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Sortilegio de Otoño - Joseph von Eichendorff

El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una barba tupida y descuidada.

Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Al día siguiente, añadió, le indicaría la única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.

Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada un lecho de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. 
 
Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué le había llevado hasta allí.

—No indagues quién soy —respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo. Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en el lecho de hojas secas que le había ofrecido su huésped y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.

A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:
 
Me arrastra fuera de la cueva el temor. 
Me llaman viejas melodías.
Dulce pecado, déjame
O póstrame en el suelo
Frente al embrujo de esta canción,
Ocultándome en las entrañas de la tierra.
¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
Mas las imágenes del mundo siempre
Se interponen entre nosotros,
Y el rumor de los bosques
Me llena de terror el alma.
¡Severo Dios, te temo! 
¡Oh, rompe también mis cadenas! 
Para salvar a todos los hombres 
Sufriste tú una amarga muerte. 
Estoy perdido ante las puertas del infierno. 
¡Qué desamparado estoy! 
¡Jesús, ayúdame en mi angustia!
 
Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.

Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. 
 
Pronto alcanzaron la cima del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente sorprendido:

—¡Ah, qué hermoso es el mundo! —excluyó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques. Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo.

La curiosidad le empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño le recibió esta vez sombrío y silencioso.

Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.

Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerle para que le acompañara a su castillo.

Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al caballero.

—Vos sois feliz —dijo—, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo respeto; vive sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domina con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las sirenas. Junto a usted me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la sobriedad!

Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.

—Si me promete —dijo finalmente— mantener eternamente en secreto lo que voy a contarle y me permite omitir los nombres, lo haré.

El caballero levantó su mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.

Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. 
 
El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido. Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la siguiente manera:

«El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. 
 
«Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!

«Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.

«También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con horror, y salió al galope».

Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:

«Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad, que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón.

«Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano a través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.

«De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del viento:

Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
Se van los pájaros volando.
Los pensamientos vagan sin consuelo
¡Ay de mí, que no encuentran refugio!
Y las oscuras quejas de los cuernos,
Golpean el corazón solitario.
¿Ves el perfil de los azules montes
Que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes?
Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
Todo se junta allá a lo lejos.
Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente.
Pronto sucumbe la belleza;
Igual que el esplendor se apaga del verano
Debe la juventud inclinar sus flores.
Callan alrededor todos los cuernos.
Esbeltos brazos para abrazar,
Y roja boca para el dulce beso,
El cobijo del blanco seno,
Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.  
Dulce amor, ven, antes de que callen.

«Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
 
«Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. 
 
«Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las últimas estrellas del verano, brillaban allí con múltiples destellos. El sol poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.

«Me di cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a desmontar.

«Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre la frente.

«Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo:

«—¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.

«Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.

«Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.

«—Debes saber —dijo— que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.

«Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.

«Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido por extraños pensamientos.

«Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.

«El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.

«Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí.

«En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.

«Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.

«La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.

«A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.

«Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma también de piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí entonces a mi amigo, el prometido de mi amada.

«Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré. Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.

«De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.

«Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos, al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto, a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del castillo:

«—¡Abre —gritaba fuera de mí—, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!

«La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.

«No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los brazos de la doncella».

En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el corazón.

—Tranquilícense —dijo el caballero—. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.

Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de antes:

«Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como recién creados.

«Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas sus damas se habían ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que, finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. 
 
«El sol se ocultó detrás de los montes, e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron involuntariamente: caí adormecido y soñé.

«Cuando me desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto; igual que cuando me había dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. 
 
«Me acerqué a la ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre. 
 
«Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.

«Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. 
 
«Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.

«Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de primavera.

«—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado—. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?

«Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaron los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi vida perdida.

«No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en mi pasado era claro para mí.
 
«Así viví todo un año hasta que me encontré con usted. Cada día elevaba ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. 
 
«El sonido de las campanas de la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. 
 
«Sepan que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo».

—¡Pobre Raimundo! —exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.

—¡Por Dios! ¿Quién es que conoce mi nombre? —preguntó el ermitaño levantándose como herido por un rayo.

—Dios mío —respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño—. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. 
 
Te he reconocido sólo cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. 
 
Ella tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía. Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para ti. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.

A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.

—¡Perdido, todo perdido! —exclamó trágicamente. Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.

—Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión —decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas. Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.

Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.

Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.

Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.

Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.

Raimundo, enloquecido, salió del jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto del pájaro.

A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.

Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente,

oyó, como si fuera un eco en la lejanía...

Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes.

Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.

Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
¡Dulce amor, ven antes de que callen!
resonó una vez más.

Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver.

Retrato de Emma en el jardín Técnica mixta - Mercedes Abad

Puede que aquel día las cosas no fueran perfectas (de hecho, estoy segura de que no lo eran), pero al menos tenían el detalle de parecerlo. El cielo era de un azul profundo, el vendaval del día anterior había limpiado la atmósfera y el mundo estaba tan resplandeciente como si acabaran de vendérnoslo y la emoción de estrenarlo nos impidiera pensar en lo caros que iban a salirnos los plazos. 

Todas las cosas, de las mayores a las más chicas, daban la impresión de hallarse en estado de gracia. Incluso mi humor, que en los últimos días había atravesado zonas borrascosas, era radiante. Aunque, si he de ser sincera (pero ¿quién coño me obliga a ello, eh, acaso algún sensible lector piensa forzarme a ello pistola en mano?), en la trastienda de mi alma reinaba secretamente, como un monarca clandestino en un país republicano, cierta inquietud. 

Era una inquietud de tamaño más que modesto, una microinquietud infinitesimal en edad protoescolar, pura calderilla a la que las inquietudes gordas miraban por encima del hombro, muy bien, pero allí estaba. Podía ser abolida, eliminada, expulsada del sistema, pero, por supuesto, también podía crecer lo suficiente para mirarme desde la imponente magnitud de una inquietud colosal.

Aun así, yo estaba ferozmente decidida a salvar cualquier obstáculo con tal de que por una vez las cosas salieran no bien, sino superlativamente bien, bestialmente bien, cuasi_obscenamente bien. Abría a menudo la nevera porque examinarla y hacer el recuento de los tesoros que contiene siempre me infunde tranquilidad. 

Lo mejor que produce este podrido mundo estaba en mi nevera: la pasta fresca más exquisita que podía encontrarse en bastantes kilómetros a la redonda, el mejor foie gras, los ingredientes más apetitosos y caros para hacer las ensaladas más sabrosas, los quesos, embutidos y fiambres de mayor calidad, los mariscos y pescados más frescos, así como los vinos más adecuados para acompañar cada cosa, todo estaba allí, y me tranquilizaba verlo y pensar que era mío, que podía hacer con ello lo que me pasara por las narices, incluso tirarlo a la basura si me daba la gana. 

En una ocasión compré montones de comida, aguardé a que se fuera pudriendo, fotografié y filmé el proceso, aceché la aparición de gusanos y moscas, clasifiqué meticulosamente los bichos obtenidos, volví a filmarlos y luego los utilicé en una instalación interactiva titulada Vida después de la muerte, donde, mediante un procedimiento de grabaciones y proyecciones, el público podía asistir virtualmente a su propia muerte y verse a sí mismo enterrado en la tumba (la ilusión era casi perfecta) mientras hordas de distintos insectos devoraban su cuerpo. Cuando se expuso, la instalación provocó cierta alarma social así como el colapso de los servicios de incineración hasta que fue retirada.

El precio de las cosas que se apilaban en mi nevera no importaba, podía permitírmelo. Había vendido unas cuantas piezas, y la penuria, la angustia ante el futuro y la falta de perspectivas eran ya sólo un pálido recuerdo de un pasado extinguido y arqueológicamente observable y clasificable (o tal vez barrido a toda prisa debajo de la alfombra). Una de las piezas que acababa de vender (Mi nevera, mi alma) consistía precisamente en una serie de neveras abiertas y más o menos rebosantes de distintas vituallas, cada una de las cuales componía un retrato bastante preciso de sus propietarios. 

Le puse un precio desorbitado, y esta sencilla estratagema atrajo a un comprador ambicioso, alguien que en cualquier caso no retrocedió ante el complejo mantenimiento que exigía la pieza. Cuanto más irrazonablemente caro es algo, más atractivo resulta para ciertos individuos, yo la primera. De hecho, es casi una verdad de Perogrullo: la dificultad de obtener algo le confiere un atractivo irresistible. Si el foie gras, el caviar, el jamón de Jabugo y los vinos exquisitos no fueran tan caros no tendrían la mitad de interés. 

Lo mismo puede decirse del arte contemporáneo: si no fuera relativamente inaccesible, si uno no tuviera que iniciarse primero en sus misterios para ser capaz de disfrutarlo, perdería buena parte de su poder de fascinación. Vivir en sociedad entraña medirse con los otros, y el arte, los vinos, el sexo y la gastronomía son algunas de las cosas que marcan la diferencia. No digo que no proporcionen placer por sí mismos, pero es obvio que además se erigen en símbolos de otra cosa y que esa función simbólica es a veces la más gratificante.

Cerré la nevera después de inspeccionarla por enésima vez y miré a mi alrededor. Lo que vi no pudo por menos de arrancarme una sonrisa. Había que ser un tarado o tener la sensibilidad en el culo para no darse cuenta de que aquella casa era una obra de arte. 

La había comprado a un precio ridículo cuando sólo era una ruina hincada en lo alto de un promontorio y sepultada bajo toneladas de mugre y telarañas, y ahora todo en ella era singular, todo llevaba mi sello, el peso de mi ego y mi gusto por la provocación, todo estaba milimétricamente pensado para producir asombro, admiración, disgusto, asco, rechinar de dientes, rechazo pacato, algo. 

Como la cena ya estaba casi preparada, excepto en algún detalle nimio de última hora, me serví una copa de vino blanco muy frío y salí al porche a esperar a Emma contemplando la larga y centelleante estela que dibujaba en el mar un sol cada vez más bajo.

No podía decirse que hubiera sido desleal con Emma, aunque no por falta de ganas. Desde que ella se largó tres años atrás a Sídney, Australia, en pleno periodo de enfriamiento de nuestra amistad (o de sobrecarga de los motores por recalentamiento), dejando vacante el puesto de mejor amiga que había ocupado durante una secuencia ininterrumpida de dieciocho años, menos poner un anuncio en la prensa, yo había hecho de todo para sustituirla. El problema es que ninguna de las candidatas examinadas con decreciente entusiasmo dio la talla. 

Me entretuve contándolas y llegué hasta diecisiete. Algunas (como era el caso de Jeanine, Susanna y Pina) valían para el puesto de amiga común y corriente, pero eran poca cosa para calzarse la corona, blandir el cetro de mejor amiga y asentar las posaderas en ese noble trono. Confieso que incluso llegué a encumbrar a Jeanine hasta el trono, pero su reinado no duró más de quince días.

Emma, Em… ma, Eeee… mmmaaaaa. Me dejé cegar por los destellos del agua, que tanto me ayudan a combatir la ansiedad, seguramente porque ralentizan mis pensamientos hasta llevarlos a la epifanía del encefalograma plano, la idílica mente en blanco que persiguen los budistas. 

La luz del crepúsculo me había convertido en algo apenas más humano e intelectualmente competente que uno de los líquenes de color ocre que lamían las piedras del jardín, cuando el ruido de un motor sembró la alarma en mi adormilado sistema.

En cuanto abrí los ojos, todas mis células se estremecieron con asombrosa unanimidad. Emma bajaba del coche y, tras cerrar enérgicamente la portezuela y cruzar la cancela, venía hacia mí de forma tan resuelta e inexorable que era obvio que llegaría. De hecho, pisaba tan fuerte como si supiera perfectamente que diecisiete aspirantes a sustituirla habían sido rechazadas una tras otra. Volví a estremecerme, si es que había dejado de hacerlo en algún momento. 

Es curioso: me había pasado los últimos días esperando con impaciente excitación su llegada y ahora que por fin estaba allí, me sorprendí a mí misma deseando con todas mis fuerzas que no llegara nunca, que tardara diez años en cruzar el jardín, que se quedara ahí un rato, donde estaba, en la entrada de mis dominios, petrificada, de modo que yo tuviera un margen de tiempo para superar mi ataque de cobardía. O para salir corriendo.

Entonces, cuando se hallaba a no más de dos o tres zancadas del centro del jardín, cerca del estanque donde flotaba, con el cuerpo asquerosamente hinchado, mi propia versión de Ofelia, Emma, tras una brusca sacudida que resultó un tanto cómica, como si unas riendas invisibles tirasen con repentina fuerza de ella, se quedó extrañamente inmóvil. Ya sé que es difícil de creer, pero lo primero que sentí fue irritación. 

Estaba convencida de que Emma se las había ingeniado para adivinar lo que pasaba por mi cabeza y cumplía mi deseo de verla petrificada con la clara intención de burlarse de mí, de decir la última palabra y ser más que yo. Siempre había tratado de ser más que yo, de ser más que nadie, de encaramarse por encima de los demás, de hacerse notar siempre y en cualquier circunstancia. 

Pero ¿por qué coño tenía que obsesionarme eso a mí? ¿No tenía yo tanta culpa como ella? Al fin y al cabo, tal vez no era sólo la tendencia de Emma a pisotear un poco al resto del mundo sin darse cuenta siquiera, sino también mi mareada proclividad a competir con cualquier bicho viviente y acabar indefectiblemente sintiéndome menos que nadie por el grandioso placer de autofustigarme. 

¿O es que yo también quería pisar a mis congéneres (aunque, a diferencia de Emma, yo sí me daría cuenta) y me fastidiaba que ella fuera la campeona imbatible en esa especialidad? De nuevo, como solía sucederse años atrás, mi propia irritación me irritó a muerte. Por lo visto, hay cosas que nunca cambian, y Emma siempre había tenido la extraña virtud de conseguir que acabara odiándome a mí misma.

Pero, aún cegada por la irritación, caí enseguida en la cuenta de que ocurría algo extraño. La actitud en la que Emma había quedado inmovilizada era sospechosamente dinámica, con el pie de atrás flexionado sin casi tocar el suelo y el cuerpo muy echado hacia delante, de modo que a una persona que no tuviera notables habilidades de mimo o de estatua viviente (y Emma era más bien torpe desde un punto de vista estrictamente psicomotriz) le sería imposible mantenerse en equilibrio y sin moverse más de siete segundos. Me levanté de la tumbona, todavía un poco embotada, y me acerqué a Emma, que seguía congelada en aquella pose absurda, con una sonrisa de oreja a oreja y la mirada chispeante y llena de ironía que constituía su rasgo más característico.

Otro de sus rasgos característicos consistía en prolongar los chistes mucho más allá de lo razonable, lo que les quitaba toda la gracia.

—Venga, tía, déjalo ya —solté casi involuntariamente—. Ya está bien, ¿no?

La sonrisa de oreja a oreja, el pie flexionado y el cuerpo muy echado hacia delante no registraron el menor movimiento ni dieron señal alguna de que su propietaria hubiera oído mis palabras. Espié su pecho, supeditando que la respiración por fuerza había de agitarlo tarde o temprano, pero me equivocaba. La inmovilidad de Emma era tan absoluta que mi irritación dio paso a un pasmo sideral, y el pasmo sideral al pánico.

En arte, la originalidad es el primer mandamiento, así que los artistas tenemos no sólo licencia sino casi la obligación de ahondar en nuestra singularidad. Se supone que trabajamos con eso y que ofrecemos al mundo miradas y puntos de vista insólitos sobre las cosas. Algunos llevan el asunto hasta el extremo de cultivar descaradamente la excentricidad, de modo que a menudo los límites entre extravagancia y locura resultan difusos. 

Por eso uno siempre tiene cierta impresión de cortejar de algún modo la locura, de bordearla y jugar con fuego. Yo siempre he sentido cierto temor a acabar cruzando la frontera. De ahí que ese día mi forma de zafarme del miedo de haberme vuelto completamente loca consistiera en negar la evidencia, puesto que, por otra parte, para mí la evidencia no existe: tiendo a considerar la realidad como un producto de mi imaginación, como una cuestión de perspectiva. 

Por consiguiente, no es de extrañar que diera media vuelta, cruzara la cancela para salir del jardín y me fuera a caminar, dominada a la vez por una considerable confusión mental y una fe ciega en que, a mi regreso, tanto Emma como su coche se habrían desvanecido sin dejar rastro alguno sobre la faz de la tierra. De hecho, durante mi paseo estuve dándole vueltas a la forma de utilizar aquella alucinación como punto de partida para alguna pieza impactante.

No sé si tardé una hora o tardé dos, pero cuando volví el coche de Emma seguía allí, blanco y bastante mugriento, pues ella no es la clase de persona que se preocupa por lavarlo. No me hizo falta mirar al jardín para saber que también Emma seguía en su sitio, plantada en medio del jardín. 

Mientras me acercaba lentamente deseé con todas mis fuerzas que Emma se descongelara, que arrancara a andar, que se moviera, que dijera cualquier estupidez, que se cayera de bruces al suelo. Pero, por lo visto, las Instancias Superiores ya habían dado por terminado su trabajo conmigo. Después de concederme el primer deseo, debían de haberse sentido tan magnánimas que decidieron cerrar la barraca por una temporada.

Cuando llegué junto a ella, decidí recuperar la serenidad y la sensatez. ¿Qué eran esas tonterías de pedir cosas a unas Instancias Superiores en las que ni siquiera creía? Sencillamente, uno no puede creer ciertas cosas, de modo que me dije que por fuerza tenía que haber un truco. 

Un truco endiabladamente ingenioso que planteaba complejos desafíos técnicos, es cierto, pero habida cuenta de que Emma es ingeniera de telecomunicaciones y que además pertenece al tipo de personas capaces de no retroceder ante nada con tal de conseguir lo que quieren, cabían varias explicaciones racionales, todas más o menos fantásticas al mismo tiempo. 

Después de todo, si yo misma había podido crear en un puñado de personas la ilusión casi perfecta de estar metidas en un ataúd bajo tierra mientras los gusanos se afanaban sobre sus restos mortales, ¿por qué no iba Emma a ser capaz de producir un espejismo? Podía, por ejemplo, haberme engatusado con una serie de proyecciones holográficas realizadas desde algún vehículo en marcha y mientras esas imágenes virtuales me distraían a modo de señuelo, varios individuos, ocultos tras esa pantalla virtual, podían muy bien haber colocado aquella escultura hiperrealista en mi jardín. Era una hipótesis plausible. Y el hecho de que yo estuviera medio dormida debió de concurrir a favor de los autores del ingenioso fraude.

Aplaudí no sin ironía gestual, convencida de que Emma estaría escondida en alguna parte, saboreando el éxito de su performance, y de que no tardaría en hacer acto de presencia. Mientras examinaba la escultura, admirada ante su pasmoso realismo (me gustaba particularmente el bolso de mano de plástico transparente de color rosa chicle en el que se veían las llaves del coche, un paquete de Marlboro Light, un monedero, un plumier, varios papeles más o menos manoseados y una edición de bolsillo de Historia universal de la infamia), un coche se detuvo frente a mi casa, se oyó el ruido de la portezuela al abrirse y cerrarse, el gruñido de la cancela y el crujir de la tierra bajo unos pasos. Esperé a mi visitante sin apartar la vista de la escultura.

—¡Joder! Se parece a ella como si la hubieran clonado —exclamó Agus al llegar a mi lado—. La mismísima Emma con su mismísima sonrisa y enseñando tres dedos de su mismísima barriga. ¡Qué fuerte! ¡Es ab-so-lu-ta-men-te i-dén-ti-ca! Qué mal rollito da, ¿no? ¡Eres un monstruo, una alimaña, un crack! ¡Si hasta parece que la sangre le corra por las venas! ¿La has hecho de memoria o a partir de una foto?

Me quedé mirando a Agus atónita, incapaz de pronunciar palabra durante unos instantes. La expresión de mi rostro debía de contradecir mi alto coeficiente intelectual y mi capacidad de réplica fulminante y por lo general ingeniosa y mordaz, porque Agus me preguntó varias veces qué me pasaba.

—Yo no he hecho nada —logré al fin articular.

—¿Ah, no?

—No tengo nada que ver con esto, te lo juro por mis muertos.

—Lo dices como si fuera un delito sucio y repugnante.

Me sudaba el bigote y la palma de las manos.

—¿Andá, y cómo aterrizó aquí, si puede saberse? —siguió embistiendo Agus.

—Apareció… Sin más, así, de repente —me defendí encogiéndome de hombros.

—¿De repente? Ya…

—Oye —interrumpí con notable brusquedad—. No tengo ganas de hablar de esto. Ningunas ganas, ¿vale?

—No sé qué cojones te pasa, pero cada día estás más chiflada.

A juzgar por su actitud, Agus era inocente. Si alguien me estaba tomando el pelo, él estaba fuera de la conspiración.

No tuve noticias de Emma ni ese día ni los siguientes. Su coche, o esa réplica exacta de su viejo coche blanco y mugriento, permaneció donde estaba, aparcado delante del muro de mi casa, como un recordatorio burlón de aquel desconcertante enigma. 

Cada vez que miraba el mar desde el porche, cada vez que regaba el jardín, cada vez que me sentaba a mirar el crepúsculo, el viejo Seat de Emma se colaba en mi campo visual, por si la estampa de su dueña, petrificada en aquella absurda actitud dinámica, no bastara para sabotear con lenta e insidiosa eficacia mi salud mental. 

Confieso que, aunque el coche estaba cerrado y con todos los seguros echados, hurgué en las cerraduras con una horquilla a modo de ganzúa y no descansé hasta que conseguí abrir una puerta. No sé qué coño esperaba encontrar allí, tal vez algún mensaje o un indicio que me permitiera arrancarle una brizna de sentido al sinsentido, pero todo fue en vano. En cualquier caso, en el interior enrarecido y recalentado por el sol todavía flotaba un intenso, casi putrefacto olor a Excess, el perfume que solía llevar Emma.

Al igual que le había sucedido a Agus, todos los amigos, parientes, marchantes, galeristas, comisarios, colegas, periodistas y demás animales semirracionales que desfilaron por mi casa se deshicieron en alabanzas hacia la Emma petrificada que tomaban por la última de mis instalaciones. Yo estaba que trinaba, con los nervios de punta, más ansiosa que nunca. 

Era como si el mundo entero y sus desorganizados moradores se hubieran puesto de acuerdo por una vez para meterme el dedo en la llaga. Un imbécil, no recuerdo ya quién, llegó incluso a asegurar en pleno delito de clamorosa estulticia que se trataba de mi mejor trabajo hasta entonces. Era inútil repetir una y otra vez, como ya le había dicho a Agus, que aquella estúpida estatua de mierda había aparecido allí un buen día sin que yo tuviera nada que ver en el asunto. 

Decir la pura verdad sin trampa ni maquillaje y que nadie te crea ya es una experiencia desasosegante. Pero decir la pura verdad sin adornos y que todos crean que no es más que la caprichosa ocurrencia de una artista con ganas de llamar la atención o de hacerse la original es un hueso aún más difícil de roer. Claro que cualquiera que repase mi historial de declaraciones a la prensa dirá que me lo he merecido.

El día en que mi marchante vino a decirme que había vendido la pieza de Emma a un conocido coleccionista británico por una cantidad realmente astronómica, perdí los estribos y, tras decirle a gritos que aquello no era una pieza, que no la había hecho yo y que de todos modos no estaba a la venta, lo despaché con cajas destempladas (hecho que probablemente él interpretó como la enésima humorada de una artista temperamental). Mi propia reputación se convertía en una trampa mortal en la que me revolvía inútilmente tratando de escapar.

Poco después de esa escena, me obsesioné con la idea de que Emma me vigilaba en secreto (y se regodeaba en mis tribulaciones) desde la casa vecina a la mía, que de algún modo se las había ingeniado para alquilarla o meterse allí de matute y me espiaba día y noche desde las ventanas. Me resultaba cada vez más difícil hurtarme a la sensación de ser continuamente observada por la mirada irónica de Emma, de modo que, cuando me hallaba en el porche o en el jardín, me volvía bruscamente para descubrirla mirándome, y en alguna ocasión la exhorté a mostrarse increpándola a alaridos. 

En tres ocasiones alcancé incluso a vislumbrar la inconfundible silueta de un cuerpo apartándose con rápidos reflejos de alguna ventana. Hasta que una noche me decidí a entrar en la casa. No habría dado ni diez pasos en el jardín, cuando algún sensor detectó mi presencia y puso en marcha la alarma (lo que, analizado a posteriori, apunta con irrefutable claridad a que la casa estaba vacía). 

Cuando, pasados unos minutos, la policía apareció por allí envuelta en su estrépito habitual de sirenas y chirridos de frenos (la alarma estaba conectada con el cuartelillo más cercano), por fortuna yo ya estaba de vuelta en mi casa. Al día siguiente, después de pasar una de las noches más pesadillescas de toda mi vida, llamé a una agencia inmobiliaria para poner mi casa en alquiler, perder así de vista a Emma y su coche y tratar de frenar de algún modo mi paranoia galopante.

El hecho de que nadie entendiera mi decisión de cambiarme de casa me traía sin cuidado. Yo incluso diría que la incomprensión general me envalentonó y me dio alas y pista de despegue. A medida que pasa el tiempo, soporto mejor la incomprensión, y a veces incluso la encuentro reconfortante y casi deseable. 

Que lo entiendan a uno es algo que sólo los débiles necesitan y, por otra parte, corre el peligro de reblandecer el cerebro, sobre todo cuando esa comprensión viene envuelta en elogios. No es bueno darse excesivas facilidades. La incomprensión, por el contrario, mantiene la musculatura cerebral en tensión y el espíritu alerta, belicoso, en estado permanente de sublevación, a salvo de la pereza mental, uno de los mayores peligros que se ciernen sobre los seres humanos en general y los artistas en particular.

Al principio de estar instalada en mi nuevo dúplex del centro de la ciudad, el trajín de la mudanza y de la organización de la nueva vivienda y el nuevo taller me tuvieron lo bastante ocupada como para estar a salvo de ciertos pensamientos. Pero no es tan fácil dar el esquinazo a una obsesión. Por un lado, luchaba por olvidar lo que había visto y no pensar en ello, pero por otro me devanaba los sesos tratando desesperadamente de sacar algo en limpio. 

A veces me sorprendía reflexionando acerca de los medios técnicos que me habían permitido ver con toda claridad a Emma atravesando el jardín. Tomaba notas, hacía bocetos, me despertaba sobresaltada en mitad de la noche y garabateaba febriles hipótesis, me despeñaba en conjeturas, verosímiles algunas, descabelladas las más. Con todo, lo que arrojaba sobre mí el mayor saldo de inquietud era que después de tres meses Emma siguiera sin dar señales de vida. Ni una carta, ni un correo electrónico, ni una llamada telefónica, nada. 

Aquello olía raro porque ni la paciencia ni el silencio después de una hazaña correspondían a su estilo, más bien proclive al exhibicionismo narcisista y a un desmedido afán de protagonismo. Pese a que me había propuesto no dar señales de estar perdiendo el control (pues estaba segura de que Emma jugaba conmigo, que se mantenía al acecho en alguna parte, espiando mis reacciones para reaparecer cuando le diera la gana, reírse de mí y ganarme una vez más la partida), empecé a hacer ciertas pesquisas. Lo que averigüé no era muy alentador. 

En Sídney, Australia, nadie sabía dónde estaba o, mejor dicho, nadie se preguntaba dónde se había metido. Lo único que sabían era que dejó su apartamento tres meses atrás para regresar a su país. Y allí suponían todos que estaba. Nadie daba la impresión de estar inquieto, ni parecía que Emma hubiera dejado tras de sí algún novio ni alguna mejor amiga de nuevo cuño con quien se comunicara con cierta frecuencia desde su partida, de modo que su rastro se perdía por completo.

El azar vino en mi ayuda en forma de una oportuna exposición en Nueva York para cuya realización tenía que pasar más de dos meses allí. Pensé que poner el océano Atlántico de por medio me vendría bien, y así fue. Volví con los pensamientos ventilados y con la cuenta corriente tan obscenamente hinchada como la ubre de una vaca antes de ordeñarla. 

Por primera vez en bastante tiempo, tenía la sensación de ser casi feliz, es decir, lo máximo a lo que, en mi opinión, puede aspirar uno en este mundo. Casi feliz como era, dos días después de mi regreso, en la inauguración de una nueva galería me precipité en brazos de un tipo (también lo habría hecho de ser muy desgraciada). Él no quiso que fuéramos a mi casa. A mí me pareció bien dejarme arrastrar a la suya, porque siempre he creído que una se compromete menos si la obra se desarrolla en casas ajenas. 

Tuve un presentimiento cuando el tipo dejó la autovía y enfiló cierta carretera que yo conocía casi de memoria, curvas y socavones incluidos. Supongo que en ese preciso instante podía haberle pedido que fuéramos a un hotel. Podía haber fingido un súbito capricho, podía haber disfrazado el asunto de juego, me sobra imaginación para eso. 

Sin embargo, una extraña y morbosa curiosidad me impelía a dejarme llevar, a tragarme las circunstancias tal como vinieran, sin intervenir, sin tratar de impedir nada, tan pasiva como un florero chino, pero mucho menos decorativa. Me limitaba a escudriñar mis sentimientos, que eran tan turbulentos como los de una asesina que, después de evitar cuidadosamente volver a la casa donde cometió el crimen, se lía sin saberlo con el nuevo propietario.

¿Era una coincidencia perversa que el primer hombre con quien me disponía a acostarme después de mi regreso viviera precisamente en mi casa y me devolviera a aquello de lo que había huido? Bien pensado, no dejaba de ser lógico que quien alquilase una casa como aquella estuviera relacionado de un modo u otro con el mundo del arte. 

Y, si estaba relacionado con el mundo del arte, tampoco era tan descabellado que hubiéramos coincidido en una inauguración, pero aun así se trataba de la coincidencia más insidiosa de todas las insidiosas coincidencias que el Diablo y sus secuaces llevaban toda la vida sembrando en mi camino. 

Sea como fuere, lo primero que hice cuando el tipo estacionó el coche detrás del Seat cada vez más mugriento de Emma, fue buscar la escultura con la vista. Si el azar me trae de vuelta, pensé, aquí estoy, sacando pecho. Sin embargo, aunque aquélla era mi casa, no había ni rastro de la escultura de Emma. Creo que no tardé ni tres segundos en perder los estribos.

—¿Qué coño has hecho con ella?

El tipo se limitó a mirarme sin entender todavía por qué se había disipado el clima de complicidad erótica ni cómo era posible que aquella tormenta se le hubiera echado encima sin un solo presagio de borrasca inminente.

—La escultura del jardín —me apresuré a aclarar—. ¿Podrías decirme qué coño has hecho con mi escultura?

—¿La escultura? ¿Eres la dueña de…? Yo no sabía…

—¿Se la has vendido a alguien? ¿Qué coño has hecho con ella?

—Tranquilízate, por favor. Hace tres minutos estábamos tan tranquilos, riéndonos…

—Me importa un rábano lo que hiciéramos hace tres minutos, pero ahora vas a decirme qué has hecho con mi escultura.

—Está en el vertedero.

—¿Qué dices?

—Olía. Tranquilízate, por favor… —Por un momento, pensé que el olor al que aquel tipo se refería era el perfume que Emma solía utilizar con profusión—. No sé cuándo empezó a oler, sería hace un par o tres de semanas, pero cada vez apestaba más. Venían moscas, era asqueroso. Si lo hubieras visto y, si, sobre todo, lo hubieras olido, no me lo reprocharías.

—Llévame al vertedero. Ahora —me sentí obligada a puntualizar tras unos instantes de silencio al ver la expresión del tipo.

Tres días después volvía a estar instalada en la casa del acantilado y Emma presidía de nuevo el jardín y, por extensión, la casa entera. Un taxidermista, a quien le conté que aquélla era mi particular versión de El retrato de Dorian Gray, me ayudó a tratarla para frenar el proceso de descomposición, y una vez tratada la encerré en un cubículo de vidrio rodeado de cuatro aspersores, uno en cada esquina, que vaporizan Excess mientras por unos pequeños altavoces acoplados al cubículo se oye cantar a Lou Reed muy bajito She’s my best friend, she understands me when I am feeling down, down, down, down, down, down. Como corresponde a una mejor amiga absorbente como ella, a quien se halla en mi casa le resulta casi imposible sustraerse a su influjo, tanto visual como olfativo.

Entre una cosa y otra, ha pasado el tiempo. La verdad es que la escultura de Emma, con la que cada día hablo más, me hace mucha compañía. A veces tengo incluso la impresión de que estoy más cerca que nunca de mi amiga. Aunque, por supuesto, aún espero que Emma aparezca el día menos pensado y se lleve su mugriento coche al desguace.