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Cuevas - Jane Gaskell

Julia no podía ver la alfombra de campos y bosques sobre los que la llevaba el águila. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Lágrimas causadas por el terror, el shock, el viento que la azotaba, la vastedad y el vértigo.

Aquello no se parecía en nada a un vuelo. Ella se lo había imaginado, desde luego, cuando sus amigos voladores fanfarroneaban al respecto. El vuelo le había parecido entonces un concepto atractivo. Probablemente, había denotado libertad. Julia había pensado en deslizarse, flotar, mantener el control sin experimentar el peso.

Y ahora esto. Esto era real, alto, ventoso y real y, al igual que sucede con todas las cosas reales, no se parecía en nada a lo imaginado. También, como en todas las cosas reales, la llevaba hacia alguna parte.

Dirigida por el piloto automático, el águila pasaba sobre los valles volcánicos de los Gigantes de aquel territorio. Julia no podía ver los valles, de tan llenos como estaban sus ojos por las lágrimas de la realidad. Ni siquiera podía olerlos, de tan asustada y lamentable como se sentía, hasta que se vio zambullida en la chimenea sulfurosa de un risco gigantesco. El águila había sido disparada por un arcabuz de Gigante.

Estaba soldada y no tenía corazón. Aunque un arquero ordinario no podría haber acertado nunca el errante camino volador del artilugio, el Gigante provisto de las grandes flechas magnéticas no era ningún arquero ordinario.

El águila batía sus alas sin corazón. Sin resultado alguno. Se zambullía hacia el azufre y el hedor.

El Gigante era muy grande. Y también lo eran sus hermanos. Tenía colmillos, algo planos y amarillentos, dotados de estrías. Algunos de ellos eran más largos, y sobresalían de su labio superior. Cogió el águila sin grandes vacilaciones. Le quitó el piñón alado y puso al descubierto la tosca maquinaria. El águila lanzó un grito.

El Gigante tenía dos brazos derechos y dos brazos izquierdos. Con uno de los brazos izquierdos (era zurdo) sostuvo el águila que gemía, mientras procedía a extraer el motor interno con su otra mano izquierda y las dos derechas.

Las garras del águila se habían apretado terriblemente sobre Julia en el momento de la captura inicial. Pero en cuanto quedaron al descubierto sus cruciales partes internas, el águila relajó la fuerza de su agarre sobre Julia. Ella estaba totalmente alerta, dispuesta a lanzarse con un movimiento suave hacia un rincón sombreado, que pensó estaba lo suficientemente cerca y lo bastante oscuro. Pero fue la propia intensidad de su quietud lo que atrajo la mirada del Gigante.

—¿Qué tenemos aquí? —preguntó con un verdadero estilo de Gigante.

Su voz sonó como un rugido en los oídos de Julia; vibró alrededor de su cuerpo y le hizo temblar el pelo y los pequeños senos.

El la cogió muy delicadamente con dos dedos y la posó en la parte inferior de sus palmas derechas. Se arrodilló para contemplarla, acercando su mirada para contemplarla mejor. Julia no trató de escapar. Tuvo la impresión de que no sería práctico, puesto que al extender una de sus manos para agarrarla —¡y hasta dónde podía llegar!— podía cogerla con demasiada fuerza, y eso podría ser un desastre para su caja torácica o su pelvis, sin que a él le importara; o, si lograba llegar a la sombra deseada, él podía avanzar un paso al buscarla, y ese simple paso podría aplastarla por completo.

Pero, la verdad sea dicha, Julia no quería perder dignidad con este monstruo. Porque si uno pierde la dignidad con un captor de esa clase, se pierde también toda sensación de alivio o de ritmo que, de otro modo, podrían hacerle su propia muerte algo menos ingrata.

Sin embargo, la cercanía del Gigante durante este primer encuentro no la aterrorizó.

Aún no podía distinguir la totalidad de las facciones para configurar una expresión completa. Tenía que mirar de un ojo a otro, por ejemplo, para ver cómo el aspecto de uno influía sobre el aspecto del otro. Su atención se vio atraída entonces por la boca. El conjunto de la boca le pareció interesante en relación con el conjunto de los dos ojos. Los colmillos sobresalían, pero en este momento no parecían agresivos.

Los dedos de la otra mano derecha se acercaron a ella. A aquella distancia tenían un olor tan acre, que fue el olor antes que el empujón (relativamente suave) que le dio el Gigante lo que casi le hizo perder el sentido.

Y a esa distancia escuchó de un modo inteligible las primeras palabras del Gigante.

La fuerza de su respiración no era demasiado grande. Cuando abrió la boca ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás para seguir el curso de sus colmillos (tenía la impresión de que, de algún modo, no debía perder de vista aquellos incisivos), y la fragancia acre de su respiración casi la dejó también sin sentido. Porque era una fragancia grande y oscura con olor a sangre, a la carne interna que había comido últimamente. Las bacterias existentes en la boca de un Gigante no son mayores que otras, pero hay muchas más. De todos modos, eran bacterias sanas. El Gigante era un carnívoro saludable y feliz. Julia, desde luego, se lo imaginó como una bestia, puesto que ella había sido educada de un modo civilizado.

—¿Eres buena para comerte? —preguntó el Gigante.

—No —contestó Julia.

Pero no cabía la menor duda de que él era un caníbal.

—¿Por qué viajabas con el águila? —preguntó simplemente el Gigante—. Ya sabes que esas máquinas funcionan con combustible de alta calidad. Si el águila iba a utilizarte estarás llena de jugo.

—En tal caso, terminemos de una vez —replicó Julia.

Una expresión de sorpresa apareció en la mirada negra del Gigante. Pero antes de que pudiera hacerle caso y reflexionar después sobre su rareza, llegaron sus hermanos.

Se desplegaron por la caverna, llenando las sombras. El azufre, agitado en remolinos, se desplazó a su alrededor. Llevaban sombreros hechos con pieles de animales velludos; uno de ellos incluso llevaba una morsa, pues los mares helados no estaban muy lejos de allí si uno seguía los túneles de azufre dando pasos de gigante.

—¿Qué tienes ahí? —preguntaron los gigantes dejando las flechas y elevando los pies.

—Una buena máquina —dijo el ogro original Julia, con un relampagueo de hostilidad, decidió que se le podía llamar ogro si tenía colmillos y dos pares de brazos).

—Y rico combustible almacenado en el tanque —dijo uno de los ogros—. Ya veo.

Y cogió a Julia de la palma de la mano del otro.

Ella se vio repentinamente elevada y traqueteada. Fue una sensación violenta y gritó:

—¡Déjame!

El ogro la dejó, obediente. El primer ogro dijo con un tono trémulo de impaciencia.

—Devuélvemela.

Volvió a hacerse cargo de Julia, rodeándola esta vez con el puño, de modo que ella quedó protegida, encerrada tras los dedos.

—Puede ser un condimento excelente —dijo uno de los hermanos—, y nos hemos quedado sin sal.

—Dos bocados y también nos habremos quedado sin condimento —dijo el ogro que la sostenía con el puño.

—Deberíamos tener una serie de condimentos —dijo uno de ellos—. Lo he dicho una y otra vez: Conseguimos unos cuantos de estos pequeños bocados de alto octanaje, los alimentamos en jaulas, y puede que incluso nos sobre algo para vender.

El gigante, que poseía las cejas más horribles, apretó a Julia. Ahora sabía con seguridad por qué razón estaba aún allí. Cuando los gigantes, ogros o brujos la aprietan a una es porque están pensando si está sabrosa o no. Casi inmediatamente introdujeron un «bocado» en su boca, o más exactamente se lo aplastaron contra la cara y, gracias a la presión, la mayor parte se introdujo en su boca. ¿Qué era? ¿Qué había sido? Tenía un gusto rancio y carnoso, y probablemente se trataba de un trozo sobrante de grasa de cordero. Fuera lo que fuese, había podido tragarlo antes de darse cuenta de lo que era... La presión de los dedos del Gigante Horrible era demasiado grande, y tampoco pudo escupirlo.

Iba a seguirle otro bocado enorme cuando Julia se encogió y se esforzó deliberadamente por vomitar. El Gigante, cuya mano aún la sostenía, la empujó para que se incorporara, quizá con suficiente suavidad aunque el simple toque la dejó sin respiración. Con la otra mano contuvo la nueva arremetida del Gigante de Cejas Horribles. Julia creyó percibir en los ojos de su captor una cierta conciencia, una apreciativa alerta.

Claro que su captor le permitió comer. Durante las comidas, la dejaba sobre la mesa, frente a su vaso. Ella tenía que levantar el vaso hacia su mano (cosa que él le indicaba con un tamborileo perentorio de un dedo sobre la mesa, y cuando ella le miraba interrogativamente veía una mirada feroz que, suponía, era de peligrosa diversión). Al cabo de un tiempo, él se empeñó en que ella levantara el vaso y se lo llevara directamente a los labios, enormes pero no inmediatamente obvios bajo la maraña de su mostacho rojizo. Ella podía manejar el vaso siempre y cuando no estuviera lleno hasta el borde. En una ocasión se le derramó el contenido, y ella se encontró en el otro extremo de la superficie de la mesa, entre los cubiertos de otro gigante. El Gigante Horrible (ella apenas captó un vistazo del enmarañado risco que eran sus cejas blancas) extendió una mano para golpearla (ella se dejó caer bajo la sombra que avanzaba), pero un hermano gigante detuvo la mano y la recogió respetuosamente, como si fuera la propiedad de alguien, devolviéndosela a su dueño.

Las cuevas estaban iluminadas por un constante y pulsante brillo sulfuroso. Los Gigantes eran obreros y hacían máquinas. Producían un golpeteo ensordecedor acompañado de grandes vibraciones en los riscos de la oscura tierra. Utilizaban la tierra oscura. Probablemente eran Taurus. Utilizaban el azufre y los humos de la oscuridad. Desafiaban magníficamente el fuego y después lo empleaban.

El Gigante encontró una forma de utilizar a Julia. No fue una utilización sexual. Sólo pretendía que le divirtiera, mientras él la alimentaba. Para después comérsela. Julia veía cómo comían proteínas (engordaban ovejas y corderos en una cueva llena de hongos a modo de alimento para el ganado). Pero las ovejas y los corderos no les divertían, y los Gigantes destrozaban los corderos, cuyos trozos se comían en las comidas principales, compuestas en su mayor parte de grandes cantidades de verduras, que también crecían en las cavernas. Nunca tenían proteínas suficientes, o al menos unidades de proteína suficientemente grandes para tomar una comida principal. De modo que empleaban la proteína como condimento, como sal y pimienta. Tenían rociadores de condimento que habían construido con cristal pesado.

Pero el lugar en el que el Gigante colocó a Julia fue en la gran bolsa de cuero que colgaba de la hebilla del cinturón. Julia permaneció en el bamboleante suelo de la bolsa, asomándose por el borde para contemplar el mundo. Ella observaba, mientras el Gigante y sus hermanos construían las piezas de grandes máquinas con las que se proponían conquistar el mundo. Observaba mientras las sombras y luces se hacían de color verde y naranja llenando los riscos de la tierra. Ahora, el Gigante la empujó hacia el fondo de la bolsa para que ella estuviera segura, después de haberse sostenido de puntillas sobre sus florines y soberanos, olvidándose de su vértigo. Cuando él se dirigía a los lavabos interiores para orinar, sacaba su miembro justo por debajo y a un lado de ella. De este modo, aunque al principio se sintió profundamente conmocionada ante su vista, se familiarizó con su estructura física, sus nervaduras marfileñas, su columna, las venas espectaculares que sobresalían y que palpitaban ocasionalmente, con un color azul brillante, lo suficiente como para iluminar su camino si hubiera querido subir por ellas, las brillantes cuentas de sudor, su fragancia, el arco de agua dorada y plateada que creaban allá lejos, en la oscuridad.

También se familiarizó con su forma de funcionar y, desde luego, el Gigante se dio cuenta de que así era.

En consecuencia, proporcionó una mayor versatilidad a su eficiencia de funcionamiento. A veces cambiaba de forma. Su geometría se metamorfoseaba. Crecía. Se hacía incluso más larga. Aumentaba de grosor y se elevaba. Era una extraordinaria máquina en sí misma.

A veces empezaba a aumentar de tamaño, se elevaba un poco, dudaba y volvía a caer, para finalmente, de un modo casi milagroso, elevarse en toda su potencia y permanecer en alto, sin que el Gigante la apañara. Él pasaba los dedos de una o de las dos manos izquierdas sobre el miembro. Lo acariciaba con una sutil facilidad. Sus dedos empezaban a actuar con un ritmo al que Julia pronto se acostumbró (pues aunque no quisiera mirar y prefiriera dejarse caer sobre el fondo de la bolsa, el ritmo seguía zarandeándola allí). Después, el ritmo cambiaba. Se hacía algo perezoso, pero menos sutil, era más evidente. A continuación, volvía a cambiar para adquirir una suave rapidez. En este punto, ella sentía tras de sí todo el cuerpo del Gigante, tenso y magnético (ella se veía casi irresistiblemente impulsada hacia esa parte de la bolsa, como empujada por una corriente eléctrica). Se producían todos los ritmos normales de trabajo y el cuerpo del Gigante aumentaba de tamaño y latía a un ritmo acelerado. Ella se encontraba entonces en medio de un tumulto bastante audible, como en una especie de termitero perfectamente controlado que acelera su marcha sin pánico alguno. A veces se asomaba para saber lo que estaba ocurriendo entonces. La sacudía entonces una poderosa pulsación, como la de un motor que completa de pronto un ciclo de trabajo urgente. El Gigante utilizaba sus dos manos izquierdas y en ocasiones incluso añadía una de las derechas, haciéndolas avanzar y retroceder salvajemente sobre el miembro, tan cerca del lugar de «descanso» de ella que todo lo veía confuso. Finalmente, un chorro de crema surgía explosivamente con tal prodigalidad que parecía salido de una lechería. En cierta ocasión en que se incorporó para mirar, el Gigante la vio con un brillo cuando la luz de azufre la iluminó un instante, y él dirigió la crema sobre ella, que se esforzó por retroceder en medio de una envolvente oleada viscosa que le cerró los ojos y las narices. Todo se llenó de un olor innegablemente maravilloso y que parecía penetrarlo todo. Se las arregló para mirarle y le vio observándola con actitud de propietario, mientras extendía con un dedo el líquido mágico sobre ella, sobre su pelo, por su cuello y el interior de su vestido, mientras el miembro gigantesco colgaba fláccidamente a su lado. Cuando ella retrocedió hacia la bolsa comunal, el líquido se endureció sobre ella, como un casco sobre su pelo, como turrón cuarteado sobre su vestido. Él se echó a reír cuando la sacó aquella noche: y ablandó la sustancia arrojando un chorro musical de orina sobre ella, pues el agua para lavar era escasa, y ni ella ni él dispondrían de suministro hasta el día siguiente y, de todos modos, teniendo a Mercurio en Taurus en su cana astral, resultaba que Julia y su captor se comunicaban entre sí por medio de los excrementos de una clase u otra.

A medida que él se fue haciendo más osado con ella (había sido más violento al principio), se comunicó más cálidamente, enviándola al camino de su pasaje posterior con grandes hojas de papel higiénico (que para ella eran como chapas de madera dura), y él se pedorreaba mientras ella le limpiaba (permanecía colgada como quien se dedica a limpiar cristales, sostenida por una especie de arnés de su cinturón, algo bastante complicado pues de sus hebillas y correas pendían también su peine, una llave inglesa y herramientas similares). Sus pedos también eran comunicación, muy suaves y cálidos para no hacerle perder el equilibrio y, según ella imaginaba, hasta afectuosos. De sus días de pequeña en el gran campo de juegos de los establos del castillo recordaba que algunos de los grandes sementales hacían lo mismo como una especie de muestra de aprecio mientras se les almohazaba. Cuando él jugaba consigo mismo, lo que ahora hacía con mayor regularidad, como si fuera un pacto sobreentendido, la hacía ponerse de pie contra su miembro (cuando estaba crecido tenía aproximadamente su mismo tamaño), haciéndole rodar verticalmente el gran prepucio de un gris marfileño y azulado, hacia delante y hacia atrás, tanto como ella pudiera conseguirlo con ambos brazos. Eso hacía que, necesariamente, ella también se frotara contra él, y el cálido temblor que se apoderaba gradualmente de su cuerpo le parecía un ejercicio muy vivido y adictivo. Un pulgar de una o de sus dos manos se tomaban el tiempo necesario para acariciarla y frotarla a su vez. Y ella se daba cuenta de que estaban manteniendo una relación sexual. Pensó que era una vergüenza que él fuera a comérsela y que no pudieran conocerse el uno al otro a un nivel más cerebral. Cierto que el Gigante podía hablar con ella, pero incluso durante la noche, cuando la sacaba de la bolsa y la colocaba sobre la cama, sobre su almohada llena de paja, junto a su cabeza, volviéndose hacia ella y contemplándola con su ojo brillante, y le hablaba, ella se sentía (a) incómodamente consciente de su enorme lengua y dientes, (b) casi arrojada de la almohada a causa de los resoplidos de su respiración, hasta el punto de que ocasionalmente pensó en recomendarle un dentífrico decente, y (c) se sentía incapaz de comprender buena parte de lo que él decía, porque la mayoría de las veces sólo percibía un trueno y un retumbar. —Bruuum, braaam ahhh shhhhh ahhh —decía él. Todas sus vocales la estremecían y sus consonantes o bien parecían estallar o silbaban, y entonces ella comprendía tres palabras sobre difíciles planos esquemáticos y compresores multifase, o dos frases sobre el significado de la vida o las penalidades de vivir en Mercurio.

Ella se inclinaba y le miraba, o miraba los trozos de él que podía distinguir, y de algún modo lograba comprender su estado de ánimo y lo que quería decir, lo que no tenía nada que ver con su ignorancia de aquellas palabras.

Entonces, él se detenía y aspiraba boqueante, casi como si la chupara hacia aquella profundidad cubierta de colmillos, que era donde ella creía que la conduciría finalmente su destino, y se inclinaba hacia ella amable y expectante, en espera de su respuesta.

Ella se elevaba hacia su oreja, se agarraba del lóbulo y gritaba hacia el tambor, escuchando los ecos:

—NO HE COMPRENDIDO TODO LO QUE HAS DICHO, PERO ESTOY DE ACUERDO CON RESPECTO A MERCURIO.

Él sacudía de pronto la cabeza y se golpeaba el tímpano (no dándole a ella por muy poco) como si un mosquito hubiera zumbado cerca, y volvía a sacudir la cabeza y la miraba con expresión frustrada. Hablaba mucho, y eso le gustaba a ella aunque no entendiera casi nada, pero cuando se quedaba durmiendo roncaba como un ser extraño, como un volcán o algo similar y ominosamente topográfico, y terminaba por alejarse para permanecer colgada de la almohada. No se atrevía a bajar a la cueva, pues había ratas que recogían las basuras y luchaban en el suelo mientras el gigante dormía, de modo que a veces se introducía entre sus rizos y se rodeaba el cuerpo con ellos, en busca de calor, pero se daba cuenta de su error cuando él despertaba y se sentaba de repente (lo que hacía que, de pronto, ella se sintiera elevada hacia las alturas) y se pasaba los dedos por el pelo. Otras veces se acurrucaba en la curva formada por su cuello y su hombro, pero si él se movía de improviso eso resultaba peligroso, y podía quedar aplastada sin enterarse siquiera de lo que había pasado, hasta que él la encontrara destrozada y pensara: «¡Qué pena!». De modo que finalmente descubrió el mejor lugar, y también el más cálido, entre los rizos de su horcajadura, agarrada con ambos brazos a su amigo el gran miembro, del mismo modo que de niña, en el castillo, se había quedado dormida abrazada a un oso de peluche de un solo ojo, con la mejilla apoyada contra su superficie satinada fragantemente viva. Si él se despertaba y se llevaba una mano allí para rascarse o para cambiar el miembro de posición, lo hacía delicadamente y al sentirla allí se alegraba, y la levantaba ligeramente y la dejaba caer de una forma dulce, y eso no tardaba en convertirse en el principio de una sesión matutina. Descubrió que también podía ser útil de otros modos: las agujas del gigante eran grandes pero ligeras, pues sólo tenían un agujero para introducir el hilo, y ella podía controlarlo, por lo que, dado su tamaño, podía anudar y volver a anudar el hilo con mayor facilidad de lo que podían hacer los dedos del gigante. Cosió las rasgaduras de sus gigantescas camisas, pero cuando otros gigantes quisieron que remendara sus ropas se negó: se sacudió toda con un gesto de negativa, pues parecían percibir los gestos de su cuerpo como algo demasiado delicado para comprenderlos. Su Gigante la apoyó, de modo que no tuvo que trabajar para nadie más. Ella le limpió los grandes zapatos minuciosamente. Se revolvió sobre él en su cabina de fin de semana llena de agua sulfurosa; le enjabonó los rizos, lo que hizo que se sintiera como si estuviera revolcándose sobre grandes olas. Y ambos quedaron perfectamente limpios. Ahora ya habían desaparecido los pocos piojos u otros parásitos similares que habían retozado en aquellos pastos. Y ella ocupó su lugar.

Mientras se limpiaba concienzudamente la parte superior de su cuerpo, y se arreglaba la ropa, se preguntó si había sido seducida. Y decidió que quizá no, puesto que si lo consideraba desde un punto de vista cuerdo y lógico, aún se mantenía intacta y era muy probable que la situación continuara igual, al menos hasta que fuera devorada. Y ese es un elemento intrínsecamente crucial de una relación para una Virgo. Si su relación es muy fuerte, se esfuerzan por conservar un elemento de sí mismos, ya fuera de su cuerpo, como era ahora el caso de Julia, o bien de cualquier otro aspecto de su yo. Tenía la sensación de que le gustaría decirle a su amigo Peir, capaz de volar libremente, en el momento en que apareciera, mientras ella se refugiaba entre los poderosos rizos de su anfitrión, o bien mientras se acurrucaba en su horcajadura, que se había desembarazado bastante bien de su Virgo. Pero cuando pensaba en ello, imaginaba inmediatamente la contestación lánguida y burlona de su amigo:

—Estás casi tan relajada como la arandela de una lavadora, Julia, y siempre serás más capaz de avanzar a rastras que de mutar.

A estas alturas, Julia ya sabía que su hermano Cabel debía de estar o vivo o muerto. Es éste un razonamiento en el que uno se encuentra a sí mismo cuando está separado de otro. De hecho, uno nunca es permanentemente consciente en un instante preciso de si los seres más queridos están vivos o no, a menos que se les pueda tener muy cerca de sí todo el tiempo.

Julia se sentía contenta al pensar que iba a ser devorada.

Eso la hacía sentirse mejor, agudizaba sus sensaciones, tanto durante el trabajo rutinario como en las parrandas, pues de otro modo podría haberse sentido saturada (psíquicamente, se entiende) y con una imagen borrosa de la situación.

Habría sido insoportablemente patético e injusto participar en aquellos extraños orgasmos..., excepto por el hecho de que aun cuando su pequeño y querido hermano menor hubiera desaparecido, ella no tardaría en seguir su mismo destino. Eso amortiguaba el horror, lo suavizaba, hacía que la vida pareciera lo extraño, la muerte lo familiar, la muerte la familia.

Y limitarse a limpiar los zapatos del Gigante, o a coser sus inmensos botones con una cierta actitud poética, sabiendo que difícilmente iba a poder realizarlo de nuevo, ya que cuando ese mismo botón volviera a caerse, ella ya no estaría allí para verlo, de modo que valía la pena coserlo bien. Y cuando algo vale la pena hacerlo resulta mucho menos debilitante tener que seguir haciéndolo.

Así pues, y como quiera que cada día pasado allí podía ser el último, Julia pasaba cada uno de esos días de un modo tolerablemente bien y, en una actitud de constante expectativa ante la posible terminación, no tardó en descubrir que había transcurrido una estación completa.

¿Qué estación del año era cuando se vio depositada por el pájaro recién castigado en aquel risco del suelo? Según todos los indicios exteriores, debió de haber sido en verano. Y ahora, cuando atisbaba el mundo exterior, lo que le resultaba ocasionalmente posible desde ciertos puntos periscópicos, veía que todo eran nieblas y lluvias. El sol seguía brillando, pero sobre atmósferas movedizas, sobre vientos y pigmentos cambiantes, convirtiéndose a sí mismo en prismas.

En realidad, el mundo se negaba a permanecer en calma, se resistía a mantenerse firme. El mundo seguía moviéndose sin ella; el mundo había sido desleal, del mismo modo que ella lo había sido para con Cabel.

Eso hizo que sintiera el vehemente deseo de volver a él, de coger el mundo y no permitir que éste la dejara atrás, parada.

Se le presentaba pues un dilema. Se había calmado gracias a falsas promesas de muerte. Su destino había sido la aniquilación durante tanto tiempo que ahora, al no llegar ésta, se sentía privada de algo. Era algo que había dejado atrás y, en tal caso, ¿dónde estaba ahora? Hasta entonces había sido su apoyo. Ahora, después de todo, el techo podía caerle encima, pues ¿qué había que pudiera detenerlo? ¿Qué se suponía que debía hacer si regresaba de nuevo al mundo? No podía buscar a Cabel... Había transcurrido demasiado tiempo para que aún quedara alguna pista.

Eso le resultaba un poco perturbador. No tardaría en morir allí abajo.

La relación con el Gigante alcanzaba nuevas alturas y profundidades. O más bien la relación con el miembro, pues el mantenimiento de una relación con él era algo situado más allá de sus propias posibilidades. Se conocían muy poco, pero todo se desarrollaba en el presente. Eran realmente incapaces de intercambiar pasados, incapaces de rememorar muchas cosas.

Pero la incomprensión entre Julia y su puesto avanzado se estaba conviniendo en algo muy conveniente. El miembro era su amigo, su dueño, su esclavo. Ella tenía la sensación de que podía llegar a echarlo de menos si lo abandonaba ahora. No obstante, aquella situación se hallaba un poco en punto muerto. El arte de la conversación entre el Gigante y Julia no resplandecía, aunque entre Julia y su miembro se estaba produciendo un renacimiento, una verdadera Edad de Oro. Ella le rodeaba con sus brazos mientras dormía, y le acariciaba con suavidad ante el solo pensamiento de que pronto podía tener que partir y, aunque dormido, el miembro se elevaba un poco y su giba se extendía hacia ella como respuesta, físicamente.

Dejó una nota para el Gigante. Escribió con las letras más grandes que pudo sobre una de sus hojas de papel higiénico (al fin y al cabo su comunicación era Mercurio en Tauro), empleando para ello un trozo de carbón y silicio recogido de la superficie de las cavernas.

«GRACIAS POR TU HOSPITALIDAD. NO CONOCEMOS NADA DE NUESTROS RESPECTIVOS GUSTOS Y AVERSIONES. QUIZÁ YO SEA UNO DE TUS PEQUEÑOS GUSTOS. ESPERO QUE ASÍ SEA. SIEMPRE TE ESTARÉ AGRADECIDA POR NO HABERME COMIDO.»

Hizo una pausa y firmó: «JULIA, ESE ES MI NOMBRE». Se dirigió hacia uno de los puntos periscópicos donde, desde que el Gigante empezó a confiar cada vez más en ella, había podido ir confeccionando secretamente una escalera de cuerda sin que él se diera cuenta, a partir de restos encontrados en los suelos del taller.

Ahora ya no había ratas en la estancia del Gigante, pues ella se había encargado de limpiarla y eliminar todos los desperdicios. Y cuando él la encontró un día encendiendo una hoguera frente a un agujero por donde salían las ratas, él mismo lo tapó.

Se fue encaramando por la escalera de cuerda. El Gigante dormía. A medida que subía más hacia el techo, comenzó a tener una perspectiva más amplia de lo que había debajo, comprobando que ya era menos un conjunto de ángulos y características observadas hasta entonces desde puntos demasiado cercanos. «Ése es el aspecto que tienen la mayoría de las relaciones cuando uno se aleja de ellas», pensó. Permaneció allí durante un rato, colgando, mirando hacia atrás. Ahora podía ver al Gigante todo de una pieza. Evidentemente, era un hombre joven, con dos pares de brazos a cada lado y colmillos demasiado visibles aunque elegantes, una expresión de satisfacción en el rostro, un cierto orgullo melancólico en la forma de sus cejas y boca, una cierta individualidad y soledad en la mandíbula y en la forma de los hombros, algo que no había podido ver hasta entonces y que por lo tanto no había podido juzgar. Al tiempo que se detenía allí, contemplando por primera vez toda su desnudez (pues el cobertor había caído a un lado), vio que su miembro experimentaba un gran salto, convirtiéndose así en un recordatorio de su propia situación. Ella recuperó el equilibrio y se apresuró a seguir ascendiendo por la escalera hacia las estrellas. Y apenas tuvo tiempo, porque cuando estaba a punto de salir al cráter bajo la luna, el Gigante se despertó y extendió la mano hacia su pubis, buscándola. Miró hacia abajo y ella distinguió una expresión de extrañeza en su rostro; se sentó sobre la cama, extendiendo todas sus manos en distintas direcciones, buscándola. Y entonces lanzó un grito que hizo temblar la tierra sobre la que ella se encontraba. Dejó de mirar hacia abajo, pues con aquellas vibraciones corría el peligro de caer todo lo que había logrado subir. Se apresuró hacia las colinas que ella sabía que significaban Bosque (allí la tierra era estéril y, al parecer, sólo ella se movía bajo la luna). Se mantuvo a cubierto durante todo el tiempo (había guijarros y cantos rodados tras los que ocultarse), y eso fue una buena medida, pues no tardó en escuchar voces de persecución tras ella. Los Gigantes, vestidos con sus zapatos de goma vulcanizados y sus grandes túnicas, se habían apresurado a subir a la plataforma y la buscaban dando golpes con palos y gritando. Llegó al Bosque mucho antes que ellos (resultaba extraño que el Bosque le pareciera ahora un refugio), escondiéndose entre sus claros suavemente zumbantes. Terminó por subirse a un árbol alto. Escuchó a los Gigantes detenerse en el lindero del Bosque. No entraron en él. Ese no era su terreno. No podían respirar en aquel elemento. Necesitaban fuego, azufre y tierra, porque ellos eran tierra, y se debilitarían como Anteo si abandonaran su elemento. Ella durmió en lo alto del árbol, junto a una violeta dormida de vivos colores. Y, en sueños, se preguntó si el miembro color violeta del Gigante había saltado y despertado al Gigante con el propósito de alertarle para que la persiguiera, o bien para advertirle a ella que se apresurara en su huida.

Aún no es el fin - Fredric Brown

 Había un verde e infernal matiz de luz dentro del cubo de metal. Era la luz que hacía que la piel de un pálido de muerte de la criatura que estaba sentada frente a los controles pareciera desganadamente verde.

Un solo ojo labrado en facetas, en el centro delantero de la cabeza, observaba los siete diales sin parpadear. Desde que habían dejado Xandor, ese ojo jamás se había apartado de los diales. El sueño era algo desconocido para la raza galáctica a la que pertenecía Kar-388Y. La piedad también era algo desconocido. Una simple mirada a los agudos y crueles rasgos que había debajo del facetado ojo podía haber probado eso.

Los indicadores del cuarto y el séptimo dial se detuvieron. Eso significaba que el cubo mismo se había detenido en el espacio cercano a su inmediato objetivo. Kar se acercó con su brazo superior derecho y soltó el interruptor del estabilizador. Luego se levantó y estiró sus entumecidos músculos.

Kar se giró hasta quedar de frente a su compañero del cubo, un ser igual a él.

- Aquí estamos - dijo -. La primera parada. Estrella Z-5689. Tiene nueve planetas, pero sólo el tercero es habitable. Tengamos la esperanza de encontrar criaturas que puedan ser buenos esclavos para Xandor.

Lal-16B, que había estado sentado en una rígida inmovilidad durante el viaje, también se levantó y se estiró.

- Esperemos que así sea. Entonces podríamos regresar a Xandor y ser honrados mientras la flota viene por ellos. Pero no tengamos demasiadas esperanzas. Encontrarnos con el éxito en nuestra primera detención sería un milagro. Probablemente tendremos que mirar en mil lugares.

Kar se encogió de hombros.

- Entonces miraremos en mil lugares. Con los Loumacs muriendo, tenemos que conseguir esclavos para nuestras minas o, sino, tendrán que cerrarse y nuestra raza morirá.

Se sentó nuevamente ante los controles y soltó un interruptor que activaba una placa de visión que les mostraría lo que tenían debajo. Dijo:

- Estamos encima del lado oscuro del tercer planeta. Hay una nube debajo de nosotros. Utilizaré los controles manuales a partir de aquí.

Comenzó a apretar botones. Unos minutos después dijo:

- Mira, Lal, en la placa de visión. Luces regularmente espaciadas... ¡una ciudad! El planeta está habitado.

Lal había tomado su puesto ante el otro panel de controles, los controles de lucha. Ahora él también estaba examinando los controles.

- No hay nada que tengamos que temer. No hay ni siquiera vestigios de un campo de fuerza alrededor de la ciudad. El conocimiento científico de la raza es pobre. Podemos barrer la ciudad de un solo golpe si somos atacados.

- Bien - dijo Kar -. Pero déjame recordarte que nuestro propósito no es la destrucción... aun. Queremos especímenes. Si comprobamos que son satisfactorios y viene la flota y coge los miles que necesitemos como esclavos, entonces será el tiempo de destruir no sólo la ciudad, sino el planeta entero. Para que su civilización no pueda progresar hasta el punto de tomar represalias.

Lal ajustó una perilla.

- Correcto. Pondré el campo megra y seremos invisible para ellos salvo que puedan ver en la gama de los rayos ultravioleta, y, por el espectro de su sol, dudo que puedan.

Mientras que el cubo descendía, la luz dentro de él cambió del verde al violeta y más allá. Quedó en una suave inmovilidad. Kar manipuló el mecanismo que operaba la puerta.

Salió fuera, Lal justo detrás de él.

- Mira - dijo Kar -, dos bípedos. Dos brazos, dos ojos... no son distintos de los Loumacs, aunque son un poco más pequeños. Bien, aquí están nuestros especímenes. - Levantó su brazo inferior izquierdo cuya mano de tres dedos sostenía una delgada vara rodeada de alambre. Apuntó primero a una de las criaturas, y luego a la otra. Nada visible emanó de la punta de la vara, pero ambos quedaron instantáneamente convertidos en figuras rígidas como estatuas.

- No son grandes, Kar - dijo Lal -. Yo llevaré a uno, y tú puedes cargar con el otro. Podremos estudiarlos mejor dentro del cubo, después de que estemos nuevamente en el espacio.

Kar miró a su alrededor en la escasa luz.

- Correcto, dos son suficientes, y uno parece ser un macho y el otro hembra. Comencemos a marchar.

Un minutos después el cubo estaba ascendiendo, y tan pronto como estuvieron fuera de la atmósfera Kar soltó el interruptor del estabilizador y se unió a Lal, quien había estado comenzando el estudio de los especimenes durante la breve ascensión.

- Vivíparos - dijo Lal -. Manos de cinco dedos, capaces de realizar trabajos razonablemente delicados. Pero... pasemos al examen más importante, la inteligencia.

Kar cogió el par de aparatos mentales. Le tendió uno a Lal, quien puso uno en su propia cabeza y otro en la cabeza de uno de los especimenes. Kar hizo lo mismo con el otro espécimen.

Después de unos minutos, Kar y Lal se miraron el uno al otro desoladamente.

- Siete puntos por debajo del mínimo - dijo Kar -. No pueden ser entrenados ni siquiera para la labor más ruda en las minas. Incapaces de entender las instrucciones más simples. Bien, les llevaremos al museo de Xandor.

- ¿Debo destruir el planeta?

- No - dijo Kar -. Quizá en un millón de años a partir de ahora, si nuestra raza ha subsistido, puedan haber evolucionado lo suficiente como para ser capaces de suplir nuestro propósito. Vayamos hacia la próxima estrella con planetas.

 

El editor diseñador del Milwaukee Star estaba en la habitación de composición, supervisando el cierre de la página local. Jenkins, el jefe de composición, estaba poniendo las regletas para ajustar la segunda y última columna.

- Hay lugar para una historia más en la octava columna, Pete - dijo -. Cerca de treinta y seis ciceros. Ahí hay dos en reserva que están bien. ¿Cuál debo usar?

El editor diseñador miró las galeradas que vació al lado de la caja. La larga práctica le había capacitado para leer los titulares de encabezamiento de una sola y rápida ojeada.

- ¿La historia de la convención y la historia del zoológico, ¿eh? Oh, infierno; pasa la historia de la convención. ¿A quién le importa si el director del zoológico piensa que han desaparecido dos monos ayer por la noche?

El hombre que podía suministrarnos elefantes - John Brunner

 —¿Elefantes africanos? —dijo el señor Secrett—. ¡Por supuesto que pueden ser domesticados! Incluso aquellos palurdos de los cartagineses sabían cómo hacerlo. Sin duda no ha escapado a su conocimiento… —agitó las orejas haciendo así que sus gafas se deslizaran por su nariz, de modo que pudiera mirar con gesto de reproche por encima de ellas—… ese Aníbal que cruzó los Alpes con elefantes obtenidos en ese continente. De hecho, yo tengo cierta experiencia personal acerca de lo tratables que son, si bien en un contexto un tanto heterodoxo…

Pensativamente se frotó la barbilla. De repente su mirada estaba perdida en el pasado y la lejanía.

Reconocí aquellos síntomas y gozosamente abandoné toda esperanza de realizar algo más de trabajo aquel día. En la vida de cada escritor debería haber un bibliotecario como el señor Secrett, que preside oscuros y apacibles corredores en la Real Sociedad de Lingüística Aplicada, una fundación característicamente victoriana que se remonta a los días en los que el conocimiento de las lenguas era perseguido más para favorecer los objetivos del Imperio y las ambiciones de los misioneros cristianos que por su valor intrínseco. Las ediciones políglotas del Evangelio de San Marcos, resumidas por la Sociedad habían sido cedidas, largo tiempo ha, al SPCK, y hace más de cuarenta años que editaron uno de sus Libros de Frases para el Servicio Colonial, de los cuales el mejor testimonio —gracias a un programa cómico de la BBC Radio Cuatro— comienza con la frase inmortal: «Mi nombre es (insértese aquí el nombre), pero tú has de dirigirte a mí llamándome Jefe».

Francamente, es un lugar trasnochado. No obstante sirve para una serie de propósitos valiosos, entre los cuales ―y no el menos importante― está el hecho de que durante la última década ha suministrado un refugio para el señor Secrett.

—Hay gente —me dijo una vez en tono meditabundo— que está destinada a acabar en los cul-de-sac[1] de la historia… en los, por así llamarlos, los apéndices vermiformes del tiempo. Yo soy una de esas personas; estoy seguro de ello. Como consecuencia, este lugar me viene como anillo al dedo.

Es posible que entre los beneficios marginales esté el hecho de que en mis numerosas visitas jamás le haya visto hacer, de hecho, nada de trabajo por sí mismo. Este es, al parecer, el territorio de una sucesión sin fin de extraños, cansinos ayudantes sobre los cuales él, como ya dije, preside. Algunos son de edad avanzada; algunos de mediana edad; algunos bien podrían apenas haber salido de la Universidad. Yo no apostaría ni un céntimo por ello. La atmósfera cerrada, polvorienta y rancia de la biblioteca parece contagiárseles a todos en el momento en que llegan, y traen solicitudes al señor Secrett y desaparecen con sus órdenes sumidos en una especie de sombrío trance, mientras él se ocupa desarrollando su curiosidad del momento: aprender amhárico, por ejemplo, o correlacionar las baladas infantiles con antologías de cuentos populares hindúes. A veces, lo confieso, me pregunto qué será lo que opinan los empleados del señor Secrett acerca del funcionamiento de las cosas…

Afortunadamente, no obstante, no me encuentro entre ellos. Tan sólo resulta que tengo una tarjeta para la biblioteca RSAL que tiene sobre ella el sello de Visitante Privilegiado. Tras leer uno de mis libros, un miembro del consejo de la Sociedad me la mandó en un pasajero ataque de entusiasmo. Me siento muy honrado. Cada vez que necesito saber algo realmente fuera de lo normal, lo que hago es ir a ver al señor Secrett.

―La mente militar ―dijo el señor Secrett― es literal hasta el absurdo. ¿Acaso no hemos oído todos hablar acerca del recluta campanólogo que se presentó ante la llamada del sargento, que había solicitado a alguien que tuviera conocimientos acerca de cómo hacer sonar las campanas y que fue mandado a arreglar el timbre eléctrico del comedor de los oficiales?

»Posiblemente se pregunte usted qué tiene esto que ver con los elefantes. Bien, pues de no haber sido por la citada tendencia a la literalidad, el ejército tal vez podría haber valorado mis capacidades y en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial haberme asignado a puestos en los que pudiera ponerlas en juego ventajosamente. Un joven muchacho como yo planeando hacer carrera en el abastecimiento alimentario de los transportes… Bueno, tal vez al final fuera para bien. En cualquier caso, sin el aliciente de ser introducido a patadas, estoy seguro de que jamás habría descubierto la aptitud para los lenguajes que a lo largo de los años me ha suministrado tantas alegrías, y lo que fue el elemento motor de las patadas fue la convicción automática de algún cabeza cuadrada de que un recluta con el nombre de Secrett tenía que estar dotado hereditariamente para la labor de inteligencia. Bien es verdad que muchos de los que llevan este apellido lo derivan de una palabra franco-normanda que se traduce como «discreto» o tal vez «digno de confianza»; pero en mi caso en particular es un redeletreado corrupto del nombre bautismal escandinavo Sigrid. Uno de mis antepasados, según me dicen, era una desafiante madre soltera.

»Más aún, es posible que si hubiera seguido con la especialidad que tenía en mente me hubiera encontrado en una posición de redundancia prematura. Había puesto mis ambiciones en desarrollar una cocina para los aeroplanos: cocina sin llama que pudiera funcionar con seguridad, incluso teniendo al alcance de la mano una bolsa de hidrógeno…

»No importa. Intervino la guerra. Así es como fui a parar a un rincón del África Occidental, hediondo, pantanoso, humeante, repleto de fiebres… en una coyuntura en que todos los jefazos y los muchachos de oficina, sin duda tanto en el lado del Eje como en el nuestro, estaban sacando a la luz las ideas más descabelladas con la esperanza de que alguno de aquellos planes enloquecidos les permitiera ganar una marcha al enemigo.

»El proyecto que me llevó a mi encuentro con los elefantes tuvo un comienzo más que medianamente racional. La campaña del África del Norte estaba en plena marcha, y los alemanes estaban siendo obligados a retirarse hasta el punto, o así se esperaba, en que surgiera la oportunidad de invadir Italia, eliminando así su principal aliado europeo.

»Lo que hacía echar humo a la cabeza de los estrategas era el problema de suministrar un número suficiente de aviones a los escenarios bélicos norafricanos y del Oriente Medio. Mientras que Brasil no entró en la guerra, de hecho hasta más adelante, había allí grupos de influencia que preferían la causa británico-americana sobre la nazi-fascista, y estaban dispuestos, si no se organizaba demasiado alboroto, a conceder a los aliados el mismo tipo de privilegios sobre las islas de Fernando Noronha que los británicos habían ya conseguido de Portugal, su «más antiguo aliado» con respecto a las Azores. El planificar etapas para los aviones partiendo del saliente más oriental de Sudamérica vía África Occidental en route a la batalla parecía, supongo, una razonable contrapartida del Servicio de Ferry Aéreo que ya estaba operando a través del Atlántico Norte. Y efectivamente así podría haber sido de no ser por el burocrático y cabezudo hábito de decretar «así ha de ser» después de consultar mapas en lugar de consultar a gente que haya estado allí.

»Los atlas indicaban que existía una localización óptima para construir una pista de aterrizaje lo suficientemente grande como para hacerse cargo del flujo de aviones previsto en una oh-tan-precisa referencia en el mapa, cerca de la desembocadura de un río diminuto que atravesaba un territorio donde nadie en particular estaba ejerciendo el control, aunque teóricamente estábamos sobre suelo colonial francés y la administración aplicable había declarado a favor de De Gaulle contra Pétain. De modo que fue allí donde nos mandaron.

»Nos, incidentalmente, éramos un Corps Royal Pioneer mayor de nombre Barney Wimsell, un oficial de la Francia Libre llamado Raoul Fleaud (que había sido asignado no porque estuviéramos en lo que se suponía que era territorio francés, sino porque había sido ingeniero civil especializado en la construcción de carreteras antes de la guerra), y alrededor de una veintena de otros rangos bajo el mando del sargento mayor de la Compañía Corkran, una persona cuyo estólido enfoque de la vida jamás podré olvidar. Mi papel, como teniente recién comisionado, era el de establecer contacto con los habitantes locales y alistar una fuerza de trabajo adecuada para despejar y aplanar un campo de aterrizaje y para excavar fosas que sustituirían a los barracones para guardar piezas de recambio y combustible. Mi facilidad para los idiomas me había sorprendido agradablemente hacía poco, y el ejército me había hecho seguir un cursillo de árabe. Según los informes, los habitantes del área al parecer lo hablaban además de su lengua nativa, dado que habían sido convertidos al islamismo allá por el siglo XVI o XVII, y se daba por supuesto que, caso de fallar Fleaud con el francés, yo podría salir adelante.

»Pero desde el momento de nuestra llegada a aquel sofocante lugar nos apercibimos de que lo que se nos había ordenado hacer era absurdo. Ninguno de los libros de referencia consultados por quienes se habían sacado aquel plan de la manga podía haber sido de fiar, o hubiera mencionado que el área designada para la construcción del futuro aeropuerto formaba parte de un pantano de veinte por veinticinco kilómetros, cubierto de denso y húmedo bosque y prolífico sotobosque, al cual desaguaban las torrenteras de una respetable barrera de colinas. El antedicho pantano era zona de cría de una nociva variedad de mosquito; el citado mosquito era el vector de preferencia de la malaria en aquella región y, gracias a una habilidosa muestra de sabotaje llevada a cabo por un general que no aprobaba nuestra misión, el suministro de mepacrina que debería habérsenos asignado había sido enviado a Burma para los Chindits.

»Y el tope de tiempo que teníamos para construir nuestra pista de aterrizaje era… cuatro semanas. Ni siquiera nos estaba permitido mandar una protesta por radio. Por supuesto teníamos radios con nosotros, pero con el único fin de que pudiéramos escuchar a horas preestablecidas las órdenes que habían sido revisadas. Se suponía que la operación era de lo más secreta, y teníamos prohibido romper el silencio radiofónico a menos que fuéramos atacados por tropas del eje. Dado que las más cercanas de tales tropas estaban Dios sabe a qué distancia, no teníamos más alternativa que seguir adelante con el trabajo y «mostrar voluntad», incluso aunque lo único que pudiéramos mostrar a la larga fuera la antedicha voluntad.

»Así que arrimamos el hombro, montamos el campamento y tendimos lonas sobre lo que se suponía que eventualmente sería la pista de aterrizaje: una especie de gran entarimado de placas metálicas planas perforadas, abisagradas de tal manera que pudieran ser enrolladas en unos tambores de cable de tamaño desmesurado, que habían sido desarrolladas, creo, para suministrar a los tanques una vía segura de aproximación a los puentes de Bailey sobre las riberas fangosas. Y pasamos nuestro primer anochecer farfullando acerca de la imbecilidad de los generales en general.

»Al día siguiente salí con Fleaud, y siguiendo senderos prácticamente inexistentes, a la luz de unos mapas que no habían sido revisados en los últimos cincuenta años, atravesando una continua avalancha de repulsivos insectos, de alguna manera llegamos a encontrar el camino hasta el poblado más cercano. Nos habían dicho en la sesión de información general antes de partir que el Service Propagandiste Francophone des Combattants d'Outremer había tenido un impacto considerable en aquel área, utilizando las películas informativas de los propios nazis sobre cómo trataban a los prisioneros de guerra negros, y cuanto menos aquello resultó cierto en la práctica. Tanto el Jefe como el Imán, que en nuestros términos se corresponderían con el señor de la tierra y el párroco, estaban muy bien dispuestos a hablar con nosotros de negocios.

»Desafortunadamente, nuestro plan exigía al menos doscientos cincuenta o trescientos trabajadores capaces. De aquel poblado teníamos posibilidades de reclutar tal vez unos veinte. Estábamos en pleno apogeo de la temporada de las fiebres; miráramos donde fuera veíamos gente yaciendo a la sombra con un incontenible castañetear de dientes y chorreando sudor, y en el transcurso de nuestra visita un niño fue trasladado para su entierro. El Imán nos señaló con fatalismo que era la voluntad de Alá que la epidemia durara aún un mes más.

»Aún así, conseguimos que firmaran aquellos que se mantenían en pie, y a la mañana siguiente se presentaron al alba, y el CSM Corkran les puso a cortar árboles a lo largo de la línea propuesta para la pista de aterrizaje. No era derribar el bosque, no obstante, nuestro verdadero problema; el problema era apartar los troncos de modo que se pudiera limpiar el suelo de la vegetación restante, y después volverlos a poner como cimentación de los rollos de placas metálicas que habíamos llevado.

»Hacer que la pista de aterrizaje llegara a ser funcional durante el tiempo suficiente como para que al menos pudieran ser traídas las piezas de recambio y el combustible que precederían a los aeroplanos procedentes de Brasil requeriría, según los cálculos de Fleaud, al menos tantos troncos gruesos de árbol como crecían en el radio de un kilómetro. Allá en el Alto Mando habían pasado por alto la naturaleza del terreno. Teníamos con nosotros, por supuesto, un tractor; había arrastrado los tambores de «carretera instantánea» desde la costa. No obstante, a falta de ayuda, su conductor predijo amargamente que podría pasarse seis meses trabajando, en lugar de uno, para terminar aquella obra, y eso en el supuesto de que la máquina no se hundiera en el pantano. Aparte de los troncos de árbol no había literalmente nada a nuestro alcance que pudiera suministrarnos la necesaria sustentación. No obstante, seguimos adelante con optimismo.

»Del siguiente poblado que visitamos pudimos contratar tan sólo una docena de trabajadores en condiciones. Del tercero, no obstante, contratamos al doble, y nuestra moral subió porque quedaban aún cuatro o cinco por visitar dentro de una distancia razonable. No tenía sentido reclutar gente más allá; carecíamos de medios para darles de comer y teníamos que confiar en que fueran a sus casas al anochecer y volvieran al alba.

»A la puesta del sol, aquel día pudimos ver un claro discernible en el bosque y brindamos por nuestro logro con el coñac que Fleaud había añadido a nuestro botiquín con propósitos estrictamente medicinales. A pesar del zumbido de los mosquitos, por un momento pareció que íbamos a lograr lo que nos habíamos propuesto.

»A la mañana siguiente, no obstante, el mayor Wimswell tenía escalofríos y fiebre alta, y estaba tan mareado que no podía ni ponerse en pie. Corkran, uno de aquellos admirables «perros viejos» que lo han visto todo ya, le envolvió con todas las mantas que pudo encontrar (o su equivalente, dado que la dotación de mantas para una zona tropical es mínima), le dio unas aspirinas y puso a un soldado a montar guardia y llenarle de té caliente cada vez que se despertara. Fleaud argumentaba que debería ser tratado con tisane, que a sus ojos era la cura segura contra cualquier fiebre; pero cuando perdí la paciencia y le invité a que fuera a buscar las hierbas necesarias, pareció recordar súbitamente que no estaba en Provenza y se calló.

»En mi opinión ése debió de ser el primer síntoma de su contagio. En cualquier caso, cuando volvíamos con andar cansino del siguiente poblado de nuestra lista con la promesa de sólo otros seis o siete hombres en condiciones, empezó a delirar y se derrumbó. Lo mismo hizo el hombre que vigilaba a Wimswell alrededor de la medianoche. Y yo mismo sentía cierto mareo por aquel entonces, de modo que comprobé mi temperatura y me encontré con que tenía un grado de fiebre. Al menos, no obstante, yo seguía estando en condiciones de valerme por mí mismo… o en cualquier caso me convencí de que así era.

»A veces sospecho que es la manera en que la guerra fuerza a una persona a sobrepasar lo que suponía eran los límites de su ingenio o de su tolerancia, lo que la hace fatalmente atractiva incluso en una era en la que las armas destruirán los restos al tiempo que al enemigo. Yo sabía perfectamente bien (al igual que Wimswell y Fleaud en sus momentos de lucidez, y también por encima de todos Corkran, ya que tenía que ir dando de baja a un segundo hombre, después a un tercero, después a media docena de una sentada, porque eran incapaces de ponerse en pie) que con los recursos que quedaban resultaría imposible construir la pista en el tiempo concebido. Y a pesar de todo, seguíamos trabajando con la vaga esperanza de que se produjera un milagro. Esto ocurre continuamente durante todas las guerras importantes. Lo que hizo que este episodio fuera diferente fue que el milagro ocurrió.

»Irónico, ¿sabe usted? Allí estaba yo, un muchacho de veinte años de edad, en mi segunda salida a ultramar; y con un uno por ciento de la experiencia del CSM Corkran, estaba a cargo de toda la operación, ahora que mis dos superiores habían caído enfermos. De facto, como es lógico, era Corkran el que mantenía las cosas en marcha; pero cuando con cada día que pasaba empezaron a fallar más trabajadores, y aquellos que aparecían estaban en contacto con la realidad sólo a medias, empezó a tomarse el pulso obsesivamente, y cada hora en punto venía a pedirme el termómetro de la unidad, como si entretanto pudiera habérsele disparado la fiebre sin que lo hubiera notado.

»A pesar de todo, se lograba un cierto adelanto en el trabajo. Yo empecé a sentirme enormemente orgulloso de mí mismo, no sólo porque gracias a la perseverancia de Corkran y los otros soldados (cuando no estaban demasiado enfermos) y la de los trabajadores nativos, los árboles estaban cayendo visiblemente, sino también porque estaba siendo capaz de hacerme cargo de la tarea luchando al mismo tiempo contra la fiebre. Corkran estaba inmunizado, como se dice por ahí. Yo no, pero aun así seguía funcionando. Visto a posteriori, supongo que estaba bajo los efectos del mismo tipo de ilusión que la que sufre un borracho que no cree estarlo hasta que un desastre se lo demuestra.

»En mi caso, por sorprendente que parezca, lo que me alcanzó no fue ningún desastre. Fue el milagro que mencioné anteriormente. Este, no obstante, no tuvo lugar hasta el cabo de una semana aproximadamente.

»Un par de días después de que Fleaud se pusiera enfermo, el número de trabajadores había disminuido a la mitad del original, y yo podía prever que al día siguiente el total se convertiría en la mitad de nuevo. Nosotros, los que vivimos en climas templados, tenemos suerte de padecer pocas enfermedades endémicas más graves que el catarro común, que hace que uno se sienta suficientemente miserable, sin duda, pero que raras veces implica un delirio inmediato. Era muy difícil dormir en nuestro campamento aquellos días. Invariablemente alguno de los enfermos aullaba en la noche gracias a alguna terrible pesadilla. La de Fleaud le llevó de vuelta al tiempo que había pasado en un seminario (sus padres querían que hubiera sido sacerdote), donde era atormentado una y otra vez por un director de coro que se negaba a creer que nadie pudiera tener una oreja enfrente de la otra. Sus intentos de cantar gregoriano a pleno pulmón fueron suficientes como para dar mala fama a la música durante toda la eternidad.

»Parecía, dadas las circunstancias, que la medida más constructiva que podía yo adoptar era la de hacer una gira por los poblados cercanos que quedaban aún por visitar. Incluso un puñado de trabajadores más podrían (o eso me atrevía yo a imaginar en mi confusa situación) desequilibrar la balanza a favor de nuestro proyecto. De modo que, dejando a Corkran al mando, partí con el hombre del que se podía prescindir con menos problemas: un cabo de comunicaciones llamado Smithers, cuya tarea de estar a la escucha a las horas prefijadas para recibir mensajes del cuartel general podía ser realizada por cualquiera que no estuviera delirando en aquel momento. Más aún: había admitido insensatamente que había sido boy scout y había aprendido a leer mapas y a utilizar la brújula, lo que le convertía en el personaje ideal para acompañarme.

»En cada uno de los poblados que quedaban nos encontramos con lo que por aquel entonces yo ya había identificado como la situación estándar de toda la región. Hablo de poblados, pero de hecho algunos eran pequeñas ciudades con un floreciente comercio, incluso en medio de la guerra, en bienes manufacturados de importación, así como en productos locales. En tiempos había habido un fuerte portugués cerca de la boca del río (hoy en día ruinoso y cubierto de verde) donde los comerciantes de esclavos intercambiaban sus cautivos por lujos europeos. No tuve dificultad alguna en localizar a los diversos jefes, imanes y otros dignatarios equivalentes con los que nos encontramos. Constituían una clase musulmana dominante que gobernaba sobre un campesinado que se adhería, incluso tras el paso de los siglos, a sus viejas creencias paganas. Los peces gordos comprendían el árabe, como me habían dicho durante la sesión de información general; no obstante, al dirigirme a la gente en este idioma, la mayor parte de la población resultó conocer sólo el tipo de frases que podrían corresponderse con órdenes promulgadas por un jefe y elogios serviles ofrecidos a éste por sus inferiores. Era algo así como si sus conocimientos, en términos del idioma inglés se limitaran a comentarios como: «¡Ven! ¡Vete! ¡Haz lo que se te ha dicho!», junto con algunas florituras como: «Que el señor le bendiga, Excelencia, es un hermoso día, vaya, diantre».

»Bien, si esta gente tenía que realizar el trabajo por nosotros, íbamos a tener que inventar alguna manera de hablar los unos con los otros. Su lenguaje pertenecía al grupo mandingo, como pude averiguar mucho más tarde, de modo que resultaba extraordinariamente difícil para alguien que piensa en términos indoeuropeos; pero entre nosotros (yo y un puñado de nativos que estaban lo suficientemente sanos) nos montamos un semilenguaje operativo. Menciono esto porque en un momento dado empecé a preguntarme si los abúlicos y parasitarios jefes y sus familias de chupones estaban mintiéndonos para evitar que nos lleváramos trabajadores de cuya producción dependían para su supervivencia; pero resultó al final que la fiebre era realmente tan severa y duradera como afirmaban, ya que los trabajadores (hablo de los granjeros comunes y sus esposas) nos lo confirmaron.

»Además, cosa curiosamente divertida, para ganarse el sustento bajo las condiciones del primitivismo uno no tiene que trabajar ni remotamente el mismo número de horas (ni durante tanta parte del año) como ocurre en nuestra llamada sociedad civilizada. Desde que averigüé esto, he estado preguntándome en qué aspecto, si es que hay alguno, somos superiores…

»Undumi era el poblado más lejano que habíamos llegado a visitar, y para cuando quisimos terminar con las negociaciones, la tarde llegaba a su término. El Jefe, cuyo nombre era Dafoud, y su hermano Yossein, que casualmente era el Imán (una vez más el montaje jefe-sacerdote), sugirieron que pasáramos allí la noche; podían poner a nuestra disposición una choza vacía. Pensando que ésta era la forma más probable de coger la fiebre, estaba a punto de rechazar la oferta; pero el sabroso aroma de un estofado de carne de cabra me convenció para que aceptara. Apuntémoslo, pensé medio mareado, en el capítulo de las relaciones públicas.

»Smithers se mostraba notablemente poco entusiasmado con la idea. Pero era lo que más adelante ha dado en llamarse gráficamente un «cabeza de bolo», mientras que yo lo consideraba como una especie de pequeña aventura.

»Ahora por fin llegamos a mi milagro. Smithers y yo acabábamos de retirarnos a dormir, y estábamos intentando que nuestros desacostumbrados huesos se acomodaran sobre un par de esteras de paja extremadamente escuetas, cuando oímos una suave llamada desde el exterior. Reconocí un par de palabras; alguien estaba pidiendo permiso para entrar. Con un suspiro le invité a que lo hiciera.

»En el umbral de la puerta, alumbrado por la luz de la apestosa y llameante lámpara de aceite de palma que nos había prestado una de las esposas del jefe, apareció un hombre envejecido al que le faltaban los incisivos superiores y tan delgado, que una buena ráfaga de viento podría llevársele. Vestía el típico taparrabos de las clases inferiores más un par de collares, y llevaba una pértiga de la que obviamente tenía que hacer uso con frecuencia para andar. Se presentó como Edusu, hijo de Obe, hijo de Obe. Aguardó un momento como medio esperando que consideráramos impresionante la información, después se inclinó y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo entre nuestras esteras.

»—Yo sé cómo pueden construir ustedes su pista de aterrizaje —dijo.

»Así contado parece algo sencillo, pero de hecho debimos tardar cosa de media hora en llegar hasta aquel punto de nuestra discusión, complementando y sustituyendo palabras por dibujos en el suelo arenoso de la cabaña; la pértiga del viejo servía de pluma. Y cuando Edusu consiguió hacernos comprender lo que quería decir, estuve a punto (afortunadamente sólo a punto, ya que lo hubiera tomado como una ofensa grave) de echarme a reír. No sé muy bien cómo me limité a plantear la ardiente cuestión:

»—¿Cómo?

»A modo de respuesta, borró lo que ya había dibujado en el suelo y dibujó encima un elefante. Mi fiebre debía de estar aproximándose a su apogeo, ya que aunque mi cabeza parecía lúcida, lo que en ella hacía las funciones de la lógica tenía muy poco en común con lo que me gusta considerar mi sentido común habitual. Inmediatamente mi cerebro se llenó de visiones. No desperdicié el tiempo en preocuparme acerca de la supuesta imposibilidad de entrenar elefantes africanos; fue varios días más tarde, de labios de Wimswell, cuando oí por primera vez ese cuento de viejas. Pero había visto documentales en los que aparecían elefantes, y gracias a algún artículo que había leído por casualidad sabía que un elefante adulto puede mover un tronco de un peso de unas dos toneladas. Por su parte ellos también pesan lo suyo. Los veía apartando los árboles que habíamos derribado de la línea de la pista de aterrizaje, de modo que pudiéramos quitar los matojos, y después no sólo trayéndolos de vuelta y depositándolos ordenadamente uno junto al otro para servir de cimentación para nuestra «pista instantánea», sino haciendo también el papel de apisonadoras cuadrúpedas, comprimiendo y nivelando la superficie hasta un grado que ni siquiera nuestra esperada banda de trescientos hombres hubiera podido igualar jamás.

»Pregunté:

»—¿Cuándo? ¿Cuántos? ¿Cuánto?

»A la primera pregunta respondió:

»—Mañana no. Un día después de mañana.

»A la segunda:

»—Tal vez veinte, quizá treinta.

»A la tercera… Se puso en pie, sonriendo torcidamente. A la tenue luz de la lámpara adoptó una pose de asombrosa dignidad; por un segundo pareció que él, y no Dafoud, debería ser el jefe del lugar.

»—Nada —dijo—. No les costará nada. Existe una razón por la que se los ofrezco encantado.

»Y, casi como si hubiera partido por alguna ruta distinta a la puerta, desapareció. Smithers se había perdido mucho de esto, de modo que tuve que explicárselo. Él mantuvo una actitud escéptica… pero, por otra parte, no se sentía impresionado por nada de lo que África tenía para ofrecer. Durante la cena no había hecho más que comparaciones insultantes entre el plato de cabra que nos habían dado y un puchero de Lancashire. Aún así, en el fondo estaba tan impaciente como cualquier otro por ver terminado el trabajo, y si aquélla era la única manera de realizarlo, sería la manera en que lo realizaríamos. De acuerdo sobre este punto, nos echamos a dormir.

»Durante la noche soñé con una vividez extraordinaria (como ocurre a menudo cuando uno tiene fiebre alta), lo que dio como resultado que por la mañana no estaba del todo convencido de que la conversación hubiera tenido lugar. La forma subrepticia en que Edusu había entrado en contacto, en lugar de hablar en el momento en que todos los habitantes del poblado se reunieron para ver qué era lo que nosotros, forasteros blancos, buscábamos allí, parecía sugerir que no sería muy diplomático el contar a Defoud y Yossein que había hablado con nosotros. Todo el mundo se reunió de nuevo para vernos partir, pero «todo el mundo» no incluía a Edusu, de manera que…

»¿Sabe? Yo debía de estar muy enfermo en realidad, a pesar de que paseaba normalmente y no había perdido el apetito. Porque no se me había ocurrido preguntarle a Smithers si recordaba lo que yo recordaba, hasta que hizo un comentario casual en el transcurso del viaje de vuelta al campamento acerca del viejo al que le faltaban los incisivos. Aquello inmediatamente remplazó el miedo que tenía de que todo hubiera sido una alucinación por una posibilidad aún peor: que Wimswell y Fleaud no aprobaran el compromiso en que nos habíamos metido.

»Consideré una bendición el que cuando llegamos de vuelta ambos seguían aún demasiado enfermos como para discutir nada. Aquello me dejaba a solas con Corkran, cuya estolidez (que creo recordar ya he mencionado) me sigue asombrando incluso después de todos estos años. Cuando le dije que si aparecían unos cuantos elefantes serían elefantes amaestrados y que venían a ayudarnos en nuestro trabajo, de modo que nadie debía asustarse, y sobre todo que los centinelas deberían ser puestos sobre aviso para que no se liaran a tiros con ellos, se limitó a tomar nota de la información y dijo:

»—Muy bien, señor, ¿es eso todo por el momento?

»A la mañana siguiente había, creo, superado la peor parte de mi fiebre; había tenido la suerte de contraer una variedad benigna, que duraba cuatro o cinco días en lugar de diez. Me levanté excitado, medio esperando verme al abrir la puerta de mi tienda con la nariz pegada a la rodilla de algún paquidermo intruso. Pero no había ni rastro de elefante alguno.

»De lo que sí había rastro era de la vuelta de aquellos de nuestra fuerza de trabajo que habían caído enfermos después del primer día. Habiéndose recobrado en parte, se arrastraron hasta el campamento a base de fuerza de voluntad. Para cuando salí a la pista, Corkran estaba riéndose entre dientes de la satisfacción. Era la primera vez que habíamos conseguido reunir un centenar de trabajadores…, poca cosa comparada con lo que se esperaba de nosotros, pero allí estaban. Y al día siguiente, con suerte, podríamos tener aún más.

»Con tantos hombres trabajando, tuvimos que dividirlos en grupos. A falta de un mejor criterio para seleccionar capataces, separé a aquellos que llegaron vistiendo dashikis, o sea túnicas, en lugar de un simple taparrabos. La elección mostró estar de acuerdo con lo que la gente de la localidad consideraba el orden natural de las cosas. Los capataces seleccionados por este método arbitrario resultaron pertenecer sin excepción al grupo musulmán dominante. Por supuesto, ellos no eran jefes ni imanes ni nada parecido a un pez gordo; los personajes de tan exaltado rango jamás condescenderían a trabajar. Pero todos eran sobrinos o primos de la nobleza. El resto eran igualmente musulmanes en teoría, pero paganos en la práctica. Muchos de ellos trajeron pequeños animales (un cordero recién nacido, o una gallina) e hicieron sacrificios durante su primer día de trabajo para asegurarse la buena suerte. Con bastante sensatez, los ofrecimientos fueron después asados sobre hogueras, sirviendo así a la vez de ofrenda y comida…

 

»Al llegar la media mañana había ya abandonado la idea de los elefantes, especialmente porque tras ciertas reflexiones me pareció muy extraño el que aparte de Edusu nadie de los poblados que hasta el momento habíamos visitado hubiera apuntado esta posibilidad. Si existía un número tan generoso de tales bestias (¿acaso no nos había prometido veinte, tal vez treinta?) dentro de una distancia relativamente corta, ¿por qué no lo habría mencionado alguien antes? Más aún: ¿para qué eran utilizados normalmente? No había siquiera operaciones madereras de importancia en la región, y dado el carácter atrasado de la cultura local, aquél era el único tipo de empresa en la que pude pensar se hiciera necesaria la utilización de tan vastas reservas de fuerza muscular.

»Cuando me uní a Corkran en la tienda de mando para tomar una taza de té, a las 10:30 horas, y sacó a relucir el tema en tono jocoso, lamento tener que decir que estuve un tanto seco con él. Lo lamento tanto más cuanto que no había hecho más que terminar de hablar cuando se produjo una conmoción en el exterior. Ambos nos abalanzamos hacia la salida. Con cortesía refleja Corkran me dejó pasar primero. En el exterior vimos… Déjeme que se lo ilustre, como quien dice.

»Imagínese usted el cielo tropical sobre colinas cubiertas de un denso follaje verde, apenas visibles, sobre una zona más cercana de árboles y matojos entremezclados. Hay un campamento militar, una docena de tiendas caqui, y algunas intrusiones de la tecnología moderna como el tractor y los enormes tambores cubiertos de lona. Hacia el este del campamento los árboles han sido derribados a lo largo de unos cien metros, formando una especie de surco en el bosque. Trabajando para extender la zona clareada hay setenta hombres con taparrabos, brillando como ciruelas maduras por el sudor, bajo la dirección de nuestro escaso personal en buen estado además de media docena de capataces locales vestidos con dashikis de diversos colores que Manchester podría suministrar a bajo precio. Y los trabajadores se han encontrado súbitamente con las arrugadas cabezas grises de veinticuatro elefantes, las miradas fijas en ellos desde los árboles sin derribar. ¡No es de extrañar que gritaran!

»Pero aquello no fue nada comparado con el alarido que dio la bienvenida a Edusu, cuando apareció. Durante un largo momento no le reconocí; tan sólo deduje que debía ser él porque no podía ser nadie más. Su huesudo cuerpo, desnudo aparte de un taparrabos, pulseras y tobilleras, todo de piel de elefante trenzado, estaba pintado de blanco, rojo y verde en dibujos que se repetían sobre un escudo que llevaba en la mano izquierda, mientras que en la derecha llevaba un cetro. Lo llamo así porque era un símbolo de superioridad y dominación, como pude descubrir más adelante; pero no tenía parecido alguno con nada que nosotros consideremos real. Era, para ser precisos, la trompa de un elefante cuidadosamente secada y sujeta a un tallo de bambú en la posición que adopta la del elefante vagabundo cuando se prepara a cargar.

»A la simple vista de esto, todos nuestros capataces echaron a correr como alma que lleva el diablo. Algunos de ellos tropezaron con sus propias túnicas, incluso… Pero la reacción de los que eran simples trabajadores fue totalmente diferente. Corrieron hacia Edusu y se arrojaron de rodillas ante él, con los brazos alzados, y sonriendo sin excepción como si estuvieran empeñados en partirse la cara en dos. Al pasar ante ellos los elefantes, gritaron con sorpresa e incredulidad; después se pusieron en pie de nuevo y siguieron el camino de Edusu, que se dirigía directamente hacia donde yo estaba.

»—¿Qué demonios pasa? —susurró Corkran, añadiendo automáticamente—: ¡Señor!

»No pude contestarle. Estaba pasmado, mirando los elefantes con tanto desconcierto e incredulidad como cualquier otro. Honradamente, no puedo afirmar que reconociera inmediatamente lo que había de extraño en aquellas bestias. No obstante sí que pensé que se movían desacostumbradamente despacio; noté que, a menos que recibieran una orden de Edusu, permanecían simplemente en su sitio: ni siquiera agitaban las orejas contra las moscas, que zumbaban por millares en el aire húmedo y cálido. Pero, dadas las circunstancias, lo que di por sentado fue que estaban impresionantemente bien entrenados.

»Mi estado de confusión, al igual que las exigencias de la cortesía, me hicieron permanecer inmóvil en mi sitio hasta que Edusu se detuvo ante mí, apoyó la contera de su cetro contra el suelo (con lo cual se convirtió en una pértiga sobre la que apoyarse) y dijo:

»—Teniente Secrett, he aquí los elefantes que le prometí que construirían su pista de aterrizaje.

»Recuperando el habla de nuevo, conseguí responder:

»—Bien. Adelante con ello. —Y volviéndome hacia Corkran—: ¡Sargento mayor! Tenga la amabilidad de mostrar al señor Edusu los planos de la pista.

»Al oír llamar «señor» a aquel africano desnudo y pintarrajeado, Corkran palideció; no obstante, recobró la compostura, y pasamos la siguiente media hora explicándole a Edusu lo que había que hacer. Este, como ya había podido observar, era increíblemente rápido para captar las cosas. En cuestión de minutos entendió el punto crucial de que la pista tenía que ser muy dura y muy resistente, porque una vez que un aeroplano deja de volar por los aires, el aire ya no le sujetaba y recuperaba su peso normal, que podría ser el de varios elefantes.

»—¡Será hecho bien! —nos aseguró, y se fue a… bueno, a dar instrucciones a su equipo. No sé de qué otra forma llamar a lo que hizo. Llamó a sus elefantes, que formaron un círculo en torno suyo, y caminó del uno al otro dándoles lo que sonaban como instrucciones verbales bastante complejas, amplificadas con gestos y ademanes, mientras tanto blancos como negros nos quedábamos mirando fascinados.

»Entonces los elefantes empezaron a hacer exactamente lo que se les había ordenado. Incluso para el estólido Corkran debió de ser un espectáculo desazonador. Para el resto de los soldados era totalmente incomprensible. En cuanto a los trabajadores nativos… bueno, ¡estaban entusiasmados! Algunos intentaron correr hasta Edusu para besar sus pies; tuvo que apartarles con mandobles de su cetro. Así fue como empezó el trabajo de verdad en la construcción de nuestra famosa pista de aterrizaje.

»Una hora o así antes de la puesta del sol, Edusu volvió a acercarse a mí para explicarme que sus elefantes no trabajaban después del anochecer y que debía permitirles ahora comer y dormir y descansar durante la noche. Esto coincidía punto por punto con lo que yo había oído respecto a los elefantes indios (durante el día había estado rememorando cientos de referencias no sólo de trabajos serios, sino también de novelas e historias de aventuras que había leído de niño), de modo que le di permiso para partir con mi más caluroso agradecimiento y mis más encendidos elogios.

»Incluso esta primera incursión por parte de nuestros nuevos ayudantes había producido una transformación de nuestra zona de trabajo. Habían sido derribados el doble de árboles, y habían sido quitados de en medio y apilados ordenadamente. Ahora los hombres podían emprender el trabajo ligero, que era en realidad lo más que debíamos esperar de ellos dado su estado de debilidad: limpiar los matojos con hoces y hachuelas y enterrarlos, dado que estaba todo demasiado húmedo como para arder, aunque lo que pudimos quemar lo quemamos.

»Lo que más preocupado me tenía era la fragilidad de Edusu. A pleno sol parecía mucho más viejo y enfermo de lo que me había parecido a la luz temblorosa de la lámpara de aceite que alumbró nuestro primer encuentro. Su chillona pintura corporal y su orgullosa apostura ayudaban a disimular su cara, pero su ronca y temblona voz le traicionaba, y tenía que apoyarse en su cetro para hablar conmigo. Una vida de infección tras infección de malaria se había cobrado su inevitable precio. Sugerí que uno de los hombres más jóvenes le acompañara, pero rechazó toda oferta de ayuda y partió con sus elefantes por el mismo camino por el que había aparecido aquella mañana. Lentamente. Ellos caminaban no como si estuvieran debilitados también (se habían pasado el día demostrando lo fuertes que eran), sino como si no tuvieran interés alguno en la tarea de poner un pie delante del otro. Como si, caso de no estar bajo las órdenes de aquel huesudo hombre viejo, se hubieran quedado tan contentos con detenerse donde estaban y no volverse a mover de nuevo. Pero de momento no podía permitirme el preocuparme por tales asuntos.

»En su momento los elefantes regresaron. No al amanecer, cuando empezaba el trabajo, sino alrededor de una hora más tarde, y una vez más trabajaron sin descanso ni instrucciones (excepto las verbales de Edusu) hasta bien entrada la tarde, y partieron de nuevo. El progreso era asombroso. A tal ritmo, a pesar de nuestros muchos problemas, existía ahora la posibilidad de que pudiéramos terminar la pista dentro del tiempo que nos habían asignado. Se me había ocurrido preguntarle a Edusu si sus elefantes serían lo suficientemente fuertes como para desenrollar nuestros tambores de «pista instantánea», y estaba preparado para su inmediata garantía de que sí lo eran. De modo que incluso si nuestro tractor se averiaba, podíamos tener la esperanza de continuar.

»Aquella tarde pude darle a Wimswell las buenas noticias. Seguía estando débil, pero era capaz de incorporarse en la cama y tenía las ideas tolerablemente claras. Cuando le expliqué lo de los elefantes, no obstante, temí que fuera a tener una recaída, ya que pasaron largos segundos mientras se limitaba a mirarme con la boca entreabierta. Finalmente consiguió poner en palabras lo que le rondaba por la cabeza.

»—¿Elefantes? —explotó—. ¿Aquí en África? Secrett, ¡está usted loco! ¡Sólo los elefantes indios pueden ser amaestrados para realizar trabajos útiles!

»Que fue, como me parece haber mencionado anteriormente, la primera vez que oía esa fábula.

»—Pero… ¡es cierto! —objeté, y me volví hacia Corkran, que había entrado conmigo a la tienda de Wimswell.

»—Verdad de la buena, señor —confirmó Corkran—. Acabamos de hacer más en un día de lo que pudimos hacer en seis sin su ayuda.

»Wimswell se hundió en la cama.

»—Estoy todavía demasiado débil para discutir —murmuró—. Pero juro que no lo creeré hasta que no lo vea.

»A la mañana siguiente consiguió ponerse en pie, afeitarse, ponerse el uniforme y salir a trompicones de la tienda para esperar la llegada de Edusu. Para más abundamiento, Fleaud decidió que estaba también lo suficientemente recuperado como para levantarse; evidentemente no lo estaba, ya que le empezaban a castañetear los dientes en el momento en que se le distraía la atención, y estaba muy pálido y le temblaban las manos, pero no había forma de razonar con él y salió en pijama a reunirse con nosotros. Entonces, enfrentado a la evidencia incontrovertible de los elefantes, Wimswell no hizo más que agitar la cabeza y ordenarme que le presentara a Edusu tan pronto como fuera posible. Fleaud reaccionó casi con violencia.

»—¡No es posible! —aullaba—. ¡Debo de estar todavía soñando por la fiebre! Esos no son elefantes… ¡no lo son en absoluto!

»Acordándonos del episodio de la tisane, Corkran y yo intentamos seguirle la corriente, pensando que aquello era una alucinación debida a que se imaginaba que estaba de vuelta en su amada Francia. No obstante, el individuo era de lo más persistente, y al final perdí la paciencia.

»—¡Por todos los demonios, hombre de Dios! Tienen trompa en la parte delantera y rabo en la trasera y una pata en cada esquina, ¿no es así? Entonces, ¿cómo diablos quiere que los llamemos, aparte de elefantes?

»—¡Está usted dudando de mi palabra, me está usted llamando mentiroso! —aulló iracundo Fleaud, procediendo a enunciar una lista de sus cualificaciones en la materia.

»En última instancia éstas se reducían a una miscelánea de retazos incoherentes, pero de éstos conseguí sacar en claro a qué se refería. Gracias al descubrimiento fortuito de un depósito de huesos fósiles en un yacimiento de caliza que había horadado mientras trabajaba en una nueva carretera entre Biarritz y la frontera española, había empezado a tomarse un interés un tanto superior al del lego en la materia en los animales extinguidos y había convertido en una especie de hobby el visitar museos y zoológicos para realizar bocetos de anatomía comparada. Es asombroso los compañeros de cama que se encuentra uno en la guerra, ¿no le parece? Lo que puede también ser un factor que contribuya a aumentar nuestro gusto por ella incluso en plena era nuclear… Perdóneme, intentaré no entrar en disgresiones de nuevo.

»Incidentalmente, había pasado por alto el mencionar que en aquellos momentos, Fleaud había empezado a hablar en francés, habiéndole privado la fiebre de su normalmente adecuado si bien nada notable dominio del inglés, con el resultado de que tanto Corkran como Wimswell (ninguno de los cuales comprendía el francés más allá del nivel del gracias y por favor) andaban, por así decirlo, un tanto confundidos. Yo mismo tenía dificultades en comprender a Fleaud mientras seguía desvariando acerca de la disposición de las orejas y la articulación de las rodillas y…

»Y oímos un ruido seco. Un disparo. Todos rodeamos la tienda de mando, que no nos dejaba ver en la dirección de la que había venido el ruido. Tambaleándose hacia nosotros, aferrándose el abdomen y sangrando, venía uno de los centinelas que, gracias a un recordatorio de Corkran, había mantenido dispuestos a lo largo de los caminos que conducían a nuestro campamento. Esta forma de proceder era la correcta, pero, cándidamente, tras la reacción generalizada de bienvenida que habíamos obtenido en todos los poblados de la vecindad, jamás esperé que fuera necesario que utilizaran las armas que sacaban por turno del armero antes de entrar de guardia. Tal vez esta actitud se había extendido hasta aquel desdichado que cayó al suelo muriendo ante nuestros ojos; tal vez fue el ver a gente que reconocía lo que le hizo bajar la guardia, o tal vez fueran los niños, que no podían suponer una amenaza. No lo sé.

»Pero acercándose a nosotros había un grupo de hombres vestidos con dashikis, entre los cuales reconocí a Dafoud y a Yossein, y a los capataces que habían huido al llegar los elefantes. Estaban empujando con armas (que por su aspecto habían sido anticuadas hace un siglo, pero cuya índole mortífera acababa de ser demostrada) a un grupo de mujeres y niños. Algunos de éstos eran demasiado jóvenes como para andar y les llevaban en brazos sus madres.

»Edusu dio una orden seca a sus elefantes. Estos dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se volvieron para plantar cara a los recién llegados. Los trabajadores a su vez abandonaron el trabajo y empezaron a murmurar entre ellos. Recuerdo con claridad lo blanco que resultaba el blanco de sus ojos en sus caras desesperadas.

»Nuestros otros centinelas estaban fuera de la vista. Mientras existía una remota posibilidad de que al oír el disparo respondieran volviendo de manera circunspecta e investigando antes de salir de cubierto, sería terriblemente peligroso intentar dar la alerta. Y el peligro derivado del delirio me había llevado a ordenar que no se llevaran armas en el interior del perímetro del campamento.

»No era el momento de adoptar acciones positivas. Wimswell subrayó la cuestión cayendo de bruces. En cuanto a Fleaud, debía seguir estando igual de enfermo. No prestó prácticamente atención a los intrusos y continuó murmurando comentarios acerca de los elefantes y lo imposible que era que fuesen reales. Di órdenes a nuestros hombres de que se mantuvieran quietos y que no hicieran gestos que podrían ser mal interpretados. El haber visto a uno de sus camaradas muerto a tiros les había puesto de un humor terrible, pero había al menos una veintena de armas apuntándonos no sólo a nosotros, sino también a las mujeres y a los niños.

»Wimswell gimió e intentó levantarse. En un susurro teatral le rogué que se quedara quieto; algunos de aquellos hombres armados parecían tener el dedo alegre. Dafoud se adelantó a sus compañeros y haciendo una bocina con las manos gritó una parrafada a Edusu en árabe, muy para mi sorpresa, ya que tenía la impresión de que el viejo no lo hablaba.

»—¡Llévate a los elefantes adonde los has encontrado! —gritó Dafoud—. ¡Mataremos a las mujeres y a los niños si te niegas!

»Edusu miró con tristeza al grupo de rehenes. Contestó inmediatamente también en árabe y con mejor acento que el mío:

»—¡Juro que jamás volveréis a posar los ojos en mis elefantes después del día de hoy! ―concluyó, inclinando la cabeza en señal de sumisión. Después, con un paso rígido y medido, se aproximó a mí—. Teniente Secrett, ellos —inclinó la cabeza hacia Dafoud y Yossein— no permitirán que su aeropuerto sea construido.

»—¿Por qué no? —conseguí decir.

»—Creen que cualquiera que sea capaz de mandar sobre un elefante es un servidor de Shaitan. —Edusu se dirigía a mí en árabe y conseguía hacerse entender mucho mejor que con el tosco pseudolenguaje que habíamos venido utilizando hasta entonces—. Aquellas mujeres y niños que ve, son las mujeres de mi hijo, que está junto a Dafoud, con un dashiki azul, y mis nietos.

»—Su hijo está… ¿está de parte de ellos? —dije, incapaz de dar crédito a mis oídos.

»Edusu suspiró:

»—Oh, me traicionó hace ya mucho tiempo. Ahora acepta junto con todos los demás que mi conocimiento está maldito, y siempre se ha negado a dejarme que le enseñe lo que sé. Di la bienvenida a la oportunidad de ayudarles con su trabajo aquí, ya que era la única ocasión que jamás había tenido de convertir la teoría en práctica… Bien, he hecho lo que he podido. Ahora debo dar a mis elefantes una última orden.

»Con los hombros caídos, se apartó de mí. Tan convincente era su actitud de resignación y derrota, que los hombres que nos rodeaban bajaron las armas. Dafoud y Yossein se rieron a carcajadas y se dieron palmadas en los hombros, excitados por la facilidad de la victoria. Edusu murmuró su «última orden». Y los elefantes cargaron.

»Un segundo antes, se me había ocurrido preguntarme cómo, si efectivamente aquélla había sido la primera oportunidad que Edusu había tenido para poner en práctica su «teoría», se las había arreglado para reunir dos docenas de elefantes adultos que respondían perfectamente incluso a instrucciones muy complicadas. Mi línea de pensamiento, por supuesto, se vio inmediatamente desbordada.

»Los hombres de Dafoud, evidentemente, dispararon. Varios de ellos lograron impactos directos. Un elefante fue herido en la pata delantera derecha, a la altura de la rodilla más o menos. Debía haber caído de bruces. En lugar de eso siguió avanzando. Lo mismo hizo el que recibió el tiro en medio de la boca abierta, supuestamente mortal de necesidad; yo vi literalmente el agujero que la bala produjo bajo la trompa furiosamente alzada y entre las mandíbulas abiertas. Y otro recibió un disparo en el costado, una hembra. Tal vez fueran heridos más, yo no lo vi. Pero de ninguno de los agujeros de bala que vi salió ni una gota de sangre…

»El que le había echado el ojo a Dafoud le cogió por la pierna izquierda. Durante un terrible momento se le oyó gritar. Después fue restallado como un látigo. Y descartado. Su hermano, el Imán, fue pisoteado quedando convertido en una mancha anónima. El resto dejó caer sus inútiles armas y huyó. Pero Edusu, sonriendo de oreja a oreja, más estirado de lo que jamás le había visto, agitó su cetro dando nuevas órdenes; y antes de que tuviera ocasión de llegar a cubierto del bosque, el resto de la banda de Dafoud estaba, por así decirlo, bajo arresto.

»Mientras esto tenía lugar, me pregunté a mí mismo acerca de Edusu: ¿era esto la toma de poder que parecía? Comprendiéndome perfectamente, se limitó a sonreír e indicó a los trabajadores nativos, que se nos aproximaban como una marea de gozo encarnado. Alzaron a Edusu sobre sus hombros y echaron a andar en una enloquecida procesión con baile por todo el campamento. Mientras desahogaban sus entusiasmos, que demostraban de manera concluyente que les importaba un ardite el haber perdido a su Jefe y a su Imán, eché otro vistazo a los elefantes.

»No había agujeros de bala en ninguno de ellos. Ni en la pata, ni en el costado, ni en parte alguna. ¿Acaso lo había soñado todo? ¿Había alucinado, como el pobre Fleaud? ¡Oh, sin duda eso debió ocurrir! Mi febril imaginación debía de haber suministrado la visión de aquellas balas dando en el blanco, y de hecho todos los disparos debían de haber fallado, cosa nada extraña, si uno se para a pensar en ella, si un momento antes de la carga de los elefantes los hombres que llevaban armas se habían relajado bajando la guardia…

»Y aquí apareció de nuevo Edusu, aún sobre los hombros de sus (literalmente) seguidores, ordenándoles que le bajaran al suelo.

»—Teniente Secrett —dijo formalmente—, me temo que hoy no se podrá reanudar el trabajo. Hay motivos para hacer una celebración. El malvado reinado de Dafoud ha llegado a su término. Pero mañana ordenaré a éstos, que son hoy mi pueblo, que se presenten a trabajar, y yo traeré de nuevo mis elefantes para usted. Con una condición.

»Fleaud, como superado por la sorprendente rapidez de los eventos, estaba sentado en el suelo con la mirada perdida y los dientes castañeteándole de nuevo. Algunos de los soldados estaban tan asqueados por la visión repugnante de lo que le había pasado a Yossein que tuvieron que apartarse a un lado y vomitar; Smithers fue uno de ellos. Wimswell, no obstante, estaba lo suficientemente recuperado como para ponerse en pie con un palo de una tienda a modo de apoyo y exigió que le explicara lo que decía Edusu. Yo traduje.

—Prométale cualquier cosa… ¡Prométale la luna! —ordenó el mayor—. Sin su ayuda tenemos menos oportunidades que un merengue a la puerta de un colegio de terminar este trabajo. ―Y añadió a modo de posdata, tras un instante de duda—: Además, es posible que acabara de salvarnos la vida…

»Sus palabras me hicieron estremecer. Tragando saliva, le pregunté a Edusu cuál era la condición.

»—Hará usted que mi hijo trabaje junto con todos los demás, hasta que sus delicadas manos se llenen de ampollas y su blanda barriga se haga esbelta —dijo fieramente el viejo.

»—Así se hará —le aseguré, medio aliviado de que la cosa fuera tan sencilla, medio escandalizado por el veneno que había en sus palabras. Pero, en fin, si su hijo le había traicionado realmente… Añadí una pregunta más—: Edusu, ¿por qué no se dirigió a mí en árabe antes? Todo hubiera resultado mucho más sencillo.

»Su arrugada y anciana cara se oscureció, y sus ojos miraron a través de mí y más allá, hacia alguna otra era.

»—Tengo razones para que no me agraden aquellos que trajeron aquí la lengua árabe —dijo finalmente.

»Y de repente se vio rodeado de nuevo por hombres que gritaban y agitaban los brazos, empeñados en llevarle otra vez a hombros. Casi no tuvo tiempo de dar órdenes a sus elefantes de que le siguieran antes de ser arrastrado de vuelta a Undumi. Sus nueras y nietos se sumaron a la muchedumbre, un tanto intimidados, y al cabo de un par de minutos nosotros, los forasteros blancos, estábamos solos con nuestros prisioneros.

»Improvisamos, más que organizamos, un funeral para el desafortunado centinela. Para que todo el mundo pudiera asistir, Corkran propuso que atáramos a todos los hombres de Dafoud, incluido el hijo de Edusu. Wimswell estuvo de acuerdo con la idea y ordenó además que no se les diera nada, ni siquiera agua, hasta que empezara el trabajo al día siguiente, cuando volvieran Edusu y los trabajadores. Ninguno de nosotros dudaba de la convicción del viejo en ese aspecto. Estaba claro que era considerado como el jefe por derecho propio de Undumi. Accidentalmente nos habíamos encontrado metidos hasta el cuello en un coup d'etat[2] en miniatura. Afortunadamente el gobernador depuesto era al parecer un usurpador.

»Aparte de aquello, el resto de los acontecimientos del día me habían planteado una serie de rompecabezas insolubles. ¿De dónde había conjurado Edusu a sus elefantes? ¿Cuánto hacía que había sido depuesto de la jefatura de Undumi? ¿O acaso nunca había llegado a ostentarla, sino que simplemente era el heredero de un cargo del que algún antepasado había sido depuesto? Y… ¿qué había de aquellos agujeros de bala que había visto… y que después no había visto?

»Wimswell, afortunadamente, estaba en disposición de retomar el mando, al menos de momento, de modo que le pedí permiso para ir a ver cómo estaba Fleaud. Uno de los soldados le había ayudado a volver a su tienda, donde le encontré estremeciéndose igual de intensamente que antes, pero con las ideas claras y capaz una vez más de hablar en inglés. Recostado en un macuto que habían puesto en un extremo de su cama en lieu[3] de una almohada, saludó mi aparición en la entrada de la tienda con un grito:

»—¡No me importa lo que usted pueda decir; ésos no son elefantes!

»Fingiendo estar de acuerdo con él me senté sobre un cajón que había a mano.

»—¿Qué son, entonces? —pregunté.

»—No lo sé. —Sacudió la cabeza lúgubremente—. Tal vez alguna especie desconocida para la ciencia. Ex África semper aliquid novi.

»—¿Qué? ―Me sonrojo al admitirlo, pero hasta más adelante no adquirí un conocimiento adecuado del latín. Tal vez fuera la burla de Fleaud la que me hizo decidir estudiarlo…

»—¡De África siempre sale algo nuevo! —me ladró irritado. Y continuó—: ¡Oh, incluso un estúpido podría ver que están mal hechos! Las orejas, las patas con las articulaciones de las rodillas demasiado altas, la trompa demasiado corta, la pendiente del lomo excesivamente pronunciada, los colmillos también, todo lo distintos que pueda imaginarse… ¡Todos ellos están mal!

»—Señor Secrett —dijo Corkran con tono reprobatorio, entrando en la tienda con una jarra de agua—, usted sabe que no debería fatigar al señor Fleaud.

»—Totalmente cierto —murmuré, y me levanté para irme.

»—¡Averigüe lo que son! —gritó Fleaud a mis espaldas.

»—Se lo preguntaré a Edusu mañana por la mañana —le aseguré, y volví para ayudar a Wimswell a resolver todas las minucias oficialmente requeridas que habían sido abandonadas mientras yo estaba involuntariamente al mando. Esto dejó exhausto al pobre individuo.

»A la puesta del sol me quedé solo con mi desconcierto privado, y finalmente me quedé dormido con un sueño agitado, soñando con extrañas criaturas metálicas descendientes de un cruce entre los elefantes de Aníbal y los torpes tanques de la Primera Guerra Mundial, que serían el vehículo imparable por excelencia, porque les disparasen con lo que les disparasen jamás morirían.

»Al día siguiente sólo apareció un número muy pequeño de trabajadores, en contra de lo que había yo entendido que había prometido Edusu. Subrayo esto: lo que yo había entendido, no lo que él había dicho en realidad. Su aceptación popular como mejor jefe que Dafoud había sido tan completa que me había olvidado de que Edusu sólo podría garantizar la alianza de la gente de Undumi. Y fueron éstos los que llegaron, con resaca y sintiéndose morir, pero a la hora en punto. Por ellos me enteré, a instancias de Wimswell, de que los hombres de los otros poblados estarían ocupados probablemente con insurrecciones locales. La muerte de Dafoud y Yossein, según lo que nos contaron, había servido como ejemplo para el resto de los pisoteados trabajadores. Aquella frase saltó automáticamente a mi cerebro; yo había visto lo bien que se adaptaba a las circunstancias.

»—¡Oh, no! —gimió Wimswell cuando le traduje las noticias—. ¿Quiere decir que tendremos que esperar hasta que hayan matado a sus respectivos jefes de poblado antes de que podamos continuar con el trabajo?

»—Así parece —admití—. Pero siempre están los elefantes —añadí, intentando ver el lado bueno de las cosas.

»—Sí, supongo que sí —dijo con desgana—. Tendremos que sacar el partido que se pueda a la situación.

»Como es natural, yo estaba más desesperado que él por ver volver a las grandes bestias grises. Al parecer yo era la única persona que había visto, o imaginado, aquellos agujeros de bala de los que no brotaba la sangre. No obstante, la imagen permanecía tan vivida en mi memoria que deseaba con una especie de sed expectante comprobar que las pieles de las criaturas carecían de las cicatrices que yo había (tenía que haberlo hecho) inventado…

»Pero no vinieron. La hora habitual, una hora después de la salida del sol, pasó; transcurrió otra hora, y una tercera.

»—¿Elefantes? —me ladró Wimswell, pasando en su primera gira de inspección del campamento desde su enfermedad—. ¡Ah! Parece que ya le hemos servido al tipo lo suficiente, ¿no cree? ¡Apostaría a que está reclinado en el regazo del lujo, ahora que ha recuperado su puesto de jefe!

»Corkran, a un lado del mayor, hacía muecas como si estuviera por completo de acuerdo. Y aun así, yo no podía reconciliar la idea que tenía de Edusu con esta cínica conclusión. Osadamente contraataqué:

»—Señor, Edusu es viejo y frágil. ¡Supongamos que le haya pasado algo! Creo que lo mejor sería que fuera a comprobarlo.

»Wimswell me miró desde debajo de sus fruncidas cejas. ¿He mencionado ya que tenía un par espléndido, como cepillos de calzado en miniatura?

»—¿Cree que podrá seguir su pista? —me dijo al cabo de un momento.

»—Si es la pista dejada por veinticuatro elefantes, creo que sí —dije—. ¡Será más fácil que encontrar Undumi por medio del mapa y la brújula!

»—Muy bien. Llévese con usted al hombre que se llevó la otra vez… el cabo Smithers. Y esté de vuelta para la caída de la noche, sin falta ni excusa ninguna. ¿Comprendido? Sin falta.

»—Sí, señor —dije yo, y por primera vez desde que llegamos le saludé como nos enseñan en una Unidad de Formación de Cadetes Oficiales.

»Mientras Smithers, gruñendo como siempre, y yo estábamos empaquetando el equipo, Fleaud emergió de su tienda de nuevo, débil aún, pero mejorado.

»—¡Buena suerte! —me dijo, dándome una palmada en el hombro—. Su misión será de gran interés para la ciencia. Si puede, traiga de vuelta huesos y al menos una muestra de la piel.

»—Que me condenen —farfullé—, si me dedico a cargar con una de esas bestias. Preferiría volver a lomos de ella.

»—Oh, me temo que eso está fuera de lugar —dijo Fleaud de pasada, como si los acontecimientos de los últimos días se le hubieran pasado totalmente por alto—. Los elefantes de este continente no pueden ser amaestrados como los de la India.

»Me quedé pasmado, mirándole durante un largo instante. Pero no me pareció que valiera la pena invocar la evidencia de sus propios ojos. Desde luego no, si ya había decidido que no era de fiar. Como resultado de aquel intercambio de palabras, cuando partimos yo estaba en un estado tan penoso como el de Smithers. Antes de media hora me enteré de que él y aquellos de sus compañeros que se habían visto lo suficientemente afectados como para vomitar cuando Yossein había sido reducido a pulpa habían recibido el mote de «Los tripas tiernas». De modo que había aceptado esta misión para escapar durante un tiempo de sus supuestos camaradas. Me pareció injusto cargar a alguien metido en un follón semejante con mis propios problemas. ¡A pesar de todo, deseé tener conmigo a alguien con quien pudiera debatir el origen y la naturaleza de aquellos elefantes! Una vez que tanto Wimswell como Fleaud me habían dicho que no eran verosímiles, estaba empezando a creer que formaban todos parte de una completa ilusión o alucinación, y que en breve me despertaría en casa rodeado de doctores y enfermeras.

»La naturaleza del rastro que localizamos inmediatamente y que pudimos seguir sin dificultad alguna resultaba cualquier cosa menos reconfortante. Tengo una memoria como el papel atrapamoscas y, como me parece que ya he dicho, me había pasado largo tiempo rememorando toda la información que había caído en mis manos acerca de los elefantes desde mi infancia. Estaba satisfecho de haber recordado que el procedimiento correcto para seguir a los elefantes era buscar ramas arrancadas de los árboles, bien fuera para masticar sus jugosas hojas o simplemente porque necesitaban un matamoscas. Lo que es moscas no faltaban, eso puedo asegurárselo. Lo que encontramos, de hecho, era más bien el tipo de camino (tal vez debiera decir destrozo) que podría haber sido abierto por un pariente gigantesco de nuestros tractores, como si los animales hubieran obedecido, sin pensárselo dos veces, la orden «Por allí», e incluso algunos árboles bastante grandes habían sido derrumbados en lugar de rodeados. La ruta tenía un par de recovecos, pero daban más la impresión de que obedecían al descubrimiento de referencias en el terreno que a la aparición de obstáculos; un pico discernible en las lejanas colinas, una curva en un arroyo causada por un estrato de piedra dura…

»Yendo despacio, porque a cada paso que dábamos nos parecía más estúpido el haber salido en busca de semejantes monstruos sin un cañón antitanque, localizamos, no obstante, a Edusu y su secreto en menos tiempo del que yo había pensado que tardaríamos en realizar nuestro trabajo. Había pasado por alto su necesidad, causada por la edad, de hacer frecuentes pausas y cuidar cada paso que daba. Emergimos súbitamente en un claro y allí estaba él, completamente cubierto con su regalía, con su cetro, su escudo y todo lo demás, sobre un saliente de piedra gris erosionado para formar una especie de trono natural, y más allá de su figura inmóvil… ¿Fue así como empezaron las leyendas de un cementerio de elefantes? Había una pared rocosa, en proceso de desintegración. De la cara expuesta sobresalía, no lo que razonablemente podía esperarse, esto es, los huesos y dientes de animales muertos mucho tiempo atrás, sino algo distinto. Algo en lo que yo no quería creer.

»Congelados en sus posturas, en parte empotrados en la piedra, estaban los cuartos delanteros de veinticuatro elefantes medio cubiertos, mitad por piel y mitad por músculos… como neblina coagulada. No se movían ni un ápice más de lo que pudieran hacerlo unos modelos de escayola, y aun así, y sin posibilidad de error, éstas eran las mismas criaturas que yo había visto cargar con inmensos y pesados troncos, apilándolos en ordenados montones.

»Me quedé pasmado. La reacción de Smithers fue más violenta. Lanzó un grito y alzó su rifle, dispuesto a disparar. Por lo menos, aquello sirvió para convencerme de que veía lo mismo que yo.

»—¡No dispares! —exclamé—. ¡Las balas no les hacen nada!

»—Ya lo sé —murmuró, bajando el arma—. Ya lo vi. Ayer.

»—Tú también… —dije volviéndome hacia él.

»—Sí, señor —tragó saliva—. Las balas les entraban por un lado y les salían por el otro. ¡Como si no hubiera nada que las detuviera!

»―Por el otro lado… ¡Oh, qué suerte que yo no lo notase!

»Antes de que pudiera decir nada más, Edusu se agitó, despertado por nuestras voces. Sus penetrantes y brillantes ojos se abrieron clavándose en nosotros.

»—Lo dejé para demasiado tarde —dijo con un leve suspiro—. Estoy cansado, amigo Secrett. Soy viejo. La tensión de ayer no me dejó con fuerzas suficientes para llevarle hoy a mis sirvientes.

»No sabía dónde mirar: si a él, que de repente me aterrorizaba, o a los elefantes, que constituían la causa de mi terror.

»—Me parece —continuó, tras una pausa—, que me estoy muriendo. No quiero que mi conocimiento se pierda. Quería trasmitírselo a mi hijo, como me fue trasmitido a mí por Obe, hijo de Obe, y a su vez como le fue trasmitido a él por Obe, hijo de Edusi, y a éste por Dusi, hijo de Dola…, pero mi hijo se puso de parte del usurpador. Amigo y hermano, escúchame a mí que estoy cansado y a punto de morir. Tengo una historia que desvelar, y si así lo deseas tú serás el encargado de completar el trabajo que hemos comenzado juntos.

»La historia era larga. Antes de que fuéramos por la mitad, tuve que mandar a Smithers, que por supuesto no había entendido una sola palabra, de vuelta al campamento, para hacer saber a Wimswell que no estábamos muertos como consecuencia de alguna emboscada o aplastados por elefantes ni nada por el estilo. Hice que nos dejara las raciones que le quedaban y la mitad de su cantimplora de agua para mantener vivo a Edusu. Y continué escuchándole.

»Jamás se me había ocurrido que una historia pasada de boca en boca pudiera sobrevivir de forma tan detallada durante casi cuatro siglos. Algunos pasajes eran tan detallados, que mi atención vagaba como solía hacer los domingos por la mañana, cuando yo era un niño al que obligaban a ir a la iglesia y el sacerdote —que insistía en leer toda la Biblia a su rebaño una vez al año— había llegado a algún capítulo de Primeras Crónicas o algo por el estilo, que comprendía una sucesión interminable de “engendros”. Pero retuve, y hasta hoy sigo reteniendo, lo esencial de lo que me recitó Edusu.

»¿Por qué él y su pueblo detestaban tanto a la clase dominante musulmana que había tomado a su cargo todos los poblados de la región? Porque eran los sucesores directos de los traficantes de esclavos que se habían personado allí cuando la llegada de los comerciantes europeos creó una demanda de esclavos. Aquel fuerte portugués al que ya me he referido no era más que uno de los odiosos legados de dicho período.

»Dado que los esclavistas eran típicamente itinerantes, y trabajaban continuamente recorriendo varias rutas de comercio con preferencia a aposentarse en ningún lugar, ¿qué era lo que les había animado a cambiar sus costumbres en aquel lugar en particular? Bueno, pues que los habitantes habían estado a punto de salir impunes con un brillante truco.

»Las primeras redadas llevadas a cabo por los comerciantes de esclavos les había supuesto un choque terrible. Al igual que la mayoría de los paganos africanos, ellos poseían un temperamento hospitalario y cándido, de modo que habían invitado a aquellos extranjeros —aunque estaban armados— a ser sus huéspedes. Jamás se habían encontrado anteriormente con los musulmanes, pero aunque estaban bajo la dirección de los árabes y algunos de ellos eran bereberes; la mayor parte de los recién llegados eran negros como ellos mismos, o como lo expresó vividamente Edusu, “suficientemente parecidos a nuestros primos de más allá de la colina”.

»Más aún, la esclavitud había sido desconocida hasta entonces en aquel área. Existían trazas de trabajo obligatorio, pero éste podía ser anulado una vez que la deuda que lo había provocado quedaba saldada. Comprenderá usted, sin duda, que estoy complementando lo que escuché decir a Edusu en aquel momento con informaciones que recogí más adelante, pero todo aquello que averigüé subsiguientemente encajaba con la versión que él me había dado.

»De modo que cuando los esclavistas se despertaron al amanecer y, cogiendo sus armas, reunieron a todos los muchachos y muchachas vendibles en la plaza principal de Undumi —que supongo que sería muy parecida entonces a la que conocimos en los años cuarenta—, fue algo traumático. Y los visitantes añadieron sal a las heridas declarando, mientras partían riéndose, que pronto volverían en busca de más.

»Poco inclinados a la guerra como eran estas gentes, estaba claro que la población local no tenía ni la más remota posibilidad de defenderse por la fuerza de las armas. Por una parte, los esclavistas podían volver en cualquier momento sin previo aviso, y los recursos de un poblado como Undumi no daban de sí como para montar una guardia de veinticuatro horas diarias sobre todos los posibles accesos. Por otra parte, si querían conseguir armas tendrían que pagarlas. No había tradición armera en aquel área; lo mejor que tenían eran primitivos arcos de caza. Ahora se habían visto privados de sus muchachas más atractivas, así como de sus jóvenes más fuertes. De modo que ni siquiera podían obtener armas como parte de la dote de una novia, y menos aún acumular un excedente suficiente como para comprarlas.

»Enfrentados a este dilema, los ancianos se reunieron en consejo bajo la dirección de uno de los antepasados de Edusu, que se llamaba también Edusu. Subrayó mucho este punto, como si algún ciclo de acontecimientos se hubiera visto completado con la coincidencia de ambos nombres. Después de una larga consulta con lo que por aquel entonces debían de ser los dioses, pero que más adelante descubrí que más bien eran algo parecido a espíritus ancestrales convertidos por su muerte en deidades tutelares semejantes a los lares romanos, dieron con lo que en mi opinión era no sólo una solución inspirada, sino una solución típicamente civilizada. Antes de la vuelta de los esclavistas hubo una estación de fiebres, pero la siguiente vez que aparecieron fueron recibidos tan calurosamente como la vez anterior, les fue ofrecida comida y bebida, y además —en términos comerciales razonables—, una amplia selección de candidatos a la esclavitud sumamente dóciles.

»Hay que admitir que eran apenas poco más que pasables; eran de movimientos perezosos, no mostraban signo alguno de iniciativa o imaginación, y hacían exclusivamente lo que se les ordenaba —eso y nada más— y eran escasamente una porción del primer grupo reclutado en Undumi.

»Por otra parte, en campamentos en los que se habían encontrado con resistencia armada, el jefe de la banda esclavista había perdido a muchos de sus mejores hombres y considerables ganancias. ¡El encontrar un poblado cuyos habitantes eran unos cobardes de tal categoría como para recibirle ostentosamente de aquella manera y ofrecerle esclavos como Danegeld…! Más aún, él procedía de una tradición servil. Cualquier cultura que incorpora la esclavitud es servil; la condición es infecciosa.

»Y para rematar el pastel, como quien dice, había quejas de los compradores de esclavos portugueses acerca de la naturaleza rebelde del último envío. Habían estado a punto de tomar el barco que les transportaba a través del Atlántico, y el capitán había tenido que colgar a varios de los cabecillas por temor a que su tripulación se amotinara poniéndose de parte de los cautivos. Debía de haber habido poca diferencia entre la situación de los cautivos y la de los marineros en aquel navío.

»Me imagino al jefe de los comerciantes de esclavos como un hombre de estrecha mentalidad pero astuto; me imagino a las gentes de Undumi, particularmente a aquellas a las que se les había ocurrido aquel plan, como todo lo contrario: imaginativas, pero cándidas. Habiendo dado con un invento que, la primera vez que lo pusieron en práctica, les libró de lo peor de las depredaciones de los esclavistas, y encima sin haberles costado nada, excepto algún pequeño esfuerzo extra al que en cualquier caso estaban resignados, se relajaron.

»Desafortunadamente para ellos, la siguiente razón que encontraron los portugueses para quejarse acerca de la mercancía fue diametralmente opuesta a la anterior. Se estaban perdiendo demasiados esclavos por el camino. Estaban perfectamente al llegar al puerto; estaban perfectamente bien al ser subidos a bordo; a partir de entonces, no obstante, perecían mientras el barco se había hecho a la mar, y encima despedían una peste particularmente desagradable. Llegando a la conclusión de que los esclavos de aquella parte de la costa era gente enfermiza, amenazaron con irse a hacer sus compras a otro lugar.

»Preocupados por la posibilidad de perder lo que habían considerado como un comercio lucrativo destinado a durar por los siglos de los siglos, los esclavistas podían haber hecho lo único sensato, que era consultar a las gentes de Undumi. En lugar de ello mandaron a buscar un experto de la gran universidad de Timbuctú.

»Desde su punto de vista, aquélla fue una equivocación desastrosa. No hizo más que dirigir la mirada al último grupo de esclavos procedentes de Undumi y le bastó para darse cuenta de que, para cualquier devoto seguidor del profeta, criaturas como aquellas eran anatema. Se alzó en su ira, como se suele decir, y dio órdenes que, de hecho, no estaba en posición de dictar. Pero en cuanto el Quadi local fue puesto al corriente de lo que pasaba, éste, bajo cuya autoridad operaban teóricamente las caravanas de esclavos, le apoyó por completo, también escandalizado. Las órdenes del Quadi, que sí que tenían que ser obedecidas, fueron aún más lejos: decretó que los esclavistas que se habían dejado engañar tan eficientemente por infieles habrían de expiar su falta. Debían asumir el mando directo sobre las gentes de Undumi así como de sus vecinos, y borrar toda huella sin compasión, todas las reliquias, todas las pistas o claves relativas al truco pagano que había sido puesto en práctica con fines tan sin precedentes. Sin precedentes en su cronología, al menos. ¡Nada parecido, así lo juró el escolar de Timbuctú, había sido permitido por el Todopoderoso desde los tiempos del Profeta!

»En este aspecto estaba, por supuesto, equivocado. En todos los demás, no obstante…, bueno yo no apostaría nada. Aquello selló el sino de Undumi y junto con él el de todos los poblados a un día de marcha, hasta que aparecimos los occidentales. La incursión de los franceses, que tras ganar alguna escaramuza sin importancia contra los portugueses reclamaron la posesión de aquel rincón de África —porque completaba un dibujo bonito sobre el mapa, me da la impresión, más que porque tuvieran algún uso constructivo para el que utilizar la tierra—, no hizo casi mella en la situación que ya por aquel entonces se había establecido. Los grandes jefes musulmanes, aunque reticentes a abandonar sus vidas de nomadas, desfogaron su ira siguiendo las órdenes del Quadi con una brutalidad excepcional. Casi nadie que conociera el secreto quedó con vida para transmitirlo. Edusu era, según él, literalmente el último en heredar la técnica.

»Si fue él o alguno de sus predecesores el que primero se dio cuenta de que el método era adaptable no sólo a fósiles en lugar de a restos humanos recientes, sino también a fósiles de especies no humanas, no sabría decirlo. Creo que podría haber sido perfectamente Edusu el que realizó aquel asombroso salto de lo particular a lo general, comparable, a su manera, con las inspiraciones de un Newton o un Darwin. Si hubiera ocurrido con suficiente anterioridad, sin duda hubieran aparecido trazas del método en el Nuevo Mundo; desde luego la técnica básica fue exportada a Louisiana y las islas del Caribe, ¿no es así?

»Al margen de que merezca o no que se le atribuya todo el mérito, era un hombre notable. De modo que cuando expiró serenamente poco antes del amanecer, le hice los honores que pude e instruí a los elefantes para que construyeran un hermoso panteón sobre su tumba. Y después volví y terminé la pista de aterrizaje. Se completó a tiempo, a pesar de que Wimswell jamás superó el choque de verme aparecer medio desnudo y agitando el cetro y el escudo de Edusu. No hizo nada constructivo durante el resto de nuestra estancia; Corkran y yo tuvimos prácticamente que llevarle de la mano para mantener la impresión de que aún estaba al mando de sí mismo, y no hablemos ya del proyecto. En cuanto a Fleaud, se pasó todo el tiempo haciendo bosquejos. Después de la guerra regresó con un equipo de paleontólogos, y si desea usted ver un ejemplar de Elephas Primordialis fleaudii, tengo entendido que el esqueleto del museo de Historia Natural es, si cabe, mejor que el que se llevaron a París…

 —¡Ah! No te has dado mucha prisa, ¿eh?

La interrupción había sido ocasionada por uno de los desganados, flácidos y miserables ayudantes, que se había presentado ante la mesa ―semejante a un púlpito― del señor Secrett, extendiéndole mudamente el libro acerca de los elefantes que había solicitado anteriormente y una carpeta con el formulario de registro de salida que, a menos que esté firmado por el señor Secrett, no permite la salida de texto alguno de la RSAL.

El señor Secrett garrapateó su nombre sobre la hoja, y al partir el individuo de cara acuosa, me alcanzó el libro con una sonrisa.

—Aquí tiene, señor Scrivener. Estoy seguro que esto le confirmará lo que le he venido contando.

—Un momento… —dije yo débilmente; estaba aún intentando recuperar el habla—. ¿Dijo usted que terminó de construir la pista de aterrizaje?

—Ya lo creo que lo hicimos. Fue cuestión de mala suerte que los avatares de la guerra dictaran que fuera cancelado el plan para montar un ferry aéreo sobre el Atlántico sur. Smithers nos dio la noticia, irónicamente, en el momento en que estábamos brindando por el éxito con lo que quedaba del coñac de Fleaud. —El señor Secrett agitó la cabeza—. Una lástima, ¿no le parece? Quiero decir, después del trabajo que nos había costado aquello. Esa pista de aterrizaje hubiera podido aguantar hasta Liberators.

—¿Y no tuvo ninguna dificultad en conseguir que los elefantes trabajaran para usted?

—Ninguna en absoluto. El método quedó suficientemente claro una vez explicado por un instructor competente, y Edusu demostró serlo.

—Pero… —Tuve que tragar saliva—. Pero de lo que usted dijo había sacado la impresión de que aquellos no eran… uh… elefantes de verdad.

—Oh, Fleaud tenía parte de razón —aceptó el señor Secrett con tono despreocupado—. Sólo en parte, no obstante. Hay que admitir que eran de un modelo obsoleto, por así decirlo; probablemente exterminado por el hombre, como ocurrió con el anta irlandés o el Bos primigenias. Aun así, eran elefantes en todos los aspectos significativos, primos cercanos del tipo contemporáneo, y mi argumentación no queda invalidada.

—No era eso, exactamente… lo que quería decir —tartamudeé.

De repente, no sé cómo, me sentí poco inclinado a seguir hablando del tema.

Otro de los grises y vagos ayudantes había traído documentos para someterlos a la aprobación del señor Secrett. Haciendo gran ostentación de la sencilla maniobra de meter cuidadosamente en mi portafolios el libro que había solicitado, esperé la oportunidad de despedirme. Antes de que ésta surgiera, se me ocurrió otra cuestión aún más crucial, y al instante deseé no haberlo hecho. Una vez tenida en mente, no obstante, tuve que ponerla en palabras.

—Los esclavos —dije—. Los que las gentes de Undumi ofrecieron a los esclavistas. ¿Por qué no sobrevivían la mitad del viaje?

Mis esperanzas de que atribuyera el fenómeno a algo mundano, como la fiebre endémica de la región, se vinieron abajo al instante.

—Aquello fue culpa de los árabes que se encargaban del comercio —dijo el señor Secrett, severamente—. No de los antecesores de Edusu. El mero concepto de mantenimiento parece ajeno a la mentalidad de los árabes. Yo me enfrenté con muchos problemas por esta causa cuando estuve en Egipto, de modo que hablo apasionadamente. Combine usted eso con el desprecio hacia los no creyentes y una rígida prohibición de aprender nada de ellos, y obviamente la respuesta surge sola, ¿no le parece? En cualquier caso, yo, por mi parte, jamás he tenido la menor dificultad en aplicar lo que me enseñó Edusu. Mutatis naturalmente, mutandis. Lo que me recuerda…

Echo un vistazo al reloj de pared que dominaba la sala principal de la biblioteca.

—Estoy a punto de llegar tarde a una cita. ¿Vino usted en coche? En tal caso, tal vez fuera tan amable de acercarme al Hospital Metropolitano de Casualty; debe de quedarle de camino a casa.

—Lo lamento —dije con firmeza—. Hoy he venido en autobús. Es muy difícil aparcar por esta zona, sabe usted. ¡Buenas tardes!

Al dirigirme hacia la salida me crucé con cuatro o cinco de los silenciosos, desastrados y anónimos ayudantes del señor Secrett. Ninguno de ellos me dirigió siquiera una mirada. A pesar de todo, cuando llegué a la puerta casi había echado a correr.

Me da la impresión de que va a pasar algo de tiempo antes de que me decida a visitar de nuevo la biblioteca de la RSAL.



[1] Callejón sin salida, en francés. (Nota del revisor digital)

[2] Golpe de estado, en francés. (Nota del revisor digital)

[3] En lieu, “a modo de”. (Nota del revisor digital)