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Jimmy - Lester del Rey

Siempre he pensado que el encontrar a un fantasma habría de ser una cosa bastante reconfortante. Cuando un hombre ha pasado de los cincuenta y tiene edad suficiente para hacerse una idea de la muerte, todo lo que demuestre que no se llega a un final completo y absoluto, vacío de significado, ha de ser un consuelo. ¡Ni siquiera el verse uno condenado a frecuentar un determinado lugar, a solas, durante toda la eternidad tiene el horror del no ser!
Naturalmente, la religión proporciona esperanzas a ciertas personas; pero la mayoría no tenemos ya la fe de nuestros mayores. Un fantasma debería constituir una prueba en contra de la inimaginable finalidad de la muerte.
Así solía pensar yo. Ahora, no lo sé. Ojalá supiera explicar lo de Jimmy...
Le oíamos, no cabe duda. A la muerte de mamá, toda la familia le oyó, incluso mi hermana Agnes, que es la atea más convencida que conozco. Hasta su hermana menor, que se hallaba en el piso de abajo a la sazón, subió corriendo para ver quién era el otro niño. No, no se trató de una alucinación colectiva, como tampoco se trató de algo que pueda explicarse por las leyes naturales que conocemos.
El doctor también oyó aquello, y por la cara que puso me figuro que había oído a Jimmy anteriormente y más de una vez. De todos modos, no quiere hablar del asunto, y los otros no habían podido vivir una experiencia anterior, porque nunca habían estado allí. Yo soy el único que puede declarar que he oído a Jimmy en otras ocasiones, aparte de aquélla. Ojalá no hubiera de reconocerlo así, ni siquiera ante mí mismo.
Eramos una familia numerosa, aunque la tradición de las familias numerosas estuviera dando ya las últimas boqueadas, a la vuelta del siglo. Mamá y papá lo habían querido así, y las cuatro niñas que perecieron antes de tener la menor posibilidad de vivir no cambiaron mucho las cosas. Quedamos con vida seis muchachos y tres chicas, y para mamá esto lo justificaba todo. 
Me figuro que habríamos sido una familia más numerosa aún, si un toro enfurecido no hubiese matado a papá, mientras yo estaba lejos, salvando al mundo para la Democracia. Quizá mamá hubiera encontrado otros maridos —la extensa finca de lowa, con su grande y antigua casona se los habría proporcionado—, pero se había pronunciado resueltamente contra semejante posibilidad. 
Nosotros, los hermanos mayores, nos fuimos a trabajar a la ciudad, ayudando a los otros a cursar sus estudios hasta que también ellos encontraron empleos. Con el tiempo, mamá se quedó sola en la vieja casa, mientras la ciudad crecía y se desparramaba, hasta que la finca fue vendida a parcelas, porque ya se hallaba en la periferia.
Eso le procuró a mamá una pequeña fortuna, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial. No parecía necesitarnos, y se iba volviendo una persona de conducta atontada y con la cual resultaba difícil tratar. De modo que, poco a poco, nuestras visitas se fueron haciendo más escasas. 
Yo trabajaba en Des Moines y era el que vivía más cerca de ella; pero tenía mi propia vida, y, por otra parte, mamá parecía dichosa y capaz, a pesar de haber dejado bastante atrás los setenta años.
Yo le enviaba felicitaciones en su cumpleaños y en las fiestas importantes —o al menos Liza se las enviaba en mi nombre— y seguía cultivando el propósito de ir a verla. Pero mi hijo mayor pareció desmoronarse, después de la Segunda Guerra Mundial; mi hija se casó con un camionero y tuvo gemelos antes de encontrar un apartamento decente; a mi hijo pequeño lo hicieron prisionero en Corea; a mí me ascendieron a presidente de la compañía de materiales para tejados, y, en el club, un profesor nuevo me entrenaba a marcar más de noventa la mayor parte del tiempo.
Entonces mamá empezó a escribir cartas; las primeras cartas de verdad que escribía en muchos años. Eran bastante animadas, estaban llenas de pequeñas noticias sobre algunos vecinos, los nuevos cortinajes de las ventanas, una receta para preparar pastel de mantecado de limón, y cosas así. Al principio lo consideré una señal excelente. Luego advertí algo en ellas que empezó a inquietarme. De todos modos, hasta la quinta no encontré nada concreto.
En ésa escribía unas cuantas palabras sobre el maestro nuevo de la antigua escuela. Yo repasé la carta un par de veces antes de recordar que el edificio escuela había sido demolido quince años atrás. Después de darme cuenta de este detalle, otras cosas empezaron a conjuntarse. Las cortinas que mencionaba las había puesto hacía varios años, y la receta era la primera que preparó... ¡aquella que siempre salía demasiado dulce, antes de que la modificara! Había otras cosas, además.
Todo ello no cesaba de inquietarme, y por eso telefoneé. Mamá tenía una voz excelente, aunque estaba un poco preocupada temiendo que me hubiera pasado algo. Habló un par de minutos; luego murmuró algo acerca de tener el almuerzo en la estufa, y colgó rápidamente. No podía ser más normal. Saqué mis palos y había bajado la mitad de los escalones de la fachada cuando algo me hizo retroceder para repasar nuevamente sus cartas.
Después telefoneé al doctor Matthews. Al cabo de medio minuto invertido en identificarme, le pregunté por mi madre.
Su voz se revistió inmediatamente del acento profesional. La anciana estaba muy bien... en unas condiciones físicas notablemente buenas para una mujer de su edad. No, no había motivo alguno para que fuera allá en seguida. No le pasaba nada, en absoluto.
El médico extremaba la nota, al mismo tiempo que no sabía esconder por completo la inquietud de su voz. Supongo que por aquellas fechas yo había pensado en tomarme unos días de vacaciones, en el futuro, para ir a verla. Pero apenas hubo colgado el teléfono el médico, volví a dejar los palos en el armario y me cambié de ropa. Liza estaba fuera, en algún club de perfeccionamiento, y le dejé una nota. Ella se había llevado el convertible, de modo que yo estaba de suerte. 
Habíamos traído recientemente el «Cadillac» nuevo de que le hicieran un repaso y estaba ideal para una buena carrera. Además, con él corría menos peligro de que me regalaran una papeleta de multa, si pisaba con algún exceso el acelerador; la mayoría de guardias se sienten inclinados a mostrarse menos duros con los personajes que conducen coches de esa categoría. Así pues, corrí bastante todo el camino.
Matthews seguía viviendo en la misma casa; pero la blancura de su cabello me causó una viva impresión. Me miró arrugando la frente, examinándome con la mirada desde la cintura hasta el poco cabello que me quedaba, para descender de nuevo hacia el rostro. Luego levantó la mano pausadamente, dirigiendo una rápida ojeada al «Cadillac».
—Supongo que ahora todo el mundo te llama A. J. —comentó—. Y puesto que ya estás aquí, entra.
Me hizo cruzar la sala de espera y me acompañó al consultorio. Sus ojos volaron de nuevo hacia el coche, en el exterior. No sé de dónde, sacó una botella de buen whisky escocés. Viendo el signo afirmativo que le hice, mezcló licor con agua de una nevera. Luego se acomodó, estudiándome mientras ocupaba su sillón habitual.
—Conque A. J., ¿eh? —comentó otra vez. Pero me pareció advertir cierto deje ácido en sus palabras—. Esto da a entender que has triunfado. Pensaba que tu madre había dicho algo acerca de que, hace unos años, tú te encontraste en un apuro.
—No financiero —puntualicé. Yo habría pensado que sólo se acordaba Liza de aquello. A la sazón debió de escribir a mi madre; porque yo había cuidado de que la noticia no llegara a los periódicos. Y luego que me avine a comprar la línea de camiones para mi yerno, Liza acabó perdonándome definitivamente. No era asunto de la incumbencia de Matthews; pero me acordé de que por aquellas latitudes los médicos se consideran con derecho a saberlo todo y enterarse de todo—. ¿Por qué, doctor?
El hombre me estudió, dejó que sus ojos volvieran a recorrer el coche, y luego levantó el vaso para apurar el whisky.
—Simple curiosidad... No, caramba, tanto da que sea sincero. Al fin y al cabo, la verás dentro de unos momentos. Es una anciana, Andrew, y posee una fortuna que podríamos calificar de muy saneadita. Cuando los hijos, que no se han acordado de ella durante años enteros se presentan de pronto, puede que no sea por cariño. ¡Pero yo no permitiré que ahora le pase nada a Martha!
Las implicaciones de estas palabras encajaban demasiado con mis propias sospechas, que noté se consolidaban, mezclándose con disgusto y un toque de miedo. No quería hacer la pregunta. Quería enojarme con él, y acusarle de viejo entrometido. Pero había de saberlo.
—¿Quiere decir... demencia senil?
—No —respondió prestamente, enarcando un poco una ceja—. ¡No, Andrew, no está loca! Está en excelentes condiciones físicas, y bastante cuerda para cuidar de sí misma durante los quince años que es probable que aún viva. No necesita médicos de lujo ni psiquiatras. Acuérdate de esto, nada más, y de que es una anciana. 
¡Trece hijos en menos de veinte años! Viuda antes de los cuarenta. Solitaria todos estos años últimos, aunque sea demasiado independiente para molestar a sus hijos. Las ancianas tienen derecho a toda suerte de felicidad que puedan proporcionarse. ¡No lo olvides!
Se interrumpió; pareció sorprendido de sí mismo. Luego se puso en pie y cogió el sombrero.
—Vamos, te acompañaré.
El buen médico me fue dando una lección de historia local mientras corríamos por unas calles en las que, la última vez que estuve por allí, se cultivaba el maíz. Donde antes había la arboleda, ahora se levantaba un hospital, y la fuente antigua quedaba escondida por una casa de vecinos. La casona en que nacimos nosotros continuaba en pie, extendiéndose con fea afectuosidad entre aquellas imitaciones de cajas de piano a las que hoy en día llaman casas.
Quise volverme; pero Matthews me hizo seña de que le siguiera por la acera. La puerta de la calle continuaba abierta. El médico entró, ladeando la cabeza hacia las escaleras.
—¡Martha! ¡Eh, Martha!
—Ha vuelto Jimmy, doctor —respondió desde arriba una voz. Era la de mi madre, inalterada, salvo por un canturreo desconcertante, que no le había oído nunca, y exhalé un profundo suspiro de alivio.
—Muy bien, Martha —contestó el médico—. Le veré un momento, pues, y más tarde la visitaré a usted. Porque cuando vea a quién le traigo, no me querrá por aquí. ¡Es Andrew!
—¡Qué bien! ¡Dígale que se siente, y me visto en un minuto!
El doctor levantó los hombros.
—Pasaré unos minutos sentado en el jardín —me dijo—. Luego regresaré allá en taxi. Pero, recuérdalo: tu madre merece toda la dicha que se pueda procurar. ¡No se la arruines!
El médico salió por la puerta del fondo; yo encontré el saloncito y me dejé caer en el viejo sofá. Luego arrugué la frente. Lo habíamos subido al ático en 1913, cuando papá compró el mobiliario nuevo. Afiné la mirada a través de la semioscuridad y fui distinguiendo todos los muebles antiguos. 
Hasta la alfombra era la misma que había cuando yo era pequeño. Entonces pasé a las otras habitaciones, y las encontré tal como estaban cuarenta años atrás, excepto por el televisor de la sala de estar y la cocina, completamente moderna, con una olla de sopa burbujeando a lomos del fogón.
Volvía a sentir una especie de nudo en la garganta y la misma inquietud que experimentaba anteriormente, cuando el sonido de pasos en las escaleras me hizo levantar los ojos.
Mamá bajaba, con cierta lentitud, pero sin ningún signo de debilidad. No apoyaba la mano en la baranda. Habría podido hacer juego perfectamente con los muebles de la casa, salvo por las arrugas y el cabello blanco. Llevaba un vestido nuevo, ¡aunque copia exacta del que solía llevar cuando yo era niño todavía!
Parece que no oyó la exclamación que emití. Su mano se levantó para coger la mía, y todo su cuerpo se inclinó adelante para besarme en la mejilla.
—Tienes muy buen aspecto, Andrew. Ea, veamos, veamos. Hummm. Liza te alimenta bien, lo noto. Pero apuesto a que te comerías una sopa y un pastel realmente preparados en casa, ¿eh? Ven a la cocina. Te los preparo en un minuto.
No sólo estaba en excelente forma física, sino que parecía quince años más joven de lo que realmente era. Y hasta se acordó de llamarme Andrew, en lugar de los varios apodos cariñosos que utilizó durante mi infancia. ¡Aquello no era senilidad! 
Una mujer senil habría echado mano del más antiguo de dichos apodos, según yo recordaba muy bien, en particular por haber tenido que luchar denodadamente para conseguir que abandonase los nombrecitos de la niñez. Sin embargo, la casa...
Mi madre iba y venía por la cocina, y me sirvió una sopa caliente riquísima. Cuando yo era niño, mi madre no era buena cocinera; pero había ido mejorando continuamente, y ahora resultaba superlativa.
—Supongo que el doctor ha pronunciado bien el nombre de Jimmy —dijo con toda naturalidad—. Ahora se ha ido a correr por ahí. Bueno, después de pasarse dos semanas encerrado aquí con el sarampión, no puedo reprochárselo. Recuerdo cómo estabas tú cuando lo tuviste. ¿Te has fijado en cómo he ordenado la casa, Andrew?
—Me he fijado en los muebles antiguos. Pero ¿ese Jimmy...?
—Ah, tú no le conoces, ¿verdad que no? No importa; le conocerás. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte, Andrew?
Procuré imaginarme la situación, mientras maldecía al doctor por no haberme avisado. Claro, había oído algo acerca de que uno de mis varios sobrinos había quedado viudo. ¿Sería el que tenía ese muchacho joven? Pero ¿no se marchó a Alaska? No, ése era el hijo de Frank. Además, ¿por qué había de cargar nadie a mi madre con las tareas de cuidar a un chiquillo? Había una multitud de mujeres más jóvenes en la familia.
Advertí que me miraba fijamente, y recobré la compostura.
—Saldré dentro de un par de horas, madre. Solamente...
—Has sido muy amable viniendo —me interrumpió, siguiendo su vieja costumbre de interrumpir nuestras respuestas—. Tenía siempre el propósito de ir a veros a ti y a Liza; pero el arreglo de la casa me tuvo muy ocupada. Dos hombres bajaron los muebles del ático; pero todo lo demás lo hice yo sola. Con estos muebles antiguos aquí, me siento más joven.
Echó en un plato una cuarta parte de pastel de melocotón y me lo puso delante, junto con una buena taza de café caliente. También ella se sirvió pastel de melocotón y se llenó la taza de café. Yo me representaba mentalmente a Liza con sus vitaminas y sus dietas. ¿Cuál era la senil?
—Ahora Jimmy va a la escuela —dijo—. Está loco por su profesora, además. ¿Más pastel, Andrew? Tendré que guardar un trozo para el pequeño Jimmy, pero todavía quedan dos.
Se oyó un ruido súbito en el exterior; mamá se levantó de un salto y fue apresuradamente hacia la puerta trasera. Luego volvió a entrar en la cocina.
—No era nada —explicó—. Sólo el hijo de una vecina tomando un atajo. De todos modos, me gustaría que fuesen más agradables y jugasen con Jimmy. A veces se siente solo. ¿Te gusta mi cocina, Andrew?
—Es bonita —dije con cautela, procurando no perder los hilos de la conversación—. Pero bastante moderna.
—La cocina y el televisor, en efecto —convino alegremente—. Hay cosas modernas que son bonitas. También lo son algunas antiguas. En la cama tengo un colchón de espuma de caucho; pero el resto del cuarto... Sube, Andrew. ¡Te enseñaré una cosa que me parece elegante de veras!
La casa estaba limpia y no tenía ninguna habitación cerrada. Yo lo iba meditando mientras subíamos las escaleras. Y no había visto ninguna criada. Mi madre soltó un bufido de desprecio cuando mencioné el hecho.
—Claro que lo hago yo. Es trabajo de mujer, ¿verdad? Además, Jimmy me ayuda un poco. Se está volviendo muy servicial.
El dormitorio era algo digno de ser contemplado. Me recordó lo que había visto yo en grabados y películas sobre los años noventa del siglo pasado; lleno de voluntes y chucherías. El resto de la casa quedaba apagado por el trabajo que habían realizado los años, al pasar, decolorando tapizados y papeles de las paredes. En cambio, aquí todo parecía brillante y nuevo.
—Contraté a un joven decorador de Chicago para que la arreglase —explicó con orgullo—. Como la hubiera querido yo cuando era niña. Costó una fortuna; pero Jimmy me dijo que debía hacerlo, puesto que lo quería así. —Y se rió de buena gana—. Siéntate, Andrew. ¿Qué tal van Liza y tú? ¿Se siguen peleando por aquella bribonzuela con la que te sorprendió, o Liza ha seguido mi consejo? Fue muy tonta al dejar que te enterases de que lo sabía. Yo he comprobado que nunca se muestra tan amoroso un hombre como cuando tiene un pecadillo..., especialmente si a la sazón la mujer le trata con verdadera dulzura.
Pasamos una hora larga hablando de varias cosas, y me sentí muy a gusto. Le expliqué cómo, finalmente, nos devolvían nuestro hijo menor; embarcaría pronto. Me dejé regañar por consentir cómo consentía que mi hijo mayor abusara de mí, y por lo que ella llamaba mi estupidez en relación a mi yerno. Su idea de dejarle, al principio, reducido únicamente a la condición de socio joven no era mala. Hubiera debido ocurrírseme a mí mismo. También me explicó todas las habladurías referentes a la familia. Fuese como fuere, seguía la marcha de los acontecimientos. 
Yo no me había enterado siquiera de la defunción de Pete; aunque sí había tenido noticia de otras dos. Tuve el propósito de asistir a los entierros; pero hubo entonces aquel considerable negocio con la Midcity Asphalt y luego el ímprobo trabajo que nos dio el meter a nuestro hombre en el Congreso. Son cosas que siempre suelen presentarse en los momentos menos oportunos.
Cuando me levanté por fin, no sentía el menor temor de que mi madre pudiera poner en ridículo a la familia. Si Matthews se figuraba que podía molestarme el hecho de que hubiera vuelto a instalar los muebles antiguos y de que hubiera hecho decorar esta habitación a estilo ultramoderno, y no importa lo que le hubiera costado, él era quien estaba senil. 
En verdad, me sentía a gusto. Aquello había sido mejor que una partida entera de golf, ganando yo. Me puse a decirle que pensaba volver pronto. Hasta pensaba traer a Liza y la familia, cuando hiciera las vacaciones, en lugar de irnos a Bermuda como habíamos hablado.
Ella se levantó para besarme otra vez. Luego se contuvo.
—¡Dios santo! Ya te marchas, y todavía no conoces a Jimmy. ¡Siéntate un momento, nada más, Andrew!
Levantó prestamente la persiana, dando paso al olor de las rosas de detrás de la casa.
—¡Jimmy! ¡Jimmy! Se hace tarde. Entra. Pero lávate la cara y las manos antes de subir. Quiero que conozcas a tu tío Andrew.
Mamá regresó, sonriendo como si pidiera excusas.
—Es mi mimado, Andrew —dijo—. Yo siempre procuré ser equitativa en el amor a mis hijos; ¡pero pienso que a Jimmy le tengo un cariño especial!
Abajo se oyó el ruido de una puerta cerrándose con cuidado; luego percibí las pisadas apagadas de un muchacho subiendo hacia la cocina. Mamá continuaba sonriendo con ancha sonrisa, más dichosa de lo que la había visto yo en muchos años... desde que murió papá, en realidad. Luego las pisadas sonaron en las escaleras. 
Yo sonreía para mí mismo pensando que Jimmy debía de subir los escalones de dos en dos, utilizando la baranda para darse impulso. De pequeño, yo siempre lo hacía así. Estaba meditando en cuán similares son todos los muchachos cuando las pisadas llegaron al rellano y se encaminaron hacia la habitación.
Me disponía a mirar hacia la puerta; pero el cambio operado en el rostro de mi madre me llamó la atención. De pronto parecía incluso joven, y los ojos le brillaban mientras fijaba la mirada en la puerta, detrás de mí.
Oí el leve ruido de la misma al abrirse y cerrarse, e inicié el movimiento de volverme. Pero entonces sentí un cosquilleo en el espinazo. ¡Allí había algo anormal!
Luego, al dar media vuelta, lo reconocí. Cuando se abre una puerta, el aire de la habitación se mueve. Y aunque nunca nos fijamos en este movimiento, si no se produce nos llama la atención. Entonces, esta anormalidad nos dice que no pudo tratarse de una puerta auténtica. Esta vez, el aire no se había movido.
Ahora los pasos sonaban delante de mí, indecisos, como los de un muchachito tímido, de unos seis años. Pero allí no había nadie. La gruesa alfombra no se hundía siquiera mientras el suave sonido de los pasos se acercaba y se paraba, enfrente mismo de mí.
—Este es tío Andrew, Jimmy —anunció mi madre, gozosa—. Dale la mano como un niño bien educado, vamos. Ha venido de lejos, de Des Moines, para verte.
Yo tendí la mano, impulsado por un vago deseo de complacerla, al mismo tiempo que sentía correr un sudor frío por los brazos y las piernas. Hasta moví la mano como si alguien me la estrechara. Luego me dirigí con paso inseguro hacia la puerta, la abrí de golpe y empecé a bajar las escaleras.
Detrás, sonaban inciertos los pasos del niño, siguiéndome hasta el rellano. Pero a continuación los apagaron las pisadas de mi madre, al bajar rápidamente las escaleras para alcanzarme.
—¡Andrew, pienso que en presencia de un niño te vuelves tímido! Tú no me engañas. ¡Te marchas corriendo, sólo porque no sabes qué decirle a Jimmy! —Y sonreía divertida. Luego me cogió la mano de nuevo—. Vuelve pronto, muy pronto, Andrew.
No sé cómo, pero creo que pronuncié las frases oportunas. Ella se volvió para subir las escaleras de nuevo, al mismo tiempo que yo oía el crujido de unas pisadas arriba, allí donde no había nadie. Luego salí de la casa y subí al coche. Tuve la buena suerte de encontrar un par de sorbos de whisky en una botella de la guantera. Aunque el licor no me sirvió de mucho.
Evité el pasar por delante de la vivienda del doctor Matthews. Me dirigí hacia la carretera principal y apuré al máximo el potente motor, sin que me importara la policía. Quería poner toda la distancia que pudiera entre mi persona y las pisadas espectrales del pequeño Jimmy. ¿Un fantasma? ¡Ni eso siquiera! Sólo unas pisadas y el ruido levísimo de una puerta que no se abrió. Jimmy no era ni un fantasma siquiera; no podía serlo.
Tuve que disminuir la marcha cuando brotó de mi garganta la primera carcajada. Salí de la carretera y dejé que la risa me sacudiese, hasta que el dolor de costado acabó por cortarla.
Después de este desahogo me sentí mejor. Y cuando volví a poner el «Cadillac» en marcha, empezaba a pensar. Al llegar a las afueras de Des Moines lo tenía resuelto y explicado todo.
Se trataba de una alucinación, por supuesto. El doctor Matthews había tratado de avisarme de que mi madre sufría una determinada forma de chochez. Se había creado un hijo para sí, retrocediendo hasta su propia juventud. El colegio que no existía, la pasión por la profesora, el sarampión..., todo eran cosas reales que volvía a vivir a través de Jimmy. 
Pero como se mantenía tan completamente cuerda sobre cualquier cuestión excepto esta única fantasía, me había engañado, me había hecho creer que estaba en posesión de todas sus facultades. Cuando explicó el retorno de los muebles antiguos, eliminó todas mis dudas, que se habían centrado en este punto.
Sí, me hizo dar por descontado que Jimmy era un niño real. Y me había inducido a oír pisadas cuando su propia actitud de persona que escucha me había preparado para ello. Sus propias, ligeras reacciones, me habían atraído a seguir su imaginación... sin duda vi algún leve gesto y seguí su propia marcha. Aquello había sido estupendamente real, para ella... y yo había sufrido una ilusión de los sentidos.
No era imposible. Ahí está el secreto de muchas de las grandes ilusiones del escenario. Contribuyeron al fenómeno mis propios recuerdos de la vieja casona, y le dio vida el hecho de que ella creía en los pasos como ningún ilusionista de escenario podría creer. Me convencí a mí mismo casi por completo. Tenía que convencerme. Acabé casi desterrando de mi mente aquellas pisadas y no pensé sino en mi madre. 
Las palabras del médico me volvieron a la memoria, y moví la cabeza asintiendo. Se trataba de una fantasía inofensiva, y mi madre tenía derecho a gozar de este placer. Estaba sobradamente cuerda para cuidar de sí misma, sin duda alguna, y mucho mejor, físicamente, de lo que podía reclamar. Con el interés que demostraba el doctor Matthews por ella, no había motivo para que yo me inquietase por nada.
Así que cuando metía el coche en el garaje ya estaba haciendo planes otra vez para organizar la empresa de transportes, siguiendo el consejo que me había dado mamá de constituirme en el socio más antiguo. No había perdido el día, después de todo.
La vida continuaba casi exactamente igual que de costumbre. Mi hijo menor había regresado a casa por una temporada. Yo había esperado su retorno con gran emoción; pero en cierto modo el Ejército había roto los lazos entre nosotros. Ni cuando yo tenía tiempo, nunca hallábamos muchos temas de conversación. 
Se me figura que sentimos una especie de alivio cuando se fue a ocupar un empleo en Nueva York; en todo caso yo estaba muy atareado despejando las consecuencias de una camorra en que se había metido el hijo mayor. Mi hija estaba encinta de nuevo, y su marido daba pruebas de una incapacidad total por colaborar conmigo. No me quedaba mucho tiempo para pensar en el pequeño Jimmy. Liza no me había preguntado detalles del viaje, y era una suerte, porque así nada me impedía olvidarlo en buena parte.
De vez en cuando escribía a mi madre, ahora. Sus cartas se hicieron más largas, y a veces aparecía en ellas el nombre de Jimmy, junto con unos consejos sobre el negocio de los transportes. La mayor parte eran perfectamente inútiles, por supuesto; pero vi que sabía mucho más de negocios de lo que yo me figuraba. Lo cual me daba motivo para volverle a escribir.
Durante un tiempo pagué unos crecidos honorarios a un psiquiatra; pero en general se limitó a confirmar las conclusiones que yo mismo había sacado. Y como las otras tonterías que quería meterme en la mollera no me interesaban, al cabo de un tiempo dejé de consultarle.
Luego me olvidé por completo de esta cuestión. Fue cuando la New Mode Roofing and Asphalt lanzó el primer globo sonda sugiriendo una fusión. Yo había echado la semilla de esta idea durante meses; pero el conseguir que se hiciera de modo que la dirección quedara en mis manos resultó un problema espinoso. Finalmente tuve que ceder en parte, aviniéndome a trasladar la sede general a Akron, cortando, de la noche a la mañana, nuestras raíces de donde las habíamos clavado y aposentándonos de nuevo. 
Liza me armó una escena tremenda, y nuestra hija se negó lisa y llanamente a trasladarse. Hete ahí que cuando el negocio de los transportes empezaba a dejar ganancias, tuve que resignarme a entregárselo por entero a mi yerno. Aunque la separación se nos iba echando encima ya desde que él se negó a despedir a mi hijo mayor de la tarea de conducir un camión con remolque.
Quizá diera lo mismo. Al chico parecía gustarle el cambio. Estaríamos en Akron, nadie sabría nada de lo sucedido, y él saldría mejor librado que cuando rondaba con alguno de los amigos que tenía antes. Pensaba escribir a mamá sobre este asunto, puesto que una vez me lo sugirió, y yo hasta sospechaba que ella tuvo algo que ver. Pero el traslado acaparó toda mi atención. Luego hubo el problema de organizar la nueva empresa.
Decidí visitar a mi madre en lugar de escribirle. Esta vez no me dejaría engañar por aquella alucinación. El nuevo psiquiatra me lo aseguró, y me aconsejó que fuera. Yo había señalado ya en mi calendario la fecha del mes próximo para la visita.
El proyecto no pudo llegar a buen fin. El doctor Mattews me telefoneó a las dos de la madrugada, después de haber perdido dos días averiguando mi paradero a través de amigos y conocidos. Naturalmente, a nadie se le ocurrió buscar mi nombre en una guía comercial.
Mamá tenía pulmonía y la prognosis era desfavorable.
—A su edad, estas cosas son serias —dijo. Y esta vez no daba un tono profesional a la voz—. Será mejor que vengas tan pronto como puedas. Ella ha preguntado por ti varias veces.
—Contrato un avión al momento —respondí. Esto desataría el infierno en la reunión que teníamos convocada para discutir el asunto de las acciones; pero, evidentemente, yo no podía dejar de acudir al lado de mi madre. Casi me había convencido, días atrás, de que la buena mujer continuaría en pie veinte años más. Y ahora—... ¿Cómo ha sido?
—Fue la tormenta de la semana pasada. ¡Salió con los chanclos y un paraguas, en medio de la tormenta, para recoger a Jimmy en el colegio! Se mojó hasta los huesos. Cuando llegué a su casa ya tenía fiebre. Lo he probado todo; pero...
Colgué el aparato sintiendo náuseas. ¡El pequeño Jimmy! Por un minuto deseé que fuera bastante real para poderlo estrangular.
Llamé a la puerta de Liza y le encargué que contratase el avión mientras yo hacía el equipaje y despertaba a mi secretaria por el otro teléfono. Liza me llevó al aeropuerto, donde el aeroplano se estaba calentando mientras esperaba. Me volvía para decir adiós a mi esposa y me encontré con que estaba sacando otra bolsa del portamaletas.
—Te acompaño —anunció llanamente. Inicié una discusión, vi la cara que ponía, y lo dejé.
Unos minutos después, despegábamos.
La mayor parte de nuestros familiares estaban allí ya, rondando por las cercanías del dormitorio recién decorado donde mi madre yacía bajo una tienda de oxígeno; puñados de familiares grandes y pequeños ocupaban todas las habitaciones del segundo piso, fijas las miradas en la cerrada puerta y hablando y discutiendo con los ásperos susurros que la gente emplea en el escenario de la muerte.
Matthews les indicó, con el ademán, que se retiraran y se acercó a mí inmediatamente.
—Me temo que no hay esperanza, Andrew —dijo, con lágrimas en los ojos.
—¿No podemos hacer nada? —preguntó Liza, cuya voz descendió, adoptando el murmullo áspero de las otras—. ¿Nada en absoluto, doctor?
Matthews meneó la cabeza.
—He hablado ya con los mejores colegas de la región. Lo hemos intentado todo. Hasta las plegarias.
Desde un costado del vestíbulo, Agnes emitió un bufido sonoro. Al parecer su ateísmo militante no se dejaba domesticar por nada. No importaba. La casa estaba invadida por la muerte; su presencia era tan clara que se olía. A mí siempre me ha fastidiado el derroche y la banalidad de la muerte. Pero ahora aquello me afectaba personalmente, y era peor. Detrás de aquella puerta cerrada yacía mi madre, moribunda, y no podía hacer nada por socorrerla.
—¿Puedo entrar? —pregunté, contra mi deseo.
Matthews hizo un gesto de asentimiento.
—Ahora ya no puede perjudicarla. Y ella quería verte.
Entré detrás del médico, con los ojos de los demás clavados en mi espalda. Matthews hizo una seña a la enfermera para que saliese y se acercó a la ventanilla. El sonido de asfixia que producía su garganta dominaba el leve silbido del oxígeno. Yo vacilé; después me acerqué a la cama.
Mamá estaba tendida en ella, y tenía los ojos abiertos. Los dirigió hacia mí; pero no se notó que me reconociera. Sus delgadas manos tiraban de la transparente tienda que la cubría. Yo miré a Matthews, quien movió la cabeza lentamente en signo afirmativo.
—Ahora ya no importará.
El médico me ayudó a apartar la tienda. La mano de mi madre tentaba el aire, mientras el ruido sibilante de su respiración aumentaba de volumen. Probé de seguir la dirección de su dedo al señalar. Pero fue Matthews quien cogió un retrato pequeño de un muchachito y se lo puso en las manos. Ella se lo acercó al pecho.
—¡Mamá! —El grito me salió más fuerte de lo que me proponía—. ¡Soy Andy! ¡Estoy aquí!
Volvió los ojos de nuevo y movió los apergaminados labios.
—¿Andrew? —preguntó con voz débil. Luego pasó brevemente por su rostro la sombra de una sonrisa. Meneó un poquitín la cabeza—. ¡Jimmy! ¡Jimmy! —Sus manos levantaron el retrato hasta que pudo verlo—. ¡Jimmy! —repitió.
De abajo subió el sonido de una puerta cerrándose dulcemente, y unas pisadas cruzaron el suelo del piso. Luego emprendieron las escaleras, de dos en dos; pero ahora las pisadas eran rápidas, sin necesidad de la baranda. Cruzaron el rellano. La puerta continuó cerrada, pero se oyó el ruidito de una empuñadura al girar. Unas pisadas jóvenes cruzaron la alfombra, invisibles; era un sonido que parecía reducir al silencio a todos los demás. Las pisadas llegaron a la cama y se detuvieron.
Mamá volvió los ojos en aquella dirección, y la sonrisa se encendió de nuevo. Una mano se levantó. Luego mi madre se echó atrás y dejó de respirar.
El silencio quedó interrumpido nuevamente por el ruido de unos pies..., unos pies más pesados, más seguros, que pareció se plantaban en el suelo bajando de la cama. Sonaron dos series de pisadas. Unas podían ser las de un muchachito. Las otras eran unos sones rápidos, secos que sólo puede producir una mujer joven que se apresura con su primogénito al lado. Las pisadas cruzaron la habitación.
Esta vez no hubo ningún titubeo ante la puerta, ni ruido alguno de que ésta se abriera o cerrara. Las pisadas continuaron por el rellano y las escaleras. Mientras Matthews y yo seguíamos hacia el vestíbulo, las pisadas parecieron acelerarse en dirección a la puerta trasera. Ahora, por fin, se percibió el ruidito suave, pausado de una puerta al cerrarse, y luego el silencio.
Yo miré atrás bruscamente y vi los ojos de todos los demás fijos en la puerta trasera, mientras las estiradas faces revelaban unas emociones de las que nunca había sido testigo. Agnes se levantó despacio, con los ojos hacia lo alto. Sus delgados labios se abrieron, vacilaron y se cerraron en una línea tensa. Volvió a sentarse como una mujer–palo que se plegase, dirigiendo una mirada a su alrededor para ver si los otros se habían fijado.
Su hija subía del piso inferior, corriendo escaleras arriba.
—¡Mamá! ¡Mamá!, ¿quién era el niño que he oído pasar?
Yo no esperé la respuesta, ni las palabras roncas con que Matthews confirmó la noticia del fallecimiento de mi madre. Yo había vuelto al lado del pobre cuerpo anciano, y le quité el retrato de las cerradas manos.
Liza me había seguido; su faz empezaba apenas a recobrar el color.
—Espectros —dijo con voz trastornada. Luego movió la cabeza y su acento se dulcificó—. Era tu madre y una hija que ha venido del otro mundo, a buscarla. Yo siempre pensé...
—No —le dije—. No es una de aquellas hermanas mías que murieron demasiado jóvenes. No es tan sencillo, Liza. No es tan cómodo. Era un niño. Un niño que tuvo el sarampión a los seis años, que subía los escalones de dos en dos..., un niño llamado Jimmy...
Ella me miró fijamente, con expresión dubitativa; luego bajó los ojos hacia el retrato que yo tenía en la mano..., un retrato de mí mismo a los seis años.
—Pero tú... —empezó. En seguida se volvió, sin terminar, mientras los otros empezaban a entrar desordenadamente en la habitación. Tuvimos que quedarnos para la ceremonia, naturalmente, aunque me figuro que mi madre no me necesitaba en el funeral. Ya tenía a su Jimmy.
Mamá quiso que yo me llamase James, en honor a su padre; pero papá se empeñó en que me llamara Andrew, en honor al suyo. Venció papá, y me pusieron Andrew en primer lugar. Pero hasta que cumplí los diez años, mamá siempre me llamó Jimmy. Jimmy, Andy, Andrew, A. J. Recordé que, según las antiguas creencias, el nombre de un hombre formaba parte de su alma.
De todos modos, aquello no tenía sentido, por mucho que quisiera analizarlo. Probé de discutirlo con Matthews; pero el médico no quiso hacer ningún comentario. Lo intenté también con Liza cuando estábamos en el aeroplano, de regreso.
—Creo en el espíritu de mi madre —terminé diciendo. Lo había pasado y repasado todo tantas veces por mi mente, que había acabado aceptando el hecho—. Pero ¿quién era Jimmy? Todos le oímos, hasta la hija de Agnes le oyó desde abajo. De manera que no se trató de una ilusión de los sentidos. Pero no puede ser un fantasma. ¡Un fantasma es un espíritu que ha retornado, el alma de un hombre que falleció!
—¿Y bien...? —preguntó Liza fríamente. Yo aguardé, pero ella continuó mirando por la ventanilla del aeroplano, sin pronunciar ni una palabra más.
Antes solía pensar yo que el conocer un fantasma había de infundirle seguridad a un hombre. Ahora no lo sé. Si al menos pudiera explicarme lo del pequeño Jimmy...

El doble Sacrificio - Juan Valera


EL PADRE GUTIÉRREZ A DON PEPITO

Málaga, 4 de abril de 1842.          

     Mi querido discípulo: Mi hermana, que ha vivido más de veinte años en ese lugar, vive hace dos en mi casa, desde que quedó viuda y sin hijos. Conserva muchas relaciones, recibe con frecuencia cartas de ahí y está al corriente de todo. Por ella sé cosas que me inquietan y apesadumbran en extremo. ¿Cómo es posible, me digo, que un joven tan honrado y tan temeroso de Dios, y a quien enseñé yo tan bien la metafísica y la moral, cuando él acudía a oír mis lecciones en el Seminario, se conduzca ahora de un modo tan pecaminoso? 

Me horrorizo de pensar en el peligro a que te expones de incurrir en los más espantosos pecados, de amargar la existencia de un anciano venerable, deshonrando sus canas, y de ser ocasión, si no causa, de irremediables infortunios. Sé que frenéticamente enamorado de doña Juana, legítima esposa del rico labrador don Gregorio, la persigues con audaz imprudencia y procuras triunfar de la virtud y de la entereza con que ella se te resiste. 

Fingiéndote ingeniero o perito agrícola, estás ahí enseñando a preparar los vinos y a enjertar las cepas en mejor vidueño; pero lo que tú enjertas es tu viciosa travesura, y lo que tú preparas es la desolación vergonzosa de un varón excelente, cuya sola culpa es la de haberse casado, ya viejo, con una muchacha bonita y algo coqueta. ¡Ah, no, hijo mío! Por amor de Dios y por tu bien, te lo ruego. Desiste de tu criminal empresa y vuélvete a Málaga. 

Si en algo estimas mi cariño y el buen concepto en que siempre te tuve, y si no quieres perderlos, no desoigas mis amonestaciones.

DE DON PEPITO AL PADRE GUTIÉRREZ

Villalegre, 7 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: El tío Paco, que lleva desde aquí vino y aceite a esa ciudad, me acaba de entregar la carta de usted del 4, a la que me apresuro a contestar para que usted se tranquilice y forme mejor opinión de mí. Yo no estoy enamorado de doña Juana ni la persigo como ella se figura. 

Doña Juana es una mujer singular y hasta cierto punto peligrosa, lo confieso. Hará seis años, cuando ella tenía cerca de treinta logró casarse con el rico labrador don Gregorio. Nadie la acusa de infiel, pero sí de que tiene embaucado a su marido, de que le manda a zapatazos y le trae y le lleva como un zarandillo. 

Es ella tan presumida y tan vana, que cree y ha hecho creer a su marido que no hay hombre que no se enamore de ella y que no la persiga. Si he de decir la verdad, doña Juana no es fea, pero tampoco es muy bonita; y ni por alta, ni por baja, ni por muy delgada, ni por gruesa llama la atención de nadie.

Llama, sí, la atención por sus miradas, por sus movimientos y porque, acaso sin darse cuenta de ello, se empeña en llamarla y en provocar a la gente. 

Se pone carmín en las mejillas, se echa en la frente y en el cuello polvos de arroz, y se pinta de negro los párpados para que resplandezcan más sus negros ojos. Los esgrime de continuo, como si desde ellos estuviesen los amores lanzando enherboladas flechas. 

En suma: doña Juana, contra la cual nada tienen que decir las malas lenguas, va sin querer alborotando y sacando de quicio a los mortales del sexo fuerte, ya de paseo, ya en las tertulias, ya en la misma iglesia. Así hace fáciles y abundantes conquistas. 

No pocos hombres, sobre todo si son forasteros y no la conocen, se figuran lo que quieren, se las prometen felices, y se atreven a requebrarla y hasta a hacerle poco morales proposiciones. Ella entonces los despide con cajas destempladas. Enseguida va lamentándose jactanciosamente con todas sus amigas de lo mucho que cunde la inmoralidad y de que ella es tan desventurada y tiene tales atractivos, que no hay hombre que no la requiebre, la pretenda, la acose y ponga asechanzas a su honestidad, sin dejarla tranquila con su don Gregorio.

     La locura de doña Juana ha llegado al extremo de suponer que hasta los que nada le dicen están enamorados de ella. En este número me cuento, por mi desgracia. El verano pasado vi y conocí a doña Juana en los baños de Carratraca. Y como ahora estoy aquí, ella ha armado en su mente el caramillo de que he venido persiguiéndola. 

No hallo modo de quitarle esta ilusión, que me fastidia no poco, y no puedo ni quiero abandonar este lugar y volver a Málaga, porque hay un asunto para mí de grande interés, que aquí me retiene. Ya hablaré de él a usted otro día. Adiós por hoy.

DEL MISMO AL MISMO

10 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: Es verdad, estoy locamente enamorado; pero ni por pienso de doña Juana. Mi novia se llama Isabelita. Es un primor por su hermosura, discreción, candor y buena crianza. Imposible parece que un tío tan ordinario y tan gordinflón como don Gregorio haya tenido una hija tan esbelta, tan distinguida y tan guapa. La tuvo don Gregorio de su primera mujer. 

Y hoy su madrastra doña Juana la cela, la muele, la domina y se empeña en que ha de casarla con su hermano don Ambrosio, que es un grandísimo perdido y a quien le conviene este casamiento, porque Isabelita está heredada de su madre, y, para lo que suele haber en pueblos como éste, es muy buen partido. 

Doña Juana aplica a don Ambrosio, que al fin es su sangre, el criterio que con ella misma emplea, y da por seguro que Isabelita quiere ya de amor a don Ambrosio y está rabiando por casarse con él. Así se lo ha dicho a don Gregorio, e Isabelita, llena de miedo, no se atreve a contradecirla, ni menos a declarar que gusta de mí, que soy su novio y que he venido a este lugar por ella.

     Doña Juana anda siempre hecha un lince vigilando a Isabelita, a quien nunca he podido hablar y a quien no me he atrevido a escribir, porque no recibiría mis cartas.

     Desde Carratraca presumí, no obstante, que la muchacha me quería, porque involuntaria y candorosamente me devolvía con gratitud y con amor las tiernas y furtivas miradas que yo solía dirigirle.

    Fiado sólo en esto vine a este lugar con el pretexto que ya usted sabe.

     Haciendo estaría yo el papel de bobo, si no me hubiese deparado la suerte un auxiliar poderosísimo. Es éste la chacha Ramoncica, vieja y lejana parienta de don Gregorio, que vive en su casa como ama de llaves, que ha criado a Isabelita y la adora, y que no puede sufrir a doña Juana, así porque maltrata y tiraniza a su niña, como porque a ella le ha quitado el mangoneo que antes tenía. 

Por la chacha Ramoncica, que se ha puesto en relación conmigo, sé que Isabelita me quiere; pero que es tímida y tan bien mandada, que no será mi novia formal, ni me escribirá, ni consentirá en verme, ni se allanará a hablar conmigo por una reja, dado que pudiera hacerlo, mientras no den su consentimiento su padre y la que tiene hoy en lugar de madre. 

Yo he insistido con la chacha Ramoncica para ver si lograba que Isabelita hablase conmigo por una reja; pero la chacha me ha explicado que esto es imposible. Isabelita duerme en un cuarto interior, para salir del cual tendría que pasar forzosamente por la alcoba en que duerme su madrastra, y apoderarse además de la llave, que su madrastra guarda después de haber cerrado la puerta de la alcoba.

     En esta situación me hallo, mas no desisto ni pierdo la esperanza. La chacha Ramoncica es muy ladina y tiene grandísimo empeño en fastidiar a doña Juana. En la chacha Ramoncica confío.

DEL MISMO AL MISMO

15 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: La chacha Ramoncica es el mismo demonio, aunque, para mí, benéfico y socorrido. No sé cómo se las ha compuesto. Lo cierto es que me ha proporcionado para mañana, a las diez de la noche, una cita con mi novia. 

La chacha me abrirá la puerta y me entrará en la casa. Ignoro a dónde se llevará a doña Juana para que no nos sorprenda. La chacha dice que yo debo descuidar, que todo lo tiene perfectamente arreglado y que no habrá el menor percance. 

En su habilidad y discreción pongo mi confianza. Espero que la chacha no habrá imaginado nada que esté mal; pero en todo caso, el fin justifica los medios, y el fin que yo me propongo no puede ser mejor. Allá veremos lo que sucede.

DEL MISMO AL MISMO

17 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: Acudí a la cita. La pícara de la chacha cumplió lo prometido. Abrió la puerta de la calle con mucho tiento y entré en la casa. Llevándome de la mano me hizo subir a obscuras las escaleras y atravesar un largo corredor y dos salas. Luego penetró conmigo en una grande estancia que estaba iluminada por un velón de dos mecheros, y desde la cual se descubría la espaciosa alcoba contigua. 

La chacha se había valido de una estratagema infernal. Si antes me hubiera confiado su proyecto, jamás hubiera yo consentido en realizarle. Vamos... si no es posible que adivine usted lo que allí pasó. Don Gregorio se había quedado aquella noche a dormir en la casería, y la perversa chacha Ramoncica, engañándome, acababa de introducirme en el cuarto de doña Juana. ¡Qué asombro el mío cuando me encontré de manos a boca con esta señora! Dejo de referir aquí, para no pecar de prolijo, los lamentos y quejas de esta dama. 

Las muestras de dolor y de enojo, combinadas con las de piedad, al creerme víctima de un amor desesperado por ella, y los demás extremos que hizo, y a los cuales todo atortolado no sabía yo qué responder ni cómo justificarme. Pero no fue esto lo peor, ni se limitó a tan poco la maldad de la chacha Ramoncica. 

A don Gregorio, varón pacífico, pero celoso de su honra, le escribió un anónimo revelándole que su mujer tenía a las diez una cita conmigo. Don Gregorio, aunque lo creyó una calumnia, por lo mucho que confiaba en la virtud de su esposa, acudió con don Ambrosio para cerciorarse de todo.

     Bajó del caballo, entró en la casa y subió las escaleras sin hacer ruido, seguido de su cuñado. Por dicha o por providencia de la chacha, que todo lo había arreglado muy bien, don Gregorio tropezó en la obscuridad con un banquillo que habían atravesado por medio y dio un costalazo, haciendo bastante estrépito y lanzando algunos reniegos.

     Pronto se levantó sin haberse hecho daño y se dirigió precipitadamente al cuarto de su mujer. Allí oímos el estrépito y los reniegos, y los tres, más o menos criminales, nos llenamos de consternación. ¡Cielos santos! -exclamó doña Juana con voz ahogada-. Huya usted, sálveme; mi marido llega. 

No había medio de salir de allí sin encontrarse con don Gregorio, sin esconderse en la alcoba o sin refugiarse en el cuarto de Isabelita, que estaba contiguo. La chacha Ramoncica, en aquel apuro, me agarró de un brazo, tiró de mí, y me llevó al cuarto de Isabelita, con agradable sorpresa por parte mía. 

Halló don Gregorio tan turbada a su mujer, que se acrecentaron sus recelos y quiso registrarlo todo, seguido siempre de su cuñado. Así llegaron ambos al cuarto de Isabelita. Ésta, la chacha Ramoncica como tercera y yo como novio, nos pusimos humildemente de rodillas, confesamos nuestras faltas y declaramos que queríamos remediarlo todo por medio del santo sacramento del matrimonio. 

Después de las convenientes explicaciones y de saber don Gregorio cuál es mi familia y los bienes de fortuna que poseo, don Gregorio, no sólo ha consentido, sino que ha dispuesto que nos casemos cuanto antes. Doña Juana, a regañadientes, ha tenido que consentir también, a lo que ella entiende para salvar su honor. Y hasta me ha quedado muy agradecida, porque me sacrifico para salvarla. 

Y más agradecida ha quedado a Isabelita, que por el mismo motivo se sacrifica también, a pesar de lo enamorada que está de don Ambrosio. No he de negar yo, mi querido maestro, que la tramoya de que se ha valido la chacha Ramoncica tiene mucho de censurable; pero tiene una ventaja grandísima. 

Estando yo tan enamorado de doña Juana y estando Isabelita tan enamorada de don Ambrosio, los cuatro correríamos grave peligro si mi futura y yo nos quedásemos por aquí. 

Así tenemos razón sobrada para largarnos de este lugar, no bien nos eche la bendición el cura, y huir de dos tan apestosos personajes como son la madrastra de Isabelita y su hermano.

DE DOÑA JUANA A DOÑA MICAELA, HERMANA DEL PADRE GUTIÉRREZ

4 de mayo.          

     Mi bondadosa amiga: Para desahogo de mi corazón, he de contar a usted cuanto ha ocurrido. Siempre he sido modesta. Disto mucho de creerme linda y seductora. Y sin embargo, yo no sé en qué consiste; sin duda, sin quererlo yo, y hasta sin sentirlo, se escapa de mis ojos un fuego infernal que vuelve locos furiosos a los hombres. 

Ya dije a usted la vehemente y criminal pasión que en Carratraca inspiré a don Pepito, y lo mucho que éste me ha solicitado, atormentado y perseguido, viniéndose a mi pueblo. Crea usted que yo no he dado a ese joven audaz motivo bastante para el paso, o mejor diré, para el precipicio a que se arrojó hace algunas noches. 

De rondón, y sin decir oste ni moste, se entró en mi casa y en mi cuarto para asaltar mi honestidad, cuando estaba mi marido ausente. ¡En qué peligro me he encontrado! ¡Qué compromiso el mío y el suyo! Don Gregorio llegó cuando menos lo preveníamos. Y gracias a que tropezó en un banquillo, dio un batacazo y soltó algunas de las feas palabrotas que él suele soltar. Si no es por esto, nos sorprende. 

La presencia de espíritu de la chacha Ramoncica nos salvó de un escándalo y tal vez de un drama sangriento. ¿Qué hubiera sido de mi pobre don Gregorio, tan grueso como está y saliendo al campo en desafío? Sólo de pensarlo se me erizan los cabellos. 

La chacha, por fortuna, se llevó a don Pepito al cuarto de Isabel. Así nos salvó. Yo le he quedado muy agradecida. Pero, aún es mayor mi gratitud hacia el apasionado don Pepito, que, por no comprometerme, ha fingido que era novio de Isabel, y, hacia mi propia hija política, que ha renunciado a su amor por don Ambrosio y ha dicho que era novia del joven malagueño. 

Ambos han consumado un doble sacrificio para que yo no pierda mi tranquilidad ni mi crédito. Ayer se casaron y se fueron enseguida para esa ciudad. Ojalá olviden ahí, lejos de nosotros, la pasión que mi hermano y yo les hemos inspirado. 

Quiera el cielo que, ya que no se tengan un amor muy fervoroso, lo cual no es posible cuando se ha amado con fogosidad a otras personas, se cobren mutuamente aquel manso y tibio, afecto, que es el que más dura y el que mejor conviene a las personas casadas. 

A mí, entretanto, todavía no me ha pasado el susto. Y estoy tan escarmentada y recelo tanto mal de este involuntario fuego abrasador que brota a veces de mis ojos, que me propongo no mirar a nadie e ir siempre con la vista clavada en el suelo.

     Consérvese usted bien, mi bondadosa amiga, y pídale a Dios en sus oraciones que me devuelva el sosiego que tan espantoso lance me había robado.

     Madrid, 1897.