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El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 1)

La luna flotaba redonda y soplaban fríos vientos cuando Oele danzó para Diablo, con las huellas de sus pies trazadas en fuego ante el vacío altar de piedra. En las tierras cercanas ya era primavera, pero allí, en las montañas, la noche hablaba de invierno. 

Sin embargo, ella danzaba descalza, vistiendo simplemente una frágil prenda gris ceñida con una cinta plateada que ponía al descubierto más que ocultaba su elástica figura mientras levantaba las llamas formando antiguas configuraciones, con su largo cabello rubio flotando alrededor de sus hombros.

La tierra se convirtió en un fulgurante tapiz, y sin embargo, Oele no se quemaba. Mucho más abajo, en la ladera septentrional, un espectral palacio se estremecía bajo la luz de la luna; las torres se esfumaban hasta el punto de ser transparentes y recuperaban parcial solidez momentos después, las paredes se desplazaban para unirse con las sombras y huían de ellas, las luces se hacían cerosas y se debilitaban detrás de las elevadas ventanas. La voz del viento era áspera y estridente, pero Oele tampoco sentía el frío.

La oscuridad se hizo más densa en el altar hasta que finalmente empañó las estrellas. Mientras ello ocurría, el viento se calmó y cesó. Las llamas brincaron más alto, pero la gran mancha que estaba encima de la piedra no se iluminó. Era un perfil enorme, de toscas alas, con una gran cabeza, y ondeaba. Casi parecía un agujero en el espacio, y Oele recibía la impresión de enormes profundidades internas en cuanto sus ojos giraban hacia allí.

Ella había danzado así, en determinadas temporadas, durante muchos años, más allá del recuerdo de cualquier morador de la vecindad. Todos la llamaban bruja, y también ella se consideraba como tal. El único que la conocía más le daba un título distinto, pero la distinción había ido deshilachándose con los años desde que una bailarina asesinara a su amante en aquel mismo lugar para obtener los poderes que sólo él, entre todos los hombres, poseía. 

Sacerdote había sido él, el último adorador en vida de un antiguo dios que, por ello, lo tenía en alta estima. Oele era la última adoradora, y ni siquiera conocía el nombre del dios. Ella lo llamaba Diablo y el dios le concedía deseos en respuesta a sus coreográficos actos de devoción, que Oele consideraba encantamientos. 

Una bruja que invocaba a un diablo, un dios que respondía a un devoto... En parte, era un asunto de perspectiva, pero sólo en parte. Porque las cosas que Oele pedía estaban más en armonía con sus nociones personales, y sus relaciones distaban mucho de las que había mantenido el dios con sus primeros adoradores hacía mucho tiempo.

Pese a todo, el vínculo entre ambos era fuerte. El dios obtenía fuerza con la danza de Oele, con ese último contacto con la tierra. Y ella también ganaba muchas cosas.

Por fin, los movimientos de la bailarina cesaron y Oele quedó en medio de su dibujo, mirando a la oscura forma que ocupaba el altar de piedra. Durante largos instantes, una pesada quietud flotó entre ambos, hasta que finalmente Oele habló:

—Diablo, te ofrezco mi danza.

La figura pareció asentir y aumentar ligeramente.

—Eso me complace —dijo por fin en voz profunda y lenta.

Oele aguardó, un silencio prolongado según el ritual, y luego habló de nuevo:

—Mi palacio se esfuma.

Otra vez la pausa, luego las palabras «Lo sé», seguidas por el gesto de un desigual miembro parecido a un ala de la insondable sombra, hacia el lugar de la ladera ocupado por la oscilante estructura.

—Observa, sacerdotisa, es firme una vez más.

Oele miró y vio que ello era cierto. A la luz de la luna, el palacio se alzaba rígido y sólido, sus luces brillaban uniformemente y sus rampas se perfilaban cual proas en la noche y las estrellas.

—Lo veo —replicó finalmente Oele—. Pero ¿cuánto tiempo seguirá así? Mis siervos desaparecen uno tras otro, vuelven a la tierra de la que brotaron.

—Están contigo una vez más.

—Pero ¿cuánto tiempo? —repitió Oele—. Es la tercera vez que te invoco para restaurar el orden... en menos de un año.

La figura guardó silencio más tiempo que el período acostumbrado.

—¡Dímelo, Diablo!

—No lo sé con certeza, sacerdotisa —respondió la sombra—. Cada vez soy más débil. Es precisa considerable energía para manteneros, a ti y a tu establecimiento, durante períodos largos... más energía que la que puedo obtener transformando tu danza.

—¿Qué debe hacerse?

—Podrías elegir una forma de vida más sencilla.

—¡Necesito magnificencia!

—Pronto me faltará la fuerza para sustentarla.

—¡En ese caso precisas algo más potente que mi danza!

—Yo no exijo esto.

—Pero lo aceptas cuando es necesario.

—Lo acepto.

—Pues tendrás sangre humana suficiente para recobrar tus poderes, y para aumentar los míos.

Hubo silencio.

—Empiezo ahora la danza de clausura —dijo Oele.

Y al moverse de nuevo, las llamas fueron apagándose con los pasos que trazaba, el viento sopló alrededor y la figura del altar menguó y desapareció, restituyendo un puñado de estrellas.

Cuando terminó, Oele dio media vuelta y se dirigió al palacio sin mirar atrás. Era el momento de preparar un viaje, al territorio de las llanuras, a una población costera donde se aseguraba que podía encontrarse cualquier cosa que se deseara.

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La mujer que montaba la yegua gris de negra crin vestía calzones de cuero de color canela, un jubón y una capa marrón y roja. Su cabello, igual que sus ojos de largas pestañas, era oscuro y su ancha boca parecía a punto de esbozar, tenue, quizás inconscientemente, una sonrisa. Lucía un anillo de jade en el dedo corazón de la mano izquierda, otro de ónice en la derecha. Una espada corta pendía de su cinto.

Su compañero vestía calzones negros, jubón verde y botas del mismo color. Su capa era negra, con bordes verdes, y llevaba una espada y una daga al cinto. Iba a lomos de una negra criatura con forma de caballo cuyo cuerpo parecía de metal.

Los dos conducían tres caballos de carga por las sendas de la montaña en el ambiente fresco y claro de la tarde. El ruido del agua que corría llegaba a sus oídos desde algún punto cercano.

—El tiempo mejora día tras día —observó la mujer—. Después de las regiones que hemos recorrido, esto parece casi veraniego.

—En cuanto salgamos de estas alturas —replicó el hombre—, las cosas serán más agradables todavía. Y cuando lleguemos a la costa... eso podría ser como un bálsamo. Te llevaremos a Tooma en una buena época del año.

La mujer desvió la mirada. —Ya no estoy tan ansiosa de llegar a ese lugar...

Moviéndose hacia la derecha, salvaron un promontorio rocoso. La montura del hombre emitió un extraño ruido. Tras volver la cabeza, el jinete observó la senda.

—No estamos solos —observó.

La mujer siguió su mirada; un hombre estaba sentado en una roca, un poco más adelante y a la derecha. Su cabello y su barba eran de color blanco puro, e iba vestido con pieles. Mientras lo miraban, el desconocido se levantó, apoyado en un bastón que era más alto que él.

—Hola —saludó.

—Saludos —dijo el jinete de las botas verdes, deteniéndose ante él—. ¿Cómo os va?

—Bastante bien —replicó el otro—. ¿Viajáis muy lejos?

—Sí. A Tooma, como mínimo.

El hombre asintió.

—No saldréis de las montañas esta noche.

—Lo sé. He vislumbrado un castillo a cierta distancia. Quizá nos permitan dormir dentro de sus muros.

—Tal vez sí. Porque la señora del castillo, Oele, siempre ha mostrado buena disposición con los viajeros, y le gusta cualquier relato que ellos puedan contar. Yo, en realidad, me dirijo hacia allí, para participar de la hospitalidad del lugar... aunque me han dicho que la señora está de viaje actualmente. Ese animal que montáis tiene un aspecto poco usual, caballero.

—Así es, ciertamente.

—...Y vos tenéis aspecto familiar, si me permitís decirlo. ¿Puedo saber vuestro nombre?

—Soy Dilvish, y esta es Reena.

La mujer asintió y sonrió.

—No es un nombre vulgar, el vuestro. Hubo un Dilvish hace mucho tiempo...

—No creo que ese castillo existiera en aquellos tiempos.

—A decir verdad, no. El territorio era entonces el hogar de una tribu de las montañas, lógicamente satisfecha con sus ganados y su dios... cuyo nombre ha sido olvidado desde entonces. Pero las ciudades crecieron en la llanura y...

—Taksh'mael —dijo Dilvish.

—¿Cómo?

—Taksh'mael era su dios —respondió Dilvish—, guardián de los ganados. Un amigo y yo hicimos una ofrenda en su altar cuando pasábamos por allí... hace mucho tiempo. Me pregunto si aún existirá el altar.

—Oh, existe, se halla donde siempre ha estado... Definitivamente sois miembro de una minoría, ya que conserváis recuerdos. Quizá sería preferible que no os detuvierais en el castillo... Ver la región en tan malos tiempos deprimiría a una persona como vos. Después de pensarlo dos veces, yo diría: seguid cabalgando y apartad ese pobre lugar de vuestra mente. Recordadlo tal como fue en otros tiempos.

—Gracias, pero hemos viajado mucho —replicó Dilvish—. No parece valer la pena un nuevo esfuerzo simplemente para no herir susceptibilidades. Iremos al castillo.

Los claros ojazos del hombre le miraron fijamente, se desviaron bruscamente después. Con una mano buscó algo bajo su tosca vestimenta. Luego avanzó renqueando y extendió esa mano hacia Dilvish.

—Tomad esto —murmuró—. Debéis tenerlo.

—¿Qué es? —preguntó Dilvish, alargando automáticamente el brazo.

—Una fruslería —dijo el otro—. Un viejo objeto que poseo desde hace algún tiempo, una muestra del favor y la protección del dios. Una persona que recuerda a Taksh'mael debe tenerlo por estos contornos.

Dilvish lo examinó: un fragmento de roca gris con vetas rosas donde aparecía rayada la imagen de un carnero. Estaba agujereada en un extremo con una gastada hebra de lana pasada por la abertura.

—Gracias —dijo Dilvish mientras metía la mano en su bolsa—. Me gustaría daros algo a cambio.

—No —dijo el anciano, retrocediendo—. Es un obsequio hecho libremente, y de nada me serviría una fruslería de la ciudad. Y en realidad no es gran cosa. Los dioses más recientes pueden permitirse más lujos, estoy seguro.

—Bien, que él guarde vuestros pasos.

—A mi edad, dudo que eso importe. Que os vaya bien.

El viejo se marchó entre las rocas y pronto se perdió de vista.

—Black, ¿qué opinas de esto? —preguntó Dilvish, inclinándose para balancear el amuleto ante su montura.

—Tiene cierto poder —replicó Black—, pero su magia está viciada. No estoy muy seguro de que yo confiaría en alguien que luce un objeto como este.

—Primero nos dice que hagamos un alto en el castillo, luego nos dice que pasemos de largo. ¿En qué parte del consejo debemos desconfiar de él?

—Déjame verlo, Dilvish —dijo Reena.

Dilvish dejó caer el amuleto en las manos de la mujer y esta lo examinó largo rato.

—Cierto, es tal como dice Black... —empezó a comentar por fin.

—¿Lo conservo o lo tiro?

—Oh, quédatelo —replicó la joven, devolviéndoselo—. La magia es como la miel. ¿A quién le importa de dónde procede? Es el uso que haces de ella lo que importa.

—Eso sólo es cierto si puedes controlar el uso —dijo Dilvish—. ¿Quieres hacer un alto en el castillo? ¿O viajamos tanto como podamos esta noche?

—Los animales están cansados.

—Cierto.

—Creo que ese hombre estaba un poco loco.

—Seguramente.

—Una cama de verdad sería muy agradable.

—En ese caso, visitaremos el castillo.

Black guardó silencio cuando prosiguieron la marcha.

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Lamparillas de aceite, velas y un gran hogar iluminaban la taberna donde Oele danzaba. Marineros, comerciantes, soldados, bribones y ciudadanos de diversas especies bebían y comían en las pesadas mesas de madera. Esa noche Oele lucía su vestido azul y verde, y dos músicos acompañaban sus enérgicos movimientos en la parte despejada de la sala principal. 

El negocio había mejorado considerablemente desde su llegada a la ciudad hacía dos semanas, y aunque había recibido tres propuestas de matrimonio y muchas otras clases de ofertas, Oele no se había comprometido con nadie. Y la falta de un fornido compañero no le creaba grandes problemas. Una mirada fija y un simple gesto imperioso ponían fin a las indeseadas atenciones de los más inoportunos, haciendo que un hombre cayera sin sentido al suelo. 

Era obvio que ella no deseaba los abrazos de los borrachos clientes del lugar, aunque sus ojos escrutaban hasta el último rostro en el transcurso de la noche. Y en ese momento había caras nuevas. Esa tarde había llegado una caravana procedente del oeste, y un barco había arribado de aguas meridionales. El gentío de esa noche era más ruidoso que de costumbre.

Un alto hijo del desierto atrajo su atención... Un hombre de pausados movimientos, moreno y aguileño. La suelta vestimenta no ocultaba su cuerpo fuerte y bien proporcionado. Estaba descansando cerca de la entrada, sorbiendo vino y fumando con un complicado artefacto que había dejado en la mesa ante él. 

Otros hombres de similares atavíos estaban sentados ante la misma mesa, conversando en su sibilante lengua. Los ojos del hombre alto no se desviaban de Oele, y la sacerdotisa empezó a pensar que esa podía ser la noche esperada. Había indicios de gran vitalidad incluso en los movimientos más ligeros del desconocido.

Un grupo de marineros llegó mientras pasaba la noche, pero Oele no les prestó atención. Por entonces estaba bailando únicamente para el hombre elegido. Y era patente, por la luz de sus ojos, su sonrisa y las palabras que había pronunciado a la bailarina al pasar cerca de él, que estaba cautivado. Le serviría. Una hora más y ella se lo llevaría de allí...

—Venid hacia aquí, señora. Me gusta.

Oele miró a la derecha, al hombre que había hablado, y vio unos ojos azules bajo unas revueltas greñas cobrizas, un pendiente de oro, dientes muy blancos, un pañuelo rojo: uno de los marineros recién llegados. Era difícil juzgar su corpulencia, inclinado como estaba hacia adelante.

Oele se acercó mientras lo examinaba. Interesante cicatriz en su mentón... Diestras manazas en la mesa ante él...

Oele esbozó con los labios una suave sonrisa. Aquel hombre estaba más animado que el otro, y ciertamente tan lleno de vida... ¿No sería preferible...?

La sacerdotisa oyó un ruido detrás y se volvió sin perder el compás. El comerciante estaba de pie, mirando coléricamente al marinero. Sus hombres también estaban levantándose. Oele siguió sonriendo y se alejó. La música cesó de pronto. La bailarina escuchó un juramento, muy audible con el repentino silencio.

—Eres muy vivo —dijo el marinero, poniéndose en pie—. Espero que valgas la pena.

Al instante la sala entera pareció cobrar movimiento: mesas y sillas fueron apartadas. Marineros y comerciantes se aproximaron, con armas aparecidas en sus manos casi por arte de magia. Los demás clientes se escabulleron hacia lugares protegidos o salieron del establecimiento por la puerta más próxima. Sin mostrar miedo, Oele se apartó varios pasos para hacer sitio para el combate.

El marinero que ella vigilaba avanzó agachado, con un puñal en la mano derecha. El comerciante alto blandía un arma blanca curvada y más larga. Mientras sus hombres peleaban alrededor, los dos rivales se abrieron paso hasta un lugar despejado próximo al centro de la sala, como si se hubieran puesto de acuerdo para ello. De un rincón salió despedida una jarra hacia la nuca del comerciante. Oele hizo un brusco ademán y la jarra se desvió y se hizo añicos en la pared.

El marinero esquivó el primer tajo del arma del otro y replicó con un golpe de arriba abajo que hirió levemente el bíceps de su rival. No logró evitar el contragolpe, no obstante, aunque sí pararlo con su arma. Se apartó de un brinco después, incapaz de responder dada la mayor longitud del cuchillo del otro hombre. 

Empezó a dar vueltas alrededor del comerciante, arrastrando los pies y pateando. Su espalda quedó un momento delante de la reyerta general, y un comerciante de escasa estatura se lanzó hacia él. Oele hizo otro gesto y pareció como si el hombrecillo hubiera sido agarrado por una mano gigante y lanzado al otro lado de la sala. Oele sonrió, se humedeció los labios.

Mientras daba vueltas, el pie del marinero topó con una banqueta. De una patada la lanzó hacia su rival. A pesar de su larga vestimenta, empero, el comerciante evitó la banqueta con un rápido movimiento y atacó de nuevo la cabeza del otro. Pero el marinero había sacado una cabilla de su cinturón y la usó para parar el golpe; reaccionó con rapidez y lanzó un tajo al estómago del comerciante.

El atacado logró recobrarse y esquivar el golpe a tiempo, pero con ello quedó en mala posición muy cerca de su rival. La cabilla le alcanzó en la sien. Retrocedió, claramente aturdido, mientras su arma describía un amplio movimiento circular, y la porra le dio de nuevo, en el pómulo izquierdo. Se tambaleó y la cabilla subió y bajó dos veces más en rápida sucesión. 

Quedó tendido en el suelo, inmóvil, con la ropa desarreglada. El marinero se acercó y de una patada le quitó el arma de la mano extendida. Pese a ello, el comerciante no se movió. Jadeante, el marinero se enjugó el sudor de la frente y sonrió a Oele mientras metía la cabilla en el cinturón.

—Buen trabajo —dijo la bailarina—. Casi terminado.

El marinero contempló su puñal, sacudió la cabeza después.

—Está terminado —replicó—. No pienso apuñalarlo para vuestra diversión.

Puso el arma en la funda que llevaba en la bota derecha. La pelea entre marineros y comerciantes continuaba, aunque con algunas muestras de lentitud, perdiendo fuerza. Tras una rápida mirada en esa dirección, el marinero inclinó la cabeza ante Oele.

—Capitán Reynar —dijo—, a vuestro servicio. Amo de mi propio barco, la Pata de Tigre. —Extendió un brazo—. Venid ahora y os lo mostraré. Creo que podríais disfrutar navegando por las aguas del sur.

Oele aceptó su brazo y ambos se alejaron.

—Creo que no —dijo ella—. Porque también yo soy ama en mi casa, que no pienso abandonar. ¿Evitamos nuevas heridas a estos pobres sujetos?

Hizo un amplio gesto circular hacia los restantes combatientes y todos cayeron sin sentido al suelo.

—Un truco magnífico —dijo el capitán—, y que no me importaría conocer.

Oele hizo otro gesto mientras seguían andando y la puerta se abrió de par en par ante ellos.

—Tal vez os lo enseñe —respondió la bailarina al salir—. Pero mis aposentos están más cerca que vuestro barco y sin duda menos atestados... Aunque los dejaremos por la mañana para viajar a las montañas.

El marinero sonrió.

—Falta mucho para convencer a un capitán de que abandone su barco... Sin descortesía alguna a vuestros evidentes encantos.

—Ahuecad vuestras manos.

Reynar le soltó el brazo y obedeció. Oele tapó las manos del hombre con las suyas y algo empezó a resonar. Momentos después el marinero puso tensos los brazos ante el inesperado peso. Oele levantó las manos y las del capitán estaban llenas de relucientes monedas. Siguieron cayendo más, que resbalaron y cayeron al suelo.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Se están cayendo! —exclamó Reynar.

Oele rió, y el sonido de su risa no era distinto del oro, pero el diluvio de dinero concluyó. Reynar guardó las monedas en diversos lugares de su persona. Se arrodilló y recogió el dinero caído. Lo examinó. Mordió una moneda.

—¡Auténticas! ¡Son auténticas! —dijo.

—¿Qué me decíais de un capitán y su barco?

—No tenéis la menor idea de cuán miserable puede ser la vida en el mar. Siempre he deseado vivir en las montañas. —Se tocó la frente y ofreció de nuevo su brazo—. ¿En qué dirección? —preguntó.

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El sol había pasado detrás de la montaña, creando largas sombras, aunque el día aún se extendía en el territorio de las llanuras cuando Dilvish y Reena se acercaron al castillo que habían divisado horas antes.

Se detuvieron y contemplaron el lugar. Los estandartes aleteaban en las almenas y torres y parecía haber luz en todas las ventanas. El rastrillo se levantó y un sonido de música brotó del interior.

—¿Qué opinas? —dijo Dilvish.

—Estaba comparándolo con el castillo que fue mi hogar —replicó Reena—. Me parece magnífico.

Atisbaron por la entrada. Una mujer que aguardaba en las proximidades cruzó la puerta y los saludó.

—¡Viajeros! Sed bienvenidos si buscáis cobijo.

Dilvish señaló los adornos de los muros, la alargada alfombra extendida al otro lado de la entrada.

—¿Cuál es el motivo —preguntó— de este ornamento?

—Nuestra señora ha estado fuera —replicó la mujer—. Regresará esta noche con su nuevo cónyuge.

—Debe ser una mujer notable, para mantener un castillo como este aquí.

—Ciertamente lo es, caballero.

Dilvish observó un instante más.

—Tengo intención de quedarme aquí —dijo por fin.

—Y yo un cuerpo que agradecerá un poco de descanso —comentó Reena.

—Entremos.

Avanzaron hasta llegar donde estaba la rechoncha mujer morena que los había saludado. Sus manos eran grandes, sus movimientos pausados; su rostro estaba salpicado de pecas. Sonrió enseñando sus grandes dientes y condujo a los viajeros al interior.

Dilvish contó otros cinco sirvientes —dos mujeres y tres hombres— dedicados a diversas tareas en el patio. Algunos estaban colgando nuevos adornos. La mujer que los había recibido llamó a uno de los hombres.

—Él se ocupará de vuestros caballos —dijo. Luego volvió la cabeza y miró a Black—. Excepto este. ¿Qué deseáis que se haga con él?

Dilvish miró hacia un rincón a la izquierda.

—Si es posible, lo dejaré allí —dijo—. No se moverá.

—¿Estáis seguro?

—Lo estoy.

—Perfectamente. Hacedlo. Sacad las cosas que habéis traído y os ayudaré a llevarlas a vuestras habitaciones. Más tarde cenaréis en la mesa de la señora.

—En ese caso, quiero eso —dijo Reena, señalando un fardo, mientras Dilvish y Black se alejaban hacia el rincón elegido.

—Me preocupa vagamente —dijo Black— nuestro encuentro con aquel viejo. No saldré de este cuerpo mientras esté aquí. Si me necesitas, llámame y vendré.

—De acuerdo —dijo Dilvish—, aunque dudo que sea necesario.

Black bufó y se quedó inmóvil, convirtiéndose en la estatua de un caballo. Dilvish desmontó, cogió sus cosas y siguió a las mujeres hacia el interior.

La mujer que los había recibido, cuyo nombre era Andra, los condujo a una habitación del tercer piso con vistas al patio.

—Cuando la señora y su esposo lleguen, os llamaremos a cenar y a gozar de la diversión —dijo—. Mientras tanto, ¿hay algo que necesitéis?

Dilvish meneó la cabeza.

—No, gracias. Pero siento curiosidad por averiguar cómo sabéis exactamente cuándo llegará ella. Estáis a bastante distancia de cualquier lugar.

Andra reflejó confusión.

—Ella es la señora —replicó—. Nosotros lo sabemos.

En cuanto se hubo ido, Dilvish señaló la puerta con la cabeza.

—Extraño... —dijo.

—Tal vez no —replicó Reena—. Hay una sensación peculiar en este lugar. Yo puedo reconocerla mejor que nadie, aunque no es tan fuerte como en mi hogar. Creo que esta dama, Oele, podría ser una adepta menor. Hasta sus criados parecen poseer la sensibilidad apagada de las personas dominadas.

—¿Pero no habías oído hablar de ella, o de alguien de esta región, como hermana del arte?

—No. Pero hay tantos practicantes menores que es imposible conocer a todos. Solo los actos de los grandes ofrecen temas generales para los chismes.

—¿Como los de tu antiguo patrón?

Reena se volvió hacia él, con los ojos entrecerrados.

—¿Tienes que recordar en todas las conversaciones a tu enemigo y tu venganza? —dijo—. Yo también lo odio, y sé que te hizo mucho daño. ¡Además mató a mi hermano! ¡Pero estoy harta de oír hablar de él!

—Lo... lo siento —replicó Dilvish—. Supongo que me he vuelto un poco testarudo...

Reena se echó a reír.

—¿Un poco? —dijo—. ¿Vives para otra cosa? ¿Recapacitas alguna vez? Por la forma en que él controla todos tus pensamientos, todos tus actos, ¡podrías estar hechizado por él! Si logras destruirlo, ¿qué harás después? ¿Queda otra cosa en tu vida? Tú...

Reena se interrumpió y se volvió de espaldas.

—Lo lamento —dijo—. No he debido hablar de nada de esto.

—No —replicó Dilvish, sin mirarla—. Tienes razón. Nunca me había dado cuenta. Pero tienes razón. ¿Creerías que me educaron para ser cortesano..., que interpretaba música y cantaba, que escribía poemas?... Hice otras cosas después debido a las circunstancias, pero mi cuna era noble. Solo por casualidad adquirí ciertas dotes militares, y solo por necesidad progresé en esa carrera. Yo siempre había deseado... otra cosa. Ahora... ¡Qué lejano parece todo eso! Has dicho algo que es verdad. Me pregunto...

—¿Qué?

—Qué haría si todo terminara. Volver a mi patria, tal vez, tratar de resolver viejos agravios contra nuestra casa...

—¿Otra venganza?

Dilvish se echó a reír, algo que Reena raramente oía.

—Más bien un asunto de aburridas legalidades. Voy a pensar en ello, y en muchas otras cosas, ahora. Incluso esa enorme... laguna en mi vida se ha alterado un poco, de la pesadilla al sueño. Sí, de vez en cuando me preocuparé de otros asuntos.

—¿Por ejemplo?

—Qué hacer hasta la hora de cenar, por ejemplo.

—Te ayudaré a pensar en algo —le dijo Reena, aproximándose.

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Las antorchas llameaban y chisporroteaban y la música sonaba por todas partes cuando Reynar y Oele entraron en el patio, cabalgando sobre la gran alfombra adornada con las flores arrojadas por los criados en el momento que la pareja cruzó la entrada. Oele asintió y sonrió y las sombras danzaron y culebrearon. Luego su expresión se enfrió cuando su mirada topó con una oscura silueta en un lejano rincón, con metálicos toques de luz en su superficie. Oele tiró de las riendas y señaló la silueta.

—¿Qué es eso? —preguntó en voz alta.

Andra corrió junto a ella.

—Pertenece a un invitado, señora —afirmó—, un hombre llamado Dilvish que llegó antes. Le ofreció hospitalidad, como vos habríais deseado.

Oele desmontó y entregó las riendas a Andra. Atravesó el patio y se detuvo ante Black. Luego dio la vuelta a la estatua, sin dejar de observarla. Finalmente extendió su enjoyada mano y le dio una palmada en el cuello. Se echó hacia atrás, volvió después con Andra.

—¿Cómo —dijo— ha transportado una estatua de caballo a través de las montañas? ¿Y por qué?

—Bien, es una estatua ahora, señora —replicó Andra—, pero él entró cabalgando en ella. Dijo que no se movería cuando la dejó aquí. Y no se ha movido.

Oele miró de nuevo a Black. Mientras tanto, Reynar había desmontado y se había aproximado a ella.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Oele le cogió de la mano y lo condujo por el patio hacia la entrada principal.

—Esa... cosa —dijo, señalándola bruscamente con la cabeza— trajo a su amo.

—¿Cómo es posible? —preguntó Reynar—. Me parece bastante rígida.

—Obviamente nuestro invitado es un mago —replicó ella—. Esto me resulta bastante embarazoso.

—¿Por qué?

—Nos apresuramos a volver hoy porque esta noche la luna estará llena en lo alto del cielo y debo actuar para asegurarme el poder del que te hablé.

—¿Para concederme poderes como los tuyos?

Oele sonrió.

—Naturalmente.

Subieron una escalera y llegaron a un gran recibidor. Sonaba más música, en alguna parte a la izquierda. Reynar olió exóticos perfumes.

—¿Y este mago...? —inquirió.

—No me gusta la idea de tener por aquí a alguien de su ralea precisamente ahora. Su llegada es curiosamente inoportuna.

Reynar sonrió mientras Oele le llevaba hacia una escalera.

—Quizá yo disponga la hora de su partida para satisfacerte.

Oele le dio una palmadita en el brazo.

—No nos apresuremos tanto. Cenaremos con ese hombre y nos formaremos rápidamente una opinión de él.

Oele le llevó escaleras arriba y entraron en sus aposentos, donde llamó a un sirviente. Una mujer parecida a Andra, aunque más alta y corpulenta, respondió a la llamada.

—¿Cuándo estará preparada la cena? —le preguntó Oele.

—Tan pronto como deseéis, señora. Son platos que se pueden comer ahora o más tarde. La carne ha estado haciéndose a fuego lento desde hace un rato.

—Cenaremos dentro de una hora. Di al invitado que nos acompañe.

—¿Solo a él, señora? ¿No a su mujer?

—No sabía que hubiera dos invitados. Dime sus nombres.

—Él se llama Dilvish, y la señora Reena.

—He oído ese nombre anteriormente —dijo Reynar—. Dilvish... Me ha parecido conocido cuando la otra mujer lo ha mencionado en el patio. ¿Un guerrero, tal vez?

—No lo sé —respondió la mujer.

—Naturalmente dirás lo mismo a Reena —dijo Oele—. Vete y hazlo ahora mismo.

La criada se fue y Oele preparó su ropa para la noche: una prenda gris sorprendentemente sencilla y una correa de plata. Se puso detrás de un biombo, donde aguardaban agua y toallas, y al poco rato Reynar oyó ruido de salpicaduras.

—¿Qué sabes de este hombre? —gritó por fin Oele.

Reynar, que se había acercado a la ventana y contemplaba el patio, se volvió.

—Creo que se dice que se distinguió en un lugar llamado Portaroy —respondió—, en esas interminables guerras fronterizas entre el Este y el Oeste. Algo de que cabalga en un caballo metálico y que resucitó a un ejército de muertos. Pero no recuerdo detalles. No sé nada de la mujer.

—Él está muy lejos de Portaroy —dijo Oele—. Me pregunto qué estará haciendo aquí.

Reynar se acercó al tocador, donde se peinó y se limpió las uñas. Encontró un trapo y se frotó las botas con él.

—Eh... si él está aquí para hacer algo que contraríe tus planes para esta noche —dijo—, ¿podrás hacer frente a... eso?

—No te preocupes —replicó Oele—. No carezco de recursos. Me ocuparé de ti.

—Nunca lo he dudado —dijo Reynar, sonriente mientras daba brillo a la hebilla de su cinturón.

Reena se había puesto un largo vestido escotado de bordes negros y mangas abombadas, y Dilvish una blusa marrón y una chaqueta de cuero color verde claro, con los pantalones negros ceñidos con un cinto igualmente verde. Oyeron música en el comedor cuando bajaron la escalera: instrumentos de cuerda y una flauta, sonando lentamente. Los olores de la cocina no tardaron en llegar hasta ellos.

—Estoy ansioso por conocer a nuestra anfitriona —dijo Dilvish.

—Confieso que yo estoy más ansiosa porque me presenten una comida caliente —dijo Reena—. ¿Cuánto tiempo desde la última posada? Más de una semana...

Risueña, Oele se levantó cuando entraron los invitados. Reynar se apresuró a imitarla. Las presentaciones fueron breves, y la anfitriona rogó a Dilvish y Reena que tomaran asiento. Los criados se dispusieron a traer el primer plato y a servir vino. Un fuego crepitaba en el hogar, enfrente de Dilvish, detrás de Reena. Los músicos se hallaban en el extremo opuesto de la sala.

Llevaban comiendo varios minutos cuando Dilvish vio que había otro comensal, no en su compañía. En la mesita situada a un lado de la chimenea había un anciano vestido con pieles, con el bastón apoyado en la pared. Parecía ser el mismo hombre que habían conocido anteriormente en la senda. Cuando sus miradas se encontraron, el viejo sonrió y saludó con una inclinación de cabeza. Se señaló el cuello y Dilvish tocó el amuleto que llevaba bajo la camisa y devolvió el saludo.

—No había reparado en ese anciano —observó Dilvish.

—Oh, ha estado aquí otras veces —dijo Oele—. Cuida ganados. Pasa por aquí de vez en cuando. Reynar me dice que cree recordar vuestro nombre relacionado con un lugar llamado Portaroy. ¿Está en lo cierto?

Dilvish asintió.

—Combatí allí.

—He empezado a recordar relatos que oí —dijo Reynar—. ¿Es cierto que el animal metálico que montáis es realmente un demonio que os ayudó a huir del Infierno y que un día os llevará a la tumba?

—Me lleva a la tumba casi todos los días —dijo Dilvish, sonriente—, y me ha ayudado de muchas formas... y yo a él.

—...Y hay rumores sobre una estatua. ¿Es cierto que en tiempos fuisteis una... como el animal ahora mismo?

Dilvish se miró las manos.

—Sí —dijo en voz baja.

—Extraordinario —observó Oele—. ¿Puedo preguntar qué lleva a un hombre de vuestro... pasado... tan lejos del escenario de sus triunfos?

—Venganza —dijo, y siguió cenando—. Estoy buscando a alguien que a mí y a gran número de personas nos ha causado infinidad de problemas.

—¿Quién puede ser? —preguntó Reynar.

—No deseo que caiga una maldición sobre este lugar mencionando su nombre. Es un mago.

—Parece que encontráis malos enemigos —dijo Reynar—. Tenemos eso en común. Hace tiempo maté a un mago, en las Islas Orientales. El maldito estuvo a punto de asfixiarme antes de que pudiera acabar con él. Me había dejado sin respiración. Por fortuna, yo tenía cierta experiencia como buscador de perlas...

 

(CONTINUARÁ...) 

 

 

Las aventuras de Thibaud De La Jacquiére - Charles Nodier

Un rico comerciante de Lyon llamado Jacques de la Jacquiére fue elegido preboste de la ciudad a causa de su probidad y de los grandes bienes que había adquirido sin manchar su honor y reputación. Era caritativo con los pobres y bienhechor de todos los necesitados.

Thibaud de la Jacquiére, su hijo único, tenía un carácter completamente diferente. Era un muchacho muy guapo, pero un pillo redomado que había aprendido a destrozar los cristales de todas las casas, a seducir a las mozas y a jurar y blasfemar con los hombres de armas del rey, en cuyo ejército servía como oficial de estandarte. 

Tanto en París, en Fontainebleau como en las otras ciudades por donde pasaba el rey, todo el mundo hablaba de las maldades cometidas por Thibaud. Un día, este rey, que era Francisco I, escandalizado por la conducta del joven Thibaud, lo envió de vuelta a Lyon, a casa de sus padres, con el fin de que se reformara.

El buen preboste vivía entonces en la plaza de Bellecour. Thibaud fue recibido en la casa paterna con suma alegría. Con motivo de su llegada, se dio un gran banquete a los parientes y amigos. Todos bebieron a su salud, haciendo votos para que el joven Thibaud se convirtiera en un muchacho prudente, sensato y buen cristiano. Pero aquellos votos tan caritativos no le hicieron mella; por el contrario, le disgustaron. Cogió de la mesa una copa de oro, la llenó de vino y dijo:

—¡Sagrada muerte del gran diablo!, quiero ofrecerle, en este vino, mi sangre y mi alma si algún día llego a ser más hombre de bien de lo que soy actualmente.

Estas palabras hicieron poner los pelos de punta a todos los convidados al banquete. Se santiguaron, y algunos se levantaron de la mesa y abandonaron la casa del preboste. Thibaud también se levantó y fue a tomar el fresco a la plaza de Bellecour, donde se encontró con dos de sus antiguos camaradas, tan malos sujetos como él. Thibaud los abrazó de un modo efusivo, los hizo entrar a su casa y los invitó a beber.

A partir de aquel día empezó a llevar una vida pecaminosa que destrozó el corazón de su pobre padre. Este se encomendó a san Jaime, su patrón, y llevó ante su imagen un cirio de diez libras adornado con dos abrazaderas de oro, cada una de un peso de cinco marcos. Pero al querer colocar el cirio sobre el altar, se le cayó de las manos y derribó al suelo una lámpara de plata que ardía ante el santo. Interpretó este doble accidente como un mal presagio, y regresó triste y deprimido a su casa.

Aquel mismo día, Thibaud volvió a invitar a sus amigos; y cuando empezó a anochecer, salieron a tomar aire a la plaza de Bellecour y a pasearse por las calles de la ciudad, confiando encontrar algo que les divirtiese. Pero la noche era tan espesa que no encontraron muchacha ni mujer alguna. Thibaud, impaciente por este fracaso y molesto por no poder conseguir compañía femenina, exclamó, gritando como un energúmeno enfurecido y rabioso:

—¡Sagrada muerte del gran diablo!, prometo que le entregaré mi alma y toda mi sangre si la gran diablesa, su hija, acude a este lugar y acepta mi amor.

Estas sacrílegas palabras disgustaron profundamente a sus amigos, ya que estos no eran tan pecadores como Thibaud, y uno de ellos le dijo:

—Mi querido amigo, piensa que el demonio, por ser enemigo de los hombres, ya les hace bastante daño sin necesidad de que lo llamen invocando su nombre.

Mas el incorregible Thibaud respondió:

—Pues a pesar de todo, cumpliré mi palabra y haré lo que he dicho.

Momentos después, vieron salir de una calle vecina a una joven dama con el rostro cubierto por un espeso velo, que no impedía adivinar su encanto y hermosura. Un negrito la seguía. Este dio un traspié, se cayó al suelo y rompió la linterna. 

La joven dama pareció asustarse muchísimo y, como no sabía qué hacer, Thibaud se apresuró a acercarse a ella, del modo más correcto que pudo, y le ofreció su brazo para conducirla a su casa. Después de unos momentos de vacilación, la desconocida aceptó, y Thibaud, volviéndose hacia sus amigos, les dijo en voz baja:

—Como habéis visto, aquel a quien he invocado no me ha hecho esperar mucho... Buenas noches, amigos míos.

Los dos camaradas comprendieron lo que aquel quería decirles y se marcharon riéndose.

Thibaud ofreció su brazo a la dama y ambos se pusieron en marcha. El negrito iba delante de ellos, aunque llevaba apagada la linterna. La hermosa joven parecía estar tan nerviosa y asustada que apenas podía seguir a su joven acompañante, pero poco a poco se fue tranquilizando y se apoyó con más energía en el brazo de Thibaud. 

De vez en cuando daba un falso paso y se agarraba con más fuerza a su joven caballero. Entonces Thibaud, tratando de retenerla por todos los medios, le puso la mano sobre el corazón, aunque con mucha discreción para no asustarla.

Caminaron durante tanto tiempo que al final Thibaud llegó a suponer que se habían extraviado por las calles de Lyon. Pero este detalle más bien le agradó, ya que así, pensó, tendría más tiempo para conquistar a aquella bella y desconocida dama. No obstante, como sentía una gran curiosidad por saber quién era la hermosa joven, le rogó que tomara asiento en un banco de piedra para que descansase. 

Ella consintió, y nuestro joven amigo se sentó a su lado, cogió su mano con un gesto galante y le rogó, con delicada educación, que contara quién era. La hermosa dama pareció sorprendida en un principio, pero luego, ya más tranquilizada, dijo:

—Me llamo Orlandine; al menos así me llamaban las personas que convivían conmigo en el castillo de Sombre, en los Pirineos. En aquel lugar sólo vi a mi ama de compañía, que era sorda, a una criada tan tartamuda que hubiera sido mejor que fuese muda del todo, y un viejo portero que era ciego. Este portero no tenía mucho trabajo que hacer, pues sólo abría la puerta una vez al año, y eso a un caballero que venía sólo a cogerme la barbilla y hablar con mi dueña; conversaciones de las que no me enteraba de nada, ya que se desarrollaban en lengua vasca, idioma que no domino. Gracias a Dios que sabía hablar cuando me encerraron en el castillo de Sombre, pues de lo contrario jamás lo habría conseguido, dadas las personas que me habían puesto como acompañantes o vigilantes... en mi prisión. En cuanto al portero, sólo lo veía cuando nos pasaba la comida a través de la reja de la única ventana que teníamos. A decir verdad, mi ama de llaves me gritaba al oído extrañas lecciones de moral; pero me enteraba tan poco como si hubiese sido tan sorda como ella, pues me hablaba de los deberes del matrimonio, pero no me decía qué era el matrimonio. A menudo, mi sirvienta se empeñaba en contarme historias y aseguraba que eran muy interesantes, pero como no podía seguir más allá de la segunda frase, se veía forzada a renunciar y se retiraba mientras se disculpaba tartamudeando.

»Ya le he dicho que había un señor que venía a verme una vez al año. Cuando cumplí los quince años, aquel caballero me hizo subir a una carroza, junto con mi ama de compañía. En ella estuvimos viajando durante tres días consecutivos y, al llegar la tercera noche, o quizá el crepúsculo, salimos de la carroza. Recuerdo perfectamente que un hombre abrió la portezuela y nos dijo:

»—En este instante están ustedes en la plaza de Bellecour; y aquella es la mansión del preboste, Jacques de la Jacquiére. ¿Dónde desean que las conduzca?

»—Entre usted en la primera puerta cochera después de la del preboste —repuso mi ama de llaves.

Al oír estas palabras, el joven Thibaud puso mucha atención, ya que era su vecino, un gentilhombre llamado señor de Sombre, quien vivía en aquella mansión y quien, por añadidura, era sumamente celoso.

—De modo que entramos en la puerta cochera —continuó Orlandine—, y allí, subiendo por una escalera de mármol, me condujeron a unas inmensas y hermosas cámaras; luego, caminamos por un pasadizo oscuro, al final del cual había una escalera de caracol. Subimos por ella hasta llegar a una torre muy alta, cuyas ventanas estaban tapadas con gruesas cortinas verdes. Por lo demás, la torre estaba bastante iluminada. Mi dueña, después de hacerme sentar en un hermoso butacón tapizado de terciopelo negro, me entregó su rosario para que ocupara mi tiempo en actos piadosos, y se marchó cerrando la puerta con dos vueltas de llave.

»Cuando me vi sola, tiré el rosario, saqué unas tijeras que había ocultado en mi corsé e hice una abertura en la cortina verde que ocultaba la ventana de la torre. Entonces vi, a través de otra ventana de una mansión vecina, una habitación muy iluminada en la que cenaban tres jóvenes caballeros y tres señoritas. Cantaban, bebían, reían y se abrazaban...

Orlandine dio otros detalles más sobre aquella escena que presenció; detalles que estuvieron a punto de hacer reír a mandíbula batiente al joven Thibaud, pues se trataba de una cena que él había dado a sus dos amigos y a tres señoritas de la ciudad.

—Estaba yo atenta a todo lo que allí pasaba —continuó Orlandine—, cuando de repente oí que se abría la puerta. Cogí el rosario de inmediato, me senté en el sillón y vi entrar a mi ama. Esta me tomó de la mano, sin decirme una sola palabra, me llevó de nuevo a la carroza y me hizo subir a ella. Se puso en marcha y, después de un largo trayecto, llegamos a la última casa de la barriada. En realidad se trataba de una cabaña, aunque por dentro estaba dotada de todas las comodidades. Su aspecto es magnífico; cosa que podrá usted comprobar dentro de un momento, si el negrito encuentra el camino, ya que veo que al fin ha conseguido volver a encender la linterna.

—¡Oh, bella extraviada! —interrumpió Thibaud, mientras le besaba galantemente la mano—. Le agradecería muchísimo que me diga si vive sola en esa casita.

—Sí, vivo sola —respondió la dama—, acompañada de ese negrito y de mi ama de llaves. Mas no creo que ella pueda venir esta noche. El señor que me condujo la noche pasada a esta casita me envió decir, hace unas dos horas, que fuese a unirme con él en casa de una de sus hermanas; como no podía enviarme su carroza, ya que la había enviado a recoger a un sacerdote, decidí ir a pie. Cuando mi ama y yo íbamos por una de esas calles, un individuo me detuvo para decirme que era muy bella. Entonces ella, como es sorda, creyó que me estaba insultando, por lo que se puso a censurarle su vergonzosa conducta con agrias palabras. Luego acudieron otras personas que se unieron a la querella. Tuve miedo y huí; el negrito me siguió corriendo, pero tropezó y rompió la linterna. Fue entonces, caballero, cuando tuve el honor de encontrarme con usted.

Thibaud se disponía a prodigarle unas galanterías cuando el negrito apareció con la linterna encendida. Se pusieron en marcha de inmediato y, al cabo de cierto tiempo, llegaron a la casita aislada, cuya puerta abrió el negrito con una llave que llevaba atada a su cinturón.

El interior de la casa estaba magníficamente adornado y, entre aquellos muebles de nobles maderas, se veían unos butacones tapizados de terciopelo de Génova, con franjas rojas, y una cama cubierta de muaré de Venecia. Pero nada de aquella magnífica y soberbia ornamentación atraía la atención de Thibaud; sólo tenía ojos para Orlandine.

El negrito puso un mantel sobre la mesa y preparó la cena. Entonces, Thibaud se dio cuenta de que el negrito no era un niño, como había creído desde un principio, sino una especie de enano viejo, muy negro y con el rostro más feo del mundo. 

Este pequeño enano se presentó instantes después llevando una bandeja con cuatro apetitosas perdices y una botella de excelente vino. Se pusieron a la mesa. Apenas Thibaud hubo tomado unos bocados y unos cuantos sorbos de vino, sintió como una especie de fuego sobrenatural que circulaba por sus venas. 

Mientras, Orlandine seguía con tranquilidad comiendo, pero observaba con insistencia a su convidado, algunas veces con una mirada tierna y cándida, y otras con unos ojos tan llenos de malicia que el joven caballero ya no sabía qué hacer ni qué pensar.

Al fin, el negrito vino, quitó la comida y el mantel y se retiró de inmediato. Entonces, Orlandine cogió la mano de Thibaud y le dijo:

—Dígame, guapo caballero, ¿cómo quiere que pasemos la velada? Un momento; se me ocurre una idea; aquí hay un espejo. Pongámonos enfrente y juguemos a hacer pantomimas como solía hacer en el castillo de Sombre. Me divertía mucho al ver que mi ama de llaves era muy distinta a mí. Ahora quiero saber si usted es diferente de mí.

Orlandine puso dos sillas delante del espejo y luego aflojó el cuello de Thibaud, mientras decía:

—Su cuello es casi igual que el mío; las espaldas también. Pero en lo referente al pecho, ¡cuánta diferencia! El año pasado mi pecho era como el suyo, pero luego engordé y ya ni me reconozco. Quítese el cinturón, el jubón y todos esos cordones...

Thibaud, no pudiendo contenerse más, llevó a Orlandine a la cama cubierta con muaré de Venecia y se creyó el más feliz de los hombres. Pero aquella felicidad no duró mucho tiempo. El desgraciado joven sintió unas garras agudas que se le clavaban en la espalda. Empezó a gritar llamando a Orlandine, pero esta ya no estaba allí. En su lugar vio un horrible conjunto de formas repugnantes, siniestras y misteriosas...

—¡Yo no soy Orlandine! —dijo el monstruo con voz cavernosa—. ¡Soy Belcebú!

Thibaud quiso pronunciar el nombre de Jesús, pero el diablo, que adivinó su intención, le apretó la garganta con sus dientes, impidiéndole pronunciar el sagrado nombre.

Al día siguiente por la mañana, unos campesinos que se dirigían a vender sus legumbres al mercado de Lyon oyeron unos gemidos procedentes de una granja abandonada situada cerca del camino y que servía de vertedero. Entraron en ella y encontraron a Thibaud tumbado sobre una carroña medio podrida. 

Lo cogieron y lo transportaron a la casa de su padre, el preboste de Lyon. El desdichado caballero de la Jacquiére reconoció a su hijo. Luego colocaron al joven en una cama y pronto recobró el conocimiento. Entonces dijo con voz débil: «Abran la puerta a ese santo ermitaño».

Al principio nadie comprendió lo que quería decir; mas luego fueron y abrieron la puerta, y penetró por ella un venerable religioso que solicitó humildemente que lo dejaran a solas con Thibaud. 

Durante mucho tiempo se oyó la voz del ermitaño aconsejando al joven, exhortándolo, como asimismo los suspiros del desgraciado Thibaud. Cuando la voz dejó de oírse, todos entraron en la habitación. El ermitaño había desaparecido y sobre la cama yacía muerto el hijo del preboste, con un crucifijo entre las manos.