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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...) 

Aire - Andrés Neuman

 Persigo instantes únicos. Algún tiempo sin máscara. Un viaje sin destino.

Aceptarlo. Eso es todo.

Soy paracaidista.

La primera vez que salté, me juré que sería la última. No fui capaz de soportar lo que veía. Después ya no supe vivir sin saltar.

Cuando siento mi materia cortada por el aire y veo la tierra corriendo a mi encuentro, me vuelvo diáfano y cobarde: pido perdón, suplico, hago promesas. Es extraño el estado que uno alcanza al reencontrar, como por vez primera, la firmeza bajo sus pies. Pero uno echa a andar y se retracta. Olvida que ha rogado, que ha temido, y se envilece poco a poco. Así es como vivimos: nos hemos olvidado de la tierra que hay bajo nuestros pies.

Después de la caída, la vida recupera todos sus milagros. Y es fácil olvidarlos. Comenzamos a andar, eso es todo.

Entonces hace falta un nuevo salto. Y otro. Y otro. Y muy pronto lo que uno más anhela es dejarse caer. Soy súbdito del aire. Quién pudiera vivir aterrizando.

Una dicha, me temo, imposible: en cuanto vuelvo al suelo, dejo de arriesgar lo que tanto vale y el bienestar se va desvaneciendo. Así es como vivimos. Viajes. Máscaras. Pero hoy he dado con la solución.

Este es mi instante. Vuelo. Estoy volando. Sólo yo, en estado puro.

Sé que es injusto despreciar la tierra que se pisa. No volveré a hacerlo.

Voy camino de mí, sin ataduras. Falta poco.

Seré leal como los libres.

Libre siempre.

Aire feliz.


De padre a hijo - Italo Calvino

Pocos bueyes, en nuestros pagos. No hay prados donde pastar, ni campos grandes para arar: sólo ortigas para el ramoneo y breves franjas de una tierra que únicamente se rompe con la zapa. Además los bueyes y las vacas, anchos y plácidos como son, desentonarían en estos valles angostos y abruptos; aquí hacen falta animales flacos, puro tendón, que anden por las piedras: mulas y cabras.

El buey de los Scarassa era el único de la quebrada y no desentonaba: era más fuerte y dócil que un mulo, un pequeño buey rechoncho y robusto, de carga; se llamaba Morettobello. Los dos Scarassa, padre e hijo, se ganaban la vida con el buey, haciendo viajes para los diversos propietarios del valle, llevando los sacos de trigo al molino, o las hojas de palma a los floristas, o las bolsas de abono de la cooperativa.

Aquel día Morettobello se balanceaba bajo la carga equilibrada en los dos extremos de la albarda: leña de olivo para vender a un cliente de la ciudad. De la anilla que atravesaba las narices negras y blandas, la cuerda floja tocaba el suelo y terminaba en las manos bamboleantes de Nanín, hijo de Battistín Scarassa, flaco y macilento como el padre. 

Formaban una extraña pareja: el buey con sus patas cortas, la panza baja y ancha, como un sapo, daba pasos prudentes bajo la carga; Scarassa, la cara larga y erizada de pelos rojos, las muñecas descubiertas por las mangas demasiado cortas, avanzaba como si tuviera dos rodillas en cada pierna, bajo unos pantalones que se agitaban al viento como velas, como si dentro no hubiera nadie.

La primavera estaba allí aquella mañana, es decir, había en el aire esa brusca sensación de descubrimiento que se siente todos los años, una mañana, ese recordar algo como olvidado desde hacía meses. Morettobello, de costumbre tan tranquilo, estaba inquieto. 

Ya por la mañana Nanín, cuando fue a buscarlo, no lo encontró; estaba en medio del campo dando vueltas con los ojos perdidos. Ahora, de camino, Morettobello se detenía de vez en cuando, alzaba las narices perforadas por la anilla, olisqueaba el aire con un breve mugido. Nanín pegaba un tirón a la cuerda y lanzaba un sonido gutural, ese lenguaje que se usa entre los hombres y los bueyes. 

Morettobello parecía por momentos dominado por un pensamiento: esa noche había soñado, por eso había salido del establo y esa mañana estaba como perdido en el mundo. Había soñado cosas olvidadas, como de otra vida: grandes llanuras herbosas y vacas, vacas, vacas hasta perderse de vista, que avanzaban mugiendo. 

Y también se vio a sí mismo, allí, corriendo en medio de la vacada como buscando. Pero había algo que lo retenía, unas tenazas rojas plantadas en su carne que le impedían atravesar aquella manada. Por la mañana, mientras andaba, Morettobello sentía aún viva la herida roja de las tenazas, como una desesperación inefable suspendida en el aire.

Por los caminos no se veían más que niños vestidos de blanco, con brazal de flecos dorados, y niñas vestidas de novia: era el día de la primera comunión. Al verlos, algo se oscureció en el fondo del alma de Nanín, una especie de antiguo, furioso miedo. ¿Era acaso porque su hijo y su hija jamás tendrían esos vestidos blancos para su primera comunión? Ciertamente debían de ser muy caros. Entonces le asaltó una rabia, un delirio de que sus hijos hicieran la primera comunión: veía ya al varoncito de traje de marinero blanco y brazal con flecos de oro, la nena con velo y cola, en la iglesia toda sombras y destellos.

El buey bufó: recordaba el sueño, veía la manada de vacas galopando, como en una zona fuera de su memoria, y él avanzando entre las vacas cada vez con más esfuerzo. De golpe, en medio de la vacada, sobre un altozano, rojo como el dolor de la herida, apareció el gran toro que se lanzaba contra él mugiendo, con los cuernos como hoces que tocaban el cielo.

Los niños de la primera comunión, en la plaza de la iglesia, empezaron a correr alrededor del buey. «¡Un buey! ¡Un buey!» gritaban. El buey era un espectáculo insólito en aquellos lugares. Los más valientes se aventuraban a tocarle la panza, los más expertos le miraban debajo de la cola: «¡Está castrado! ¡Mirad! ¡Está castrado!». Nanín se puso a gritar, a dar manotazos en el aire para ahuyentarlos. 

Entonces, viéndolo tan escuálido, macilento y remendado, los niños empezaron a imitarlo y a burlarse de él llamándolo por su apodo: «¡Scarassa! ¡Scarassa!», que quiere decir sarmiento.
Nanín sentía que su antiguo miedo se volvía más vivo, más angustioso. Veía a los otros niños vestidos de primera comunión burlándose no de él sino de su padre, macilento, escuálido y remendado como él, el día que lo acompañó a hacer la primera comunión. 

Y al ver a los niños saltando a su alrededor y arrojándole los pétalos de rosa pisoteados por la procesión, llamándolo «¡Scarassa!», volvió a sentir viva como entonces la vergüenza que había experimentado por su padre. Aquella vergüenza lo había acompañado toda la vida, lo había llenado de miedo ante cualquier mirada, cualquier risa. 

Y era toda culpa de su padre; ¿qué había heredado de su padre sino la miseria, la estulticia, la torpeza de su persona enjuta? Odiaba a su padre, ahora lo comprendía, por aquella vergüenza que le había hecho sentir de pequeño, por toda la vergüenza, la miseria de su vida. Y en ese momento tuvo miedo de que sus hijos se avergonzaran de él como él de su padre, que un día lo mirasen con el odio que en ese momento había en sus ojos. 

Decidió: «Yo también me compraré un traje nuevo para la primera comunión de mis hijos, un traje a cuadritos, de franela, y una gorra de tela blanca. Y una corbata de color. Y mi mujer también tendrá que comprarse un vestido nuevo, de paño, grande, para que le sirva cuando esté encinta. E iremos todos bien vestidos a la plaza de la iglesia. Y compraremos helados al carrito del heladero». 

Pero le quedaba un furor que no sabía cómo calmar, después de haber comprado helados, de dar vueltas por la feria vestido de fiesta, un frenesí de hacer, de gastar, de mostrarse, de recobrarse de aquella infantil vergüenza del padre que lo había acompañado toda la vida.

Al llegar a la casa llevó el buey al establo y le quitó la albarda. Después fue a comer; su mujer y los niños y el viejo Battistín ya estaban sentados a la mesa, engullendo una sopa de habas. El viejo Scarassa, Battistín, pescaba las habas con los dedos y las sorbía escupiendo la piel. Nanín no prestaba atención a lo que decían.

-Los niños tienen que hacer la primera comunión -dijo.
La mujer alzó hacia él la cara pálida y despeinada.
-¿Y el dinero para vestirlos? -preguntó.
-Tendrán que llevar buenos trajes -prosiguió Nanín sin mirarla-. El varón, de marinero, blanco, con brazal de flecos dorados; la hembra, de novia, con velo y cola.
El viejo y la mujer lo miraban boquiabiertos.
-¿Y el dinero? -repitieron.
-Y yo me compraré un traje de franela a cuadritos -continuó Nanín-, y tú un vestido de paño, grande, para que te sirva también cuando estés encinta.
A la mujer se le ocurrió una idea:
-¡Ah! Has encontrado cómo vender la tierra del Gozzo.
La tierra del Gozzo era un campo heredado, pura piedra y zarzales, que le obligaba a pagar impuestos sin rendir nada. A Nanín le fastidiaba que creyeran eso: estaba diciendo cosas absurdas pero insistía con rabia.
-No, no he encontrado a nadie. Pero debemos tener todo eso -se emperró, sin alzar los ojos del plato. En cambio los otros estaban llenos de esperanzas: si había encontrado a quien vender la tierra del Gozzo, todo lo que había dicho era posible.
-Con el dinero de la tierra -dijo el viejo Battistín- me puedo hacer operar la hernia.
Nanín sentía que lo odiaba.
-¡Con tu hernia reventarás! -gritó.
Los demás lo miraban como si estuviera volviéndose loco.

Entretanto en el establo el buey Morettobello se había soltado, había derribado la puerta y salido al campo. De pronto entró en la habitación, se detuvo, lanzó un mugido largo, lamentoso, desesperado. Nanín se levantó blasfemando y lo llevó de vuelta al establo a bastonazos.

Volvió: todos callaban, incluso los niños. Después el varón le preguntó:
-Papá, ¿cuándo me compras el traje de marinero?
Nanín alzó los ojos hasta él, ojos iguales a los de su padre Battistín.
-¡Nunca! -gritó.
Dio un portazo y se fue a dormir.

Aullidos de libertad - Manuel Yáñez

Pesaba ciento cuarenta kilos, medía dos metros y treinta centímetros de estatura y se hallaba encadenado a la pared. Todo en él era odio y deseos de venganza. No sabía que los seres humanos nacidos de mujer tienen un nombre propio. Le habían crecido en el rostro, especialmente sobre el labio superior, unos pelos que le parecían muy distintos a los que cubrían su cabeza. Vivía en la oscuridad aunque no podía ser considerado ciego.

Sus recuerdos, escasos y primarios, se formaban de unos sonidos y de unas emociones apenas sin imágenes y carentes de palabras. Había sabido hablar, de eso hacía mucho tiempo, pero terminó por perder la voz de tanto gritar que le sacaran de allí. Por eso actuaba con su instinto racional, a la espera de la ocasión de descargar la hiel que almacenaba. Ignoraba la existencia del espejo, del peine y de la higiene personal. Sólo conocía aquel sótano, su reducido universo, aunque la imaginación le decía que tras aquella puerta, tan cercana e inalcanzable, debía encontrarse algo distinto, apetecible e invitador, cuyo conocimiento necesitaba más que su propia existencia. Por eso no cesaba de luchar para comprobarlo, sin importarle que sus medios resultasen muy limitados y rudimentarios, y que siempre fuera a estrellarse contra el obstáculo, cada vez más violento, que se lo impedía de una forma despiadada. Hasta el punto de que su empeño bordeaba en ocasiones los límites del suicidio.

Realmente, no hacía otra cosa que obedecer a ese impulso básico y ancestral, tan común en todas las criaturas que pueblan la Tierra, que se llama libertad.

Cuando las dos únicas personas que le trataban –sabía que eran Padre y Madre, pero no los sentía como algo suyo– entraban a traerle la comida y el agua, lo hacían abriendo la puerta, con lo que la oscuridad quedaba anulada, provocadoramente, gracias a la claridad del exterior. Y quizá fuese este cambio el origen de las convulsiones enloquecidas a la que se veían sometidos sus brazos y sus piernas, a la vez que se le nublaba el cerebro y se le reventaba el propósito de mantenerse tranquilo. Porque olvidaba, al verse sumido en su lucha desesperada por librarse de las cadenas, el bestial castigo al que se iba a hacer merecedor.

Luego, irremisiblemente, escuchaba los restallidos del látigo, le alcanzaban los impactos dolorosos, la carne se le abría en infinidad de heridas sangrientas, y no tardaba en sentirse dominado por un sentimiento de indefensión. Entonces, cuando antes había sido un brevísimo volcán en erupción o una epilepsia sobrehumana, su voluntad se transformaba en una necesidad de que el cuerpo consiguiera incrustarse en la pared y encogerse, para así escapar del martirio haciéndose lo más pequeño posible. Y con los mocos, las babas y los estertores, sordos y rabiosos pero sin lágrimas, le volvía a amansar el miedo y el convencimiento de que jamás le permitirían salir del sótano. Pero no le desaparecía el odio y el ansia de cobrarse la más despiadada represalia.

No siempre había alimentado los mismos sentimientos. Tiempo atrás, cuando era más pequeño y blando, no le mantenían encadenado, a pesar de que, en todo momento, quisiera rebasar la hipnótica frontera de la puerta. Nada más que ésta se abría, él corría en busca del exterior, impulsado por la catapulta de una obsesión cada vez más exacerbada, aunque no irracional. Pero, al momento, encontraba cerrándole el paso el corpachón de Padre; y las manos de éste le sujetaban, comunicándole toda su repulsión y una gran amenaza. Esto lograba detenerle, sin que se silenciaran sus quejas y se le secaran las lágrimas. Seguidamente, Madre venía a abrazarle, le devolvía a las sombras y, tranquilizándole con sus palabras, le empezaba a dar de comer utilizando un objeto metálico, cuyo nombre él había olvidado porque llevaba demasiado tiempo alimentándose con sus propias manos y hasta metiendo la boca en el mismo plato.

Cierto día, después de permanecer esperando junto a la puerta, estuvo a punto de conseguir escapar. Sólo fue un parpadeo de novedad: un amago que le abrió todas las esperanzas, porque, en el instante que la emoción le invitaba a reír, Padre le apresó por una pierna, como si quisiera rompérsela y, luego, le golpeó salvajemente con los puños hasta dejarle sin sentido.

Cuando volvió a la realidad, se encontró atado a la pared por medio de una cuerda. No pudo entender aquello. Quiso caminar por la reducida estancia y cayó de bruces sobre la paja del suelo al encontrar obstaculizados sus movimientos por lo que rodeaba uno de sus pies. Enloquecido, intentó quitárselo, pero sólo consiguió llagarse el tobillo y destrozarse los dedos de ambas manos...

¡Qué alivio sintió cuando Madre le cuidó las heridas!

No obstante, el dolor sufrido únicamente significó una tregua, ya que continuó luchando contra sus ataduras, hasta que consiguió romperlas. Nada más coronar la hazaña, advirtió que dentro de su cuerpo se había formado una emoción similar a la que conoció al superar la puerta por primera y única vez. La alegría fue muy corta, aunque no le arrebataron la esperanza, a pesar de que Padre le golpeó más que nunca, sirviéndose de los puños y de los pies calzados con botas provistas de suelas claveteadas; después, le volvió a atar con otra cuerda, de mayor grosor que la anterior, y le hizo probar el suplicio del látigo, mientras le gritaba:

–¡Jamás saldrás de aquí! ¡Este es tu único mundo! ¡Y da gracias a que te permitimos seguir vivo!

Puede decirse que él había aprendido a hablar escuchando las crueles amenazas de Padre y las ahogadas exclamaciones, los rezos y los susurros cariñosos de Madre. Con este conocimiento le nacieron las preguntas, a las que faltaban unas respuestas que no fuesen las que nacían del castigo y del desprecio. También acabaron por brotar los aullidos de protesta, que él convirtió en un arma al comprobar que a su verdugo le enfurecían. Inútil esfuerzo. Con el tiempo enronqueció hasta dañarse incurablemente las cuerdas vocales, y se quedó sin voz después de un largo proceso de sufrimientos.

Más tarde, la imposibilidad de hablar le convirtió en una criatura intuitiva, en un animal casi irracional que aceptaba mantener un papel sumiso, con el único propósito de encontrar una nueva oportunidad de escapar. Sin embargo, cometió infinidad de errores, todos los cuales se debieron a un mal aprovechamiento de su fuerza descomunal. Y es que en varias ocasiones consiguió romper las gruesas cuerdas que le ataban a la pared más lóbrega del sótano, pero siempre le aturdió la emoción de su breve triunfo. Después, cegado por la claridad que había brotado al abrirse la puerta, quedaba convertido en una fácil presa de la violencia de Padre, con lo que terminaba viéndose unido a la pared. Por último le colocaron las cadenas...

¿Cuánto tiempo hacía que las venía sufriendo?

No conocía el reloj ni el calendario, tampoco sabía cuándo era de día o de noche. Pero su mente había encontrado una forma de intuir en qué momento se iba a abrir la puerta, y sus ojos, así como la totalidad de su cuerpo y de su cerebro, se concentraban en ese suceso excepcional, en esa alteración emotiva, tantas veces dramática, que le cegaba la vista con el asalto enloquecedor de la claridad, renovaba la acre atmósfera del sótano y le sometía, a él, a una convulsión nerviosa y esquizofrénica.

En algunas ocasiones, no recordaba cuántas por su reducido número, había pasado más tiempo sin que ellos viniesen. Hasta llegó a temer por su vida, debido a que el hambre y la sed le llevaron al borde del delirio. Entonces comenzó a buscar alimentos: esas cucarachas que había pisado sin querer, por culpa de que estaba dormido o se hallaba cegado por la claridad que entraba por la puerta. No le desagradó el sabor, como tampoco le asqueó masticar la paja más húmeda del suelo y hasta sus secos excrementos.

Cuando ellos volvían a aparecer, a través de los llorosos susurros de Madre, sabía que Padre había estado enfermo o ausente: «ha caído malo» o «se tuvo que marchar de aquí», eran las únicas explicaciones que escuchaba de quien jamás se atrevía a entrar sola en aquel lugar. A él le costaba entender el significado de las palabras, acaso porque jamás había «caído malo». En esas ocasiones que simulaba estar durmiendo, había llegado a escuchar algo parecido a esto: «pobre desgraciado, en ti todo resulta tan extraño, que hasta las heridas que te causa el látigo cicatrizan de un día para otro...»; pero sí terminó por comprender el sentido de la frase «se tuvo que marchar de aquí»: era algo similar a poder rebasar la puerta para escapar de aquel maldito sótano.

En esos tiempos que era más pequeño y blando, por lo que no le mantenían atado, y hasta cuando le dejaron sujeto a la pared con las cuerdas, Madre le cambiaba las ropas y le lavaba, pero adoptando siempre las mayores precauciones y suplicándole, a la vez, que no le devolviese «mal por bien». Ya que en algunas ocasiones él la había golpeado, dejándose arrastrar por la desesperación, al olvidar que ella era su única aliada y el freno que había impedido, en infinidad de suplicios, que los latigazos llegasen a matarle.

También recordaba sus juegos con las ratas y con toda la variedad de insectos y lombrices que le acompañaban en su prisión. Sumido en la oscuridad a la que se había habituado, y pudiendo ver lo que se hallaba cerca de su cuerpo, sobre todo lo que se movía, le gustaba dejar que los animales le subiesen por las piernas y por los brazos, sin importarle que esas peludas bestezuelas llegaran hasta su rostro para lamerle la grasa y los restos de comida que se habían resecado sobre su piel. Tampoco se negaba a compartir el contenido de los pucheros metálicos y de los baldes de dura madera.

Pero, al poco tiempo de verse encadenado, el odio comenzó a formar parte de cada una de sus acciones, a constituirse en un aliento de supervivencia, aunque no lo pudiese controlar en ese instante excepcional que se abría la puerta y la claridad le devolvía, brutal y enloquecedoramente, la obsesión de escapar de allí. Por eso quedaba a merced de la epilepsia sobrehumana que le llevaba a ser reo de un castigo terrible y aniquilador. Así terminó volcando el odio sobre las pequeñas criaturas que vivían en el sótano. Fue empezando por recrearse dándoles caza, para después martirizarlas arrancándoles las patas, una a una, y gustando cruelmente de sus convulsiones de dolor, aplastándolas la cabeza y el cuerpo, y comiéndoselas con la lentitud del que desconoce las prisas porque sabe que no puede ir a ninguna parte.

De esta manera iba cultivando su sed de venganza, entrenando esa represalia con el martirio de los animalillos cuando su meta inconsciente, aún no aceptada de una forma externa, era el hombre que blandía el látigo y le comunicaba tan honda repulsión. Lo más emocionante lo encontraba al apresar a las ratas. Las primeras se dejaron coger con facilidad porque eran sus amigas; pero, luego, en el momento que las nuevas le vieron como un rival muy peligroso, debió comenzar a desarrollar una estrategia hecha de paciencia y de astucia, pues dejaba que sus víctimas se confiaran creyéndole dormido. Para descargar el ataque definitivo, fulminante, cuando sabía que el fracaso ya era imposible. Las bestezuelas iban devorando los restos de comida que las aproximaba a la trampa, en la que caían sin contar con ninguna escapatoria. La mayoría le mordían las manos, y todas se agitaban enloquecidas hasta que les llegaba la muerte. No cedían en su protesta, mientras él les partía las patas, la cabeza y el cuerpo. Seguidamente, todo esto lo iba masticando con el mayor placer.

Su odio llegó a ser tan agresivo, que ni siquiera toleraba el contacto de Madre cuando le lavaba o le cambiaba de ropa. Por eso ellos recurrieron a echarle algo en la comida que le dejaba dormido. Esto lo descubrió una vez que se despertó cuando ella le estaba atendiendo. Su reacción fue arrojarla lejos de su cuerpo, lo que realizó con un arrebato de furia animalesca. Acto seguido, a la vez que volvía a ser herido y martirizado por el látigo, pudo escuchar a Madre decir:

–Esta vez no has preparado la dosis suficiente... ¡Por favor, deja de golpearle! ¡Reconoce que él no tiene la culpa de que tú estés tan preocupado con esos experimentos...! ¿Acaso no quieres ver que ya es imposible que pueda alcanzarme... porque no da más de sí su cadena...? ¡Fíjate en lo que haces, y no pagues con este pobre desgraciado tus errores!

Habían sido muy pocas las veces que ella protestaba de esa forma. Más tarde, abrazado por la oscuridad, el gigante solitario luchó por encontrar una respuesta sirviéndose de las palabras que acababa de escuchar. No estaba acostumbrado a deducir, pero los elementos a relacionar eran tan elementales: esas ganas insoportables de echarse a dormir que venía padeciendo últimamente al poco de terminar de comer y la primera frase que Madre había pronunciado. Le costó más de tres nuevas visitas de ellos dar con la respuesta: le obligaban a coger el sueño para así cambiarle de ropa y lavarle.

Su primera reacción fue la de aprovechar este conocimiento para tenderles una trampa similar a la que empleaba para cazar a las ratas. Sin embargo, el odio y los juegos de astucia le habían permitido desarrollar una inteligencia primaria, que le llevó a tener en cuenta la existencia de la cadena: «¿de qué valdría matarlos y devorarlos si continuaba atado a la pared?». Además, ya había intentado repetidamente romper la dura sujeción, y sabía que en un momento más o menos cercano lo conseguiría.

Pero comprobó sus posibilidades: dejó intacta la comida y el agua; después, simuló que se había quedado dormido. Ellos tardaron en aparecer, por lo que le martirizaba un hambre irresistible. También estuvo a punto de estropearlo todo los efectos de la claridad que invadía el sótano al abrirse la puerta... ¿Cómo pudo olvidarse de esta reacción? Gracias a que se hallaba de espaldas, y a que apretó con fuerza los párpados, contuvo a tiempo el arrebato nervioso. Al poco rato se dio cuenta de que había cometido otro error.

–¿Cómo se ha podido quedar dormido sin probar bocado? –preguntó Padre, muy cerca–. El balde de agua también está sin tocar. ¡Qué raro!

–¡Tú siempre con tus recelos! Se sentiría agotado... ¿Sabemos lo que hace cuando le dejamos solo? Si tanto miedo le tienes, quédate a mi lado con ese maldito látigo levantado, pero déjame que le cuide...

Se silenciaron las palabras repletas de crispaciones. Pronto el coloso prisionero fue atendido por unas manos que eran incapaces de ocultar la repugnancia por mucho que lo intentasen. Mientras tanto, le dominaba una nueva sensación, por primera vez, superior a todas las que ellos le habían provocado. Porque con el hecho de permanecer inmóvil, con los ojos cerrados y manteniendo una respiración monocorde, estaba dando un nuevo paso en su entrenamiento para la venganza. Sabía que ésta llegaría en su momento, no le importaba cuándo porque le habían «amaestrado» para que desconociese las prisas. Por otra parte, la impaciencia era otra de las muchas palabras que carecían de significado para él, debido a que nunca la había padecido.

Después de la cuarta o quinta llegada de ellos, repitió la experiencia, pero cuidándose de ocultar entre las pajas parte de la comida y de derramar el agua del balde en la proporción que acostumbraba a beber. La prueba funcionó a su plena satisfacción; sin embargo, no se conformó con este triunfo, ya que repitió el desafío emocionante en infinidad de ocasiones, debido a que lo veía como un juego mucho más interesante que cazar a las ratas, aunque a éstas no las olvidó en ningún momento. Sometido a estos procesos de acumulación de astucias y crueldades, fue creciendo en su ánimo una seguridad que le permitió utilizar todavía más su corta inteligencia.

¡Y por fin consiguió arrancar la larga cadena del punto de sujeción en la pared!

No podía saber que la oxidación del metal, unido a su permanente forcejeo, había sido la causa de su conquista. Sólo tenía conciencia de la libertad que acababa de obtener, unido a que todas las bazas le serían favorables si conseguía contener la borrachera de júbilo que le embargaba. Dispuso del tiempo suficiente para serenarse. Luego planeó su estrategia de ataque. No podía fallar. Rasgó un trozo de tela de los bajos de su camisa, pretendiendo conseguir un vendaje para sus ojos. Tuvo que repetir la acción unas tres veces porque le había fallado el cálculo de lo que realmente necesitaba. Acto seguido, se encontró con el problema de conseguir que aquello se sujetara, porque no sabía lo que era un nudo. Lo logró después de varios intentos, aunque fue de una manera tosca pero segura.

De repente, ese «sexto sentido», la intuición, le permitió saber que ellos estaban a punto de llegar al sótano. Esperó pegado a la pared, levantando la cadena con la mano derecha en posición de golpear, y teniendo la mano izquierda dispuesta para cerrar la puerta en cuanto «sus enemigos» estuviesen dentro del sótano. No tardó en escuchar los pasos pausados, los susurros de Madre, las secas protestas de Padre, el tintineo del llavero y el chirrido de los cerrojos al ser desplazados. Cerró con fuerza los ojos, temeroso de que la claridad que iba a inundarlo todo fuese capaz de atravesar la defensa de tela. Debía impedir que se le desatara esa epilepsia sobrehumana que le dejaría de nuevo indefenso...

El crujido de las bisagras y la renovación del aire, unido a esa sensación de erección gozosa que acusaba todo el vello abundante de su cuerpo, le dijeron que había llegado el instante crucial. El odio se convirtió en una frialdad inusitada, en una tranquilidad sobrenatural que no se dejaría traicionar por todo lo que iba a escuchar.

–¿Dónde estás...? –gritó Padre al descubrir que el apresado no se hallaba donde siempre; pero ya había entrado en el sótano–. ¡Si ha roto la cadena...! ¡Yo le mato... Esta vez será la definitiva...!

–¡No, por favor...! ¡Es tu hijo, más que mío...! –suplicó Madre, llorando con una voz desgarrada, cuando también se hallaba en la lóbrega estancia.

Entonces, haciendo gala de la crueldad de un verdugo, el que acechaba cerró la puerta de golpe. El lugar quedó completamente a oscuras –tuvo esta certeza por medio de los ruidos y de las quejas intranquilas de ellos–. Ya todas las ventajas eran suyas, porque conocía a la perfección cada palmo de aquel sótano.

–¡Ha sido él... quien ha cerrado la puerta...! –exclamó Padre, luchando por recuperar la seguridad–. ¿Por qué no ha intentado escapar... como en aquella ocasión...? ¡No puede ser más inteligente que yo! –Le estaba volviendo la repulsión y la violencia, como demostró al restallar el látigo en el aire–. ¡Oye el sonido del cuero que va a arrancarte esa vida que no te pertenece! ¡Por mucho que te escondas, te encontraré para desollarte el cuerpo hasta que te deje muerto!

–¡No, no, te lo suplico...! –gritó Madre, asustada e indefensa–. ¡Es tuya la culpa de que él sea así...!

Mientras, él látigo no cesaba de buscar a su víctima; sin embargo, los continuos golpes al vacío precipitaron la frecuencia de los restallidos, evidenciando el gran nerviosismo que dominaba al fallido verdugo, al ser inteligente que se enfrentaba a una situación incomprensible, fuera de toda lógica racional. Tan preocupado se hallaba por la falta de una respuesta concreta y por la imposibilidad de ver en aquella oscuridad, que no escuchó los pasos del enemigo, ni tampoco percibió el chirrido de la cadena; pero sí sufrió el impacto de la misma: un golpe envolvente que le destrozó la nariz, las orejas y la zona del occipital. El dolor fue tan enorme, tan evidente su derrota-ejecución, que aulló como la bestia que un día quiso ser –en la pretensión demencial de imitar al doctor Jekyll convirtiéndose en míster Hyde–, sin saber que así estaba consiguiendo que aumentara la sed homicida de su enemigo. Volvió a recibir un mayor castigo, mediante unos impactos que le destrozaban el cuerpo, las piernas y los brazos, sin brindarle la ocasión de suplicar y de encogerse, porque ya había perdido el control sobre sus nervios y músculos. Luego, en una destrucción de todo lo vivo que había existido en su humanidad, le llegó la nada de la muerte: ese error imperdonable para un científico por la imposibilidad de rectificarlo.

El vengador continuó descargando la cadena hasta que se le cansó el brazo. Ya hacía mucho tiempo que Padre había dejado de moverse. Acto seguido, respondiendo a un impulso ancestral, a esa fuerza que le obligaba a devorar gustosamente a los escarabajos, las cucarachas y las ratas, se arrodilló junto al cadáver y clavó sus dientes en la carnosidad y en los huesos de la cabeza, que eran una pulpa sanguinolenta, y comenzó a devorar a su presa: desgarró, trituró y tragó con una voracidad en aumento, dejándose arrastrar por un impulso que era más poderoso que cualquier otro de los que le animaban.

Luego le nació una nueva reacción desconocida, que no contuvo porque algo le decía que formaba parte de su auténtica personalidad: aulló a pesar de la rotura de sus cuerdas vocales. Con el fiero sonido vomitado por su garganta supo que era el más fuerte. Por eso ya no retrasó el momento de ir al encuentro de la claridad. Se quitó la tela de los ojos y corrió hasta la puerta. La abrió con cierta lentitud, receloso. ¿Qué encontraría más allá?

La luz hirió sus ojos habituados a la oscuridad, obligándole a cerrarlos con fuerza. Pero no le asaltó el ataque de epilepsia sobrehumana, debido a que la libertad se encontraba a su alcance. Se apoyó en la pared, conteniendo el ahogo de excitación...

Repentinamente, volvió a sufrir el azote del látigo. Se dio la vuelta y vio a Madre. Más cruel que nunca y llena de repulsión.

–¡Tú no puedes escapar de aquí! ¡Debo matarte antes de dejarte en libertad... Porque harás a los demás lo que acabas de hacerle a tu padre...! –gritó ella, rabiosa, castigándole de nuevo con el cuero–. ¡Supe aprender a quererte mientras estabas en mi vientre...! Pero, ¿por qué no aborté... o te estranguló tu padre cuando te sacó de mí en el parto...? ¡Le has devorado... Esa sangre que cubre tus ropas... y rezuma de tu boca es de él...! ¡Dios mío, ¿acaso es éste el castigo que nos merecemos por haberte concebido...?!

La mujer balbucía su protesta sin dejar de caminar hacia atrás. Porque los golpes del látigo no detenían al enemigo, a esa bestia a la que seguía considerando su hijo, sino que, al contrario, le impulsaba a avanzar blandiendo la cadena de una forma aterradora. Este acoso se detuvo cuando su espalda encontró el freno de la pared. Le vio abrir los ojos, mirarla con odio y...

Ya estaba muerta en el momento que la cadena se estrelló contra su cabeza. Su corazón no había resistido tanto sufrimiento. Luego, él siguió golpeando con una furia que era la erupción de un odio acumulado durante muchísimo tiempo. Poco después, siguiendo el ciclo de la experiencia anterior, también devoró una parte del cadáver. Tampoco faltó el aullido salvaje de su triunfo. Seguidamente, bañado de sangre y eructando de placer, atravesó el umbral de la puerta, precipitadamente. Como había dejado que la cadena arrastrase unida a uno de sus pies, provocó que ésta golpease un objeto que nunca había visto, el cual se rompió originando un pequeño estrépito, con lo que su contenido cayó sobre la paja que cubría el suelo del sótano. Al instante se produjo un incendio...

Era la primera vez que contemplaba el fuego. ¡Sintió un terror insoportable, demencial, por lo que le desapareció toda la seguridad! ¡Sólo quería huir de allí, lo más lejos posible!

Corrió por los escalones de piedra, resbalando en multitud de ocasiones por culpa de la precipitación y por la torpeza de unas piernas tan poco acostumbradas a caminar y mucho menos a desplazarse con tanta rapidez. Pero consiguió llegar arriba. La densa humareda le asfixiaba. Encontró su camino cerrado por una puerta, más pequeña que la anterior y que estaba situada en el techo. Al principio se detuvo pensando que no podría abrirla.

Le obligó a reaccionar la proximidad de las llamas, el intenso calor, el humo y la necesidad de conseguir la libertad. Estrelló contra el obstáculo todas las fuerzas de su cuerpo gigantesco, con lo que consiguió que saltara el pequeño cerrojo. Después salió a un jardín y a la noche, sin darse cuenta del cambio porque le enloquecía el miedo a morir bajo ese calor tan intenso. Apoyado en el tronco de un árbol, exhausto y con los ojos llenos de lágrimas y escozores, comenzó a adquirir la certeza de que había superado el peligro. Se sentía muy cansado, por lo que se echó sobre la hierba y no tardó en quedarse dormido.

Le despertó el frío de la naturaleza. Se incorporó con los ojos abiertos. Le asombraba la ausencia de esa claridad que él creía que siempre iba a encontrar al escapar del sótano. Se incorporó muy despacio e intentó caminar, pero se notó atado. Una rabia salvaje volvió a su cerebro, por lo que aulló y se convulsionó desesperadamente. De pronto se dio cuenta de que ya no estaba sujeto a ninguna pared. Tardó en comprender que la cadena se enganchaba en los múltiples obstáculos del suelo, por eso se cuidó de llevarla recogida en su mano izquierda.

Ya todo lo asombraba y le sobrecogía. Cada sombra moviente de las ramas, los arbustos, el cloqueo de los búhos, el susurro del aire y... ¡la luna llena! Había llegado a una zona abierta del bosque, sobre el cual se encontraba un gran círculo blanco, que parecía mirarle. Sin entender porqué lo hacía, levantó la cabeza y aulló, repetidamente, en una especie de canto ancestral: aullidos de libertad de una criatura racional, que había nacido para encontrarse allí y no encerrada en un sótano. Únicamente silenció la cantinela cuando desapareció la celeste provocación. Entonces siguió caminando, sin olvidarse de mantener sujeta la cadena para impedir que arrastrara.

Cayó al suelo en varias ocasiones debido a la torpeza de sus andares y a las piedras y a las raíces salientes, con las que tropezaba. En un momento dado, cuando se acababa de quedar inmóvil ante una barrera de agua, le dejó anonadado el amanecer. Se quedó sentado en la hierba, extasiado por aquel espectáculo que le revelaba que había merecido la pena escapar. Lentamente, con la emoción creciente del instante, supo que era esa la auténtica claridad, y no la que entraba por la puerta del sótano al aparecer ellos. No le dolían los ojos, ya que había dispuesto del tiempo suficiente para adaptarse a aquel cambio radical y excitante.

Tenía sed. Se incorporó con torpes movimientos, recogió la cadena y se acercó al agua. Con cierta dificultad se arrodilló en el suelo y acercó su boca al espejo del remansado líquido...

¡De repente, como una agresión desafiadora, vio ante él a un ser de fauces abiertas, grandes colmillos salientes sobre el labio inferior y superior, ojos pequeños inyectados de sangre, narices aplastadas de negros orificios, rostro peludo y orejas afiladas!

No soportó el reto que aquella aparición representaba. Saltó a por el enemigo, y se zambulló en el río. Durante unos momentos peleó contra la nada, chapoteando y aullando. Luego, cansado y satisfecho, se dio cuenta de que estaba solo. Por eso aulló a la libertad que le había permitido librarse de su enemigo, bebió en el agua revuelta de tierra y cieno y volvió a la orilla.

Se notaba poderoso, más fuerte que nunca, porque ignoraba que su rostro era una combinación de los que correspondían al jabalí y al lobo, que su instinto era el propio de Una bestia carnicera y que si su humanidad ofrecía cierto aspecto humano era porque podía caminar sobre dos piernas. Sin embargo, esto no impediría que fuese combatido hasta el exterminio por esos seres, parecidos a Padre y a Madre, con los que no iba a tardar en tropezarse...