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El gran cambiazo - Roald Dahl (Segunda Parte y última)

Hasta aquí nuestros planes básicos. Luego vino lo que en nuestras notas bautizamos con el nombre de «familiarización con el terreno». Primeramente Jerry me instruyó a mí. Me sometió a un entrenamiento de tres horas en su propia casa un domingo por la tarde, aprovechando que su mujer y los niños no estaban. 

Nunca había entrado en el dormitorio de Jerry y Samantha. Sobre la mesita del tocador estaban los perfumes de Samantha, sus cepillos y sus otras cositas. Un par de medias colgaba del respaldo de una silla. Su camisón, que era blanco y azul, colgaba detrás de la puerta que conducía al cuarto de baño.

—De acuerdo —dijo Jerry—. La habitación estará completamente a oscuras cuando entres. Samantha duerme en este lado, de manera que tendrás que dar la vuelta a la cama de puntillas y meterte en ella por el otro lado. Voy a vendarte los ojos para que practiques un poco.

Al principio, con los ojos vendados, vagué por toda la habitación como un borracho. Pero después de casi una hora de trabajo, conseguí hacer el recorrido bastante bien. Pero, antes de que Jerry me diera el visto bueno definitivo, tuve que ir, con los ojos vendados, desde la puerta de la calle hasta la escalera, cruzando el vestíbulo, pasando luego por delante de los cuartos de los niños, entrando en la habitación de Samantha y aterrizando en el lugar exacto. Y tuve que hacerlo en silencio, igual que un ladrón. Todo ello requirió tres horas de duro trabajo, pero al final le cogí la costumbre.

El domingo siguiente por la mañana, mientras Mary y los niños estaban en la iglesia, tuve la oportunidad de dar a Jerry la misma instrucción en mi casa. Aprendió más deprisa que yo y, al cabo de una hora, ya había superado la prueba de los ojos vendados sin meter la pata ni una sola vez.

Fue durante esta operación cuando decidimos desconectar la lamparilla de cabecera de las dos mujeres al entrar en la alcoba. Así que Jerry practicó la operación de encontrar el enchufe y tirar de él sin quitarse la venda de los ojos y el fin de semana siguiente yo hice lo mismo en su casa.

Llegó entonces lo que era con mucho la parte más importante de nuestro entrenamiento. Le dimos el nombre de «tirar de la manta» y fue durante la misma cuando ambos tuvimos que describir con todo lujo de detalles el procedimiento que seguíamos al hacer el amor con nuestras respectivas esposas. 

Acordamos no complicarnos la vida con variaciones exóticas que él o yo pudiéramos poner en práctica ocasionalmente. Nos ocupamos exclusivamente de enseñarnos mutuamente el procedimiento más rutinario, el que utilizáramos con mayor frecuencia y que, por tanto, fuera el menos susceptible de levantar sospechas.

La sesión tuvo lugar en mi oficina a las seis de la tarde de un miércoles, cuando el personal ya se había ido a casa. Al principio los dos nos sentimos algo azorados y ninguno quería ser el primero en empezar. De modo que saqué la botella de whisky y después de tomarnos un par de copas soltamos la lengua y empezó la lección. 

Mientras Jerry hablaba yo tomaba notas y viceversa. Al final de todo, resultó que la única diferencia real entre el procedimiento de Jerry y el mío residía en el tiempo. ¡Pero menuda diferencia era! Él se tomaba las cosas (si hay que creer lo que dijo) con tanta calma y prolongaba los momentos hasta tal punto que me pregunté en silencio si su pareja no se dormiría en pleno acto. Sin embargo, mi misión no consistía en criticar, sino en copiar, así que no dije nada.

Jerry no se mostró tan discreto. Al finalizar mi descripción personal, tuvo la temeridad de decir:

—¿De veras que lo haces así?

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Que si terminas la cosa tan pronto.

—Mira —dije—, no estamos aquí para darnos lecciones el uno al otro. Estamos aquí para aprender hechos concretos.

—Ya lo sé —dijo—. Pero me voy a sentir un poco tonto si copio tu estilo exactamente. ¡Dios mío! ¡Lo haces con la rapidez de un tren expreso al pasar por una estación pueblerina!

Me quedé mirándole fijamente, boquiabierto.

—No pongas esa cara de sorpresa —dijo—. Tal como me lo has contado, cualquiera creería que...

—¿Que qué? —dije.

—Bueno, olvídalo —dijo.

—Gracias —dije.

Me sentía furioso. Hay dos cosas en este mundo que me consta que hago de modo inmejorable. Una es conducir un automóvil y la otra ya saben ustedes qué es. Así que verle ahí sentado, diciéndome que no sabía cómo comportarme con mi propia esposa, fue una afrenta monstruosa. Era él y no yo quien no sabía hacerlo. ¡Pobre Samantha! ¡Las cosas que habría tenido que soportar a lo largo de los años!

—Siento haber dicho eso —dijo Jerry. Echó más whisky en nuestros vasos—. ¡Brindo por el gran cambiazo! —dijo—. ¿Cuándo será?

—Hoy estamos a miércoles —contesté—. ¿Qué te parece el sábado que viene?

—¡Espléndido! —dijo Jerry.

—Deberíamos hacerlo antes de que se nos olviden las prácticas —dije—. ¡Son tantas las cosas que hay que recordar!

Jerry se acercó a la ventana y miró los coches que pasaban por la calle.

—De acuerdo —dijo, girando en redondo—. ¡Será el sábado próximo!

Después cada cual se fue a casa en su propio coche.

—Jerry y yo hemos pensado que el sábado por la noche podríamos llevaros a ti y a Samantha a cenar fuera de casa —le dije a Mary.

Estábamos en la cocina y ella preparaba unas hamburguesas para los niños. Dio media vuelta y se quedó mirándome, con la sartén en una mano y la cuchara en la otra. Sus ojos azules miraron directamente los míos.

—¡Caramba, Vic! —dijo—. ¡Qué sorpresa más agradable! Pero ¿se puede saber qué vamos a celebrar?

La miré fijamente a los ojos y contesté:

—Me dije que, para variar, sería agradable ver caras nuevas. Siempre vemos a la misma gente en las mismas casas.

Mary dio un paso al frente y me besó la mejilla.

—¡Qué bueno eres! —exclamó—. ¡Cómo te quiero!

—No te olvides de telefonear a la canguro.

—No, la llamaré esta misma noche —dijo.

El jueves y el viernes pasaron muy aprisa y, de repente, llegó el sábado. El día «D». Me levanté presa de una excitación loca. Después de desayunar me sentí incapaz de estarme quieto, así que salí a lavar el coche. Estaba en plena tarea cuando Jerry apareció por el boquete del seto, pipa en boca.

—Hola, chico. Ha llegado el día.

—Ya lo sé —dije.

También yo tenía una pipa en la boca. Hacía un gran esfuerzo por fumármela, pero me costaba mantenerla encendida y el humo me quemaba la lengua.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Jerry.

—De primera —repliqué—. ¿Y tú?

—Algo nervioso —dijo.

—No te pongas nervioso, Jerry.

—Lo que vamos a hacer es una barbaridad —dijo—. Espero que nos salga bien.

Seguí sacándole brillo al parabrisas. Era la primera vez que veía a Jerry asustado por algo. Me preocupó un poco.

—Me alegra saber que no somos los primeros en intentarlo —dijo—. Si nadie lo hubiera hecho anteriormente, no creo que me atreviese.

—Estoy de acuerdo —dije.

—Lo que me impide ponerme demasiado nervioso —prosiguió— es el hecho de que tu amigo lo encontrase tan fantásticamente fácil.

—Mi amigo dijo que es cosa de coser y cantar —dije—. Pero por el amor de Dios, Jerry, ¡no te pongas nervioso ahora que ya falta poco! Sería un desastre.

—No te preocupes —dijo—. ¡Pero es excitante! ¿Verdad?

—Desde luego que lo es —dije.

—Escucha —dijo—. Será mejor que esta noche seamos prudentes con la bebida.

—Buena idea —dije—. Nos veremos a las ocho y media.

A las ocho y media Samantha, Jerry, Mary y yo salimos en el coche de Jerry hacia el restaurante Billy's, cuya especialidad eran los filetes. A pesar de su nombre, el restaurante era caro y de mucha clase, y las chicas se habían vestido de largo para la ocasión. 

Samantha llevaba algo de color verde que no empezaba hasta llegar a la mitad de su seno y yo no recordaba haberla visto jamás tan hermosa como aquella noche. En nuestra mesa había velas. Samantha se sentó enfrente de mí y, cada vez que se inclinaba hacia adelante, acercando el rostro a la luz de las velas, podía ver aquella diminuta cresta de piel en el centro de su labio inferior.

—Vamos a ver —dijo, cogiendo el menú que el camarero le ofrecía—. ¿Qué voy a tomar esta noche?

«¡Jo, jo, jo! —pensé—. ¡He aquí una buena pregunta!». Todo fue como una seda en el restaurante y las chicas se lo pasaron muy bien. Cuando regresamos a casa de Jerry eran las doce menos cuarto. Samantha nos invitó a entrar para tomarnos una última copa.

—Gracias —dije—, pero es un poquitín tarde. Y tengo que llevar a la canguro en coche a su casa.

Así que Mary y yo cruzamos el seto.

«Ahora —me dije al entrar por la puerta principal—. Ahora empieza la cuenta atrás. Tengo que mantener la cabeza despejada y no olvidarme de nada».

Mientras Mary pagaba a la canguro, me dirigí a la nevera y encontré un trozo de queso canadiense. Saqué un cuchillo del cajón y un rollo de esparadrapo del armario. Me envolví con esparadrapo la punta del dedo índice de la mano derecha y esperé a que Mary se volviera hacia mí.

—Me he cortado —dije, levantando el dedo para que lo viese—. No es nada, pero sangra un poquito.

—Creía que ya habías comido suficiente por hoy —fue todo lo que dijo.

Pero el esparadrapo se le grabó en la mente y con ello quedó cumplida la primera parte de mi misión.

Llevé a la canguro a su casa y, cuando volví y entré en el dormitorio, eran casi las doce y Mary ya estaba medio dormida con la luz apagada. Apagué la lámpara de mi mesita de noche y entré en el baño para desnudarme. Me entretuve allí durante unos diez minutos y, al salir, Mary, como esperaba, ya estaba bien dormida. 

Me pareció que no valía la pena meterme en la cama con ella. Así que me limité a apartar un poco la ropa de mi lado para que a Jerry le resultase más fácil acostarse; luego, con las zapatillas puestas, bajé a la cocina y enchufé la cafetera eléctrica. Eran las doce y diecisiete minutos. Faltaban cuarenta y tres minutos.

A las doce treinta y cinco minutos subí a comprobar si Mary y los niños dormían. Todo el mundo dormía a pierna suelta.

A las doce cincuenta y cinco minutos, cinco minutos antes de la hora cero, volví a subir para llevar a cabo una última comprobación. Me acerqué directamente a Mary y susurré su nombre. No contestó. Espléndido.

«¡Llegó la hora! —pensé—. ¡En marcha!».

Me puse un impermeable marrón sobre el pijama y apagué la luz de la cocina para que toda la casa quedara a oscuras. Cerré de golpe la puerta principal. Y luego, sintiendo una gran euforia, salí de la casa y me interné en la noche.

En nuestra calle no había faroles. Tampoco había luna ni se veía una sola estrella. La noche era negra, negrísima, pero el aire era cálido y soplaba un poco de brisa procedente de alguna parte.

Dirigí mis pasos hacia el boquete del seto. Cuando estuve muy cerca conseguí distinguir el seto y encontré el boquete. Me quedé esperando allí. Luego oí los pasos de Jerry acercándose.

—Hola, chico —susurró—. ¿Todo en orden?

—Lo tienes todo preparado —contesté, también susurrando.

Siguió su camino; oí sus pies calzados con zapatillas cruzando el césped en dirección a mi casa. Eché a andar hacia la suya.

Abrí la puerta principal de Jerry. Dentro estaba aún más negro que fuera. Cerré la puerta con cuidado. Me quité el impermeable y lo colgué en el tirador de la puerta. Después me quité las zapatillas y las dejé contra la pared, al lado de la puerta. Me era literalmente imposible ver mis propias manos. Tenía que hacerlo todo a tientas.

Me alegré de que Jerry me hubiese hecho practicar con los ojos vendados durante tantas horas. No eran mis pies sino mis dedos los que me guiaban. Los dedos de una mano o de la otra en ningún momento dejaban de estar en contacto con alguna cosa: una pared, la barandilla, un mueble, la cortina de alguna ventana. 

En todo momento sabía o creía saber exactamente dónde me encontraba. Pero sentía un no sé qué extraño al cruzar de puntillas la casa de otra persona en plena noche. Mientras subía a tientas la escalera me puse a pensar en los ladrones que habían entrado en nuestra casa el invierno pasado y se habían llevado el televisor. Cuando vino la policía al día siguiente les enseñé el enorme excremento que yacía sobre la nieve enfrente del garaje.

—Casi siempre hacen eso —dijo uno de los policías—. No pueden evitarlo. Están asustados.

Llegué a lo alto de las escaleras. Crucé el descansillo sin dejar de palpar la pared con los dedos de la mano derecha. Empecé a caminar por el pasillo, pero me detuve cuando mi mano encontró la puerta de la primera habitación de los niños. 

Estaba ligeramente entreabierta. Agucé el oído. Hasta mí llegó la respiración acompasada de Robert Rainbow, de ocho años de edad. Seguí avanzando. Encontré la puerta del segundo dormitorio de los niños. Este era el de Billy, de seis años, y de Amanda, de tres. Me quedé unos segundos escuchando. Todo iba bien.

El dormitorio principal estaba al final del pasillo, unos cuatro metros más allá. Llegué a la puerta. De acuerdo con los planes, Jerry la había dejado abierta. Entré. Me quedé absolutamente inmóvil a pocos pasos de la puerta, escuchando atentamente por si se oía alguna señal de que Samantha estaba despierta. El silencio era total. Fui palpando la pared hasta que llegué al lado de la cama donde dormía Samantha. 

Inmediatamente me arrodillé y busqué el enchufe de la lámpara de su mesita de noche. Extraje la clavija y la deposité sobre la alfombra. Muy bien. Ahora había menos peligro. Me levanté. No podía ver a Samantha y al principio tampoco podía oír nada. Me incliné sobre la cama. Ah, sí, pude oír su respiración. 

De repente llegó hasta mi nariz una vaharada del fuerte perfume de almizcle que se había puesto aquella noche. Sentí que la sangre bajaba corriendo hacia mis ingles. Rápidamente me dirigí de puntillas hacia el otro lado de la cama, palpando suavemente el borde de esta con dos dedos.

Lo único que me faltaba por hacer era meterme dentro. Así lo hice, pero, al apoyar el peso de mi cuerpo sobre el colchón, el crujido de los muelles del somier sonó como si alguien estuviera disparando un fusil en la alcoba. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. 

El corazón me latía como una máquina en la garganta. Samantha estaba de espaldas a mí. No se movió. Tiré de la ropa de la cama hasta cubrirme el pecho y me volví hacia ella. Un calorcillo femenino salía de su cuerpo y me envolvía. ¡Adelante! ¡Ahora!

Alargué una mano y le toqué el cuerpo. Su camisón era cálido y sedoso. Apoyé la mano suavemente en sus muslos. Siguió sin moverse. Esperé uno o dos minutos, luego dejé que la mano apoyada en el muslo avanzara e iniciase las exploraciones. Lentamente, deliberadamente y muy acertadamente mis dedos empezaron el proceso de enardecerla.

Samantha se movió. Dio media vuelta y quedó boca arriba. Luego, con voz soñolienta, murmuró:

—¡Oh, querido!... ¡Oh, queridísimo!... ¡Santo cielo, amor!...

Yo, por supuesto, no dije nada. Me limité a proseguir la tarea.

Pasaron un par de minutos.

Samantha yacía completamente inmóvil.

Pasó otro minuto. Luego otro. Ella no movió ni un músculo.

Empecé a preguntarme cuánto tiempo tardaría en encenderse.

Perseveré.

Pero ¿por qué aquel silencio? ¿Por qué aquella inmovilidad absoluta y total, aquella postura paralizada?

De repente di con la explicación. ¡Me había olvidado por completo de Jerry! ¡Era tal mi excitación que me había olvidado completamente de su procedimiento personal! ¡Lo estaba haciendo a mi manera en vez de a la suya! Su forma de hacerlo era mucho más compleja que la mía. Era ridículamente complicada. Era de todo punto innecesaria. Pero era la rutina a la que Samantha estaba acostumbrada. Y ahora se daba cuenta de la diferencia y trataba de adivinar qué diantres estaba pasando.

Pero ya era demasiado tarde para cambiar de dirección. Tenía que seguir.

Seguí. La mujer que yacía a mi lado era como un muelle enroscado. Noté la tensión debajo de su piel. Empecé a sudar.

De repente profirió un gemido extraño.

Más pensamientos horribles cruzaron por mi cerebro. ¿Estaría enferma? ¿Le estaría dando un ataque al corazón? ¿Debía yo salir pitando de allí?

Samantha volvió a gruñir, esta vez más fuerte. De pronto exclamó: «¡Sí-sí-sí-sí-sí!» y, al igual que una bomba cuya mecha retardada hubiese alcanzado por fin la dinamita, hizo explosión y volvió a la vida. Me apresó entre sus brazos y vino por mí con tan increíble ferocidad que tuve la sensación de ser atacado por un tigre.

¿O sería mejor decir «tigresa»?

Ni en sueños había pensado que una mujer pudiera hacer las cosas que Samantha me hizo a continuación. Era un torbellino, un torbellino deslumbrante y frenético que me arrancó de raíz y me hizo girar y girar elevándome hacia el firmamento, hacia lugares de cuya existencia nada sabía.

Yo no aporté nada. ¿Cómo podía aportar algo? Me veía reducido a la impotencia. Yo era la hoja de palmera girando y girando por los aires, el cordero entre las garras del tigre. Apenas si podía respirar.

A pesar de todo, resultó excitante rendirse ante una mujer violenta y durante los siguientes diez, veinte, treinta minutos —¿cómo iba a saber exactamente cuánto tiempo?— la tormenta siguió rugiendo. Mas no es mi intención obsequiar al lector con detalles escabrosos. No soy partidario de lavar la ropa en público. Lo siento, pero no hay que darle más vueltas. 

Espero, sin embargo, que mi reticencia no cause un anticlímax demasiado fuerte. Desde luego, no hubo ningún «anti» en mi propio clímax y durante el último y abrasador paroxismo proferí un grito que debería haber despertado a todo el vecindario. Luego me derrumbé y quedé como un odre vacío.

Samantha, como si no hubiera hecho más que beberse un vaso de agua, se limitó a volverse de espaldas a mí y dormirse de nuevo.

¡Puf!

Me quedé quieto, recuperándome poco a poco.

Como verán, había acertado en lo que dije acerca de aquella cosita que tenía en el labio inferior, ¿no es verdad?

Ahora que lo pienso, había acertado más o menos en todo lo referente a aquella increíble aventura. ¡Qué triunfo! Me sentía maravillosamente relajado y exhausto.

Me pregunté qué hora sería. Mi reloj no era luminoso. Lo mejor era que me fuese ya. Me levanté de la cama. A tientas, aunque esta vez no tan cautelosamente como antes, di la vuelta a la cama, salí del dormitorio, recorrí el pasillo, bajé las escaleras y entré en el vestíbulo de la casa. 

Encontré mi impermeable y las zapatillas. Me los puse. Llevaba un encendedor en el bolsillo del impermeable. Lo utilicé para ver qué hora era. Faltaban ocho minutos para las dos. Era más tarde de lo que me figuraba. Abrí la puerta principal y salí a la negra noche.

Mis pensamientos comenzaron a concentrarse en Jerry. ¿Estaría bien? ¿Se habría salido con la suya? Avancé en la oscuridad hacia el boquete del seto.

—Hola, chico —susurró una voz a mi lado.

—¡Jerry!

—¿Todo bien? —preguntó Jerry.

—Fantástico —dije—. Asombroso. ¿Y tú... qué?

—Lo mismo —dijo. Vi sus dientes blancos sonriéndome en la oscuridad—. ¡Lo hemos conseguido, Vic! —susurró, tocándome el brazo—. ¡Tenías razón! ¡Ha funcionado! ¡Ha sido sensacional!

—Nos veremos mañana —susurré—. Vete a casa.

Nos separamos. Crucé el seto y entré en mi casa. Al cabo de tres minutos me encontraba de vuelta en mi cama, sano y salvo, con mi propia esposa durmiendo profundamente a mi lado.

El día siguiente era domingo. Me levanté a las ocho y media y bajé en pijama y bata a preparar el desayuno para la familia, como hago todos los domingos. Mary seguía durmiendo arriba. Los dos chicos, Víctor, de nueve años, y Wally, de tres, ya estaban abajo.

—Hola, papá —dijo Wally.

—Voy a preparar algo nuevo para el desayuno —anuncié.

—¿Qué? —dijeron los dos chicos al unísono.

Habían ido al pueblo a buscar el periódico dominical y en aquel momento estaban leyendo las historietas de dibujos.

—Prepararemos unas tostadas, las untaremos con mantequilla y extenderemos mermelada de naranja encima —dije—. Luego colocaremos unas lonjas de tocino sobre la mermelada.

—¡Tocino! —exclamó Víctor—. ¡Con mermelada de naranja!

—Ya lo sé. Pero espera a probarlo. Es delicioso.

Saqué el zumo de pomelo y me bebí dos vasos. Puse otro sobre la mesa para cuando Mary bajase. Enchufé la cafetera eléctrica, metí el pan en la tostadora y empecé a freír el tocino. En eso estaba cuando Mary entró en la cocina. Llevaba una prenda de gasa vaporosa, color melocotón, encima del camisón.

—Buenos días —dije, observándola por encima del hombro mientras manipulaba la sartén.

No contestó. Se dirigió hacia la silla que solía ocupar ante la mesa de la cocina y se sentó. Luego empezó a beberse el zumo de pomelo. No me miró ni miró a los chicos. Seguí friendo el tocino.

—Hola, mami —dijo Wally. Tampoco esta vez contestó.

El olor de la grasa del tocino empezaba a revolverme el estómago.

—Me apetecería un poco de café —dijo Mary, sin apartar los ojos de la mesa. Su voz resultaba muy extraña.

—Marchando —dije.

Aparté la sartén del fuego y rápidamente preparé una taza de café instantáneo sin leche. Luego la coloqué ante ella.

—Muchachos —dijo Mary, dirigiéndose a los niños—. ¿Os importaría ir a leer en otra parte hasta que el desayuno esté preparado?

—¿Nosotros? —dijo Víctor—. ¿Por qué?

—Porque yo lo digo.

—¿Estamos haciendo algo malo? —preguntó Wally.

—No, cariño, no. Simplemente quiero estar a solas con papá un momento.

Sentí que me encogía dentro del pellejo y me entraron ganas de salir corriendo. Quería salir pitando por la puerta principal, correr calle abajo y esconderme en alguna parte.

—Sírvete una taza de café, Vic —dijo Mary— y siéntate.

Su voz era completamente inexpresiva. No había enfado en ella. Simplemente no había nada. Y seguía sin mirarme directamente. Los chicos salieron llevándose consigo la parte del periódico donde estaban las historietas de dibujos.

—Cerrad la puerta —les dijo Mary.

Eché una cucharadita de café en polvo en mi taza y vertí agua hirviendo encima. Después añadí leche y azúcar. El silencio era apabullante. Me acerqué a la mesa y me senté ante Mary. Tuve la sensación de haberme sentado en la silla eléctrica.

—Escúchame, Vic —dijo ella, mirando el interior de su taza de café—. Quiero dejar esto bien sentado antes de que pierda el dominio de mí misma y no pueda decirlo.

—¡Por el amor de Dios! ¿A qué viene tanto drama? —pregunté—. ¿Ha ocurrido algo?

—Sí, Vic, ha ocurrido algo.

—¿Qué?

Estaba pálida, inexpresiva y distante, inconsciente de la cocina a su alrededor.

—Adelante, pues, ¡desembucha! —dije, haciendo acopio de valor.

—Lo que voy a decir no te gustará mucho —dijo, y sus ojos grandes y azules, obsesionados, se posaron unos instantes en mi cara antes de clavarse de nuevo en la taza de café.

—¿Qué es eso que no va a gustarme mucho? —pregunté.

El terror empezaba a revolverme las tripas. Me sentía igual que los ladrones de los que me hablara el policía.

—Ya sabes que detesto hablar de hacer el amor y de esa clase de cosas —dijo—. No te he hablado ni una sola vez de ello en todo el tiempo que llevamos casados.

—Es verdad —dije.

Bebió un sorbo de café, pero sin paladearlo.

—La verdad es —dijo— que nunca me ha gustado. Si de veras quieres saberlo, es algo que siempre he detestado.

—¿Qué es lo que siempre has detestado? —pregunté.

—El sexo —dijo—. Hacerlo.

—¡Santo Dios! —exclamé.

—Nunca me ha proporcionado siquiera un ápice de placer.

La declaración resultaba demoledora de por sí, pero lo peor aún no había llegado. Estaba seguro de ello.

—Lo lamento si te has llevado una sorpresa —añadió.

No se me ocurrió nada que decir, así que permanecí callado.

Sus ojos volvieron a apartarse de la taza y se clavaron en los míos, vigilantes, como si estuviesen calculando algo; luego se posaron de nuevo en la taza.

—No pensaba decírtelo jamás —prosiguió—. Y nunca te lo hubiera dicho de no ser por lo de anoche.

—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó despacio.

—Pues anoche —dijo— averigüé la verdad de todo el asunto.

—¿De veras?

Me miró directamente; su cara estaba abierta como una flor.

—Sí —dije—. Tal como te digo. No me moví.

—¡Cariño! —exclamó, levantándose de un salto, abalanzándose sobre mí y dándome un beso enorme—. ¡Muchísimas gracias por lo de anoche! ¡Estuviste maravilloso! ¡Y yo estuve maravillosa! ¡Los dos estuvimos maravillosos! ¡No pongas esa cara tan azorada, cariño mío! ¡Deberías sentirte orgulloso de ti mismo! ¡Estuviste fantástico! ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Te quiero!

Seguí sentado, sin reaccionar.

Se inclinó ante mí y me rodeó los hombros con un brazo.

—Y ahora —dijo dulcemente—. Ahora que has... no sé muy bien cómo decirlo... ahora que has descubierto qué es lo que necesito... ¡a partir de ahora todo va a ser maravilloso!

Seguí inmovilizado en la silla. Mary regresó lentamente a la suya. Una gruesa lágrima surcaba una de sus mejillas. No acerté a explicarme el porqué.

—He hecho bien en decírtelo, ¿verdad? —dijo, sonriendo a través de sus lágrimas.

—Sí —dije—. Desde luego.

Me levanté y me acerqué a la cocina eléctrica para no tener que mirarla cara a cara. Por la ventana de la cocina vi a Jerry que cruzaba su jardín con el periódico dominical bajo el brazo. Había cierto ritmo alegre en su caminar, una especie de saltito de triunfo en cada paso que daba y, al llegar a los escalones del porche, los subió de dos en dos.

Mi dulce Jo - Howard Waldrop

 

Su nombre, de acuerdo con el certificado de nacimiento, era Edward Smith. La «señora Smith» lo había abandonado en el hospital, al partir con destino desconocido. Fue criado en el Hogar Sylacauga, situado en la calle 12 de Birmingham, Alabama.

El niño era precoz; de otro modo, nadie habría reparado en él. Los psicólogos se inclinaban a pensar que tanto su padre como su madre habían tenido un cociente intelectual de genios. Seguramente no había sacado su inteligencia del mostrador de un café de camioneros. No se sabía que era lo que había impulsado a la «señora Smith» a abandonar a su hijo recién nacido en la sala de maternidad de un gran hospital metropolitano.

Baste decir que, a los veintisiete años, Edward NMI Smith fue nombrado director de información pública de la Administración de los Servicios de Ciencias del Espacio. Era el hombre más joven y más brillante que había llegado a ocupar un puesto tan importante en el gobierno. En esa época estaba infelizmente casado y era padre de un niño; un hombre muy solo.

Durante el año en que estuvo al cargo de la dirección, los primeros hombres regresaron de las estrellas. Habían partido hacia Alfa del Centauro veintiséis años atrás, acelerando hasta alcanzar velocidades próximas a la de la luz, durante el tercio intermedio de su travesía. Llegaron en doce años. Una noche, dieciséis años después de la partida de las primeras naves, un mensaje cayó del claro cielo.

Siete de las nueve naves hicieron el viaje. Durante su transcurso, las tripulaciones permanecieron despiertas, como todas las tripulaciones de las naves espaciales. Guiaron a la enorme nave a través de la oscuridad, controlando por medio de monitores a aquellos colonizadores que viajaban congelados, con la esperanza de hallar un nuevo mundo cuya órbita girara alrededor de la estrella más próxima.

Alfa del Centauro IV, llamada Nova Terra (por supuesto), había sido descubierta en primer lugar. Poca gravedad, mucha luz solar, poco oxígeno, mucho nitrógeno. Un buen mundo.

El mensaje provino del nuevo transmisor de Nova Terra. La estación de radio había estado emitiendo durante cuatro años cuando su primer mensaje llegó a la Tierra, y otros cuatro años transcurrirían hasta que supieran si la Tierra había recibido el mensaje. Las distancias inmensas, la negrura profunda, las estrellas brillantes.

Mientras tanto, dos años y medio después de la colonización de Nova Terra, una expedición emprendió el regreso. Debido al tiempo de demora entre emisión y recepción, el mensaje que informaba acerca de su partida de Nova Terra fue recibido dieciocho años y medio después de que las naves abandonaran la Tierra. Alguien llegó rápidamente a la conclusión de que, en ese momento, ya hacía cuatro años que las naves estaban en camino, y que llegarían en otros ocho.

El mensaje decía: «Dos naves regresan a la Tierra. Los métodos desarrollados aquí permiten a las tripulaciones dormir por turnos. Algunos colonizadores de regreso. Hasta dentro de doce años.»

Ocho años más tarde, las naves estaban en órbita alrededor del sol, a unos pocos cientos de kilómetro por encima de la Tierra. De noche, se veían más brillantes que Venus, más brillantes que las estaciones espaciales que giraban cerca de ellas; dos estrellas nuevas en el cenit.

Ed Smith, el nuevo director de información de la Administración del Servicio de Ciencias del Espacio, y su equipo, estaban en la Estación Nº 3 para dar la bienvenida a los primeros hombres y mujeres que regresaban de las estrellas.

- ¡Madre Iglesia! En cualquier momento a partir de ahora - dijo Newton Thornton, mirando el reloj de pared.

- Tranquilo, Newton - dije -. Este es el momento de gloria de la Estación. El primero desde que partieron las naves estelares, hace casi tres décadas. No puedes censurarlos porque demoren la descompresión un poco más de lo debido.

- Ya lo sé, señor Smith - dijo -, pero maldición, bien que se están tomando su tiempo.

- Bien, los tendremos todo lo que queramos - dije.

Las puertas se abrieron y salieron, el director de la estación caminando a grandes trancos a la cabeza, como un león rey de la manada.

Su mano complacida se extendió casi automáticamente.

- Este es el señor Smith, damas y caballeros, el director de información de los Servicios del Espacio. Señor Smith, la tripulación y los colonizadores de Nova Terra.

Hice un pequeño saludo impaciente. Varios miembros de la tripulación me devolvieron el saludo, rígida y formalmente. Dos de las mujeres hicieron una reverencia.

Todos sonreímos.

El comandante Gunderson aspiraba el humo de su cigarro como si fuese aire.

- Le sorprenderá saber - dijo - que el tabaco no crece en las áreas de Nova Terra que hemos colonizado. La mayor parte del suelo es demasiado ácido. Por supuesto, eso era hace... ¿cuánto?... doce años. Ahora puede haber más tabaco que en Carolina del Norte. - Aspiró más humo de su cigarro.

- Así lo espero - dijo Newton -. Carolina ya no tiene tabaco.

- ¿Qué?

- Virginia, las Carolinas, Georgia, perdieron más de las tres cuartas partes de las cosechas, hace once años. Una nueva plaga de hongos. Se expande con rapidez. Las esporas se extienden en una capa tan gruesa, sobre el suelo, que la tierra no podrá ser usada durante años. Todo el tabaco que tenemos ahora se planta en Arizona, Nuevo México y en algunas partes de las llanuras californianas... que, en parte, aún eran desérticas cuando ustedes partieron - dijo Newton.

- Maldito sea - dijo Gunderson. La fatiga ensombreció su rostro -. Nos llevará un tiempo adaptarnos...

Miró con fijeza la brasa de su cigarro.

- Partí como colonizador. Veintiséis años atrás. Eso es mucho tiempo. Decidí que, aún con mi entrenamiento en el Servicio, sería mejor para mí viajar dormido. Por si alguna vez querían regresar y las tripulaciones se negaran a hacer otro viaje de doce años. - Se frotó el cabello cano.

- Los tripulantes... envejecieron. Yo no. Pensé que sería como ellos durante el viaje de regreso. Eso fue antes de que desarrolláramos los rápidos métodos criogénicos, que permiten que la tripulación duerma por turnos. Sólo he estado despierto durante siete meses, desde que partirnos de Nova Terra.

«Sabía que habría gente que querría regresar. No es una aventura estar allá afuera. Es un trabajo duro.»

Apagó la colilla con mucho cuidado.

- Diablos, he envejecido sólo tres años y siete meses desde que partí de la Tierra, veintiséis años atrás. Por supuesto, ya era viejo cuando partí.

Thornton se rió.

El Comandante Gunderson se puso serio.

- Hay gente que sólo envejeció tres años - dijo -. Algunos de los colonizadores partieron dormidos. Han regresado dormidos. Estuvieron despiertos sólo tres años. Lo que encontraron allí no les gustó más que lo que dejaron al partir.

Suspiró y se reclinó en su silla.

- Creo que fue por eso por lo que partí dormido, en lugar de partir como miembro de la tripulación. Sabía que habría gente como ésa, que necesitaría regresar más que había necesitado partir. Creo que fue por eso.

Después de que el Comandante se fue, Newton Thornton me miró.

- ¿Cómo lo harán para lograrlo? - preguntó.

- Como todo el mundo - dije, recordando -. Se las arreglan de uno u otro modo.

 

Los interrogatorios se demoraban. Los informes ocupaban un cuarto pequeño. Nacimientos y muertes, posibilidades de cultivo, deficiencias minerales; todo lo que sirve para decirle a uno qué clase de planeta es, para que uno pueda decidir cómo transformarlo en lo que uno quiere que sea. Aún teníamos que entrevistar a doce de los colonizadores que habían regresado, y al Capitán Welkins. Welkins había partido como miembro de la tripulación y había regresado igual. Despierto todo el tiempo. Los psicólogos lo entrevistaban primero. Nosotros hablaríamos con él más tarde. Los colonizadores y los tripulantes estaban ansiosos por descender al planeta del que habían partido veintiséis años atrás. Nosotros íbamos lo más rápido posible para conseguir la información que necesitábamos. Y estábamos tan cansados como ellos. A todos nos vendría bien un descanso.

A veces, durante aquella segunda semana, llamaba a mi esposa y a mi hijo.

 

Yo: Hola, Angie.

AN: ¿Eres tú, Ed?

YO: Sí. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Billy?

AN: Oh, estamos bien. Muy bien.

Yo: Dile que no sé cuándo estaré de regreso. Pero no me demoraré demasiado. Una semana, a lo sumo.

AN: Te echa de menos. Todo el día pregunta por ti.

Yo: Bien, creo que yo os encuentro a faltar a los dos.

AN: ¿Seguro?

Yo: Diablos, ya sabes lo que quiero decir.

AN: Bien, espero que vuelvas pronto.

Yo: Maldición, Angie. Lo que necesito es un descanso. Estoy rendido. Tengo mucho trabajo aquí.

AN: Entonces tal vez puedas llevar a Billy a las montañas dentro de unas semanas.

Yo: No quiero llevar a Billy a ninguna parte. Lo único que quiero es descansar.

AN: Perdóname.

Yo: Mira, Angie. Dile a Billy que lo veré pronto.

AN: ¿Y yo?

Yo: ¿Y tú qué?

AN: ¿Es que ni siquiera puedes tratar de ser amable de vez en cuando?

Yo: Hace mucho que dejé de hacerlo. Te veré pronto.

AN: ¿Estás seguro de que no desperdiciarás tu valioso tiempo si me ves?

Colgué. Maldición. Maldición.

 

Su nombre era Jo Ellen Singletary. Era una de las personas de las que había hablado el comandante Gunderson. Era muy bonita. A veces, mientras hablaba, se le formaban pequeñas arrugas alrededor de la boca. Minúsculas arrugas. Aparentaba veinte o veinticinco años.

Yo tenía listos sus informes parciales. Nunca los miraba hasta que no tenía que escribir los informes completos. Trabajaba con el biograma que Newton hacía de cada persona. Aún no me había entrevistado con Welkins. Los psicólogos se estaban demorando.

- Usted es uno de los casos especiales - dije.

- ¿Especiales? Oh, usted quiere decir que soy una de los que volvieron.

- Sí, de los que volvieron.

- Entonces supongo que soy especial - dijo ella.

- ¿Qué la hizo decidirse a regresar? - le pregunté.

- No... no me gustaba la vida allá. - Cambió de posición en la silla. Newton había ido a buscarnos algunos bocadillos. Ella paseó la mirada por el cuarto.

- Entonces volví. Quiero empezar otra vez aquí, en la Tierra.

- Advertirá que, las cosas han cambiado, en estos veintiséis años - dije.

Por toda respuesta, sus ojos empezaron a humedecerse. No me gustan las mujeres cuando lloran. Empecé a levantarme; luego me arrepentí.

- Lamento haberla alterado - dije -. Sólo era una pregunta.

- No. No, no era. - Su rostro se puso tenso -. Usted quiso decir que la vida aquí no será más fácil ahora que cuando me fui. ¿No es así?

Miré los papeles que estaban encima de mi escritorio.

- No. Ha sido una semana muy dura. Lamento haberla alterado. No tengo excusa.

- Sé que ha tenido una semana muy dura - dijo ella, con la vista clavada en mí. Comenzó a llorar otra vez -. Tampoco yo tengo excusa para llorar.

Ahora ella comenzó a llorar realmente.

Dejé la pluma, caminé alrededor del escritorio y me quedé a su lado como un tonto, mientras ella lloraba. Su pelo olía a almizcle. Usaba un nuevo perfume que debía haber comprado en la estación. Angie tenía el mismo, en casa.

Fue entonces que me di cuenta de la magnitud de lo que ella debía enfrentar. Regresaba a la Tierra con sólo tres años más de los que tenía cuando partió. Volvía a un mundo enteramente distinto. Lo que había visto a través de las ventanas de la estación no era la imagen familiar de la Tierra, sino otro planeta azul donde, por azar, se hablaba la misma lengua. El shock cultural la esperaba con sus fauces listas para atraparla. El shock tecnológico acechaba a la vuelta de cada esquina, en cada nuevo sonido. Y ella aún no había bajado a la Tierra.

Puse una mano en su cabeza.

- Puedo llamar a uno de los médicos para que le dé algo - le dije.

Sacudió la cabeza negativamente. Se recostó sobre mi mano.

- Tengo tanto miedo - dijo.

- Lo sé. Lo sé - dije.

Mentí.

 

Uno nunca se propone que pasen esas cosas.

Pasan, simplemente, a medida que se deteriora el matrimonio, y es algo tan sencillo que uno no lo advierte durante días, horas, hasta que uno no ve lo que ha pasado. Y entonces ya no hay nada que hacer, porque la situación lo tiene asido por el cuello y por el corazón.

No hay repique de campanas, ni cantos de pájaros. Sé que no debí haberla ayudado tanto como lo hice durante los días que siguieron. Pero también sé que no me podría haber sucedido con ninguna otra persona, en ninguna otra parte.

Las entrevistas habían terminado, incluso la de Welkins. Seguiríamos en contacto con Welkins. Algunos de los miembros de la tripulación y todos los colonizadores que habían regresado querían dejar los Servicios del Espacio. Era un embrollo legal regulado por las cortes. Si un hombre había prestado servicio durante treinta años, obtenía su pensión de retiro, más el incremento de la pensión debido a las misiones arriesgadas, aún cuando hubiera pasado doce o más de esos treinta años en un profundo sueño criogénico.

Yo podía dejar esos problemas para los abogados. Se hacían las bromas de siempre acerca de dormir en horas de servicio y de ser promovido durante el sueño, y acerca de todas esas cosas de las que yo podía prescindir.

No fueron solamente las últimas dos semanas y media las que me agotaron. Yo estaba realmente agotado. Agotado de trabajar. Agotado de vivir tal como había vivido durante los últimos cinco años. Ya había llegado hasta donde quería llegar en el Servicio. Podían tratar de promoverme a algún cargo administrativo en los laboratorios, pero yo no quería. Mi vida había sido escribir, trabajar con las palabras. No quería un empleo en el que las únicas palabras que usaría serían las del Informe Anual a la Nación. No quería salir, sino que, simplemente, no quería ascender.

Jo Ellen, el agotamiento, la soledad, el trabajo: todo me llegó al mismo tiempo.

No podía dejar que ella se alejara, que se perdiera en la multitud, con sólo una carta cada tres semanas.

 

Ella había estado en contaduría para buscar su paga de retiro. Con esa última firma de la nómina de salarios, nuestra relación dejaba de ser oficial. El sol brillaba en el azul cielo matinal por encima del edificio de los Servicios del Espacio. No había cohetes reluciendo bajo el sol. No había naves zumbando por encima de nuestras cabezas. Todos los lanzamientos se llevaban acabo fuera, salvo los de las naves que partían desde Florida.

Ella estaba vestida con un conjunto nuevo de pantalón y chaqueta. Estaba bella, su cabello color bronce relucía bajo la luz. El hormigón del paseo había empezado a irradiar olas de calor.

- Bien - dijo ella.

- Sí. Aquí termina todo - dije.

Ella me miró. Yo la miré. Visiones de fatalidad y polvo de estrellas.

- No lo creo - murmuró. Ante Dios y ante todo el mundo.

De la mano, cruzando el paseo.

El PACV que habíamos alquilado se detuvo cuando paré los motores.

Las estrellas, una de ellas la estrella a la que ella había ido y de la que había regresado, resplandecían encima nuestro.

Angie y Billy y los pensamientos de Angie y Billy a miles de kilómetros de distancia. Las ranas de Florida de fondo. Una muchacha de las estrellas a mi lado. Cerveza de Milwaukee en el refrigerador.

Escuchamos las ranas.

- No hay ninguna - dijo ella.

- ¿Qué?

- Ranas.

- ¿Qué?

- No hay ranas allá. En Nova Terra. No hay ranas.

- Oh.

Después, tras un silencio.

- ¿Qué dirá tu mujer? ¿Tienes hijos?

- Uno - dije -. Un varón. Cinco años. Se llama...

- No quiero saberlo - dijo ella -. No quiero.

- Está bien. No te preocupes.

- Ya lo estoy. Tú lo estás.

- Jesús - dije -. Jesús.

Me besó.

- ¿Lo merezco? No puede ser.

- Sí - dije.

 

Una señora vecina llamó al hotel cinco días más tarde. Estaba trastornada. Angie se había enterado de todo y lloraba todo el día. La vecina dijo que lo menos que yo podía hacer era tener la decencia de llamarla. Las copias fotostáticas de los informes de los colonizadores habían llegado a la casa. Lo menos que podía hacer era decirle qué era lo que quería hacer con ellos. Y así seguía y seguía y seguía.

Le pedí que le dijera a Angie que estaría allí al día siguiente.

A la mañana siguiente Jo Ellen hizo mi valija. Lloraba, y trataba de no hacerlo.

No le había dicho nada. Me desperté y observé cómo terminaba de poner mis últimas ropas en la maleta.

- Tienes el baño preparado. Tu traje está colgado junto a la bañera. Te reservé pasaje en el vuelo de las once y cuarenta. Sólo tendrás que apurarte un poco.

- ¿Cómo te enteraste? - le pregunté.

- No lo sé. Esto no es nuevo para mí. Es una de las razones por las que partí la primera vez. Nada mejoró allí.

- Volveré dentro de unos días.

- Lo sé - dijo ella, llorando.

Me afeité, tomé un baño y me acicalé. Cuando salí del baño, ella ya no estaba. No había dejado ninguna nota. El tiempo calmo, el vuelo sin novedad.

 

- ¿No trajiste a Jo Ellen? - me preguntó en cuanto traspuse la puerta.

Esta endemoniada situación duró hasta que me fui. No hubo arreglo, ni esperanzas, ni valió la pena discutir o rogar. Había llevado a Billy a la casa de su madre. Ya había conseguido un abogado. No quería nada más que librarse de mí y quedarse con Billy. Le dije que se quedara con todo. Que dejara los informes donde estaban. Yo haría que la agencia viniera a retirarlos. Y adiós.

Malos modos. Odio. Todo eso.

Hay sólo unos pocos lugares a donde uno puede correr cuando el mundo ha cambiado completamente. La hallé en uno de ellos.

Me acerqué muy silenciosamente y me senté junto a ella, que tomaba sol. Unos minutos después ella volvió la cabeza hacia donde yo me había sentado.

- Hola - le dije.

Ella se incorporó de un salto, luego volvió a apoyar la cabeza sobre la arena.

- No creí que volvieras, Ed. El último no volvió.

- No importa - dije -. Yo sí.

Ella siguió mirando la arena, fijamente, un rato.

Garrapateé algo sobre la resplandeciente arena de la playa.

- Dime - le dije - ¿Cómo es la vida allí?

Ella se rió y lloró y me atrajo hacia ella.

Las olas se movían y susurraban en la playa. Subía la marea.

 

Tres días más tarde reparamos por primera vez en el detective privado. Era un hombrecito gordo que había estado en dos de los lugares a los que nosotros habíamos ido. Jo Ellen lo vio primero.

Con el resurgir de la Madre Iglesia, hay algunas nuevas leyes arcaicas en los libros. Algunas exigen seis meses y un día de ausencia del hogar antes de declarar la deserción. O uno tiene que firmar una declaración de crueldad mental que lo hace aparecer como un verdadero canalla. Sin embargo, hay otro modo de obtener el divorcio en unas pocas semanas.

Traté de matar a ese bastardo antes de que él y su compañero dispararan el flash aquella noche. Aún había gente que se ganaba la vida consiguiendo pruebas para los divorcios. No sé qué pasará cuando el hombre sea lo suficientemente lúcido como para disolver un matrimonio en el momento en que dos personas dejen de llevarse bien.

La lámpara que arrojé se estrelló contra el dintel, al lado del fotógrafo. El grandote, el forzudo, se adelantó hacia mí mientras yo saltaba de la cama. Lo pateé tan fuerte como pude. Atrapó mi pie y me hizo caer sobre mi trasero. Me golpeé la cabeza contra la cama. El dolor me traspasó. Quedé ahí tendido, con la cabeza zumbándome.

- Si te vuelves a levantar, te haré daño - dijo el grandote. El gordito sacó otra instantánea, y le hizo señas al grandote para que saliera.

Jo Ellen lloraba mientras me ayudaba a levantarme. El gordo se fue. Yo también lloraba. Por lo menos todo terminaría pronto.

Cuando se me despejó la cabeza, empecé a redactar mi renuncia.

 

Pensamos que todo habría terminado. Sin embargo, Angie no me dejaba ir. Aquella noche me llamó por teléfono. Quería verme. Quería que volviéramos a intentarlo. Piensa en Billy.

- ¿Después de que tus matones hicieron lo que hicieron?

- Lo siento, cariño. No sabía que lo harían de esa manera. Sabes que necesitaba tener esas fotos.

- Seguro.

- Cariño, regresa conmigo. Olvidaré. Lo olvidaré todo si tú quieres. Romperé esas fotografías. Haremos cuenta de que esto no sucedió jamás. Por favor, cariño, por favor.

- Dale tus fotografías al juez. Y también a los periódicos, si quieres. De todos modos habrá escándalo, así que no importa si es un gran escándalo. Hazlo enseguida.

- No quiero herirte, cariño. Preferiría... No quiero hacerlo.

- Eres una perra. Angie.

- No digas eso. No lo digas.

- Fuera de mi vida. - Colgué el teléfono.

Había presentado mi renuncia la mañana anterior. Estábamos en la cama.

Miré el estómago de Jo Ellen. Minúsculas marcas alargadas subían por su abdomen formando una fina red. Es curioso que uno no repare en ciertas cosas durante algún tiempo.

Ella no era casada. Miré las marcas. No dije nada. Me acarició el cabello.

- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó -. Nos seguirán a todas partes.

- No a todas partes. - Me decidí en ese mismo instante.

- ¿A dónde no?

- Allí, fuera - dije.

- Oh, Ed, no. No podría hacerlo. Creo que no podría.

- No hay ningún problema, dijiste. Sólo dormir y despertarse en otro lugar.

- No. No es eso. ¿Y si pasa algo? ¿Y si alguno de los dos... no... no se despierta? ¿O los dos? ¿O si la nave no llega? Dos de las nuestras no llegaron - dijo.

- No podemos quedarnos aquí. No quiero. Demasiados recuerdos y todos malos. Salvo tú -. Besé sus húmedos párpados.

- ¿Cuándo? - preguntó ella.

- El mes próximo. Las doce naves. Podríamos olvidarlo todo, todo lo que pasó. Tus problemas, mis problemas.

- Sí - dijo ella -. Sí.

 

FUNCIONARIO DEL ESPACIO RENUNCIA.

ESPOSA DEL DIRECTOR DEL ESPACIO PIDE DIVORCIO.

HISTORIA DE AMOR DESDE LAS ESTRELLAS.

 

Todo estaba muy tranquilo en la sección de Criogenia. Los periódicos se habían olvidado de nosotros; estábamos a salvo hasta que partieran las naves. Yo aún tenía algunos amigos en el Servicio.

Cuarto de Preparación Nº 3. Los técnicos de batas blancas nos dejaron solos.

- No te pasará nada - dije -. Ya lo has hecho dos veces. Te dormirás inmediatamente. A mí, tendrán que encadenarme.

- No - dijo mi dulce Jo -. Tú también te dormirás enseguida. La próxima cosa que sabrás es que estás en un planeta nuevo, volviendo a empezar.

Ella lloraba. Ella era bella. Ella era mía.

- Ve tú primero. Te amo. Te veré después - dije. La besé. Le había dado una rosa, y ella la tenía como si fuera una mariposa, y lloraba sobre ella.

- Te amo - dijo ella. Me besó. Un técnico se la llevó. Ella era la luz y el aire, y yo la amaba.

Esperé la aguja.

Había alguien en el cuarto. Miré.

Angie había cambiado en un mes. Parecía dos veces mas vieja. Tenía el rostro demacrado, los ojos rojos. Tenía una expresión salvaje en el rostro, un animal oculto bajo la piel. Tuve miedo.

No había nadie con ella.

- ¿No trajiste a los periodistas? - pregunté -. No puedes dejarme ir, ¿no es cierto? ¿Vas a controlarme, para asegurarte de que sigo con esto?

- No - dijo -. Quería que leyeras esto. Me lo acaban de dar los detectives. Sólo quería que supieras lo que estás haciendo. No podía dejar que siguieras adelante.

- ¿Crees que puedes detenemos?

- No. Yo no. Tú solo te detendrás.

Se volvió y se fue. Yo no podía creerlo. Sin ruegos, sin amenazas. Abrí el sobre.

La primera página era un mensaje del director de la agencia de detectives. La siguiente información, etc. Había rastros de lágrimas sobre la página.

La segunda página era el informe sobre Jo Ellen, una de las copias que habían quedado en casa. La leí. Luego volví la página.

 

Angie, no podías dejarme ir, ¿no es cierto?

¿Puedes perdonarme, Jo Ellen? Te amo tanto.

Angie no podía dejarme ir. Tenía que fisgar. Tenía que hacerlo. Seguir los rastros hasta llegar a veintisiete años atrás.

La vida de Angie. Mi vida. Tu vida.

Fría, fría la aguja entrando en la vena. Caliente la droga. Rápido el sueño.

Angie no pensó que yo podría seguir adelante con todo.

Pesados mis párpados, oscura la noche en mi cerebro. Dormir como una piedra.

Jo Ellen, te amo, sin importarme nada. Los años transcurrirán en la rápida oscuridad. Tal vez haya un planeta verde allá.

Un planeta verde y fresco. El sitio perfecto para que un muchacho lleve a su madre a pasar la luna de miel.

Afortunadamente, no será otra Tierra. Porque la Tierra, en verdad, confunde a alguna gente.

 

FIN

 

 

 

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