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Mi dulce Jo - Howard Waldrop

 

Su nombre, de acuerdo con el certificado de nacimiento, era Edward Smith. La «señora Smith» lo había abandonado en el hospital, al partir con destino desconocido. Fue criado en el Hogar Sylacauga, situado en la calle 12 de Birmingham, Alabama.

El niño era precoz; de otro modo, nadie habría reparado en él. Los psicólogos se inclinaban a pensar que tanto su padre como su madre habían tenido un cociente intelectual de genios. Seguramente no había sacado su inteligencia del mostrador de un café de camioneros. No se sabía que era lo que había impulsado a la «señora Smith» a abandonar a su hijo recién nacido en la sala de maternidad de un gran hospital metropolitano.

Baste decir que, a los veintisiete años, Edward NMI Smith fue nombrado director de información pública de la Administración de los Servicios de Ciencias del Espacio. Era el hombre más joven y más brillante que había llegado a ocupar un puesto tan importante en el gobierno. En esa época estaba infelizmente casado y era padre de un niño; un hombre muy solo.

Durante el año en que estuvo al cargo de la dirección, los primeros hombres regresaron de las estrellas. Habían partido hacia Alfa del Centauro veintiséis años atrás, acelerando hasta alcanzar velocidades próximas a la de la luz, durante el tercio intermedio de su travesía. Llegaron en doce años. Una noche, dieciséis años después de la partida de las primeras naves, un mensaje cayó del claro cielo.

Siete de las nueve naves hicieron el viaje. Durante su transcurso, las tripulaciones permanecieron despiertas, como todas las tripulaciones de las naves espaciales. Guiaron a la enorme nave a través de la oscuridad, controlando por medio de monitores a aquellos colonizadores que viajaban congelados, con la esperanza de hallar un nuevo mundo cuya órbita girara alrededor de la estrella más próxima.

Alfa del Centauro IV, llamada Nova Terra (por supuesto), había sido descubierta en primer lugar. Poca gravedad, mucha luz solar, poco oxígeno, mucho nitrógeno. Un buen mundo.

El mensaje provino del nuevo transmisor de Nova Terra. La estación de radio había estado emitiendo durante cuatro años cuando su primer mensaje llegó a la Tierra, y otros cuatro años transcurrirían hasta que supieran si la Tierra había recibido el mensaje. Las distancias inmensas, la negrura profunda, las estrellas brillantes.

Mientras tanto, dos años y medio después de la colonización de Nova Terra, una expedición emprendió el regreso. Debido al tiempo de demora entre emisión y recepción, el mensaje que informaba acerca de su partida de Nova Terra fue recibido dieciocho años y medio después de que las naves abandonaran la Tierra. Alguien llegó rápidamente a la conclusión de que, en ese momento, ya hacía cuatro años que las naves estaban en camino, y que llegarían en otros ocho.

El mensaje decía: «Dos naves regresan a la Tierra. Los métodos desarrollados aquí permiten a las tripulaciones dormir por turnos. Algunos colonizadores de regreso. Hasta dentro de doce años.»

Ocho años más tarde, las naves estaban en órbita alrededor del sol, a unos pocos cientos de kilómetro por encima de la Tierra. De noche, se veían más brillantes que Venus, más brillantes que las estaciones espaciales que giraban cerca de ellas; dos estrellas nuevas en el cenit.

Ed Smith, el nuevo director de información de la Administración del Servicio de Ciencias del Espacio, y su equipo, estaban en la Estación Nº 3 para dar la bienvenida a los primeros hombres y mujeres que regresaban de las estrellas.

- ¡Madre Iglesia! En cualquier momento a partir de ahora - dijo Newton Thornton, mirando el reloj de pared.

- Tranquilo, Newton - dije -. Este es el momento de gloria de la Estación. El primero desde que partieron las naves estelares, hace casi tres décadas. No puedes censurarlos porque demoren la descompresión un poco más de lo debido.

- Ya lo sé, señor Smith - dijo -, pero maldición, bien que se están tomando su tiempo.

- Bien, los tendremos todo lo que queramos - dije.

Las puertas se abrieron y salieron, el director de la estación caminando a grandes trancos a la cabeza, como un león rey de la manada.

Su mano complacida se extendió casi automáticamente.

- Este es el señor Smith, damas y caballeros, el director de información de los Servicios del Espacio. Señor Smith, la tripulación y los colonizadores de Nova Terra.

Hice un pequeño saludo impaciente. Varios miembros de la tripulación me devolvieron el saludo, rígida y formalmente. Dos de las mujeres hicieron una reverencia.

Todos sonreímos.

El comandante Gunderson aspiraba el humo de su cigarro como si fuese aire.

- Le sorprenderá saber - dijo - que el tabaco no crece en las áreas de Nova Terra que hemos colonizado. La mayor parte del suelo es demasiado ácido. Por supuesto, eso era hace... ¿cuánto?... doce años. Ahora puede haber más tabaco que en Carolina del Norte. - Aspiró más humo de su cigarro.

- Así lo espero - dijo Newton -. Carolina ya no tiene tabaco.

- ¿Qué?

- Virginia, las Carolinas, Georgia, perdieron más de las tres cuartas partes de las cosechas, hace once años. Una nueva plaga de hongos. Se expande con rapidez. Las esporas se extienden en una capa tan gruesa, sobre el suelo, que la tierra no podrá ser usada durante años. Todo el tabaco que tenemos ahora se planta en Arizona, Nuevo México y en algunas partes de las llanuras californianas... que, en parte, aún eran desérticas cuando ustedes partieron - dijo Newton.

- Maldito sea - dijo Gunderson. La fatiga ensombreció su rostro -. Nos llevará un tiempo adaptarnos...

Miró con fijeza la brasa de su cigarro.

- Partí como colonizador. Veintiséis años atrás. Eso es mucho tiempo. Decidí que, aún con mi entrenamiento en el Servicio, sería mejor para mí viajar dormido. Por si alguna vez querían regresar y las tripulaciones se negaran a hacer otro viaje de doce años. - Se frotó el cabello cano.

- Los tripulantes... envejecieron. Yo no. Pensé que sería como ellos durante el viaje de regreso. Eso fue antes de que desarrolláramos los rápidos métodos criogénicos, que permiten que la tripulación duerma por turnos. Sólo he estado despierto durante siete meses, desde que partirnos de Nova Terra.

«Sabía que habría gente que querría regresar. No es una aventura estar allá afuera. Es un trabajo duro.»

Apagó la colilla con mucho cuidado.

- Diablos, he envejecido sólo tres años y siete meses desde que partí de la Tierra, veintiséis años atrás. Por supuesto, ya era viejo cuando partí.

Thornton se rió.

El Comandante Gunderson se puso serio.

- Hay gente que sólo envejeció tres años - dijo -. Algunos de los colonizadores partieron dormidos. Han regresado dormidos. Estuvieron despiertos sólo tres años. Lo que encontraron allí no les gustó más que lo que dejaron al partir.

Suspiró y se reclinó en su silla.

- Creo que fue por eso por lo que partí dormido, en lugar de partir como miembro de la tripulación. Sabía que habría gente como ésa, que necesitaría regresar más que había necesitado partir. Creo que fue por eso.

Después de que el Comandante se fue, Newton Thornton me miró.

- ¿Cómo lo harán para lograrlo? - preguntó.

- Como todo el mundo - dije, recordando -. Se las arreglan de uno u otro modo.

 

Los interrogatorios se demoraban. Los informes ocupaban un cuarto pequeño. Nacimientos y muertes, posibilidades de cultivo, deficiencias minerales; todo lo que sirve para decirle a uno qué clase de planeta es, para que uno pueda decidir cómo transformarlo en lo que uno quiere que sea. Aún teníamos que entrevistar a doce de los colonizadores que habían regresado, y al Capitán Welkins. Welkins había partido como miembro de la tripulación y había regresado igual. Despierto todo el tiempo. Los psicólogos lo entrevistaban primero. Nosotros hablaríamos con él más tarde. Los colonizadores y los tripulantes estaban ansiosos por descender al planeta del que habían partido veintiséis años atrás. Nosotros íbamos lo más rápido posible para conseguir la información que necesitábamos. Y estábamos tan cansados como ellos. A todos nos vendría bien un descanso.

A veces, durante aquella segunda semana, llamaba a mi esposa y a mi hijo.

 

Yo: Hola, Angie.

AN: ¿Eres tú, Ed?

YO: Sí. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Billy?

AN: Oh, estamos bien. Muy bien.

Yo: Dile que no sé cuándo estaré de regreso. Pero no me demoraré demasiado. Una semana, a lo sumo.

AN: Te echa de menos. Todo el día pregunta por ti.

Yo: Bien, creo que yo os encuentro a faltar a los dos.

AN: ¿Seguro?

Yo: Diablos, ya sabes lo que quiero decir.

AN: Bien, espero que vuelvas pronto.

Yo: Maldición, Angie. Lo que necesito es un descanso. Estoy rendido. Tengo mucho trabajo aquí.

AN: Entonces tal vez puedas llevar a Billy a las montañas dentro de unas semanas.

Yo: No quiero llevar a Billy a ninguna parte. Lo único que quiero es descansar.

AN: Perdóname.

Yo: Mira, Angie. Dile a Billy que lo veré pronto.

AN: ¿Y yo?

Yo: ¿Y tú qué?

AN: ¿Es que ni siquiera puedes tratar de ser amable de vez en cuando?

Yo: Hace mucho que dejé de hacerlo. Te veré pronto.

AN: ¿Estás seguro de que no desperdiciarás tu valioso tiempo si me ves?

Colgué. Maldición. Maldición.

 

Su nombre era Jo Ellen Singletary. Era una de las personas de las que había hablado el comandante Gunderson. Era muy bonita. A veces, mientras hablaba, se le formaban pequeñas arrugas alrededor de la boca. Minúsculas arrugas. Aparentaba veinte o veinticinco años.

Yo tenía listos sus informes parciales. Nunca los miraba hasta que no tenía que escribir los informes completos. Trabajaba con el biograma que Newton hacía de cada persona. Aún no me había entrevistado con Welkins. Los psicólogos se estaban demorando.

- Usted es uno de los casos especiales - dije.

- ¿Especiales? Oh, usted quiere decir que soy una de los que volvieron.

- Sí, de los que volvieron.

- Entonces supongo que soy especial - dijo ella.

- ¿Qué la hizo decidirse a regresar? - le pregunté.

- No... no me gustaba la vida allá. - Cambió de posición en la silla. Newton había ido a buscarnos algunos bocadillos. Ella paseó la mirada por el cuarto.

- Entonces volví. Quiero empezar otra vez aquí, en la Tierra.

- Advertirá que, las cosas han cambiado, en estos veintiséis años - dije.

Por toda respuesta, sus ojos empezaron a humedecerse. No me gustan las mujeres cuando lloran. Empecé a levantarme; luego me arrepentí.

- Lamento haberla alterado - dije -. Sólo era una pregunta.

- No. No, no era. - Su rostro se puso tenso -. Usted quiso decir que la vida aquí no será más fácil ahora que cuando me fui. ¿No es así?

Miré los papeles que estaban encima de mi escritorio.

- No. Ha sido una semana muy dura. Lamento haberla alterado. No tengo excusa.

- Sé que ha tenido una semana muy dura - dijo ella, con la vista clavada en mí. Comenzó a llorar otra vez -. Tampoco yo tengo excusa para llorar.

Ahora ella comenzó a llorar realmente.

Dejé la pluma, caminé alrededor del escritorio y me quedé a su lado como un tonto, mientras ella lloraba. Su pelo olía a almizcle. Usaba un nuevo perfume que debía haber comprado en la estación. Angie tenía el mismo, en casa.

Fue entonces que me di cuenta de la magnitud de lo que ella debía enfrentar. Regresaba a la Tierra con sólo tres años más de los que tenía cuando partió. Volvía a un mundo enteramente distinto. Lo que había visto a través de las ventanas de la estación no era la imagen familiar de la Tierra, sino otro planeta azul donde, por azar, se hablaba la misma lengua. El shock cultural la esperaba con sus fauces listas para atraparla. El shock tecnológico acechaba a la vuelta de cada esquina, en cada nuevo sonido. Y ella aún no había bajado a la Tierra.

Puse una mano en su cabeza.

- Puedo llamar a uno de los médicos para que le dé algo - le dije.

Sacudió la cabeza negativamente. Se recostó sobre mi mano.

- Tengo tanto miedo - dijo.

- Lo sé. Lo sé - dije.

Mentí.

 

Uno nunca se propone que pasen esas cosas.

Pasan, simplemente, a medida que se deteriora el matrimonio, y es algo tan sencillo que uno no lo advierte durante días, horas, hasta que uno no ve lo que ha pasado. Y entonces ya no hay nada que hacer, porque la situación lo tiene asido por el cuello y por el corazón.

No hay repique de campanas, ni cantos de pájaros. Sé que no debí haberla ayudado tanto como lo hice durante los días que siguieron. Pero también sé que no me podría haber sucedido con ninguna otra persona, en ninguna otra parte.

Las entrevistas habían terminado, incluso la de Welkins. Seguiríamos en contacto con Welkins. Algunos de los miembros de la tripulación y todos los colonizadores que habían regresado querían dejar los Servicios del Espacio. Era un embrollo legal regulado por las cortes. Si un hombre había prestado servicio durante treinta años, obtenía su pensión de retiro, más el incremento de la pensión debido a las misiones arriesgadas, aún cuando hubiera pasado doce o más de esos treinta años en un profundo sueño criogénico.

Yo podía dejar esos problemas para los abogados. Se hacían las bromas de siempre acerca de dormir en horas de servicio y de ser promovido durante el sueño, y acerca de todas esas cosas de las que yo podía prescindir.

No fueron solamente las últimas dos semanas y media las que me agotaron. Yo estaba realmente agotado. Agotado de trabajar. Agotado de vivir tal como había vivido durante los últimos cinco años. Ya había llegado hasta donde quería llegar en el Servicio. Podían tratar de promoverme a algún cargo administrativo en los laboratorios, pero yo no quería. Mi vida había sido escribir, trabajar con las palabras. No quería un empleo en el que las únicas palabras que usaría serían las del Informe Anual a la Nación. No quería salir, sino que, simplemente, no quería ascender.

Jo Ellen, el agotamiento, la soledad, el trabajo: todo me llegó al mismo tiempo.

No podía dejar que ella se alejara, que se perdiera en la multitud, con sólo una carta cada tres semanas.

 

Ella había estado en contaduría para buscar su paga de retiro. Con esa última firma de la nómina de salarios, nuestra relación dejaba de ser oficial. El sol brillaba en el azul cielo matinal por encima del edificio de los Servicios del Espacio. No había cohetes reluciendo bajo el sol. No había naves zumbando por encima de nuestras cabezas. Todos los lanzamientos se llevaban acabo fuera, salvo los de las naves que partían desde Florida.

Ella estaba vestida con un conjunto nuevo de pantalón y chaqueta. Estaba bella, su cabello color bronce relucía bajo la luz. El hormigón del paseo había empezado a irradiar olas de calor.

- Bien - dijo ella.

- Sí. Aquí termina todo - dije.

Ella me miró. Yo la miré. Visiones de fatalidad y polvo de estrellas.

- No lo creo - murmuró. Ante Dios y ante todo el mundo.

De la mano, cruzando el paseo.

El PACV que habíamos alquilado se detuvo cuando paré los motores.

Las estrellas, una de ellas la estrella a la que ella había ido y de la que había regresado, resplandecían encima nuestro.

Angie y Billy y los pensamientos de Angie y Billy a miles de kilómetros de distancia. Las ranas de Florida de fondo. Una muchacha de las estrellas a mi lado. Cerveza de Milwaukee en el refrigerador.

Escuchamos las ranas.

- No hay ninguna - dijo ella.

- ¿Qué?

- Ranas.

- ¿Qué?

- No hay ranas allá. En Nova Terra. No hay ranas.

- Oh.

Después, tras un silencio.

- ¿Qué dirá tu mujer? ¿Tienes hijos?

- Uno - dije -. Un varón. Cinco años. Se llama...

- No quiero saberlo - dijo ella -. No quiero.

- Está bien. No te preocupes.

- Ya lo estoy. Tú lo estás.

- Jesús - dije -. Jesús.

Me besó.

- ¿Lo merezco? No puede ser.

- Sí - dije.

 

Una señora vecina llamó al hotel cinco días más tarde. Estaba trastornada. Angie se había enterado de todo y lloraba todo el día. La vecina dijo que lo menos que yo podía hacer era tener la decencia de llamarla. Las copias fotostáticas de los informes de los colonizadores habían llegado a la casa. Lo menos que podía hacer era decirle qué era lo que quería hacer con ellos. Y así seguía y seguía y seguía.

Le pedí que le dijera a Angie que estaría allí al día siguiente.

A la mañana siguiente Jo Ellen hizo mi valija. Lloraba, y trataba de no hacerlo.

No le había dicho nada. Me desperté y observé cómo terminaba de poner mis últimas ropas en la maleta.

- Tienes el baño preparado. Tu traje está colgado junto a la bañera. Te reservé pasaje en el vuelo de las once y cuarenta. Sólo tendrás que apurarte un poco.

- ¿Cómo te enteraste? - le pregunté.

- No lo sé. Esto no es nuevo para mí. Es una de las razones por las que partí la primera vez. Nada mejoró allí.

- Volveré dentro de unos días.

- Lo sé - dijo ella, llorando.

Me afeité, tomé un baño y me acicalé. Cuando salí del baño, ella ya no estaba. No había dejado ninguna nota. El tiempo calmo, el vuelo sin novedad.

 

- ¿No trajiste a Jo Ellen? - me preguntó en cuanto traspuse la puerta.

Esta endemoniada situación duró hasta que me fui. No hubo arreglo, ni esperanzas, ni valió la pena discutir o rogar. Había llevado a Billy a la casa de su madre. Ya había conseguido un abogado. No quería nada más que librarse de mí y quedarse con Billy. Le dije que se quedara con todo. Que dejara los informes donde estaban. Yo haría que la agencia viniera a retirarlos. Y adiós.

Malos modos. Odio. Todo eso.

Hay sólo unos pocos lugares a donde uno puede correr cuando el mundo ha cambiado completamente. La hallé en uno de ellos.

Me acerqué muy silenciosamente y me senté junto a ella, que tomaba sol. Unos minutos después ella volvió la cabeza hacia donde yo me había sentado.

- Hola - le dije.

Ella se incorporó de un salto, luego volvió a apoyar la cabeza sobre la arena.

- No creí que volvieras, Ed. El último no volvió.

- No importa - dije -. Yo sí.

Ella siguió mirando la arena, fijamente, un rato.

Garrapateé algo sobre la resplandeciente arena de la playa.

- Dime - le dije - ¿Cómo es la vida allí?

Ella se rió y lloró y me atrajo hacia ella.

Las olas se movían y susurraban en la playa. Subía la marea.

 

Tres días más tarde reparamos por primera vez en el detective privado. Era un hombrecito gordo que había estado en dos de los lugares a los que nosotros habíamos ido. Jo Ellen lo vio primero.

Con el resurgir de la Madre Iglesia, hay algunas nuevas leyes arcaicas en los libros. Algunas exigen seis meses y un día de ausencia del hogar antes de declarar la deserción. O uno tiene que firmar una declaración de crueldad mental que lo hace aparecer como un verdadero canalla. Sin embargo, hay otro modo de obtener el divorcio en unas pocas semanas.

Traté de matar a ese bastardo antes de que él y su compañero dispararan el flash aquella noche. Aún había gente que se ganaba la vida consiguiendo pruebas para los divorcios. No sé qué pasará cuando el hombre sea lo suficientemente lúcido como para disolver un matrimonio en el momento en que dos personas dejen de llevarse bien.

La lámpara que arrojé se estrelló contra el dintel, al lado del fotógrafo. El grandote, el forzudo, se adelantó hacia mí mientras yo saltaba de la cama. Lo pateé tan fuerte como pude. Atrapó mi pie y me hizo caer sobre mi trasero. Me golpeé la cabeza contra la cama. El dolor me traspasó. Quedé ahí tendido, con la cabeza zumbándome.

- Si te vuelves a levantar, te haré daño - dijo el grandote. El gordito sacó otra instantánea, y le hizo señas al grandote para que saliera.

Jo Ellen lloraba mientras me ayudaba a levantarme. El gordo se fue. Yo también lloraba. Por lo menos todo terminaría pronto.

Cuando se me despejó la cabeza, empecé a redactar mi renuncia.

 

Pensamos que todo habría terminado. Sin embargo, Angie no me dejaba ir. Aquella noche me llamó por teléfono. Quería verme. Quería que volviéramos a intentarlo. Piensa en Billy.

- ¿Después de que tus matones hicieron lo que hicieron?

- Lo siento, cariño. No sabía que lo harían de esa manera. Sabes que necesitaba tener esas fotos.

- Seguro.

- Cariño, regresa conmigo. Olvidaré. Lo olvidaré todo si tú quieres. Romperé esas fotografías. Haremos cuenta de que esto no sucedió jamás. Por favor, cariño, por favor.

- Dale tus fotografías al juez. Y también a los periódicos, si quieres. De todos modos habrá escándalo, así que no importa si es un gran escándalo. Hazlo enseguida.

- No quiero herirte, cariño. Preferiría... No quiero hacerlo.

- Eres una perra. Angie.

- No digas eso. No lo digas.

- Fuera de mi vida. - Colgué el teléfono.

Había presentado mi renuncia la mañana anterior. Estábamos en la cama.

Miré el estómago de Jo Ellen. Minúsculas marcas alargadas subían por su abdomen formando una fina red. Es curioso que uno no repare en ciertas cosas durante algún tiempo.

Ella no era casada. Miré las marcas. No dije nada. Me acarició el cabello.

- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó -. Nos seguirán a todas partes.

- No a todas partes. - Me decidí en ese mismo instante.

- ¿A dónde no?

- Allí, fuera - dije.

- Oh, Ed, no. No podría hacerlo. Creo que no podría.

- No hay ningún problema, dijiste. Sólo dormir y despertarse en otro lugar.

- No. No es eso. ¿Y si pasa algo? ¿Y si alguno de los dos... no... no se despierta? ¿O los dos? ¿O si la nave no llega? Dos de las nuestras no llegaron - dijo.

- No podemos quedarnos aquí. No quiero. Demasiados recuerdos y todos malos. Salvo tú -. Besé sus húmedos párpados.

- ¿Cuándo? - preguntó ella.

- El mes próximo. Las doce naves. Podríamos olvidarlo todo, todo lo que pasó. Tus problemas, mis problemas.

- Sí - dijo ella -. Sí.

 

FUNCIONARIO DEL ESPACIO RENUNCIA.

ESPOSA DEL DIRECTOR DEL ESPACIO PIDE DIVORCIO.

HISTORIA DE AMOR DESDE LAS ESTRELLAS.

 

Todo estaba muy tranquilo en la sección de Criogenia. Los periódicos se habían olvidado de nosotros; estábamos a salvo hasta que partieran las naves. Yo aún tenía algunos amigos en el Servicio.

Cuarto de Preparación Nº 3. Los técnicos de batas blancas nos dejaron solos.

- No te pasará nada - dije -. Ya lo has hecho dos veces. Te dormirás inmediatamente. A mí, tendrán que encadenarme.

- No - dijo mi dulce Jo -. Tú también te dormirás enseguida. La próxima cosa que sabrás es que estás en un planeta nuevo, volviendo a empezar.

Ella lloraba. Ella era bella. Ella era mía.

- Ve tú primero. Te amo. Te veré después - dije. La besé. Le había dado una rosa, y ella la tenía como si fuera una mariposa, y lloraba sobre ella.

- Te amo - dijo ella. Me besó. Un técnico se la llevó. Ella era la luz y el aire, y yo la amaba.

Esperé la aguja.

Había alguien en el cuarto. Miré.

Angie había cambiado en un mes. Parecía dos veces mas vieja. Tenía el rostro demacrado, los ojos rojos. Tenía una expresión salvaje en el rostro, un animal oculto bajo la piel. Tuve miedo.

No había nadie con ella.

- ¿No trajiste a los periodistas? - pregunté -. No puedes dejarme ir, ¿no es cierto? ¿Vas a controlarme, para asegurarte de que sigo con esto?

- No - dijo -. Quería que leyeras esto. Me lo acaban de dar los detectives. Sólo quería que supieras lo que estás haciendo. No podía dejar que siguieras adelante.

- ¿Crees que puedes detenemos?

- No. Yo no. Tú solo te detendrás.

Se volvió y se fue. Yo no podía creerlo. Sin ruegos, sin amenazas. Abrí el sobre.

La primera página era un mensaje del director de la agencia de detectives. La siguiente información, etc. Había rastros de lágrimas sobre la página.

La segunda página era el informe sobre Jo Ellen, una de las copias que habían quedado en casa. La leí. Luego volví la página.

 

Angie, no podías dejarme ir, ¿no es cierto?

¿Puedes perdonarme, Jo Ellen? Te amo tanto.

Angie no podía dejarme ir. Tenía que fisgar. Tenía que hacerlo. Seguir los rastros hasta llegar a veintisiete años atrás.

La vida de Angie. Mi vida. Tu vida.

Fría, fría la aguja entrando en la vena. Caliente la droga. Rápido el sueño.

Angie no pensó que yo podría seguir adelante con todo.

Pesados mis párpados, oscura la noche en mi cerebro. Dormir como una piedra.

Jo Ellen, te amo, sin importarme nada. Los años transcurrirán en la rápida oscuridad. Tal vez haya un planeta verde allá.

Un planeta verde y fresco. El sitio perfecto para que un muchacho lleve a su madre a pasar la luna de miel.

Afortunadamente, no será otra Tierra. Porque la Tierra, en verdad, confunde a alguna gente.

 

FIN

 

 

 

Libros Tauro

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Aire Frío - H.P. Lovecraft

Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal. 

Están aquellos que dicen que reacciono al frío como otros lo hacen al mal olor, y soy el último en negar esta impresión. Lo que haré está relacionado con el más horrible hecho con que nunca me encontré, y dejo a tu juicio si ésta es o no una explicación congruente de mi peculiaridad.

Es un error imaginar que ese horror está inseparablemente asociado a la oscuridad, el silencio, y la soledad. Me encontré en el resplandor de media tarde, en el estrépito de la metrópolis, y en medio de un destartalado y vulgar albergue con una patrona prosaica y dos hombres fornidos a mi lado. 

En la primavera de 1923 había adquirido un almacén de trabajo lúgubre y desaprovechado en la ciudad de Nueva York; y siendo incapaz de pagar un alquiler nada considerable, comencé a caminar a la deriva desde una pensión barata a otra en busca de una habitación que me permitiera combinar las cualidades de una higiene decente, mobiliario tolerable, y un muy razonable precio. Pronto entendí que sólo tenía una elección entre varias, pero después de un tiempo encontré una casa en la Calle Decimocuarta Oeste que me asqueaba mucho menos que las demás que había probado.

El sitio era una histórica mansión de piedra arenisca, aparentemente fechada a finales de los cuarenta, y acondicionada con carpintería y mármol que manchaba y mancillaba el esplendor descendiendo de altos niveles de opulento buen gusto. 

En las habitaciones, grandes y altas, y decoradas con un papel imposible y ridículamente adornadas con cornisas de escayola, se consumía un deprimente moho y un asomo de oscuro arte culinario; pero los suelos estaban limpios, la lencería tolerablemente bien, y el agua caliente no demasiado frecuentemente fría o desconectada, así que llegué a considerarlo, al menos, un sitio soportable para hibernar hasta que uno pudiera realmente vivir de nuevo. 

La casera, una desaliñada, casi barbuda mujer española llamada Herrero, no me molestaba con chismes o con críticas de la última lámpara eléctrica achicharrada en mi habitación del tercer piso frente al vestíbulo; y mis compañeros inquilinos eran tan silenciosos y poco comunicativos como uno pudiera desear, siendo mayoritariamente hispanos de grado tosco y crudo. Solamente el estrépito de los coches en la calle de debajo resultaban una seria molestia.

Llevaba allí cerca de tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño. Un anochecer, sobre las ocho, oí una salpicadura sobre el suelo y me alertó de que había estado sintiendo el olor acre del amoniaco durante algún tiempo. Mirando alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteante; aparentemente la mojadura procedía de una esquina sobre el lado de la calle. Ansioso por detener el asunto en su origen, corrí al sótano a decírselo a la casera; y me aseguró que el problema sería rápidamente solucionado.

El Doctor Muñoz, lloriqueó mientras se apresuraba escaleras arriba delante de mí, tiene arriba sus productos químicos. Está demasiado enfermo para medicarse - cada vez está más enfermo - pero no quiere ayuda de nadie. Es muy extraña su enfermedad - todo el día toma baños apestosos, y no puede reanimarse o entrar en calor. Se hace sus propias faenas - su pequeña habitación está llena de botellas y máquinas, y no ejerce como médico. Pero una vez fue bueno - mi padre en Barcelona oyó hablar de él - y tan sólo le curó el brazo al fontanero que se hizo daño hace poco. Nunca sale, solamente al tejado, y mi hijo Esteban le trae comida y ropa limpia, y medicinas y productos químicos. ¡Dios mío, el amoniaco que usa para mantenerse frío!

La Sra. Herrero desapareció escaleras arriba hacia el cuarto piso, y volví a mi habitación. El amoniaco cesó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había manchado y abría la ventana para airear, oí los pesados pasos de la casera sobre mí. 

Nunca había oído al Dr. Muñoz, excepto por ciertos sonidos como de un mecanismo a gasolina; puesto que sus pasos eran silenciosos y suaves. Me pregunté por un momento cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y si su obstinado rechazo a una ayuda externa no era el resultado de una excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné trivialmente, un infinito patetismo en la situación de una persona eminente venida a menos en este mundo.

Nunca hubiera conocido al Dr. Muñoz de no haber sido por el infarto que súbitamente me dio una mañana que estaba sentado en mi habitación escribiendo. Lo médicos me habían avisado del peligro de esos ataques, y sabía que no había tiempo que perder; así, recordando que la casera me había dicho sobre la ayuda del operario lesionado, me arrastré escaleras arriba y llamé débilmente a la puerta encima de la mía. 

Mi golpe fue contestado en un inglés correcto por una voz inquisitiva a cierta distancia, preguntando mi nombre y profesión; y cuando dichas cosas fueron contestadas, vino y abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.

Una ráfaga de aire frío me saludó; y sin embargo el día era uno de los más calurosos del presente Junio, temblé mientras atravesaba el umbral entrando en un gran aposento el cual me sorprendió por la decoración de buen gusto en este nido de mugre y de aspecto raído. 

Un sofá cama ahora cumpliendo su función diurna de sofá, y los muebles de caoba, fastuosas colgaduras, antiguos cuadros, y librerías repletas revelaban el estudio de un gentilhombre más que un dormitorio de pensión. Ahora vi que el vestíbulo de la habitación sobre la mía - la "pequeña habitación" de botellas y máquinas que la Sra. Herrero había mencionado - era simplemente el laboratorio del doctor; y de esta manera, su dormitorio permanecía en la espaciosa habitación contigua, cuya cómoda alcoba y gran baño adyacente le permitían camuflar el tocador y los evidentemente útiles aparatos. El Dr. Muñoz, sin duda alguna, era un hombre de edad, cultura y distinción.

La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía un atavío formal de corte y hechura perfecto. Una cara larga avezada, aunque sin expresión altiva, estaba adornada por una pequeña barba gris, y unos anticuados espejuelos protegían su ojos oscuros y penetrantes, una nariz aquilina que daba un toque árabe a una fisonomía por otra parte Celta. Un abundante y bien cortado cabello, que anunciaba puntuales visitas al peluquero, estaba airosamente dividido encima de la alta frente; y el retrato completo denotaba un golpe de inteligencia y linaje y crianza superior.

A pesar de todo, tan pronto como vi al Dr. Muñoz en esa ráfaga de aire frío, sentí una repugnancia que no se podía justificar con su aspecto. Únicamente su pálido semblante y frialdad de trato podían haber ofrecido una base física para este sentimiento, incluso estas cosas habrían sido excusables considerando la conocida invalidez del hombre. Podría, también, haber sido el frío singular que me alienaba; de tal modo el frío era anormal en un día tan caluroso, y lo anormal siempre despierta la aversión, desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia pronto se convirtió en admiración, a causa de la insólita habilidad del médico que de inmediato se manifestó, a pesar del frío y el estado tembloroso de sus manos pálidas. Entendió claramente mis necesidades de una mirada, y las atendió con destreza magistral; al mismo tiempo que me reconfortaba con una voz de fina modulación, si bien curiosamente cavernosa y hueca que era el más amargo enemigo del alma, y había hundido su fortuna y perdido todos sus amigos en una vida consagrada a extravagantes experimentos para su desconcierto y extirpación. 

Algo de fanático benevolente parecía residir en él, y divagaba apenas mientras sondeaba mi pecho y mezclaba un trago de drogas adecuadas que traía del pequeño laboratorio. Evidentemente me encontraba en compañía de un hombre de buena cuna, una novedad excepcional en este ambiente sórdido, y se animaba en un inusual discurso como si recuerdos de días mejores surgieran de él.

Su voz, siendo extraña, era, al menos, apaciguadora; y no podía entender como respiraba a través de las enrolladas frases locuaces. Buscaba distraer mis pensamientos de mi ataque hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo su consuelo cuidadoso sobre mi corazón débil insistiendo en que la voluntad y la sabiduría hacen fuerte a un órgano para vivir, podía a través de una mejora científica de esas cualidades, una clase de brío nervioso a pesar de los daños más graves, defectos, incluso la falta de energía en órganos específicos. Podía algún día, dijo medio en broma, enseñarme a vivir - o al menos a poseer algún tipo de existencia consciente - ¡sin tener corazón en absoluto!. 

Por su parte, estaba afligido con unas enfermedades complicadas que requerían una muy acertada conducta que incluía un frío constante. Cualquier subida de la temperatura señalada podría, si se prolongaba, afectarle fatalmente; y la frialdad de su habitación - alrededor de 55 ó 56 grados Fahrenheit - era mantenida por un sistema de absorción de amoníaco frío, y el motor de gasolina de esa bomba, que yo había oído a menudo en mi habitación.

Aliviado de mi ataque en un tiempo asombrosamente corto, abandoné el frío lugar como discípulo y devoto del superdotado recluso. Después de eso le pagaba con frecuentes visitas; escuchando mientras me contaba investigaciones secretas y los más o menos terribles resultados, y temblaba un poco cuando examinaba los singulares y curiosamente antiguos volúmenes de sus estantes. 

Finalmente fui, puedo añadir, curado del todo de mi afección por sus hábiles servicios. Parecía no desdeñar los conjuros de los medievalistas, dado que creía que esas fórmulas enigmáticas contenían raros estímulos psicológicos que, concebiblemente, podían tener efectos sobre la esencia de un sistema nervioso del cuál partían los pulsos orgánicos. 

Había conocido por su influencia al anciano Dr. Torres de Valencia, quién había compartido sus primeros experimentos y le había orientado a través de las grandes afecciones de dieciocho años atrás, de dónde procedían sus desarreglos presentes. 

No hacía mucho el venerable practicante había salvado a su colega de sucumbir al hosco enemigo contra el que había luchado. Quizás la tensión había sido demasiado grande; el Dr. Muñoz lo hacía susurrando claro, aunque no con detalle - que los métodos de curación habían sido de lo más extraordinarios, aunque envolvía escenas y procesos no bienvenidos por los galenos ancianos y conservadores.

Según pasaban las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo iba, lenta pero inequívocamente, perdiendo el control, como la Sra. Herrero había insinuado. El aspecto lívido de su semblante era intenso, su voz a menudo era hueca y poco clara, su movimiento muscular tenía menos coordinación, y su mente y determinación menos elástica y ambiciosa. A pesar de este triste cambio no parecía ignorante, y poco a poco su expresión y conversación emplearon una ironía atroz que me restituyó algo de la sutil repulsión que originalmente había sentido.

Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo una afición por las especias exóticas y el incienso Egipcio hasta que su habitación olía como la cámara de un faraón sepultado en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo incrementó su demanda de aire frío, y con mi ayuda amplió la conducción de amoníaco de su habitación y modificó la bomba y la alimentación de su máquina refrigerante hasta poder mantener la temperatura por debajo de 34 ó 40 grados, y finalmente incluso en 28 grados; el baño y el laboratorio, por supuesto, eran los menos fríos, a fin de que el agua no se congelase, y ese proceso químico no lo podría impedir. 

El vecino de al lado se quejaba del aire gélido de la puerta contigua, así que le ayudé a acondicionar unas pesadas cortinas para obviar el problema. Una especie de creciente temor, de forma estrafalaria y mórbida, parecía poseerle. Hablaba incesantemente de la muerte, pero reía huecamente cuando cosas tales como entierro o funeral eran sugeridas gentilmente.

Con todo, llegaba a ser un compañero desconcertante e incluso atroz; a pesar de eso, en mi agradecimiento por su curación no podía abandonarle a los extraños que le rodeaban, y me aseguraba de quitar el polvo a su habitación y atender sus necesidades diarias, embutido en un abrigo amplio que me compré especialmente para tal fin. Asimismo hice muchas de sus compras, y me quedé boquiabierto de confusión ante algunos de los productos químicos que pidió de farmacéuticos y casas suministradoras de laboratorios.

Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse alrededor de su apartamento. La casa entera, como había dicho, tenía un olor rancio; pero el aroma en su habitación era peor - a pesar de las especias y el incienso, y los acres productos químicos de los baños, ahora incesantes, que él insistía en tomar sin ayuda. Percibí que debía estar relacionado con su dolencia, y me estremecía cuando reflexioné sobre que dolencia podía ser. 

La Sra. Herrero se apartaba cuando se encontraba con él, y me lo dejaba sin reservas a mí; incluso no autorizaba a su hijo Esteban a continuar haciendo los recados para él. Cuándo sugería otros médicos, el paciente se encolerizaba de tal manera que parecía no atreverse a alcanzar. Evidentemente temía los efectos físicos de una emoción violenta, aún cuando su determinación y fuerza motriz aumentaban más que decrecía, y rehusaba ser confinado en su cama. 

La dejadez de los primeros días de su enfermedad dio paso a un brioso retorno a su objetivo, así que parecía arrojar un reto al demonio de la muerte como si le agarrase un antiguo enemigo. El hábito del almuerzo, curiosamente siempre de etiqueta, lo abandonó virtualmente; y sólo un poder mental parecía preservarlo de un derrumbamiento total.

Adquirió el hábito de escribir largos documentos de determinada naturaleza, los cuáles sellaba y rellenaba cuidadosamente con requerimientos que, después de su muerte, transmitió a ciertas personas que nombró - en su mayor parte de las Indias Orientales, incluyendo a un celebrado médico francés que en estos momentos supongo muerto, y sobre el cuál se había murmurado las cosas más inconcebibles. Por casualidad, quemé todos esos escritos sin entregar y cerrados. 

Su aspecto y voz llegaron a ser absolutamente aterradores, y su presencia apenas soportable. Un día de septiembre con un solo vistazo, indujo un ataque epiléptico a un hombre que había venido a reparar su lámpara eléctrica del escritorio; un ataque para el cuál recetó eficazmente mientras se mantenía oculto a la vista. Ese hombre, por extraño que parezca, había pasado por los horrores de la Gran Guerra sin haber sufrido ningún temor.

Después, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó con pasmosa brusquedad. Una noche sobre las once la bomba de la máquina refrigeradora se rompió, de esta forma durante tres horas fue imposible la aplicación refrigerante de amoníaco. El Dr. Muñoz me avisó aporreando el suelo, y trabajé desesperadamente para reparar el daño mientras mi patrón maldecía en tono inánime, rechinando cavernosamente más allá de cualquier descripción. 

Mis esfuerzos aficionados, no obstante, confirmaron el daño; y cuando hube traído un mecánico de un garaje nocturno cercano, nos enteramos de que nada se podría hacer hasta la mañana siguiente, cuando se obtuviese un nuevo pistón. El moribundo ermitaño estaba furioso y alarmado, hinchado hasta proporciones grotescas, parecía que se iba a hacer pedazos lo que quedaba de su endeble constitución, y de vez en cuando un espasmo le causaba chasquidos de las manos a los ojos y corría al baño. Buscaba a tientas el camino con la cara vendada ajustadamente, y nunca vi sus ojos de nuevo.

La frialdad del aposento era ahora sensiblemente menor, y sobre las 5 de la mañana el doctor se retiró al baño, ordenándome mantenerle surtido de todo el hielo que pudiese obtener de las tiendas nocturnas y cafeterías. Cuando volvía de mis viajes, a veces desalentadores, y situaba mi botín ante la puerta cerrada del baño, dentro podía oír un chapoteo inquieto, y una espesa voz croaba la orden de "¡Más, más!". 

Lentamente rompió un caluroso día, y las tiendas abrieron una a una. Pedí a Esteban que me ayudase a traer el hielo mientras yo conseguía el pistón de la bomba, o conseguía el pistón mientras yo continuaba con el hielo; pero aleccionado por su madre, se negó totalmente.

Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la esquina de la Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una pequeña tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de encontrar un pistón de bomba y contratar a un operario competente para instalarlo. 

La tarea parecía interminable, y me enfurecía tanto o más violentamente que el ermitaño cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas de sitio en sitio, aquí y allá en metro y en coche. Sobre el mediodía encontré una casa de suministros adecuada en el centro, y a la 1:30, aproximadamente, llegué a mi albergue con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes. Había hecho todo lo que había podido, y esperaba llegar a tiempo.

Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa estaba en una agitación completa, y por encima de una cháchara de voces aterrorizadas oí a un hombre rezar en tono intenso. Había algo diabólico en el aire, y los inquilinos juraban sobre las cuentas de sus rosarios como percibieron el olor de debajo de la puerta cerrada del doctor. 

El vago que había contratado, parece, había escapado chillando y enloquecido no mucho después de su segunda entrega de hielo; quizás como resultado de una excesiva curiosidad. No podía, naturalmente, haber cerrado la puerta tras de sí; a pesar de eso, ahora estaba cerrada, probablemente desde dentro. No había ruido dentro a excepción de algún tipo de innombrable, lento y abundante goteo.

En pocas palabras me asesoré con la Sra. Herrero y el trabajador a pesar de que un temor corroía mi alma, aconsejé romper la puerta; pero la casera encontró una forma de dar la vuelta a la llave desde fuera con algún trozo de alambre. Previamente habíamos abierto las puertas de todas las habitaciones de ese pasillo, y abrimos todas las ventanas al máximo. Ahora, con las narices protegidas por pañuelos, invadimos temerosamente la odiada habitación del sur que resplandecía con el caluroso sol de primera hora de la tarde.

Una especie de oscuro, rastro baboso se dirigía desde la abierta puerta del baño a la puerta del pasillo, y de allí al escritorio, donde se había acumulado un terrorífico charquito. Algo había garabateado allí a lápiz con mano terrible y cegata, sobre un trozo de papel embadurnado como si fuera con garras que hubieran trazado las últimas palabras apresuradas. Luego el rastro se dirigía al sofá y desaparecía.

Lo que estaba, o había estado, sobre el sofá era algo que no me atrevo decir. Pero lo que temblorosamente me desconcertó estaba sobre el papel pegajoso y manchado antes de sacar una cerilla y reducirlo a cenizas; lo que me produjo tanto terror, a mí, a la patrona y a los dos mecánicos que huyeron frenéticamente de ese lugar infernal a la comisaría de policía más cercana. 

Las palabras nauseabundas parecían casi increíbles en ese soleado día, con el traqueteo de coches y camiones ascendiendo clamorosamente por la abarrotada Calle Decimocuarta, no obstante confieso que en ese momento las creía. Tanto las creo que, honestamente, ahora no lo sé. Hay cosas acerca de las cuáles es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor del amoníaco, y que aumenta mi desfallecimiento frente a una extraordinaria corriente de aire frío.

El final, decía el repugnante garabato, ya está aquí. No hay más hielo - el hombre echó un vistazo y salió corriendo. Más calor cada minuto, y los tejidos no pueden durar. Imagino que sabes - lo que dije sobre la voluntad y los nervios y lo de conservar el cuerpo después de que los órganos dejasen de funcionar.

Era una buena teoría, pero no podría mantenerla indefinidamente. Había un deterioro gradual que no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la conmoción lo mató. No pudo soportar lo que tenía que hacer - tenía que meterme en un lugar extraño y oscuro, cuando prestase atención a mi carta y consiguió mantenerme vivo. Pero los órganos no volvieron a funcionar de nuevo. Tenía que haberse hecho a mi manera - conservación - pues como se puede ver, fallecí hace dieciocho años.

 

Cráneos en las estrellas - Robert E. Howard

 I

Dos son los caminos que llevan a Torkertown. El uno, que es la ruta más corta y directa, atraviesa un páramo alto y baldío, y el otro, que es mucho más largo, serpentea entre los cerros y cenagales de los pantanos, bordeando las bajas colinas rumbo al este. Esta última era una carretera peligrosa y aburrida y, por eso, Solomon Kane se quedó asombrado cuando un muchacho del pueblo que acababa de abandonar le dio alcance y, sin aliento, le imploró que, por el amor de Dios, cogiese el camino de los pantanos.

—¡El camino de los pantanos! —Kane se quedó contemplando al chico.

Un hombre alto y enjuto, ése era Solomon Kane, de rostro pálido y sepulcral, y ojos meditabundos que resultaban aún más sombríos merced a su austero atuendo de puritano.

—Sí, señor; es, de lejos, el más seguro —fue la respuesta que el muchachuelo dio a su sorprendida exclamación.

—Entonces, el mismísimo Satanás debe de acechar en el camino del páramo, porque tus paisanos me instaron a no atravesar el otro.

—Se trata de los cenagales, señor, que son invisibles en la oscuridad. Haríais mejor en volver al pueblo y seguir viaje por la mañana, señor.

—¿Por el camino del pantano?

—Sí, señor.

Kane se encogió de hombros y meneó la cabeza.

—La luna saldrá al poco del crepúsculo. Gracias a su luz puedo llegar a Torkertown, cruzando el páramo.

—No debierais hacerlo, señor. Nadie viaja por ese camino. No hay ni una sola casa en todo el páramo, mientras que en el pantano está la choza del viejo Ezra, que vive allí completamente solo desde que su sobrino Gideon, que estaba mal de la cabeza, se extravió y murió en los cenagales, sin que su cuerpo apareciera jamás… y, aunque el viejo Ezra es un avaro, no podrá negaros su hospitalidad si decidís deteneros allí a esperar el alba. Si tenéis que marcharos, lo mejor sería que tomaseis el camino del pantano.

Kane observó inquisitivamente al muchacho. Éste se sonrojó y removió los pies.

—Si el camino del páramo es tan peligroso para los viajeros —inquirió el puritano—, ¿por qué la gente del pueblo no me lo dijo, en vez de andar hablando sin ton ni son?

—A los hombres no les gusta hablar de ello, señor. Confiábamos en que tomaseis el camino del pantano, según os indicaron los hombres; pero, cuando vimos que no tomabais la bifurcación, me enviaron a buscaros para rogaros que reconsideréis vuestra decisión.

—¡Por Satanás! —exclamó con dureza Kane, mostrando con ese juramento poco habitual en él su irritación—. El camino del pantano y el camino del páramo… ¿Qué es lo que me puede amenazar allí y por qué tengo que apartarme kilómetros de mi camino y arrostrar ciénagas y fangales?

—Señor —musitó el chico, bajando la voz y acercándose a él—, no somos más que sencillos aldeanos a los que no les gusta hablar de ciertas cosas, no sea que la mala suerte caiga sobre nosotros; pero el camino del páramo es una ruta maldita y nadie de la región lo ha atravesado desde hace un año o más. Cruzar esos páramos de noche significa la muerte, como han podido constatar en carne propia una veintena de desdichados. Algún tipo de horror furioso ronda ese camino y hace de los hombres sus víctimas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es ese ser?

—Nadie lo sabe. Nadie le ha visto y vivido para contarlo; pero los viajeros rezagados han escuchado terribles risotadas a lo lejos, en los yermos, y los hay que han oído los terribles gritos de sus víctimas. Señor, en el nombre de Dios, volved al pueblo, pasad allí la noche y tomad mañana el camino del pantano que lleva a Torkertown.

Muy profundo, en los ojos melancólicos de Kane, había comenzado a resplandecer una luz ardiente, como una antorcha embrujada que llamease bajo metros de congelado hielo gris. El pulso se le aceleró. ¡Aventura! ¡El cebo de la vida en riesgo y el peligro! Y, sin embargo, Kane no consideraba que sus sentimientos fueran ésos. Y creía expresar lo que de verdad sentía al anunciar:

—Cosas así tienen que ser producidas por algún poder maligno. Los señores de la oscuridad han lanzado una maldición sobre esta tierra. Se necesita a un hombre fuerte, capaz de combatir a Satanás y a su poder. Por tanto iré yo; yo, que tantas veces le he desafiado.

—Señor… —comenzó el chico, pero acto seguido cerró la boca, al comprender la futilidad de sus argumentos. Tan sólo añadió—: Los cadáveres de las víctimas estaban golpeados y desgarrados, señor.

Y se quedó allí plantado, en la encrucijada, suspirando con pesar mientras contemplaba cómo la alta y fornida figura proseguía por el camino que llevaba a los páramos.

El sol se estaba poniendo cuando Kane cruzó las cimas de las bajas colinas que rodeaban aquel plano erial. Inmenso y ensangrentado, se hundía tras el tenebroso horizonte de los páramos, pareciendo incendiar los abundantes pastizales; y, por un instante, el observador creyó estar contemplando un mar de sangre. Luego las sombras llegaron deslizándose desde el este, el resplandor occidental se desvaneció y Kane se internó con audacia en la creciente oscuridad.

El camino casi había desaparecido por falta de uso, pero aún se distinguía con claridad. Kane caminaba audaz, aunque alerta, pistola y espada en mano. Las estrellas titilaban y la brisa nocturna susurraba entre los herbazales como espectros gimoteantes. La luna comenzaba a salir, carcomida y macilenta, como un cráneo entre las estrellas.

Entonces, con brusquedad, Kane se detuvo en seco. En alguna parte delante de él resonaba un eco extraño y fantasmal… o algo que se parecía a un eco. Otra vez, y en esta ocasión más alto. Kane retomó la marcha. ¿Le estaban engañando sus sentidos? ¡No!

A lo lejos, repicó un susurro de risa espantosa. Y otra vez, esta vez más cerca. Ningún ser humano podría reír de esa forma; no había alegría en ella, y sí odio y horror y un terror capaz de aniquilar el alma. Kane se detuvo. No sentía miedo pero, por un instante, casi perdió los nervios. Y entonces, alzándose a través de esa risa espantosa, le llegó el sonido de un grito indudablemente humano. Kane se lanzó adelante, forzando el paso. Maldijo las luces engañosas y las sombras fluctuantes que entrevelaban el páramo bajo la luna naciente, y que hacían imposible ver con claridad. Las risotadas proseguían, cada vez más altas, así como los chillidos. Entonces se escuchó, débilmente, el tamborileo de unos frenéticos pies humanos. Kane echó a correr.

Algún ser humano estaba siendo perseguido a muerte por el yermo, y sólo Dios sabía en qué horrible forma exactamente. El sonido de los pasos fugitivos cesó de golpe y el chillido resonó de forma insoportable, entremezclado con otros sonidos indescriptibles y horrorosos. Era evidente que el hombre había sido capturado y Kane, con la piel de gallina, llegó a entrever a un espantoso demonio de la oscuridad inclinado sobre la espalda de su víctima… inclinado y desgarrando.

Se escuchó claramente, en aquel abismal silencio nocturno, el ruido de una pelea breve y terrible, y luego volvieron a sonar las pisadas, ahora titubeantes y disparejas. El griterío seguía resonando, aunque ahora entremezclado con un estertor gorgoteante. Un sudor frío cubrió la frente y el cuerpo de Kane. El horror se sumaba al horror de una forma insoportable.

¡Dios, qué no daría por un instante de claridad! Un espantoso drama tenía lugar a muy corta distancia, a juzgar por los sonidos que le llegaban. Pero esas infernales medias luces lo entrevelaban todo con sombras tornadizas, para convertir los pantanos en una bruma de espejismos turbios, en los que los árboles enanos y los matorrales parecían gigantes.

Kane comenzó a gritar, esforzándose por ganar velocidad. Los chillidos del desconocido se convirtieron en un agudo alarido; de nuevo se escucharon sonidos de lucha y, desde las sombras de las altas pasturas, algo llegó tambaleándose… algo que había sido un hombre; un ser cubierto de sangre y espantoso de ver, que cayó a los pies de Kane y se retorció, se arrastró y alzó su rostro terrible hacia la luna naciente; algo que farfulló y aulló, y se derrumbó de nuevo para morir bañado en su propia sangre.

La luna se había elevado y había más luz. Kane se inclinó sobre el cuerpo, que yacía inmóvil, víctima de indescriptibles mutilaciones, y sintió un estremecimiento; algo raro en él, que había visto lo que eran capaces de hacer la Inquisición Española y los cazadores de brujas.

Supuso que se trataba de algún viajero. Y entonces fue como si una mano helada le rozase la espalda, ya que notó que no estaba solo. Levantó la mirada, escrutando con ojos fríos las sombras de las que había surgido tambaleándose el muerto. No vio nada, pero supo, sintió, que otros ojos le devolvían la mirada; ojos terribles y ultraterrenos. Se enderezó y, empuñando una pistola, esperó acontecimientos. La luz lunar se derramaba como un lago de sangre pálida sobre el páramo, y los árboles y los herbazales recuperaron su verdadero tamaño.

Las sombras se desvanecieron, ¡y Kane vio! Al principio creyó que se trataba tan sólo de un retazo de bruma, un remolino de niebla del páramo que se ondulaba sobre la hierba, delante de él. Observó con mayor detenimiento. Otro espejismo, supuso. Pero entonces aquello comenzó a perfilarse de forma vaga e indistinta. Dos ojos espantosos llameaban delante de él —ojos que contenían la esencia de ese horror que ha sido patrimonio del hombre desde las terribles eras del alba—; ojos terribles y enloquecidos, llenos de una locura que trascendía la demencia humana. La forma de aquel ser era vaga y brumosa; una parodia enloquecedora de la figura humana, semejante a ésta pero al tiempo distinta de una forma horrible. La hierba y los matorrales se distinguían con claridad a través de la misma.

Kane sintió latir la sangre en sus sienes, pero se mantuvo frío como el hielo. No podía comprender cómo un ser tan etéreo como el que fluctuaba ante sus ojos podía dañar a un hombre en el plano físico, pero el rojo horror que yacía a sus pies era mudo testigo de que el demonio podía causar terribles efectos materiales.

De una cosa estaba Kane seguro: no le cazarían a través de los lúgubres pantanos, ni gritaría ni huiría para ser derribado una y otra vez. Si había de morir, sería a su manera: recibiendo los golpes de frente.

Una boca informe y horripilante se abrió, y aquella risotada demoníaca resonó de nuevo, esta vez haciendo estremecer el espíritu con su proximidad. Y, enfrentado a ese peligro de muerte, Kane apuntó su pistolón y abrió fuego. Un maníaco aullido de rabia y burla respondió al disparo, y el ser se abalanzó sobre él como un retazo volante de humo, con largos y fantasmales brazos que se tendían para abatirle.

Kane, con la relampagueante rapidez de un lobo famélico, disparó la segunda pistola con nulos resultado, desenvainó la larga espada y se lanzó contra el centro de su brumoso atacante. La hoja zumbó al pasarlo de lado a lado, sin encontrar resistencia sólida, y Kane sintió cómo dedos helados le aferraban los miembros, y garras bestiales le desgarraban ropas y piel.

Hizo a un lado su espada inservible y trató de luchar contra su enemigo. Era como pelear contra un banco de brumas, contra una sombra flotante armada con zarpas afiladas como dagas. Sus golpes furiosos se perdían en el aire, y sus brazos musculosos, en cuyo abrazo habían perecido hombres fuertes, golpeaban la nada y aferraban el vacío. Nada era sólido o real, a excepción de los lacerantes y simiescos dedos de garras curvas, y esos ojos enloquecidos que quemaban en las estremecidas profundidades de su alma.

Kane comprendió que estaba en una situación verdaderamente desesperada. Sus ropas colgaban en jirones y sangraba por una docena de profundas heridas. Pero en ningún momento se amilanó, ni la idea de escapar se le pasó por la cabeza. Nunca había huido de enemigo alguno y la simple idea, en caso de habérsele ocurrido, le hubiera hecho sonrojar de vergüenza.

No veía otro final que el de yacer junto a los restos de esa otra víctima, pero tal pensamiento no le causaba ningún temor. Su único deseo era dar lo máximo de sí antes de caer y, caso de ser posible, infligir algún daño a su ultraterreno enemigo.

El hombre combaría al demonio bajo la pálida luz de la luna levante, sobre el cuerpo despedazado del muerto, con todas las ventajas de parte del demonio, excepto una. Y esa una era capaz de superar al resto. Porque, si el odio abstracto podía materializarse en la forma de un ser fantasmal, ¿por qué el coraje, igualmente abstracto, no podía ser un arma concreta para combatir a ese fantasma?

Kane luchó con brazos, pies y manos, y al fin pudo ver cómo el espectro retrocedía ante él, y cómo aquella risa espantosa se trocaba en gritos de furia desconcertada. Porque la única arma del hombre es ese coraje que no retrocede ni ante las mismísimas puertas del Infierno y ante el cual nada pueden ni siquiera las legiones infernales.

Pero nada de eso sabía Kane; sólo era consciente de que las zarpas que le desgarraban y laceraban parecían flaquear y titubear, al tiempo que una luz salvaje lucía cada vez con más fuerza en aquellos ojos horribles. Tambaleándose y resollando, se abalanzó sobre el ser, logró al fin abrazarle y le derribó; y, mientras daban tumbos por el páramo, y el ser retorcía y agitaba sus miembros como una serpiente de humo, la carne se le puso de gallina y los pelos se le erizaron, puesto que comenzaba a entender lo que el ser balbuceaba.

No le escuchó ni comprendió como un hombre escucha y comprende lo que le dice otro, pero los espantosos secretos que el ser le trasmitió, en forma de susurros, aullidos y silencios que eran como gritos, le clavaron dedos de hielo en el corazón, y Kane supo.

II

 

La choza del viejo Ezra, el avaro, se levantaba junto al camino, en mitad de los pantanos, medio oculta por los sombríos árboles que crecían a su alrededor. Las cercas estaban podridas, el tejado hundido, y unas monstruosas fungosidades, pálidas y verdosas, se asían al mismo para retorcerse sobre puertas y ventanas, como tratando de atisbar en su interior. Los árboles se inclinaban sobre la casa y sus ramas grises se entrelazaban de tal forma que ésta se agazapaba en la semioscuridad como un enano monstruoso, por encima de cuyas espaldas acechasen ogros.

El camino que atravesaba ese pantano, entre tocones podridos, cerros llenos de maleza, estanques y ciénagas putrefactas e infectadas de serpientes, serpenteaba junto a la choza. En aquella época, muchos hombres cruzaban la senda, aunque pocos conocían del viejo Ezra otra cosa que no fuera un rostro amarillento, entrevisto mientras les espiaba a través de las ventanas cubiertas de hongos, el rostro mismo semejante a un hongo feo.

El viejo Ezra, el usurero, compartía muchas de las cualidades del pantano, ya que era nudoso, encorvado y sombrío; sus dedos eran como sarmientos de plantas parásitas y los mechones de cabello le colgaban como musgo mustio sobre unos ojos acostumbrados a la penumbra de los cenagales. Esos ojos eran como los de un muerto, e insinuaban profundidades tan abismales y espantosas como los lagos muertos de los pantanos.

Esos ojos escudriñaban ahora al hombre que se había detenido delante de su cabaña. Este último era alto, enjuto y oscuro, su rostro se veía ojeroso y arañado, y tenía los brazos y las piernas vendadas. Al lado de ese hombre había un grupo de aldeanos.

—¿Eres tú Ezra, del camino del pantano?

—Así es. ¿Y tú qué quieres de mí?

—¿Dónde está tu sobrino Gideon, el joven perturbado que vivía contigo?

—¿Gideon?

—Sí.

—Se metió en el pantano y nunca volvió. Sin duda se extravió y se lo comieron los lobos, o se hundió en un tremedal, o le picó una víbora.

—¿Cuánto hace de eso?

—Algo así como un año.

—Sí. Escucha, Ezra el avaro. Poco después de la desaparición de tu sobrino, un lugareño que volvía a casa cruzando los páramos fue atacado por un demonio desconocido y despedazado, y, desde entonces, cruzar esos páramos ha significado la muerte. Primero aquel lugareño, luego forasteros que recorrían el yermo, todos cayeron bajo las garras de ese ser. Muchos hombres han muerto desde aquel primer ataque.

»La noche pasada crucé los páramos, y escuché cómo otra víctima huía y era perseguida; un forastero que nada sabía sobre el diablo de los páramos. Fue algo espantoso, Ezra el avaro, ya que aquel desdichado se zafó malherido por dos veces de su agresor, y ambas veces el demonio le atrapó y le derribó de nuevo. Al final, cayó muerto precisamente a mis pies; muerto de una forma que haría estremecer a la estatua de un santo.

Los aldeanos se agitaron inquietos y murmuraron espantados entre ellos, y los ojos del viejo Ezra les escrutaron furtivamente. Pero la sombría expresión de Solomon Kane no se alteró lo más mínimo, y su mirada de cóndor parecía atravesar al avaro.

—¡Sí, sí! —musitó apresuradamente el viejo Ezra—. ¡Un mal asunto, un mal asunto! ¿Pero por qué me cuentas todo esto a mí?

—Sí, sí que es un triste asunto. Escucha algo más, Ezra. El demonio surgió de las sombras y luché con él, sobre el cuerpo de su víctima. Lo cierto es que no sé cómo le vencí, pero la lucha fue larga y reñida; sin embargo, los poderes del bien y de la luz estaban de mi lado, y son más fuertes que los poderes del Infierno.

»Al final yo fui el más fuerte, y él se zafó de mí y huyó, y yo le perseguí en vano. Pero, antes de escapar, me susurró una monstruosa verdad.

El viejo Ezra se sobresaltó, mirándole con ojos enloquecidos, y pareció encogerse.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —musitó.

—Volví al pueblo y conté lo que me había ocurrido —repuso Kane—, ya que sabía que tenía en mi mano el librar a los páramos para siempre de su maldición. ¡Ezra, ven con nosotros!

—¿Adónde? —boqueó el avaro.

—Al roble podrido de los páramos.

 

Ezra se tambaleó como si hubiera recibido un golpe; gritó de forma incoherente y trató de huir.

Al instante, a una acerada orden de Kane, dos fornidos aldeanos se abalanzaron sobre el avaro y lo apresaron. Arrancaron la daga de su débil mano y le inmovilizaron los brazos, estremeciéndose al hundir los dedos en la carne pegajosa.

Kane les indicó con un gesto que le siguiesen y se volvió para encabezar la marcha, seguido por los aldeanos, que hubieron de emplear toda su fuerza para llevar a su prisionero con ellos. Fueron serpenteando a lo largo del pantano, por una senda poco usada que llevaba, cruzando los cerros, hasta los páramos.

Caía el sol y el viejo Ezra lo miraba con ojos desorbitados; lo miraba como si no lo hubiera visto lo suficiente. A lo lejos, en los yermos, se alzaba el gran roble, como un patíbulo, convertido ahora en una carcasa marchita. Solomon Kane se detuvo allí.

El viejo Ezra se debatió en garras de sus captores, y prorrumpió en sonidos inarticulados.

—Hace más de un año que tú —le dijo Solomon Kane—, temeroso de que tu retrasado sobrino Gideon pudiera contar las crueldades que habías cometido con él, le trajiste desde el pantano, por el mismo camino que acabamos de seguir, y le mataste aquí mismo, al amparo de la noche.

El viejo Ezra se encogió y resopló.

—¡No puedes probar esa mentira!

Kane cambió unas pocas palabras con un ágil aldeano. El mozo se encaramó al podrido tronco de árbol y, de una grieta situada en lo alto, sacó algo que cayó resonante a los pies del avaro. Ezra se derrumbó con un terrible alarido.

El objeto era un esqueleto humano con el cráneo roto.

—¿Cómo sabes todo esto? ¡Eres el mismísimo Satanás! —balbució el viejo Ezra.

Kane se cruzó de brazos.

—El ser con el que combatí anoche me lo contó mientras luchábamos, y le perseguí hasta este árbol. ¡Porque ese demonio es el espectro de Gideon!

Ezra volvió a vociferar y se debatió con furia.

—Tú lo sabías —dijo sombrío Kane—, conocías lo que tales actos acarrean. Temías al fantasma del perturbado y por eso optaste por abandonar su cuerpo en los eriales, en vez de ocultarlo en el pantano. Porque sabías que el fantasma iba a merodear por el lugar de su muerto. Estaba perturbado en vida y, una vez muerto, no sabe cómo encontrar a su asesino; de otro modo, ya hubiera ido a buscarte a tu cabaña. No odia a ningún hombre, excepto a ti; pero su espíritu confuso no sabe distinguir a un hombre de otro, y los mata a todos, para no dejar escapar a su asesino. Sin embargo, te reconocerá y luego podrá descansar en paz por toda la eternidad. El odio convirtió a ese fantasma en un ser sólido capaz de desgarrar y matar y, aunque te temía de forma atroz en vida, en la muerte ya no tiene miedo de ti.

Kane se detuvo. Miró en dirección al sol.

—Todo eso lo supe gracias al espectro de Gideon, entre aullidos, y susurros y silencios que eran como gritos. Nada excepto tu muerte puede dar el descanso a ese espectro.

Ezra escuchó en un silencio desalentado y Kane pronunció las palabras que significaban su sentencia.

—Resulta muy duro —dijo Kane sombríamente— condenar a un hombre a muerte a sangre fría y en la forma que tengo en la cabeza, pero debes morir para que otros vivan… y Dios es testigo de que mereces la muerte.

»No morirás por soga, bala o espada, sino bajo las garras de aquel a quien asesinaste, ya que sólo eso le aplacará.

Al oír tales palabras, Ezra perdió la cabeza, las piernas le flaquearon y se arrastró pidiendo a gritos la muerte, ser quemado en la hoguera, desollado vivo. El rostro de Kane era duro como la muerte y los aldeanos, con la crueldad despertada por el miedo, ataron a aquel infeliz que gritaba al roble, y uno de ellos le instó a ponerse en paz con Dios. Pero Ezra no dio respuesta alguna, sino que lanzó un aullido con una voz alta y estridente de insoportable monotono. El aldeano quiso abofetear al avaro, pero Kane le contuvo.

—Déjale ponerse en paz con Satanás, con quien sin duda va a reunirse —dijo con hosquedad el puritano—. El sol está a punto de ponerse. Aflojad las cuerdas para que pueda liberarse en la oscuridad, ya que es mejor que afronte la muerte libre y desatado que amarrado como en un sacrificio.

Mientras se volvían para dejarle a solas, el viejo Ezra gimoteaba y farfullaba sonidos inhumanos, y por último guardó silencio, mirando al sol con terrible intensidad.

Anduvieron a través del erial, y Kane lanzó una última mirada a la grotesca forma atada al árbol que se parecía, bajo aquella luz difusa, a un gran hongo crecido en el tronco. Y de repente el avaro lanzó un grito horrible:

—¡Muerte! ¡Muerte! ¡Hay cráneos en las estrellas!

—La vida ha sido buena con él, aunque fue torcido, grosero y malvado —suspiró Kane—. Puede que Dios tenga un sitio para esa alma, donde las llamas y el sacrificio puedan purificarlas de sus imperfecciones, de la misma forma que el fuego limpia el bosque de hongos. Sin embargo, el corazón me pesa en el pecho.

—No, señor —le dijo uno de los aldeanos—. Tan sólo habéis hecho la voluntad de Dios y nada más que bien saldrá de lo que ha ocurrido esta noche.

—No —dijo apenado Kane—. No sé, no sé.

El sol se había puesto y la noche caía con sorprendente rapidez, como si grandes sombras llegasen desde desconocidas simas para cubrir el mundo con acelerada oscuridad. A través de la noche cerrada les llegó un eco espantoso, y los hombres se detuvieron a mirar hacia el camino que habían dejado a las espaldas.

No pudieron ver nada. El páramo era un océano de sombras y las altas hierbas de la vecindad oscilaban en largas olas, empujadas por la brisa, rompiendo la mortal quietud con jadeantes susurros.

Entonces, lejos, el disco rojo de la luna se levantó sobre el erial y, durante un momento, una silueta deforme se perfiló en negro contra la misma. Una figura pasó corriendo por delante del rostro de la luna; un ser monstruoso y grotesco cuyos pies parecían tocar apenas el suelo y, muy cerca de ella, llegaba un ser como una sombra voladora… un horror indescriptible y sin forma.

Por un momento, los dos corredores se recortaron con nitidez contra la luna; luego se fundieron en una masa indefinible y amorfa, y desaparecieron entre las sombras.

Allá lejos, en el erial, estalló un solo alarido de risa terrible.