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Atajo arriba - Francisco Rojas González

Atardecía. El atajo estrecho serpenteaba entre jarales. Las lajas blancas, pulidas, resbalaban barranca abajo, hasta beber en el hilillo de agua zarca del arroyo.

La cigarra decía la oración de la tarde, y el mugir del toro en brama se estrellaba
en la falda del cerro.

Y el atajo subía. Subía hasta perderse.

La senda blanca allá en la
cumbre se tornaba en roja, teñida por los rayos oblicuos del sol que caía.

Amo y siervo toparon en un recodo del atajo.

El primero jinete en noble bestia
alazana, de finos remos, mirada vivaz y gran alzada.

El segundo tras la yunta de bueyes, que rumiaban el cansancio y azotaban con la cola sus costados calvos por el incansable chuzo.

—¡Buenas tardes le dé Dios al amo…!

—¿Cuántas veces tendré que decirte que desunzas en el potrero y cargues tú sobre el lomo los aperos? ¡Mira cómo andan de estragados los animales!

—Amo, cuando acabo de barbechar quedo tan cansado, que apenas aguanto el peso de la garrocha. ¿Cómo quiere su merced que cargue con cadenas, coyundas y yugos…? ¡Ah, solo el que carga el avío sabe lo que pesa!

—¡Uy, pelado hijo d’iun, como a ti no te cuestan los bueyes, te importa un canijo trabajarlos hasta que revienten!

—Amo, los bueyes tragan zacate y se hartan… Yo como gordas y no me lleno, ni a fuerzas… ¡Es tan pobre la ración!

—¿Conque pobre, no? Pues traga zacate como los bueyes. ¡Así te llenarás y reventarás en buena hora! ¡Magnífica escuela está haciendo el maestro del pueblo, tratando de convencer a ustedes de que son víctimas, de que están mal pagados, de que son los explotados. Ya verás cómo el chivato no hace huesos viejos…! ¡Revoltoso maldito, yo me encargaré de que eche en olvido eso que él llama ideas redentoras… para eso es el dinero, y cuando este falla, para eso son las balas! Y tú, desgraciado, arrodíllate. ¡Voy a enseñarte algo más efectivo que la doctrina de ese apóstol muerto de hambre…! ¡Pero arrodíllate, grandísimo cabestro…!

El patrón echó mano al machete. Su hoja chifló como serpiente y cayó rápida sobre las espaldas musculosas del gañán.

Un ronco grito repercutió en la barranca.

La cigarra cortó su oración.

Los pájaros dejaron sus nidos y volaron con todas las fuerzas de sus ala
s.

Muchas lajas rodaron barranca abajo lanzadas por las pezuñas del caballo, o por los pies
descalzos del «ajusticiado».

Después, solo el chasquido de la hoja al pegar en los costados hercúleos del peón y el piafar del potro enardecido.

El campesino se dejaba azotar.

Sobre él pesaba una tradición de siglos: el respeto al amo. Una doctrina absur
da. La sentencia urdida por los curas: «… y jamás levantes la mano a tu patrono, que es la representación de la divinidad en la tierra».

La tormenta de cintarazos caía sin tregua sobre la espalda sangrante.

Rendido por el dolor levantó la cara quizá en demanda de perdón. Vio cómo el sol enrojecía la cumbre de la montaña. 

Sus rayos hirieron la pupila dilat
ada por el sufrimiento. En su rostro impávido hasta entonces, se dibujó una mueca. La mueca trocóse en gesto enérgico, gesto estatuario; pero imposible de ser plasmado: el gesto del rebelde. Olvidó la vieja tradición. Tomó el machete por la hoja enrojecida con su sangre y derribó de un tirón al jinete.

La hoja se volvió obediente.

Solo que esta vez no de plano, sino de filo cortaba el aire y se hundía en carne blanca. Uno, dos, tres, diez, cincuenta… y muchos más furiosos golpes.

La mano poseída de un frenesí de venganza hirió, hirió, hirió, has
ta dejar sobre el camino una masa informe que escurría tanta sangre, que la tierra blanca del atajo se hizo roja… roja como la cumbre de la montaña que teñía el sol poniente.

Las raíces de las jaras de la ribera bebieron con fruición de sedientos.

Desunció los bueyes
.

Tuvo para ellos un purísimo pensamiento de libertad.

Aspiró a pulmón lleno.

Arado
, yugo, coyundas y cadenas se amontonaron sobre el cuerpo despedazado.

Arrancó un p
uñado de hojas de jara, limpió el sable con ellas y brincó sobre los lomos del potro alazán.

Se fue cuesta arriba.

Los vecinos del rancho, al darse cuenta del crimen, fueron al lugar de los hechos.

Todos vieron que en la montaña, allá en la cumbre, un jinete rojo cruzaba frente al sol…

Y cuando los «pelones» preguntaban furiosos por el vil asesino, los rancheros encogiéndose de hombros contestaban:

—¡Pues quién sabe, amo; se fue atajo arriba!

—¡Y se perdió en el sol! —agregaba el maestro del pueblo.

Vera la Vagabunda - Margaret Atwood

Vera era una niña vivaz de cabellos volubles y verdes ojos. Al venir a la vida, a sus valientes y bondadosos padres se los llevó volando un violento vendaval.

Voluntariosa, Vera viajó aquí y viajó allá. Llevaba un viejo vestido muy voluminoso y cavilaba sobre si volvería a verlos.

«Volved, volved, volando en avión o navegando en velero», se desvivía.

Un día vislumbró en la vía un aviso que decía: SE BUSCA (nadie lo había revisado y había varias barbaridades). Vera vio:

"Se Vusca. Birujo el Brujo y su vil Varita del Viento. Causa de Vendavales y Ventoleras. Vivo o Muerto"

—Vaya —aventuró Vera—. ¿Vendavales? ¿Ventoleras?

A veces, si le entraba hambre, Vera revolvía en la basura de un bar que vendía verduras y víveres en estado vomitivo y vertían en un cubo las sobras. Ella las devoraba sin vergüenza.

Una vez, a la vuelta del bar, Vera se volvió al percibir una voz débil y vacilante.

—Una verdurita, por voluntad.

—¿Eres un tejón, por ventura? —vaticinó Vera.

—Qué va. Soy una marmota verdadera.

—¡Pero si las marmotas comen madera!

—Esas verduras son igual de duras.

Vera le dio una vulgar endivia babeada. —¡Vaya! —vaciló la marmota—. Bueno, las he visto más viles.

—Vámonos —bramó Vera, y se desvanecieron en las sombras, cabizbajas. Convinieron conversar en voz baja para evitar que los del bar las vieran y buscaran venderles las sobras vomitivas que habían vertido en el cubo de basura.

—¿Por qué has venido a este pueblo en vez de vivir en el bosque? —buscó saber Vera.

—En el bosque había víboras y lobos. Era verdaderamente bestial. Quise ver qué vida había más allá y me vine, pero he visto que aquí en el pueblo abundan los buitres, los vampiros, los vendedores y bastantes bestias más. Varias veces me he visto en apuros.

—Eres bonito y valeroso —dijo Vera mientras vagaban por barrios vandalizados, entre bolsas de basura avivadas por el viento—. Voy a llamarte Valentín.

—Vale, vale —vociferó la marmota, saltando al interior del viejo y voluminoso abrigo de Vera.

Era viernes cuando Vera y Valentín vagaban voluntariosos por la vía y avistaron el vagón de una carreta tirada por varios caballos veloces. En un lado se veía biselado con verbo verde muy vivo y cursivo:

"Viuda Verruga. Lavandería Vintage" 

Vieron que los observaba una vieja con una nariz voluminosa, un ojo vago de vista vacía, varias verrugas no muy bonitas y cejas de vetusto líder soviético. Vestía un abrigo abultado a prueba de bomba y botas de lluvia rellenas con viejas vendas y virutas de papel de envolver. En una mano venosa llevaba un látigo de vértigo.

—¿Por qué vagas cabizbaja por entre los cubos de basura? —berreó la viuda Verruga.

—A mis valientes y bondadosos padres se los llevó volando un violento vendaval —la informó Vera. En el interior de su voluminoso abrigo, Valentín observaba ojo avizor.

—¡Una vagabunda! ¡Pues aviada vas! ¡Ven con la viuda Verruga! —rebufó la vieja, y la subió al vagón sin que Vera pudiera decirle: «¡Ni hablar!».

La viuda Verruga embutió a Vera en una banasta, y con su látigo de vértigo avivó a los caballos, que avanzaron a toda velocidad. —¡Vuelva!

¡Vuelva! —bramó Vera, pero la viuda Verruga no vaciló—. Valentín, ¿qué vamos a hacer? —dijo en voz baja.

—He vivido peores vicisitudes —bisbiseó Valentín, sobrado.

Vera observó por un agujero de la banasta. Abandonaron la vía, el barrio y el vecindario, y ahora vagaban por un bosque donde los vientos bramaban y los lobos los imitaban. Se aventuraron por un verdadero vergel de violetas y verónicas y aroma a vainilla.

Por fin, atravesaron una verja y avanzaron veloces por una vía sobre la que era visible: "Viuda Verruga y su lavandería vintage. Lava y lava, más blanco que el blanco".

—¡BASTA! —bramó la viuda Verruga, y los caballos, reventados, se detuvieron—. Bienvenida a mi lavandería vintage, Vera.

Y la lanzó por un tobogán por el que Vera bajó a velocidad vertiginosa. Al fin se vio cubierta de agua enjabonada en una habitación desvencijada con una sola ventanita.

—¡Vaya con la vieja! —bramó Vera.

—Vaya, vaya —corroboró Valentín, a quien Verruga no había visto porque se ocultaba en el interior del voluminoso abrigo de Vera.

—Valentín, estoy bien agobiada. No vaticino nada bueno para nuestro bienestar. —Pero Valentín, abrumado, no la escuchaba.

Mientras Vera se lamentaba y desvivía bajo la ventanita, el viento soplaba y la Luna brillaba. Se vio vencida por el sueño y no pudo conservar la vigilia.

Cuando volvió a abrir los ojos, la avivó el barullo de las aves del bosque y el vergel tras la verja. Se encontraba abrumada.

—¿Dónde estoy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?

—De lo demás tú verás, pero estás en la lavandería vintage de la vieja Verruga. —Vio que varias voces la avisaban.

¡Vaya sobresalto! Resultaba que la vieja habitación no estaba tan vacía.

—¿Quiénes sois vosotros? ¿De qué vais? —preguntó a los tres niños que la observaban vacilantes.

—Somos Vernon, Virgil y Victor, vagabundos —vociferaron a la vez y a una voz.

Vera, boquiabierta, oyó que a los padres valientes y bondadosos de los tres se los había llevado volando un violento vendaval, y que la vieja Verruga los había volcado en su tobogán vertiginoso.

—Vaya con la vieja —volvió a bramar Vera.

La puerta se abrió con revuelo, y allí estaba la viuda Verruga, alzando al vuelo su látigo en dibujos vertiginosos.

—¡Basta de berrear, vulgares vagabundos, y a trabajar! —vociferó.

—No te muevas —avisó Vera al bulto que se agitaba en el bolsillo de su voluminoso abrigo. La marmota evitó los movimientos bruscos.

Vera vio que en las paredes había vistosos dibujos de avispas, vacas, aves, víboras y venados. La vieja les sirvió varias viandas robadas del vertedero, como vejiga de vencejo, varitas de gaviota, bananas con puré de verduras, babosa invertebrada en vinagre, y un buen vaso de un brebaje verdoso con sabor a las violetas del vergel y vestigios de vainilla.

Ni bien acabaron, la vieja Verruga los obligó a trabajar y trabajar lavando vestidos y bufandas y abrigos reversibles y levitas en las voluminosas bañeras de agua jabonosa de la lavandería vintage. 

No paraban hasta que el agua los calaba y caían reventados de lavar y lavar más blanco que el blanco, y entonces debían ir a verter barriles de agua jabonosa y volver a buscar agua limpia, doblar los vestidos para hacerlos agradables a la vista y devolverlos a sus bolsas vacías. Era brutal.

—¡Trabajad, vagos! —bramaba la vieja Verruga, que a veces asomaba el látigo al vuelo por la ventanita—. ¡Dejad los blancos más blancos que el blanco u os daré un varapalo! —Y les daba con una vara y un bastón en los brazos mientras ellos lloraban y lloraban. Vera acababa verdaderamente vapuleada.

De noche volvían a recibir víveres y viandas de bajo valor nutritivo, y de nuevo a la habitación desvencijada con la ventanita, y vuelta a empezar.

—Es una vieja vacaburra —berreó Vernon.

—Una víbora —abundó Virgil—. ¡Voto a bríos!

—¿Será una vampira? —vaciló Victor, que vomitaba bilis.

—Vale, vale, pero lávate bien la boca —volvió Virgil.

—Bueno. —Victor babeó avergonzado.

—Es vil y avariciosa —Vernon vilipendió a la vieja—. Y avara: tiene una verdadera fortuna en billetes y bonos del Estado. ¡A ver!, como no abona sueldos… Nos envenena a base de varitas de babosa invertebrada, nos conserva reventados y debilitados de alivio, y ella devora vieiras y caviar en valiosa vajilla de Sèvres, servidos con buenos vinos de uvas variopintas.

—¡Esas verduras vencidas suyas que nos da sí que son vintage! —Virgil avivó la invectiva—. Nunca vamos a volver a la civilización, al pueblo, al barrio. Habría que atravesar la verja, el vergel y el bosque atiborrado de lobos salvajes.

—Barrunto que en verdad no es una vulgar vieja. ¡Es una bruja! —caviló Vera.

—Vas por buena vía. —Valentín, la marmota, asomó la cabeza por el bolsillo del voluminoso abrigo de Vera, tenía los bigotes cubiertos de polvo (Valentín, no Vera).

—¡Valentín! —se asombró Vera—. ¡Has vuelto! ¿Con qué has estado bregando? ¿Qué es de tu vida?

Valentín abrió la boca y mostró bien los incisivos.

—Si en una cosa somos virgueras las marmotas es en cavar.

—¿Has cavado un buen túnel para huir a toda velocidad? ¡Qué buena nueva! —se maravilló Vera.

—La verdad, he visto nuevas mucho más buenas —reveló Valentín.

—¡Marmota valerosa, bienvenida! —convinieron a la vez Vernon, Virgil y Victor.

—La verdad —dijo Valentín—, esta lavandería vintage no me convencía. Y la vieja Verruga es una babosa.

Antes de salir volando, los vagabundos trabaron la puerta con una vara que Valentín había roído; así, la vieja Verruga no vería que no estaban. O eso esperaban.

Se abrieron paso bajo tierra por el hoyo cavado por Valentín en el barro, hasta acabar bajo la verja, al otro lado.

—¡VIVA! —vitoreó Victor cuando la hubo atravesado.

—Vigilemos por si las moscas —avisó Virgil.

—Si vemos el vagón, debemos robarlo —caviló Victor, que bebía los vientos por los caballos.

—Y si yo tuviese alas volaría —valoró Vernon. —Si yo tuviese un avión, también volaría —convino Virgil.

—Si yo tuviese una bazuca, lo volaría todo —aventuró Vera.

—Qué bestia —rio Valentín.

Se abrieron paso por entre el barro del vergel, pero al alcanzar un árbol vieron dos eventos notables.

La viuda Verruga pasó en su vagón, avivando a los caballos, que casi volaban de tan veloces que iban.

Y los lobos salvajes vinieron del bosque.

—¡Pero bueno! —bramó Vernon, al borde del llanto—. Ya barruntaba yo que estamos acabados.

—Voy a hablar con los lobos —dijo Valentín—. Son salvajes pero sabios y valoran la libertad.

—Y se ventilan a las marmotas en un abrir y cerrar de boca —le avisó Victor.

—No si al hablarles usas su palabra clave. He vivido en el bosque y los he vigilado. Sus aullidos, llevados por el viento, volaban por entre el aire viciado y acababan en mis oídos avizores.

Y así, Valentín fue a hablar, valeroso, con el lobo más viejo y sabio, que movió el bigote, conmovedor.

—La viuda Verruga no es buena —valoró—. La verdad, hay quienes darían la vida por verla en la tumba. Nos vino a vender que le abriéramos paso en el bosque a cambio de sabrosas viandas como caviar del Caspio y vino del bueno, pero no ha validado sus bravatas. ¡Y cómo abusa de los vagabundos! No tiene vergüenza. La abatiremos a bofetadas.

Pero el vagón desbocado los había alcanzado.

—¡A un lado, lobos volubles! —bramó la viuda Verruga. Los caballos bufaban, reventados—. ¡Y vosotros, vagabundos, al vagón u os vareo! ¡No os conviene desobedecer!

Los lobos se volvieron hacia el vagón y se percibió un violento revuelo. Se abalanzaron salivando sobre la vieja y la sostuvieron por los brazos. Ella blandió su látigo, se liberó y corrió hacia la verja con los lobos a su vera, aullando a todo volumen. Una vez la alcanzaron, por suerte poco vieron los vagabundos de la brutal venganza de los lobos salvajes.

Apenas que su abrigo abultado se abría y sus botas de lluvia salían volando y… por fin, la vieja quedó como vino al mundo, y Vera, boquiabierta, vio que no era una viuda, ni siquiera una vieja: ¡la viuda Verruga era un hombre!, lleno de vello abundante y varonil.

—Vaya, vaya —observó el lobo más viejo, que había visto el aviso de SE BUSCA—. ¡Si es el brujo Birujo, dueño de la vil varita del viento, causa de vendavales y ventoleras, vestido de vieja lavandera como un cobarde! ¡El brujo avejentado que una vez hizo que el viento nos volara los bisoñés!

—Avejentado, sí, pero a veces peligroso —se avanzó el brujo, aunque avergonzado por haber quedado al descubierto (en varios sentidos).

—Sí, bueno, ya ves qué miedo —se burló el lobo viejo—. Vigilad con el látigo, en verdad es su varita —avisó a los valientes vagabundos, y volvió a Birujo—. Se ve que en vez de caviar del Caspio y vino del bueno, hemos obtenido bistecs de brujo —bromeó, babeando.

—¡Vale ya! —bramó el brujo Birujo—. ¡Ved qué invitación más ventajosa, ventajosa y vinculante! ¡Devorad a esos desvergonzados vagabundos y a la malvada marmota y os obsequiaré con viandas como nunca habéis visto o saboreado! ¡Vaca! ¡Vicuñas! ¡Bivalvos!

—O te devoramos a ti —le devolvió el lobo viejo—. Como vosotros veáis —avisó a los vagabundos—. Obedeceremos vuestra voluntad.

—¡Nuestro verdadero deseo es ver de nuevo a nuestros sabios y bondadosos padres, desvanecidos por este brujo en diversos vendavales! —vociferó Vera—. ¡Nos volvió vagabundos para obligarnos a trabajar en su lavandería vintage toda la vida!

—Ya basta de vareos y vapuleos —convino Vernon.

—Y basta de lavar y lavar —abundó Virgil.

—Y liberad a los caballitos del vagón —abogó Victor.

—¿Y bien? —bramó el lobo viejo al brujo Birujo—. ¿Haces volver los vendavales o te hacemos una lobo-tomía?

El brujo supo ver que lo habían vencido. Hizo vibrar su látigo que en verdad era una varita, lo alzó en volandas y le dio vueltas y vueltas en el vacío…

… hasta que entre volutas de nubes y vientos revueltos volvieron a revelarse los individuos varios que se habían desvanecido.

—¡Vera! ¡Vernon! ¡Victor! ¡Virgil! —balaron, conmovidos.

—¡BIEEEN! ¡BRAVO, BRAVO! —celebraron los vagabundos.

—Valentín, eres voluptuoso y salvavidas. —Vera abrazó a la veleidosa marmota. Los caballos vitorearon y los lobos hicieron varias volteretas.

—Bien está lo que bien acaba —valoró el lobo viejo.

—He visto celebraciones más vistosas —balbució Valentín.

—Bueno, volvamos a nuestras vidas de antes del vendaval —invitaron las sabias y valientes madres de los previamente vagabundos—. Nos ventilaremos varios volovanes de avellana.

—Servidos con un buen vino —bisbisearon los padres.

Los lobos celebraron el evento devorando todas las viandas del brujo Birujo.

Los caballitos se fueron a vivir con Victor.

Valentín visita a Vera cada viernes en la ventana de su habitación. Ha hecho buenas migas con la madre de Vera, que le ha obsequiado con un abrigo viejo pero también voluminoso.

Al brujo Birujo los lobos le arrebataron la varita y la abandonaron en el vergel, entre las violetas y las verónicas. Lo obligaron a volver a la lavandería vintage de la viuda Verruga…

… donde hubo de vivir y laborar entre barriles y baldes de agua jabonosa mientras lavaba incansable más blanco que el blanco.


Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...)