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Donante - Iban Zaldua

Circunstancias más bien peregrinas me llevaron a hacerme donante de sangre. A Loperena, compañero de cenas y chiquiteo, el médico le recomendó —más bien le ordenó— que se hiciera sacar sangre con cierta regularidad: lo ignoro todo sobre la ciencia de Esculapio, pero recuerdo que el curioso remedio, uno más de entre todo un arsenal, tenía que ver con la extrema obesidad de nuestro amigo, y con el lamentable estado de su hígado. 
 
Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo. 
 
Tratamos de alentarlo como siempre suele hacerse en estos casos: que no pasa nada, si es un pinchacito y se acabó, que no se ha muerto nadie… Inútilmente. Así que decidimos, en un acto de generosidad sin precedentes hacia Loperena y la Humanidad, convertirnos nosotros mismos también en donantes y acompañar al desdichado gordo en su particular calvario. 
 
Los siete —todos menos Juárez, que había tenido hepatitis— nos encaminamos un sábado a la mañana hacia el banco de sangre, sin dejar de hacer chistes y dando palmaditas en el hombro a Loperena, que estaba más blanco que la leche. 
 
Para animarle, quedamos en que luego visitaríamos los bares del barrio y saquearíamos sus reservas de tinto y pinchos. Entre protestas, todos nos comprometimos a invitar. Ni siquiera esto devolvió la vida a los ojos de perro apaleado de Loperena.
 
La sede de la Asociación de Donantes de Sangre se halla en el bajo de un oscuro edificio del Centro, en la calle Lope de Aguirre; como Nazábal, con su habitual pedantería, se encargó de ilustrarnos, ocupaba lo que habían sido las antiguas oficinas de la CNT durante la guerra: los agujeros de bala que tachonaban el dintel y uno de los balcones, rellenos de un mortero que había ennegrecido más que la piedra de la fachada, daban fe de ello. 
 
El interior se correspondía casi exactamente con la lúgubre entrada: una amplia sala con una mesa, tres camillas que parecían sacadas de un compendio decimonónico, varias vitrinas modernistas y gastadas, llenas de frascos, azulejos blancos en el suelo, el techo y las paredes. Lo único anacrónico allí eran las bolsas de plástico para la sangre y las balanzas en el suelo, junto a las camillas. 
 
Nos recibió el doctor Elorza, alto, espigado, calvo, con una mueca de seriedad permanente de esas que uno, por conservar la calma, procura no confundir con la animadversión hacia todo lo que se mueve sobre dos piernas. Ni el marco ni el galeno eran, evidentemente, los más adecuados para que Loperena caminara sin miedo hacia su primera donación, así que —una simple mirada de entendimiento nos bastó— Juancho, Loco y yo decidimos afrontar los primeros el potro de la tortura. 
 
Tras un prolijo y desagradable interrogatorio, una enfermera sin edad nos fue tumbando en las camillas y el doctor, con una mirada casi sádica, fue clavándonos la aguja en la vena y dándonos las instrucciones para que la sangre fluyera a la bolsa. Aunque sólo puedo hablar por mí mismo, estoy seguro de que a los tres nos dolió más de lo que preveíamos, y que nos pareció una experiencia bastante desagradable. 
 
Sin embargo, ante los demás, y sobre todo ante Loperena, evitamos cualquier gesto de disgusto y seguimos bromeando hasta el final. Marcos, Nazábal y Mikel hicieron lo mismo. Loperena no pudo echarse atrás. Aguantó como pudo y, aunque estuvo a punto de marearse, no vomitó. 
 
Todos juntos ya, y acompañados por la enfermera, nos zampamos el bocadillo, bebimos los litros de agua prescritos, recibimos cada uno nuestro carné y salimos para la calle. Era la una y media del mediodía. Fuera porque la sangre que nos habían restado debilitaba nuestro organismo, fuera porque los pinchos que trasegamos no fueron suficientes para hacer base en nuestros estómagos, el caso es que para las dos y cuarto ya estábamos como cubas. 
 
No tuvimos más remedio que quedarnos a comer por la zona, en uno de esos tascuchos con menú de a mil doscientas pesetas que invitan, en los postres, a cantar a coro y a iniciar interminables guerras de pan. La memorable juerga concluyó con los primeros rayos del sol de la mañana siguiente. 
 
No extrañará, por lo tanto, que decidiéramos convertir aquellas donaciones en tradición, en el preludio de largas jornadas de disparates, cánticos y chuletadas que íbamos a perpetrar cada tres o cuatro meses. Así lo decidimos, ya recuperados de la resaca, con un solemne juramento.
 
Como era de esperar, la primera juerga eclipsó a todas las siguientes. Es sabido lo que perduran las tradiciones recién adoptadas en estas circunstancias: dos, tres años, o acaso lo que tarda en deshacerse una cuadrilla. En nuestro caso ambos plazos casi coincidieron. 
 
Habíamos concluido los estudios, conocimos a otras gentes, algunos encontraron trabajo lejos del barrio, la vida nos trazó líneas que se fueron separando en el mapa del tiempo. Yo fui de los que se quedó en la ciudad. Y el único que, una vez cada cuatro meses, siguió acudiendo a donar sangre. Es posible que alguno siguiera haciéndolo, pero no desde luego en aquel local del centro. 
 
La lista de excusas que fueron proporcionando para justificar su deserción es demasiado prolija y la considero innecesaria en este relato. Loperena fue el último en abandonarme. Un día me comunicó que su nuevo médico de cabecera había decidido cambiar radicalmente de tratamiento, aduciendo que, a fin de cuentas, aquellas donaciones de sangre no eran más que una burda variante de las sangrías de antaño. 
 
Todo eso, según Loperena, acompañado de una serie de lindezas sobre su colega que se pagarían a muy buen precio en el Colegio Provincial de Médicos. Pese a los alicientes que rodeaban a las jornadas de donación, Loperena nunca logró sacudirse de encima el malestar que le producían el doctor Elorza y sus agujas. 
 
Le felicité sinceramente, pero no advertí rastros de alegría —ni siquiera de alivio— en su mirada. Me lo explicó: el nuevo médico le había impuesto un régimen muy estricto. Después de realizar mi donación —la solidaridad de Loperena no llegó hasta el punto de acompañarme aquel día—, decidimos celebrarlo por todo lo alto en el Felipe: marmitako, pencas rellenas, gorrín, repostería variada, café, puro y pacharán. 
 
Todo ello regado con un par de botellas de Viña Ardanza de 1973 que elevaron la cuenta —y nuestra moral— como la espuma. Pero no nos importó. Loperena lo dejó muy claro: «Esta es la última. Mañana mismo empiezo con el régimen».
 
No sé por qué seguí donando. Local y empleados me resultaban desagradables, las satisfacciones que me proporcionaba el hecho de perder medio litro de sangre cada cuatro meses eran intangibles y —cavilaba— lo que sobra en esta provincia son donantes de sangre. Eso decían las estadísticas, por lo menos: cuando empecé a ir solo me sorprendió no coincidir nunca con nadie. ¿Por qué me empeñaba en ir, entonces? ¿Era, acaso, una forma de tranquilizar mi conciencia, de decirme que ya hacía —y, además, gratis— lo suficiente por la Humanidad? ¿Mi coartada para afrontar la vida con un mínimo de hipocresía? ¿Era la Asociación de Donantes de Sangre —a cuyas reuniones jamás acudía— lo mismo que el Movimiento de Objeción de Conciencia para Nazábal, la Asociación para la Protección de Nuestro Patrimonio Industrial para Marcos, el sindicato para Juancho? Lo ignoro. Creo que actuaba movido por una suerte de premonición. Esperaba a Milagros.
 
El hecho es que, tres sábados al año, allí me tenían, listo para vaciar mis venas. El doctor Elorza nunca llegó a tutearme, ¡faltaría más! Cuando traspasaba la puerta y le saludaba me solía atravesar con una mirada cansada, como si anduviera cargado de trabajo, agobiado por las masas de donantes. 
 
Nunca encontré a nadie allí. Después celebrábamos el ritual mecánicamente: me hacía las mismas preguntas, yo daba las mismas respuestas, me tumbaba en la camilla más alejada, me pinchaba, volvía a su escritorio y a partir de entonces era su casi muda ayudante la que se ocupaba de todo: vigilar la oscilación de la balanza, decidir cuándo había suficiente sangre en la bolsa, cortar el flujo, aplicarme el algodón en el pinchazo y recitarme, siempre con la misma voz monocorde: «Ahora apriete fuerte hasta que deje de manar sangre». 
 
Ni siquiera llegué a saber su nombre. Después de aquello, me bajaba la manga y, ya sin ayuda, me encaminaba a los sofás de la entrada, bebía medio litro de agua, ojeaba algunas revistas y deglutía un bocadillo de —parece difícil de creer— excelente salchichón. Siempre había cuatro o cinco más preparados en la mesilla, y más de una vez estuve tentado de pedirles permiso para repetir. 
 
Pero algo en el silencio de aquella amplia sala me lo impedía siempre también. Quizá fuera el recuerdo del brillo extraño que asomaba a los ojos de Elorza cada vez que extraía la aguja de su protector de plástico y miraba mi brazo buscando el punto exacto. No logré acostumbrarme.
 
Un sábado, nada más entrar, me di cuenta de que las cosas habían cambiado, y mucho, en el último cuatrimestre. Mamparas de color salmón dividían el espacio que antes ocupaba la gran sala, de manera que la entrada se reducía a un hall bastante pequeño, aunque coqueto. De las paredes originales no habían podido arrancar aquellos horribles azulejos, pero las habían cubierto con pósters y reproducciones de pinturas impresionistas que les daban otro aire. 
 
La mesa de oficina había sido sustituida por un mostrador tras el cual una vivaracha enfermera, que enseguida me dijo que se llamaba Merche, pedía los datos, rebuscaba en el fichero y conducía al donante a una pequeña sala de espera donde —y aquí venía la sorpresa— la doctora en medicina general Milagros Rotaeche cumplimentaba, con una amabilidad inusitada, el cuestionario de rigor. 
 
Ella fue la que me informó del cese del doctor Elorza y de cómo ella se había hecho con el puesto. Todo eso sin dejar de sonreír. Puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que es una hermosa mujer, morena, de ojazos verdes y largas pestañas, y con una sonrisa que no abandona su boca en ningún momento: creo que fue ese rasgo, en contraste quizás con la actitud de Elorza, lo que me cautivó. 
 
Sospeché, con una mezcla de horror y satisfacción, que por fin habían descubierto los experimentos secretos que sin duda realizaba el doctor Elorza y se hallaba expiando sus crímenes en alguna institución penitenciaria; no he sabido hasta mucho después que se enroló en una misión de Medicus Mundi con destino a Ruanda, donde por lo visto realizó durante dos años una labor más que meritoria. 
 
Salió hasta en el semanal de El País. Tengo que confesar que la noticia me ha contrariado un tanto, pero en aquel entonces di gracias al Señor —las sigo dando— por el cambio y por el castigo que por sus crímenes contra la Humanidad se merecía Elorza. Pero sobre todo por el cambio.
 
La doctora Rotaeche era además encantadora, atenta e inteligente. Su conversación no decaía nunca y suponía una delicia estar con ella. Si no tenía mucho trabajo se quedaba junto a mí durante la extracción, y hablábamos de cualquier cosa. La verdad, era ella la que más hablaba, porque yo no tenía mucho que decir. 
 
Mi trabajo, en la sección de contabilidad de una sucursal de la caja de ahorros provincial, no daba para grandes aventuras; mis recuerdos de juventud, de puro felices, se me antojaban insulsos; mis vacaciones en Cuba —desde que empecé a trabajar he ido cuatro veces, cada verano—, eran más bien inconfesables, pese a que eran lo más excitante en una vida que se reducía a un eterno paseo entre la oficina y el apartamento. 
 
Milagros —enseguida si insistió en tratarme de tú— opinaba sobre todo lo divino y lo humano con una soltura envidiable, de esas que arrastran: yo mismo me sorprendí, en más de una ocasión, proporcionándole mi punto de vista sobre cuestiones que en la vida me habían interesado, o sobre las que nunca me habría atrevido a discutir. 
 
Aquellos ratos, desgraciadamente, no fueron tan abundantes como yo hubiera deseado. La voz corrió y los miembros de la Asociación de Donantes acudieron como moscas. Nunca había visto el local tan concurrido: hubo sábados en que tuve que volverme a casa sin haber cumplido con mi deber. Una vez en la sala, donde habían colocado dos camillas más, amén de una televisión, todos nos disputábamos los favores de Milagros. 
 
Al principio creí ser el preferido, pero casi estoy convencido de que a todos nos ocurría lo mismo. Durante un año entero me devoraron los celos: ¿acaso no pasaba unos minutos más con esa foca sebosa de Rodríguez Rezola, un carnicero que contaba chistes sin cesar, y no precisamente de los mejores? 
 
Pero no, luego volvía junto a mí, introducía aquella suave aguja bajo mi piel, acariciaba mi hombro, me preguntaba por el trabajo, me tranquilizaba. Mes tras mes, esperaba aquellos sábados con ansiedad. Más de una vez me planteé si podría verla fuera de aquel local, si me atrevería a invitarla a salir, o algo así. Nunca lo intenté: algo más fuerte que mi deseo me detenía. Como si la imagen de Milagros fuera de aquel local me pareciera irreal. Como si no pudiera tomar cuerpo en otro sitio que no fuera aquel escenario. Ahora sé que no tiene por qué ser así.
 
Milagros era, además, una médico muy preparada. Pronto nos enteramos —todo se llega a saber en los círculos devotos— de que había sido la primera de su promoción, y de que había publicado artículos en las revistas más importantes de la especialidad. 
 
Reputada experta en hematología, ella misma nos confesó que estaba perfeccionando un preparado con el que queremos conseguir que la sangre de los donantes recuperara más rápidamente los elementos que se perdían con la transfusión. No podíamos estar más de acuerdo con su línea de investigación: si tenía éxito el ritmo de donaciones se aceleraría y habría más sangre para transfusiones y, lo más importante, podríamos acudir cada menos tiempo a visitar la sede de la Asociación. A visitar a Milagros. 
 
Su sueño, me confesó un día, era la producción artificial de sangre, pero no confiaba en lograrlo aún, dados los escasos medios de que disponía. Por eso había optado por perfeccionar el funcionamiento de la mejor máquina de producir sangre que la naturaleza había creado. Y me acarició la cabeza.
 
Cuando, tímidamente, nos propuso formar parte de su experimento, dudo que nadie se negara a probar aquel brebaje rosa que Merche nos iba a servir después de cada donación, junto al agua y el bocadillo. Nos dijo que íbamos a ser famosos y que nuestros nombres aparecerían en el artículo que sin duda le publicarían en el Scientific American. Eso, por lo menos. 
 
A partir de ese momento empezamos a ser citados más a menudo. Primero cada tres meses, luego cada dos, y a partir de ahí Milagros fue bajando una semana a cada visita. Mi vida se convirtió en una delicia, al menos en parte. No sólo porque acudía al local de la Asociación de Donantes de Sangre más a menudo, sino también porque pasaba más tiempo allí. 
 
Efectivamente, el revitalizador de Milagros, por lo visto, no sólo lograba acelerar la recuperación de los elementos que perdía la sangre del donante, sino que lograba triplicar el ritmo de reproducción de la propia masa sanguínea, con lo que, nos comunicó, podríamos donar más sangre cada vez. 
 
La perspectiva de pasar ratos más largos junto a Milagros me sedujo —nos sedujo— sin remedio. Casi se convirtió en una competición entre los habituales. Subimos de medio litro a tres cuartos, de ahí al litro y algunos llegamos al techo de litro y medio por donación, con descansos de tres semanas entre una sesión y la siguiente.
 
Evidentemente, cada día que pasaba me sentía más débil. No puedo decir que me importara mucho. Nunca he sido muy dado a tomar el sol, pero la imagen que cada mañana me devolvía el espejo me decía a las claras que mi piel había perdido cualquier vestigio de color que alguna vez hubiera tenido. 
 
Perdí el apetito, adelanté y empecé a llegar tarde al trabajo. Siempre he sido puntual, y nunca antes se me habían pegado las sábanas. Pero ahora subía a casa y no sentía más que ganas de dormir, acudía al trabajo y me entraba sueño frente al ordenador. No, ni se me ocurrió preocuparme. 
 
Milagros nos hacía chequeos antes y después de cada sesión, nos tomaba la tensión, realizaba complicadas pruebas con muestras de nuestra orina y casi siempre proclamaba que estábamos estupendos; a algunos les prescribía unas vitaminas, «una ayudita», como ella solía decir, pero poco más. 
 
Un día, nada más llegar a la oficina, me desmayé. El médico diagnosticó anemia con complicaciones —la lista es demasiado larga—, y me dio a entender que tenía la sangre tan debilitada que lamentaba hasta haberme extraído la muestra. Me dio baja para un mes, que tenía que pasar en la cama. Ni se me ocurrió comentarle nada de los experimentos de Milagros. 
 
Ella misma se había encargado de subrayar que aquello era un secreto entre nosotros, que en el mundo de la investigación hay muchas envidias y muchos desaprensivos dispuestos a robar descubrimientos que no les pertenecen. Nunca dudamos de su buena fe, ni de sus revisiones. Confiábamos en Milagros.
 
Aquella baja, qué duda cabe, me salvó la vida. A la segunda semana ya estaba algo mejor, y pude empezar a leer los periódicos que, a regañadientes, me subía un vecino. La noticia apareció un lunes. Los titulares de los diferentes diarios no podían ser más expresivos: «LO MATÓ PARA EXTRAERLE TODA SU SANGRE», «HORRIBLE ASESINATO», «EL LOCAL DE LOS HORRORES», «LA VAMPIRESA DE LA CALLE LOPE DE AGUIRRE». Y continuaron los días siguientes: «MÁS CUERPOS EN LA TRASTIENDA DEL LOCAL», «SED DE SANGRE», «LA DOCTORA ROTAECHE INGRESA EN PRISIÓN», «DIMISIONES EN LA ASOCIACIÓN DE DONANTES DE SANGRE», «POSIBLE IMPLICACIÓN DEL DIRECTOR DE OSAKIDETZA», etc. 
 
La policía dio con el caso casi por casualidad, mientras investigaba la desaparición de Rodríguez Rezola que, como todos los carniceros, tenía dinero y sólidas relaciones. A algún espabilado se le ocurrió que acudía con demasiada asiduidad al local de Donantes y mientras hacían una pregunta por aquí, manoseaban un aparatito por allá, algún agente abrió la puerta del depósito y se topó con el cuerpo —por decir algo— de Rodríguez Rezola, convertido en un saco de piel y huesos apenas reconocible. 
 
El forense no encontró en su cuerpo, casi momificado, ni una gota de sangre. Lo mismo puede decirse de los otros cuatro cuerpos que hallaron bajo el suelo de aquella habitación; publicaron sus fotos y he de decir que los conocía a casi todos: mis antiguos rivales. El famoso preparado resultó estar compuesto básicamente de sirope de granadina. 
 
Merche, la enfermera, por lo visto, no sabía nada. La policía vino a visitarme una semana después de la detención de Milagros. Confirmé punto por punto las declaraciones de los demás testigos. Sin embargo no quise ponerle una denuncia. No he debido ser el único, porque los policías no insistieron. Ni siquiera parecieron sorprenderse.
 
Por suerte, los periodistas no me molestaron. No hubiera sabido qué contarles. El caso de la doctora Rotaeche fue, como era de esperar, un duro golpe para la Asociación Provincial de Donantes de Sangre: las estadísticas de este último año son elocuentes. Incluso han cambiado de sede, pero no parece que les haya servido de mucho. 
 
Yo, desde luego, no he vuelto a donar, y no conozco el nuevo local. Nunca lo conoceré. No es por lo que nos ocurrió. Sé que si voy no encontraré a Milagros allí, y eso es suficiente. No sería lo mismo. He intentado conseguir un permiso para visitarla en la cárcel, pero no me lo han concedido. 
 
Razones de seguridad, añaden. Me han dicho que probablemente pueda cuando la sentencia sea firme. Incluso un vis a vis; eso sería estupendo. Esperaré. Vaya que si esperaré. Me da un poco de lástima, claro. Todo este tiempo. Con la sed que estará pasando, la pobre.

La Casa Croglin - Augustus Hare

El Capitán Fisher también nos contó esta extraordinaria historia, conectada con su propia familia.

"Fisher", dijo el capitán, "puede sonar a un nombre muy plebeyo, pero su familia es de muy antigua estirpe, y por varios cientos de años poseyeron un muy curioso lugar en Cumberland, que tenía el extraño nombre de 'casa Croglin'.

La gran característica de la casa era que nunca, en ningún período de su larga existencia, ha habido más que un alto, aunque siempre tuvo una terraza desde la cual grandes terrenos se extendían hacia donde había una iglesia, y desde donde se tenía una gran vista.

Cuando, a lo largo de los años, los Fisher acrecentaron en la Casa Croglin su fortuna y familia, no quisieron cambiar las características del lugar añadiendo otra torre a la casa, y se marcharon hacia el sur, para residir en Thorncombe, cerca de Guildford, dejando la Casa Croglin.

Los Fisher fueron extremadamente afortunados con sus inquilinos, dos hermanos y una hermana. Ellos escucharon sus encomiables palabras acerca de todos los cuartos. 

Sus inquilinos vecinos eran todos buenos y gentiles, les dieron una gran bienvenida. Por su parte, los nuevos inquilinos se vieron muy a gusto en la nueva residencia. Era como que la Casa Croglin había sido hecha para ellos. 

El invierno pasó felizmente para los nuevos habitantes de Croglin, quienes compartían con todos los pequeños placeres sociales del distrito, y se hacían de este modo muy populares. Al siguiente verano, hubo un día, muy particular, que hizo un calor terrible, insoportable. 

Los hermanos estaban echados bajo un árbol, con sus libros, ya que hacía demasiado calor para llevar a cabo cualquier tarea física. Ellos habían cenado temprano, y luego de la cena se sentaron en el porche, disfrutando del aire fresco que trajo la noche, y mientras miraban la puesta del sol, y la salida de la luna sobre las copas de los árboles que separaban los campos del cementerio de la iglesia, con unas nubes bañadas de plata como fondo.

Cuando se separaron por la noche, cada uno se retiró a su habitación en la planta baja (ya que, como dije, no había escaleras en esa casa), la hermana sintió que el calor era tan intenso que no podía dormir y, habiendo trabado su ventana, no había cerrado los postigos —ya que en tan tranquilo lugar no era necesario— y, apoyada en sus almohadones, aún se quedó mirando la maravillosa y espléndida belleza de esa noche de verano.

Gradualmente se percató de dos luces, dos luces que parpadeaban, en la zona de los árboles que separaban el jardín de los campos de la iglesia; y, a medida que su vista se prendó de ellas, las vio emerger y componerse en una sustancia oscura, algo horrible, que parecía a cada momento acercarse más y más, aumentando en tamaño y sustancia a medida que se aproximaba. 

Durante algunos momentos se perdía entre las sombras que se extendían por el jardín, desde los árboles, y luego volvía a emerger, más grande que antes, y aún avanzando. Mientras observaba, el más incontrolable horror se apoderó de ella. Intentó salir de ahí, pero la puerta estaba cerrada y la ventana también, y aun así la cosa se acercaba a ella. Trató de gritar, pero su voz estaba como paralizada, su lengua pegada al paladar.

Repentinamente, ella nunca pudo explicarlo por qué, el terrible objeto pareció volverse sobre un lado, como si fuera a rodear la casa y, después de todo, no viniera por ella. Inmediatamente ella saltó de la cama y acometió contra la puerta; y mientras trataba de destrabarla comenzó a escuchar scratch, scratch, scratch, contra la ventana, y vio un horrible rostro marrón con ojos ardientes que la miraba. Aterrorizada, regresó a la cama, pero la criatura continuaba rascando la ventana, scratch, scratch, scratch

Sintió una especie de alivio cuando se convenció de que la ventana estaba bien cerrada desde el interior. Súbitamente el rasqueteo cesó, y se escuchó una especie de sonido como de picotazo. Luego, en su agonía, ¡se dio cuenta de que la criatura estaba picando la unión de los vidrios! El ruido continuó, y un panel de vidrio cayó dentro de la habitación. 

Luego el largo y huesudo dedo de la criatura ingresó y giró la manija de la ventana. La misma se abrió, y la criatura entró en la habitación, y el terror de la chica fue tan intenso que no pudo gritar, y la criatura entrelazó sus largos dedos en el cabello de ella y comenzó a arrastrarla por la cama. En esta situación violenta se hirió la gola.

Cuando pasó esto, su voz se liberó, y pegó un grito, un alarido con todas sus fuerzas. Sus hermanos se despertaron y salieron de inmediato de sus cuartos, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Fueron a buscar un atizador, rompieron la cerradura y entraron. 

Entonces la criatura ya había escapado por la ventana, y la chica estaba sangrando por una herida que se había hecho en la garganta, y yacía inconsciente a un lado de la cama. Un hermano persiguió a la criatura, que corría con grandes zancadas bajo la luz de la luna, hasta que desapareció sobre la pared de los límites del camposanto de la iglesia. 

El hermano regresó al lado de su hermana, que estaba siendo atendida por el otro hermano. Ella estaba malherida, y estuvo por morir; pero era de disposición fuerte, no se dejaba llevar por el romance o la superstición, y cuando volvió en sí, dijo: 'Lo que pasó fue muy extraordinario, y estoy muy herida. Me parece inexplicable, pero por supuesto habrá una explicación, y tenemos que encontrarla. Debe ser que algún lunático ha escapado de un asilo y ha venido hasta aquí'. 

La herida se curó, y ella se recompuso, pero el doctor que fue a atenderla no podía creer que se hubiese recuperado de tan terrible shock tan fácilmente, e insistió en que ella tenía que cambiar de paisaje; así que su hermano la llevó a Suiza. 

Siendo una chica sensible, cuando fue al extranjero se interesó por las novedades del país en que estaba, secó plantas, hizo dibujos, escaló montañas y, cuando llegó el otoño, fue quien urgió a sus hermanos a regresar a Croglin. 'La tenemos desde hace siete años', dijo, 'y solo hemos estado allí uno; y siempre hemos tenido dificultades para encontrar casas con solamente un alto, así que será mejor que regresemos. Los lunáticos no se escapan todos los días'. Y como ella los urgió, sus hermanos no quisieron nada mejor, y la familia regresó a Cumberland. 

Ya que no había escaleras en la casa, les fue difícil hacer grandes cambios en su disposición. La hermana ocupó la misma habitación, aunque jamás volvió a dejar abiertos los postigos. Los hermanos tomaron la habitación opuesta a la de su hermana, y siempre tenían pistolas cargadas consigo.

El invierno pasó de lo más pacífica y felizmente. En el mes de marzo la hermana se despertó una noche por un sonido que le recordó el scratch, scratch, scratch, sobre el vidrio de la ventana. Y mirando a la ventana, pudo ver claramente, en el panel superior, el mismo rostro marrón, horripilante y arrugado, con ojos brillantes, mirándola fijamente. 

Esta vez gritó tan fuerte como pudo. Sus hermanos salieron del cuarto, con sus armas en la mano, por la puerta principal y vieron que la criatura estaba huyendo por el jardín. 

Uno de los hermanos hizo fuego y le dio en una pierna, pero la cosa siguió corriendo hacia la pared de la iglesia, donde desapareció dentro de una bóveda que perteneció a una familia que habíase extinguido hacía mucho tiempo. 

Al siguiente día los hermanos llamaron a todos los inquilinos de Croglin y fueron a abrir la bóveda. Una horrible escena se reveló. La bóveda estaba repleta de cajones; todos estaban rotos y sus contenidos horriblemente despedazados y desfigurados, esparcidos en todo el piso del lugar. 

Un ataúd solo permanecía intacto. Ellos levantaron la tapa del mismo y ahí estaba, marrón, reseco, arrugado, momificado, pero aún entero, la misma horripilante figura que se veía por la ventana de Croglin, con la marca de un reciente disparo en la pierna; y ellos hicieron lo único que podía hacerse para destruir a un vampiro: lo quemaron".

Recomendación: "El Vampiro" de Horacio Quiroga por Sivela Tanit

En sus cuentos, Quiroga juega mucho con la mente y con lo que esta puede interpretar. Este relato inicia con una descripción inverosímil cuya explicación se va desarrollando a lo largo de la historia.

El autor juega con la idea del vampiro, pero no como una maldición folclórica ni como una sed de sangre, sino como la manifestación médica y psicológica de un cerebro roto por la culpa y el dolor.

A medida que se le van revelando los eventos al lector, estos se presentan confusos, tal como deben estar en la mente del protagonista; esto complementa el texto para convertir el cuento en algo realmente admirable.

Me gusta este relato por lo perturbador que resulta y por su final inesperado, el cual posee un gran toque de ironía.

Recomiendo ampliamente este cuento. Espero que lo gocen tanto como yo cada vez que regreso a su lectura.

Te invito a leerlo en el siguiente enlace:
https://sivela.blogspot.com/2010/04/horacio-quiroga-el-vampiro.html

La transferencia - Algernon Blackwood (Parte 2 y última)

Sin saberlo, Jamie había dado la última pincelada al retrato que yo había trazado, inconscientemente. El hombre poseía, y ponía en juego, cierta callada, irresistible facultad de despojarte de todas tus reservas, para luego, rápidamente, asimilárselas él. 

Al principio te dabas cuenta de una tensa resistencia; poco a poco esta resistencia se teñía de cansancio; la voluntad se volvía flácida; y luego, o te marchabas, o cedías... aceptando todo lo que él dijera con una sensación de debilidad presionando hasta los mismos bordes del colapso. 

Con un antagonista masculino acaso fuera diferente, pero aun en este caso el esfuerzo de resistencia generaba una fuerza que absorbía él y no el otro. Él nunca cedía. Una especie de instinto le enseñaba a protegerse contra toda rendición. Quiero decir que nunca cedía ante seres humanos. 

Esta vez se trataba de una cuestión muy diferente. No tenía más posibilidad que una mofeta o una mosca ante los engranajes de un enorme motor de «atracción de feria», como solía decir Jamie.

Así era como le veía yo: como una gran esponja humana, atiborrada y empapada de vida, o de los frutos de la vida absorbidos de otros..., robados. Mi idea de un vampiro humano quedaba confirmada. Aquel hombre andaba por el mundo transportando aquellas acumulaciones de vida de los demás. En este sentido, su «vida» no le pertenecía realmente. Por cierta razón, me figuro, no la tenía tan plenamente bajo su dominio como se imaginaba.

Y dentro de una hora ese hombre estaría aquí. Me fui a la ventana. La vista se me extravió hacia el trecho vacío, negro mate, que se extendía en medio de la estupenda lozanía de las flores del jardín. Se me antojaba un borroso pedazo de vacío que bostezaba pidiendo ser llenado y alimentado. 

La idea de que Jamie jugase en torno de sus desnudas orillas se me hacía aborrecible. Yo contemplaba las grandes nubes de verano, arriba en el cielo, la quietud de la tarde, la calígine. Por el jardín se extendía un silencio recalentado, opresivo. No recordaba otro día tan sofocante, tan inmóvil. Un día tendido allí, aguardando. También el personal de la casa aguardaba; esperaba que míster Frene llegase de Londres, con su gran automóvil.

Y jamás olvidaré la sensación de encogimiento y pena glaciales con que escuché el roncar del coche. El tío Frank había llegado. Habían servido el té en el césped, bajo las limas, y mistress Frene y Gladys, de regreso de la excursión, se habían sentado en sillones de mimbre. 

Míster Frene, el menor, esperaba en el vestíbulo para dar la bienvenida a su hermano; pero Jamie —según supe más tarde— había manifestado una alarma tan histérica y ofrecido una resistencia tan desesperada que se consideró más prudente tenerle en su habitación. Quizá, después de todo, su presencia no fuese necesaria. 

Se adivinaba perfectamente que la visita tenía algo que ver con el lado desagradable de la vida: dinero, capitulaciones, o qué sé yo. Nunca me enteré bien; solo supe que los padres de Jamie estaban ansiosos y que había que ganarse la benevolencia del tío Frank. No importa. Eso no tiene nada que ver con el asunto. 

Lo que sí tuvo que ver —de lo contrario no escribiría yo esta narración— es que mistress Frene me hizo llamar, pidiéndome que bajase «luciendo mi bonito vestido blanco, si no me importaba», y que yo estaba aterrorizada, aunque al mismo tiempo halagada, porque aquello significaba que una cara bonita se consideraba una preciada adición al panorama que le ofrecían al visitante. 

Además, por raro que parezca, yo sentía que mi presencia era, en cierto modo, inevitable; que, fuese por la razón que fuere, estaba dispuesto que yo presenciara lo que presencié. Y en el instante en que llegué al prado... —titubeo antes de ponerlo por escrito, porque parece una cosa tan tonta, tan inconexa— habría jurado, mientras mis ojos se encontraban con los de aquel hombre, que se produjo una especie de oscuridad repentina; una oscuridad que robó el esplendor veraniego de todos los seres y todos los objetos, y que la producían unos escuadrones de caballitos negros salidos de su persona, que corrían en derredor nuestro, dispuestos al ataque.

Después de una primera mirada momentánea de aprobación, el hombre no volvió a fijarse en mí. El té y la conversación discurrían apaciblemente; yo ayudaba a pasar platos y tazas, llenando las pausas con comentarios intrascendentes dirigidos a Gladys. A Jamie no se le mencionó siquiera. 

Exteriormente todo parecía bien; pero interiormente todo era horrible... aquello bordeaba el límite de las cosas inenarrables, y parecía tan cargado de peligro que cuando hablaba yo no lograba dominar el temblor de mi voz.

Contemplaba la cara dura, inexpresiva del visitante; advertía su extraordinaria delgadez y el brillo raro, aceitoso, de sus ojos firmes. No centelleaban; pero le absorbían a uno con una especie de brillo suave, cremoso, como el de los ojos de los orientales. Y todo lo que decía o hacía anunciaba lo que yo osaría llamar la succión de su presencia. Con su naturaleza lograba este resultado de una manera automática. Nos dominaba a todos, aunque de una manera tan suave que, hasta que había tenido lugar el hecho, nadie lo advertía.

No obstante, antes de haber transcurrido cinco minutos, yo me daba cuenta de una sola cosa. Mi mente se enfocaba sobre ella, nada más, y con tal viveza que me maravillaba que los otros no se pusieran a gritar, o a correr, o a tomar alguna medida violenta para impedir aquello. Y aquello era esto: que, separado meramente por menos de una docena de metros, aquel hombre, que vibraba con la vitalidad adquirida de otros, estaba fácilmente al alcance de aquel punto de vacío que bostezaba y esperaba, ansiando que lo llenasen. La tierra olfateaba su presa.

Aquellos dos «centros» activos se hallaban en posición de combate; el hombre tan delgado, tan duro, tan vivaz, aunque en realidad abarcando una gran dimensión con el amplio entorno de vida de los otros que se había apropiado, tan práctico y victorioso; el otro tan paciente, profundo, con la poderosísima atracción de la tierra entera detrás, y... —¡ay!—, tan consciente de que, por fin, se le presentaba la oportunidad.

Lo vi todo tan claramente como si hubiera estado contemplando a dos grandes animales preparándose para la batalla, ambos inconscientemente; aunque en cierta inexplicable manera, aquello yo lo veía, por supuesto, dentro de mí, no fuera. El conflicto sería aborreciblemente desigual. 

Cada bando había enviado ya sus emisarios, aunque yo no pudiera decir cuánto tiempo hacía, porque la primera prueba que él dio de que algo anormal sucedía en su interior fue cuando, de pronto, la voz se le volvió confusa, se equivocaba de palabras y los labios le temblaron un momento y perdieron tono. 

Un segundo después su rostro delataba aquel cambio singular y horrible, como si adquiriese una especie de flácidez alrededor de los pómulos y creciese, creciese, de modo que yo recordé la angustiosa frase de Jamie. En aquel preciso segundo, yo adiviné que los emisarios de los dos reinos, el humano y el vegetal, se habían encontrado ya. 

Por primera vez en su larga carrera de medrar a costa ajena, míster Frene se veía enfrentado contra un reino más vasto de lo que suponía, y al descubrir esta realidad, se estremecía interiormente en aquella reducida porción que era su verdadera y auténtica persona. Advertía la llegada del enorme desastre.

—Sí, John —estaba diciendo, con aquella voz pausada, como felicitándose a sí mismo—, sir George me regaló ese coche; me lo dio para obsequiarme. ¿Verdad que fue un gesto encan...? —pero aquí se interrumpió bruscamente, balbució, tomó aliento, se puso en pie y miró, inquieto, a su alrededor. Por un segundo hubo una pausa sorprendida e incómoda. 

Fue como el chasquido que pone en marcha una enorme maquinaria, ese momento de pausa que precede al verdadero arranque. Luego, en verdad, todo sucedió con la velocidad de una máquina que rueda cuesta abajo y sin control. Yo pensé en una dinamo gigante que girase en silencio e invisible.

—¿Qué es aquello? —gritó con voz apagada y saturada de alarma—. ¿Qué es aquel horrible lugar? ¡Oh, además, alguien llora allí...! ¿Quién es?

Y señalaba el terreno desnudo. En seguida, antes de que nadie pudiera contestarle, se puso a cruzar el prado en aquella dirección, andando a cada instante con paso más rápido. Antes de que nadie pudiera moverse, había llegado al borde. Se inclinó... y fijó la mirada en el suelo.

Tuve la sensación de que transcurrían varias horas; pero en realidad fueron segundos; porque el tiempo se mide por la cualidad y no la cantidad de las sensaciones que contiene. Lo vi todo con detalle despiadado, fotográfico, grabado vivamente entre la confusión general. 

Ambos bandos desplegaban una tremenda actividad, aunque solo uno, el humano, ejercía toda su fuerza... en forma de resistencia. El otro se limitaba a extender, por así decirlo, un solo tentáculo de su vasta enorme fuerza potencial; no se precisaba más. Fue una victoria tranquila, fácil. ¡Ah, resultaba más bien lamentable! No hubo jactancia ni gran esfuerzo, en un bando al menos. 

Casi pegada a la vera del hombre, presencié la escena; pues parece que fui la única persona que se movió y le siguió. Nadie más dejó su puesto, aunque mistress Frene armaba un tremendo ruido con las tazas, realizando no sé qué impulsivos gestos con las manos, y Gladys, recuerdo, profirió un grito... como un pequeño alarido:

—¡Oh, madre, es el calor!, ¿verdad?

Míster Frene, el padre, estaba pálido como la ceniza, y mudo.

Pero en el mismo instante que yo llegaba al lado del tío Frank se vio claramente qué era lo que me había llevado allí tan instintivamente. Al otro lado, entre las hayas plateadas, estaba el pequeño Jamie. Estaba observando. 

Yo sentí —por él— uno de estos impulsos que estremecen el corazón; un miedo líquido recorrió todo mi ser, tanto más efectivo cuanto que era realmente ininteligible. Sin embargo, comprendía que si hubiera podido saberlo todo, y qué era lo que quedaba detrás, el miedo habría sido más justificado; comprendía que aquello era espantoso, estaba lleno de terror.

Y entonces sucedió —fue una visión verdaderamente perversa—, como el contemplar un universo en acción, contenido, no obstante, en una reducida superficie de terreno. Creo que el hombre comprendió vagamente que si alguien ocupara su puesto, quizá pudiera salvarse, y que este fue el motivo de que, discerniendo instintivamente el sustituto que tenía más fácilmente a su alcance, vio al niño y le llamó en voz alta, desde el otro lado del suelo desnudo:

—¡Jamie, hijo mío, ven acá!

Su voz fue como un disparo agudo, pero al mismo tiempo monótono y sin vida, como cuando un rifle falla el tiro; una voz seca pero débil, sin «estallido». En realidad era una súplica. Y, con profunda sorpresa, yo escuché mi propia voz, vibrando imperiosa y fuerte, aunque no tuviera consciencia de decir las palabras que estaba pronunciando:

—¡Jamie, no te muevas! ¡Quédate donde estás! —Pero Jamie, el pequeñín, no obedeció a ninguno de los dos. Se acercó todavía más al borde y se quedó plantado allí... ¡riendo! Yo escuchaba aquella risa; pero habría jurado que no procedía de él. Era la tierra, el trecho de suelo desnudo el que producía aquel sonido.

Míster Frene se volvió de costado, levantando los brazos. Vi su cara dura, descolorida, ensanchándose un poco, desparramarse por el aire y caer hacia el suelo. Y vi que, al mismo tiempo, le ocurría algo similar a toda su persona, porque se perdió en la atmósfera en un chorro de movimiento. 

Por un segundo, la cara me hizo pensar en esos juguetes de caucho de los que tiran los niños. Se hizo enorme. Aunque esto era solamente una impresión externa. Lo que sucedía realmente —lo comprendí con toda claridad— era que toda la vida y la energía que había absorbido de los demás durante años ahora se la quitaban y la transferían... a otra parte.

Por un momento, en el borde, se bamboleó horriblemente; luego, con aquel raro movimiento de costado, rápida pero desmañadamente, penetró en el centro del espacio desnudo y cayó pesadamente de bruces. Sus ojos, mientras caía, se apagaron de manera extraña, y por todo su rostro aparecía escrita, con claridad prístina, una expresión que yo ahora solo sabría calificar de destrucción. Se le veía completamente destruido. 

Capté un sonido —¿de Jamie?—, pero esta vez no era una carcajada. Era como una deglución; era un sonido bajo y apagado, profundamente hundido en la tierra. De nuevo pensé en unos escuadrones de caballitos negros alejándose al galope por un pasillo subterráneo, bajo mis pies, hundiéndose en las profundidades, y sus pisadas se iban debilitando más y más, enterrándose en la distancia. En mi olfato penetraba un fuerte olor de tierra.

Y luego... todo pasó. Volví en mí. Míster Frene, el menor, levantaba la cabeza de su hermano del prado donde había caído, junto a la mesa del té. En realidad no se había movido de allí. Y Jamie, según supe después, había estado todo el rato durmiendo arriba, en su cama, rendido por el llanto y la inexplicable alarma. Gladys vino corriendo con agua fría, esponja, toalla y también brandy..., en fin, multitud de cosas.

—Madre, ha sido el calor, ¿verdad? —Oí el murmullo de la niña; pero no la respuesta de la madre. A juzgar por su cara, habría dicho que, por su parte, mistress Frene estaba al borde del colapso. Luego vino el mayordomo, y entre todos levantaron al caído y le llevaron al interior de la casa. El tío Frank se recobró aun antes de que llegara el médico.

Pero lo que me extrañó mayormente fue la profunda convicción que tenía de que todos los demás habían visto lo mismo que vi yo, solo que ninguno dijo ni media palabra del suceso; ni la ha dicho nadie hasta el día de hoy. Y esto acaso fuera lo más horrendo de todo.

Desde aquel día hasta el de hoy, apenas oí nombrar jamás a míster Frene, el mayor. Pareció como si, súbitamente, hubiera desaparecido de este mundo. Los periódicos no le mencionaban. Por lo visto, sus actividades cesaron por completo. Sea como fuere, la vida que llevó luego se distinguió por su inanidad. Realmente, nunca hizo nada digno de la mención pública. Aunque también puede ser que, habiendo dejado de estar a las órdenes de mistress Frene, no tuviera yo ocasión alguna de enterarme de nada.

Sin embargo, la vida ulterior de aquel trozo estéril de jardín siguió un rumbo completamente distinto. Que yo sepa, los jardineros no procedieron a ninguna enmienda de su suelo, ni se abrió ningún desagüe, ni se trajo tierra nueva; pero ya antes de que me marchase yo, al verano siguiente, había cambiado. Permanecía inculto; pero poblado de grandes y lozanas hierbas y enredaderas, fuertes, bien alimentadas, reventando literalmente de vida.

La transferencia - Algernon Blackwood (Parte 1)

El niño empezó a llorar a primera hora de la tarde, a eso de las tres, para ser exacto. Recuerdo la hora porque había estado escuchando con secreto alivio el ruido de la partida del carruaje. Aquellas ruedas perdiéndose en la distancia por el paseo engravillado con mistress Frene y su hija Gladys, de la cual era yo gobernanta, significaban para mí unas horas de bendito descanso, y aquel día de junio hacía un calor opresivo, sofocante. 

Además, había que contar con aquella excitación que se había apoderado de todo el personal de la casa, allí en el campo, y muy especialmente de mí misma. Dicha excitación, que se propagaba delicadamente detrás de todos los acontecimientos de la mañana, se debía a cierto misterio, y, por supuesto, el tal misterio no se ponía en conocimiento de la gobernanta. 

Yo me había agotado a fuerza de suposiciones y vigilancia. Porque me dominaba una especie de ansiedad profunda e inexplicable, hasta tal punto que no dejaba de pensar ni un momento en lo que solía decir mi hermana de que yo era excesivamente sensitiva para resultar una buena gobernanta, y que habría dado mucho mejor rendimiento como clarividente profesional.

Para la hora del té, esperábamos la desacostumbrada visita de míster Frene, el mayor, el tío Frank. Eso sí lo sabía. También sabía que la visita tenía algo que ver con la suerte futura del pequeño Jamie, un niño de siete años, hermano de Gladys. Mis noticias no pasaban de aquí, en verdad, y ese eslabón que falta hace que mi relato sea, en cierto modo, incoherente... puesto que falta en él un trozo importante del extraño rompecabezas. 

Yo solo colegía que la visita del tío Frank tenía un carácter condescendiente, que a Jamie se le había recomendado que se portase lo mejor que supiera, a fin de causar buena impresión, y que Jamie, que no había visto nunca a su tío, le temía horriblemente ya de antemano. Luego, arrastrándose, mortecino, por entre el crujir, cada vez más débil, de las ruedas del carruaje sobre la gravilla, escuché el curioso gemidito del llanto del niño, produciendo el efecto, perfectamente inexplicable, de que todos los nervios de mi cuerpo se dispararon como movidos por un resorte eléctrico, poniéndome en pie con un inequívoco cosquilleo de alarma. 

El agua me caía sobre los ojos, literalmente. Recordaba la blanca aflicción del pequeño aquella mañana cuando le dijeron que el tío Frank vendría en su coche a tomar el té y que él había de ser «amable de veras» con el tío Frank. Aquella pena se me había clavado en el corazón como un cuchillo. Sí, ciertamente, el día entero había tenido ese carácter de pesadilla, de visiones terroríficas.

—¿El hombre de la «cara enorme»? —había preguntado el pequeño con una vocecita de espanto. Y luego había salido, mudo, de la habitación, disolviéndose en un llanto que ningún consuelo lograba calmar. He ahí todo lo que yo había visto; y lo que pudiera significar el niño con aquello de «la cara enorme» solo me llenaba de un vago presentimiento. 

Aunque en cierto modo vino como una relajación, como una revelación súbita del misterio y la excitación que latían bajo la quietud de aquel bochornoso día de verano. Yo temía por el pequeño. Porque entre toda la gente vulgar que poblaba la casa, Jamie era mi preferido, aunque profesionalmente no tuviera nada que ver con él. 

Era un niño muy nervioso, ultrasensible, y a mí se me antojaba que nadie le comprendía, y menos que nadie sus buenos y tiernos padres; de modo que su vocecilla plañidera me sacó de la cama y me llevó junto a la ventana en un momento, lo mismo que una llamada de socorro.

La calígine de junio se extendía sobre el extenso jardín como una manta; las maravillosas flores, que eran el deleite de míster Frene, colgaban inmóviles; los céspedes, tan suaves y espesos, amortiguaban todos los otros sonidos; solo las limas y las bolas de nieve zumbaban de abejas. 

A través de aquella atmósfera callada de calor y calígine el sonido del llanto del niño venía, flotando, débilmente hasta mis oídos, como desde una gran distancia. La verdad es que ahora me maravilla que lo oyese siquiera; porque un momento después veía a Jamie abajo, más allá del jardín, con el vestido blanco de marinero, solo, completamente solo, a unos doscientos metros de distancia. 

Estaba junto al feo espacio en el que no crecía nada: el Rincón Prohibido. Entonces me invadió repentinamente una debilidad, una flaqueza de muerte, al verle allí nada menos, allí precisamente... adonde no se le permitía nunca ir, y adonde, por otra parte, el más profundo terror solía impedirle ir. 

El verle plantado allí, solitario, en aquel punto singular, y sobre todo el oírle llorar en aquel rincón me despojaron momentáneamente del poder de actuar. Luego, antes de poder recobrar yo suficientemente la compostura para llamarle, míster Frene apareció por la esquina, viniendo de Lower Farm con los perros, y, al ver a su hijo, hizo lo que había pensado hacer yo. 

Con su voz potente, campechana, cordial, le llamó, y Jamie se volvió y echó a correr como si un determinado embrujo se hubiera roto en el último momento, en el instante preciso... El niño corrió hacia los abiertos brazos de aquel padre bondadoso, pero que no le comprendía, y que lo trajo adentro de la casa subido sobre los hombros, mientras le preguntaba a qué venía todo aquel alboroto. 

Pisándoles los talones seguían los perros de pastor, rabones, ladrando ruidosamente e interpretando lo que Jamie solía llamar el Baile de la Gravilla, porque con los pies levantaban la redonda, húmeda gravilla del suelo.

Yo me aparté prestamente de la ventana para que no me vieran. Si hubiera presenciado cómo salvaban al niño de un incendio, o de morir ahogado, apenas habría podido experimentar un alivio mayor. Solo que, estaba segura, míster Frene no sabría decir ni hacer lo que convenía, en modo alguno. 

Protegería al niño de sus vanas imaginaciones; pero no con la explicación que pudiera remediarle de verdad. Padre e hijo desaparecieron detrás de los rosales, en dirección a la casa. Y no vi nada más hasta después, cuando llegó el otro míster Frene, es decir, el hermano mayor.

Describir como «singular» aquel feo trozo de tierra acaso no se pueda justificar fácilmente; y, sin embargo, esta es la palabra que toda la familia buscaba, aunque nunca —¡oh, no, nunca!— la utilizaron. Para Jamie y para mí, si bien tampoco lo mencionáramos nunca, aquel paraje sin árboles ni flores era más que singular. 

Estaba situado en el extremo más distante de la preciosa rosaleda, y era un lugar desnudo, lacerado, donde la negra tierra mostraba su feo rostro en invierno, casi como un trozo de ciénaga peligrosa, y en verano se recocía y agrietaba con fisuras donde los lagartos verdes disparaban su fuego al pasar. 

En contraste con la esplendorosa lozanía de todo aquel jardín maravilloso, era como un atisbo de la muerte en medio de la vida, un centro de enfermedad que reclamaba que lo sanasen, si no querían que se extendiera. Pero nunca se extendió. Detrás se levantaba la densa espesura de hayas plateadas y, más allá, brillaba el prado del vergel, donde jugueteaban los corderos.

Los jardineros explicaban de una manera muy simple su desnudez. Decían que por culpa de las pendientes que formaba el terreno a su alrededor, el agua que caía allí corría y se marchaba inmediatamente, sin que quedara la necesaria para dar vida a la tierra. Yo no sé nada a este respecto. 

Era Jamie..., Jamie que percibía su hechizo y lo rondaba, que se pasaba horas enteras allí, a pesar de morirse de miedo, y para el cual se calificó finalmente aquel terreno de «estrictamente prohibido» porque estimulaba su ya muy desarrollada imaginación, pero no favorablemente, sino de manera demasiado tenebrosa..., 

Era Jamie quien enterraba ogros allí y oía gritar aquel suelo con voz terrena, y juraba que a veces, mientras lo estaba contemplando, su superficie temblaba, y, en secreto, le daba alimento, bajo la forma de pájaros, o ratones, o conejos que hallaba muertos en sus excursiones. Y era Jamie el que había expresado, con tan extraordinario acierto, la sensación que aquel horrible lugar me causó desde el primer instante que lo vi.

—Es malo, miss Gould —me dijo.

—Pero, Jamie, en la naturaleza nada hay malo..., precisamente malo; solo distinto de lo demás, a veces.

—Si usted prefiere, miss Gould, entonces está vacío. No está alimentado. Se está muriendo porque no puede procurarse el alimento que necesita.

Y cuando yo clavaba la mirada en aquella carita pálida donde los ojos brillaban tan negros y adorables, buscando en mi interior la réplica apropiada, él añadió con un énfasis y una convicción que me llenaron repentinamente de un frío glacial:

—Miss Gould... —él siempre utilizaba mi nombre de este modo, en todas sus frases—, «eso» tiene hambre. ¿No lo ve? Pero yo sé qué es lo que lo satisfaría.

Solo la convicción de un niño hablando muy en serio habría justificado, acaso, que se prestara oídos por un momento siquiera a una idea tan disparatada; pero para mí, que opinaba que aquello que un niño imaginativo creyera tenía verdadera importancia, vino como un tremendo y desazonador impacto de realidad. 

Jamie, a su manera exagerada, había cogido el filo de un hecho pasmoso; una insinuación de oscura, no descubierta verdad había saltado dentro de aquella imaginación sensitiva. No sabría decir por qué aquellas palabras estaban preñadas de horror; pero creo que una indicación del poder de las tinieblas cabalgaba a través de la sugerencia de la frase final: «yo sé qué es lo que lo satisfaría». Recuerdo que me abstuve, asustada, de pedir una explicación. 

Pequeños grupos de otras palabras, afortunadamente veladas por el silencio del niño, dieron vida a una posibilidad inexpresable que hasta el momento había permanecido oculta en el fondo de mi propia conciencia. Su manera de cobrar vida demuestra, creo yo, que mi mente seguía albergándola. La sangre huía de mi corazón mientras escuchaba. Recuerdo que me temblaban las rodillas. La idea de Jamie era, y había sido en todo momento, la misma que tenía yo también.

Y ahora, mientras permanecía tendida en la cama y pensaba en todo aquello, comprendía la causa de que la llegada del tío del niño implicase, fuera como fuere, una experiencia que envolvía el corazón del niño en un sudario de terror. 

Con una sensación de certidumbre de pesadilla que me dejaba demasiado débil para resistir la absurda idea, demasiado trastornada, en verdad, para discutirla o rechazarla a fuerza de razonamientos, esta certidumbre se abría paso con el estallido negro y poderoso de la convicción; y la única manera que tengo de ponerla en palabras, puesto que el horror de las pesadillas no se puede expresar de verdad, parece ser esta: que realmente en aquel trozo agonizante de jardín faltaba algo; faltaba algo que aquel suelo buscaba eternamente; algo que, una vez hallado y asimilado, lo volvería tan fértil y vivo como el resto; más aún, que existía una persona en el mundo que podía prestarle este servicio. Míster Frene, el mayor, en una palabra el «tío Frank», era la persona que, con su abundancia de vida, podía suplir aquella falta... inconscientemente.

Porque esta relación entre el moribundo, estéril trozo de terreno y la persona de aquel hombre vigoroso, sano, rico, triunfador, se había alojado ya en mi subconsciente aun antes de que yo me diera cuenta de ella. Era indudable, había de haber morado allí desde el principio, aunque escondida. 

Las palabras de Jamie, su repentina palidez, el emocionado vibrar de asustada expectación revelaron la placa; pero había sido su llanto, solo allí, en el Rincón Prohibido, lo que la impresionó. La fotografía brillaba, enmarcada delante de mí, en el aire. Me cubrí los ojos. De no haber temido el enrojecimiento —el hechizo de mi rostro desaparece como por ensalmo si no tengo los ojos despejados—, habría llorado. Las palabras que había pronunciado Jamie aquella mañana sobre la «cara enorme» volvieron a mi mente como un ariete.

Míster Frene, el mayor, había constituido tan a menudo el tema de las conversaciones de la familia; desde mi llegada, había oído hablar de él tantísimas veces y, por añadidura, había leído tantas cosas sobre su persona en los periódicos —su energía, su filantropía, los triunfos conseguidos en todo aquello que emprendió—, que me había formado un cuadro completo de aquel hombre. 

Le conocía tal como era interiormente; o, como habría dicho mi hermana, por clarividencia. Y la única vez que le vi, cuando llevé a Gladys a una reunión que presidía él, y más tarde percibí su atmósfera y su presencia mientras él hablaba, en tono protector, con la niña, justificó el retrato que me había trazado. 

Lo demás, acaso digan ustedes, era fruto de la imaginación desbocada de una mujer; pero yo más bien creo que se trataba de esa especie de intuición divina que las mujeres comparten con los niños. Si se pudieran hacer visibles las almas, apostaría la vida en favor de la realidad y la fidelidad del retrato que me había trazado.

Porque el tal míster Frene era un hombre que cuando estaba solo se quedaba alicaído, y adquiría vitalidad estando en medio de la gente... porque utilizaba la vitalidad de los demás. Era un artista supremo, si bien inconsciente, en la ciencia de apoderarse del fruto del trabajo y la vida de los otros... en provecho propio. 

Actuaba como un vampiro —sin saberlo él mismo, no cabe duda— sobre todos aquellos con quienes entraba en contacto; los dejaba exhaustos, cansados, inermes. Se alimentaba de lo de los demás; de manera que mientras en un salón lleno a rebosar brillaba y resplandecía, a solas, sin vida que absorber, languidecía y declinaba. 

Si uno se hallaba en la vecindad inmediata de aquel hombre sentía cómo su presencia se le llevaba todo lo que tuviera dentro: él se apoderaba de tus ideas, de tus energías, de tus mismas palabras, y luego las utilizaba para beneficio y engrandecimiento propios. No con maldad, por supuesto; era un hombre bueno de veras; pero uno sentía que resultaba peligroso a causa de lo fácilmente que absorbía toda la vitalidad suelta que encontrase a su entorno. 

Su voz, sus ojos, su presencia le desvitalizaban a uno. Parecía como si la vida no estuviera suficientemente bien organizada para resistir y hubiera de evitar la proximidad excesiva de aquel hombre, y tuviera que esconderse por miedo a que él se la apropiara, es decir, por miedo a... morir.

 

(CONTINUARÁ...)