INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta enamorados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta enamorados. Mostrar todas las entradas

El hombre del traje marrón - Agatha Christie

Capítulo XIX

La situación me recordó la Jornada Tercera de los «Peligros de Pamela». ¡Cuántas veces había estado yo sentada en las butacas de seis peniques, comiendo una barra de chocolate y anhelando que me ocurrieran a mí cosas como aquella! Bueno, pues, ya me estaban ocurriendo. Y sin saber por qué, no resultaban tan divertidas como yo me las había imaginado. Está muy bien verlo en la pantalla, y una tiene el consuelo de saber que habrá una Jornada Cuarta. Pero en la vida real nadie podía garantizarme que Anita Aventurera no dejara de existir bruscamente al final de cualquiera de los episodios.

Sí; me encontraba en una situación difícil. Recordé con desagradable claridad todas las cosas que Rayburn me había dicho aquella mañana. «Diga usted la verdad», me había aconsejado. Bueno, pues eso siempre podría hacerlo; pero, ¿me serviría de algo? En primer lugar, ¿se daría crédito a mi relato? ¿Creerían probable o posible que hubiese emprendido aquella loca aventura sin más bases que un pedazo de papel que olía a naftalina? A mí me parecía una cosa completamente increíble. En aquel instante de cordura y serenidad me maldije a mí misma por melodramática e idiota y anhelé el apacible aburrimiento de Little Hampsly.

Todo eso me pasó por la imaginación en mucho menos tiempo del necesario para contarlo. Mi primer movimiento instintivo fue dar un paso atrás y buscar el tirador de la puerta. El hombre se limitó a sonreír.

—Aquí está y aquí se queda —observó.

Hice lo posible por hacer al mal tiempo buena cara.

—Me invitó a venir aquí el Conservador del Museo de la Ciudad de El Cabo. Si he cometido un error...

—¿Un error? ¡Oh, sí! ¡Un error muy grande!

Rió gravemente.

—¿Con qué derecho me detiene? Daré cuenta a la policía...
—Yap, yap, yap... como un perrito faldero —rió.
—Me veo obligada a llegar a la conclusión de que es usted un loco peligroso —anuncié, con frialdad.
—¿De veras?
—Quisiera advertirle que mis amistades están perfectamente enteradas de que he venido aquí. Si no he regresado antes del anochecer, vendrán a buscarme, ¿comprende?
—Conque sus amistades saben que está usted aquí, ¿eh? ¿Qué amistades?

Retada así, calculé rápidamente las probabilidades. ¿Debiera mencionar a sir Eustace? Era un hombre muy conocido y su nombre pudiera influir. Pero si se hallaba en contacto con Pagett pudiera saber que mentía. Más valía no correr el riesgo de mencionar ahora a sir Eustace.

—La señora Blair, por ejemplo. Una amiga mía con quien me alojo.
—No lo creo —anunció el hombre, sacudiendo la anaranjada cabeza—. No la ha visto usted desde esta mañana a las once. Y recibió nuestra nota, pidiéndole que viniese aquí, a la hora de comer.

Por sus palabras comprendí cuán de cerca se habían seguido mis pasos; pero no pensaba rendirme sin luchar.

—Es usted muy listo —dije—. ¿Ha oído hablar alguna vez de cierto invento muy útil que se llama teléfono? La señora Blair me telefoneó cuando descansaba en mi cuarto después de comer. Le dije dónde iba a estar esta tarde.

Con gran satisfacción mía, observé que su rostro reflejaba, durante un instante, cierta preocupación. Era evidente que no había pensado en la posibilidad de que Susana me telefoneara. Lástima que no lo hubiese hecho de verdad.

—Basta de eso —dijo con aspereza, poniéndose en pie.
—¿Qué va usted a hacer de mí? —inquirí, procurando parecer serena aún.
—Meterla donde no pueda hacer daño alguno, si a sus amistades se les ocurre venir a buscarla.

Durante unos segundos, la sangre se me heló en las venas. Pero las palabras que a continuación dijo, me tranquilizaron.

—Mañana tendrá que responder a algunas preguntas, y cuando lo haya hecho, sabremos qué hacer con usted. Y puedo asegurarle, jovencita, que conocemos muchas maneras de hacer hablar a los imbéciles que sean testarudos.

No era muy animador aquello; pero por lo menos me daba tiempo a respirar. Tenía hasta el día siguiente. Aquel hombre no era más que un subordinado, que obedecía órdenes superiores. ¿Era posible que su superior fuese Pagett?

Llamó y se presentaron dos cafres. Me condujeron escalera arriba. A pesar de cuanto forcejeé, me ataron de pies y manos y me amordazaron. La habitación en que me habían metido era una especie de buhardilla, debajo del tejado. Estaba llena de polvo y no parecía haber estado ocupada. El holandés me hizo una reverencia burlona y se retiró cerrando la puerta tras él.

Me hallaba completamente impotente. Por mucho que me retorcí no pude aflojar las ligaduras y la mordaza no me permitía gritar. Si por una casualidad se presentara alguien en la casa, nada podría hacer para llamar la atención. Oí abajo el ruido de una puerta que se cerraba. El holandés había salido, al parecer.

Me enloquecía no poder hacer cosa alguna. Volví a probar mis ligaduras, pero los nudos no cedieron. Me di por vencida al fin y me desmayé o me dormí. Cuando volví a despertar, me dolía todo el cuerpo. La oscuridad era completa ya, y juzgué que estaría muy avanzada la noche, porque la Luna se hallaba muy alta en el firmamento y llenaba con sus rayos la polvorienta claraboya. La mordaza casi me ahogaba y el entumecimiento y el dolor resultaban casi insoportables.

Fue entonces cuando mi mirada se posó sobre el trozo de vidrio que había en un rincón. Un rayo de Luna le daba de lleno y su brillo había llamado mi atención. Al mirarlo, se me ocurrió una idea de esas que se le ocurren a una en momentos difíciles.

No podía mover manos ni piernas; pero suponía que me sería posible rodar. Me puse en movimiento lenta y torpemente. No era fácil. Además de ser extremadamente doloroso, puesto que no podía protegerme el rostro con los brazos, resultaba también muy difícil rodar en una dirección determinada.

La tendencia era rodar en cualquier dirección menos en la que me interesaba. Después de mucho trabajo, sin embargo, llegué al punto que deseaba. El vidrio casi me tocaba las manos.

Aun así, la cosa no resultó fácil. Precisé una eternidad para empujar el vidrio hasta encajarlo de tal suerte contra la pared que pudiera rozar con él las ligaduras. Esta última operación fue tan larga, tan exasperante, que casi perdí toda esperanza. No obstante, acabé cortando las cuerdas que me ataban las manos. Lo demás fue cuestión de tiempo. Una vez hube restablecido la circulación en mis manos dándome masajes en las muñecas, pude quitarme la mordaza. Y cuando hube respirado profundamente un par de veces, me sentí mucho mejor.

No tardé ya en deshacer hasta el último nudo; pero hube de esperar un buen rato antes de poder ponerme en pie. Por fin me erguí, agitando los brazos para restablecer la circulación. Ansiaba, sobre todas las cosas, encontrar algo de comer.

Aguardé cosa de un cuarto de hora para estar segura de que no me abandonarían las fuerzas. Luego, me acerqué a la puerta de puntillas. Como había esperado, no estaba cerrada con llave. La abrí y atisbé con cautela.

Todo estaba silencioso. La luz de la Luna, que se filtraba por una ventana, me permitió ver la escalera cubierta de polvo y sin alfombra. Bajé con sigilo. No se oía ningún ruido. Pero cuando llegué al descansillo de abajo, llegó a mis oídos un débil murmullo de voces. Paré en seco y permanecí inmóvil algún tiempo. Un reloj colgado de la pared señalaba más de medianoche.

Me daba perfecta cuenta de los riesgos que podría correr si bajaba más; pero, al fin venció en mí la curiosidad. Tomando infinitas precauciones me dispuse a explorar. Me deslicé silenciosamente por el último tramo de escalera hasta el cuadrado vestíbulo. Miré a mi alrededor, y contuve el aliento. Un cafre estaba sentado junto a la puerta. No me había visto. No tardé en darme cuenta, por el ritmo de su respiración, que se había dormido.

¿Debía retroceder o seguir adelante? Las voces emanaban del cuarto al que se me condujera a mi llegada. Una de ellas era la del holandés. No pude reconocer la otra, aunque se me antojaba vagamente conocida.

Al fin decidí que era mi deber enterarme de todo lo que fuese posible. Tendría que correr el riesgo de que se despertase el cafre. Crucé silenciosamente el pasillo y me arrodillé junto a la puerta del cuarto. Durante unos instantes no pude oír mejor por ello. Las voces sonaban más altas, pero no lograba distinguir lo que decían.

Apliqué el ojo a la cerradura en lugar del oído. Como había supuesto, uno de los que hablaban era el holandés. El otro hombre se hallaba fuera de mi campo visual.

De pronto se puso en pie para servirse algo de beber. Aun antes de que diera la vuelta comprendí quién era.

¡El señor Chichester!

Ahora empecé a entender las palabras.

—No obstante, es peligroso. ¿Y si sus amistades vinieran a buscarla?

Era el holandés quien hablaba. Chichester le respondió. Ya no usaba su voz de clérigo. Nada de particular tenía, pues, que no la hubiese reconocido.

—Eso es puro bluf. Nadie tiene la menor idea de dónde se encuentra.

Habló con convencimiento.

—Es posible. He investigado el asunto y no tenemos nada que temer. Sea como fuere, las órdenes emanan del «Coronel». Supongo que no querrá usted desobedecerlas...

El holandés soltó una exclamación en su idioma nativo. Juzgué que era una rotunda negativa.

—Pero, ¿por qué no darle un golpe en la cabeza? —gruñó—. Sería más sencillo. El barco está preparado. Se la podría llevar a alta mar.
—Sí —contestó Chichester, pensativo—. Eso es lo que yo haría. Sabe demasiado; de eso no cabe la menor duda. Pero al «Coronel» le gusta trabajar solo, aunque no le consiente a ningún otro que lo haga. (Sus propias palabras parecieron despertar en él algún recuerdo que le molestaba). Deseaba obtener de esta muchacha informes de alguna clase.

Había hecho una pausa antes de decir «informes», y el holandés se agarró a la palabra.

—¿Informes?
—O algo así.
—«Diamantes» —dije yo para mis adentros.
—Y ahora —continuó Chichester— déme las listas.

Durante un buen rato su conversación me resultó completamente ininteligible. Parecían versar sobre grandes cantidades de legumbres y verduras. Se mencionaron fechas, precios y nombres de varios lugares que yo no conocía. Transcurrió su buena media hora antes de que terminaran de contar y de hacer comprobaciones.

—Muy bien —dijo Chichester. Y se oyó un ruido como el de una silla al arrastrarse por el suelo—. Me las llevaré para que las vea el «Coronel».
—¿Cuándo se marcha usted?
—Mañana por la mañana a las diez bastará.
—¿Quiere ver a la muchacha antes de irse?
—No. Hay órdenes severas de que nadie debe ver a la chica hasta que llegue el «Coronel». ¿Se encuentra bien?
—Me asomé a verla cuando vine a comer. Creo que estaba dormida. ¿Y alimentos?
—Un poco de ayuno no le hará ningún daño. El «Coronel» vendrá aquí mañana por la mañana a una hora u otra. Responderá mejor a las preguntas si tiene hambre. Más vale que no se acerque nadie hasta entonces. ¿Está bien atada?

El holandés se echó a reír.

—¿Qué cree usted?

Los dos rieron. Y yo también, aunque para mis adentros. Luego, comoquiera que los ruidos que se oyeran parecían anunciar que estaba a punto de salir del cuarto, me batí precipitadamente en retirada. Lo hice justamente a tiempo. Al llegar a la escalera, oí abrirse la puerta del vestíbulo. Me retiré prudentemente a la buhardilla, me rodeé el cuerpo con las cuerdas y volví a tirarme en el suelo por si se les ocurría subir a echarme una mirada.

No lo hicieron, sin embargo. Al cabo de una hora, aproximadamente, descendí con cautela la escalera. El cafre de guardia junto a la puerta estaba despierto y tarareaba una canción. Tenía vivos deseos de salir de la casa, pero no veía la forma de conseguirlo.

Acabé teniendo que retirarme a la buhardilla otra vez. Era evidente que el cafre se pasaría la noche allí, vigilando. Permanecí en mi encierro, armándome de paciencia, durante las primeras horas de la mañana, escuchando todos los preparativos. Los hombres desayunaron en el vestíbulo. Empezaba a sentirme enervada. ¿Cómo demonios iba a salir de la casa? ¿Podría?

Me aconsejé a mí misma paciencia. Un paso temerario pudiera echarlo a perder todo. Después del desayuno oí marcharse a Chichester. Con gran alivio mío, el holandés le acompañó.

Aguardé, conteniendo el aliento. Estaban quitando la mesa y haciendo el trabajo de la casa. Por fin, todas las actividades parecieron cesar. Volví a salir de mi guarida. Me deslicé silenciosamente escalera abajo. El vestíbulo estaba desierto. Lo crucé con velocidad de relámpago, abrí la puerta y salí al sol. Bajé corriendo el camino del jardín como si me persiguiera el mismísimo demonio.

Una vez fuera, me puse a caminar de forma normal. La gente me miraba con curiosidad, y no era de extrañar. Debía de llevar los vestidos y la cara cubiertos de polvo de la buhardilla. Por fin llegué a un garaje. Entré.

—He sufrido un accidente —expliqué—. Necesito un coche que me conduzca inmediatamente a Ciudad de El Cabo. He de pillar el vapor para Durban.

No tuve que esperar mucho. Diez minutos más tarde me hallaba camino de Ciudad de El Cabo. Era preciso que me enterara de si Chichester iba a bordo. No me era posible decidir aún si embarcar en él yo también o no; pero a última hora decidí hacerlo. Chichester no sabría que le había visto en el hotelito de Muizenberg. Seguramente prepararía nuevas trampas para cazarme. Pero yo estaría sobre aviso. Y él era el hombre a quien me interesaba seguir, el hombre que andaba buscando los diamantes por cuenta del misterioso «Coronel».

¡Pobres planes míos! Cuando llegué yo al muelle, el Castillo de Kilmorden enfilaba ya con su proa la salida del puerto. Y no tenía yo medio alguno de averiguar si Chichester viajaba a bordo o no.
 
 
Capítulo XX

Me dirigí al hotel. En el saloncillo no había ninguna persona conocida. Subí corriendo la escalera y llamé a la puerta de Susana. Me dijo que entrara. Cuando vio quién era, se me colgó del cuello, así, como suena.

—¡Anita, querida! ¿Dónde ha estado? ¡Me ha tenido la mar de alarmada! ¿Qué ha estado haciendo?
—Corriendo aventuras —repliqué—. Jornada Tercera de «Los Peligros de Pamela».

Le conté toda la historia. Exhaló ella un profundo suspiro cuando terminé.

—¿Por qué han de ocurrirle a usted siempre esas cosas? —exclamó quejumbrosa—. ¿Por qué no me amordaza a mí nadie ni me ata de pies y manos?
—No le gustaría si se lo hiciesen —le aseguré—; y a decir verdad, no tengo tantas ganas ya de correr aventuras como antes. Una pequeña dosis de eso le harta a una para una temporada.

Susana no pareció muy convencida. De haberse pasado una hora o dos atada y amordazada, seguramente hubiera cambiado de opinión. A Susana le gustan las emociones, pero odia las incomodidades.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó.
—No estoy muy segura —le respondí dubitativa—. Usted sigue encargada de ir a Rhodesia, naturalmente, para vigilar a Pagett...
—¿Y usted?

Ahí estaba la dificultad... ¿Habría embarcado Chichester a bordo del Kilmorden o no? ¿Pensaba seguir su plan original de marcha a Durban? La hora en que abandonara Muizenberg parecía insinuar que la contestación a ambas preguntas debía de ser afirmativa. En cuyo caso podría marchar yo a Durban por tren. Estaba segura de que llegaría yo allí antes que el barco. Sin embargo, si le cablegrafiaban a Chichester la noticia de mi huida, y le decían que había salido de Ciudad de El Cabo en dirección a Durban, nada más fácil para él que abandonar el barco en Port Elizabeth o East London y escapárseme así por completo.

El problema era algo complicado.

—Sea como fuere —dije—, nos enteraremos de la hora de salida de los trenes para Durban.
—Y no es demasiado tarde para una taza de té matutina —anunció Susana—. La tomaremos en el saloncillo.

El tren de Durban salía a las ocho y cuarto de la noche, me dijo el conserje. De momento aplacé mi decisión y me reuní con Susana para tomar el té.

—¿Cree usted que podrá reconocer a Chichester otra vez... si lleva un disfraz distinto, quiero decir? —inquirió Susana.

Sacudí la cabeza.

—Desde luego no le conocí cuando le vi disfrazado de camarera ni le hubiese reconocido de no haber sido por el dibujo que usted me hizo.
—Ese hombre es actor de profesión —dijo Susana, pensativa—. Estoy segura de ello. Puede abandonar el barco vestido de obrero o de cualquier cosa, y no conseguirá usted descubrirle.
—Es usted muy consoladora —le repuse.

En aquel momento el coronel Race miró por la puerta ventana y se reunió con nosotras.

—¿Qué hace sir Eustace? —inquirió Susana—. No le he visto por aquí hoy.

Una expresión extraña cruzó el rostro del coronel.

—Tiene preocupaciones que no le dejan tiempo libre.
—Cuéntenos de qué se trata.
—Hablar de eso sería una indiscreción.
—Cuéntenos algo... aunque tenga que inventarlo nada más que para distraernos.
—Bueno, pues, ¿qué diría si le dijese que el famoso «Hombre del traje color castaño» ha viajado en nuestra compañía?
—¿Cómo?

Sentí que la sangre se retiraba de mi rostro y volvía a invadirlo otra vez. Por fortuna, el coronel Race no me estaba mirando.

—Creo que es un hecho. Mientras las autoridades vigilaban todos los puertos para que no pudiese escapar de Inglaterra, consiguió engañar a Pedler para que le trajera aquí como secretario.
—¿El señor Pagett?
—No; Pagett no. El otro. Decía llamarse Rayburn.
—¿Le han detenido? —preguntó Susana.

Por debajo de la mesa me tranquilizó con un apretoncito de manos. Aguardé sin aliento la contestación.

—Parece haber desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra.
—¿Cómo lo ha tomado sir Eustace?
—Lo considera como un insulto personal que le ha inferido el Destino.

Más tarde, aquel mismo día, se presentó una oportunidad de escuchar lo que sir Eustace opinaba del asunto. Un botones portador de una nota nos despertó cuando dormíamos la siesta. Sir Eustace nos suplicaba, con emocionantes palabras, que le concediéramos el honor de tomar el té con él en su gabinete.

El pobre hombre se hallaba en un estado lastimoso. Nos contó sus cuitas animado por los murmullos de simpatía de Susana. (Que sabe hacer esta clase de cosas muy bien).

—Primero, una mujer completamente desconocida tiene la impertinencia de hacerse asesinar en mi casa... nada más que por molestarme, estoy seguro. ¿Por qué en mi casa? ¿Por qué, entre todas las casas de Gran Bretaña, escoger la Casa del Molino? ¿Qué mal le había hecho yo jamás a esa mujer para que fuera a dejarse matar allí?

Susana emitió uno de sus murmullos comprensivos otra vez, y sir Eustace prosiguió, con voz más dolida aún:

—Y, por si eso fuera poco, el hombre que la había asesinado tuvo la impertinencia..., la colosal impertinencia..., de agregarse a mí como secretario. ¡Mi secretario, fíjense bien! Estoy ya harto de secretarios. Me niego a soportar más secretarios. O son asesinos ocultos o borrachos y pendencieros. ¿Han visto el ojo que lleva Pagett? Pues claro que lo habrán visto. ¿Cómo puedo andar por ahí con un secretario así? Y tiene la cara de un amarillo feo, por añadidura..., precisamente del color que menos pega con un ojo a la funerala. Para mí se han acabado los secretarios... a menos que encuentre una muchacha. Una muchacha bonita, de ojos líquidos, que me coja de la mano siempre que me vea enfadado. ¿Qué me dice usted, señorita Ana? ¿Quiere aceptar el empleo?
—¿Cuánto tiempo he de tenerle cogida la mano? —pregunté, riendo.
—Todo el santo día —respondió sir Eustace, muy galante.
—No me quedará mucho tiempo para escribir a máquina entonces —le recordé.
—Eso no importa. Todo ese trabajo es idea de Pagett. Me mata a trabajar. Mi único consuelo es que voy a dejarle atrás cuando salga de Ciudad de El Cabo.
—¿Se va a quedar aquí?
—Sí. Se divertirá de lo lindo buscando a Rayburn. Esa clase de trabajo le va a Pagett que ni pintado. Adora las intrigas. Pero le hago la oferta en serio. ¿Quiere acompañarme? La señora Blair es una dueña competente. Y puede usted disponer de medio día de fiesta de vez en cuando para cavar en busca de huesos.
—Muchísimas gracias, sir Eustace —dije, con cautela—. Pero creo que voy a salir para Durban esta noche.
—No sea usted una joven testaruda. No olvide que hay la mar de leones en Rhodesia. Le gustarán los leones. A todas las jóvenes les gustan.
—¿Estarán ensayando saltitos cortos? —le pregunté, riendo—. No, muchas gracias. He de marchar a Durban sin perder tiempo.

Sir Eustace me miró, suspiró profundamente y luego abrió la puerta de la habitación contigua y llamó a Pagett.

—Si ha dormido usted ya la siesta, amigo mío, quizá esté dispuesto a trabajar un poco como variación.

Guy Pagett apareció en el umbral. Nos hizo una reverencia a las dos, dando muestras de un leve sobresalto al verme, y replicó con su melancólica voz:

—He estado escribiendo a máquina esa memoria toda la tarde, sir Eustace.
—Pues deje de escribir a máquina entonces. Vaya a las oficinas del Delegado de Comercio... o a la Delegación de Agricultura... o a la Cámara de Minas... o a uno de esos sitios. Y pídales que me presten una mujer que me acompañe a Rhodesia. Ha de tener ojos de mirada líquida y no tener inconveniente en que le coja yo la mano.
—Bien, sir Eustace. Pediré una taquimecanógrafa competente.
—Pagett es un hombre malintencionado —dijo sir Eustace después de haberse ido el secretario—. Estoy dispuesto a apostar que escogerá una mujer que tenga cara de torta, nada más que por molestarme. Ha de tener los pies bonitos también... Me había olvidado decir eso.

Así a Susana de la mano, excitada, y casi la arrastré hasta su cuarto.

—Ahora, Susana —exclamé—, hemos de hacer planes... y muy aprisa. Pagett se queda en Ciudad de El Cabo. ¿Oyó usted eso?
—Sí. Supongo que eso significa que no podré ir a Rhodesia..., lo que es una verdadera lata, porque quiero ir a Rhodesia. ¡Qué contratiempo!
—Anímese —le dije—. Irá usted. No veo yo cómo iba a volverse atrás en el último instante sin que la cosa pareciese sospechosa. Además, cabe la posibilidad de que sir Eustace llamara de pronto a Pagett y le costaría a usted mucho más trabajo colgarse a él.
—Resultaría muy poco decente —aseguró Susana, con una sonrisa—. Me vería obligada a fingirme locamente enamorada de él para justificarlo.
—Sin embargo, si se encontrara usted allí ya a su llegada, la cosa no podría parecer más natural. Además, no creo que debamos perder de vista a los otros dos por completo.
—Pero, Ana, ¿es posible que desconfíe usted del coronel Race y de sir Eustace?
—Desconfío de todo el mundo —respondí con aire de misterio—. Y si ha leído usted alguna novela detectivesca, Susana, debe saber que el criminal es siempre el hombre que menos parece serlo. Ha habido la mar de criminales gordos y joviales como sir Eustace.
—No puede decirse que el coronel Race sea gordo en realidad ni muy jovial tampoco.
—A veces son delgados y silenciosos —repuse—. No digo que desconfíe seriamente de ninguno de los dos. Pero, después de todo, a la mujer la asesinaron en la casa de sir Eustace.
—Sí, sí... No es preciso que discutamos todo eso otra vez. Le vigilaré, Anita, y si engorda más o se vuelve más alegre, le mandaré a usted un telegrama inmediatamente: «Sir E. se hincha. Altamente sospechoso. Venga sin demora».
—¡Por Dios, Susana! —exclamé—. ¡Parece usted creer que todo esto es un juego!
—Ya lo sé —respondió ella sin inmutarse—. Sí me lo parece. La culpa es suya, Anita. Me ha imbuido de su espíritu de «Corramos una aventura». No se me antoja ni pizca real. Si Clarence supiera que andaba por África siguiendo la pista a criminales peligrosos, le daría un patatús.
—¿Por qué no se lo dice por cable? —pregunté, con sarcasmo.

Pero Susana es incapaz de verle la gracia a nada relacionado con la expedición de un cablegrama. Reflexionó sobre mi proposición con toda la buena fe del mundo.

—Podría hacerlo. Tendría que ser un cable muy largo —se animó enormemente ante semejante posibilidad—. Pero creo que será preferible abstenerse. Los maridos siempre quieren inmiscuirse en las diversiones más inofensivas.
—Bueno —dije, haciendo un resumen de la situación—, usted vigilará a sir Eustace y al coronel Race...
—Sé por qué he de vigilar a sir Eustace —me interrumpió Susana—. Es por su tipo y su humorística conversación. Pero desconfiar del coronel Race se me antoja llevar la cosa a extremos... Le aseguro que sí. Pero ¡si tiene algo que ver con el Servicio Secreto! ¿Sabe usted una cosa, Ana? Creo que lo mejor que podríamos hacer sería confiar en él y contarle toda la historia.

Me opuse vigorosamente a semejante proceder. Reconocí en ello los desastrosos efectos del matrimonio. Cuántas veces no habré oído decir a una mujer inteligente a más no poder: «Edgardo dice...», como quien cita una autoridad incontrovertible. Y eso cuando todo el mundo sabe que Edgardo es un perfecto idiota. Susana, como consecuencia de ser casada, ansiaba buscar el apoyo de un hombre u otro.

No obstante, me prometió fielmente no decirle una palabra al coronel Race y seguimos confeccionando planes.

—Es evidente que he de quedarme yo aquí y vigilar a Pagett y he aquí la mejor manera de hacerlo: he de fingir salir para Durban esta noche, llevándome el equipaje a la estación y todo eso. Pero, en realidad, me iré a cualquier hotelito pequeño de la ciudad. Puedo cambiar un poco de aspecto... llevar un tupé rubio y uno de esos tupidos velos de encaje blanco. Tendré mucha más ocasión de ver lo que hace si me cree lejos de aquí.

Susana se mostró completamente de acuerdo con mi plan. Hicimos todos los preparativos con ostentación. Preguntamos de nuevo la hora a que salía el tren e hicimos el equipaje.

Comimos juntas en el restaurante. El coronel Race no se presentó; pero sir Eustace y Pagett ocupaban su mesa junto a la ventana. Pagett abandonó la mesa a mediados de la comida, cosa que me molestó, porque mi intención era despedirme de él. No obstante, seguramente serviría igual sir Eustace para el caso. Me acerqué a él cuando terminé la cena.

—Adiós, sir Eustace —le dije—. Salgo esta noche para Durban.
—Así había oído decir. No le gustaría a usted que le acompañase, ¿verdad?
—Me encantaría.
—Buena chica. ¿Está usted segura de que no cambiará lo más mínimo de opinión e irá conmigo a buscar leones a Rhodesia?
—Completamente segura.
—Debe de ser la mar de guapo —murmuró sir Eustace, quejumbroso—. Algún jovencito de Durban seguramente que eclipsará por completo los encantos de mi madurez. A propósito, Pagett marcha en el coche dentro de unos minutos. Podría llevarla a usted a la estación.
—Oh, no, gracias —me apresuré a decir—. La señora Blair y yo hemos pedido un taxi ya.

Lo que menos podía desear yo era ir a la estación con Pagett. Sir Eustace me miró con atención.

—Estoy por asegurar que Pagett no es santo de su devoción. No me extraña. ¡Es tan entrometido...! Y va por ahí con cara de mártir mientras, en realidad, está haciendo todo lo posible por molestarme y darme disgustos.
—¿Qué ha hecho ahora? —pregunté, con ansiedad.
—Me ha conseguido una secretaria. ¡Jamás se ha visto mujer igual! Tiene cuarenta años por lo menos; usa gafas y botas; y tiene aire de una eficiencia que acabará matándome. ¡Una completa cara de torta!
—¿No le quiere coger la mano?
—¡Dios quiera que no! —exclamó sir Eustace—. Eso sería ya el colmo. Bueno, adiós, ojos líquidos. Si mato un león no le regalaré a usted la piel... por haber cometido la bajeza de abandonarme.

Me estrechó cordialmente la mano y nos separamos. Susana me estaba aguardando en el vestíbulo. Iba a despedirnos a la estación.

—Pongámonos en marcha enseguida —dijo precipitadamente.

E hizo una señal al conserje para que parara un taxi.
Una voz que sonó a mis espaldas me hizo dar un brinco.

—Perdone, señorita Beddingfeld, pero bajo ahora con un coche. Puedo dejarlas a la señora Blair y a usted en la estación.
—Oh, gracias —me apresuré a decir—; pero no hay necesidad de molestarle. Yo...
—No es molestia, se lo aseguro. Cargue el equipaje, mozo.

No pude hacer nada. Hubiese podido protestar de nuevo; pero el codazo que me dio Susana disimuladamente me advirtió que debía andar con cautela.

—Gracias, señor Pagett —dije con frialdad.

Subimos todos al coche. Cuando bajamos la carretera a gran velocidad hacia la población, me devané los sesos buscando algo que decir. Fue el propio Pagett quien rompió el silencio por fin.

—Le he conseguido una secretaria muy eficiente a sir Eustace —observó—. La señorita Pettigrew.
—No parecía estar muy entusiasmado con ella hace unos instantes —dije yo.

Pagett me miró con frialdad.

—Es una taquimecanógrafa muy hábil —me dijo en tono reprensivo.

Nos paramos delante de la estación. Allí pensé yo que nos dejaría. Me volví hacia él con la mano tendida. Pero no.

—Entraré a despedirme. Son las ocho en punto. Su tren sale dentro de un cuarto de hora.

Dio instrucciones a los mozos. Yo me quedé inmóvil, impotente, sin atreverme a mirar a Susana. El hombre aquel desconfiaba. Estaba decidido a asegurarse de que me marchaba, en efecto, con aquel tren. ¿Y qué podía hacer yo? Nada. Me vi salir de la estación un cuarto de hora más tarde mientras Pagett me despedía agitando la mano desde el andén. Había sabido cambiar las tortas con mucha habilidad. Además, su trato había cambiado por completo. Me hablaba con una jovialidad que le cuadraba muy mal y que a mí me daba náuseas. El hombre aquel era un hipócrita acabado. Había intentado asesinarme y ahora me colmaba de cumplidos. ¿Se imaginaría ni un solo instante que no le había reconocido aquella noche sobre cubierta? No; era una simple postura, un simulacro que me obligaba a aceptar.

Tan impotente como un cordero, me moví guiada por sus hábiles instrucciones. Me amontonaron el equipaje en el coche-cama. Tenía una cabina doble para mí sola. Eran las 8:12. El tren salía dentro de tres minutos. Pero Pagett no había contado con Susana.

—Va a ser un viaje muy caluroso, Anita —dijo esta de pronto—. Sobre todo cuando pase por Karpo mañana. Lleva usted agua de colonia de lavanda, ¿verdad?

No podía haberme dado una indicación más clara.

—¡Oh! —exclamé, fingiendo consternación—. ¡Me he dejado el agua de colonia sobre el tocador de mi cuarto!

La costumbre que tenía Susana de mandar le sirvió muy bien. Se volvió, imperiosa, hacia Pagett.

—¡Señor Pagett! ¡Pronto! Tiene el tiempo justo. Hay una perfumería casi enfrente de la estación. Es preciso que Ana se lleve el agua de colonia.

El hombre vaciló; pero los autoritarios modales de Susana resultaron irresistibles. Susana es autócrata innata. Pagett obedeció. La señora Blair le siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista.

—¡Pronto, Anita! ¡Apéese por el otro lado... por si acaso no ha ido y nos observa desde el extremo del andén! No se acuerde del equipaje. Puede telegrafiar pidiendo que se lo reexpidan mañana. ¡Oh! ¡Si el tren saliera a la hora en punto...!

Abrí la puerta del otro lado del tren y me apeé. Nadie me observó. Me era posible ver a Susana de pie, donde la había dejado, con la cabeza alzada mirando hacia el tren y hablando, al parecer, conmigo por la ventanilla. Sonó un silbido. El tren arrancó. Entonces oí que alguien corría desesperadamente por el andén. Me oculté en la sombra de un quiosco de libros y atisbé desde allí.

Susana, que había estado agitando un pañuelo en señal de despedida, se volvió.

—Llega usted demasiado tarde, señor Pagett —dijo alegremente—. Se ha ido. ¿Es esta la colonia? ¡Qué lástima que no pensáramos en ella más pronto!

Pasaron cerca de mí al dirigirse a la salida de la estación. Guy Pagett estaba acaloradísimo. Era evidente que había ido a la perfumería y vuelto corriendo desesperadamente.

—¿Quiere que le busque un taxi, señora Blair?

Susana supo desempeñar su papel.

—Si me hace el favor... ¿Quiere usted que le lleve al hotel? ¿Tiene mucho que hacer para sir Eustace? ¡Ojalá hubiese marchado Ana Beddingfeld con nosotros mañana! No me gusta ni pizca que una muchacha joven como ella marche a Durban completamente sola. Pero estaba empeñada en hacerlo. Supongo que habría allí algo que le atraía...

No pude oír más porque habíanse alejado ya demasiado. ¡Hábil Susana! Me había salvado.

Dejé que transcurrieran unos minutos más y luego salí yo de la estación también, casi tropezando, al hacerlo, con un hombre de aspecto desagradable, de nariz muy grande, completamente desproporcionada.


El doble Sacrificio - Juan Valera


EL PADRE GUTIÉRREZ A DON PEPITO

Málaga, 4 de abril de 1842.          

     Mi querido discípulo: Mi hermana, que ha vivido más de veinte años en ese lugar, vive hace dos en mi casa, desde que quedó viuda y sin hijos. Conserva muchas relaciones, recibe con frecuencia cartas de ahí y está al corriente de todo. Por ella sé cosas que me inquietan y apesadumbran en extremo. ¿Cómo es posible, me digo, que un joven tan honrado y tan temeroso de Dios, y a quien enseñé yo tan bien la metafísica y la moral, cuando él acudía a oír mis lecciones en el Seminario, se conduzca ahora de un modo tan pecaminoso? 

Me horrorizo de pensar en el peligro a que te expones de incurrir en los más espantosos pecados, de amargar la existencia de un anciano venerable, deshonrando sus canas, y de ser ocasión, si no causa, de irremediables infortunios. Sé que frenéticamente enamorado de doña Juana, legítima esposa del rico labrador don Gregorio, la persigues con audaz imprudencia y procuras triunfar de la virtud y de la entereza con que ella se te resiste. 

Fingiéndote ingeniero o perito agrícola, estás ahí enseñando a preparar los vinos y a enjertar las cepas en mejor vidueño; pero lo que tú enjertas es tu viciosa travesura, y lo que tú preparas es la desolación vergonzosa de un varón excelente, cuya sola culpa es la de haberse casado, ya viejo, con una muchacha bonita y algo coqueta. ¡Ah, no, hijo mío! Por amor de Dios y por tu bien, te lo ruego. Desiste de tu criminal empresa y vuélvete a Málaga. 

Si en algo estimas mi cariño y el buen concepto en que siempre te tuve, y si no quieres perderlos, no desoigas mis amonestaciones.

DE DON PEPITO AL PADRE GUTIÉRREZ

Villalegre, 7 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: El tío Paco, que lleva desde aquí vino y aceite a esa ciudad, me acaba de entregar la carta de usted del 4, a la que me apresuro a contestar para que usted se tranquilice y forme mejor opinión de mí. Yo no estoy enamorado de doña Juana ni la persigo como ella se figura. 

Doña Juana es una mujer singular y hasta cierto punto peligrosa, lo confieso. Hará seis años, cuando ella tenía cerca de treinta logró casarse con el rico labrador don Gregorio. Nadie la acusa de infiel, pero sí de que tiene embaucado a su marido, de que le manda a zapatazos y le trae y le lleva como un zarandillo. 

Es ella tan presumida y tan vana, que cree y ha hecho creer a su marido que no hay hombre que no se enamore de ella y que no la persiga. Si he de decir la verdad, doña Juana no es fea, pero tampoco es muy bonita; y ni por alta, ni por baja, ni por muy delgada, ni por gruesa llama la atención de nadie.

Llama, sí, la atención por sus miradas, por sus movimientos y porque, acaso sin darse cuenta de ello, se empeña en llamarla y en provocar a la gente. 

Se pone carmín en las mejillas, se echa en la frente y en el cuello polvos de arroz, y se pinta de negro los párpados para que resplandezcan más sus negros ojos. Los esgrime de continuo, como si desde ellos estuviesen los amores lanzando enherboladas flechas. 

En suma: doña Juana, contra la cual nada tienen que decir las malas lenguas, va sin querer alborotando y sacando de quicio a los mortales del sexo fuerte, ya de paseo, ya en las tertulias, ya en la misma iglesia. Así hace fáciles y abundantes conquistas. 

No pocos hombres, sobre todo si son forasteros y no la conocen, se figuran lo que quieren, se las prometen felices, y se atreven a requebrarla y hasta a hacerle poco morales proposiciones. Ella entonces los despide con cajas destempladas. Enseguida va lamentándose jactanciosamente con todas sus amigas de lo mucho que cunde la inmoralidad y de que ella es tan desventurada y tiene tales atractivos, que no hay hombre que no la requiebre, la pretenda, la acose y ponga asechanzas a su honestidad, sin dejarla tranquila con su don Gregorio.

     La locura de doña Juana ha llegado al extremo de suponer que hasta los que nada le dicen están enamorados de ella. En este número me cuento, por mi desgracia. El verano pasado vi y conocí a doña Juana en los baños de Carratraca. Y como ahora estoy aquí, ella ha armado en su mente el caramillo de que he venido persiguiéndola. 

No hallo modo de quitarle esta ilusión, que me fastidia no poco, y no puedo ni quiero abandonar este lugar y volver a Málaga, porque hay un asunto para mí de grande interés, que aquí me retiene. Ya hablaré de él a usted otro día. Adiós por hoy.

DEL MISMO AL MISMO

10 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: Es verdad, estoy locamente enamorado; pero ni por pienso de doña Juana. Mi novia se llama Isabelita. Es un primor por su hermosura, discreción, candor y buena crianza. Imposible parece que un tío tan ordinario y tan gordinflón como don Gregorio haya tenido una hija tan esbelta, tan distinguida y tan guapa. La tuvo don Gregorio de su primera mujer. 

Y hoy su madrastra doña Juana la cela, la muele, la domina y se empeña en que ha de casarla con su hermano don Ambrosio, que es un grandísimo perdido y a quien le conviene este casamiento, porque Isabelita está heredada de su madre, y, para lo que suele haber en pueblos como éste, es muy buen partido. 

Doña Juana aplica a don Ambrosio, que al fin es su sangre, el criterio que con ella misma emplea, y da por seguro que Isabelita quiere ya de amor a don Ambrosio y está rabiando por casarse con él. Así se lo ha dicho a don Gregorio, e Isabelita, llena de miedo, no se atreve a contradecirla, ni menos a declarar que gusta de mí, que soy su novio y que he venido a este lugar por ella.

     Doña Juana anda siempre hecha un lince vigilando a Isabelita, a quien nunca he podido hablar y a quien no me he atrevido a escribir, porque no recibiría mis cartas.

     Desde Carratraca presumí, no obstante, que la muchacha me quería, porque involuntaria y candorosamente me devolvía con gratitud y con amor las tiernas y furtivas miradas que yo solía dirigirle.

    Fiado sólo en esto vine a este lugar con el pretexto que ya usted sabe.

     Haciendo estaría yo el papel de bobo, si no me hubiese deparado la suerte un auxiliar poderosísimo. Es éste la chacha Ramoncica, vieja y lejana parienta de don Gregorio, que vive en su casa como ama de llaves, que ha criado a Isabelita y la adora, y que no puede sufrir a doña Juana, así porque maltrata y tiraniza a su niña, como porque a ella le ha quitado el mangoneo que antes tenía. 

Por la chacha Ramoncica, que se ha puesto en relación conmigo, sé que Isabelita me quiere; pero que es tímida y tan bien mandada, que no será mi novia formal, ni me escribirá, ni consentirá en verme, ni se allanará a hablar conmigo por una reja, dado que pudiera hacerlo, mientras no den su consentimiento su padre y la que tiene hoy en lugar de madre. 

Yo he insistido con la chacha Ramoncica para ver si lograba que Isabelita hablase conmigo por una reja; pero la chacha me ha explicado que esto es imposible. Isabelita duerme en un cuarto interior, para salir del cual tendría que pasar forzosamente por la alcoba en que duerme su madrastra, y apoderarse además de la llave, que su madrastra guarda después de haber cerrado la puerta de la alcoba.

     En esta situación me hallo, mas no desisto ni pierdo la esperanza. La chacha Ramoncica es muy ladina y tiene grandísimo empeño en fastidiar a doña Juana. En la chacha Ramoncica confío.

DEL MISMO AL MISMO

15 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: La chacha Ramoncica es el mismo demonio, aunque, para mí, benéfico y socorrido. No sé cómo se las ha compuesto. Lo cierto es que me ha proporcionado para mañana, a las diez de la noche, una cita con mi novia. 

La chacha me abrirá la puerta y me entrará en la casa. Ignoro a dónde se llevará a doña Juana para que no nos sorprenda. La chacha dice que yo debo descuidar, que todo lo tiene perfectamente arreglado y que no habrá el menor percance. 

En su habilidad y discreción pongo mi confianza. Espero que la chacha no habrá imaginado nada que esté mal; pero en todo caso, el fin justifica los medios, y el fin que yo me propongo no puede ser mejor. Allá veremos lo que sucede.

DEL MISMO AL MISMO

17 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: Acudí a la cita. La pícara de la chacha cumplió lo prometido. Abrió la puerta de la calle con mucho tiento y entré en la casa. Llevándome de la mano me hizo subir a obscuras las escaleras y atravesar un largo corredor y dos salas. Luego penetró conmigo en una grande estancia que estaba iluminada por un velón de dos mecheros, y desde la cual se descubría la espaciosa alcoba contigua. 

La chacha se había valido de una estratagema infernal. Si antes me hubiera confiado su proyecto, jamás hubiera yo consentido en realizarle. Vamos... si no es posible que adivine usted lo que allí pasó. Don Gregorio se había quedado aquella noche a dormir en la casería, y la perversa chacha Ramoncica, engañándome, acababa de introducirme en el cuarto de doña Juana. ¡Qué asombro el mío cuando me encontré de manos a boca con esta señora! Dejo de referir aquí, para no pecar de prolijo, los lamentos y quejas de esta dama. 

Las muestras de dolor y de enojo, combinadas con las de piedad, al creerme víctima de un amor desesperado por ella, y los demás extremos que hizo, y a los cuales todo atortolado no sabía yo qué responder ni cómo justificarme. Pero no fue esto lo peor, ni se limitó a tan poco la maldad de la chacha Ramoncica. 

A don Gregorio, varón pacífico, pero celoso de su honra, le escribió un anónimo revelándole que su mujer tenía a las diez una cita conmigo. Don Gregorio, aunque lo creyó una calumnia, por lo mucho que confiaba en la virtud de su esposa, acudió con don Ambrosio para cerciorarse de todo.

     Bajó del caballo, entró en la casa y subió las escaleras sin hacer ruido, seguido de su cuñado. Por dicha o por providencia de la chacha, que todo lo había arreglado muy bien, don Gregorio tropezó en la obscuridad con un banquillo que habían atravesado por medio y dio un costalazo, haciendo bastante estrépito y lanzando algunos reniegos.

     Pronto se levantó sin haberse hecho daño y se dirigió precipitadamente al cuarto de su mujer. Allí oímos el estrépito y los reniegos, y los tres, más o menos criminales, nos llenamos de consternación. ¡Cielos santos! -exclamó doña Juana con voz ahogada-. Huya usted, sálveme; mi marido llega. 

No había medio de salir de allí sin encontrarse con don Gregorio, sin esconderse en la alcoba o sin refugiarse en el cuarto de Isabelita, que estaba contiguo. La chacha Ramoncica, en aquel apuro, me agarró de un brazo, tiró de mí, y me llevó al cuarto de Isabelita, con agradable sorpresa por parte mía. 

Halló don Gregorio tan turbada a su mujer, que se acrecentaron sus recelos y quiso registrarlo todo, seguido siempre de su cuñado. Así llegaron ambos al cuarto de Isabelita. Ésta, la chacha Ramoncica como tercera y yo como novio, nos pusimos humildemente de rodillas, confesamos nuestras faltas y declaramos que queríamos remediarlo todo por medio del santo sacramento del matrimonio. 

Después de las convenientes explicaciones y de saber don Gregorio cuál es mi familia y los bienes de fortuna que poseo, don Gregorio, no sólo ha consentido, sino que ha dispuesto que nos casemos cuanto antes. Doña Juana, a regañadientes, ha tenido que consentir también, a lo que ella entiende para salvar su honor. Y hasta me ha quedado muy agradecida, porque me sacrifico para salvarla. 

Y más agradecida ha quedado a Isabelita, que por el mismo motivo se sacrifica también, a pesar de lo enamorada que está de don Ambrosio. No he de negar yo, mi querido maestro, que la tramoya de que se ha valido la chacha Ramoncica tiene mucho de censurable; pero tiene una ventaja grandísima. 

Estando yo tan enamorado de doña Juana y estando Isabelita tan enamorada de don Ambrosio, los cuatro correríamos grave peligro si mi futura y yo nos quedásemos por aquí. 

Así tenemos razón sobrada para largarnos de este lugar, no bien nos eche la bendición el cura, y huir de dos tan apestosos personajes como son la madrastra de Isabelita y su hermano.

DE DOÑA JUANA A DOÑA MICAELA, HERMANA DEL PADRE GUTIÉRREZ

4 de mayo.          

     Mi bondadosa amiga: Para desahogo de mi corazón, he de contar a usted cuanto ha ocurrido. Siempre he sido modesta. Disto mucho de creerme linda y seductora. Y sin embargo, yo no sé en qué consiste; sin duda, sin quererlo yo, y hasta sin sentirlo, se escapa de mis ojos un fuego infernal que vuelve locos furiosos a los hombres. 

Ya dije a usted la vehemente y criminal pasión que en Carratraca inspiré a don Pepito, y lo mucho que éste me ha solicitado, atormentado y perseguido, viniéndose a mi pueblo. Crea usted que yo no he dado a ese joven audaz motivo bastante para el paso, o mejor diré, para el precipicio a que se arrojó hace algunas noches. 

De rondón, y sin decir oste ni moste, se entró en mi casa y en mi cuarto para asaltar mi honestidad, cuando estaba mi marido ausente. ¡En qué peligro me he encontrado! ¡Qué compromiso el mío y el suyo! Don Gregorio llegó cuando menos lo preveníamos. Y gracias a que tropezó en un banquillo, dio un batacazo y soltó algunas de las feas palabrotas que él suele soltar. Si no es por esto, nos sorprende. 

La presencia de espíritu de la chacha Ramoncica nos salvó de un escándalo y tal vez de un drama sangriento. ¿Qué hubiera sido de mi pobre don Gregorio, tan grueso como está y saliendo al campo en desafío? Sólo de pensarlo se me erizan los cabellos. 

La chacha, por fortuna, se llevó a don Pepito al cuarto de Isabel. Así nos salvó. Yo le he quedado muy agradecida. Pero, aún es mayor mi gratitud hacia el apasionado don Pepito, que, por no comprometerme, ha fingido que era novio de Isabel, y, hacia mi propia hija política, que ha renunciado a su amor por don Ambrosio y ha dicho que era novia del joven malagueño. 

Ambos han consumado un doble sacrificio para que yo no pierda mi tranquilidad ni mi crédito. Ayer se casaron y se fueron enseguida para esa ciudad. Ojalá olviden ahí, lejos de nosotros, la pasión que mi hermano y yo les hemos inspirado. 

Quiera el cielo que, ya que no se tengan un amor muy fervoroso, lo cual no es posible cuando se ha amado con fogosidad a otras personas, se cobren mutuamente aquel manso y tibio, afecto, que es el que más dura y el que mejor conviene a las personas casadas. 

A mí, entretanto, todavía no me ha pasado el susto. Y estoy tan escarmentada y recelo tanto mal de este involuntario fuego abrasador que brota a veces de mis ojos, que me propongo no mirar a nadie e ir siempre con la vista clavada en el suelo.

     Consérvese usted bien, mi bondadosa amiga, y pídale a Dios en sus oraciones que me devuelva el sosiego que tan espantoso lance me había robado.

     Madrid, 1897.

Señor amor tímido - Fabián Sevilla

Archivaldo era muy, pero muy tímido. Tanto que se pedía permiso para mirarse en el espejo. Estaba enamorado de una chica que viajaba en el mismo colectivo que él, de lunes a viernes, a la ida y vuelta del trabajo. Linda y de ojos tristones, se sentaba siempre hacia la ventana, en la séptima fila de la Línea 60.

Él jamás le habló o la miró de frente. Fue todo un logro animarse a ocupar el asiento del pasillo junto a ella en cada viaje, de lunes a viernes de ida y vuelta del trabajo, en los últimos cinco años.

Una vez carraspeó la garganta para llamar su atención. Pero la chica ni lo escuchó. Siempre leía el diario, de ida y vuelta, de lunes a viernes, durante los últimos cinco años. Otra vez, Archivaldo quiso ofrecerle una pastilla, pero se puso tan nervioso que en una frenada las mentitas rodaron por todo el colectivo. Ella leía. Ni lo notó.

Un día, el tímido enamorado sacó coraje y puso este aviso en la página 3 del diario:

A la chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7.ª fila:

¿Tiene novio?

Firma: Señor Amor Tímido

La mañana siguiente, en el colectivo, esperó alguna reacción de su amada. Nada. Pero al otro día, Archivaldo encontró este aviso en la página 3 del diario:

Al Señor Amor Tímido:

No.

Firma: La chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7.ª fila.

¡Qué feliz se puso! Tanto que sopó el diario en el café con leche, se metió una medialuna bajo el brazo y así salió a la calle. El viaje fue como siempre: él en silencio, ella pegada a la lectura. Al otro día, apareció este anuncio:

A la chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7.ª fila:

¿Cómo se llama?

Señor Amor Tímido

Nuevamente, en el desayuno, Archivaldo se desayunó con que se llamaba Margarita. Fue y publicó esto:

¡Qué lindo! Como la flor.

Señor Amor Tímido.

En la página 3 del diario del día siguiente, el tímido leyó:

Al Señor Amor Tímido:

Sí, ¿vio?

Aviso va, aviso viene, comenzaron a conocerse. En letras de molde se contaron cosas como la música que escuchaban, las películas que preferían, lo que habían comido ayer y cenarían hoy, el gusto compartido por los animales y los enanos de jardín, sus coincidencias sobre política, geografía o sabores de helados; también sus diferencias respecto a literatura, modelos de zapatos o si la "ch" es o no una letra.

Un lunes, tras ver de reojo que ella acariciaba el anuncio de aquel día, Archivaldo se animó. Le dijo como al pasar:

—¡Qué loco, ¿no?!

—¡Ajá! Loco, pero lindo.

Los avisos siguieron apareciendo, generando un efecto dominó inesperado. De pronto todas las chicas de ojos tristones de la ciudad creyeron ser la que de lunes a viernes viajaba en el 60, de ida y vuelta, contra la ventana de la 7.ª fila. Y cada vergonzoso solitario pensó que era el Señor Amor Tímido. Así, los que como Archivaldo gustaban de alguien se animaron y confesaron su amor. Las personas de ojos tristones estuvieron atentas a ver quién podía ser su amor tímido y descubrieron que siempre, alguien, las quería en secreto pero tenía vergüenza de decírselo.

Se formaron parejas. Los titulares anunciaban el crecimiento del índice de enamorados y el descenso del de tímidos y el de ojos tristones. En la página 3, seguían los avisos.

A esa altura, Archivaldo y Margarita ya conversaban en sus viajes. Ella le leía las noticias y él le daba su opinión. También hablaban de los anuncios. Que ¿quiénes serían el Señor Amor Tímido y la chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, hacia la ventana de la 7.ª fila? ¿Dónde vivirán? ¿Serán rubios, morochos, pelados, altos, bajos, gordos, flacos? ¿Se conocerían alguna vez?

Así, él ganó confianza y a ella su habitual compañero de viaje comenzó a gustarle. Por eso, un día Archivaldo (y toda la ciudad) leyó el siguiente anuncio:

Al estimado Señor Amor Tímido:

Le ruego me disculpe, pero no puedo seguir con esto. Hay alguien que me gusta y no sería correcto avivar su ilusión. Espero me entienda.

Suya,

La chica que ya no tiene ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7.ª fila.

La ciudad entera esperó con ansias hasta el otro día. En parques, bares, oficinas, esquinas y colectivos se leyó:

A la querida chica que ya no tiene ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7.ª fila:

La entiendo. No tiene por qué disculparse. Espero que ese alguien que le gusta la haga muy feliz. Hasta la vista.

Señor Amor Tímido

Los avisos dejaron de aparecer. Pero afortunadamente, los porcentajes de tímidos y ojos tristones se mantuvieron en el piso. Los de enamorados, estables.

Archivaldo ya no viajó en silencio. Margarita no se pegaba al diario. Iban y venían, de lunes a viernes, sentados en cualquier parte del colectivo o parados, pero tomados de la mano.

Sábados y domingos disfrutaban de su amor. Sin timidez.