Sermerssuaq tenía tanta fuerza que podía levantar un kayak con las puntas de tres dedos. Dándole apenas unos golpecitos en la cabeza con los puños, podía matar una foca. Era capaz de destrozarles las tripas a un zorro o a una liebre.
Una vez, le echó un pulso a Qasordlanguaq, otra mujer de armas tomar, y le ganó con tal facilidad que dijo:
—La pobre de Qasordlanguaq no habría podido ganarle un pulso ni a un piojo de su propia cabeza.
A la mayor parte de los hombres, les ganaba y luego les decía:
—¿Dónde os habíais metido cuando se repartieron los testículos?
A veces, Sermerssuaq enseñaba su clítoris muy orgullosa. Era tan grande que la piel de un zorro no llegaba a cubrirlo del todo. ¡Ajá, que también era madre de nueve niños!
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Sermerssuaq - Inuit
El Lago robado
Tan preocupado se encontraba con su problema que el asunto llamó la atención de su madre adoptiva, una anciana hechicera que, al verlo mesarse los cabellos desesperadamente, lo indujo a desahogarse, y le sugirió que aguardara hasta el día siguiente, a ver si ella podía ayudarlo.
La cabaña de esta última se hallaba sólidamente emplazada en la cima de un risco que dominaba un hermoso lago, frente al cual ambas mujeres se sentaron a disfrutar de su charla.
Sin embargo, la artera bruja, tomando sus precauciones, musitó entre dientes, sin que su amiga la oyera: «Sí, pero después de la próxima eternidad», una fórmula que le aseguraba la impunidad para el caso de que no quisiera devolverlo jamás.
Demás está decir la alegría del muchacho cuando despertó, esa noche, por el ruido de mil cascadas que parecían verterse repentinamente frente a sus ventanas.
Hasta una bruja paciente y sabia puede perder la paciencia, y esta voló presurosamente a la casa de su engañosa colega y, ante la fingida amabilidad con que fue recibida, la increpó con dureza:
Así que no le quedó más remedio que volverse a su condado de Connaught, masticando su rabia, y conformarse con mirar la barrosa hondonada en que se había convertido su hermoso lago. Y la presencia del Lough Derravaragh en las verdes planicies del Westmeath se convirtió en una incorporación definitiva.
El Velo Negro - Charles Dickens ya corregido
Primero pensó en la fuerza con que soplaba el viento y hasta qué punto la lluvia aguda y helada le estaría golpeando la cara si no se hallase cómodamente instalado en su hogar. Luego, su mente enfocó el tema de la visita que anualmente realizaba, en Navidad, a su ciudad natal y a sus amigos más allegados; consideró cuánto les hubiera gustado a todos verlo y cuán feliz habría sido Rosa si le hubiese podido decir que al fin había encontrado un cliente y que esperaba tener otros, y, además, que regresaría al cabo de poco tiempo para casarse con ella y llevarla a casa, donde le alegraría sus solitarias veladas junto al fuego y le estimularía para realizar nuevos esfuerzos.
Empezó a reflexionar sobre cuándo aparecería su primer cliente o si estaba destinado, por especial voluntad de la Providencia, a no tener ninguno; después volvió a pensar en Rosa y se quedó dormido. En sueños oyó su voz dulce y alegre y sintió que una mano suave y menuda se posaba sobre su hombro…
Su visitante, después de haberle dado la dirección de un oscuro lugar de Walworth, abandonó la casa de la misma manera misteriosa que había entrado.
Esa mujer, en cambio, hablaba de otra persona —un hombre— y era imposible suponer que una simple quimera o espejismo de la fantasía pudiera inducirla a hablar de la inminente desaparición de aquel con una certidumbre tan terrible. ¿No sería que el hombre corría el peligro de ser asesinado a la mañana siguiente, y que la mujer, cómplice al principio y obligada a guardar secreto bajo juramento, hubiese cedido y, aunque incapaz de evitar la perpetración de algún ultraje a la víctima, hubiese resuelto evitar su muerte, si es que ello era posible, mediante la oportuna intervención del auxilio médico?
La idea de que tales cosas sucediesen a menos de dos millas de la metrópoli se le presentó como descabellada y absurda, y la desechó al instante. Luego volvió a su primera idea, es decir, que la mente de aquella mujer estaba desequilibrada, y como este era el único modo de explicar el caso con cierto grado de satisfacción, encaminó su ánimo a creer que estaba loca.
Ciertas dudas sobre este punto, sin embargo, acudieron de improviso a su pensamiento, una y otra vez, en el largo y sombrío curso de una noche de insomnio, durante la cual, a pesar de todos sus esfuerzos, le fue imposible borrar aquel velo negro de su agitada imaginación.
Muchas de las casas que han surgido desde entonces en sus aceras fueron edificadas algunos años después, y la gran mayoría, aun aquellas que se desparramaron por los alrededores, eran feas y miserables.
Un árbol achaparrado, un pozo de agua estancada, ligeramente agitada por la lluvia de la noche anterior, bordeaban ocasionalmente el sendero; y de vez en cuando un miserable jardín, con unas cuantas tablas viejas reunidas para formar una glorieta y una vieja barda mal remendada, con estacas robadas a los cercos vecinos, daban inmediato testimonio de la pobreza de los habitantes y de los pocos escrúpulos que experimentaban ante la propiedad ajena.
De vez en cuando, una mujer de aspecto miserable hacía su aparición en la puerta de una casa sucia, para vaciar el contenido de alguna olla en el arroyo de la acera de enfrente o para increpar a una muchacha calzada con chancletas que se tambaleaba a unos cuantos metros de la puerta, bajo el peso de un pálido infante casi tan grande como ella.
Pero poca cosa se agitaba en torno, y la perspectiva, en lo que de ella podía verse débilmente a través de la fría y húmeda niebla que caía pesadamente sobre el lugar, infundía una impresión de soledad y lobreguez que armonizaba completamente con los objetos que hemos descrito.
Era una construcción pequeña y baja, de un solo piso, con un exterior aún más desolado y poco prometedor que los que acababa de dejar atrás. Una vieja cortina amarilla cubría enteramente la ventana del piso alto y los postigos de la antesala estaban cerrados, pero sin cerrojo. La casa se hallaba alejada de todas las demás, y como se alzaba en la esquina de una callejuela, no había otra vivienda a la vista.
La situación aislada de los suburbios, cuando la fiebre de la edificación y el afán de mejoramiento aún no habían empezado a unirlos con el cuerpo principal de la ciudad y sus alrededores, hacía que muchos de ellos (y este en particular) fuesen el refugio de los peores y más perversos sujetos.
A la sazón, hasta las calles más alegres de Londres estaban mal alumbradas, y lugares como este quedaban completamente a merced de la luna y de las estrellas. Las probabilidades de descubrir sujetos peligrosos, o de rastrearlos hasta sus guaridas, quedaban reducidas, así, a un corto número, y naturalmente sus atentados aumentaron en audacia a medida que la experiencia diaria afianzaba en ellos la conciencia de una impunidad relativamente grande.
Además, debe recordarse que el joven había pasado algún tiempo en los hospitales públicos de la ciudad; y aunque ni Burke ni Bishop habían adquirido todavía su horrible notoriedad, la propia observación de los hechos les indicó seguramente con cuánta facilidad pudieron cometerse las atrocidades que, desde entonces, llevaron el nombre del primero.
Fuese por esto o bien por la reflexión, el caso es que él vaciló. Pero siendo, como era, un hombre animoso y de gran valor personal, su vacilación sólo duró unos instantes. Volviendo con rapidez sobre sus pasos, llamó suavemente a la puerta. Oyose un bisbiseo apagado, como si alguien, al final del pasillo, estuviese conversando cautelosamente con otra persona en el rellano de arriba.
Acercose luego el ruido de un par de pesadas botas sobre el piso, la cadena de la puerta fue apartada suavemente, abrióse esta y un hombre alto, de mala catadura, pelo negro y un rostro, como declaró después el médico, tan pálido y desencajado como el de cualquiera de los muertos que había visto, apareció en el umbral.
La ventana, que estaba rota y emparchada en muchas partes, parecía una pequeña parcela de terreno casi cubierta enteramente por el agua. En la casa reinaba un completo silencio. El joven médico se sentó junto a la chimenea, y esperó el resultado de su primera visita profesional.
El crujido de los peldaños, pocos segundos después, anunció que los recién llegados, habiendo terminado la tarea que fuese, salían de la casa. La puerta volvió a cerrarse y reinó de nuevo el más absoluto silencio.
La escasa luz, que penetrababa a través de la cortina que él había visto desde la calle, hacía que fuese más vago el contorno de la habitación y comunicaba a todos ellos tan informe tonalidad, que el joven no se dio cuenta de la verdadera naturaleza de lo que tenía ante sus ojos hasta que la mujer, frenéticamente, se le adelantó y se arrodilló junto al lecho.
El dolor y el llanto habían dejado sus huellas en aquel rostro mortalmente pálido, pero no lo habían marchitado del todo. Su boca estaba contraída nerviosamente y el intenso fulgor que brillaba en sus ojos indicaba muy a las claras que sus fuerzas físicas y mentales estaban casi desmoronándose bajo el peso de los sufrimientos.
La madre era una viuda sin amigos ni dinero que se había privado de lo más necesario para dárselo a su hijo enfermo. Y este muchacho, sin tener en cuenta los ruegos maternos e indiferente a los sufrimientos que ella había soportado por él —incesante ansiedad del espíritu y voluntaria extenuación del cuerpo—, se había precipitado a una existencia de disipación y de crimen. Y el resultado había sido este: su muerte a manos del verdugo y la vergüenza e incurable locura de su madre.
A la luz del recuerdo y conciencia que precedió a la muerte de esta criatura, pobre y sin amigos, surgió de sus labios una oración para el bienestar y protección de su médico, tan férvida como la que el mejor de los mortales pudiera haber elevado.
Juego del crepúsculo - August Derleth
Al anochecer quedaba una preciosa hora de juego antes de acostarse, y, como de costumbre, Donald entró corriendo en el parque, en el sector de los hoyos y montones de tierra donde la oscuridad escarnecía ya a los últimos vestigios de luz del sol.
—¡Halcón! —llamó en voz baja—. ¡Halcón!
Nadie le contestó. En el centro de un roble, una lechuza aullaba suavemente, con una voz débil y solitaria. Allá en los campos gorjeaban las alondras y los petirrojos; en las orillas del parque sollozaban tres palomas que estaban de luto. El chiquillo se sentó en el montículo del ave de tormenta y aguardó.
La noche iba entrando. Las largas sombras del parque se volvían más oscuras; casi le escondían. El canto de las alondras y el gorjeo de los petirrojos disminuían, y un chotacabras se levantó a trazar círculos y a lanzarse en línea recta hacia las alturas del firmamento, para calarse luego con un áspero zumbido de aire en las alas. Las farolas se encendían en las esquinas de las calles; pero ninguna luz se extraviaba hacia aquella parte del parque.
—¡Halcón! —volvió a llamar, impaciente—. Sé que estás escondido. Ven.
Y Halcón estaba allí, como siempre, acercándose como una sombra salida de la oscuridad. Sus luminosos ojos brillaban en la noche, asustando a Donald.
—Siempre te sale bien —dijo Donald, admirado.
Al cabo de un momento estaban jugando... montando imaginarios caballos alrededor de los montículos, bailando juntos las danzas especiales de Halcón: la danza guerrera, la de la luna, la del ave nocturna y la del ave de tormenta... con profunda solemnidad, interrumpida solo de vez en cuando por un grito de entusiasmo de Donald.
La noche invadía el terreno tras los reflejos naranja y magenta de poniente, y dentro de pocos momentos Donald y Halcón tendrían que retirarse a sus casas. Pero el juego continuaba, a pesar de que hasta el aire parecía estar esperando la voz de la madre de Donald llamando al hijo.
Desde la valla norte de los montecillos, que separaba el parque de los arbolados céspedes y la casa distante, se elevó la odiosa voz de Archer Connelly:
—¡Eh, Falditas Carstair! ¿Qué crees que estás haciendo?
—Nada que te importe —contestó Donald, tartamudeando.
Archer manoseaba una piedra angulosa.
—¡No me hables así, golfillo!
—Déjame en paz y cuídate de tus asuntos —replicó Donald.
Estaba enojado y con sobrada razón. Cuatro de cada seis noches, Archer Connelly salía en plan de dueño y señor. Archer, que tenía todo lo que el dinero de sus padres podía comprar, era demasiado señor para jugar con niños pobres, pero no podía dejarlos en paz.
Cuando los encontraba por la calle, los ponía en fuga; en el colegio, los atormentaba, y, como su padre formaba parte de la junta de educación, los profesores procuraban no ver las malas acciones de Archer. Ni siquiera aquí, en el parque, sabía abstenerse de fastidiarlos por todos los medios a su alcance.
—Tienes los pantalones agujereados, Carstair el Falditas —dijo.
—Van muy bien para jugar —replicó Donald.
—Porque no tienes otros; por eso van tan bien —se burló Archer.
Se oyó el golpe de una puerta vidriera y alguien gritó:
—¡Archer!
El señorito dirigió una mirada hacia la casa. Luego se volvió y disparó la piedra que tenía en la mano, y que acertó a Donald en los lomos. El atacado dio un grito y tropezó. Al enderezarse se topó de narices con la carcajada de Archer. Instintivamente, cogió un palo para arrojárselo; pero luego vio a la madre de Archer que venía en dirección a la valla.
—Apártate de ahí, Archer —decía—. ¿No te he dicho mil veces que no te juntes con esos niños?
Donald soltó el palo, acobardado.
—Yo no jugaba con él. Solo miraba. Juega como un tipo raro —dijo Archer, alejándose con ella.
Donald miró a su entorno; pero Halcón se había marchado. Ya lo sabía de antemano. Casi cada vez que Archer salía, Halcón se marchaba. Donald se decía tristemente que Halcón no quería quedarse a oír las palabras de Archer, ni a esperar la piedra, el palo o lo que fuese que el otro quisiera tirarles. Halcón se marchaba. Tenía amor propio.
Donald estaba viendo el moreno rostro de Halcón, apretados los labios y levantados los negros ojos, volviéndose y marchándose. Donald se avergonzaba de sí mismo. Pero también él era terco. ¿Por qué tenía que huir de Archer Connelly? ¿Por qué?
—¡Donaaald!
—¡Voy!
Se levantó y buscó en vano por las sombras.
—Buenas noches, Halcón. Hasta mañana —dijo. La lechuza del roble gimió y Donald corrió hacia su casa, cruzando el montecillo del oso, por el del ave de tormenta, dejando atrás la espesura de encinas, a lo largo de las filas de arces y olmos, corriendo junto al pabellón de la banda y el puesto de los helados, y cruzando el camino hasta la casita de la esquina, que era su hogar.
—¿Te has divertido? —le preguntó su madre.
—Sí, excepto por el maldito de Archer.
—Bah, no le hagas caso.
—No se lo hago, si no fuese porque tira piedras y esta noche me ha dado... y Halcón le tiene miedo y se va —añadió como una idea de última hora.
—¿Quién es Halcón?
—Ya lo sabes; te lo conté.
—Ah, sí, aquel chico cuyo padre le compró un hermoso atuendo indio.
—Ese, ése —Donald se puso a charlar animadamente—. Hasta tiene un tomahawk y dice llamarse Halcón Rojo; ese es su nombre, y sabe contar historias y bailar danzas...
—¿Qué clase de historias?
—Pues como cuentos de hadas. Que puede transformarse en un gran halcón y salir de caza...
—¿Es mayor que tú?
—Es más recio. Es mucho más corpulento. Pero ¿sabes una cosa? Entra en el parque y no hace el menor ruido. Lo mismo que un verdadero indio. Sabe venir y plantarse detrás de mí sin que yo me entere; de modo que a veces me asusta, de tan repentinamente que aparece. ¡Y su madre nunca le llama!
—¿Dónde vive?
—No lo sé. Nunca estuve en su casa.
—Bueno. Ahora vete corriendo a la cama. Mientras sea un buen chico, supongo que está bien que juegues con él. Acaso un día tu padre también te compre un traje indio.
—¡Oh! ¿De veras, madre? ¿De veras?
—Si eres bueno, puede que sí. Veremos. Quizá por Navidad...
—Seré bueno, madre. Seré bueno.
—Y es bueno; lo es —le decía mistress Carstair a su marido mucho rato después de haberse acostado Donald, seguido de sus dos hermanas—. Me gustaría poder comprarle un traje indio.
—No sé cómo. Bastante trabajo nos cuesta atender a lo más necesario. Por lo demás, no sé qué chico de la población posee un equipo como el que dices. Y no estamos en un pueblo tan grande como para que no pudiera enterarme. Con un nombre así, además... Halcón Rojo.
—Así se llamaba el hijo de un viejo cabecilla sauk. Ya sabes, tenían el poblado por estas cercanías. ¿No encontraron sus huesos en una excavación que hicieron por ahí?
—Ah, sí; eso pertenece a la historia de la población. Te lo cuentan cada dos por tres.
—Sí, un traje indio es exactamente lo que a un chiquillo le gustaría tener y lucir. Y ayuda a poner de relieve la multitud de cosas que no podemos proporcionarle; ese es el caso. —La mujer se encogió de hombros—. Ojalá hubiera quien supiera escarmentar al tal Connelly.
—No vale la pena sacar el asunto a colación otra vez. Sus padres le ayudan y encubren, y no podemos hacer nada contra ellos.
La tarde siguiente Halcón vino un poco antes. Había una hoz de luna nueva muy baja en el horizonte oeste y formaba un hermoso cuadro entre las oscuras siluetas de los árboles recortadas sobre el cielo del atardecer.
Donald confiaba y ansiaba que sus padres le comprasen un traje indio; no tan bonito y completo como el de Halcón, no; pero sería un traje indio a pesar de todo. Y entonces podrían jugar más a gusto a los juegos que Halcón le enseñaba.
También Archer llegó más temprano.
—¿Quién es ese compañero de juegos que tienes? —le preguntó recelosamente, apoyado en la valla.
—Es mi amigo.
—Es mi amigo —remedó Archer, burlón—. ¿Cómo se llama?
—Su nombre soy yo quien debe saberlo, y tú quien debe averiguarlo.
—Será mejor que me lo digas, Falditas Carstair; si no, ya sabes lo que te pasará.
—Prueba de obligarme —le retó Donald.
—Halcón —dijo Halcón, con voz como un breve ladrido.
—Eso no es un nombre —dijo Archer.
—Claro que lo es, Archer Connelly —replicó Donald.
—No lo es.
—Sí lo es.
—Yo estoy más enterado. Dile a ese Halcón amigo tuyo que todos los chicos nuevos en el pueblo tienen que venir a verme.
Halcón emitió un profundo sonido gutural, como un perro furioso.
—Será mejor que tengas cuidado, Archer Connelly, si no quieres que Halcón se ponga furioso. Y cuando se pone furioso, te aseguro que se pone de veras, terriblemente. Lo lamentarías mucho.
—Lo lamentarías mucho —remedó de nuevo, en son de burla, Archer—. ¿Es otro pobretón como tú?
—¿Qué tiene de malo el ser pobre? —preguntó Donald.
—Tú deberías saberlo. ¿Me oyes, Halcón? ¿También eres pobre?
Halcón emitió una especie de gruñido.
—Me figuro que si no fueses pobre no jugarías con Falditas Carstair. —Y volvió la vista hacia Donald—. ¿A qué jugabais?
—A la danza de la lluvia.
—¿Qué clase de juego es?
—Es un juego; es el juego de Halcón —respondió Donald.
—¡Vaya qué ridículos estabais saltando por ahí de ese modo! Sencillamente estás loco, Donald Carstair. Y ese tal Halcón también lo está.
—No tienes necesidad de mirarnos.
—Yo puedo mirar todo lo que me plazca. Esta valla es nuestra. Si no os gusta, podéis iros a otra parte, y veréis si me importa mucho.
La inevitable mistress Connelly emergió de la oscuridad y cogió a Archer por el brazo, parándose lo suficiente nada más para regañar a Donald y Halcón por «tener a Archer fuera de casa».
Donald miró a su amigo. Hoy, por primera vez, Halcón no había huido. Los ojos de Halcón le devolvieron la mirada brevemente. Eran unos ojos extraños, encendidos, como poblados de llamas. Halcón no decía nada; pero permanecía sentado, muy tenso, como tratando de descubrir qué pensaba, sin preguntárselo.
—Si soy pobre, no puedo remediarlo —argumentó Donald—. ¿Puedes tú?
Halcón meneó la cabeza con aire comprensivo. Pero podía recomendar una cosa: sabía un juego que le había enseñado el anciano brujo de la tribu, explicó. Era el juego para saldarles las cuentas a chicos como Archer. Hacías como si le tuvieras indefenso, a tu merced; allí estaba él, atado a unos postes hundidos en el suelo; luego imaginabas que eras un halcón y él era un ratón o algo por el estilo, y tú bajabas del cielo y le hacías pedazos. Podían imaginar que el ratón era Archer.
En un momento, Donald olvidó la ofensa y se ensimismó en el maravilloso pasatiempo de imaginar que Archer Connelly estaba atado en un poste en el monte del ave de tormenta y que Halcón y él, que también era un halcón, le hacían pedazos, y Archer le pedía que le salvase la vida, prometiendo que no volvería a portarse más de aquel modo.
Pero no importaba, le hacían pedazos igualmente, lo cual le estaba muy bien. A este juego se entregaron diligentemente, hasta que mistress Carstair llamó a Donald para que regresara a casa, abandonando el parque invadido por la noche.
—Buenas noches, Halcón —dijo Donald, volviendo la cabeza. Por un momento pudo ver a su amigo allí sobre el montecillo del ave de tormenta; pero un momento después había desaparecido. Donald reventaba de admiración por el arte de Halcón de moverse sin hacer el menor ruido.
La tercera noche, Archer Connelly —removido en las profundidades de su alma angosta y egoísta por la envidia de la patente y manifiesta dicha de Donald— decidió vengarse de ambos muchachos. Les daría una medida colmada de juegos indios. Había asaltado la colección de puntas de flechas indias que tenía su padre y cogido las más puntiagudas.
Desechó el arco y las flechas, prefiriendo la honda, que hasta entonces no había servido para nada más peligroso que abatir los pajarillos canoros que se extraviaban por el parque. Salió temprano y se tendió detrás de una jeringuilla que crecía en el límite, junto a la valla, desde donde podía ver claramente los montecillos.
Archer vio llegar a Donald; pero este no le vio a él. Archer aguardaba, rencoroso.
—¡Halcón! —llamaba Donald en voz baja—. ¡Halcón!
No hubo respuesta. «No había que extrañarlo», pensaba Archer, «yo mismo casi no le oía». Pero tenía paciencia y aguardaba con su presunta víctima. Quería ver de qué dirección venía el muchacho llamado Halcón; pero el crepúsculo oscurecía los montecillos rápidamente, a pesar de que el sol seguía luciendo bermejo en las montañas distantes del este. Y de pronto Archer vio que Halcón había llegado, vestido otra vez con aquel estúpido traje indio, con las plumas y la piel de un ave en la espalda.
El agresor cambió levemente de posición, estiró la honda de goma y apuntó con la cabeza de flecha más afilada. El primer proyectil le dio a Donald en el hombro. El agredido se volvió a medias, buscando a Archer con la mirada. La segunda cabeza de flecha le dio sobre una ceja, rasgándole la piel de forma que la sangre empezó a descenderle sobre el ojo.
—¡Archer! —gritó Donald—. Me has hecho daño.
La tercera punta de flecha se le clavó en el costado. Donald cayó, llorando.
—Falditas Carstair no puede resistir un asalto indio —gritó Archer. Diciendo lo cual colocó otra punta de flecha en la honda y apuntó contra Halcón—. Como tampoco puede Falditas Halcón —gritó.
La punta de flecha silbó a través de la oscuridad, por encima del montecillo, en línea recta hacia Halcón, quien la recibió sin hacer el menor movimiento para evitarla. La punta de flecha le acertó en mitad del vientre y le atravesó de parte a parte.
Donald gritaba:
—¡Halcón! ¡Halcón! ¡Estás herido!
Pero algo terrible estaba ocurriendo en Halcón. Ya no era Halcón el que estaba allí. Era un ave grande. Donald pensó que sucedía como si aquella piel de ave que Halcón llevaba en la espalda hubiera crecido y le hubiese cubierto. Un instante después el ave se había remontado y volaba hacia el agresor. Luego se abatió sobre Archer, el cual profería unos gritos horribles. Donald cerró los ojos y corrió a ciegas hacia su casa.
Era cerca de medianoche cuando Frank Carstair llegó a su hogar. Su esposa continuaba levantada.
—Por fin han podido acostar a mistress Connelly. Le han administrado un sedante capaz de tumbar a un caballo. ¡Uf! —Y se estremeció.
—Yo también he tenido que darle algo a Donald. ¿Qué ha pasado, Frank?
—¿Donald sigue firme en su versión?
—Sí. Era un ave muy grande, mayor que un hombre, decía. Le han interrogado una y otra vez, hasta que he tenido que interrumpirlos. Y él ha repetido siempre lo mismo. ¿Has visto a Archer?
—Todo lo que pude resistir aquella visión. ¡Dios mío, cariño... era espantoso! Descuartizado, simplemente descuartizado. Los dos brazos arrancados... la cabeza también. —El hombre tuvo un escalofrío e hizo una mueca—. ¿De dónde habrá sacado Donald esa idea? —preguntó—. Serán los cuentos que aquel otro chico le contaba, supongo.
—Sí, por supuesto —concluyó luego—. Habremos de retenerlo en casa un poco más. —Y miró especulativamente hacia el parque—. Donald ha escuchado bastantes cuentos indios para que le duren años enteros. ¿Cómo soporta el golpe Connelly?
—Es un hombre duro.
—Pero ¡qué cosa tan terrible! No entiendo cómo ha podido ocurrir. ¿Ha sido un tiro esto?
—Sí. Unos cuantos hombres han salido de caza.
—¿De caza? ¿A estas horas?
—Sí. A cazar pájaros. Aves muy grandes.
—Acostémonos, Frank. Estoy rendida. Apaga la luz, ¿quieres? Aves. ¿Por qué diablos querrán cazar aves?
—Porque el forense ha dicho que Archer ha muerto atacado por un ave. Las señales del cuerpo parecían hechas por un ave de presa... aunque mucho mayores. Señales de garras, concretamente. Dijo que eran exactamente las huellas... solo que mayores, por supuesto... (no te figurarás que se topó con el amigo de Donald, ¿verdad que no?)... las huellas de un halcón.
La luz se apagó.