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El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 3 y última)

Las palabras de Reena reaparecieron en su mente al contemplar la humeante copa. La había levantado y había fingido beber mientras Oele giraba y giraba siguiendo su danza. La había olido. Parecía vino calentado con azúcar y especias, pero tenía un aroma peculiar. Había tocado el húmedo borde con la lengua y percibido un amargo sabor. Cuando Oele miró en dirección a él, echó atrás la cabeza y alzó la copa fingiendo que la apuraba. Cuando Oele desvió la mirada, tiró el líquido por encima del hombro, en la oscuridad.

«¡La intrigante bruja! —pensó Reynar—. Ella no piensa ofrecerme nada. Mi encantadora Reena tenía razón. Apuesto a que soy el sacrificio para algo que ella desea. Fingiré que me adormezco y veremos qué ocurre. ¡Bruja!».

Dejó la copa en el suelo y se inclinó sobre el altar, observando la creciente complejidad del brillante diseño. La forma de moverse de la bailarina era casi hipnótica. Otro hombre habría dado media vuelta y huido tras haber llegado a la misma conclusión que el marino, pero Reynar se había bastado en todas las ocasiones peligrosas en el curso de una vida muy activa. Sonrió mientras observaba la silueta de Oele que fluía bajo la ligera vestimenta gris, y se acordó de bostezar cuando ella le miraba. Qué triste... Oele le había gustado más que otras mujeres.

Después comenzó el pánico. Un escalofrío, totalmente falto de relación con el viento y la noche, recorrió el cuello y los hombros de Reynar. Era como si alguien estuviera detrás de él, observándole fijamente. El marino consideró que podía coger la daga al mismo tiempo que se volvía y defenderse adecuadamente, con el altar entre su cuerpo y su repentina compañía. 

Sin embargo... Jamás se había sentido objeto de escrutinio con tan intensos acompañamientos. La mera contemplación de un desconocido jamás le había producido picor en las manos, retortijones de estómago ni la absoluta certidumbre de otra presencia. La debilidad invadió sus extremidades cuando trató de apartar su mirada de los últimos movimientos de Oele para dar media vuelta y juzgar al visitante.

«Pretendes defraudar a la sacerdotisa —sonaron estas palabras como gotas de sangre en la mente de Reynar—, y haciendo eso me engañas».

«¿Quién eres?», preguntó sin hablar el marino, dirigiéndose al otro.

«Eso nunca lo sabrás».

Se apoyó con fuerza en el altar, recurriendo a toda su fuerza para volverse en parte hacia la presencia, y el borde de algo absolutamente negro entró en su campo de visión. Una fuerza que parecía emanar de la negrura le aferró con mayor firmeza en ese momento, impidiéndole volverse por completo. Reynar comprendió que nunca podría coger la daga del altar... y que, aunque pudiera, de poco le serviría frente a la criatura que le dominaba.

Se tambaleó como si estuviera totalmente agotado, con la mano izquierda aferrada al borde de la piedra, la derecha suelta en su costado. Al inclinarse más, vio que Oele se movía más despacio, que los pasos tal vez finales de la danza iban acercándola a él. 

La luna, había visto Reynar, estaba casi encima mismo de su cabeza. Seguía percibiendo la presencia al otro lado del altar, pero la atención de aquel ser no era tan intensa, ni mucho menos, que momentos antes. El marino se preguntó si la presencia estaba comunicándose con Oele.

Al inclinarse un poco más, mantuvo los ojos centrados en la silueta femenina que se aproximaba. Finalmente Oele se detuvo, a tan solo unos pasos de distancia. La danza había concluido. Reynar dejó que sus párpados se cerraran y su respiración se intensificó. Pero Oele no estaba prestándole atención. Todo el interés de la bailarina parecía dirigido a algo que estaba detrás del marino.

Reynar aguardó, preguntándose hasta qué punto estaba dominado, temeroso de comprobarlo. El pánico anterior había pasado, reemplazado por la controlada tensión, el renovado estado de alerta que siempre le sobrevenía en momentos de crisis.

Oele parecía estar hablando, aunque él no logró oír las palabras, y después hizo una pausa como si escuchara algo, pero el marino tampoco oyó réplica alguna. Finalmente Oele avanzó, pasó ante Reynar sin apenas mirarle, extendió la mano y cogió la daga de la pétrea superficie. Después la sacerdotisa se volvió hacia él, y su mano izquierda se movió como si quisiera agarrarle el cabello.

—¡Bruja! —dijo en un siseo el marino.

Su mano derecha sacó el cuchillo de la funda que llevaba en la bota y lo extendió y levantó mientras se erguía, a pesar de sentir que la frígida fuerza del otro lado del altar pugnaba por dominarle de nuevo.

La expresión del semblante de Oele fue de sorpresa. Su grito fue breve y la sacerdotisa se desplomó casi al instante, mientras la daga del sacrificio resbalaba de sus dedos.

Reynar la cogió mientras caía, se volvió y dejó el cadáver en el altar.

—¡Aquí está tu sangre! —espetó—. ¡Cógela y sé maldito por siempre!

Sostuvo el cuchillo ante él y dio un paso atrás, esperando una represalia sobrenatural en cualquier momento. No hubo tal. La oscura presencia permaneció al otro lado de la forma de su sangrante amante y Reynar percibió su escrutinio, pero el extraño ser no hizo esfuerzo alguno para dominarle o atacarle.

Al notar que su fuerza le acompañaba de nuevo, Reynar dio otro paso atrás y miró alrededor en busca del camino más seguro de huida.

—Marino, marino —sonó la voz que parecía audible en la ventosa noche—. ¿A dónde vas?

—¡Lejos de este lugar maldito! —respondió Reynar.

—¿Para qué viniste?

El capitán hizo un gesto con su arma.

—Ella me prometió poderes como los suyos.

—Entonces ¿por qué huyes?

—Ella me mintió.

—Pero yo no. Aún puedes tener esos poderes.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué pretendes decir?

—Dos caminos hay ante mí, y no me había dado cuenta de lo reacio que soy a dejar este mundo. No me complace enteramente esto, pero así son las cosas. Vuelve la cabeza hacia el castillo que has dejado. Es tuyo si lo quieres, y todo lo que contiene. O, si me lo pides, se desvanecerá un instante después y yo erigiré otro según tus deseos... o no lo haré, como desees. Puedes tener lo que ella tenía... cualquier cosa que desees y que pueda ofrecerte... porque estoy necesitado de ti.

—¿En qué forma?

—Ella era mi vínculo con este plano de existencia. Requiero un devoto aquí para centrar mis energías en este mundo. Ella era la última. Ahora mi presencia se debilitará aquí hasta que deba retirarme a los parajes de los Antiguos. A menos que encuentre un nuevo devoto.

—¿Yo?

—Sí. Sírveme, y yo te serviré.

Hubo una pausa.

—No intentaré detenerte. Quizá ya estaba consumido en este lugar hace mucho tiempo y me aferré a él ahora solo debido a ciertas percepciones que me ofrece. No trataré de detenerte.

Reynar se echó a reír.

—Bien, con tantas cosas que deseo, sería un necio si rechazara tu oferta, ¿no? Acabas de adquirir un acólito, un sacerdote, un devoto... lo que sea preciso. Lo que digo es que me concedas los poderes que poseía esa homicida y que me des rápida instrucción sobre los artículos de la fe. Hay una potranca que voy a montar antes de que acabe la noche.

—En ese caso deja tu arma, marino, y acércate al altar...

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

Ya desmontados, Dilvish y Reena estaban poniéndose ropa de más abrigo cuando el primero vio una silueta que se aproximaba por la ladera de una colina, delante, a su derecha.

—Alguien viene —dijo Reena, que inmediatamente volvió la cabeza en dirección al castillo.

—No. Por allí —dijo Dilvish, señalando—. Será mejor que prosigamos.

Terminó de atar el fardo de sus pertenencias y ayudó a Reena a montar.

—¡Eh! ¡Dilvish! —llegó el grito de la silueta que avanzaba—. ¡Reena!

Ambos dudaron mientras atisbaban en la noche. Luego la luz de la luna tocó a la forma que se acercaba.

—¡Aguardad un poco! ¡Tenemos algo que discutir!

Black volvió la cabeza.

—No me gusta esto —dijo—. Vámonos.

Dilvish dio una vuelta en torno a su montura.

—No temo a Reynar —respondió.

Durante un instante observó al hombre que bajaba con rapidez la ladera.

—¿De qué se trata? —dijo después—. ¿Qué deseáis?

Reynar se detuvo, quizás a veinte pasos de distancia.

—¿Desear? Solo a la mujer. Solo a Reena —respondió el marino—. A menos que queráis ser una estatua otra vez. Tenemos un acuerdo.

Dilvish miró hacia atrás.

—¿Es cierto? —preguntó.

—No... sí... no... —respondió Reena.

—Parece que tenemos una pequeña confusión en este punto —dijo Dilvish a Reynar—. No comprendo la situación.

—Preguntadle qué pasó con la puerta —dijo el otro.

Dilvish miró de nuevo a la joven. Reena desvió la mirada.

—¿Bien...? —dijo Dilvish—. Me gustaría saberlo.

—Fue obra mía —afirmó por fin Reena—. Uno de mis mejores hechizos. Para cualquier otra persona, la puerta se había esfumado. Yo podía haberla cruzado.

—¿Por qué? ¿Y cómo se ha enterado él?

—Bien... le dije que iba a hacerlo. En realidad, acababa de ejecutar el encantamiento cuando despertaste. Eso me impidió ejecutar el segundo.

—¿El segundo? ¿De qué clase?

—Un hechizo adormecedor. Para mantenerte allí mientras yo hacía lo que decidiese hacer.

—Temo continuar perdido. ¿Qué debías decidir?

—Huir conmigo —dijo Reynar—. Enseñarme a usar correctamente mis nuevos poderes.

—En ese caso yo soy un estorbo —dijo Dilvish—. ¿Por qué no me lo has explicado? No tengo derecho alguno sobre ti. Yo...

—¡He dicho que debía decidir! —replicó Reena casi gruñendo—. ¡Habría sido tan fácil si hubieras continuado dormido!

—La próxima vez no seré tan tonto.

—¡Pero he decidido! Nada de esto debía haber surgido. No quiero ir con él. Quiero continuar como estábamos.

Dilvish sonrió.

—Entonces no hay problema. Lo lamento, Reynar. Reena ha tomado su decisión. Vámonos, Reena.

—Aguardad —dijo Reynar en voz baja—. La decisión, ¿sabéis?, me corresponde tomarla a mí.

Dilvish vio aparecer una brillante chispa en el cielo, en lo alto de la colina. Voló hacia la extendida mano derecha de Reynar, creciendo al aproximarse. Al llegar, el marino sostuvo una bola de fría luz azul que levantó por encima del hombro.

—Vos —dijo a Dilvish— sois ahora un fardo innecesario.

El globo huyó de su mano. Dilvish trató de esquivarlo, pero la bola volvió para seguirle. Le golpeó en pleno pecho, rebotó y cayó al suelo a más de dos metros a la izquierda, donde explotó formando una brillante fuente de chispas y dejando un humeante agujero en la tierra.

Dilvish avanzó rápidamente. Reynar alzó ambas manos e hizo gestos con ellas.

Dilvish notó como si se hubiera librado por muy poco de una bofetada. Fue igual que si una serie de ráfagas de ventarrón azotaran todo cuanto le rodeaba... y prosiguieron. Siguió ladera arriba y logró distinguir la confusa expresión del semblante del marino.

—El Diablo me ha mentido —dijo—. Ya deberíais estar muerto.

La mirada de Dilvish fue más allá de Reynar, hacia el bajo perfil del altar con el cuerpo de Oele encima, menudo y pálido bajo la luz de la luna.

—¡Black! —gritó mientras iba comprendiendo—. ¡Destruye ese altar!

Momentos después oyó el sonido de cascos metálicos. Reynar se volvió señalando a Black, y una línea de llamas brotó de su extendido dedo. El fuego alcanzó a Black en la parte izquierda del cuello mientras pasaba junto a los dos hombres. La zona se tiñó de rojo. Pero Black prosiguió su curso sin detenerse, y nada en sus movimientos indicaba que hubiera percibido el efecto.

Reynar se volvió para encararse con Dilvish, y se agachó para volver a erguirse con su arma en la mano.

—Si la magia no puede con vos —dijo—, aquí tengo algo mejor.

El arma de Dilvish, cuatro veces más larga que la de su rival, emitió un susurro al quedar desenvainada en su mano. Dilvish avanzó para entrar en combate.

Los dedos de Reynar se retorcieron, y su mano izquierda describió un amplio gesto circular. La espada huyó del puño de Dilvish, dio vueltas en lo alto y se perdió de vista.

—De modo que solo vuestra persona resiste a mi poder... —dijo Reynar mientras arremetía contra él.

Dilvish levantó la capa ante él, al mismo tiempo que doblaba el brazo izquierdo por detrás. La hoja desgarró el tejido veinte centímetros por debajo del brazo. En ese momento Dilvish movió la capa hacia adelante y hacia abajo, y simultáneamente sacó su cuchillo con la mano derecha y arremetió contra su adversario.

Reynar se recuperó con rapidez. Soltó su arma mientras la daga de Dilvish le alcanzaba en el hombro y astillaba el hueso antes de retirarse. Agachados, ambos hombres empezaron a dar vueltas. 

La mano izquierda de Reynar describió un rápido movimiento circular, y Dilvish notó de nuevo un fuerte viento, aunque solo la suelta punta de la capa se agitó. Notó calor en el pecho, y algo apareció bajo sus ojos.

Dilvish miró hacia abajo un instante. Allí, encima de su camisa, brillaba tenuemente el amuleto que le había dado el anciano. Agitó la capa con el nuevo ataque del marino, frustrando el golpe y respondiendo de inmediato, aunque solo acuchilló el aire, porque su rival se había retirado ágilmente. A lo lejos se oyó el primer golpe violento de Black contra el altar.

Los ojos de Reynar se habían abierto mucho en el momento de posarse sobre el reluciente amuleto, como si cierta sospecha naciera en ese instante. Pero los entrecerró después al desplazarse con rapidez, casi con excesiva rapidez, hacia la izquierda de su adversario. 

Dilvish había previsto en parte el tropezón y la rápida recuperación que siguieron. Cuando aquella mano izquierda se movió de nuevo, no fue magia sino un puñado de tierra lo que voló hacia su cara.

Reacio a bajar la capa, Dilvish se protegió los ojos con el brazo derecho y se desplazó hacia un lado, sabiendo que se produciría un ataque inmediatamente. 

El cuchillo de Reynar rozó sus costillas en el costado izquierdo. Con la mano en alto todavía, incapaz de adoptar a tiempo una posición segura, Dilvish bajó el pomo de su espada hacia el hombre que había herido antes. 

Oyó un brusco jadeo de su rival y trató de agarrar al marino. Pero Reynar le apartó de un empujón y retrocedió de un brinco, cambió la daga de mano y embistió y atacó con ella.

Dilvish notó la herida en el dorso de su mano mientras oía el nuevo golpe de Black a las piedras del altar. Respondió, pero Reynar estaba ya fuera de su alcance. Las miradas de ambos hombres se desviaron momentáneamente hacia una tenue luz rojiza en la cumbre de la colina que rodeaba con un halo a Black y al altar.

Reynar alzó la mano derecha, apuntando a Dilvish igual que había hecho con Black momentos antes. La llama saltó hacia el pecho de Dilvish, le alcanzó cerca del reluciente amuleto y rebotó como si se reflejara en un espejo. Reynar reaccionó de inmediato con otro golpe de cuchillo.

Se abalanzó sobre su rival y atacó por lo bajo. Dilvish bajó su arma. Reynar se irguió de pronto en ese instante y su mano derecha se extendió bruscamente para asir el amuleto y tirar con fuerza de él. La cuerda se partió y Reynar retrocedió, llevándose el amuleto.

Más arriba, el fulgor rojo cobró brillo mientras Black se empinaba de nuevo, muy despacio, como si luchara con una fuerza opuesta.

—¡Veamos cómo os va ahora! —exclamó Reynar, y las llamas danzaron en las puntas de sus dedos, se extendieron y se unieron en una espada de fuego.

Cuando avanzó otra vez, la luz fluctuó y se apagó en la cumbre de la colina, acompañada por un estruendo. Las rocas cayeron y rebotaron junto a los contendientes mientras Dilvish retrocedía, agitando la capa, con el cuchillo bajo.

El ataque de Reynar abrió un gran rasgón en el material. Dilvish siguió retrocediendo, y en el momento que su rival alzaba la llameante espada, esta empezó a apagarse, fluctuó una vez... dos veces... y desapareció.

—La historia de mi vida —observó Reynar mientras meneaba la cabeza—. Todo lo bueno parece fundirse siempre.

—Demos por terminada la maldita pelea —dijo Dilvish—. Vuestro poder está destruido.

—Tal vez tengáis razón —respondió Reynar, bajando el arma que le quedaba y dando un paso al frente.

Se hallaba colina arriba respecto a Dilvish, y de pronto cayó al suelo y resbaló hacia abajo. Su pie izquierdo trabó el tobillo de la extendida pierna derecha de Dilvish y su pie derecho golpeó a su rival por debajo de la rótula. Se enderezó, empujó. 

Mientras Dilvish caía de espalda, Reynar ya estaba levantándose. Saltó hacia adelante en cuanto estuvo de pie, con el arma en alto, y se abalanzó sobre el otro hombre, que estaba en posición supina.

Dilvish sacudió la cabeza para vencer el aturdimiento mientras Reynar atacaba, dio una vuelta de costado y se encogió. Se defendió con el brazo derecho mientras ponía en posición el izquierdo. 

Notó la rigidez del marino al caer al suelo junto a él, empalándose en la hoja que Dilvish había cambiado de mano. Sostuvo la mano de Reynar que blandía la daga hasta que la fuerza la abandonó. Luego se apoyó en una rodilla y puso al marino de espaldas.

La cara de Reynar se retorció a la luz de la luna.

—Saltar sin mirar otra vez... —murmuró el marino—. Finalmente lo he pagado... ¡Oh! ¡Esto quema! No saquéis el cuchillo... hasta que yo muera, por favor.

Dilvish meneó la cabeza.

—¡Lamento haberla conocido!

Dilvish no preguntó a quién se refería.

—No sé... por qué me concedió el poder..., vos teníais la protección...

—Conocí a un hombre no hace mucho tiempo —replicó Dilvish— que poseía dos mentes distintas en el mismo cuerpo. Y he oído hablar de otros. Si ello es posible en un hombre, ¿por qué no en un dios?

—Diablo —afirmó Reynar.

—Quizá la distinción entre los dos no sea tan clara como los hombres piensan... en especial cuando los tiempos se hacen difíciles. Conocí este lugar hace mucho tiempo. Era diferente.

—¡Al diablo con todos, Dilvish el Maldito! ¡Al diablo con todos!

Algo se escapó de él y Reynar se desplomó. Su semblante se suavizó por fin.

Dilvish sacó la daga y la limpió. Solo entonces miró a Black, que se había acercado en silencio y estaba observando. Reena se hallaba más lejos, llorando.

—Tu espada cayó por allí —dijo Black, volviendo la cabeza hacia atrás, hacia la derecha—. La vi al bajar.

—Gracias —dijo Dilvish, poniéndose en pie.

—...Y el castillo ha desaparecido. También lo vi al bajar.

Dilvish volvió la cabeza y miró.

—Me pregunto qué habrá sido de nuestros caballos.

—Están vagando abajo. Puedo cogerlos.

—Hazlo, pues.

Black se alejó. Dilvish se acercó a Reena.

—No puedo excavar aquí —dijo—. Tendré que usar piedras.

Reena asintió. Dilvish extendió la mano y le apretó el hombro.

—No podías prever todo esto.

—He visto más de lo que sabía —dijo la joven—. Ahora deseo haber sabido más... o haber visto menos.

Reena se apartó y la mano de Dilvish resbaló de su hombro. Dilvish fue a buscar la espada.

Habían viajado esa noche hasta llegar a un rocoso mirador libre de los vientos, cerca del borde de la nieve, por encima del punto donde la senda inicia su sinuoso descenso hacia las llanuras y el tiempo primaveral. 

En ese lugar encontraron cobijo y durmieron, los caballos atados detrás de las rocas, Black tan inmóvil como un fragmento del lejano paisaje.

Dilvish se desperezó cuando el cielo iba tiñéndose de rosa por el este. Sus heridas latían sordamente, pero se sentó y se calzó las botas. Ni Reena ni Black se movieron cuando Dilvish pasó junto a ellos, en dirección a la figura vestida con pieles y apoyada en un bastón a la derecha de la senda.

—Buenos días —dijo en voz baja.

El anciano asintió.

—Deseo daros las gracias por el amuleto. Me ha salvado la vida.

—Lo sé.

—¿Por qué lo hicisteis?

—Vos hicisteis una ofrenda a Taksh'mael en cierta ocasión.

—¿Es eso tan importante?

—Sois el último que recordáis su nombre.

—¿Y vos?

—Yo no puedo calificarme de devoto, salvo en el sentido más narcisista.

Dilvish le observó de nuevo. Su figura parecía más alta, más noble, y había algo en sus ojos que obligaba a desviar la mirada al instante... una sensación de profundidad sobrenatural, un poder.

—Me voy ahora —continuó el anciano—. No fue fácil librarme de este lugar. Venid, caminad conmigo un trecho.

Dio media vuelta y avanzó cuesta arriba sin volver la cabeza. Dilvish le siguió hacia los bordes de la nieve, con el aliento humeando ante él.

—¿Vais a un buen lugar?

—Me gusta pensar que sí. Os oí hablar antes. Es cierto que cualquiera puede tener... dos mentes. Ahora solo tengo una, y merecéis mis gracias por eso.

Dilvish sopló sobre sus manos y se las frotó mientras el paisaje iba cobrando blancura.

—De momento, poseo más poder del que necesito. ¿Hay algo que pueda ofreceros?

—¿Podríais ofrecereme la vida de un mago llamado Jelerak?

Por delante de él, Dilvish vio que el paso del anciano vacilaba un instante.

—No —fue la réplica—. No sé nada de ese mago, pero lo que pedís no sería cosa fácil. Precisaría más de lo que yo puedo dar. No es sencillo enfrentarse a él.

—Lo sé. Se afirma que es el mejor.

—Sin embargo, existe al menos una persona que podría destruirle en su propio terreno.

—¿Y quién puede ser esa persona?

—El hombre del que hablasteis antes. Ridley es su nombre.

—Ridley ha muerto.

—No. Jelerak lo derrotó, pero no tuvo fuerza suficiente para destruirlo. Por eso lo aprisionó bajo la caída Torre de Hielo, donde planeaba volver cuando recuperara su fuerza para acabar la tarea.

—Eso no me parece muy prometedor.

—Pasará tiempo antes de que pueda hacerlo.

—¿Por qué?

—El conflicto de ambos atrajo la atención de los demás grandes magos del mundo. Durante siglos habían buscado un arma contra Jelerak. Cuando él partió sin lograr destruir a su enemigo, combinaron sus fuerzas para tender una barrera mágica alrededor de la destrozada torre, una barrera que ni siquiera Jelerak puede atravesar. Ahora esos magos disponen de la seguridad que deseaban. Si él los importuna demasiado, amenazarán con levantar la barrera para liberar a Ridley.

—¿Y Ridley destruirá a Jelerak la próxima vez?

—No lo sé. Pero él tendría más posibilidades que los demás.

—¿Podría yo liberar a Ridley sin ayuda?

—Lo dudo.

—¿Podríais vos?

—Temo que debo irme ahora. Lo siento.

El anciano señaló hacia el este, donde el sol inicia su ascenso. Dilvish miró en la misma dirección; el astro separaba las nubes como si fueran cortinas escarlatas. 

Cuando desvió la mirada, el anciano estaba ya muy arriba, y trepaba con asombrosa velocidad y agilidad por la chispeante superficie de nieve. Mientras Dilvish lo contemplaba, rodeó un saliente rocoso y lo perdió de vista.

—¡Esperad! —gritó—. ¡Tengo más cosas que preguntar!

Haciendo caso omiso de sus diversos dolores, Dilvish inició el ascenso, siguiendo el rastro del anciano. Al poco tiempo, notó que las irregulares pisadas iban separándose cada vez más, aunque de forma paradójica iban haciéndose menos profundas. Y al rodear el saliente, Dilvish solo encontró una huella, muy tenue.

La tarde siguiente salieron de las montañas. Dilvish no habló de Ridley con Reena.

En el elevado paraje, cuando la luna está llena, los fuegos mágicos se alzan y el espíritu de Oele danza ante el destrozado altar, aunque ningún diablo se presenta. Pero a veces hay la forma de otro que observa en las sombras. Cuando la última piedra caiga, él llevará al mar a ese espíritu.

El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 1)

La historia que voy a contar es verdadera. Yo respondo personalmente de ello: conocí a todos sus actores y mi relato será lo más fiel posible al sucesivo desarrollo de los acontecimientos que perturbaron y enlutaron a una honorable familia de Dublín. 

A finales del siglo pasado, es decir, a finales de 1790, un tal capitán Barton se instaló en nuestra ciudad, de la que su familia era oriunda. Había servido muy honorablemente en los rangos de la marina real, y durante la guerra de América comandó una fragata. 

Cuando se retiró tenía poco más de cuarenta años y los que le conocían bien estaban de acuerdo en afirmar que era de trato agradable, aunque sujeto a veces a ciertos cambios de humor.

Sea lo que fuere, tenía la reputación de un perfecto gentleman y ni su tono ni sus modales recordaban su historia de marino. Por el contrario, iba siempre elegantemente vestido y se expresaba como un hombre de mundo. Físicamente, era buen mozo, sólido, con un rostro grave, serio, reflexivo, una amplia frente que denotaba una gran inteligencia. De este modo, la perfecta honorabilidad de su nombre, su excelente reputación, así como su fortuna, le daban acceso a los medios más aristocráticos de Dublín.

A pesar de la importancia de sus ingresos, el capitán Barton vivía con sencillez: moraba al sur de la ciudad, en un barrio elegante. El servicio de su casa estaba compuesto por un caballo y un solo sirviente. Se sabía que era ateo, pero su existencia estaba muy lejos de la de un libertino: no practicaba ninguno de los vicios de moda, bebía moderadamente, jamás tocaba las cartas y pasaba la mayor parte de su tiempo en casa, leyendo o soñando. No se le conocían compañeros favoritos como tampoco amigos íntimos, y cuando aceptaba una invitación, se le veía pasear por los salones observando a la gente como un filósofo. Raramente participaba en las conversaciones.

Tenía, pues, la reputación de una persona honesta, ordenada, nada malversadora, poco inclinada a los placeres de la sociedad. Se decía que, dada su prudente conducta, lograría desbaratar las trampas que le tendían las madres con hijas casaderas. Añadían que, por lo que a esto respecta, llegaría a viejo, moriría muy rico y dejaría sus bienes a una obra de caridad.

Pongamos en claro que todos los que se dedicaban a predecir el futuro se equivocaban fundamentalmente en cuanto a las intenciones del excelente capitán Barton. Tuvieron la prueba de ello cuando miss Montague, muchacha cabal y de la mejor sociedad, hizo su entrada en el gran mundo. Esto ocurrió, recuerdo, en casa de la vieja lady L..., tía de miss Montague.

La muchacha era encantadora, y, además, poseía una inteligencia poco común en las jóvenes de su condición. La mimaron, pero su popularidad no pasaba de ahí y, si bien esto halagaba agradablemente su vanidad, no acababa de solucionar sus problemas, y ya empezaba a preguntarse si se convertiría en una solterona. 

En efecto, no poseía nada aparte de sus atractivos personales y ningún pretendiente se le declaraba. Así estaba la situación cuando el capitán Barton le pidió la mano. Es fácil adivinar la sorpresa que esta novedad causó, tanto debido a la pobreza de miss Montague como a la famosa misoginia del antiguo marino.

Naturalmente, lady L... admitió a Barton y extendió por todas partes la noticia de los esponsales: su sobrina aceptó con la sola condición de que el general Montague, su padre, consintiera en ello. El general era aguardado de una semana a otra, de regreso de las Indias. No era equivocado suponer la poca importancia de esta demora, pues el viejo Montague, se decía, sería muy feliz de casar a su hija sin dote, y Barton era muy aceptable como futuro esposo. Así se llegó a considerar al capitán y a la muchacha decididamente prometidos.

En consecuencia, lady L..., que respetaba el viejo código de la costumbre, sacó a su sobrina del torbellino de la vida mundana; es sabido, en efecto, que está muy bien visto enseñar por todas partes a las muchachas casaderas, llevarlas de baile en baile y de fiesta en fiesta hasta que un joven, o un hombre no tan joven, gentleman, se propone desposarlas. A partir de este momento se encierra a la muchacha hasta el día de su boda. 

Sin ser adivino, podemos suponer lo que opinan las damiselas de este trato. Es muy posible que miss Montague no fuera la excepción de la regla y que en el fondo de su corazón maldijera a su tía por alejarla de placeres a los que, a fe mía, empezaba a estimar. Pero como era una chica bien educada, lo aceptó sin protestar. Y desde entonces, Barton tomaba a menudo el camino de la mansión de lady L... A veces almorzaba allí y se le atendía con todos los cuidados con que se trata a un novio... por el miedo a que no cambie de opinión.

Lady L... vivía en una bonita casa situada en el norte de la ciudad, en el lado opuesto al lugar en que vivía el capitán. La distancia que separaba las dos casas era considerable, pero el capitán la recorría, por placer, a pie. Y en particular cuando regresaba a su casa al atardecer. Se marchaba solo, en el calmo anochecer, y tomaba el camino más corto, lo que le obligaba a pasar por una calle nueva, larga y desierta, cuyas casas estaban en su mayoría por terminar.

Una noche, pocos días después de ser admitido oficialmente como novio de miss Montague, el capitán Barton permaneció más tiempo de lo acostumbrado en casa de lady L... Más tarde supe que la discusión había versado sobre cuestiones religiosas y, en especial, sobre las pruebas de la existencia de Dios. Por lo que a esto respecta, Barton mantenía las opiniones de los filósofos franceses ateos y las dos damas no estaban lejos de seguirlo; si bien no compartían totalmente su falta de religión, no veían en ello un motivo suficiente para romper los proyectos matrimoniales. Y, de todas formas, lady L... estaba demasiado empeñada en casar a su sobrina para detenerse ante problemas tan secundarios como entonces le parecían los problemas metafísicos.

La conversación se había desviado hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Ante estos temas, Barton había aplicado el mismo escepticismo distinguido que a los precedentes. En este punto debo decir que el capitán era completamente sincero, que su ateísmo y su incredulidad eran para él como una fe negativa y que, en suma, lo menos curioso de la curiosa aventura que he empezado a relatar, no es realmente el hecho de que le ocurriera precisamente a Barton, que negaba cualquier influencia sobrenatural.

El capitán se retiró bastante más tarde de las doce y se fue solo en la noche. Al fin llegó a la nueva calle de la que he hablado. La atmósfera estaba impregnada de una niebla que la luna hacía lechosa; todo era calma y silencio. Barton sentía una punzante sensación de aventura y hacía sonar sus tacones fuerte y claro sobre el pavimento. Quizá hacía cinco minutos que andaba por la calle desierta cuando oyó un ruido de pasos tras de sí.

Barton era un hombre valiente, muchas veces lo había demostrado, pero es muy incómodo sentirse seguido cuando uno camina, por la noche, en un lugar apartado. Se volvió para ver quién le seguía. Ya lo he dicho, había luna llena y se podían distinguir sin dificultades los objetos en esa pálida luz. Pero Barton no alcanzó a distinguir nada, ni hombre, ni animal, y ni siquiera una forma indefinida.

Por un momento pensó que debía ser el eco de sus propios pasos; quiso experimentarlo y martilló el suelo con el tacón, pataleó. Inútil. El aire de la noche no le devolvía ruido alguno. Podía inquietarse, pero no lo hizo e imaginó simplemente, como persona de carácter que era, que había creído oír algo que en realidad no había oído. No era muy propio de él, pero a falta de mejor explicación, aceptó esta como la más racional y reemprendió el camino. Y volvió a empezar, tap-tap-tap, el ruido de pasos volvía a oírse tras de sí.

El capitán Barton, como era persona bien educada, no renegó y se contentó con aguzar más el oído. Los pasos aumentaban o disminuían según un ritmo muy distinto de la marcha del capitán. Comprendió que no podía tratarse del eco, y furioso a la vez que desconcertado, Barton se volvió de nuevo, pero como la primera vez, la calle estaba totalmente desierta. 

Entonces volvió sobre sus pasos, escrutando cada zona de sombras con la esperanza de descubrir al bromista de mal gusto que se burlaba de esta manera de él y de hacerle sentir el peso del bastón en sus espaldas. Pero fue inútil dar vueltas, girar, buscar; no descubrió nada, absolutamente nada.

Por más racional y librepensador que fuera, el excelente Barton sintió que un ligero terror supersticioso le empezaba a dominar. Esto le desagradaba profundamente, pero nada podía contra la angustia misteriosa e incómoda que ahora le atrapaba por el cuello. Dio media vuelta y reemprendió el camino hacia su casa. El silencio le acompañó hasta que llegó al mismo lugar donde se había detenido anteriormente. Desde allí, los pasos volvieron a oírse. El invisible perseguidor parecía correr como si deseara alcanzar al capitán, que cada vez entendía menos lo que pasaba y se inquietaba más por ello.

Volvió a inmovilizarse, se sentía demasiado incómodo y cedió a las absurdas ganas que tenía de gritar:

—¡Dejaos ver, por todos los diablos! —gritó.

El silencio fue la única respuesta y Barton empezó a dudar seriamente de sus sentidos. Se puso nervioso y tuvo que hacer un violento esfuerzo para no ponerse a correr y continuar caminando al mismo paso. Para mayor alivio, su misterioso seguidor le abandonó al final de la calle, y pudo, sin más problemas, volver a su casa.

Una vez sentado tranquilamente en un buen sillón al lado de la chimenea, en la que quemaba un buen fuego, se puso a reflexionar sobre aquella aventura. Progresivamente recuperaba su equilibrio y determinó que había sido el juguete de una alucinación. Por otra parte, estaba demasiado orgulloso de su incredulidad para aceptar la hipótesis de una intervención sobrenatural.

El capitán se levantó bastante tarde a la mañana siguiente y, saboreando su desayuno, pensaba en su aventura con la indiferencia divertida que a veces sentimos, durante el día, cuando evocamos nuestros temores nocturnos. Su sirviente entró sin hacer ruido —tenía órdenes muy severas a este respecto—, puso cerca de su plato una carta y se retiró tan silenciosamente como había entrado.

Barton observó el sobre unos minutos; no tenía nada de particular, la escritura no le recordaba a nadie, aunque parecía expresamente disfrazada. El capitán dudó unos momentos y luego abrió el sobre y leyó la carta que decía lo siguiente:

«Queremos prevenir al capitán Barton, antiguo comandante del Dolphin, que un gran peligro le amenaza. Si es prudente renunciará a pasar por la calle nueva; de no ser así se arriesga a caer en una trampa. Es importante que el señor Barton haga caso seriamente de esta carta, pues puede temerse cualquier cosa del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS.»

Barton hizo una mueca de incomprensión, se encogió de hombros, volvió a leer la carta y la observó detenidamente. Su examen no le descubrió nada nuevo y el sello que había cerrado el sobre no le reveló ningún indicio; sólo era un trozo de cera con la huella de un pulgar.

El capitán, incitado por este desagradable misterio, elaboró mil suposiciones. Realmente no se imaginaba quién podía haber escrito esta incoherente misiva, cuyo autor, al mismo tiempo que le ponía en guardia, le daba a entender que era a él, el firmante, a quien debía temer. Por otra parte, el hecho de que el mensaje le recordara su penosa aventura nocturna acababa por inquietar al excelente Barton. No obstante, no dijo nada de ello a nadie, ni siquiera a su prometida. Podemos suponer con toda lógica que era su orgullo de librepensador el que le hacía callar. 

El capitán Barton podía suponer que, después de sus profesiones de fe de ateísmo, de racionalismo y de librepensamiento, miss Montague tendría fundamento para burlarse de sus terrores nocturnos y del miedo supersticioso que se amparaba de él cuando pensaba en la carta del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Y no quería ser el objeto de las burlas de la muchacha, primero porque tenía fama de criticona y luego porque ello habría disminuido, sin duda, el prestigio del futuro esposo.

Con el transcurso del tiempo, acabó por considerar todo aquello como una broma de mal gusto, aunque, no obstante, no podía volver a encontrar la tranquilidad de espíritu que, no hacía mucho, le era propia. Por otra parte, durante muchos días, evitó la nueva calle... Una semana más tarde, aconteció un nuevo incidente que despertó en Barton las desagradables sensaciones que había sufrido.

Aquella noche volvía del teatro, había acompañado a lady L... y a su sobrina al coche y caminaba en compañía de algunas personas conocidas. Se despidió de ellas cerca de los austeros edificios de la Universidad y continuó solo el camino. Quizá era la una de la madrugada; todo estaba quieto y desierto alrededor de Barton, que andaba de prisa. 

Ya antes de despedirse de sus compañeros había tenido la impresión de que le seguían. Furtivamente había mirado hacia atrás, más o menos consciente de que aquello volvía a empezar, que volvería a ser perseguido sin saber por quién. Esperaba ver algo, lo que le habría tranquilizado, pero no había visto nada.

Y ahora que estaba solo, se sentía cada vez más nervioso, cada vez más aterrorizado. Dado que el ruido de pasos era cada vez más fuerte, más insistente. Durante todo el rato que siguió a los muros que rodean el parque de la Universidad, los pasos le siguieron. Muchas veces se volvió sin ver tras de sí nada más que el creciente de luna que parecía provocarle.

Barton estaba bajo una tensión nerviosa tan intolerable que incluso cuando llegó a su casa no pudo calmarse y permaneció en pie toda la noche, recorriendo su mesa de trabajo de arriba abajo. 

Hasta el amanecer no se acostó; durmió muy mal, con un pesado sueño entrecortado por horribles pesadillas, y fue despertado por su sirviente, que le traía el correo. Una de las cartas llamó su atención; conocía demasiado bien la escritura del sobre. La abrió temblando:

«Os será tan difícil huir de mí como de vuestra sombra. Os veré tantas veces como me plazca, cuando y allí donde yo quiera, y no podréis hacer nada para evitarlo. Y también usted, capitán Barton, me verá: no me escondo como parece que creéis. De todas formas, esto no debe impediros dormir, ya que si tenéis la conciencia tranquila, ¿por qué habríais de tener miedo del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS?»

Me parece completamente inútil insistir sobre lo que debería pensar en estos momentos el excelente Barton. Durante los siguientes días, la gente se dio cuenta de que el capitán parecía terriblemente sombrío y preocupado, y ello se atribuyó a su futura boda y a la angustia que podría sentir por pensar en su casi difunta tranquilidad de soltero. Naturalmente se equivocaban, y era desconocer por completo a Barton atribuirle estas absurdas ideas, pero la explicación pareció suficiente y no se habló más de ello.

En cuanto a la causa de estas suposiciones gratuitas, estaba terriblemente preocupado, pues se decía si era posible hacer el ruido de pasos gracias a una ilusión cualquiera de los sentidos debida, por ejemplo, a un abuso de té verde; de todos modos, tenía que ser una mano tan real como malévola la que escribió las dos cartas. 

Y, por otra parte, el hecho de que las cartas en cuestión llegaran inmediatamente después del ruido de pasos parecía algo más complicado que una pura y simple coincidencia. Cuando pensaba en ello, Barton se acordaba confusamente de ciertos episodios de su vida pasada que asociaba, a pesar de todo, a la inexplicable serie de acontecimientos que se cernían sobre él.

Felizmente (¿es exacta la palabra?) para el pobre hombre, un importante asunto llegó en el momento adecuado para distraerle, junto con la idea de su próximo matrimonio, de una preocupación que amenazaba con convertirse en idea fija. Se trataba de un asunto inmobiliario que se demoraba desde hacía tiempo y que, de repente, parecía que iba a resolverse muy de prisa. De este modo, Barton se encontró sumergido en un torbellino de visitas, de gestiones, de reivindicaciones que lo alejó de sus problemas. Su mal humor cedió el puesto a su acostumbrada ecuanimidad.

No obstante, durante este feliz período, volvió a escuchar los pasos que no hacía mucho le habían trastornado, pero como sólo se oían débilmente y no recibió ninguna carta, se rió de sus antiguos terrores y se ocupó únicamente de las cosas serias.

No conozco mucho a Barton, pero teníamos un amigo común que era diputado, y una noche nos dirigimos los tres al Parlamento. Esta fue una de las raras veces que tuve ocasión de encontrarme con el capitán. Parecía preocupado y contestaba al margen las preguntas que le hacía el diputado respecto a su asunto. Lanzaba furtivas miradas hacia atrás y mantenía una hosca expresión. Mucho más tarde, me enteré de que había oído los misteriosos pasos que le siguieron a lo largo de nuestro camino. También supe que en aquella ocasión, por última vez, fue la desgraciada víctima de aquella persecución.

Pero esto lo supe el mismo día, y no comprendí en absoluto de qué podía tratarse. Llegábamos a los alrededores de la Universidad cuando un individuo, al que recuerdo muy mal, se acercó a nosotros murmurando algo sin cesar. Me acuerdo de que era bajo, de que parecía extranjero y de que llevaba un gorro de marino de piel y de que lo tomé por un loco al ver la extrema agitación que parecía poseerle. El hombre se dirigió a Barton, se detuvo ante él, lo miró malévolamente y luego se marchó a paso rápido. 

Lo que me sorprendió de esta escena no fue tanto el físico vulgar del individuo ni su insolencia ante el capitán, sino la especie de impresión malhechora y peligrosa que se desprendía de su persona. Pero, e insisto en este punto para que se me entienda bien, todo esto me afectó muy poco... como si esta maledicencia y peligro no me concernieran lo más mínimo. Sólo me quedaba la impresión de haberme encontrado con un enfermo mental.

Por ello me quedé muy sorprendido del efecto que este encuentro había producido en el bueno de Barton, del que conocía su reputación de valiente y de persona con sangre fría. Se puso a temblar de arriba abajo, me cogió del brazo y dio un paso atrás cuando el otro se detuvo ante él. Los dedos del capitán se hundían en mi carne; me hacía un daño espantoso. El desconocido se marchó, Barton me soló, se lanzó tras de él, pareció cambiar de idea y se sentó en un banco. Una espantosa expresión de horror dominaba sus rasgos.

Nuestro amigo, el diputado, se precipitó hacia él:

—Por todos los diablos, amigo mío, ¿qué os sucede? ¿No os encontráis bien?

Barton pareció no oírle, y murmuró:

—¿Qué decía? ¿Qué decía? No le pude oír...

El miembro del Parlamento se encogió de hombros:

—Me pregunto qué pueden importarnos las palabras de este individuo; está completamente loco, es evidente, y usted, Barton, no está bien. Voy a llamar un coche...

El capitán hacía visiblemente grandes esfuerzos para recuperar su equilibrio y, cuando habló, fue con una voz casi anormal:

—Ya ha pasado, amigos míos, estoy mucho mejor... ¡Demasiado trabajo por culpa de este asunto de propiedades! No sé lo que me ha pasado. Los nervios, sin duda. Continuemos el camino.

El diputado se negó e invitó a Barton a volver a su casa para descansar. Nosotros lo podíamos acompañar, si lo deseaba. Insistí en este sentido, ya que, además, el capitán parecía dispuesto a dejarse convencer. No obstante, rehusó nuestra proposición de acompañarlo hasta la puerta de su casa y se marchó solo, todavía con pasos inseguros.

Como quizá se ha adivinado leyendo mi relato, mis relaciones con el miembro del Parlamento no eran tan familiares como para hablar de la curiosa aventura de la que acabábamos de ser testigos, pero me di cuenta, por el aire que tenía, que estaba tan intrigado como yo y que las torpes justificaciones del capitán no le habían convencido más que a mí. Por lo que a mí respecta, la cosa no me parecía nada clara.

Por educación, al día siguiente visité a Barton para preguntar por su salud. Cuando interrogué a su sirviente, me dijo que estaba todavía en cama, pero que consideraba que iba a curarse muy pronto. El mismo día, el capitán hizo llamar a un célebre médico, el doctor Rowlands. Más tarde me explicaron que la consulta fue bastante curiosa.

(CONTINUARÁ...)

Por favor no me hagas daño - Paul Wilson

 
- Tienes una casa muy bonita.
- Es una porquería. Puedes decirlo..., no importa. ¿Seguro que no quieres una cerveza o algo?
- Encanto, todo lo que quiero eres tú. Ven y siéntate a mi lado. Aquí, en el sofá.
- Muy bien. Pero no me harás daño, ¿verdad?
- Vamos, querida... Tu nombre es Tammy, ¿no?
- Tammy Johnson. Te lo he dicho al menos tres veces en el bar.
- Eso es. Tammy. No recuerdo bien las cosas después de haber bebido unas cuantas copas.
- Yo también bebí bastante y recuerdo tu nombre. Bob. ¿Eh?
- Eso es, eso es. Bob. Pero ¿por qué querría nadie lastimar a una dulce joven como tú, Tammy? Ya te dije en el bar que te pareces a esa actriz de nombre raro. La de Ghost.
- Whoopi Goldberg.
- Oh, sí que eres graciosa. Graciosa y hermosa. No, la otra.
- Demi Moore.
- Sí. Demi Moore. ¿Por qué querría nadie hacer daño, a alguien que se parece a Demi Moore? Sobre todo después de que me invitaste a venir a tu casa.
- No sé por qué. Nunca sé por qué. Pero parece que los hombres acaban siempre haciéndome daño.
- Yo no, Tammy. Ni hablar. Ése no es mi estilo. Soy amante, no luchador.
- ¿Cómo es que eres marino, entonces? ¿No me dijiste que estuviste en la guerra del Golfo?
- Así fueron las cosas. Pero no dejes que el uniforme te asuste. Soy amante de corazón.
- ¿Me amas?
- Si me dejas.
- Mi padre decía que me amaba.
- Oh, no creo que esté hablando de ese tipo de amor.
- Bien. Porque no me gusta. Él decía que me amaba y luego me hacía daño.
- A veces los niños necesitan un cachete de vez en cuando. Sé que mi padre me amaba, pero de vez en cuando me salía de la raya, como un clavo que empieza a soltarse de una valla, y entonces tenía que zurrarme para que volviera a mi sitio. No creo que sea peor por ello.
- No hablo de «cachetes», marinero. Si quisiera hablar de «cachetes” lo diría. Estoy hablando de hacer daño. Mi padre me lastimó muchas veces. Y lo hizo durante mucho, mucho tiempo.
- ¿Sí? ¿Y qué hacía para lastimarte?
- Cosas. Y me obligaba a hacer cosas todo el tiempo.
- ¿Qué tipo de cosas?
- Sólo... cosas. Le tenía que hacer cosas. Cosas para hacerle sentir bien. Luego me hacía cosas que decía me harían sentir bien, pero me hacían sentirme sucia y pegajosa.
- Oh. Bueno; ¿no se lo dijiste a tu madre?
- Claro que sí. Muchas veces. Pero nunca me creía. Siempre me decía que dejara de decir cosas sucias y entonces me pegaba y me lavaba la boca con jabón.
- Eso es terrible. Pobrecita. Ven. Apretújate contra mí. ¿Qué tal?
- Bien, supongo, pero lo que era peor es que mi madre se lo decía a papá y entonces él se enfadaba y me lastimaba de verdad. A veces era tan malo que yo pensaba en matarme. Pero no lo hice.
- Ya lo veo. Y me alegro de que no lo hicieras. Qué despilfarro habría sido.
- No quiero hablar de mi padre. Ya no está y apenas pienso en él.
- ¿Se marchó?
- No. Está muerto. Y bien muerto. Tuvo un accidente en nuestra granja, hará unos siete años. Cuando yo tenía doce o así.
- Es una lástima..., creo.
- La gente dijo que fue un accidente muy extraño. El gran neumático del tractor, que llevaba años guardado en el granero, se soltó y le cayó en la cabeza. Le rompió el cuello por tres sitios.
- Vaya. Luego hablan de estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno.
- Sí. Mi madre decía que alguien tenía que haber empujado el neumático, pero recuerdo que oí al hombre de la compañía de seguros decir cuántos accidentes hay en las granjas. Accidentes malos. De todas formas, papá vivió unas cuantas semanas en el hospital y luego murió.
- Vaya. Pero hablemos de nosotros. ¿Por qué no...?
- Nadie pudo explicarlo. La máquina que respiraba por él se desconectó. El enchufe se salió solo de la pared. Yo lo vi cuando acababa de morir...; fui la primera en entrar en la habitación, de hecho.
- Eso parece terrible.
- Lo fue. Espera, déjame descorrer la cremallera. Sí, tenía la cara azul púrpura y los ojos rojos e hinchados por haber intentado inspirar aire. Mi madre estuvo triste durante algún tiempo, pero se recuperó. ¿Te gusta cuando te hago esto?
- Oh, nena, es magnífico.
- Es lo que solía decir papá. Oh, mira lo grande y dura que se te pone. Joe solía ponerse igual.
- ¿Joe?
- Sí. Poco después de que papá muriera mi madre se hizo amiga de un hombre llamado Joe y poco después empezaron a vivir juntos. Como decía, yo tenía unos doce años y Joe solía obligarme a que le hiciera esto. Y luego me hacía daño.
- Lamento oírlo. No te pares.
- No lo haré. La tuya es muy grande. No como la de Joe. La tenía torcida. Tal vez por eso la suya me lastimaba más que la de papá.
- ¿Cómo te libraste de él?
- Oh, no lo hice. Tuvo un accidente.
- ¿De verdad? ¿Otro accidente de granja?
- No. Ya no vivíamos en la granja. Vivíamos en una casa vieja en Lottery Canyon. Mi madre seguía trabajando, pero todo lo que Joe hacía era jugar con su viejo Cadillac..., ya sabes, el que tiene alerones.
- Sí. El del cincuenta y nueve.
- Lo que sea. Siempre estaba arreglándolo. Y siempre me hacía ayudarle...; ya sabes, estar presente y ver lo que hacía y pasarle herramientas y las cosas que pedía. Me enseñó un montón sobre coches, pero si no lo hacía todo bien, me lastimaba.
- Y apuesto a que casi nunca lo hacías todo bien.
- No. Nunca. Ni una sola vez. ¿Cómo demonios lo sabes?
- Una suposición afortunada. ¿Qué le pasó por fin?
- Los viejos frenos del Caddy se estropearon una noche cuando daba una de sus vueltas por la carretera del cañón para ir a la tienda de licores. Se salió y cayó treinta metros.
- ¿Se mató?
- Sí, pero no inmediatamente. Salió despedido y luego el coche le cayó encima. Se rompió las piernas por treinta sitios. Pasó un rato antes de que nadie le echara en falta y tardaron casi una hora en rescatarle. Y dicen que gritaba como un cerdo todo el tiempo.
- Oh.
- ¿Pasa algo?
- Uh, no. En realidad, no. Supongo que se lo merecía.
- Claro que sí. Pero no llegó al hospital. Entró en shock cuando le quitaron el coche de encima y vio lo que quedaba de sus piernas. Murió en la ambulancia. Pero espera..., déjame hacerte esto. Hmmm. ¿Te gusta?
- Oh, Dios.
- ¿Eso significa que sí?
- ¡Será mejor que así lo creas!
- A mi novio le encantaba.
- ¿Novio? Eh, espera un momento...
- No te molestes ahora. Échate para atrás y relájate. Mi ex novio. Muy ex.
- Será mejor que lo sea. No voy a caer en ninguna trampa.
- ¿Trampa? ¿Qué quieres decir?
- Ya sabes...; tú y yo nos enrollamos aquí y tu novio aparece y me despluma.
- ¿Tommy Lee? ¿Entrar aquí? Oh, hey, no pretendía reírme pero Tommy Lee Hampton no aparecerá por aquí ni por ningún otro sitio.
- No me digas que también ha muerto.
- No..., no. Tommy Lee está vivo todavía. Sigue viviendo en la ciudad. Pero apuesto a que desearía no hacerlo. Y apuesto que preferiría haber sido más amable conmigo.
- Yo seré amable contigo.
- Eso espero. Tommy y Tammy...; parecía que estábamos hechos el uno para el otro. A veces Tommy Lee era realmente agradable conmigo. Muchas veces. Pero sólo cuando yo hacía lo que él quería que hiciera. Como esto..., como lo que te estoy haciendo ahora. Me enseñó esto y me enseñó a hacérselo todo el tiempo.
- Puedo entender por qué.
- Sí, pero quería que se lo hiciera en público. Y otras cosas. Como cuando íbamos en el coche quería que yo...; mira, te lo demostraré...
- ¡Oh..., Dios... mío!
- Eso es lo que él decía siempre. Pero quería que se lo hiciera, cuando circulábamos junto a uno de esos grandes camiones para que el conductor pudiera vernos. O junto a un autobús Greyhound. O en un semáforo. O en un ascensor...; ¿quién sabe cuándo iba a pararse y quién entraría cuando se abrieran las puertas? Soy una chica encantadora, ¿no? Pero no soy de ese tipo de chicas. En absoluto.
- Parece que es un psicópata.
- Creo que lo era. Porque si no le hacía lo que quería, entonces se enfadaba y se emborrachaba, y me hacía daño.
- Otro no.
- Sí. ¿Puedes creerlo? Desde luego, tengo una mala suerte total. También le daba a las drogas. Siempre esnifando algo o tragándose una píldora tras otra, siempre intentando meterme en las drogas con él. Quiero decir que bebo un poco, como sabes...
- Sí, sabes acabar con los margaritas.
- Me gusta la sal, pero las drogas son otra cosa. Y él se enfadaba cuando yo le decía que no...; me llamaba Nancy Reagan, ¿puedes creerlo? Y me lastimaba de forma horrible.
- Bueno, al menos lo largaste.
- De hecho, se largó él.
- ¿Encontró a otra chica?
- No exactamente. Tomó un montón de píldoras y se emborrachó una noche y se quedó dormido en la cama con un cigarrillo encendido. Estaba tan borracho y colocado que se quemó la mayor parte del cuerpo antes de despertar.
- ¡Jesús!
- Jesús no tuvo nada que ver..., excepto tal vez en el hecho de que sobreviviera. Quemaduras de tercer grado en el noventa por ciento del cuerpo, dijeron los médicos. Dicen que es un milagro que esté vivo. Si se puede llamar vida a lo que está haciendo.
- Pero ¿qué...?
- Oh, no queda mucho. Es como un muñón vivo de tejido cicatrizado. Parece que está fundido. Ya no puede andar. Apenas puede hablar. No puede mover más que dos o tres dedos de la mano izquierda, y sólo un poquito. Algunos amigos que le conocían dicen que lo tiene bien empleado. Y es lo que digo yo. De hecho, se lo digo en la cara un par de veces a la semana cuando le visito en el hospital.
- ¿Tú... le visitas?
- Claro. No puede alimentarse y las enfermeras agradecen la ayuda. Así que voy de vez en cuando y le doy de comer. ¡Oh, cómo lo odia!
- Apuesto a que sí, sobre todo después de la forma en que te trató.
- Oh, no es eso. Me aseguro de que lo odie. Verás, le pongo cosas en la comida y le hago comerla. Ayer mismo le metí una cucaracha viva en una cucharada de puré de patatas. Se la metí en la boca y le hice masticar. Crunch - crunch, ñam - ñam, crunch - crunch. Tendrías que haber visto las lágrimas..., como un bebé grande. Y entonces yo.... ¿Eh? ¿Qué te pasa? Se te ha pasado el entusiasmo. ¿Qué pasa con...? Eh, ¿adónde vas? Empezábamos a pasarlo bien... Eh, no te vayas... Eh, Bob, ¿qué he hecho mal?... ¿Qué he dicho?... ¡Bob! Vuelve y... Juro..., juro que no comprendo a los hombres.