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Delfina - Claude Seignolle (Parte 2 y última)

Cuando volví a mirarla de nuevo, me di cuenta hasta qué punto había sufrido por mí. Con las manos adosadas a sus mejillas, Delfina lloraba en su mundo silencioso, como si hubiera estado a punto de perderme para siempre. 

Emocionado, teniendo en mis manos la más tangible de las pruebas de amor, volví precipitadamente hacia ella y me contuve de arrodillarme y besar sus pies, como lo exigía antaño una bárbara costumbre, prueba indefectible de sumisión. Si me lo hubiese pedido, me habría despojado del sol, igual que de la palabra o de mi propia vida, ya que en un instante, Delfina se había convertido en Todo para mí.

Entonces observé algo que creía imposible: vi que Delfina sonreía, y descubrí que hasta entonces yo no había sabido nunca verdaderamente lo que era una sonrisa. Solo creía saberlo. La sonrisa de Delfina era el detalle más precioso que poseía. Aunque hubiera estado triste, aquella sonrisa iluminaría hasta mi último segundo de vida humana.

Pero, al acercarme para admirar mejor aquella sonrisa, la apagué a pesar mío. Comprendiendo la ofensa que ella temía, bajé la cabeza y, para hacerme perdonar, pensé en el vestido que le había comprado. Arranqué el papel que lo envolvía, extendí el vestido y lo dirigí a la luz más cercana. La seda tuvo un brusco reflejo de llama encarnada semimuerta, lo que, quizá, me hizo pasar por el diablo desplegando su potencia astuta y tornasolada.

Delfina no demostró la sorpresa que yo esperaba. Su mirada, ausente de la ropa, me dio a entender que yo era el único regalo que ella deseaba.

Cuando el alba ya se insinuaba, Delfina regresó a la entrada de su calle. Una vez allí, y por primera vez, pareció fijarse en los descarnados edificios. Me lo indicó con tal gesto de resignación que, para consolarla, volví a ofrecerle por segunda vez el vestido, como algo de un valor eterno. Lo observó con inquietud, pero no se quedó con él, no quiso aceptarlo. ¿Acaso observé en aquel gesto que temía aceptarlo? Ya no me acuerdo de ello. ¡Oh, si lo hubiera sabido!

Luego se alejó de mí, apartándose un poco, como a disgusto. La calle desierta me la quitó lentamente. Me fijé en la puerta que la acogía, luego ya no la vi más. Deseando seguir a su lado, me dirigí hacia aquella puerta. Entré, y en la oscuridad, la llamé desesperadamente. ¿Pero cómo iba ella a poder responderme si era muda? Deposité el vestido en algo que parecía un nicho. Cuando salí a la calle, me tambaleé bajo el efecto de un brusco pesar.

Me acosté apesadumbrado por sentimientos confusos y me dormí de inmediato para despertarme por la noche, ya que mi amor por Delfina me había desposado con las tinieblas. No quise moverme, ni siquiera respirar, como si, habiéndome construido pacientemente sobre el cuerpo el vertiginoso castillo de cartas de todas mis esperanzas, temiese que el menor de mis impulsos para consolidarlo aún más no lo destruyese para siempre. Y la angustia, cómplice de coyunturas amenazadoras, sumergió mi espíritu...

Finalmente, después de levantarme me dirigí a la ventana, para observar el río de la noche. Sus aguas me parecieron tan atormentadas, como removidas por un invisible vidueño, que me vestí y me dirigí a toda prisa a la rue Saint-Martin con el fin de eliminar el terrible peligro que según mis presentimientos amenazaba a Delfina.

Apenas apercibí la entrada de la rue Maubée, me paré en seco, dominado por la emoción... Una alta empalizada la bloqueaba, poniendo un muro de madera ante la libertad de Delfina.

Entonces pensé en el otro extremo de la calle. Si Delfina no podía salir por aquí, iría forzosamente al otro lado. Asimismo, temiendo perderla por culpa de mis vacilaciones, eché a correr, le di la vuelta a todo el barrio, y, casi sin aliento, me encontré ante otro obstáculo, tan implacable como el anterior. 

Precipitándome sobre él, me puse a darle fuertes golpes con los hombros, hasta que empecé a sentir un fuerte dolor en todos mis músculos. El obstáculo resistía. Encontré un intersticio. Mis dedos se deslizaron por él, crujieron con rabia. Tiré con todas mis fuerzas y, desplazando unos clavos mohosos, conseguí finalmente arrancar una de las planchas de madera. Me deslicé entonces por el estrecho pasaje, desgarrando mi ropa. 

Con mis gritos llamando a Delfina rompí el silencio de aquella calle prisionera, sin comprender que eran estériles. Mis pies tropezaron con unas herramientas que habían dejado abandonadas en el suelo. Caminé sorteando toda clase de obstáculos, pisoteando trozos de vidrios de botellas rotas, pero, preocupado por la suerte de aquella a la que amaba, no pensé inmediatamente en la destrucción de la rue Maubée.

Al llegar al inmueble de Delfina, entré en él. Las vigas que habían caído del techo llenaban los pasillos, oponiéndose a mi paso. Me puse a gritar, pero inmediatamente el silencio hostil apagó mis gritos. Me puse a llorar y mis lágrimas se trenzaron con mi voz. Entonces esas lágrimas, mojando las plumas de los grandes pájaros que eran mis llamadas, hicieron que estos fuesen incapaces de echar a volar desde mis labios... 

Delfina no podía oírme, y esto hizo que me sintiera derrotado a muerte. Me coloqué delante de aquella puerta de todas mis esperanzas, convertida –lo sentía en lo más profundo de mí– en la de mi desesperanza. El suelo me acogió con dureza. ¿Dónde estaban las dulces huellas dejadas por los pies desnudos de Delfina?

El alba me sorprendió allí, envuelto en un profundo sopor con la cabeza sobre la acera, las mejillas mojadas por las lágrimas, la mirada fija como la de una bestia que ha perdido su amo, pero que permanece fiel a él en su vana espera. Y aquel alba que, cada mañana, yo había asociado a la tristeza de nuestra separación, creyéndola siempre compasiva, me demostró que ella solo era el impasible germen del día anunciando sin piedad el final de mis sueños... 

Entonces me fue desvelada la verdadera realidad de la calle Maubée, ruina naciente ya sangrada en vida. Con los alerones arrancados, los techos yacían en el suelo, torcidos. Los pisos superiores habían sido desmantelados. Se sentía una prisa de acabar cuanto antes, de desarraigarla y de olvidarla para siempre.

¿Delfina? ¿Dónde se habría marchado al verse expulsada...? Me levanté, pero, semejante a un mendigo al que ahora me parecía, no pude hacerlo completamente. Con la espalda pegada al muro, no podía siquiera moverme.

A las ocho, las empalizadas fueron levantadas por unos obreros que, riendo y hablando en voz alta, entraron en la martirizada calle. Eran los obreros que iban a demolerla. Uno de ellos me vio. Inmediatamente se acercó a mí haciendo grandes gestos. Creo que me trató de loco indicándome hacia una gran piedra que había quedado en equilibrio en el reborde de una ventana justamente encima de mí. Luego me gritó que si quería suicidarme solo tenía que quedarme donde estaba.

Miré hacia la piedra y anhelé con fervor su caída.

Los obreros me obligaron a abandonar aquel sitio. No quise ceder. Entonces me insultaron, sin saber que insultaban a un amor martirizado; me cogieron brutalmente, sin saber tampoco que había que cogerme con delicadeza como un cuerpo herido. Opuse resistencia, pero aquellos hombres que estaban acostumbrados a derribar las murallas más rebeldes, supieron manejar sin esforzarse mis débiles fuerzas de adolescente. 

Me arrastraron hasta la rue Saint-Martin donde me abandonaron, tirado entre dos camiones que habían venido a cargar los escombros de la demolida calle. Pronto se formó alrededor de mí un grupo de curiosos y unas rameras se inclinaron sobre mi cuerpo. Al ver aquellos rostros embadurnados de polvo como la mentira, volví a sentirme dominado por las pesadillas. Luego oí a una de ellas: «A esta edad solo puede tratarse de un gamberro...»

Me levanté y me fui. Titubeando de vergüenza tanto como de pesar, comencé a andar como un borracho, aunque estaba embriagado de una especie atroz de borrachera. Para reconfortarme un poco, me dirigí al café de enfrente. Era el café de mis felices esperas, por lo que no me atreví a entrar en él. Volví a marcharme. La gente me siguió, esperando ver una graciosa exhibición de borracho incapaz de aguantar el alcohol ingerido, cuando en realidad era la desesperación lo que yo no podía soportar...

Llegada la noche, regresé a la rue Saint-Martin. Reinaba el silencio, lo preciso para el milagro apetecido. Pero, por superstición, temiendo que implorándola yo la contrariaría, no la deseé. Me limité solamente a apoyar mi frente, luego mis labios, contra la madera de la empalizada. Allí estaba, vencido, deshecho de mí mismo. 

Besé amargamente el obstáculo rugoso como si Delfina se encontrase detrás de él, y como si, de los dos, fuese yo el prisionero, y ella mi visitante provista de toda la inmensa libertad sin límite de la rue Maubée.

Luego, comprendiendo que ningún milagro podía ya producirse, me alejé sin volver la vista atrás y rehice el camino de Delfina hasta el puente de Notre-Dame, rozando las fachadas tal como ella lo hacía, imaginando que la seguía, invisible delante de mí. 

Mucho me habría agradado haberme acordado de otros detalles de ella: aquellos temores que yo quería entonces sentir dentro de mí mismo. Por eso hice un esfuerzo, traté de experimentarlos, pero solo la pena nacía en mí: aquel dolor que la felicidad teme.

Queriendo evadirme de mi pesar, soñé con tanta necesidad que me sorprendió sobre el puente de Notre-Dame otra alba repentina, descubriendo el río que se deslizaba bajo mis pies. Fue entonces cuando el señor Baucaire me vino a la memoria. Solo él podía ayudarme. ¿Acaso no poseía el duplicado de la llave que yo había perdido?

Inmediatamente me dirigí a su casa. Vivía en la rue de Vaugirard, en aquel lejano distrito decimoquinto sin carácter, en el tercer piso de un edificio vulgar y corriente. Toqué el timbre con impaciencia. Primero brevemente, luego sin soltar el pulsador. Como no oía ningún ruido, temí que ya no viviera allí, y que, perdiéndole a él, perdía a Delfina definitivamente. 

Entonces me di cuenta en qué medida aquel hombre a quien yo consideraba equívoco se me había convertido en algo precioso e indispensable. Al fin escuché un ruido de pasos. El pomo de la puerta giró; y al entreabrirse, me dejó ver al señor Baucaire en pijama, y con un aspecto sumamente desconfiado y de un humor desagradable. 

Al reconocerme, no tuvo aquel impulso que yo esperaba cándidamente de él. Por el contrario, creí comprender que, no solo mi visita le sorprendía, sino que incluso le molestaba. Dudó antes de permitirme pasar, pero no me ofreció la acogida de su salón recibidor. ¿Por qué dirigió él la cabeza varias veces en aquella dirección? ¿Por qué miraba yo también hacia allí?

Entonces observé, echadas sobre un sillón, las anticuadas ropas de Delfina. La impresión que recibí fue tal, que, para huir de un insoportable dolor, retrocedí y salí corriendo enloquecido.

Mi confusión no me abandonó hasta que llegué al pasillo de entrada del inmueble donde mis sollozos me detuvieron. Me pegué contra uno de los muros sucios y quedé, brazos abiertos, como para ser crucificado allí en el acto. Y así fue... 

Sintiendo en mi carne aquellos agudos dolores que me daban la sensación de ser clavado vivo, apretando contra el muro mi rostro igualmente perforado por mis lágrimas, la imagen de Delfina, desnuda, sucia, penetraba de esta forma en mi carne. «¿Por qué, Delfina? –suplicaba yo–. ¿Por qué?...»

¡Delfina se había burlado de mí! Delfina despreciable, disponible para el primero que llegase, pero negándose a mí que, en un impulso de cariño, le había ofrecido mi amor joven y puro, y sus frutos, reservados para todos nuestros deseos. 

Sufriendo peor dolor que si se hubiera perdido realmente, volvía incesantemente a ver sus ropas deshechas y, sin cesar también, sentía otro atroz recuerdo: Baucaire apretándola entre sus brazos... ocultándola en su casa, al lado de él, quizá dichosa durante dos noches... dos días, mientras que durante ese mismo tiempo a mí su desaparición me torturaba. 

Bruscamente, para apagar mi sed de odio, bebí de un trago el ácido brebaje de los celos. Todo tenía una explicación: yo no me había equivocado, Baucaire conocía ya a Delfina y yo había hablado demasiado de ella..., había dicho demasiado de aquella vida interior de Delfina que él seguramente ignoraba. Asimismo, como hombre conquistador, había deseado para él aquella mujer maravillosa. 

Ella era su víctima, se había dejado atrapar en su tela de araña... Delfina no podía consentir aquello... el culpable era Baucaire... toda aquella maquinación venía de él... la inocente era Delfina... Baucaire era un parásito que había que destruir... Delfina era Delfina.

Volví a casa de Baucaire, subí las escaleras empujado por la cólera y me puse a golpear repetidamente la puerta. Esta vez Baucaire acudió inmediatamente. Se me presentó ya afeitado y vestido. ¿Cuánto tiempo había yo permanecido desamparado mientras creía que le había despertado hacía unos instantes? Inmediatamente pensé que, considerándose una vez más importunado en su propia casa, iba a echarme a la calle, pero me recibió sin que el tono de su voz denunciase la menor agresividad.

Después de un instante de duda, súbitamente calmado, entré en su casa, emocionado como si hubiera conseguido convencerle para que me dejase ver por última vez a Delfina, solo el tiempo necesario para curar mi locura.

–¿Qué es lo que le ha pasado hace unos instantes? –me preguntó con tal aplomo que deduje que estaba acostumbrado a esa clase de situaciones.

La puerta del salón estaba cerrada. Me fijé en ella con todas mis fuerzas, intensamente, con intención de abrirla.

–Pensé que se había vuelto loco –añadió Baucaire, sin parecer fijarse en la atención que yo dirigía hacia aquella habitación, donde él recelaba la prueba de la presencia de Delfina.

«Sí –pensé para mí–, estoy loco... y voy a demostrárselo inmediatamente.»

Y, no pudiendo esperar más, me dirigí hacia la puerta del salón. De un violento empujón la abrí de par en par. Las ropas de Delfina aún seguían allí.

Me amparé de mi bien de nuevo hallado. Lo apreté posesivamente contra mi pecho. Enterré en él mi rostro y respiré ávidamente Delfina sin preocuparme de Baucaire. Este momento valía por sí mismo todas las horas de alegría de toda mi vida, vivida y por vivir. Era la primera vez que yo abrazaba a Delfina... 

Una vez pasada esta breve exaltación, me fijé cuán fría y seca estaba la tela. Ninguno de los olores que yo esperaba aspirar emanaba de ella. Solamente hallé ese característico olor de moho que los años incrustan en los tejidos abandonados. Asombrado, miré a Baucaire. 

En mi ciega rivalidad creí leer en su expresión una fría amenaza. Entonces, me precipité a la habitación vecina. Estaba vacía. Todas las demás habitaciones me ofrecieron, una por una, la ausencia de Delfina. Cuando volví al salón, Baucaire acababa de doblar las ropas y las ponía cuidadosamente sobre el sillón. Afectó una sorpresa que me pareció sincera.

–Bueno, hijo mío –me dijo con impaciencia–, ¿me quiere explicar lo que le sucede? Fíjese en qué estado se encuentra...

Y entonces, a la fuerza, me hizo situar frente a un espejo. Le dejé que me mostrase a mí mismo, y descubrí hasta qué punto mi enloquecimiento exterior era parecido a aquel que yo sentía interiormente. No me contemplé mucho tiempo en el espejo y le supliqué que me confesara dónde tenía oculta a Delfina.

–¿Delfina? –repitió él con un asombro total.

–Y sobre todo no me diga –le dije, acordándome de su conducta la primera vez que nos encontramos– que no la conoce, pues aquí está su vestido..., su corsé..., su delantal...

Y, como un inspector de policía mostrando las sucesivas pruebas de culpabilidad, se las señalé una por una sin pensar que ella podría haber huido usando el vestido rojo.

–¿Pero es que acaso sabe usted exactamente lo que me está enseñando? –exclamó Baucaire.

A su defensa le faltaba habilidad, y un ligero esbozo de sonrisa acabó por revelarme su culpabilidad. Recibí muy mal aquella actitud y me tuve que sentar en el sillón, apretando contra mi cuerpo los vestidos de Delfina. Viendo esto, Baucaire se enfadó de repente, obligándome a levantarme para coger la ropa con sumo cuidado, lo que testimoniaba una auténtica adoración. 

Me arrancó con tanta delicadeza el único bien que me quedaba de Delfina que no supe disculparme. La dulzura, la ternura diría yo, que puso a continuación en doblar aquellas prendas, acabó por trastornarme del todo. No podía ser más que la actitud de un hombre que gozaba en prolongar los ritos del amor incluso después de la marcha de la mujer.

–Su ciencia –me dijo al fin con ironía– es mucho más sutil que la mía...

Creyendo conocer entonces sus lazos con Delfina, pensé que Baucaire iba a echarme a la calle diciéndome al mismo tiempo una palabra malsonante. Pero no fue aquella su intención...

–...Porque –continuó– usted afirma conocer a la propietaria de estas ropas, mientras que nadie en el mundo, por mucha voluntad que pusiera en ello, podría hacerlo.

Únicamente, a pesar de esta denegación, su mano, acariciando la falda de Delfina, desmentía sus palabras. Asimismo, el hecho de que continuase poseyéndola de esta forma bajo mis propios ojos, hizo que a duras penas pudiese yo contener mis lágrimas. Baucaire se dio cuenta de ello y, compadecido sin duda, se esforzó en consolarme. 

Voluble, muy generoso en los detalles, me explicó que la víspera, cuando unos obreros demolían una habitación de un viejo inmueble de la rue Maubée, habían descubierto una alcoba que se hallaba desde hacía mucho tiempo, quizá un siglo, condenada, emparedada... y habían encontrado aquellas prendas femeninas que yo veía allí, conservadas en perfecto estado gracias al cierre hermético del lugar. 

Baucaire había llegado justo en el momento en que los obreros se disponían a tirar, como si fueran vulgares harapos, aquellos preciosos testimonios del pasado. En una palabra, empleando su habitual talento, quiso hacerme pasar por frías piezas de museo estos humildes testimonios de Delfina. 

Concluyó diciéndome cuán cándido y pretencioso era yo al afirmarle que aquellas ropas pertenecían a una... Delfina. Únicamente un probable ser venido del otro mundo, habiéndose escapado de aquella alcoba cerrada herméticamente, habría podido vestir aquellas ropas. Y como esto, a menos que se soñara, era imposible... luego...

El hecho de que me tratase casi de mentiroso hizo que inmediatamente le afirmara que no solo había visto a Delfina vestida de esta forma, bien viva, sino que además, en varias ocasiones, habíamos paseado juntos, sintiendo cada uno de nosotros una alegría realmente verdadera y compartida. 

Y, para demostrarle mejor aún la existencia de Delfina, le detallé los rasgos de su rostro, los impulsos de su caminar, su fidelidad a un trayecto determinado, lo mismo que las inquietudes que ella siempre demostraba. Pero, pensando que esta revelación podría perjudicarme, no le precisé los lugares donde ella sentía aquellos incomprensibles temores...

Baucaire no trató abiertamente de reírse de mí. Me escuchó, con los párpados entornados, y reconoció que yo ya le había hablado anteriormente de aquella Delfina con cierta convicción. Luego, con una gravedad pontificante, me pidió que le precisara ciertas fases de este extraño fenómeno visual. 

Con toda intención, Baucaire se apoyaba en cada palabra, separándolas, dándoles un sentido que me fue de lo más desagradable. De haber sido médico, habría actuado de la misma forma para establecer su diagnóstico. Dándome cuenta de que estaba en contra de mí, busqué otra defensa mucho más convincente, cuando volví a percibir el olor a moho de aquellas ropas, insidiosamente presentadas por Baucaire, imponiéndose a mi olfato. Me incliné de nuevo sobre las ropas de Delfina y aspiré el polvoriento olor. Pero, en lugar de embriagarme y de reconfortarme, ello trastornó e hizo más confusos mis pensamientos.

Baucaire siguió con sus comentarios. Entonces, como si estuviese bajo los efectos de alguna droga sutil, mi espíritu se dispersó. Me pareció que la voz de Baucaire se alejaba de mí. Pronto se me hizo lejana, pero atrozmente persuasiva. 

Baucaire me decía que volviera a casa, que reposara, que me olvidara de toda aquella historia de Delfina, que yo favorecía demasiado vehemente mis alucinaciones, cuyo efecto a la larga podía ser dañino y llevarme lejos, que muchos cerebros privilegiados, habiéndose arriesgado en aquel juego, habían acabado en la locura total, y oí cómo Baucaire mencionaba el nombre de un poeta que yo veneraba...

Me encontré acostado en mi cama, incapaz del menor movimiento, alma y miembros como apresados por un resistente hilo negro. ¿De qué forma había podido yo regresar a casa? Fui incapaz de acordarme de ello. Me parecía que había cesado momentáneamente de vivir, con mi cuerpo girando durante horas enteras, insensible a una nada vertiginosa.

Entonces me esforcé en acordarme de una mano dulce, la única que podía haberme guiado a través de aquel vacío total. Una débil mano tibia que me hacía falta absolutamente...

Fui aquella clase de enfermo sin mal aparente, postrado en una inquietante languidez cuya causa todos ignoraban. Pero, aunque inmóvil, representaba en crueles pesadillas un papel activo y desesperante que creía realmente vivir.

Llamaba a Delfina, pero ella nunca llegaba a unirse a mí... Trataba de huir de Baucaire, pero él no quería dejarme... Luego los veía a los dos juntos, cogiéndose por el brazo o por el talle, riéndose de la comedia que hacían: ella, ocultándose de mí, y él, pretendiendo que ella no existía...

En ciertos momentos unos obreros entraban en mi habitación ruidosamente. A golpe de maza derribaban las paredes y descubrían secretas alcobas que desconocía. Yo los alentaba, pues sabía que en una de ellas se ocultaba Delfina, momificada por ellos, viva aún para mí. Derribaban alcoba tras alcoba, penetraban tan al fondo de la casa que oía sus ruidos multiplicarse como bajo la bóveda de un túnel infinito. Y aquellos sonidos no eran otra cosa que las sordas palpitaciones de mi corazón...

Me agoté en vano, volvía una y otra vez a caer sobre mi cama, donde me contraía sobre mi cuerpo. Olía su olor muerto. Reagrupé tenazmente mis fuerzas; conseguí levantar mis párpados... Pero siempre era para volver a ver a Baucaire enseñándome sus vestidos vacíos, emanando el aliento mohoso de los años. Baucaire se convertía en esfinge de mármol; incapaz de la menor palabra de aliento, precisamente él que me había irónicamente planteado el enigma de Delfina...

Cuando pensaba que ya no volvería a escucharla, me llegaba el dulce murmullo de unos ligeros pies desnudos caminando. Era ella... Veía revolotear su falda, ligera. Su corsé se hinchaba. Pero no tenía ni brazos ni piernas ni cabeza... Era una Delfina vacía que Baucaire, sarcástico, agitaba delante de mi mirada desencantada... 

Traté rápidamente de taparme los oídos con el fin de que su risa torturante, que yo presentía cercana, no me llegase. Pero ya estaba dentro de mi cabeza y allí explotaba con tanta más fuerza que, para impedir que huyera, cerré la boca para que nadie creyera que era mía.

O bien, Delfina se ponía de pie delante de mí, tendiéndome sus brazos. No era posible cualquier duda, era realmente ella, más bonita que nunca, plena de vida, ardiente, deseable... Me levanté de prisa y, en el momento en que iba a alcanzarla, Baucaire, disfrazado de Arlequín, me rechazaba para demostrarme que solo era un frágil maniquí de cartón pintado, vulnerable al menor choque. 

Y luego me recordaba que estábamos en la época del Carnaval... Que había que festejarlo dignamente porque, sin mascarada, la vida no era posible. Me aplicaba a la fuerza sobre el rostro una máscara tan grotesca que la pobre Delfina de cartón huía inmediatamente, asustada...

Luego yo era aquel dichoso prometido impaciente, esperando a Delfina al pie del altar de la iglesia de Saint-Merri. Como tardaba en llegar, salía a la calle para ver si la divisaba. Entonces veía una multitud de gentes. Me acercaba a ver qué era aquello y sorprendía a Baucaire esforzándose en vender en subasta pública, a mis hilarantes invitados, el vestido de Delfina. 

Yo me indignaba, y mis amigos, enfadados, me abandonaban, dejándome solo con Baucaire, el cual decía al sacerdote que su presencia se debía a que yo había cambiado de opinión y ya no me casaba: ya no quería desposarme con Delfina, ya no la amaba... En tono protector, me consolaba dándome grandes golpes en la espalda. La sangre me subía a la cabeza, y lloraba yo sangre...

Sin cesar, él se marchaba golpeando la puerta. Pero yo sabía que no había abandonado la cabecera de mi cama y que, siempre allí, se reía de mi calvario...

Pasé una semana con esta locura interior que me pareció durar una noche pero que, para mis afligidos parientes, pareció un año entero. Luego todo se calló en mí. Volviendo a la realidad, la hallé peor aún, pues estaba vacía de Delfina...

¡Delfina, tan dulce, tan incapaz de la menor maldad, me había hecho conocer sin quererlo todas las penas humanas!

No pudiendo soportar esta desgarrante soledad, volví a casa de Baucaire y, a pesar del riesgo de nuevas explicaciones capaces de aumentar más aún mi desesperación, me alegré de verlo. Al igual que el insecto sin defensa acude a la llama de la que debería huir pero que le fascina irresistiblemente, los trastornadores propósitos de aquel hombre me cegaban y me atraían al brasero de un vivo tormento.

Me recibió con diligencia y, con una sonrisa, me hizo pasar a su despacho. Una vez allí, me indicó un sillón. Adivinando en él la tenacidad de un verdugo seguro de su papel, tomé asiento dócilmente como si lo hiciera en una silla de tortura. Baucaire se sentó enfrente de mí, detrás de su mesa de trabajo y me dijo con una voz pausada de misterio: «He trabajado para usted...» Pero yo entendí: «...contra usted». 

Y, mostrándome unos papeles amontonados al alcance de su mano, añadió como si estuviera presentándome a alguien: «Delfina...» Su énfasis tenía una seguridad de procurador poseedor de una requisitoria inobjetable. No me había equivocado: Baucaire empezaba ya a cortarme en carne viva. Me fue tan insoportable que, bajando la cabeza como bajo el tormento de un dolor, me creí aún sometido a los efectos de mi anterior pesadilla.

Me dijo que mi caso era mucho más apasionante de lo que había pensado al principio. La sinceridad de mi comportamiento, y los detalles que yo había dado, concordaban con indiscutibles documentos: coincidencias y fechas, todo se compaginaba perfectamente. 

Empecé a parlotear, apoyado en una sólida erudición. Lo escuché, debilitado por un amor lentamente dispersado por dudas nocivas que, avanzando dentro de mí, habían llegado a hacerme dudar entre rechazar o admitir sus afirmaciones. 

Baucaire se sentía tan a gusto en su papel de hombre competente que no pensó ni por un instante que enfrente de él temblaba una esperanza que otras palabras habrían podido, sin grandes concesiones, salvar de una vez por todas... Evocó las extraordinarias posibilidades de la clarividencia. 

Aquellas características insospechadas que activan de repente la extrasensibilidad de la materia y permiten asombrosas percepciones visuales capaces de traspasar murallas y siglos... Y luego me describió el itinerario de Delfina con tal precisión que solo los dones que acababa de evocar podían habérselo dado a conocer a distancia... a menos que la hubiera seguido.

Baucaire me precisó los lugares, me indicó la duración y la importancia de los obstáculos que ella solo veía, deteniéndola primeramente a treinta metros de la rue de Maubée... luego diez metros después... y, sucesivamente, otras tres veces antes de llegar a la rue du Cloître-Saint-Merri... después en el ángulo norte de la iglesia... Después, Delfina se alejaba de las fachadas actuales de la rue Saint-Martin... En ese lugar ella aligeraba el paso... En otro sitio, por el contrario, lo disminuía...

Estupefacto, me creí de repente en presencia de un mago quitándose al fin la máscara.

Continuando sin la menor equivocación, llegó al quai de Gesvres y, con algunas palabras más violentas, me dijo el curso súbito que hacía Delfina hasta llegar al centro del pont Notre-Dame.

–De modo que –afirmó Baucaire– ella se detenía ocho veces antes de alcanzar el Sena... ¿Tengo razón?

Asentí con un apenas perceptible movimiento de cabeza. Aquella cifra era exacta.

–Créame –continuó Baucaire–, le hacía falta cierto valor para alcanzar el centro del puente. La más mínima duda y habría sido fatal para ella... Pero, tranquilícese, usted personalmente no tenía nada que temer...

Al oír aquellas palabras me levanté súbitamente y le supliqué que me dijera qué peligros amenazaban a Delfina en aquel lugar. Se lo imploré, dispuesto a creer cualquier mentira. Cogiendo un espeso papel amarillento, envuelto en tela y enrollado, lo extendió ante mis ojos con verdadero deleite. Era un viejo plano de París.

Entonces leí las fechas: 27, 28 y 29 de julio... Revolución... Vi aquellas calles cortadas por numerosas barricadas: adoquines y carretas obstruyendo las arterias parisienses afectas de una violenta crisis de euforia revolucionaria, generalizada hasta lo increíble... Baucaire deslizó lentamente su dedo sobre la rue Saint-Martin y señaló una por una las ocho barricadas que la obstruían, lo que explicaba la marcha temerosa de Delfina. 

Luego me indicó las cruces rojas, las cuales simbolizaban las algaradas de los ciudadanos armados amenazando la calzada entre estos obstáculos que la fraccionaban en múltiples pequeñas revoluciones locales. Y el dedo llegó al pont Notre-Dame, defendido por un cañón realista que, situado a la entrada de la rue Saint-Martin, en poder de los insurrectos, había lanzado su metralla de muerte y cuyo soplo, sobre el plano, estaba marcado con una larga raya de lápiz púrpura... Triunfador sin modestia, Baucaire marcó un silencio para dejar caminar entre nosotros el galope de aquella mortandad... Por un instante me pareció oír el galopar de la Muerte.

–Esta pieza de artillería –continuó Baucaire– disparaba contra todo lo que se movía, y sus servidores no querían en modo alguno a las jóvenes ciudadanas que lograban distraer su atención y alcanzaban el centro del puente, donde, al abrigo de la inmensa pompa entonces construida y adosada a él, se ocultaban unos ciudadanos que los amenazaban por la retaguardia... En fin, y para nuestro agrado y la lógica de vuestra historia de amor, pongamos que en aquella época su heroína ha sido a menudo olvidada por su destino o, si lo prefiere, abandonada entre la vida y la muerte. Todo es posible dentro de lo imposible y nuestra imaginación está aquí para facilitar la credibilidad de todas las fantasías que podrían venirnos a la mente. Añadamos solamente, puesto que aquí tenemos las pruebas, que esta Delfina ha conseguido siempre pasar desapercibida en todos sus recorridos, salvando la vida gracias a sus vestidos de aspecto sombrío...

Y bruscamente, Baucaire me tendió un grabado de la época.

–Y ahora –me dijo–, puesto que usted es el único que la ha visto, quizá podría decirme si la reconoce...

No pude contener una violenta exclamación. ¡Eran las formas, la silueta de Delfina! Como estaba dibujada de espalda, no pude ver su rostro, pero lo recreé en un instante.

–Hace algunos años –continuó Baucaire, persuasivo– usted vio la reproducción de este grabado en un libro de Historia, lo mismo que la de este plano asombroso. Tanto la una como la otra os impresionaron, y luego se olvidó de ellas. Pero aquellas imágenes permanecieron en su inconsciente. Un cambio de situación y de ambiente las ha reanimado, proyectándolas desde su espíritu a la vida corriente, haciéndole un incauto de sí mismo...

Trastornado, ya no le escuchaba. Veía netamente a Delfina perseguida por los sublevados. Su noche estriada por unas balas ariscas que buscaban su presa. Comprendí al fin sus temores ante aquella despiadada matanza, y comprendí que, de nosotros dos, el solitario era yo... 

Volví a pensar en las palabras de Baucaire: «Ella solo salvó su vida gracias a estos vestidos sombríos...» Entonces, violentamente, carne de mi carne, raíz en mí, sentí a Delfina dentro de mí como jamás la sintiera. Ella continuaba viviendo y aquel Satán de Baucaire había estado a punto de que yo la abandonara justo en el momento en que mi traidor regalo la hacía peligrar haciéndola vulnerable a otros peligros mucho más reales que aquellos que él acababa de sugerirme. Conseguí deshacerme de la nociva hipnosis en la que Baucaire se deleitaba encerrándome y salí corriendo para ir a salvar a la pobre Delfina en peligro.

Yo sabía que no había soñado a Delfina; no se recibe un amor tan grande de la nada... La nada no puede dar más que nada, y, además, la forma aguda que adoptaba repentinamente mi tormento me confirmaba su real existencia. En cuanto al peligro que ella corría, mi angustia me lo sugería cercano y actuante. 

Volví a subir a disgusto, llegando hasta la rue Maubée. La noche se ajustaba a su caos de piedras hundidas. Con el corazón oprimido, recorrí los restos de aquella calle, pero comprendí amargamente que Delfina no volvería nunca más a aquel lugar... que yo debía buscarla en otro sitio.

Me aparté de aquella desolación en que se había convertido la rue Maubée, en otros tiempos abra de Delfina, y descendí por la rue Saint-Martin escrutando al pasar los menores recovecos. La noche se endurecía a medida que yo avanzaba. Me tropezaba con ella sin comprender que ya la impotencia me frenaba de ese modo. 

Tenso, me estremecí sin cesar ante la imprecisa pero tenaz llamada de Delfina, y, al mismo tiempo, me hallaba acribillado hasta en mi alma por las disimuladas amenazas que corrían, paralelas a mi búsqueda, e iban, ellas también, a su encuentro. Busqué en vano el fanal de seda que la dirigía hacia un destino que yo sentía implacable, y yo quería sacrificarme para salvar a Delfina, con el fin de que ella pudiera vivir en este mundo las dulzuras de la inocencia. 

Pero, pensando en la idea de que mi muerte, ofrecida por su vida, la haría para siempre desgraciada, unas lágrimas acudieron a mis ojos que solo calmó el pensamiento de que nosotros podríamos quizá tener la suerte de morir juntos.

Cada vez más angustiado, atravesé varias veces el pont Notre-Dame, vacío. Subí hasta el estrechamiento de la vieja rue Saint-Martin, también vacía. Y, como la ciudad permanecía silenciosa, padecí todas las torturas de la desesperación.

De repente, la apercibí...

...Distinguí allí a Delfina, dirigiéndose hacia el Sena, que acababa yo de abandonar... Ella salía de la oscuridad que servía de fachada a la plaza de Saint-Jacques. Era ella, no tenía la menor duda... La reconocí en primer lugar por aquel color vivo que yo había deseado imprudentemente para ella, y que se había convertido en la única tonalidad que mi mirada era capaz de detectar; y, además, por el grito que surgió de mi boca y que se perdió en la noche hostil.

Me lancé rápidamente hacia ella, pero, a pesar de mi certeza de poder al fin unirme a su persona, mi alegría fue incapaz de centellear y tuve la atroz impresión de no entrever más que lo inaccesible... No me engañaba. Pronto, en lugar de hacerme avanzar, mis esfuerzos me detuvieron. Martirizado, impotente, vi a Delfina acercarse al muelle. Corrió hacia el centro del puente donde por primera vez habíamos dejado agitarse juntas y por ellas mismas las chispas de nuestro amor. 

Aligeré mi paso, pero ella se resistía... Delfina era visible, hasta el extremo que solo se veía a ella, confiada en aquella noche que ya no la protegía más. Forcé mis piernas a detenerse, pero estas se oponían. Allá, Delfina era el blanco de todas las amenazas... Corrí inmediatamente hacia ella sin poder alcanzarla con el fin de poner mi cuerpo ante el suyo y protegerla eficazmente. 

Con todas mis fuerzas, le grité que huyera rápidamente de aquel lugar que yo sabía nefasto para ella. Grité más aún, como si pudiera realmente oírme mejor, y la sentía tan presente, pensando por su parte intensamente en mí, que creía alcanzarla con mis inútiles llamadas, multiplicadas a riesgo de alertar y de provocar la fatalidad. Ni siquiera me di cuenta de que entre nosotros existía su infranqueable silencio.

¿Me oía ella? Deteniéndose a la entrada del puente, se volvió en mi dirección y se inmovilizó, espantosamente vulnerable... En una fría y agresiva pesadilla, me pareció que mis pies y mis piernas penetraban en una capa de barro que, cómplice del destino de Delfina, se espesaba, reteniéndome allí como a designio, lejos de ella... Lloré sobre unas palabras de amor que yo murmuraba con tanto ardor que tuve la sensación de que ella me las cogía tiernamente, una a una, en sus labios...

Fui sacado de mi desesperación por unos repentinos ruidos de motor. No lejos de Delfina dos vehículos se cruzaron. Hubo algo así como unas salvas... Fui alcanzado inmediatamente en pleno pecho, y aquella raíz viva de carne que yo sabía que era la de Delfina, se enganchó más violentamente en mí, como si la forzaran a abandonarme y ella se negase. Luego me fue arrancada... lentamente arrancada... En su lugar se hizo un vacío que se llenó de sombríos dolores. Anonadado, me hundí en el barro que me retenía en aquel sitio. No había ningún barro...

Cuando, algunos instantes después, me levanté, el silencio estaba de nuevo allí, Delfina, aquella mancha en el suelo...

Al verla así, quedé libre del barro. Reemprendí mi camino. Llegado al puente, tropecé con unos hombres ajenos a nuestro drama. Inflexibles, no quisieron dejarme que me acercara a Delfina, inanimada y tan cercana.

Le pegué a uno de ellos. Me sujetaron y, a pesar del desorden en el que se encontraba mi mente, pude enterarme de que una joven transeúnte acababa de ser matada por una bala perdida.

Pusieron sobre unas angarillas aquel débil y joven cuerpo de mujer, envuelto en mi vestido rojo. Con las sacudidas que le daban mientras la transportaban, sus pies desnudos se balanceaban...

Un excelente comienzo - Mercedes Abad

El azar es uno de los más poderosos agentes con que cuenta el desorden para mantenerse en el candelero, por mucho que algunas almas románticas se obstinen en ver en ciertas cadenas particularmente perversas de coincidencias la señal de un orden, de un destino, de un principio rector. 

En cuanto a mí, debo confesar que el azar me ha brindado siempre mis mejores respuestas y las más ingeniosas salidas a situaciones de crisis que no tenían escapatoria. Sin el azar, por ejemplo, mi sempiterna torpeza me habría constreñido sin duda alguna a estropear mi primera cita con Raymond Star.

De Raymond Star yo sabía que le gustaban las mujeres decididas y fuertes, capaces de no arredrarse ante la adversidad y de emprenderla a dentelladas con la vida a fin de conseguir sus propósitos. 

También me habían contado que, como gran gourmet que era, establecía una sólida relación entre aquello que comemos y los aspectos más profundos de nuestra personalidad, y que su perspicacia a este respecto podía ser abrumadora. 

Por último, sabía que desde que lo había conocido mis neuronas se negaban a trabajar en cuestiones que no guardasen una estrecha relación con el extraordinario atractivo de Raymond Star.

Sobre mí misma sé bastantes más cosas que sobre Raymond Star, hecho que, lejos de reconfortarme, apunta casi siempre a una premonición bastante fiable de desastre. Sé, por ejemplo, que de vez en cuando puedo parecer decidida y fuerte y que incluso soy capaz de serlo un par de veces al año, en momentos culminantes a los que, por su extrema rareza, tengo en gran aprecio. 

Ahora bien, ignoro por completo cuáles son las circunstancias externas que propician en mí tales arrebatos de fortaleza y determinación —si es que hay circunstancias externas que los propicien, como el paso de algún cometa por la órbita de la Tierra, alguna inusual configuración de los astros en ese momento o cualquier fenómeno atmosférico perturbador—, y por lo tanto, provocarlos de forma deliberada es algo que escapa por completo a mis facultades.

Sea como fuere, Raymond Star me había invitado a comer en un restaurante que él mismo había elegido. El lugar era una antigua mansión señorial situada en el campo, aunque no muy lejos de la costa, donde Raymond me había dicho que podían comerse deliciosos platos de marisco y pescado. 

Sin embargo, cuando llegamos al caserón, rodeado de un frondoso bosque con letreros que revelaban la existencia de un coto privado de caza, lo primero que vi fue un corral donde se criaban espléndidos ejemplares de faisanes, ocas, pulardas y pintadas. Un letrero que, junto a la puerta de entrada, glosaba las especialidades de la casa (carne de caza y aves) acabó de sembrar en mí la confusión. 

Huelga decir que, con ánimo de mostrarme como una mujer desenvuelta y difícil de desconcertar, oculté como pude mi perplejidad. Estaba dispuesta a todo con tal de parecerme como una gota de agua a la mujer ideal de Raymond Star, aunque, como ya he dicho, mi perfil no encajaba del todo con las informaciones que mi prójimo me había suministrado, hecho que hacía indispensable darle unos cuantos retoques al material de base.

Tras deshacerme en elogios acerca del encanto del lugar elegido por Raymond para nuestra primera cita, pasamos a la mesa donde segundos después un camarero ceremonioso me enfrentó a una carta terrible. ¡Qué carta, Dios mío! Había por lo menos veinte entrantes y una larguísima lista de platos de resistencia donde los pescados y los mariscos competían en pie de igualdad con las carnes de ave y de caza. 

Bajo el influjo de mi absoluta desesperación, mis ojos erraban a trompicones por aquella inextricable maraña de platos sin saber a qué aferrarse ni a qué patrón de los indecisos encomendarse. Imaginé el tropel de cosas horrendas acerca de mi psique profunda que Raymond podía deducir si yo hacía una elección poco acertada y noté cómo el corazón se me encabritaba con estruendo. Hacía años que no me sentía tan incómoda, torpe e indecisa.

Para empeorar mi ya dramático forcejeo con la carta, Raymond me preguntó de pronto: «¿Te gusta la carne?». Acompañó su pregunta con una mirada intensa y llena de significado, la clase de mirada que, desde hacía años, yo solo había visto en versión celuloide. Tal vez no fuera una mirada significativa. Es incluso probable que no lo fuera. Pero en aquellos momentos mi percepción de la realidad estaba tan alterada que me pareció una mirada llena de significado. 

Mantuve mis ojos fijos en los suyos mientras hacía un vano intento de recomponerme interiormente y de no dejar traslucir el espléndido caos que alborotaba mis células. Me pregunté también si Raymond no sería uno de esos vegetarianos fundamentalistas, aunque, lamentablemente, el tono con que había hablado no permitía deducciones en un sentido u otro. 

A mí me encanta la carne, pero abandonaría sin vacilar un instante mis relaciones con el cerdo, el cordero, el buey, la ternera y las aves por un hombre como Raymond Star. Su mirada seguía pareciéndome pavorosamente significativa, pero que me aspen si sabía de qué.

Fue entonces cuando el azar, agente ciego y sordo (aunque a veces parezca gozar de una vista y un oído muy finos), tomó el mando de la situación. El suelo empezó a moverse bajo nuestros pies y la mesa se tambaleó visiblemente, así como los restantes muebles de la sala. Había una especie de rugido de fondo al que muy pronto se sumó el tintineo de vasos y copas, el estallido de unos cuantos jarrones de cristal al estrellarse contra el suelo, el ruido de platos rotos y los gritos de desconcierto y pánico. Supongo que no fue un terremoto de los que marcan altas cotas en la escala de Richter. 

Desde luego, no fue ni la mitad de intenso que el tumulto que había rugido en mi interior apenas unos segundos antes, de forma que yo me sentía casi cómoda en medio de aquel alboroto; como mínimo, tenía tiempo para pensar una respuesta adecuada a la pregunta de Raymond Star.

Sin embargo, el seísmo causó una gran conmoción en aquel apacible restaurante rural aun después de cesar por completo. Por lo pronto, el comedor quedó súbitamente invadido por un puñado de aves que se las habían ingeniado para huir del corral y que corrían enloquecidas en todas las direcciones, golpeándose con los muebles, embistiendo a los comensales y cubriéndolo todo de plumas. 

De pronto, Raymond exhaló un alarido; vi que una oca le estaba dando violentos picotazos en la pierna. Raymond debió de darle un manotazo en defensa propia; no puedo decir con absoluta precisión lo que ocurrió; en cualquier caso, dos segundos después la oca se abalanzó sobre mí con malas intenciones. 

En un movimiento puramente instintivo, adelanté la mano derecha, que acertó a rodear el cuello del infeliz animal. En cuanto me percaté de ello, aumenté la presión de mis dedos sobre el pescuezo del bicho. Era obvio que la oca se ahogaba. Apreté aún más y me levanté, oca en ristre, para que Raymond no se perdiera un solo detalle de tan heroica gesta, rezando al mismo tiempo para mis adentros por que no fuera miembro de alguna sociedad protectora de animales. 

Y mientras sostenía el bicho en lo alto, consciente de que aunque viviera cien años no volvería a ofrecer jamás tal imagen de fortaleza y decisión, le dirigí a Raymond Star una mirada significativa que duró tanto tiempo como tardó la oca en morirse. Cuando el animal pasó a mejor vida, deposité su cuerpo en el plato de Raymond al tiempo que le decía, resuelto al fin el dilema:

—Comeremos oca. Espero que no tengas nada contra estos bichos una vez muertos y convertidos en confit.

Raymond Star asintió, todavía sin aliento, con la sorpresa y la admiración significativamente reflejadas en sus hermosos ojos y la imagen de una diosa cazadora impresa de forma indeleble en su retina, en su memoria y probablemente también en su código genético. Por indecisa, torpe y débil que me mostrara en lo sucesivo, acababa de acumular un crédito considerable para afrontar el futuro con cierta dosis de razonable confianza.


Polaris - H. P. Lovecraft

A través de la ventana norte de mi estancia, la estrella Polar refulge con luz extraordinaria. En las espantosas horas de negrura brilla en ese lugar. Y durante el otoño, cuando los vientos del norte maldicen y gimotean, y los árboles tornados en rojo del pantano se susurran cosas entre sí, en las tempranas horas de madrugada bajo la luna menguante y cornuda, me siento en el alféizar y observo a esa estrella. 

Justo debajo titila la brillante Casiopea con el pasar de las horas, mientras el Carro se alza con pesadez entre los árboles envueltos en brumas del pantano, que el viento nocturno hace balancear. 

Justo antes del alba, Arturo parpadea rubicunda sobre el cementerio del altozano y la Cabellera de Berenice reluce furiosa a lo lejos, sobre el misterioso oriente; pero aún la estrella Polar continúa en el mismo sitio de la negra bóveda, parpadeando odiosa como un malsano ojo vigilante que pugnara por transmitir algún extraño mensaje, aunque sin recordar nada excepto que tenía un mensaje que transmitir. A veces, cuando está nublado, puedo dormir.

Recuerdo a la perfección la noche de la gran Aurora, cuando sobre el pantano bailaban los alucinantes reflejos de luz demoníaca. Tras los destellos llegaron las nubes, y entonces pude conciliar el sueño.

Y fue bajo una luna cornuda y menguante cuando divisé por primera vez la ciudad. Se hallaba silenciosa y somnolienta, en una extraña meseta de un collado entre dos extraños picos. De espantable mármol eran sus muros y torres, sus columnas, cúpulas y pavimentos. 

En las calles marmóreas se alzaban columnas de mármol con los remates tallados en imágenes de solemnes hombres barbados. La atmósfera resultaba cálida y calmosa. Y arriba, apenas a diez grados del cenit, resplandecía la vigilante estrella Polar. Contemplé durante largo rato la ciudad, pero el día no llegaba. 

Cuando el rojizo Aldebarán, que fulguraba a baja altura sin llegar a ponerse jamás, se había arrastrado una cuarta parte del camino en torno al horizonte, atisbé luz y movimiento en las calles y las casas. Gentes de vestiduras extrañas, nobles y familiares a un tiempo, salían a las calles y bajo la luna cornuda y menguante los hombres hablaban con sensatez en una lengua que me resultaba familiar, aun cuando era diferente a cualquier idioma que hubiera conocido antes. Y cuando el rojo Aldebarán se hubo deslizado más de la mitad del camino alrededor del horizonte, retornaron la oscuridad y el silencio.

Al despertar, ya no fui el mismo. En mi memoria se había grabado la visión de la ciudad y en mi espíritu se alzaba otra reminiscencia, aún más vaga, de cuya naturaleza entonces no me hallaba muy seguro. En adelante, durante las noches nubladas en las que podía dormir, atisbé con frecuencia la ciudad; a veces bajo esa luna cornuda y menguante, y en ocasiones bajo los rayos amarillos de un sol que no se ponía pero que rotaba lentamente alrededor del horizonte. Y en las noches despejadas la estrella Polar acechaba como no lo hiciera nunca antes.

De forma gradual, comencé a preguntarme cuál sería mi sitio en esa ciudad de la extraña meseta entre extraños picos. Alegre al principio de contemplar la escena como observador incorpóreo y omnipresente, comencé luego a ansiar el definir mi relación con ella, y medir mis talentos entre los graves personajes que platicaban a diario en la plaza pública. Me decía: «Esto no es un sueño, ¿por qué medio podré probar su superior realidad sobre esta otra de la casa de piedra y ladrillo al sur del siniestro pantano y el cementerio del altozano, donde la estrella Polar escudriña a través de mi ventana norte cada noche?».

Una noche, mientras escuchaba la discusión en la gran plaza de múltiples estatuas, percibí un cambio y noté que tenía al fin forma corpórea. Pero yo no era forastero en las calles de Olathoé, que se alza en la meseta de Sarkis, entre los picos Noton y Kadiphonek. Era mi amigo Alos quien hablaba, y su alocución era agradable a mi espíritu, pues se trataba del discurso de un hombre cabal y un patriota. 

Esa noche habían llegado nuevas sobre la caída de Daiko y sobre el avance de los Inutos; demonios amarillos, achaparrados, infernales, que cinco años atrás llegaran del oeste ignoto para devastar los confines de nuestro reino, y que acabaron sitiando nuestras ciudades. 

Habiéndose apoderado de las fortalezas al pie de las montañas, ahora gozaban de paso franco a la meseta, a no ser que cada ciudadano pudiera hacerles frente con la fuerza de diez hombres. Ya que las rechonchas criaturas eran duchas en las artes guerreras y carecían del escrupuloso honor que disuadía a nuestros hombres altos y de ojos grises de Lomar de lanzarse a una conquista despiadada.

Mi amigo Alos era el jefe de todas las fuerzas de la meseta, y en sus manos estaba la última esperanza de nuestra patria. En esta ocasión hablaba de los peligros que habría que afrontar, y exhortaba a los hombres de Olathoé, los más bravos de entre los lomarios, a mantener las tradiciones de sus antepasados, quienes al verse obligados a emigrar al sur de Zobna ante el avance de los hielos (tal como nuestros descendientes habrán algún día de huir de la tierra de Lomar) arrojaron valerosa y victoriosamente ante sí a los peludos y brazilargos caníbales Gnophekehs que se interponían en su camino. 

A mí, Alos me había denegado el alistamiento, ya que era enfermizo y propenso a una extraña debilidad ante cualquier tensión y esfuerzo. Pero mis ojos eran los más agudos de la ciudad a pesar de las horas que cada día empleaba en el estudio de los manuscritos Pnakoticos y la sabiduría de los Padres Zobnarianos; por lo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacción, me otorgó el empeño que resultaba el penúltimo en importancia. Me envió a la torre de vigilancia de Thapnen, donde serviría con los ojos a nuestro ejército. De intentar los inutos conquistar la ciudadela a través del pico Noton, sorprendiendo así a la guarnición, debía encender el fuego que pondría sobre aviso a los soldados de guardia, salvando así a la ciudad de un inmediato desastre.

A solas ascendí la torre, ya que hasta el último hombre era necesario en los desfiladeros de abajo. Mi cerebro se veía dolorosamente ofuscado por la excitación y la fatiga, ya que no había dormido en muchos días; aunque mi propósito se mantenía firme, porque amaba a mi tierra natal de Lomar, así como a la ciudad de mármol de Olathoé, ubicada entre los picos Noton y Kadiphonek.

Pero mientras estaba en la estancia superior de la torre, observé a la cornuda luna menguante, roja y siniestra, estremeciéndose entre los vapores que pendían sobre el lejano valle de Banof. Y, a través de una abertura en el techo, resplandecía la pálida estrella Polar, agitándose como si estuviera viva, espiándome como un demonio tentador. Creo que su espíritu me susurraba malvados consejos, arrastrándome a una traidora somnolencia con una promesa condenadamente rítmica que se repetía una y otra vez.

 «Duerme, vigía, hasta que las esferas

Veintiséis mil años

Hayan girado, y yo tornado

Al sitio donde ahora fulguro.

Otras estrellas en su momento se alzarán

En el eje de los cielos;

Astros que alivien y astros que bendigan

Con dulce olvido:

Tan solo al final de mi giro

El pasado vendrá a tocar a tu puerta».

 

Me debatí en vano contra el sopor, tratando de interconectar esas extrañas palabras con alguna de las tradiciones celestes conocidas en los manuscritos Pnakóticos. La cabeza, pesada y vacilante, se me venció sobre el pecho y, al mirar de nuevo, lo hice entre sueños; con la estrella Polar burlándose de mí a través de una ventana, sobre los árboles horriblemente oscilantes de un onírico pantano. Y aún sueño.

En mi vergüenza y desesperación a veces grito frenéticamente, implorando a las criaturas de ensueño que me rodean que me despierten, no sea que los inutos se escabullan por el desfiladero al pie del pico Noton y se apoderen por sorpresa de la ciudadela; pero tales criaturas son demonios, ya que se ríen de mí y me dicen que estoy soñando. Se mofan mientras duermo, y los achaparrados enemigos amarillos pueden estar mientras deslizándose en silencio hacia nosotros. 

He fallado en mi deber y traicionado a la marmórea ciudad de Olathoé; he fallado a Alos, mi amigo y comandante. Pero todavía esas sombras del sueño me escarnecen. Dicen que no existe tierra de Lomar, salvo en mi imaginación, que en aquellas tierras donde la estrella Polar brilla alta y el rojo Aldebarán repta a ras de horizonte no existe sino hielo y nieve desde hace milenios, y que ningún hombre mora allí excepto achaparradas criaturas amarillas consumidas por el frío que se hacen llamar «esquimales».

Y mientras escribo en mi culpable agonía, frenético por salvar la ciudad cuyo peligro crece a cada momento, tratando de espantar en vano ese antinatural sueño de una casa de piedra y ladrillo al sur de un siniestro pantano y un cementerio en un bajo altozano, la estrella Polar, maligna y monstruosa, me acecha desde la negra bóveda; parpadeando odiosa como un malsano ojo vigilante que pugnara por transmitirme algún extraño mensaje, aunque sin recordar nada excepto que tenía un mensaje que transmitir.


Gil Braltar - Julio Verne


CAPÍTULO I

Estaban allí reunidos lo menos de setecientos a ochocientos. De mediano estatura; pero robustos, ágiles, cabellos, hechos para los saltos prodigiosos, Iban de acá para  allá, a los últimos resplandores del sol, que se ocultaba al otro lado de las montañas escalonadas hacia el Oeste de la rada. 

El disco rojizo desapareció bien pronto, y la obscuridad comenzó a extenderse en medio de toda aquella cuenca encajonada entre las lejanas sierras de Sonorra, de Ronda y del país desolado del Cuervo.

De repente, la tropa se inmovilizó. Su jefe acababa de aparecer, montado en la misma cresta de la montaña, como sobre el torno de un asno flaco. Desde el puesto de soldados, que estaba como colgado en lo más extremo de la cima de la enorme roca, no se podía ver nada de lo que pasaba bajo los árboles.

—¡Uiss, uiss! —silbó el jefe, cuyos labios, recogidos como un culo de pollo, dieron a este silbido una intensidad extraordinaria.
—¡Uiss, uiss! —repitió aquella extraña tropa, formando un conjunto completo.

Un ser singular era este jefe de alta estatura, vestido con una piel de mono con el pelo al exterior, la cabeza rodeada de una inculta y espesa cabellera, la faz erizada de una barba corta, los pies descalzos, duros en las plantas como cascos de caballos.

Levantó el brazo derecho, y le extendió hacia la parte inferior de la montaña. En el mismo instante, todos repitieron aquella actitud con una precisión militar, mejor dicho, mecánica, como verdaderos muñecos movidos por el mismo resorte. El jefe
bajó su brazo, y todos bajaron el suyo. Se encorvó hacia el suelo, y todos se inclinaron en la misma actitud. Empuñó un sólido palo, que blandió en el aire, y todos blandieron sus bastones, haciendo el mismo molinete; el mismo molinete que
los jugadores del palo llaman la «rosa cubierta».

Después, el jefe se volvió y se escurrió sobre la hierba, subiendo por entre los árboles. La tropa la siguió, haciendo los mismos movimientos. En menos de diez minutos los senderos del monte, descarnados por la lluvia, fueron recorridos, sin que el choque de una roca ni de un guijarro hubiese detenido aquella masa en marcha.

Un cuarto de hora después, el jefe se detuvo, y todos se detuvieron, como si algo los hubieran clavado en el sitio.
A doscientos metros por bajo, aparecía la ciudad, tendida a lo largo de la sombría rada. 

Numerosas luces iluminaban el grupo confuso de edificios, de casas, de quintas, de cuarteles. Al otro lado, los fanales de los navíos de guerra, los fuegos de los buques de comercio y de los pontones anclados en la rada, reverberaban sobre la superficie de las tranquilas aguas. Más lejos, a la extremidad de la Punta de Europa, el faro proyectaba su hay de rayos luminosos sobre el estrecho.

En aquel momento se oyó un cañonazo; el Birstgun fire, disparado desde una de las baterías rasantes. Entonces, los redobles del tambor, acompañados del agudo chillido del pito, se dejaron oír.

Era la hora de la retreta, la hora da que cada cual entrara en su casa. Ningún extranjero tenía ya derecho para transitar por la ciudad, sin ir escoltado por un oficial de la guarnición a los marineros se les dio orden de volver a bordo antes de que las
puertas de la ciudad estuviesen cerradas. De cuarto en cuarto de hora, circulaban patrullas, que conducían al puesto de vigilancia a los retrasados y a los borrachos.
Después, todo quedó en silencio.

El general Mac Kackmale podía dormir a pierna suelta.
No parecía que Inglaterra tuviese nada que temer aquella noche por la seguridad de su roca de Gibraltar.

 

CAPÍTULO II


Ya se sabe lo que es esta roca formidable, de ochenta y cinco metros de altura, que descansa sobre una base de mil doscientos cuarenta y cinco de ancha, y de cuatro mil trescientos de larga. 

Tiene alguna semejanza con un inmenso león acotado, con la
cabeza del lado de España y la cola hundiéndose en el mar. Su faz descarnada deja ver los dientes —setecientos cañones que enseñan sus bocas a través de las troneras— la dentadura de la vieja, como la llaman vulgarmente. Pero es una vieja, que
mordería con fuerza si se la molestara.

Inglaterra está situada sólidamente en aquel punto, como lo está en Perin, en Aden, en Malta, en Poulo-Pinang y en Hongkong, en otras tantas rocas, con las cuales algún día, con los progresos de la mecánica, formará fortalezas giratorias.

Entretanto, Gibraltar asegura al Reino Unido una dominación Indiscutible sobre los diez y ocho kilómetros de aquel estrecho, que la maza de Hércules ha abierto entre Ávila y Calpe, en lo más profundo de las aguas mediterráneas.

¿Han renunciado los españoles a reconquistar este trozo de su Península? ¡Si!, sin duda; pues parece ser inatacable por tierra y por mar.

Sin embargo, había uno que abrigaba el pensamiento constante de reconquistar aquella roca ofensiva y defensiva. Éste era el late de la banda, un ser raro, y hasta se puede decir, loco. Éste hidalgo se llamaba precisamente Gil Braltar, hombre que, en su pensamiento sin duda, la predestinaba a una conquista tan patriótica. 

Su cerebro no había resistido a la idea, y su plaza hubiera debido estar en un asilo de dementes. Se la conocía perfectamente; sin embargo, desde hacía diez años no se sabía a ciencia cierta lo que había sido de él. ¿Vagaría errante por el mundo? En realidad, él no había abandonado su territorio patrimonial…, Llevaba una existencia de troglodita, bajo los
bosques, en las cavernas, y más particularmente en el fondo de los inaccesibles reductos de las grutas de San Miguel, que, según se dice, comunican con el mar. Se le creía muerto. 

Vivía, sin embargo; pero a la manera de los hombres salvajes
desprovistos de la razón humana, que no obedecen más que a los instintos de la animalidad.

 

CAPÍTULO III

El general Mac Kackmale dormía perfectamente a pierna suelta, sobre sus dos orejas, algo más largas que lo que manda la ordenanza. Con sus brazos desmesurados, sus ojos redondos hundidos bajo sus espesas cejas, su faz rodeada de una barba grisácea, fisonomía gesticuladora, sus gestos de anthrooppitheco y el prognatismo extraordinario de su mandíbula, era de una fealdad notable, aun para un general
inglés.

Un verdadero mono; excelente militar por otra parte, a pesar de su figura simiesca.

Sí; dormía en su confortable habitación de Main-Stréet, aquella sinuosa calle que atraviesa la ciudad, desde la puerta del Mar hasta la puerta de la Alameda. Acaso estaría soñando que Inglaterra se apoderaba de Egipto, de Turquí, de Holanda, del Afganistán, del, Sudán, del país de los Boers, en una palabra, de todos los puntos del globo que le conviniera, y esto en el momento en que corría peligro de perder Gibraltar.

La puerta de la habitación se abrió bruscamente.
—¿Qué hay? —preguntó el general Mac Kackmale, levantándose de un salto.
—Mi general —respondió un ayudante de campo, que acababa de entrar en la habitación como una bomba— la ciudad está Invadida.
—¿Por los españoles, quizá?
—Preciso es creerlo.
¿Se habrían atrevido?…
El General no acabó de hablar. Se levantó, arrojó el casquete que cubría su cabeza, se metió el pantalón, se envolvió en su levita, se metió en sus bolas, se caló el claque y se preparó con su espada, diciendo:
—¿Qué ruido es ese que oigo?
—El ruido que forman los habitantes de las rocas, que corren como una avalancha por la ciudad.
—¿Son muy numerosos esos pillos?
—Deben serlo.
—¿Sin duda se han reunido todos los bandidos de la costa para dar este golpe de mano, los contrabandistas de Ronda, los pescadores de San Roque, los refugiados que pululan en todas las poblaciones?
—Es de temer, mi General.
—¿Y el Gobernador está prevenido?
—¡No! Y es imposible ir a darle aviso a su quinta de la Punta de Europa. Las puertas están ocupadas; las calles llenas de visitantes.
—¿Y en el cuartel de la puerta del Mar?

—¡No hay medio alguno de llegar hasta allí! Los artilleros deben hallarse sitiados en su cuartel.
—¿De cuantos hombres podéis disponer?
—De una veintena, mi General: soldados de línea del tercer regimiento, que han podido escapar.
—¡Por San Dunstán! —exclamó Mac Kackmale—. ¡Gibraltar arrancado a la Inglaterra por esos vendedores de naranjas! ¡Eso no puede ser, no; no será! 

En aquel momento la puerta de la habitación dio paso a un ser extraño, que saltó sobre los hombros del General.

 

CAPÍTULO IV

—¡Rendíos! —exclamó con voz ronca, que tenía más de rugido que de voz humana.
Algunos hombres que habían acudido detrás del ayudante de campo se disponían a lanzarse sobre aquel hombre, cuando, a la claridad de la habitación, le reconocieron.
—¡Gil Braltar! —exclamaron.
Era él, en efecto; el hidalgo, en el cual no se pensaba ya desde hacía largo tiempo; el salvaje de las grutas de San Miguel.
—¡Rendíos! —continuaba gritando.
—¡Jamás! —respondió el general Mac Kackmale.
De repente, en el momento en que los soldados le rodeaban, Gil Braltar hizo resonar un uiss… agudo y prolongado.

En seguida, el patio del edificio, el edificio todo, la habitación misma en que se hallaban, todo se llenó de una masa Invasora.
¿Lo creerán ustedes? Eran monos; monos, por centenares. 

Iban a tomar a los ingleses aquella roca de que son verdaderos propietarios, aquella montaña que ocupaban antes los españoles, mucho antes de que Cromwell hubiese soñado su
conquista para la Gran Bretaña. ¡Sí, en verdad! Y eran temibles por su número aquellos monos sin cola, con los cuales no se vivía en buena paz sino a condición de tolerar sus merodeos; aquellos seres inteligentes y audaces, que se cuidaban mucho de no molestar, pues sabían vengarse, y esto había sucedido muchos veces, haciendo rodar enormes rocas sobre la ciudad.

Y en aquel momento, aquellos monos se habían convertido en soldados de un loco, tan salvaje como ellos; de aquel Gil Braltar que todos conocían, que llevaba una vida Independiente; de aquel Guillermo Tell cuadrumanizado, cuya existencia entera se concentraba en esto pensamiento: ¡Arrojar a los extranjeros del territorio español!

¡Qué vergüenza para el Reino Unido, si la tentativa llegaba a tener éxito! Los Ingleses, vencedores de los indios, de los abisinios, de los tasmanios, de los australianos, de los hotentotes y de tantos otros, ¡vencidos por los monos!

Si semejante catástrofe sucedía, el general Mac Kackmale no tendría otro remedio que saltarse la tapa de los sesos. ¡No se sobrevive a semejante deshonor!

Sin embargo, antes que, los monos, llamados por el silbido de su jefe, hubiesen Invadido la habitación, algunos soldados habían conseguido apoderarse de Gil Braltar. El loco, dotado de un vigor extraordinario, resistió, y no costó poco trabajo el
reducirlo. Su piel prestada le había sido arrancada en la lucha, y permaneció casi desnudo, en un rincón, amordazado, atado, bien seguro, para que no pudiera ni moverse, ni hacerse oír. 

Poco tiempo después, Mac Kackmale se lanzaba fuera de su habitación, resuelto a vencer o morir, según la fórmula militar.

Pero el peligro no era menos grande en el exterior. Sin duda, algunos soldados habían podido reunirse en la puerta del Mar, y marchaban hacia la vivienda del General. Varios tiros se oían en Main-Strett y en la plaza del Comercio. 

Sin embargo, el número de monos era tal, que la guarnición de Gibraltar corría peligro de verse muy pronto obligada a ceder el puesto, y entonces, si los españoles hacían causa común con los monos, los fuertes serían abandonado; las baterías quedarían desiertas, las fortificaciones no contarían más que con un solo defensor, y los ingleses, que habían hecho inaccesible aquella roca, no volverían a poseerla jamás.

De repente se produjo un gran movimiento. En efecto: a la luz de las Antorcha que iluminaba el patio, se pudo ver a los
monos batirse en retirada. A la cabeza de la bando marchaba su jefe, blandiendo su palo. Todos le seguían, imitando sus movimientos de brazos y piernas, y el mismo paso.

¿Era que Gil Braltar habla podido desembarazarse de sus ligaduras, y escapar de la habitación donde se le guardaba? No había duda posible. ¿Pero adónde se dirigían entonces? ¿Iban hacia la Punta de Europa, a la quinto del Gobernador, para tomarla por asalto, y a intimarle la rendición, conforme habían hecho con el General?

¡No! El loco y su banda descendían por Main Street. Después de haber franqueado la puerta de la Alameda, tomaron oblicuamente a través del parque, y subieron por las pendientes de la montaña.
Una hora después no quedaba en la ciudad al uno sólo de los invasores de Gibraltar.
¿Qué había pasado?

Bien pronto se supo, cuando el general Mac Kackmale apareció en el límite del parque.
Había sido él, que, desempeñando el papel del loco, se había envuelto en la piel de mono del prisionero. Parecía de tal modo un cuadrúmano aquel bravo guerrero, que los monos mismos se habían engañado. Así fue que no tuvo que hacer otra cosa
que presentarse, y todos le siguieron.

Una idea del genio seguramente, que fue muy pronto recompensada con la concesión de la cruz de San Jorge.
En cuanto a Gil Braltar, el Reino Unido lo cedió, por dinero, a un Barnum o empresario de espectáculos, que hace su fortuna paseándolo por las principales ciudades del Antiguo y del Nuevo Mundo. 

Varias veces el empresario llega hasta decir que no es el salvaje de San Miguel el que exhibe, sino el general Mac Kackmale en persona. Sin embargo, esta aventura ha sido una lección para el gobierno de su Graciosa Majestad. 

Ha comprendido que si Gibraltar no podía ser tomada por los
hombres, estaba, en cambio, a merced de los monos. Por  consiguiente, Inglaterra, que es muy práctica, ha decidido no enviar allí en adelanto sino los más feos de sus generales, a fin de que los monos puedan engañarse con facilidad.
Esta medida los asegura verdaderamente para siempre la posesión de Gibraltar.

Deserción - Clifford D. Simak

 Cuatro hombres, de dos en dos, se habían internado en la aullante vorágine de Júpiter, y no habían regresado. Habían salido al viento huracanado, o mejor dicho, habían galopado hacia él, con los vientres pegados al suelo, los flancos relucientes bajo la lluvia.

Porque no habían ido en forma humana.

Ahora el quinto hombre estaba de pie frente al escritorio de Kent Fowler, comandante de la Cúpula Nº 3 de la Comisión de Reconocimiento Joviano.

Debajo del escritorio de Fowler, el viejo Towser se rascó una pulga, y volvió a acomodarse para dormir. Harold Allen, advirtió Fowler con una repentina punzada de dolor, era joven... demasiado joven. Tenía la segura confianza de la juventud, el rostro de quien no ha conocido aún el miedo. Y eso era raro. Porque los hombres de las cúpulas de Júpiter sí conocían el miedo, el miedo y la humildad. Al hombre le resultaba muy difícil conciliar su diminuta naturaleza con las poderosas fuerzas del monstruoso planeta.

- Quiero que comprenda - dijo Fowler - que no está obligado a hacer esto. Quiero que comprenda que no está obligado a salir.

Era un simple formulismo, por supuesto. Les había dicho lo mismo a los otros cuatro, pero habían salido igualmente. Fowler sabía que el quinto hombre también lo haría. Pero de repente sintió que dentro de él se agitaba una débil esperanza de que Allen no aceptara.

- ¿Cuándo debo partir? - preguntó Allen.

En otra época, Fowler hubiera sentido un sereno orgullo ante una respuesta como ésa, pero no ahora. Frunció ligeramente el ceño.

- Dentro de una hora - contestó.

Allen permaneció de pie frente a él, tranquilo, esperando.

- Otros cuatro hombres han salido y no han regresado - dijo Fowler -. Usted ya lo sabe, por supuesto. Querernos que usted regrese. No queremos que emprenda ninguna heroica expedición de rescate. El objetivo principal, el único objetivo, es que usted regrese, que pruebe que el hombre puede vivir bajo una forma Joviana. Vaya solamente hasta el primer mojón de reconocimiento, no más allá, y luego regrese. No corra ningún riesgo. No investigue nada. Simplemente, regrese.

Allen asintió.

- Lo comprendo perfectamente.

- La señorita Stanley manejará el conversor - prosiguió Fowler -. No tiene nada que temer en ese aspecto. Los otros cuatro hombres fueron convertidos sin contratiempos. Salieron del conversor en perfectas condiciones, al menos aparentemente. Estará usted en manos absolutamente competentes. La señorita Stanley es el operador de conversores mejor calificado del Sistema Solar. Ha tenido experiencias en la mayoría de los otros planetas. Por eso está aquí.

Allen sonrió a la señorita y Fowler vio una expresión que cruzaba fugazmente por el rostro de la mujer, expresión que podía ser lástima, rabia, o pura y simplemente miedo. Pero solo había durado un momento y ahora ella le devolvía la sonrisa al joven que estaba de pie frente al escritorio. Sonreía de un modo formal, como una maestra de escuela, casi como si se odiara por hacerlo.

- Esperaré con ansias mi conversión - dijo Allen.

Y el modo como lo dijo hizo que todo pareciera una broma, una enorme e irónica broma.

Pero no lo era.

Era un asunto serio, mortalmente serio. Fowler sabía que de estas pruebas dependía el destino del hombre en Júpiter. Si las pruebas tenían éxito, el hombre tendría acceso a los recursos del gigantesco planeta. El hombre se apoderaría entonces de Júpiter, como se había apoderado ya de los planetas más pequeños. Pero si fracasaban...

Si fracasaban, el Hombre seguiría encadenado e imposibilitado por la terrible presión, la titánica fuerza de gravedad y los extraños procesos químicos del planeta. Seguiría confinado en las cúpulas, incapaz de poner los pies en el exterior, incapaz de verlo con el ojo desnudo, obligado a confiar en los torpes tractores y en los televisores, obligado a trabajar con torpes maquinarias y herramientas o con torpes robots tan torpes como ellos.

Porque el Hombre, desprotegido y en su forma original, hubiera sido aplastado instantáneamente por la terrorífica presión atmosférica de Júpiter, de 1200 kilogramos por centímetros cuadrado, presión que hacía que la del fondo del mar pareciera, por comparación, el interior de una campana de vacío.

Ni siquiera la más resistente aleación metálica que el Hombre podía elaborar tenía posibilidades de sobrevivir bajo semejantes presiones y las lluvias alcalinas, que arrasaban permanentemente la superficie del planeta. El metal se hacía quebradizo y escamoso, desmoronándose como arcilla o desintegrándose en pequeños arroyuelos o fangosos charcos de sales amoniacales. Sólo incrementando la fuerza y resistencia de ese metal, aumentando su tensión molecular, podía lograrse que soportara el peso de las miles de millas cúbicas de turbulentos y asfixiantes gases que componían la atmósfera. Y una vez logrado esto, había que revestir todo con una capa de cuarzo puro, para impermeabilizarlo de las lluvias, el amoníaco líquido que caía como una amarga lluvia.

Fowler se detuvo a escuchar los motores del subsuelo de la cúpula, motores que funcionaban sin pausa, sumiéndola en un zumbido incesante. Tenían que funcionar y seguir funcionando, pues si se detenían, la energía que fluía hacia las paredes metálicas de la cúpula se interrumpiría, la tensión molecular disminuiría, y ése sería el final de todo.

Towser se irguió debajo del escritorio de Fowler y comenzó a rascarse otra pulga, mientras una de sus patas golpeaba rítmicamente contra el suelo.

- ¿Algo más? - preguntó Allen.

Fowler sacudió negativamente la cabeza.

- Tal vez haya algo que usted desee hacer - dijo -. Tal vez...

Había estado a punto de decir "usted quiera escribir una carta", pero se había contenido a tiempo.

Allen miró su reloj.

- Estaré allí a tiempo - dijo, y giró rápidamente en dirección a la puerta.

 

Fowler sabía que la señorita Stanley lo estaba observando, y no sentía ningún deseo de volverse y enfrentar su mirada. Revolvió desmañadamente los papeles de su escritorio.

- ¿Hasta cuándo va a seguir adelante con esto? - le preguntó la señorita Stanley, articulando cada palabra con despectiva brusquedad.

Entonces, él se volvió en su silla y se enfrentó a ella. Los labios de la mujer estaban apretados hasta formar una delgada línea recta, su cabello estaba recogido más tirante que nunca, dando a su rostro una extraña y casi alarmante apariencia de mascarilla mortuoria.

Fowler trató que su voz sonara fría y controlada.

- Tanto tiempo como sea necesario - dijo -. Mientras haya alguna esperanza.

- Seguirá sentenciándolos a muerte - dijo ella -. Seguirá enviándolos allá afuera, a enfrentarse con Júpiter. Va a seguir acá sentado, seguro y cómodo, mientras los manda a morir allá afuera.

- No hay lugar para sentimentalismos, señorita Stanley - dijo Fowler, tratando de ocultar el tono furioso de su voz -. Usted sabe tan bien como yo por qué hacemos esto. Usted sabe que el hombre, en su forma original, no puede enfrentarse a Júpiter. La única posibilidad es convertir al hombre en la clase de ser que sí puede hacerlo. Ya lo hemos hecho en otros planetas.

«Si unos pocos hombres mueren, pero tenemos éxito, el precio es pequeño. En todas las épocas los hombres han desperdiciado su vida en cosas estúpidas, por razones estúpidas. ¿Por qué deberíamos vacilar, entonces, ante una pequeña muerte, en algo tan grandioso como esto?

La señorita Stanley estaba sentada tensa y erguida, con las manos plegadas sobre la falda y la luz le caía sobre su cabello cano, mientras Fowler la contemplaba tratando de imaginar lo que estaría sintiendo, lo que estaría pensando. No era exactamente que le temiera, pero no se sentía cómodo cuando ella estaba cerca. Esos agudos ojos azules veían demasiado, sus manos parecían competentes en demasía. Debería haber sido la tía de alguien, sentada en su mecedora con las agujas de tejer. Pero no lo era. Era la mejor operadora de Conversores del Sistema Solar, y no le agradaba el modo en que él estaba haciendo las cosas.

- Algo anda mal, señor Fowler - declaró.

- Precisamente - concordó Fowler -. Por eso envío al joven Allen solo. El puede averiguar qué es lo que anda mal.

- ¿Y si no lo averigua?

- Enviaré a algún otro.

Ella se levantó lentamente de su silla, en dirección a la puerta; luego se detuvo frente al escritorio.

- Algún día - dijo - llegará a ser un gran hombre. Jamás pierde una oportunidad, y esta es su mayor oportunidad. Lo supo desde el momento en que erigieron esta cúpula para las pruebas. Si el proyecto se lleva a cabo, usted ascenderá un grado o dos. No importa cuántos hombres mueran, usted ascenderá un grado o dos.

- Señorita Stanley - dijo él, y su voz era cortante - el joven Allen debe salir enseguida. Por favor, asegúrese de que su máquina...

- Mi máquina - le dijo ella, glacialmente - no tiene la culpa. Opera en base a las coordenadas dispuestas por los biólogos.

El quedó sentado, encorvado ante su escritorio, escuchando cómo los pasos de ella se alejaban por el corredor.

Lo que ella había dicho era cierto, por supuesto. Los biólogos habían establecido las coordenadas. Pero los biólogos podían haberse equivocado: aunque solo fuera una diferencia del espesor de un cabello, una digresión infinitesimal, y el conversar enviaría al exterior algo que no era lo que ellos habían calculado enviar. Un mutante que podía resquebrajarse, enloquecerse, desmoronarse bajo la tensión de alguna situación totalmente imprevista.

Porque el hombre no sabía mucho de lo que sucedía afuera. Solo lo que sus instrumentos le decían que sucedía. Y las muestras en que se basaban esos instrumentos y maquinarias no eran más que muestras, pues Júpiter era increíblemente vasto, y las cúpulas muy pocas.

Hasta la recopilación de datos acerca de los Galopadores, aparentemente la forma de vida más desarrollada del planeta, les había llevado a los biólogos más de tres años de estudios intensivos, más dos años de comprobaciones para confirmar los resultados. Un trabajo que en la Tierra hubiera demandado una o dos semanas. Pero, en este caso, era un trabajo que no podía hacerse en la Tierra en modo alguno, porque las formas de vida Joviana no podían ser trasladadas a la Tierra. La presión atmosférica de Júpiter no podía ser reproducida fuera del planeta, y a la presión atmosférica y temperatura de la Tierra, los Galopadores se hubieran esfumado en una bocanada de gas.

El trabajo tenía que hacerse si el Hombre pretendía desplazarse por Júpiter bajo la forma vital de los Galopadores. Porque antes de que el conversor pudiera cambiar a un Hombre, trasformándolo en otra forma de vida, cada una de las características físicas de esa forma de vida debía conocerse, concreta y absolutamente, sin posibilidad de error.

 

Allen no regresó.

Los tractores que registraron minuciosamente el terreno adyacente no hallaron rastros de él a menos que una silueta escurridiza avistada por uno de los conductores hubiera sido el desaparecido terráqueo con forma de Galopador.

Los biólogos sonrieron con sus más despectivas sonrisas académicas cuando Fowler sugirió que tal vez las coordenadas estuvieran erradas. Destacaron minuciosamente que las coordenadas funcionaban. Cuando se colocaba un hombre en el conversor y se accionaba el interruptor, el hombre se convertía en un Galopador. Es más, el hombre salía de la máquina y se alejaba hasta perderse de vista en la densa atmósfera exterior.

Alguna minucia, había sugerido Fowler, alguna ínfima desviación con respecto a lo que era en realidad un Galopador, algún error insignificante. Si existiera algo así, habían dicho los biólogos, llevaría años detectarlo.

Y Fowler supo que tenían razón.

De modo que ahora eran cinco hombres en vez de cuatro, y Harold Allen había salido al exterior en vano. En cuanto al conocimiento, era absolutamente como si no hubiera ido.

Fowler se inclinó sobre su escritorio para buscar el archivo de personal, un delgado fajo de papeles prolijamente unidos por un gancho. Era algo que aborrecía, pero que debía hacer. De algún modo debía averiguar el motivo de estas extrañas desapariciones. Y el único modo de hacerlo era enviar más hombres al exterior.

Permaneció sentado durante un momento, escuchando al viento que aullaba sobre la cúpula, la eterna tormenta rugiente que asolaba el planeta con su torbellino de hirviente ira.

 ¿Habría alguna amenaza allá afuera?, se preguntó. ¿Algún peligro que desconocían? ¿Algo que acechaba para devorar a los Galopadores, sin diferenciar a los Galopadores reales de los que habían sido hombres? Para los devoradores no existiría ninguna diferencia, por supuesto.

¿O se habría cometido una equivocación fundamental al seleccionar a los Galopadores como la forma de vida más adecuada para sobrevivir en la superficie del planeta? El sabía que la evidente inteligencia de los Galopadores había sido uno de los factores determinantes. Porque si el ser en que el Hombre se convertía carecía de inteligencia, el mismo Hombre no podría mantener su propia inteligencia bajo esa forma durante mucho tiempo.

¿Habrían permitido los biólogos que ese factor pesara demasiado, usándolo para compensar algún otro que tal vez fuera insatisfactorio, desastroso incluso? No parecía probable: obstinados como eran, conocían su trabajo.

¿O el proyecto sería imposible, y estaría condenado al fracaso desde el principio? La conversión a otra forma de vida había funcionado en otros planetas, pero eso no significaba que debía funcionar en Júpiter. Tal vez la inteligencia del Hombre no pudiera desempeñarse adecuadamente a través de los órganos sensoriales de una forma de vida Joviana. Tal vez los Galopadores fueran tan extraños que no existía un campo común donde el conocimiento humano y la concepción Joviana de la existencia pudieran reunirse y trabajar en conjunto.

O tal vez la falla residiera en el hombre, fuera inherente a la raza. Alguna aberración mental que, sumada a lo que encontraban afuera, les impidiera regresar. Aunque tal vez no fuera una aberración, al menos no en el sentido humano. Quizá fuera solamente una característica mental humana, aceptada por lo común en la Tierra, la que chocaba violentamente con la existencia Joviana, poniendo en peligro el equilibrio psíquico del hombre.

 

Fowler oyó el sonido de garras que tamborileaban sobre el piso del corredor, y sonrió con cansancio. Era Towser, de regreso de otra visita a su amigo el cocinero.

Towser entró al cuarto, llevando un hueso. Meneó el rabo mirando a Fowler y se dejó caer debajo del escritorio, con el hueso entre las patas. Durante un largo momento sus viejos ojos reumáticos miraron a su amo, y Fowler extendió una mano para acariciar sus hirsutas orejas.

- ¿Aún me quieres, Towser - preguntó Fowler, y Towser movió la cola, golpeándola contra el piso.

- Eres el único - dijo Fowler.

Se enderezó y volvió a girar hacia el escritorio. Su mano se extendió para recoger otra vez el fichero de personal.

¿Bennett? Bennett tenía una chica esperándolo en la Tierra.

¿Andrews? Andrews planeaba volver al Tecnológico de Marte tan pronto como ganara lo suficiente para mantenerse allí durante un año.

¿Olson? Olson estaba muy próximo a jubilarse. Todo el tiempo les contaba a los muchachos cómo iba a establecerse a cultivar rosas.

Con cuidado, Fowler dejó el fichero sobre el escritorio.

Sentenciar a sus hombres a muerte. La señorita Stanley lo había dicho, mientras sus labios apenas si se movían en su rostro apergaminado. Enviarlos afuera a morir mientras él, Fowler, se quedaba allí sentado, seguro y cómodo.

En toda la cúpula estarían diciendo lo mismo, sin duda, especialmente ahora que Allen no había regresado. Por supuesto que no se lo dirían en la cara. Ni siquiera el hombre o los hombres que llamara a su despacho para informarles que serían los siguientes, se lo dirían.

Pero él podría verlo en sus ojos.

Otra vez recogió el archivo. Bennett, Andrews, Olson. Había otros, pero no tenía sentido continuar.

Se inclinó hacia adelante y presionó el pulsador de su intercomunicador.

- ¿Sí, señor Fowler?

Comuníqueme con la señorita Stanley, por favor.

Esperó que la señorita Stanley lo atendiera, oyendo a Towser roer desganadamente su hueso. Los dientes de Towser estaban gastados.

- Aquí la señorita Stanley.

- Solo quería decirle, señorita Stanley, que se prepare para dos más.

- ¿No tiene miedo - le preguntó la señorita Stanley - de quedarse sin hombres? Si los manda de a uno, le durarán más, le darán el doble de satisfacción.

- Uno de ellos - dijo Fowler - será un perro.

- ¡Un perro!

- Sí, Towser.

Oyó que la voz de ella se hacía glacial, inundada de una repentina y fría ira.

- ¡Su propio perro! Ha estado con usted todos estos años...

- Ese es el asunto - dio Fowler -. Towser se sentiría muy desdichado si me fuera sin él.

 

No era el Júpiter que había conocido en las pantallas de televisión. Había esperado que fuera diferente, pero no así. Había esperado un infierno de lluvias amoniacales y pestilentes gases y el ensordecedor y rugiente tumulto de la tormenta. Había esperado torbellinos de nubes y nieblas y el centelleante rezongo de los monstruosos truenos.

Pero no había esperado que el denso aguacero se viera reducido a una suave llovizna neblinosa que ondulaba en sombras huidizas sobre el césped rojo y purpúreo. Ni siquiera había supuesto que los serpenteantes relámpagos serían destellos de puro éxtasis cruzando aquel cielo coloreado.

Mientras esperaba a Towser, Fowler flexionó los músculos de su cuerpo, asombrado por la pareja y suave fuerza que había en ellos. No era un mal cuerpo, decidió, e hizo una mueca al recordar cómo se había compadecido de los Galopadores al verlos en la pantalla de televisión.

Porque le había resultado difícil imaginar un organismo vivo basado en hidrógeno y amoníaco, en lugar de agua y oxígeno, difícil creer que una forma de vida como esa pudiera conocer el mismo estremecimiento vital que conmovía a la humanidad. Difícil de concebir una vida que se desarrollara en la densa vorágine de Júpiter, sin saber, por supuesto, que visto a través de ojos Jovianos, Júpiter no era un torbellino en absoluto.

El viento lo acariciaba con suaves dedos, y Fowler recordó, con un sobresalto, que de acuerdo con los parámetros terrestres. aquel viento era un rugiente huracán que aullaba a trescientos veinte kilómetros por hora, cargado de gases letales.

Agradables aromas inundaron su cuerpo. Y sin embargo, no eran aromas, porque no era una sensación olfatoria tal como la recordaba. Era como si todo su cuerpo se empapara de la sensación de lavanda... y sin embargo no era lavanda. Supo que era algo para lo que no tenía palabras, sin duda el primero de muchos enigmas de terminología. Porque las palabras que conocía, los símbolos ideales que le habían servido como terráqueo, le resultarían inútiles como Joviano.

La compuerta lateral de la cúpula se abrió y Towser salió a los tropezones; al menos creyó que era Towser.

Comenzó a llamar al perro, moldeando en su mente las palabras que quería decir. Pero no pudo decirlas. No había modo de decirlas. No tenía con qué decirlas.

Por un momento su mente fue un torbellino de oscuro terror, un pánico ciego que envolvía su cerebro en bocanadas de temor.

¿Cómo hablan los Jovianos? ¿Cómo?.

De repente fue consciente de Towser, intensamente consciente del torpe y ansioso acto de aquel hirsuto animal que lo había seguido desde la Tierra a tantos planetas. Fue como si lo que era Towser hubiera salido de él y llegado por un momento al cerebro de Fowler.

 Y de la burbujeante bienvenida que sentía, llegaron las palabras:

- Hola, compañero.

No eran palabras en realidad, era algo mejor que palabras. Eran imágenes simbólicas en su cerebro, comunicadas por medio de imágenes que tenían matices de significado mucho más sutiles que las palabras.

- Hola, Towser - dijo.

- Me siento bien - dijo Towser -. Como cuando era un cachorro. Ultimamente me he sentido bastante inservible. Con las patas endurecidas y los dientes casi reducidos a nada. Era difícil roer un hueso con esos dientes. Además, las pulgas me volvían loco. Antes no solía prestarles mucha atención. Una pulga más o menos no hacía diferencia en mis viejos tiempos.

- Pero... pero... Fowler balbuceaba con torpeza. ¡Estás hablándome!

- Seguro - contestó Towser -. Siempre te hablé, pero no podías oírme. Trataba de decirte cosas, pero nunca lo logré.

- Algunas veces te comprendía - dijo Fowler.

- No muy bien - dijo Towser -. Sabías cuándo quería comida o bebida, o cuando deseaba salir, pero eso era todo lo que comprendías.

- Lo siento - dijo Fowler.

- Olvídalo - le dijo Towser -. Te corro una carrera hasta el acantilado.

Fowler vio el acantilado por primera vez, aparentemente a muchos Kilómetros de distancia, pero de una extraña belleza cristalina que centelleaba a la sombra de las nubes multicolores.

Fowler vaciló.

- Está muy lejos...

- ¡Oh, vamos! - lo instó Towser, y comenzó a correr en dirección al acantilado.

 

Fowler lo siguió, probando sus piernas, probando las fuerzas de su nuevo cuerpo, dudando un poco al principio, asombrado un minuto más tarde, y corriendo luego con un regocijo absoluto que se unía a la hierba roja y purpúrea y al ondulante vapor de lluvia que caía sobre la sierra.

Mientras corría fue consciente de una sensación de música, una música que latía dentro de su cuerpo, que manaba a través de todo su ser, elevándolo en alas de una plateada ligereza. Una música como la que podría surgir de un campanario en una soleada colina en primavera.

A medida que se aproximaba a la colina, la música se hizo más profunda e inundó el universo con un rocío de sonido mágico. Y entonces supo que la música provenía de la gorgoteante cascada que caía por la ladera resplandeciente del acantilado.

Pero sabía que no era una caída de agua, sino de amoníaco, y que el acantilado era blanco porque era oxígeno solidificado. Fowler patinó hasta detenerse en el lugar donde la cascada se abría en un resplandeciente arco iris de cientos de colores. Eran literalmente cientos, porque aquí, según observaron, no había matices de un color primario hasta otro, tal como los ve el ojo humano, sino una gama claramente diferenciada que descomponía al prisma hasta su última y esencial clasificación.

- La música - dijo Towser.

- ¿Sí, qué hay con ella?

- La música - dijo Towser - son las vibraciones del agua al caer.

- Pero Towser, tú no sabes nada de vibraciones.

- Sí, sé - lo contradijo Towser -. Acaba de surgir en mi mente.

Fowler tragó saliva mentalmente.

- ¡Surgir en tu mente!

Y de repente, apareció en su cerebro una fórmula, la fórmula del proceso que haría que los metales toleraran la presión de Júpiter.

Atónito, contempló la cascada con fijeza, y velozmente, su mente aprehendió los colores y los colocó en la secuencia exacta del espectro. Así de simple. Surgido de la nada. Surgiendo de la nada, porque él no sabía nada de metales ni de colores.

- Towser - gritó -. ¡Towser, algo nos está sucediendo!

- Sí, ya sé - dijo Towser.

- Es nuestro cerebro - dijo Fowler -. Lo estamos usando en su totalidad, hasta el último rincón. Estamos usándolo para elaborar cosas que debimos haber sabido siempre. Tal vez los cerebros de los seres de la Tierra son lentos y obnubilados por naturaleza. Tal vez seamos los débiles mentales del universo. Tal vez estamos hechos de modo tal que podríamos hacer las cosas de la manera más difícil.

Y, con la nueva agudeza y claridad de pensamiento que parecía invadirle, Fowler supo que no sería solo una cuestión de colores en una cascada o de metales que resistirían la presión de Júpiter. Sentía otras cosas, cosas no muy claras. Un vago susurro que sugería grandiosas posibilidades, misterios que trascendían la barrera del pensamiento humano, que trascendían incluso la imaginación humana. Misterios, hechos, lógica construida por el razonamiento. Algo que cualquier cerebro podría lograr si usara todo su poder de raciocinio.

- Aún somos terrestres - dijo -. Solo estarnos empezando a comprender algunas de las cosas que sabremos, unas pocas de las cosas que se nos negaron como seres humanos, tal vez porque éramos seres humanos. Porque nuestros cuerpos humanos eran inferiores. Pobremente equipados para pensar, pobremente equipados en algunos sentidos que uno necesita tener para saber. Tal vez careciéramos incluso de algunos sentidos necesarios para lograr el verdadero conocimiento.

Se volvió a contemplar la cúpula, una diminuta silueta oscura empequeñecida por la distancia.

Allí había hombres que no podían ver la belleza de Júpiter, hombres que pensaban que un torbellino de nubes y una densa lluvia oscurecían la paz del planeta. Ciegos ojos humanos. Pobres ojos. Ojos que no podían ver la belleza de las nubes, que no podían ver a través de la tormenta. Cuerpos que no podían sentir el estremecimiento producido por la conmovedora música de la caída de agua.

Hombres que marchaban en soledad, en terrible soledad, hablando por medio de sus lenguas como un grupo de boy scouts que se comunica torpemente por medio de señales, incapaces de alcanzar y tocar la mente de otro, como él podía alcanzar y llegar a mente de Towser. Impedidos para siempre de lograr un contacto íntimo y personal con los demás seres vivientes.

El, Fowler, había esperado el terror inspirado por las cosas desconocidas de la superficie, había esperado acobardarse ante la amenaza de lo desconocido, se había acorazado contra la repulsión que le causaría una situación no terráquea.

Pero, en vez de eso, había hallado algo más grandioso que todo lo conocido por el Hombre. Un cuerpo ágil, más seguro. Un sentimiento de regocijo, un sentido mas profundo de la vida. Una mente más aguda que ni siquiera los soñadores de la tierra podían imaginar.

- Vamos - lo urgió Towser

- ¿Dónde quieres ir?

- A cualquier parte - dijo Towser -. Vámonos simplemente, y veremos adónde llegamos. Tengo bien, una sensación..., una sensación.

- Sí, lo sé - dijo Fowler.

Porque él también tenía la misma sensación. La sensación de un destino superior. Una cierta sensación de grandeza. La certeza de que en algún lado, más allá del horizonte, lo aguardaban aventuras, y cosas más grandes aún que la aventura.

Los otros cinco también lo habrían sentido. Habrían sentido la urgencia de ir y ver, la compulsivo sensación de que los aguardaba una vida de plenitud y sabiduría.

Por eso, Fowler lo supo, no habían regresado.

- No regresaré - dijo Towser.

- No podemos abandonarlos - dijo Fowler.

Fowler dio uno o dos pasos en dirección a la cúpula, luego se detuvo.

De regreso a la cúpula. De regreso a ese cuerpo doloroso, cargado de veneno, que había dejado atrás. Antes no le había parecido doloroso, pero ahora sí.

De regreso a su mente confusa, a su pensamiento turbio. De regreso a las bocas chasqueantes que articulaban señales que los otros entendían. De regreso a unos ojos que ahora le parecían peor que la ceguera. De regreso a la sordidez, a arrastrarse, a la ignorancia.

- Quizás algún día - dijo, murmurando para sí.

- Tenemos muchas cosas para hacer y ver - dijo Towser -. Tenemos mucho que aprender. Descubriremos cosas...

Sí, descubrirían cosas. Civilizaciones, quizá. Civilizaciones que harían que la del Hombre pareciera minúscula en comparación. Descubrirían belleza y, lo que era más importante, podrían comprender esa belleza. Y una camaradería que nadie había conocido antes... que ningún Hombre, ni ningún perro habían conocido antes.

Y la vida. Los apremios de la vida plena después de lo que parecía una existencia narcotizada.

- No puedo regresar - dijo Towser.

- Ni yo - dijo Fowler.

- Volverían a convertirme en perro - dijo Towser.

- Y a mí - dijo Fowler - en hombre