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Jimmy - Lester del Rey

Siempre he pensado que el encontrar a un fantasma habría de ser una cosa bastante reconfortante. Cuando un hombre ha pasado de los cincuenta y tiene edad suficiente para hacerse una idea de la muerte, todo lo que demuestre que no se llega a un final completo y absoluto, vacío de significado, ha de ser un consuelo. ¡Ni siquiera el verse uno condenado a frecuentar un determinado lugar, a solas, durante toda la eternidad tiene el horror del no ser!
Naturalmente, la religión proporciona esperanzas a ciertas personas; pero la mayoría no tenemos ya la fe de nuestros mayores. Un fantasma debería constituir una prueba en contra de la inimaginable finalidad de la muerte.
Así solía pensar yo. Ahora, no lo sé. Ojalá supiera explicar lo de Jimmy...
Le oíamos, no cabe duda. A la muerte de mamá, toda la familia le oyó, incluso mi hermana Agnes, que es la atea más convencida que conozco. Hasta su hermana menor, que se hallaba en el piso de abajo a la sazón, subió corriendo para ver quién era el otro niño. No, no se trató de una alucinación colectiva, como tampoco se trató de algo que pueda explicarse por las leyes naturales que conocemos.
El doctor también oyó aquello, y por la cara que puso me figuro que había oído a Jimmy anteriormente y más de una vez. De todos modos, no quiere hablar del asunto, y los otros no habían podido vivir una experiencia anterior, porque nunca habían estado allí. Yo soy el único que puede declarar que he oído a Jimmy en otras ocasiones, aparte de aquélla. Ojalá no hubiera de reconocerlo así, ni siquiera ante mí mismo.
Eramos una familia numerosa, aunque la tradición de las familias numerosas estuviera dando ya las últimas boqueadas, a la vuelta del siglo. Mamá y papá lo habían querido así, y las cuatro niñas que perecieron antes de tener la menor posibilidad de vivir no cambiaron mucho las cosas. Quedamos con vida seis muchachos y tres chicas, y para mamá esto lo justificaba todo. 
Me figuro que habríamos sido una familia más numerosa aún, si un toro enfurecido no hubiese matado a papá, mientras yo estaba lejos, salvando al mundo para la Democracia. Quizá mamá hubiera encontrado otros maridos —la extensa finca de lowa, con su grande y antigua casona se los habría proporcionado—, pero se había pronunciado resueltamente contra semejante posibilidad. 
Nosotros, los hermanos mayores, nos fuimos a trabajar a la ciudad, ayudando a los otros a cursar sus estudios hasta que también ellos encontraron empleos. Con el tiempo, mamá se quedó sola en la vieja casa, mientras la ciudad crecía y se desparramaba, hasta que la finca fue vendida a parcelas, porque ya se hallaba en la periferia.
Eso le procuró a mamá una pequeña fortuna, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial. No parecía necesitarnos, y se iba volviendo una persona de conducta atontada y con la cual resultaba difícil tratar. De modo que, poco a poco, nuestras visitas se fueron haciendo más escasas. 
Yo trabajaba en Des Moines y era el que vivía más cerca de ella; pero tenía mi propia vida, y, por otra parte, mamá parecía dichosa y capaz, a pesar de haber dejado bastante atrás los setenta años.
Yo le enviaba felicitaciones en su cumpleaños y en las fiestas importantes —o al menos Liza se las enviaba en mi nombre— y seguía cultivando el propósito de ir a verla. Pero mi hijo mayor pareció desmoronarse, después de la Segunda Guerra Mundial; mi hija se casó con un camionero y tuvo gemelos antes de encontrar un apartamento decente; a mi hijo pequeño lo hicieron prisionero en Corea; a mí me ascendieron a presidente de la compañía de materiales para tejados, y, en el club, un profesor nuevo me entrenaba a marcar más de noventa la mayor parte del tiempo.
Entonces mamá empezó a escribir cartas; las primeras cartas de verdad que escribía en muchos años. Eran bastante animadas, estaban llenas de pequeñas noticias sobre algunos vecinos, los nuevos cortinajes de las ventanas, una receta para preparar pastel de mantecado de limón, y cosas así. Al principio lo consideré una señal excelente. Luego advertí algo en ellas que empezó a inquietarme. De todos modos, hasta la quinta no encontré nada concreto.
En ésa escribía unas cuantas palabras sobre el maestro nuevo de la antigua escuela. Yo repasé la carta un par de veces antes de recordar que el edificio escuela había sido demolido quince años atrás. Después de darme cuenta de este detalle, otras cosas empezaron a conjuntarse. Las cortinas que mencionaba las había puesto hacía varios años, y la receta era la primera que preparó... ¡aquella que siempre salía demasiado dulce, antes de que la modificara! Había otras cosas, además.
Todo ello no cesaba de inquietarme, y por eso telefoneé. Mamá tenía una voz excelente, aunque estaba un poco preocupada temiendo que me hubiera pasado algo. Habló un par de minutos; luego murmuró algo acerca de tener el almuerzo en la estufa, y colgó rápidamente. No podía ser más normal. Saqué mis palos y había bajado la mitad de los escalones de la fachada cuando algo me hizo retroceder para repasar nuevamente sus cartas.
Después telefoneé al doctor Matthews. Al cabo de medio minuto invertido en identificarme, le pregunté por mi madre.
Su voz se revistió inmediatamente del acento profesional. La anciana estaba muy bien... en unas condiciones físicas notablemente buenas para una mujer de su edad. No, no había motivo alguno para que fuera allá en seguida. No le pasaba nada, en absoluto.
El médico extremaba la nota, al mismo tiempo que no sabía esconder por completo la inquietud de su voz. Supongo que por aquellas fechas yo había pensado en tomarme unos días de vacaciones, en el futuro, para ir a verla. Pero apenas hubo colgado el teléfono el médico, volví a dejar los palos en el armario y me cambié de ropa. Liza estaba fuera, en algún club de perfeccionamiento, y le dejé una nota. Ella se había llevado el convertible, de modo que yo estaba de suerte. 
Habíamos traído recientemente el «Cadillac» nuevo de que le hicieran un repaso y estaba ideal para una buena carrera. Además, con él corría menos peligro de que me regalaran una papeleta de multa, si pisaba con algún exceso el acelerador; la mayoría de guardias se sienten inclinados a mostrarse menos duros con los personajes que conducen coches de esa categoría. Así pues, corrí bastante todo el camino.
Matthews seguía viviendo en la misma casa; pero la blancura de su cabello me causó una viva impresión. Me miró arrugando la frente, examinándome con la mirada desde la cintura hasta el poco cabello que me quedaba, para descender de nuevo hacia el rostro. Luego levantó la mano pausadamente, dirigiendo una rápida ojeada al «Cadillac».
—Supongo que ahora todo el mundo te llama A. J. —comentó—. Y puesto que ya estás aquí, entra.
Me hizo cruzar la sala de espera y me acompañó al consultorio. Sus ojos volaron de nuevo hacia el coche, en el exterior. No sé de dónde, sacó una botella de buen whisky escocés. Viendo el signo afirmativo que le hice, mezcló licor con agua de una nevera. Luego se acomodó, estudiándome mientras ocupaba su sillón habitual.
—Conque A. J., ¿eh? —comentó otra vez. Pero me pareció advertir cierto deje ácido en sus palabras—. Esto da a entender que has triunfado. Pensaba que tu madre había dicho algo acerca de que, hace unos años, tú te encontraste en un apuro.
—No financiero —puntualicé. Yo habría pensado que sólo se acordaba Liza de aquello. A la sazón debió de escribir a mi madre; porque yo había cuidado de que la noticia no llegara a los periódicos. Y luego que me avine a comprar la línea de camiones para mi yerno, Liza acabó perdonándome definitivamente. No era asunto de la incumbencia de Matthews; pero me acordé de que por aquellas latitudes los médicos se consideran con derecho a saberlo todo y enterarse de todo—. ¿Por qué, doctor?
El hombre me estudió, dejó que sus ojos volvieran a recorrer el coche, y luego levantó el vaso para apurar el whisky.
—Simple curiosidad... No, caramba, tanto da que sea sincero. Al fin y al cabo, la verás dentro de unos momentos. Es una anciana, Andrew, y posee una fortuna que podríamos calificar de muy saneadita. Cuando los hijos, que no se han acordado de ella durante años enteros se presentan de pronto, puede que no sea por cariño. ¡Pero yo no permitiré que ahora le pase nada a Martha!
Las implicaciones de estas palabras encajaban demasiado con mis propias sospechas, que noté se consolidaban, mezclándose con disgusto y un toque de miedo. No quería hacer la pregunta. Quería enojarme con él, y acusarle de viejo entrometido. Pero había de saberlo.
—¿Quiere decir... demencia senil?
—No —respondió prestamente, enarcando un poco una ceja—. ¡No, Andrew, no está loca! Está en excelentes condiciones físicas, y bastante cuerda para cuidar de sí misma durante los quince años que es probable que aún viva. No necesita médicos de lujo ni psiquiatras. Acuérdate de esto, nada más, y de que es una anciana. 
¡Trece hijos en menos de veinte años! Viuda antes de los cuarenta. Solitaria todos estos años últimos, aunque sea demasiado independiente para molestar a sus hijos. Las ancianas tienen derecho a toda suerte de felicidad que puedan proporcionarse. ¡No lo olvides!
Se interrumpió; pareció sorprendido de sí mismo. Luego se puso en pie y cogió el sombrero.
—Vamos, te acompañaré.
El buen médico me fue dando una lección de historia local mientras corríamos por unas calles en las que, la última vez que estuve por allí, se cultivaba el maíz. Donde antes había la arboleda, ahora se levantaba un hospital, y la fuente antigua quedaba escondida por una casa de vecinos. La casona en que nacimos nosotros continuaba en pie, extendiéndose con fea afectuosidad entre aquellas imitaciones de cajas de piano a las que hoy en día llaman casas.
Quise volverme; pero Matthews me hizo seña de que le siguiera por la acera. La puerta de la calle continuaba abierta. El médico entró, ladeando la cabeza hacia las escaleras.
—¡Martha! ¡Eh, Martha!
—Ha vuelto Jimmy, doctor —respondió desde arriba una voz. Era la de mi madre, inalterada, salvo por un canturreo desconcertante, que no le había oído nunca, y exhalé un profundo suspiro de alivio.
—Muy bien, Martha —contestó el médico—. Le veré un momento, pues, y más tarde la visitaré a usted. Porque cuando vea a quién le traigo, no me querrá por aquí. ¡Es Andrew!
—¡Qué bien! ¡Dígale que se siente, y me visto en un minuto!
El doctor levantó los hombros.
—Pasaré unos minutos sentado en el jardín —me dijo—. Luego regresaré allá en taxi. Pero, recuérdalo: tu madre merece toda la dicha que se pueda procurar. ¡No se la arruines!
El médico salió por la puerta del fondo; yo encontré el saloncito y me dejé caer en el viejo sofá. Luego arrugué la frente. Lo habíamos subido al ático en 1913, cuando papá compró el mobiliario nuevo. Afiné la mirada a través de la semioscuridad y fui distinguiendo todos los muebles antiguos. 
Hasta la alfombra era la misma que había cuando yo era pequeño. Entonces pasé a las otras habitaciones, y las encontré tal como estaban cuarenta años atrás, excepto por el televisor de la sala de estar y la cocina, completamente moderna, con una olla de sopa burbujeando a lomos del fogón.
Volvía a sentir una especie de nudo en la garganta y la misma inquietud que experimentaba anteriormente, cuando el sonido de pasos en las escaleras me hizo levantar los ojos.
Mamá bajaba, con cierta lentitud, pero sin ningún signo de debilidad. No apoyaba la mano en la baranda. Habría podido hacer juego perfectamente con los muebles de la casa, salvo por las arrugas y el cabello blanco. Llevaba un vestido nuevo, ¡aunque copia exacta del que solía llevar cuando yo era niño todavía!
Parece que no oyó la exclamación que emití. Su mano se levantó para coger la mía, y todo su cuerpo se inclinó adelante para besarme en la mejilla.
—Tienes muy buen aspecto, Andrew. Ea, veamos, veamos. Hummm. Liza te alimenta bien, lo noto. Pero apuesto a que te comerías una sopa y un pastel realmente preparados en casa, ¿eh? Ven a la cocina. Te los preparo en un minuto.
No sólo estaba en excelente forma física, sino que parecía quince años más joven de lo que realmente era. Y hasta se acordó de llamarme Andrew, en lugar de los varios apodos cariñosos que utilizó durante mi infancia. ¡Aquello no era senilidad! 
Una mujer senil habría echado mano del más antiguo de dichos apodos, según yo recordaba muy bien, en particular por haber tenido que luchar denodadamente para conseguir que abandonase los nombrecitos de la niñez. Sin embargo, la casa...
Mi madre iba y venía por la cocina, y me sirvió una sopa caliente riquísima. Cuando yo era niño, mi madre no era buena cocinera; pero había ido mejorando continuamente, y ahora resultaba superlativa.
—Supongo que el doctor ha pronunciado bien el nombre de Jimmy —dijo con toda naturalidad—. Ahora se ha ido a correr por ahí. Bueno, después de pasarse dos semanas encerrado aquí con el sarampión, no puedo reprochárselo. Recuerdo cómo estabas tú cuando lo tuviste. ¿Te has fijado en cómo he ordenado la casa, Andrew?
—Me he fijado en los muebles antiguos. Pero ¿ese Jimmy...?
—Ah, tú no le conoces, ¿verdad que no? No importa; le conocerás. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte, Andrew?
Procuré imaginarme la situación, mientras maldecía al doctor por no haberme avisado. Claro, había oído algo acerca de que uno de mis varios sobrinos había quedado viudo. ¿Sería el que tenía ese muchacho joven? Pero ¿no se marchó a Alaska? No, ése era el hijo de Frank. Además, ¿por qué había de cargar nadie a mi madre con las tareas de cuidar a un chiquillo? Había una multitud de mujeres más jóvenes en la familia.
Advertí que me miraba fijamente, y recobré la compostura.
—Saldré dentro de un par de horas, madre. Solamente...
—Has sido muy amable viniendo —me interrumpió, siguiendo su vieja costumbre de interrumpir nuestras respuestas—. Tenía siempre el propósito de ir a veros a ti y a Liza; pero el arreglo de la casa me tuvo muy ocupada. Dos hombres bajaron los muebles del ático; pero todo lo demás lo hice yo sola. Con estos muebles antiguos aquí, me siento más joven.
Echó en un plato una cuarta parte de pastel de melocotón y me lo puso delante, junto con una buena taza de café caliente. También ella se sirvió pastel de melocotón y se llenó la taza de café. Yo me representaba mentalmente a Liza con sus vitaminas y sus dietas. ¿Cuál era la senil?
—Ahora Jimmy va a la escuela —dijo—. Está loco por su profesora, además. ¿Más pastel, Andrew? Tendré que guardar un trozo para el pequeño Jimmy, pero todavía quedan dos.
Se oyó un ruido súbito en el exterior; mamá se levantó de un salto y fue apresuradamente hacia la puerta trasera. Luego volvió a entrar en la cocina.
—No era nada —explicó—. Sólo el hijo de una vecina tomando un atajo. De todos modos, me gustaría que fuesen más agradables y jugasen con Jimmy. A veces se siente solo. ¿Te gusta mi cocina, Andrew?
—Es bonita —dije con cautela, procurando no perder los hilos de la conversación—. Pero bastante moderna.
—La cocina y el televisor, en efecto —convino alegremente—. Hay cosas modernas que son bonitas. También lo son algunas antiguas. En la cama tengo un colchón de espuma de caucho; pero el resto del cuarto... Sube, Andrew. ¡Te enseñaré una cosa que me parece elegante de veras!
La casa estaba limpia y no tenía ninguna habitación cerrada. Yo lo iba meditando mientras subíamos las escaleras. Y no había visto ninguna criada. Mi madre soltó un bufido de desprecio cuando mencioné el hecho.
—Claro que lo hago yo. Es trabajo de mujer, ¿verdad? Además, Jimmy me ayuda un poco. Se está volviendo muy servicial.
El dormitorio era algo digno de ser contemplado. Me recordó lo que había visto yo en grabados y películas sobre los años noventa del siglo pasado; lleno de voluntes y chucherías. El resto de la casa quedaba apagado por el trabajo que habían realizado los años, al pasar, decolorando tapizados y papeles de las paredes. En cambio, aquí todo parecía brillante y nuevo.
—Contraté a un joven decorador de Chicago para que la arreglase —explicó con orgullo—. Como la hubiera querido yo cuando era niña. Costó una fortuna; pero Jimmy me dijo que debía hacerlo, puesto que lo quería así. —Y se rió de buena gana—. Siéntate, Andrew. ¿Qué tal van Liza y tú? ¿Se siguen peleando por aquella bribonzuela con la que te sorprendió, o Liza ha seguido mi consejo? Fue muy tonta al dejar que te enterases de que lo sabía. Yo he comprobado que nunca se muestra tan amoroso un hombre como cuando tiene un pecadillo..., especialmente si a la sazón la mujer le trata con verdadera dulzura.
Pasamos una hora larga hablando de varias cosas, y me sentí muy a gusto. Le expliqué cómo, finalmente, nos devolvían nuestro hijo menor; embarcaría pronto. Me dejé regañar por consentir cómo consentía que mi hijo mayor abusara de mí, y por lo que ella llamaba mi estupidez en relación a mi yerno. Su idea de dejarle, al principio, reducido únicamente a la condición de socio joven no era mala. Hubiera debido ocurrírseme a mí mismo. También me explicó todas las habladurías referentes a la familia. Fuese como fuere, seguía la marcha de los acontecimientos. 
Yo no me había enterado siquiera de la defunción de Pete; aunque sí había tenido noticia de otras dos. Tuve el propósito de asistir a los entierros; pero hubo entonces aquel considerable negocio con la Midcity Asphalt y luego el ímprobo trabajo que nos dio el meter a nuestro hombre en el Congreso. Son cosas que siempre suelen presentarse en los momentos menos oportunos.
Cuando me levanté por fin, no sentía el menor temor de que mi madre pudiera poner en ridículo a la familia. Si Matthews se figuraba que podía molestarme el hecho de que hubiera vuelto a instalar los muebles antiguos y de que hubiera hecho decorar esta habitación a estilo ultramoderno, y no importa lo que le hubiera costado, él era quien estaba senil. 
En verdad, me sentía a gusto. Aquello había sido mejor que una partida entera de golf, ganando yo. Me puse a decirle que pensaba volver pronto. Hasta pensaba traer a Liza y la familia, cuando hiciera las vacaciones, en lugar de irnos a Bermuda como habíamos hablado.
Ella se levantó para besarme otra vez. Luego se contuvo.
—¡Dios santo! Ya te marchas, y todavía no conoces a Jimmy. ¡Siéntate un momento, nada más, Andrew!
Levantó prestamente la persiana, dando paso al olor de las rosas de detrás de la casa.
—¡Jimmy! ¡Jimmy! Se hace tarde. Entra. Pero lávate la cara y las manos antes de subir. Quiero que conozcas a tu tío Andrew.
Mamá regresó, sonriendo como si pidiera excusas.
—Es mi mimado, Andrew —dijo—. Yo siempre procuré ser equitativa en el amor a mis hijos; ¡pero pienso que a Jimmy le tengo un cariño especial!
Abajo se oyó el ruido de una puerta cerrándose con cuidado; luego percibí las pisadas apagadas de un muchacho subiendo hacia la cocina. Mamá continuaba sonriendo con ancha sonrisa, más dichosa de lo que la había visto yo en muchos años... desde que murió papá, en realidad. Luego las pisadas sonaron en las escaleras. 
Yo sonreía para mí mismo pensando que Jimmy debía de subir los escalones de dos en dos, utilizando la baranda para darse impulso. De pequeño, yo siempre lo hacía así. Estaba meditando en cuán similares son todos los muchachos cuando las pisadas llegaron al rellano y se encaminaron hacia la habitación.
Me disponía a mirar hacia la puerta; pero el cambio operado en el rostro de mi madre me llamó la atención. De pronto parecía incluso joven, y los ojos le brillaban mientras fijaba la mirada en la puerta, detrás de mí.
Oí el leve ruido de la misma al abrirse y cerrarse, e inicié el movimiento de volverme. Pero entonces sentí un cosquilleo en el espinazo. ¡Allí había algo anormal!
Luego, al dar media vuelta, lo reconocí. Cuando se abre una puerta, el aire de la habitación se mueve. Y aunque nunca nos fijamos en este movimiento, si no se produce nos llama la atención. Entonces, esta anormalidad nos dice que no pudo tratarse de una puerta auténtica. Esta vez, el aire no se había movido.
Ahora los pasos sonaban delante de mí, indecisos, como los de un muchachito tímido, de unos seis años. Pero allí no había nadie. La gruesa alfombra no se hundía siquiera mientras el suave sonido de los pasos se acercaba y se paraba, enfrente mismo de mí.
—Este es tío Andrew, Jimmy —anunció mi madre, gozosa—. Dale la mano como un niño bien educado, vamos. Ha venido de lejos, de Des Moines, para verte.
Yo tendí la mano, impulsado por un vago deseo de complacerla, al mismo tiempo que sentía correr un sudor frío por los brazos y las piernas. Hasta moví la mano como si alguien me la estrechara. Luego me dirigí con paso inseguro hacia la puerta, la abrí de golpe y empecé a bajar las escaleras.
Detrás, sonaban inciertos los pasos del niño, siguiéndome hasta el rellano. Pero a continuación los apagaron las pisadas de mi madre, al bajar rápidamente las escaleras para alcanzarme.
—¡Andrew, pienso que en presencia de un niño te vuelves tímido! Tú no me engañas. ¡Te marchas corriendo, sólo porque no sabes qué decirle a Jimmy! —Y sonreía divertida. Luego me cogió la mano de nuevo—. Vuelve pronto, muy pronto, Andrew.
No sé cómo, pero creo que pronuncié las frases oportunas. Ella se volvió para subir las escaleras de nuevo, al mismo tiempo que yo oía el crujido de unas pisadas arriba, allí donde no había nadie. Luego salí de la casa y subí al coche. Tuve la buena suerte de encontrar un par de sorbos de whisky en una botella de la guantera. Aunque el licor no me sirvió de mucho.
Evité el pasar por delante de la vivienda del doctor Matthews. Me dirigí hacia la carretera principal y apuré al máximo el potente motor, sin que me importara la policía. Quería poner toda la distancia que pudiera entre mi persona y las pisadas espectrales del pequeño Jimmy. ¿Un fantasma? ¡Ni eso siquiera! Sólo unas pisadas y el ruido levísimo de una puerta que no se abrió. Jimmy no era ni un fantasma siquiera; no podía serlo.
Tuve que disminuir la marcha cuando brotó de mi garganta la primera carcajada. Salí de la carretera y dejé que la risa me sacudiese, hasta que el dolor de costado acabó por cortarla.
Después de este desahogo me sentí mejor. Y cuando volví a poner el «Cadillac» en marcha, empezaba a pensar. Al llegar a las afueras de Des Moines lo tenía resuelto y explicado todo.
Se trataba de una alucinación, por supuesto. El doctor Matthews había tratado de avisarme de que mi madre sufría una determinada forma de chochez. Se había creado un hijo para sí, retrocediendo hasta su propia juventud. El colegio que no existía, la pasión por la profesora, el sarampión..., todo eran cosas reales que volvía a vivir a través de Jimmy. 
Pero como se mantenía tan completamente cuerda sobre cualquier cuestión excepto esta única fantasía, me había engañado, me había hecho creer que estaba en posesión de todas sus facultades. Cuando explicó el retorno de los muebles antiguos, eliminó todas mis dudas, que se habían centrado en este punto.
Sí, me hizo dar por descontado que Jimmy era un niño real. Y me había inducido a oír pisadas cuando su propia actitud de persona que escucha me había preparado para ello. Sus propias, ligeras reacciones, me habían atraído a seguir su imaginación... sin duda vi algún leve gesto y seguí su propia marcha. Aquello había sido estupendamente real, para ella... y yo había sufrido una ilusión de los sentidos.
No era imposible. Ahí está el secreto de muchas de las grandes ilusiones del escenario. Contribuyeron al fenómeno mis propios recuerdos de la vieja casona, y le dio vida el hecho de que ella creía en los pasos como ningún ilusionista de escenario podría creer. Me convencí a mí mismo casi por completo. Tenía que convencerme. Acabé casi desterrando de mi mente aquellas pisadas y no pensé sino en mi madre. 
Las palabras del médico me volvieron a la memoria, y moví la cabeza asintiendo. Se trataba de una fantasía inofensiva, y mi madre tenía derecho a gozar de este placer. Estaba sobradamente cuerda para cuidar de sí misma, sin duda alguna, y mucho mejor, físicamente, de lo que podía reclamar. Con el interés que demostraba el doctor Matthews por ella, no había motivo para que yo me inquietase por nada.
Así que cuando metía el coche en el garaje ya estaba haciendo planes otra vez para organizar la empresa de transportes, siguiendo el consejo que me había dado mamá de constituirme en el socio más antiguo. No había perdido el día, después de todo.
La vida continuaba casi exactamente igual que de costumbre. Mi hijo menor había regresado a casa por una temporada. Yo había esperado su retorno con gran emoción; pero en cierto modo el Ejército había roto los lazos entre nosotros. Ni cuando yo tenía tiempo, nunca hallábamos muchos temas de conversación. 
Se me figura que sentimos una especie de alivio cuando se fue a ocupar un empleo en Nueva York; en todo caso yo estaba muy atareado despejando las consecuencias de una camorra en que se había metido el hijo mayor. Mi hija estaba encinta de nuevo, y su marido daba pruebas de una incapacidad total por colaborar conmigo. No me quedaba mucho tiempo para pensar en el pequeño Jimmy. Liza no me había preguntado detalles del viaje, y era una suerte, porque así nada me impedía olvidarlo en buena parte.
De vez en cuando escribía a mi madre, ahora. Sus cartas se hicieron más largas, y a veces aparecía en ellas el nombre de Jimmy, junto con unos consejos sobre el negocio de los transportes. La mayor parte eran perfectamente inútiles, por supuesto; pero vi que sabía mucho más de negocios de lo que yo me figuraba. Lo cual me daba motivo para volverle a escribir.
Durante un tiempo pagué unos crecidos honorarios a un psiquiatra; pero en general se limitó a confirmar las conclusiones que yo mismo había sacado. Y como las otras tonterías que quería meterme en la mollera no me interesaban, al cabo de un tiempo dejé de consultarle.
Luego me olvidé por completo de esta cuestión. Fue cuando la New Mode Roofing and Asphalt lanzó el primer globo sonda sugiriendo una fusión. Yo había echado la semilla de esta idea durante meses; pero el conseguir que se hiciera de modo que la dirección quedara en mis manos resultó un problema espinoso. Finalmente tuve que ceder en parte, aviniéndome a trasladar la sede general a Akron, cortando, de la noche a la mañana, nuestras raíces de donde las habíamos clavado y aposentándonos de nuevo. 
Liza me armó una escena tremenda, y nuestra hija se negó lisa y llanamente a trasladarse. Hete ahí que cuando el negocio de los transportes empezaba a dejar ganancias, tuve que resignarme a entregárselo por entero a mi yerno. Aunque la separación se nos iba echando encima ya desde que él se negó a despedir a mi hijo mayor de la tarea de conducir un camión con remolque.
Quizá diera lo mismo. Al chico parecía gustarle el cambio. Estaríamos en Akron, nadie sabría nada de lo sucedido, y él saldría mejor librado que cuando rondaba con alguno de los amigos que tenía antes. Pensaba escribir a mamá sobre este asunto, puesto que una vez me lo sugirió, y yo hasta sospechaba que ella tuvo algo que ver. Pero el traslado acaparó toda mi atención. Luego hubo el problema de organizar la nueva empresa.
Decidí visitar a mi madre en lugar de escribirle. Esta vez no me dejaría engañar por aquella alucinación. El nuevo psiquiatra me lo aseguró, y me aconsejó que fuera. Yo había señalado ya en mi calendario la fecha del mes próximo para la visita.
El proyecto no pudo llegar a buen fin. El doctor Mattews me telefoneó a las dos de la madrugada, después de haber perdido dos días averiguando mi paradero a través de amigos y conocidos. Naturalmente, a nadie se le ocurrió buscar mi nombre en una guía comercial.
Mamá tenía pulmonía y la prognosis era desfavorable.
—A su edad, estas cosas son serias —dijo. Y esta vez no daba un tono profesional a la voz—. Será mejor que vengas tan pronto como puedas. Ella ha preguntado por ti varias veces.
—Contrato un avión al momento —respondí. Esto desataría el infierno en la reunión que teníamos convocada para discutir el asunto de las acciones; pero, evidentemente, yo no podía dejar de acudir al lado de mi madre. Casi me había convencido, días atrás, de que la buena mujer continuaría en pie veinte años más. Y ahora—... ¿Cómo ha sido?
—Fue la tormenta de la semana pasada. ¡Salió con los chanclos y un paraguas, en medio de la tormenta, para recoger a Jimmy en el colegio! Se mojó hasta los huesos. Cuando llegué a su casa ya tenía fiebre. Lo he probado todo; pero...
Colgué el aparato sintiendo náuseas. ¡El pequeño Jimmy! Por un minuto deseé que fuera bastante real para poderlo estrangular.
Llamé a la puerta de Liza y le encargué que contratase el avión mientras yo hacía el equipaje y despertaba a mi secretaria por el otro teléfono. Liza me llevó al aeropuerto, donde el aeroplano se estaba calentando mientras esperaba. Me volvía para decir adiós a mi esposa y me encontré con que estaba sacando otra bolsa del portamaletas.
—Te acompaño —anunció llanamente. Inicié una discusión, vi la cara que ponía, y lo dejé.
Unos minutos después, despegábamos.
La mayor parte de nuestros familiares estaban allí ya, rondando por las cercanías del dormitorio recién decorado donde mi madre yacía bajo una tienda de oxígeno; puñados de familiares grandes y pequeños ocupaban todas las habitaciones del segundo piso, fijas las miradas en la cerrada puerta y hablando y discutiendo con los ásperos susurros que la gente emplea en el escenario de la muerte.
Matthews les indicó, con el ademán, que se retiraran y se acercó a mí inmediatamente.
—Me temo que no hay esperanza, Andrew —dijo, con lágrimas en los ojos.
—¿No podemos hacer nada? —preguntó Liza, cuya voz descendió, adoptando el murmullo áspero de las otras—. ¿Nada en absoluto, doctor?
Matthews meneó la cabeza.
—He hablado ya con los mejores colegas de la región. Lo hemos intentado todo. Hasta las plegarias.
Desde un costado del vestíbulo, Agnes emitió un bufido sonoro. Al parecer su ateísmo militante no se dejaba domesticar por nada. No importaba. La casa estaba invadida por la muerte; su presencia era tan clara que se olía. A mí siempre me ha fastidiado el derroche y la banalidad de la muerte. Pero ahora aquello me afectaba personalmente, y era peor. Detrás de aquella puerta cerrada yacía mi madre, moribunda, y no podía hacer nada por socorrerla.
—¿Puedo entrar? —pregunté, contra mi deseo.
Matthews hizo un gesto de asentimiento.
—Ahora ya no puede perjudicarla. Y ella quería verte.
Entré detrás del médico, con los ojos de los demás clavados en mi espalda. Matthews hizo una seña a la enfermera para que saliese y se acercó a la ventanilla. El sonido de asfixia que producía su garganta dominaba el leve silbido del oxígeno. Yo vacilé; después me acerqué a la cama.
Mamá estaba tendida en ella, y tenía los ojos abiertos. Los dirigió hacia mí; pero no se notó que me reconociera. Sus delgadas manos tiraban de la transparente tienda que la cubría. Yo miré a Matthews, quien movió la cabeza lentamente en signo afirmativo.
—Ahora ya no importará.
El médico me ayudó a apartar la tienda. La mano de mi madre tentaba el aire, mientras el ruido sibilante de su respiración aumentaba de volumen. Probé de seguir la dirección de su dedo al señalar. Pero fue Matthews quien cogió un retrato pequeño de un muchachito y se lo puso en las manos. Ella se lo acercó al pecho.
—¡Mamá! —El grito me salió más fuerte de lo que me proponía—. ¡Soy Andy! ¡Estoy aquí!
Volvió los ojos de nuevo y movió los apergaminados labios.
—¿Andrew? —preguntó con voz débil. Luego pasó brevemente por su rostro la sombra de una sonrisa. Meneó un poquitín la cabeza—. ¡Jimmy! ¡Jimmy! —Sus manos levantaron el retrato hasta que pudo verlo—. ¡Jimmy! —repitió.
De abajo subió el sonido de una puerta cerrándose dulcemente, y unas pisadas cruzaron el suelo del piso. Luego emprendieron las escaleras, de dos en dos; pero ahora las pisadas eran rápidas, sin necesidad de la baranda. Cruzaron el rellano. La puerta continuó cerrada, pero se oyó el ruidito de una empuñadura al girar. Unas pisadas jóvenes cruzaron la alfombra, invisibles; era un sonido que parecía reducir al silencio a todos los demás. Las pisadas llegaron a la cama y se detuvieron.
Mamá volvió los ojos en aquella dirección, y la sonrisa se encendió de nuevo. Una mano se levantó. Luego mi madre se echó atrás y dejó de respirar.
El silencio quedó interrumpido nuevamente por el ruido de unos pies..., unos pies más pesados, más seguros, que pareció se plantaban en el suelo bajando de la cama. Sonaron dos series de pisadas. Unas podían ser las de un muchachito. Las otras eran unos sones rápidos, secos que sólo puede producir una mujer joven que se apresura con su primogénito al lado. Las pisadas cruzaron la habitación.
Esta vez no hubo ningún titubeo ante la puerta, ni ruido alguno de que ésta se abriera o cerrara. Las pisadas continuaron por el rellano y las escaleras. Mientras Matthews y yo seguíamos hacia el vestíbulo, las pisadas parecieron acelerarse en dirección a la puerta trasera. Ahora, por fin, se percibió el ruidito suave, pausado de una puerta al cerrarse, y luego el silencio.
Yo miré atrás bruscamente y vi los ojos de todos los demás fijos en la puerta trasera, mientras las estiradas faces revelaban unas emociones de las que nunca había sido testigo. Agnes se levantó despacio, con los ojos hacia lo alto. Sus delgados labios se abrieron, vacilaron y se cerraron en una línea tensa. Volvió a sentarse como una mujer–palo que se plegase, dirigiendo una mirada a su alrededor para ver si los otros se habían fijado.
Su hija subía del piso inferior, corriendo escaleras arriba.
—¡Mamá! ¡Mamá!, ¿quién era el niño que he oído pasar?
Yo no esperé la respuesta, ni las palabras roncas con que Matthews confirmó la noticia del fallecimiento de mi madre. Yo había vuelto al lado del pobre cuerpo anciano, y le quité el retrato de las cerradas manos.
Liza me había seguido; su faz empezaba apenas a recobrar el color.
—Espectros —dijo con voz trastornada. Luego movió la cabeza y su acento se dulcificó—. Era tu madre y una hija que ha venido del otro mundo, a buscarla. Yo siempre pensé...
—No —le dije—. No es una de aquellas hermanas mías que murieron demasiado jóvenes. No es tan sencillo, Liza. No es tan cómodo. Era un niño. Un niño que tuvo el sarampión a los seis años, que subía los escalones de dos en dos..., un niño llamado Jimmy...
Ella me miró fijamente, con expresión dubitativa; luego bajó los ojos hacia el retrato que yo tenía en la mano..., un retrato de mí mismo a los seis años.
—Pero tú... —empezó. En seguida se volvió, sin terminar, mientras los otros empezaban a entrar desordenadamente en la habitación. Tuvimos que quedarnos para la ceremonia, naturalmente, aunque me figuro que mi madre no me necesitaba en el funeral. Ya tenía a su Jimmy.
Mamá quiso que yo me llamase James, en honor a su padre; pero papá se empeñó en que me llamara Andrew, en honor al suyo. Venció papá, y me pusieron Andrew en primer lugar. Pero hasta que cumplí los diez años, mamá siempre me llamó Jimmy. Jimmy, Andy, Andrew, A. J. Recordé que, según las antiguas creencias, el nombre de un hombre formaba parte de su alma.
De todos modos, aquello no tenía sentido, por mucho que quisiera analizarlo. Probé de discutirlo con Matthews; pero el médico no quiso hacer ningún comentario. Lo intenté también con Liza cuando estábamos en el aeroplano, de regreso.
—Creo en el espíritu de mi madre —terminé diciendo. Lo había pasado y repasado todo tantas veces por mi mente, que había acabado aceptando el hecho—. Pero ¿quién era Jimmy? Todos le oímos, hasta la hija de Agnes le oyó desde abajo. De manera que no se trató de una ilusión de los sentidos. Pero no puede ser un fantasma. ¡Un fantasma es un espíritu que ha retornado, el alma de un hombre que falleció!
—¿Y bien...? —preguntó Liza fríamente. Yo aguardé, pero ella continuó mirando por la ventanilla del aeroplano, sin pronunciar ni una palabra más.
Antes solía pensar yo que el conocer un fantasma había de infundirle seguridad a un hombre. Ahora no lo sé. Si al menos pudiera explicarme lo del pequeño Jimmy...

Mejor Manolo - Elvira Lindo


UN SECUNDARIO DE LUJO

             No sé si te acuerdas de que siempre empiezo todas las historias desde el principio de los tiempos. El principio de los tiempos de la vida actual en casa de los G. M. fue la llegada a este planeta de (la) Chirli. Pero antes de que naciera hubo un embarazo. Creo que no es necesario explicar en este capítulo cómo es la reproducción humana porque, personalmente, este tema me sale ya por las orejas: todos los años lo damos en Conocimiento del Medio, así que te puedo decir que la teoría la domino. Al principio tenía su interés, y nos reíamos bastante cuando salía en el libro la palabra «vulva» o la palabra «testículo» y ya no te digo si aparecía la palabra «pene», pero te puedo asegurar que después de cuatro año de venga con lo mismo hemos perdido la ilusión en esos temas.

            Yihad, el chulo de mi barrio, le preguntó el otro día a mi sita Asunción:

            Sita, ¿cuándo nos llegará el momento de la práctica?

            Yo casi me caigo al suelo de la risa. Casi siempre le río las gracias a Yihad sólo para que no me rompa las gafas, pero hay que reconocer que esta vez el tío estuvo sembrao. Lo increíble es que la sita me echó a mí de clase, y cuando luego le pregunté a la salida por qué me castigaba a mí y no al autor de los hechos, mi sita me dijo que porque Yihad era un niño que ya no tenía remedio y, en cambio, yo aún tenía salvación. Me fui casi flotando a casa porque es la primera vez que la sita me dice algo positivo. Para que veas con que poco me conformo.

            Pues eso, que el principio de los tiempos de esta historia es el embarazo de una madre, la mía.

           El Imbécil es un niño imprevisible. Eso lo dice la Luisa. Siempre dice que el Imbécil es un niño imprevisible. Y yo lo repito:

             1. Porque es verdad.

          2. Porque, como ya dije en el capítulo anterior, las palabras no pertenecen a nadie. Y aunque ésta es una palabra que a mí no se me ocurriría pronunciar nunca delante de mis amigos, la uso porque es verdad, porque el Imbécil es un niño imprevisible.

             Resulta que hace tres años mi madre se pasó no sé cuántos días dándole vueltas a cómo decirle al Imbécil que dentro de nueve meses íbamos a tener un hermano o, en su defecto, hermana. Decía mi madre que el pobre se iba a deprimir bastante porque era la peor noticia que podía recibir un niño que desde que nació había sido el mimadito de la sociedad. A mi madre se la notan las preferencias a distancia: no te creas que se preocupaba por mí, qué va, sólo se preocupaba por su Imbécil. Pero no me importa, ya tengo callo.

            Por resumirte la vida del Imbécil hasta ese momento te diré que es un niño que había tenido suerte desde la cuna. Todo el mundo siempre había estado pendiente de él, adorándole, sobre todo mi madre, que babeaba. Y todavía babea, aunque ahora un tanto por ciento de sus babas, pongamos un treinta por ciento, son para la Chirli. Y a mí siempre que me den morcillas porque desde que nació el Imbécil tengo mucha fama de ser un celoso que siempre está comparándose con el hermano pequeño. Y es verdad, desde que tengo memoria comparo lo que se gastan en el cumpleaños del Imbécil con lo que se gastan en el mío. Conozco los precios de los mercados. Y que me caiga ahora mismo muerto si no es verdad que se gastan en sus regalos por lo menos uno o dos euros más. Y eso a mí me hace bastante daño.

            Pero mi depresión a mi madre no la importaba, a ella sólo la importaba la depresión que iba va a pillar el Imbécil cuando le llegara el hermano o, en su defecto, hermana, y tuviera que abandonar la habitación de mis padres, que ya iba siendo hora, por cierto, porque cuando nació Chirli el Imbécil era un niño de casi cinco años al que se le salían las patas por los barrotes de la cuna, y no me digas a mí que esto es normal. Entrabas por la noche y te encontrabas con esa visión estremecedora: una cuna pegada a la cama de unos padres y en esa cuna un niñorro gigante con los pies fuera de los barrotes.

            Me acuerdo de que una noche tuve una pesadilla que nunca olvidaré: soñé que el Imbécil se había hecho mayor y los pies ya le tocaban el suelo y tenía las piernas llenas de pelos. Me desperté sudando, como en las películas, y como no se me quitaba esa terrible visión de la mente cerebral me armé de valor y fui a la habitación de mis padres. A oscuras y aún temblando puse las manos hacia delante, como hacen los sonámbulos, y al tocar unos pies enormes de los que salían unas piernas peludas me puse a gritar y también se puso a gritar un hombre al superunísono. Pensé, Dios mío, el tiempo se me ha pasado sin sentir… Pero entonces alguien dio la luz y allí estaba mi padre, tumbado, con la mano en el corazón, y dijo jadeando, como cuando en las películas la gente pronuncia sus últimas palabras: «Para una vez que me quedo en casa entre semana.»

            Yo me eché a llorar, porque matar a un padre de un susto es algo de lo que te vas a arrepentir siempre y porque es lo que suelo hacer cuando siento que las collejas sobrevuelan mi cabeza. Y entonces dije, he tenido una pesadilla. Y mi padre dijo, anda ven. Y me hizo un sitio a su lado y me pasó el brazo por el hombro y entonces escuché su corazón, bum bum bum, y a punto estaba de quedarme dormido cuando el Imbécil, que por aquellos días aún tenía el sistema de balancearse sobre su barriga en la baranda de la cuna para dejarse caer en la cama de mis padres, cayó sobre mí con todos sus kilos de niñorro gigantesco, y entonces mi corazón sonó, bum bum bum, pero eso a mis padres no les despertó porque ya tenían asumido que el Imbécil les caía encima a media noche y no se asustaban, igual que uno no se asusta ni se despierta cuando pasa el camión de la basura.

          Lo que te estaba diciendo: que mi madre se pasó todas aquellas Navidades hablando en plan secretillos con la Luisa y con mi padre, supermisteriosa todo el tiempo, y yo estaba bastante mosqueado porque a mí la gente cuando se pone a decirse cosas al oído para que yo no las oiga es que me cae fatal aunque sean de mi familia. Pero resultó que un día histórico, la víspera de Reyes, mi madre le dijo a mi abuelo que, por favor, que se bajara al Imbécil a la Cabalgata de Carabanchel, y ya me estaba poniendo yo la chupa para irme con ellos, cuando suelta mi madre: «No, Manolito, tú espérate un momento conmigo y luego les alcanzamos.» Yo ya tenía la boca abierta para protestar. Bueno, «en honor a la verdad», como dice mi padrino Bernabé, yo siempre tengo la boca abierta porque como las gafas se me van escurriendo hasta la mitad de la nariz no respiro bien y tengo que llevar la boca abierta todo el tiempo para no morir ahogado. Pero vamos, que en este caso tenía además la boca abierta para decirle a mi madre que también quería ver la Cabalgata desde el principio (de los tiempos) y en esto que fue mi madre y me guiñó un ojo mirando al Imbécil. «En honor a la verdad» la intriga me carcomía.

            El Imbécil y mi abuelo tardaron mucho en irse porque el Imbécil no encontraba su chupete cochambroso, uno que tenía desde que nació y que mi madre hervía cada dos por tres porque al Imbécil se le había caído al váter o a la calle o al cubo de la basura pero que era preferible hervirlo a soportar sus aullidos de desesperación.

            Además, luego, me acuerdo de que también estuvo buscando la Barbie Corazón que era su preferida y estaba empeñado en subirse esa Barbie a sus hombros y enseñarle la Cabalgata, porque en aquellos tiempos el Imbécil era un niño que creía que las Barbies eran gente humana y tenían sentimientos. Para colmo, mi madre se pasó media hora abrigándolo, que yo creo que lo raro es que hayamos sobrevivido a sus abrigamientos, porque entonces nos ponía la bufanda apretada hasta los ojos, como si fuera un torniquete. Hubo veces que yo vi al Imbécil rojo y era porque no le estaba llegando el oxígeno a su cerebro. Mi madre le anudaba la bufanda tan fuerte que los mocos del Imbécil se iban desparramando por la bufanda y ahí se le quedan secos como el superglú. Había veces, y que me caiga muerto ahora mismo si miento, que llegábamos a casa por la noche y la bufanda se le había quedado pegada y había que pegarle un tirón mortal. Igual que cuando la Luisa se hace la cera en el bigote, que yo la he visto.

            Yo ya no podía más de la intriga. Incluso me había empezado a arrancar la ceja derecha, que es lo que hago cuando estoy atacado de los nervios. Por fin, mi abuelo y el Imbécil se fueron después de que mi madre le diera al Imbécil cien mil besos, que parecía que en vez de a la Cabalgata se iba a un Erasmus, y entonces yo y mi madre nos quedamos solos bastante frente a frente. La tensión se mascaba en el ambiente. Y fue entonces cuando mi madre se sentó en el taburete del mueble-bar, que parece que la estoy viendo ahora mismo, y dijo:

            —A lo mejor tenemos un hermanito. O hermanita.

            Y yo me quedé, te lo juro, tan petrificado que podrían haber venido a estudiarme a Carabanchel antropólogos de todo el mundo. Era lo que menos me esperaba en la vida: un hermanito. Y entonces mi madre dijo que ella tampoco se lo esperaba y que había sido una sorpresa bastante sorprendente, que al principio le había sentado como un tiro, pero que al final estaba segura de que todos íbamos a ser muy felices porque un niño recién nacido, decía mi madre, traía mucha alegría a las familias, aunque las familias no quisieran al principio a ese recién nacido ni por asomo, pero como ese recién nacido luego tenía una gracia que te morías, esas mismas familias, que al principio es que no querían ni verlo, lo pasaban de muerte en el futuro riéndose a mandíbula batiente con las gracias del recién nacido ese.

            Yo ya me conocía el tema. Mi madre me lo había vendido de la misma manera cuando el Imbécil estaba a punto de llegar a este mundo y yo me lo había creído porque entonces era un niño de la infancia y no sabía nada de la vida pero ahora estaba lleno de experiencia y ya no me podían engañar.

            De todas formas, ya te digo, mi madre no estaba preocupada por mí, sino por su ojito derecho. A ella la preocupaba cómo se lo iba a tomar el Imbécil y lo que de verdad quería era que yo le dijera al Imbécil que tener un hermanito (o en su defecto, hermanita) era algo que todos los niños deberían estar deseando. Las madres son muy liantas. Y la mía, la más lianta de todas. Quería que colaborara con ella en el mayor engaño de la historia.

            Total, que al día siguiente fue Reyes y al día siguiente el día de después de Reyes (claro) y luego empezamos otra vez el colegio y la vida volvió a ser un rollo (repollo). Y todo ese tiempo estuvimos sin decirle nada al Imbécil porque mi madre decía que no encontraba el momento. Pero di que un sábado estábamos viendo en la tele Batman. El Caballero Oscuro, que es la película favorita del Imbécil, porque es un niño que ama la violencia en el cine, y en esto que llegan los anuncios y sale un anuncio de Iberia en el que se veía un cielo plagado de bebés voladores de todas las razas del mundo. Bebés blancos, chinos, negros, indios y a lunares. Y entonces mi madre va y con toda la intención le pregunta al Imbécil:

            —¿No te gustaría tener uno de esos bebés, cariño?

            —Sí, uno. El nene quiere uno.

            —¿Quieres que te lo traiga mamá?

            —Quiero el chino.

            —¿Y si te traigo uno que no sea chino? Mira ése qué bonito es el que no es chino, el blanquito —dijo mi madre señalándoselo—, también es muy gracioso.

            —No, el nene quiere el chino volador. Si no es chino el nene no lo quiere.

            Nos quedamos todos pensativos porque el Imbécil siempre fue un niño de ideas fijas y además tiene una memoria de elefante y como nos avisara de que lo quería chino estábamos seguros de que iba a montar un pollo en el mismo hospital cuando viera que a mis padres los niños no les salen chinos, les salen como nosotros.

            Te parecerá que en mi familia somos idiotas pero nadie se atrevió a decirle al Imbécil que el hermanito o, en su defecto, hermanita, nunca sería chino, y a partir de aquel momento bastante histórico todos hablamos de la llegada del chino, del nacimiento del chino, de cómo se iba a llamar el chino. Te decía al principio que el Imbécil es imprevisible porque en vez de pillarse la típica depresión preparto cada vez que le nombrábamos al chino el tío se partía de risa y preguntaba todo el tiempo, cuando llegábamos del colegio, que si el chino había llegado ya por fin. «Está impaciente —decía mi madre—, se muere de ganas de tener a su hermanito.» Y el Imbécil la corregía sacándose el chupete de la boca y levantándolo hacia arriba, como hacía cuando iba a decirnos algo bastante fundamental:

            —El nene tiene ganas de tener al chino.

            Porque la idea que tenía el Imbécil de un hermanito era bastante rara, la verdad. Un día que oyó a mi madre que hablaba de que había que ir pensando en arreglar el cuarto y comprarnos de una vez por todas unas literas a mí y al Imbécil, el Imbécil salió de casa como loco sin que pudiéramos detenerlo. De pronto oímos los ladridos de la Boni, la perra de la Luisa, en la escalera, y era que el Imbécil le había arrebatado su cojincillo de la Boni y subía con él, y la Boni venía detrás mordiéndole los zapatos. Pero el Imbécil ni caso porque a él nunca le han dado miedo ni las personas ni los animales.

            —Aquí dormirá el chino —dijo poniendo el cojincillo al lado del mueble-bar.

            También otro día subió la Luisa diciendo que le había desaparecido el cacharro del pienso de la Boni y lo encontramos en el mismo sitio, detrás del mueble-bar. El Imbécil se creía que al chino lo íbamos a criar por los suelos, que ningún bebé volador se atrevería a expulsarle de su cuna en el cuarto de mis padres, y que seguiría ahí hasta que le salieran las famosas dos patas peludas por los barrotes de la cama, como si fuera Gulliver en la cárcel de los liliputienses. Tampoco se imaginaba que habría otro niño sentado en una trona como la que él tenía para comer, desde la que nos mandaba como un dictador y nos tiraba garbanzos a propulsión con la cuchara como nos atreviéramos a desobedecer sus órdenes.

            El Imbécil, en su imaginación calenturienta, se creía que al chino habría que bajarlo al parque como a la Boni para que hiciera sus cosas y que le podríamos llevar con correa. También le robó la correa a la Boni porque al Imbécil lo que más ilusión le hacía de tener un chino volador era poder llevarlo con correa y sacarlo a pasear al Parque del Ahorcado.

            Un día que fuimos con mi madre al ambulatorio para ver si el famoso chino seguía engordando en su barriga, una señora, que era como todas las señoras que están en una sala de espera, una cotilla, le preguntó al Imbécil si estaba contento porque iba a tener un hermanito nuevo. Y el Imbécil le contestó que no, que no, que él no iba a tener un hermanito, que iba a tener un chino volador, y que mi madre lo llevaba en la barriga porque que era un chino bueno y no mordía y que a veces se notaba que estaba vivo porque movía el rabo. Y el Imbécil agarró a la señora la mano y se la puso encima de la barriga de mi madre y gritó:

            —¡Ahora, ahora está moviendo el rabo el chino!

            Y la señora se pegó un susto, apartó la mano de golpe y nos miró raro. Y mi madre se quedó sonriéndola como sin saber qué decir. Yo la dije a mi madre que alguna vez tendríamos que decirle al Imbécil algo de la verdad de la vida y de lo que le esperaba. Y mi madre me dijo, ya llegará el momento, que no quiero líos antes de tiempo. Y yo le dije que el Imbécil en realidad lo que quería tener era un perro, y mi madre dijo: «¡No me calientes la cabeza, Manolito, que siempre vas a ponerme la cabeza como una olla a presión!» Y yo dije que vale, que bueno, pero que el que avisa no es traidor. Y mi abuelo me hizo una seña para que me callara porque tenía la teoría de que a las madres embarazadas no se las puede llevar la contraria y menos a la mía, que no se la puede llevar la contraria nunca.

            Luego entramos con mi madre a la consulta porque mi madre decía que así íbamos comprendiendo cosas del misterio de la vida. Vimos al chino en la pantalla, escuchamos su corazón palpitante y luego el médico nos enseñó la foto que estaba bastante oscura. El Imbécil señaló entonces una mancha y dijo: «Aquí está el rabo», y el médico se mosqueó porque hacía un momento que le había dicho a mi madre que todavía no se veía si era niño o niña y los médicos de siempre han querido saber más que nadie. Total que nos echó de su despacho. Ya en la sala de espera el Imbécil me dijo: aquí no dejarán pasar al chino, pero el nene se quedará con el chino en el parque paseando.

            Siempre fue un niño bastante cabezota y cuando se le mete algo en la cabeza, no le digas lo contrario que te la monta. Yo pensé que el día en que naciera el chino y él viera cómo era dicho chino los aullidos del Imbécil se oirían hasta en Carabanchel Bajo. Pero, de momento, igual tenía razón mi madre y era mejor no contarle la verdad cruda, porque, conociendo como conocemos al Imbécil, ¿quién se atrevía? ¿te hubieras atrevido tú?

           El día del nacimiento, al que llamaremos día FD (Fatal Desenlace), llegó, y, si quieres que te diga la verdad, a esas alturas yo también me esperaba algo parecido a un perrito pequinés, raza originaria del gigante asiático, o una especie de centauro, mitad perro mitad bebé de Iberia. No es que hubiera perdido la cabeza, pero las ideas del Imbécil siempre han sido altamente contagiosas. Soñé varias veces con el bebé pequinés. Me lo imaginaba como uno de los bebés voladores del anuncio, soñaba que lo sacábamos con la correa al Parque del Ahorcado y era maravilloso porque flotaba y era como si lleváramos un globo enorme y todo el mundo nos envidiaba esa mascota que nuestra madre nos había traído al mundo.

             Recuerdo, como si lo estuviera viviendo ahora mismo, que el día FD volvimos del colegio y nos encontramos con que sólo estaba mi abuelo en casa y nos dijo que dejáramos la cartera porque nos íbamos al hospital. Acto seguido, el Imbécil se subió al sofá y empezó a dar saltos de alegría incontenible, y yo pensaba, pobrecillo, vaya chasco que se va a llevar en breves instantes. Nunca me había sentido tan superidentificado con él. Eso es lo que tiene ser un niño con experiencia de la vida, que ya lo has vivido todo en tus propias carnes y ya casi nada te impresiona. En aquellos días yo tenía en la cabeza hacerme un poco millonario con un libro de auto-ayuda para niños de cinco años que iban a tener un hermano. Me parecía algo que los mercados estaban pidiendo a gritos. Estaba seguro de que sería un bombazo y pagaríamos la hipoteca del camión, compraríamos las literas, podríamos construir el adosado de nuestros sueños, y mis padres se arrepentirían de haber tenido tan poca confianza en mi gran talento. Y todo esto sin tener que ir a un colegio de élite. Lo que más me gustaba de mi sueño es que mis padres sufrieran un poco por el poco caso que me habían hecho desde que el Imbécil nació para arrebatarme el protagonismo. Pero mi abuelo me quitó la idea de la cabeza, porque me dijo, y ahí tuve que darle la razón, que era muy difícil que tuviera éxito de crítica y público un libro destinado a niños de cinco años dado que a esa edad los niños son (prácticamente) analfabetos y que entonces el libro tendrían que leérselo sus madres y ellas se negarían dado que ellas siempre se ponen de parte del más pequeño. No me importó porque a mí se me ocurren ideas para best sellers prácticamente todos los días. Pero con la vida que llevo, el colegio y tal, te juro que no tengo tiempo. Está claro que si quieres ser escritor no puedes trabajar.

           Cuando llegamos al hospital ya estaba todo el mundo allí. Cuando digo todo el mundo me refiero lo que viene siendo todo el mundo en estos casos: mi padrino Bernabé, la Luisa y mi padre. Estaban al fondo del pasillo verde y olía como huelen los hospitales: a desinfectante, a sopa de fideos y a gasa. De pronto, me pareció tener un «ya lo vi», como dice la Luisa. Un «ya lo vi» consiste en estar viviendo algo que te parece que ya has vivido o en años pasados o en anteriores reencarnaciones.

            Era la misma imagen que tuve ante mis gafas cinco años atrás, cuando yo era ese niño inocente que iba de la mano de mi abuelo por el mismo pasillo y los mismos tres estaban esperando de pie, en la puerta de la habitación de mi madre. Ahora llevábamos de la mano al Imbécil, colgándose de nuestros brazos y dando saltos de alegría. Se supone que ésa era la última vez que hacíamos ese paseíllo porque mi padre había declarado unos días antes en la cocina que ésa era la última vez en su vida que iba a estar en aquel pasillo verde ya que él, dijo, no pensaba traer más García Morenos a este planeta. Yo le dije que no podía estar tan seguro porque los niños, siempre según mi madre, venían cuando menos se les esperaba. Y él me miró y dijo: «Te digo que yo he cortado el grifo.» Yo le miré sin entender. Y entonces él dijo: «¿Cuántos años dices que llevas dando la reproducción humana en el colegio?» Y mi abuelo le cortó diciendo: «Deja al angelico en paz, que entre su madre y tú le exigís que tenga más conocimiento del que le corresponde.» Dos años y medio más tarde creo que he entendido lo que significa cortar el grifo, pero no lo voy a contar aquí porque siempre cabe la posibilidad de que lo haya entendido al revés y no quiero pillarme las manos.

             Llegamos a la puerta de la habitación y todas las miradas se centraron en el Imbécil. Ya te digo, de mí pasaban bastante. Al lado de mi madre había la típica cuna que le ponen a cualquiera que nace. Todos rodeamos al Imbécil. Yo tenía celos y curiosidad, las dos cosas compitiendo en mi cerebro. Mi madre hizo una cosa que hacen todas las madres cuando quieren enseñar a su nuevo hijo y que yo no entiendo muy bien por qué: le quitó la sabanita que tapaba al bebé y lo dejó al descubierto para que lo viéramos entero. El Imbécil dijo:

            —Éste no es.

            Y mi madre le corrigió:

            —No es éste, cariño, es ésta. Es una niña.

            Entonces fui yo quien me acerqué a la cuna. Jamás había pensado que podía ser una niña. Cualquier otra cosa me hubiera impresionado menos, un bebé chino volador, un pequinés, un bebé mitad niño mitad perro, en fin, lo que se le suele pasar a uno por la cabeza si convive con el Imbécil, pero no podía pensar que fuera una niña. De pronto, la idea, no me preguntes por qué, me gustó un poco, pero lo oculté en solidaridad con mi hermano al que, por antigüedad, quería un noventa por ciento más que a la recién llegada. Yo, en eso, soy un cuadriculado. Y fue entonces cuando el Imbécil soltó aquella frase bastante histórica:

            —Ésta no es. Yo no la quiero.

            Se hizo un silencio bastante sepulcral. No sólo porque por primera vez mi hermano no se iba a salir con la suya, sino porque también por primera vez en su vida había hablado como todo el mundo habla, en primera persona.

            Hasta hacía tan sólo una hora, hasta que pisamos aquel pasillo verde, el Imbécil hablaba como los grandes artistas y como los políticos, como si fuera una autoridad dirigiéndose al pueblo, «el nene quiere un chino», «el nene tiene un pedo», «el nene no come verde», en fin, sus típicas declaraciones públicas. Pero fue ver a esa bebé a la que llamaron Catalina, como mi madre, aunque ya nadie se acuerde, y que más tarde sería conocida en todo Carabanchel Alto como (la) Chirli, y el Imbécil ya nunca volvió a ser el mismo. Ya nunca volvió a hablar de sí mismo como «el nene». A mi madre y a la Luisa les temblaron las barbillas. «Lo hemos perdido», pensaban con los ojos inundados en lágrimas. A mí también me pareció que, de pronto, el Imbécil se había hecho treinta años más viejo. El niño-anciano se metió las manos en los bolsillos y, después de decir otra vez «ésta no es, no la quiero», se dio media vuelta, y yo y mi abuelo tuvimos casi que echar a correr detrás de él porque ya estaba a punto de entrar en el ascensor.

            Mi abuelo dijo que nos invitaba a comer en Ching-Chong, el chino de mi barrio. Fue una comida superrara porque el Imbécil no se puso los palillos en la nariz como Fétido, que es una gracia que siempre hace y siempre es igual de graciosa, y estuvo toda la comida bastante silencioso, como si fuera un niño con una gran vida interior. Para colmo, en la galleta de la suerte le salió el siguiente mensaje: «Compartir te hará feliz.» No le debió de gustar porque se subió a una silla y tiró el mensaje a una pecera oceánica llena de peces mutantes. Uno de los peces mutantes se comió el papel. Me pareció bastante simbólico.

            El Imbécil se salió a la calle antes que nadie. Mientras mi abuelo pagaba la cuenta yo le vigilaba por la cristalera. Daba patadas a los chinorros que había en el suelo. Cuando yo salí, me dijo: «Bajamos el balón y tú me tiras y yo hago paradones.»

            Aquella tarde, con todo el mundo (mi padre, Bernabé y la Luisa) todavía en el hospital nos pudimos quedar en la calle hasta las nueve sin que nadie se preocupara por nuestras vidas. Al rato de llegar aparecieron Yihad y Melody Martínez. Ellos también querían tirar, así que nos fuimos turnando. Nunca en la vida en este planeta ha habido ni habrá un tío que haga los paradones que el Imbécil hizo esa tarde. Ni tan siquiera Iker Casillas hubiera podido superarlo. Estaba como furioso y como poseído y se lanzaba al suelo sin importarle su integridad física. Acabó con la cara roja y con unos mocos que le caían y que se limpiaba con la camiseta. No había habido manera de colarle una. Tuve que despegarle de la tierra para llevarle a casa porque si les hubiera dejado a él y a Yihad hubieran seguido hasta el día siguiente. Yihad porque no podía irse a su casa sin meter un gol y el Imbécil porque se había convertido en una máquina de parar.

            Por la escalera le empezó a salir sangre de la nariz y fue dejándolo todo perdido porque no sabíamos con qué limpiarle. Mi abuelo lo vio y se asustó y le mandó a la ducha. Después de eso, ya limpio aunque lleno de magulladuras y con su melena mojada y peinada para atrás, se sentó en el sofá a mi lado y se echó encima de mí, como cuando tenía tres años y no le daba vergüenza ser pequeño. Esa noche se vino a dormir conmigo y con mi abuelo, parecía que se daba cuenta de que ya sobraba en la habitación de mis padres, y es un niño bastante orgulloso. En mitad de la noche me despertó mi padre, que acababa de volver.

            —¿De qué es esa sangre que hay en toda la escalera? —me dijo.

            —De la nariz del Imbécil.

            —Ah, bueno —dijo mi padre.

            Ya puedes desangrarte vivo que, si es por la nariz, a un padre o a una madre les parece estupendo.

            Mi padre dijo: «¿Estás contento con tu hermana?» Y yo le dije que sí. Aunque todavía no podía saberlo. Cómo vas a estar contento con alguien que no conoces. Y mi padre me preguntó que qué tal mi hermano. Y le dije que ya estaba acostumbrando, aunque yo sabía que no era cierto, pero me dio un poco de rabia que todos estuvieran tan preocupados por él. Cuando se fue mi padre me quedé mirando al Imbécil. Había tanta luz por la farola y por la luna que veía su cara a la perfección. Tenía todavía el algodón en la nariz y dos arañazos en la cara. Era como uno de esos actores que sólo salen un rato pero que roban la película. De ser el protagonista había pasado a ser un secundario de lujo y a mí me entraron:

            a) Celos

            b) Pena

            Por ese orden.