Julia no podía ver la alfombra de campos y
bosques sobre los que la llevaba el águila. Sus ojos estaban llenos de
lágrimas. Lágrimas causadas por el terror, el shock, el viento que la
azotaba, la vastedad y el vértigo.
Aquello no se parecía en nada a un vuelo.
Ella se lo había imaginado, desde luego, cuando sus amigos voladores
fanfarroneaban al respecto. El vuelo le había parecido entonces un concepto
atractivo. Probablemente, había denotado libertad. Julia había pensado en
deslizarse, flotar, mantener el control sin experimentar el peso.
Y ahora esto. Esto era real, alto, ventoso y
real y, al igual que sucede con todas las cosas reales, no se parecía en nada a
lo imaginado. También, como en todas las cosas reales, la llevaba hacia alguna
parte.
Dirigida por el piloto automático, el águila
pasaba sobre los valles volcánicos de los Gigantes de aquel territorio. Julia
no podía ver los valles, de tan llenos como estaban sus ojos por las lágrimas
de la realidad. Ni siquiera podía olerlos, de tan asustada y lamentable como se
sentía, hasta que se vio zambullida en la chimenea sulfurosa de un risco
gigantesco. El águila había sido disparada por un arcabuz de Gigante.
Estaba soldada y no tenía corazón. Aunque un
arquero ordinario no podría haber acertado nunca el errante camino volador del
artilugio, el Gigante provisto de las grandes flechas magnéticas no era ningún
arquero ordinario.
El águila batía sus alas sin corazón. Sin
resultado alguno. Se zambullía hacia el azufre y el hedor.
El Gigante era muy grande. Y también lo eran
sus hermanos. Tenía colmillos, algo planos y amarillentos, dotados de estrías.
Algunos de ellos eran más largos, y sobresalían de su labio superior. Cogió el
águila sin grandes vacilaciones. Le quitó el piñón alado y puso al descubierto
la tosca maquinaria. El águila lanzó un grito.
El Gigante tenía dos brazos derechos y dos
brazos izquierdos. Con uno de los brazos izquierdos (era zurdo) sostuvo el
águila que gemía, mientras procedía a extraer el motor interno con su otra mano
izquierda y las dos derechas.
Las garras del águila se habían apretado
terriblemente sobre Julia en el momento de la captura inicial. Pero en cuanto
quedaron al descubierto sus cruciales partes internas, el águila relajó la
fuerza de su agarre sobre Julia. Ella estaba totalmente alerta, dispuesta a
lanzarse con un movimiento suave hacia un rincón sombreado, que pensó estaba lo
suficientemente cerca y lo bastante oscuro. Pero fue la propia intensidad de su
quietud lo que atrajo la mirada del Gigante.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó con un verdadero
estilo de Gigante.
Su voz sonó como un rugido en los oídos de
Julia; vibró alrededor de su cuerpo y le hizo temblar el pelo y los pequeños
senos.
El la cogió muy delicadamente con dos dedos y
la posó en la parte inferior de sus palmas derechas. Se arrodilló para
contemplarla, acercando su mirada para contemplarla mejor. Julia no trató de
escapar. Tuvo la impresión de que no sería práctico, puesto que al extender una
de sus manos para agarrarla —¡y hasta dónde podía llegar!— podía cogerla con
demasiada fuerza, y eso podría ser un desastre para su caja torácica o su
pelvis, sin que a él le importara; o, si lograba llegar a la sombra deseada, él
podía avanzar un paso al buscarla, y ese simple paso podría aplastarla por
completo.
Pero, la verdad sea dicha, Julia no quería
perder dignidad con este monstruo. Porque si uno pierde la dignidad con un
captor de esa clase, se pierde también toda sensación de alivio o de ritmo que,
de otro modo, podrían hacerle su propia muerte algo menos ingrata.
Sin embargo, la cercanía del Gigante durante
este primer encuentro no la aterrorizó.
Aún no podía distinguir la totalidad de las
facciones para configurar una expresión completa. Tenía que mirar de un ojo a
otro, por ejemplo, para ver cómo el aspecto de uno influía sobre el aspecto del
otro. Su atención se vio atraída entonces por la boca. El conjunto de la boca
le pareció interesante en relación con el conjunto de los dos ojos. Los
colmillos sobresalían, pero en este momento no parecían agresivos.
Los dedos de la otra mano derecha se
acercaron a ella. A aquella distancia tenían un olor tan acre, que fue el olor
antes que el empujón (relativamente suave) que le dio el Gigante lo que casi le
hizo perder el sentido.
Y a esa distancia escuchó de un modo
inteligible las primeras palabras del Gigante.
La fuerza de su respiración no era demasiado
grande. Cuando abrió la boca ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás para
seguir el curso de sus colmillos (tenía la impresión de que, de algún modo, no
debía perder de vista aquellos incisivos), y la fragancia acre de su
respiración casi la dejó también sin sentido. Porque era una fragancia grande y
oscura con olor a sangre, a la carne interna que había comido últimamente. Las
bacterias existentes en la boca de un Gigante no son mayores que otras, pero
hay muchas más. De todos modos, eran bacterias sanas. El Gigante era un
carnívoro saludable y feliz. Julia, desde luego, se lo imaginó como una bestia,
puesto que ella había sido educada de un modo civilizado.
—¿Eres buena para comerte? —preguntó el
Gigante.
—No —contestó Julia.
Pero no cabía la menor duda de que él era un
caníbal.
—¿Por qué viajabas con el águila? —preguntó
simplemente el Gigante—. Ya sabes que esas máquinas funcionan con combustible
de alta calidad. Si el águila iba a utilizarte estarás llena de jugo.
—En tal caso, terminemos de una vez —replicó
Julia.
Una expresión de sorpresa apareció en la
mirada negra del Gigante. Pero antes de que pudiera hacerle caso y reflexionar
después sobre su rareza, llegaron sus hermanos.
Se desplegaron por la caverna, llenando las
sombras. El azufre, agitado en remolinos, se desplazó a su alrededor. Llevaban
sombreros hechos con pieles de animales velludos; uno de ellos incluso llevaba
una morsa, pues los mares helados no estaban muy lejos de allí si uno seguía
los túneles de azufre dando pasos de gigante.
—¿Qué tienes ahí? —preguntaron los gigantes
dejando las flechas y elevando los pies.
—Una buena máquina —dijo el ogro original Julia, con un relampagueo de hostilidad, decidió que se le podía llamar ogro si
tenía colmillos y dos pares de brazos).
—Y rico combustible almacenado en el tanque
—dijo uno de los ogros—. Ya veo.
Y cogió a Julia de la palma de la mano del
otro.
Ella se vio repentinamente elevada y
traqueteada. Fue una sensación violenta y gritó:
—¡Déjame!
El ogro la dejó, obediente. El primer ogro
dijo con un tono trémulo de impaciencia.
—Devuélvemela.
Volvió a hacerse cargo de Julia, rodeándola
esta vez con el puño, de modo que ella quedó protegida, encerrada tras los
dedos.
—Puede ser un condimento excelente —dijo uno
de los hermanos—, y nos hemos quedado sin sal.
—Dos bocados y también nos habremos quedado
sin condimento —dijo el ogro que la sostenía con el puño.
—Deberíamos tener una serie de condimentos
—dijo uno de ellos—. Lo he dicho una y otra vez: Conseguimos unos cuantos de
estos pequeños bocados de alto octanaje, los alimentamos en jaulas, y puede que
incluso nos sobre algo para vender.
El gigante, que poseía las cejas más
horribles, apretó a Julia. Ahora sabía con seguridad por qué razón estaba aún
allí. Cuando los gigantes, ogros o brujos la aprietan a una es porque están
pensando si está sabrosa o no. Casi inmediatamente introdujeron un «bocado» en
su boca, o más exactamente se lo aplastaron contra la cara y, gracias a la presión,
la mayor parte se introdujo en su boca. ¿Qué era? ¿Qué había sido? Tenía un
gusto rancio y carnoso, y probablemente se trataba de un trozo sobrante de
grasa de cordero. Fuera lo que fuese, había podido tragarlo antes de darse
cuenta de lo que era... La presión de los dedos del Gigante Horrible era
demasiado grande, y tampoco pudo escupirlo.
Iba a seguirle otro bocado enorme cuando
Julia se encogió y se esforzó deliberadamente por vomitar. El Gigante, cuya
mano aún la sostenía, la empujó para que se incorporara, quizá con suficiente
suavidad aunque el simple toque la dejó sin respiración. Con la otra mano
contuvo la nueva arremetida del Gigante de Cejas Horribles. Julia creyó
percibir en los ojos de su captor una cierta conciencia, una apreciativa alerta.
Claro que su captor le permitió comer.
Durante las comidas, la dejaba sobre la mesa, frente a su vaso. Ella tenía que
levantar el vaso hacia su mano (cosa que él le indicaba con un tamborileo
perentorio de un dedo sobre la mesa, y cuando ella le miraba interrogativamente
veía una mirada feroz que, suponía, era de peligrosa diversión). Al cabo de un
tiempo, él se empeñó en que ella levantara el vaso y se lo llevara directamente
a los labios, enormes pero no inmediatamente obvios bajo la maraña de su mostacho
rojizo. Ella podía manejar el vaso siempre y cuando no estuviera lleno hasta el
borde. En una ocasión se le derramó el contenido, y ella se encontró en el otro
extremo de la superficie de la mesa, entre los cubiertos de otro gigante. El
Gigante Horrible (ella apenas captó un vistazo del enmarañado risco que eran
sus cejas blancas) extendió una mano para golpearla (ella se dejó caer bajo la
sombra que avanzaba), pero un hermano gigante detuvo la mano y la recogió
respetuosamente, como si fuera la propiedad de alguien, devolviéndosela a su
dueño.
Las cuevas estaban iluminadas por un
constante y pulsante brillo sulfuroso. Los Gigantes eran obreros y hacían
máquinas. Producían un golpeteo ensordecedor acompañado de grandes vibraciones
en los riscos de la oscura tierra. Utilizaban la tierra oscura. Probablemente
eran Taurus. Utilizaban el azufre y los humos de la oscuridad. Desafiaban
magníficamente el fuego y después lo empleaban.
El Gigante encontró una forma de utilizar a
Julia. No fue una utilización sexual. Sólo pretendía que le divirtiera,
mientras él la alimentaba. Para después comérsela. Julia veía cómo comían
proteínas (engordaban ovejas y corderos en una cueva llena de hongos a modo de
alimento para el ganado). Pero las ovejas y los corderos no les divertían, y
los Gigantes destrozaban los corderos, cuyos trozos se comían en las comidas
principales, compuestas en su mayor parte de grandes cantidades de verduras,
que también crecían en las cavernas. Nunca tenían proteínas suficientes, o al
menos unidades de proteína suficientemente grandes para tomar una comida
principal. De modo que empleaban la proteína como condimento, como sal y
pimienta. Tenían rociadores de condimento que habían construido con cristal
pesado.
Pero el lugar en el que el Gigante colocó a
Julia fue en la gran bolsa de cuero que colgaba de la hebilla del cinturón.
Julia permaneció en el bamboleante suelo de la bolsa, asomándose por el borde
para contemplar el mundo. Ella observaba, mientras el Gigante y sus hermanos
construían las piezas de grandes máquinas con las que se proponían conquistar
el mundo. Observaba mientras las sombras y luces se hacían de color verde y
naranja llenando los riscos de la tierra. Ahora, el Gigante la empujó hacia el
fondo de la bolsa para que ella estuviera segura, después de haberse sostenido
de puntillas sobre sus florines y soberanos, olvidándose de su vértigo. Cuando
él se dirigía a los lavabos interiores para orinar, sacaba su miembro justo por
debajo y a un lado de ella. De este modo, aunque al principio se sintió
profundamente conmocionada ante su vista, se familiarizó con su estructura
física, sus nervaduras marfileñas, su columna, las venas espectaculares que
sobresalían y que palpitaban ocasionalmente, con un color azul brillante, lo
suficiente como para iluminar su camino si hubiera querido subir por ellas, las
brillantes cuentas de sudor, su fragancia, el arco de agua dorada y plateada
que creaban allá lejos, en la oscuridad.
También se familiarizó con su forma de
funcionar y, desde luego, el Gigante se dio cuenta de que así era.
En consecuencia, proporcionó una mayor
versatilidad a su eficiencia de funcionamiento. A veces cambiaba de forma. Su
geometría se metamorfoseaba. Crecía. Se hacía incluso más larga. Aumentaba de
grosor y se elevaba. Era una extraordinaria máquina en sí misma.
A veces empezaba a aumentar de tamaño, se
elevaba un poco, dudaba y volvía a caer, para finalmente, de un modo casi
milagroso, elevarse en toda su potencia y permanecer en alto, sin que el
Gigante la apañara. Él pasaba los dedos de una o de las dos manos izquierdas
sobre el miembro. Lo acariciaba con una sutil facilidad. Sus dedos empezaban a
actuar con un ritmo al que Julia pronto se acostumbró (pues aunque no quisiera
mirar y prefiriera dejarse caer sobre el fondo de la bolsa, el ritmo seguía
zarandeándola allí). Después, el ritmo cambiaba. Se hacía algo perezoso, pero
menos sutil, era más evidente. A continuación, volvía a cambiar para adquirir
una suave rapidez. En este punto, ella sentía tras de sí todo el cuerpo del Gigante,
tenso y magnético (ella se veía casi irresistiblemente impulsada hacia esa
parte de la bolsa, como empujada por una corriente eléctrica). Se producían
todos los ritmos normales de trabajo y el cuerpo del Gigante aumentaba de
tamaño y latía a un ritmo acelerado. Ella se encontraba entonces en medio de un
tumulto bastante audible, como en una especie de termitero perfectamente
controlado que acelera su marcha sin pánico alguno. A veces se asomaba para
saber lo que estaba ocurriendo entonces. La sacudía entonces una poderosa
pulsación, como la de un motor que completa de pronto un ciclo de trabajo
urgente. El Gigante utilizaba sus dos manos izquierdas y en ocasiones incluso
añadía una de las derechas, haciéndolas avanzar y retroceder salvajemente sobre
el miembro, tan cerca del lugar de «descanso» de ella que todo lo veía confuso.
Finalmente, un chorro de crema surgía explosivamente con tal prodigalidad que
parecía salido de una lechería. En cierta ocasión en que se incorporó para
mirar, el Gigante la vio con un brillo cuando la luz de azufre la iluminó un
instante, y él dirigió la crema sobre ella, que se esforzó por retroceder en
medio de una envolvente oleada viscosa que le cerró los ojos y las narices.
Todo se llenó de un olor innegablemente maravilloso y que parecía penetrarlo
todo. Se las arregló para mirarle y le vio observándola con actitud de
propietario, mientras extendía con un dedo el líquido mágico sobre ella, sobre
su pelo, por su cuello y el interior de su vestido, mientras el miembro gigantesco
colgaba fláccidamente a su lado. Cuando ella retrocedió hacia la bolsa comunal,
el líquido se endureció sobre ella, como un casco sobre su pelo, como turrón
cuarteado sobre su vestido. Él se echó a reír cuando la sacó aquella noche: y
ablandó la sustancia arrojando un chorro musical de orina sobre ella, pues el
agua para lavar era escasa, y ni ella ni él dispondrían de suministro hasta el
día siguiente y, de todos modos, teniendo a Mercurio en Taurus en su cana
astral, resultaba que Julia y su captor se comunicaban entre sí por medio de
los excrementos de una clase u otra.
A medida que él se fue haciendo más osado con
ella (había sido más violento al principio), se comunicó más cálidamente,
enviándola al camino de su pasaje posterior con grandes hojas de papel
higiénico (que para ella eran como chapas de madera dura), y él se pedorreaba
mientras ella le limpiaba (permanecía colgada como quien se dedica a limpiar
cristales, sostenida por una especie de arnés de su cinturón, algo bastante
complicado pues de sus hebillas y correas pendían también su peine, una llave
inglesa y herramientas similares). Sus pedos también eran comunicación, muy
suaves y cálidos para no hacerle perder el equilibrio y, según ella imaginaba,
hasta afectuosos. De sus días de pequeña en el gran campo de juegos de los
establos del castillo recordaba que algunos de los grandes sementales hacían lo
mismo como una especie de muestra de aprecio mientras se les almohazaba. Cuando
él jugaba consigo mismo, lo que ahora hacía con mayor regularidad, como si
fuera un pacto sobreentendido, la hacía ponerse de pie contra su miembro
(cuando estaba crecido tenía aproximadamente su mismo tamaño), haciéndole rodar
verticalmente el gran prepucio de un gris marfileño y azulado, hacia delante y
hacia atrás, tanto como ella pudiera conseguirlo con ambos brazos. Eso hacía
que, necesariamente, ella también se frotara contra él, y el cálido temblor que
se apoderaba gradualmente de su cuerpo le parecía un ejercicio muy vivido y
adictivo. Un pulgar de una o de sus dos manos se tomaban el tiempo necesario
para acariciarla y frotarla a su vez. Y ella se daba cuenta de que estaban
manteniendo una relación sexual. Pensó que era una vergüenza que él fuera a
comérsela y que no pudieran conocerse el uno al otro a un nivel más cerebral.
Cierto que el Gigante podía hablar con ella, pero incluso durante la noche,
cuando la sacaba de la bolsa y la colocaba sobre la cama, sobre su almohada
llena de paja, junto a su cabeza, volviéndose hacia ella y contemplándola con
su ojo brillante, y le hablaba, ella se sentía (a) incómodamente consciente de
su enorme lengua y dientes, (b) casi arrojada de la almohada a causa de los
resoplidos de su respiración, hasta el punto de que ocasionalmente pensó en
recomendarle un dentífrico decente, y (c) se sentía incapaz de comprender buena
parte de lo que él decía, porque la mayoría de las veces sólo percibía un
trueno y un retumbar. —Bruuum, braaam ahhh shhhhh ahhh —decía él. Todas sus
vocales la estremecían y sus consonantes o bien parecían estallar o silbaban, y
entonces ella comprendía tres palabras sobre difíciles planos esquemáticos y
compresores multifase, o dos frases sobre el significado de la vida o las
penalidades de vivir en Mercurio.
Ella se inclinaba y le miraba, o miraba los
trozos de él que podía distinguir, y de algún modo lograba comprender su estado
de ánimo y lo que quería decir, lo que no tenía nada que ver con su ignorancia
de aquellas palabras.
Entonces, él se detenía y aspiraba boqueante,
casi como si la chupara hacia aquella profundidad cubierta de colmillos, que
era donde ella creía que la conduciría finalmente su destino, y se inclinaba
hacia ella amable y expectante, en espera de su respuesta.
Ella se elevaba hacia su oreja, se agarraba
del lóbulo y gritaba hacia el tambor, escuchando los ecos:
—NO HE COMPRENDIDO
TODO LO QUE HAS DICHO, PERO ESTOY DE ACUERDO CON RESPECTO A MERCURIO.
Él sacudía de pronto la cabeza y se golpeaba
el tímpano (no dándole a ella por muy poco) como si un mosquito hubiera zumbado
cerca, y volvía a sacudir la cabeza y la miraba con expresión frustrada.
Hablaba mucho, y eso le gustaba a ella aunque no entendiera casi nada, pero
cuando se quedaba durmiendo roncaba como un ser extraño, como un volcán o algo
similar y ominosamente topográfico, y terminaba por alejarse para permanecer
colgada de la almohada. No se atrevía a bajar a la cueva, pues había ratas que
recogían las basuras y luchaban en el suelo mientras el gigante dormía, de modo
que a veces se introducía entre sus rizos y se rodeaba el cuerpo con ellos, en
busca de calor, pero se daba cuenta de su error cuando él despertaba y se
sentaba de repente (lo que hacía que, de pronto, ella se sintiera elevada hacia
las alturas) y se pasaba los dedos por el pelo. Otras veces se acurrucaba en la
curva formada por su cuello y su hombro, pero si él se movía de improviso eso
resultaba peligroso, y podía quedar aplastada sin enterarse siquiera de lo que
había pasado, hasta que él la encontrara destrozada y pensara: «¡Qué pena!». De
modo que finalmente descubrió el mejor lugar, y también el más cálido, entre
los rizos de su horcajadura, agarrada con ambos brazos a su amigo el gran
miembro, del mismo modo que de niña, en el castillo, se había quedado dormida
abrazada a un oso de peluche de un solo ojo, con la mejilla apoyada contra su
superficie satinada fragantemente viva. Si él se despertaba y se llevaba una
mano allí para rascarse o para cambiar el miembro de posición, lo hacía
delicadamente y al sentirla allí se alegraba, y la levantaba ligeramente y la dejaba
caer de una forma dulce, y eso no tardaba en convertirse en el principio de una
sesión matutina. Descubrió que también podía ser útil de otros modos: las
agujas del gigante eran grandes pero ligeras, pues sólo tenían un agujero para
introducir el hilo, y ella podía controlarlo, por lo que, dado su tamaño, podía
anudar y volver a anudar el hilo con mayor facilidad de lo que podían hacer los
dedos del gigante. Cosió las rasgaduras de sus gigantescas camisas, pero cuando
otros gigantes quisieron que remendara sus ropas se negó: se sacudió toda con
un gesto de negativa, pues parecían percibir los gestos de su cuerpo como algo
demasiado delicado para comprenderlos. Su Gigante la apoyó, de modo que no tuvo
que trabajar para nadie más. Ella le limpió los grandes zapatos minuciosamente.
Se revolvió sobre él en su cabina de fin de semana llena de agua sulfurosa; le
enjabonó los rizos, lo que hizo que se sintiera como si estuviera revolcándose
sobre grandes olas. Y ambos quedaron perfectamente limpios. Ahora ya habían
desaparecido los pocos piojos u otros parásitos similares que habían retozado
en aquellos pastos. Y ella ocupó su lugar.
Mientras se limpiaba concienzudamente la
parte superior de su cuerpo, y se arreglaba la ropa, se preguntó si había sido
seducida. Y decidió que quizá no, puesto que si lo consideraba desde un punto
de vista cuerdo y lógico, aún se mantenía intacta y era muy probable que la
situación continuara igual, al menos hasta que fuera devorada. Y ese es un
elemento intrínsecamente crucial de una relación para una Virgo. Si su relación
es muy fuerte, se esfuerzan por conservar un elemento de sí mismos, ya fuera de
su cuerpo, como era ahora el caso de Julia, o bien de cualquier otro aspecto de
su yo. Tenía la sensación de que le gustaría decirle a su amigo Peir, capaz de
volar libremente, en el momento en que apareciera, mientras ella se refugiaba
entre los poderosos rizos de su anfitrión, o bien mientras se acurrucaba en su
horcajadura, que se había desembarazado bastante bien de su Virgo. Pero cuando
pensaba en ello, imaginaba inmediatamente la contestación lánguida y burlona de
su amigo:
—Estás casi tan relajada como la arandela de
una lavadora, Julia, y siempre serás más capaz de avanzar a rastras que de
mutar.
A estas alturas, Julia ya sabía que su
hermano Cabel debía de estar o vivo o muerto. Es éste un razonamiento en el que
uno se encuentra a sí mismo cuando está separado de otro. De hecho, uno nunca
es permanentemente consciente en un instante preciso de si los seres más
queridos están vivos o no, a menos que se les pueda tener muy cerca de sí todo
el tiempo.
Julia se sentía contenta al pensar que iba a
ser devorada.
Eso la hacía sentirse mejor, agudizaba sus
sensaciones, tanto durante el trabajo rutinario como en las parrandas, pues de
otro modo podría haberse sentido saturada (psíquicamente, se entiende) y con
una imagen borrosa de la situación.
Habría sido insoportablemente patético e
injusto participar en aquellos extraños orgasmos..., excepto por el hecho de
que aun cuando su pequeño y querido hermano menor hubiera desaparecido, ella no
tardaría en seguir su mismo destino. Eso amortiguaba el horror, lo suavizaba,
hacía que la vida pareciera lo extraño, la muerte lo familiar, la muerte la
familia.
Y limitarse a limpiar los zapatos del Gigante,
o a coser sus inmensos botones con una cierta actitud poética, sabiendo que
difícilmente iba a poder realizarlo de nuevo, ya que cuando ese mismo botón
volviera a caerse, ella ya no estaría allí para verlo, de modo que valía la
pena coserlo bien. Y cuando algo vale la pena hacerlo resulta mucho menos
debilitante tener que seguir haciéndolo.
Así pues, y como quiera que cada día pasado
allí podía ser el último, Julia pasaba cada uno de esos días de un modo
tolerablemente bien y, en una actitud de constante expectativa ante la posible
terminación, no tardó en descubrir que había transcurrido una estación
completa.
¿Qué estación del año era cuando se vio
depositada por el pájaro recién castigado en aquel risco del suelo? Según todos
los indicios exteriores, debió de haber sido en verano. Y ahora, cuando
atisbaba el mundo exterior, lo que le resultaba ocasionalmente posible desde
ciertos puntos periscópicos, veía que todo eran nieblas y lluvias. El sol
seguía brillando, pero sobre atmósferas movedizas, sobre vientos y pigmentos
cambiantes, convirtiéndose a sí mismo en prismas.
En realidad, el mundo se negaba a permanecer
en calma, se resistía a mantenerse firme. El mundo seguía moviéndose sin ella;
el mundo había sido desleal, del mismo modo que ella lo había sido para con
Cabel.
Eso hizo que sintiera el vehemente deseo de
volver a él, de coger el mundo y no permitir que éste la dejara atrás, parada.
Se le presentaba pues un dilema. Se había
calmado gracias a falsas promesas de muerte. Su destino había sido la
aniquilación durante tanto tiempo que ahora, al no llegar ésta, se sentía
privada de algo. Era algo que había dejado atrás y, en tal caso, ¿dónde estaba
ahora? Hasta entonces había sido su apoyo. Ahora, después de todo, el techo
podía caerle encima, pues ¿qué había que pudiera detenerlo? ¿Qué se suponía que
debía hacer si regresaba de nuevo al mundo? No podía buscar a Cabel... Había
transcurrido demasiado tiempo para que aún quedara alguna pista.
Eso le resultaba un poco perturbador. No
tardaría en morir allí abajo.
La relación con el Gigante alcanzaba nuevas
alturas y profundidades. O más bien la relación con el miembro, pues el
mantenimiento de una relación con él era algo situado más allá de sus propias
posibilidades. Se conocían muy poco, pero todo se desarrollaba en el presente.
Eran realmente incapaces de intercambiar pasados, incapaces de rememorar muchas
cosas.
Pero la incomprensión entre Julia y su puesto
avanzado se estaba conviniendo en algo muy conveniente. El miembro era su
amigo, su dueño, su esclavo. Ella tenía la sensación de que podía llegar a
echarlo de menos si lo abandonaba ahora. No obstante, aquella situación se
hallaba un poco en punto muerto. El arte de la conversación entre el Gigante y
Julia no resplandecía, aunque entre Julia y su miembro se estaba produciendo un
renacimiento, una verdadera Edad de Oro. Ella le rodeaba con sus brazos
mientras dormía, y le acariciaba con suavidad ante el solo pensamiento de que
pronto podía tener que partir y, aunque dormido, el miembro se elevaba un poco
y su giba se extendía hacia ella como respuesta, físicamente.
Dejó una nota para el Gigante. Escribió con
las letras más grandes que pudo sobre una de sus hojas de papel higiénico (al
fin y al cabo su comunicación era Mercurio en Tauro), empleando para ello un
trozo de carbón y silicio recogido de la superficie de las cavernas.
«GRACIAS POR TU
HOSPITALIDAD. NO CONOCEMOS NADA DE NUESTROS RESPECTIVOS GUSTOS Y AVERSIONES.
QUIZÁ YO SEA UNO DE TUS PEQUEÑOS GUSTOS. ESPERO QUE ASÍ SEA. SIEMPRE TE ESTARÉ
AGRADECIDA POR NO HABERME COMIDO.»
Hizo una pausa y firmó: «JULIA, ESE ES MI
NOMBRE». Se dirigió hacia uno de los puntos periscópicos donde, desde que el
Gigante empezó a confiar cada vez más en ella, había podido ir confeccionando
secretamente una escalera de cuerda sin que él se diera cuenta, a partir de
restos encontrados en los suelos del taller.
Ahora ya no había ratas en la estancia del
Gigante, pues ella se había encargado de limpiarla y eliminar todos los
desperdicios. Y cuando él la encontró un día encendiendo una hoguera frente a
un agujero por donde salían las ratas, él mismo lo tapó.
Se fue encaramando por la escalera de cuerda.
El Gigante dormía. A medida que subía más hacia el techo, comenzó a tener una
perspectiva más amplia de lo que había debajo, comprobando que ya era menos un
conjunto de ángulos y características observadas hasta entonces desde puntos
demasiado cercanos. «Ése es el aspecto que tienen la mayoría de las relaciones
cuando uno se aleja de ellas», pensó. Permaneció allí durante un rato,
colgando, mirando hacia atrás. Ahora podía ver al Gigante todo de una pieza.
Evidentemente, era un hombre joven, con dos pares de brazos a cada lado y
colmillos demasiado visibles aunque elegantes, una expresión de satisfacción en
el rostro, un cierto orgullo melancólico en la forma de sus cejas y boca, una
cierta individualidad y soledad en la mandíbula y en la forma de los hombros,
algo que no había podido ver hasta entonces y que por lo tanto no había podido
juzgar. Al tiempo que se detenía allí, contemplando por primera vez toda su
desnudez (pues el cobertor había caído a un lado), vio que su miembro
experimentaba un gran salto, convirtiéndose así en un recordatorio de su propia
situación. Ella recuperó el equilibrio y se apresuró a seguir ascendiendo por
la escalera hacia las estrellas. Y apenas tuvo tiempo, porque cuando estaba a
punto de salir al cráter bajo la luna, el Gigante se despertó y extendió la
mano hacia su pubis, buscándola. Miró hacia abajo y ella distinguió una
expresión de extrañeza en su rostro; se sentó sobre la cama, extendiendo todas
sus manos en distintas direcciones, buscándola. Y entonces lanzó un grito que
hizo temblar la tierra sobre la que ella se encontraba. Dejó de mirar hacia
abajo, pues con aquellas vibraciones corría el peligro de caer todo lo que
había logrado subir. Se apresuró hacia las colinas que ella sabía que
significaban Bosque (allí la tierra era estéril y, al parecer, sólo ella se
movía bajo la luna). Se mantuvo a cubierto durante todo el tiempo (había
guijarros y cantos rodados tras los que ocultarse), y eso fue una buena medida,
pues no tardó en escuchar voces de persecución tras ella. Los Gigantes,
vestidos con sus zapatos de goma vulcanizados y sus grandes túnicas, se habían
apresurado a subir a la plataforma y la buscaban dando golpes con palos y
gritando. Llegó al Bosque mucho antes que ellos (resultaba extraño que el
Bosque le pareciera ahora un refugio), escondiéndose entre sus claros
suavemente zumbantes. Terminó por subirse a un árbol alto. Escuchó a los
Gigantes detenerse en el lindero del Bosque. No entraron en él. Ese no era su
terreno. No podían respirar en aquel elemento. Necesitaban fuego, azufre y
tierra, porque ellos eran tierra, y se debilitarían como Anteo si abandonaran
su elemento. Ella durmió en lo alto del árbol, junto a una violeta dormida de
vivos colores. Y, en sueños, se preguntó si el miembro color violeta del
Gigante había saltado y despertado al Gigante con el propósito de alertarle
para que la persiguiera, o bien para advertirle a ella que se apresurara en su
huida.