante a aquel cuyo carácter no había mostrado un solo punto de luz en el que reposar la mirada. Resolvió inventar alguna excusa verosímil para abandonarlo del todo, con el propósito simultáneo de vigilarlo más de cerca y que no le pasase desapercibida ninguna circunstancia. 

Se introdujo en el mismo círculo que él y pronto percibió que su señoría se afanaba en conquistar a la inexperta hija de la mujer cuya casa frecuentaba más a menudo. En Italia, era raro que una mujer soltera alternase en sociedad, de modo que lord Ruthven estaba obligado a llevar a cabo sus planes en secreto; pero Aubrey estaba pendiente de todo y pronto descubrió que habían fijado una cita secreta que seguramente acabaría en la ruina de una chica inocente pero imprudente. 

Sin perder tiempo, entró en el apartamento de lord Ruthven, y abruptamente le preguntó acerca de sus intenciones con respecto a la dama, informándole a la vez de que sabía que iba a encontrarse con ella esa misma noche. Lord Ruthven respondió que sus propósitos eran los que podía suponerse en circunstancias semejantes; cuando el joven le preguntó si pensaba casarse con ella, el otro simplemente se echó a reír. 

Aubrey se fue, y de inmediato escribió una nota para decirle a lord Ruthven que desde aquel momento se negaba a acompañarlo en lo que quedaba de viaje, ordenó a su sirviente que le buscara otro apartamento, y fue a ver a la madre de la chica para informarla de todo lo que sabía, no solo en relación con su hija, sino también de la persona de su señoría. 

La cita fue impedida. Al día siguiente, lord Ruthven envió a su sirviente para que le comunicase a Aubrey su total conformidad con la separación, pero no insinuó sospecha alguna respecto a que sus planes se hubieran frustrado por obra del joven

Una vez dejó Roma, Aubrey dirigió sus pasos hacia Grecia, cruzó la península, y pronto se encontró en Atenas. Fijó su residencia en casa de un griego y luego se ocupó en rastrear los recuerdos desvanecidos de la antigua gloria en los monumentos, que al parecer avergonzados de dar cuenta de hechos de hombres libres solo ante esclavos, se habían ocultado bajo el suelo protector o bajo coloridos líquenes. 

En su mismo alojamiento vivía un ser tan bello y delicado que podría haber servido de modelo para un pintor que quisiera retratar en el lienzo la esperanza prometida a los fieles en el paraíso de Mahoma, excepto que sus ojos hablaban demasiado de su mente como para que alguien pensara que pertenecía al grupo de los que carecían de alma. 

Mientras danzaba en la llanura, o se movía con paso ligero por las laderas de la montaña, uno hubiera pensado que la gacela era una pobre comparación para su belleza, ya que nadie habría cambiado sus ojos, que parecían los de la naturaleza animada, por la mirada soñolienta y lujuriosa del animal que solo gusta al epicúreo. 

El paso leve de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su búsqueda de antigüedades, y a menudo inconscientemente, ocupada en la persecución de una mariposa de Cachemira, mostraba al completo la belleza de sus formas, como si flotase al viento, ante la mirada ansiosa del joven, que al contemplar su figura de sílfide olvidaba las letras que acababa de descifrar en una lápida casi borrada. 

A menudo, mientras revoloteaba de un lado a otro, sus largas trenzas reflejaban los rayos del sol con unos tonos tan delicadamente brillantes y tan evanescentes, que bien podían servir de excusa para el despiste del buscador de antigüedades, que olvidaba lo que hasta ese momento había considerado de vital importancia para la interpretación correcta de un pasaje de Pausanias. 

Pero ¿para qué intentar describir unos encantos que todos sienten, pero nadie puede apreciar? Era la inocencia, la juventud y la belleza, no afectadas por los salones abarrotados de gente y los bailes sofocantes. Mientras él dibujaba las ruinas cuyo recuerdo quería preservar para sus horas futuras, ella se quedaba de pie a su lado y observaba el efecto mágico de su lápiz al esbozar las escenas que conformaban el lugar donde había nacido. 

Entonces, ella le describía el baile en círculo sobre la llanura abierta, desplegaba ante sus ojos, con todos los brillantes colores de su memoria juvenil, los solemnes casamientos que recordaba de su infancia, y luego, recalando en los temas que a todas luces más impresión le habían causado, le contaba los relatos sobrenaturales de su nodriza. 

Su seriedad y aparente creencia en lo que narraba, despertaba incluso el interés de Aubrey; y cuando le contaba el cuento del vampiro viviente, que había pasado años entre sus amigos y sus más queridos parientes, obligado a alimentarse cada año de la vida de una bella joven para prolongar su existencia unos meses más, la sangre se le helaba en las venas, mientras intentaba ahuyentar con risas esas horribles y ociosas fantasías. 

Pero Ianthe mencionaba los nombres de ancianos que habían detectado al menos a un vampiro viviendo entre ellos, después de que hubiesen encontrado a varios de sus parientes cercanos y niños con la huella del apetito del malvado. Cuando veía a Aubrey tan incrédulo, la joven le rogaba que la creyera, pues se decía que quien se atreve a dudar de su existencia termina siempre por recibir pruebas que lo obligan, con pesar y congoja, a reconocer que era verdad. 

Ianthe le detalló la apariencia tradicional de esos monstruos, y el horror de Aubrey fue en aumento al oír una descripción bastante ajustada de lord Ruthven; y, aunque insistía en persuadir a la muchacha de que sus miedos carecían de fundamento, al mismo tiempo se sorprendía de tantas coincidencias, que tendían a reforzar en él la creencia en el poder sobrenatural de lord Ruthven.

Aubrey empezó a sentirse cada vez más apegado a Ianthe; su inocencia, tan opuesta a todas las afectadas virtudes de las mujeres entre las que había buscado su romance soñado, conquistó su corazón. Y si bien la idea de que un joven de costumbres inglesas se casara con una chica griega sin educación le parecía ridícula, aun así iba sintiendo cada vez más afecto por la figura casi feérica que tenía ante sí. 

A veces se apartaba de ella, y siguiendo un plan de búsqueda de restos arqueológicos, partía con la intención de no regresar hasta alcanzar su objetivo. Pero luego le resultaba imposible fijar su atención en las ruinas que lo rodeaban, mientras la imagen que ocupaba su mente le parecía la única legítima poseedora de sus pensamientos. 

Ianthe no era consciente de su amor, y seguía siendo el mismo ser infantil y sincero que había conocido la primera vez. Siempre parecía separarse de él con desgana, pero era porque mientras su amigo estaba ocupado dibujando o descubriendo algún fragmento que todavía no había sucumbido a la mano destructora del tiempo, ella no tenía con quién evocar sus fantasías favoritas. 

Ianthe preguntó a sus padres qué opinaban de los vampiros, y ambos, lo mismo que varias personas presentes, confirmaron su existencia, palideciendo de horror ante la mera mención de los mismos. Poco tiempo después, Aubrey se decidió a emprender una de sus excursiones, que lo mantendría ocupado durante algunas horas. 

Cuando los demás supieron adónde tenía previsto ir, todos le rogaron que no regresara de noche, ya que por fuerza tenía que pasar por un bosque en el que, por ningún concepto, griego alguno entraría tras ponerse el sol. Le dijeron que era el lugar donde los vampiros celebraban sus orgías nocturnas, y aseguraban que los más terribles males recaerían sobre quien se atreviera a cruzarse en su camino. 

Aubrey no se tomó en serio sus palabras, e intentó bromear sobre ellas, pero cuando los vio estremecerse al ver cómo él se atrevía a burlarse de ese poder infernal y supremo, cuya sola mención parecía helarles la sangre, guardó silencio.

A la mañana siguiente, Aubrey partió de excursión solo; le sorprendió observar el melancólico semblante de su anfitrión, y le preocupó descubrir hasta qué punto sus palabras burlándose de aquellos horribles demonios les habían causado terror. 

Cuando estaba a punto de irse, Ianthe se acercó a él, que estaba montado ya en su caballo, y le rogó encarecidamente que regresara antes de que la noche permitiera que el poder de aquellos seres se pusiera en acción. Él así se lo prometió. 

Sin embargo, estaba tan absorto en su investigación, que no se dio cuenta de que la luz del día estaba menguando, y de que en el horizonte había una de esas manchitas que, en los climas más cálidos, rápidamente se convierten en una tremenda masa y que descarga toda su furia sobre el resignado campo. No obstante, finalmente montó en su caballo, convencido de que compensaría la demora con velocidad; pero era demasiado tarde. 

En esos climas sureños el crepúsculo casi no existe, y en cuanto se pone el sol comienza la noche, y antes de que hubiera avanzado demasiado, la fuerza de la tormenta descargó sobre su cabeza. Los truenos retumbaban sin apenas intervalo ni descanso; la intensa lluvia se abría camino a través del dosel del follaje, mientras los relámpagos, azules y ahorquillados, parecían caer junto a sus propios pies. 

De repente, el caballo se asustó y se lanzó al galope a través del bosque enmarañado. Finalmente, agotado, el animal se detuvo, y a la luz de los relámpagos, Aubrey vio que estaba en las cercanías de una casucha que apenas se destacaba entre las masas de hojas muertas y la maleza que la rodeaban. 

Desmontando, se acercó a la choza, esperando encontrar allí a alguien que pudiera conducirlo al pueblo, o, de estar deshabitada, conseguir al menos un lugar donde refugiarse de la tormenta. A medida que se acercaba, los truenos cesaron un momento y Aubrey pudo oír los espantosos chillidos de una mujer, mezclados con una sofocada pero exultante risa burlona. 

El joven se sobresaltó, pero impulsado por el trueno que nuevamente retumbó sobre su cabeza, empujó con fuerza y abrió la puerta de la choza. Dentro reinaba la oscuridad más absoluta; el sonido, sin embargo, lo guió. Al parecer, nadie se había percatado de su presencia, pues, a pesar de haber llamado, los sonidos continuaron sin que nadie le respondiera. 

Topó con alguien que inmediatamente lo agarró; cuando una voz gritó: «¡Otro despistado!» le sucedió una fuerte risa y se sintió sujetado por alguien cuya fuerza parecía sobrehumana. Se resistió, dispuesto a vender cara su vida, pero en vano: fue levantado en el aire y lanzado con una enorme fuerza contra el suelo. A continuación, su enemigo se abalanzó sobre él y, arrodillándose sobre su pecho, le rodeó el cuello con las manos.

En ese momento, el resplandor de varias antorchas penetró por el agujero que iluminaba la choza durante el día y el que lo sujetaba se levantó de golpe, abandonó a su presa y huyó por la puerta; un instante después, el estrépito de las ramas que se quebraban a medida que corría por el bosque dejó de oírse. 

La tormenta había cesado y las voces de Aubrey, incapaz de moverse, pronto fueron oídas por los que estaban fuera. Entraron, y las antorchas iluminaron unas paredes de barro y un techo de paja cargado de pesados restos de hollín. Por indicación del joven, los recién llegados fueron en busca de la mujer cuyos gritos él había oído, y lo dejaron de nuevo sumido en la oscuridad. 

Pero cuál no sería su horror cuando las antorchas regresaron y, a su luz, pudo percibir la figura sin vida de su bella y grácil guía. Cerró los ojos, confiando en que no fuera más que una visión fruto de su perturbada imaginación, pero al abrirlos volvió a verla, echada a su lado. El color había huido de su rostro, e incluso de sus labios, aunque la serenidad de su semblante parecía casi la misma de cuando estaba viva. 

Su cuello y su pecho estaban ensangrentados, y en la garganta se veían las marcas de unos dientes que le habían abierto la vena. Los hombres las señalaron horrorizados, gritando a la vez: «¡Un vampiro, un vampiro!». Fabricaron rápidamente unas parihuelas, y depositaron en ellas a Aubrey junto con quien en los últimos tiempos había sido para él objeto de tantas luminosas y feéricas imágenes, ahora caída; la flor de la vida muerta junto con ella. 

Aubrey apenas podía pensar; su mente entumecida parecía rehuir la reflexión y refugiarse en el vacío. Sin darse cuenta, sostenía en la mano un puñal desenvainado, de una singular factura, que había encontrado en la choza. Pronto se encontraron con otras partidas que habían salido en busca de aquella a quien su madre había echado en falta. Su lastimero llanto a medida que se acercaban a la ciudad, advirtió a los padres de que algo terrible había ocurrido. Cuando estos descubrieron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y señalaron el cadáver. Inconsolables, ambos murieron con el corazón destrozado.

Acostaron a Aubrey y este fue presa de una virulenta fiebre que a menudo lo hacía delirar. En estos intervalos llamaba a lord Ruthven y a Ianthe; por alguna extraña asociación, parecía rogarle a su antiguo acompañante que perdonara la vida de su amada. En otros momentos dirigía sobre él todas las imprecaciones, y lo maldecía por haberla destruido. 

Casualmente, por aquel entonces lord Ruthven llegó a Atenas, y, por el motivo que fuera, al enterarse del estado de Aubrey, inmediatamente se instaló en la casa y lo cuidó noche y día. Cuando el joven salió de su delirio, se horrorizó y sorprendió a partes iguales al ver a aquel cuya imagen había asociado a la de un vampiro. 

Pero lord Ruthven, con sus palabras amables, que casi transmitían arrepentimiento por la falta que había causado su separación, y aún más con la atención, ansiedad y preocupación por él que demostraba, pronto lo reconcilió con su presencia. 

Su señoría parecía muy cambiado; ya no era aquel ser apático que tanto había impresionado a Aubrey. Pero a medida que la recuperación de este empezó a ser un hecho, se volvió a retraer poco a poco en su anterior estado mental, hasta el punto de que Aubrey ya no podía percibir ninguna diferencia con el hombre de antaño, salvo que a veces lo sorprendía mirándolo fijamente, con una sonrisa maliciosa y exultante en los labios. 

El joven no sabía por qué, pero esa sonrisa lo obsesionaba. Durante la última etapa de recuperación del enfermo, lord Ruthven parecía estar entretenido en mirar las olas que levantaba la fresca brisa, o en observar el avance de los orbes que, como nuestro mundo, rodean al sol inmóvil. En realidad parecía querer evitar la mirada de los demás.

A causa de la impresión de lo acaecido, la mente de Aubrey se debilitó enormemente, y aquella levedad de espíritu que tiempo atrás lo había caracterizado parecía haber desaparecido para siempre. Ahora era tan amante de la soledad y el silencio como lord Ruthven, pero por mucho que deseara la soledad, le era imposible hallarla en Atenas. 

Si la buscaba entre las ruinas que antaño había frecuentado, veía la figura de Ianthe a su lado; si la buscaba en los bosques, su paso ligero parecía pasear entre la vegetación, en busca de la modesta violeta, y entonces, de repente, se daba la vuelta y, con una tranquila sonrisa en los labios, le mostraba a la desbocada imaginación de Aubrey su pálido rostro y su garganta herida. 

El joven decidió cambiar de aires e irse del lugar que suscitaba tan amargas asociaciones en su mente. Propuso a lord Ruthven, a quien se encontraba unido por los tiernos cuidados que este le había prodigado durante su enfermedad, que visitaran aquellas partes de Grecia que ninguno de los dos había visto aún. Viajaron en todas direcciones y buscaron los sitios que pudieran visitar con gusto; pero aunque se esforzaron por recorrerlo todo, no parecían prestar atención a lo que miraban. 

Oyeron muchas historias de bandidos, pero poco a poco empezaron a hacer caso omiso de esas informaciones, que atribuyeron a la inventiva de individuos cuyo propósito era estimular la generosidad de aquellos a quienes defendían de los supuestos peligros. Como consecuencia de ese desprecio de los consejos de los habitantes, en una ocasión viajaron con apenas unos pocos guardas, que les servían más como guías que como defensa. 

Sin embargo, al entrar en un estrecho desfiladero, en el fondo del cual discurría el lecho de un torrente, con enormes masas de rocas caídas de los precipicios vecinos, tuvieron motivos para arrepentirse de su negligencia, pues, en cuanto la totalidad del grupo hubo entrado en el angosto pasaje, fueron sorprendidos por el silbido de balas cerca de su cabeza, y el eco retumbante de varias pistolas. 

En un instante, sus guardas salieron corriendo y, refugiándose detrás de unas rocas, comenzaron a disparar en la dirección de donde venían los tiros. Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se parapetaron por un momento detrás de un recodo del paraje, pero avergonzados al verse así detenidos por un enemigo que con insultos los provocaba para que avanzasen, y expuestos a la carnicería segura si cualquiera de los bandidos trepaba y los sorprendía por la espalda, de repente decidieron huir hacia delante en busca del enemigo. 

Apenas habían abandonado su refugio cuando lord Ruthven recibió un tiro en el hombro que lo derribó. Aubrey se apresuró a prestarle ayuda sin importarle ya la lucha ni su propia seguridad; lo sorprendió ver en un instante las caras de los bandidos a su alrededor. Al ver a lord Ruthven herido, los guardas levantaron los brazos y se rindieron.

Con la promesa de una gran recompensa, Aubrey pronto los persuadió para que llevaran a su amigo herido a una cabaña cercana, y tras haber acordado un rescate, dejaron de molestar con su presencia. Se limitaron a vigilar la puerta hasta que su camarada volviera con la suma prometida, para la que Aubrey había extendido una orden. 

Lord Ruthven perdía fuerzas rápidamente, y al cabo de dos días le sobrevino la gangrena; la muerte parecía acercarse a pasos agigantados. La conducta y la apariencia del herido no habían cambiado; parecía tan ajeno al dolor como lo había estado a los objetos de su alrededor. Pero hacia la tarde del último día, se lo vio repentinamente inquieto, con los ojos fijos en Aubrey, el cual se vio urgido a asistirlo, con una petición inusitadamente formal.

—¡Ayúdame! Tú puedes salvarme, puedes hacer incluso más que eso… no me refiero a la vida, mi final me importa tan poco como mi existencia, pero podrías salvar mi honor… el honor de tu amigo.

—¿Cómo? Dime cómo. Haría cualquier cosa —respondió Aubrey.

—Necesito muy poco, mi vida se consume con presteza… No puedo explicártelo todo, pero si ocultaras lo que sabes de mí, mi honor estaría libre de mácula para todo el mundo… Y si mi muerte se desconociera durante algún tiempo en Inglaterra… yo… yo… solo la vida.

—No se sabrá.

—¡Júralo! —gritó el moribundo incorporándose bruscamente—. Jura por todo aquello que veneras, por todo lo que temes, jura que durante un año y un día no explicarás a nadie lo que sabes de mis crímenes y mi muerte, pase lo que pase y veas lo que veas. —Los ojos parecían salírsele de las órbitas.

—¡Lo juro! —dijo Aubrey.

Riendo, lord Ruthven volvió a recostarse, y dejó de respirar.

Aubrey se fue a descansar, pero no pudo dormir; las diversas circunstancias que habían rodeado su relación con aquel hombre le vinieron a la mente sin que supiera por qué. Al recordar su juramento lo recorrió un escalofrío, como si presintiera que algo horrible lo aguardaba. 

Se levantó pronto por la mañana, y estaba a punto de entrar en la casucha en la que había dejado el cadáver cuando un bandido se acercó a él, y le dijo que lord Ruthven ya no estaba allí; que él y sus camaradas lo habían transportado a la cima de un monte cercano, según la promesa que habían hecho a su señoría de que expondrían su cuerpo al primer rayo frío de luna que brillase después de su muerte. 

Estupefacto, Aubrey se llevó a varios de los hombres, dispuesto a enterrar el cadáver allí donde yacía. Pero cuando llegó a la cumbre no encontró ni rastro de él ni de la ropa que llevaba, aunque los bandidos juraban y perjuraban que aquella era la roca donde habían apoyado el cuerpo. Durante un rato, la mente de Aubrey se perdió en conjeturas, pero al fin dio media vuelta y se fue, convencido de que aquellos hombres habían enterrado el cuerpo y se habían quedado con la ropa.

Cansado de un país donde le habían acontecido tan terribles desgracias, y en el que todo parecía conspirar para enaltecer la supersticiosa melancolía en que se había sumido, resolvió irse de allí, y poco después llegó a Esmirna. Mientras esperaba un barco que lo llevara a Otranto o Nápoles, se entretuvo poniendo orden en los efectos personales de lord Ruthven, que llevaba consigo. 

Entre otras cosas, había una caja que contenía varias armas ofensivas, más o menos adaptadas para garantizar la muerte de la víctima. Entre ellas, había varias dagas y yataganes. Mientras las contemplaba y examinaba sus extrañas formas, cuál no sería su sorpresa al descubrir una vaina que parecía decorada con el mismo estilo que la daga que Aubrey había encontrado en la cabaña fatal. 

Se estremeció y, apresuradamente, fue en busca del arma, para descubrir con horror que, pese a su forma peculiar, esta encajaba perfectamente en la vaina que tenía en la mano. No parecían ser necesarias más certezas; su mirada había quedado clavada en la daga, pero aun así Aubrey no quería creerlo. Sin embargo, su forma particular, la misma variedad de tonos en el mango del arma y en la vaina, ambas de idéntico esplendor, no dejaban lugar a dudas. Había además unas gotas de sangre en cada una.

Aubrey abandonó Esmirna, y al pasar por Roma de camino a casa, hizo en esa ciudad sus primeras averiguaciones, centrándose en la joven a la que había intentado salvar de las artes seductoras de lord Ruthven. 

Sus padres estaban enormemente afligidos; se habían arruinado, y no sabían nada de su hija desde la partida de su señoría. Aubrey se sintió a punto de perder la razón ante tal sucesión de horrores; temía que la joven hubiese caído víctima del destructor de Ianthe. 

Se volvió taciturno y callado; su única ocupación consistía en decirles a los postillones que acelerasen el paso de los caballos, como si tuviera que llegar a tiempo de salvar la vida de un ser querido. Llegó a Calais. Una brisa que parecía obedecer a su voluntad pronto lo condujo a la costa inglesa, y una vez en tierra se apresuró para llegar a la mansión de sus padres. Allí, con los abrazos y caricias de su hermana, por un momento pareció borrar todo recuerdo del pasado. Si antes, con sus caricias infantiles, la joven había conquistado su afecto, ahora que empezaba a convertirse en mujer, era aún mejor compañera.

Miss Aubrey carecía de la gracia que atrae la mirada y el aplauso de los que frecuentan los salones. No poseía esa brillantez ligera que solo se da en el cálido ambiente de un apartamento abarrotado. A sus ojos azules nunca asomaba el brillo de una mente frívola. Tenía un encanto melancólico que no parecía surgir de la desgracia, sino de algún sentimiento profundo que parecía indicar un alma consciente de que existe un mundo mejor. 

Sus pasos no eran los pasos livianos que van donde haya una mariposa o un color que los atraiga; eran sosegados y reflexivos. Cuando estaba sola, su rostro nunca se iluminaba con una sonrisa de alegría, pero cuando su hermano le expresaba su afecto, y en su presencia olvidaba las penas que, como ella sabía, le impedían descansar, ¿quién hubiera cambiado su sonrisa por la de una mujer más sensual? Era como si esos ojos, esa cara, poseyeran una luz propia. Tenía solo dieciocho años, y aún no había sido presentada en sociedad, porque sus tutores consideraban más adecuado que su debut se retrasara hasta el regreso de su hermano del continente, cuando él pudiese convertirse en su protector. 

Con él ya en Inglaterra, se resolvió que la siguiente recepción, que tendría lugar en breve, sería el momento de su entrada en la «gran escena». Aubrey hubiese preferido permanecer en la mansión de sus padres, y alimentarse de la melancolía que lo abrumaba. Se veía incapaz de interesarse por las frivolidades de la gente de buen tono, cuando su mente había sido desgarrada por los acontecimientos que había presenciado. Pero decidió sacrificar su propia comodidad en aras de la protección de su hermana. Pronto llegaron a la ciudad, y se prepararon para el día siguiente, en que iba a celebrarse una recepción.

El gentío era excesivo, no había habido una reunión en mucho tiempo, y todos aquellos que estaban ansiosos por deshacerse en sonrisas ante la realeza se apresuraron a asistir. Aubrey lo hizo con su hermana. Mientras estaba solo en un rincón, abstraído de cuanto lo rodeaba y pensando que la primera vez que había visto a lord Ruthven había sido en aquel mismo sitio, alguien lo cogió de repente del brazo, y una voz que reconoció muy bien le dijo al oído: «Recuerda tu juramento». 

Apenas se había atrevido a darse la vuelta, temeroso de que un espectro lo atacara, cuando, a poca distancia, percibió la misma figura que había llamado su atención en ese mismo lugar el día en que por primera vez entró en sociedad. Lo miró hasta que sus miembros estuvieron a punto de negarse a seguir sosteniéndolo; tuvo que cogerse del brazo de un amigo, abrirse paso a través de la multitud hasta su carruaje, y pedir que lo llevasen a casa. 

Recorrió la habitación con paso apresurado, llevándose las manos a la cabeza, como si temiera que el cerebro le fuese a estallar. Lord Ruthven de nuevo ante él…, todo empezó a girar en un caos vertiginoso…, la daga…, su juramento. Se recompuso; aquello no era posible…, ¡los muertos no resucitan! Pensó que su imaginación había conjurado la imagen de la persona a la que estaba evocando. No podía ser real. Finalmente, decidió seguir acudiendo a los actos sociales y allí preguntar por lord Ruthven e intentar conseguir información. 

Unas pocas noches después, asistió con su hermana a una reunión en casa de un pariente cercano. Dejándola al cuidado de una matrona, se retiró a un saloncito, y allí se entregó a los pensamientos que lo consumían. Al ver que muchos de los invitados se marchaban, se levantó y se dirigió al salón. 

Encontró a su hermana rodeada por varios hombres, con los que parecía estar conversando con seriedad. Intentó abrirse paso y acercarse a ella. Cuando pidió permiso a uno de los hombres, este se dio la vuelta, y Aubrey vio el rostro aborrecido. Se lanzó hacia delante, agarró a su hermana del brazo y, con paso acelerado, la condujo hacia la salida. 

En la puerta se vio obstaculizado por la multitud de sirvientes que esperaban a sus señores, y mientras intentaba abrirse paso entre ellos, volvió a oír el susurro a su lado: «¡Recuerda tu juramento!». No se atrevió a volverse; le metió prisa a su hermana y pronto llegaron a casa.

Aubrey se volvió distraído. Si ya antes su mente tenía tendencia a dejarse absorber por un tema, ahora su ensimismamiento era mucho más completo, debido a la certeza de que el monstruo había vuelto a la vida. Ya no hacía caso de las atenciones de su hermana, y en vano ella le rogaba que le explicara lo que había provocado su abrupta reacción. 

Él se limitó a murmurar unas pocas palabras pero estas aterrorizaron a la joven. Cuanto más pensaba, más perplejo se sentía. Su juramento lo asustaba: según este, ¿debía permitir que aquel monstruo anduviera suelto, provocando con su aliento la perdición de lo que él más quería, sin impedirlo? Su misma hermana podría verse afectada por él. Pero aunque rompiera su juramento y manifestara sus sospechas, ¿quién iba a creerle? Pensó en librar al mundo de tal miserable él mismo, pero recordó que este ya se había burlado de la muerte. 

Permaneció en ese estado durante días; encerrado en su habitación, sin ver a nadie, y comiendo solo cuando su hermana, con los ojos llenos de lágrimas, le suplicaba que volviera a su ser. Finalmente, incapaz de aguantar la inmovilidad y la soledad, Aubrey salió de casa; deambuló de calle en calle, deseoso de librarse de la imagen que lo atormentaba. 

Empezó a descuidar su vestimenta, y vagaba, expuesto tanto al sol del mediodía como a la humedad de la noche. Ya no era él mismo; al principio regresaba a casa al atardecer, pero luego se acostaba a descansar allí donde la fatiga lo encontrara. Su hermana, preocupada por su seguridad, contrató a gente para que lo siguieran, pero Aubrey pronto los despistaba, capaz de huir de sus perseguidores a toda velocidad. 

Sin embargo, su conducta cambió de repente. Asustado con la idea de que con su ausencia dejaba a sus amigos con un demonio entre ellos de cuya presencia eran ignorantes por completo, se decidió a volver a la sociedad y vigilarlo de cerca, dispuesto a advertir, a pesar de su juramento, a aquellos con los que lord Ruthven se relacionara. 

Pero cuando entraba en una habitación, su aspecto demacrado y sospechoso causaba tal impresión, su íntimo tormento era tan evidente, que su hermana tuvo que rogarle al fin que por el bien de ella se abstuviera de frecuentar un ambiente que lo afectaba de forma tan profunda. Cuando, pese a todo, sus ruegos se revelaron inútiles, sus tutores consideraron oportuno intervenir y, temiendo que su mente se estuviese alienando, pensaron que era aconsejable que volvieran a asumir el cometido que los padres de Aubrey les habían encargado.

Deseando protegerlo de los peligros y sufrimientos a que se exponía a diario en sus andanzas, y de preservar de la mirada pública las señales de lo que ellos consideraban locura, contrataron a un médico para que residiera en la casa y lo atendiera constantemente. Aubrey no pareció darse ni cuenta, tan completamente absorta estaba su mente en un solo tema terrible. 

Su incoherencia se volvió finalmente tan grave que lo confinaron en su habitación. Allí permanecía echado, a menudo durante días, incapaz de levantarse. Estaba en los huesos y sus ojos habían cobrado un lustre vidrioso. Los únicos indicios de afecto y reconocimiento se producían cuando veía a su hermana; entonces, a veces se levantaba y, cogiéndole las manos y mirándola de un modo que a ella la afligía profundamente, le pedía que no tuviese relación con él. 

«No, no lo toques; si de verdad me quieres, ¡no te acerques a él!». Pero cuando la joven le preguntaba a quién se refería, la única respuesta era «¡es verdad, es verdad!», y otra vez se hundía en un estado del que ni ella podía sacarlo. Esto duró muchos meses. Gradualmente, sin embargo, a medida que el año pasaba, sus incoherencias se volvieron menos frecuentes, y su mente se libró de una parte de tristeza; al mismo tiempo, sus tutores observaron que varias veces al día contaba con los dedos una cifra determinada, y luego sonreía.

El período de tiempo prometido ya casi había pasado, y el último día del año, uno de sus tutores entró en la habitación y empezó a hablar con el médico de lo terrible que era que Aubrey estuviese tan melancólico cuando su hermana se iba a casar al día siguiente. Eso atrajo de inmediato la atención del joven, que preguntó ansiosamente con quién se casaba. 

Contentos de ese indicio de que recuperaba sus facultades mentales, cuando ya temían que las hubiese perdido por completo, le contestaron que con el conde de Marsden. Pensando que debía de tratarse de algún joven conde al que su hermana había conocido en sociedad, Aubrey pareció alegrarse, y los sorprendió aún más cuando expresó su intención de asistir a la boda, y su deseo de ver a su hermana. 

En un principio le dijeron que no, pero pocos momentos después, la joven entraba en su habitación. Al parecer, volvía a ser capaz de sentir los beneficiosos efectos de su hermosa sonrisa, ya que la apretó contra sí, y le besó la mejilla, húmeda de lágrimas que fluían al pensar que su hermano respondía de nuevo a los sentimientos de afecto. 

Aubrey comenzó a hablar con toda su calidez habitual, y la felicitó por su boda con una persona tan distinguida por su rango y sus logros. En esas, se dio cuenta de que su hermana llevaba un medallón colgando del cuello; Aubrey lo abrió, y cuál no sería su sorpresa al contemplar las facciones del monstruo que llevaba tanto tiempo influyendo en su vida. 

Le arrancó el medallón en un paroxismo de furia, y lo pisoteó. Al preguntarle la joven por qué destruía así la imagen de su futuro esposo, él la miró como si no la comprendiera; a continuación le cogió las manos con expresión frenética, pidiéndole que jurara que nunca se casaría con aquel monstruo, porque… Pero no pudo seguir; era como si aquella voz le pidiese de nuevo que recordara su juramento. 

Se dio vuelta de repente, pensando que lord Ruthven pudiera estar cerca, pero no vio a nadie. Mientras, sus tutores y el médico, que lo habían oído todo, e interpretaron que volvía a su confusión mental, entraron y lo alejaron a la fuerza de miss Aubrey, pidiéndole a esta que se fuera. Él se arrodilló ante ellos, imploró, suplicó que lo demoraran un solo día. Ellos, atribuyendo ese comportamiento a la locura que creían que había tomado posesión de su mente, intentaron calmarlo, y se marcharon.

Lord Ruthven había ido a visitarlos a la mañana siguiente a la recepción, pero, lo mismo que a todos los demás, se le negó la entrada. Cuando se enteró de la enfermedad de Aubrey, enseguida comprendió que era por su causa, pero cuando supo que lo consideraban locura, no pudo esconder su exultación y placer ante quienes le habían dado la información. 

Se apresuró a volver a la casa de su antiguo acompañante, y gracias a la atención constante y el pretexto del gran afecto que sentía por él y el interés por su suerte, poco a poco se fue ganando la atención de miss Aubrey. ¿Quién podía resistirse a su poder? Su lengua tenía demasiados peligros y recursos como para detallarlos; le habló de sí mismo como de alguien a quien todos los demás seres de la tierra no tenían simpatía, con la salvedad de aquella a quien se dirigía; le contó cómo, desde que la conocía, su existencia había empezado a parecerle digna de preservación, aunque solo fuese para escuchar el dulce acento de su voz…, en fin, sabía tan bien cómo usar sus artes tortuosas —o tal era la voluntad del destino— que se granjeó su afecto. 

Por entonces, heredó el título de una antigua rama de la familia, y obtuvo una importante embajada, lo que le sirvió como excusa para acelerar la boda (a pesar del estado trastornado del hermano de ella), que finalmente iba a tener lugar el día antes de su partida al continente.

Cuando el médico y sus tutores se marcharon, Aubrey intentó sobornar a los sirvientes, pero en vano. Pidió entonces papel y pluma y escribió una carta a su hermana, instándola, por su propio honor y felicidad, y por el honor de aquellos que ahora descansaban en sus tumbas, pero que alguna vez la habían tenido en sus brazos como su esperanza y la de su hogar, a que demorara solo unas pocas horas su matrimonio, para el que él auguraba los más terribles males. 

Los sirvientes prometieron entregar la carta, pero se la dieron en cambio al médico, que pensó que sería mejor no preocupar más a miss Aubrey con lo que él consideraba los delirios de un maníaco. Los agitados habitantes de la casa pasaron la noche sin dormir, y Aubrey oyó, con un horror indescriptible, el sonido de los ajetreados preparativos. Llegó la mañana, y el traqueteo de los carruajes alcanzó sus oídos. Aubrey se puso casi frenético. 

La curiosidad de los sirvientes pudo más que su obligación de cuidarlo, y poco a poco se fueron escabullendo, dejándolo bajo la custodia únicamente de una anciana indefensa. Él aprovechó la oportunidad; en un momento estuvo fuera de la habitación, y en dos zancadas llegó al salón donde estaban ya casi todos reunidos. Lord Ruthven fue el primero que lo vio; se acercó a él enseguida y, tomándolo del brazo con fuerza, lo sacó rápidamente de la estancia, mudo de rabia. 

Una vez en la escalera, susurró al oído del joven: «Recuerda tu juramento, y debes saber que, si hoy no se convierte en mi esposa, tu hermana se verá deshonrada. ¡Las mujeres son tan débiles!». Y tras decir esto, empujó a Aubrey hacia sus sirvientes, quienes habían acudido en su búsqueda gracias al aviso de la anciana. 

El joven ya no pudo soportarlo; su furia sin salida le provocó la rotura de un vaso sanguíneo y se lo llevaron a la cama. A su hermana no le dijeron nada de lo sucedido, pues el médico temía agitarla. La boda se celebró con toda solemnidad, y los novios se fueron de Londres.

La debilidad de Aubrey fue en aumento; la efusión de sangre produjo los síntomas que indican que la muerte está cercana. Mandó llamar a los tutores de su hermana, y cuando el reloj dio la medianoche, relató con serenidad todo lo que el lector ya sabe. Murió inmediatamente después.

Los tutores se apresuraron para proteger a miss Aubrey, pero cuando llegaron, ya era demasiado tarde. Lord Ruthven había desaparecido, ¡y la hermana de Aubrey había saciado la sed de un VAMPIRO!