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Sermerssuaq - Inuit

Sermerssuaq tenía tanta fuerza que podía levantar un kayak con las puntas de tres dedos. Dándole apenas unos golpecitos en la cabeza con los puños, podía matar una foca. Era capaz de destrozarles las tripas a un zorro o a una liebre. 

Una vez, le echó un pulso a Qasordlanguaq, otra mujer de armas tomar, y le ganó con tal facilidad que dijo:


—La pobre de Qasordlanguaq no habría podido ganarle un pulso ni a un piojo de su propia cabeza.


A la mayor parte de los hombres, les ganaba y luego les decía:


—¿Dónde os habíais metido cuando se repartieron los testículos?


A veces, Sermerssuaq enseñaba su clítoris muy orgullosa. Era tan grande que la piel de un zorro no llegaba a cubrirlo del todo. ¡Ajá, que también era madre de nueve niños!

El Lago robado

Un joven soldado, muy valiente y osado, por cierto, cortejaba en vano a una de las hijas de su jefe, cuyos cuarteles se encontraban situados cerca de las riberas del Loch Ennel (Lago Ennel), en la región occidental de Meath, donde el mítico río Boyne desagua en el mar de Irlanda.

Pero la damisela era bastante altanera y pagada de sí misma, y le dijo claramente que de ninguna manera aceptaría poseer su griannan de ama de casa mientras no pudiera ver desde su ventana un paisaje tan hermoso, con un lago tan azul como el que se divisaba desde la casa de su padre.

Para el joven guerrero, profundamente enamorado de la casquivana joven, el asunto pasó a ser sumamente engorroso. Como oficial de las tropas reales, tenía un buen pasar, ciertamente, pero en su modesta vivienda, si bien estaba situada en un valle hermoso y verde como pocos, las laderas de las colinas que lo rodeaban estaban salpicadas por las casas de otros aldeanos, lo que afeaba su vista a los ojos de su dama y, lo que es peor, el pequeño arroyo que surcaba serpenteante por el fondo de la cañada tardaría muchísimo en formar siquiera una lagunita, y mucho menos un lago tal y como la princesa pretendía.

Desolado, el muchacho pensó en construir un dique, pero pronto comprendió que aquello llevaría al menos diez años, y otros tantos —si no más aún— deberían transcurrir hasta que la represa se llenara al punto de formar un lago. 

Tan preocupado se encon
traba con su problema que el asunto llamó la atención de su madre adoptiva, una anciana hechicera que, al verlo mesarse los cabellos desesperadamente, lo indujo a desahogarse, y le sugirió que aguardara hasta el día siguiente, a ver si ella podía ayudarlo.

Accedió el joven y la anciana, sin pérdida de tiempo, recurrió esa noche al medio usual de transporte de las brujas y se dirigió a hacer una consulta con otra anciana firbolg, hermana en el arte de la hechicería, cuya choza se encontraba en la margen occidental del río Erne, en el condado de Connaught. 

La cabaña de esta última se hallaba sólidamente emplazada en la cima de un risco que dominaba un hermoso lago, frente al cual ambas mujeres se sentaron a disfrutar de su charla.

Después de un sencillo refrigerio, la visitante reveló finalmente el motivo de su viaje, y le suplicó a su docta amiga que le prestara su lago hasta el próximo esbat (plenilunio), día en que se lo devolvería sin haber derramado una sola gota de sus aguas. 

Sin embargo, la artera bruja, tomando sus precauc
iones, musitó entre dientes, sin que su amiga la oyera: «Sí, pero después de la próxima eternidad», una fórmula que le aseguraba la impunidad para el caso de que no quisiera devolverlo jamás.

La amiga, a pesar de no haber oído aquellas palabras, dudó unos instantes, pero finalmente accedió a prestárselo, y la anciana lo guardó alegremente debajo de su capa y lo llevó al valle de Meath, donde lo depositó en una hondonada que quedaba, precisamente, frente a la casa de su hijo adoptivo. 

Demás está decir la alegría del muchacho cuando despertó, esa noche, por el ruido de mil cascadas que parecían verterse repentinamente frente a sus ventanas.

Asustados, los vecinos de las casas aledañas huyeron despavoridos, alojándose en los edificios de más arriba, y al amanecer del día siguiente miles de asombrados ojos contemplaron la plácida sábana de agua que cubría las moradas que los habían alojado hasta la noche anterior.

Y esa fue la forma en que la altanera y casquivana novia fue conquistada; pero el asunto no terminaría allí. La anciana bruja del Connaught, sintiéndose engañada por su amiga, esperó hasta la segunda luna, irritadísima ante el enorme cuenco de barro en que se había transformado su lago y, al comprender que existían muy escasas probabilidades de que este le fuera devuelto, decidió tomar cartas en el asunto. 

Hasta una bruja paciente y sabia puede perder la paciencia, y esta voló pres
urosamente a la casa de su engañosa colega y, ante la fingida amabilidad con que fue recibida, la increpó con dureza:

—No he venido aquí a escuchar cumplidos falsos, comadre —le dijo—. Ya pasó el siguiente día de esbat y hasta el subsiguiente también, y por mi ventana solo puedo ver barro, piedras y pescados muertos, así que creo que ya es hora de que me devuelvas mi lago.

—Pero, mi querida hermana, parece que el enojo te ha hecho olvidar lo que hablamos. Prometí devolverte tu preciado pedazo de agua al día siguiente de la luna llena… pero de la semana después de la eternidad; ni un minuto antes ni un minuto después. ¡Así que tendrás que volver a reclamarlo cuando venza el plazo!

La furia de la bruja traicionada no reconocía límites, pero sabía que no podía hacer nada a causa de la precaución tomada por su falsa colega, que la había engañado con todas las de la ley. 

Así que no le quedó más remedio que volverse a su condado de Connaught, masticando
su rabia, y conformarse con mirar la barrosa hondonada en que se había convertido su hermoso lago. Y la presencia del Lough Derravaragh en las verdes planicies del Westmeath se convirtió en una incorporación definitiva.

El Velo Negro - Charles Dickens ya corregido

En un atardecer de invierno de finales del año 1800, un joven médico, recientemente establecido, estaba sentado junto a un alegre fuego, en su pequeña antesala, escuchando el viento que arrojaba la lluvia contra la ventana en resonantes gotas y aullaba lúgubremente en la chimenea. La noche era húmeda y fría. 
 
El hombre había estado chapoteando en barro y agua durante todo el día, y a la sazón descansaba, cómodamente envuelto en su bata y con las zapatillas puestas. Medio dormido, su imaginación errabunda barajaba un asunto tras otro. 

Primero pensó en la fuerza con que soplaba el viento y hasta qué punto la lluvia aguda y helada le estaría golpeando la cara si no se hallase cómodamente instalado en su hogar. Luego, su mente enfocó el tema de la visita que anualmente realizaba, en Navidad, a su ciudad natal y a sus amigos más allegados; consideró cuánto les hubiera gustado a todos verlo y cuán feliz habría sido Rosa si le hubiese podido decir que al fin había encontrado un cliente y que esperaba tener otros, y, además, que regresaría al cabo de poco tiempo para casarse con ella y llevarla a casa, donde le alegraría sus solitarias veladas junto al fuego y le estimularía para realizar nuevos esfuerzos. 

Empezó a reflexionar sobre cuándo aparecería su primer cliente o si estaba destinado, por especial voluntad de la Providencia, a no tener ninguno; después volvió a pensar en Rosa y se quedó dormido. En sueños oyó su voz dulce y alegre y sintió que una mano suave y menuda se posaba sobre su hombro…
 
Había una mano sobre su hombro, pero no era suave ni menuda, sino que pertenecía a un muchacho robusto y de cabeza redonda que, por un chelín semanal y la comida, se ocupaba en llevar medicinas y recados dentro del radio de la parroquia. Cuando no había pedidos de medicinas ni mensajes que llevar, invertía sus horas libres —que eran unas catorce diarias, por término medio— en masticar pastillas de menta, comer un poco de carne e irse a dormir.

—¡Una dama, señor! ¡Una dama! —murmuró el muchacho despertando a su amo con una sacudida.

—¿Una dama? —gritó nuestro amigo, despabilándose, dudando de que su sueño fuese irreal y con la secreta esperanza de que la mujer aludida resultase Rosa en persona—. ¿Qué dama? ¿Dónde está?

—Ahí, señor —contestó el muchacho, señalando hacia la puerta de cristales que conducía al consultorio.

El médico miró hacia la puerta y, por un instante, se detuvo a examinar el aspecto de la visitante. Su rostro tenía aquella expresión de sobresalto que lógicamente suscita lo inesperado.

Era una mujer excepcionalmente alta, vestida de riguroso luto, y se hallaba tan pegada a la puerta que su cara casi rozaba el vidrio. La parte superior de su figura estaba cuidadosamente envuelta por un chal negro, como si desease no ser reconocida, y su cara hallábase cubierta por un espeso velo, también negro. Permanecía completamente erguida; su figura se alzaba cuan alta era, y aunque el médico sintió que los ojos de detrás del velo estaban fijos en él, ella seguía inmóvil como si no hubiese advertido que él había entrado.

—¿Desea usted consultarme? —preguntó con cierta vacilación, manteniendo entornada la puerta. Esta se abría de forma que no alteraba la posición de la figura, que continuaba inmóvil en su sitio.

La mujer inclinó ligeramente la cabeza, en señal de afirmación.

—Sírvase pasar —dijo el médico.

La figura avanzó un paso, y luego, volviendo la cabeza en dirección al muchacho —con infinito terror de este—, pareció vacilar.
 
—Sal de la habitación, Tom —dijo el joven médico, dirigiéndose al muchacho, cuyos grandes ojos redondos se habían dilatado hasta el máximo durante este breve diálogo—. Echa la cortina y cierra la puerta.
 
El muchacho corrió una cortina verde sobre la puerta vidriera, se retiró al consultorio, cerró la puerta tras de sí y, desde el otro lado, aplicó uno de sus grandes ojos al agujero de la cerradura.
 
El médico acercó su silla a la chimenea e invitó a sentarse a su visita. La misteriosa figura se movió lentamente hacia el asiento. Cuando el resplandor del fuego iluminó el traje negro, el médico observó que la orilla del vestido estaba empapada de barro y de lluvia.
 
—Veo que está usted empapada —dijo.

—Así es —contestó la recién llegada con voz baja y profunda.

—¿Se siente usted enferma? —preguntó el médico compasivamente, juzgando por el tono de su interlocutora que se trataba de una persona desgraciada.

—Estoy muy enferma —contestó la mujer—, pero no física, sino mentalmente. No es por mí, o en beneficio propio, por lo que he venido a verle. Si hubiese tenido alguna dolencia física no estaría aquí, sola, a esta hora, en una noche semejante; y si enfermara en las próximas veinticuatro horas, bien sabe Dios con qué gusto me acostaría y llamaría a la muerte. Solicito su ayuda para otra persona, señor. Es posible que produzca la impresión de estar loca —creo que lo estoy—, pero noche tras noche, en el curso de largas y sombrías horas de vigilia y de llanto, un mismo pensamiento no ha dejado de rondar por mi espíritu, y aunque conozco la inutilidad de cualquier ayuda humana que pueda prestárseme, el simple pensamiento de depositarlo en su tumba sin intentar un supremo esfuerzo me hiela la sangre en las venas.

El bien aprendido arte del médico no hubiera podido producir un estremecimiento semejante al que recorrió todo el cuerpo de la que hablaba.

Había tal ansiedad desesperada en los gestos de la mujer, que el joven médico se sintió conmovido. Hacía poco tiempo que ejercía su profesión e ignoraba las miserias que diariamente se presentan a los ojos de los médicos y los endurecen ante el sufrimiento humano.

—Si la persona a quien usted se refiere —dijo, rápidamente— se halla en una situación tan desesperada como usted afirma, creo que no hay momento que perder. Tenemos que partir inmediatamente. ¿Por qué no acudió a los médicos antes?

—Porque antes hubiera sido inútil, como lo es también ahora —replicó la mujer, juntando las manos con desesperación.

El médico trató inútilmente de descubrir las facciones que se ocultaban tras el espeso velo.

—Usted está enferma —dijo suavemente—. Usted está enferma, aunque crea lo contrario. La fiebre que le ha permitido soportar, sin sentirla, la fatiga que evidentemente ha sufrido y que está ardiendo dentro de usted. Beba esto —continuó, sirviéndole un vaso de agua—, descanse durante unos minutos y luego dígame, lo más tranquilamente que pueda, cuál es la enfermedad de su paciente y cuánto tiempo ha estado enfermo. Cuando sepa todo lo necesario para que mi visita pueda servir de algo, estaré dispuesto a acompañarla.

La visitante se llevó el vaso de agua a la boca, sin alzar el velo, lo depositó de nuevo sin probarla y se echó a llorar.

—Creerá usted —dijo sollozando— que deliro. Me lo han dicho antes, y menos cariñosamente que usted ahora. Yo no soy joven. Dícese que a medida que la vida se desliza hacia su término definitivo, lo último que nos queda, por desprovisto de valor que parezca a aquellos que nos rodean, es más caro a su poseedor que todos los años que se han ido antes, pues está vinculado a los recuerdos de los amigos muertos desde hace tiempo, de los jóvenes, niños tal vez, que han renegado tan completamente de nosotros que diríase que también están muertos.

Tras una corta pausa, la mujer prosiguió:

—Mi vida no puede prolongarse muchos años, y estos deberían ser preciosos, preciosos para mí; pero yo los entregaría sin un suspiro, con gozo, con júbilo, a cambio de que lo que estoy diciendo fuese falso o imaginario. Mañana por la mañana, ese de quien le hablo estará, lo sé, aunque finja creer lo contrario, más allá del alcance de cualquier ayuda humana; y, sin embargo, esta noche, aunque se halle en peligro mortal, usted no debe verlo, ni podría socorrerle.
 
—No quiero aumentar su congoja —dijo el médico, después de una corta pausa— haciendo un comentario sobre lo que usted acaba de decir, o mostrándome deseoso de investigar un caso que usted trata de encubrir de una manera tan anhelante. Pero en su declaración hay algo incongruente, hay algo que escapa a lo verosímil. Esa persona está en trance de morir esta noche y yo no puedo verla aun cuando mi asistencia podría tal vez salvarla; usted me dice que mi ayuda será inútil mañana y, sin embargo, ¡usted desea que la visite entonces! Si es verdad que la vida de esa persona resulta tan querida para usted como lo demuestran sus palabras y sus gestos, ¿por qué no trata de salvarla ahora, antes que el retraso y el progreso de su enfermedad hagan impracticable la intervención médica?

—¡Que Dios me ayude! —exclamó la mujer llorando amargamente—. ¡Cómo es posible que los extraños crean en lo que hasta a mí me parece increíble! Entonces, ¿se niega usted a verlo, señor?
 
—No he dicho tal cosa —replicó el médico—, pero le advierto que si insiste en este inaudito aplazamiento y la persona muere, una terrible responsabilidad recaerá sobre usted.
 
—La responsabilidad pesará en alguna parte —replicó la extraña mujer, amargamente—. Cualquier responsabilidad que recaiga sobre mí la sobrellevaré con gusto y estoy dispuesta a dar cuenta de ella.
 
—Como no hay nada contrario a la ley —continuó el médico— en el hecho de acceder a su petición, puedo decirle que visitaré a la persona enferma mañana siempre que me dé su dirección. ¿A qué hora desea usted que vaya?

—A las nueve —replicó la visitante.

—Perdone usted si mi pregunta es indiscreta, pero ¿está a su cargo el paciente?

—No lo está —fue la respuesta.

—De manera que si yo le diese instrucciones para su tratamiento durante la noche, ¿usted no podría asistirlo?

—Yo no podría hacer tal cosa —contestó la mujer llorando amargamente.

Considerando que no podía obtener mayor información con prolongar la entrevista, y ansioso de ahorrar sufrimientos a la mujer, quien, refrenada al principio, gracias a un violento esfuerzo, estaba a la sazón demudada y temblorosa, el médico reiteró su promesa de realizar la visita a la hora señalada. 

Su visitante, después de haberle dado la dirección de un oscuro lugar de Walworth, abandonó la casa de la misma manera misteriosa que había entrado.

Fácilmente se comprenderá que tan extraordinaria visita produjo una gran impresión en el ánimo del joven médico y que este reflexionó mucho sobre las posibles circunstancias del caso. En su trato con la gente había tenido ocasión de enterarse de hechos singulares en que se había cumplido un anterior presentimiento de muerte en un día y hora determinados.
 
Por un momento, se sintió tentado a creer que tal vez era el caso presente; pero luego se le ocurrió que todas las historias de esa índole de que había oído hablar siempre correspondieron a las personas perturbadas por un presagio de su propia muerte. 

Esa muj
er, en cambio, hablaba de otra persona —un hombre— y era imposible suponer que una simple quimera o espejismo de la fantasía pudiera inducirla a hablar de la inminente desaparición de aquel con una certidumbre tan terrible. ¿No sería que el hombre corría el peligro de ser asesinado a la mañana siguiente, y que la mujer, cómplice al principio y obligada a guardar secreto bajo juramento, hubiese cedido y, aunque incapaz de evitar la perpetración de algún ultraje a la víctima, hubiese resuelto evitar su muerte, si es que ello era posible, mediante la oportuna intervención del auxilio médico? 

La idea de que tales cosas sucediese
n a menos de dos millas de la metrópoli se le presentó como descabellada y absurda, y la desechó al instante. Luego volvió a su primera idea, es decir, que la mente de aquella mujer estaba desequilibrada, y como este era el único modo de explicar el caso con cierto grado de satisfacción, encaminó su ánimo a creer que estaba loca. 

Ciertas dudas sobre este punto, sin embargo, acudieron de improviso a su pensamiento, una y otra ve
z, en el largo y sombrío curso de una noche de insomnio, durante la cual, a pesar de todos sus esfuerzos, le fue imposible borrar aquel velo negro de su agitada imaginación.
 
Como los suburbios de Walworth se encuentran bastante alejados de la ciudad, son aún hoy día un lugar bastante desamparado y miserable. Pero hace treinta y cinco años eran una especie de muladar habitado por unos cuantos individuos de dudosa condición, cuya pobreza les impedía vivir en mejor vecindad o cuyas ocupaciones y modos de vida hacían deseable su aislamiento. 

Muchas de las casas que han surgido desde entonces en sus aceras fueron edificadas algunos años después, y la gran mayoría, aun aquellas que se desparramaron por los alrededores, eran feas y miserables.
 
El aspecto del lugar por el cual caminó aquella mañana no era a propósito para levantar el espíritu del joven médico o dispersar la ansiedad y angustia que despertó en él la singular visita que iba a realizar. Apartándose del camino real, su ruta lo condujo a lo largo de un terreno bajo y pantanoso, por sendas desniveladas, con alguna casucha ruinosa aquí y allá, que se desmoronaba rápidamente por vetustez y abandono. 

Un árbol achaparrado, un pozo de agua estancada, ligeramente agitada por la lluvia de la noche anterior, bordeaban ocasionalmente el sendero; y de vez en cuando un miserable jardín, con unas cuantas tablas viejas reunidas para formar una glorieta y una vieja barda mal remendada, con estacas robadas a los cercos vecinos, daban inmediato testimonio de la pobreza de los habitantes y de los pocos escrúpulos que experimentaban ante la propiedad ajena. 

De vez en cuando, una mujer de aspecto miserable hacía su aparición en la puerta de una casa sucia, para vaciar el contenido de alguna olla en el arroyo de la acera de enfrente o para increpar a una muchacha calzada con chancletas que se tambaleaba a unos cuantos metros de la puerta, bajo el peso de un pálido infante casi tan grande como ella. 

Pero poca cosa se agitaba en torno, y la perspectiva, en lo que de ella podía verse débilmente a través de la fría y húmeda niebla que caía pesadamente sobre el lugar, infundía una impresión de soledad y lobreguez que armonizaba completamente con los objetos que hemos descrito.

Después de haber chapoteado fatigosamente por el agua y el cieno, de haber hecho muchas preguntas sobre la dirección que le habían dado, después de haber recibido otras tantas contestaciones contradictorias y poco convincentes, el joven médico llegó frente a la casa que se le había señalado como meta. 

Era una construcción pequeña y baja, de un solo piso, con un exterior aún más desolado y poco prometedor que los que acababa de dejar atrás. Una vieja cortina amarilla cubría enteramente la ventana del piso alto y los postigos de la antesala estaban cerrados, pero sin cerrojo. La casa se hallaba alejada de todas las demás, y como se alzaba en la esquina de una callejuela, no había otra vivienda a la vista.

Si decimos que el médico dudó, que anduvo unos cuantos pasos más allá de la casa antes de decidirse a levantar el llamador, sabemos que nuestras palabras no harán aparecer la sonrisa en el rostro de ningún lector, por audaz que este sea. La policía de Londres en aquella época era un cuerpo muy diferente del que es ahora. 

La situación aislada de los suburbios, cuando la fiebre de la edificación y el afán de mejoramiento aún no habían empezado
a unirlos con el cuerpo principal de la ciudad y sus alrededores, hacía que muchos de ellos (y este en particular) fuesen el refugio de los peores y más perversos sujetos. 

A la sazón, hasta las calles más alegres de Londres estaban mal alumbradas, y lugares como este quedaban completamente a merced de la luna y de las estrellas. Las probabilidades de descubrir sujetos peligrosos, o de rastrearlos hasta sus guaridas, quedaban reducidas, así, a un corto número, y naturalmente sus atentados aumentaron en audacia a medida que la experiencia diaria afianzaba en ellos la conciencia de una impunidad relativamente grande. 

Además, debe recordarse que el joven había pas
ado algún tiempo en los hospitales públicos de la ciudad; y aunque ni Burke ni Bishop habían adquirido todavía su horrible notoriedad, la propia observación de los hechos les indicó seguramente con cuánta facilidad pudieron cometerse las atrocidades que, desde entonces, llevaron el nombre del primero. 

Fuese por esto o bien por la reflexión, el caso es que él vaciló. Pero siendo, como era, un hombre animoso y de gran valor personal, su vacilación sólo duró unos instantes. Volviendo con rapidez sobre sus pasos, llamó suavemente a la puerta. Oyose un bisbiseo apagado, como si alguien, al final del pasillo, estuviese conversando cautelosamente con otra persona en el rellano de arriba. 

Acercose luego el ruido de un par de pesadas botas sobre el piso, la cadena de la puerta fue apartada suavemente, abrióse esta y un hombre alto, de mala catadura, pelo negro y un rostro, como declaró después el médico, tan pálido y desencajado como el de cualquiera de los muertos que había visto, apareció en el umbral.
 
—Entre, señor —dijo en voz baja.
 
El médico obedeció, y el hombre, después de haber asegurado nuevamente la puerta con la cadena, le condujo a una pequeña salita de recibo que se hallaba en el extremo del pasillo.
 
—¿Llego a tiempo?
 
—Demasiado pronto —contestó el hombre.
 
El médico volvióse rápidamente, con un gesto de asombro y de alarma que no pudo reprimir.

—Si quiere usted pasar por aquí, señor… —dijo el hombre, que evidentemente había advertido el gesto—. Pase por aquí; no tardaré ni cinco minutos, se lo aseguro.

El médico entró en el cuarto, sin vacilar. El hombre cerró la puerta y lo dejó solo.

Era un pequeño y frío cuarto que no tenía más muebles que dos sillas de pino y una mesa de la misma madera. Un poco de fuego ardía en la chimenea del hogar, sin la menor pantalla de protección; y aunque era poco lo que calentaba, al menos disolvía la humedad de la estancia, por cuyas paredes se escurría una insalubre acuosidad, como el rastro de enormes babosas… 

La ventana, que estaba rota y emparchada en muchas partes, parecía una pequeña parcela de terreno casi cubierta enteramente por el agua. En la casa reinaba un completo silencio. El joven médico se sentó junto a la chimenea, y esperó el resultado de su primera visita profesional.

Algunos minutos después, oyó el ruido de un coche que se aproximaba. Se puso en pie; la puerta de la calle se abrió; oyó una conversación en voz baja y un ruido de pasos cautelosos en el corredor y en la escalera, como si dos o tres hombres estuviesen ocupados en llevar algún cuerpo pesado a la habitación del piso alto. 

El crujido de los peldaños, pocos segundos después, anunció que los recién llegados, habiendo terminado la tarea que fuese, salían de la casa. La puerta volvió a cerrarse y reinó de nuevo el más absoluto silencio.
 
Pasados cinco minutos, cuando el médico se decidía a explorar la casa en busca de alguien que pudiese decirle en qué consistía su cometido, abrióse la puerta del cuarto y su visitante de la noche anterior, vestida exactamente de la misma manera y cubierto el rostro por el mismo velo, le indicó que pasara adelante. 
 
La singular altura de su cuerpo, añadida a la circunstancia de que no hablaba, hizo que, por un instante, cruzase por la mente del joven la idea de que bien podría ser un hombre disfrazado de mujer. Los sollozos histéricos que surgían a través del velo y la convulsa actitud de pesadumbre de aquella figura, denunciaron al punto lo absurdo de la suposición. El médico la siguió con presteza.

La mujer le guio, escaleras arriba, hasta el cuarto de la parte delantera de la casa y se detuvo en la puerta para dejar que él entrase. El cuarto estaba escasamente amueblado. Sólo había en él una vieja arca de pino, algunas sillas y un catre sin colgaduras ni travesaños, cubierto por una manta remendada. 

La escasa luz, que penetrababa a través de la cortina que él había visto desde la calle, hacía que fuese más vago el contorno de la habitación y comunicaba a todos ellos tan informe tonalidad, que el joven no se dio cuenta de la verdadera naturaleza de lo que tenía ante sus ojos hasta que la mujer, frenéticamente, se le adelantó y se arrodilló junto al lecho.

Tendida en la cama, rígida e inmóvil, prietamente envuelta con un lienzo y cubierta con sábanas, yacía una forma humana. La cabeza y la cara, que eran las de un hombre, estaban descubiertas, salvo un vendaje que le envolvía la cabeza y el cuello. El brazo izquierdo se atravesaba pesadamente en la cama y la mujer sostenía la mano inerte.

Con dulzura, el médico hizo a un lado a la mujer y tomó aquella mano.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Este hombre está muerto!

La mujer se puso en pie y juntó las manos.

—¡Oh, no diga eso, señor! —exclamó la mujer en un arranque de pasión que llegaba casi al frenesí—. ¡Oh, no diga eso! ¡No puedo soportarlo! Hubo hombres que resucitaron a pesar de que la gente ignorante les dio por muertos, y otros que se hubieran salvado si se hubiese acudido a tiempo… ¡No le deje tendido aquí, señor, sin hacer un esfuerzo para salvarlo! Tal vez está muriendo en este instante. ¡Inténtelo, señor! ¡Hágalo por amor de Dios!

Mientras hablaba, la mujer tocó primero la frente y luego el pecho de la figura inmóvil. Después golpeó frenéticamente las manos frías, que cuando las soltó, cayeron de nuevo, mecánica y pesadamente, sobre la manta.

—No hay remedio, mi buena señora —dijo el médico en tono tranquilo, retirando su mano del pecho del hombre—. ¡Sosiéguese! Descorra la cortina.

—¿Qué dice usted? —preguntó la mujer, sorprendida.

—¡Descorra la cortina! —repitió el médico, sobresaltado.

—Yo oscurecí el cuarto a propósito —dijo la mujer, interponiéndose, cuando él se levantó para descorrerla—. ¡Oh, señor, tenga piedad de mí! Si no hay remedio, si él está verdaderamente muerto, no le exponga a otros ojos que no sean los míos.

—Este hombre no murió de muerte natural —dijo el médico—. ¡Tengo que ver el cuerpo!
 
Y con vivo ademán, tanto que la mujer apenas pudo notar que el médico se había deslizado a su vera, este descorrió la cortina y volvió junto al lecho.

—Aquí ha habido violencia —dijo señalando el cuerpo y mirando fijamente a la cara, cuyo velo había sido levantado por primera vez.

En la excitación ocurrida un minuto antes, la mujer se había quitado la toca y el velo y a la sazón hallábase erguida, con los ojos fijos en él. Sus facciones eran las de una mujer de cincuenta años, que en otros tiempos había sido bella. 

El dolor y
el llanto habían dejado sus huellas en aquel rostro mortalmente pálido, pero no lo habían marchitado del todo. Su boca estaba contraída nerviosamente y el intenso fulgor que brillaba en sus ojos indicaba muy a las claras que sus fuerzas físicas y mentales estaban casi desmoronándose bajo el peso de los sufrimientos.

—Ha habido violencia aquí —dijo el médico, disimulando su mirada escrutadora.

—Sí, tiene usted razón —replicó la mujer.

—¡Este hombre ha sido asesinado!

—¡Pongo a Dios por testigo de que lo ha sido! —dijo la mujer apasionadamente.

—¿Por quién? —preguntó el médico, tomando a la mujer por el brazo.

—Mire las señales del asesino, y luego pregúntemelo —contestó.

El médico volvió el rostro hacia la cama y se inclinó sobre el cuerpo, que ahora yacía bajo la luz que entraba por la ventana. De pronto, comprendió la verdad.

—Este es uno de los hombres que han sido ahorcados esta mañana —dijo, apartándose tembloroso.

—Sí —contestó la mujer con una mirada fría, sin expresión.

—¿Quién es? —preguntó él.

—Mi hijo —dijo la mujer, y cayó al suelo desvanecida.

Era verdad. Un compañero suyo, tan culpable como él, había sido puesto en libertad, pero ese hombre había pagado con la muerte, había sido ejecutado. Contar las circunstancias del hecho, ahora distante, resultaría innecesario y podría apenar a personas que todavía viven. 

La madre era una viuda sin amigos ni dinero que se había privado de lo más necesario para dárselo a su hijo enfermo. Y este muchacho, sin tener en cuenta los ruegos maternos e indiferente a los sufrimientos que ella había soportado por él —incesante ansiedad del espíritu y voluntaria extenuación del cuerpo—, se había precipitado a una existencia de disipación y de crimen. Y el resultado había sido este: su muerte a manos del verdugo y la vergüenza e incurable locura de su madre.

Durante muchos años después de este suceso, cuando requerimientos provechosos y complicados hubieran hecho olvidar en otros hombres a tan desvalido ser, se vio al joven médico visitar diariamente a la inofensiva loca, cuidarla cariñosamente, aliviar el rigor de su condición con donaciones de dinero, otorgadas con mano pródiga, para subvenir a su comodidad y mantenimiento. 

A la luz del recuerdo y conciencia que
precedió a la muerte de esta criatura, pobre y sin amigos, surgió de sus labios una oración para el bienestar y protección de su médico, tan férvida como la que el mejor de los mortales pudiera haber elevado.

La oración voló al cielo y fue oída. La bendición influyó para que se le reconociese en una proporción de mil por uno todo lo que había hecho. Pero entre todos los honores de rango y posición que desde entonces se han acumulado sobre su persona, y que tan bien se ha ganado, este hombre no guarda en su corazón un recuerdo más fortalecedor que el que está vinculado al Velo Negro.

Juego del crepúsculo - August Derleth

Al anochecer quedaba una preciosa hora de juego antes de acostarse, y, como de costumbre, Donald entró corriendo en el parque, en el sector de los hoyos y montones de tierra donde la oscuridad escarnecía ya a los últimos vestigios de luz del sol.

—¡Halcón! —llamó en voz baja—. ¡Halcón!

Nadie le contestó. En el centro de un roble, una lechuza aullaba suavemente, con una voz débil y solitaria. Allá en los campos gorjeaban las alondras y los petirrojos; en las orillas del parque sollozaban tres palomas que estaban de luto. El chiquillo se sentó en el montículo del ave de tormenta y aguardó.

La noche iba entrando. Las largas sombras del parque se volvían más oscuras; casi le escondían. El canto de las alondras y el gorjeo de los petirrojos disminuían, y un chotacabras se levantó a trazar círculos y a lanzarse en línea recta hacia las alturas del firmamento, para calarse luego con un áspero zumbido de aire en las alas. Las farolas se encendían en las esquinas de las calles; pero ninguna luz se extraviaba hacia aquella parte del parque.

—¡Halcón! —volvió a llamar, impaciente—. Sé que estás escondido. Ven.

Y Halcón estaba allí, como siempre, acercándose como una sombra salida de la oscuridad. Sus luminosos ojos brillaban en la noche, asustando a Donald.

—Siempre te sale bien —dijo Donald, admirado.

Al cabo de un momento estaban jugando... montando imaginarios caballos alrededor de los montículos, bailando juntos las danzas especiales de Halcón: la danza guerrera, la de la luna, la del ave nocturna y la del ave de tormenta... con profunda solemnidad, interrumpida solo de vez en cuando por un grito de entusiasmo de Donald. 

La noche invadía el terreno tras los reflejos naranja y magenta de poniente, y dentro de pocos momentos Donald y Halcón tendrían que retirarse a sus casas. Pero el juego continuaba, a pesar de que hasta el aire parecía estar esperando la voz de la madre de Donald llamando al hijo.

Desde la valla norte de los montecillos, que separaba el parque de los arbolados céspedes y la casa distante, se elevó la odiosa voz de Archer Connelly:

—¡Eh, Falditas Carstair! ¿Qué crees que estás haciendo?

—Nada que te importe —contestó Donald, tartamudeando.

Archer manoseaba una piedra angulosa.

—¡No me hables así, golfillo!

—Déjame en paz y cuídate de tus asuntos —replicó Donald.

Estaba enojado y con sobrada razón. Cuatro de cada seis noches, Archer Connelly salía en plan de dueño y señor. Archer, que tenía todo lo que el dinero de sus padres podía comprar, era demasiado señor para jugar con niños pobres, pero no podía dejarlos en paz. 

Cuando los encontraba por la calle, los ponía en fuga; en el colegio, los atormentaba, y, como su padre formaba parte de la junta de educación, los profesores procuraban no ver las malas acciones de Archer. Ni siquiera aquí, en el parque, sabía abstenerse de fastidiarlos por todos los medios a su alcance.

—Tienes los pantalones agujereados, Carstair el Falditas —dijo.

—Van muy bien para jugar —replicó Donald.

—Porque no tienes otros; por eso van tan bien —se burló Archer.

Se oyó el golpe de una puerta vidriera y alguien gritó:

—¡Archer!

El señorito dirigió una mirada hacia la casa. Luego se volvió y disparó la piedra que tenía en la mano, y que acertó a Donald en los lomos. El atacado dio un grito y tropezó. Al enderezarse se topó de narices con la carcajada de Archer. Instintivamente, cogió un palo para arrojárselo; pero luego vio a la madre de Archer que venía en dirección a la valla.

—Apártate de ahí, Archer —decía—. ¿No te he dicho mil veces que no te juntes con esos niños?

Donald soltó el palo, acobardado.

—Yo no jugaba con él. Solo miraba. Juega como un tipo raro —dijo Archer, alejándose con ella.

Donald miró a su entorno; pero Halcón se había marchado. Ya lo sabía de antemano. Casi cada vez que Archer salía, Halcón se marchaba. Donald se decía tristemente que Halcón no quería quedarse a oír las palabras de Archer, ni a esperar la piedra, el palo o lo que fuese que el otro quisiera tirarles. Halcón se marchaba. Tenía amor propio. 

Donald estaba viendo el moreno rostro de Halcón, apretados los labios y levantados los negros ojos, volviéndose y marchándose. Donald se avergonzaba de sí mismo. Pero también él era terco. ¿Por qué tenía que huir de Archer Connelly? ¿Por qué?

—¡Donaaald!

—¡Voy!

Se levantó y buscó en vano por las sombras.

—Buenas noches, Halcón. Hasta mañana —dijo. La lechuza del roble gimió y Donald corrió hacia su casa, cruzando el montecillo del oso, por el del ave de tormenta, dejando atrás la espesura de encinas, a lo largo de las filas de arces y olmos, corriendo junto al pabellón de la banda y el puesto de los helados, y cruzando el camino hasta la casita de la esquina, que era su hogar.

—¿Te has divertido? —le preguntó su madre.

—Sí, excepto por el maldito de Archer.

—Bah, no le hagas caso.

—No se lo hago, si no fuese porque tira piedras y esta noche me ha dado... y Halcón le tiene miedo y se va —añadió como una idea de última hora.

—¿Quién es Halcón?

—Ya lo sabes; te lo conté.

—Ah, sí, aquel chico cuyo padre le compró un hermoso atuendo indio.

—Ese, ése —Donald se puso a charlar animadamente—. Hasta tiene un tomahawk y dice llamarse Halcón Rojo; ese es su nombre, y sabe contar historias y bailar danzas...

—¿Qué clase de historias?

—Pues como cuentos de hadas. Que puede transformarse en un gran halcón y salir de caza...

—¿Es mayor que tú?

—Es más recio. Es mucho más corpulento. Pero ¿sabes una cosa? Entra en el parque y no hace el menor ruido. Lo mismo que un verdadero indio. Sabe venir y plantarse detrás de mí sin que yo me entere; de modo que a veces me asusta, de tan repentinamente que aparece. ¡Y su madre nunca le llama!

—¿Dónde vive?

—No lo sé. Nunca estuve en su casa.

—Bueno. Ahora vete corriendo a la cama. Mientras sea un buen chico, supongo que está bien que juegues con él. Acaso un día tu padre también te compre un traje indio.

—¡Oh! ¿De veras, madre? ¿De veras?

—Si eres bueno, puede que sí. Veremos. Quizá por Navidad...

—Seré bueno, madre. Seré bueno.

—Y es bueno; lo es —le decía mistress Carstair a su marido mucho rato después de haberse acostado Donald, seguido de sus dos hermanas—. Me gustaría poder comprarle un traje indio.

—No sé cómo. Bastante trabajo nos cuesta atender a lo más necesario. Por lo demás, no sé qué chico de la población posee un equipo como el que dices. Y no estamos en un pueblo tan grande como para que no pudiera enterarme. Con un nombre así, además... Halcón Rojo.

—Así se llamaba el hijo de un viejo cabecilla sauk. Ya sabes, tenían el poblado por estas cercanías. ¿No encontraron sus huesos en una excavación que hicieron por ahí?

—Ah, sí; eso pertenece a la historia de la población. Te lo cuentan cada dos por tres.

—Sí, un traje indio es exactamente lo que a un chiquillo le gustaría tener y lucir. Y ayuda a poner de relieve la multitud de cosas que no podemos proporcionarle; ese es el caso. —La mujer se encogió de hombros—. Ojalá hubiera quien supiera escarmentar al tal Connelly.

—No vale la pena sacar el asunto a colación otra vez. Sus padres le ayudan y encubren, y no podemos hacer nada contra ellos.

La tarde siguiente Halcón vino un poco antes. Había una hoz de luna nueva muy baja en el horizonte oeste y formaba un hermoso cuadro entre las oscuras siluetas de los árboles recortadas sobre el cielo del atardecer. 

Donald confiaba y ansiaba que sus padres le comprasen un traje indio; no tan bonito y completo como el de Halcón, no; pero sería un traje indio a pesar de todo. Y entonces podrían jugar más a gusto a los juegos que Halcón le enseñaba.

También Archer llegó más temprano.

—¿Quién es ese compañero de juegos que tienes? —le preguntó recelosamente, apoyado en la valla.

—Es mi amigo.

—Es mi amigo —remedó Archer, burlón—. ¿Cómo se llama?

—Su nombre soy yo quien debe saberlo, y tú quien debe averiguarlo.

—Será mejor que me lo digas, Falditas Carstair; si no, ya sabes lo que te pasará.

—Prueba de obligarme —le retó Donald.

—Halcón —dijo Halcón, con voz como un breve ladrido.

—Eso no es un nombre —dijo Archer.

—Claro que lo es, Archer Connelly —replicó Donald.

—No lo es.

—Sí lo es.

—Yo estoy más enterado. Dile a ese Halcón amigo tuyo que todos los chicos nuevos en el pueblo tienen que venir a verme.

Halcón emitió un profundo sonido gutural, como un perro furioso.

—Será mejor que tengas cuidado, Archer Connelly, si no quieres que Halcón se ponga furioso. Y cuando se pone furioso, te aseguro que se pone de veras, terriblemente. Lo lamentarías mucho.

—Lo lamentarías mucho —remedó de nuevo, en son de burla, Archer—. ¿Es otro pobretón como tú?

—¿Qué tiene de malo el ser pobre? —preguntó Donald.

—Tú deberías saberlo. ¿Me oyes, Halcón? ¿También eres pobre?

Halcón emitió una especie de gruñido.

—Me figuro que si no fueses pobre no jugarías con Falditas Carstair. —Y volvió la vista hacia Donald—. ¿A qué jugabais?

—A la danza de la lluvia.

—¿Qué clase de juego es?

—Es un juego; es el juego de Halcón —respondió Donald.

—¡Vaya qué ridículos estabais saltando por ahí de ese modo! Sencillamente estás loco, Donald Carstair. Y ese tal Halcón también lo está.

—No tienes necesidad de mirarnos.

—Yo puedo mirar todo lo que me plazca. Esta valla es nuestra. Si no os gusta, podéis iros a otra parte, y veréis si me importa mucho.

La inevitable mistress Connelly emergió de la oscuridad y cogió a Archer por el brazo, parándose lo suficiente nada más para regañar a Donald y Halcón por «tener a Archer fuera de casa».

Donald miró a su amigo. Hoy, por primera vez, Halcón no había huido. Los ojos de Halcón le devolvieron la mirada brevemente. Eran unos ojos extraños, encendidos, como poblados de llamas. Halcón no decía nada; pero permanecía sentado, muy tenso, como tratando de descubrir qué pensaba, sin preguntárselo.

—Si soy pobre, no puedo remediarlo —argumentó Donald—. ¿Puedes tú?

Halcón meneó la cabeza con aire comprensivo. Pero podía recomendar una cosa: sabía un juego que le había enseñado el anciano brujo de la tribu, explicó. Era el juego para saldarles las cuentas a chicos como Archer. Hacías como si le tuvieras indefenso, a tu merced; allí estaba él, atado a unos postes hundidos en el suelo; luego imaginabas que eras un halcón y él era un ratón o algo por el estilo, y tú bajabas del cielo y le hacías pedazos. Podían imaginar que el ratón era Archer.

En un momento, Donald olvidó la ofensa y se ensimismó en el maravilloso pasatiempo de imaginar que Archer Connelly estaba atado en un poste en el monte del ave de tormenta y que Halcón y él, que también era un halcón, le hacían pedazos, y Archer le pedía que le salvase la vida, prometiendo que no volvería a portarse más de aquel modo. 

Pero no importaba, le hacían pedazos igualmente, lo cual le estaba muy bien. A este juego se entregaron diligentemente, hasta que mistress Carstair llamó a Donald para que regresara a casa, abandonando el parque invadido por la noche.

—Buenas noches, Halcón —dijo Donald, volviendo la cabeza. Por un momento pudo ver a su amigo allí sobre el montecillo del ave de tormenta; pero un momento después había desaparecido. Donald reventaba de admiración por el arte de Halcón de moverse sin hacer el menor ruido.

La tercera noche, Archer Connelly —removido en las profundidades de su alma angosta y egoísta por la envidia de la patente y manifiesta dicha de Donald— decidió vengarse de ambos muchachos. Les daría una medida colmada de juegos indios. Había asaltado la colección de puntas de flechas indias que tenía su padre y cogido las más puntiagudas. 

Desechó el arco y las flechas, prefiriendo la honda, que hasta entonces no había servido para nada más peligroso que abatir los pajarillos canoros que se extraviaban por el parque. Salió temprano y se tendió detrás de una jeringuilla que crecía en el límite, junto a la valla, desde donde podía ver claramente los montecillos.

Archer vio llegar a Donald; pero este no le vio a él. Archer aguardaba, rencoroso.

—¡Halcón! —llamaba Donald en voz baja—. ¡Halcón!

No hubo respuesta. «No había que extrañarlo», pensaba Archer, «yo mismo casi no le oía». Pero tenía paciencia y aguardaba con su presunta víctima. Quería ver de qué dirección venía el muchacho llamado Halcón; pero el crepúsculo oscurecía los montecillos rápidamente, a pesar de que el sol seguía luciendo bermejo en las montañas distantes del este. Y de pronto Archer vio que Halcón había llegado, vestido otra vez con aquel estúpido traje indio, con las plumas y la piel de un ave en la espalda.

El agresor cambió levemente de posición, estiró la honda de goma y apuntó con la cabeza de flecha más afilada. El primer proyectil le dio a Donald en el hombro. El agredido se volvió a medias, buscando a Archer con la mirada. La segunda cabeza de flecha le dio sobre una ceja, rasgándole la piel de forma que la sangre empezó a descenderle sobre el ojo.

—¡Archer! —gritó Donald—. Me has hecho daño.

La tercera punta de flecha se le clavó en el costado. Donald cayó, llorando.

—Falditas Carstair no puede resistir un asalto indio —gritó Archer. Diciendo lo cual colocó otra punta de flecha en la honda y apuntó contra Halcón—. Como tampoco puede Falditas Halcón —gritó.

La punta de flecha silbó a través de la oscuridad, por encima del montecillo, en línea recta hacia Halcón, quien la recibió sin hacer el menor movimiento para evitarla. La punta de flecha le acertó en mitad del vientre y le atravesó de parte a parte.

Donald gritaba:

—¡Halcón! ¡Halcón! ¡Estás herido!

Pero algo terrible estaba ocurriendo en Halcón. Ya no era Halcón el que estaba allí. Era un ave grande. Donald pensó que sucedía como si aquella piel de ave que Halcón llevaba en la espalda hubiera crecido y le hubiese cubierto. Un instante después el ave se había remontado y volaba hacia el agresor. Luego se abatió sobre Archer, el cual profería unos gritos horribles. Donald cerró los ojos y corrió a ciegas hacia su casa.

Era cerca de medianoche cuando Frank Carstair llegó a su hogar. Su esposa continuaba levantada.

—Por fin han podido acostar a mistress Connelly. Le han administrado un sedante capaz de tumbar a un caballo. ¡Uf! —Y se estremeció.

—Yo también he tenido que darle algo a Donald. ¿Qué ha pasado, Frank?

—¿Donald sigue firme en su versión?

—Sí. Era un ave muy grande, mayor que un hombre, decía. Le han interrogado una y otra vez, hasta que he tenido que interrumpirlos. Y él ha repetido siempre lo mismo. ¿Has visto a Archer?

—Todo lo que pude resistir aquella visión. ¡Dios mío, cariño... era espantoso! Descuartizado, simplemente descuartizado. Los dos brazos arrancados... la cabeza también. —El hombre tuvo un escalofrío e hizo una mueca—. ¿De dónde habrá sacado Donald esa idea? —preguntó—. Serán los cuentos que aquel otro chico le contaba, supongo.

—Sí, por supuesto —concluyó luego—. Habremos de retenerlo en casa un poco más. —Y miró especulativamente hacia el parque—. Donald ha escuchado bastantes cuentos indios para que le duren años enteros. ¿Cómo soporta el golpe Connelly?

—Es un hombre duro.

—Pero ¡qué cosa tan terrible! No entiendo cómo ha podido ocurrir. ¿Ha sido un tiro esto?

—Sí. Unos cuantos hombres han salido de caza.

—¿De caza? ¿A estas horas?

—Sí. A cazar pájaros. Aves muy grandes.

—Acostémonos, Frank. Estoy rendida. Apaga la luz, ¿quieres? Aves. ¿Por qué diablos querrán cazar aves?

—Porque el forense ha dicho que Archer ha muerto atacado por un ave. Las señales del cuerpo parecían hechas por un ave de presa... aunque mucho mayores. Señales de garras, concretamente. Dijo que eran exactamente las huellas... solo que mayores, por supuesto... (no te figurarás que se topó con el amigo de Donald, ¿verdad que no?)... las huellas de un halcón.

La luz se apagó.