INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta marino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta marino. Mostrar todas las entradas

El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 1)

La historia que voy a contar es verdadera. Yo respondo personalmente de ello: conocí a todos sus actores y mi relato será lo más fiel posible al sucesivo desarrollo de los acontecimientos que perturbaron y enlutaron a una honorable familia de Dublín. 

A finales del siglo pasado, es decir, a finales de 1790, un tal capitán Barton se instaló en nuestra ciudad, de la que su familia era oriunda. Había servido muy honorablemente en los rangos de la marina real, y durante la guerra de América comandó una fragata. 

Cuando se retiró tenía poco más de cuarenta años y los que le conocían bien estaban de acuerdo en afirmar que era de trato agradable, aunque sujeto a veces a ciertos cambios de humor.

Sea lo que fuere, tenía la reputación de un perfecto gentleman y ni su tono ni sus modales recordaban su historia de marino. Por el contrario, iba siempre elegantemente vestido y se expresaba como un hombre de mundo. Físicamente, era buen mozo, sólido, con un rostro grave, serio, reflexivo, una amplia frente que denotaba una gran inteligencia. De este modo, la perfecta honorabilidad de su nombre, su excelente reputación, así como su fortuna, le daban acceso a los medios más aristocráticos de Dublín.

A pesar de la importancia de sus ingresos, el capitán Barton vivía con sencillez: moraba al sur de la ciudad, en un barrio elegante. El servicio de su casa estaba compuesto por un caballo y un solo sirviente. Se sabía que era ateo, pero su existencia estaba muy lejos de la de un libertino: no practicaba ninguno de los vicios de moda, bebía moderadamente, jamás tocaba las cartas y pasaba la mayor parte de su tiempo en casa, leyendo o soñando. No se le conocían compañeros favoritos como tampoco amigos íntimos, y cuando aceptaba una invitación, se le veía pasear por los salones observando a la gente como un filósofo. Raramente participaba en las conversaciones.

Tenía, pues, la reputación de una persona honesta, ordenada, nada malversadora, poco inclinada a los placeres de la sociedad. Se decía que, dada su prudente conducta, lograría desbaratar las trampas que le tendían las madres con hijas casaderas. Añadían que, por lo que a esto respecta, llegaría a viejo, moriría muy rico y dejaría sus bienes a una obra de caridad.

Pongamos en claro que todos los que se dedicaban a predecir el futuro se equivocaban fundamentalmente en cuanto a las intenciones del excelente capitán Barton. Tuvieron la prueba de ello cuando miss Montague, muchacha cabal y de la mejor sociedad, hizo su entrada en el gran mundo. Esto ocurrió, recuerdo, en casa de la vieja lady L..., tía de miss Montague.

La muchacha era encantadora, y, además, poseía una inteligencia poco común en las jóvenes de su condición. La mimaron, pero su popularidad no pasaba de ahí y, si bien esto halagaba agradablemente su vanidad, no acababa de solucionar sus problemas, y ya empezaba a preguntarse si se convertiría en una solterona. 

En efecto, no poseía nada aparte de sus atractivos personales y ningún pretendiente se le declaraba. Así estaba la situación cuando el capitán Barton le pidió la mano. Es fácil adivinar la sorpresa que esta novedad causó, tanto debido a la pobreza de miss Montague como a la famosa misoginia del antiguo marino.

Naturalmente, lady L... admitió a Barton y extendió por todas partes la noticia de los esponsales: su sobrina aceptó con la sola condición de que el general Montague, su padre, consintiera en ello. El general era aguardado de una semana a otra, de regreso de las Indias. No era equivocado suponer la poca importancia de esta demora, pues el viejo Montague, se decía, sería muy feliz de casar a su hija sin dote, y Barton era muy aceptable como futuro esposo. Así se llegó a considerar al capitán y a la muchacha decididamente prometidos.

En consecuencia, lady L..., que respetaba el viejo código de la costumbre, sacó a su sobrina del torbellino de la vida mundana; es sabido, en efecto, que está muy bien visto enseñar por todas partes a las muchachas casaderas, llevarlas de baile en baile y de fiesta en fiesta hasta que un joven, o un hombre no tan joven, gentleman, se propone desposarlas. A partir de este momento se encierra a la muchacha hasta el día de su boda. 

Sin ser adivino, podemos suponer lo que opinan las damiselas de este trato. Es muy posible que miss Montague no fuera la excepción de la regla y que en el fondo de su corazón maldijera a su tía por alejarla de placeres a los que, a fe mía, empezaba a estimar. Pero como era una chica bien educada, lo aceptó sin protestar. Y desde entonces, Barton tomaba a menudo el camino de la mansión de lady L... A veces almorzaba allí y se le atendía con todos los cuidados con que se trata a un novio... por el miedo a que no cambie de opinión.

Lady L... vivía en una bonita casa situada en el norte de la ciudad, en el lado opuesto al lugar en que vivía el capitán. La distancia que separaba las dos casas era considerable, pero el capitán la recorría, por placer, a pie. Y en particular cuando regresaba a su casa al atardecer. Se marchaba solo, en el calmo anochecer, y tomaba el camino más corto, lo que le obligaba a pasar por una calle nueva, larga y desierta, cuyas casas estaban en su mayoría por terminar.

Una noche, pocos días después de ser admitido oficialmente como novio de miss Montague, el capitán Barton permaneció más tiempo de lo acostumbrado en casa de lady L... Más tarde supe que la discusión había versado sobre cuestiones religiosas y, en especial, sobre las pruebas de la existencia de Dios. Por lo que a esto respecta, Barton mantenía las opiniones de los filósofos franceses ateos y las dos damas no estaban lejos de seguirlo; si bien no compartían totalmente su falta de religión, no veían en ello un motivo suficiente para romper los proyectos matrimoniales. Y, de todas formas, lady L... estaba demasiado empeñada en casar a su sobrina para detenerse ante problemas tan secundarios como entonces le parecían los problemas metafísicos.

La conversación se había desviado hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Ante estos temas, Barton había aplicado el mismo escepticismo distinguido que a los precedentes. En este punto debo decir que el capitán era completamente sincero, que su ateísmo y su incredulidad eran para él como una fe negativa y que, en suma, lo menos curioso de la curiosa aventura que he empezado a relatar, no es realmente el hecho de que le ocurriera precisamente a Barton, que negaba cualquier influencia sobrenatural.

El capitán se retiró bastante más tarde de las doce y se fue solo en la noche. Al fin llegó a la nueva calle de la que he hablado. La atmósfera estaba impregnada de una niebla que la luna hacía lechosa; todo era calma y silencio. Barton sentía una punzante sensación de aventura y hacía sonar sus tacones fuerte y claro sobre el pavimento. Quizá hacía cinco minutos que andaba por la calle desierta cuando oyó un ruido de pasos tras de sí.

Barton era un hombre valiente, muchas veces lo había demostrado, pero es muy incómodo sentirse seguido cuando uno camina, por la noche, en un lugar apartado. Se volvió para ver quién le seguía. Ya lo he dicho, había luna llena y se podían distinguir sin dificultades los objetos en esa pálida luz. Pero Barton no alcanzó a distinguir nada, ni hombre, ni animal, y ni siquiera una forma indefinida.

Por un momento pensó que debía ser el eco de sus propios pasos; quiso experimentarlo y martilló el suelo con el tacón, pataleó. Inútil. El aire de la noche no le devolvía ruido alguno. Podía inquietarse, pero no lo hizo e imaginó simplemente, como persona de carácter que era, que había creído oír algo que en realidad no había oído. No era muy propio de él, pero a falta de mejor explicación, aceptó esta como la más racional y reemprendió el camino. Y volvió a empezar, tap-tap-tap, el ruido de pasos volvía a oírse tras de sí.

El capitán Barton, como era persona bien educada, no renegó y se contentó con aguzar más el oído. Los pasos aumentaban o disminuían según un ritmo muy distinto de la marcha del capitán. Comprendió que no podía tratarse del eco, y furioso a la vez que desconcertado, Barton se volvió de nuevo, pero como la primera vez, la calle estaba totalmente desierta. 

Entonces volvió sobre sus pasos, escrutando cada zona de sombras con la esperanza de descubrir al bromista de mal gusto que se burlaba de esta manera de él y de hacerle sentir el peso del bastón en sus espaldas. Pero fue inútil dar vueltas, girar, buscar; no descubrió nada, absolutamente nada.

Por más racional y librepensador que fuera, el excelente Barton sintió que un ligero terror supersticioso le empezaba a dominar. Esto le desagradaba profundamente, pero nada podía contra la angustia misteriosa e incómoda que ahora le atrapaba por el cuello. Dio media vuelta y reemprendió el camino hacia su casa. El silencio le acompañó hasta que llegó al mismo lugar donde se había detenido anteriormente. Desde allí, los pasos volvieron a oírse. El invisible perseguidor parecía correr como si deseara alcanzar al capitán, que cada vez entendía menos lo que pasaba y se inquietaba más por ello.

Volvió a inmovilizarse, se sentía demasiado incómodo y cedió a las absurdas ganas que tenía de gritar:

—¡Dejaos ver, por todos los diablos! —gritó.

El silencio fue la única respuesta y Barton empezó a dudar seriamente de sus sentidos. Se puso nervioso y tuvo que hacer un violento esfuerzo para no ponerse a correr y continuar caminando al mismo paso. Para mayor alivio, su misterioso seguidor le abandonó al final de la calle, y pudo, sin más problemas, volver a su casa.

Una vez sentado tranquilamente en un buen sillón al lado de la chimenea, en la que quemaba un buen fuego, se puso a reflexionar sobre aquella aventura. Progresivamente recuperaba su equilibrio y determinó que había sido el juguete de una alucinación. Por otra parte, estaba demasiado orgulloso de su incredulidad para aceptar la hipótesis de una intervención sobrenatural.

El capitán se levantó bastante tarde a la mañana siguiente y, saboreando su desayuno, pensaba en su aventura con la indiferencia divertida que a veces sentimos, durante el día, cuando evocamos nuestros temores nocturnos. Su sirviente entró sin hacer ruido —tenía órdenes muy severas a este respecto—, puso cerca de su plato una carta y se retiró tan silenciosamente como había entrado.

Barton observó el sobre unos minutos; no tenía nada de particular, la escritura no le recordaba a nadie, aunque parecía expresamente disfrazada. El capitán dudó unos momentos y luego abrió el sobre y leyó la carta que decía lo siguiente:

«Queremos prevenir al capitán Barton, antiguo comandante del Dolphin, que un gran peligro le amenaza. Si es prudente renunciará a pasar por la calle nueva; de no ser así se arriesga a caer en una trampa. Es importante que el señor Barton haga caso seriamente de esta carta, pues puede temerse cualquier cosa del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS.»

Barton hizo una mueca de incomprensión, se encogió de hombros, volvió a leer la carta y la observó detenidamente. Su examen no le descubrió nada nuevo y el sello que había cerrado el sobre no le reveló ningún indicio; sólo era un trozo de cera con la huella de un pulgar.

El capitán, incitado por este desagradable misterio, elaboró mil suposiciones. Realmente no se imaginaba quién podía haber escrito esta incoherente misiva, cuyo autor, al mismo tiempo que le ponía en guardia, le daba a entender que era a él, el firmante, a quien debía temer. Por otra parte, el hecho de que el mensaje le recordara su penosa aventura nocturna acababa por inquietar al excelente Barton. No obstante, no dijo nada de ello a nadie, ni siquiera a su prometida. Podemos suponer con toda lógica que era su orgullo de librepensador el que le hacía callar. 

El capitán Barton podía suponer que, después de sus profesiones de fe de ateísmo, de racionalismo y de librepensamiento, miss Montague tendría fundamento para burlarse de sus terrores nocturnos y del miedo supersticioso que se amparaba de él cuando pensaba en la carta del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Y no quería ser el objeto de las burlas de la muchacha, primero porque tenía fama de criticona y luego porque ello habría disminuido, sin duda, el prestigio del futuro esposo.

Con el transcurso del tiempo, acabó por considerar todo aquello como una broma de mal gusto, aunque, no obstante, no podía volver a encontrar la tranquilidad de espíritu que, no hacía mucho, le era propia. Por otra parte, durante muchos días, evitó la nueva calle... Una semana más tarde, aconteció un nuevo incidente que despertó en Barton las desagradables sensaciones que había sufrido.

Aquella noche volvía del teatro, había acompañado a lady L... y a su sobrina al coche y caminaba en compañía de algunas personas conocidas. Se despidió de ellas cerca de los austeros edificios de la Universidad y continuó solo el camino. Quizá era la una de la madrugada; todo estaba quieto y desierto alrededor de Barton, que andaba de prisa. 

Ya antes de despedirse de sus compañeros había tenido la impresión de que le seguían. Furtivamente había mirado hacia atrás, más o menos consciente de que aquello volvía a empezar, que volvería a ser perseguido sin saber por quién. Esperaba ver algo, lo que le habría tranquilizado, pero no había visto nada.

Y ahora que estaba solo, se sentía cada vez más nervioso, cada vez más aterrorizado. Dado que el ruido de pasos era cada vez más fuerte, más insistente. Durante todo el rato que siguió a los muros que rodean el parque de la Universidad, los pasos le siguieron. Muchas veces se volvió sin ver tras de sí nada más que el creciente de luna que parecía provocarle.

Barton estaba bajo una tensión nerviosa tan intolerable que incluso cuando llegó a su casa no pudo calmarse y permaneció en pie toda la noche, recorriendo su mesa de trabajo de arriba abajo. 

Hasta el amanecer no se acostó; durmió muy mal, con un pesado sueño entrecortado por horribles pesadillas, y fue despertado por su sirviente, que le traía el correo. Una de las cartas llamó su atención; conocía demasiado bien la escritura del sobre. La abrió temblando:

«Os será tan difícil huir de mí como de vuestra sombra. Os veré tantas veces como me plazca, cuando y allí donde yo quiera, y no podréis hacer nada para evitarlo. Y también usted, capitán Barton, me verá: no me escondo como parece que creéis. De todas formas, esto no debe impediros dormir, ya que si tenéis la conciencia tranquila, ¿por qué habríais de tener miedo del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS?»

Me parece completamente inútil insistir sobre lo que debería pensar en estos momentos el excelente Barton. Durante los siguientes días, la gente se dio cuenta de que el capitán parecía terriblemente sombrío y preocupado, y ello se atribuyó a su futura boda y a la angustia que podría sentir por pensar en su casi difunta tranquilidad de soltero. Naturalmente se equivocaban, y era desconocer por completo a Barton atribuirle estas absurdas ideas, pero la explicación pareció suficiente y no se habló más de ello.

En cuanto a la causa de estas suposiciones gratuitas, estaba terriblemente preocupado, pues se decía si era posible hacer el ruido de pasos gracias a una ilusión cualquiera de los sentidos debida, por ejemplo, a un abuso de té verde; de todos modos, tenía que ser una mano tan real como malévola la que escribió las dos cartas. 

Y, por otra parte, el hecho de que las cartas en cuestión llegaran inmediatamente después del ruido de pasos parecía algo más complicado que una pura y simple coincidencia. Cuando pensaba en ello, Barton se acordaba confusamente de ciertos episodios de su vida pasada que asociaba, a pesar de todo, a la inexplicable serie de acontecimientos que se cernían sobre él.

Felizmente (¿es exacta la palabra?) para el pobre hombre, un importante asunto llegó en el momento adecuado para distraerle, junto con la idea de su próximo matrimonio, de una preocupación que amenazaba con convertirse en idea fija. Se trataba de un asunto inmobiliario que se demoraba desde hacía tiempo y que, de repente, parecía que iba a resolverse muy de prisa. De este modo, Barton se encontró sumergido en un torbellino de visitas, de gestiones, de reivindicaciones que lo alejó de sus problemas. Su mal humor cedió el puesto a su acostumbrada ecuanimidad.

No obstante, durante este feliz período, volvió a escuchar los pasos que no hacía mucho le habían trastornado, pero como sólo se oían débilmente y no recibió ninguna carta, se rió de sus antiguos terrores y se ocupó únicamente de las cosas serias.

No conozco mucho a Barton, pero teníamos un amigo común que era diputado, y una noche nos dirigimos los tres al Parlamento. Esta fue una de las raras veces que tuve ocasión de encontrarme con el capitán. Parecía preocupado y contestaba al margen las preguntas que le hacía el diputado respecto a su asunto. Lanzaba furtivas miradas hacia atrás y mantenía una hosca expresión. Mucho más tarde, me enteré de que había oído los misteriosos pasos que le siguieron a lo largo de nuestro camino. También supe que en aquella ocasión, por última vez, fue la desgraciada víctima de aquella persecución.

Pero esto lo supe el mismo día, y no comprendí en absoluto de qué podía tratarse. Llegábamos a los alrededores de la Universidad cuando un individuo, al que recuerdo muy mal, se acercó a nosotros murmurando algo sin cesar. Me acuerdo de que era bajo, de que parecía extranjero y de que llevaba un gorro de marino de piel y de que lo tomé por un loco al ver la extrema agitación que parecía poseerle. El hombre se dirigió a Barton, se detuvo ante él, lo miró malévolamente y luego se marchó a paso rápido. 

Lo que me sorprendió de esta escena no fue tanto el físico vulgar del individuo ni su insolencia ante el capitán, sino la especie de impresión malhechora y peligrosa que se desprendía de su persona. Pero, e insisto en este punto para que se me entienda bien, todo esto me afectó muy poco... como si esta maledicencia y peligro no me concernieran lo más mínimo. Sólo me quedaba la impresión de haberme encontrado con un enfermo mental.

Por ello me quedé muy sorprendido del efecto que este encuentro había producido en el bueno de Barton, del que conocía su reputación de valiente y de persona con sangre fría. Se puso a temblar de arriba abajo, me cogió del brazo y dio un paso atrás cuando el otro se detuvo ante él. Los dedos del capitán se hundían en mi carne; me hacía un daño espantoso. El desconocido se marchó, Barton me soló, se lanzó tras de él, pareció cambiar de idea y se sentó en un banco. Una espantosa expresión de horror dominaba sus rasgos.

Nuestro amigo, el diputado, se precipitó hacia él:

—Por todos los diablos, amigo mío, ¿qué os sucede? ¿No os encontráis bien?

Barton pareció no oírle, y murmuró:

—¿Qué decía? ¿Qué decía? No le pude oír...

El miembro del Parlamento se encogió de hombros:

—Me pregunto qué pueden importarnos las palabras de este individuo; está completamente loco, es evidente, y usted, Barton, no está bien. Voy a llamar un coche...

El capitán hacía visiblemente grandes esfuerzos para recuperar su equilibrio y, cuando habló, fue con una voz casi anormal:

—Ya ha pasado, amigos míos, estoy mucho mejor... ¡Demasiado trabajo por culpa de este asunto de propiedades! No sé lo que me ha pasado. Los nervios, sin duda. Continuemos el camino.

El diputado se negó e invitó a Barton a volver a su casa para descansar. Nosotros lo podíamos acompañar, si lo deseaba. Insistí en este sentido, ya que, además, el capitán parecía dispuesto a dejarse convencer. No obstante, rehusó nuestra proposición de acompañarlo hasta la puerta de su casa y se marchó solo, todavía con pasos inseguros.

Como quizá se ha adivinado leyendo mi relato, mis relaciones con el miembro del Parlamento no eran tan familiares como para hablar de la curiosa aventura de la que acabábamos de ser testigos, pero me di cuenta, por el aire que tenía, que estaba tan intrigado como yo y que las torpes justificaciones del capitán no le habían convencido más que a mí. Por lo que a mí respecta, la cosa no me parecía nada clara.

Por educación, al día siguiente visité a Barton para preguntar por su salud. Cuando interrogué a su sirviente, me dijo que estaba todavía en cama, pero que consideraba que iba a curarse muy pronto. El mismo día, el capitán hizo llamar a un célebre médico, el doctor Rowlands. Más tarde me explicaron que la consulta fue bastante curiosa.

(CONTINUARÁ...)

Por favor no me hagas daño - Paul Wilson

 
- Tienes una casa muy bonita.
- Es una porquería. Puedes decirlo..., no importa. ¿Seguro que no quieres una cerveza o algo?
- Encanto, todo lo que quiero eres tú. Ven y siéntate a mi lado. Aquí, en el sofá.
- Muy bien. Pero no me harás daño, ¿verdad?
- Vamos, querida... Tu nombre es Tammy, ¿no?
- Tammy Johnson. Te lo he dicho al menos tres veces en el bar.
- Eso es. Tammy. No recuerdo bien las cosas después de haber bebido unas cuantas copas.
- Yo también bebí bastante y recuerdo tu nombre. Bob. ¿Eh?
- Eso es, eso es. Bob. Pero ¿por qué querría nadie lastimar a una dulce joven como tú, Tammy? Ya te dije en el bar que te pareces a esa actriz de nombre raro. La de Ghost.
- Whoopi Goldberg.
- Oh, sí que eres graciosa. Graciosa y hermosa. No, la otra.
- Demi Moore.
- Sí. Demi Moore. ¿Por qué querría nadie hacer daño, a alguien que se parece a Demi Moore? Sobre todo después de que me invitaste a venir a tu casa.
- No sé por qué. Nunca sé por qué. Pero parece que los hombres acaban siempre haciéndome daño.
- Yo no, Tammy. Ni hablar. Ése no es mi estilo. Soy amante, no luchador.
- ¿Cómo es que eres marino, entonces? ¿No me dijiste que estuviste en la guerra del Golfo?
- Así fueron las cosas. Pero no dejes que el uniforme te asuste. Soy amante de corazón.
- ¿Me amas?
- Si me dejas.
- Mi padre decía que me amaba.
- Oh, no creo que esté hablando de ese tipo de amor.
- Bien. Porque no me gusta. Él decía que me amaba y luego me hacía daño.
- A veces los niños necesitan un cachete de vez en cuando. Sé que mi padre me amaba, pero de vez en cuando me salía de la raya, como un clavo que empieza a soltarse de una valla, y entonces tenía que zurrarme para que volviera a mi sitio. No creo que sea peor por ello.
- No hablo de «cachetes», marinero. Si quisiera hablar de «cachetes” lo diría. Estoy hablando de hacer daño. Mi padre me lastimó muchas veces. Y lo hizo durante mucho, mucho tiempo.
- ¿Sí? ¿Y qué hacía para lastimarte?
- Cosas. Y me obligaba a hacer cosas todo el tiempo.
- ¿Qué tipo de cosas?
- Sólo... cosas. Le tenía que hacer cosas. Cosas para hacerle sentir bien. Luego me hacía cosas que decía me harían sentir bien, pero me hacían sentirme sucia y pegajosa.
- Oh. Bueno; ¿no se lo dijiste a tu madre?
- Claro que sí. Muchas veces. Pero nunca me creía. Siempre me decía que dejara de decir cosas sucias y entonces me pegaba y me lavaba la boca con jabón.
- Eso es terrible. Pobrecita. Ven. Apretújate contra mí. ¿Qué tal?
- Bien, supongo, pero lo que era peor es que mi madre se lo decía a papá y entonces él se enfadaba y me lastimaba de verdad. A veces era tan malo que yo pensaba en matarme. Pero no lo hice.
- Ya lo veo. Y me alegro de que no lo hicieras. Qué despilfarro habría sido.
- No quiero hablar de mi padre. Ya no está y apenas pienso en él.
- ¿Se marchó?
- No. Está muerto. Y bien muerto. Tuvo un accidente en nuestra granja, hará unos siete años. Cuando yo tenía doce o así.
- Es una lástima..., creo.
- La gente dijo que fue un accidente muy extraño. El gran neumático del tractor, que llevaba años guardado en el granero, se soltó y le cayó en la cabeza. Le rompió el cuello por tres sitios.
- Vaya. Luego hablan de estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno.
- Sí. Mi madre decía que alguien tenía que haber empujado el neumático, pero recuerdo que oí al hombre de la compañía de seguros decir cuántos accidentes hay en las granjas. Accidentes malos. De todas formas, papá vivió unas cuantas semanas en el hospital y luego murió.
- Vaya. Pero hablemos de nosotros. ¿Por qué no...?
- Nadie pudo explicarlo. La máquina que respiraba por él se desconectó. El enchufe se salió solo de la pared. Yo lo vi cuando acababa de morir...; fui la primera en entrar en la habitación, de hecho.
- Eso parece terrible.
- Lo fue. Espera, déjame descorrer la cremallera. Sí, tenía la cara azul púrpura y los ojos rojos e hinchados por haber intentado inspirar aire. Mi madre estuvo triste durante algún tiempo, pero se recuperó. ¿Te gusta cuando te hago esto?
- Oh, nena, es magnífico.
- Es lo que solía decir papá. Oh, mira lo grande y dura que se te pone. Joe solía ponerse igual.
- ¿Joe?
- Sí. Poco después de que papá muriera mi madre se hizo amiga de un hombre llamado Joe y poco después empezaron a vivir juntos. Como decía, yo tenía unos doce años y Joe solía obligarme a que le hiciera esto. Y luego me hacía daño.
- Lamento oírlo. No te pares.
- No lo haré. La tuya es muy grande. No como la de Joe. La tenía torcida. Tal vez por eso la suya me lastimaba más que la de papá.
- ¿Cómo te libraste de él?
- Oh, no lo hice. Tuvo un accidente.
- ¿De verdad? ¿Otro accidente de granja?
- No. Ya no vivíamos en la granja. Vivíamos en una casa vieja en Lottery Canyon. Mi madre seguía trabajando, pero todo lo que Joe hacía era jugar con su viejo Cadillac..., ya sabes, el que tiene alerones.
- Sí. El del cincuenta y nueve.
- Lo que sea. Siempre estaba arreglándolo. Y siempre me hacía ayudarle...; ya sabes, estar presente y ver lo que hacía y pasarle herramientas y las cosas que pedía. Me enseñó un montón sobre coches, pero si no lo hacía todo bien, me lastimaba.
- Y apuesto a que casi nunca lo hacías todo bien.
- No. Nunca. Ni una sola vez. ¿Cómo demonios lo sabes?
- Una suposición afortunada. ¿Qué le pasó por fin?
- Los viejos frenos del Caddy se estropearon una noche cuando daba una de sus vueltas por la carretera del cañón para ir a la tienda de licores. Se salió y cayó treinta metros.
- ¿Se mató?
- Sí, pero no inmediatamente. Salió despedido y luego el coche le cayó encima. Se rompió las piernas por treinta sitios. Pasó un rato antes de que nadie le echara en falta y tardaron casi una hora en rescatarle. Y dicen que gritaba como un cerdo todo el tiempo.
- Oh.
- ¿Pasa algo?
- Uh, no. En realidad, no. Supongo que se lo merecía.
- Claro que sí. Pero no llegó al hospital. Entró en shock cuando le quitaron el coche de encima y vio lo que quedaba de sus piernas. Murió en la ambulancia. Pero espera..., déjame hacerte esto. Hmmm. ¿Te gusta?
- Oh, Dios.
- ¿Eso significa que sí?
- ¡Será mejor que así lo creas!
- A mi novio le encantaba.
- ¿Novio? Eh, espera un momento...
- No te molestes ahora. Échate para atrás y relájate. Mi ex novio. Muy ex.
- Será mejor que lo sea. No voy a caer en ninguna trampa.
- ¿Trampa? ¿Qué quieres decir?
- Ya sabes...; tú y yo nos enrollamos aquí y tu novio aparece y me despluma.
- ¿Tommy Lee? ¿Entrar aquí? Oh, hey, no pretendía reírme pero Tommy Lee Hampton no aparecerá por aquí ni por ningún otro sitio.
- No me digas que también ha muerto.
- No..., no. Tommy Lee está vivo todavía. Sigue viviendo en la ciudad. Pero apuesto a que desearía no hacerlo. Y apuesto que preferiría haber sido más amable conmigo.
- Yo seré amable contigo.
- Eso espero. Tommy y Tammy...; parecía que estábamos hechos el uno para el otro. A veces Tommy Lee era realmente agradable conmigo. Muchas veces. Pero sólo cuando yo hacía lo que él quería que hiciera. Como esto..., como lo que te estoy haciendo ahora. Me enseñó esto y me enseñó a hacérselo todo el tiempo.
- Puedo entender por qué.
- Sí, pero quería que se lo hiciera en público. Y otras cosas. Como cuando íbamos en el coche quería que yo...; mira, te lo demostraré...
- ¡Oh..., Dios... mío!
- Eso es lo que él decía siempre. Pero quería que se lo hiciera, cuando circulábamos junto a uno de esos grandes camiones para que el conductor pudiera vernos. O junto a un autobús Greyhound. O en un semáforo. O en un ascensor...; ¿quién sabe cuándo iba a pararse y quién entraría cuando se abrieran las puertas? Soy una chica encantadora, ¿no? Pero no soy de ese tipo de chicas. En absoluto.
- Parece que es un psicópata.
- Creo que lo era. Porque si no le hacía lo que quería, entonces se enfadaba y se emborrachaba, y me hacía daño.
- Otro no.
- Sí. ¿Puedes creerlo? Desde luego, tengo una mala suerte total. También le daba a las drogas. Siempre esnifando algo o tragándose una píldora tras otra, siempre intentando meterme en las drogas con él. Quiero decir que bebo un poco, como sabes...
- Sí, sabes acabar con los margaritas.
- Me gusta la sal, pero las drogas son otra cosa. Y él se enfadaba cuando yo le decía que no...; me llamaba Nancy Reagan, ¿puedes creerlo? Y me lastimaba de forma horrible.
- Bueno, al menos lo largaste.
- De hecho, se largó él.
- ¿Encontró a otra chica?
- No exactamente. Tomó un montón de píldoras y se emborrachó una noche y se quedó dormido en la cama con un cigarrillo encendido. Estaba tan borracho y colocado que se quemó la mayor parte del cuerpo antes de despertar.
- ¡Jesús!
- Jesús no tuvo nada que ver..., excepto tal vez en el hecho de que sobreviviera. Quemaduras de tercer grado en el noventa por ciento del cuerpo, dijeron los médicos. Dicen que es un milagro que esté vivo. Si se puede llamar vida a lo que está haciendo.
- Pero ¿qué...?
- Oh, no queda mucho. Es como un muñón vivo de tejido cicatrizado. Parece que está fundido. Ya no puede andar. Apenas puede hablar. No puede mover más que dos o tres dedos de la mano izquierda, y sólo un poquito. Algunos amigos que le conocían dicen que lo tiene bien empleado. Y es lo que digo yo. De hecho, se lo digo en la cara un par de veces a la semana cuando le visito en el hospital.
- ¿Tú... le visitas?
- Claro. No puede alimentarse y las enfermeras agradecen la ayuda. Así que voy de vez en cuando y le doy de comer. ¡Oh, cómo lo odia!
- Apuesto a que sí, sobre todo después de la forma en que te trató.
- Oh, no es eso. Me aseguro de que lo odie. Verás, le pongo cosas en la comida y le hago comerla. Ayer mismo le metí una cucaracha viva en una cucharada de puré de patatas. Se la metí en la boca y le hice masticar. Crunch - crunch, ñam - ñam, crunch - crunch. Tendrías que haber visto las lágrimas..., como un bebé grande. Y entonces yo.... ¿Eh? ¿Qué te pasa? Se te ha pasado el entusiasmo. ¿Qué pasa con...? Eh, ¿adónde vas? Empezábamos a pasarlo bien... Eh, no te vayas... Eh, Bob, ¿qué he hecho mal?... ¿Qué he dicho?... ¡Bob! Vuelve y... Juro..., juro que no comprendo a los hombres.

El cambio marino - Jean Cox

 Dejó su coche aparcado al borde del risco, que tenía unos sesenta metros de caída antes de acabar en el mar. Se detuvo junto a él, mirando hacia abajo. Un solo paso bastaría. Se precipitaría por los aires en una lenta voltereta (eso suponía) y se estre­llaría sobre la arena que había justo debajo, con un resonante y desagradable golpe..., el único golpe que él podía dar.

Pero no, no había ido hasta allí para eso. No exactamente. Tendría que encontrar un modo más lento de bajar hasta el agua. Así lo hizo, abrién­dose paso cautelosamente (para no caerse y hacer­se daño) por un camino tortuoso y difícil, man­chándose los zapatos de barro, hasta llegar a la playa. Se detuvo sobre la arena, al borde del agua, y miró a su alrededor. Sí, aquél era el lugar. Su padre había ido allí diez años atrás y se había ahogado.

James Gordon había sido feliz en su matrimo­nio y tenido mucho éxito con las mujeres; había gozado de dinero, salud y un amplio respeto social, y fue famoso en más de una especialidad en la investigación científica: biología marina y bioquí­mica, predominantemente. Todo lo que hizo fue un éxito, e hizo muchas cosas. Y, sin embargo, había ido a aquella playa solitaria una mañana cualquie­ra, llevando consigo ciertas jarras de cristal y bo­tellas, la evidencia visible de una vida de trabajo. Había destapado las botellas y jarras, y, cogiéndolas delicadamente entre los brazos, se había intro­ducido en el agua, devolviendo su contenido y su persona al mar. Su cuerpo nunca fue hallado.

Y ahora el hijo y homónimo de aquel hombre había acudido allí para seguir sus pasos. El se­gundo James Gordon no había sido tan afortunado como el primero, ni en el amor ni en el trabajo. Indudablemente, no lo fue en lo primero. Y, aunque tuvo buen cuidado de no seguir la línea de su padre (era asistente social, a pesar de que nunca había conseguido hacer mucho bien a nadie), había sido eclipsado por él. Todo el mundo había establecido la inevitable comparación entre su falta de éxito y la brillante carrera de su padre..., una carrera que fue truncada, era verdad, por aquel obscuro signo de interrogación que le puso término, pero que al pa­recer sólo servía para hacerlo más interesante y digno de comentarios. Y él mismo había estable­cido la comparación con más frecuencia que cual­quier otro. Por lo menos, lo había hecho hasta poco tiempo atrás, cuando se había presentado a la elec­ción de concejal, siendo vergonzosamente derrotado por un oponente más viejo que, además de burlarse de su juvenil idealismo –sus elevados ideales de cooperación social, su odio hacia la soledad y ais­lamiento de la sociedad moderna, la indiferencia que siente todo el mundo hacia los demás hom­bres–, había popularizado aquella comparación que sólo estuviera confinada a su pequeño círculo de amigos y asociados. El público había demostrado su adhesión al desdén de su oponente dándole el me­nor número de votos recibido por cualquier can­didato en la historia de la ciudad. Le habían de­mostrado lo que era la indiferencia, y lo que podía ser la soledad y el aislamiento. Bueno, él les de­mostraría que por lo menos podía hacer una cosa que su padre había hecho, y exactamente igual de bien.

Repasó estos pensamientos sin examinarlos –le eran muy familiares–, mientras contemplaba la in­mensidad del mar, de agua color pizarra surcada por la tiza, pero sin nada escrito que él pudiera leer. Un pájaro pasó volando junto a él. Lo siguió con la vista y vio la manchita blanca de una vela en el horizonte, destacándose claramente sobre la mezcla de tristeza y alegría del paisaje marino. La miró con dolorosa nostalgia. De pronto se sumer­gió y desapareció, como si se hubiera desvanecido debajo de las olas, y volvió a encontrarse solo. So­plaba mi viento frío procedente del agua y se estre­meció, con las manos hundidas en los bolsillos, como un jovencito. Pero el tiempo transcurría..., pues el semicírculo de pálida arena sobre el que estaba era lentamente eclipsado por el obscuro cuer­po del agua.

Empezó a arrancarse la ropa, con la intención de quedar desnudo..., ¿por qué no?, y tiró las di­versas prendas en un patético montón sobre la are­na. Se introdujo en el agua, que no estaba tan fría como había temido, y siguió avanzando hasta que le llegó a la cintura; entonces empezó a nadar. Na­daba bastante bien, sumergiendo la cara y levan­tándola a cada brazada, teniendo cuidado de no tragar demasiada agua. Su plan era nadar hacia dentro hasta alcanzar el límite de su resistencia, y entonces..., entonces ya estaría hecho. Miró hacia atrás una o dos veces y vio su coche encima del risco. ¡Qué amistoso parecía! Pero aquello era de­bilidad. Siguió nadando.

Tardó menos tiempo del que suponía en sen­tirse cansado. Aún no estaba lo suficientemente le­jos de la costa. También quería asegurarse de que su cuerpo nunca fuera hallado. Siguió nadando, resueltamente. El cansancio dé sus brazos y piernas se incrementó, lentamente al principio. El pecho em­pezó a dolerle. Jadeó. Las olas rompieron sobre su cabeza. Echó agua por la boca. Pero siguió nadan­do. Al poco rato, sus brazos estaban demasiado perezosos para moverse, demasiado pesados para levantarse. No podía seguir nadando; lo más que podía hacer era flotar. Lo hizo durante unos minu­tos, y después se hundió. Volvió a salir un mo­mento, respiró con fuerza, se hundió de nuevo... y de nuevo, tratando convulsivamente de llegar a la superficie. No era consciente de ninguna deses­perada voluntad de vivir por la vida misma, como supuestamente ocurría siempre, en ese último mo­mento. Lo único que quería era escapar al dolor y el inmediato horror de la asfixia. Y quería esca­par al pánico. Pero nada de eso era posible. Los pulmones le ardían, tenía los miembros torturados por las constantes olas. Estaba empezando a inge­rir agua. Era muy doloroso, como tragar piedras. El pánico aumentó y a medida que lo hacía, la parte de su consciencia que era indiferente acentuó esta actitud. Contempló con desinteresada lucidez cómo él mismo se debatía en la cercana obscuridad, observando remotamente que aquello era el final de la historia de su vida. Acababa de escribir finís al pie de su autobiografía.

 

Se movió, sonrió y miró a su alrededor, como un Adán al despertarse. Era por la mañana..., una hermosa mañana; la luz se filtraba a través del agua y ondeaba y fluctuaba en la superficie, no muy por encima de su cabeza..., y él yacía desnudo, pero cómodamente, en una especie de lecho de pie­dra en el fondo del mar. Se movió y desperezó y descubrió con agradable sorpresa que no necesitaba aspirar aire. Y al moverse, cosa que hizo sin dificultad en el agua, realizó un nuevo descubri­miento. Tenía algo sujeto a la espalda, entre los omoplatos: una aleta de color obscuro y aspecto correoso, de unos cuarenta centímetros de largo; parecía un pez raya, pensó, por lo que él alcan­zaba a ver. Estaba fuertemente unida a él –notaba algo de tirantez en aquel punto– y, sin embargo, no sintió repugnancia ni miedo. Vio que se hin­chaba y deshinchaba lentamente, como si estuviera respirando... respirando por él, naturalmente. Este pensamiento parecía tener la fuerza de una per­cepción. Estaba extrayendo oxígeno del agua e in­yectándolo directamente en su circulación sanguí­nea. Sin duda alguna, era algo maravilloso, pero no una maravilla excitante. Al contrario, se sentía tranquilo, profundamente tranquilo, como si hubie­ra tomado un sedante particularmente fuerte. Sin­tió... sí, incluso sintió una especie de gratitud hacia su amigo. Pero se preguntó, sin demasiado interés, qué esperaba de él..., pues aquélla debía de ser una de esas relaciones simbióticas que a veces se leen en los libros. Supuso que no tardaría en averi­guarlo.

Se alejó del lecho de piedra, flotó, nadó en un elegante círculo. Aquel edén submarino era muy hermoso. El paisaje estaba dominado por rocas de muchos tamaños y formas, moteadas y estriadas con tintas suaves y de colores claros, con los bor­des suavizados por una desigual aunque frondosa vegetación y por las cambiantes luces y sombras que jugaban entre ella. Muchas especies de peces, ninguna de las cuales fue capaz de identificar, na­daban por todas partes, algunas muy cerca de él, como si no tuvieran miedo a nada. Como Adán, hubiera tenido que darles un nombre. Se sentía enormemente animado, confiado y expectante, como si aquello fuera el principio del mundo.

Se fijó en algunos objetos extraños aquí y allí, como pequeñas lunas diseminadas entre las cons­telaciones de las estrellas de mar. Había almejas de diversos tamaños; algunas muy grandes y otras realmente enormes: treinta centímetros, sesenta, noventa e incluso un metro de diámetro. Fue de una a otra, dando curiosos golpecitos sobre las conchas. Seguramente no eran una característica de la vida marina. No muy lejos, apoyada casi verticalmente en un saliente rocoso, estaba lo que a primera vista parecía una gran piedra circular, pero que, al acercarse, descubrió que era una almeja aún más grande que las otras..., de unos dos metros y medio de diámetro, con incrustaciones de coral y adornos de sensitivas anémonas de mar. ¿Qué clase de perla podía contener? Tocó la rendija del borde, pasó el dedo por él y experimentó una emo­ción anticipada... ¿de admiración?, ¿de miedo a que la concha se abriera?, ¿o de qué? Apartó la mano y retrocedió un poco, contemplando la enorme con­cha. Allí se escondía algún misterio. ¿Qué podía significar?

Cuando se lo estaba preguntando, un pez, es­belto y largo como una flecha, pasó nadando entre él y el enorme molusco. Su asombrada mirada si­guió su trayectoria y vio que se detenía, como si señalara hacia un lugar no lejos de él, donde el esqueleto de un hombre se hallaba sentado en una especie de trono natural. El esqueleto de un hom­bre ahogado, probablemente. Era extraño que no lo hubiera visto antes, pues debía de haber pasado muy cerca de él una o dos veces. El pez con forma de flecha salió repentinamente disparado hacia de­lante, tocó el esqueleto y se alejó nadando. Y vio que otros peces nadaban hacia él, tocándolo ligeramente y apartándose en seguida, y que una luz lí­quida, procedente de algún movimiento del agua de la superficie, jugaba a su alrededor. El también nadó hacia allí y, al acercarse, supo lo que era. El esqueleto de su padre. El pensamiento se le pre­sentó tan fácil y naturalmente que pareció evidente, como un reconocimiento. Se agachó delante del es­queleto, en una postura que resultaba cómoda en el agua, y lo examinó.

"Mi padre yace a cinco brazas de profundidad." Bueno, no exactamente. "De sus huesos se hace el coral." No exactamente, tampoco, a pesar de que había, aquí y allí, muchas pequeñas protuberan­cias: moluscos, o percebes, supuso; no estaba se­guro. "Esto son las perlas que fueron sus ojos." Ciertamente no, aunque, mirándolos de cerca, ha­bía algo... en la calavera, como si fueran ojos. Qui­zá lo fueran. Los ojos, por ejemplo, de alguna es­pecie de pez que hubiera utilizado la cuenca vacía como alojamiento.

 

No hay nada en él que se marchite,

Pero sí sufre un cambio marino,

Y se convierte en algo distinto y extraño.

 

Así era, en efecto. Empezó a darse cuenta de que el esqueleto estaba lleno de criaturas marinas, como, por otra parte, era de esperar. Habían es­tablecido su residencia en el cráneo, la caja de las costillas y el resto del cuerpo. Un fleco que parecía una barba, de algas marinas y quizá de los flecos que cuelgan debajo de las medusas, caía en cas­cada desde dentro del cráneo y sobre parte del pecho, dando al esqueleto una apariencia patriar­cal. Era como un collage. Los peces no dejaron de acercarse mientras él lo contemplaba, dándole inquisitivos y curiosos golpecitos.

También vio que una red de fibras salía o entra­ba en el cráneo, así como en la cavidad pectoral y la región pélvica; y vio que esas fibras pálidas o blancas, no sabía si eran de materia vegetal o ani­mal, corrían a lo largo de los brazos y piernas, hasta los pies y las manos. Una de las Manos, la izquierda, reposaba sobre la roca con aspecto de trono que ha­bía cerca de él. Experimentalmente, la tocó y levantó. Los huesos de la mano y el brazo estaban intactos. Los huesudos dedos, que antes estaban extendidos, se cerraron ligeramente sobre sus dedos carnosos, con una pequeñísima presión. Un efecto de la gra­vedad, naturalmente, pero bastante desagradable. Se alejó unos centímetros, sin soltar los blancos dedos, tirando de ellos. La mano y el brazo permanecieron intactos e inmóviles a medida que el esqueleto se in­clinaba hacia delante y cambiaba de posición como resultado del tirón. Retrocedió un poco más y el esqueleto fue impulsado hacia delante hasta quedar levantado. Entonces soltó la mano, pero la efigie se mantuvo en pie, con el brazo lánguidamente extendido. E incluso avanzó uno o dos pasos, como por iner­cia, o para recobrar el equilibrio.

El y el esqueleto permanecieron cara a cara como en un cuadro inmóvil. Algo latió dentro de la caja torácica del esqueleto... y él sintió algo que latía dentro de su propia caja torácica, frenéticamente, como si quisiera salir de ella. Su corazón. La mano del esqueleto se movió, con la palma extendida hacia él, como en una llamada, como si dijera: "No te asustes". Y no estaba asustado. Su corazón se tran­quilizó, como si hubiera entrado en contacto con al­guna cosa apacible y sedante.

El esqueleto se encontraba a un metro y medio de él. Vio que, efectivamente, estaba lleno de criatu­ras marinas que le daban vida. Las veía moverse, culebrear, agitar ligeramente el agua y mantener la estructura en una posición erguida. Quizá las fibras también se hubieran relajado o contraído. El brazo blanco volvió a moverse, en un gesto que hubiera tenido, si Gordon lo hubiese hecho, el crudo signifi­cado de una señal de tráfico, pero que en aquel mo­mento fue casi irresistiblemente expresivo: "Cuando llegó aquél cuya concha y forma llevamos, trajo con­sigo las semillas y esporas, los juicios vivificantes". Estas palabras sonaron en la voz del propio Gordon, pero vacilantemente, como si estuviera leyendo en voz alta, o traduciendo de un texto extranjero. Su voz añadió, en un tono más tranquilo, más familiar y fluido: "¿El? ¿Cuándo llegó él? Debe referirse a mi padre. Me pregunto si sabe..." Un pez pasó nadando, observándole: "Te reconocemos". El esqueleto ex­tendió ambos brazos, indicando... ¿el terreno circun­dante? No, los bancos de peces que flotaban y nada­ban, la fecunda vida marina, que súbitamente flore­ció, apareció en un despliegue acuático de su núme­ro y diversidad y se arremolinó un momento alrede­dor de ellos, desapareciendo poco después. "Y así surgió –declaró el esqueleto– eso que ves, eso tan armonioso, la colmena."

La mano blanca hizo un ligerísimo gesto, y él fue consciente de la aleta de su espalda. Le reclamaban algo, como si dijeran: "Te damos la vida". Le necesi­taban. Pero ¿para qué? El esqueleto alzó una mano, separó los dedos. "Necesitamos tus manos, tu fuer­za y habilidad." El esqueleto se acercó aún más y, alargando el brazo, le tocó ligeramente en el pecho. "Se necesita tu sangre caliente." ¿Su sangre? Debía ser porque... "Porque su calor continuo hace posible tu... tu inteligencia individual." ¿Eso era todo? Gor­don percibía algo más, algo que no se había dicho, como una gran laguna. Pero no pudo deducir de qué se trataba, qué podía ser, a pesar de que intentó saberlo por la postura del esqueleto, su gesto y los alrededores.

La mano volvió a moverse. "Ven y lo verás." Nadaron juntos, el esqueleto con una elegancia espectral, y le fue mostrada la colmena. Mientras nadaban, Gordon examinó al otro, al collage. No era su padre, naturalmente; no había creído que lo fue­ra. En realidad, no era una persona, sino una especie de comité que, de forma muy extraña, era consultado a cada momento por los demás ciudadanos de la co­munidad. ¿O se limitaban a darle golpecitos mientras nadaban? Pensamientos como éstos y otros le vinie­ron a la mente, pero había demasiado que ver y sen­tir para detenerse en ellos.

No tardó en darse cuenta, por medio de miles de pruebas directas, de que el terreno, con sus grutas y frondosa vegetación, era maravilloso. Y de que la multitud de especies de peces eran también maravi­llosas, cada una en su estilo. Observó con sorpresa que había peces de diferentes especies nadando jun­tos y se preguntó lo que su padre habría pensado acerca de ello, pues ahora simpatizaba con la noble fascinación de su padre por el mar. El mismo podría pasarse la vida allí, estudiando las muchas formas de vida sin lograr agotar los tesoros del fondo sub­marino. ¿Qué hubiera pensado su padre al ver a un pez entregado a actividades comunales, tales como reunir, almacenar y distribuir los alimentos? ¿Y qué hubiera hecho con aquellos grupos de peces de as­pecto sumiso y uniforme, vigilados y dirigidos por otros pocos más autoritarios y variados? Pero a tra­vés de alguna sutil alquimia de simpatía, aquel mis­mo proceso silencioso que le permitía responder tan expresivamente a los gestos de su anfitrión, vio lo que su padre, mirando desde el otro lado de la osci­lante cortina superior, nunca pudo haber visto. Que para el pez, separado sólo por una delgada película de su estado salvaje, casi todos los movimientos eran un placer, que los moluscos y otras criaturas sedentarias, aunque recubiertas con la misma película de pertenencia a la comunidad, disfrutaban de una vida de paladares selectos y éxtasis reproductivos. Se pre­guntó si aquello constituía las fronteras de su vida; si tenían miedo alguna vez, por ejemplo, o si había alguna cosa de la que tener miedo.

El también tenía hambre, y le llevaron comida en una concha partida por la mitad. Había una gran variedad de manjares que no pudo identificar, pero que tenían un sabor absolutamente delicioso, a pesar de ser comidos en una solución de agua salada. Pen­só que quizá fueran sintéticos, y que su apetito es­taba adaptándose. Había verdura y algo dulce, una pastilla que denominó maná. Comió vorazmente, sa­boreándolo todo. La acción de tragar era natural y extraña, como si el mecanismo hubiera sido altera­do, o tuviera la tráquea cerrada. Quizá fuera así. Y no le parecía tener los pulmones llenos de agua. Quizá no lo estuvieran. Aquella comunidad había de­sarrollado un extraño arte, una extraña ciencia de la carne.

Había acabado de comer y se estaba lamiendo los dedos, cuando recibió una contestación a la pregun­ta que últimamente se había formulado. No habría sabido decir en qué momento se dio cuenta del pe­ligro. Fue como un cambio en el lempo de movi­miento que le rodeaba, o como la introducción de un siniestro motivo anticipador en la línea musical de un melodrama; pero se dio cuenta antes de ver la flexible sombra deslizándose velozmente sobre el de­sigual terreno. Era un pez del cual conocía el nom­bre. El miedo que le sacudió y cogió a sus mentores por sorpresa fue nuevamente calmado. Le invadió una total tranquilidad. Pero aunque el miedo físico se desvaneció, dejó tras de sí una especie de temor incorpóreo; casi un miedo estético, que le permitió admirar el escalofriante efecto del depredador, con el vientre blanco, la boca erizada de afilados dientes, su fuerza innata y velocidad de crucero. Parecía ha­ber algún peligro, a juzgar por el comportamiento de la comunidad, pero nada con lo que no pudieran luchar. Los millares de pececillos se introducían cau­telosamente entre la vegetación y las rocas, pero la postura de la estructura ósea que estaba junto a él sugería precaución más que temor.

Mientras observaba, vio alzarse dos formas del fondo y acercarse al tiburón desde direcciones opues­tas. Un pez imposible de describir nadó temeraria­mente hacia él por el frente, mientras que un pez raya, de forma muy parecida al que le servía a él de aleta, se precipitó sobre el escualo a toda velocidad desde la parte posterior. El tiburón giró hacia el he­roico ciudadano de la comunidad y lo atacó. El pez fue súbitamente empalado en las devastadoras fau­ces, con la cola sobresaliendo terroríficamente; un crujido o dos, y la cola desapareció de la vista y se formó un lóbrego, obscuro, y vaporoso charco de san­gre. El tiburón siguió nadando, justo por encima de su cabeza. Su sombra cayó sobre Gordon y el esque­leto. Y Gordon vio, mientras pasaba, que llevaba un pasajero. La raya estaba pegada a su espalda. El asesino giró hacia un lado, vaciló peligrosamente –pues un tiburón, que absorbe rápidamente todo el oxígeno que lo rodea, debe moverse para vivir–, avanzó unos cuantos metros más y volvió a dete­nerse, esta vez demasiado rato. Se sumergió en picado y desapareció de la vista. Al mismo tiempo, la po­blación de la comunidad salió de la maleza. Gordon vio que muchos de sus miembros convergían rápi­damente sobre el lugar donde el gran pez se había hundido, mientras que los otros reanudaban su ca­mino interrumpido.

El amistoso esqueleto le hizo señas y siguieron adelante, escoltados por otros peces, para explorar la pequeña comunidad. Gordon pudo comprobar que la agrupación vivía en una cuenca poco profunda de unos cuatrocientos metros de diámetro. Descu­brió que era una cuenca situada encima de una ele­vación de terreno, pues había un escarpado preci­picio a pocos metros del margen exterior, un risco que caía hasta la impenetrable obscuridad. Nadó con su anfitrión y sus acompañantes en torno al períme­tro de la agrupación. Deteniéndose una vez o dos, Gordon se dio cuenta de que, procedente de fuera del recinto, se oía una verdadera cacofonía de voces, sonidos, y vibraciones: gritos ahogados, chillidos, burbujeos, palmadas difusas y amortiguadas..., los sonidos que uno se imagina característicos de al­guien que se ahoga. Pero dentro del círculo encan­tado había una gran armonía. Ahora podía captarla. Había sido ligera y parcialmente consciente de ella desde el principio. Había oído melodiosos ruidos procedentes de diversos puntos del recinto, casi como ecos de una voz tranquilizadora que repitiera: "¡Sin novedad! ¡Sin novedad!" Pero en aquel momento comprendió que había gran cantidad de voces y que probablemente formaban parte de un coro, en el que cada voz distinta y distintiva cantaba su parte, inte­grándose armoniosamente con las demás. Era mara­villosa, extraordinariamente consoladora y bien eje­cutada. Hizo una larga pausa, para escucharla, y se sorprendió al sentirse embargado por un acceso de tierna simpatía. El agua salada fluctuaba frente a sus ojos como un temblor de lágrimas. Allí, en aquel pequeño recinto, vio realizado su dulce ideal de paz, de hermandad, de una comunidad cuya vida está libre de toda rivalidad y competencia, que había sido uno de los grandes sueños de la humanidad. Todas aquellas multitudinarias criaturas vivían juntas en algo parecido al amor, intercambiando... intercam­biando... jugos de ciertas clases, probablemente, sus­tancias químicas, hormonales, homeopáticas. Esa era la razón de que el pez "golpeara" tan frecuentemente al esqueleto, sin duda alguna, igual que las hormigas y las abejas, que viven en comunidad, intercambian­do minúsculas gotitas entre ellas y la reina, lo que las iguala químicamente y sin lo cual no pueden vivir. Pues si la abeja reina muriera sin tener una sustituta.

Los peces se alejaron de él, explosivamente, en to­das direcciones. Se detuvo sorprendido, y contempló con admiración cómo se reagrupaban en una turbu­lenta formación, agitándose en el agua como una selva de hojas plateadas.

 

Su guía volvió a conducirle al centro del recinto y llegaron a aquella agrupación de grandes almejas que había visto al despertarse. El esqueleto las se­ñaló, con un expresivo gesto, a Gordon y a sí mis­mo. "Intentamos crear una forma como la tuya." La mano bajó lentamente, expresando decepción, que Gordon interpretó en palabras como: "Pero sin éxito". Su anfitrión se inclinó sobre una de las alme­jas, de unos treinta centímetros de diámetro. "He aquí una muestra de nuestro fracaso. Es algo que lamentamos profundamente." Un dedo blanco como la nieva dio unos ligeros golpecitos encima de la almeja, que se abrió como respuesta. Dentro, incrus­tada en una sustancia carnosa tan blanca como la leche, había una mancha roja y rosa, como la yema de un huevo, y que Gordon, al examinarla más de cerca, identificó como un feto humano. A sus ojos, carentes de práctica, le pareció imperfecto, incluso en aquella temprana etapa de desarrollo. Pero, con todo, algo tan cercano al éxito era una maravilla.

¿Qué podía haber utilizado la comunidad como mo­delo? Probablemente, supuso, las células, los cromo­somas y genes de su padre, pobre e inconsciente Pro­meteo.

La inclinación en la silueta del esqueleto sugería una profunda tristeza. "No podemos permitir que este ser imperfecto siga creciendo." E hizo un ges­to, una conmovedora súplica. Gordon comprendió. Sus dedos tropezaron fortuitamente con una afilada piedra, como punta de flecha cincelada, que yacía cerca de él. La cogió, la sopesó... y titubeó. Extraño. Miró a su alrededor, tratando de averiguar lo que ocurría. Era como si alguien hubiera contenido el aliento, pero no había aliento que contener. Todo estaba igual que antes. Los peces flotaban silenciosa­mente a su alrededor. Procedentes de fuera del re­cinto llegaban algunos ruidos cacofónicos, débiles y amortiguados por la distancia. El esqueleto estaba agachado a su lado, con la cara hacia abajo, espe­rando pacientemente. Nada anormal. Dejó caer la piedra con fuerza, practicó el aborto extrayendo la imperfecta criatura. Todo había concluido. El mo­lusco se cerró. El esqueleto se movió. La armoniosa melodía de la comunidad sonó a su alrededor.

Miró hacia la gran almeja que estaba a unos tres metros de él y se preguntó si su anfitrión le mos­traría lo que aquélla contenía. Pero, aparentemente, no pensaba hacerlo aún, pues fue llevado en otra dirección y a cierta distancia, hasta llegar a un sitio enclavado en el perímetro del recinto. Era un círcu­lo de arena blanca, como un estadio, desigualmente bordeado de rocas. El esqueleto se dejó caer y se detuvo al borde de la arena. Gordon le imitó. La actitud del esqueleto expresaba expectación. "Voy a enseñarte otra cosa." La mano volvió a alzarse en un gesto de tristeza y súplica, igual al de hacía unos momentos. ¿Otro fracaso del cual deshacerse?, se preguntó Gordon, mirando en torno suyo. El agua estaba tan clara que su vista abarcaba muchos me­tros a la redonda. El toque de un dedo huesudo le recordó la presencia de su compañero, así como su anterior conversación. "Hemos llevado a cabo una cosa como tú –de forma humana, corrigió Gordon–, pero..." El esqueleto intentaba expresar alguna cosa, sin lograrlo. Cayó hacia atrás, sus miembros se mo­vieron sin orden ni concierto y sin relación unos con otros, como si fuera a descoyuntarse. La acción resultaba desagradable y grotesca, y el contraste con su habitual expresividad, desconcertante. Había algo que no podía expresar, algo demasiado horrible y amenazador. Traición. Canibalismo. Incesto. Fratri­cidio. Estas ideas fueron las que cruzaron la mente de Gordon. Fuera lo que fuese, resultaba más terro­rífico que el tiburón. Quizá hubieran engendrado algo particularmente peligroso para la comunidad, pensó. El esqueleto redujo sus movimientos, recobró su coherencia habitual y se puso en pie. Señaló. "Mira."

Y Gordon miró. Algo nadaba hacia ellos desde la lejanía, dándose impulso con brazos y piernas. Una forma humana, indudablemente. Siguió mirando, fas­cinado, y mientras lo hacía, se dio cuenta de que toda la zona del recinto se había obscurecido ligera­mente, de modo que la blanca arena resaltaba en brillante e invitador contraste. La criatura humana corrigió su rumbo, para acercarse en línea recta. Se fue agrandando, calmando sus vigorosos movimien­tos, y se deslizó suavemente hasta el otro extremo del estadio, donde se posó en el fondo arenoso y siguió contemplándoles –o, mejor dicho, contem­plándole– desde una distancia de unos seis metros. Parecía demasiado grande para ser un hombre, pero no debía de medir más de un metro ochenta de altu­ra. Era muy grueso, de pecho plano, y sus miembros resultaban desproporcionadamente grandes, como moldeados por un mal escultor. Era tan blanco como el vientre del tiburón, pero tenía una abundante ca­bellera negra, bajo la cual sus ojos, que parecían grises, miraban con fijeza. Los ojos era lo más hu­mano que tenía, tan humanos que hubieran pasado por los de Gordon; pero los órganos sexuales –Gor­don desvió sus ojos– eran un fracaso, pues no es­taban completos.

Tanto él como la criatura siguieron observándose un rato, y después se acercaron uno a otro. Es de­cir, la criatura de apariencia humana avanzó hacia él, lenta y vacilante, y Gordon, con la intención de no parecer asustado, incluso con la idea de enfren­tarse con la criatura, aunque no estaba seguro de lo que se esperaba de él, también avanzó ligeramente hacia delante. Se detuvieron cuando les separaban unos dos metros y medio de distancia, los dos ergui­dos, con los pies hundidos en la arena blanca. Los sonidos del océano les rodeaban, los sonidos proce­dentes de fuera del recinto. Y de nuevo ocurrió algo extraño. Gordon percibió aquel lapso, aquella curio­sa suspensión, como de alguien que contiene el alien­to. Y descubrió lo que era. Estaba solo. Solo, a ex­cepción de la raya que tenía en la espalda, que respiraba pesada pero fácilmente, como si estuviera dormida. Solo, porque el esqueleto había retrocedido, había desaparecido completamente en las obscuras sombras proyectadas por los helechos y las rocas, y no se veía ningún otro pez. La comunidad había de­jado de conversar con él. No oía ninguna música armoniosa. Estaba solo, a excepción de la forma blanca que tenía enfrente.

Naturalmente. Por eso le necesitaban. Ellos..., la comunidad..., no podían matar a aquella criatura. No podían matar lo que era de ellos, lo que ellos ha­bían creado. Alguna inhibición biológica se lo prohibía, una de aquellas sensaciones ocultas, obscuras pero absolutamente perentorias. Tales cosas no eran desconocidas en el mundo animal; había leído sobre ellas. Las especies más feroces eran incapaces de matar a alguien de su propio género; o, luchando, eran incapaces de dar el coup de grace a un enemigo caído que fuera afín a ellos. Podían planear, pero no ejecutar. Recordó el horror que el esqueleto había sido incapaz de expresar. Lo que lo había ocasionado, sin embargo, era el hecho de que aquella cosa que habían creado no compartía tales inhibiciones: de­bía matar, comer a los miembros de la comunidad. Por eso le necesitaban. Sus dientes eran romos, sus manos eran débiles, pero podía matar lo que ellos no podían. Los seres humanos pueden matar cualquier cosa. Madres, padres, hermanos..., ningu­no está a salvo. El parentesco está en la mente, no en el cuerpo humano. El incesto, el parricidio, todas estas cosas causan un horror y una repulsión tan profundas que parecen físicas, pero pertenecen a la mente, no a la sangre. De pertenecer a la sangre, Edipo nunca hubiera podido matar a Layo y casar­se con Yocasta... Estos pensamientos cruzaron por su mente sin que pudiera prestarles mucha atención, pues sus ojos estaban fijos en la pobre criatura que tenía frente a sí.

Aquel ser de apariencia humana se acercó aún más. Gordon retrocedió. En aquel rostro blanco ha­bía emociones que no sabía descifrar. Y sentía re­pulsión. Principalmente era lástima lo que sentía; pero una lástima tan profunda, tan impotente y de­sesperanzada, que resultaba nauseabunda. Aquella cosa, aquel monstruo, aquella repugnante parodia de hombre, que nunca hubiera debido existir, le ofendía. Era como una afrenta. ¿Y qué significaban aquellos movimientos temblorosos de sus facciones?

Siguió retrocediendo y el otro se aproximó. No estaba a más de medio metro de él. Gordon se en­contró detenido, adosado a una gran roca. Nueva­mente, sus afortunados dedos rozaron algo que re­posaba sobre la plana superficie de la roca: un frag­mento largo y grueso de vidrio. Un trozo roto de una jarra de cristal... y comprendió a quién había perte­necido aquella jarra. Sus dedos se cerraron sobre él. La figura blanca que tenía delante extendió un brazo tembloroso y le tocó en el hombro. La mano de Gordon cayó, atravesando brutalmente el tórax blanco con el cortante pedazo de vidrio.

El otro pareció sorprendido en el primer mo­mento. Después exhaló un sonido, un grito de an­gustia, angustia mezclada con una rabia y una de­sesperación que acobardó y debilitó a Gordon. La sangre manaba de la herida y se difundía por el agua como una bufanda. La criatura siguió gritando, mo­viendo convulsivamente sus facciones. Retrocedió con pasos vacilantes, dio puntapiés, y se desvaneció en la distancia. Gordon, apoyándose temblorosamente en la roca, lo contempló mientras, retorciéndose espasmódicamente, disminuía de tamaño al ir aleján­dose. Lo más probable era que la herida fuese mor­tal. Vio a su infortunado enemigo, casi invisible en la distancia, cesar en sus esfuerzos y flotar durante unos instantes. Y vio que el cuerpo, ya inmóvil, se hundía y desaparecía de la vista, probablemente por encima del borde de aquel escarpado precipicio, hasta las oscuras profundidades del otro lado.

 

Y dejó de estar solo, pues oyó nuevamente la ar­moniosa música de la comunidad, que respiraba li­bremente con un ritmo solemne, y cuyos tristes acordes se hacían cada vez más débiles. El indesea­ble elemento había sido expulsado de su seno. La debilidad fue desapareciendo de sus miembros y volvió a sentirse tranquilo, incluso feliz.

Su espectral guía reapareció y le hizo señas de que le siguiera. Juntos, el esqueleto ligeramente ade­lantado, nadaron hacia el corazón del recinto, que latía con fuerza. "Vivirás siempre feliz en este lu­gar." "¿Siempre?" "Sí. Eternamente, pues la comu­nidad está a salvo." Gordon amplió la información por sí mismo, pues había oído que los peces nunca mueren de vejez. Este era el fascinante tema de las últimas investigaciones de su padre, antes de descu­brir el medio infalible de asegurarse una vida a la que la vejez no pusiera término. El se beneficiaría de las aspiraciones de su padre, pues aquella maravi­llosa ventaja adicional –ahora que ya no estaba su­jeto a la agotadora locomoción sobre tierra firme y era accesible a la magia hormonal de aquella co­munidad– se extendía también a él. No moriría ja­más, sino que viviría eternamente en aquel edén submarino.

El esqueleto se detuvo y le miró significativa­mente. Había más. Iba a recibir alguna cosa: fue todo lo que pudo deducir. ¿Una recompensa? ¿Un privilegio? ¿Un premio? Quizá las tres cosas en una sola. Volvían a estar en el mismo sitio donde él se despertara. Allí se veía el trono donde el patriarcal esqueleto se hallaba sentado. Y la almeja gigante. Fue hacia la almeja donde le condujeron. Nueva­mente, sintió una aceleración del pulso, inaprecia­ble, pero como una promesa. Atardecía. Las som­bras se filtraban a través del agua y llegaban a la concha. La música de la comunidad se elevó hasta alcanzar un ahogado crescendo. Y hubo otra mani­festación: un brillo fluorescente, un débil resplan­dor o halo, se alzó y jugueteó alrededor de la concha, una fosforescencia causada por millones de minúsculas plantas o animales flotantes. Se estaban bañando en su suave luz. Y la concha se abrió. Len­tamente, como una puerta, "mientras la música vi­braba. Y vio que había algo dentro, algo alojado en la carne blanda. La pesada valva siguió abriéndose, y abriéndose, y él pudo ver la forma completa. Era una mujer, maravillosamente formada.

Y mientras él la contemplaba, ella abrió los ojos, que eran grises, y parecían no ver nada. El observó aquella mirada silenciosa. Le pareció tener la inex­presiva comprensión del mar y el cielo y el clima... y, sin embargo, vio en ella algo insólitamente fami­liar. Pues le recordaron los cálidos e indolentes días de verano, cuando la quietud y la neblina dan a nuestras impresiones una especie de finalidad, como si no fuera a ocurrir nada nunca más.

¿Días de verano? Quizá fuera de estos recuerdos de los días cálidos, recuerdos no compartidos por la vida multiforme que le rodeaba y la pálida efigie que estaba a su lado, de donde surgió la inspiración, la idea. ¿Aquí? ¿Bajo el pulgar de este gigante para siempre? Se volvió y dio un paso hacia el esqueleto. Agarró su tórax con ambas manos y, haciendo pre­sión, rompió la capa torácica, destrozándola salvaje­mente y rasgando las fibras de conexión. Y con otro movimiento reflejo arrancó el cráneo de la espina dorsal y lo tiró a lo lejos, donde se estrelló contra la arena. Rompió la pelvis de una patada, y las del­gadas piernas blancas, con la izquierda un poco se­parada, salieron despedidas en distintas direcciones. Y aquellas criaturas que habían convivido y animado a la estructura se dispersaron y diseminaron: cala­mares, anguilas, mejillones, bacalaos y cangrejos se hicieron pedazos. Fue el trabajo de un momento. Al siguiente sintió miedo, un espasmo de miedo tal como nunca había experimentado. Pero no le destruyó, pues unido al miedo, como un jinete, estaba el al­borozo..., su alborozo, pues comprendió que el miedo era el miedo del objeto sujeto a su espalda y que inundaba su cuerpo con sus hormonas.

Se volvió, torciendo las musculosas piernas y los pies en la arena y, alargando los brazos hacia su espalda, agarró la parda raya con férreos dedos. Al hacerlo, vio que la pálida luz gris se apagaba en los ojos de la muchacha recién nacida, vio que el suave brillo que la bañaba y su blando colchón se desva­necían, vio que la pesada puerta se cerraba lenta­mente al mismo tiempo que la música se interrum­pía de pronto. Se retorció, y arrancó el objeto de su espalda. Este se alejó nadando frenéticamente. Al instante siguiente estaba luchando con su propio pá­nico y desesperación, pues no sólo sintió un inaguan­table dolor en su espalda lacerada, sino también un bloqueo en la garganta. Jadeó y jadeó para inhalar oxígeno, a punto de asfixiarse. Notó un desgarrón en la garganta y de pronto se atragantó con el agua. La expulsó, contuvo la respiración, trepó con las manos hasta la superficie. Pero a pesar de romper la superficie y recibir la gloriosa luz y aire del mun­do exterior, comprendió que estaba perdido. No lo conseguiría. Estaba demasiado lejos de la costa.

Pero luchó, luchó largo tiempo..., luchó para in­halar aire, encontró algo encima de su boca, algo parecido a una raya, y lo apartó de un manotazo con una pesadez espantosa y una horrible compren­sión. La raya, o lo que fuera, se alejó. Permaneció inmóvil un momento, profundamente agotado. Un aire suave y puro se introdujo en su boca y sopló sobre su rostro. Oyó voces y sintió manos y abrió los ojos. Estaba tendido sobre la arena mojada y tenía junto a sí –tardó un momento en averiguar­lo– la pieza bucal y la manguera de un pulmotor.

–Está consciente. ¡Espere un minuto! Espere un minuto, amigo..., no puede levantarse sin ayuda.

Pero él siguió luchando contra las manos que se le ofrecían.

–Tengo que ponerme de pie –dijo. Y logró ha­cerlo.

Oyó una exclamación: "¡Está desnudo!" Y vio que una bonita joven, vestida con unos pantalones cortos blancos y una blusa a rayas, se volvía de espaldas, riéndose entrecortadamente.

El hombre que había hablado, un salvavidas pro­bablemente, y que seguía diciendo: "¡Cuidado, ami­go! ¡Usted va a ir al hospital!", le tiró un albornoz por encima. Estuvo a punto de sacudírselo. En otro tiempo había deplorado todo lo que separaba a los hombres, pero ahora no quería ayuda ni guía de nadie. Ni ahora ni nunca. Sus recursos individuales serían suficientes para él, que había roto los límites del recinto y escapado por su propia fuerza.

Pero en aquel momento se encontraba muy débil. Miró a su alrededor, vacilantemente: al océano, al escarpado risco (supuso que su coche aún estaría allí) y a las casitas blancas que se divisaban a lo lejos; miró hacia cada una de las casas por sepa­rado, bañadas todas por la clara luz del sol. Un mundo en el que valía la pena vivir.

–Lo siento –dijo otro hombre, tostado por el sol y seco, que le prestaba apoyo por el otro lado–, no pudimos salvar a su amigo.

–¿A mi amigo?

–Sí. Debía de ser un buen nadador. Le trajo a usted hasta la costa (o, en cualquier caso, hasta aquellas rocas), pero él no pudo salvarse. A pesar de la distancia, pude darme cuenta de que los dos estaban heridos. Se estrellaron contra las rocas, su­pongo. Suerte que estábamos buscándole..., encon­tramos su ropa allí. Este no es un lugar a propósito para nadar, ¿sabe? Vi desaparecer a su amigo, un robusto muchacho. Desapareció de la vista. Mire usted hacia allí; aquellos botes... están buscando su cuerpo.

¿Así que no lo había hecho por sí solo? En todo aquello había mucho sobre lo que pensar.

Los dos hombres, sosteniéndole por ambos codos, le condujeron a través de la multitud de solícitos mirones, su comunidad de semejantes (Gordon, agradecido, orgulloso, les confirió ese título). Desde la playa le llevaron hasta la ambulancia que estaba aguardándole. El hombre cuyo albornoz llevaba dijo, en un tono en el cual había no sólo una tentativa de consuelo sino de admiración e incluso envidia:

–Debía de ser un buen amigo.

Gordon miró hacia el sombrío océano.

–No –y su respuesta hubiera sorprendido a su interlocutor, si éste le hubiese oído–. No era amigo mío. Era mi hermano. –Pero no le oyó, pues la voz de Gordon fue tan débil como la brisa que soplaba procedente del agua.