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El hombre del traje marrón - Agatha Christie

Capítulo XIX

La situación me recordó la Jornada Tercera de los «Peligros de Pamela». ¡Cuántas veces había estado yo sentada en las butacas de seis peniques, comiendo una barra de chocolate y anhelando que me ocurrieran a mí cosas como aquella! Bueno, pues, ya me estaban ocurriendo. Y sin saber por qué, no resultaban tan divertidas como yo me las había imaginado. Está muy bien verlo en la pantalla, y una tiene el consuelo de saber que habrá una Jornada Cuarta. Pero en la vida real nadie podía garantizarme que Anita Aventurera no dejara de existir bruscamente al final de cualquiera de los episodios.

Sí; me encontraba en una situación difícil. Recordé con desagradable claridad todas las cosas que Rayburn me había dicho aquella mañana. «Diga usted la verdad», me había aconsejado. Bueno, pues eso siempre podría hacerlo; pero, ¿me serviría de algo? En primer lugar, ¿se daría crédito a mi relato? ¿Creerían probable o posible que hubiese emprendido aquella loca aventura sin más bases que un pedazo de papel que olía a naftalina? A mí me parecía una cosa completamente increíble. En aquel instante de cordura y serenidad me maldije a mí misma por melodramática e idiota y anhelé el apacible aburrimiento de Little Hampsly.

Todo eso me pasó por la imaginación en mucho menos tiempo del necesario para contarlo. Mi primer movimiento instintivo fue dar un paso atrás y buscar el tirador de la puerta. El hombre se limitó a sonreír.

—Aquí está y aquí se queda —observó.

Hice lo posible por hacer al mal tiempo buena cara.

—Me invitó a venir aquí el Conservador del Museo de la Ciudad de El Cabo. Si he cometido un error...

—¿Un error? ¡Oh, sí! ¡Un error muy grande!

Rió gravemente.

—¿Con qué derecho me detiene? Daré cuenta a la policía...
—Yap, yap, yap... como un perrito faldero —rió.
—Me veo obligada a llegar a la conclusión de que es usted un loco peligroso —anuncié, con frialdad.
—¿De veras?
—Quisiera advertirle que mis amistades están perfectamente enteradas de que he venido aquí. Si no he regresado antes del anochecer, vendrán a buscarme, ¿comprende?
—Conque sus amistades saben que está usted aquí, ¿eh? ¿Qué amistades?

Retada así, calculé rápidamente las probabilidades. ¿Debiera mencionar a sir Eustace? Era un hombre muy conocido y su nombre pudiera influir. Pero si se hallaba en contacto con Pagett pudiera saber que mentía. Más valía no correr el riesgo de mencionar ahora a sir Eustace.

—La señora Blair, por ejemplo. Una amiga mía con quien me alojo.
—No lo creo —anunció el hombre, sacudiendo la anaranjada cabeza—. No la ha visto usted desde esta mañana a las once. Y recibió nuestra nota, pidiéndole que viniese aquí, a la hora de comer.

Por sus palabras comprendí cuán de cerca se habían seguido mis pasos; pero no pensaba rendirme sin luchar.

—Es usted muy listo —dije—. ¿Ha oído hablar alguna vez de cierto invento muy útil que se llama teléfono? La señora Blair me telefoneó cuando descansaba en mi cuarto después de comer. Le dije dónde iba a estar esta tarde.

Con gran satisfacción mía, observé que su rostro reflejaba, durante un instante, cierta preocupación. Era evidente que no había pensado en la posibilidad de que Susana me telefoneara. Lástima que no lo hubiese hecho de verdad.

—Basta de eso —dijo con aspereza, poniéndose en pie.
—¿Qué va usted a hacer de mí? —inquirí, procurando parecer serena aún.
—Meterla donde no pueda hacer daño alguno, si a sus amistades se les ocurre venir a buscarla.

Durante unos segundos, la sangre se me heló en las venas. Pero las palabras que a continuación dijo, me tranquilizaron.

—Mañana tendrá que responder a algunas preguntas, y cuando lo haya hecho, sabremos qué hacer con usted. Y puedo asegurarle, jovencita, que conocemos muchas maneras de hacer hablar a los imbéciles que sean testarudos.

No era muy animador aquello; pero por lo menos me daba tiempo a respirar. Tenía hasta el día siguiente. Aquel hombre no era más que un subordinado, que obedecía órdenes superiores. ¿Era posible que su superior fuese Pagett?

Llamó y se presentaron dos cafres. Me condujeron escalera arriba. A pesar de cuanto forcejeé, me ataron de pies y manos y me amordazaron. La habitación en que me habían metido era una especie de buhardilla, debajo del tejado. Estaba llena de polvo y no parecía haber estado ocupada. El holandés me hizo una reverencia burlona y se retiró cerrando la puerta tras él.

Me hallaba completamente impotente. Por mucho que me retorcí no pude aflojar las ligaduras y la mordaza no me permitía gritar. Si por una casualidad se presentara alguien en la casa, nada podría hacer para llamar la atención. Oí abajo el ruido de una puerta que se cerraba. El holandés había salido, al parecer.

Me enloquecía no poder hacer cosa alguna. Volví a probar mis ligaduras, pero los nudos no cedieron. Me di por vencida al fin y me desmayé o me dormí. Cuando volví a despertar, me dolía todo el cuerpo. La oscuridad era completa ya, y juzgué que estaría muy avanzada la noche, porque la Luna se hallaba muy alta en el firmamento y llenaba con sus rayos la polvorienta claraboya. La mordaza casi me ahogaba y el entumecimiento y el dolor resultaban casi insoportables.

Fue entonces cuando mi mirada se posó sobre el trozo de vidrio que había en un rincón. Un rayo de Luna le daba de lleno y su brillo había llamado mi atención. Al mirarlo, se me ocurrió una idea de esas que se le ocurren a una en momentos difíciles.

No podía mover manos ni piernas; pero suponía que me sería posible rodar. Me puse en movimiento lenta y torpemente. No era fácil. Además de ser extremadamente doloroso, puesto que no podía protegerme el rostro con los brazos, resultaba también muy difícil rodar en una dirección determinada.

La tendencia era rodar en cualquier dirección menos en la que me interesaba. Después de mucho trabajo, sin embargo, llegué al punto que deseaba. El vidrio casi me tocaba las manos.

Aun así, la cosa no resultó fácil. Precisé una eternidad para empujar el vidrio hasta encajarlo de tal suerte contra la pared que pudiera rozar con él las ligaduras. Esta última operación fue tan larga, tan exasperante, que casi perdí toda esperanza. No obstante, acabé cortando las cuerdas que me ataban las manos. Lo demás fue cuestión de tiempo. Una vez hube restablecido la circulación en mis manos dándome masajes en las muñecas, pude quitarme la mordaza. Y cuando hube respirado profundamente un par de veces, me sentí mucho mejor.

No tardé ya en deshacer hasta el último nudo; pero hube de esperar un buen rato antes de poder ponerme en pie. Por fin me erguí, agitando los brazos para restablecer la circulación. Ansiaba, sobre todas las cosas, encontrar algo de comer.

Aguardé cosa de un cuarto de hora para estar segura de que no me abandonarían las fuerzas. Luego, me acerqué a la puerta de puntillas. Como había esperado, no estaba cerrada con llave. La abrí y atisbé con cautela.

Todo estaba silencioso. La luz de la Luna, que se filtraba por una ventana, me permitió ver la escalera cubierta de polvo y sin alfombra. Bajé con sigilo. No se oía ningún ruido. Pero cuando llegué al descansillo de abajo, llegó a mis oídos un débil murmullo de voces. Paré en seco y permanecí inmóvil algún tiempo. Un reloj colgado de la pared señalaba más de medianoche.

Me daba perfecta cuenta de los riesgos que podría correr si bajaba más; pero, al fin venció en mí la curiosidad. Tomando infinitas precauciones me dispuse a explorar. Me deslicé silenciosamente por el último tramo de escalera hasta el cuadrado vestíbulo. Miré a mi alrededor, y contuve el aliento. Un cafre estaba sentado junto a la puerta. No me había visto. No tardé en darme cuenta, por el ritmo de su respiración, que se había dormido.

¿Debía retroceder o seguir adelante? Las voces emanaban del cuarto al que se me condujera a mi llegada. Una de ellas era la del holandés. No pude reconocer la otra, aunque se me antojaba vagamente conocida.

Al fin decidí que era mi deber enterarme de todo lo que fuese posible. Tendría que correr el riesgo de que se despertase el cafre. Crucé silenciosamente el pasillo y me arrodillé junto a la puerta del cuarto. Durante unos instantes no pude oír mejor por ello. Las voces sonaban más altas, pero no lograba distinguir lo que decían.

Apliqué el ojo a la cerradura en lugar del oído. Como había supuesto, uno de los que hablaban era el holandés. El otro hombre se hallaba fuera de mi campo visual.

De pronto se puso en pie para servirse algo de beber. Aun antes de que diera la vuelta comprendí quién era.

¡El señor Chichester!

Ahora empecé a entender las palabras.

—No obstante, es peligroso. ¿Y si sus amistades vinieran a buscarla?

Era el holandés quien hablaba. Chichester le respondió. Ya no usaba su voz de clérigo. Nada de particular tenía, pues, que no la hubiese reconocido.

—Eso es puro bluf. Nadie tiene la menor idea de dónde se encuentra.

Habló con convencimiento.

—Es posible. He investigado el asunto y no tenemos nada que temer. Sea como fuere, las órdenes emanan del «Coronel». Supongo que no querrá usted desobedecerlas...

El holandés soltó una exclamación en su idioma nativo. Juzgué que era una rotunda negativa.

—Pero, ¿por qué no darle un golpe en la cabeza? —gruñó—. Sería más sencillo. El barco está preparado. Se la podría llevar a alta mar.
—Sí —contestó Chichester, pensativo—. Eso es lo que yo haría. Sabe demasiado; de eso no cabe la menor duda. Pero al «Coronel» le gusta trabajar solo, aunque no le consiente a ningún otro que lo haga. (Sus propias palabras parecieron despertar en él algún recuerdo que le molestaba). Deseaba obtener de esta muchacha informes de alguna clase.

Había hecho una pausa antes de decir «informes», y el holandés se agarró a la palabra.

—¿Informes?
—O algo así.
—«Diamantes» —dije yo para mis adentros.
—Y ahora —continuó Chichester— déme las listas.

Durante un buen rato su conversación me resultó completamente ininteligible. Parecían versar sobre grandes cantidades de legumbres y verduras. Se mencionaron fechas, precios y nombres de varios lugares que yo no conocía. Transcurrió su buena media hora antes de que terminaran de contar y de hacer comprobaciones.

—Muy bien —dijo Chichester. Y se oyó un ruido como el de una silla al arrastrarse por el suelo—. Me las llevaré para que las vea el «Coronel».
—¿Cuándo se marcha usted?
—Mañana por la mañana a las diez bastará.
—¿Quiere ver a la muchacha antes de irse?
—No. Hay órdenes severas de que nadie debe ver a la chica hasta que llegue el «Coronel». ¿Se encuentra bien?
—Me asomé a verla cuando vine a comer. Creo que estaba dormida. ¿Y alimentos?
—Un poco de ayuno no le hará ningún daño. El «Coronel» vendrá aquí mañana por la mañana a una hora u otra. Responderá mejor a las preguntas si tiene hambre. Más vale que no se acerque nadie hasta entonces. ¿Está bien atada?

El holandés se echó a reír.

—¿Qué cree usted?

Los dos rieron. Y yo también, aunque para mis adentros. Luego, comoquiera que los ruidos que se oyeran parecían anunciar que estaba a punto de salir del cuarto, me batí precipitadamente en retirada. Lo hice justamente a tiempo. Al llegar a la escalera, oí abrirse la puerta del vestíbulo. Me retiré prudentemente a la buhardilla, me rodeé el cuerpo con las cuerdas y volví a tirarme en el suelo por si se les ocurría subir a echarme una mirada.

No lo hicieron, sin embargo. Al cabo de una hora, aproximadamente, descendí con cautela la escalera. El cafre de guardia junto a la puerta estaba despierto y tarareaba una canción. Tenía vivos deseos de salir de la casa, pero no veía la forma de conseguirlo.

Acabé teniendo que retirarme a la buhardilla otra vez. Era evidente que el cafre se pasaría la noche allí, vigilando. Permanecí en mi encierro, armándome de paciencia, durante las primeras horas de la mañana, escuchando todos los preparativos. Los hombres desayunaron en el vestíbulo. Empezaba a sentirme enervada. ¿Cómo demonios iba a salir de la casa? ¿Podría?

Me aconsejé a mí misma paciencia. Un paso temerario pudiera echarlo a perder todo. Después del desayuno oí marcharse a Chichester. Con gran alivio mío, el holandés le acompañó.

Aguardé, conteniendo el aliento. Estaban quitando la mesa y haciendo el trabajo de la casa. Por fin, todas las actividades parecieron cesar. Volví a salir de mi guarida. Me deslicé silenciosamente escalera abajo. El vestíbulo estaba desierto. Lo crucé con velocidad de relámpago, abrí la puerta y salí al sol. Bajé corriendo el camino del jardín como si me persiguiera el mismísimo demonio.

Una vez fuera, me puse a caminar de forma normal. La gente me miraba con curiosidad, y no era de extrañar. Debía de llevar los vestidos y la cara cubiertos de polvo de la buhardilla. Por fin llegué a un garaje. Entré.

—He sufrido un accidente —expliqué—. Necesito un coche que me conduzca inmediatamente a Ciudad de El Cabo. He de pillar el vapor para Durban.

No tuve que esperar mucho. Diez minutos más tarde me hallaba camino de Ciudad de El Cabo. Era preciso que me enterara de si Chichester iba a bordo. No me era posible decidir aún si embarcar en él yo también o no; pero a última hora decidí hacerlo. Chichester no sabría que le había visto en el hotelito de Muizenberg. Seguramente prepararía nuevas trampas para cazarme. Pero yo estaría sobre aviso. Y él era el hombre a quien me interesaba seguir, el hombre que andaba buscando los diamantes por cuenta del misterioso «Coronel».

¡Pobres planes míos! Cuando llegué yo al muelle, el Castillo de Kilmorden enfilaba ya con su proa la salida del puerto. Y no tenía yo medio alguno de averiguar si Chichester viajaba a bordo o no.
 
 
Capítulo XX

Me dirigí al hotel. En el saloncillo no había ninguna persona conocida. Subí corriendo la escalera y llamé a la puerta de Susana. Me dijo que entrara. Cuando vio quién era, se me colgó del cuello, así, como suena.

—¡Anita, querida! ¿Dónde ha estado? ¡Me ha tenido la mar de alarmada! ¿Qué ha estado haciendo?
—Corriendo aventuras —repliqué—. Jornada Tercera de «Los Peligros de Pamela».

Le conté toda la historia. Exhaló ella un profundo suspiro cuando terminé.

—¿Por qué han de ocurrirle a usted siempre esas cosas? —exclamó quejumbrosa—. ¿Por qué no me amordaza a mí nadie ni me ata de pies y manos?
—No le gustaría si se lo hiciesen —le aseguré—; y a decir verdad, no tengo tantas ganas ya de correr aventuras como antes. Una pequeña dosis de eso le harta a una para una temporada.

Susana no pareció muy convencida. De haberse pasado una hora o dos atada y amordazada, seguramente hubiera cambiado de opinión. A Susana le gustan las emociones, pero odia las incomodidades.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó.
—No estoy muy segura —le respondí dubitativa—. Usted sigue encargada de ir a Rhodesia, naturalmente, para vigilar a Pagett...
—¿Y usted?

Ahí estaba la dificultad... ¿Habría embarcado Chichester a bordo del Kilmorden o no? ¿Pensaba seguir su plan original de marcha a Durban? La hora en que abandonara Muizenberg parecía insinuar que la contestación a ambas preguntas debía de ser afirmativa. En cuyo caso podría marchar yo a Durban por tren. Estaba segura de que llegaría yo allí antes que el barco. Sin embargo, si le cablegrafiaban a Chichester la noticia de mi huida, y le decían que había salido de Ciudad de El Cabo en dirección a Durban, nada más fácil para él que abandonar el barco en Port Elizabeth o East London y escapárseme así por completo.

El problema era algo complicado.

—Sea como fuere —dije—, nos enteraremos de la hora de salida de los trenes para Durban.
—Y no es demasiado tarde para una taza de té matutina —anunció Susana—. La tomaremos en el saloncillo.

El tren de Durban salía a las ocho y cuarto de la noche, me dijo el conserje. De momento aplacé mi decisión y me reuní con Susana para tomar el té.

—¿Cree usted que podrá reconocer a Chichester otra vez... si lleva un disfraz distinto, quiero decir? —inquirió Susana.

Sacudí la cabeza.

—Desde luego no le conocí cuando le vi disfrazado de camarera ni le hubiese reconocido de no haber sido por el dibujo que usted me hizo.
—Ese hombre es actor de profesión —dijo Susana, pensativa—. Estoy segura de ello. Puede abandonar el barco vestido de obrero o de cualquier cosa, y no conseguirá usted descubrirle.
—Es usted muy consoladora —le repuse.

En aquel momento el coronel Race miró por la puerta ventana y se reunió con nosotras.

—¿Qué hace sir Eustace? —inquirió Susana—. No le he visto por aquí hoy.

Una expresión extraña cruzó el rostro del coronel.

—Tiene preocupaciones que no le dejan tiempo libre.
—Cuéntenos de qué se trata.
—Hablar de eso sería una indiscreción.
—Cuéntenos algo... aunque tenga que inventarlo nada más que para distraernos.
—Bueno, pues, ¿qué diría si le dijese que el famoso «Hombre del traje color castaño» ha viajado en nuestra compañía?
—¿Cómo?

Sentí que la sangre se retiraba de mi rostro y volvía a invadirlo otra vez. Por fortuna, el coronel Race no me estaba mirando.

—Creo que es un hecho. Mientras las autoridades vigilaban todos los puertos para que no pudiese escapar de Inglaterra, consiguió engañar a Pedler para que le trajera aquí como secretario.
—¿El señor Pagett?
—No; Pagett no. El otro. Decía llamarse Rayburn.
—¿Le han detenido? —preguntó Susana.

Por debajo de la mesa me tranquilizó con un apretoncito de manos. Aguardé sin aliento la contestación.

—Parece haber desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra.
—¿Cómo lo ha tomado sir Eustace?
—Lo considera como un insulto personal que le ha inferido el Destino.

Más tarde, aquel mismo día, se presentó una oportunidad de escuchar lo que sir Eustace opinaba del asunto. Un botones portador de una nota nos despertó cuando dormíamos la siesta. Sir Eustace nos suplicaba, con emocionantes palabras, que le concediéramos el honor de tomar el té con él en su gabinete.

El pobre hombre se hallaba en un estado lastimoso. Nos contó sus cuitas animado por los murmullos de simpatía de Susana. (Que sabe hacer esta clase de cosas muy bien).

—Primero, una mujer completamente desconocida tiene la impertinencia de hacerse asesinar en mi casa... nada más que por molestarme, estoy seguro. ¿Por qué en mi casa? ¿Por qué, entre todas las casas de Gran Bretaña, escoger la Casa del Molino? ¿Qué mal le había hecho yo jamás a esa mujer para que fuera a dejarse matar allí?

Susana emitió uno de sus murmullos comprensivos otra vez, y sir Eustace prosiguió, con voz más dolida aún:

—Y, por si eso fuera poco, el hombre que la había asesinado tuvo la impertinencia..., la colosal impertinencia..., de agregarse a mí como secretario. ¡Mi secretario, fíjense bien! Estoy ya harto de secretarios. Me niego a soportar más secretarios. O son asesinos ocultos o borrachos y pendencieros. ¿Han visto el ojo que lleva Pagett? Pues claro que lo habrán visto. ¿Cómo puedo andar por ahí con un secretario así? Y tiene la cara de un amarillo feo, por añadidura..., precisamente del color que menos pega con un ojo a la funerala. Para mí se han acabado los secretarios... a menos que encuentre una muchacha. Una muchacha bonita, de ojos líquidos, que me coja de la mano siempre que me vea enfadado. ¿Qué me dice usted, señorita Ana? ¿Quiere aceptar el empleo?
—¿Cuánto tiempo he de tenerle cogida la mano? —pregunté, riendo.
—Todo el santo día —respondió sir Eustace, muy galante.
—No me quedará mucho tiempo para escribir a máquina entonces —le recordé.
—Eso no importa. Todo ese trabajo es idea de Pagett. Me mata a trabajar. Mi único consuelo es que voy a dejarle atrás cuando salga de Ciudad de El Cabo.
—¿Se va a quedar aquí?
—Sí. Se divertirá de lo lindo buscando a Rayburn. Esa clase de trabajo le va a Pagett que ni pintado. Adora las intrigas. Pero le hago la oferta en serio. ¿Quiere acompañarme? La señora Blair es una dueña competente. Y puede usted disponer de medio día de fiesta de vez en cuando para cavar en busca de huesos.
—Muchísimas gracias, sir Eustace —dije, con cautela—. Pero creo que voy a salir para Durban esta noche.
—No sea usted una joven testaruda. No olvide que hay la mar de leones en Rhodesia. Le gustarán los leones. A todas las jóvenes les gustan.
—¿Estarán ensayando saltitos cortos? —le pregunté, riendo—. No, muchas gracias. He de marchar a Durban sin perder tiempo.

Sir Eustace me miró, suspiró profundamente y luego abrió la puerta de la habitación contigua y llamó a Pagett.

—Si ha dormido usted ya la siesta, amigo mío, quizá esté dispuesto a trabajar un poco como variación.

Guy Pagett apareció en el umbral. Nos hizo una reverencia a las dos, dando muestras de un leve sobresalto al verme, y replicó con su melancólica voz:

—He estado escribiendo a máquina esa memoria toda la tarde, sir Eustace.
—Pues deje de escribir a máquina entonces. Vaya a las oficinas del Delegado de Comercio... o a la Delegación de Agricultura... o a la Cámara de Minas... o a uno de esos sitios. Y pídales que me presten una mujer que me acompañe a Rhodesia. Ha de tener ojos de mirada líquida y no tener inconveniente en que le coja yo la mano.
—Bien, sir Eustace. Pediré una taquimecanógrafa competente.
—Pagett es un hombre malintencionado —dijo sir Eustace después de haberse ido el secretario—. Estoy dispuesto a apostar que escogerá una mujer que tenga cara de torta, nada más que por molestarme. Ha de tener los pies bonitos también... Me había olvidado decir eso.

Así a Susana de la mano, excitada, y casi la arrastré hasta su cuarto.

—Ahora, Susana —exclamé—, hemos de hacer planes... y muy aprisa. Pagett se queda en Ciudad de El Cabo. ¿Oyó usted eso?
—Sí. Supongo que eso significa que no podré ir a Rhodesia..., lo que es una verdadera lata, porque quiero ir a Rhodesia. ¡Qué contratiempo!
—Anímese —le dije—. Irá usted. No veo yo cómo iba a volverse atrás en el último instante sin que la cosa pareciese sospechosa. Además, cabe la posibilidad de que sir Eustace llamara de pronto a Pagett y le costaría a usted mucho más trabajo colgarse a él.
—Resultaría muy poco decente —aseguró Susana, con una sonrisa—. Me vería obligada a fingirme locamente enamorada de él para justificarlo.
—Sin embargo, si se encontrara usted allí ya a su llegada, la cosa no podría parecer más natural. Además, no creo que debamos perder de vista a los otros dos por completo.
—Pero, Ana, ¿es posible que desconfíe usted del coronel Race y de sir Eustace?
—Desconfío de todo el mundo —respondí con aire de misterio—. Y si ha leído usted alguna novela detectivesca, Susana, debe saber que el criminal es siempre el hombre que menos parece serlo. Ha habido la mar de criminales gordos y joviales como sir Eustace.
—No puede decirse que el coronel Race sea gordo en realidad ni muy jovial tampoco.
—A veces son delgados y silenciosos —repuse—. No digo que desconfíe seriamente de ninguno de los dos. Pero, después de todo, a la mujer la asesinaron en la casa de sir Eustace.
—Sí, sí... No es preciso que discutamos todo eso otra vez. Le vigilaré, Anita, y si engorda más o se vuelve más alegre, le mandaré a usted un telegrama inmediatamente: «Sir E. se hincha. Altamente sospechoso. Venga sin demora».
—¡Por Dios, Susana! —exclamé—. ¡Parece usted creer que todo esto es un juego!
—Ya lo sé —respondió ella sin inmutarse—. Sí me lo parece. La culpa es suya, Anita. Me ha imbuido de su espíritu de «Corramos una aventura». No se me antoja ni pizca real. Si Clarence supiera que andaba por África siguiendo la pista a criminales peligrosos, le daría un patatús.
—¿Por qué no se lo dice por cable? —pregunté, con sarcasmo.

Pero Susana es incapaz de verle la gracia a nada relacionado con la expedición de un cablegrama. Reflexionó sobre mi proposición con toda la buena fe del mundo.

—Podría hacerlo. Tendría que ser un cable muy largo —se animó enormemente ante semejante posibilidad—. Pero creo que será preferible abstenerse. Los maridos siempre quieren inmiscuirse en las diversiones más inofensivas.
—Bueno —dije, haciendo un resumen de la situación—, usted vigilará a sir Eustace y al coronel Race...
—Sé por qué he de vigilar a sir Eustace —me interrumpió Susana—. Es por su tipo y su humorística conversación. Pero desconfiar del coronel Race se me antoja llevar la cosa a extremos... Le aseguro que sí. Pero ¡si tiene algo que ver con el Servicio Secreto! ¿Sabe usted una cosa, Ana? Creo que lo mejor que podríamos hacer sería confiar en él y contarle toda la historia.

Me opuse vigorosamente a semejante proceder. Reconocí en ello los desastrosos efectos del matrimonio. Cuántas veces no habré oído decir a una mujer inteligente a más no poder: «Edgardo dice...», como quien cita una autoridad incontrovertible. Y eso cuando todo el mundo sabe que Edgardo es un perfecto idiota. Susana, como consecuencia de ser casada, ansiaba buscar el apoyo de un hombre u otro.

No obstante, me prometió fielmente no decirle una palabra al coronel Race y seguimos confeccionando planes.

—Es evidente que he de quedarme yo aquí y vigilar a Pagett y he aquí la mejor manera de hacerlo: he de fingir salir para Durban esta noche, llevándome el equipaje a la estación y todo eso. Pero, en realidad, me iré a cualquier hotelito pequeño de la ciudad. Puedo cambiar un poco de aspecto... llevar un tupé rubio y uno de esos tupidos velos de encaje blanco. Tendré mucha más ocasión de ver lo que hace si me cree lejos de aquí.

Susana se mostró completamente de acuerdo con mi plan. Hicimos todos los preparativos con ostentación. Preguntamos de nuevo la hora a que salía el tren e hicimos el equipaje.

Comimos juntas en el restaurante. El coronel Race no se presentó; pero sir Eustace y Pagett ocupaban su mesa junto a la ventana. Pagett abandonó la mesa a mediados de la comida, cosa que me molestó, porque mi intención era despedirme de él. No obstante, seguramente serviría igual sir Eustace para el caso. Me acerqué a él cuando terminé la cena.

—Adiós, sir Eustace —le dije—. Salgo esta noche para Durban.
—Así había oído decir. No le gustaría a usted que le acompañase, ¿verdad?
—Me encantaría.
—Buena chica. ¿Está usted segura de que no cambiará lo más mínimo de opinión e irá conmigo a buscar leones a Rhodesia?
—Completamente segura.
—Debe de ser la mar de guapo —murmuró sir Eustace, quejumbroso—. Algún jovencito de Durban seguramente que eclipsará por completo los encantos de mi madurez. A propósito, Pagett marcha en el coche dentro de unos minutos. Podría llevarla a usted a la estación.
—Oh, no, gracias —me apresuré a decir—. La señora Blair y yo hemos pedido un taxi ya.

Lo que menos podía desear yo era ir a la estación con Pagett. Sir Eustace me miró con atención.

—Estoy por asegurar que Pagett no es santo de su devoción. No me extraña. ¡Es tan entrometido...! Y va por ahí con cara de mártir mientras, en realidad, está haciendo todo lo posible por molestarme y darme disgustos.
—¿Qué ha hecho ahora? —pregunté, con ansiedad.
—Me ha conseguido una secretaria. ¡Jamás se ha visto mujer igual! Tiene cuarenta años por lo menos; usa gafas y botas; y tiene aire de una eficiencia que acabará matándome. ¡Una completa cara de torta!
—¿No le quiere coger la mano?
—¡Dios quiera que no! —exclamó sir Eustace—. Eso sería ya el colmo. Bueno, adiós, ojos líquidos. Si mato un león no le regalaré a usted la piel... por haber cometido la bajeza de abandonarme.

Me estrechó cordialmente la mano y nos separamos. Susana me estaba aguardando en el vestíbulo. Iba a despedirnos a la estación.

—Pongámonos en marcha enseguida —dijo precipitadamente.

E hizo una señal al conserje para que parara un taxi.
Una voz que sonó a mis espaldas me hizo dar un brinco.

—Perdone, señorita Beddingfeld, pero bajo ahora con un coche. Puedo dejarlas a la señora Blair y a usted en la estación.
—Oh, gracias —me apresuré a decir—; pero no hay necesidad de molestarle. Yo...
—No es molestia, se lo aseguro. Cargue el equipaje, mozo.

No pude hacer nada. Hubiese podido protestar de nuevo; pero el codazo que me dio Susana disimuladamente me advirtió que debía andar con cautela.

—Gracias, señor Pagett —dije con frialdad.

Subimos todos al coche. Cuando bajamos la carretera a gran velocidad hacia la población, me devané los sesos buscando algo que decir. Fue el propio Pagett quien rompió el silencio por fin.

—Le he conseguido una secretaria muy eficiente a sir Eustace —observó—. La señorita Pettigrew.
—No parecía estar muy entusiasmado con ella hace unos instantes —dije yo.

Pagett me miró con frialdad.

—Es una taquimecanógrafa muy hábil —me dijo en tono reprensivo.

Nos paramos delante de la estación. Allí pensé yo que nos dejaría. Me volví hacia él con la mano tendida. Pero no.

—Entraré a despedirme. Son las ocho en punto. Su tren sale dentro de un cuarto de hora.

Dio instrucciones a los mozos. Yo me quedé inmóvil, impotente, sin atreverme a mirar a Susana. El hombre aquel desconfiaba. Estaba decidido a asegurarse de que me marchaba, en efecto, con aquel tren. ¿Y qué podía hacer yo? Nada. Me vi salir de la estación un cuarto de hora más tarde mientras Pagett me despedía agitando la mano desde el andén. Había sabido cambiar las tortas con mucha habilidad. Además, su trato había cambiado por completo. Me hablaba con una jovialidad que le cuadraba muy mal y que a mí me daba náuseas. El hombre aquel era un hipócrita acabado. Había intentado asesinarme y ahora me colmaba de cumplidos. ¿Se imaginaría ni un solo instante que no le había reconocido aquella noche sobre cubierta? No; era una simple postura, un simulacro que me obligaba a aceptar.

Tan impotente como un cordero, me moví guiada por sus hábiles instrucciones. Me amontonaron el equipaje en el coche-cama. Tenía una cabina doble para mí sola. Eran las 8:12. El tren salía dentro de tres minutos. Pero Pagett no había contado con Susana.

—Va a ser un viaje muy caluroso, Anita —dijo esta de pronto—. Sobre todo cuando pase por Karpo mañana. Lleva usted agua de colonia de lavanda, ¿verdad?

No podía haberme dado una indicación más clara.

—¡Oh! —exclamé, fingiendo consternación—. ¡Me he dejado el agua de colonia sobre el tocador de mi cuarto!

La costumbre que tenía Susana de mandar le sirvió muy bien. Se volvió, imperiosa, hacia Pagett.

—¡Señor Pagett! ¡Pronto! Tiene el tiempo justo. Hay una perfumería casi enfrente de la estación. Es preciso que Ana se lleve el agua de colonia.

El hombre vaciló; pero los autoritarios modales de Susana resultaron irresistibles. Susana es autócrata innata. Pagett obedeció. La señora Blair le siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista.

—¡Pronto, Anita! ¡Apéese por el otro lado... por si acaso no ha ido y nos observa desde el extremo del andén! No se acuerde del equipaje. Puede telegrafiar pidiendo que se lo reexpidan mañana. ¡Oh! ¡Si el tren saliera a la hora en punto...!

Abrí la puerta del otro lado del tren y me apeé. Nadie me observó. Me era posible ver a Susana de pie, donde la había dejado, con la cabeza alzada mirando hacia el tren y hablando, al parecer, conmigo por la ventanilla. Sonó un silbido. El tren arrancó. Entonces oí que alguien corría desesperadamente por el andén. Me oculté en la sombra de un quiosco de libros y atisbé desde allí.

Susana, que había estado agitando un pañuelo en señal de despedida, se volvió.

—Llega usted demasiado tarde, señor Pagett —dijo alegremente—. Se ha ido. ¿Es esta la colonia? ¡Qué lástima que no pensáramos en ella más pronto!

Pasaron cerca de mí al dirigirse a la salida de la estación. Guy Pagett estaba acaloradísimo. Era evidente que había ido a la perfumería y vuelto corriendo desesperadamente.

—¿Quiere que le busque un taxi, señora Blair?

Susana supo desempeñar su papel.

—Si me hace el favor... ¿Quiere usted que le lleve al hotel? ¿Tiene mucho que hacer para sir Eustace? ¡Ojalá hubiese marchado Ana Beddingfeld con nosotros mañana! No me gusta ni pizca que una muchacha joven como ella marche a Durban completamente sola. Pero estaba empeñada en hacerlo. Supongo que habría allí algo que le atraía...

No pude oír más porque habíanse alejado ya demasiado. ¡Hábil Susana! Me había salvado.

Dejé que transcurrieran unos minutos más y luego salí yo de la estación también, casi tropezando, al hacerlo, con un hombre de aspecto desagradable, de nariz muy grande, completamente desproporcionada.


Una conflagración imperfecta - Ambrose Bierce

Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en esa época. Esto ocurrió antes de mi casamiento, cuando vivía con mis padres en Wisconsin. 

Mi padre y yo estábamos en la biblioteca de nuestra casa, dividiendo el producto de un robo que habíamos cometido esa noche. Consistía, en su mayor parte, en enseres domésticos, y la tarea de una división equitativa era dificultosa. Nos pusimos de acuerdo sobre las servilletas, toallas y cosas parecidas, y la platería se repartió casi perfectamente, pero ustedes pueden imaginar que cuando se trata de dividir una única caja de música en dos, sin que sobre nada, comienzan las dificultades. 

Fue esa caja musical la que trajo el desastre y la desgracia a nuestra familia. Si la hubiéramos dejado, mi padre podría estar vivo ahora.

Era una exquisita y hermosa obra de artesanía, incrustada de costosas maderas, curiosamente tallada. No solo podía tocar gran variedad de temas sino que también silbaba como una codorniz, ladraba como un perro, cantaba como el gallo todas las mañanas, se le diera cuerda o no, y recitaba los Diez Mandamientos. 

Fue esta última maravilla la que ganó el corazón de mi padre y lo llevó a cometer el único acto deshonroso de su vida, aunque posiblemente hubiera cometido otros si le hubiera perdonado ese: trató de ocultarme la caja aunque yo sabía muy bien que en lo que le concernía, el robo había sido llevado a cabo principalmente para conseguirla.

Mi padre tenía la caja de música escondida bajo la capa; habíamos usado capas como disfraz. Me había asegurado solemnemente que no la había tomado. Yo sabía que sí, y sabía algo que, evidentemente, él ignoraba: o sea, que la caja cantaría con la luz del día y lo traicionaría si me era posible prolongar la división de bienes hasta esa hora. 

Todo ocurrió como yo lo deseaba: cuando la luz de gas empezó a palidecer en la biblioteca y la forma de las ventanas se vio oscuramente tras las cortinas, un largo cocorocó salió de abajo de la capa del caballero, seguido de algunos compases del aria de Tannhäuser y finalizando con un sonoro clic. 

Sobre la mesa, entre nosotros, había una pequeña hacha de mano que habíamos usado para penetrar en la infortunada casa; la tomé. El anciano, viendo que ya de nada servía esconderla por más tiempo, sacó la caja de música de entre su capa y la puso sobre la mesa.

—Córtala en dos si así la prefieres —dijo—. He tratado de salvarla de la destrucción.

Era un apasionado amante de la música y tocaba la armónica con expresión y sentimiento.

Dije:

—No discuto la pureza de sus motivos: sería presunción de mi parte querer juzgar a mi padre. Pero los negocios son los negocios; voy a efectuar la disolución de nuestra sociedad a menos que usted consienta en usar en futuros robos un cascabel.

—No —dijo después de reflexionar un momento—, no, no podría hacerlo, parecería una confesión de deshonestidad. La gente diría que desconfías de mí.

No pude dejar de admirar su temple y su sensibilidad; por un momento me sentí orgulloso de él y dispuesto a disimular su falta, pero un vistazo a la enjoyada caja de música me decidió, y, como ya lo dije, saqué al anciano de este valle de lágrimas. 

Una vez hecho sentí una pizca de desasosiego. No solo era mi padre —el autor de mis días— sino que sin duda el cadáver sería descubierto. Era ya pleno día y en cualquier momento mi madre podía entrar a la biblioteca. Bajo tales circunstancias consideré que lo prudente era suprimirla también, cosa que hice. Pagué luego a todos los sirvientes y los despedí.

Esa tarde fui a ver al jefe de Policía, le conté lo que había hecho y le pedí consejo. Me hubiera resultado muy penoso que los acontecimientos tomaran estado público. Mi conducta hubiera sido unánimemente condenada y los periódicos la usarían en mi contra si alguna vez obtenía un cargo de gobierno. 

El jefe comprendió la fuerza de estos razonamientos; él era también un asesino de amplia experiencia. Después de consultar con el juez que presidía la Corte de Jurisdicción Variable me aconsejó esconder los cadáveres en una de las bibliotecas, tomar un fuerte seguro sobre la casa y quemarla. Cosa que procedí a hacer.

En la biblioteca había una estantería que mi padre comprara recientemente a un inventor chiflado y que no había llenado de libros. El mueble tenía la forma y el tamaño parecidos a esos antiguos roperos que se ven en los dormitorios que no tienen placard, pero se abría de arriba abajo como un camisón de señora. Tenía puertas de vidrio. 

Había amortajado a mis padres y ya estaban bastante rígidos como para mantenerse erectos, de modo que los puse en la biblioteca de la que había sacado los estantes. Cerré la puerta con llave y pinché unas cortinitas en las portezuelas de vidrio. El inspector de la compañía de seguros pasó media docena de veces frente al mueble sin sospechar nada.

Esa noche, después de obtener mi póliza, prendí fuego a la casa y, a través de los bosques, me dirigí a la ciudad, que distaba dos millas, en donde me las arreglé para encontrarme en el momento en que la alegría estaba en su punto más alto. Con gritos de aprehensión por la suerte de mis padres me uní a la multitud y llegué con ellos al lugar del incendio unas dos horas después de haberlo provocado. 

La ciudad entera estaba allí cuando llegué precipitadamente. La casa estaba completamente consumida, pero en el extremo del lecho de encendidas ascuas, enhiesta e incólume se veía esa biblioteca. El fuego había quemado las cortinas, dejando a la vista las puertas de vidrio, a través de las cuales la fiera luz roja iluminaba el interior. 

Allí estaba mi querido padre, «igualito a cuando vivía», y a su lado la compañera de pesares y alegrías. No tenían ni un pelo chamuscado y las vestimentas estaban intactas. Conspicuas eran las heridas de sus cabezas y gargantas, que en la prosecución de mis designios me había visto obligado a infligirles. La gente guardaba silencio como en presencia de un milagro. El espanto y el terror habían atado todas las lenguas. Yo mismo me sentía muy afectado.

Unos tres años después, cuando los acontecimientos aquí relatados se habían borrado casi de mi memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar algunos bonos americanos falsos. Cierto día, mirando distraídamente una mueblería, vi la réplica exacta de mi biblioteca.

—La compré por una bicoca a un inventor que abandonó el oficio, como me explicó el vendedor. Decía que era a prueba de fuego porque los poros de la madera fueron rellenados a presión hidráulica con alumbre y el vidrio está hecho de asbesto. No creo que sea realmente a prueba de fuego… se la puedo dar al precio de una biblioteca común.

—No —le dije—, si usted no puede garantizar que es a prueba de fuego, no la llevaré.

Y le di los buenos días. No la hubiera llevado a ningún precio, me despertaba recuerdos sumamente desagradables. 

Asesino en la autopista - William P. McGivern (Parte 2)

 II

 

—Realmente, no quería matarles —dijo Bogan unos momentos después, cuando ya rodaban tranquilamente por la autopista.

El joven se llamaba Alan Perkins, y Bogan le había dado instrucciones para que condujera despacio, por el carril de la derecha, y a una velocidad aproximada de setenta y cinco kilómetros por hora. En el exterior todo era oscuridad y viento, y la lluvia salpicaba las luces de los faros, pero en el interior del coche se estaba cómodo y caliente. 

Bogan se sintió agradecido y en paz consigo mismo cuando estudió el reflejo de sus dientes y de sus gafas en el parabrisas. El joven Perkins sería una agradable compañía. Tenía un rostro bien formado e imberbe, e iba bien vestido, con una chaqueta de lana puesta sobre un suéter. 

Bogan pensó que era muy amable y obediente, con su corbata de lazo y sus gafas, y con sus delgadas manos blancas asidas al volante. Conducía con cuidado, ligeramente inclinado hacia adelante y sin dejar que sus ojos se dirigieran hacia el arma que brillaba bajo las luces de los instrumentos del salpicadero.

Con una voz cuidadosa, el joven dijo:

—Si no quería matarles, quizá sea mejor que se lo diga así a la policía.

Bogan sonrió, admirando en el reflejo la luminosidad, que surgió de repente, de sus grandes dientes blancos.

—No, eso no sería lo mejor. No hay necesidad de decirle nada a la policía.

Bogan se tocó la frente con las yemas de sus dedos. No era de aquello de lo que quería hablar: era de lo otro; el calor rojo del verano, mientras les observaba noche tras noche desde la húmeda oscuridad de su habitación. Sí, eso tenía que dejarlo muy claro.

—No hacía mucho tiempo que estaban casados —dijo, sintiéndose contento por el tono bajo y juicioso de su voz—. Naturalmente, eran egoístas... Ya sé, es algo que no puede evitar la gente joven. Pero es una maldad por su parte demostrárselo a todos los demás.

Se detuvo, dándose cuenta de que su respiración había empezado a acelerarse. Realmente, era todo tan simple, tan evidente, pero cuando trató de convertir sus pensamientos en palabras, se le escaparon como ratones.

La joven pareja dirigía una pequeña tienda de muebles en la Tercera Avenida, cerca de la calle Cuarenta y ocho. Eso era exacto. Bogan lo sabía; él mismo les había observado desde su habitación, al otro lado de la calle. Ella era delgada y rubia; él era alto y tenía el pelo rojo. Reían mucho, pero eran serios en cuanto se refería al negocio. 

Vendían secciones de mesas y sillas sin pintar y mesas que podían ser montadas con cola o con unos pocos clavos. Trabajaban frecuentemente por la noche y el joven se encargaba de traer bocadillos y cerveza, y comían y bebían, sentados en el mostrador, llevando la chica unos pantalones cortos, con sus doradas piernas desnudas a la luz del suave atardecer, mientras el joven la miraba sonriente.

Bogan sintió acelerarse demasiado su respiración, en el cuello. El recuerdo de la pareja que había matado, le hizo acordarse del patrullero y de la delgada muchacha de pelo negro del restaurante Howard Johnson. El estaba rígido de dolor. Eran de la misma clase, egoístas y codiciosos, apartando a todos los demás del resplandor de su amor. Trazaban un círculo mágico alrededor de ellos, y nadie podía atravesarlo.

—¿Tienes novia? —preguntó de repente, mirando fijamente el rostro bien formado y joven de Perkins.

—No —dijo Perkins, intentando entonces buscar algo que aliviara la tensión que podía percibir en el hombre sentado junto a él—. Las chicas pueden ser una gran pérdida de tiempo. Supongo que más adelante ya habrá tiempo para eso.

Bogan hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Si todos esperaran un poco, en lugar de precipitarse juntos, para mirarse a sí mismos en el interior del círculo encantado. Aquello era lo más enloquecedor de todo con aquella pareja de la tienda de muebles. En dos ocasiones se había detenido allí para hacer una compra insignificante y ellos le habían hecho sentirse como un intruso, como algo grande y feo que estaba profanando su feliz aislamiento. 

Fueron bastante amables, al menos superficialmente, rápidos, con una sonrisa y un comentario sobre el tiempo, pero no le dieron ni calor ni afecto. Eso era demasiado precioso para malgastarlo con cualquier otra persona que no fueran ellos mismos. No podía recordar cuándo había decidido asesinarles; puede que aquel pensamiento siempre hubiera estado allí.

La planificación había sido un asunto aburrido y bastante confuso... comprar el arma a un inquietante prestamista y después la tediosa búsqueda de un vehículo, que había sido el problema más difícil de todos. Pero al fin encontró lo que necesitaba: el «Buick» utilizado para sus entregas por parte del droguero de la esquina. Evidentemente, el joven que lo conducía en aquella ocasión debía llevar mucha prisa, porque no quitó la llave del contacto cuando se metió en la tienda a recoger sus paquetes. 

Siempre que dejaba el coche aparcado en la curva, dejaba puesta la llave de contacto. Bogan estableció este hecho después de una semana de paciente observación. Así pues, el tiempo de su último acto tuvo que estar determinado por el plan de entregas de la droguería. Y, por alguna oscura razón, aquello agradó a Bogan; dejaba un aspecto caprichoso y no premeditado a todos sus planes.

Bogan se llevó la mano a los bolsillos, buscando una tableta de chocolate, pero entonces recordó que había dejado su pequeña provisión de dulces en el abrigo. Sintió los ojos llenos de lágrimas; necesitaba algo dulce, pero se había sentido tan presionado y excitado que no había recordado llevarse los dulces de su abrigo. Aquello no era justo.

Bogan estaba sentado, en posición recta. De repente pensó en la camarera de pelo negro del restaurante, la que le había vendido el café. ¿Por qué había sido tan tonto? La necesidad de tomar algo caliente y dulce había sido poderosa, pero tendría que haberla resistido; ella le diría a la policía cuál era su aspecto, y disfrutaría haciéndolo, pensó, sintiéndose triste y desgraciado. A ella le gustaría hablar sobre él, poniéndole en problemas. Lo sabía por el rostro y por los ojos de la mujer; en ellos no había calor, sólo una insignificante amabilidad.

«No te excites», se dijo a sí mismo, dejando que sus suaves labios formaran silenciosamente las palabras. El patrullero no le preguntó por mí; aún tenía tiempo.

Después, dirigiéndose a Perkins, le dijo tranquilamente:

—Vamos a tener que dar la vuelta.

—Pero eso no es legal. Nos detendrán.

—Sólo nos tenemos que asegurar de que no haya coches patrulla frente a nosotros o detrás —dijo Bogan sencillamente—. Cualquier otra persona pensará que somos un coche enmascarado de la policía.

Bogan colocó el cañón de su arma junto al costado de Perkins, y dijo:

—Eres un joven muy agradable. No quiero hacerte daño. Pasa al carril de la izquierda y veremos si hay una de esas aberturas que utilizan los coches de la policía.

Bogan sintió cómo una agradable excitación le recorría todo el cuerpo; casi se sentía contento por la forma en que se estaban desarrollando las cosas. Sería una gran satisfacción tener en sus manos a aquella arrogante muchacha. Y se dio cuenta de que disponía del cebo adecuado para atraerla: el nombre que había oído pronunciar al mozo de la gasolinera: «Dan O'Leary.»

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El teniente Trask y O'Leary no obtuvieron ninguna información del combinable blanco «Edsel»; había sido conducido diecinueve kilómetros desde el restaurante Howard Johnson número 1 al 2, siendo abandonado después; el conductor había desaparecido como un fantasma. 

El teniente Trask había interrogado a las camareras y cajeros del restaurante mientras O'Leary y un equipo de patrulleros buscaban por el suelo e inspeccionaban los camiones alineados en la zona de aparcamiento reservada a ellos, como enormes animales. Despertaron a los conductores y examinaron las cuerdas y las cerraduras, para ver si alguna de ellas había sido forzada.

Después, O'Leary habló con los mozos de la gasolinera. Nadie recordaba nada que pudiera ser de alguna ayuda. Sin embargo, obtuvo un poco de información irrelevante; uno de los mozos mencionó que alguien —un hombre que se mantenía en las sombras, junto a la oficina— había hecho algún comentario sobre la velocidad con que él llegó conduciendo a la zona, unos diez o quince minutos antes. El mozo informó que le había dicho al hombre que el patrullero O'Leary sabía lo que se hacía... o algo así. El mozo no estaba completamente seguro de lo que había dicho, pero, en cualquier caso, no era importante, decidió O'Leary.

Se reunió con Trask, que había vuelto al «Edsel». Trask se había puesto en contacto con el capitán Royce. Ahora, disponían de una identificación del propietario del «Edsel», el hombre, ya entrado en años, que había sido asesinado en el Howard Johnson número 1.

—Vivía en Watertown —dijo Trask, arrojando su cigarrillo hacia la oscuridad—. Se llamaba Nelson, Adam Nelson, un viudo y ejecutivo retirado de la factoría de pinturas de allí. Consiguieron una pista sobre él a través de las marcas de la lavandería de su camisa.

Aquellas marcas —que en este caso eran las cifras 356 situadas debajo de un triángulo— habían sido enviadas por radio al cuartel general de la policía estatal, donde habían sido cotejadas con la lista de todas las marcas de lavandería del estado. 

El sargento a cargo de la sección había establecido la dirección de la lavandería a partir del triángulo; una llamada telefónica hecha al director del establecimiento permitió establecer la identidad del cliente, a partir de las cifras 356.

—Iba de viaje para pasar unos pocos días con una hija casada que tiene en Camden —dijo Trask—. Pero todo eso en nada nos ayuda a nosotros.

O'Leary tenía el ceño ligeramente fruncido. Había estado intentando hacerse una idea del asesino y, por alguna razón, sus suposiciones sobre el hombre le preocupaban; la imagen era imperfecta por falta de consistencia, y O'Leary tenía la atormentadora sensación de que algún hecho oculto se escondía en alguna parte de toda aquella borrosa imagen.

¿Qué era, en el nombre de Dios? O'Leary trató de analizar las deducciones a las que había llegado a partir del comportamiento del hombre. El asesino era atrevido y deliberado. Había matado brutal y rápidamente, sin dejar señales de pánico. Había cometido un error al coger un coche demasiado notorio, pero había corregido su error muy inteligentemente, lo cual significaba que estaba pensando con claridad, incluso bajo presión. 

Y no había cometido de nuevo su primer error: había abandonado el «Edsel» sin que nadie le viera y ahora se podía suponer con seguridad que estaba viajando en un vehículo menos notorio. También parecía estar actuando de acuerdo con un plan; el tiempo no era nada importante para él o habría aceptado el riesgo, intentando salir por una de las salidas de la autopista con el «Edsel». 

Después de todo, no podía saber con toda seguridad que la policía ya había identificado el coche desaparecido. Pero no había corrido ese riesgo; no tenía ninguna prisa. Por otra parte, daba a la policía el crédito que se merecía, por considerarla tan astuta como él mismo.

Era la imagen de un hombre implacable y muy astuto. Un hombre que pensaba con claridad y consideraba sagazmente sus oportunidades. Y allí era donde la inconsistencia se convertía en algo aparente; la imagen estaba surcada por imperfecciones; había algo que estaba fuera de su lugar, algo incongruente. Porque el asesino había cometido una tontería...

—¿Qué le ocurre? —preguntó Trask.

O'Leary se llevó ambas manos a los oídos; el tráfico de la autopista pasaba rápidamente, como un río de ruido y luz, y trató de aislarse de él, trató furiosamente de encontrar la verdad que estaba oculta en alguna parte de este conglomerado de hechos y presentimientos, de deducciones e intuiciones. Entonces le pareció como si una luz clara y brillante se hubiera encendido de pronto en su mente; ahora lo tenía.

Cogió a Trask por el brazo.

—El hombre muerto, Nelson, había cenado, ¿verdad? Había abandonado el restaurante y se dirigía a su coche. Pero junto a su cuerpo encontramos un vaso de café, y una de esas pequeñas bandejas de plástico en las que sirven salchichas calientes. ¿Recuerda?

—Seguro —el rostro sombrío de Trask permanecía impasible, pero una luz de comprensión apareció en sus ojos—. Siga.

—La bandeja y el vaso pertenecían al asesino —dijo O'Leary—. Comió y bebió allí, tras el coche de Nelson. Después, los arrojó al suelo.

—Lo que quiere decir que, después de todo, entró en el restaurante —dijo Trask, aguzando el tono de su voz—. Pero usted me dijo que habló con las camareras. Debían haber recordado a un tipo que no llevaba sombrero ni abrigo en una noche como ésta.

—No pregunté a todas —dijo O'Leary, sintiéndose repentinamente enfermo, con una sensación de culpabilidad y aprensión—. Hablé con la camarera jefe. Ella habría recordado a alguien así que buscara una mesa. Después, fui al mostrador de servicio al exterior. Pero sólo le pregunté a una de las chicas que estaban de servicio. Yo... se me olvidó preguntarle a la otra.

—¿Se le olvidó? —preguntó ásperamente Trask—. ¿Qué quiere decir con eso?

—Es amiga mía; se llama Sheila Leslie —O'Leary dio un profundo suspiro—. Estaba más interesado en ella, que en mi trabajo; eso es todo, teniente. Pero en aquellos momentos no estaba siguiendo la pista a un asesino. Simplemente buscaba al propietario de un coche aparcado, aunque eso no sea una excusa, claro.

—Supongo que no lo es —observó Trask—. Pero, en cualquier caso, nos ha proporcionado la pista correcta. Encontraremos a la chica que le vendió aquel café. Cuando sepamos qué aspecto tiene, cerraremos a cal y canto esta autopista, hasta que no le quede por donde respirar. Vamos. Llamaré por el camino al capitán Royce.

O'Leary echó a correr hacia su coche. El asesino tuvo que haberle comprado el café a Sheila. De no haber cometido aquella acción impulsiva y peligrosa, quizá nunca le pudieran encontrar. Podría haberse escabullido entre sus redes como una columna de humo. Y entonces, O'Leary recordó algo que le hizo sentir una extraña frialdad en el estómago. El asesino había corregido un error. Se había desembarazado del «Edsel». ¿Trataría de corregir aquel otro error... desembarazándose del único testigo que podía identificarle?

O'Leary puso en marcha la luz roja giratoria y apretó su pie contra el acelerador.

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Harry Bogan estaba sentado en el asiento trasero del sedán de Alan Perkins, que ahora estaba aparcado cerca de la entrada del Howard Johnson número 1. Estaba sonriendo suavemente. Habían tenido que realizar dos giros en forma de U para llegar al restaurante y por la atención que les prestó la gente podrían haber estado circunvalando un pueblo dormido en una tarde de domingo. Mantenía su revólver de modo que apuntara hacia la cabeza de Perkins.

—Tendremos que esperar a que un coche aparque junto a nosotros —dijo—. ¿Recuerdas lo que tienes que decirle al conductor?

—Sí, lo recuerdo —contestó Perkins.

—Eres un buen chico. No deseo hacerte ningún daño.

Estaban lo bastante cerca del restaurante como para que Bogan pudiera ver a la mujer del pelo negro, trabajando tras el mostrador. Era delgada y fría, y se movía rápidamente en su uniforme blanco; su piel aparecía tersa y brillante bajo las brillantes luces, y sus dientes relampagueaban de vez en cuando, en rápidas sonrisas. 

No significaban nada, lo sabía, y aquello hacía que su corazón latiera más de prisa, lleno de rabia. Un hueso arrojado a un perro hambriento, nada más. La sonrisa que demostraba sus verdaderos sentimientos no era malgastada con las solitarias y miserables personas alineadas junto al mostrador. Esa las reservaría para el patrullero, invitándole con sus ojos y sus labios al cálido y egoísta círculo de su amor.

No tuvieron que esperar mucho tiempo. Un hombre bajo, de mediana edad, vistiendo una chaqueta de cuero, aparcó su coche junto al de ellos y bajó de él.

—Está bien —dijo Bogan tranquilamente, tocando la nuca del joven con el cañón de su arma.

Perkins bajó la ventanilla y llamó al hombre de la chaqueta de cuero.

—Perdón, señor, ¿podría hacerme un favor?

El hombre se volvió, mirando en la oscuridad hacia el lugar de donde procedía la voz de Perkins. El rostro del joven estaba rodeado por las sombras, que oscurecían por completo a Bogan. El hombre se acercó un poco más, adelantando ligeramente la cabeza.

—Bueno, si puedo, no me importa —dijo, con un suave acento sureño.

—Hay en el restaurante una camarera a la que desearía enviar un mensaje —dijo Perkins—. La puede ver usted desde aquí... Es la que tiene el pelo negro, en el mostrador de servicio al exterior.

El hombre miró hacia el restaurante y asintió lentamente con la cabeza.

—La veo, está bien. ¿Qué clase de mensaje quiere que le diga?

—Dígale simplemente que el patrullero O'Leary quiere verla aquí fuera por un momento.

Bogan sonrió en la oscuridad; el nombre del patrullero había sido un verdadero regalo caído del cielo, una inapreciable circunstancia de buena suerte, y él lo aceptaba como un talismán de éxito. La misteriosa confluencia de efectos que actuaban en su favor, le llenaban de confianza.

—El patrullero O'Leary, ¿no es eso? —repitió el hombre—. Bien, se lo diré de su parte —y se echó a reír suavemente—. Un hombre que lleva mensajes a chicas bonitas se puede ver envuelto a veces en una serie de problemas. Pero esto parece diferente.

Cuando el extraño se alejó hacia el restaurante con un paso tranquilo, arrastrando los pies, Perkins se volvió a Bogan y le dijo:

—Escúcheme, por el amor del cielo. Esto no dará resultado. Ella se asustará. Puede ponerse a gritar o hacer algo —fue girando la cabeza más, con lentitud y precaución, hasta que pudo ver el brillo reflejado en las gafas de Bogan—. Por favor, no hay ninguna necesidad... de hacer daño a nadie. Le llevaré a cualquiera parte a la que desee ir. Puede viajar en el portamaletas, si quiere. Le doy mi palabra de honor.

—No necesito tu ayuda para salir de la autopista —dijo Bogan, riendo con suavidad—. Ahora haz exactamente lo que te he dicho. Cuando ella reciba el mensaje, conduces el coche hasta la entrada del restaurante, y lo detienes allí. Y mantén el motor en marcha. Eso es de lo único que te tienes que preocupar —pinchó la mejilla del joven con su revólver, con rapidez y crueldad—. ¿Comprendes?

—Sí, está bien —apenas pudo balbucir Perkins.

Observaron cómo el hombre de la chaqueta de cuero avanzaba por el abarrotado restaurante, dirigiéndose hacia el mostrador. Se quitó el sombrero, y levantó una mano para llamar la atención de la mujer del pelo negro.

La chica le sonrió y cuando él habló, ella se inclinó ligeramente hacia adelante, ladeando un poco la cabeza hacia un lado. Miró hacia las ventanas; el hombre había hecho un gesto en aquella dirección, diciéndole, sin duda alguna, el lugar donde había recibido el mensaje. 

La mujer le ofreció una rápida y cálida sonrisa, salió con rapidez del mostrador y se dirigió hacia las puertas giratorias del restaurante, arreglándose con una mano un mechón de cabello que le caía sobre la frente. Se detuvo un momento para hablar con la camarera jefe, que estaba junto al mostrador del cajero. Bogan, sonriendo ligeramente, pensó que estaba pidiendo permiso para salir un momento. Ahora empezó a moverse de nuevo, dirigiéndose hacia la entrada.

—Está bien —dijo serenamente.

Perkins hizo recular el «Ford», sacándolo del aparcamiento; después, giró las ruedas y lo condujo hacia la entrada, que estaba marcada como zona donde quedaba prohibido aparcar. Las puertas giratorias brillaron al moverse y la mujer salió a la amplia acera. Un toldo la protegía de la lluvia, pero el viento frío arremolinó la falda de su uniforme blanco alrededor de sus delgadas piernas.

Perkins se detuvo, y Bogan se hizo a un lado y abrió la portezuela delantera. La mujer se acercó al coche, inclinándose para mirar al oscuro interior.

—Dan, ¿eres tú? —preguntó con una voz clara, en la que no había el menor vestigio de preocupación.

Bogan miró rápidamente por el cristal de atrás. Una familia se apresuraba hacia el restaurante, una madre, un padre y cuatro niños pequeños, pero los padres estaban preocupados por cumplir su responsabilidad con los niños, y no prestaron atención al vehículo detenido y a la mujer que estaba junto a él.

—Tengo un mensaje de Dan —dijo Bogan.

—¿Qué es?

Ella adelantó la cabeza hacia el coche, apoyándose con una rodilla contra el asiento delantero. La familia con los cuatro niños había desaparecido de la vista y cuando ella volvió a preguntar «¿Qué es?», aunque ahora un poco más ásperamente. Bogan la cogió por un brazo y la arrastró hacia el asiento delantero.

—¡Vamos! —le ordenó a Perkins.

Y antes de que ella pudiera gritar, le puso el revólver ante el rostro, mientras cerraba la puerta de un portazo y el coche comenzaba a avanzar.

Ella habría gritado, a pesar del revólver, pero la voz de Perkins le cortó su terror.

—¡No! —exclamó—. Por favor, haga lo que él dice. Disparará.

—Eso es cierto —confirmó Bogan, sintiéndose contento con el joven—. Y ahora, conduce hasta donde aparcan los camiones.

Seguía manteniendo a la mujer cogida por un brazo y podía sentir los temblores que sacudían su cuerpo.

—¿Qué es lo que quiere de mí? —preguntó ella con una voz cuidadosa y seca.

—Eso tendrá que esperar un poco. Ya tendremos tiempo para hablar más tarde.

El temor que vio en sus ojos y en su rostro, satisfizo algo profundo dentro de él; y recordó entonces cómo le había mirado la mujer de la tienda de muebles cuando levantó el revólver, con el rostro blanco por el pánico, los ojos con una mirada salvaje y exasperada. 

En cierta ocasión, siendo niño, vio un caballo atrapado en una cuadra ardiendo; y los ojos de la mujer eran como los del pobre caballo, de mirada demencial e impotente. La visión de su temor había sido casi insufriblemente excitante.

La zona de aparcamiento reservada a los grandes camiones se encontraba a unos cien metros por detrás de la gasolinera; era una extensión oscura de hormigón, del tamaño de un campo de fútbol, con espacios para el aparcamiento indicados mediante líneas de pintura blanca. 

Bogan dirigió a Perkins hacia el extremo más alejado de la zona. El coche, moviéndose lentamente, terminó por confundirse con la oscuridad, pasando a ser una sombra casi invisible, débilmente recortada contra los campos pantanosos que se extendían en la distancia.

En el silencio que se produjo cuando Perkins apagó el motor, Bogan pudo escuchar la difícil respiración de la chica, y cómo tragaba saliva. El sonido le resultó satisfactorio. «Ahora ya no ríe, ni se muestra confiada —pensó—; ya no se siente calentada por los ojos admiradores que descansan sobre su delgado cuerpo.» Ahora, le prestaría atención. 

Utilizando un tono de voz deliberadamente tranquilo, Bogan les explicó lo que quería que hicieran, y ellos obedecieron con cuidado y serenidad, como niños que tratan de apaciguar a un temible adulto, de reacciones imprevisibles. No respondían al revólver, sino a la tensión que se percibía bajo su aparente calma superficial. Gracias a una especie de instinto primitivo, sabían que, de algún modo, esperaba que le desobedecieran, y que echaría mano de cualquier excusa para perder su autocontrol.

Salieron del coche, quedándose junto al lugar donde había estado la mujer, y esperaron a que él se les uniera. Después, ante una orden, la mujer subió a la parte de atrás y se tumbó en el suelo, con el rostro hacia abajo. Bogan ya se había quitado su lazo y su cinturón, que entregó a Perkins. Este ató el lazo alrededor de las muñecas de la mujer y después, con el cinturón, amarró sus tobillos, haciéndolo todo con dedos temblorosos. Cuando se levantó, Bogan inspeccionó su tarea y después cerró la puerta de atrás.

—Ahora, sube al asiento de delante —le ordenó.

Pero cuando Perkins se volvió para obedecer, Bogan le pegó pesadamente con la culata del arma justo sobre la oreja derecha. Perkins vaciló hacia adelante, gimiendo de dolor, pero Bogan le recogió antes de que cayera al suelo y le arrastró después hasta el campo situado junto a la zona de aparcamiento. Dejó rodar el cuerpo sobre una zanja llena de barro, y regresó al vehículo, silbando suavemente entre los dientes.

Se sentía lleno de seguridad, como un bálsamo que le producía una cálida complacencia. Perkins no recuperaría el conocimiento durante horas, si es que lo recuperaba; y el otro testigo que podría identificarle estaba echado, impotente, en el suelo de la parte trasera de su coche. Ahora, lo único que tenía que hacer era salir de la autopista. Y sabía muy bien cómo solucionar ese problema.

Puso en marcha el motor, y condujo el vehículo a lo largo de la amplia y curvada línea que llevaba hacia la autopista, echándose a reír cuando se introdujo suavemente en la corriente de tráfico que avanzaba hacia el sur. La lluvia empezaba a caer con más fuerza, rebotando sobre el brillante hormigón, y el «Ford» no tardó en perderse en la oscura corriente de vehículos, como una hoja más en medio de una tormenta, o como una pequeña ramita llevada por una corriente de agua. Los rayos de los faros de los coches que le pasaban se reflejaban en sus gruesas gafas, compitiendo con la excitada luz de sus ojos.

—¿Estás bien? —preguntó en voz alta y contenta—. ¿Estás cómoda?

La mujer estaba echada con sus puños atados a la espalda, la mejilla apoyada en sentido plano a la basta alfombrilla que había sobre el suelo del coche. Estaba temblando de frío y de temor, pero se las arregló para preguntar:

—¿Adonde me lleva usted?

—Bueno, no estoy seguro —contestó Bogan.

En realidad, no lo sabía. Pero, de todos modos, cuando abandonaran la autopista, tomaría una decisión. Ya encontraría un lugar lo bastante oscuro y tranquilo. Un campo, pensó, o la ribera de un río, donde pudiera descansar, donde ambos pudieran hablar un rato.

Miró rápidamente por encima de su hombro. Ella estaba echada con las rodillas dobladas y los pies elevados en el aire, y vio las suelas de sus pequeños zapatos blancos y el brillo de su propio cinturón atado alrededor de sus tobillos. Por el momento, todo estaba marchando bastante bien.

—Lo que tienes que hacer es no preocuparte por nada —dijo, sonriendo.

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En la oficina del director del Howard Johnson número 1, Trask y O'Leary interrogaron al hombre de la chaqueta de cuero que había transmitido el mensaje a Sheila Leslie.

—Intentémoslo otra vez —dijo Trask sin alterarse, después de que el hombre les hubiera contado su historia por tercera vez.

Habían comprobado su identificación y sabían que era un hombre con familia, empleado desde hacía tiempo en una empresa constructora de Filadelfia. Llevaba una tarjeta de crédito para gasolina en su cartera, y fotos de su esposa e hijos, y parecía ser un ciudadano responsable. Pero Trask le dijo:

—Vamos a repasarlo todo otra vez, desde el principio..., cada detalle, cada una de las cosas que vió, escuchó y dijo.

El hombre estaba sentado en una silla de respaldo recto, bajo unas luces claras y suaves que caían del techo. Tenía unos cincuenta años, el pelo muy fino, manos callosas por el trabajo manual, y llevaba unos pantalones vaqueros y una camisa de lana debajo de su chaqueta de cuero.

—Bueno, como ya le he dicho —empezó a decir, parpadeando nerviosamente—, en primer lugar, el nombre me llamó, habiéndome con amabilidad, y me pidió que le hiciera un favor. El coche en el que estaba sentado era uno de tipo popular, pero no le puedo decir exactamente de qué tipo. No era nuevo. Quizá del 50 o del 51. Tenía un color oscuro, como ya le he dicho antes. Así es que me pidió que le dijera a esa chica, o sea, transmitirle que el patrullero O'Leary deseaba hablar con ella.

O'Leary cerró los ojos y se pasó una mano por el rostro. Ella había desaparecido, impotente en manos de un asesino, y todo por culpa suya. No había realizado bien su trabajo; en lugar de haberla interrogado suave e impersonalmente, había parloteado y sonreído como un tonto, permitiendo que sus sentimientos por ella se interpusieran entre él y su trabajo.

—Bueno, yo fui al restaurante y se lo dije —siguió diciendo el hombre de la chaqueta de cuero—. Y ella sonrió muy graciosamente y me lo agradeció, y salió. Yo me senté a cenar donde estaba cuando llegaron ustedes y empezaron a preguntar quién me dio el mensaje.

Una de las camareras había recordado que alguien había hablado con Sheila justo antes de que ésta saliera; Trask y O'Leary habían pedido silencio en el restaurante, y cuando explicaron lo que deseaban, el hombre de la chaqueta de cuero se levantó, sintiéndose muy incómodo.

—No creí estar haciendo nada malo —dijo ahora, mientras su mirada pasaba rápidamente de Trask a O'Leary—. Sólo le estaba haciendo un favor a un hombre.

—¿Está usted seguro de que utilizó mi nombre? —le preguntó O'Leary con aspereza—. ¿Está seguro de que dijo O'Leary?

—Sí, estoy completamente seguro de eso.

—Volvamos al principio —dijo de nuevo Trask—. El hombre que le dio el mensaje, ¿era joven?

—Por lo que pude ver, sí.

—¿Y estaba solo en el coche?

—Bueno, parecía haber una sombra confusa al fondo, pero no vi a nadie —el hombre dudó un momento y entonces dijo—: La voz del joven parecía un tanto divertida, quiero decir que habló muy rápidamente, como si estuviera repitiendo palabras que había memorizado antes.

O'Leary se forzó a sí mismo a pensar; sus emociones reventaban en su interior, oscureciendo su memoria y su buen juicio. Mientras Trask volvía a repasar la historia del hombre, O'Leary se puso a pasear por el pequeño despacho, mientras las luces del techo se proyectaban sobre sus gestos duros y el pálido color de su piel. 

Consiguió recuperarse gracias a un esfuerzo consciente. Se le ocurrió pensar una vez más que el modelo de acción del asesino sugería que disponía de tiempo abundante; ya eran dos las ocasiones en que podía haber intentado salir de la autopista, la primera en el «Edsel» blanco, y la segunda en el coche en el que fue a recoger a Sheila. Pero ni siquiera lo había intentado. Aquello significaba que tenía algún plan especial para salir de la autopista, que había encontrado un hueco en las defensas de la vía. Pero ¿cómo explicar el hecho de que hubiera utilizado el nombre de O'Leary para atraer a Sheila? ¿Cómo se había enterado del nombre? ¿Y cómo suponía que Sheila respondería al escucharlo? 

En aquel momento, O'Leary recordó el pequeño fragmento de información que había recibido del mozo de la gasolinera del Howard Johnson número 2. Alguien había mencionado el estilo de conducción de O'Leary y el mozo había pronunciado su nombre y había dicho que él conducía más seguro a ciento sesenta kilómetros por hora que la mayor parte de la gente a ochenta. O había sido algo así. Pero ¿había utilizado el mozo su nombre? ¿Lo había hecho realmente?

Trask completó su interrogatorio al hombre de la chaqueta de cuero, le dio las gracias y le pidió excusas. Una vez que el hombre se hubo marchado, O'Leary le contó a Trask la conversación que había tenido con el mozo del Howard Johnson número 2.

—Váyase allí —dijo Trask, jurando por lo bajo—. Tenemos que conseguir una pista, y rápido.

—Lleva a la chica en su coche —dijo O'Leary desesperadamente—. Eso es una pista, ¿no? Podemos buscar en cada uno de los malditos coches que hay en la autopista.

Trask apartó la mirada de O'Leary, dolorido por lo que vio en el rostro del alto patrullero. Hizo un gesto de impaciencia hacia el brillo del tráfico, que podían ver a través de las ventanas de la oficina del director.

—Ahí fuera, hay veinticinco o treinta mil vehículos en marcha. Doctores que acuden a llamadas de emergencia, mujeres embarazadas, hombres de negocios que quieren conectar con el avión o con el tren, padres que se apresuran a acudir al lado de sus hijos enfermos. ¿Cómo podemos detener todo ese tráfico? ¿Y de dónde vamos a sacar a los hombres para investigar los coches? La autopista quedaría colapsada en cuestión de minutos. Quizá pudiéramos detener a todos los coches de una clase determinada..., del mismo modo que detuvimos a aquellos tres «Edsel». O podríamos detener a hombres que respondieran a una descripción general. Pero no podemos detener todo el tráfico sin una pista más concreta, Dan. Ahora, váyase al número 2. Quizá ese mozo pueda darnos la pista que necesitamos.

O'Leary recorrió los diecinueve kilómetros en ocho minutos, haciendo sonar la sirena de alarma y con la luz giratoria encendida. El mozo con quien había hablado antes era un hombre joven con un pelo corto y rojo y una complexión sana y curtido por el tiempo. Recordó el incidente.

—Estaba saliendo de la oficina en ese momento, y un hombre que estaba allí, de pie, dijo algo así como que tú parecías llevar mucha prisa. Bueno, le dije que tú sabías cómo manejar tu coche. Eso es todo.

—Piensa a fondo —le dijo O'Leary—. ¿Utilizaste mi nombre?

—Sí, claro. Creí que te lo había dicho. Dije: el patrullero O'Leary, o quizá Dan O'Leary, pero sé que mencioné tu nombre.

—¿Qué aspecto tenía ese hombre?

—Estaba de pie entre las sombras. Yo sólo le miré por encima de mi hombro; ya sabes, de la forma en que se suelen hacer las cosas cuando no te importan demasiado. Era bastante corpulento. Eso es al menos lo que yo diría. Y llevaba gafas. Lo sé porque las vi relucir cuando volvió la cabeza.

Un hombre corpulento con gafas, pensó O'Leary con desesperación; una descripción que podría acoplarse a la mitad de los hombres que estaban conduciendo aquella noche en la autopista. Preguntó después a los otros mozos, con la esperanza de que alguno de ellos hubiera observado al hombre abandonando las sombras de la oficina. Pero no consiguió nada. Ninguno de ellos le había visto, ni se había dado cuenta de ninguna actividad anormal por las cercanías de los surtidores.

O'Leary regresó a su coche patrulla y llamó al sargento Tonelli, en el cuartel general. Le transmitió la información que había conseguido, pero su corazón pareció hundírsele en el pecho cuando repitió la escasa descripción de que disponía... un hombre corpulento con gafas. Lo mismo podría haber dicho que tenía dos brazos y dos piernas.

—Recibido —le dijo Tonelli con su voz dura e impersonal— Ahora, O'Leary, se dirigirá hacia el sur. Informe al sargento Brannon, en la salida cinco, y reciba órdenes posteriores de él. Va a trabajar con el convoy presidencial.

O'Leary estaba lleno de un amargo sentido de culpabilidad y desesperación; evidentemente, los planes que se estuvieran haciendo para encontrar al asesino, no le incluían a él. Ni siquiera le quedaba el pobre consuelo de tratar de salvar a Sheila. Sus manos se apretaron con fuerza sobre el volante.

—Sargento, sólo una cosa. El asesino no tiene ninguna prisa por salir de la autopista. ¿Se ha dado cuenta de eso?

La pregunta de O'Leary quedaba fuera de lugar, pero el sargento Tonelli era un hombre que comprendía toda una serie de cosas que no estaban especificadas en el manual de entrenamiento del departamento, ni en las directrices de entrenamiento. Por eso, contestó tranquilamente:

—Ya nos hemos dado cuenta, Dan. Pero aún no sabemos lo que se esconde detrás de eso. Y ahora, muévase.

—Recibido —dijo O'Leary, y dio la vuelta a su coche para introducirse en la curva de salida que desembocaba en la autopista.

Se sentía impotente y desdichado, consumido por un pesado temor.

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Sheila había conseguido dominar sus primeras sensaciones de pánico, que habían sido como los temores a morir ahogada, sentidos durante su niñez. Una vez, cuando era muy pequeña, su hermano y sus amigos la habían encerrado en un baúl durante el transcurso de un juego, y después se habían marchado, olvidándose de ella. 

Después de aquello, y durante un largo período de tiempo, no pudo soportar nada que amenazara con ahogarla, ya fuera nadar debajo del agua, el taco de algodón de un dentista en su boca; hasta la ligera presión de un medallón en la base de su cuello era suficiente para que su corazón latiera más de prisa, lleno de terror. Pero, finalmente, había conseguido dominar aquel miedo; se había enfrentado al hecho con sentido común, negándose a sentir lástima de sí misma y a estar encadenada por temores mórbidos.

Ahora, echada impotentemente en el suelo posterior del coche de Bogan, trató de aplicar la misma terapia a sus nervios, sometidos a un esfuerzo excesivo. Hasta el momento, no le había sucedido nada; sentía el cuerpo frío y encogido, y el polvo de la alfombrilla le había hecho llorar los ojos, pero eso era todo. Sabía que podía sentirse segura mientras se encontraran en la autopista. Una vez que salieran de allí, se encontraría totalmente impotente. Él la podría llevar a cualquier parte y hacer con ella lo que quisiera. 

Se enfrentó a este hecho con claridad. Aquello significaba que tenía que separarse de él antes de que abandonaran la autopista. Tenía que conseguir que se detuviera de algún modo. Dan le había dicho que todo vehículo que se detenía, era rápidamente investigado por la policía, con el patrullero amparado por sus propios faros y apareciendo de la zona luminosa con una mano sobre el revólver.

Parecía una horrible ironía que ella se hubiera divertido con su seria discusión sobre los diferentes métodos utilizados por la policía en la autopista —sintiéndose incluso un poco aburrida por el entusiasmo que mostraba por su trabajo—, cuando eran precisamente aquella habilidad y energía lo único que podría salvar su vida. 

Trató de dejar de pensar en Dan O'Leary. De seguir así, eso la haría llorar, lo sabía, y ahora no quedaba tiempo para sentir aquella clase de autocompasión. Más tarde podría pensar en él; en su forma alerta y enérgica de andar, en el fino y oscuro velo que cubría el dorso de sus grandes y bien formadas manos, en la forma cómo comprendía un chiste un fragmento de segundo después que ella y en cómo la miraba, un poco sumisamente, ante su mayor capacidad de comprensión.

Ahora tenía que conseguir que aquel malvado detuviera el coche.

—Por favor —dijo con un débil tono de voz—. Voy a vomitar. Estoy mareada.

—Bueno, eso no es nada malo. Pero ya no nos queda mucho.

Bogan echó un vistazo a su reloj, y después observó el numerado poste kilométrico que brillaba delante de él, en la oscuridad. Llevaba un poco de retraso, pero no era nada serio. La lluvia le había hecho perder tiempo. Sonrió, estudiando el cambiante reflejo de su rostro sobre el parabrisas. 

Aunque su coche era oscuro, había luz suficiente, procedente de los vehículos que le pasaban, para proyectar la cuadrada imagen de su rostro sobre el parabrisas, por cuya parte exterior chorreaba el agua. El agua emborronaba sus rasgos a intervalos rítmicos, y después, el limpiaparabrisas volvía a permitir verlos con claridad; resultaba interesante esta alternativa nitidez y emborronamiento de su reflejo.

—Por favor —volvió a suplicar ella—, me estoy helando. No hay circulación en mis manos y piernas. Deténgase un momento y desáteme los tobillos.

—Ya sé que eres la chica del patrullero O'Leary —dijo él—. Vi cómo os sonreíais el uno al otro. ¿Te vas a casar con él? —seguía sonriendo, observando cómo su rostro aparecía y desaparecía de foco al compás del movimiento del limpiaparabrisas— Contéstame. ¿Te vas a casar con él? —volvió a preguntar fríamente.

Ella guardó silencio; el cambio en el tono de su voz hizo que un escalofrío recorriera su cuerpo encogido. Trató de imaginar los pensamientos del hombre, formarse alguna idea de sus necesidades e impulsos, pero aquello era tan inútil como intentar hacer un rompecabezas con los ojos vendados.

—No estoy segura —dijo al fin.

—No estás segura —repitió él, imitándole la voz, con un acento petulante.

Aquella pequeña mentirosa. Se casarían y comprarían una pequeña casa y bajarían todas las cortinas para que nadie pudiera verles. Y mantendrían a todo el mundo alejado de su pequeño círculo de placer.

Recordó cómo había sido todo en su propia casa; las largas noches que sólo pertenecían a su padre y a su madre y, finalmente, su culpable alivio y felicidad tras la muerte de su padre. Entonces, sólo quedaron su madre y su hermano, y todo fue muy bonito. Ella cocinaba pasteles dulces y les contaba historias. Y todo siguió así durante un largo y agradable período de tiempo. Hasta que su hermano trajo a casa a una chica. 

Se habían peleado por ello; Bogan le advirtió de la cosa tan terrible que estaba haciendo, pero su hermano se casó de todos modos, y después sólo quedaron su madre y él, y aquélla fue la mejor época de todas. Él trabajaba como vigilante de noche, porque la luz del sol le hacía daño en los ojos, demasiado débiles. 

Ella mantenía el apartamento en sombras durante todo el día, y veían juntos la televisión, y ella cocinaba para él y cuidaba de sus ropas. Cuando murió, le pidió a su hermano si podía vivir con él, pero ya tenía hijos y no había habitación para él. Fue entonces cuando alquiló aquel pequeño lugar en la Tercera Avenida y empezó a observar a la pareja de la tienda de muebles.

Bogan sacudió la cabeza; sus pensamientos le estaban distrayendo, danzando de un lado a otro por entre la tranquila oscuridad de su mente.

—¡Por favor! —volvió a gritar la mujer—. Están subiendo humos del escape por entre las rendijas. No puedo respirar.

—Bajaré la ventanilla —dijo él, sonriendo—. No voy a parar, así es que puedes olvidarte de tus pequeños trucos.

El aire, frío y húmedo, se abalanzó sobre su helado cuerpo. De repente, se sintió muy cerca del pánico; eso era lo que le excitaba a él: jugar con ella como el gato con el ratón, saboreando su desamparo. Si no podía hacer que se detuviera, no habría ninguna esperanza..., a menos que un coche patrulla le hiciera señales para que se detuviera. Pero, evidentemente, la policía no tenía forma de identificarle. En caso contrario, no estaría conduciendo tan confiadamente. ¿Cómo podía atraer la atención de la policía? Hacia ella misma, o hacia el coche, eso daba lo mismo.

Pero no podía hacer nada mientras permaneciera atada. Empezó a tensar las cintas que tenía alrededor de sus puños, rozando las manos una contra otra hasta que la piel enrojeció, ejerciendo toda su nerviosa fortaleza contra el tejido de seda. 

El joven no había hecho un trabajo tan eficiente, y le bendijo por ello. Quizá le proporcionó deliberadamente esta oportunidad. Los nudos estaban sueltos, y sus esfuerzos consiguieron abrir un precioso hueco de un centímetro y medio. 

Aquello ya casi fue suficiente, pues sus manos eran bastante pequeñas. Lo intentó de nuevo, rozándose en silencio sus muñecas, con desesperación, hasta que los nudos volvieron a deshacerse. Aquello ya era suficiente. Se liberó las manos y se las llevó a la boca para silenciar los sonidos de su rápida respiración.

Pero con aquello no podía hacer gran cosa. Podía levantar el abridor de la puerta de atrás, pero conseguir abrir la puerta, teniendo que luchar contra la corriente de aire, sería casi imposible estando como estaba. Y tampoco le serviría de nada, a menos que intentara arrojarse del coche. Este pensamiento le condujo instantáneamente a otro... 

Si no se podía lanzar ella misma, ¿qué otra cosa podía arrojar del coche? Sobre todo, a través de la ventanilla abierta situada junto al asiento del conductor. El lazo de seda que había atado sus muñecas no llamaría la atención de nadie. Tanteó cautelosamente por el suelo del coche, pero sólo encontró un periódico arrugado y lo que parecía ser un paquete vacío de cigarrillos. Nada útil. Tenía que ser algo que diera una pista sobre ella.

Pensó en quitarse un zapato, pero tras un doloroso esfuerzo se dio cuenta de que le era imposible. Podía doblar la espalda hacia atrás y cogerse los tobillos con las manos, pero no podía soltar el cinturón, ni deshacerse el nudo de los zapatos en aquella posición. Y no podía arriesgarse a dar la vuelta y quedar echada boca arriba. 

Seguramente, él vería la parte superior de su cabeza por el espejo retrovisor. Pero el pensamiento de los zapatos la impulsó a hacer un pequeño inventario personal. Anillo, un pequeño peine, una cinta del pelo, un bolígrafo sujeto al bolsillo de su uniforme. Eso era todo; y ninguno de aquellos objetos tenía ningún significado especial. No representarían nada para quien los encontrara.

—Ya está bien de aire —dijo Bogan, y empezó a subir la ventanilla.

—¡No, por favor! —su corazón empezó a latirle violentamente; acababa de recordar el delantal que llevaba; el corto y almidonado delantal con el nombre de Howard Johnson bordado en rojo sobre el bolsillo superior—. Por favor, no cierre la ventana. Me estoy sofocando.

El terror que se notaba en su voz era verdadero. Si él cerraba ahora la ventana, habría desaparecido su única oportunidad.

—Bueno, no queremos que pase eso —comentó él, volviendo a bajar el cristal de la ventanilla—. Queremos que estés bonita y saludable para tu elegante patrullero. Y no estarías bonita si te sofocaras hasta morir.

(CONTINUARA...)