4
Con la ayuda de Gunther, me vendé la pierna fuertemente, me tomé un par de píldoras para el dolor, de las que me había dado Shelly Minck unos meses antes, y de esa forma estuve dispuesto para irme a trabajar, siempre que no tuviera que correr y que nadie me diera una patada en la rodilla. Hice algunas llamadas telefónicas, y busqué en la guía el teléfono de Jerry Vernoff, el escritor, que había trabajado con Faulkner la noche anterior.
Dando el nombre de Martin Leib en la Warner Brothers, me dieron la dirección de Shatzkin en Bel Air. Las señas de su oficina las encontré en la guía.
Llamé a Vernoff, le dije quién era, y me contestó que estaría en su casa para recibirme dentro de unas horas. Una llamada a la oficina de Shatzkin me hizo saber que su secretaria estaba allí, ayudando a los miembros más jóvenes de la firma a mantener el orden que se había visto alterado con tan trágico suceso.
Se llamaba señorita Summerland, y me comunicó con expresión cansada que pensaba estar aún muchas horas allí. No llamé a la señora Shatzkin. Podría no querer verme. Sencillamente me subí a mi huevo verde motorizado y me dirigí a Bel Air, observando con admiración que la poca gente que iba por la calle estaba casi congelada. Incluso Westwood estaba casi vacío de estudiantes de UCLA.
Se llamaba señorita Summerland, y me comunicó con expresión cansada que pensaba estar aún muchas horas allí. No llamé a la señora Shatzkin. Podría no querer verme. Sencillamente me subí a mi huevo verde motorizado y me dirigí a Bel Air, observando con admiración que la poca gente que iba por la calle estaba casi congelada. Incluso Westwood estaba casi vacío de estudiantes de UCLA.
Bel Air era una urbanización de lo más privado y ostentoso que se podía imaginar, no demasiado lejos de los estudios cinematográficos. Tenía su propia policía y su propia intimidad. Me franqueé la entrada diciéndole al guarda que era de la funeraria y venía a «organizar las cosas» para la familia Shatzkin. Era muy profesional y comprensivo.
Me dio a entender que no le importaba demasiado; mi coche le hizo sospechar un poco, pero le dije que lo había pedido prestado mientras me arreglaban el Rolls, pero la tarjeta que le enseñé de «Simon Jennings Brentwood Funeral Services» era auténtica. Tenía un montón de tarjetas de todas clases que un impresor me había dado en pago por haber cogido a su cuñada, que le había robado un Ford de 1932.
Me dio a entender que no le importaba demasiado; mi coche le hizo sospechar un poco, pero le dije que lo había pedido prestado mientras me arreglaban el Rolls, pero la tarjeta que le enseñé de «Simon Jennings Brentwood Funeral Services» era auténtica. Tenía un montón de tarjetas de todas clases que un impresor me había dado en pago por haber cogido a su cuñada, que le había robado un Ford de 1932.
Encontré la casa en Chalon Road; era un edificio de ladrillo de dos pisos, metido en la zona boscosa de una colina. Era impresionante. En un garaje abierto había un chófer que limpiaba un verdadero Rolls y que tiritaba de frío. Llamé a la puerta, y casi inmediatamente me abrió una muchacha mexicana vestida de negro, que aparentaba tanta tristeza que me hizo dudar si sería verdadera.
—Soy Peters —dije muy serio, abriendo la cartera para enseñarle mi identificación, pues sabía que no la miraría detenidamente—. Estoy investigando el crimen y quisiera hablar con la señora Shatzkin.
La muchacha retrocedió, yo avancé y ella dijo que iría a avisar a la señora.
Con el sombrero en la mano y el abrigo puesto tenía el aspecto más serio y oficial que podía. Me miré en el espejo del vestíbulo con cierto recelo y seguía haciéndolo cuando oí pisadas detrás de mí y vi a Camile Shatzkin en el espejo. Me volví para mirarla.
—¿Oficial? —comenzó. Era una mujer morena y hermosa, iba vestida de negro, llevaba uno de esos complicados peinados con el pelo estirado hacia arriba. Era un poco regordeta, pero no era bajita. Me recordaba, en cierto modo, a Ana, mi primera mujer, aunque no en algunas cosas.
Camile Shatzkin, con el ceño fruncido y retorciéndose las manos, con un pañuelo entre los dedos, me recordaba a Kay Francis actuando en un melodrama, y Kay Francis siempre estaba dispuesta para hacer alguna travesura.
Camile Shatzkin, con el ceño fruncido y retorciéndose las manos, con un pañuelo entre los dedos, me recordaba a Kay Francis actuando en un melodrama, y Kay Francis siempre estaba dispuesta para hacer alguna travesura.
—Soy Peters —dije, y antes de que ella pudiera pensar en hacer alguna pregunta, añadí—: Cawelti de la Comisaría ya ha hablado con usted, pero han surgido algunas cosas desde anoche que necesitan ser confirmadas.
—No estoy segura… —comenzó, volviendo la mirada hacia atrás y buscando a alguien que no aparecía—. Ha sido horrible… horrible… estoy segura de que usted me comprende.
—Completamente —dije compasivo—, pero sólo la molestaré unos minutos.
—Muy bien —repuso con una dolorosa sonrisa, pero no se ofreció a llevarme a otra habitación ni me invitó a que me sentara. Hablamos en el vestíbulo decorado al estilo mexicano. Saqué mi cuaderno nuevo e hice como si leyera unas preguntas.
—¿Quién invitó ayer al señor Faulkner a venir aquí? —dije, tan amablemente como pude—. Usted no le había visto antes.
—Bueno, no —repuso un poco nerviosa—, pero le había visto en las cubiertas de los libros y en los periódicos, y Jacques me dijo que iba a venir. Le reconocí en cuanto le vi entrar por la puerta…
Estaba a punto de venirse abajo, entonces salí en su ayuda.
—Comprendo, señora Shatzkin. Tenemos que estar seguros. ¿Puede identificar esta fotografía como la del señor Faulkner? —Saqué mi cartera y le enseñé una pequeña fotografía.
—Éste es el hombre —dijo con un sollozo, devolviéndome la fotografía.
—¿Está segura? —pregunté, cogiéndola y volviéndola a guardar.
—Nunca olvidaré esta cara —repuso, tapándose los ojos.
Bueno, esto era un paso en la defensa de Faulkner. La fotografía que ella había identificado era una de Harry James que venía en la cartera cuando la compré en unos grandes almacenes. Decidí apremiarla un poco más.
—Vamos a necesitar una fotografía del señor Shatzkin —adité, guardando el cuaderno.
—No tengo ninguna fotografía de Jacques —dijo tristemente—; me gustaría tenerla, bien lo sabe Dios. A él no le gustaban las fotografías.
—Todo el mundo tiene una fotografía suya en algún sitio —dije—. Especialmente un hombre tan importante como el señor Shatzkin.
Los ojos de Camile Shatzkin brillaron con recelo.
—¿Tiene usted alguna fotografía o alguna tarjeta de identificación, señor Peters? —dijo—. Quisiera asegurarme de que no es un periodista que intenta obtener un buen reportaje a costa de mi dolor.
—La única fotografía mía que tengo es de cuando tenía diez años —dije, buscando en mi cartera, sabiendo que no tenía ninguna identificación que pudiera convencerla.
—Bueno, a lo mejor podemos encontrar alguna fotografía de Jacques de cuando tenía también diez años —repuso ella. El dolor de la viuda había dejado paso a la firmeza. Kay Francis estaba dirigiendo la compañía y ahora el asunto iba en serio—. Su identificación.
Saqué mi carnet de investigador privado y se lo enseñé.
—Dijo que era oficial de policía —susurró entre dientes, por cierto blancos y perfectos.
—No, no lo dije —respondí—; eso lo han supuesto usted y su criado. Estoy trabajando para el abogado del señor Faulkner y…
—¡Haliburton! —gritó; su pecho se levantó como el de una tiple.
Una figura enorme, con un jersey negro y con una cara tan granítica que parecía esculpida, irrumpió en el vestíbulo desde el interior de la casa. Miró a Camile Shatzkin y a mí, esperando órdenes.
—Un momento —dije, levantando las manos, sabiendo que no tendría oportunidad de salir corriendo según tenía la pierna—. Tenemos derecho legal para interrogar a los testigos; podía haberlo hecho a través de la oficina del fiscal, pero…
—Haliburton —dijo firmemente, y abandonó la habitación.
Era evidente que Haliburton había estado toda su vida levantando coches y colocándolos por orden en estanterías. Avanzó hacia mí sin ruido y sin inmutarse.
—Haliburton —dije—. Sé muy bien cuándo me van a dar una buena tunda, me voy…
Me agarró con una mano por el cogote y me lanzó contra la puerta. Sin detenerme a pensarlo, di un codazo hacia atrás levantando el brazo izquierdo en dirección a su rostro a una altura de pocos centímetros. Le alcancé en el gaznate y me soltó. Luché por llegar a la puerta, arrastrando la pierna, sin mirar hacia atrás.
Lo que hice podría considerarse como una huida, pero probablemente parecería una carrera de minusválidos del día de la fiesta nacional, el 4 de julio. Oí que la puerta se abría detrás de mí según me dirigía hacia el coche. El chófer se detuvo, se limpió las manos y me observó desde el garaje abrir la puerta de mi auto y cerrarla justo en el momento en que Haliburton agarraba la portezuela. Estaba terriblemente enfadado.
Lo que hice podría considerarse como una huida, pero probablemente parecería una carrera de minusválidos del día de la fiesta nacional, el 4 de julio. Oí que la puerta se abría detrás de mí según me dirigía hacia el coche. El chófer se detuvo, se limpió las manos y me observó desde el garaje abrir la puerta de mi auto y cerrarla justo en el momento en que Haliburton agarraba la portezuela. Estaba terriblemente enfadado.
—No me guardes rencor —le dije, poniendo el coche en marcha, mientras él intentaba romperme el techo del coche a puñetazos. Pude ver cómo lo abollaba. Retrocedí velozmente por la calle, rompiendo un par de arbustos bien podados. Haliburton debía de ser el jardinero, porque mi ataque contra las plantas le enfureció aún más.
Bajó vociferando por el camino y al pasar cogió una piedra. Al llegar a Chalon Road aceleré y conseguí evitar atropellarle. La piedra golpeó el capó, lo arañó al pasar y se estrelló contra el parabrisas, saliendo despedida hacia Urano. Salí de Bel Air, observando por el retrovisor la figura de Haliburton, que se desvanecía en la oscuridad.
Bajó vociferando por el camino y al pasar cogió una piedra. Al llegar a Chalon Road aceleré y conseguí evitar atropellarle. La piedra golpeó el capó, lo arañó al pasar y se estrelló contra el parabrisas, saliendo despedida hacia Urano. Salí de Bel Air, observando por el retrovisor la figura de Haliburton, que se desvanecía en la oscuridad.
Otro día, otra amistad conseguida. Dale Carnegie podría haberme contratado por poco dinero como ejemplo negativo de lo que no se debe hacer. Pero había aprendido algo. Tal vez.
Aunque saliera luego con una identificación más seria, por el momento Camile Shatzkin —que había identificado a Faulkner como el asesino de su marido— no podía distinguir a Faulkner de un trompetista cualquiera.
Me puse a canturrear Me haces quererte para no pensar en mi rodilla y me dirigí a la oficina de Jacques Shatzkin en Sunset Boulevard.
La agencia de Jacques Shatzkin estaba en el último piso de un edificio de dos alturas en Sunset, no muy lejos de Bel Air.
En el primer piso del edificio había algunas tiendas muy elegantes, una boutique de señoras a un lado y una tienda de productos de importación en el otro. Las escaleras de madera estaban perfectamente barnizadas y limpias. Había veintidós escalones y cada uno de ellos me enviaba un mensaje doloroso a la pierna vendada. El truco sería evitar las escaleras y mantener la pierna estirada.
El área de recepción, tras la pesada puerta de madera, estaba limpia, reluciente y era acogedora. Era tan grande como la oficina de Shelley y la mía juntas, y además sobraba sitio para alojar a la Union Station.
No había recepcionista, pero podía oír voces a la derecha, a través de la puerta abierta. Ahora tenía una idea clara de la decoración de las oficinas de Jacques Shatzkin: eran elegantes y acogedoras. Las alfombras eran oscuras y gruesas, las sillas bajas y muy cómodas. Las mesas eran antiguas y brillaban debido a lo bien barnizadas que estaban; las paredes eran de un color marrón claro. Las luces fluorescentes parpadeaban en el techo.
Me recordaba la sala de una funeraria, a no ser por los cuadros que había en las paredes, que representaban a clientes o a allegados y amigos del difunto. Algunas dedicatorias rezaban: «Para un hombre bueno. —Frank Fay», «Para mi amigo Jacques. —Edward Everett Horton», «No veo en esto nada divertido. —Robert Benchley», «Para un tipo en el que se puede confiar. —Preston Foster».
Me recordaba la sala de una funeraria, a no ser por los cuadros que había en las paredes, que representaban a clientes o a allegados y amigos del difunto. Algunas dedicatorias rezaban: «Para un hombre bueno. —Frank Fay», «Para mi amigo Jacques. —Edward Everett Horton», «No veo en esto nada divertido. —Robert Benchley», «Para un tipo en el que se puede confiar. —Preston Foster».
Mientras estaba leyendo, una voz me interrumpió. Me volví y me encontré con una mujer esbelta como un junco, seca y de unos cincuenta años, con el pelo moreno y corto, que sonreía francamente. No era ni bella ni vulgar. Era simplemente un rostro más en la multitud, pero se adivinaba su eficiencia en su figura firme, su traje azul impecable y en el modo en que cruzaba las manos ante sí.
—¿Señorita Summerland? —dije.
—Señora Summerland —me corrigió—. Las dedicatorias son sinceras. Esas fotografías no están sólo de adorno, señor Peters… Es usted el señor Peters, ¿verdad?
—Sí, lo soy —confesé.
—El señor Shatzkin era un hombre muy agradable —dijo con afecto, mostrando demasiado dominio.
—No la entretendré mucho tiempo —dije.
—Está bien —repuso, adelantándose y cruzando la puerta donde se había quedado parada—. Por favor, pase a mi despacho. Hay algunos miembros de la agencia que están en la sala de conferencias tratando de solucionar el futuro. Yo prefiero seguir en el pasado, aunque sólo sea por unos días más.
Pasé por delante de ella y entré en el despacho, que era pequeño y estaba decorado de la misma forma acogedora que el área de recepción. Ella pasó detrás de la mesa, pero no se sentó. Yo me senté y estiré la pierna, aunque sabía que tendría que mirar hacia arriba para hablar con ella. Podía darme cuenta de que la mujer se encontraba así más a gusto y no quería cometer la misma equivocación que con la señora Shatzkin.
—La policía cree que William Faulkner mató al señor Shatzkin —dije.
—Lo sé —me contestó simplemente.
—Yo represento al señor Faulkner. Él dice que no lo hizo. No tenía ninguna razón para hacerlo; apenas conocía al señor Shatzkin. —Me callé y la miré, esperando una respuesta.
—Por lo que yo sé —repuso—, y como le dije anteriormente al oficial de policía, sólo se vieron una vez en un almuerzo.
Saqué mi cuaderno y comencé a escribir.
—¿Sabe si discutieron durante la reunión?
—¿Cómo podría saberlo? —dijo—. Yo no estaba allí, y no vinieron por la oficina; por lo menos el señor Faulkner no vino. Simplemente llamó por teléfono, pidió que le pusieran con el señor Shatzkin y entre ellos dos arreglaron la cita. Ésta está anotada en la agenda del señor Shatzkin si quiere comprobarlo: «Almuerzo con el señor Faulkner el jueves a la una».
—La creo —dije—. ¿Sabe dónde comieron?
—No.
—¿Tenía Shatzkin preferencia por el restaurante Berstein’s Fish Grotto?
Pareció extrañada y negó con la cabeza.
—Nunca lo mencionó; dudo que él hubiera ido allí a almorzar a menos que el señor Faulkner se empeñara en ello. Está demasiado lejos, y al señor Shatzkin no le gustaba demasiado el pescado.
—Un par de preguntas más y termino —dije con una sonrisa.
—¿Sabe de lo que iban a hablar en la reunión?
—¿Por qué no se lo pregunta al señor Faulkner, señor Peters?
—Porque hay algunas cosas que no cuadran. No sé exactamente lo que es, pero hay algo que no me convence.
—Yo no sé de qué querría hablar el señor Faulkner, pero creo que era algo que tenía que ver con su deseo de que el señor Shatzkin le representara.
—Está bien —dije, levantándome—. ¿Tiene por casualidad alguna fotografía del señor Shatzkin?
—No —repuso ella con énfasis—. Había una en su despacho, pero la señora Shatzkin mandó a su criado Haliburton a recoger sus cosas, incluida la fotografía de boda que tenía sobre la mesa del despacho.
Había algo raro en la forma en que lo dijo, y esto me hizo proseguir. Había hecho hincapié tanto en la palabra «señor» como en «criado». También parecía dar a entender que la viuda podía haber esperado hasta que el cuerpo se enfriara para quitar todos sus recuerdos.
—La señora Shatzkin identificó a William Faulkner como el hombre que disparó contra su marido —dije.
La señora Summerland se encogió de hombros.
—Creo que estaba mintiendo o que se equivocó —adité.
—Las dos cosas son posibles —repuso la señora Summerland, mirándome directamente a los ojos—. Pero lo que no es posible es que el señor Shatzkin mintiera, muerto o no. Si dijo que Faulkner le había disparado, es que era cierto. El señor Shatzkin era un hombre tranquilo, un hombre honesto. No era el tipo lanzado y charlatán que algunos… —La compostura de la señora Summerland estaba a punto de deshacerse en lágrimas, desde luego en contra de su voluntad, ya que ella no quería llorar y mucho menos delante de mí.
—Me ha ayudado mucho —dije, cerrando la puerta detrás de mí justo en el momento en que ella bajaba la cabeza.
El sol ya casi se había ocultado cuando yo salí a la calle cojeando; hacía un poco menos de frío, pero el tiempo no era lo suficientemente cálido como para que pudiera volver a venderle mi abrigo a Hy O’Brien. Las cosas estaban empezando a amontonarse, y el montón que formaban podía resultar explosivo, especialmente si yo le prendía fuego.
Mi próxima parada era el apartamento de Jerry Vernoff en La Brea, en Inglewood. Era un chalecito de un piso con una pequeña piscina en el centro del jardín y unas cuantas palmeras que pugnaban por crecer ocultando el sol. Llamé a la puerta, sabiendo por experiencia que en semejantes sitios las personas que están dentro notan como si las paredes vibraran con cada timbrazo.
—Ya voy —dijo una voz.
—Soy Peters —dije.
—Muy bien —contestó la voz. Esperé algunos segundos y la puerta se abrió, apareciendo un tipo grande, con bastante buena pinta, con el pelo rubio y liso y esbozando una sonrisa. Sus dientes eran muy blancos. Estaba muy moreno y llevaba la camisa abierta.
—Pase —dijo—. Busque un sitio y siéntese; tengo que limpiarme las manos, estaba liado con una lata de chiles.
Desapareció y busqué un asiento. Había un sofá y dos sillas. También había una mesa de juego que hacía las veces de despacho, con una silla. En todos estos muebles había montones de papeles y tarjetas de archivo completamente escritos.
—Quite uno de esos montones, tírelos y siéntese —gritó—, pero cuide que queden en orden.
Elegí una de las sillas. Quité dos montones de folios mecanografiados, los puse en el suelo y me senté.
—¿Quiere beber algo? —gritó Vernoff, haciéndose oír por encima del ruido del grifo—. ¿Cerveza o Coca?
—Coca, mejor —dije.
Volvió con una botella para mí y otra para él.
—No sé ni siquiera cocinar una lata de chiles —comentó con una mueca.
—Ya conozco esa sensación.
—Es horrible —dijo, echándose una tercera parte de la Coca.
—¿Trabaja usted con Faulkner? —pregunté.
—Bueno, ahora tengo este encargo. Yo trabajo por libre. Mire todo esto —dijo, alargando la mano izquierda para mostrar las páginas y la pared llena de libros—. El armario del rincón está lleno de carpetas con argumentos. Tengo cientos de ellos. Cielos, tengo miles. Si tenemos en cuenta las posibilidades de mezcla y de unión entre sí, probablemente habrá un millón. Los productores y los escritores me contratan para darles ideas y temas para sus películas. A veces les lanzo temas y variaciones de los mismos para ver si saben usar su imaginación. Me pagan bastante bien. He tenido bastante trabajo estos últimos años.
—¿Y le gusta?
Se encogió de hombros y se bebió otro tercio de la botella antes de mirarme y hacer un gesto.
—No está mal; me valdrá hasta que consiga vender uno de mis propios guiones. Bueno, hablando del viernes, le dije a los polis que había estado con Faulkner en la habitación de su hotel.
—Pero usted dijo que salió de allí sobre las nueve.
—Cierto —dijo Vernoff—, pero fue para ir a tomarse unas cuantas copas. Ya se sabe que Faulkner bebe bastante. Eso es lo que le perdió la última vez que trabajó aquí.
—¿Por qué no fue con él?
Vernoff se echó a reír y yo me tomé otro trago de Coca.
—No me invitó. Nuestro Faulkner es un hombre muy suyo y, si le digo la verdad, no creo que a él le gustara trabajar conmigo. Me muevo demasiado de prisa y pienso muy rápido. Se ponía nervioso, pero para eso me pagan: para estimularle y para hacerle pensar y moverse.
—¿Le agrada Faulkner?
—Reconozco que mucho no. ¿Y a usted?
—Creo que no —admití—, pero no creo que matara a Shatzkin.
—Ni siquiera sabía que conociera a Shatzkin —suspiró Vernoff—. Shatzkin es mi representante, bueno, lo era. No puedo decir que me ayudara mucho, pero era un buen hombre. Todo este asunto no tiene mucho sentido. Creo que ni siquiera escribiré un guión basándome en este caso.
—Tal vez podría inventarse un guión para decirme quién mató a Shatzkin y por qué —dije, acabando mi Coca y levantándome.
—Seguro —dijo mientras me acompañaba a la puerta—. Puedo pensar en un montón de ellos. Está todo ahí —dijo, señalando al archivo—. Están todos numerados y ordenados para poder buscar lo que se quiera. Oiga, es la hora de comer; ¿quiere compartir conmigo una lata de chiles y un poco de lechuga?
Acepté y nos fuimos a la cocina, que era como una ampliación del cuarto de estar; estaba llena de papeles, recortes de periódicos, libros y apuntes. Despejó dos sitios para que pudiéramos sentarnos y sirvió los chiles en dos tazones, directamente de un sucio cacharro que vi que estaba quemado por el fondo.
Vernoff me contó sus aventuras con varios escritores, incluyendo un trabajo que hizo con F. Scott Fitzgerald, que había estado en su apartamento y que, cuando vio todo aquel jaleo, tuvo que tomarse una semana de vacaciones. Yo, a mi vez, le conté a Vernoff algunos de mis casos más notables, concluyendo con el de Bela Lugosi.
Vernoff me contó sus aventuras con varios escritores, incluyendo un trabajo que hizo con F. Scott Fitzgerald, que había estado en su apartamento y que, cuando vio todo aquel jaleo, tuvo que tomarse una semana de vacaciones. Yo, a mi vez, le conté a Vernoff algunos de mis casos más notables, concluyendo con el de Bela Lugosi.
—Tengo aproximadamente unos doscientos argumentos sobre el tema de los vampiros —dijo, manchando de chiles una copia del American Mercury—. Puedo hacer un guión sobre vampiros en cinco días… bueno, no, en tres días, pero nadie quiere guiones sobre vampiros. Quieren temas de la guerra. Era lo que estaba intentando inculcarle a Faulkner, pero la guerra le ha producido una gran melancolía y también algo que le pasó a un hermano suyo que murió en un accidente de aviación. La verdad es que me gané mi dinero trabajando con él.
Terminé, nos dimos la mano y me preguntó si podría ponerse en comunicación conmigo para elaborar algún guión basándose en mis casos. Le dije que de acuerdo y le dejé fregando los platos y buscando la máquina de escribir que tenía momentáneamente perdida.
Me fui hacia casa, porque era más fácil aparecer allí que en mi oficina, y quería coger a Gunther. Me crucé al entrar con la señora Plaut y dije:
—Buenas tardes.
Me devolvió la sonrisa y contestó con más afabilidad de la que acostumbraba.
—No se moleste.
Gunther estaba en su habitación, que parecía un anuncio de una revista de decoración. Siempre estaba todo limpio y en su sitio. Los libros de la estantería estaban perfectamente colocados por orden, y rara vez había en su mesa más de uno o dos libros y algún manuscrito.
—Bueno, Gunther. ¿Cómo te ha ido?
Sacó su cuaderno y me leyó:
—Ni Shatzkin ni Faulkner reservaron mesa para comer en Berstein’s. Fueron allí simplemente a probar suerte y ver si encontraban mesa. Nadie les reconoció ni les recuerda. Los dos platos que pidieron, langosta natural y ensalada de gambas, están en el menú.
Dejó el cuaderno y me miró. Después de pedirle un par de monedas prestadas, bajé al vestíbulo y llamé desde el teléfono público a la comisaría de Wilshire. Pregunté por mi hermano.
—Pevsner —gruñó.
—Soy hermano de Pevsner, hijo de Pevsner y nieto de Pevsner —contesté.
—¿Qué demonios quieres? —replicó, y luego dijo, hablando con alguien en la oficina—: Entonces no le registres y llévale arriba y hazle unas pocas preguntas, luego déjale marchar… Está bien, Toby, ¿qué quieres?
—Escucha —dije—. Tengo algunas cosas sobre el caso Shatzkin que seguramente os gustaría investigar.
—Trátalo con Cawelti —dijo.
—¿No puedes escuchar un momento? —grité—. Me tienes dando vueltas por toda la ciudad; lo menos que puedes hacer es escucharme.
—Habla de prisa —dijo. No sé si sería la guerra o tal vez el hecho de que se iba haciendo viejo, pero Phil se había ablandado ante una súplica emocional. No me gustaba.
—He visto a la señora Shatzkin; quiere hacer ver que está destrozada, pero no es cierto. No había visto a Faulkner en su vida…
—Solamente cuando entró por la puerta y disparó contra su marido —añadió Phil.
—¿Pero cómo supo que era Faulkner? Cuando le enseñé una fotografía de Harry James, juró que era Faulkner.
—Es una mujer destrozada con muchas preocupaciones —repuso Phil, impaciente.
—Es una mujer destrozada que ha dedicado el primer día de su dolor de viuda a desembarazarse de todas las fotografías de su marido. ¿Por qué hace esto?
—No querrá que le recuerden su dolor —dijo—. ¿Eso es todo lo que has conseguido?
—¿Por qué Shatzkin llevó a Faulkner a comer a la Sexta Avenida? Ni estaba cerca de su oficina ni a él le gustaba el pescado. Parece como si hubiera querido llevarle donde no le conocieran.
—Eso es lo que a ti te parece —dijo Phil—; para un jurado y para mí, no significa nada más que que fueron a Berstein. ¿Qué tiene eso que ver con lo demás?
—Faulkner dice que Shatzkin le llamó para concertar la cita —seguí—. La secretaria de Shatzkin dice que la idea partió de Faulkner.
—No hemos acusado a Faulkner por una pérdida de memoria o por hablar de sus negocios —gruñó Phil una vez más.
—Está bien —volví a intentarlo—. Faulkner dice que en la cena Shatzkin se comportó como un charlatán vociferante. La secretaria de Shatzkin dice que el muerto era como un gatito.
—¿Dónde te lleva todo eso? —preguntó Phil—. Tenemos todavía la declaración del muerto. La tengo aquí mismo. —Le oí revolver algunos papeles y leer—: «Oficial Bowles: “No se preocupe, señor”. Shatzkin: “Faulkner me disparó, William Faulkner; ¿por qué lo hizo?”. Oficial Bowles: “Descanse, señor Shatzkin”. Señora Shatzkin: “Oficial, fue Faulkner. Entró directamente y disparó sobre Jacques, sin motivo alguno, sin ninguna razón”». Además, encontramos también el revólver en la habitación de Faulkner.
—Alguien está intentando inculparle.
—Un argumento muy original —dijo.
—Y no tenía ningún motivo —adité.
—Vete a contarle esa historia a Dick Tracy —dijo, y colgó el teléfono.
Me gasté unas monedas más y llamé a Vernoff.
—Se me ha olvidado preguntarle algo —dije—. ¿Por qué se fue Faulkner anoche, justo antes de las nueve? ¿Por qué no antes o después? ¿Fue pura coincidencia?
—No recuerdo —dijo Vernoff—. Creo que dijo simplemente que necesitaba un descanso y que volvería al cabo de una hora.
—Gracias. —Colgué el teléfono. Necesitaba hablar otra vez con Faulkner y le debía a Bela Lugosi un día de trabajo. Me tomé unas pastillas de las que me dio Shelly para la espalda, y esto me ayudó a volver a la comisaría. Esta vez me llevaron al recinto donde Faulkner estaba sentado en una celda.
—El señor Leib cree que hay posibilidades de que pueda salir bajo fianza a pesar de los cargos —dijo, dejando a un lado el libro que estaba leyendo. El carcelero rondaba impaciente a mi lado.
—Sólo un segundo o dos —dije—. Necesito que me dé algunas respuestas. ¿De quién fue la idea de ir a comer a Berstein’s?
—Ya le dije que fue de Shatzkin —repuso nervioso.
—¿Por qué no subió a la oficina de Shatzkin?
—Porque él bajaba ya cuando yo llegué. No alcanzo a comprender la importancia de estas preguntas.
—Yo tampoco estoy muy seguro —dije. Y estaba claro que el carcelero, gordo y vestido de azul, tampoco lo comprendía.
—Shatzkin le llamó para concertar la cita.
—Exacto.
—El viernes por la noche, cuando estaba trabajando con Vernoff, ¿de quién fue la idea de tomarse un descanso justamente antes de las nueve?
—Creo que fue mía. Ese tipo me resultaba bastante inaguantable y de momento ya le había soportado todo lo que podía. El hecho de trabajar con él no fue idea mía, sino una imposición del estudio. Llegó a decirme que podría convertir mi obra Mientras agonizo en ciento cincuenta guiones. Ese hombre es un peligro para la creatividad.
Me despedí de Faulkner, contuve el impulso de darle un golpe al carcelero debajo de sus cinco papadas y salí cojeando con la impresión de que en todo esto había algo, pero no sabía qué demonios podía ser.