INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta conquista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta conquista. Mostrar todas las entradas

Gil Braltar - Julio Verne


CAPÍTULO I

Estaban allí reunidos lo menos de setecientos a ochocientos. De mediano estatura; pero robustos, ágiles, cabellos, hechos para los saltos prodigiosos, Iban de acá para  allá, a los últimos resplandores del sol, que se ocultaba al otro lado de las montañas escalonadas hacia el Oeste de la rada. 

El disco rojizo desapareció bien pronto, y la obscuridad comenzó a extenderse en medio de toda aquella cuenca encajonada entre las lejanas sierras de Sonorra, de Ronda y del país desolado del Cuervo.

De repente, la tropa se inmovilizó. Su jefe acababa de aparecer, montado en la misma cresta de la montaña, como sobre el torno de un asno flaco. Desde el puesto de soldados, que estaba como colgado en lo más extremo de la cima de la enorme roca, no se podía ver nada de lo que pasaba bajo los árboles.

—¡Uiss, uiss! —silbó el jefe, cuyos labios, recogidos como un culo de pollo, dieron a este silbido una intensidad extraordinaria.
—¡Uiss, uiss! —repitió aquella extraña tropa, formando un conjunto completo.

Un ser singular era este jefe de alta estatura, vestido con una piel de mono con el pelo al exterior, la cabeza rodeada de una inculta y espesa cabellera, la faz erizada de una barba corta, los pies descalzos, duros en las plantas como cascos de caballos.

Levantó el brazo derecho, y le extendió hacia la parte inferior de la montaña. En el mismo instante, todos repitieron aquella actitud con una precisión militar, mejor dicho, mecánica, como verdaderos muñecos movidos por el mismo resorte. El jefe
bajó su brazo, y todos bajaron el suyo. Se encorvó hacia el suelo, y todos se inclinaron en la misma actitud. Empuñó un sólido palo, que blandió en el aire, y todos blandieron sus bastones, haciendo el mismo molinete; el mismo molinete que
los jugadores del palo llaman la «rosa cubierta».

Después, el jefe se volvió y se escurrió sobre la hierba, subiendo por entre los árboles. La tropa la siguió, haciendo los mismos movimientos. En menos de diez minutos los senderos del monte, descarnados por la lluvia, fueron recorridos, sin que el choque de una roca ni de un guijarro hubiese detenido aquella masa en marcha.

Un cuarto de hora después, el jefe se detuvo, y todos se detuvieron, como si algo los hubieran clavado en el sitio.
A doscientos metros por bajo, aparecía la ciudad, tendida a lo largo de la sombría rada. 

Numerosas luces iluminaban el grupo confuso de edificios, de casas, de quintas, de cuarteles. Al otro lado, los fanales de los navíos de guerra, los fuegos de los buques de comercio y de los pontones anclados en la rada, reverberaban sobre la superficie de las tranquilas aguas. Más lejos, a la extremidad de la Punta de Europa, el faro proyectaba su hay de rayos luminosos sobre el estrecho.

En aquel momento se oyó un cañonazo; el Birstgun fire, disparado desde una de las baterías rasantes. Entonces, los redobles del tambor, acompañados del agudo chillido del pito, se dejaron oír.

Era la hora de la retreta, la hora da que cada cual entrara en su casa. Ningún extranjero tenía ya derecho para transitar por la ciudad, sin ir escoltado por un oficial de la guarnición a los marineros se les dio orden de volver a bordo antes de que las
puertas de la ciudad estuviesen cerradas. De cuarto en cuarto de hora, circulaban patrullas, que conducían al puesto de vigilancia a los retrasados y a los borrachos.
Después, todo quedó en silencio.

El general Mac Kackmale podía dormir a pierna suelta.
No parecía que Inglaterra tuviese nada que temer aquella noche por la seguridad de su roca de Gibraltar.

 

CAPÍTULO II


Ya se sabe lo que es esta roca formidable, de ochenta y cinco metros de altura, que descansa sobre una base de mil doscientos cuarenta y cinco de ancha, y de cuatro mil trescientos de larga. 

Tiene alguna semejanza con un inmenso león acotado, con la
cabeza del lado de España y la cola hundiéndose en el mar. Su faz descarnada deja ver los dientes —setecientos cañones que enseñan sus bocas a través de las troneras— la dentadura de la vieja, como la llaman vulgarmente. Pero es una vieja, que
mordería con fuerza si se la molestara.

Inglaterra está situada sólidamente en aquel punto, como lo está en Perin, en Aden, en Malta, en Poulo-Pinang y en Hongkong, en otras tantas rocas, con las cuales algún día, con los progresos de la mecánica, formará fortalezas giratorias.

Entretanto, Gibraltar asegura al Reino Unido una dominación Indiscutible sobre los diez y ocho kilómetros de aquel estrecho, que la maza de Hércules ha abierto entre Ávila y Calpe, en lo más profundo de las aguas mediterráneas.

¿Han renunciado los españoles a reconquistar este trozo de su Península? ¡Si!, sin duda; pues parece ser inatacable por tierra y por mar.

Sin embargo, había uno que abrigaba el pensamiento constante de reconquistar aquella roca ofensiva y defensiva. Éste era el late de la banda, un ser raro, y hasta se puede decir, loco. Éste hidalgo se llamaba precisamente Gil Braltar, hombre que, en su pensamiento sin duda, la predestinaba a una conquista tan patriótica. 

Su cerebro no había resistido a la idea, y su plaza hubiera debido estar en un asilo de dementes. Se la conocía perfectamente; sin embargo, desde hacía diez años no se sabía a ciencia cierta lo que había sido de él. ¿Vagaría errante por el mundo? En realidad, él no había abandonado su territorio patrimonial…, Llevaba una existencia de troglodita, bajo los
bosques, en las cavernas, y más particularmente en el fondo de los inaccesibles reductos de las grutas de San Miguel, que, según se dice, comunican con el mar. Se le creía muerto. 

Vivía, sin embargo; pero a la manera de los hombres salvajes
desprovistos de la razón humana, que no obedecen más que a los instintos de la animalidad.

 

CAPÍTULO III

El general Mac Kackmale dormía perfectamente a pierna suelta, sobre sus dos orejas, algo más largas que lo que manda la ordenanza. Con sus brazos desmesurados, sus ojos redondos hundidos bajo sus espesas cejas, su faz rodeada de una barba grisácea, fisonomía gesticuladora, sus gestos de anthrooppitheco y el prognatismo extraordinario de su mandíbula, era de una fealdad notable, aun para un general
inglés.

Un verdadero mono; excelente militar por otra parte, a pesar de su figura simiesca.

Sí; dormía en su confortable habitación de Main-Stréet, aquella sinuosa calle que atraviesa la ciudad, desde la puerta del Mar hasta la puerta de la Alameda. Acaso estaría soñando que Inglaterra se apoderaba de Egipto, de Turquí, de Holanda, del Afganistán, del, Sudán, del país de los Boers, en una palabra, de todos los puntos del globo que le conviniera, y esto en el momento en que corría peligro de perder Gibraltar.

La puerta de la habitación se abrió bruscamente.
—¿Qué hay? —preguntó el general Mac Kackmale, levantándose de un salto.
—Mi general —respondió un ayudante de campo, que acababa de entrar en la habitación como una bomba— la ciudad está Invadida.
—¿Por los españoles, quizá?
—Preciso es creerlo.
¿Se habrían atrevido?…
El General no acabó de hablar. Se levantó, arrojó el casquete que cubría su cabeza, se metió el pantalón, se envolvió en su levita, se metió en sus bolas, se caló el claque y se preparó con su espada, diciendo:
—¿Qué ruido es ese que oigo?
—El ruido que forman los habitantes de las rocas, que corren como una avalancha por la ciudad.
—¿Son muy numerosos esos pillos?
—Deben serlo.
—¿Sin duda se han reunido todos los bandidos de la costa para dar este golpe de mano, los contrabandistas de Ronda, los pescadores de San Roque, los refugiados que pululan en todas las poblaciones?
—Es de temer, mi General.
—¿Y el Gobernador está prevenido?
—¡No! Y es imposible ir a darle aviso a su quinta de la Punta de Europa. Las puertas están ocupadas; las calles llenas de visitantes.
—¿Y en el cuartel de la puerta del Mar?

—¡No hay medio alguno de llegar hasta allí! Los artilleros deben hallarse sitiados en su cuartel.
—¿De cuantos hombres podéis disponer?
—De una veintena, mi General: soldados de línea del tercer regimiento, que han podido escapar.
—¡Por San Dunstán! —exclamó Mac Kackmale—. ¡Gibraltar arrancado a la Inglaterra por esos vendedores de naranjas! ¡Eso no puede ser, no; no será! 

En aquel momento la puerta de la habitación dio paso a un ser extraño, que saltó sobre los hombros del General.

 

CAPÍTULO IV

—¡Rendíos! —exclamó con voz ronca, que tenía más de rugido que de voz humana.
Algunos hombres que habían acudido detrás del ayudante de campo se disponían a lanzarse sobre aquel hombre, cuando, a la claridad de la habitación, le reconocieron.
—¡Gil Braltar! —exclamaron.
Era él, en efecto; el hidalgo, en el cual no se pensaba ya desde hacía largo tiempo; el salvaje de las grutas de San Miguel.
—¡Rendíos! —continuaba gritando.
—¡Jamás! —respondió el general Mac Kackmale.
De repente, en el momento en que los soldados le rodeaban, Gil Braltar hizo resonar un uiss… agudo y prolongado.

En seguida, el patio del edificio, el edificio todo, la habitación misma en que se hallaban, todo se llenó de una masa Invasora.
¿Lo creerán ustedes? Eran monos; monos, por centenares. 

Iban a tomar a los ingleses aquella roca de que son verdaderos propietarios, aquella montaña que ocupaban antes los españoles, mucho antes de que Cromwell hubiese soñado su
conquista para la Gran Bretaña. ¡Sí, en verdad! Y eran temibles por su número aquellos monos sin cola, con los cuales no se vivía en buena paz sino a condición de tolerar sus merodeos; aquellos seres inteligentes y audaces, que se cuidaban mucho de no molestar, pues sabían vengarse, y esto había sucedido muchos veces, haciendo rodar enormes rocas sobre la ciudad.

Y en aquel momento, aquellos monos se habían convertido en soldados de un loco, tan salvaje como ellos; de aquel Gil Braltar que todos conocían, que llevaba una vida Independiente; de aquel Guillermo Tell cuadrumanizado, cuya existencia entera se concentraba en esto pensamiento: ¡Arrojar a los extranjeros del territorio español!

¡Qué vergüenza para el Reino Unido, si la tentativa llegaba a tener éxito! Los Ingleses, vencedores de los indios, de los abisinios, de los tasmanios, de los australianos, de los hotentotes y de tantos otros, ¡vencidos por los monos!

Si semejante catástrofe sucedía, el general Mac Kackmale no tendría otro remedio que saltarse la tapa de los sesos. ¡No se sobrevive a semejante deshonor!

Sin embargo, antes que, los monos, llamados por el silbido de su jefe, hubiesen Invadido la habitación, algunos soldados habían conseguido apoderarse de Gil Braltar. El loco, dotado de un vigor extraordinario, resistió, y no costó poco trabajo el
reducirlo. Su piel prestada le había sido arrancada en la lucha, y permaneció casi desnudo, en un rincón, amordazado, atado, bien seguro, para que no pudiera ni moverse, ni hacerse oír. 

Poco tiempo después, Mac Kackmale se lanzaba fuera de su habitación, resuelto a vencer o morir, según la fórmula militar.

Pero el peligro no era menos grande en el exterior. Sin duda, algunos soldados habían podido reunirse en la puerta del Mar, y marchaban hacia la vivienda del General. Varios tiros se oían en Main-Strett y en la plaza del Comercio. 

Sin embargo, el número de monos era tal, que la guarnición de Gibraltar corría peligro de verse muy pronto obligada a ceder el puesto, y entonces, si los españoles hacían causa común con los monos, los fuertes serían abandonado; las baterías quedarían desiertas, las fortificaciones no contarían más que con un solo defensor, y los ingleses, que habían hecho inaccesible aquella roca, no volverían a poseerla jamás.

De repente se produjo un gran movimiento. En efecto: a la luz de las Antorcha que iluminaba el patio, se pudo ver a los
monos batirse en retirada. A la cabeza de la bando marchaba su jefe, blandiendo su palo. Todos le seguían, imitando sus movimientos de brazos y piernas, y el mismo paso.

¿Era que Gil Braltar habla podido desembarazarse de sus ligaduras, y escapar de la habitación donde se le guardaba? No había duda posible. ¿Pero adónde se dirigían entonces? ¿Iban hacia la Punta de Europa, a la quinto del Gobernador, para tomarla por asalto, y a intimarle la rendición, conforme habían hecho con el General?

¡No! El loco y su banda descendían por Main Street. Después de haber franqueado la puerta de la Alameda, tomaron oblicuamente a través del parque, y subieron por las pendientes de la montaña.
Una hora después no quedaba en la ciudad al uno sólo de los invasores de Gibraltar.
¿Qué había pasado?

Bien pronto se supo, cuando el general Mac Kackmale apareció en el límite del parque.
Había sido él, que, desempeñando el papel del loco, se había envuelto en la piel de mono del prisionero. Parecía de tal modo un cuadrúmano aquel bravo guerrero, que los monos mismos se habían engañado. Así fue que no tuvo que hacer otra cosa
que presentarse, y todos le siguieron.

Una idea del genio seguramente, que fue muy pronto recompensada con la concesión de la cruz de San Jorge.
En cuanto a Gil Braltar, el Reino Unido lo cedió, por dinero, a un Barnum o empresario de espectáculos, que hace su fortuna paseándolo por las principales ciudades del Antiguo y del Nuevo Mundo. 

Varias veces el empresario llega hasta decir que no es el salvaje de San Miguel el que exhibe, sino el general Mac Kackmale en persona. Sin embargo, esta aventura ha sido una lección para el gobierno de su Graciosa Majestad. 

Ha comprendido que si Gibraltar no podía ser tomada por los
hombres, estaba, en cambio, a merced de los monos. Por  consiguiente, Inglaterra, que es muy práctica, ha decidido no enviar allí en adelanto sino los más feos de sus generales, a fin de que los monos puedan engañarse con facilidad.
Esta medida los asegura verdaderamente para siempre la posesión de Gibraltar.

Deserción - Clifford D. Simak

 Cuatro hombres, de dos en dos, se habían internado en la aullante vorágine de Júpiter, y no habían regresado. Habían salido al viento huracanado, o mejor dicho, habían galopado hacia él, con los vientres pegados al suelo, los flancos relucientes bajo la lluvia.

Porque no habían ido en forma humana.

Ahora el quinto hombre estaba de pie frente al escritorio de Kent Fowler, comandante de la Cúpula Nº 3 de la Comisión de Reconocimiento Joviano.

Debajo del escritorio de Fowler, el viejo Towser se rascó una pulga, y volvió a acomodarse para dormir. Harold Allen, advirtió Fowler con una repentina punzada de dolor, era joven... demasiado joven. Tenía la segura confianza de la juventud, el rostro de quien no ha conocido aún el miedo. Y eso era raro. Porque los hombres de las cúpulas de Júpiter sí conocían el miedo, el miedo y la humildad. Al hombre le resultaba muy difícil conciliar su diminuta naturaleza con las poderosas fuerzas del monstruoso planeta.

- Quiero que comprenda - dijo Fowler - que no está obligado a hacer esto. Quiero que comprenda que no está obligado a salir.

Era un simple formulismo, por supuesto. Les había dicho lo mismo a los otros cuatro, pero habían salido igualmente. Fowler sabía que el quinto hombre también lo haría. Pero de repente sintió que dentro de él se agitaba una débil esperanza de que Allen no aceptara.

- ¿Cuándo debo partir? - preguntó Allen.

En otra época, Fowler hubiera sentido un sereno orgullo ante una respuesta como ésa, pero no ahora. Frunció ligeramente el ceño.

- Dentro de una hora - contestó.

Allen permaneció de pie frente a él, tranquilo, esperando.

- Otros cuatro hombres han salido y no han regresado - dijo Fowler -. Usted ya lo sabe, por supuesto. Querernos que usted regrese. No queremos que emprenda ninguna heroica expedición de rescate. El objetivo principal, el único objetivo, es que usted regrese, que pruebe que el hombre puede vivir bajo una forma Joviana. Vaya solamente hasta el primer mojón de reconocimiento, no más allá, y luego regrese. No corra ningún riesgo. No investigue nada. Simplemente, regrese.

Allen asintió.

- Lo comprendo perfectamente.

- La señorita Stanley manejará el conversor - prosiguió Fowler -. No tiene nada que temer en ese aspecto. Los otros cuatro hombres fueron convertidos sin contratiempos. Salieron del conversor en perfectas condiciones, al menos aparentemente. Estará usted en manos absolutamente competentes. La señorita Stanley es el operador de conversores mejor calificado del Sistema Solar. Ha tenido experiencias en la mayoría de los otros planetas. Por eso está aquí.

Allen sonrió a la señorita y Fowler vio una expresión que cruzaba fugazmente por el rostro de la mujer, expresión que podía ser lástima, rabia, o pura y simplemente miedo. Pero solo había durado un momento y ahora ella le devolvía la sonrisa al joven que estaba de pie frente al escritorio. Sonreía de un modo formal, como una maestra de escuela, casi como si se odiara por hacerlo.

- Esperaré con ansias mi conversión - dijo Allen.

Y el modo como lo dijo hizo que todo pareciera una broma, una enorme e irónica broma.

Pero no lo era.

Era un asunto serio, mortalmente serio. Fowler sabía que de estas pruebas dependía el destino del hombre en Júpiter. Si las pruebas tenían éxito, el hombre tendría acceso a los recursos del gigantesco planeta. El hombre se apoderaría entonces de Júpiter, como se había apoderado ya de los planetas más pequeños. Pero si fracasaban...

Si fracasaban, el Hombre seguiría encadenado e imposibilitado por la terrible presión, la titánica fuerza de gravedad y los extraños procesos químicos del planeta. Seguiría confinado en las cúpulas, incapaz de poner los pies en el exterior, incapaz de verlo con el ojo desnudo, obligado a confiar en los torpes tractores y en los televisores, obligado a trabajar con torpes maquinarias y herramientas o con torpes robots tan torpes como ellos.

Porque el Hombre, desprotegido y en su forma original, hubiera sido aplastado instantáneamente por la terrorífica presión atmosférica de Júpiter, de 1200 kilogramos por centímetros cuadrado, presión que hacía que la del fondo del mar pareciera, por comparación, el interior de una campana de vacío.

Ni siquiera la más resistente aleación metálica que el Hombre podía elaborar tenía posibilidades de sobrevivir bajo semejantes presiones y las lluvias alcalinas, que arrasaban permanentemente la superficie del planeta. El metal se hacía quebradizo y escamoso, desmoronándose como arcilla o desintegrándose en pequeños arroyuelos o fangosos charcos de sales amoniacales. Sólo incrementando la fuerza y resistencia de ese metal, aumentando su tensión molecular, podía lograrse que soportara el peso de las miles de millas cúbicas de turbulentos y asfixiantes gases que componían la atmósfera. Y una vez logrado esto, había que revestir todo con una capa de cuarzo puro, para impermeabilizarlo de las lluvias, el amoníaco líquido que caía como una amarga lluvia.

Fowler se detuvo a escuchar los motores del subsuelo de la cúpula, motores que funcionaban sin pausa, sumiéndola en un zumbido incesante. Tenían que funcionar y seguir funcionando, pues si se detenían, la energía que fluía hacia las paredes metálicas de la cúpula se interrumpiría, la tensión molecular disminuiría, y ése sería el final de todo.

Towser se irguió debajo del escritorio de Fowler y comenzó a rascarse otra pulga, mientras una de sus patas golpeaba rítmicamente contra el suelo.

- ¿Algo más? - preguntó Allen.

Fowler sacudió negativamente la cabeza.

- Tal vez haya algo que usted desee hacer - dijo -. Tal vez...

Había estado a punto de decir "usted quiera escribir una carta", pero se había contenido a tiempo.

Allen miró su reloj.

- Estaré allí a tiempo - dijo, y giró rápidamente en dirección a la puerta.

 

Fowler sabía que la señorita Stanley lo estaba observando, y no sentía ningún deseo de volverse y enfrentar su mirada. Revolvió desmañadamente los papeles de su escritorio.

- ¿Hasta cuándo va a seguir adelante con esto? - le preguntó la señorita Stanley, articulando cada palabra con despectiva brusquedad.

Entonces, él se volvió en su silla y se enfrentó a ella. Los labios de la mujer estaban apretados hasta formar una delgada línea recta, su cabello estaba recogido más tirante que nunca, dando a su rostro una extraña y casi alarmante apariencia de mascarilla mortuoria.

Fowler trató que su voz sonara fría y controlada.

- Tanto tiempo como sea necesario - dijo -. Mientras haya alguna esperanza.

- Seguirá sentenciándolos a muerte - dijo ella -. Seguirá enviándolos allá afuera, a enfrentarse con Júpiter. Va a seguir acá sentado, seguro y cómodo, mientras los manda a morir allá afuera.

- No hay lugar para sentimentalismos, señorita Stanley - dijo Fowler, tratando de ocultar el tono furioso de su voz -. Usted sabe tan bien como yo por qué hacemos esto. Usted sabe que el hombre, en su forma original, no puede enfrentarse a Júpiter. La única posibilidad es convertir al hombre en la clase de ser que sí puede hacerlo. Ya lo hemos hecho en otros planetas.

«Si unos pocos hombres mueren, pero tenemos éxito, el precio es pequeño. En todas las épocas los hombres han desperdiciado su vida en cosas estúpidas, por razones estúpidas. ¿Por qué deberíamos vacilar, entonces, ante una pequeña muerte, en algo tan grandioso como esto?

La señorita Stanley estaba sentada tensa y erguida, con las manos plegadas sobre la falda y la luz le caía sobre su cabello cano, mientras Fowler la contemplaba tratando de imaginar lo que estaría sintiendo, lo que estaría pensando. No era exactamente que le temiera, pero no se sentía cómodo cuando ella estaba cerca. Esos agudos ojos azules veían demasiado, sus manos parecían competentes en demasía. Debería haber sido la tía de alguien, sentada en su mecedora con las agujas de tejer. Pero no lo era. Era la mejor operadora de Conversores del Sistema Solar, y no le agradaba el modo en que él estaba haciendo las cosas.

- Algo anda mal, señor Fowler - declaró.

- Precisamente - concordó Fowler -. Por eso envío al joven Allen solo. El puede averiguar qué es lo que anda mal.

- ¿Y si no lo averigua?

- Enviaré a algún otro.

Ella se levantó lentamente de su silla, en dirección a la puerta; luego se detuvo frente al escritorio.

- Algún día - dijo - llegará a ser un gran hombre. Jamás pierde una oportunidad, y esta es su mayor oportunidad. Lo supo desde el momento en que erigieron esta cúpula para las pruebas. Si el proyecto se lleva a cabo, usted ascenderá un grado o dos. No importa cuántos hombres mueran, usted ascenderá un grado o dos.

- Señorita Stanley - dijo él, y su voz era cortante - el joven Allen debe salir enseguida. Por favor, asegúrese de que su máquina...

- Mi máquina - le dijo ella, glacialmente - no tiene la culpa. Opera en base a las coordenadas dispuestas por los biólogos.

El quedó sentado, encorvado ante su escritorio, escuchando cómo los pasos de ella se alejaban por el corredor.

Lo que ella había dicho era cierto, por supuesto. Los biólogos habían establecido las coordenadas. Pero los biólogos podían haberse equivocado: aunque solo fuera una diferencia del espesor de un cabello, una digresión infinitesimal, y el conversar enviaría al exterior algo que no era lo que ellos habían calculado enviar. Un mutante que podía resquebrajarse, enloquecerse, desmoronarse bajo la tensión de alguna situación totalmente imprevista.

Porque el hombre no sabía mucho de lo que sucedía afuera. Solo lo que sus instrumentos le decían que sucedía. Y las muestras en que se basaban esos instrumentos y maquinarias no eran más que muestras, pues Júpiter era increíblemente vasto, y las cúpulas muy pocas.

Hasta la recopilación de datos acerca de los Galopadores, aparentemente la forma de vida más desarrollada del planeta, les había llevado a los biólogos más de tres años de estudios intensivos, más dos años de comprobaciones para confirmar los resultados. Un trabajo que en la Tierra hubiera demandado una o dos semanas. Pero, en este caso, era un trabajo que no podía hacerse en la Tierra en modo alguno, porque las formas de vida Joviana no podían ser trasladadas a la Tierra. La presión atmosférica de Júpiter no podía ser reproducida fuera del planeta, y a la presión atmosférica y temperatura de la Tierra, los Galopadores se hubieran esfumado en una bocanada de gas.

El trabajo tenía que hacerse si el Hombre pretendía desplazarse por Júpiter bajo la forma vital de los Galopadores. Porque antes de que el conversor pudiera cambiar a un Hombre, trasformándolo en otra forma de vida, cada una de las características físicas de esa forma de vida debía conocerse, concreta y absolutamente, sin posibilidad de error.

 

Allen no regresó.

Los tractores que registraron minuciosamente el terreno adyacente no hallaron rastros de él a menos que una silueta escurridiza avistada por uno de los conductores hubiera sido el desaparecido terráqueo con forma de Galopador.

Los biólogos sonrieron con sus más despectivas sonrisas académicas cuando Fowler sugirió que tal vez las coordenadas estuvieran erradas. Destacaron minuciosamente que las coordenadas funcionaban. Cuando se colocaba un hombre en el conversor y se accionaba el interruptor, el hombre se convertía en un Galopador. Es más, el hombre salía de la máquina y se alejaba hasta perderse de vista en la densa atmósfera exterior.

Alguna minucia, había sugerido Fowler, alguna ínfima desviación con respecto a lo que era en realidad un Galopador, algún error insignificante. Si existiera algo así, habían dicho los biólogos, llevaría años detectarlo.

Y Fowler supo que tenían razón.

De modo que ahora eran cinco hombres en vez de cuatro, y Harold Allen había salido al exterior en vano. En cuanto al conocimiento, era absolutamente como si no hubiera ido.

Fowler se inclinó sobre su escritorio para buscar el archivo de personal, un delgado fajo de papeles prolijamente unidos por un gancho. Era algo que aborrecía, pero que debía hacer. De algún modo debía averiguar el motivo de estas extrañas desapariciones. Y el único modo de hacerlo era enviar más hombres al exterior.

Permaneció sentado durante un momento, escuchando al viento que aullaba sobre la cúpula, la eterna tormenta rugiente que asolaba el planeta con su torbellino de hirviente ira.

 ¿Habría alguna amenaza allá afuera?, se preguntó. ¿Algún peligro que desconocían? ¿Algo que acechaba para devorar a los Galopadores, sin diferenciar a los Galopadores reales de los que habían sido hombres? Para los devoradores no existiría ninguna diferencia, por supuesto.

¿O se habría cometido una equivocación fundamental al seleccionar a los Galopadores como la forma de vida más adecuada para sobrevivir en la superficie del planeta? El sabía que la evidente inteligencia de los Galopadores había sido uno de los factores determinantes. Porque si el ser en que el Hombre se convertía carecía de inteligencia, el mismo Hombre no podría mantener su propia inteligencia bajo esa forma durante mucho tiempo.

¿Habrían permitido los biólogos que ese factor pesara demasiado, usándolo para compensar algún otro que tal vez fuera insatisfactorio, desastroso incluso? No parecía probable: obstinados como eran, conocían su trabajo.

¿O el proyecto sería imposible, y estaría condenado al fracaso desde el principio? La conversión a otra forma de vida había funcionado en otros planetas, pero eso no significaba que debía funcionar en Júpiter. Tal vez la inteligencia del Hombre no pudiera desempeñarse adecuadamente a través de los órganos sensoriales de una forma de vida Joviana. Tal vez los Galopadores fueran tan extraños que no existía un campo común donde el conocimiento humano y la concepción Joviana de la existencia pudieran reunirse y trabajar en conjunto.

O tal vez la falla residiera en el hombre, fuera inherente a la raza. Alguna aberración mental que, sumada a lo que encontraban afuera, les impidiera regresar. Aunque tal vez no fuera una aberración, al menos no en el sentido humano. Quizá fuera solamente una característica mental humana, aceptada por lo común en la Tierra, la que chocaba violentamente con la existencia Joviana, poniendo en peligro el equilibrio psíquico del hombre.

 

Fowler oyó el sonido de garras que tamborileaban sobre el piso del corredor, y sonrió con cansancio. Era Towser, de regreso de otra visita a su amigo el cocinero.

Towser entró al cuarto, llevando un hueso. Meneó el rabo mirando a Fowler y se dejó caer debajo del escritorio, con el hueso entre las patas. Durante un largo momento sus viejos ojos reumáticos miraron a su amo, y Fowler extendió una mano para acariciar sus hirsutas orejas.

- ¿Aún me quieres, Towser - preguntó Fowler, y Towser movió la cola, golpeándola contra el piso.

- Eres el único - dijo Fowler.

Se enderezó y volvió a girar hacia el escritorio. Su mano se extendió para recoger otra vez el fichero de personal.

¿Bennett? Bennett tenía una chica esperándolo en la Tierra.

¿Andrews? Andrews planeaba volver al Tecnológico de Marte tan pronto como ganara lo suficiente para mantenerse allí durante un año.

¿Olson? Olson estaba muy próximo a jubilarse. Todo el tiempo les contaba a los muchachos cómo iba a establecerse a cultivar rosas.

Con cuidado, Fowler dejó el fichero sobre el escritorio.

Sentenciar a sus hombres a muerte. La señorita Stanley lo había dicho, mientras sus labios apenas si se movían en su rostro apergaminado. Enviarlos afuera a morir mientras él, Fowler, se quedaba allí sentado, seguro y cómodo.

En toda la cúpula estarían diciendo lo mismo, sin duda, especialmente ahora que Allen no había regresado. Por supuesto que no se lo dirían en la cara. Ni siquiera el hombre o los hombres que llamara a su despacho para informarles que serían los siguientes, se lo dirían.

Pero él podría verlo en sus ojos.

Otra vez recogió el archivo. Bennett, Andrews, Olson. Había otros, pero no tenía sentido continuar.

Se inclinó hacia adelante y presionó el pulsador de su intercomunicador.

- ¿Sí, señor Fowler?

Comuníqueme con la señorita Stanley, por favor.

Esperó que la señorita Stanley lo atendiera, oyendo a Towser roer desganadamente su hueso. Los dientes de Towser estaban gastados.

- Aquí la señorita Stanley.

- Solo quería decirle, señorita Stanley, que se prepare para dos más.

- ¿No tiene miedo - le preguntó la señorita Stanley - de quedarse sin hombres? Si los manda de a uno, le durarán más, le darán el doble de satisfacción.

- Uno de ellos - dijo Fowler - será un perro.

- ¡Un perro!

- Sí, Towser.

Oyó que la voz de ella se hacía glacial, inundada de una repentina y fría ira.

- ¡Su propio perro! Ha estado con usted todos estos años...

- Ese es el asunto - dio Fowler -. Towser se sentiría muy desdichado si me fuera sin él.

 

No era el Júpiter que había conocido en las pantallas de televisión. Había esperado que fuera diferente, pero no así. Había esperado un infierno de lluvias amoniacales y pestilentes gases y el ensordecedor y rugiente tumulto de la tormenta. Había esperado torbellinos de nubes y nieblas y el centelleante rezongo de los monstruosos truenos.

Pero no había esperado que el denso aguacero se viera reducido a una suave llovizna neblinosa que ondulaba en sombras huidizas sobre el césped rojo y purpúreo. Ni siquiera había supuesto que los serpenteantes relámpagos serían destellos de puro éxtasis cruzando aquel cielo coloreado.

Mientras esperaba a Towser, Fowler flexionó los músculos de su cuerpo, asombrado por la pareja y suave fuerza que había en ellos. No era un mal cuerpo, decidió, e hizo una mueca al recordar cómo se había compadecido de los Galopadores al verlos en la pantalla de televisión.

Porque le había resultado difícil imaginar un organismo vivo basado en hidrógeno y amoníaco, en lugar de agua y oxígeno, difícil creer que una forma de vida como esa pudiera conocer el mismo estremecimiento vital que conmovía a la humanidad. Difícil de concebir una vida que se desarrollara en la densa vorágine de Júpiter, sin saber, por supuesto, que visto a través de ojos Jovianos, Júpiter no era un torbellino en absoluto.

El viento lo acariciaba con suaves dedos, y Fowler recordó, con un sobresalto, que de acuerdo con los parámetros terrestres. aquel viento era un rugiente huracán que aullaba a trescientos veinte kilómetros por hora, cargado de gases letales.

Agradables aromas inundaron su cuerpo. Y sin embargo, no eran aromas, porque no era una sensación olfatoria tal como la recordaba. Era como si todo su cuerpo se empapara de la sensación de lavanda... y sin embargo no era lavanda. Supo que era algo para lo que no tenía palabras, sin duda el primero de muchos enigmas de terminología. Porque las palabras que conocía, los símbolos ideales que le habían servido como terráqueo, le resultarían inútiles como Joviano.

La compuerta lateral de la cúpula se abrió y Towser salió a los tropezones; al menos creyó que era Towser.

Comenzó a llamar al perro, moldeando en su mente las palabras que quería decir. Pero no pudo decirlas. No había modo de decirlas. No tenía con qué decirlas.

Por un momento su mente fue un torbellino de oscuro terror, un pánico ciego que envolvía su cerebro en bocanadas de temor.

¿Cómo hablan los Jovianos? ¿Cómo?.

De repente fue consciente de Towser, intensamente consciente del torpe y ansioso acto de aquel hirsuto animal que lo había seguido desde la Tierra a tantos planetas. Fue como si lo que era Towser hubiera salido de él y llegado por un momento al cerebro de Fowler.

 Y de la burbujeante bienvenida que sentía, llegaron las palabras:

- Hola, compañero.

No eran palabras en realidad, era algo mejor que palabras. Eran imágenes simbólicas en su cerebro, comunicadas por medio de imágenes que tenían matices de significado mucho más sutiles que las palabras.

- Hola, Towser - dijo.

- Me siento bien - dijo Towser -. Como cuando era un cachorro. Ultimamente me he sentido bastante inservible. Con las patas endurecidas y los dientes casi reducidos a nada. Era difícil roer un hueso con esos dientes. Además, las pulgas me volvían loco. Antes no solía prestarles mucha atención. Una pulga más o menos no hacía diferencia en mis viejos tiempos.

- Pero... pero... Fowler balbuceaba con torpeza. ¡Estás hablándome!

- Seguro - contestó Towser -. Siempre te hablé, pero no podías oírme. Trataba de decirte cosas, pero nunca lo logré.

- Algunas veces te comprendía - dijo Fowler.

- No muy bien - dijo Towser -. Sabías cuándo quería comida o bebida, o cuando deseaba salir, pero eso era todo lo que comprendías.

- Lo siento - dijo Fowler.

- Olvídalo - le dijo Towser -. Te corro una carrera hasta el acantilado.

Fowler vio el acantilado por primera vez, aparentemente a muchos Kilómetros de distancia, pero de una extraña belleza cristalina que centelleaba a la sombra de las nubes multicolores.

Fowler vaciló.

- Está muy lejos...

- ¡Oh, vamos! - lo instó Towser, y comenzó a correr en dirección al acantilado.

 

Fowler lo siguió, probando sus piernas, probando las fuerzas de su nuevo cuerpo, dudando un poco al principio, asombrado un minuto más tarde, y corriendo luego con un regocijo absoluto que se unía a la hierba roja y purpúrea y al ondulante vapor de lluvia que caía sobre la sierra.

Mientras corría fue consciente de una sensación de música, una música que latía dentro de su cuerpo, que manaba a través de todo su ser, elevándolo en alas de una plateada ligereza. Una música como la que podría surgir de un campanario en una soleada colina en primavera.

A medida que se aproximaba a la colina, la música se hizo más profunda e inundó el universo con un rocío de sonido mágico. Y entonces supo que la música provenía de la gorgoteante cascada que caía por la ladera resplandeciente del acantilado.

Pero sabía que no era una caída de agua, sino de amoníaco, y que el acantilado era blanco porque era oxígeno solidificado. Fowler patinó hasta detenerse en el lugar donde la cascada se abría en un resplandeciente arco iris de cientos de colores. Eran literalmente cientos, porque aquí, según observaron, no había matices de un color primario hasta otro, tal como los ve el ojo humano, sino una gama claramente diferenciada que descomponía al prisma hasta su última y esencial clasificación.

- La música - dijo Towser.

- ¿Sí, qué hay con ella?

- La música - dijo Towser - son las vibraciones del agua al caer.

- Pero Towser, tú no sabes nada de vibraciones.

- Sí, sé - lo contradijo Towser -. Acaba de surgir en mi mente.

Fowler tragó saliva mentalmente.

- ¡Surgir en tu mente!

Y de repente, apareció en su cerebro una fórmula, la fórmula del proceso que haría que los metales toleraran la presión de Júpiter.

Atónito, contempló la cascada con fijeza, y velozmente, su mente aprehendió los colores y los colocó en la secuencia exacta del espectro. Así de simple. Surgido de la nada. Surgiendo de la nada, porque él no sabía nada de metales ni de colores.

- Towser - gritó -. ¡Towser, algo nos está sucediendo!

- Sí, ya sé - dijo Towser.

- Es nuestro cerebro - dijo Fowler -. Lo estamos usando en su totalidad, hasta el último rincón. Estamos usándolo para elaborar cosas que debimos haber sabido siempre. Tal vez los cerebros de los seres de la Tierra son lentos y obnubilados por naturaleza. Tal vez seamos los débiles mentales del universo. Tal vez estamos hechos de modo tal que podríamos hacer las cosas de la manera más difícil.

Y, con la nueva agudeza y claridad de pensamiento que parecía invadirle, Fowler supo que no sería solo una cuestión de colores en una cascada o de metales que resistirían la presión de Júpiter. Sentía otras cosas, cosas no muy claras. Un vago susurro que sugería grandiosas posibilidades, misterios que trascendían la barrera del pensamiento humano, que trascendían incluso la imaginación humana. Misterios, hechos, lógica construida por el razonamiento. Algo que cualquier cerebro podría lograr si usara todo su poder de raciocinio.

- Aún somos terrestres - dijo -. Solo estarnos empezando a comprender algunas de las cosas que sabremos, unas pocas de las cosas que se nos negaron como seres humanos, tal vez porque éramos seres humanos. Porque nuestros cuerpos humanos eran inferiores. Pobremente equipados para pensar, pobremente equipados en algunos sentidos que uno necesita tener para saber. Tal vez careciéramos incluso de algunos sentidos necesarios para lograr el verdadero conocimiento.

Se volvió a contemplar la cúpula, una diminuta silueta oscura empequeñecida por la distancia.

Allí había hombres que no podían ver la belleza de Júpiter, hombres que pensaban que un torbellino de nubes y una densa lluvia oscurecían la paz del planeta. Ciegos ojos humanos. Pobres ojos. Ojos que no podían ver la belleza de las nubes, que no podían ver a través de la tormenta. Cuerpos que no podían sentir el estremecimiento producido por la conmovedora música de la caída de agua.

Hombres que marchaban en soledad, en terrible soledad, hablando por medio de sus lenguas como un grupo de boy scouts que se comunica torpemente por medio de señales, incapaces de alcanzar y tocar la mente de otro, como él podía alcanzar y llegar a mente de Towser. Impedidos para siempre de lograr un contacto íntimo y personal con los demás seres vivientes.

El, Fowler, había esperado el terror inspirado por las cosas desconocidas de la superficie, había esperado acobardarse ante la amenaza de lo desconocido, se había acorazado contra la repulsión que le causaría una situación no terráquea.

Pero, en vez de eso, había hallado algo más grandioso que todo lo conocido por el Hombre. Un cuerpo ágil, más seguro. Un sentimiento de regocijo, un sentido mas profundo de la vida. Una mente más aguda que ni siquiera los soñadores de la tierra podían imaginar.

- Vamos - lo urgió Towser

- ¿Dónde quieres ir?

- A cualquier parte - dijo Towser -. Vámonos simplemente, y veremos adónde llegamos. Tengo bien, una sensación..., una sensación.

- Sí, lo sé - dijo Fowler.

Porque él también tenía la misma sensación. La sensación de un destino superior. Una cierta sensación de grandeza. La certeza de que en algún lado, más allá del horizonte, lo aguardaban aventuras, y cosas más grandes aún que la aventura.

Los otros cinco también lo habrían sentido. Habrían sentido la urgencia de ir y ver, la compulsivo sensación de que los aguardaba una vida de plenitud y sabiduría.

Por eso, Fowler lo supo, no habían regresado.

- No regresaré - dijo Towser.

- No podemos abandonarlos - dijo Fowler.

Fowler dio uno o dos pasos en dirección a la cúpula, luego se detuvo.

De regreso a la cúpula. De regreso a ese cuerpo doloroso, cargado de veneno, que había dejado atrás. Antes no le había parecido doloroso, pero ahora sí.

De regreso a su mente confusa, a su pensamiento turbio. De regreso a las bocas chasqueantes que articulaban señales que los otros entendían. De regreso a unos ojos que ahora le parecían peor que la ceguera. De regreso a la sordidez, a arrastrarse, a la ignorancia.

- Quizás algún día - dijo, murmurando para sí.

- Tenemos muchas cosas para hacer y ver - dijo Towser -. Tenemos mucho que aprender. Descubriremos cosas...

Sí, descubrirían cosas. Civilizaciones, quizá. Civilizaciones que harían que la del Hombre pareciera minúscula en comparación. Descubrirían belleza y, lo que era más importante, podrían comprender esa belleza. Y una camaradería que nadie había conocido antes... que ningún Hombre, ni ningún perro habían conocido antes.

Y la vida. Los apremios de la vida plena después de lo que parecía una existencia narcotizada.

- No puedo regresar - dijo Towser.

- Ni yo - dijo Fowler.

- Volverían a convertirme en perro - dijo Towser.

- Y a mí - dijo Fowler - en hombre