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Un cadáver de más - Ellis Peters

Antes del amanecer de aquel lunes de agosto, los oficiales del rey desplegaron pequeñas partidas cerrando todos los caminos de salida de Shrewsbury. Dentro de las murallas de la ciudad, otros grupos de hombres armados aguardaban dispuestos a recorrer metódicamente todas las calles y registrar todas las casas. Tenían órdenes de hacer algo más que requisar caballos y víveres, aunque eso se haría sobre la marcha, y muy exhaustivamente, por cierto.

—Todo indica que la moza tiene que estar escondida por aquí cerca —dijo Prestcote, presentando su informe al rey—. El caballo que encontramos pertenece a los establos de FitzAlan y el joven que perseguimos hasta el Severn tenía sin duda un compañero que todavía no hemos localizado. Estando sola, la muchacha no puede haber llegado muy lejos. Todos vuestros consejeros coinciden en que Vuestra Alteza no puede dejar pasar la ocasión de apresarla. Adeney regresaría sin duda para rescatarla, ya que es su única hija. Es posible que incluso pudiéramos forzar el regreso de FitzAlan, que no querrá enfrentar la ignominia de dejarla morir.

—¿Morir? —repitió el rey, erizándose con cólera siniestra—. ¿Acaso es probable que yo le quite la vida a la muchacha? ¿Quién ha hablado de su muerte?

—Vistas las cosas desde aquí —replicó secamente Prestcote—, parece absurdo, pero, para un padre que espera ansioso buenas noticias, todo es posible. Vos no le causaríais el menor daño a la joven, naturalmente. Tampoco sería necesario causar daño a su padre y ni siquiera a FitzAlan, si les echarais el guante a los dos. Pero Vuestra Alteza debe hacer todo lo posible por impedir que se pongan al servicio de la emperatriz. Ya no es cuestión de vengarse por lo de Shrewsbury sino de tomar una medida acertada para preservar vuestras fuerzas y debilitar las del enemigo.

—Eso es muy cierto —reconoció Esteban sin excesivo entusiasmo. Su cólera y su odio habían dejado sitio a su natural bondad, por no decir pereza—. Aunque no estoy muy seguro acerca de usar a la muchacha para esos fines.

Recordó que prácticamente le había ordenado al joven Berengario que localizara a su prometida a cambio del favor real. Y que el joven, a pesar de haberle presentado respetuosa y esporádicamente sus respetos, jamás había mostrado excesivo celo en la búsqueda. Tal vez, pensó el rey, porque supo leer mis pensamientos mejor que yo mismo.

—No sería necesario causarle daño, y Vuestra Alteza evitaría tener que enfrentarse con las fuerzas leales a su padre, y tal vez incluso a las de su señor. Si podéis arrebatarle todas esas fuerzas al enemigo, os ahorraréis muchas dificultades y muchos de vuestros hombres os deberán la vida. No podéis permitiros el lujo de dejar pasar esta oportunidad.

El consejo era muy sensato, y el rey lo sabía. Las armas están donde uno las encuentra, y Adeney podría impacientarse todo lo que quisiera en su dorado encierro, una vez lo hubieran capturado.

—¡Muy bien! —dijo Esteban—. Realizad una búsqueda exhaustiva.

Los preparativos fueron ciertamente muy minuciosos. Adam Courcelle descendió sobre la puerta principal de la abadía con una compañía de flamencos. Guillermo Ten Heyt estableció un puesto de guardia en San Gil para interrogar a todos los jinetes y registrar todos los carros que intentaran abandonar la ciudad; su lugarteniente colocó centinelas en todos los caminos y los posibles puntos de cruce del río. 

Courcelle tomó posesión, con gran cortesía no exenta de firmeza, de la caseta de vigilancia de la abadía y ordenó que cerraran las puertas a todos los que intentaran entrar o salir. Faltaban unos veinte minutos para prima y ya era de día. Apenas hubo ruido, pero el prior Roberto vio desde el dormitorio una insólita agitación en la caseta de vigilancia, a la cual daba la ventana de su celda, y bajó presuroso para ver qué ocurría.

Courcelle le hizo una reverencia que no engañó a nadie y pidió respetuosamente unos privilegios que ya estaba autorizado a tomarse, tal como todo el mundo sabía. Pese a ello, su amabilidad sirvió para aplacar en parte la indignación del prior.

—Mi señor, Su Alteza el rey Esteban, me ordena exigir libre entrada a todos los lugares de vuestra casa, un diezmo de vuestras provisiones para las necesidades de Su Alteza y todos los caballos que todavía no estén en poder de su ejército. También he recibido el encargo de registrar y hacer interrogatorios en todas partes, en busca de la doncella llamada Godith, hija del traidor Fulke Adeney, la cual se cree que permanece todavía oculta en Shrewsbury.

El prior Roberto arqueó una fina ceja plateada y deslizó la mirada por una larga nariz aristocrática.

—No esperaréis encontrar a semejante persona dentro del recinto de nuestra abadía, supongo. Os aseguro que no hay nadie de tales características en la hospedería, que es el único lugar donde se la podría encontrar sin desdoro.

—Será una mera formalidad, os lo garantizo —dijo Courcelle—, pero cumplo órdenes y no puedo tratar más favorablemente una casa que otra.

Unos hermanos legos y un par de muchachos de mirada soñolienta y asustada contemplaban la escena desde cierta distancia. El maestro de novicios acudió para acompañarlos de nuevo a sus cuartos, pero, una vez allí, se quedó a escuchar con ellos.

—El abad debe ser informado de inmediato —dijo el prior Roberto con admirable aplomo, dirigiéndose hacia los aposentos del abad Heriberto.

A su espalda, los flamencos cerraron las puertas y montaron guardia antes de dirigir su atención a los establos y los graneros.

Fray Cadfael, que durante dos noches seguidas se había perdido las primeras horas de sueño, permaneció durmiendo durante el revuelo inicial de la invasión y solo se despertó cuando la campana tocó llamando a prima, demasiado tarde para hacer otra cosa que no fuera vestirse a toda prisa y bajar a la iglesia con el resto de los hermanos. 

Únicamente cuando oyó los susurros que pasaban de uno a otro y vio las puertas cerradas, observó a los flamencos montando guardia y a los novicios con los ojos abiertos como platos. El rumor de cascos de caballos en los establos le indicó que, por una vez, los acontecimientos se le habían adelantado, arrebatándole la iniciativa de las manos. 

Entre los asustados y nerviosos novicios congregados en la iglesia no vio el menor rastro de Godith. Tan pronto como terminó el rezo de prima, Cadfael corrió a la cabaña del herbario. La puerta no tenía la aldaba corrida y estaba abierta; las hierbas secas, los morteros y las redomas se encontraban en perfecto orden, las mantas se habían retirado del banco que servía de cama, y un cestillo de lavanda recién cortada y uno o dos frascos de medicamentos aparecían inocentemente colocados junto a él. 

Godith no estaba en la cabaña ni en el huerto ni en los campos de guisantes a la orilla del arroyo, donde los tallos secos amontonados, tan pálidos como el lino, aguardaban ser trasladados a los graneros para mezclarse con el heno. 

Tampoco se veía la menor traza del gran fardo envuelto en sacos y ahora probablemente húmedo, que seguramente habría pasado la noche debajo del montón de tallos secos, ni tampoco de la pequeña embarcación cuidadosamente cubierta, que hubiera debido estar volcada encima de él. El bote, el tesoro de FitzAlan y Godith habían desaparecido como por ensalmo.

Godith despertó poco antes de prima, consciente de la enorme responsabilidad que ahora pesaba sobre ella, y salió sin excesivo temor para ver qué ocurría en la caseta de vigilancia. Aunque todo se hizo en silencio y con la mayor discreción, su mente se inquietó un poco ante el insólito sonido de aquellas voces, carentes de la decorosa serenidad propia de los monjes benedictinos. 

Estaba a punto de salir del huerto cerrado cuando vio a los flamencos desmontando y cerrando las puertas, y a Courcelle acercándose al prior. Se quedó helada al escuchar pronunciar su propio nombre con tanta frialdad. Si hicieran un registro exhaustivo, la encontrarían. Interrogada junto con los novicios, bajo todas aquellas miradas hostiles, no podría interpretar su papel. 

Y, si la encontraran a ella, tal vez ampliarían la búsqueda y localizarían también lo que tenía a su cargo. Además, tenía que proteger a fray Cadfael y a Toroldo. Éste había regresado fielmente al molino tras acompañarla a casa con el tesoro. La víspera, sintió deseos de quedarse con él, pero ahora se alegraba de que el Gaye le separara de aquella alarma matutina y de que el joven tuviera un tupido bosque a su espalda y unos rápidos sentidos que le permitirían captar en seguida las señales de alarma, induciéndole a escapar sin la menor dilación.

La víspera fue como un alegre y atrevido sueño de inenarrable dulzura, durante el cual contuvieron la respiración mientras Cadfael se alejaba del puente, seguido por su sombra, y soltaron la amarra de la pequeña embarcación, izaron las alforjas que chorreaban agua, las envolvieron en sacos secos para que se parecieran al fardo de Cadfael, tomaron con sus manos la cadena y la apartaron del embarcadero de piedra para que no se oyera el menor ruido. 

Después remaron corriente arriba hasta rodear los campos de guisantes. «Esconded también la barca», les dijo Cadfael, «porque la necesitaremos mañana por la noche si se nos presenta la ocasión». La aventura de la víspera fue un sueño, pero aquella mañana era el despertar, y en aquel momento ella necesitaba la barca.

No tenía la menor posibilidad de reunirse con fray Cadfael para recibir órdenes, tenía que sacar inmediatamente de allí lo que guardaba y no podía salir por las puertas. Nadie podía indicarle lo que tenía que hacer, y la responsabilidad era exclusivamente suya. Por suerte, no era probable que los flamencos saquearan los huertos antes de registrar los establos, los graneros y las despensas. Todavía le quedaba un poco de tiempo.

La muchacha regresó rápidamente a la cabaña. Dobló las mantas y las escondió debajo del banco detrás de una hilera de redomas y morteros, deshizo la cama convirtiéndola en un simple estante donde colocar frascos y dejó la puerta abierta de par en par para que penetrara la inocente luz del día. 

Después se dirigío hacia el montón de tallos secos, sacó la embarcación de su escondrijo junto con el fardo y, gracias a que la suave pendiente del campo estaba cubierta de tallos y a que la barca era muy ligera, consiguió empujarla sin dificultad hacia el arroyo. La dejó varada, regresó por el tesoro, lo arrastró hacia la orilla y lo izó a bordo.

Hasta la víspera, nunca había estado en una embarcación semejante, pero Toroldo le enseñó a utilizar el remo y la suave corriente del arroyo le facilitó la labor.

Ya sabía lo que tenía que hacer. No tendría ninguna posibilidad de escape en caso de que bajara corriente abajo hacia el Severn; habría hombres vigilando en el camino principal, el puente e incluso a lo largo de las orillas. Sin embargo, a escasa distancia de donde ella se encontraba, había, un poco a la derecha, un ancho canal que llegaba hasta el estanque del principal molino de la abadía, cuyo canal, tras pasar por el estanque de la abadía y los estanques de los peces, hacía girar la rueda y se vaciaba de nuevo en el estanque para regresar al riachuelo y acompañarlo hasta el río. 

Más allá del molino, se encontraban alineadas las tres casas para huéspedes con sus jardincitos que llegaban hasta la orilla, mientras que otras tres semejantes protegían el estanque de la vista desde el otro lado. La casa al lado del molino era la que ocupaba Aline Siward. Courcelle había dicho que buscaría a la fugitiva por todas partes, pero si en el recinto monacal había algún lugar que no recibiría de él más que una visita de cumplido, ése sería donde se alojaba Aline.

«¿Qué importa que pertenezcamos a bandos contrarios?», pensó Godith, remando torpe pero obstinadamente para rodear la curva y adentrarse en el ancho canal. «No es posible que me arroje a los lobos con esa cara tan angelical que tiene. Pero ¿de veras pertenecemos a bandos contrarios? ¿No estaremos las dos en ambos bandos? Mi padre se juega la vida y las tierras por la emperatriz, pero no creo que a ella le importe lo más mínimo lo que le suceda a él o a los suyos, siempre y cuando consiga salirse con la suya. Estoy segura de que su hermano era para Aline mucho más importante de lo que jamás pueda ser el rey Esteban, y yo me preocupo más por mi padre y por Toroldo que por la emperatriz Matilde. Ojalá el hijo del viejo rey no se hubiera ahogado durante el horrible naufragio de aquel barco, ya que, en tal caso, ahora no habría discusiones sobre derechos hereditarios y tanto Esteban como Matilde se hubieran quedado en sus respectivos castillos y nos hubieran dejado a todos en paz».

El molino se levantaba a la derecha, pero su rueda no giraba y el agua del canal fluía libremente hacia el estanque para regresar al arroyo junto con las lentas contracorrientes de la otra orilla. En aquel punto la orilla tenía una altura de unos tres palmos para ofrecer la mayor cantidad de terreno posible a los pequeños huertos. 

Sin embargo, si primero conseguía izar el fardo hasta la orilla, Godith estaba segura de que después podría arrastrar la barca a tierra. Se agarró a la raíz de un sauce llorón que sobresalía del agua y amarró a ella la embarcación antes de intentar levantar el tesoro hasta la herbosa orilla. El fardo era muy pesado para ella, pero la joven lo tomó al través y lo sujetó con los brazos. 

A duras penas consiguió alcanzar el nivel de la orilla sin inclinar demasiado la embarcación. El fardo permaneció estable y, mientras lo sujetaba con ambos brazos, la joven sintió que las lágrimas asomaban por primera vez a sus ojos y le bajaban por las mejillas.

«¿Por qué», se preguntó en un súbitamente acceso de rebeldía, «me tomo tantas molestias por esta basura, si lo único que me importa es mi padre y Toroldo? ¡Y también fray Cadfael! Lo decepcionaría si dejara caer este peso al fondo del estanque después de lo mucho que se ha esforzado. Debo seguir adelante. Toroldo está empeñado en cumplir la tarea que le encomendaron. Eso vale más que el oro. ¡Este fardo no es lo más importante!».

La muchacha se pasó una mano impaciente y mugrienta por las mejillas y los ojos, e intentó encaramarse a la orilla, lo cual no era nada fácil porque la embarcación tendía a desplazarse bajo sus pies a lo largo de la cuerda de amarre. 

Cuando, al final, consiguió subir a la orilla, soltando maldiciones en lugar de llorar, no pudo tirar de la barca hacia arriba y temió agujerearla con las raíces melladas. La tendría que dejar allí. Se tendió boca abajo, acortó el amarre e hizo un fuerte nudo. Después arrastró la detestada pesadilla hasta la casa y aporreó la puerta.

Abrió Constanza. Godith se percató de que apenas eran las ocho de la mañana. Aline tenía por costumbre asistir a misa de diez y tal vez aún no estaría levantada. Pero, al parecer, el revuelo que reinaba en la abadía había llegado hasta aquel apartado rincón porque Aline ya estaba levantada y vestida y salió inmediatamente a ver qué sucedía.

—¿Qué ocurre, Constanza? —al ver a Godith tan sucia, desgreñada y sin aliento, apoyada en un gran fardo que había dejado en el suelo, se acercó con inocente solicitud—. ¡Godric! ¿Qué te pasa? ¿Te ha enviado fray Cadfael? ¿Ocurre algo malo?

—¿Conocéis a este mozo, señora? —le preguntó Constanza, sorprendida.

—Le conozco, es el ayudante de fray Cadfael, hemos hablado algunas veces —Aline estudió a Godith de pies a cabeza, vio las huellas de las lágrimas y la agitación de su pecho, y apartó rápidamente a su doncella en cuanto distinguió los signos de la desesperación, aunque éstos no fueran muy patentes—. ¡Entra, por favor! Deja que te ayude a llevar tus cosas. ¡Cierra la puerta, Constanza!

Ya estaban a salvo en el interior de aquella casa de paredes de madera, a través de una de cuyas ventanas abiertas penetraba a raudales la luz del sol matutino.

Ambas jóvenes se miraron, Aline con un precioso vestido azul y el cabello dorado enmarcándole el rostro como una nube, y Godith con una arrugada chaqueta parda que le estaba demasiado grande y unos calzones que le sentaban muy mal, el corto cabello desgreñado y el rostro desencajado y sucio de tierra, hierbas y sudor.

—He venido para pediros refugio —dijo Godith con toda naturalidad—. Me buscan los soldados del rey. Valdré mucho para ellos, si me encuentran. No soy Godric sino Godith. Godith Adeney, la hija de Fulke Adeney.

Aline contempló conmovida el bello rostro ovalado y las raídas prendas que cubrían las delicadas extremidades. Después miró de nuevo el desafiante rostro y se le iluminaron los ojos.

—Será mejor que os ocultéis en mi dormitorio —dijo, dando un vistazo a la ventana abierta—. Allí nadie os molestará… y podremos hablar libremente. Sí, traed vuestras pertenencias, os ayudaré a llevarlas.

El tesoro de FitzAlan fue trasladado por manos femeninas a la estancia interior donde ni siquiera Courcelle, y tanto menos otro hombre, se atrevería a entrar. Aline cerró suavemente la puerta mientras Godith se sentaba en un escabel junto a la cama, sintiendo por primera vez que todas sus inquietudes empezaban a desvanecerse. Después, apoyó la cabeza en la pared y miró a Aline.

—¿Os dais cuenta, señora, de que se me considera enemiga del rey? No quisiera poneros en peligro. Tal vez os sintáis en la obligación de entregarme.

—Sois muy honrada —dijo Aline— y tened la certeza de que no me pondréis en peligro. Ni siquiera estoy muy segura de que el rey me lo agradeciera, aunque sí estoy segura de que Dios no. Además, sé que nunca podría tener la conciencia tranquila. Podéis descansar tranquilamente aquí. Constanza y yo nos encargaremos de que nadie se acerque a vos.

Fray Cadfael se mostró muy tranquilo durante el rezo de prima, la primera misa conventual y la abreviada reunión del capítulo. Pero en realidad se estaba devanando los sesos y se mordía los nudillos, pensando en la inexplicable necedad que le había llevado a quedarse dormido mientras las fuerzas hostiles se cerraban a su alrededor. 

Las puertas estaban cerradas y no había modo de salir de allí. No podía pasar, y estaba seguro de que Godith tampoco habría pasado por allí. No había visto soldados en la otra orilla del río, aunque no cabía duda de que estaría vigilada. En caso de que Godith hubiera tomado la embarcación, ¿adónde habría ido? Corriente arriba, no, porque el arroyo resultaba visible durante un buen trecho y, más adelante, el lecho era demasiado pedregoso e irregular para surcarlo con aquella barca. 

Estaba esperando de un momento a otro el grito que anunciara su captura, pero cada minuto que transcurría sin que se escuchara semejante grito era un bálsamo de alivio para él. La joven no era tonta y, al parecer, había escapado, pero cualquiera sabía adónde, cargada con el tesoro que intentaban conservar y enviar a su destino.

En el capítulo, el abad Heriberto pronunció unas breves y desilusionadas palabras para explicar la invasión de la abadía, aconsejando a los monjes que obedecieran las órdenes de los soldados del rey con dignidad y fortaleza y que procuraran cumplir con sus obligaciones cotidianas con toda la fidelidad posible. 

Ser privados de los bienes de este mundo no debería ser más que una agradable disciplina para aquellos que aspiraban a los bienes del más allá. Por lo que respectaba a su propia cosecha, fray Cadfael podía estar tranquilo dado que no era muy probable que el rey le exigiera el diezmo de sus hierbas y remedios, aunque tal vez agradeciera una o dos garrafas de vino. El abad los despidió, rogándoles encarecidamente que se dedicaran a sus respectivas tareas hasta la misa mayor de las diez.

Fray Cadfael regresó a los huertos y se entretuvo en pequeñas labores que le permitieran pensar en otra cosa. Godith tal vez había vadeado el arroyo en pleno día para esconderse en el bosque. Sin embargo, no era posible que se hubiera llevado el fardo del tesoro porque pesaba demasiado para ella. Seguramente se habría alejado con el tesoro y la embarcación para que no hubiera ninguna prueba de actividades irregulares.

Cadfael estaba seguro de que no había llegado hasta la confluencia del río, pues en tal caso la hubieran capturado antes. Cada momento que transcurría sin que se recibieran malas noticias era un nuevo rayo de esperanza. Dondequiera que estuviera, la joven necesitaría ayuda.

Además, no podía olvidar a Toroldo, oculto más allá de los campos de labor en aquel molino abandonado. ¿Se habría percatado a tiempo del significado de aquellas señales y habría conseguido esconderse en el bosque? Cadfael lo deseaba con toda su alma. Entretanto, no podía hacer otra cosa que esperar. 

En caso de que cesara la persecución antes de que finalizara el día y al anochecer él pudiera encontrar a los dos jóvenes, procuraría por todos los medios que emprendieran viaje hacia el oeste aquella misma noche. 

Tal vez las circunstancias fueran favorables dado que el recinto de la abadía ya habría sido registrado concienzudamente, los soldados estarían cansados y deseosos de olvidar su vigilancia, la comunidad se hallaría totalmente entregada a la tarea de comparar notas para establecer lo que los soldados les habían arrebatado y los monjes estarían rezando fervientes oraciones de acción de gracias por el término de aquella prueba.

Cadfael se encaminó hacia el patio para asistir a misa. Los carros del ejército estaban siendo cargados de sacos de cereales procedentes del granero, y los flamencos entraban y salían constantemente de los establos. 

Los apurados huéspedes, que se quedarían a mitad de viaje sin caballos, suplicaban en vano que no se llevaran sus monturas, pero todo era inútil salvo en los casos en que alguien pudiera demostrar que ya estaba al servicio del rey. Solo los pobres jamelgos corrieron mejor suerte. Los soldados también requisaron uno de los carros de la abadía con sus mulos correspondientes, y lo cargaron de trigo.

Cadfael observó que algo extraño ocurría en las puertas. Las grandes puertas destinadas a los carruajes estaban cerradas y vigiladas, pero alguien había tenido la serena osadía de llamar al portillo, pidiendo entrar. 

Puesto que podía tratarse de alguien de los suyos, un correo del puesto de guardia de San Gil o bien del campamento real, el portillo se abrió y, en el estrecho espacio, apareció la recatada figura de Aline Siward, con el devocionario en la mano y el cabello dorado modestamente cubierto por la toca y el velo blanco de luto.

—Tengo permiso —dijo la joven con dulzura— para entrar en la iglesia —al ver que los guardias no entendían el inglés, repitió amablemente la frase en francés.

Los soldados no querían franquearle la entrada y estaban dispuestos a cerrarle la puerta en las narices cuando uno de los oficiales observó la discusión y se acercó a toda prisa.

—Tengo permiso de mi señor Courcelle para asistir a misa —repitió pacientemente Aline—. Me llamo Aline Siward. Si lo dudáis, preguntádselo, y él mismo os lo dirá.

Al final, consiguió hacer valer su privilegio y, tras un rápido intercambio de palabras, se abrió el portillo de par en par y los soldados se apartaron para franquearle la entrada. La joven cruzó el gran patio como si allí no ocurriera nada y se encaminó hacia el claustro y la puerta sur de la iglesia. 

Pero aminoró la marcha al ver que fray Cadfael se abría paso entre los soldados y los viajeros que protestaban, para cruzarse en su camino junto al porche. Aline le saludó modestamente delante de todo el mundo, pero, en el momento en que ambos estaban más cerca, le susurró:

—Tranquilizaos, Godric está a salvo en mi casa.

—¡Gracias a Dios y también a vos! —contestó Cadfael, suspirando—. Cuando oscurezca, iré por ella —aunque Aline había utilizado el nombre masculino, el monje adivinó por su leve sonrisa que la referencia femenina no constituía ninguna sorpresa para ella—. ¿Y la embarcación? —preguntó en un susurro.

—Preparada al final de mi jardín.

La joven entró en la iglesia y Cadfael, con el corazón súbitamente aliviado, se fue decorosamente a ocupar su lugar en la procesión de monjes.

Sentado en la rama de un árbol en el lindero del bosque situado al este del castillo de Shrewsbury, comiéndose los restos de pan que llevaba y un par de manzanas verdes robadas de un árbol de la abadía, Toroldo miró hacia el oeste al otro lado del río y no solo vio la gran roca de las murallas y torres del castillo sino también, un poco más a la derecha, apenas visibles por encima de las copas de los árboles, las tiendas del campamento real. A juzgar por la cantidad de gente que había en el monasterio y la ciudad, en aquellos momentos el campamento debía de estar casi vacío.

El cuerpo de Toroldo había soportado muy bien aquel repentino ajetreo, para su gran satisfacción y también, ¿por qué no decirlo?, para su sorpresa. Su mente, en cambio, se resentía bastante. 

Aunque no había caminado mucho ni hecho demasiado ejercicio, aparte encaramarse al frondoso árbol, estaba muy complacido por la respuesta de sus dañados músculos y la cicatrización de la herida del muslo, que apenas le dolía, y la del hombro, que no estaba roto ni le impedía el uso del brazo. Su mente, por el contrario, estaba inquieta y preocupada por Godith, el hermanito súbitamente transformado en una criatura medio hermana y medio otra cosa. 

Confiaba en fray Cadfael, por supuesto, pero no podía cargar todo el peso de la responsabilidad sobre unos hombros enclaustrados, por muy anchos y fuertes que fueran. Aunque estaba furioso y angustiado, Toroldo siguió comiendo las manzanas robadas. Tendría que estar bien alimentado para resistir el esfuerzo.

Una compañía de vigilancia recorría metódicamente la orilla del Severn. Él no se atrevía a moverse hasta tanto no se retiraran hacia la abadía y el puente. Aún no sabía qué rodeo tendría que dar por las afueras de la ciudad para eludir el cerco real.

Le despertaron unos inequívocos sonidos desde el puente, lo bastante fuertes como para interrumpir su sueño. Muchos, muchísimos hombres a pie y a caballo, anunciaban su presencia y su paso por un arco de piedra sobre el agua. Los ecos combinados fueron transportados por la corriente, desde la madera del molino y los canales de agua que lo alimentaban, hasta sus inquietos oídos. 

El sobresalto le indujo a vestirse instintivamente, y antes de asomarse a mirar recogió todo lo que hubiera podido delatar su presencia. Vio cómo las compañías se desplegaban en abanico al final del puente y ya no quiso ver nada más porque comprendió que la situación era muy peligrosa. 

Eliminó todas las huellas de su estancia en el molino, arrojando al agua lo que no pudo llevar consigo. Cruzó los límites de las tierras de la abadía y se alejó de la compañía que avanzaba a lo largo de la orilla del río, hasta alcanzar el lindero del bosque que se extendía al otro lado del castillo.

No sabía para quién o para qué se había decretado aquella batida, pero sabía muy bien quién podía quedar atrapado en ella, por lo que su único propósito en aquel momento era reunirse con Godith dondequiera que estuviera, interponerse entre ella y el peligro. Y, a ser posible, llevársela desde allí a Normandía, donde estaría a salvo.

A lo largo de la orilla, los hombres se separaron para batir el terreno a través de los arbustos donde Godith le había encontrado. Ya habían registrado el molino abandonado en el que, gracias a Dios, no habían hallado ninguna huella. Ahora que ya casi los había perdido de vista, Toroldo bajó del árbol para adentrarse más profundamente en el bosque. 

Desde el puente hasta San Gil, el camino real que conducía a Londres estaba flanqueado por tiendas y casas a las que no debía acercarse. ¿Sería mejor seguir hacia el este y cruzar el camino más allá de San Gil, o bien esperar y regresar por donde había venido, una vez cesara el tumulto? Lo malo era que no sabía cuándo iba a ocurrir tal cosa y la angustia que sentía por Godith era casi insoportable. 

Seguramente tendría que seguir hasta más allá de San Gil antes de atreverse a cruzar el camino; aunque allí el arroyo ya no sería un obstáculo, cuando se acercara al lugar situado enfrente en los huertos de la abadía, correría un grave peligro. 

Podría esperar en el escondrijo más cercano que encontrara, pasar a los campos de guisantes a la primera ocasión que se le presentara y, desde allí, si todo estaba tranquilo, dirigirse al herbario, que no conocía, y a la cabaña donde Godith había dormido las últimas siete noches. 

Sí, mejor seguir adelante y dar un rodeo. Si retrocediera, tendría que atravesar el puente, donde habría soldados hasta el atardecer y probablemente durante toda la noche.

A pesar de su impaciencia, el joven tuvo que actuar con mucha precaución. El repentino asalto había asustado e indignado a la población, y Toroldo tenía que procurar que no le vieran puesto que era un joven desconocido en un lugar donde todos los vecinos eran como de la familia y cualquier forastero suscitaba actitudes desafiantes nacidas del temor. Varias veces tuvo que esconderse hasta que pasara el peligro.

Quienes vivían cerca del camino y habían sufrido los primeros sobresaltos se escondían donde podían. Quienes cuidaban diariamente del ganado o cultivaban las tierras lejos del camino oyeron el tumulto y se acercaron para averiguar qué ocurría. 

Atrapado entre esas dos mareas, Toroldo pasó un día terrible, pero, al final, consiguió superar el inflexible y brutal puesto de guardia de Guillermo Ten Heyt que, para entonces, ya había requisado una considerable cantidad de bienes y una docena de magníficos caballos. 

Allí terminaban las últimas casas de la ciudad y empezaban los campos y las aldeas. Más allá del puesto de guardia, el tráfico era muy escaso. Toroldo cruzó el camino y se ocultó una vez más entre los arbustos que crecían por encima del arroyo. Desde allí, analizó el terreno.

En ese lugar el arroyo tenía dos brazos porque el canal del molino recibía sus aguas a través de una esclusa construida algo más arriba. Las dos cintas plateadas brillaban ahora bajo un sol que estaba empezando a declinar hacia el oeste. Ya casi debía ser la hora de vísperas. ¿Habría terminado el rey Esteban de registrar la abadía y saquear todo Shrewsbury?

Aquella parte del valle era angosta y empinada, por lo que nadie había construido en ella ningún edificio, prefiriendo dejar la hierba para las ovejas. Toroldo se deslizó hacia la bifurcación, superó fácilmente de un salto el canal del molino y se acercó al arroyo, saltando de piedra en piedra. 

Después echó a andar orilla abajo, pasando de un escondrijo a otro, hasta que, hacia la hora de vísperas, llegó a los suaves prados que se extendían al otro lado de los campos de guisantes de fray Cadfael. Allí el terreno era demasiado abierto y el joven tuvo que apartarse del arroyo y buscar entre los matorrales un escondrijo desde donde examinar el panorama. 

Distinguió los tejados de los edificios de la abadía por encima de los muros del huerto, y el tejado y el alto campanario de la iglesia, pero no vio nada de lo que ocurría en el recinto del monasterio. Todo parecía muy tranquilo, los pálidos campos de la ladera ya despojados de sus cosechas, el montón de rastrojos donde Godith ocultó la barca y el tesoro diecinueve horas antes, el muro rojizo del huerto más allá del tejado inclinado del granero. 

Tendría que esperar a que anocheciera, o bien correr el riesgo de cruzar el arroyo hasta el montón de paja del otro lado a la primera oportunidad que se le presentara. Por allí pasaba de vez en cuando alguna persona dedicada a sus quehaceres, un pastor dirigiendo su rebaño a los pastizales, una mujer que volvía a casa tras recoger setas en el bosque, dos niños con unas ocas. 

Hubiera podido cruzarse con ellos y saludarles sin que nadie le hiciera el menor caso, pero no hubiera podido cruzar el vado y entrar en los huertos de la abadía sin despertar sospechas. Eso hubiera llamado la atención. Además, desde el otro lado de los huertos, aún se oían rumores insólitos, gritos, órdenes y chirridos de carros y arneses. 

Por si fuera poco, un hombre a caballo recorría los prados algo más abajo como si vigilara la única salida no amurallada de la abadía. Parecía tomarse su misión con bastante calma. Un solo hombre, pero era más que suficiente. Le hubiera bastado con gritar o silbar para que inmediatamente se acercara una docena de flamencos.

Toroldo se agachó entre los arbustos y le vio acercarse. El caballo era grande y musculoso, pero no muy bonito, con manchas entre crema y gris oscuro. El jinete era un joven de cabello negro y tez aceitunada, con el rostro enjuto y un porte extremadamente arrogante. 

Fue precisamente su gesto altanero y el curioso color de su caballo lo que llamó la atención de Toroldo. Era la misma montura que había visto al amanecer, encabezando la compañía de soldados junto a la orilla del río; y aquel hombre fue el que primero desmontó para registrar el molino abandonado donde Toroldo se ocultaba. 

Después aparecieron unos seis hombres a pie para colaborar en la tarea de búsqueda, pero él se alejó al trote y los dejó rezagados. Toroldo estaba seguro de su identidad y tenía sobradas razones para extremar la cautela. Temía que, a pesar de todas sus precauciones, los soldados hubieran descubierto algún detalle que despertara sus sospechas. 

Eran el mismo caballo y el mismo hombre. Ahora el jinete cabalgaba corriente arriba con aparente negligencia, pero Toroldo no se fiaba. Aquel hombre lo veía todo, a pesar de su mirada displicente y lánguida.

Sin embargo, en aquellos momentos se encontraba de espaldas y no había nadie en los campos. Si se alejara un poco más, Toroldo intentaría cruzar el arroyo. Aunque se equivocara en el cálculo y se mojara, no podría ahogarse en tan poca agua, y la noche sería muy templada. Tenía que intentarlo y llegar hasta la cabaña de Godith para asegurarse de que nada le había ocurrido.

El oficial del rey siguió adelante hasta el límite del terreno llano sin volver la cabeza ni una sola vez. Ninguna criatura se movió. Toroldo se levantó, atravesó de carrerilla la franja de prado, cruzó el arroyo tanteando instintivamente con los pies, y emergió a los pálidos campos del otro lado. 

Después se escondió en el montón de rastrojos como un topo oculto en la tierra. En medio de la agitación de aquel día, no le sorprendió que la barca y el fardo hubieran desaparecido, y tampoco tuvo tiempo de pararse a pensar si aquello era un buen o un mal presagio. 

Extendió los tallos secos a su alrededor como si fueran una rígida sábana de color marfil entretejida de sol y calor, y se tendió temblando sin dejar de atisbar, a través de los rastrojos, el sereno paso de su enemigo al otro lado del arroyo.

De pronto, el hombre se detuvo con su caballo y miró corriente abajo, como si un escozor en los pulgares le hubiera advertido de algún peligro. Permaneció inmóvil unos minutos y después inició el camino de vuelta con tanta suavidad como el de ida.

Toroldo contuvo la respiración y le vio acercarse. No se daba prisa sino que cabalgaba con ociosa inocencia como si no tuviera nada mejor que hacer, aparte del repetido paseo arriba y abajo para pasar el rato. Sin embargo, al llegar a la altura de los campos de guisantes, se detuvo y miró hacia el otro lado del arroyo, clavando los ojos en el montón de tallos secos. 

A Toroldo le pareció ver una leve sonrisa en su rostro moreno e incluso un pequeño movimiento de la mano semejante a un saludo. ¡Debían ser figuraciones suyas! El jinete reanudó su paseo corriente abajo, contemplando el canal del molino y su confluencia con el río. No volvió la mirada hacia atrás ni una sola vez.

Toroldo permaneció tendido bajo la ingrávida manta de paja, hundió su cabeza cansada entre los brazos, y las caderas en la suave tierra. Se quedó dormido de puro agotamiento. Cuando despertó, ya estaba oscureciendo y todo seguía tranquilo. 

El joven prestó atención un buen rato y después se movió a rastras y subió furtivamente por la pálida ladera hasta los huertos de la abadía, avanzando en solitario entre la miríada de soleadas fragancias de las hierbas de Cadfael. Localizó la cabaña con la puerta hospitalariamente abierta de par en par y atisbó casi con temor el tibio silencio y la luz del interior.

—¡Loado sea Dios! —exclamó fray Cadfael, levantándose del banco para saludarle—. Pensé que vendríais y cada media hora más o menos he estado saliendo a mirar. Finalmente, os tengo aquí. Sentaos y desahogad vuestro corazón, ¡hemos salido bastante bien librados!

En tono apremiante, Toroldo hizo la única pregunta que le importaba:

—¿Dónde está Godith?

La dama pálida - Alejandro Dumas (Parte 2 y última)

III. LOS DOS HERMANOS

A partir de aquel momento, quedó establecida mi residencia en el castillo; y a partir de aquel momento también dio comienzo el drama que voy a contaros.

Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno con sus propios matices de temperamento.


Kostaki me confesó, al día siguiente, que me amaba, y declaró que yo sería suya y de nadie más, y que me mataría antes de que yo perteneciera a cualquier otro.


Gregoriska no dijo nada de ello, pero me rodeó de cuidados y de atenciones. Para complacerme puso en práctica todos los medios de una refinada educación, todos los recuerdos de una juventud pasada en las más nobles cortes de Europa. Pero, ¡ay!, no era algo difícil, pues al primer sonido de su voz había sentido que esa voz acariciaba mi alma; y a la primera mirada de sus ojos había sentido que esa mirada penetraba hasta mi corazón.


Al cabo de tres meses, Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo lo odiaba; al cabo de tres meses, Gregoriska todavía no me había dicho ni una sola palabra de amor, y yo sentía que cuando él lo desease sería totalmente suya.


Kostaki había dejado sus correrías. No salía del castillo. Había cedido temporalmente el mando a una especie de lugarteniente que, de vez en cuando, venía a pedirle órdenes y desaparecía al punto.


También Smeranda me quería con una amistad apasionada, cuyas expresiones me atemorizaban. Protegía a todas luces a Kostaki, y parecía estar más celosa de mí de lo que lo estaba él. Pero como no entendía ni el polaco ni el francés, y yo no comprendía el moldavo, no tenía forma de abogar ante mí en favor de su hijo; pero había aprendido a decir en francés cuatro palabras, que me repetía siempre cuando posaba sus labios en mi frente:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Un día me enteré de una noticia terrible y que era el colmo de mis desdichas: los cuatro hombres que habían sobrevivido al combate habían sido puestos en libertad y regresado a Polonia, dando su palabra de que uno de ellos, antes de tres meses, regresaría para traerme noticias de mi padre.


Y, efectivamente, una mañana reapareció uno de ellos. Nuestro castillo había sido tomado, incendiado y arrasado, y mi padre había encontrado la muerte defendiéndolo.


En adelante estaba sola en el mundo.


Kostaki redobló sus insinuaciones, y Smeranda su afecto; pero esta vez aduje como pretexto mi luto por mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre insistió como él y con él, más incluso que él.


Gregoriska me había hablado del dominio de sí mismos que tienen los moldavos cuando no quieren que otros lean en sus sentimientos. Él era un vivo ejemplo de ello. Era imposible estar más segura del amor de un hombre de lo que yo lo estaba del suyo, y sin embargo, si alguien me hubiera preguntado en qué basaba mi certeza, me habría sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Tan solo los celos podían hacer tomar conciencia a Kostaki acerca de esta rivalidad, como solo mi amor podía hacerme tomar conciencia de este amor.

Sin embargo, lo confieso, me inquietaba mucho ese dominio de sí de Gregoriska. Yo confiaba en él, pero no era suficiente; necesitaba estar convencida; cuando he aquí que una noche, justo cuando acababa de volver a mi aposento, oí llamar suavemente a una de las dos puertas que, como ya he indicado, cerraban por dentro. Por la manera de llamar adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué y pregunté quién era.

—Gregoriska —contestó una voz cuyo acento no podía engañarme.


—¿Qué queréis de mí? —le pregunté temblando como una hoja.


—Si confiáis en mí —dijo Gregoriska—, si me creéis hombre de honor, aceptad una petición mía.


—¿Cuál?


—Apagad la luz como si os hubierais acostado y, de aquí a media hora, abridme esta puerta.


—Volved en media hora —me limité a responder.


Apagué la luz y esperé.


El corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía que se trataba de un hecho importante.


Pasó la media hora. Oí llamar más suavemente aún que la primera vez. Durante el intervalo había descorrido el cerrojo; no me quedaba, pues, sino abrir la puerta.


Entró Gregoriska y, sin esperar a que me lo pidiera, cerré la puerta tras él y eché el cerrojo.


Él permaneció un momento mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con una indicación. Luego, una vez que se hubo asegurado de que no nos amenazaba peligro alguno por el momento, me llevó al centro del amplio aposento, y sintiendo, por mi temblor, que no podría sostenerme en pie, fue a buscar una silla.


Me senté, mejor dicho, me dejé caer sobre el asiento.


—¡Dios mío! —le dije—, ¿qué sucede y por qué tantas precauciones?


—Porque mi vida, lo que no sería nada, y acaso también la vuestra, dependen de la conversación que vamos a tener.


Le tomé de una mano, toda asustada. Él se la llevó a los labios, mientras me miraba como si quisiera excusarse por semejante audacia.


Yo bajé los ojos, lo que era una forma de consentir.


—Os amo —me dijo con su voz melodiosa como un canto—. ¿Me amáis vos?


—Sí —le respondí.


—¿Y aceptaríais ser mi mujer?


—Sí.


Se llevó la mano a la frente con una profunda aspiración de felicidad.


—Entonces, ¿no os negaréis a seguirme?


—¡Os seguiré a donde sea!


—Así que comprendéis —continuó— que no podemos ser felices si no es huyendo de aquí.


—¡Oh, sí! —exclamé yo—, huyamos.


—¡Silencio! —dijo él estremeciéndose—. ¡Silencio!


—Tenéis razón.


Y yo me acerqué a él temblando.


—He aquí lo que he hecho —me dijo—, he aquí por qué he estado tanto tiempo sin confesaros que os amaba: es que quería, una vez que estuviera seguro de vuestro amor, que nada pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, querida Jadwige, inmensamente rico, pero a la manera de los señores moldavos: rico en tierras, en rebaños, en siervos. Pues bien, he vendido, por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado por todo ello trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en oro y el resto en letras de cambio pagaderas en Viena. ¿Os bastará con un millón?


Le apreté la mano.


—Me hubiera bastado con vuestro amor, Gregoriska, así que juzgad vos mismo.


—Pues bien, escuchad. Mañana iré al monasterio de Hango para tomar mis últimas disposiciones con el superior. Este me tiene preparados unos caballos que nos esperarán a partir de las nueve de la mañana ocultos a cien pasos del castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo igual que hoy a vuestro aposento; apagaréis la luz y, como hoy, yo entraré. Pero mañana, en lugar de salir solo de aquí, me seguiréis vos, saldremos por la puerta que da a los campos, iremos a por los caballos, montaremos en ellos y, pasado mañana por la mañana, habremos hecho treinta leguas.


—¡Oh! ¿Por qué no será ya pasado mañana?


—¡Querida Jadwige!


Gregoriska me estrechó contra su corazón; y nuestros labios se encontraron. ¡Oh! Bien que lo había dicho él: había abierto la puerta de mi aposento a un hombre de honor; pero él comprendió perfectamente que, si no le pertenecía de cuerpo, le pertenecía de alma.


Pasó la noche sin que pudiera pegar ojo ni un instante. ¡Me veía huyendo con Gregoriska, me sentía transportada por él como lo había sido ya por Kostaki! Solo que esa carrera terrible, espantosa, fúnebre, se trocaba ahora en un dulce y delicioso aprieto al que la velocidad añadía también su parte de goce, pues la velocidad es un placer en sí misma.


Despuntó el día. Bajé. Me pareció que había algo más sombrío aún que de ordinario en la manera en que Kostaki me saludó. Su sonrisa no era ya una ironía, sino una amenaza. En cuanto a Smeranda, me pareció la misma que de costumbre.


Durante el almuerzo, Gregoriska pidió sus caballos. Pareció que Kostaki no prestase la menor atención a aquella orden.


Hacia las once, Gregoriska se despidió, anunciando que no estaría de vuelta hasta el atardecer, y rogando a su madre que no le esperase para comer; luego se volvió hacia mí y me rogó que tuviera a bien admitir sus disculpas.


Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta el momento en que dejó la estancia, y en ese instante sus ojos echaron tales chispas de odio que me estremecí.


Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. No había confiado a nadie nuestros planes, a duras penas me atreví a hablarle a Dios de ellos en mis oraciones, y tenía la impresión de que todos estaban al tanto de ellos, que cada mirada que se ponía en mí podía penetrar y leer en el fondo de mi corazón.


La comida fue un suplicio: sombrío y taciturno, Kostaki hablaba raramente; esta vez se limitó a decir dos o tres palabras en moldavo a su madre, y cada vez el acento de su voz me provocó un estremecimiento.


Cuando me levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de costumbre, me abrazó, y, al hacerlo, repitió aquella frase que, desde hacía ya ocho días, no había vuelto a salir de su boca:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Esta frase me persiguió como una amenaza; una vez en mi aposento, me parecía que una voz fatal me susurrase al oído: «¡Kostaki ama a Jadwige!».


Ahora bien, el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la muerte.


Hacia las siete de la tarde, y como el día comenzaba a declinar, vi a Kostaki atravesar el patio. Se volvió para mirar hacia mi lado, pero yo me eché hacia atrás, para que no pudiera verme.


Estaba inquieta, pues durante todo el tiempo en que la posición de mi ventana me había permitido seguirle, lo había visto dirigirse hacia las caballerizas. Me aventuré a descorrer el cerrojo de mi puerta, y deslizarme hacia la habitación contigua, desde donde podría ver todo lo que hiciese.


En efecto, se dirigía a las caballerizas. Entonces hizo salir él mismo a su caballo favorito, lo ensilló personalmente y con el esmero de un hombre que concede la mayor importancia a los menores detalles. Vestía el mismo traje con el que lo había conocido la primera vez. Solo que, por toda arma, llevaba su alfanje.


Cuando hubo ensillado el caballo, dirigió sus ojos una vez más a mi aposento. Luego, al no verme, saltó sobre la silla, mandó abrir la misma puerta por la que había salido y por la que debía regresar su hermano, y se alejó al galope, en dirección al monasterio de Hango.


Entonces mi corazón se encogió de una manera terrible; un presentimiento fatal me decía que Kostaki iba al encuentro de su hermano.


Me quedé en aquella ventana mientras pude distinguir aquel camino, que, a un cuarto de legua del castillo, hacía un recodo, y se perdía al comienzo de un bosque. Pero la noche se volvía cada momento más cerrada, y el camino no tardó en desaparecer totalmente de mi vista. Seguí en la ventana. Finalmente mi inquietud, por su propio exceso, me devolvió las fuerzas, y, como era, evidentemente, abajo en la sala donde debía recibir las primeras noticias de uno o del otro de los dos hermanos, bajé.


Mi primera mirada fue para Smeranda. Por la serenidad de su rostro comprendí que no sentía ningún recelo; daba sus órdenes para la cena como de costumbre, y los cubiertos de los dos hermanos estaban en su sitio.


Yo no me atrevía a preguntar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiese podido preguntar? Nadie en el castillo, a excepción de Kostaki y de Gregoriska, hablaba ninguna de las dos únicas lenguas que yo sabía.


Al menor ruido me estremecía.


Normalmente era a las nueve cuando nos sentábamos a la mesa para cenar. Yo había bajado a las ocho y media; y seguía con la mirada el minutero, cuya marcha era casi visible en la amplia esfera del reloj.


La aguja viajera rebasó la distancia que la separaba del cuarto. Sonó el cuarto. La vibración resonó sombría y triste; luego la aguja retomó su marcha silenciosa, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la regularidad y la lentitud de una punta de compás.


Unos minutos antes de las nueve, me pareció oír el galope de un caballo en el patio. Smeranda también lo oyó, pues volvió la cabeza del lado de la ventana; pero la noche era demasiado espesa para que ella pudiera ver.


¡Oh! ¡Si ella me hubiese mirado en aquel momento, seguro que habría podido adivinar lo que pasaba en mi corazón! No se había oído más que el trote de un único caballo, y era muy simple. Ya sabía perfectamente que no regresaría más que un solo jinete.


Pero ¿cuál?


Unos pasos resonaron en la antecámara. Estos pasos eran lentos y parecían muy titubeantes; cada uno de estos pasos parecía pesar sobre mi corazón.


Se abrió la puerta, y vi en la oscuridad dibujarse una sombra. La sombra se detuvo un momento en la puerta. Yo tenía el corazón en vilo.


La sombra avanzó, y, a medida que entraba dentro del círculo de luz, yo respiraba.


Reconocí a Gregoriska. Un instante de duda más y mi corazón se hubiera roto.


Reconocí a Gregoriska, pero pálido como un muerto. Nada más verle, se intuía que algo terrible acababa de pasar.


—¿Eres tú, Kostaki? —preguntó Smeranda.


—No, madre —respondió Gregoriska con una voz sorda.


—¡Ah!, aquí estáis —dijo ella—; ¿y desde cuándo vuestra madre debe esperaros?


—Madre mía —dijo Gregoriska echando una mirada al péndulo—, no son más que las nueve.


Y en ese momento, en efecto, dieron las nueve.


—Es cierto —dijo Smeranda—. ¿Dónde está vuestro hermano?


A mi pesar, pensé que era la misma pregunta que Dios había hecho a Caín.


Gregoriska no respondió.


—¿Nadie ha visto a Kostaki? —preguntó Smeranda.


El vatar, o mayordomo, se informó a su alrededor.


—A eso de las siete —dijo—, el conde ha ido a las caballerizas, ha ensillado su caballo él mismo y ha tomado el camino de Hango.


En ese momento, mi mirada se cruzó con la de Gregoriska. Yo no sabía si era una realidad o una alucinación, pero me pareció que había una gota de sangre en medio de su frente.

Llevé lentamente mi dedo a mi propia frente, indicando el lugar donde creía ver esta mancha.

Gregoriska comprendió; tomó su pañuelo y se secó.


—Sí, sí —murmuró Smeranda—, se habrá encontrado a algún oso, o a algún lobo, y se habrá divertido en perseguirlo. Por eso es por lo que un niño hace esperar a su madre. ¿Dónde lo habéis dejado, Gregoriska? Decid.


—Madre mía —respondió Gregoriska con una voz emocionada, pero firme—, mi hermano y yo no hemos partido juntos.


—¡Está bien! —dijo Smeranda—. Que sirvan, sentaos a la mesa y que cierren las puertas; el que se quede fuera pasará la noche fuera.


Las dos primeras partes de esta orden fueron ejecutadas al pie de la letra: Smeranda ocupó su lugar, Gregoriska se sentó a su derecha y yo a su izquierda.


Acto seguido los servidores salieron para cumplir la tercera, es decir, para cerrar las puertas del castillo.


En aquel momento se oyó un gran ruido en el patio, y un criado completamente trastornado entró en la sala diciendo:

—Princesa, el caballo del conde Kostaki acaba de entrar en el patio, solo, y todo cubierto de sangre.

—¡Oh! —murmuró Smeranda alzándose pálida y amenazadora—, así es como regresó un atardecer el caballo de su padre.


Dirigí mi mirada hacia Gregoriska: ya no estaba pálido, sino lívido.


En efecto, el caballo del conde Koproli había entrado un atardecer en el patio del castillo, totalmente cubierto de sangre, y, una hora después, los servidores habían encontrado y traído el cuerpo cubierto de heridas.


Smeranda tomó una antorcha de las manos de uno de los criados, avanzó hacia la puerta, la abrió y bajó al patio.


El caballo, totalmente espantado, era refrenado a su pesar por tres o cuatro servidores que unían sus esfuerzos para apaciguarlo.


Smeranda se adelantó hacia el animal, miró la sangre que manchaba su silla y reconoció una herida en la parte alta de su testuz.


—Kostaki ha muerto de frente —afirmó ella—, en duelo y por la mano de un solo enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos a su asesino.


Como el caballo había regresado por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron por aquella puerta, y se vio perderse por los campos sus antorchas e internarse en el bosque, igual que en un bonito atardecer de verano se ve resplandecer las luciérnagas en las llanuras de Niza y de Pisa.


Smeranda, como si estuviese convencida de que la marcha no sería larga, esperó de pie en la puerta. Ni una lágrima corría de los ojos de esta madre desolada, y sin embargo se sentía rugir la desesperación en el fondo de su corazón.


Gregoriska permanecía detrás de ella, y yo estaba cerca de Gregoriska.


Al abandonar la sala, hizo un amago de ofrecerme el brazo, pero no se atrevió.


Al cabo de un cuarto de hora aproximadamente, se vio por un recodo del camino reaparecer una antorcha, luego dos, y acto seguido todas las demás.


Solo que esta vez, en lugar de dispersarse por los campos, estaban agrupadas en torno a un centro común.


Pronto pudo verse que este centro común se componía de unas parihuelas y de un hombre tendido sobre ellas.


El fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero avanzaba. Al cabo de diez minutos, estuvo ante la puerta. Al ver a la madre viva que esperaba al hijo muerto, los que lo portaban se descubrieron instintivamente, luego entraron silenciosos en el patio.


Smeranda echó a andar tras ellos, y nosotros seguimos a Smeranda. Se llegó así a la gran sala, en la que fue depositado el cuerpo.


Entonces, haciendo un gesto de suprema majestad, Smeranda mandó apartarse a todo el mundo y, acercándose al cadáver, hincó una rodilla en tierra delante de él, apartó los cabellos que velaban su rostro, lo contempló largamente, con los ojos secos en todo momento. Luego, abriendo la casaca moldava, apartó la camisa manchada de sangre.


La herida estaba en el lado derecho del pecho. Debía de haber sido hecha por una hoja recta y de doble filo.


Me acordé de que había visto ese mismo día, en el costado de Gregoriska, el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a su carabina.


Busqué esta arma en su costado, pero había desaparecido.


Smeranda pidió agua, empapó su pañuelo en ella y lavó la herida.


Una sangre fresca y pura enrojeció los labios de la herida.


El espectáculo que tenía ante mis ojos presentaba un no sé qué de atroz y de sublime al mismo tiempo. Aquella amplia estancia, ahumada por las antorchas de resina, esos rostros bárbaros, esos ojos relucientes de ferocidad, esas costumbres extrañas, esa madre que calculaba, a la vista de la sangre todavía caliente, cuánto tiempo hacía que la muerte le había arrebatado a su hijo, ese gran silencio, solo interrumpido por los sollozos de esos bandidos, cuyo jefe era Kostaki, todo ello, repito, era atroz y sublime de ver.


Finalmente, Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo, y acto seguido, tras levantarse y echarse hacia atrás las largas trenzas de sus blancos cabellos que se habían desprendido, dijo:

—¿Gregoriska?

Gregoriska se estremeció, meneó la cabeza y, abandonando su atonía, repuso:


—¿Sí, madre?


—Venid aquí, hijo mío, y escuchadme.


Gregoriska obedeció estremeciéndose, pero obedeció.


A medida que se acercaba al cuerpo, la sangre brotaba de la herida, más copiosa y más bermeja. Por fortuna, Smeranda no miraba ya de ese lado, pues, a la vista de aquella sangre acusadora, no hubiera tenido ya necesidad de buscar quién era el asesino.


—Gregoriska —dijo—, bien sabes que Kostaki y tú no os tenéis ningún aprecio. Sé perfectamente que tú eres Waivady por parte de padre, y él Koproli por parte del suyo; pero, por parte de vuestra madre, sois los dos Brancovan. Sé que tú eres un hombre de las ciudades de Occidente, y él un hijo de las montañas orientales; pero, por el seno que os trajo al mundo a ambos, sois hermanos. Pues bien, Gregoriska, quiero saber si vamos a llevar a mi hijo al lado de su padre sin que el juramento haya sido pronunciado, si puedo llorar tranquila por fin, como una mujer, pudiendo confiar en vos, es decir, en un hombre, para el castigo.


—Decidme el nombre del asesino de mi hermano, señora, y solo tenéis que darme una orden; os juro que antes de una hora, si así lo exigís, habrá dejado de vivir.


—Jurad, Gregoriska, jurad, so pena de mi maldición, ¿entendido, hijo mío?, jurad que el asesino morirá, que no dejaréis piedra sobre piedra de su casa; que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida perecerán por vuestra mano. Jurad, y, al hacerlo, que la ira del cielo caiga sobre vos si faltáis a este sagrado juramento. ¡Si faltáis a este sagrado juramento, someteos a la miseria, a la execración de vuestros amigos, a la maldición de vuestra madre!


Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver.


—¡Juro que el asesino morirá! —dijo.


A este extraño juramento, y cuyo verdadero sentido solo el muerto y yo, tal vez, podíamos comprender, vi o creí ver producirse un prodigio espantoso. Los ojos del cadáver se volvieron a abrir y se clavaron en mí más vivos de lo que los había visto jamás, y sentí, como si ese doble rayo hubiese sido palpable, penetrar un hierro candente hasta mi corazón.


Era más de lo que podía soportar y me desvanecí. 

 

IV. EL MONASTERIO DE HANGO

 
Cuando me desperté, estaba en mi aposento, acostada en mi cama; una de las dos mujeres velaba cerca de mí. Yo pregunté dónde estaba Smeranda; se me respondió que velaba cerca del cuerpo de su hijo. Yo pregunté dónde estaba Gregoriska; se me respondió que estaba en el monasterio de Hango. Ni hablar de una huida. Pues ¿acaso Kostaki no estaba muerto? Ni tampoco de casarme con él. Pues ¿acaso podía desposarse el fratricida?

Pasaron tres días y tres noches en medio de unos sueños extraños. En mi vigilia o en mi sueño, veía en todo momento esos dos ojos vivos en medio de aquel rostro muerto: era una visión horrible. Era al tercer día cuando debía tener lugar el enterramiento de Kostaki. Por la mañana de aquel día me trajeron de parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo puse y bajé. La casa parecía vacía; todo el mundo estaba en la capilla. Me encaminé hacia el lugar de la ceremonia. En el momento en que franqueé el umbral, Smeranda, a la que llevaba tres días sin ver, vino hacia mí.


Parecía una efigie encarnada del dolor. Con un movimiento lento como el de una estatua, posó sus labios gélidos en mi frente y, con una voz que parecía salir ya de la tumba, pronunció estas palabras habituales:


—Kostaki os ama.


No podéis haceros una idea del efecto que produjeron en mí tales palabras. Esta declaración de amor hecha en tiempo presente, en lugar de hacerla en tiempo pasado; ese «os ama», en lugar de «os amaba»; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en la vida, me produjo una terrible impresión. 

Al mismo tiempo, un extraño sentimiento se apoderaba de mí, como si yo hubiera sido, en efecto, la mujer de aquel que estaba muerto y no la prometida del que estaba vivo. Ese féretro me atraía hacia él, a mi pesar, dolorosamente, como se dice que la serpiente atrae al pájaro que fascina. Busqué los ojos de Gregoriska; lo vi, pálido y erguido contra una columna; sus ojos miraban al cielo. No puedo asegurar que él me viera.


Los monjes del convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando unas salmodias del rito griego, algunas veces muy armoniosas, pero las más, muy monótonas. También yo quería rezar, pero la oración moría en mis labios; tenía el espíritu tan trastornado que me parecía más bien estar asistiendo a una junta de diablos que a una reunión de sacerdotes. 

En el momento en que levantaron el cuerpo, yo quise seguirlo, pero mis fuerzas se negaron a ello. Sentí que me flaqueaban las piernas y me apoyé en la puerta. Entonces Smeranda vino hacia mí e hizo una señal a Gregoriska.


Gregoriska obedeció y se acercó. Smeranda me dirigió la palabra en lengua moldava.


—Mi madre me ordena que os repita palabra por palabra lo que ella va a decir —dijo Gregoriska.


Entonces Smeranda habló de nuevo; y, cuando hubo terminado, dijo:

—He aquí las palabras de mi madre: «Lloráis a mi hijo, Jadwige, pues lo amabais, ¿no es así? Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de ahora en adelante vos seréis mi hija como si Kostaki hubiera sido vuestro esposo; tenéis de ahora en adelante una patria, una madre, una familia. Derramemos la suma de lágrimas debidas a los muertos, luego volvamos a ser de nuevo dignas las dos de aquel que no está…, ¡yo su madre, y vos su mujer! Adiós, volved a vuestro aposento; yo voy a seguir a mi hijo hasta su última morada; a mi vuelta, me encerraré con mi dolor, y vos no me veréis hasta que lo haya vencido; estad tranquila, lo venceré, pues no quiero que sea él el que me venza a mí».

No pude responder a estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, más que con un gemido. Volví a subir a mi aposento, el cortejo se alejó. Lo vi desaparecer por un recodo del camino. El convento de Hango no estaba más que a una media legua del castillo en línea recta; pero los obstáculos del suelo obligaban a que el camino se desviara, por lo que se tardaba cerca de dos horas en recorrerlo. 

Estábamos en el mes de noviembre. Los días se habían vuelto fríos y cortos. A las cinco de la tarde era ya noche cerrada. Hacia las siete, vi reaparecer unas antorchas. Era el cortejo fúnebre que venía de regreso. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres. Estaba todo dicho.


Ya os he confesado presa de qué extraña obsesión vivía desde el fatal suceso que nos había vestido a todos de luto, y sobre todo desde que yo había visto reabrir y clavarse en mí los ojos que la muerte había cerrado. Aquella tarde, abrumada por las emociones de la jornada, estaba más triste aún. 

Escuchaba dar las diferentes horas en el reloj del castillo, y me entristecía conforme el tiempo que volaba me acercaba al instante en que Kostaki debía de haber muerto. Oía sonar las nueve menos cuarto.


Entonces una extraña sensación se apoderó de mí. Era un terror estremecedor que corría por todo mi cuerpo y lo helaba; luego, con este terror, algo como un sueño invencible que entorpecía mis sentidos; sentí una opresión en el pecho, mis ojos se velaron, extendí los brazos y, retrocediendo, fui a caer sobre mi cama. 

Sin embargo, no había perdido a tal punto mis sentidos para no poder oír cómo unos pasos se acercaban a mi puerta; luego me pareció que mi puerta se abría. Luego no vi y no oí ya nada. Únicamente sentí un vivo dolor en el cuello. Tras lo cual, caí en un completo letargo.


Me desperté a medianoche; mi lámpara todavía ardía; quise levantarme, pero estaba tan débil que tuve que intentarlo dos veces. Sin embargo, vencí esta debilidad y, como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que había experimentado en mi sueño, me arrastré, apoyándome contra la pared, hasta el espejo y miré. Algo parecido a un pinchazo de alfiler señalaba la arteria de mi cuello. Pensé que algún insecto me habría mordido mientras dormía, y, como estaba muerta de cansancio, me acosté y me dormí.


Al día siguiente, me desperté como de costumbre. Y como de costumbre quise levantarme en cuanto mis ojos se hubieron abierto; pero sentí una debilidad que no había experimentado todavía más que una sola vez en mi vida, al día siguiente de un día en que me habían aplicado una sangría. 

Me acerqué al espejo y me quedé sorprendida de mi palidez. La jornada pasó triste y sombría; experimentaba una cosa extraña; sentía la necesidad de quedarme allí donde estaba, pues todo desplazamiento suponía una fatiga. 

Cuando llegó la noche, me trajeron mi lámpara; mis mujeres, al menos eso comprendía por sus gestos, se ofrecían a quedarse a mi lado. Yo les di las gracias; ellas salieron. A la misma hora que la víspera, experimenté los mismos síntomas. Entonces quise levantarme y pedir socorro; pero no pude ir hasta la puerta. 

Oí vagamente el carillón del reloj que daba las nueve menos cuarto, resonaron los pasos, la puerta se abrió; pero yo no veía, no oía ya nada; al igual que la víspera, había ido a caer desplomada sobre mi cama. Al igual que la víspera, sentí un dolor agudo en el mismo sitio. Al igual que la víspera, me desperté a medianoche; solo que me desperté más débil y más pálida que la víspera.


Al día siguiente se repitió también la horrible obsesión. Estaba decidida a bajar para estar al lado de Smeranda, por más débil que estuviese, cuando una de mis mujeres entró en mi aposento y pronunció el nombre de Gregoriska. 

Gregoriska venía detrás de ella. Quise levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón. Él lanzó un grito al verme y quiso abalanzarse hacia mí; pero yo tuve fuerzas para extender el brazo hacia él.


—¿Qué venís a hacer aquí? —le pregunté.


—¡Ay! —dijo él—, ¡venía a deciros adiós! Venía a deciros que abandono este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y sin vuestra presencia; venía a deciros que me retiro al convento de Hango.


—Os veis privado de mi presencia, Gregoriska —le respondí—, pero no de mi amor. Lamentablemente, os sigo amando, y mi gran dolor es que de ahora en adelante este amor sea poco menos que un crimen.


—Entonces, ¿puedo esperar que rezaréis por mí, Jadwige?


—Sí, solo que no rezaré por largo tiempo —añadí con una sonrisa.


—¿Qué os ocurre, en efecto, y por qué estáis tan pálida?


—¡Que… Dios se apiada de mí, sin duda, y me llama con Él!


Gregoriska se acercó a mí, me tomó de una mano que yo no tuve fuerzas de retirar y, mirándome con fijeza, dijo:

—Esta palidez no es natural, Jadwige; ¿de qué os viene? Hablad.

—Si os lo dijera, Gregoriska, creeríais que estoy loca.


—No, no, hablad, Jadwige, os lo suplico; nos encontramos en un país que no se parece a ningún otro, en una familia que no se parece a ninguna otra familia. Hablad, decidlo todo, os lo suplico.


Le conté todo: esa extraña alucinación que me dominaba a la misma hora en que debía de haber muerto Kostaki; ese terror, ese amodorramiento, ese frío gélido, esa postración que me obligaba a acostarme, ese ruido de pasos que creía oír, esa puerta que creía ver abrirse y, por último, ese dolor agudo seguido de una palidez y de una debilidad que no hacían sino ir en aumento. 

Yo había creído que mi relato le parecería a Gregoriska un principio de locura, y lo concluí no sin una cierta timidez, cuando, por el contrario, vi que prestaba a este relato una profunda atención. Cuando hube dejado de hablar, él reflexionó unos instantes.


—¿Así que —preguntó— os dormís todas las noches a las nueve menos cuarto?


—Sí, por más esfuerzos que haga por resistir al sueño.


—¿Así que creéis ver abrirse vuestra puerta?


—Sí, aunque echo el cerrojo.


—¿Así que sentís un dolor agudo en el cuello?


—Sí, aunque apenas mi cuello conserva la señal de una herida.


—¿Me permitiríais que la viera? —preguntó.


Eché mi cabeza sobre un hombro. Él examinó esa cicatriz.

—Jadwige —dijo, al cabo de unos instantes—, ¿tenéis confianza en mí?

—¿Y me lo preguntáis? —repuse yo.


—¿Creéis en mi palabra?


—Como si fuera el Evangelio.


—Pues bien, Jadwige, a fe mía, os juro que no os quedan ocho días de vida si no aceptáis hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros.


—¿Y si acepto?


—Si aceptáis, tal vez podréis salvaros.


—¿Tal vez?


Guardó silencio.


—Sea lo que sea lo que haya de pasar, Gregoriska —proseguí—, haré lo que me mandéis hacer.


—Pues bien, escuchad —dijo—, y sobre todo no os asustéis. En vuestro país, como en Hungría, como en nuestra Rumanía, existe una tradición.


Me estremecí, pues me había vuelto esta tradición a la memoria.


—¡Ah! —dijo él—, ¿sabéis a lo que me refiero?


—Sí —respondí—, he visto en Polonia personas sometidas a esta horrible fatalidad.


—Os referís a los vampiros, ¿no es cierto?


—Sí, en mi infancia vi cómo desenterraban en el cementerio de un pueblo que pertenecía a mi padre a cuarenta personas, muertas en quince días, sin que hubiera podido adivinarse la causa de su fallecimiento. Entre estos muertos, diecisiete mostraban señales de vampirismo, es decir, fueron encontrados lozanos, bermejos y parecidos a seres vivos; los otros eran sus víctimas.


—¿Y qué se hizo para liberar a la región de ellos?


—Se les clavó una estaca en el corazón y, a continuación, se los quemó.


—Sí, así es como se actúa de ordinario; pero eso para nosotros no basta. Para liberaros del fantasma, primero quiero conocerlo, y vive Dios que lo conoceré. Sí, y si es preciso lucharé cuerpo a cuerpo con él, sea quien sea.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo aterrada.


—Ya lo he dicho: quienquiera que sea, repito. Pero para llevar a buen fin esta terrible aventura, es preciso que aceptéis todo lo que voy a exigir de vos.


—Hablad.


—Estad preparada a las siete, bajad a la capilla y hacedlo sola; tenéis que vencer vuestra debilidad, Jadwige, tenéis que hacerlo. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consentid a ello, querida mía; es preciso, para defenderos, que ante Dios y ante los hombres tenga yo derecho a velar por vos. Volveremos a subir aquí y entonces veremos.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo—, ¡si es él, os matará!


—No temáis nada, mi querida Jadwige. Limitaos a dar vuestro consentimiento.


—Sabéis muy bien que haré cuanto queráis, Gregoriska.


—Hasta el atardecer, pues.


—Sí, haced por vuestra parte lo que se os antoje y yo os secundaré del mejor modo; podéis iros.


Salió. Un cuarto de hora después, vi a un jinete correr precipitadamente por el camino del convento: ¡era él! Apenas lo hube perdido de vista, cuando caí de rodillas y recé, como no se reza ya en vuestros países incrédulos, y esperé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el sacrificio de mis pensamientos: no volví a levantarme hasta el momento en que dieron las siete. 

Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta. Me toqué con un gran velo negro, bajé la escalera, sosteniéndome contra las paredes, y me dirigí a la capilla sin haberme encontrado con nadie.


Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, superior del convento de Hango. Llevaba a un costado una espada santa, reliquia de un viejo cruzado que había tomado Constantinopla con Villehardouin y Balduino de Flandes.


—Jadwige —dijo dando un golpe en su espada con una mano—, con la ayuda de Dios, esto es lo que romperá el hechizo que amenaza vuestra vida. Acercaos, pues, resueltamente; he aquí un santo varón que, tras haber recibido mi confesión, va a recibir nuestros juramentos.


Dio comienzo la ceremonia; tal vez nunca ha habido algo más sencillo y más solemne a la vez. Nadie ayudaba al pope; él mismo nos colocó sobre la cabeza las coronas nupciales. 

Vestidos de luto los dos, dimos la vuelta al altar con un cirio en la mano; luego el religioso, tras haber pronunciado las palabras santas, añadió:


—Ahora podéis iros, hijos míos, y que Dios os infunda la fuerza y el valor de luchar contra el enemigo del género humano. Estáis armados de vuestra inocencia y de su justicia; venceréis al demonio. Id y benditos seáis.


Nosotros besamos los libros sagrados y salimos de la capilla. 

Entonces, por primera vez, me apoyé en el brazo de Gregoriska y me pareció que, al tocar aquel valeroso brazo, que al contacto con aquel noble corazón, la vida retornaba a mis venas. Me creía segura de triunfar, puesto que Gregoriska estaba conmigo; volvimos a subir a mi aposento. Dieron las ocho y media.


—Jadwige —me dijo entonces Gregoriska—, no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormirte como de costumbre y que todo suceda durante tu sueño? ¿O quieres permanecer despierta y verlo todo?


—A tu lado no temo nada, por lo que quiero permanecer despierta, quiero verlo todo.


Gregoriska extrajo de su pecho una ramita de boj bendecido, completamente húmeda aún de agua bendita, y me la entregó.


—Coge, pues, esta ramita —dijo—, acuéstate en tu cama, di las oraciones a la Virgen y espera sin temor. Dios está con nosotros. Sobre todo, no dejes caer tu ramita; con ella podrás mandar hasta en el mismísimo infierno. No me llames, no grites; reza, ten esperanza y aguarda.

Yo me acosté en la cama. Crucé mis manos sobre mi pecho, sobre el cual apoyé la ramita bendecida. En cuanto a Gregoriska, se escondió detrás del dosel al que ya me he referido y que ocultaba el rincón de mi aposento. Yo contaba los minutos y sin duda Gregoriska los contaba también por su parte. 

Dieron los tres cuartos. El resonar del martillo vibraba aún cuando sentí ese mismo amodorramiento, ese mismo terror, ese mismo frío glacial; pero acerqué la ramita bendecida a mis labios y esta primera sensación se disipó. Entonces oí muy claramente el ruido de esos pasos lentos y mesurados que resonaban en la escalera y que se acercaban a mi puerta. 

Luego mi puerta se abrió lentamente, sin ruido, como empujada por una fuerza sobrehumana, y entonces…


La voz se detuvo como ahogada en la garganta de la narradora.


Y entonces —continuó no sin esfuerzo—, vi a Kostaki, pálido como lo había visto sobre las parihuelas; sus largos cabellos, esparcidos sobre sus hombros, goteaban sangre: llevaba su traje habitual, solo que abierto a la altura del pecho, y dejaba ver su herida sangrante. Todo estaba muerto, todo era cadáver, carne, ropa, andares…, únicamente los ojos, esos ojos terribles estaban vivos. 

Al ver esto, ¡cosa extraña!, en lugar de sentir redoblarse mi espanto, sentí aumentar mi valor. Me lo infundía Dios, sin duda, para que pudiera juzgar yo mi situación y defenderme contra el infierno. Al primer paso que el fantasma dio hacia mi cama, crucé osadamente mi mirada con esa mirada plomiza y le presenté la ramita bendecida.


El espectro trató de avanzar; pero un poder más fuerte que el suyo lo mantenía en su sitio. Se detuvo.


—¡Oh! —murmuró—, no duerme; lo sabe todo.


Hablaba en moldavo y, sin embargo, yo entendía como si sus palabras hubiesen sido pronunciadas en una lengua que yo comprendiera. Estábamos así enfrente el uno del otro, el fantasma y yo, sin que mis ojos pudieran desviarse de los suyos, cuando vi, sin necesitar volver la cabeza hacia su lado, a Gregoriska salir de detrás de la silla de coro de madera, parecido al ángel exterminador y empuñando la espada. 

Se santiguó con la mano izquierda y avanzó lentamente con la espada tendida hacia el fantasma; este, al reconocer a su hermano, había sacado a su vez su alfanje con una carcajada terrible; pero apenas el alfanje hubo tocado el acero bendito cuando el brazo del fantasma volvió a caer inerme al lado de su cuerpo.


Kostaki dejó escapar un suspiro lleno de lucha y desesperación.


—¿Qué quieres? —preguntó a su hermano.


—En el nombre de Dios vivo —dijo Gregoriska—, te suplico que respondas.


—Habla —dijo el fantasma con un rechinar de dientes.


—¿Fui yo quien te esperó?


—No.


—¿Fui yo quien te atacó?


—No.


—¿Fui yo quien te hirió?


—No.


—Fuiste tú quien se arrojó sobre mi espada, eso es todo. Por tanto, a los ojos de Dios y de los hombres, no soy culpable del crimen de fratricidio; por tanto, no has recibido ninguna misión divina, sino infernal; por eso has salido de la tumba no como una sombra santa, sino como un espectro maldito, y volverás a tu tumba.


—Con ella, sí —exclamó Kostaki haciendo un esfuerzo supremo para apoderarse de mí.


—Solo —exclamó a su vez Gregoriska—; esta mujer es mía.


Y al pronunciar estas palabras, con la punta del acero bendecido tocó la herida viva. Kostaki lanzó un grito como si una espada flamígera le hubiese tocado y, llevándose la mano izquierda a su pecho, dio un paso hacia atrás. 

Al mismo tiempo, y con un movimiento que parecía acompasado con el suyo, Gregoriska dio un paso hacia delante; entonces, con los ojos fijos en los ojos del muerto, la espada contra el pecho de su hermano, comenzó una marcha lenta, terrible, solemne; algo parecido al paso de Don Juan y del Comendador; el espectro retrocediendo ante la espada sagrada, ante la voluntad irresistible del campeón de Dios; este siguiéndole paso a paso sin pronunciar una palabra, los dos jadeando, los dos lívidos, el vivo empujando al muerto delante de él y obligándole a abandonar aquel castillo, que fuera su morada en el pasado, por la tumba, que era su morada en el futuro. ¡Oh! Era un espectáculo horrible, os lo juro.


Y sin embargo, movida yo misma por una fuerza superior a mí, invisible, desconocida, sin darme cuenta de lo que hacía, me levanté y les seguí. Bajamos la escalera, alumbrados tan solo por las pupilas ardientes de Kostaki. Atravesamos así la galería y también el patio. Franqueamos la puerta con esos mismos pasos mesurados: el espectro retrocediendo, Gregoriska con el brazo tendido, yo siguiéndolos. 

Este recorrido fantástico se prolongó por espacio de una hora: era preciso llevar de nuevo al muerto a su tumba; solo que, en lugar de seguir el camino habitual, Kostaki y Gregoriska atajaron yendo en línea recta, sin preocuparse por unos obstáculos que habían dejado de existir: bajo sus pies, el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles retrocedían, las rocas se apartaban; por lo que hace a mí, se operaba el mismo milagro que se operaba para con ellos; solo que todo el cielo me parecía cubierto de un crespón negro, la luna y las estrellas habían desaparecido, y yo no veía brillar en la noche en todo momento más que los ojos llameantes del vampiro.


Llegamos así a Hango, pasamos así a través del seto de arbustos que servía de cerca al cementerio. Apenas en su interior, distinguí en la sombra la tumba de Kostaki situada al lado de la de su padre; ignoraba que estuviese allí y, sin embargo, la reconocí. Esa noche lo sabía todo. Al borde de la fosa abierta, Gregoriska se detuvo.


—Kostaki —dijo—, no ha terminado todo aún para ti, y una voz del cielo me dice que serás perdonado si te arrepientes: ¿prometes, pues, volver a entrar en tu tumba, prometes no volver a salir de ella, prometes consagrar, por último, a Dios el culto que has consagrado al infierno?


—¡No! —respondió Kostaki.


—¿Te arrepientes? —preguntó Gregoriska.


—¡No!


—Por última vez, ¿te arrepientes, Kostaki?


—¡No!


—¡Pues bien, invoca en tu ayuda a Satanás, que yo invoco a Dios en la mía, y veamos una vez más de parte de quién se decantará la victoria!


Dos gritos resonaron al mismo tiempo; los aceros se cruzaron despidiendo chispas, y el combate se prolongó por espacio de un minuto que me pareció un siglo. Kostaki se desplomó; vi alzarse la espada terrible, la vi hundirse en su cuerpo y clavar ese cuerpo en la tierra recién removida. Un grito supremo, y que nada tenía de humano, recorrió los aires.


Yo acudí. Gregoriska se había quedado de pie, pero tambaleándose. Yo acudí y lo sostuve en mis brazos.


—¿Estáis herido? —le pregunté con ansiedad.


—No —me dijo—; pero en un duelo semejante, querida Jadwige, no es la herida la que mata, sino la lucha. Yo he luchado con la muerte y pertenezco a la muerte.


—¡Amigo, amigo! —exclamé yo—, aléjate, aléjate de aquí, y la vida tal vez retorne.


—No —dijo él—, esta es mi tumba, Jadwige: pero no perdamos tiempo; coge una poca de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala sobre la mordedura que él te ha hecho; es el único medio para preservarte en el futuro de su horrible amor.


Yo obedecí temblando. Me agaché para recoger aquella tierra ensangrentada y, al hacerlo, vi el cadáver clavado en el suelo; la espada bendecida le atravesaba el corazón y una sangre negra y copiosa brotaba de su herida, como si acabara de morir en ese mismo instante. Amasé un poco de tierra con la sangre y apliqué el horrible talismán en mi herida.


—Ahora, mi adorada Jadwige —dijo Gregoriska con una voz debilitada—, escucha bien mis últimas instrucciones: abandona el país en cuanto puedas. La distancia es la única seguridad para ti. El padre Basilio ha recibido hoy mis últimas voluntades y las cumplirá. ¡Jadwige! ¡Un beso! ¡El último, el único, Jadwige! Me muero.


Y, diciendo estas palabras, Gregoriska se desplomó cerca de su hermano. En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres tendidos uno al lado del otro, me hubiese vuelto loca; pero, ya lo he dicho, Dios me había infundido unas fuerzas parejas a los sucesos de los que Él me hacía no solo testigo, sino también protagonista. 

En el momento en que miré en torno mío, buscando alguna ayuda, vi abrirse la puerta del claustro y los monjes, conducidos por el padre Basilio, avanzaron de dos en dos, llevando unas antorchas encendidas y cantando las preces por los difuntos. El padre Basilio acababa de llegar al convento; había previsto lo sucedido y, a la cabeza de toda la comunidad, se dirigía al cementerio. 

Me encontró viva cerca de los dos muertos. Kostaki tenía el rostro trastornado por una última convulsión. Gregoriska, por el contrario, estaba sereno y casi sonriente.


Tal como había pedido Gregoriska, lo enterraron cerca de su hermano, el cristiano guardando al condenado. Smeranda, al tener conocimiento de esa nueva desgracia y la parte que había tenido yo en ella, quiso verme; vino a visitarme al convento de Hango y supo por mi boca todo lo sucedido en aquella terrible noche. Yo le conté con todo pormenor la fantástica historia, pero ella me escuchó como me había escuchado Gregoriska, sin asombro ni espanto.


—Jadwige —respondió tras unos momentos de silencio—, por más extraño que resulte lo que acabáis de contar, no habéis dicho sin embargo más que la pura verdad. La raza de los Brancovan es una raza maldita, hasta la tercera y la cuarta generación, y ello porque un Brancovan dio muerte a un sacerdote. Pero la maldición ha tocado a su fin; pues, aunque esposa, sois virgen, y conmigo se acaba la raza. Si mi hijo os ha legado un millón, tomadlo. Después de mí, aparte de los legados piadosos que pienso hacer, el resto de mi fortuna será para vos. Ahora seguid el consejo de vuestro esposo, regresad cuanto antes a los países donde Dios no permite que ocurran estos terribles prodigios. Yo no tengo necesidad de nadie conmigo para llorar a mis hijos. Mi dolor exige soledad. Adiós, no preguntéis más por mí. Mi suerte futura pertenece solo a mí y a Dios.


Y tras besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de Brancovan. Ocho días después, partí para Francia. Tal como había esperado Gregoriska, mis noches dejaron de verse hostigadas por el terrible fantasma. Restablecida mi salud, no he guardado de este acontecimiento más que esa palidez mortal que acompaña hasta la tumba a toda criatura humana que ha sufrido el beso de un vampiro.


La dama se calló, dieron las doce de la noche, y casi me atrevería a decir que el más valiente de nosotros se estremeció al oír el carillón del reloj de péndulo.