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La dama pálida - Alejandro Dumas (Parte 2 y última)

III. LOS DOS HERMANOS

A partir de aquel momento, quedó establecida mi residencia en el castillo; y a partir de aquel momento también dio comienzo el drama que voy a contaros.

Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno con sus propios matices de temperamento.


Kostaki me confesó, al día siguiente, que me amaba, y declaró que yo sería suya y de nadie más, y que me mataría antes de que yo perteneciera a cualquier otro.


Gregoriska no dijo nada de ello, pero me rodeó de cuidados y de atenciones. Para complacerme puso en práctica todos los medios de una refinada educación, todos los recuerdos de una juventud pasada en las más nobles cortes de Europa. Pero, ¡ay!, no era algo difícil, pues al primer sonido de su voz había sentido que esa voz acariciaba mi alma; y a la primera mirada de sus ojos había sentido que esa mirada penetraba hasta mi corazón.


Al cabo de tres meses, Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo lo odiaba; al cabo de tres meses, Gregoriska todavía no me había dicho ni una sola palabra de amor, y yo sentía que cuando él lo desease sería totalmente suya.


Kostaki había dejado sus correrías. No salía del castillo. Había cedido temporalmente el mando a una especie de lugarteniente que, de vez en cuando, venía a pedirle órdenes y desaparecía al punto.


También Smeranda me quería con una amistad apasionada, cuyas expresiones me atemorizaban. Protegía a todas luces a Kostaki, y parecía estar más celosa de mí de lo que lo estaba él. Pero como no entendía ni el polaco ni el francés, y yo no comprendía el moldavo, no tenía forma de abogar ante mí en favor de su hijo; pero había aprendido a decir en francés cuatro palabras, que me repetía siempre cuando posaba sus labios en mi frente:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Un día me enteré de una noticia terrible y que era el colmo de mis desdichas: los cuatro hombres que habían sobrevivido al combate habían sido puestos en libertad y regresado a Polonia, dando su palabra de que uno de ellos, antes de tres meses, regresaría para traerme noticias de mi padre.


Y, efectivamente, una mañana reapareció uno de ellos. Nuestro castillo había sido tomado, incendiado y arrasado, y mi padre había encontrado la muerte defendiéndolo.


En adelante estaba sola en el mundo.


Kostaki redobló sus insinuaciones, y Smeranda su afecto; pero esta vez aduje como pretexto mi luto por mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre insistió como él y con él, más incluso que él.


Gregoriska me había hablado del dominio de sí mismos que tienen los moldavos cuando no quieren que otros lean en sus sentimientos. Él era un vivo ejemplo de ello. Era imposible estar más segura del amor de un hombre de lo que yo lo estaba del suyo, y sin embargo, si alguien me hubiera preguntado en qué basaba mi certeza, me habría sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Tan solo los celos podían hacer tomar conciencia a Kostaki acerca de esta rivalidad, como solo mi amor podía hacerme tomar conciencia de este amor.

Sin embargo, lo confieso, me inquietaba mucho ese dominio de sí de Gregoriska. Yo confiaba en él, pero no era suficiente; necesitaba estar convencida; cuando he aquí que una noche, justo cuando acababa de volver a mi aposento, oí llamar suavemente a una de las dos puertas que, como ya he indicado, cerraban por dentro. Por la manera de llamar adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué y pregunté quién era.

—Gregoriska —contestó una voz cuyo acento no podía engañarme.


—¿Qué queréis de mí? —le pregunté temblando como una hoja.


—Si confiáis en mí —dijo Gregoriska—, si me creéis hombre de honor, aceptad una petición mía.


—¿Cuál?


—Apagad la luz como si os hubierais acostado y, de aquí a media hora, abridme esta puerta.


—Volved en media hora —me limité a responder.


Apagué la luz y esperé.


El corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía que se trataba de un hecho importante.


Pasó la media hora. Oí llamar más suavemente aún que la primera vez. Durante el intervalo había descorrido el cerrojo; no me quedaba, pues, sino abrir la puerta.


Entró Gregoriska y, sin esperar a que me lo pidiera, cerré la puerta tras él y eché el cerrojo.


Él permaneció un momento mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con una indicación. Luego, una vez que se hubo asegurado de que no nos amenazaba peligro alguno por el momento, me llevó al centro del amplio aposento, y sintiendo, por mi temblor, que no podría sostenerme en pie, fue a buscar una silla.


Me senté, mejor dicho, me dejé caer sobre el asiento.


—¡Dios mío! —le dije—, ¿qué sucede y por qué tantas precauciones?


—Porque mi vida, lo que no sería nada, y acaso también la vuestra, dependen de la conversación que vamos a tener.


Le tomé de una mano, toda asustada. Él se la llevó a los labios, mientras me miraba como si quisiera excusarse por semejante audacia.


Yo bajé los ojos, lo que era una forma de consentir.


—Os amo —me dijo con su voz melodiosa como un canto—. ¿Me amáis vos?


—Sí —le respondí.


—¿Y aceptaríais ser mi mujer?


—Sí.


Se llevó la mano a la frente con una profunda aspiración de felicidad.


—Entonces, ¿no os negaréis a seguirme?


—¡Os seguiré a donde sea!


—Así que comprendéis —continuó— que no podemos ser felices si no es huyendo de aquí.


—¡Oh, sí! —exclamé yo—, huyamos.


—¡Silencio! —dijo él estremeciéndose—. ¡Silencio!


—Tenéis razón.


Y yo me acerqué a él temblando.


—He aquí lo que he hecho —me dijo—, he aquí por qué he estado tanto tiempo sin confesaros que os amaba: es que quería, una vez que estuviera seguro de vuestro amor, que nada pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, querida Jadwige, inmensamente rico, pero a la manera de los señores moldavos: rico en tierras, en rebaños, en siervos. Pues bien, he vendido, por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado por todo ello trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en oro y el resto en letras de cambio pagaderas en Viena. ¿Os bastará con un millón?


Le apreté la mano.


—Me hubiera bastado con vuestro amor, Gregoriska, así que juzgad vos mismo.


—Pues bien, escuchad. Mañana iré al monasterio de Hango para tomar mis últimas disposiciones con el superior. Este me tiene preparados unos caballos que nos esperarán a partir de las nueve de la mañana ocultos a cien pasos del castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo igual que hoy a vuestro aposento; apagaréis la luz y, como hoy, yo entraré. Pero mañana, en lugar de salir solo de aquí, me seguiréis vos, saldremos por la puerta que da a los campos, iremos a por los caballos, montaremos en ellos y, pasado mañana por la mañana, habremos hecho treinta leguas.


—¡Oh! ¿Por qué no será ya pasado mañana?


—¡Querida Jadwige!


Gregoriska me estrechó contra su corazón; y nuestros labios se encontraron. ¡Oh! Bien que lo había dicho él: había abierto la puerta de mi aposento a un hombre de honor; pero él comprendió perfectamente que, si no le pertenecía de cuerpo, le pertenecía de alma.


Pasó la noche sin que pudiera pegar ojo ni un instante. ¡Me veía huyendo con Gregoriska, me sentía transportada por él como lo había sido ya por Kostaki! Solo que esa carrera terrible, espantosa, fúnebre, se trocaba ahora en un dulce y delicioso aprieto al que la velocidad añadía también su parte de goce, pues la velocidad es un placer en sí misma.


Despuntó el día. Bajé. Me pareció que había algo más sombrío aún que de ordinario en la manera en que Kostaki me saludó. Su sonrisa no era ya una ironía, sino una amenaza. En cuanto a Smeranda, me pareció la misma que de costumbre.


Durante el almuerzo, Gregoriska pidió sus caballos. Pareció que Kostaki no prestase la menor atención a aquella orden.


Hacia las once, Gregoriska se despidió, anunciando que no estaría de vuelta hasta el atardecer, y rogando a su madre que no le esperase para comer; luego se volvió hacia mí y me rogó que tuviera a bien admitir sus disculpas.


Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta el momento en que dejó la estancia, y en ese instante sus ojos echaron tales chispas de odio que me estremecí.


Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. No había confiado a nadie nuestros planes, a duras penas me atreví a hablarle a Dios de ellos en mis oraciones, y tenía la impresión de que todos estaban al tanto de ellos, que cada mirada que se ponía en mí podía penetrar y leer en el fondo de mi corazón.


La comida fue un suplicio: sombrío y taciturno, Kostaki hablaba raramente; esta vez se limitó a decir dos o tres palabras en moldavo a su madre, y cada vez el acento de su voz me provocó un estremecimiento.


Cuando me levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de costumbre, me abrazó, y, al hacerlo, repitió aquella frase que, desde hacía ya ocho días, no había vuelto a salir de su boca:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Esta frase me persiguió como una amenaza; una vez en mi aposento, me parecía que una voz fatal me susurrase al oído: «¡Kostaki ama a Jadwige!».


Ahora bien, el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la muerte.


Hacia las siete de la tarde, y como el día comenzaba a declinar, vi a Kostaki atravesar el patio. Se volvió para mirar hacia mi lado, pero yo me eché hacia atrás, para que no pudiera verme.


Estaba inquieta, pues durante todo el tiempo en que la posición de mi ventana me había permitido seguirle, lo había visto dirigirse hacia las caballerizas. Me aventuré a descorrer el cerrojo de mi puerta, y deslizarme hacia la habitación contigua, desde donde podría ver todo lo que hiciese.


En efecto, se dirigía a las caballerizas. Entonces hizo salir él mismo a su caballo favorito, lo ensilló personalmente y con el esmero de un hombre que concede la mayor importancia a los menores detalles. Vestía el mismo traje con el que lo había conocido la primera vez. Solo que, por toda arma, llevaba su alfanje.


Cuando hubo ensillado el caballo, dirigió sus ojos una vez más a mi aposento. Luego, al no verme, saltó sobre la silla, mandó abrir la misma puerta por la que había salido y por la que debía regresar su hermano, y se alejó al galope, en dirección al monasterio de Hango.


Entonces mi corazón se encogió de una manera terrible; un presentimiento fatal me decía que Kostaki iba al encuentro de su hermano.


Me quedé en aquella ventana mientras pude distinguir aquel camino, que, a un cuarto de legua del castillo, hacía un recodo, y se perdía al comienzo de un bosque. Pero la noche se volvía cada momento más cerrada, y el camino no tardó en desaparecer totalmente de mi vista. Seguí en la ventana. Finalmente mi inquietud, por su propio exceso, me devolvió las fuerzas, y, como era, evidentemente, abajo en la sala donde debía recibir las primeras noticias de uno o del otro de los dos hermanos, bajé.


Mi primera mirada fue para Smeranda. Por la serenidad de su rostro comprendí que no sentía ningún recelo; daba sus órdenes para la cena como de costumbre, y los cubiertos de los dos hermanos estaban en su sitio.


Yo no me atrevía a preguntar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiese podido preguntar? Nadie en el castillo, a excepción de Kostaki y de Gregoriska, hablaba ninguna de las dos únicas lenguas que yo sabía.


Al menor ruido me estremecía.


Normalmente era a las nueve cuando nos sentábamos a la mesa para cenar. Yo había bajado a las ocho y media; y seguía con la mirada el minutero, cuya marcha era casi visible en la amplia esfera del reloj.


La aguja viajera rebasó la distancia que la separaba del cuarto. Sonó el cuarto. La vibración resonó sombría y triste; luego la aguja retomó su marcha silenciosa, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la regularidad y la lentitud de una punta de compás.


Unos minutos antes de las nueve, me pareció oír el galope de un caballo en el patio. Smeranda también lo oyó, pues volvió la cabeza del lado de la ventana; pero la noche era demasiado espesa para que ella pudiera ver.


¡Oh! ¡Si ella me hubiese mirado en aquel momento, seguro que habría podido adivinar lo que pasaba en mi corazón! No se había oído más que el trote de un único caballo, y era muy simple. Ya sabía perfectamente que no regresaría más que un solo jinete.


Pero ¿cuál?


Unos pasos resonaron en la antecámara. Estos pasos eran lentos y parecían muy titubeantes; cada uno de estos pasos parecía pesar sobre mi corazón.


Se abrió la puerta, y vi en la oscuridad dibujarse una sombra. La sombra se detuvo un momento en la puerta. Yo tenía el corazón en vilo.


La sombra avanzó, y, a medida que entraba dentro del círculo de luz, yo respiraba.


Reconocí a Gregoriska. Un instante de duda más y mi corazón se hubiera roto.


Reconocí a Gregoriska, pero pálido como un muerto. Nada más verle, se intuía que algo terrible acababa de pasar.


—¿Eres tú, Kostaki? —preguntó Smeranda.


—No, madre —respondió Gregoriska con una voz sorda.


—¡Ah!, aquí estáis —dijo ella—; ¿y desde cuándo vuestra madre debe esperaros?


—Madre mía —dijo Gregoriska echando una mirada al péndulo—, no son más que las nueve.


Y en ese momento, en efecto, dieron las nueve.


—Es cierto —dijo Smeranda—. ¿Dónde está vuestro hermano?


A mi pesar, pensé que era la misma pregunta que Dios había hecho a Caín.


Gregoriska no respondió.


—¿Nadie ha visto a Kostaki? —preguntó Smeranda.


El vatar, o mayordomo, se informó a su alrededor.


—A eso de las siete —dijo—, el conde ha ido a las caballerizas, ha ensillado su caballo él mismo y ha tomado el camino de Hango.


En ese momento, mi mirada se cruzó con la de Gregoriska. Yo no sabía si era una realidad o una alucinación, pero me pareció que había una gota de sangre en medio de su frente.

Llevé lentamente mi dedo a mi propia frente, indicando el lugar donde creía ver esta mancha.

Gregoriska comprendió; tomó su pañuelo y se secó.


—Sí, sí —murmuró Smeranda—, se habrá encontrado a algún oso, o a algún lobo, y se habrá divertido en perseguirlo. Por eso es por lo que un niño hace esperar a su madre. ¿Dónde lo habéis dejado, Gregoriska? Decid.


—Madre mía —respondió Gregoriska con una voz emocionada, pero firme—, mi hermano y yo no hemos partido juntos.


—¡Está bien! —dijo Smeranda—. Que sirvan, sentaos a la mesa y que cierren las puertas; el que se quede fuera pasará la noche fuera.


Las dos primeras partes de esta orden fueron ejecutadas al pie de la letra: Smeranda ocupó su lugar, Gregoriska se sentó a su derecha y yo a su izquierda.


Acto seguido los servidores salieron para cumplir la tercera, es decir, para cerrar las puertas del castillo.


En aquel momento se oyó un gran ruido en el patio, y un criado completamente trastornado entró en la sala diciendo:

—Princesa, el caballo del conde Kostaki acaba de entrar en el patio, solo, y todo cubierto de sangre.

—¡Oh! —murmuró Smeranda alzándose pálida y amenazadora—, así es como regresó un atardecer el caballo de su padre.


Dirigí mi mirada hacia Gregoriska: ya no estaba pálido, sino lívido.


En efecto, el caballo del conde Koproli había entrado un atardecer en el patio del castillo, totalmente cubierto de sangre, y, una hora después, los servidores habían encontrado y traído el cuerpo cubierto de heridas.


Smeranda tomó una antorcha de las manos de uno de los criados, avanzó hacia la puerta, la abrió y bajó al patio.


El caballo, totalmente espantado, era refrenado a su pesar por tres o cuatro servidores que unían sus esfuerzos para apaciguarlo.


Smeranda se adelantó hacia el animal, miró la sangre que manchaba su silla y reconoció una herida en la parte alta de su testuz.


—Kostaki ha muerto de frente —afirmó ella—, en duelo y por la mano de un solo enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos a su asesino.


Como el caballo había regresado por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron por aquella puerta, y se vio perderse por los campos sus antorchas e internarse en el bosque, igual que en un bonito atardecer de verano se ve resplandecer las luciérnagas en las llanuras de Niza y de Pisa.


Smeranda, como si estuviese convencida de que la marcha no sería larga, esperó de pie en la puerta. Ni una lágrima corría de los ojos de esta madre desolada, y sin embargo se sentía rugir la desesperación en el fondo de su corazón.


Gregoriska permanecía detrás de ella, y yo estaba cerca de Gregoriska.


Al abandonar la sala, hizo un amago de ofrecerme el brazo, pero no se atrevió.


Al cabo de un cuarto de hora aproximadamente, se vio por un recodo del camino reaparecer una antorcha, luego dos, y acto seguido todas las demás.


Solo que esta vez, en lugar de dispersarse por los campos, estaban agrupadas en torno a un centro común.


Pronto pudo verse que este centro común se componía de unas parihuelas y de un hombre tendido sobre ellas.


El fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero avanzaba. Al cabo de diez minutos, estuvo ante la puerta. Al ver a la madre viva que esperaba al hijo muerto, los que lo portaban se descubrieron instintivamente, luego entraron silenciosos en el patio.


Smeranda echó a andar tras ellos, y nosotros seguimos a Smeranda. Se llegó así a la gran sala, en la que fue depositado el cuerpo.


Entonces, haciendo un gesto de suprema majestad, Smeranda mandó apartarse a todo el mundo y, acercándose al cadáver, hincó una rodilla en tierra delante de él, apartó los cabellos que velaban su rostro, lo contempló largamente, con los ojos secos en todo momento. Luego, abriendo la casaca moldava, apartó la camisa manchada de sangre.


La herida estaba en el lado derecho del pecho. Debía de haber sido hecha por una hoja recta y de doble filo.


Me acordé de que había visto ese mismo día, en el costado de Gregoriska, el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a su carabina.


Busqué esta arma en su costado, pero había desaparecido.


Smeranda pidió agua, empapó su pañuelo en ella y lavó la herida.


Una sangre fresca y pura enrojeció los labios de la herida.


El espectáculo que tenía ante mis ojos presentaba un no sé qué de atroz y de sublime al mismo tiempo. Aquella amplia estancia, ahumada por las antorchas de resina, esos rostros bárbaros, esos ojos relucientes de ferocidad, esas costumbres extrañas, esa madre que calculaba, a la vista de la sangre todavía caliente, cuánto tiempo hacía que la muerte le había arrebatado a su hijo, ese gran silencio, solo interrumpido por los sollozos de esos bandidos, cuyo jefe era Kostaki, todo ello, repito, era atroz y sublime de ver.


Finalmente, Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo, y acto seguido, tras levantarse y echarse hacia atrás las largas trenzas de sus blancos cabellos que se habían desprendido, dijo:

—¿Gregoriska?

Gregoriska se estremeció, meneó la cabeza y, abandonando su atonía, repuso:


—¿Sí, madre?


—Venid aquí, hijo mío, y escuchadme.


Gregoriska obedeció estremeciéndose, pero obedeció.


A medida que se acercaba al cuerpo, la sangre brotaba de la herida, más copiosa y más bermeja. Por fortuna, Smeranda no miraba ya de ese lado, pues, a la vista de aquella sangre acusadora, no hubiera tenido ya necesidad de buscar quién era el asesino.


—Gregoriska —dijo—, bien sabes que Kostaki y tú no os tenéis ningún aprecio. Sé perfectamente que tú eres Waivady por parte de padre, y él Koproli por parte del suyo; pero, por parte de vuestra madre, sois los dos Brancovan. Sé que tú eres un hombre de las ciudades de Occidente, y él un hijo de las montañas orientales; pero, por el seno que os trajo al mundo a ambos, sois hermanos. Pues bien, Gregoriska, quiero saber si vamos a llevar a mi hijo al lado de su padre sin que el juramento haya sido pronunciado, si puedo llorar tranquila por fin, como una mujer, pudiendo confiar en vos, es decir, en un hombre, para el castigo.


—Decidme el nombre del asesino de mi hermano, señora, y solo tenéis que darme una orden; os juro que antes de una hora, si así lo exigís, habrá dejado de vivir.


—Jurad, Gregoriska, jurad, so pena de mi maldición, ¿entendido, hijo mío?, jurad que el asesino morirá, que no dejaréis piedra sobre piedra de su casa; que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida perecerán por vuestra mano. Jurad, y, al hacerlo, que la ira del cielo caiga sobre vos si faltáis a este sagrado juramento. ¡Si faltáis a este sagrado juramento, someteos a la miseria, a la execración de vuestros amigos, a la maldición de vuestra madre!


Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver.


—¡Juro que el asesino morirá! —dijo.


A este extraño juramento, y cuyo verdadero sentido solo el muerto y yo, tal vez, podíamos comprender, vi o creí ver producirse un prodigio espantoso. Los ojos del cadáver se volvieron a abrir y se clavaron en mí más vivos de lo que los había visto jamás, y sentí, como si ese doble rayo hubiese sido palpable, penetrar un hierro candente hasta mi corazón.


Era más de lo que podía soportar y me desvanecí. 

 

IV. EL MONASTERIO DE HANGO

 
Cuando me desperté, estaba en mi aposento, acostada en mi cama; una de las dos mujeres velaba cerca de mí. Yo pregunté dónde estaba Smeranda; se me respondió que velaba cerca del cuerpo de su hijo. Yo pregunté dónde estaba Gregoriska; se me respondió que estaba en el monasterio de Hango. Ni hablar de una huida. Pues ¿acaso Kostaki no estaba muerto? Ni tampoco de casarme con él. Pues ¿acaso podía desposarse el fratricida?

Pasaron tres días y tres noches en medio de unos sueños extraños. En mi vigilia o en mi sueño, veía en todo momento esos dos ojos vivos en medio de aquel rostro muerto: era una visión horrible. Era al tercer día cuando debía tener lugar el enterramiento de Kostaki. Por la mañana de aquel día me trajeron de parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo puse y bajé. La casa parecía vacía; todo el mundo estaba en la capilla. Me encaminé hacia el lugar de la ceremonia. En el momento en que franqueé el umbral, Smeranda, a la que llevaba tres días sin ver, vino hacia mí.


Parecía una efigie encarnada del dolor. Con un movimiento lento como el de una estatua, posó sus labios gélidos en mi frente y, con una voz que parecía salir ya de la tumba, pronunció estas palabras habituales:


—Kostaki os ama.


No podéis haceros una idea del efecto que produjeron en mí tales palabras. Esta declaración de amor hecha en tiempo presente, en lugar de hacerla en tiempo pasado; ese «os ama», en lugar de «os amaba»; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en la vida, me produjo una terrible impresión. 

Al mismo tiempo, un extraño sentimiento se apoderaba de mí, como si yo hubiera sido, en efecto, la mujer de aquel que estaba muerto y no la prometida del que estaba vivo. Ese féretro me atraía hacia él, a mi pesar, dolorosamente, como se dice que la serpiente atrae al pájaro que fascina. Busqué los ojos de Gregoriska; lo vi, pálido y erguido contra una columna; sus ojos miraban al cielo. No puedo asegurar que él me viera.


Los monjes del convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando unas salmodias del rito griego, algunas veces muy armoniosas, pero las más, muy monótonas. También yo quería rezar, pero la oración moría en mis labios; tenía el espíritu tan trastornado que me parecía más bien estar asistiendo a una junta de diablos que a una reunión de sacerdotes. 

En el momento en que levantaron el cuerpo, yo quise seguirlo, pero mis fuerzas se negaron a ello. Sentí que me flaqueaban las piernas y me apoyé en la puerta. Entonces Smeranda vino hacia mí e hizo una señal a Gregoriska.


Gregoriska obedeció y se acercó. Smeranda me dirigió la palabra en lengua moldava.


—Mi madre me ordena que os repita palabra por palabra lo que ella va a decir —dijo Gregoriska.


Entonces Smeranda habló de nuevo; y, cuando hubo terminado, dijo:

—He aquí las palabras de mi madre: «Lloráis a mi hijo, Jadwige, pues lo amabais, ¿no es así? Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de ahora en adelante vos seréis mi hija como si Kostaki hubiera sido vuestro esposo; tenéis de ahora en adelante una patria, una madre, una familia. Derramemos la suma de lágrimas debidas a los muertos, luego volvamos a ser de nuevo dignas las dos de aquel que no está…, ¡yo su madre, y vos su mujer! Adiós, volved a vuestro aposento; yo voy a seguir a mi hijo hasta su última morada; a mi vuelta, me encerraré con mi dolor, y vos no me veréis hasta que lo haya vencido; estad tranquila, lo venceré, pues no quiero que sea él el que me venza a mí».

No pude responder a estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, más que con un gemido. Volví a subir a mi aposento, el cortejo se alejó. Lo vi desaparecer por un recodo del camino. El convento de Hango no estaba más que a una media legua del castillo en línea recta; pero los obstáculos del suelo obligaban a que el camino se desviara, por lo que se tardaba cerca de dos horas en recorrerlo. 

Estábamos en el mes de noviembre. Los días se habían vuelto fríos y cortos. A las cinco de la tarde era ya noche cerrada. Hacia las siete, vi reaparecer unas antorchas. Era el cortejo fúnebre que venía de regreso. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres. Estaba todo dicho.


Ya os he confesado presa de qué extraña obsesión vivía desde el fatal suceso que nos había vestido a todos de luto, y sobre todo desde que yo había visto reabrir y clavarse en mí los ojos que la muerte había cerrado. Aquella tarde, abrumada por las emociones de la jornada, estaba más triste aún. 

Escuchaba dar las diferentes horas en el reloj del castillo, y me entristecía conforme el tiempo que volaba me acercaba al instante en que Kostaki debía de haber muerto. Oía sonar las nueve menos cuarto.


Entonces una extraña sensación se apoderó de mí. Era un terror estremecedor que corría por todo mi cuerpo y lo helaba; luego, con este terror, algo como un sueño invencible que entorpecía mis sentidos; sentí una opresión en el pecho, mis ojos se velaron, extendí los brazos y, retrocediendo, fui a caer sobre mi cama. 

Sin embargo, no había perdido a tal punto mis sentidos para no poder oír cómo unos pasos se acercaban a mi puerta; luego me pareció que mi puerta se abría. Luego no vi y no oí ya nada. Únicamente sentí un vivo dolor en el cuello. Tras lo cual, caí en un completo letargo.


Me desperté a medianoche; mi lámpara todavía ardía; quise levantarme, pero estaba tan débil que tuve que intentarlo dos veces. Sin embargo, vencí esta debilidad y, como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que había experimentado en mi sueño, me arrastré, apoyándome contra la pared, hasta el espejo y miré. Algo parecido a un pinchazo de alfiler señalaba la arteria de mi cuello. Pensé que algún insecto me habría mordido mientras dormía, y, como estaba muerta de cansancio, me acosté y me dormí.


Al día siguiente, me desperté como de costumbre. Y como de costumbre quise levantarme en cuanto mis ojos se hubieron abierto; pero sentí una debilidad que no había experimentado todavía más que una sola vez en mi vida, al día siguiente de un día en que me habían aplicado una sangría. 

Me acerqué al espejo y me quedé sorprendida de mi palidez. La jornada pasó triste y sombría; experimentaba una cosa extraña; sentía la necesidad de quedarme allí donde estaba, pues todo desplazamiento suponía una fatiga. 

Cuando llegó la noche, me trajeron mi lámpara; mis mujeres, al menos eso comprendía por sus gestos, se ofrecían a quedarse a mi lado. Yo les di las gracias; ellas salieron. A la misma hora que la víspera, experimenté los mismos síntomas. Entonces quise levantarme y pedir socorro; pero no pude ir hasta la puerta. 

Oí vagamente el carillón del reloj que daba las nueve menos cuarto, resonaron los pasos, la puerta se abrió; pero yo no veía, no oía ya nada; al igual que la víspera, había ido a caer desplomada sobre mi cama. Al igual que la víspera, sentí un dolor agudo en el mismo sitio. Al igual que la víspera, me desperté a medianoche; solo que me desperté más débil y más pálida que la víspera.


Al día siguiente se repitió también la horrible obsesión. Estaba decidida a bajar para estar al lado de Smeranda, por más débil que estuviese, cuando una de mis mujeres entró en mi aposento y pronunció el nombre de Gregoriska. 

Gregoriska venía detrás de ella. Quise levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón. Él lanzó un grito al verme y quiso abalanzarse hacia mí; pero yo tuve fuerzas para extender el brazo hacia él.


—¿Qué venís a hacer aquí? —le pregunté.


—¡Ay! —dijo él—, ¡venía a deciros adiós! Venía a deciros que abandono este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y sin vuestra presencia; venía a deciros que me retiro al convento de Hango.


—Os veis privado de mi presencia, Gregoriska —le respondí—, pero no de mi amor. Lamentablemente, os sigo amando, y mi gran dolor es que de ahora en adelante este amor sea poco menos que un crimen.


—Entonces, ¿puedo esperar que rezaréis por mí, Jadwige?


—Sí, solo que no rezaré por largo tiempo —añadí con una sonrisa.


—¿Qué os ocurre, en efecto, y por qué estáis tan pálida?


—¡Que… Dios se apiada de mí, sin duda, y me llama con Él!


Gregoriska se acercó a mí, me tomó de una mano que yo no tuve fuerzas de retirar y, mirándome con fijeza, dijo:

—Esta palidez no es natural, Jadwige; ¿de qué os viene? Hablad.

—Si os lo dijera, Gregoriska, creeríais que estoy loca.


—No, no, hablad, Jadwige, os lo suplico; nos encontramos en un país que no se parece a ningún otro, en una familia que no se parece a ninguna otra familia. Hablad, decidlo todo, os lo suplico.


Le conté todo: esa extraña alucinación que me dominaba a la misma hora en que debía de haber muerto Kostaki; ese terror, ese amodorramiento, ese frío gélido, esa postración que me obligaba a acostarme, ese ruido de pasos que creía oír, esa puerta que creía ver abrirse y, por último, ese dolor agudo seguido de una palidez y de una debilidad que no hacían sino ir en aumento. 

Yo había creído que mi relato le parecería a Gregoriska un principio de locura, y lo concluí no sin una cierta timidez, cuando, por el contrario, vi que prestaba a este relato una profunda atención. Cuando hube dejado de hablar, él reflexionó unos instantes.


—¿Así que —preguntó— os dormís todas las noches a las nueve menos cuarto?


—Sí, por más esfuerzos que haga por resistir al sueño.


—¿Así que creéis ver abrirse vuestra puerta?


—Sí, aunque echo el cerrojo.


—¿Así que sentís un dolor agudo en el cuello?


—Sí, aunque apenas mi cuello conserva la señal de una herida.


—¿Me permitiríais que la viera? —preguntó.


Eché mi cabeza sobre un hombro. Él examinó esa cicatriz.

—Jadwige —dijo, al cabo de unos instantes—, ¿tenéis confianza en mí?

—¿Y me lo preguntáis? —repuse yo.


—¿Creéis en mi palabra?


—Como si fuera el Evangelio.


—Pues bien, Jadwige, a fe mía, os juro que no os quedan ocho días de vida si no aceptáis hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros.


—¿Y si acepto?


—Si aceptáis, tal vez podréis salvaros.


—¿Tal vez?


Guardó silencio.


—Sea lo que sea lo que haya de pasar, Gregoriska —proseguí—, haré lo que me mandéis hacer.


—Pues bien, escuchad —dijo—, y sobre todo no os asustéis. En vuestro país, como en Hungría, como en nuestra Rumanía, existe una tradición.


Me estremecí, pues me había vuelto esta tradición a la memoria.


—¡Ah! —dijo él—, ¿sabéis a lo que me refiero?


—Sí —respondí—, he visto en Polonia personas sometidas a esta horrible fatalidad.


—Os referís a los vampiros, ¿no es cierto?


—Sí, en mi infancia vi cómo desenterraban en el cementerio de un pueblo que pertenecía a mi padre a cuarenta personas, muertas en quince días, sin que hubiera podido adivinarse la causa de su fallecimiento. Entre estos muertos, diecisiete mostraban señales de vampirismo, es decir, fueron encontrados lozanos, bermejos y parecidos a seres vivos; los otros eran sus víctimas.


—¿Y qué se hizo para liberar a la región de ellos?


—Se les clavó una estaca en el corazón y, a continuación, se los quemó.


—Sí, así es como se actúa de ordinario; pero eso para nosotros no basta. Para liberaros del fantasma, primero quiero conocerlo, y vive Dios que lo conoceré. Sí, y si es preciso lucharé cuerpo a cuerpo con él, sea quien sea.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo aterrada.


—Ya lo he dicho: quienquiera que sea, repito. Pero para llevar a buen fin esta terrible aventura, es preciso que aceptéis todo lo que voy a exigir de vos.


—Hablad.


—Estad preparada a las siete, bajad a la capilla y hacedlo sola; tenéis que vencer vuestra debilidad, Jadwige, tenéis que hacerlo. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consentid a ello, querida mía; es preciso, para defenderos, que ante Dios y ante los hombres tenga yo derecho a velar por vos. Volveremos a subir aquí y entonces veremos.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo—, ¡si es él, os matará!


—No temáis nada, mi querida Jadwige. Limitaos a dar vuestro consentimiento.


—Sabéis muy bien que haré cuanto queráis, Gregoriska.


—Hasta el atardecer, pues.


—Sí, haced por vuestra parte lo que se os antoje y yo os secundaré del mejor modo; podéis iros.


Salió. Un cuarto de hora después, vi a un jinete correr precipitadamente por el camino del convento: ¡era él! Apenas lo hube perdido de vista, cuando caí de rodillas y recé, como no se reza ya en vuestros países incrédulos, y esperé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el sacrificio de mis pensamientos: no volví a levantarme hasta el momento en que dieron las siete. 

Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta. Me toqué con un gran velo negro, bajé la escalera, sosteniéndome contra las paredes, y me dirigí a la capilla sin haberme encontrado con nadie.


Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, superior del convento de Hango. Llevaba a un costado una espada santa, reliquia de un viejo cruzado que había tomado Constantinopla con Villehardouin y Balduino de Flandes.


—Jadwige —dijo dando un golpe en su espada con una mano—, con la ayuda de Dios, esto es lo que romperá el hechizo que amenaza vuestra vida. Acercaos, pues, resueltamente; he aquí un santo varón que, tras haber recibido mi confesión, va a recibir nuestros juramentos.


Dio comienzo la ceremonia; tal vez nunca ha habido algo más sencillo y más solemne a la vez. Nadie ayudaba al pope; él mismo nos colocó sobre la cabeza las coronas nupciales. 

Vestidos de luto los dos, dimos la vuelta al altar con un cirio en la mano; luego el religioso, tras haber pronunciado las palabras santas, añadió:


—Ahora podéis iros, hijos míos, y que Dios os infunda la fuerza y el valor de luchar contra el enemigo del género humano. Estáis armados de vuestra inocencia y de su justicia; venceréis al demonio. Id y benditos seáis.


Nosotros besamos los libros sagrados y salimos de la capilla. 

Entonces, por primera vez, me apoyé en el brazo de Gregoriska y me pareció que, al tocar aquel valeroso brazo, que al contacto con aquel noble corazón, la vida retornaba a mis venas. Me creía segura de triunfar, puesto que Gregoriska estaba conmigo; volvimos a subir a mi aposento. Dieron las ocho y media.


—Jadwige —me dijo entonces Gregoriska—, no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormirte como de costumbre y que todo suceda durante tu sueño? ¿O quieres permanecer despierta y verlo todo?


—A tu lado no temo nada, por lo que quiero permanecer despierta, quiero verlo todo.


Gregoriska extrajo de su pecho una ramita de boj bendecido, completamente húmeda aún de agua bendita, y me la entregó.


—Coge, pues, esta ramita —dijo—, acuéstate en tu cama, di las oraciones a la Virgen y espera sin temor. Dios está con nosotros. Sobre todo, no dejes caer tu ramita; con ella podrás mandar hasta en el mismísimo infierno. No me llames, no grites; reza, ten esperanza y aguarda.

Yo me acosté en la cama. Crucé mis manos sobre mi pecho, sobre el cual apoyé la ramita bendecida. En cuanto a Gregoriska, se escondió detrás del dosel al que ya me he referido y que ocultaba el rincón de mi aposento. Yo contaba los minutos y sin duda Gregoriska los contaba también por su parte. 

Dieron los tres cuartos. El resonar del martillo vibraba aún cuando sentí ese mismo amodorramiento, ese mismo terror, ese mismo frío glacial; pero acerqué la ramita bendecida a mis labios y esta primera sensación se disipó. Entonces oí muy claramente el ruido de esos pasos lentos y mesurados que resonaban en la escalera y que se acercaban a mi puerta. 

Luego mi puerta se abrió lentamente, sin ruido, como empujada por una fuerza sobrehumana, y entonces…


La voz se detuvo como ahogada en la garganta de la narradora.


Y entonces —continuó no sin esfuerzo—, vi a Kostaki, pálido como lo había visto sobre las parihuelas; sus largos cabellos, esparcidos sobre sus hombros, goteaban sangre: llevaba su traje habitual, solo que abierto a la altura del pecho, y dejaba ver su herida sangrante. Todo estaba muerto, todo era cadáver, carne, ropa, andares…, únicamente los ojos, esos ojos terribles estaban vivos. 

Al ver esto, ¡cosa extraña!, en lugar de sentir redoblarse mi espanto, sentí aumentar mi valor. Me lo infundía Dios, sin duda, para que pudiera juzgar yo mi situación y defenderme contra el infierno. Al primer paso que el fantasma dio hacia mi cama, crucé osadamente mi mirada con esa mirada plomiza y le presenté la ramita bendecida.


El espectro trató de avanzar; pero un poder más fuerte que el suyo lo mantenía en su sitio. Se detuvo.


—¡Oh! —murmuró—, no duerme; lo sabe todo.


Hablaba en moldavo y, sin embargo, yo entendía como si sus palabras hubiesen sido pronunciadas en una lengua que yo comprendiera. Estábamos así enfrente el uno del otro, el fantasma y yo, sin que mis ojos pudieran desviarse de los suyos, cuando vi, sin necesitar volver la cabeza hacia su lado, a Gregoriska salir de detrás de la silla de coro de madera, parecido al ángel exterminador y empuñando la espada. 

Se santiguó con la mano izquierda y avanzó lentamente con la espada tendida hacia el fantasma; este, al reconocer a su hermano, había sacado a su vez su alfanje con una carcajada terrible; pero apenas el alfanje hubo tocado el acero bendito cuando el brazo del fantasma volvió a caer inerme al lado de su cuerpo.


Kostaki dejó escapar un suspiro lleno de lucha y desesperación.


—¿Qué quieres? —preguntó a su hermano.


—En el nombre de Dios vivo —dijo Gregoriska—, te suplico que respondas.


—Habla —dijo el fantasma con un rechinar de dientes.


—¿Fui yo quien te esperó?


—No.


—¿Fui yo quien te atacó?


—No.


—¿Fui yo quien te hirió?


—No.


—Fuiste tú quien se arrojó sobre mi espada, eso es todo. Por tanto, a los ojos de Dios y de los hombres, no soy culpable del crimen de fratricidio; por tanto, no has recibido ninguna misión divina, sino infernal; por eso has salido de la tumba no como una sombra santa, sino como un espectro maldito, y volverás a tu tumba.


—Con ella, sí —exclamó Kostaki haciendo un esfuerzo supremo para apoderarse de mí.


—Solo —exclamó a su vez Gregoriska—; esta mujer es mía.


Y al pronunciar estas palabras, con la punta del acero bendecido tocó la herida viva. Kostaki lanzó un grito como si una espada flamígera le hubiese tocado y, llevándose la mano izquierda a su pecho, dio un paso hacia atrás. 

Al mismo tiempo, y con un movimiento que parecía acompasado con el suyo, Gregoriska dio un paso hacia delante; entonces, con los ojos fijos en los ojos del muerto, la espada contra el pecho de su hermano, comenzó una marcha lenta, terrible, solemne; algo parecido al paso de Don Juan y del Comendador; el espectro retrocediendo ante la espada sagrada, ante la voluntad irresistible del campeón de Dios; este siguiéndole paso a paso sin pronunciar una palabra, los dos jadeando, los dos lívidos, el vivo empujando al muerto delante de él y obligándole a abandonar aquel castillo, que fuera su morada en el pasado, por la tumba, que era su morada en el futuro. ¡Oh! Era un espectáculo horrible, os lo juro.


Y sin embargo, movida yo misma por una fuerza superior a mí, invisible, desconocida, sin darme cuenta de lo que hacía, me levanté y les seguí. Bajamos la escalera, alumbrados tan solo por las pupilas ardientes de Kostaki. Atravesamos así la galería y también el patio. Franqueamos la puerta con esos mismos pasos mesurados: el espectro retrocediendo, Gregoriska con el brazo tendido, yo siguiéndolos. 

Este recorrido fantástico se prolongó por espacio de una hora: era preciso llevar de nuevo al muerto a su tumba; solo que, en lugar de seguir el camino habitual, Kostaki y Gregoriska atajaron yendo en línea recta, sin preocuparse por unos obstáculos que habían dejado de existir: bajo sus pies, el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles retrocedían, las rocas se apartaban; por lo que hace a mí, se operaba el mismo milagro que se operaba para con ellos; solo que todo el cielo me parecía cubierto de un crespón negro, la luna y las estrellas habían desaparecido, y yo no veía brillar en la noche en todo momento más que los ojos llameantes del vampiro.


Llegamos así a Hango, pasamos así a través del seto de arbustos que servía de cerca al cementerio. Apenas en su interior, distinguí en la sombra la tumba de Kostaki situada al lado de la de su padre; ignoraba que estuviese allí y, sin embargo, la reconocí. Esa noche lo sabía todo. Al borde de la fosa abierta, Gregoriska se detuvo.


—Kostaki —dijo—, no ha terminado todo aún para ti, y una voz del cielo me dice que serás perdonado si te arrepientes: ¿prometes, pues, volver a entrar en tu tumba, prometes no volver a salir de ella, prometes consagrar, por último, a Dios el culto que has consagrado al infierno?


—¡No! —respondió Kostaki.


—¿Te arrepientes? —preguntó Gregoriska.


—¡No!


—Por última vez, ¿te arrepientes, Kostaki?


—¡No!


—¡Pues bien, invoca en tu ayuda a Satanás, que yo invoco a Dios en la mía, y veamos una vez más de parte de quién se decantará la victoria!


Dos gritos resonaron al mismo tiempo; los aceros se cruzaron despidiendo chispas, y el combate se prolongó por espacio de un minuto que me pareció un siglo. Kostaki se desplomó; vi alzarse la espada terrible, la vi hundirse en su cuerpo y clavar ese cuerpo en la tierra recién removida. Un grito supremo, y que nada tenía de humano, recorrió los aires.


Yo acudí. Gregoriska se había quedado de pie, pero tambaleándose. Yo acudí y lo sostuve en mis brazos.


—¿Estáis herido? —le pregunté con ansiedad.


—No —me dijo—; pero en un duelo semejante, querida Jadwige, no es la herida la que mata, sino la lucha. Yo he luchado con la muerte y pertenezco a la muerte.


—¡Amigo, amigo! —exclamé yo—, aléjate, aléjate de aquí, y la vida tal vez retorne.


—No —dijo él—, esta es mi tumba, Jadwige: pero no perdamos tiempo; coge una poca de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala sobre la mordedura que él te ha hecho; es el único medio para preservarte en el futuro de su horrible amor.


Yo obedecí temblando. Me agaché para recoger aquella tierra ensangrentada y, al hacerlo, vi el cadáver clavado en el suelo; la espada bendecida le atravesaba el corazón y una sangre negra y copiosa brotaba de su herida, como si acabara de morir en ese mismo instante. Amasé un poco de tierra con la sangre y apliqué el horrible talismán en mi herida.


—Ahora, mi adorada Jadwige —dijo Gregoriska con una voz debilitada—, escucha bien mis últimas instrucciones: abandona el país en cuanto puedas. La distancia es la única seguridad para ti. El padre Basilio ha recibido hoy mis últimas voluntades y las cumplirá. ¡Jadwige! ¡Un beso! ¡El último, el único, Jadwige! Me muero.


Y, diciendo estas palabras, Gregoriska se desplomó cerca de su hermano. En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres tendidos uno al lado del otro, me hubiese vuelto loca; pero, ya lo he dicho, Dios me había infundido unas fuerzas parejas a los sucesos de los que Él me hacía no solo testigo, sino también protagonista. 

En el momento en que miré en torno mío, buscando alguna ayuda, vi abrirse la puerta del claustro y los monjes, conducidos por el padre Basilio, avanzaron de dos en dos, llevando unas antorchas encendidas y cantando las preces por los difuntos. El padre Basilio acababa de llegar al convento; había previsto lo sucedido y, a la cabeza de toda la comunidad, se dirigía al cementerio. 

Me encontró viva cerca de los dos muertos. Kostaki tenía el rostro trastornado por una última convulsión. Gregoriska, por el contrario, estaba sereno y casi sonriente.


Tal como había pedido Gregoriska, lo enterraron cerca de su hermano, el cristiano guardando al condenado. Smeranda, al tener conocimiento de esa nueva desgracia y la parte que había tenido yo en ella, quiso verme; vino a visitarme al convento de Hango y supo por mi boca todo lo sucedido en aquella terrible noche. Yo le conté con todo pormenor la fantástica historia, pero ella me escuchó como me había escuchado Gregoriska, sin asombro ni espanto.


—Jadwige —respondió tras unos momentos de silencio—, por más extraño que resulte lo que acabáis de contar, no habéis dicho sin embargo más que la pura verdad. La raza de los Brancovan es una raza maldita, hasta la tercera y la cuarta generación, y ello porque un Brancovan dio muerte a un sacerdote. Pero la maldición ha tocado a su fin; pues, aunque esposa, sois virgen, y conmigo se acaba la raza. Si mi hijo os ha legado un millón, tomadlo. Después de mí, aparte de los legados piadosos que pienso hacer, el resto de mi fortuna será para vos. Ahora seguid el consejo de vuestro esposo, regresad cuanto antes a los países donde Dios no permite que ocurran estos terribles prodigios. Yo no tengo necesidad de nadie conmigo para llorar a mis hijos. Mi dolor exige soledad. Adiós, no preguntéis más por mí. Mi suerte futura pertenece solo a mí y a Dios.


Y tras besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de Brancovan. Ocho días después, partí para Francia. Tal como había esperado Gregoriska, mis noches dejaron de verse hostigadas por el terrible fantasma. Restablecida mi salud, no he guardado de este acontecimiento más que esa palidez mortal que acompaña hasta la tumba a toda criatura humana que ha sufrido el beso de un vampiro.


La dama se calló, dieron las doce de la noche, y casi me atrevería a decir que el más valiente de nosotros se estremeció al oír el carillón del reloj de péndulo.

La dama pálida - Alejandro Dumas (Parte 1)

—Escuchad —dijo la dama pálida con una extraña solemnidad—, puesto que todos los aquí presentes han contado una historia, también yo quisiera contar una. No me diga, doctor, que la historia no es verdadera, pues es la mía… Va a saber lo que la ciencia no ha podido explicarle hasta ahora, doctor; va a saber por qué estoy tan pálida.
 
En aquel momento, un rayo de luna se filtró por la ventana entre las cortinas y, yendo a travesear sobre el canapé donde ella estaba tendida, la envolvió con una luz azulada que parecía hacer de ella una estatua de mármol negro echada sobre una tumba.
 
Ninguna voz acogió la propuesta, pero el profundo silencio que de pronto reinó en el salón anunció que todos esperaban con ansiedad.

 
I. LOS MONTES CÁRPATOS
 

Soy polaca, nacida en Sandomir, es decir, en un país donde las leyendas se convierten en artículos de fe, donde creemos en nuestras tradiciones de familia tanto, y acaso más, que en el Evangelio. No hay uno solo de nuestros castillos que no tenga su espectro, ni cabaña que no tenga su genio familiar. Tanto en la casa del rico como en la del pobre, tanto en el castillo como en la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo. 

A veces estos dos principios entran en conflicto entre sí y pugnan. Entonces se oyen ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan espantosos en las antiguas torres, temblores tan aterradores en las murallas, que la gente sale huyendo tanto de la cabaña como del castillo, y aldeanos o nobles corren a la iglesia en busca de la cruz bendecida o de las santas reliquias, únicos protectores contra los demonios que nos atormentan.


Pero otros dos principios más terribles, más encarnizados e implacables, se encuentran también allí presentes: la tiranía y la libertad.


El año 1825 vio librar entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las que se creería agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se agota toda la sangre de una familia.


Mi padre y mis dos hermanos, alzados contra el nuevo zar, habían ido a alistarse bajo la bandera de la independencia polaca, siempre abatida, siempre levantada de nuevo.


Un día tuve conocimiento de que mi hermano menor había caído en la lucha; otro día me anunciaron que mi hermano mayor estaba herido de muerte; y, por último, tras una jornada durante la cual yo había oído con terror el tronar cada vez más próximo del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de hombres a caballo, resto de los tres mil hombres que mandaba.


Venía a encerrarse en nuestro castillo con la intención de enterrarse bajo sus ruinas.


Mi padre, que no temía nada por él, temblaba por mí. En efecto, el único riesgo para mi padre era la muerte, pues estaba segurísimo de no caer vivo en manos de sus enemigos, pero ¡a mí me amenazaba la esclavitud, la deshonra, la vergüenza!


Mi padre escogió a diez hombres entre los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de todo el oro y de las joyas que poseíamos y, recordando que, con ocasión del segundo reparto de Polonia, mi madre, siendo casi niña, había encontrado un refugio inaccesible en el convento de Sahastru, situado en medio de los montes Cárpatos, le ordenó llevarme a aquel convento que, hospitalario como había sido con la madre, no lo sería menos con su hija.


A pesar del gran amor que mi padre me profesaba, la despedida no se prolongó mucho. Todo parecía indicar que los rusos llegarían al día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que perder.


Me puse apresuradamente un vestido de amazona con el que solía acompañar a mis hermanos en las cacerías. Me ensillaron el mejor caballo de las caballerizas; mi padre metió en las fundas del arzón sus propias pistolas, unas obras maestras de las fábricas de Tula, me besó y dio la orden de partida.


Durante aquella noche y la jornada siguiente recorrimos veinte leguas siguiendo la orilla de uno de esos ríos sin nombre que acaban vertiendo sus aguas en el Vístula. Esta primera doble etapa nos había puesto fuera del alcance de los rusos.


A los últimos rayos del sol, habíamos visto resplandecer las cimas nevadas de los montes Cárpatos.


Hacia el atardecer del día siguiente, alcanzamos su base; al fin, la mañana del tercer día, nos internábamos ya por una de sus gargantas.


Nuestros montes Cárpatos no se parecen en nada a las montañas civilizadas de Occidente. Cuanto la naturaleza tiene de extraordinario y de grandioso se presenta allí a las miradas en toda su majestad. 

Sus cumbres tempestuosas se pierden en las nubes, cubiertas de nieves eternas; sus bosques inmensos de abetos se inclinan sobre el terso espejo de unos lagos que semejan mares; y nunca navecilla alguna ha surcado estos lagos, nunca red alguna de pescador ha turbado su cristal, profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo oír un canto moldavo al que responden los gritos de los animales salvajes: canto y gritos van a despertar algún eco solitario, atónito de que un ruido cualquiera le haya hecho tomar conciencia de su propia existencia. 

Durante millas y millas se viaja por debajo de las sombrías bóvedas de bosques interrumpidos por esas inesperadas maravillas que la soledad nos revela a cada instante, y que hacen pasar nuestro ánimo del asombro a la admiración. Allí el peligro está por todas partes, y se compone de mil peligros diferentes; pero uno no tiene tiempo para sentir temor, de tan sublimes como son estos peligros. 

Unas veces son cascadas improvisadas por el derretirse de los hielos y que, saltando de peña en peña, invaden de pronto el angosto sendero que recorréis, sendero trazado por el paso de la bestia feroz y del cazador que la persigue; otras hay árboles carcomidos por el tiempo que se desprenden del suelo y caen con un horrendo estruendo semejante al de un terremoto; otras, por último, son los huracanes los que os envuelven de nubes en medio de las cuales se ve fulgurar, proyectarse y zigzaguear el relámpago, como una serpiente de fuego.


Luego, tras haber superado estos picos alpestres, estos bosques primitivos, después de pasar por en medio de gigantescas montañas y bosques sin límites, nos vemos ante inmensas estepas sin fin, verdadero mar con sus olas y sus tempestades, sabanas áridas y gibosas, donde la vista se pierde en un horizonte infinito. 

Entonces ya no es terror lo que se apodera de vosotros, sino una triste y profunda melancolía, de la que nada puede distraeros, porque el aspecto de la región, por lejos que llegue nuestra vista, es siempre el mismo. Ya ascendáis o descendáis veinte veces unas pendientes semejantes, buscando en vano un camino trazado, al veros así perdidos en vuestro aislamiento, en medio de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se trueca en desolación. 

En efecto, os parece inútil seguir adelante, porque ello no os conducirá a nada; no encontráis ni una aldea, ni un castillo, ni una cabaña, ningún rastro de habitáculo humano. Solo de vez en cuando, como una tristeza más en este mortecino paisaje, un pequeño lago sin cañaverales, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco, como si fuera otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las que se alzan, al acercaros, algunas aves acuáticas de prolongados y estridentes gritos. Luego bordeáis aquel lago, trepáis a la colina que tenéis delante de vosotros, descendéis a otro valle, subís a otra colina, y así hasta haber recorrido la entera cadena montañosa que va disminuyendo cada vez más.

 
Pero, si al acabarse esa cadena, os volvéis hacia el mediodía, el paisaje recobra entonces toda su grandiosidad, percibís otra cadena de montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación; esta se halla toda empenachada de bosques, toda surcada de arroyos; con la sombra y el agua renace la vida en el paisaje; se oye la campana de una ermita y, en la ladera de alguna de aquellas montañas se ve serpentear una caravana. 

Por fin, a los últimos rayos del sol poniente, se perciben, como una bandada de aves blancas, apoyándose las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece que se hubieran agrupado para defenderse de un asalto nocturno; pues con la vida ha vuelto el peligro, y ya no son, como en los primeros montes que se ha atravesado, las manadas de osos y de lobos lo que hay que temer, sino las hordas de bandidos moldavos lo que hay que combatir.


Mientras tanto, nos íbamos acercando. Habían pasado diez días de marcha sin el menor incidente. Podíamos ya avistar la cumbre del monte Pion, que sobrepasaba a toda aquella familia de gigantes, y en cuya vertiente meridional se halla el convento de Sahastru, al que me dirigía. Tres días más, y habríamos llegado.


Estábamos a finales de julio; habíamos tenido una jornada muy calurosa y empezábamos a respirar hacia las cuatro con incomparable deleite el primer fresco del atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres en ruinas de Niantzo. Descendábamos hacia una llanura que empezábamos a vislumbrar a través de una abertura de las montañas. Desde donde nos encontrábamos, podíamos seguir ya con la vista el curso del Bistriza, de riberas esmaltadas de rojas oficinales y de altas campánulas de flores blancas. Bordeábamos un precipicio por cuyo fondo corría el río, que no era allí todavía más que un torrente. Nuestras monturas apenas si tenían espacio para andar dos de frente.

 
Nos precedía nuestro guía, que, ladeado sobre su caballo, cantaba una canción morlaca, de modulaciones monótonas, y cuyas palabras yo seguía con singular interés.
 
El cantor era al mismo tiempo el poeta. En cuanto a la melodía, habría que ser uno de esos montañeses para poder transmitiros toda su salvaje tristeza, toda su profunda sencillez. He aquí lo que decía:

En el marjal de Stavila, 
donde tanta sangre guerrera se derramara,
¿no veis ese cadáver?
No es un hijo de Iliria, no;
sino un feroz bandido
que, tras engañar a la dulce María,
se entregó a matar, saquear e incendiar.
Una bala, rauda como el huracán,
ha atravesado el corazón del truhán,
clavado en la garganta tiene un yatagán.
Pero desde hace tres días, ¡oh misterio!,
bajo el pino triste y solitario,
su tibia sangre empapa la tierra
y ennegrece el pálido Ovigan.
Sus azules ojos han brillado por última vez,
huyamos todos, malhaya
quien pase por su lado hacia el marjal.
¡Es un vampiro! El lobo feroz
del impuro cadáver se aleja,
y el fúnebre buitre ha huido 
sobre la montaña de pelada cima.

De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego, silbó una bala. La canción se interrumpió, y el guía, herido de muerte, fue a parar al fondo del precipicio, mientras su caballo se detenía temblando y alargando la inteligente testa hacia el fondo del abismo, donde había desaparecido su amo.
 
Al mismo tiempo se alzó un gran grito, y vimos, por la ladera de la montaña, aparecer a una treintena de bandidos: estábamos completamente rodeados.
 
Todos los nuestros empuñaron su arma, y aunque cogidos por sorpresa, como los que me acompañaban eran viejos soldados habituados al fuego, no se dejaron intimidar y respondieron; yo misma, dando ejemplo, empuñé una pistola y, consciente de lo desventajosa que era nuestra situación, grité:
—¡Adelante!
 
Y piqué espuelas a mi caballo, que se lanzó a toda carrera hacia la llanura.
 
Pero teníamos que vérnoslas con unos montañeses que saltaban de peña en peña como verdaderos demonios de los abismos, que hacían fuego incluso saltando, y manteniendo siempre en nuestra ladera la posición que habían tomado.
 
Por lo demás, nuestra maniobra había sido prevista. En un lugar donde el camino se ensanchaba y la montaña formaba una meseta, aguardaba nuestro paso un joven a la cabeza de diez hombres a caballo; cuando nos vieron pusieron sus cabalgaduras al galope y nos atacaron frontalmente, mientras que los que nos perseguían corrían laderas abajo de la montaña y, tras cortarnos la retirada, nos rodeaban por todos lados.
 
La situación era grave y, sin embargo, acostumbrada como estaba desde niña a las escenas de guerra, pude afrontarla sin perderme ni un detalle.
 
Todos aquellos hombres, ataviados con pieles de carnero, llevaban unos enormes sombreros redondos coronados de flores naturales como los de los húngaros. Cada uno de ellos empuñaba un largo fusil turco, que agitaban acto seguido de haber disparado, lanzando unos gritos salvajes, y al cinto llevaban un alfanje y un par de pistolas.
 
En cuanto a su jefe, era un joven de apenas veintidós años, de tez pálida, grandes ojos negros y cabellos ensortijados que le caían sobre los hombros. Su atuendo se componía de la casaca moldava guarnecida de piel y ceñida al talle con un fajín a franjas de oro y de seda. En su mano resplandecía un alfanje, y al cinto relucían cuatro pistolas. 

Durante la lucha lanzaba gritos broncos e inarticulados que no parecían un lenguaje humano, y que sin embargo expresaban lo que era su voluntad, pues a aquellos gritos sus hombres obedecían, ya echándose a tierra boca abajo para esquivar las descargas de nuestros soldados, ya alzándose para hacer fuego a su vez, abatiendo a aquellos de nosotros que seguían en pie, rematando a los heridos, y convirtiendo, en definitiva, la lucha en una carnicería.

 
Yo había visto caer uno tras otro a las dos terceras partes de mis defensores. Quedaban cuatro todavía en pie y se apretaban a mi alrededor, sin pedir una gracia que estaban seguros de no obtener, y únicamente pensando en vender su vida lo más cara posible.
 
Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que los otros, tendiendo la punta de su alfanje hacia nosotros. Aquella orden significaba sin duda que debía rodearse a nuestro último grupo de un cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de repente vimos que nos apuntaban todos aquellos largos mosquetes moldavos. Comprendí que había llegado nuestra última hora. Alcé los ojos y las manos al cielo, murmurando una última oración, y esperé la muerte.
 
En ese instante vi, no descender, sino precipitarse, saltando de peña en peña, a un joven que se detuvo, erguido, sobre una roca que dominaba toda la escena, semejante a una estatua sobre un pedestal, y que, extendiendo la mano hacia el campo de batalla, pronunció esta sola palabra:
—¡Basta!
 
Todos los ojos se alzaron a esta voz, y todos parecieron obedecer a ese nuevo amo. Solo un bandido se llevó de nuevo el fusil al hombro e hizo un disparo.
 
Uno de nuestros hombres pegó un grito, pues la bala le había roto el brazo izquierdo.
 
Se volvió enseguida para abalanzarse sobre el que le había herido, pero no había dado su caballo todavía cuatro pasos cuando un fogonazo brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó herido con la cabeza destrozada por una bala.
 
Tantas emociones distintas habían acabado con mis fuerzas; me desmayé.
 
Cuando volví en mí, estaba tendida sobre la hierba, con la cabeza apoyada sobre las rodillas de un hombre, del que no veía más que la blanca mano cubierta de anillos rodeando mi talle, mientras que ante mí estaba parado, de brazos cruzados y la espada bajo un brazo, el joven jefe moldavo que había dirigido el asalto contra nosotros.
 
—Kostaki —decía en francés y con un tono de autoridad el que me sostenía—, que tus hombres se retiren de inmediato, y deja que yo me ocupe de esta joven.
 
—Hermano, hermano —respondió aquel a quien iban dirigidas estas palabras, y que parecía dominarse a duras penas—, procurad no hacerme perder la paciencia; yo os dejo a vos el castillo, pero vos dejadme a mí el bosque. En el castillo sois vos quien manda, pero aquí el todopoderoso soy yo. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a obedecerme.
 
—Kostaki, el primogénito soy yo, lo que quiere decir que soy el amo en todas partes, tanto en el bosque como en el castillo, tanto allí como aquí. Por mis venas corre la sangre de los Brancovan, como también por las vuestras, sangre real acostumbrada a mandar, y yo mando.
 
—Mandáis sobre vuestros servidores, Gregoriska; pero no sobre mis soldados.
 
—Vuestros soldados no son más que unos bandidos, Kostaki…, bandidos a los que haré ahorcar de las almenas si no me obedecen al instante.
 
—Bien, tratad, pues, de darles una orden.
 
Entonces sentí que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba suavemente mi cabeza sobre una piedra. Le seguí ansiosa con la mirada y pude ver al mismo joven que había caído, por así decir, del cielo en medio de la refriega, y al que yo había podido entrever nada más, al haberme desmayado justo en el momento en que él había hablado.
 
Era un joven de veinticuatro años, alto y con unos grandes ojos azules en los que se leía una resolución y una firmeza singulares. Sus largos cabellos rubios, indicio de la raza eslava, caían sobre sus hombros como los del arcángel san Miguel, enmarcando unas mejillas jóvenes y lozanas; sus labios, realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de perlas. 

Su mirada era la que cruza el águila con el relámpago. Vestía una especie de túnica de terciopelo negro; iba tocado con un gorrito parecido al de Rafael, adornado con una pluma de águila; vestía unos calzones muy ajustados y calzaba unas botas bordadas. Ceñía su talle un cinturón del que pendía un cuchillo de caza; llevaba terciada una pequeña carabina de doble cañón, cuya precisión había podido comprobar uno de los bandidos.

 
Extendió una mano y con aquel gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano.
 
Pronunció unas palabras en lengua moldava, palabras que parecieron causar una profunda impresión en los bandidos.
 
Entonces, en la misma lengua, habló a su vez el joven jefe, y tuve la impresión de que sus palabras eran una mezcla de amenazas y de imprecaciones.
 
A aquel largo y ardiente discurso respondió el hermano mayor con una sola palabra.
 
Los bandidos hicieron una inclinación.
 
A un gesto suyo, los bandidos se colocaron detrás de nosotros.
 
—¡Bien! Sea, pues, Gregoriska —dijo Kostaki volviendo a hablar en francés—. Esta mujer no irá a la cueva, pero no por eso dejará de ser mía. La encuentro hermosa, la he conquistado y la quiero para mí.
 
Tras decir esto, se arrojó sobre mí y se me llevó en volandas.
 
—Esta mujer será llevada al castillo y puesta en manos de mi madre; yo no la abandonaré desde ahora hasta ese momento —dijo mi protector.

—¡Mi caballo! —gritó Kostaki en lengua moldava.


Varios bandidos se apresuraron a obedecer, y le trajeron a su señor la cabalgadura que pedía.


Gregoriska miró en torno suyo, aferró las bridas de un caballo sin dueño y saltó sobre él sin tocar los estribos.


Kostaki, aunque me tenía todavía apretada entre sus brazos, montó en la silla casi con tanta ligereza como su hermano, y partió al galope. El caballo de Gregoriska pareció haber recibido el mismo impulso y fue a pegar su cabeza y el flanco contra los del caballo de Kostaki.


Era curioso ver a aquellos dos jinetes volando uno al lado del otro, taciturnos, silenciosos, sin perderse un solo instante de vista, por más que aparentasen no mirarse, y abandonándose a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los llevaba a través de bosques, peñas y precipicios. Yo tenía la cabeza echada hacia atrás, lo que me permitía ver los bonitos ojos de Gregoriska fijos en los míos. 

Como Kostaki se percató de ello, me levantó la cabeza y ya no vi más que su sombría mirada que me devoraba. Bajé los párpados, pero fue en vano; seguía viendo, a través de su velo, aquella mirada obsesiva que me penetraba hasta el fondo del pecho y hería mi corazón. 

Entonces me dominó una extraña alucinación, me pareció ser la Lenore de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero fantasmas, y cuando sentí que nos deteníamos abrí los ojos con terror, tan convencida estaba de ver en torno a mí solo cruces rotas y tumbas abiertas. Lo que vi no era algo mucho más alegre: era el patio interior de un castillo moldavo, construido en el siglo XIV.

  
II. EL CASTILLO DE LOS BRANCOVAN

Kostaki me dejó resbalar de sus brazos a tierra, bajando casi inmediatamente después que yo; pero, por rápido que hubiera sido su movimiento, no había hecho más que seguir al de Gregoriska.
 
Como había dicho este, en el castillo era él el amo.

Al ver llegar a los dos jóvenes y a aquella extranjera que traían con ellos, los criados acudieron; pero, aunque repartieron sus cuidados entre Kostaki y Gregoriska, se notaba que los mayores miramientos y el respeto más profundo eran para este último.


Se acercaron dos mujeres: Gregoriska les dio una orden en lengua moldava, y con una señal me indicó que las siguiera.


La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que no vacilé. Cinco minutos después, me encontraba en un aposento que, por más desnudo y totalmente inhabitable que hubiera parecido a la persona menos difícil de contentar, era evidentemente el más hermoso del castillo.


Una gran estancia cuadrada, con una especie de diván de sarga verde; asiento de día, lecho de noche. Asimismo había allí cinco o seis grandes sillones de roble, un arcón enorme y, en un rincón, un dosel semejante a una gran silla de coro.


Ni sombra de cortinas en las ventanas ni en el lecho.


Se subía a este aposento por una escalera, en la que, en unas hornacinas, se erguían tres estatuas de los Brancovan de un tamaño superior al natural.


Al cabo de unos instantes trajeron los equipajes, entre los que se encontraban también mis baúles. Las mujeres me ofreció sus servicios. Pero, pese a subsanar el desorden que lo sucedido había causado en mi vestimenta, conservé mi traje de amazona, más en armonía con el de mis anfitriones que ningún otro de los que hubiera podido adoptar.


Apenas había hecho estos pequeños cambios, cuando oí llamar suavemente a la puerta.


—Adelante —dije naturalmente en francés, al ser esta lengua para nosotros los polacos, como sabéis, poco menos que una lengua materna.


Entró Gregoriska.


—¡Ah!, señora, cuánto me complace que habléis francés.


—También a mí —respondí yo— me alegra saber esta lengua, pues así he podido, merced a este feliz azar, apreciar vuestra generosa conducta para conmigo. Es en esta lengua en la que me habéis defendido de las intenciones de vuestro hermano, y es en esa lengua en la que quiero expresaros mi sincero agradecimiento.


—Gracias, señora. Era la cosa más normal del mundo que me interesara por una mujer que se hallaba en vuestra situación. Me encontraba cazando en la montaña cuando oí unas detonaciones anómalas y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano armada, y fui al encuentro del fuego, como se dice en términos militares. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero permitidme que os pregunte, señora, por qué azares una mujer distinguida, como sois vos, se ha aventurado en nuestras montañas.


—Soy polaca, señor —le respondí—. Mis dos hermanos cayeron, hace poco, en la guerra contra Rusia; mi padre, al que dejé mientras se preparaba para defender nuestro castillo contra el enemigo, sin duda se ha reunido ya con ellos a estas horas, y yo, huyendo por orden de mi padre de todas aquellas matanzas, venía en busca de refugio en el convento de Sahastru, donde mi madre, en su juventud y en circunstancias parecidas, encontró un asilo seguro.


—¿Sois enemiga de los rusos? Tanto mejor —dijo el joven—; esto os será de gran ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo, señora, puesto que ya sé quién sois, debéis saber también quiénes somos nosotros; el nombre de los Brancovan no os es desconocido, ¿verdad, señora?


Yo hice una inclinación.


—Mi madre es la última princesa de este nombre, la última descendinte de ese ilustre jefe al que hicieron matar los Cantimir, esos viles cortesanos de Pedro I. Se casó en primeras nupcias con mi padre, Serban Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre.


»Mi padre había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia, Italia, España y Alemania.


»Mi madre (ya sé que no corresponde a un hijo contaros lo que voy a deciros, pero ya que, para nuestra salvación, es necesario que nos conozcáis bien, reconoceréis acertados los motivos de esta revelación), mi madre, que durante los primeros viajes de mi padre, cuando yo estaba todavía en mi tierna infancia, había tenido unos amores culpables con un jefe de los guerrilleros, que así es como llaman en este país —agregó con una sonrisa Gregoriska— a los hombres por los que fuisteis agredida, mi madre, como decía, que había tenido unos amores culpables con un tal conde Giordaki Koproli, medio griego, medio moldavo, le escribió a mi padre confesándole todo y pidiéndole el divorcio, apoyándose, para esta petición, en que ella, una Brancovan, no quería seguir siendo por más tiempo la mujer de un hombre que se volvía cada día más ajeno a su patria. 

»
¡Ay! Mi padre no tuvo necesidad de dar su consentimiento a esa petición, que puede pareceros extraña, pero que entre nosotros es algo de lo más común y natural. Mi padre acababa de morir de un aneurisma que desde hacía mucho tiempo padecía, y la carta de mi madre la recibí yo.

»A mí no me quedaba ya otra cosa que hacer votos muy sinceros por la felicidad de mi madre, votos que llegaron a través de una carta mía junto con la noticia de que era viuda.


»En dicha carta le pedía también permiso para continuar mis viajes, permiso que me fue concedido.


»Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o en Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que me detestaba, y al que no podía amar, es decir, al marido de mi madre; cuando he aquí que, de improviso, me enteré de que el conde Giordaki Koproli acababa de ser asesinado, según se decía, por los viejos cosacos de mi padre.


»Me apresuré a regresar porque quería a mi madre; comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía de encontrarse de tener a su lado en tales circunstancias a sus seres queridos. Aunque ella nunca se había mostrado muy afectuosa conmigo, yo era su hijo. Llegué inesperadamente una mañana al castillo de nuestros padres.


»Allí encontré a un joven, a quien al principio tomé por un extraño, pero luego supe que era mi hermano.


»Se trataba de Kostaki, el hijo del adulterio, legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, es decir, la indomable criatura que visteis, para quien sus pasiones son la única ley, para quien no hay nada sagrado en este mundo excepto su madre, que me obedece como el tigre obedece al brazo que lo ha domado, pero rugiendo siempre, en la vaga esperanza de poder devorarme un día. 
 
»En el interior del castillo, en la morada de los Brancovan y de los Waivady, el amo soy todavía yo; pero fuera de este recinto, en campo abierto, él se convierte en el hijo salvaje de los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea voluntad. Cómo es que ha cedido hoy, cómo es que han cedido sus hombres, no lo sé; acaso por una antigua costumbre, o por un resto de respeto. Pero no quisiera pasar por una nueva prueba. Quedaos aquí, no salgáis de este aposento, del patio, del recinto amurallado, en suma, y yo respondo de todo; si dais un paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que dar mi vida por defenderos.

—¿No podré, pues —dije yo—, siguiendo el deseo de mi padre, proseguir el viaje hacia el convento de Sahastru?


—Hacedlo, intentadlo, mandad, que yo os acompañaré, pero me quedaré a mitad del camino, y vos…, vos sin duda no alcanzaréis la meta de vuestro viaje.


—Pero ¿qué puedo hacer, pues?


—Quedaos aquí, esperad, dejad que sean los hechos los que aconsejen qué hacer y aprovechad las circunstancias. Suponed que habéis caído en una guarida de bandidos, y que solo vuestro valor podrá sacaros del apuro y vuestra sangre fría salvaros. Mi madre, pese a la preferencia que otorga a Kostaki, hijo de su amor, es buena y generosa. 

»
Por otra parte, es una Brancovan, es decir, una verdadera princesa. Ya lo veréis: ella os defenderá de las brutales pasiones de Kostaki. Poneos bajo su protección: sois hermosa y os amará. Y por otra parte —me miró con una expresión indefinible—, ¿hay alguien que pueda veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre nos espera. 

»No mostréis embarazo ni desconfianza: hablad polaco; aquí nadie conoce esta lengua; yo le traduciré a mi madre vuestras palabras, y estad tranquila, que solo diré lo que sea preciso decir. Y sobre todo ni una palabra de cuanto os acabo de revelar. Nadie debe sospechar que existe un acuerdo entre nosotros. No sabéis aún de cuánta astucia y disimulo es capaz el más sincero de nosotros. Venid.

Yo lo seguí por la escalera, iluminada por unas antorchas de resina colocadas en unas manos de hierro que sobresalían del muro.


Era evidente que aquella desacostumbrada iluminación había sido dispuesta para mí.


Llegamos al comedor.


Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta y pronunciado una palabra en lengua moldava, que posteriormente supe que quería decir «la extranjera», avanzó hacia nosotros una mujer alta.


Era la princesa Brancovan.


Llevaba sus blancos cabellos trenzados en torno a la cabeza, que estaba cubierta de un gorrito de marta cibelina, que remataba un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie de túnica de tisú de oro, el corpiño recubierto de pedrería, sobrepuesta a una larga hopalanda de tela turca, adornada con una piel semejante a la del gorrito.


Llevaba en la mano un rosario de cuentas de ámbar que desgranaba muy rápido entre sus dedos.


A su lado estaba Kostaki, ataviado con el espléndido y majestuoso traje magiar, bajo el cual me pareció todavía más extraño.


Era un ropón de terciopelo verde, de mangas anchas, que le caían hasta debajo de la rodilla, calzones de casimir rojo, babuchas de marroquín bordadas de oro; con su cabeza destocada, sus largos cabellos, de color negro tirando a azulado, le caían sobre su cuello desnudo, rodeado tan solo por la cenefa blanca de una camisa de seda.


Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas palabras ininteligibles para mí.


—Podéis hablar en francés, hermano mío —dijo Gregoriska—; la señora es polaca y comprende esta lengua.


Entonces, Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan ininteligibles para mí como las que había pronunciado en moldavo; pero la madre, extendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos. Era evidente para mí que les decía a sus hijos que era ella quien debía recibirme.


Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de bienvenida, al que su fisonomía daba un sentido fácil de explicar. Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto toda la casa, como diciéndome que estaba a mi disposición, y, sentándose antes que los demás con benévola dignidad, se persignó y dijo una oración.


Entonces cada uno ocupó el sitio que le correspondía, de acuerdo con la etiqueta, con Gregoriska a mi lado. Como yo era la extranjera, ello hacía que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su madre Smeranda.


Así se llamaba la princesa.


También Gregoriska se había cambiado de indumentaria. Llevaba la túnica magiar como su hermano, solo que la suya era de terciopelo granate y sus calzones de casimir azul. Tenía colgada del cuello una espléndida condecoración, el Nisciam del sultán Mahmud.


Los restantes comensales del castillo cenaban en la misma mesa, cada cual en el rango que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o entre los servidores.


La cena fue triste: Kostaki no me dirigió la palabra una sola vez, aunque su hermano tuvo en todo momento la atención de hablarme en francés. En cuanto a la madre, me ofreció de todo ella misma con ese aire solemne que no le abandonaba jamás. Gregoriska había dicho la verdad: era una auténtica princesa.


Después de la cena, Gregoriska se acercó a su madre. Le explicó en lengua moldava la necesidad que yo debía de tener de estar sola, y lo muy necesario que me sería el descanso tras las emociones de una jornada como aquella. Smeranda hizo con la cabeza un signo de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como hubiera hecho con una hija suya, y me deseó que pasara una buena noche en su castillo.


Gregoriska no se había equivocado: deseaba ardientemente aquel momento de soledad. Di las gracias por ello a la princesa, que me condujo hasta la puerta, donde me esperaban las dos mujeres que me habían conducido ya a mi aposento.


Me despedí a mi vez de ella, así como de sus dos hijos, volví a ese mismo aposento, de donde había salido una hora antes.


El diván se había convertido en un lecho. Era el único cambio que se había producido.


Di las gracias a las mujeres. Les hice comprender mediante gestos que me desvestiría sola; y ellas salieron enseguida con mil muestras de respeto que indicaban que tenían órdenes de obedecerme en todo.


Me quedé sola en aquel inmenso aposento, del que mi candela solo alcanzaba a alumbrar, al desplazarse, aquellas partes que recorría, sin iluminar nunca el conjunto. Era un juego singular de luces, que establecía una especie de lucha entre el resplandor de mi vela y los rayos de la luna, que penetraban a través de la ventana sin cortinas.


Además de la puerta por la que había entrado, y que daba sobre la escalera, había otras dos en la habitación; pero unos enormes cerrojos, puestos en estas puertas, y que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme.


Fui a ver la puerta de entrada. También esta, como las otras, contaba con sus medios de defensa.


Abrí la ventana, que daba sobre un precipicio.


Comprendí que Gregoriska había elegido aquella habitación a conciencia.


De vuelta, por fin, a mi diván, encontré sobre una mesita puesta junto a la cabecera de mi cama una esquela doblada.


La abrí y leí en polaco:


Dormid tranquila; no tenéis nada que temer mientras permanezcáis en el interior del castillo. 
—Gregoriska

Seguí el consejo que me había dado y, como la fatiga era superior a mis preocupaciones, me acosté y no tardé en quedarme dormida.