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Aire - Andrés Neuman

 Persigo instantes únicos. Algún tiempo sin máscara. Un viaje sin destino.

Aceptarlo. Eso es todo.

Soy paracaidista.

La primera vez que salté, me juré que sería la última. No fui capaz de soportar lo que veía. Después ya no supe vivir sin saltar.

Cuando siento mi materia cortada por el aire y veo la tierra corriendo a mi encuentro, me vuelvo diáfano y cobarde: pido perdón, suplico, hago promesas. Es extraño el estado que uno alcanza al reencontrar, como por vez primera, la firmeza bajo sus pies. Pero uno echa a andar y se retracta. Olvida que ha rogado, que ha temido, y se envilece poco a poco. Así es como vivimos: nos hemos olvidado de la tierra que hay bajo nuestros pies.

Después de la caída, la vida recupera todos sus milagros. Y es fácil olvidarlos. Comenzamos a andar, eso es todo.

Entonces hace falta un nuevo salto. Y otro. Y otro. Y muy pronto lo que uno más anhela es dejarse caer. Soy súbdito del aire. Quién pudiera vivir aterrizando.

Una dicha, me temo, imposible: en cuanto vuelvo al suelo, dejo de arriesgar lo que tanto vale y el bienestar se va desvaneciendo. Así es como vivimos. Viajes. Máscaras. Pero hoy he dado con la solución.

Este es mi instante. Vuelo. Estoy volando. Sólo yo, en estado puro.

Sé que es injusto despreciar la tierra que se pisa. No volveré a hacerlo.

Voy camino de mí, sin ataduras. Falta poco.

Seré leal como los libres.

Libre siempre.

Aire feliz.


De padre a hijo - Italo Calvino

Pocos bueyes, en nuestros pagos. No hay prados donde pastar, ni campos grandes para arar: sólo ortigas para el ramoneo y breves franjas de una tierra que únicamente se rompe con la zapa. Además los bueyes y las vacas, anchos y plácidos como son, desentonarían en estos valles angostos y abruptos; aquí hacen falta animales flacos, puro tendón, que anden por las piedras: mulas y cabras.

El buey de los Scarassa era el único de la quebrada y no desentonaba: era más fuerte y dócil que un mulo, un pequeño buey rechoncho y robusto, de carga; se llamaba Morettobello. Los dos Scarassa, padre e hijo, se ganaban la vida con el buey, haciendo viajes para los diversos propietarios del valle, llevando los sacos de trigo al molino, o las hojas de palma a los floristas, o las bolsas de abono de la cooperativa.

Aquel día Morettobello se balanceaba bajo la carga equilibrada en los dos extremos de la albarda: leña de olivo para vender a un cliente de la ciudad. De la anilla que atravesaba las narices negras y blandas, la cuerda floja tocaba el suelo y terminaba en las manos bamboleantes de Nanín, hijo de Battistín Scarassa, flaco y macilento como el padre. 

Formaban una extraña pareja: el buey con sus patas cortas, la panza baja y ancha, como un sapo, daba pasos prudentes bajo la carga; Scarassa, la cara larga y erizada de pelos rojos, las muñecas descubiertas por las mangas demasiado cortas, avanzaba como si tuviera dos rodillas en cada pierna, bajo unos pantalones que se agitaban al viento como velas, como si dentro no hubiera nadie.

La primavera estaba allí aquella mañana, es decir, había en el aire esa brusca sensación de descubrimiento que se siente todos los años, una mañana, ese recordar algo como olvidado desde hacía meses. Morettobello, de costumbre tan tranquilo, estaba inquieto. 

Ya por la mañana Nanín, cuando fue a buscarlo, no lo encontró; estaba en medio del campo dando vueltas con los ojos perdidos. Ahora, de camino, Morettobello se detenía de vez en cuando, alzaba las narices perforadas por la anilla, olisqueaba el aire con un breve mugido. Nanín pegaba un tirón a la cuerda y lanzaba un sonido gutural, ese lenguaje que se usa entre los hombres y los bueyes. 

Morettobello parecía por momentos dominado por un pensamiento: esa noche había soñado, por eso había salido del establo y esa mañana estaba como perdido en el mundo. Había soñado cosas olvidadas, como de otra vida: grandes llanuras herbosas y vacas, vacas, vacas hasta perderse de vista, que avanzaban mugiendo. 

Y también se vio a sí mismo, allí, corriendo en medio de la vacada como buscando. Pero había algo que lo retenía, unas tenazas rojas plantadas en su carne que le impedían atravesar aquella manada. Por la mañana, mientras andaba, Morettobello sentía aún viva la herida roja de las tenazas, como una desesperación inefable suspendida en el aire.

Por los caminos no se veían más que niños vestidos de blanco, con brazal de flecos dorados, y niñas vestidas de novia: era el día de la primera comunión. Al verlos, algo se oscureció en el fondo del alma de Nanín, una especie de antiguo, furioso miedo. ¿Era acaso porque su hijo y su hija jamás tendrían esos vestidos blancos para su primera comunión? Ciertamente debían de ser muy caros. Entonces le asaltó una rabia, un delirio de que sus hijos hicieran la primera comunión: veía ya al varoncito de traje de marinero blanco y brazal con flecos de oro, la nena con velo y cola, en la iglesia toda sombras y destellos.

El buey bufó: recordaba el sueño, veía la manada de vacas galopando, como en una zona fuera de su memoria, y él avanzando entre las vacas cada vez con más esfuerzo. De golpe, en medio de la vacada, sobre un altozano, rojo como el dolor de la herida, apareció el gran toro que se lanzaba contra él mugiendo, con los cuernos como hoces que tocaban el cielo.

Los niños de la primera comunión, en la plaza de la iglesia, empezaron a correr alrededor del buey. «¡Un buey! ¡Un buey!» gritaban. El buey era un espectáculo insólito en aquellos lugares. Los más valientes se aventuraban a tocarle la panza, los más expertos le miraban debajo de la cola: «¡Está castrado! ¡Mirad! ¡Está castrado!». Nanín se puso a gritar, a dar manotazos en el aire para ahuyentarlos. 

Entonces, viéndolo tan escuálido, macilento y remendado, los niños empezaron a imitarlo y a burlarse de él llamándolo por su apodo: «¡Scarassa! ¡Scarassa!», que quiere decir sarmiento.
Nanín sentía que su antiguo miedo se volvía más vivo, más angustioso. Veía a los otros niños vestidos de primera comunión burlándose no de él sino de su padre, macilento, escuálido y remendado como él, el día que lo acompañó a hacer la primera comunión. 

Y al ver a los niños saltando a su alrededor y arrojándole los pétalos de rosa pisoteados por la procesión, llamándolo «¡Scarassa!», volvió a sentir viva como entonces la vergüenza que había experimentado por su padre. Aquella vergüenza lo había acompañado toda la vida, lo había llenado de miedo ante cualquier mirada, cualquier risa. 

Y era toda culpa de su padre; ¿qué había heredado de su padre sino la miseria, la estulticia, la torpeza de su persona enjuta? Odiaba a su padre, ahora lo comprendía, por aquella vergüenza que le había hecho sentir de pequeño, por toda la vergüenza, la miseria de su vida. Y en ese momento tuvo miedo de que sus hijos se avergonzaran de él como él de su padre, que un día lo mirasen con el odio que en ese momento había en sus ojos. 

Decidió: «Yo también me compraré un traje nuevo para la primera comunión de mis hijos, un traje a cuadritos, de franela, y una gorra de tela blanca. Y una corbata de color. Y mi mujer también tendrá que comprarse un vestido nuevo, de paño, grande, para que le sirva cuando esté encinta. E iremos todos bien vestidos a la plaza de la iglesia. Y compraremos helados al carrito del heladero». 

Pero le quedaba un furor que no sabía cómo calmar, después de haber comprado helados, de dar vueltas por la feria vestido de fiesta, un frenesí de hacer, de gastar, de mostrarse, de recobrarse de aquella infantil vergüenza del padre que lo había acompañado toda la vida.

Al llegar a la casa llevó el buey al establo y le quitó la albarda. Después fue a comer; su mujer y los niños y el viejo Battistín ya estaban sentados a la mesa, engullendo una sopa de habas. El viejo Scarassa, Battistín, pescaba las habas con los dedos y las sorbía escupiendo la piel. Nanín no prestaba atención a lo que decían.

-Los niños tienen que hacer la primera comunión -dijo.
La mujer alzó hacia él la cara pálida y despeinada.
-¿Y el dinero para vestirlos? -preguntó.
-Tendrán que llevar buenos trajes -prosiguió Nanín sin mirarla-. El varón, de marinero, blanco, con brazal de flecos dorados; la hembra, de novia, con velo y cola.
El viejo y la mujer lo miraban boquiabiertos.
-¿Y el dinero? -repitieron.
-Y yo me compraré un traje de franela a cuadritos -continuó Nanín-, y tú un vestido de paño, grande, para que te sirva también cuando estés encinta.
A la mujer se le ocurrió una idea:
-¡Ah! Has encontrado cómo vender la tierra del Gozzo.
La tierra del Gozzo era un campo heredado, pura piedra y zarzales, que le obligaba a pagar impuestos sin rendir nada. A Nanín le fastidiaba que creyeran eso: estaba diciendo cosas absurdas pero insistía con rabia.
-No, no he encontrado a nadie. Pero debemos tener todo eso -se emperró, sin alzar los ojos del plato. En cambio los otros estaban llenos de esperanzas: si había encontrado a quien vender la tierra del Gozzo, todo lo que había dicho era posible.
-Con el dinero de la tierra -dijo el viejo Battistín- me puedo hacer operar la hernia.
Nanín sentía que lo odiaba.
-¡Con tu hernia reventarás! -gritó.
Los demás lo miraban como si estuviera volviéndose loco.

Entretanto en el establo el buey Morettobello se había soltado, había derribado la puerta y salido al campo. De pronto entró en la habitación, se detuvo, lanzó un mugido largo, lamentoso, desesperado. Nanín se levantó blasfemando y lo llevó de vuelta al establo a bastonazos.

Volvió: todos callaban, incluso los niños. Después el varón le preguntó:
-Papá, ¿cuándo me compras el traje de marinero?
Nanín alzó los ojos hasta él, ojos iguales a los de su padre Battistín.
-¡Nunca! -gritó.
Dio un portazo y se fue a dormir.

Aullidos de libertad - Manuel Yáñez

Pesaba ciento cuarenta kilos, medía dos metros y treinta centímetros de estatura y se hallaba encadenado a la pared. Todo en él era odio y deseos de venganza. No sabía que los seres humanos nacidos de mujer tienen un nombre propio. Le habían crecido en el rostro, especialmente sobre el labio superior, unos pelos que le parecían muy distintos a los que cubrían su cabeza. Vivía en la oscuridad aunque no podía ser considerado ciego.

Sus recuerdos, escasos y primarios, se formaban de unos sonidos y de unas emociones apenas sin imágenes y carentes de palabras. Había sabido hablar, de eso hacía mucho tiempo, pero terminó por perder la voz de tanto gritar que le sacaran de allí. Por eso actuaba con su instinto racional, a la espera de la ocasión de descargar la hiel que almacenaba. Ignoraba la existencia del espejo, del peine y de la higiene personal. Sólo conocía aquel sótano, su reducido universo, aunque la imaginación le decía que tras aquella puerta, tan cercana e inalcanzable, debía encontrarse algo distinto, apetecible e invitador, cuyo conocimiento necesitaba más que su propia existencia. Por eso no cesaba de luchar para comprobarlo, sin importarle que sus medios resultasen muy limitados y rudimentarios, y que siempre fuera a estrellarse contra el obstáculo, cada vez más violento, que se lo impedía de una forma despiadada. Hasta el punto de que su empeño bordeaba en ocasiones los límites del suicidio.

Realmente, no hacía otra cosa que obedecer a ese impulso básico y ancestral, tan común en todas las criaturas que pueblan la Tierra, que se llama libertad.

Cuando las dos únicas personas que le trataban –sabía que eran Padre y Madre, pero no los sentía como algo suyo– entraban a traerle la comida y el agua, lo hacían abriendo la puerta, con lo que la oscuridad quedaba anulada, provocadoramente, gracias a la claridad del exterior. Y quizá fuese este cambio el origen de las convulsiones enloquecidas a la que se veían sometidos sus brazos y sus piernas, a la vez que se le nublaba el cerebro y se le reventaba el propósito de mantenerse tranquilo. Porque olvidaba, al verse sumido en su lucha desesperada por librarse de las cadenas, el bestial castigo al que se iba a hacer merecedor.

Luego, irremisiblemente, escuchaba los restallidos del látigo, le alcanzaban los impactos dolorosos, la carne se le abría en infinidad de heridas sangrientas, y no tardaba en sentirse dominado por un sentimiento de indefensión. Entonces, cuando antes había sido un brevísimo volcán en erupción o una epilepsia sobrehumana, su voluntad se transformaba en una necesidad de que el cuerpo consiguiera incrustarse en la pared y encogerse, para así escapar del martirio haciéndose lo más pequeño posible. Y con los mocos, las babas y los estertores, sordos y rabiosos pero sin lágrimas, le volvía a amansar el miedo y el convencimiento de que jamás le permitirían salir del sótano. Pero no le desaparecía el odio y el ansia de cobrarse la más despiadada represalia.

No siempre había alimentado los mismos sentimientos. Tiempo atrás, cuando era más pequeño y blando, no le mantenían encadenado, a pesar de que, en todo momento, quisiera rebasar la hipnótica frontera de la puerta. Nada más que ésta se abría, él corría en busca del exterior, impulsado por la catapulta de una obsesión cada vez más exacerbada, aunque no irracional. Pero, al momento, encontraba cerrándole el paso el corpachón de Padre; y las manos de éste le sujetaban, comunicándole toda su repulsión y una gran amenaza. Esto lograba detenerle, sin que se silenciaran sus quejas y se le secaran las lágrimas. Seguidamente, Madre venía a abrazarle, le devolvía a las sombras y, tranquilizándole con sus palabras, le empezaba a dar de comer utilizando un objeto metálico, cuyo nombre él había olvidado porque llevaba demasiado tiempo alimentándose con sus propias manos y hasta metiendo la boca en el mismo plato.

Cierto día, después de permanecer esperando junto a la puerta, estuvo a punto de conseguir escapar. Sólo fue un parpadeo de novedad: un amago que le abrió todas las esperanzas, porque, en el instante que la emoción le invitaba a reír, Padre le apresó por una pierna, como si quisiera rompérsela y, luego, le golpeó salvajemente con los puños hasta dejarle sin sentido.

Cuando volvió a la realidad, se encontró atado a la pared por medio de una cuerda. No pudo entender aquello. Quiso caminar por la reducida estancia y cayó de bruces sobre la paja del suelo al encontrar obstaculizados sus movimientos por lo que rodeaba uno de sus pies. Enloquecido, intentó quitárselo, pero sólo consiguió llagarse el tobillo y destrozarse los dedos de ambas manos...

¡Qué alivio sintió cuando Madre le cuidó las heridas!

No obstante, el dolor sufrido únicamente significó una tregua, ya que continuó luchando contra sus ataduras, hasta que consiguió romperlas. Nada más coronar la hazaña, advirtió que dentro de su cuerpo se había formado una emoción similar a la que conoció al superar la puerta por primera y única vez. La alegría fue muy corta, aunque no le arrebataron la esperanza, a pesar de que Padre le golpeó más que nunca, sirviéndose de los puños y de los pies calzados con botas provistas de suelas claveteadas; después, le volvió a atar con otra cuerda, de mayor grosor que la anterior, y le hizo probar el suplicio del látigo, mientras le gritaba:

–¡Jamás saldrás de aquí! ¡Este es tu único mundo! ¡Y da gracias a que te permitimos seguir vivo!

Puede decirse que él había aprendido a hablar escuchando las crueles amenazas de Padre y las ahogadas exclamaciones, los rezos y los susurros cariñosos de Madre. Con este conocimiento le nacieron las preguntas, a las que faltaban unas respuestas que no fuesen las que nacían del castigo y del desprecio. También acabaron por brotar los aullidos de protesta, que él convirtió en un arma al comprobar que a su verdugo le enfurecían. Inútil esfuerzo. Con el tiempo enronqueció hasta dañarse incurablemente las cuerdas vocales, y se quedó sin voz después de un largo proceso de sufrimientos.

Más tarde, la imposibilidad de hablar le convirtió en una criatura intuitiva, en un animal casi irracional que aceptaba mantener un papel sumiso, con el único propósito de encontrar una nueva oportunidad de escapar. Sin embargo, cometió infinidad de errores, todos los cuales se debieron a un mal aprovechamiento de su fuerza descomunal. Y es que en varias ocasiones consiguió romper las gruesas cuerdas que le ataban a la pared más lóbrega del sótano, pero siempre le aturdió la emoción de su breve triunfo. Después, cegado por la claridad que había brotado al abrirse la puerta, quedaba convertido en una fácil presa de la violencia de Padre, con lo que terminaba viéndose unido a la pared. Por último le colocaron las cadenas...

¿Cuánto tiempo hacía que las venía sufriendo?

No conocía el reloj ni el calendario, tampoco sabía cuándo era de día o de noche. Pero su mente había encontrado una forma de intuir en qué momento se iba a abrir la puerta, y sus ojos, así como la totalidad de su cuerpo y de su cerebro, se concentraban en ese suceso excepcional, en esa alteración emotiva, tantas veces dramática, que le cegaba la vista con el asalto enloquecedor de la claridad, renovaba la acre atmósfera del sótano y le sometía, a él, a una convulsión nerviosa y esquizofrénica.

En algunas ocasiones, no recordaba cuántas por su reducido número, había pasado más tiempo sin que ellos viniesen. Hasta llegó a temer por su vida, debido a que el hambre y la sed le llevaron al borde del delirio. Entonces comenzó a buscar alimentos: esas cucarachas que había pisado sin querer, por culpa de que estaba dormido o se hallaba cegado por la claridad que entraba por la puerta. No le desagradó el sabor, como tampoco le asqueó masticar la paja más húmeda del suelo y hasta sus secos excrementos.

Cuando ellos volvían a aparecer, a través de los llorosos susurros de Madre, sabía que Padre había estado enfermo o ausente: «ha caído malo» o «se tuvo que marchar de aquí», eran las únicas explicaciones que escuchaba de quien jamás se atrevía a entrar sola en aquel lugar. A él le costaba entender el significado de las palabras, acaso porque jamás había «caído malo». En esas ocasiones que simulaba estar durmiendo, había llegado a escuchar algo parecido a esto: «pobre desgraciado, en ti todo resulta tan extraño, que hasta las heridas que te causa el látigo cicatrizan de un día para otro...»; pero sí terminó por comprender el sentido de la frase «se tuvo que marchar de aquí»: era algo similar a poder rebasar la puerta para escapar de aquel maldito sótano.

En esos tiempos que era más pequeño y blando, por lo que no le mantenían atado, y hasta cuando le dejaron sujeto a la pared con las cuerdas, Madre le cambiaba las ropas y le lavaba, pero adoptando siempre las mayores precauciones y suplicándole, a la vez, que no le devolviese «mal por bien». Ya que en algunas ocasiones él la había golpeado, dejándose arrastrar por la desesperación, al olvidar que ella era su única aliada y el freno que había impedido, en infinidad de suplicios, que los latigazos llegasen a matarle.

También recordaba sus juegos con las ratas y con toda la variedad de insectos y lombrices que le acompañaban en su prisión. Sumido en la oscuridad a la que se había habituado, y pudiendo ver lo que se hallaba cerca de su cuerpo, sobre todo lo que se movía, le gustaba dejar que los animales le subiesen por las piernas y por los brazos, sin importarle que esas peludas bestezuelas llegaran hasta su rostro para lamerle la grasa y los restos de comida que se habían resecado sobre su piel. Tampoco se negaba a compartir el contenido de los pucheros metálicos y de los baldes de dura madera.

Pero, al poco tiempo de verse encadenado, el odio comenzó a formar parte de cada una de sus acciones, a constituirse en un aliento de supervivencia, aunque no lo pudiese controlar en ese instante excepcional que se abría la puerta y la claridad le devolvía, brutal y enloquecedoramente, la obsesión de escapar de allí. Por eso quedaba a merced de la epilepsia sobrehumana que le llevaba a ser reo de un castigo terrible y aniquilador. Así terminó volcando el odio sobre las pequeñas criaturas que vivían en el sótano. Fue empezando por recrearse dándoles caza, para después martirizarlas arrancándoles las patas, una a una, y gustando cruelmente de sus convulsiones de dolor, aplastándolas la cabeza y el cuerpo, y comiéndoselas con la lentitud del que desconoce las prisas porque sabe que no puede ir a ninguna parte.

De esta manera iba cultivando su sed de venganza, entrenando esa represalia con el martirio de los animalillos cuando su meta inconsciente, aún no aceptada de una forma externa, era el hombre que blandía el látigo y le comunicaba tan honda repulsión. Lo más emocionante lo encontraba al apresar a las ratas. Las primeras se dejaron coger con facilidad porque eran sus amigas; pero, luego, en el momento que las nuevas le vieron como un rival muy peligroso, debió comenzar a desarrollar una estrategia hecha de paciencia y de astucia, pues dejaba que sus víctimas se confiaran creyéndole dormido. Para descargar el ataque definitivo, fulminante, cuando sabía que el fracaso ya era imposible. Las bestezuelas iban devorando los restos de comida que las aproximaba a la trampa, en la que caían sin contar con ninguna escapatoria. La mayoría le mordían las manos, y todas se agitaban enloquecidas hasta que les llegaba la muerte. No cedían en su protesta, mientras él les partía las patas, la cabeza y el cuerpo. Seguidamente, todo esto lo iba masticando con el mayor placer.

Su odio llegó a ser tan agresivo, que ni siquiera toleraba el contacto de Madre cuando le lavaba o le cambiaba de ropa. Por eso ellos recurrieron a echarle algo en la comida que le dejaba dormido. Esto lo descubrió una vez que se despertó cuando ella le estaba atendiendo. Su reacción fue arrojarla lejos de su cuerpo, lo que realizó con un arrebato de furia animalesca. Acto seguido, a la vez que volvía a ser herido y martirizado por el látigo, pudo escuchar a Madre decir:

–Esta vez no has preparado la dosis suficiente... ¡Por favor, deja de golpearle! ¡Reconoce que él no tiene la culpa de que tú estés tan preocupado con esos experimentos...! ¿Acaso no quieres ver que ya es imposible que pueda alcanzarme... porque no da más de sí su cadena...? ¡Fíjate en lo que haces, y no pagues con este pobre desgraciado tus errores!

Habían sido muy pocas las veces que ella protestaba de esa forma. Más tarde, abrazado por la oscuridad, el gigante solitario luchó por encontrar una respuesta sirviéndose de las palabras que acababa de escuchar. No estaba acostumbrado a deducir, pero los elementos a relacionar eran tan elementales: esas ganas insoportables de echarse a dormir que venía padeciendo últimamente al poco de terminar de comer y la primera frase que Madre había pronunciado. Le costó más de tres nuevas visitas de ellos dar con la respuesta: le obligaban a coger el sueño para así cambiarle de ropa y lavarle.

Su primera reacción fue la de aprovechar este conocimiento para tenderles una trampa similar a la que empleaba para cazar a las ratas. Sin embargo, el odio y los juegos de astucia le habían permitido desarrollar una inteligencia primaria, que le llevó a tener en cuenta la existencia de la cadena: «¿de qué valdría matarlos y devorarlos si continuaba atado a la pared?». Además, ya había intentado repetidamente romper la dura sujeción, y sabía que en un momento más o menos cercano lo conseguiría.

Pero comprobó sus posibilidades: dejó intacta la comida y el agua; después, simuló que se había quedado dormido. Ellos tardaron en aparecer, por lo que le martirizaba un hambre irresistible. También estuvo a punto de estropearlo todo los efectos de la claridad que invadía el sótano al abrirse la puerta... ¿Cómo pudo olvidarse de esta reacción? Gracias a que se hallaba de espaldas, y a que apretó con fuerza los párpados, contuvo a tiempo el arrebato nervioso. Al poco rato se dio cuenta de que había cometido otro error.

–¿Cómo se ha podido quedar dormido sin probar bocado? –preguntó Padre, muy cerca–. El balde de agua también está sin tocar. ¡Qué raro!

–¡Tú siempre con tus recelos! Se sentiría agotado... ¿Sabemos lo que hace cuando le dejamos solo? Si tanto miedo le tienes, quédate a mi lado con ese maldito látigo levantado, pero déjame que le cuide...

Se silenciaron las palabras repletas de crispaciones. Pronto el coloso prisionero fue atendido por unas manos que eran incapaces de ocultar la repugnancia por mucho que lo intentasen. Mientras tanto, le dominaba una nueva sensación, por primera vez, superior a todas las que ellos le habían provocado. Porque con el hecho de permanecer inmóvil, con los ojos cerrados y manteniendo una respiración monocorde, estaba dando un nuevo paso en su entrenamiento para la venganza. Sabía que ésta llegaría en su momento, no le importaba cuándo porque le habían «amaestrado» para que desconociese las prisas. Por otra parte, la impaciencia era otra de las muchas palabras que carecían de significado para él, debido a que nunca la había padecido.

Después de la cuarta o quinta llegada de ellos, repitió la experiencia, pero cuidándose de ocultar entre las pajas parte de la comida y de derramar el agua del balde en la proporción que acostumbraba a beber. La prueba funcionó a su plena satisfacción; sin embargo, no se conformó con este triunfo, ya que repitió el desafío emocionante en infinidad de ocasiones, debido a que lo veía como un juego mucho más interesante que cazar a las ratas, aunque a éstas no las olvidó en ningún momento. Sometido a estos procesos de acumulación de astucias y crueldades, fue creciendo en su ánimo una seguridad que le permitió utilizar todavía más su corta inteligencia.

¡Y por fin consiguió arrancar la larga cadena del punto de sujeción en la pared!

No podía saber que la oxidación del metal, unido a su permanente forcejeo, había sido la causa de su conquista. Sólo tenía conciencia de la libertad que acababa de obtener, unido a que todas las bazas le serían favorables si conseguía contener la borrachera de júbilo que le embargaba. Dispuso del tiempo suficiente para serenarse. Luego planeó su estrategia de ataque. No podía fallar. Rasgó un trozo de tela de los bajos de su camisa, pretendiendo conseguir un vendaje para sus ojos. Tuvo que repetir la acción unas tres veces porque le había fallado el cálculo de lo que realmente necesitaba. Acto seguido, se encontró con el problema de conseguir que aquello se sujetara, porque no sabía lo que era un nudo. Lo logró después de varios intentos, aunque fue de una manera tosca pero segura.

De repente, ese «sexto sentido», la intuición, le permitió saber que ellos estaban a punto de llegar al sótano. Esperó pegado a la pared, levantando la cadena con la mano derecha en posición de golpear, y teniendo la mano izquierda dispuesta para cerrar la puerta en cuanto «sus enemigos» estuviesen dentro del sótano. No tardó en escuchar los pasos pausados, los susurros de Madre, las secas protestas de Padre, el tintineo del llavero y el chirrido de los cerrojos al ser desplazados. Cerró con fuerza los ojos, temeroso de que la claridad que iba a inundarlo todo fuese capaz de atravesar la defensa de tela. Debía impedir que se le desatara esa epilepsia sobrehumana que le dejaría de nuevo indefenso...

El crujido de las bisagras y la renovación del aire, unido a esa sensación de erección gozosa que acusaba todo el vello abundante de su cuerpo, le dijeron que había llegado el instante crucial. El odio se convirtió en una frialdad inusitada, en una tranquilidad sobrenatural que no se dejaría traicionar por todo lo que iba a escuchar.

–¿Dónde estás...? –gritó Padre al descubrir que el apresado no se hallaba donde siempre; pero ya había entrado en el sótano–. ¡Si ha roto la cadena...! ¡Yo le mato... Esta vez será la definitiva...!

–¡No, por favor...! ¡Es tu hijo, más que mío...! –suplicó Madre, llorando con una voz desgarrada, cuando también se hallaba en la lóbrega estancia.

Entonces, haciendo gala de la crueldad de un verdugo, el que acechaba cerró la puerta de golpe. El lugar quedó completamente a oscuras –tuvo esta certeza por medio de los ruidos y de las quejas intranquilas de ellos–. Ya todas las ventajas eran suyas, porque conocía a la perfección cada palmo de aquel sótano.

–¡Ha sido él... quien ha cerrado la puerta...! –exclamó Padre, luchando por recuperar la seguridad–. ¿Por qué no ha intentado escapar... como en aquella ocasión...? ¡No puede ser más inteligente que yo! –Le estaba volviendo la repulsión y la violencia, como demostró al restallar el látigo en el aire–. ¡Oye el sonido del cuero que va a arrancarte esa vida que no te pertenece! ¡Por mucho que te escondas, te encontraré para desollarte el cuerpo hasta que te deje muerto!

–¡No, no, te lo suplico...! –gritó Madre, asustada e indefensa–. ¡Es tuya la culpa de que él sea así...!

Mientras, él látigo no cesaba de buscar a su víctima; sin embargo, los continuos golpes al vacío precipitaron la frecuencia de los restallidos, evidenciando el gran nerviosismo que dominaba al fallido verdugo, al ser inteligente que se enfrentaba a una situación incomprensible, fuera de toda lógica racional. Tan preocupado se hallaba por la falta de una respuesta concreta y por la imposibilidad de ver en aquella oscuridad, que no escuchó los pasos del enemigo, ni tampoco percibió el chirrido de la cadena; pero sí sufrió el impacto de la misma: un golpe envolvente que le destrozó la nariz, las orejas y la zona del occipital. El dolor fue tan enorme, tan evidente su derrota-ejecución, que aulló como la bestia que un día quiso ser –en la pretensión demencial de imitar al doctor Jekyll convirtiéndose en míster Hyde–, sin saber que así estaba consiguiendo que aumentara la sed homicida de su enemigo. Volvió a recibir un mayor castigo, mediante unos impactos que le destrozaban el cuerpo, las piernas y los brazos, sin brindarle la ocasión de suplicar y de encogerse, porque ya había perdido el control sobre sus nervios y músculos. Luego, en una destrucción de todo lo vivo que había existido en su humanidad, le llegó la nada de la muerte: ese error imperdonable para un científico por la imposibilidad de rectificarlo.

El vengador continuó descargando la cadena hasta que se le cansó el brazo. Ya hacía mucho tiempo que Padre había dejado de moverse. Acto seguido, respondiendo a un impulso ancestral, a esa fuerza que le obligaba a devorar gustosamente a los escarabajos, las cucarachas y las ratas, se arrodilló junto al cadáver y clavó sus dientes en la carnosidad y en los huesos de la cabeza, que eran una pulpa sanguinolenta, y comenzó a devorar a su presa: desgarró, trituró y tragó con una voracidad en aumento, dejándose arrastrar por un impulso que era más poderoso que cualquier otro de los que le animaban.

Luego le nació una nueva reacción desconocida, que no contuvo porque algo le decía que formaba parte de su auténtica personalidad: aulló a pesar de la rotura de sus cuerdas vocales. Con el fiero sonido vomitado por su garganta supo que era el más fuerte. Por eso ya no retrasó el momento de ir al encuentro de la claridad. Se quitó la tela de los ojos y corrió hasta la puerta. La abrió con cierta lentitud, receloso. ¿Qué encontraría más allá?

La luz hirió sus ojos habituados a la oscuridad, obligándole a cerrarlos con fuerza. Pero no le asaltó el ataque de epilepsia sobrehumana, debido a que la libertad se encontraba a su alcance. Se apoyó en la pared, conteniendo el ahogo de excitación...

Repentinamente, volvió a sufrir el azote del látigo. Se dio la vuelta y vio a Madre. Más cruel que nunca y llena de repulsión.

–¡Tú no puedes escapar de aquí! ¡Debo matarte antes de dejarte en libertad... Porque harás a los demás lo que acabas de hacerle a tu padre...! –gritó ella, rabiosa, castigándole de nuevo con el cuero–. ¡Supe aprender a quererte mientras estabas en mi vientre...! Pero, ¿por qué no aborté... o te estranguló tu padre cuando te sacó de mí en el parto...? ¡Le has devorado... Esa sangre que cubre tus ropas... y rezuma de tu boca es de él...! ¡Dios mío, ¿acaso es éste el castigo que nos merecemos por haberte concebido...?!

La mujer balbucía su protesta sin dejar de caminar hacia atrás. Porque los golpes del látigo no detenían al enemigo, a esa bestia a la que seguía considerando su hijo, sino que, al contrario, le impulsaba a avanzar blandiendo la cadena de una forma aterradora. Este acoso se detuvo cuando su espalda encontró el freno de la pared. Le vio abrir los ojos, mirarla con odio y...

Ya estaba muerta en el momento que la cadena se estrelló contra su cabeza. Su corazón no había resistido tanto sufrimiento. Luego, él siguió golpeando con una furia que era la erupción de un odio acumulado durante muchísimo tiempo. Poco después, siguiendo el ciclo de la experiencia anterior, también devoró una parte del cadáver. Tampoco faltó el aullido salvaje de su triunfo. Seguidamente, bañado de sangre y eructando de placer, atravesó el umbral de la puerta, precipitadamente. Como había dejado que la cadena arrastrase unida a uno de sus pies, provocó que ésta golpease un objeto que nunca había visto, el cual se rompió originando un pequeño estrépito, con lo que su contenido cayó sobre la paja que cubría el suelo del sótano. Al instante se produjo un incendio...

Era la primera vez que contemplaba el fuego. ¡Sintió un terror insoportable, demencial, por lo que le desapareció toda la seguridad! ¡Sólo quería huir de allí, lo más lejos posible!

Corrió por los escalones de piedra, resbalando en multitud de ocasiones por culpa de la precipitación y por la torpeza de unas piernas tan poco acostumbradas a caminar y mucho menos a desplazarse con tanta rapidez. Pero consiguió llegar arriba. La densa humareda le asfixiaba. Encontró su camino cerrado por una puerta, más pequeña que la anterior y que estaba situada en el techo. Al principio se detuvo pensando que no podría abrirla.

Le obligó a reaccionar la proximidad de las llamas, el intenso calor, el humo y la necesidad de conseguir la libertad. Estrelló contra el obstáculo todas las fuerzas de su cuerpo gigantesco, con lo que consiguió que saltara el pequeño cerrojo. Después salió a un jardín y a la noche, sin darse cuenta del cambio porque le enloquecía el miedo a morir bajo ese calor tan intenso. Apoyado en el tronco de un árbol, exhausto y con los ojos llenos de lágrimas y escozores, comenzó a adquirir la certeza de que había superado el peligro. Se sentía muy cansado, por lo que se echó sobre la hierba y no tardó en quedarse dormido.

Le despertó el frío de la naturaleza. Se incorporó con los ojos abiertos. Le asombraba la ausencia de esa claridad que él creía que siempre iba a encontrar al escapar del sótano. Se incorporó muy despacio e intentó caminar, pero se notó atado. Una rabia salvaje volvió a su cerebro, por lo que aulló y se convulsionó desesperadamente. De pronto se dio cuenta de que ya no estaba sujeto a ninguna pared. Tardó en comprender que la cadena se enganchaba en los múltiples obstáculos del suelo, por eso se cuidó de llevarla recogida en su mano izquierda.

Ya todo lo asombraba y le sobrecogía. Cada sombra moviente de las ramas, los arbustos, el cloqueo de los búhos, el susurro del aire y... ¡la luna llena! Había llegado a una zona abierta del bosque, sobre el cual se encontraba un gran círculo blanco, que parecía mirarle. Sin entender porqué lo hacía, levantó la cabeza y aulló, repetidamente, en una especie de canto ancestral: aullidos de libertad de una criatura racional, que había nacido para encontrarse allí y no encerrada en un sótano. Únicamente silenció la cantinela cuando desapareció la celeste provocación. Entonces siguió caminando, sin olvidarse de mantener sujeta la cadena para impedir que arrastrara.

Cayó al suelo en varias ocasiones debido a la torpeza de sus andares y a las piedras y a las raíces salientes, con las que tropezaba. En un momento dado, cuando se acababa de quedar inmóvil ante una barrera de agua, le dejó anonadado el amanecer. Se quedó sentado en la hierba, extasiado por aquel espectáculo que le revelaba que había merecido la pena escapar. Lentamente, con la emoción creciente del instante, supo que era esa la auténtica claridad, y no la que entraba por la puerta del sótano al aparecer ellos. No le dolían los ojos, ya que había dispuesto del tiempo suficiente para adaptarse a aquel cambio radical y excitante.

Tenía sed. Se incorporó con torpes movimientos, recogió la cadena y se acercó al agua. Con cierta dificultad se arrodilló en el suelo y acercó su boca al espejo del remansado líquido...

¡De repente, como una agresión desafiadora, vio ante él a un ser de fauces abiertas, grandes colmillos salientes sobre el labio inferior y superior, ojos pequeños inyectados de sangre, narices aplastadas de negros orificios, rostro peludo y orejas afiladas!

No soportó el reto que aquella aparición representaba. Saltó a por el enemigo, y se zambulló en el río. Durante unos momentos peleó contra la nada, chapoteando y aullando. Luego, cansado y satisfecho, se dio cuenta de que estaba solo. Por eso aulló a la libertad que le había permitido librarse de su enemigo, bebió en el agua revuelta de tierra y cieno y volvió a la orilla.

Se notaba poderoso, más fuerte que nunca, porque ignoraba que su rostro era una combinación de los que correspondían al jabalí y al lobo, que su instinto era el propio de Una bestia carnicera y que si su humanidad ofrecía cierto aspecto humano era porque podía caminar sobre dos piernas. Sin embargo, esto no impediría que fuese combatido hasta el exterminio por esos seres, parecidos a Padre y a Madre, con los que no iba a tardar en tropezarse...

John, el esclavo - Cuento estadounidense

 Se llamaba John, un nombre tan común que era casi como no tener nombre. Quién sabe cómo se habría llamado si sus padres hubieran podido elegir, si hubieran vivido en libertad, allá en la lejana África, de la que ya casi no tenían recuerdos. Pero sus padres eran esclavos negros en América y no podían decidir ni siquiera el nombre de sus hijos.

John era esclavo por fuera pero por dentro se sentía tanto o más libre que cualquiera. Con su gran inteligencia y su sentido del humor, desafiaba todos los días al amo y a sus capataces, haciendo reír a sus compañeros de esclavitud, que sin embargo temían constantemente por su vida.

Harto de caer en sus trampas, el amo decidió que era hora de terminar con ese esclavo burlón, que lo hacía perder prestigio ante sus empleados y ante el resto de los cultivadores de algodón de la zona. Las bromas de John se comentaban incluso en los bailes de gala, y a su dueño, que era bastante tonto, le parecía que las damas sureñas se reían de él detrás de sus abanicos. Ya que ningún castigo lograba contener su ingenio, tenía que librarse de John. Lo odiaba tanto que venderlo no era suficiente. Aun en esa época y en ese lugar, no estaba bien visto que un amo matara a un esclavo sin una buena razón. Él mismo se encargaría de encontrar esa buena razón.

–Tengo que salir de viaje –le dijo un día el amo a John–. Por ser el más inteligente de mis esclavos, quiero confiarte el cuidado de la casa. Aquí están las llaves de las habitaciones y la despensa. Por tres días te quedarás a cargo de todo. Sé que lo harás bien.

¡Y muy bien que lo hizo John! Tal cual el amo lo había previsto. Apenas se alejó el carruaje que lo transportaba, se corrió la voz entre los esclavos de que se preparaba en la casa una gran fiesta. Temerosos al principio, se fueron acercando poco a poco sin poder creer lo que veían. Por supuesto, lo primero que hizo John fue matar al cerdo más gordo, ese que el patrón estaba cebando para Navidad. El delicioso olor del asado fue derritiendo todos los temores.

En la puerta de la casa del amo los esperaba John, vestido con la ropa más elegante que había encontrado en los armarios. Los últimos restos de miedo desaparecieron, ahogados en el whisky que los esclavos sacaban de la bodega. Se tocaba el violín, la armónica, los tamboriles, mientras los hombres y las mujeres bailaban una danza frenética, una mezcla de los lejanos recuerdos africanos con una torpe imitación de los bailes de los señores blancos. Y sin embargo, con qué gracia se movían, con qué libertad bailaban los esclavos.

Por cierto, el viaje del amo no era más que una trampa. Esa misma noche volvió a la casa, acompañado por un grupo de hombres armados. Necesitaba ayuda y necesitaba testigos. Al llegar se encontraron con el espectáculo de los esclavos borrachos tirados sobre los muebles de la casa mientras John dirigía el baile vestido con la ropa de su amo.

–¡Maldito seas, John! –gritó, fingiendo más furia de la que en realidad sentía–. ¡Así respondes a mi confianza! El castigo del látigo no es suficiente esta vez. ¡Ahora mismo serás colgado hasta morir!

–A-amo, m-m-mi amo –dijo John, fingiendo un miedo que no sentía–, sólo le pido un último deseo antes de morir. Por favor, déjeme despedirme para siempre de mis amigos.

–Pero que sea rápido –dijo su dueño, que estaba de buen humor viendo que por una vez era John el que había caído en su trampa. Por fin conseguía demostrar quién de los dos era más inteligente.

John se acercó a sus dos amigos más confiables y en un instante les susurró su plan. Fingiendo llorar, los dos amigos se alejaron, como si no se sintieran capaces de soportar el espectáculo de su muerte. En realidad, fueron precisamente hacia cierto árbol. Y se treparon silenciosamente a sus ramas más altas.

El amo, secundado por el grupo de blancos armados, llevó a John a los empujones hasta el lugar más temido de toda la plantación: el Árbol de los Ahorcados. La marcha fue lenta, porque el pobre hombre se resistía. Por un momento pareció que el miedo le hacía flaquear las rodillas y tuvieron que arrastrarlo. Por fin llegaron hasta el árbol maldito. El amo hizo preparar la soga con el nudo corredizo y atarla a una rama que crecía inclinada y fuerte. John cayó de rodillas.

–John –dijo el amo, que era muy religioso–, encomienda tu alma a Dios, porque es la última oportunidad que tendrás sobre esta tierra –y le pasó el lazo de la soga por el cuello.

John juntó las manos y empezó a rogar al Señor con su voz ronca, alta y poderosa, que se podía escuchar a buena distancia.

–Dios mío, éste es mi fin –rogó–. Prométeme que vas a cumplir tu palabra. Si es verdad que apenas yo muera vas enviar tu rayo para destruir al amo, por favor, envíame algún signo, una señal para que pueda morir tranquilo.

–¿Qué tonterías estás hablando? –dijo el amo, un poco intranquilo.

–¡Y que esa señal sea tu relámpago!

Ésas eran las palabras que estaban esperando los dos amigos de John, que se habían adelantado a la comitiva, habían trepado al árbol y estaban escondidos entre sus ramas con pólvora que habían tomado de la armería. Con una breve y violenta explosión, la pólvora que habían desparramado sobre una de las ramas más altas se encendió de golpe y volvió a apagarse. En la oscuridad, el efecto fue pavoroso.

El amo agarró a John del cuello.

–John, ya basta de rezos, tu tiempo ha terminado.

Pero John, por supuesto, siguió, con más entusiasmo que nunca.

–Oh, Dios mío, ésta es mi última noche y estoy a las puertas de la muerte. Si es cierto que vas a quemar al amo con tu fuego en este mundo y por toda la eternidad, ¡dame otra prueba!

Y otra vez el relámpago del Señor se encendió sobre la copa del árbol, con un estallido de luz que hizo vibrar la noche.

–¡No! –gritó el amo–. ¡Tonto John, fue una broma, por supuesto! Todo lo que quería era darte un buen susto y bien que te lo merecías. Nunca pensé en ahorcarte de verdad.

–Bueno... –dijo John, dudoso–. No sé... a mí me pareció que sí.

–¡Ja ja! Te lo creíste. ¡Qué ridículo! Sólo quería ver si eras lo bastante inteligente como para darte cuenta. Lo único que quiero es no verte nunca más por aquí. ¡Nunca más!

–¿Eso quiere decir que me puedo ir? ¿En libertad?

–Con tal de que te vayas bien lejos. Pero antes tienes que apartar de mí la ira del Señor, ya ves que no me la merezco.

–Dos condiciones que estoy dispuesto a cumplir ahora mismo, mi amo. Sólo te pido a cambio que me des lo suficiente como para comprar un pedacito de tierra, para no morirme de hambre. Y te recordaré con gratitud en todas mi oraciones.

Como muchos blancos, el amo no sólo era religioso sino que temía los poderes de brujería de los negros. Ahora ya contaba con una buena prueba de la fuerza asombrosa que tenían las oraciones de este miserable esclavo. El precio le pareció poco con tal de librarse de él.

Y así fue como John, el esclavo, consiguió su libertad y su campito para cultivar. Y vivió tranquilo y feliz el resto de sus días, siempre ayudando a sus hermanos y luchando por sacarlos de la esclavitud.