Atardecía. El atajo estrecho serpenteaba entre jarales. Las lajas blancas, pulidas, resbalaban barranca abajo, hasta beber en el hilillo de agua zarca del arroyo.
La cigarra decía la oración de la tarde, y el mugir del toro en brama se estrellaba en la falda del cerro.
Y el atajo subía. Subía hasta perderse.
La senda blanca allá en la cumbre se tornaba en roja, teñida por los rayos oblicuos del sol que caía.
Amo y siervo toparon en un recodo del atajo.
El primero jinete en noble bestia alazana, de finos remos, mirada vivaz y gran alzada.
El segundo tras la yunta de bueyes, que rumiaban el cansancio y azotaban con la cola sus costados calvos por el incansable chuzo.
—¡Buenas tardes le dé Dios al amo…!
—¿Cuántas veces tendré que decirte que desunzas en el potrero y cargues tú sobre el lomo los aperos? ¡Mira cómo andan de estragados los animales!
—Amo, cuando acabo de barbechar quedo tan cansado, que apenas aguanto el peso de la garrocha. ¿Cómo quiere su merced que cargue con cadenas, coyundas y yugos…? ¡Ah, solo el que carga el avío sabe lo que pesa!
—¡Uy, pelado hijo d’iun, como a ti no te cuestan los bueyes, te importa un canijo trabajarlos hasta que revienten!
—Amo, los bueyes tragan zacate y se hartan… Yo como gordas y no me lleno, ni a fuerzas… ¡Es tan pobre la ración!
—¿Conque pobre, no? Pues traga zacate como los bueyes. ¡Así te llenarás y reventarás en buena hora! ¡Magnífica escuela está haciendo el maestro del pueblo, tratando de convencer a ustedes de que son víctimas, de que están mal pagados, de que son los explotados. Ya verás cómo el chivato no hace huesos viejos…! ¡Revoltoso maldito, yo me encargaré de que eche en olvido eso que él llama ideas redentoras… para eso es el dinero, y cuando este falla, para eso son las balas! Y tú, desgraciado, arrodíllate. ¡Voy a enseñarte algo más efectivo que la doctrina de ese apóstol muerto de hambre…! ¡Pero arrodíllate, grandísimo cabestro…!
El patrón echó mano al machete. Su hoja chifló como serpiente y cayó rápida sobre las espaldas musculosas del gañán.
Un ronco grito repercutió en la barranca.
La cigarra cortó su oración.
Los pájaros dejaron sus nidos y volaron con todas las fuerzas de sus alas.
Muchas lajas rodaron barranca abajo lanzadas por las pezuñas del caballo, o por los pies descalzos del «ajusticiado».
Después, solo el chasquido de la hoja al pegar en los costados hercúleos del peón y el piafar del potro enardecido.
El campesino se dejaba azotar.
Sobre él pesaba una tradición de siglos: el respeto al amo. Una doctrina absurda. La sentencia urdida por los curas: «… y jamás levantes la mano a tu patrono, que es la representación de la divinidad en la tierra».
La tormenta de cintarazos caía sin tregua sobre la espalda sangrante.
Rendido por el dolor levantó la cara quizá en demanda de perdón. Vio cómo el sol enrojecía la cumbre de la montaña.
Sus rayos hirieron la pupila dilatada por el sufrimiento. En su rostro impávido hasta entonces, se dibujó una mueca. La mueca trocóse en gesto enérgico, gesto estatuario; pero imposible de ser plasmado: el gesto del rebelde. Olvidó la vieja tradición. Tomó el machete por la hoja enrojecida con su sangre y derribó de un tirón al jinete.
La hoja se volvió obediente.
Solo que esta vez no de plano, sino de filo cortaba el aire y se hundía en carne blanca. Uno, dos, tres, diez, cincuenta… y muchos más furiosos golpes.
La mano poseída de un frenesí de venganza hirió, hirió, hirió, hasta dejar sobre el camino una masa informe que escurría tanta sangre, que la tierra blanca del atajo se hizo roja… roja como la cumbre de la montaña que teñía el sol poniente.
Las raíces de las jaras de la ribera bebieron con fruición de sedientos.
Desunció los bueyes.
Tuvo para ellos un purísimo pensamiento de libertad.
Aspiró a pulmón lleno.
Arado, yugo, coyundas y cadenas se amontonaron sobre el cuerpo despedazado.
Arrancó un puñado de hojas de jara, limpió el sable con ellas y brincó sobre los lomos del potro alazán.
Se fue cuesta arriba.
Los vecinos del rancho, al darse cuenta del crimen, fueron al lugar de los hechos.
Todos vieron que en la montaña, allá en la cumbre, un jinete rojo cruzaba frente al sol…
Y cuando los «pelones» preguntaban furiosos por el vil asesino, los rancheros encogiéndose de hombros contestaban:
—¡Pues quién sabe, amo; se fue atajo arriba!
—¡Y se perdió en el sol! —agregaba el maestro del pueblo.
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