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Retrato de Emma en el jardín Técnica mixta - Mercedes Abad

Puede que aquel día las cosas no fueran perfectas (de hecho, estoy segura de que no lo eran), pero al menos tenían el detalle de parecerlo. El cielo era de un azul profundo, el vendaval del día anterior había limpiado la atmósfera y el mundo estaba tan resplandeciente como si acabaran de vendérnoslo y la emoción de estrenarlo nos impidiera pensar en lo caros que iban a salirnos los plazos. 

Todas las cosas, de las mayores a las más chicas, daban la impresión de hallarse en estado de gracia. Incluso mi humor, que en los últimos días había atravesado zonas borrascosas, era radiante. Aunque, si he de ser sincera (pero ¿quién coño me obliga a ello, eh, acaso algún sensible lector piensa forzarme a ello pistola en mano?), en la trastienda de mi alma reinaba secretamente, como un monarca clandestino en un país republicano, cierta inquietud. 

Era una inquietud de tamaño más que modesto, una microinquietud infinitesimal en edad protoescolar, pura calderilla a la que las inquietudes gordas miraban por encima del hombro, muy bien, pero allí estaba. Podía ser abolida, eliminada, expulsada del sistema, pero, por supuesto, también podía crecer lo suficiente para mirarme desde la imponente magnitud de una inquietud colosal.

Aun así, yo estaba ferozmente decidida a salvar cualquier obstáculo con tal de que por una vez las cosas salieran no bien, sino superlativamente bien, bestialmente bien, cuasi_obscenamente bien. Abría a menudo la nevera porque examinarla y hacer el recuento de los tesoros que contiene siempre me infunde tranquilidad. 

Lo mejor que produce este podrido mundo estaba en mi nevera: la pasta fresca más exquisita que podía encontrarse en bastantes kilómetros a la redonda, el mejor foie gras, los ingredientes más apetitosos y caros para hacer las ensaladas más sabrosas, los quesos, embutidos y fiambres de mayor calidad, los mariscos y pescados más frescos, así como los vinos más adecuados para acompañar cada cosa, todo estaba allí, y me tranquilizaba verlo y pensar que era mío, que podía hacer con ello lo que me pasara por las narices, incluso tirarlo a la basura si me daba la gana. 

En una ocasión compré montones de comida, aguardé a que se fuera pudriendo, fotografié y filmé el proceso, aceché la aparición de gusanos y moscas, clasifiqué meticulosamente los bichos obtenidos, volví a filmarlos y luego los utilicé en una instalación interactiva titulada Vida después de la muerte, donde, mediante un procedimiento de grabaciones y proyecciones, el público podía asistir virtualmente a su propia muerte y verse a sí mismo enterrado en la tumba (la ilusión era casi perfecta) mientras hordas de distintos insectos devoraban su cuerpo. Cuando se expuso, la instalación provocó cierta alarma social así como el colapso de los servicios de incineración hasta que fue retirada.

El precio de las cosas que se apilaban en mi nevera no importaba, podía permitírmelo. Había vendido unas cuantas piezas, y la penuria, la angustia ante el futuro y la falta de perspectivas eran ya sólo un pálido recuerdo de un pasado extinguido y arqueológicamente observable y clasificable (o tal vez barrido a toda prisa debajo de la alfombra). Una de las piezas que acababa de vender (Mi nevera, mi alma) consistía precisamente en una serie de neveras abiertas y más o menos rebosantes de distintas vituallas, cada una de las cuales componía un retrato bastante preciso de sus propietarios. 

Le puse un precio desorbitado, y esta sencilla estratagema atrajo a un comprador ambicioso, alguien que en cualquier caso no retrocedió ante el complejo mantenimiento que exigía la pieza. Cuanto más irrazonablemente caro es algo, más atractivo resulta para ciertos individuos, yo la primera. De hecho, es casi una verdad de Perogrullo: la dificultad de obtener algo le confiere un atractivo irresistible. Si el foie gras, el caviar, el jamón de Jabugo y los vinos exquisitos no fueran tan caros no tendrían la mitad de interés. 

Lo mismo puede decirse del arte contemporáneo: si no fuera relativamente inaccesible, si uno no tuviera que iniciarse primero en sus misterios para ser capaz de disfrutarlo, perdería buena parte de su poder de fascinación. Vivir en sociedad entraña medirse con los otros, y el arte, los vinos, el sexo y la gastronomía son algunas de las cosas que marcan la diferencia. No digo que no proporcionen placer por sí mismos, pero es obvio que además se erigen en símbolos de otra cosa y que esa función simbólica es a veces la más gratificante.

Cerré la nevera después de inspeccionarla por enésima vez y miré a mi alrededor. Lo que vi no pudo por menos de arrancarme una sonrisa. Había que ser un tarado o tener la sensibilidad en el culo para no darse cuenta de que aquella casa era una obra de arte. 

La había comprado a un precio ridículo cuando sólo era una ruina hincada en lo alto de un promontorio y sepultada bajo toneladas de mugre y telarañas, y ahora todo en ella era singular, todo llevaba mi sello, el peso de mi ego y mi gusto por la provocación, todo estaba milimétricamente pensado para producir asombro, admiración, disgusto, asco, rechinar de dientes, rechazo pacato, algo. 

Como la cena ya estaba casi preparada, excepto en algún detalle nimio de última hora, me serví una copa de vino blanco muy frío y salí al porche a esperar a Emma contemplando la larga y centelleante estela que dibujaba en el mar un sol cada vez más bajo.

No podía decirse que hubiera sido desleal con Emma, aunque no por falta de ganas. Desde que ella se largó tres años atrás a Sídney, Australia, en pleno periodo de enfriamiento de nuestra amistad (o de sobrecarga de los motores por recalentamiento), dejando vacante el puesto de mejor amiga que había ocupado durante una secuencia ininterrumpida de dieciocho años, menos poner un anuncio en la prensa, yo había hecho de todo para sustituirla. El problema es que ninguna de las candidatas examinadas con decreciente entusiasmo dio la talla. 

Me entretuve contándolas y llegué hasta diecisiete. Algunas (como era el caso de Jeanine, Susanna y Pina) valían para el puesto de amiga común y corriente, pero eran poca cosa para calzarse la corona, blandir el cetro de mejor amiga y asentar las posaderas en ese noble trono. Confieso que incluso llegué a encumbrar a Jeanine hasta el trono, pero su reinado no duró más de quince días.

Emma, Em… ma, Eeee… mmmaaaaa. Me dejé cegar por los destellos del agua, que tanto me ayudan a combatir la ansiedad, seguramente porque ralentizan mis pensamientos hasta llevarlos a la epifanía del encefalograma plano, la idílica mente en blanco que persiguen los budistas. 

La luz del crepúsculo me había convertido en algo apenas más humano e intelectualmente competente que uno de los líquenes de color ocre que lamían las piedras del jardín, cuando el ruido de un motor sembró la alarma en mi adormilado sistema.

En cuanto abrí los ojos, todas mis células se estremecieron con asombrosa unanimidad. Emma bajaba del coche y, tras cerrar enérgicamente la portezuela y cruzar la cancela, venía hacia mí de forma tan resuelta e inexorable que era obvio que llegaría. De hecho, pisaba tan fuerte como si supiera perfectamente que diecisiete aspirantes a sustituirla habían sido rechazadas una tras otra. Volví a estremecerme, si es que había dejado de hacerlo en algún momento. 

Es curioso: me había pasado los últimos días esperando con impaciente excitación su llegada y ahora que por fin estaba allí, me sorprendí a mí misma deseando con todas mis fuerzas que no llegara nunca, que tardara diez años en cruzar el jardín, que se quedara ahí un rato, donde estaba, en la entrada de mis dominios, petrificada, de modo que yo tuviera un margen de tiempo para superar mi ataque de cobardía. O para salir corriendo.

Entonces, cuando se hallaba a no más de dos o tres zancadas del centro del jardín, cerca del estanque donde flotaba, con el cuerpo asquerosamente hinchado, mi propia versión de Ofelia, Emma, tras una brusca sacudida que resultó un tanto cómica, como si unas riendas invisibles tirasen con repentina fuerza de ella, se quedó extrañamente inmóvil. Ya sé que es difícil de creer, pero lo primero que sentí fue irritación. 

Estaba convencida de que Emma se las había ingeniado para adivinar lo que pasaba por mi cabeza y cumplía mi deseo de verla petrificada con la clara intención de burlarse de mí, de decir la última palabra y ser más que yo. Siempre había tratado de ser más que yo, de ser más que nadie, de encaramarse por encima de los demás, de hacerse notar siempre y en cualquier circunstancia. 

Pero ¿por qué coño tenía que obsesionarme eso a mí? ¿No tenía yo tanta culpa como ella? Al fin y al cabo, tal vez no era sólo la tendencia de Emma a pisotear un poco al resto del mundo sin darse cuenta siquiera, sino también mi mareada proclividad a competir con cualquier bicho viviente y acabar indefectiblemente sintiéndome menos que nadie por el grandioso placer de autofustigarme. 

¿O es que yo también quería pisar a mis congéneres (aunque, a diferencia de Emma, yo sí me daría cuenta) y me fastidiaba que ella fuera la campeona imbatible en esa especialidad? De nuevo, como solía sucederse años atrás, mi propia irritación me irritó a muerte. Por lo visto, hay cosas que nunca cambian, y Emma siempre había tenido la extraña virtud de conseguir que acabara odiándome a mí misma.

Pero, aún cegada por la irritación, caí enseguida en la cuenta de que ocurría algo extraño. La actitud en la que Emma había quedado inmovilizada era sospechosamente dinámica, con el pie de atrás flexionado sin casi tocar el suelo y el cuerpo muy echado hacia delante, de modo que a una persona que no tuviera notables habilidades de mimo o de estatua viviente (y Emma era más bien torpe desde un punto de vista estrictamente psicomotriz) le sería imposible mantenerse en equilibrio y sin moverse más de siete segundos. Me levanté de la tumbona, todavía un poco embotada, y me acerqué a Emma, que seguía congelada en aquella pose absurda, con una sonrisa de oreja a oreja y la mirada chispeante y llena de ironía que constituía su rasgo más característico.

Otro de sus rasgos característicos consistía en prolongar los chistes mucho más allá de lo razonable, lo que les quitaba toda la gracia.

—Venga, tía, déjalo ya —solté casi involuntariamente—. Ya está bien, ¿no?

La sonrisa de oreja a oreja, el pie flexionado y el cuerpo muy echado hacia delante no registraron el menor movimiento ni dieron señal alguna de que su propietaria hubiera oído mis palabras. Espié su pecho, supeditando que la respiración por fuerza había de agitarlo tarde o temprano, pero me equivocaba. La inmovilidad de Emma era tan absoluta que mi irritación dio paso a un pasmo sideral, y el pasmo sideral al pánico.

En arte, la originalidad es el primer mandamiento, así que los artistas tenemos no sólo licencia sino casi la obligación de ahondar en nuestra singularidad. Se supone que trabajamos con eso y que ofrecemos al mundo miradas y puntos de vista insólitos sobre las cosas. Algunos llevan el asunto hasta el extremo de cultivar descaradamente la excentricidad, de modo que a menudo los límites entre extravagancia y locura resultan difusos. 

Por eso uno siempre tiene cierta impresión de cortejar de algún modo la locura, de bordearla y jugar con fuego. Yo siempre he sentido cierto temor a acabar cruzando la frontera. De ahí que ese día mi forma de zafarme del miedo de haberme vuelto completamente loca consistiera en negar la evidencia, puesto que, por otra parte, para mí la evidencia no existe: tiendo a considerar la realidad como un producto de mi imaginación, como una cuestión de perspectiva. 

Por consiguiente, no es de extrañar que diera media vuelta, cruzara la cancela para salir del jardín y me fuera a caminar, dominada a la vez por una considerable confusión mental y una fe ciega en que, a mi regreso, tanto Emma como su coche se habrían desvanecido sin dejar rastro alguno sobre la faz de la tierra. De hecho, durante mi paseo estuve dándole vueltas a la forma de utilizar aquella alucinación como punto de partida para alguna pieza impactante.

No sé si tardé una hora o tardé dos, pero cuando volví el coche de Emma seguía allí, blanco y bastante mugriento, pues ella no es la clase de persona que se preocupa por lavarlo. No me hizo falta mirar al jardín para saber que también Emma seguía en su sitio, plantada en medio del jardín. 

Mientras me acercaba lentamente deseé con todas mis fuerzas que Emma se descongelara, que arrancara a andar, que se moviera, que dijera cualquier estupidez, que se cayera de bruces al suelo. Pero, por lo visto, las Instancias Superiores ya habían dado por terminado su trabajo conmigo. Después de concederme el primer deseo, debían de haberse sentido tan magnánimas que decidieron cerrar la barraca por una temporada.

Cuando llegué junto a ella, decidí recuperar la serenidad y la sensatez. ¿Qué eran esas tonterías de pedir cosas a unas Instancias Superiores en las que ni siquiera creía? Sencillamente, uno no puede creer ciertas cosas, de modo que me dije que por fuerza tenía que haber un truco. 

Un truco endiabladamente ingenioso que planteaba complejos desafíos técnicos, es cierto, pero habida cuenta de que Emma es ingeniera de telecomunicaciones y que además pertenece al tipo de personas capaces de no retroceder ante nada con tal de conseguir lo que quieren, cabían varias explicaciones racionales, todas más o menos fantásticas al mismo tiempo. 

Después de todo, si yo misma había podido crear en un puñado de personas la ilusión casi perfecta de estar metidas en un ataúd bajo tierra mientras los gusanos se afanaban sobre sus restos mortales, ¿por qué no iba Emma a ser capaz de producir un espejismo? Podía, por ejemplo, haberme engatusado con una serie de proyecciones holográficas realizadas desde algún vehículo en marcha y mientras esas imágenes virtuales me distraían a modo de señuelo, varios individuos, ocultos tras esa pantalla virtual, podían muy bien haber colocado aquella escultura hiperrealista en mi jardín. Era una hipótesis plausible. Y el hecho de que yo estuviera medio dormida debió de concurrir a favor de los autores del ingenioso fraude.

Aplaudí no sin ironía gestual, convencida de que Emma estaría escondida en alguna parte, saboreando el éxito de su performance, y de que no tardaría en hacer acto de presencia. Mientras examinaba la escultura, admirada ante su pasmoso realismo (me gustaba particularmente el bolso de mano de plástico transparente de color rosa chicle en el que se veían las llaves del coche, un paquete de Marlboro Light, un monedero, un plumier, varios papeles más o menos manoseados y una edición de bolsillo de Historia universal de la infamia), un coche se detuvo frente a mi casa, se oyó el ruido de la portezuela al abrirse y cerrarse, el gruñido de la cancela y el crujir de la tierra bajo unos pasos. Esperé a mi visitante sin apartar la vista de la escultura.

—¡Joder! Se parece a ella como si la hubieran clonado —exclamó Agus al llegar a mi lado—. La mismísima Emma con su mismísima sonrisa y enseñando tres dedos de su mismísima barriga. ¡Qué fuerte! ¡Es ab-so-lu-ta-men-te i-dén-ti-ca! Qué mal rollito da, ¿no? ¡Eres un monstruo, una alimaña, un crack! ¡Si hasta parece que la sangre le corra por las venas! ¿La has hecho de memoria o a partir de una foto?

Me quedé mirando a Agus atónita, incapaz de pronunciar palabra durante unos instantes. La expresión de mi rostro debía de contradecir mi alto coeficiente intelectual y mi capacidad de réplica fulminante y por lo general ingeniosa y mordaz, porque Agus me preguntó varias veces qué me pasaba.

—Yo no he hecho nada —logré al fin articular.

—¿Ah, no?

—No tengo nada que ver con esto, te lo juro por mis muertos.

—Lo dices como si fuera un delito sucio y repugnante.

Me sudaba el bigote y la palma de las manos.

—¿Andá, y cómo aterrizó aquí, si puede saberse? —siguió embistiendo Agus.

—Apareció… Sin más, así, de repente —me defendí encogiéndome de hombros.

—¿De repente? Ya…

—Oye —interrumpí con notable brusquedad—. No tengo ganas de hablar de esto. Ningunas ganas, ¿vale?

—No sé qué cojones te pasa, pero cada día estás más chiflada.

A juzgar por su actitud, Agus era inocente. Si alguien me estaba tomando el pelo, él estaba fuera de la conspiración.

No tuve noticias de Emma ni ese día ni los siguientes. Su coche, o esa réplica exacta de su viejo coche blanco y mugriento, permaneció donde estaba, aparcado delante del muro de mi casa, como un recordatorio burlón de aquel desconcertante enigma. 

Cada vez que miraba el mar desde el porche, cada vez que regaba el jardín, cada vez que me sentaba a mirar el crepúsculo, el viejo Seat de Emma se colaba en mi campo visual, por si la estampa de su dueña, petrificada en aquella absurda actitud dinámica, no bastara para sabotear con lenta e insidiosa eficacia mi salud mental. 

Confieso que, aunque el coche estaba cerrado y con todos los seguros echados, hurgué en las cerraduras con una horquilla a modo de ganzúa y no descansé hasta que conseguí abrir una puerta. No sé qué coño esperaba encontrar allí, tal vez algún mensaje o un indicio que me permitiera arrancarle una brizna de sentido al sinsentido, pero todo fue en vano. En cualquier caso, en el interior enrarecido y recalentado por el sol todavía flotaba un intenso, casi putrefacto olor a Excess, el perfume que solía llevar Emma.

Al igual que le había sucedido a Agus, todos los amigos, parientes, marchantes, galeristas, comisarios, colegas, periodistas y demás animales semirracionales que desfilaron por mi casa se deshicieron en alabanzas hacia la Emma petrificada que tomaban por la última de mis instalaciones. Yo estaba que trinaba, con los nervios de punta, más ansiosa que nunca. 

Era como si el mundo entero y sus desorganizados moradores se hubieran puesto de acuerdo por una vez para meterme el dedo en la llaga. Un imbécil, no recuerdo ya quién, llegó incluso a asegurar en pleno delito de clamorosa estulticia que se trataba de mi mejor trabajo hasta entonces. Era inútil repetir una y otra vez, como ya le había dicho a Agus, que aquella estúpida estatua de mierda había aparecido allí un buen día sin que yo tuviera nada que ver en el asunto. 

Decir la pura verdad sin trampa ni maquillaje y que nadie te crea ya es una experiencia desasosegante. Pero decir la pura verdad sin adornos y que todos crean que no es más que la caprichosa ocurrencia de una artista con ganas de llamar la atención o de hacerse la original es un hueso aún más difícil de roer. Claro que cualquiera que repase mi historial de declaraciones a la prensa dirá que me lo he merecido.

El día en que mi marchante vino a decirme que había vendido la pieza de Emma a un conocido coleccionista británico por una cantidad realmente astronómica, perdí los estribos y, tras decirle a gritos que aquello no era una pieza, que no la había hecho yo y que de todos modos no estaba a la venta, lo despaché con cajas destempladas (hecho que probablemente él interpretó como la enésima humorada de una artista temperamental). Mi propia reputación se convertía en una trampa mortal en la que me revolvía inútilmente tratando de escapar.

Poco después de esa escena, me obsesioné con la idea de que Emma me vigilaba en secreto (y se regodeaba en mis tribulaciones) desde la casa vecina a la mía, que de algún modo se las había ingeniado para alquilarla o meterse allí de matute y me espiaba día y noche desde las ventanas. Me resultaba cada vez más difícil hurtarme a la sensación de ser continuamente observada por la mirada irónica de Emma, de modo que, cuando me hallaba en el porche o en el jardín, me volvía bruscamente para descubrirla mirándome, y en alguna ocasión la exhorté a mostrarse increpándola a alaridos. 

En tres ocasiones alcancé incluso a vislumbrar la inconfundible silueta de un cuerpo apartándose con rápidos reflejos de alguna ventana. Hasta que una noche me decidí a entrar en la casa. No habría dado ni diez pasos en el jardín, cuando algún sensor detectó mi presencia y puso en marcha la alarma (lo que, analizado a posteriori, apunta con irrefutable claridad a que la casa estaba vacía). 

Cuando, pasados unos minutos, la policía apareció por allí envuelta en su estrépito habitual de sirenas y chirridos de frenos (la alarma estaba conectada con el cuartelillo más cercano), por fortuna yo ya estaba de vuelta en mi casa. Al día siguiente, después de pasar una de las noches más pesadillescas de toda mi vida, llamé a una agencia inmobiliaria para poner mi casa en alquiler, perder así de vista a Emma y su coche y tratar de frenar de algún modo mi paranoia galopante.

El hecho de que nadie entendiera mi decisión de cambiarme de casa me traía sin cuidado. Yo incluso diría que la incomprensión general me envalentonó y me dio alas y pista de despegue. A medida que pasa el tiempo, soporto mejor la incomprensión, y a veces incluso la encuentro reconfortante y casi deseable. 

Que lo entiendan a uno es algo que sólo los débiles necesitan y, por otra parte, corre el peligro de reblandecer el cerebro, sobre todo cuando esa comprensión viene envuelta en elogios. No es bueno darse excesivas facilidades. La incomprensión, por el contrario, mantiene la musculatura cerebral en tensión y el espíritu alerta, belicoso, en estado permanente de sublevación, a salvo de la pereza mental, uno de los mayores peligros que se ciernen sobre los seres humanos en general y los artistas en particular.

Al principio de estar instalada en mi nuevo dúplex del centro de la ciudad, el trajín de la mudanza y de la organización de la nueva vivienda y el nuevo taller me tuvieron lo bastante ocupada como para estar a salvo de ciertos pensamientos. Pero no es tan fácil dar el esquinazo a una obsesión. Por un lado, luchaba por olvidar lo que había visto y no pensar en ello, pero por otro me devanaba los sesos tratando desesperadamente de sacar algo en limpio. 

A veces me sorprendía reflexionando acerca de los medios técnicos que me habían permitido ver con toda claridad a Emma atravesando el jardín. Tomaba notas, hacía bocetos, me despertaba sobresaltada en mitad de la noche y garabateaba febriles hipótesis, me despeñaba en conjeturas, verosímiles algunas, descabelladas las más. Con todo, lo que arrojaba sobre mí el mayor saldo de inquietud era que después de tres meses Emma siguiera sin dar señales de vida. Ni una carta, ni un correo electrónico, ni una llamada telefónica, nada. 

Aquello olía raro porque ni la paciencia ni el silencio después de una hazaña correspondían a su estilo, más bien proclive al exhibicionismo narcisista y a un desmedido afán de protagonismo. Pese a que me había propuesto no dar señales de estar perdiendo el control (pues estaba segura de que Emma jugaba conmigo, que se mantenía al acecho en alguna parte, espiando mis reacciones para reaparecer cuando le diera la gana, reírse de mí y ganarme una vez más la partida), empecé a hacer ciertas pesquisas. Lo que averigüé no era muy alentador. 

En Sídney, Australia, nadie sabía dónde estaba o, mejor dicho, nadie se preguntaba dónde se había metido. Lo único que sabían era que dejó su apartamento tres meses atrás para regresar a su país. Y allí suponían todos que estaba. Nadie daba la impresión de estar inquieto, ni parecía que Emma hubiera dejado tras de sí algún novio ni alguna mejor amiga de nuevo cuño con quien se comunicara con cierta frecuencia desde su partida, de modo que su rastro se perdía por completo.

El azar vino en mi ayuda en forma de una oportuna exposición en Nueva York para cuya realización tenía que pasar más de dos meses allí. Pensé que poner el océano Atlántico de por medio me vendría bien, y así fue. Volví con los pensamientos ventilados y con la cuenta corriente tan obscenamente hinchada como la ubre de una vaca antes de ordeñarla. 

Por primera vez en bastante tiempo, tenía la sensación de ser casi feliz, es decir, lo máximo a lo que, en mi opinión, puede aspirar uno en este mundo. Casi feliz como era, dos días después de mi regreso, en la inauguración de una nueva galería me precipité en brazos de un tipo (también lo habría hecho de ser muy desgraciada). Él no quiso que fuéramos a mi casa. A mí me pareció bien dejarme arrastrar a la suya, porque siempre he creído que una se compromete menos si la obra se desarrolla en casas ajenas. 

Tuve un presentimiento cuando el tipo dejó la autovía y enfiló cierta carretera que yo conocía casi de memoria, curvas y socavones incluidos. Supongo que en ese preciso instante podía haberle pedido que fuéramos a un hotel. Podía haber fingido un súbito capricho, podía haber disfrazado el asunto de juego, me sobra imaginación para eso. 

Sin embargo, una extraña y morbosa curiosidad me impelía a dejarme llevar, a tragarme las circunstancias tal como vinieran, sin intervenir, sin tratar de impedir nada, tan pasiva como un florero chino, pero mucho menos decorativa. Me limitaba a escudriñar mis sentimientos, que eran tan turbulentos como los de una asesina que, después de evitar cuidadosamente volver a la casa donde cometió el crimen, se lía sin saberlo con el nuevo propietario.

¿Era una coincidencia perversa que el primer hombre con quien me disponía a acostarme después de mi regreso viviera precisamente en mi casa y me devolviera a aquello de lo que había huido? Bien pensado, no dejaba de ser lógico que quien alquilase una casa como aquella estuviera relacionado de un modo u otro con el mundo del arte. 

Y, si estaba relacionado con el mundo del arte, tampoco era tan descabellado que hubiéramos coincidido en una inauguración, pero aun así se trataba de la coincidencia más insidiosa de todas las insidiosas coincidencias que el Diablo y sus secuaces llevaban toda la vida sembrando en mi camino. 

Sea como fuere, lo primero que hice cuando el tipo estacionó el coche detrás del Seat cada vez más mugriento de Emma, fue buscar la escultura con la vista. Si el azar me trae de vuelta, pensé, aquí estoy, sacando pecho. Sin embargo, aunque aquélla era mi casa, no había ni rastro de la escultura de Emma. Creo que no tardé ni tres segundos en perder los estribos.

—¿Qué coño has hecho con ella?

El tipo se limitó a mirarme sin entender todavía por qué se había disipado el clima de complicidad erótica ni cómo era posible que aquella tormenta se le hubiera echado encima sin un solo presagio de borrasca inminente.

—La escultura del jardín —me apresuré a aclarar—. ¿Podrías decirme qué coño has hecho con mi escultura?

—¿La escultura? ¿Eres la dueña de…? Yo no sabía…

—¿Se la has vendido a alguien? ¿Qué coño has hecho con ella?

—Tranquilízate, por favor. Hace tres minutos estábamos tan tranquilos, riéndonos…

—Me importa un rábano lo que hiciéramos hace tres minutos, pero ahora vas a decirme qué has hecho con mi escultura.

—Está en el vertedero.

—¿Qué dices?

—Olía. Tranquilízate, por favor… —Por un momento, pensé que el olor al que aquel tipo se refería era el perfume que Emma solía utilizar con profusión—. No sé cuándo empezó a oler, sería hace un par o tres de semanas, pero cada vez apestaba más. Venían moscas, era asqueroso. Si lo hubieras visto y, si, sobre todo, lo hubieras olido, no me lo reprocharías.

—Llévame al vertedero. Ahora —me sentí obligada a puntualizar tras unos instantes de silencio al ver la expresión del tipo.

Tres días después volvía a estar instalada en la casa del acantilado y Emma presidía de nuevo el jardín y, por extensión, la casa entera. Un taxidermista, a quien le conté que aquélla era mi particular versión de El retrato de Dorian Gray, me ayudó a tratarla para frenar el proceso de descomposición, y una vez tratada la encerré en un cubículo de vidrio rodeado de cuatro aspersores, uno en cada esquina, que vaporizan Excess mientras por unos pequeños altavoces acoplados al cubículo se oye cantar a Lou Reed muy bajito She’s my best friend, she understands me when I am feeling down, down, down, down, down, down. Como corresponde a una mejor amiga absorbente como ella, a quien se halla en mi casa le resulta casi imposible sustraerse a su influjo, tanto visual como olfativo.

Entre una cosa y otra, ha pasado el tiempo. La verdad es que la escultura de Emma, con la que cada día hablo más, me hace mucha compañía. A veces tengo incluso la impresión de que estoy más cerca que nunca de mi amiga. Aunque, por supuesto, aún espero que Emma aparezca el día menos pensado y se lleve su mugriento coche al desguace.


Eddy C. Bertyn - Cuestión de rivalidad

Abrí la puerta del cuarto de espera luego de echar una ojeada a mis notas y ver quién era el próximo en la lista.

-Pase, por favor, señor Thomson -dije.

Entró, como la mayoría de ellos, poco seguro de sí mismo, secándose él sudor de sus grandes manazas rojas en el abrigo. Aunque hacía mucho calor aquella tarde y no hay duda de que debía estar sudando de lo lindo dentro de su abrigo de pieles, prefirió conservarlo puesto, lo mismo que su sombrero.

Cogió, sin embargo, una silla y se sentó, mientras yo tomaba asiento detrás de mi gran mesa de caoba. De nuevo rechazó mi oferta de que se quitara el abrigo y el sombrero. Le examiné de arriba abajo. El señor Thomson era un hombre menudo y delgado, con el rostro como el de un halcón y una nariz demasiado larga. Tenía los ojos saltones como los de un sapo, lo que contribuía a darle aquella eterna expresión embobada. Sus manazas eran una contradicción al resto de su físico. No parecía dispuesto a empezar a hablar por impulso propio.

-¿Qué puedo hacer por usted, señor Thomson? -le pregunté.

Se revolvió un poco en su silla sin contestar. Aquella mirada fija de sus ojos enrojecidos, demasiado enrojecidos, empezaba a ponerme nervioso. La conversación no se desarrolló de la manera prevista.

-Por favor, señor Thomson -le dije cortésmente- soy un hombre muy ocupado. ¿Qué tal si me dice qué es lo que le ocurre? .

-¿Lo que me ocurre? -inquirió él, removiéndose de nuevo en su silla.

-Vamos, señor Thomson. Para esto estoy aquí, y para eso ha venido usted. Yo soy médico y ayudo a .la gente. Estoy aquí para ayudarle. Usted ha concertado una entrevista conmigo, de modo que algo debe preocuparle. Bien, le escucho.

Esperé un momento para dejar que digiriese mis palabras. Estaba apunto de abrir la boca de nuevo cuando se inclinó hacia adelante y me preguntó:

-¿Le gustaría venderme su alma?

Así, sencillamente. He visto toda clase de excéntricos en mi despacho, algunos de ellos gente muy normal que piensan que necesitan ayuda para ordenar sus mentes, y también algunos verdaderos lunáticos. Pero ninguno de ellos me había preguntado nunca si yo tenía un alma y mucho menos si quería venderla.

-Mi querido señor Thomson, ¿por qué habría yo de querer venderle mi alma?

-Bueno , podría haber muchas razones. ¿Qué tal conseguir una buena pila de dinero sin tener que trabajar por él?

-Como usted ve, me arreglo muy bien con lo que gano. Además ocurre que me gusta mi trabajo.

-¡Ah, bien! Si usted es uno de ésos... Entonces, ¿tal vez quisiera suprimir a alguien de su camino? ¿O hay alguna chica que le gustaría tener? ¿Eh? Alguna preciosa...

-Señor Thomson, hablemos seriamente. No quiero matar a nadie por razón alguna. Y en cuanto a su segunda proposición, me temo que mi esposa tendría algunas objeciones que hacer.

-Bueno, estoy seguro de que podremos encontrar alguna razón. Incluso si usted...

-Escúcheme, señor Thomson, por favor. No perdamos ni su tiempo ni el mío. Vamos a suponer que yo le vendiese mi alma, si es que tal cosa existe. ¿Qué haría usted con ella?

-¡Oh, claro, que existe! De eso estoy seguro y ¿qué piensa que haría con ella? Nada, naturalmente. Ni siquiera la recogería, esto no es parte del trato. Estoy aquí sólo como intermediario, como un pobre diablo que trata de ganarse la vida en este caos que usted llama su mundo.

¡De modo que era un diablo! Me eché a reír. No debiera haberlo hecho, pero no pude evitarlo.

Luego dejé de reírme porque vi que él se estaba volviendo negro. De veras, se estaba volviendo tan negro como el carbón y sus ojos enrojecidos parecían dos brasas que despidiesen chispas de fuego. Cuando interrumpió su demostración, pareció encorvar los hombros y se echó a llorar de pronto. Es siempre un shock ver a un hombre adulto que solloza, sobre todo después de su jueguecito de horror.

-¡Por favor, por favor! En nombre de Lucifer, no se ría, no se ría de mí. No puedo soportarlo más.

Fui hasta donde él estaba y le di unas palmadas en el hombro.

-¡Vamos, vamos, señor Thomson! Seguro que no es tan grave como todo eso.

Levantó los ojos para mirarme. Era un pobre montón de miseria. Afortunadamente, había recobrado su color natural y esto me tranquilizó un poco.

-Pues sí lo es -sollozó él-. ¿Puede imaginarse que no he conseguido un alma durante los últimos tres meses? ¿Cómo voy a comer? Estoy abandonado a mí mismo: si no hay alma, no hay paga. No puedo recurrir a nadie; no hay sindicatos que nos acepten.

-Pero usted me había prometido montones de dinero. ¿Por qué no usa usted mismo un poco de ese dinero?

-Porque no lo tengo yo. Es la oficina central la que se ocupa de esa parte del trato. Lo único que a mí me dan es mi paga del mes, si es que me he ganado alguna..., cosa que no he hecho durante los últimos tres meses. Cogí mis últimos ahorros para poder pagarle sus honorarios.

Volví a sentarme detrás de mi mesa. «Mejor será tomarlo con tranquilidad -me dije-. No parece peligroso. Después de todo, he curado a siete Napoleones y dos Adolf Hitler, para no nombrar más que unos pocos. ¿No voy a poder manejar a un simple demonio?»

-Empecemos por el principio -le dije-. Supongamos que me lo cuenta usted todo por orden cronológico. Pero no sentado ahí, en esa silla tan incómoda. ¿Por qué no se echa en el diván y se relaja? Se sentirá mucho más a gusto.

Se tendió, sin quitarse ni el abrigo ni el sombrero: Luego se corrió un poco hacia la izquierda.

-Tengo que andar con cuidado -me explicó-. La semana pasada me cogí el rabo con la puerta de la cocina. No se ha curado aún del todo y me duele como el cielo.

Ocupé mi sitio habitual a la cabecera del diván y coloqué el libro de notas en mi regazo.

-Aclaremos ahora unas pocas cosas -le dije-. Lo mejor será que me cuente un poco de su pasado antes de que nos ocupemos de sus verdaderos problemas.

Aun vaciló un poco y luego empezó a hablar, torpemente al principio, pero poco a poco las palabras empezaron a salir en avalancha. Sin duda, todo ello había estado en su mente años y años.

-Mi nombre es J. Thomson. Yo...

-¿Qué significa la J? -le pregunté yo interrumpiéndole.

Tuvo un estremecimiento.

-Johannes. Lo siento, no puedo pronunciar ese nombre como es debido. Me da tiritona.

-Continúe, por favor.

-Bueno, ése es mi nombre en la Tierra, naturalmente.. Mi verdadero nombre es Valefar. Siempre he servido bajo las órdenes del brigadier Sargatanus, antes de tener problemas con ese imbécil de Loray. El muy vago siempre encontraba la manera de escurrirse y que yo hiciese su trabajo. Cogía prestado uno de los gabanes invisibles de Sargatanus y venía aquí arriba, a hacer de mirón, este cochino ángel.

Pronunció la palabra ángel como si fuera una maldición. «Sentimientos de envidia contenidos, temor de los superiores, impulsos sexuales reprimidos», anoté en mi libreta.

-Hasta que al final -continuó él diciendo- llegué a estar harto. Estaba tan furioso que empecé una pelea. Después que hube volcado una sartén de grasa caliente sobre su cabeza, el casi me ahogo en aceite hirviendo. Eso me enloqueció, sabe usted, y le di un mordisco en el rabo. ¡Cómo gritaba! Usted no puede saberlo, pero tenemos el rabo extraordinariamente sensible. Apuesto a que el bandido aún conserva la marca de mis dientes. ¿Cómo iba a imaginar que Loray gozaba entonces de los favores de Sargatanus, el viejo cochino? Loray se quejó a su amigo y Sargatanus fue directamente a ver al viejo. El resultado fue que Astoreth me despidió y me envió aquí arriba para que fuera recogiendo algunas almas miserables, como si yo fuese un demonio de tercera clase. Y todo ello sólo por un mordisco en el rabo. Ni siquiera tenía buen gusto.

«Problemas en la oficina -murmuré para mí mismo y lo escribí-. Sentimientos de rencor contenidos; resentimientos que ahora vienen a unirse a su fantasía. Sufre también de un severo complejo de castración.»

-Dígame, ¿cuánto tiempo lleva alimentando esta idea de ser un demonio?

-Desde siempre, naturalmente. Y es un hecho, no sólo una... idea.

-¿Quiere decir desde que nació? ¿O desde tan lejos como puede recordar?

-YO NO NACÍ ¿Tengo que deletrearlo? Yo fui creado como todos nosotros, antes de que el Divino Hacedor (escupió estas palabras) nos arrojase del cielo.

«Rechazo subconsciente de la realidad, trauma natal y recuerdos prenatales -escribí-. Posible reacción a la imagen del padre. Fallo en adaptarse y le echa la culpa a los otros.»

-¿Odiaba a su padre?

-¿Mi padre? Si no nací, ¿cómo iba a tener un padre? Es cierto que nos gusta considerar al viejo Lucifer como una especie de padre espiritual, si es eso lo que quiere decir. Ese hijo de su madre podía haberse impuesto a Astoreth. Le dirigí una protesta oficial... pero probablemente acabó en su papelera. Me gustaría sacarle las tripas, el podrido cochino...

Siguió una larga retahíla de palabras que no voy a repetir aquí, la mayoría de ellas absolutamente desconocidas a mis oídos, aunque su significado estaba claro.

«Decepcionado con la imagen que se creó para sustituir la del padre», anoté.

-¿Podría decirme algo sobre su juventud?

-¡Oh! Siempre he vivido un tanto encerrado en mí mismo, incluso allá abajo. Siempre deseé tener un sencillo y limpio trabajo administrativo, ¿sabe usted? Lo que pasa es que no podía acostumbrarme a la pestilencia de sus fuegos y al hedor de la grasa quemada y al aceite hirviendo. Tuve incluso que tomar vacaciones un par de veces, porque aquel continuo griterío estaba empezando a desequilibrarme. Aunque fuera por breve tiempo, no sabe lo que me alegré de alejarme de allí.

«Falta de amor maternal -escribí-. Complejo de inferioridad como resultado de su incapacidad para realizar su trabajo.»

-Luego conseguí este empleo con Sargatanus. Era un trabajo perfecto para mí: llevar los libros; un poco de máquina y correspondencia, hacer las listas de salarios, pensiones y cosas así. Hasta que aquella pelea con Loray acabó con todo.

-¿Querría contarme algo de su trabajo aquí?

-No hay mucho que contar: lo único que tengo que hacer es contactar personas que quieren o necesitan algo desesperadamente. Les explico las condiciones del trato y si ellos están de acuerdo me ocupo de que obtengan lo que quieren. A su debido tiempo, viene la cuestión del pago.

-¿Es usted quien hace la entrega y recoge el pago?

-¿Por quién me ha tomado? ¿Por un recadero? Yo sólo hago de intermediario. Hago los contactos y los paso a la oficina. Allí investigan si vale la pena molestarse y llevar a cabo el resto del trabajo. Bueno, esto es lo que hacían cuando el negocio marchaba bien.

-Ahora, si no le importa que se lo pregunte francamente, ¿por qué ha venido usted aquí? No esperaba que iba a venderle mi alma. ¿Por qué venir a un psiquiatra si está usted tan seguro de sí mismo?

El pobre diablo sudaba ahora profusamente y se revolvía en su silla. Era fácil ver que estaba luchando consigo mismo para desembuchar lo antes posible.

-Bueno, verá usted..., las últimas veces..., pues, yo...

Dígame, doctor, ¿usted cree que yo soy un diablo?

«Cuidado ahora», pensé. ¿Cuál sería el mejor camino?

-Francamente, no, no lo creo. Pero usted sí parece creerlo.

-Ya me lo imaginaba. Nadie lo cree y éste es el problema. NADIE CREE; no creen en Dios, ni en la Iglesia; no creen en el alma ni... en el demonio. Durante los últimos meses he tenido quince casos que realmente querían o necesitaban algo. Venía a ver a los sujetos y les ofrecía mis servicios... SE REÍAN DE MI ¿Imagina usted el efecto que esto me hace? En mi propia estimación, quiero decir. Uno de ellos llegó a pensar que se trataba de una broma y me dio un puñetazo en un ojo. Casi no me atrevo ya a aparecer por el vecindario. Tan pronto como me ven, empiezan a hacer signos y a llevarse el dedo a la sien. Durante los últimos cuatro meses he tenido que mudarme dos veces. Bueno, hasta ahora siempre he conseguido ignorar a la gente estúpida, aunque me cueste pasar hambre. Pero ayer fue ya demasiado. Había aquellos niños, sabe, que me seguían diciendo: «¡Eh, señor demonio! ¿Quiere un alma a cambio de chocolate?».

«Asombroso complejo de inferioridad», murmuré para mí. Pero él siguió:

-Empiezo a tener miedo de salir a la calle. Cuando oigo que alguien se ríe, empiezo a pensar que es por mí. Y cuando alguien me mira por encima del hombro, quisiera desaparecer. ¡Escuche, doctor...!

Se quitó el sombrero y me señaló su cabeza.

-¿Los ve? ¿Los toca?

Se levantó del diván y se quitó los zapatos, sacudiéndolos y maldiciendo los nombres de todos los santos, si no salían inmediatamente. Luego me enseñó un pie detrás de otro.

-¿Los ve?

Dándose la vuelta empezó a bajarse los pantalones.

-Por favor, señor Thomson -dije-. Esto no es un campo de nudistas, ¿sabe usted?

«Impulsos exhibicionistas también», anoté en mi libreta.

-¡Oh, cállese! -dijo él. Terminó de bajarse los pantalones y levantó el trasero-. ¿Lo ve?

Volvió a ponerse sus ropas y se sentó en el diván, mirándome desesperado, con sus ojos enrojecidos.

-Ahora dígame toda la verdad, doctor. ¿Vio usted y palpó lo que yo veo y palpo? ¿Mis cuernos? ¿Mis pezuñas? ¿Mi rabo? He leído bastante sobre psiquiatría antes de .venir a verle, de manera que sé algo de cómo trabaja la mente. Dígame, ¿SOY REALMENTE UN DEMONIO? ¿O tal vez un ser humano corriente que trata de ocultar su identidad en un complicado escape de fantasías?

Hubiese esperado cualquier cosa después de su exhibición, pero ciertamente no esto. Hasta ahora ningún Napoleón habla dudado de que era Napoleón.

-¿Qué es lo que le hizo empezar a dudar de ser un demonio? -le pregunté, felicitándome a mí mismo por el caso. ¡Qué maravilla confundir la realidad con la imaginación hasta tal punto que el mundo imaginario del escape se hace irreal!

-Escuche -me dijo sacando un papel. de uno de sus bolsillos-. Mire esto, es uno de nuestros contratos. Dice aquí: «Contrato hecho entre el vendedor, señor..., que de ahora en adelante será llamado VENDEDOR, y el comprador, Productos Lucifer Asociados, que desde ahora será llamado COMPRADOR. Por ésta declaro vender al COMPRADOR mi ALMA sin ninguna reserva, en la condición exacta en que se encuentre en el momento de su entrega. A cambio de ello recibiré del COMPRADOR los siguientes valores, etc., etc». Cuando les enseño esto a mis posibles clientes, algunos se ríen v otros dicen que es una factura vieja de mi sastre. Dígame lo que realmente se lee aquí. ¿Está todo ello en mi imaginación solamente? ¿Es todo mi pasado una ficción? Pero yo sí puedo leer el contrato. incluyendo la letra menuda de los párrafos siete y ocho. Puedo PALPAR mis cuernos y puedo incluso menear el rabo. ¿Ve?

Le observé atentamente. Parecía como si pudiese soportar el shock.

-Amigo mío -le dije-, tiene que enfrentarse con ello: sufre usted de una complicada ilusión, que se ha inventado para sí mismo. Ha cambiado la realidad por un mundo de fantasías, en el que usted se ve importante. Pero no puede continuar escondiéndose siempre. Uno de estos días perderá la razón y entonces no habrá remedio. Eso sí que será el infierno, y no hago ningún juego de palabras. Sin embargo, ha dado usted el primer paso en el camino de la curación, empezando por dudar de su propia fantasía. Para intentar aclarar este asunto de demonios tendré, no obstante, que aprender muchas cosas sobre su persona y sobre la manera como funciona su mente. Hay ciertas cosas que estoy seguro que no querría o no podría decirme por propia voluntad; cosas que están en lo más profundo de su subconsciente. Podría sacarlas con preguntas, pero esto llevaría .mucho tiempo y dinero, y supongo que usted no lo tiene, puesto que me ha confesado que ha tenido que recurrir a sus ahorros para poder venir a verme. Sin embargo, sugiero ponerle en estado hipnótico para que salga al exterior con mayor rapidez.

Pude ver que no le gustaba la idea. A ninguno de ellos le gusta que el manipulador de cabezas les hurgue en el cerebro mientras duermen. Tuve que usar una gran dosis de persuasión antes de que acabara por acceder a ello, una vez que le aseguré repetidamente que era completamente inofensivo.

Demostró ser un médium excelente, y se quedó dormido casi en el acto. Una vez que le tuve inmerso en un profundo sueño, saqué la jeringuilla de cajón de mi mesa-y le puse una inyección para evitar que se despertara demasiado pronto. Cerré las cortinas de las ventanas y saqué mis bisturís, tijeras, antisépticos y coaguladores. Me puse la bata y empecé a trabajar. Fue mucho más difícil de lo que había imaginado, porque era un tipo muy duro y necesité casi dos horas para terminar la operación. Entonces le di otro jeringazo., retiré las cosas y me senté tranquilamente tras el diván.

Allí estaba aún cuando se despertó.

-Óigame -le pregunté-. ¿Quién es usted?

-Pues soy Valefar. y mi nombre aquí es Thomson.

-No, usted NO es Valefar. Usted ES el señor Johannes Thomson, amigo mío, y eso es todo. Ha estado usted sufriendo de una ilusión muy fuerte, debida a varios incidentes desagradables que han trastornado su juventud y dejado huellas en su cerebro. Creció usted sin ningún afecto porque perdió a su madre al nacer. Hizo a su padre responsable de esto, representándolo como Astoreth, su «padre mental», pero no corporal. Fue usted un muchacho muy solitario, que deseaba mucho tener una chica, pero debido a su complejo de inferioridad no se encontraba con valor suficiente para acercarse a ninguna. De modo que tuvo que contentarse con observar y jugar al mirón, al mismo tiempo que se despreciaba por lo que hacía y por lo que no era. Así se creó una doble imagen que era todo lo que usted no era y llamó a esta segunda identidad Loray. No hay duda que todos estos nombres los encontró en algún libro barato sobre magia y demonología. El mundo y la gente con los que usted trabaja no podían llegar a usted ni comprenderle, pero en lugar de adaptarse a ellos le resultó más fácil pensar que le odiaban. De modo que empezó a odiarlos usted a ellos, mientras ocultaba su inferioridad dentro de sí mismo. ¿Qué mejor manera de hacerlo que tratando de imaginarse que era usted alguien importante y más poderoso que ellos? ¿Qué mejor personaje para esto, que el de un demonio? He descubierto algunas cosas muy curiosas en su mente mientras dormía, amigo mío, pero quédese tranquilo, todo esto es absolutamente confidencial, sólo entre usted y yo, el paciente y el doctor. Hace poco se peleó con su superior en la oficina y como resultado de su obstinación, perdió el empleo. Esto le ha afectado tan profundamente que intentó escapar a la realidad por completo y empezó a ver y a palpar cosas que existían en su mente. He conseguido destruir algunas de estas ideas nocivas bajo hipnosis, mientras estaba usted durmiendo. Todavía cree que es un demonio, ¿verdad?

-Naturalmente que lo creo. Lo sé.

Parecía inquieto y enfadado. La mayoría se muestran así cuando uno destruye sus historias.

-Eso pasará. Debe enfrentarse con el hecho de que todo esto no son sino falsos recuerdos que usted ha planteado en su cerebro. Cuando vino ya había empezado a dudar de ello. Vamos a echar ahora una ojeada a esas pruebas concretas que tiene usted de ser un demonio.

-Bueno, aquí están mis...

Sus dedos buscaron y buscaron por su cabeza.

-No -le dije con acento cortante-. No hay cuernos. He examinado con toda atención su cráneo. Tiene usted aquí dos pequeños bultitos; probablemente se golpeó con una puerta o con un armario o algo por el estilo. Es su imaginación la que ha convertido estos bultitos en dos cuernos. Es hora de que acepte la verdad: tiene usted un par de pies deformes, que supongo que es una de las grandes razones para su complejo de inferioridad. ¡Pero no tiene pezuñas! Intente también menear el rabo... ¿Ve? ¡No hay rabo en absoluto!

-Pero... yo pensé... estaba tan seguro...

Parecía desconcertado ahora, casi asustado. y sin embargo, feliz...

-Sí, señor Thomson, la imaginación del hombre es una cosa muy extraña e incluso algunas veces muy peligrosa. Pero como puede usted ver por sí mismo, la cura ha comenzado. Empieza a descubrir los agujeros de su propia historia fantástica. ¿Ve? Nunca ha tenido cuernos ni rabo. Usted pensó que me los enseñaba, pero yo francamente sólo vi su trasero.

-Sin embargo, el contrato... también se lo enseñé.

-Sí, creo que esto es lo que quiere usted decir -le contesté agitando el papel ante sus ojos-. Una factura de Harker & Sons por el traje que lleva usted ahora. Sin pagar aún me temo. Poco a poco, todas las piezas de su rompecabezas mental van encajando en su sitio. La necesidad desesperada que tenía de dinero, su amargura al perder su empleo: todo ello contribuyó a empujarle hacia el borde de la locura. Dígame, ahora que ve la verdad tal como es, ¿cómo se siente?

-No lo sé. Hay algo que me parece irreal, si lo comparo con lo que recuerdo. Todavía recuerdo el infierno, y los gritos y mis desesperados intentos por comprar algo.

-Pero ahí está -la clave del asunto precisamente. Usted TRATÓ DE COMPRAR ALMAS. Imagínese, ir por ahí enseñándole a la gente una factura sin pagar y pretendiendo que era un contrato para comprar sus almas. ¿Le extraña todavía que se rieran de usted y pensaran que estaba loco y hasta que le dieran un puñetazo en las narices? En cuanto a sus verdaderos recuerdos, ya volverán a su debido tiempo. pero tómeselo con calma. Piense que esto es como un nuevo punto de partida para usted. Yo le he devuelto su verdadera identidad. Trate de olvidar las falsas imágenes, y si las verdaderas no vuelven, olvídelas también. No son importantes. Empiece de nuevo, amigo mío, sin cuernos ni rabo. El resto ya irá saliendo de su interior.

-Doctor. no sé cómo puedo agradecerle...

-No, no me dé las gracias. Es sobre todo usted mismo quien ha contribuido a curarse. Queda ahora esta cuestión insignificante de una pequeña factura por la sesión de esta tarde.

-Claro, claro.

Sacó su libreta de cheques y repentinamente se puso negro otra vez.

-¡Doctor! -sollozó-. Mire lo que dice aquí sobre mi carnet de cheques: LUCIFER ASOCIADOS. SUCURSAL LOCAL, SECTOR 773. REPRESENTANTE, SR. VALEFAR.

Cogí el carnet de sus manos, lo miré un momento y luego lo rompí en dos pedazos y lo arrojé a la papelera.

-No era más que un carnet ordinario de cheques -le dije-. Pero con esto liquidamos el último intento de su subconsciente. Ahora, como supongo que no lleva dinero bastante consigo, le anotaré mi cuenta y usted vendrá a abonármela cuando quiera. ¿Digamos dentro de dos meses? Sí, ya veo, que le conviene así. Tenga, señor Thomson. No, no me de las gracias otra vez; me alegro mucho de haber podido ayudarle. Acuérdese de volver dentro de dos meses, O. K.?

Se marchó, todavía muy inquieto, pero un hombre nuevo de todas formas. Cuando me hube asegurado que había salido ya del edificio, me dirigí a mi mesa, abrí el cajón de la izquierda, y saqué los cuernos, los trozos de pezuña que le había cortado para dejarle más o menos con forma humana y el largo rabo puntiagudo. Todavía chorreando un poco de sangre verde. Lo arrojé todo dentro del incinerador y abrí las ventanas para que saliera de la habitación aquel olor de infierno. Luego llamé a los míos para que entrasen, veinte en total, entre los diez y los ochenta años de edad.

-Bueno -les dije-. Mis felicitaciones por un espléndido trabajo. Vamos a ver, el siguiente es Aamón. Ahora se llama Frank Martin Delver y vive en South-Coast número 4, Sector 772. Este va a ser un trabajo principalmente para mujeres, ya que a él le encantan. Ya sabéis cuál es el sistema: empezad por contarle vuestros problemas, pero dejad que sea él quien haga las proposiciones. Luego, os reís. Esperáis unas dos semanas antes de mandar los chicos tras él. Para entonces ya estará maduro. Harry , ¿ya conoces los anuncios para los periódicos en aquel sector de la ciudad? «¿Tiene problemas? ¿Se imagina ser lo que no es? Yo puedo ayudarle, etc.». Trata de averiguar qué periódicos lee, e inserta en ellos por lo menos cuatro anuncios. Tú, Karl, me buscarás un nuevo despacho en las cercanías de South-Coast Street y le das la dirección a Harry, para que la ponga en los anuncios lo antes posible. Eso es todo por ahora, tengo trabajo que hacer.

Cuando se marcharon abrí el panel secreto que había en el muro y saqué la lista. Todos los nombres estaban allí, empezando por Lucifer, Belzebú, Astoreth, luego Lucifuge, Satanaquia, Agaliarept, Fleuretty, Sargatanus y Nebiros. Seguidos de miles y miles de demonios menores. Sólo una pequeña parte de la lista estaba marcada con tinta roja: los nombres de aquellos que operaban en MI ciudad. La leí por encima y comprobé que la situación no era del todo mala. Habían sido borrados ya quinientos treinta y siete nombres, lo que dejaba un resto de sólo doscientos treinta y uno. A su debido tiempo los tendría a todos, uno tras otro. Al fin y al cabo, tenía tiempo, todo el tiempo del mundo.

Empecé escribiendo las hojas de paga para los míos, cheques certificados de GABRIEL & COMPANY, ASOCIADOS. No se podía dejar que todos esos demonios anduviesen sueltos. Ya teníamos bastante trabajo con los humanos.

Hacía mucho calor en la habitación, así que me quité la chaqueta. Pensé en Aamón y agité mis alas, extendiéndolas unas cuantas veces. Le di dos semanas de plazo. De manera lenta, pero segura, estábamos eliminando a la oposición.

En cierto modo podía considerarse como una cuestión de rivalidad.