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El hombre que nunca existió - R. A. Lafferty

Soy un hombre de la clase del futuro —afirmó Lado un mal día—. Y creo que están apareciendo hombres con nuevas facultades. El mundo tendrá que aceptarnos tal como somos.

—Apuesto a que no —le atajó Runkis.

Todo aquello empezó pinchando Raymond Runkis a Mihai Lado, el tratante de ganado.

—Eres un endiablado y ostentoso embustero pelirrojo de siete suelas —le soltó Runkis aquel día.

—Sí, ya lo sé —admitió Lado.

Se sentía complacido cuando le alababan su especialidad. Era el mejor mentiroso del contorno, y el que más se divertía con sus tretas. Pero Runkis no paró allí:

—Lado, tú no has contado una sola cosa de verdad en toda tu vida —siguió comentando con voz fuerte.

—Te diré lo que voy a hacer, Runkis —y a Lado le brillaron los ojos, con aquel rasgo tan suyo—. Elige una de mis mentiras, cualquiera que tú recuerdes, y yo la convertiré en realidad. La oferta queda en pie.

Entonces empezamos a interesarnos los demás.

—Hay más de mil para escoger —aseguró Runkis—. Podría hacer que me presentases aquel ternero amaestrado, del que alardeas tantas veces.

—¿Es ésta tu elección? De acuerdo. Silbaré y lo tendrás aquí dentro de un minuto.

—No. Prefiero que llames a la vaca que da cuatro clases distintas de cerveza por cada uno de los caños de sus ubres.

—¿Quieres verla? Nada más fácil. Pero debo advertirte de que su cerveza negra resultará un poco fuerte para tu gusto.

—Bueno. Pensándolo mejor, podrías traerme aquel caballo que lee las poesías de Homero.

—Runkis, ahora eres tú quien está mintiendo. Yo nunca he dicho que lea las poesías de Homero. Dije y digo que las recita. No sé de dónde las ha sacado, pero así es.

—Tú juraste una vez que eres capaz de mandar a un hombre al otro mundo, hacerlo desaparecer por completo. Este es el caso que elijo. ¡A ver, hazlo!

—No quisiera disponer de un pobre hombre en esta forma, Runkis.

—Hazlo, Lado. Te emplazo. Es uno de los embustes que no puedes hacer verdad. Coge a un hombre y muéstrame que ha desaparecido.

—Muy bien. La cosa necesitará un par de días, pero podréis seguirla de cabo a rabo. Sí, señor, mandaré a un hombre al otro mundo.

Aquel Mihai Lado era un tipo muy raro. Pagaba siempre al contado y tenía las ideas tan rápidas que le entraba a uno el miedo en el cuerpo. Era el más listo de los tratantes de ganado en el valle Cimarrón; era macizo, pecoso y chapucero, pero no parecía hombre del campo. Tenía esa clase de ojos que no son de por aquí; se diría que miraba a través de la cara de otro, como una máscara.

—He dejado tras de mí más de un pueblo y más de un hombre —nos dijo cierta vez—. Soy un hombre nuevo con nuevas facultades. No las uso gran cosa, pero van creciendo en mi interior. Algunos de nosotros, los de mi clase, estamos asustados. Tendremos que acomodarnos al mundo, o será el mundo el que llegue a acomodarse.

—Te apuesto a que el mundo no hace eso —pontificó Raymond Runkis.

En una ocasión, Lado durmió al pequeño Mack McGoot y le hizo ir de un lado a otro, saludando al ganado como si fuesen personas. Y a Runkis le vendió por ternero un buey de dos años; un buey de dos años tiene la cola larga, pero un ternero tiene todavía la cola corta de un ternero.

—Este animal —reclamó Runkis cuando advirtió el engaño— no tenía la cola larga al comprártelo ayer tarde.

—Tenía la misma cola, exactamente —confirmó Lado—. Sólo que tú viste lo que yo quise que vieras.

Lado era un fullero, pero nadie puede mandar, así como así, a un hombre al otro mundo.

—Bueno, lo haré —nos dijo aquel día, después de pensarlo un poco—. Mandaré a Jessie Pidd al otro mundo.

—¿A quién?

—A Jessie Pidd, el que está tomando café al otro extremo del mostrador.

—¡Ah, Jessie! Perfecto. ¿Cuándo lo harás?

—Acabo de principiar. Ya le he afinado un poco. Y podréis divertiros todos viendo cómo va desapareciendo. Será gradual, pero en tres días se habrá marchado por completo.

¡Vaya, vaya! Nos carcajeamos como potros en prado nuevo.

Esto a Lado no le molestó; mostraba siempre una media sonrisa mientras cerraba sus tratos, y seguía sonriendo entonces como si tal cosa.

En cierto modo, Lado no llevaba todas las de perder. Porque, ya para empezar, Jessie Pidd no estaba allí todo él. Entiendan lo que quiero decir: resultaba un bendito simple y flaco algo fuera de sus cabales. Solíamos comentar que era tan delgado, que no llegaríamos a verle si se miraba de perfil; pero aquello, claro está, no pasaba de chiste entre copa y copa.

A Lado le pasamos a pelo y a contrapelo aquella noche, cuando nos sentamos todos a jugar unas partidas. Jugamos al póker y a la canasta, y Lado ganó. Jugamos al dominó, y aunque nos concertamos en bloque contra él, Lado ganó. Nos decidimos por los dados, y Lado ganó. Era el más afortunado embaucador que recordábamos en el pueblo, pero a continuación llegó aquel estrafalario envite —desdichado, diría hoy— que no podría ganar de ningún modo. Él, no obstante, siguió aceptando apuestas con unos y otros; si conseguía hacer que desapareciese Jessie Pidd, Lado se convertiría en propietario de más de medio pueblo.

El aspecto de Jessie Pidd era francamente malo a la mañana siguiente, cuando entró a desayunar en el Café de los Ganaderos. Verdad es que nunca lo tuvo muy bueno, que digamos.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Raymond Runkis.

—No del todo.

Y se puso a mirarnos, como intrigado.

—Lado —previno Raymond a Mihai—, las tretas son tretas, y tú has tenido algunas muy buenas. Pero si realmente le haces algún daño a ese pobre hombre, las cosas, aquí, se pondrán feas para ti.

—Runkis, tú no sabes siquiera de qué se compone un cuerpo.

—No lo sé, desde luego. Todo lo que digo es que te abstengas de causarle ningún mal.

—Nadie saldrá perjudicado de una de mis tramoyas.

Con todo, el hecho es que aquello había principiado.

A media mañana, Johnny Noble hizo correr la voz de que Jessie Pidd andaba al sol sin dejar sombra. Otros dos lo vieron también. Pero el cielo se nubló y no hubo medio de seguir adelante con la observación.

Y algo antes de mediodía, Maudie Malcome se encaró con Lado en el vestíbulo del banco.

—Señor Lado, ¿qué le está haciendo a mi marido?

—¿Pero de veras estás casada, Maudie?

—¡Condenado pelirrojo! Jessie Pidd es mi legítimo esposo.

—Bueno, Maudie, te lo diré; estoy haciéndole desaparecer.

—Si toca un solo pelo de su cabeza, seré yo quien le mate a usted. ¡Por ésas!

Adelantada la tarde, las versiones se extendieron como una epidemia por el pueblo. Hasta el bruto de Raymond Runkis tuvo que admitir que las cosas presentaban mal cariz.

—Os digo que puedo ver la luz de una cerilla a través del cuerpo de Jessie Pidd —nos informó—, y también la silueta de cosas que estén detrás de él... Oye, Lado, antes de que lleguemos a las malas, ¿es sólo un juego todo eso?

—Sí, hombre, un juego y nada más que un juego.

—Bien, pero tomaré las precauciones necesarias para que no se salga de cauce. Tengo la mayor y más segura casa del pueblo. Los aquí presentes haremos de testigos, y tú, Lado, y tú, Jessie, vais a ir con nosotros a mi casa y allí estaremos hasta que se cumpla lo ofrecido. Si alguno tiene asuntos pendientes, dispone de una hora para despacharlos. Luego, todos a mi casa. Hagas lo que hagas, Lado, veremos cómo lo haces. ¿Queda claro?

—No. Estás embrollando las cosas, Runkis, pero acepto sus condiciones. ¿A qué ilusionista no le gustaría tener un auditorio tan devoto?

Trajimos provisiones, nos reunimos en casa de Runkis y la cerramos a piedra y lodo al atardecer del mismo día. Nadie debía entrar en cincuenta horas, pero no faltó quien llamara y vocease, muy en particular Maudie Malcome.

Éramos diez: Mihai Lado, Jessie Pidd, Raymond Runkis, Johnny Noble, Will Wilton, Wenchie Hetmonek, Mige McGregor, Billy West, el pequeño Mack McGoot, Remberton Randall. Y uno dé ellos (sin que convenga decir quién, tal como acabó el asunto) era yo.

Runkis nos puso de vigilancia. Llevamos un par de camas de la sala y preparamos un par de catres. Algunos se acostaron, y los demás nos pusimos a jugar a los naipes, para pasar la noche en vela.

Y al cabo de una hora o cosa así, Runkis estalló:

—¡Lado, estás matando a un hombre! ¡Si se va él, te irás tú también!

—Te juro que no le hago daño alguno a la persona de Jessie Pidd ni a ninguna otra, en absoluto —aseguraba Lado, dale que dale.

Pero ninguno de nosotros dudaba ya de que Jessie Pidd se hubiese hecho transparente. Veíamos el contorno de los objetos a través de él; su propia silueta quedaba más difusa. Había cada vez menos de lo poco que antes hubo de Jessie Pidd.

Nadie de los del grupo durmió mucho aquella primera noche. Era espantoso ver cómo se iba marchando Jessie, y puedo decir que a la mañana siguiente quedaba sólo la mitad de él.

El segundo día fue una pesadilla. Lado había ganado todo el dinero que había en la casa, y desde aquel momento hubimos de seguir jugando con cerillas de la cocina. Yo tenía la impresión de que las cartas cambiaban de palo y de color en mis propias manos, y a los restantes les ocurría algo parecido. Lado se llevó todas las cerillas de la cocina. Y los reunidos, mientras tanto, veíamos cómo Jessie Pidd iba esfumándose ante nuestros ojos. Perdimos un poco el sentido del tiempo y de la proporción.

Aquella noche, Pidd se había vuelto tan inmaterial, que el humo de los cigarros pasaba a su través. Era poco lo que quedaba, dejando aparte la silueta y la sonrisa de conejo.

A la segunda mañana seguía con nosotros todavía, pero muy poquísima cosa. Era algo salido de un sueño de borrachera. Sobre mediodía, el pequeño McGoot anunció que no le veía ya. Y hacia la caída de la tarde, todos perdimos una vez u otra la pista de Jessie Pidd, y con grandes dificultades logramos, dar con los trazos de su contorno.

Después se nos perdió del todo.

Primero, la silueta definitivamente; luego, la sonrisa de conejo. Al obscurecer, Jessie Pidd había desaparecido. Quedamos en silencio, sin saber qué hacer. Fue Raymond Runkis quien rompió a hablar:

—Lado, ¿tú puedes verle todavía?

—No, ahora ni nunca.

—¿Qué dices?

—Digo que no le he visto en mi vida.

—¡Maldito loco! Esto no ha de quedar así. ¡Jessie ya no está, Lado!

—Lo sé. Es la mejor treta que he hecho hasta el momento.

Runkis echó las manos al cuello de Mihai Lado y lo agitó brutalmente.

—¡Tráelo! ¡Tráelo ahora mismo, Lado!

—No puedo, Runkis. Nadie puede devolverlo.

—Ahí está —estaba— Jessie Pidd. Haz que vuelva a estar, o a la treta le llamaré yo asesinato.

—Lo mejor será que vayamos todos al sheriff —recomendó Heamonek—. Si no es un asesinato, ya le encontraremos otro nombre.

Todos fuimos testigos en la vista. El sheriff Bryce estaba allí, pero como si no estuviese. Había también un médico de la policía —un tal Bates, de la ciudad—, y un comisario llamado Ottleman, designado por las autoridades de nuestro estado. Ese Ottleman no acababa nunca con sus pregunta, y muchas de ellas tenían miga, por cierto.

—Señor Lado —dijo—, he escuchado lo que puede ser la más ingenua tortuosidad que haya sido expuesta en una vista, o la más detestable declaración que haya tenido yo la desgracia de aguantar. ¿Hay algún hecho tangible detrás de este embrollo, Lado?

—Hay hechos, claro. ¿Qué desea usted saber?

—¡Válgame Dios!... Veamos: ¿qué le ocurrió a Jessie Pidd?

—Pues que ha desaparecido. Ya se lo han dicho.

—¿Puede usted hacer que vuelva?

—Hombre, supongo que podría, por un rato muy corto. Pero echaríamos a perder toda la broma.

—¿Considera usted señor Lado, que un asesinato es cosa de broma?

—Es que no se trata de asesinato, en absoluto. Jessie Pidd no era una persona.

—¿Ah, no? ¿Qué era entonces?

—No era nada. Nunca hubo un tal Jessie Pidd.

—Lado, eres un redomado embustero —gruñó Runkis.

—Desde luego, soy un embustero —admitió Lado—. Lo cual viene a decir que soy un ilusionista. Tengo un centenar de facultades y he gastado una pequeña broma con una de ellas. Esto es todo. Puedo hacer que cualquier cosa parezca que es; puedo crear realidad. He ocultado esas fuerzas porque no veo claro para qué sirven. Y un día, para aligerar la responsabilidad que me imponen, decidí divertirme un poco.

—¿Cuándo fue que empezaste a hacernos ver a Jessie por primera vez? —preguntó Runkis de mala gana.

—La otra noche, cuando tú me emplazaste a que mandara a un hombre al otro mundo.

—Siendo así, ¿cómo Se explica que hayamos tratado a Jessie varios años, y él hiciera trabajos eventuales en el campo y en el pueblo?

—No le trataste, Raymond. Yo te lo sugerí, y tú eres buen receptor. Repito que Jessie Pidd nunca ha existido.

—Lado, hay dificultades con su declaración —intervino Ottleman—. Hay pruebas de que Pidd era conocido de años en este lugar; era el legítimo esposo de cierta..., sí, de Maudie Malcome.

—Exactamente, no. Sólo lo más parecido a un esposo que Maudie haya tenido en su vida. No está bien de la cabeza, esa pobre mujer.

—Nada de eso —interrumpió el pequeño Mack McGoot—. Es una persona simple y de poco seso, como lo era también Jessie Pidd. Les queríamos a los dos. Y habrá venganza por lo que ha sucedido, dentro o fuera de la ley.

—No sabía que fuese yo tan ilusionista. Y si lo hice, ¿por qué no puedo deshacerlo? Ottleman, esta gente sueña despierta, y se figura lo que nunca fue. Compruébelo usted mismo. Presénteme alguna referencia escrita de Pidd, anterior a los cuatro días últimos. Si un hombre ha vivido en un pueblo varios años, ha de haber algún dato de él, tendrá que haber hecho cosas en alguna parte. Si ha venido haciendo trabajos sueltos durante años, alguien tendrá recibos o apunte de los pagos. Estamos en un mundo de papeles, y en cualquier sitio debería haber papeles a nombre suyo.

—Jessie era un hombre que pasaba inadvertido —dijo John Noble.

—¡Busque, Ottleman! —insistió Lado—. No encontrará usted ni una sola nota en todo el pueblo. También desearía que obtuviera de los ocho testigos, uno a uno por separado, la descripción de cómo era Jessie Pidd.

—Bien. Vamos a interrumpir la vista y dedicaremos dos horas a lo que usted pide —dijo Ottleman.

En aquellas dos horas recogieron un buen caudal de información.

—Se reanuda la vista —anunció Ottleman—. Lado, no tiene usted donde agarrarse. Y a nosotros no nos queda ninguna duda; Jessie Pidd era muy conocido en este pueblo, desde hace muchos años.

—¿Cuántos años?

—Nadie está completamente seguro. Hay quien habla de cinco, y quien habla de cincuenta.

—¿Coinciden las descripciones de ese hombre que no existió?

—Todos están de acuerdo en llamarle estrambótico y difícil de describir?

—También declaran todos que no tenía una edad bien definida... Señor Lado, he recogido más pruebas que usted. Es normal que la gente no concrete, y muy corriente que describa con poca seguridad. Pero ahora estoy convencido de que Jessie Pidd era un hombre de carne y hueso, y que usted lo ha llevado a la muerte.

—¿Encontraron algo escrito sobre él? Esta es la verdadera prueba.

—No, no encontramos nada, y tampoco es ésa la prueba. Según asegura todo el mundo, no era de esa clase de hombres de los que se suele tomar notas escritas. Los que le tuvieron a su servicio, pagaron siempre en efectivo. Nunca estuvo en el censo de votantes, nunca tuvo un permiso de conducción o una tarjeta de seguros sociales, ni una cuenta en un banco, ni una hoja de impuestos. Era un hombre que no formaba parte de nuestro mundo de papeles, como usted dice.

—¿Y no dejó algo escrito de sí mismo?

—No. Parece que era analfabeto.

—¡Es como para coger una pataleta! ¿Ni tan siquiera una firma hecha con el pulgar de su mano?

—Ni tan siquiera eso, Lado, pero existió a pesar de todo. Podemos, pues, acabarle a usted la diversión y volver al punto principal. ¿Cómo le mató? ¿Y dónde está su cadáver?

—Señor Ottleman, estoy diciendo la verdad a una sala que no se aviene a escucharla. El poder de la ilusión es de los que han venido a mí sin pedirlos. Para recreo mío y, según creía yo, también de los demás, he creado la ilusión de un hombre; luego, he dejado que se desvaneciera. No hubo nunca ese tal Jessie Pidd. Era un pobre hombre, le hice así por simple ficción. Todos los que están aquí son pobres hombres, señor Ottleman, y están sometidos a una ilusión constante.

—¿No siente remordimiento por su crimen?

¿Cómo puede ser tan obcecado, señor Ottleman? Fue una treta, nada más que una treta de ilusionismo. Ahora el caso ha terminado, y nadie ríe —y aquí la voz de Lado se hizo más estridente—. Tengo el poder por accidente. Soy hombre de una nueva clase.

—Y nosotros somos de una clase antigua de justicia —dijo Ottleman—. Encontraremos el cadáver dondequiera que lo haya ocultado, y será usted colgado por asesinato.

Pero por mucho que la cuerda se desviviese por el cuello de Lado, la rutina judicial no podía colgarle sin el cadáver como cuerpo del delito.

Afortunadamente, los particulares no nos andamos con tantos miramientos. Alguien tenía que hacerlo, y lo hicimos nosotros.

Era una tarde muy luminosa. Lado no quería ir a la soga. Por lo visto, un hombre de la nueva clase le teme a la soga como cualquier quisque.

—¡Locos, locos! —gritaba Lado con la manos atadas a su espalda—. Estamos en el comienzo de algo muy importante. Estamos en la línea del futuro.

—Pero tú estás hoy —le atajó Runkis— en el extremo que lleva un nudo corredizo.

—¡Locos, locos malditos! Jessie Pidd no existió nunca.

Bueno, aquella parte ya la conocíamos. Pero, como decía el propio Lado, ¿quién desea echar a perder una buena broma?

Le colgamos, y en paz. Como también decía el propio Lado, llegó a este mundo un poco demasiado pronto. Había acabado de dar gritos momentos antes de que le colgásemos.

—Sigo creyendo que alguien me dirá qué debo hacer con mis facultades.

—Sí, pero todavía no lo ha dicho —volvió a comentar Runkis.

Y entonces tiramos todos de la cuerda.

Runkis y el pequeño Mack McGoot se encargaron del cuerpo. Aseguraron que nadie lo encontraría donde lo pusieron, y el caso es que no lo han encontrado todavía, a estas horas.

¿Qué hace uno después de colgar a un hombre? Pregunta innecesaria, puesto que aquel mismo hombre nos había enseñado ya lo que hay que hacer. Por otra parte, un hombre del futuro no deja un gran hueco en el presente.

Cuando todo un pueblo se confabula, puede hacer milagros en un solo día. Borramos hasta las más leves huellas de Mihai Lado. Y tuvimos suerte, además. Aquel tipo, con su eterno fajo de billetes, había pagado siempre al contado, como ya he dicho. Sospechábamos, incluso, que su nombre no fuese verdadero. Acudimos a todos los establecimientos, recurrimos a todo y a todos, revisamos uno por uno los tratos hechos, las anotaciones. Algo hubo que quemar o mistificar, pero no mucho. Le habíamos mandado, y bien mandado, al otro mundo.

Al llegar Ottleman con su guardia, se encontraron con un público muy difícil de pelar.

¿Qué han colgado a un hombre? ¿Quién? ¿Nosotros? ¿Un tal Mihai Lado? No me diga. Aquel nombre no le sonaba a nadie. Hasta el mismísimo sheriff no pudo reconocer al señor Ottleman en su segunda visita; hubo que repetir las presentaciones. Ottleman tiró la cartera al suelo, en un arranque de rabia.

Aquí hay un error, le dijeron. Esto es Springdale, y usted debe de hablar de Springfield, que está en la otra punta del estado. ¿Una vista anterior? ¿Y de anteayer? Otro error, seguramente. ¿Y los documentos que lleva en la cartera? Vaya usted a saber dónde paran. La cartera acaba de recogerla un chico que ha escapado con ella. No, no conocemos al chico. Ni conocemos a nadie.

Fue una escena de nervios, en verdad, pero todos representamos bien nuestros papeles, y la cosa salió adelante. Señores, en este pueblo no hubo nunca un Jessie Pidd, y tampoco un Mihai Lado.

Sin embargo, queda un detalle a considerar, sobre estos tipos del futuro. Y es que unos y otros, sin remedio, hemos de acabar yendo un día a ese país del futuro.

—Y allí nos estará esperando —se lamentó el pequeño Mack McGoot—, a uno cualquiera de los dos lados de la barrera. Entonces nos tendrá en sus manos.

—Apuesto a que no —objetó Raymond Runkis.

Pero Runkis está ya deshecho, el pobre. Se puso viejo de golpe, y viejo es algo que yo no quisiera ser.

Allá arriba, en quién sabe qué negro rincón, a un lado o el otro de la barrera —como dijo el pequeño Mack McGoot—, hay un mozo pecoso y pelirrojo, dotado de unas facultades que estarán empezando a madurar. Es un mozo con esa clase de ojos que no son de por aquí. Y del que se diría que mira a través de la cara de otro hombre, como una máscara.

Eddy C. Bertyn - Cuestión de rivalidad

Abrí la puerta del cuarto de espera luego de echar una ojeada a mis notas y ver quién era el próximo en la lista.

-Pase, por favor, señor Thomson -dije.

Entró, como la mayoría de ellos, poco seguro de sí mismo, secándose él sudor de sus grandes manazas rojas en el abrigo. Aunque hacía mucho calor aquella tarde y no hay duda de que debía estar sudando de lo lindo dentro de su abrigo de pieles, prefirió conservarlo puesto, lo mismo que su sombrero.

Cogió, sin embargo, una silla y se sentó, mientras yo tomaba asiento detrás de mi gran mesa de caoba. De nuevo rechazó mi oferta de que se quitara el abrigo y el sombrero. Le examiné de arriba abajo. El señor Thomson era un hombre menudo y delgado, con el rostro como el de un halcón y una nariz demasiado larga. Tenía los ojos saltones como los de un sapo, lo que contribuía a darle aquella eterna expresión embobada. Sus manazas eran una contradicción al resto de su físico. No parecía dispuesto a empezar a hablar por impulso propio.

-¿Qué puedo hacer por usted, señor Thomson? -le pregunté.

Se revolvió un poco en su silla sin contestar. Aquella mirada fija de sus ojos enrojecidos, demasiado enrojecidos, empezaba a ponerme nervioso. La conversación no se desarrolló de la manera prevista.

-Por favor, señor Thomson -le dije cortésmente- soy un hombre muy ocupado. ¿Qué tal si me dice qué es lo que le ocurre? .

-¿Lo que me ocurre? -inquirió él, removiéndose de nuevo en su silla.

-Vamos, señor Thomson. Para esto estoy aquí, y para eso ha venido usted. Yo soy médico y ayudo a .la gente. Estoy aquí para ayudarle. Usted ha concertado una entrevista conmigo, de modo que algo debe preocuparle. Bien, le escucho.

Esperé un momento para dejar que digiriese mis palabras. Estaba apunto de abrir la boca de nuevo cuando se inclinó hacia adelante y me preguntó:

-¿Le gustaría venderme su alma?

Así, sencillamente. He visto toda clase de excéntricos en mi despacho, algunos de ellos gente muy normal que piensan que necesitan ayuda para ordenar sus mentes, y también algunos verdaderos lunáticos. Pero ninguno de ellos me había preguntado nunca si yo tenía un alma y mucho menos si quería venderla.

-Mi querido señor Thomson, ¿por qué habría yo de querer venderle mi alma?

-Bueno , podría haber muchas razones. ¿Qué tal conseguir una buena pila de dinero sin tener que trabajar por él?

-Como usted ve, me arreglo muy bien con lo que gano. Además ocurre que me gusta mi trabajo.

-¡Ah, bien! Si usted es uno de ésos... Entonces, ¿tal vez quisiera suprimir a alguien de su camino? ¿O hay alguna chica que le gustaría tener? ¿Eh? Alguna preciosa...

-Señor Thomson, hablemos seriamente. No quiero matar a nadie por razón alguna. Y en cuanto a su segunda proposición, me temo que mi esposa tendría algunas objeciones que hacer.

-Bueno, estoy seguro de que podremos encontrar alguna razón. Incluso si usted...

-Escúcheme, señor Thomson, por favor. No perdamos ni su tiempo ni el mío. Vamos a suponer que yo le vendiese mi alma, si es que tal cosa existe. ¿Qué haría usted con ella?

-¡Oh, claro, que existe! De eso estoy seguro y ¿qué piensa que haría con ella? Nada, naturalmente. Ni siquiera la recogería, esto no es parte del trato. Estoy aquí sólo como intermediario, como un pobre diablo que trata de ganarse la vida en este caos que usted llama su mundo.

¡De modo que era un diablo! Me eché a reír. No debiera haberlo hecho, pero no pude evitarlo.

Luego dejé de reírme porque vi que él se estaba volviendo negro. De veras, se estaba volviendo tan negro como el carbón y sus ojos enrojecidos parecían dos brasas que despidiesen chispas de fuego. Cuando interrumpió su demostración, pareció encorvar los hombros y se echó a llorar de pronto. Es siempre un shock ver a un hombre adulto que solloza, sobre todo después de su jueguecito de horror.

-¡Por favor, por favor! En nombre de Lucifer, no se ría, no se ría de mí. No puedo soportarlo más.

Fui hasta donde él estaba y le di unas palmadas en el hombro.

-¡Vamos, vamos, señor Thomson! Seguro que no es tan grave como todo eso.

Levantó los ojos para mirarme. Era un pobre montón de miseria. Afortunadamente, había recobrado su color natural y esto me tranquilizó un poco.

-Pues sí lo es -sollozó él-. ¿Puede imaginarse que no he conseguido un alma durante los últimos tres meses? ¿Cómo voy a comer? Estoy abandonado a mí mismo: si no hay alma, no hay paga. No puedo recurrir a nadie; no hay sindicatos que nos acepten.

-Pero usted me había prometido montones de dinero. ¿Por qué no usa usted mismo un poco de ese dinero?

-Porque no lo tengo yo. Es la oficina central la que se ocupa de esa parte del trato. Lo único que a mí me dan es mi paga del mes, si es que me he ganado alguna..., cosa que no he hecho durante los últimos tres meses. Cogí mis últimos ahorros para poder pagarle sus honorarios.

Volví a sentarme detrás de mi mesa. «Mejor será tomarlo con tranquilidad -me dije-. No parece peligroso. Después de todo, he curado a siete Napoleones y dos Adolf Hitler, para no nombrar más que unos pocos. ¿No voy a poder manejar a un simple demonio?»

-Empecemos por el principio -le dije-. Supongamos que me lo cuenta usted todo por orden cronológico. Pero no sentado ahí, en esa silla tan incómoda. ¿Por qué no se echa en el diván y se relaja? Se sentirá mucho más a gusto.

Se tendió, sin quitarse ni el abrigo ni el sombrero: Luego se corrió un poco hacia la izquierda.

-Tengo que andar con cuidado -me explicó-. La semana pasada me cogí el rabo con la puerta de la cocina. No se ha curado aún del todo y me duele como el cielo.

Ocupé mi sitio habitual a la cabecera del diván y coloqué el libro de notas en mi regazo.

-Aclaremos ahora unas pocas cosas -le dije-. Lo mejor será que me cuente un poco de su pasado antes de que nos ocupemos de sus verdaderos problemas.

Aun vaciló un poco y luego empezó a hablar, torpemente al principio, pero poco a poco las palabras empezaron a salir en avalancha. Sin duda, todo ello había estado en su mente años y años.

-Mi nombre es J. Thomson. Yo...

-¿Qué significa la J? -le pregunté yo interrumpiéndole.

Tuvo un estremecimiento.

-Johannes. Lo siento, no puedo pronunciar ese nombre como es debido. Me da tiritona.

-Continúe, por favor.

-Bueno, ése es mi nombre en la Tierra, naturalmente.. Mi verdadero nombre es Valefar. Siempre he servido bajo las órdenes del brigadier Sargatanus, antes de tener problemas con ese imbécil de Loray. El muy vago siempre encontraba la manera de escurrirse y que yo hiciese su trabajo. Cogía prestado uno de los gabanes invisibles de Sargatanus y venía aquí arriba, a hacer de mirón, este cochino ángel.

Pronunció la palabra ángel como si fuera una maldición. «Sentimientos de envidia contenidos, temor de los superiores, impulsos sexuales reprimidos», anoté en mi libreta.

-Hasta que al final -continuó él diciendo- llegué a estar harto. Estaba tan furioso que empecé una pelea. Después que hube volcado una sartén de grasa caliente sobre su cabeza, el casi me ahogo en aceite hirviendo. Eso me enloqueció, sabe usted, y le di un mordisco en el rabo. ¡Cómo gritaba! Usted no puede saberlo, pero tenemos el rabo extraordinariamente sensible. Apuesto a que el bandido aún conserva la marca de mis dientes. ¿Cómo iba a imaginar que Loray gozaba entonces de los favores de Sargatanus, el viejo cochino? Loray se quejó a su amigo y Sargatanus fue directamente a ver al viejo. El resultado fue que Astoreth me despidió y me envió aquí arriba para que fuera recogiendo algunas almas miserables, como si yo fuese un demonio de tercera clase. Y todo ello sólo por un mordisco en el rabo. Ni siquiera tenía buen gusto.

«Problemas en la oficina -murmuré para mí mismo y lo escribí-. Sentimientos de rencor contenidos; resentimientos que ahora vienen a unirse a su fantasía. Sufre también de un severo complejo de castración.»

-Dígame, ¿cuánto tiempo lleva alimentando esta idea de ser un demonio?

-Desde siempre, naturalmente. Y es un hecho, no sólo una... idea.

-¿Quiere decir desde que nació? ¿O desde tan lejos como puede recordar?

-YO NO NACÍ ¿Tengo que deletrearlo? Yo fui creado como todos nosotros, antes de que el Divino Hacedor (escupió estas palabras) nos arrojase del cielo.

«Rechazo subconsciente de la realidad, trauma natal y recuerdos prenatales -escribí-. Posible reacción a la imagen del padre. Fallo en adaptarse y le echa la culpa a los otros.»

-¿Odiaba a su padre?

-¿Mi padre? Si no nací, ¿cómo iba a tener un padre? Es cierto que nos gusta considerar al viejo Lucifer como una especie de padre espiritual, si es eso lo que quiere decir. Ese hijo de su madre podía haberse impuesto a Astoreth. Le dirigí una protesta oficial... pero probablemente acabó en su papelera. Me gustaría sacarle las tripas, el podrido cochino...

Siguió una larga retahíla de palabras que no voy a repetir aquí, la mayoría de ellas absolutamente desconocidas a mis oídos, aunque su significado estaba claro.

«Decepcionado con la imagen que se creó para sustituir la del padre», anoté.

-¿Podría decirme algo sobre su juventud?

-¡Oh! Siempre he vivido un tanto encerrado en mí mismo, incluso allá abajo. Siempre deseé tener un sencillo y limpio trabajo administrativo, ¿sabe usted? Lo que pasa es que no podía acostumbrarme a la pestilencia de sus fuegos y al hedor de la grasa quemada y al aceite hirviendo. Tuve incluso que tomar vacaciones un par de veces, porque aquel continuo griterío estaba empezando a desequilibrarme. Aunque fuera por breve tiempo, no sabe lo que me alegré de alejarme de allí.

«Falta de amor maternal -escribí-. Complejo de inferioridad como resultado de su incapacidad para realizar su trabajo.»

-Luego conseguí este empleo con Sargatanus. Era un trabajo perfecto para mí: llevar los libros; un poco de máquina y correspondencia, hacer las listas de salarios, pensiones y cosas así. Hasta que aquella pelea con Loray acabó con todo.

-¿Querría contarme algo de su trabajo aquí?

-No hay mucho que contar: lo único que tengo que hacer es contactar personas que quieren o necesitan algo desesperadamente. Les explico las condiciones del trato y si ellos están de acuerdo me ocupo de que obtengan lo que quieren. A su debido tiempo, viene la cuestión del pago.

-¿Es usted quien hace la entrega y recoge el pago?

-¿Por quién me ha tomado? ¿Por un recadero? Yo sólo hago de intermediario. Hago los contactos y los paso a la oficina. Allí investigan si vale la pena molestarse y llevar a cabo el resto del trabajo. Bueno, esto es lo que hacían cuando el negocio marchaba bien.

-Ahora, si no le importa que se lo pregunte francamente, ¿por qué ha venido usted aquí? No esperaba que iba a venderle mi alma. ¿Por qué venir a un psiquiatra si está usted tan seguro de sí mismo?

El pobre diablo sudaba ahora profusamente y se revolvía en su silla. Era fácil ver que estaba luchando consigo mismo para desembuchar lo antes posible.

-Bueno, verá usted..., las últimas veces..., pues, yo...

Dígame, doctor, ¿usted cree que yo soy un diablo?

«Cuidado ahora», pensé. ¿Cuál sería el mejor camino?

-Francamente, no, no lo creo. Pero usted sí parece creerlo.

-Ya me lo imaginaba. Nadie lo cree y éste es el problema. NADIE CREE; no creen en Dios, ni en la Iglesia; no creen en el alma ni... en el demonio. Durante los últimos meses he tenido quince casos que realmente querían o necesitaban algo. Venía a ver a los sujetos y les ofrecía mis servicios... SE REÍAN DE MI ¿Imagina usted el efecto que esto me hace? En mi propia estimación, quiero decir. Uno de ellos llegó a pensar que se trataba de una broma y me dio un puñetazo en un ojo. Casi no me atrevo ya a aparecer por el vecindario. Tan pronto como me ven, empiezan a hacer signos y a llevarse el dedo a la sien. Durante los últimos cuatro meses he tenido que mudarme dos veces. Bueno, hasta ahora siempre he conseguido ignorar a la gente estúpida, aunque me cueste pasar hambre. Pero ayer fue ya demasiado. Había aquellos niños, sabe, que me seguían diciendo: «¡Eh, señor demonio! ¿Quiere un alma a cambio de chocolate?».

«Asombroso complejo de inferioridad», murmuré para mí. Pero él siguió:

-Empiezo a tener miedo de salir a la calle. Cuando oigo que alguien se ríe, empiezo a pensar que es por mí. Y cuando alguien me mira por encima del hombro, quisiera desaparecer. ¡Escuche, doctor...!

Se quitó el sombrero y me señaló su cabeza.

-¿Los ve? ¿Los toca?

Se levantó del diván y se quitó los zapatos, sacudiéndolos y maldiciendo los nombres de todos los santos, si no salían inmediatamente. Luego me enseñó un pie detrás de otro.

-¿Los ve?

Dándose la vuelta empezó a bajarse los pantalones.

-Por favor, señor Thomson -dije-. Esto no es un campo de nudistas, ¿sabe usted?

«Impulsos exhibicionistas también», anoté en mi libreta.

-¡Oh, cállese! -dijo él. Terminó de bajarse los pantalones y levantó el trasero-. ¿Lo ve?

Volvió a ponerse sus ropas y se sentó en el diván, mirándome desesperado, con sus ojos enrojecidos.

-Ahora dígame toda la verdad, doctor. ¿Vio usted y palpó lo que yo veo y palpo? ¿Mis cuernos? ¿Mis pezuñas? ¿Mi rabo? He leído bastante sobre psiquiatría antes de .venir a verle, de manera que sé algo de cómo trabaja la mente. Dígame, ¿SOY REALMENTE UN DEMONIO? ¿O tal vez un ser humano corriente que trata de ocultar su identidad en un complicado escape de fantasías?

Hubiese esperado cualquier cosa después de su exhibición, pero ciertamente no esto. Hasta ahora ningún Napoleón habla dudado de que era Napoleón.

-¿Qué es lo que le hizo empezar a dudar de ser un demonio? -le pregunté, felicitándome a mí mismo por el caso. ¡Qué maravilla confundir la realidad con la imaginación hasta tal punto que el mundo imaginario del escape se hace irreal!

-Escuche -me dijo sacando un papel. de uno de sus bolsillos-. Mire esto, es uno de nuestros contratos. Dice aquí: «Contrato hecho entre el vendedor, señor..., que de ahora en adelante será llamado VENDEDOR, y el comprador, Productos Lucifer Asociados, que desde ahora será llamado COMPRADOR. Por ésta declaro vender al COMPRADOR mi ALMA sin ninguna reserva, en la condición exacta en que se encuentre en el momento de su entrega. A cambio de ello recibiré del COMPRADOR los siguientes valores, etc., etc». Cuando les enseño esto a mis posibles clientes, algunos se ríen v otros dicen que es una factura vieja de mi sastre. Dígame lo que realmente se lee aquí. ¿Está todo ello en mi imaginación solamente? ¿Es todo mi pasado una ficción? Pero yo sí puedo leer el contrato. incluyendo la letra menuda de los párrafos siete y ocho. Puedo PALPAR mis cuernos y puedo incluso menear el rabo. ¿Ve?

Le observé atentamente. Parecía como si pudiese soportar el shock.

-Amigo mío -le dije-, tiene que enfrentarse con ello: sufre usted de una complicada ilusión, que se ha inventado para sí mismo. Ha cambiado la realidad por un mundo de fantasías, en el que usted se ve importante. Pero no puede continuar escondiéndose siempre. Uno de estos días perderá la razón y entonces no habrá remedio. Eso sí que será el infierno, y no hago ningún juego de palabras. Sin embargo, ha dado usted el primer paso en el camino de la curación, empezando por dudar de su propia fantasía. Para intentar aclarar este asunto de demonios tendré, no obstante, que aprender muchas cosas sobre su persona y sobre la manera como funciona su mente. Hay ciertas cosas que estoy seguro que no querría o no podría decirme por propia voluntad; cosas que están en lo más profundo de su subconsciente. Podría sacarlas con preguntas, pero esto llevaría .mucho tiempo y dinero, y supongo que usted no lo tiene, puesto que me ha confesado que ha tenido que recurrir a sus ahorros para poder venir a verme. Sin embargo, sugiero ponerle en estado hipnótico para que salga al exterior con mayor rapidez.

Pude ver que no le gustaba la idea. A ninguno de ellos le gusta que el manipulador de cabezas les hurgue en el cerebro mientras duermen. Tuve que usar una gran dosis de persuasión antes de que acabara por acceder a ello, una vez que le aseguré repetidamente que era completamente inofensivo.

Demostró ser un médium excelente, y se quedó dormido casi en el acto. Una vez que le tuve inmerso en un profundo sueño, saqué la jeringuilla de cajón de mi mesa-y le puse una inyección para evitar que se despertara demasiado pronto. Cerré las cortinas de las ventanas y saqué mis bisturís, tijeras, antisépticos y coaguladores. Me puse la bata y empecé a trabajar. Fue mucho más difícil de lo que había imaginado, porque era un tipo muy duro y necesité casi dos horas para terminar la operación. Entonces le di otro jeringazo., retiré las cosas y me senté tranquilamente tras el diván.

Allí estaba aún cuando se despertó.

-Óigame -le pregunté-. ¿Quién es usted?

-Pues soy Valefar. y mi nombre aquí es Thomson.

-No, usted NO es Valefar. Usted ES el señor Johannes Thomson, amigo mío, y eso es todo. Ha estado usted sufriendo de una ilusión muy fuerte, debida a varios incidentes desagradables que han trastornado su juventud y dejado huellas en su cerebro. Creció usted sin ningún afecto porque perdió a su madre al nacer. Hizo a su padre responsable de esto, representándolo como Astoreth, su «padre mental», pero no corporal. Fue usted un muchacho muy solitario, que deseaba mucho tener una chica, pero debido a su complejo de inferioridad no se encontraba con valor suficiente para acercarse a ninguna. De modo que tuvo que contentarse con observar y jugar al mirón, al mismo tiempo que se despreciaba por lo que hacía y por lo que no era. Así se creó una doble imagen que era todo lo que usted no era y llamó a esta segunda identidad Loray. No hay duda que todos estos nombres los encontró en algún libro barato sobre magia y demonología. El mundo y la gente con los que usted trabaja no podían llegar a usted ni comprenderle, pero en lugar de adaptarse a ellos le resultó más fácil pensar que le odiaban. De modo que empezó a odiarlos usted a ellos, mientras ocultaba su inferioridad dentro de sí mismo. ¿Qué mejor manera de hacerlo que tratando de imaginarse que era usted alguien importante y más poderoso que ellos? ¿Qué mejor personaje para esto, que el de un demonio? He descubierto algunas cosas muy curiosas en su mente mientras dormía, amigo mío, pero quédese tranquilo, todo esto es absolutamente confidencial, sólo entre usted y yo, el paciente y el doctor. Hace poco se peleó con su superior en la oficina y como resultado de su obstinación, perdió el empleo. Esto le ha afectado tan profundamente que intentó escapar a la realidad por completo y empezó a ver y a palpar cosas que existían en su mente. He conseguido destruir algunas de estas ideas nocivas bajo hipnosis, mientras estaba usted durmiendo. Todavía cree que es un demonio, ¿verdad?

-Naturalmente que lo creo. Lo sé.

Parecía inquieto y enfadado. La mayoría se muestran así cuando uno destruye sus historias.

-Eso pasará. Debe enfrentarse con el hecho de que todo esto no son sino falsos recuerdos que usted ha planteado en su cerebro. Cuando vino ya había empezado a dudar de ello. Vamos a echar ahora una ojeada a esas pruebas concretas que tiene usted de ser un demonio.

-Bueno, aquí están mis...

Sus dedos buscaron y buscaron por su cabeza.

-No -le dije con acento cortante-. No hay cuernos. He examinado con toda atención su cráneo. Tiene usted aquí dos pequeños bultitos; probablemente se golpeó con una puerta o con un armario o algo por el estilo. Es su imaginación la que ha convertido estos bultitos en dos cuernos. Es hora de que acepte la verdad: tiene usted un par de pies deformes, que supongo que es una de las grandes razones para su complejo de inferioridad. ¡Pero no tiene pezuñas! Intente también menear el rabo... ¿Ve? ¡No hay rabo en absoluto!

-Pero... yo pensé... estaba tan seguro...

Parecía desconcertado ahora, casi asustado. y sin embargo, feliz...

-Sí, señor Thomson, la imaginación del hombre es una cosa muy extraña e incluso algunas veces muy peligrosa. Pero como puede usted ver por sí mismo, la cura ha comenzado. Empieza a descubrir los agujeros de su propia historia fantástica. ¿Ve? Nunca ha tenido cuernos ni rabo. Usted pensó que me los enseñaba, pero yo francamente sólo vi su trasero.

-Sin embargo, el contrato... también se lo enseñé.

-Sí, creo que esto es lo que quiere usted decir -le contesté agitando el papel ante sus ojos-. Una factura de Harker & Sons por el traje que lleva usted ahora. Sin pagar aún me temo. Poco a poco, todas las piezas de su rompecabezas mental van encajando en su sitio. La necesidad desesperada que tenía de dinero, su amargura al perder su empleo: todo ello contribuyó a empujarle hacia el borde de la locura. Dígame, ahora que ve la verdad tal como es, ¿cómo se siente?

-No lo sé. Hay algo que me parece irreal, si lo comparo con lo que recuerdo. Todavía recuerdo el infierno, y los gritos y mis desesperados intentos por comprar algo.

-Pero ahí está -la clave del asunto precisamente. Usted TRATÓ DE COMPRAR ALMAS. Imagínese, ir por ahí enseñándole a la gente una factura sin pagar y pretendiendo que era un contrato para comprar sus almas. ¿Le extraña todavía que se rieran de usted y pensaran que estaba loco y hasta que le dieran un puñetazo en las narices? En cuanto a sus verdaderos recuerdos, ya volverán a su debido tiempo. pero tómeselo con calma. Piense que esto es como un nuevo punto de partida para usted. Yo le he devuelto su verdadera identidad. Trate de olvidar las falsas imágenes, y si las verdaderas no vuelven, olvídelas también. No son importantes. Empiece de nuevo, amigo mío, sin cuernos ni rabo. El resto ya irá saliendo de su interior.

-Doctor. no sé cómo puedo agradecerle...

-No, no me dé las gracias. Es sobre todo usted mismo quien ha contribuido a curarse. Queda ahora esta cuestión insignificante de una pequeña factura por la sesión de esta tarde.

-Claro, claro.

Sacó su libreta de cheques y repentinamente se puso negro otra vez.

-¡Doctor! -sollozó-. Mire lo que dice aquí sobre mi carnet de cheques: LUCIFER ASOCIADOS. SUCURSAL LOCAL, SECTOR 773. REPRESENTANTE, SR. VALEFAR.

Cogí el carnet de sus manos, lo miré un momento y luego lo rompí en dos pedazos y lo arrojé a la papelera.

-No era más que un carnet ordinario de cheques -le dije-. Pero con esto liquidamos el último intento de su subconsciente. Ahora, como supongo que no lleva dinero bastante consigo, le anotaré mi cuenta y usted vendrá a abonármela cuando quiera. ¿Digamos dentro de dos meses? Sí, ya veo, que le conviene así. Tenga, señor Thomson. No, no me de las gracias otra vez; me alegro mucho de haber podido ayudarle. Acuérdese de volver dentro de dos meses, O. K.?

Se marchó, todavía muy inquieto, pero un hombre nuevo de todas formas. Cuando me hube asegurado que había salido ya del edificio, me dirigí a mi mesa, abrí el cajón de la izquierda, y saqué los cuernos, los trozos de pezuña que le había cortado para dejarle más o menos con forma humana y el largo rabo puntiagudo. Todavía chorreando un poco de sangre verde. Lo arrojé todo dentro del incinerador y abrí las ventanas para que saliera de la habitación aquel olor de infierno. Luego llamé a los míos para que entrasen, veinte en total, entre los diez y los ochenta años de edad.

-Bueno -les dije-. Mis felicitaciones por un espléndido trabajo. Vamos a ver, el siguiente es Aamón. Ahora se llama Frank Martin Delver y vive en South-Coast número 4, Sector 772. Este va a ser un trabajo principalmente para mujeres, ya que a él le encantan. Ya sabéis cuál es el sistema: empezad por contarle vuestros problemas, pero dejad que sea él quien haga las proposiciones. Luego, os reís. Esperáis unas dos semanas antes de mandar los chicos tras él. Para entonces ya estará maduro. Harry , ¿ya conoces los anuncios para los periódicos en aquel sector de la ciudad? «¿Tiene problemas? ¿Se imagina ser lo que no es? Yo puedo ayudarle, etc.». Trata de averiguar qué periódicos lee, e inserta en ellos por lo menos cuatro anuncios. Tú, Karl, me buscarás un nuevo despacho en las cercanías de South-Coast Street y le das la dirección a Harry, para que la ponga en los anuncios lo antes posible. Eso es todo por ahora, tengo trabajo que hacer.

Cuando se marcharon abrí el panel secreto que había en el muro y saqué la lista. Todos los nombres estaban allí, empezando por Lucifer, Belzebú, Astoreth, luego Lucifuge, Satanaquia, Agaliarept, Fleuretty, Sargatanus y Nebiros. Seguidos de miles y miles de demonios menores. Sólo una pequeña parte de la lista estaba marcada con tinta roja: los nombres de aquellos que operaban en MI ciudad. La leí por encima y comprobé que la situación no era del todo mala. Habían sido borrados ya quinientos treinta y siete nombres, lo que dejaba un resto de sólo doscientos treinta y uno. A su debido tiempo los tendría a todos, uno tras otro. Al fin y al cabo, tenía tiempo, todo el tiempo del mundo.

Empecé escribiendo las hojas de paga para los míos, cheques certificados de GABRIEL & COMPANY, ASOCIADOS. No se podía dejar que todos esos demonios anduviesen sueltos. Ya teníamos bastante trabajo con los humanos.

Hacía mucho calor en la habitación, así que me quité la chaqueta. Pensé en Aamón y agité mis alas, extendiéndolas unas cuantas veces. Le di dos semanas de plazo. De manera lenta, pero segura, estábamos eliminando a la oposición.

En cierto modo podía considerarse como una cuestión de rivalidad.