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La dama pálida - Alejandro Dumas (Parte 2 y última)

III. LOS DOS HERMANOS

A partir de aquel momento, quedó establecida mi residencia en el castillo; y a partir de aquel momento también dio comienzo el drama que voy a contaros.

Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno con sus propios matices de temperamento.


Kostaki me confesó, al día siguiente, que me amaba, y declaró que yo sería suya y de nadie más, y que me mataría antes de que yo perteneciera a cualquier otro.


Gregoriska no dijo nada de ello, pero me rodeó de cuidados y de atenciones. Para complacerme puso en práctica todos los medios de una refinada educación, todos los recuerdos de una juventud pasada en las más nobles cortes de Europa. Pero, ¡ay!, no era algo difícil, pues al primer sonido de su voz había sentido que esa voz acariciaba mi alma; y a la primera mirada de sus ojos había sentido que esa mirada penetraba hasta mi corazón.


Al cabo de tres meses, Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo lo odiaba; al cabo de tres meses, Gregoriska todavía no me había dicho ni una sola palabra de amor, y yo sentía que cuando él lo desease sería totalmente suya.


Kostaki había dejado sus correrías. No salía del castillo. Había cedido temporalmente el mando a una especie de lugarteniente que, de vez en cuando, venía a pedirle órdenes y desaparecía al punto.


También Smeranda me quería con una amistad apasionada, cuyas expresiones me atemorizaban. Protegía a todas luces a Kostaki, y parecía estar más celosa de mí de lo que lo estaba él. Pero como no entendía ni el polaco ni el francés, y yo no comprendía el moldavo, no tenía forma de abogar ante mí en favor de su hijo; pero había aprendido a decir en francés cuatro palabras, que me repetía siempre cuando posaba sus labios en mi frente:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Un día me enteré de una noticia terrible y que era el colmo de mis desdichas: los cuatro hombres que habían sobrevivido al combate habían sido puestos en libertad y regresado a Polonia, dando su palabra de que uno de ellos, antes de tres meses, regresaría para traerme noticias de mi padre.


Y, efectivamente, una mañana reapareció uno de ellos. Nuestro castillo había sido tomado, incendiado y arrasado, y mi padre había encontrado la muerte defendiéndolo.


En adelante estaba sola en el mundo.


Kostaki redobló sus insinuaciones, y Smeranda su afecto; pero esta vez aduje como pretexto mi luto por mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre insistió como él y con él, más incluso que él.


Gregoriska me había hablado del dominio de sí mismos que tienen los moldavos cuando no quieren que otros lean en sus sentimientos. Él era un vivo ejemplo de ello. Era imposible estar más segura del amor de un hombre de lo que yo lo estaba del suyo, y sin embargo, si alguien me hubiera preguntado en qué basaba mi certeza, me habría sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Tan solo los celos podían hacer tomar conciencia a Kostaki acerca de esta rivalidad, como solo mi amor podía hacerme tomar conciencia de este amor.

Sin embargo, lo confieso, me inquietaba mucho ese dominio de sí de Gregoriska. Yo confiaba en él, pero no era suficiente; necesitaba estar convencida; cuando he aquí que una noche, justo cuando acababa de volver a mi aposento, oí llamar suavemente a una de las dos puertas que, como ya he indicado, cerraban por dentro. Por la manera de llamar adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué y pregunté quién era.

—Gregoriska —contestó una voz cuyo acento no podía engañarme.


—¿Qué queréis de mí? —le pregunté temblando como una hoja.


—Si confiáis en mí —dijo Gregoriska—, si me creéis hombre de honor, aceptad una petición mía.


—¿Cuál?


—Apagad la luz como si os hubierais acostado y, de aquí a media hora, abridme esta puerta.


—Volved en media hora —me limité a responder.


Apagué la luz y esperé.


El corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía que se trataba de un hecho importante.


Pasó la media hora. Oí llamar más suavemente aún que la primera vez. Durante el intervalo había descorrido el cerrojo; no me quedaba, pues, sino abrir la puerta.


Entró Gregoriska y, sin esperar a que me lo pidiera, cerré la puerta tras él y eché el cerrojo.


Él permaneció un momento mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con una indicación. Luego, una vez que se hubo asegurado de que no nos amenazaba peligro alguno por el momento, me llevó al centro del amplio aposento, y sintiendo, por mi temblor, que no podría sostenerme en pie, fue a buscar una silla.


Me senté, mejor dicho, me dejé caer sobre el asiento.


—¡Dios mío! —le dije—, ¿qué sucede y por qué tantas precauciones?


—Porque mi vida, lo que no sería nada, y acaso también la vuestra, dependen de la conversación que vamos a tener.


Le tomé de una mano, toda asustada. Él se la llevó a los labios, mientras me miraba como si quisiera excusarse por semejante audacia.


Yo bajé los ojos, lo que era una forma de consentir.


—Os amo —me dijo con su voz melodiosa como un canto—. ¿Me amáis vos?


—Sí —le respondí.


—¿Y aceptaríais ser mi mujer?


—Sí.


Se llevó la mano a la frente con una profunda aspiración de felicidad.


—Entonces, ¿no os negaréis a seguirme?


—¡Os seguiré a donde sea!


—Así que comprendéis —continuó— que no podemos ser felices si no es huyendo de aquí.


—¡Oh, sí! —exclamé yo—, huyamos.


—¡Silencio! —dijo él estremeciéndose—. ¡Silencio!


—Tenéis razón.


Y yo me acerqué a él temblando.


—He aquí lo que he hecho —me dijo—, he aquí por qué he estado tanto tiempo sin confesaros que os amaba: es que quería, una vez que estuviera seguro de vuestro amor, que nada pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, querida Jadwige, inmensamente rico, pero a la manera de los señores moldavos: rico en tierras, en rebaños, en siervos. Pues bien, he vendido, por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado por todo ello trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en oro y el resto en letras de cambio pagaderas en Viena. ¿Os bastará con un millón?


Le apreté la mano.


—Me hubiera bastado con vuestro amor, Gregoriska, así que juzgad vos mismo.


—Pues bien, escuchad. Mañana iré al monasterio de Hango para tomar mis últimas disposiciones con el superior. Este me tiene preparados unos caballos que nos esperarán a partir de las nueve de la mañana ocultos a cien pasos del castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo igual que hoy a vuestro aposento; apagaréis la luz y, como hoy, yo entraré. Pero mañana, en lugar de salir solo de aquí, me seguiréis vos, saldremos por la puerta que da a los campos, iremos a por los caballos, montaremos en ellos y, pasado mañana por la mañana, habremos hecho treinta leguas.


—¡Oh! ¿Por qué no será ya pasado mañana?


—¡Querida Jadwige!


Gregoriska me estrechó contra su corazón; y nuestros labios se encontraron. ¡Oh! Bien que lo había dicho él: había abierto la puerta de mi aposento a un hombre de honor; pero él comprendió perfectamente que, si no le pertenecía de cuerpo, le pertenecía de alma.


Pasó la noche sin que pudiera pegar ojo ni un instante. ¡Me veía huyendo con Gregoriska, me sentía transportada por él como lo había sido ya por Kostaki! Solo que esa carrera terrible, espantosa, fúnebre, se trocaba ahora en un dulce y delicioso aprieto al que la velocidad añadía también su parte de goce, pues la velocidad es un placer en sí misma.


Despuntó el día. Bajé. Me pareció que había algo más sombrío aún que de ordinario en la manera en que Kostaki me saludó. Su sonrisa no era ya una ironía, sino una amenaza. En cuanto a Smeranda, me pareció la misma que de costumbre.


Durante el almuerzo, Gregoriska pidió sus caballos. Pareció que Kostaki no prestase la menor atención a aquella orden.


Hacia las once, Gregoriska se despidió, anunciando que no estaría de vuelta hasta el atardecer, y rogando a su madre que no le esperase para comer; luego se volvió hacia mí y me rogó que tuviera a bien admitir sus disculpas.


Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta el momento en que dejó la estancia, y en ese instante sus ojos echaron tales chispas de odio que me estremecí.


Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. No había confiado a nadie nuestros planes, a duras penas me atreví a hablarle a Dios de ellos en mis oraciones, y tenía la impresión de que todos estaban al tanto de ellos, que cada mirada que se ponía en mí podía penetrar y leer en el fondo de mi corazón.


La comida fue un suplicio: sombrío y taciturno, Kostaki hablaba raramente; esta vez se limitó a decir dos o tres palabras en moldavo a su madre, y cada vez el acento de su voz me provocó un estremecimiento.


Cuando me levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de costumbre, me abrazó, y, al hacerlo, repitió aquella frase que, desde hacía ya ocho días, no había vuelto a salir de su boca:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Esta frase me persiguió como una amenaza; una vez en mi aposento, me parecía que una voz fatal me susurrase al oído: «¡Kostaki ama a Jadwige!».


Ahora bien, el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la muerte.


Hacia las siete de la tarde, y como el día comenzaba a declinar, vi a Kostaki atravesar el patio. Se volvió para mirar hacia mi lado, pero yo me eché hacia atrás, para que no pudiera verme.


Estaba inquieta, pues durante todo el tiempo en que la posición de mi ventana me había permitido seguirle, lo había visto dirigirse hacia las caballerizas. Me aventuré a descorrer el cerrojo de mi puerta, y deslizarme hacia la habitación contigua, desde donde podría ver todo lo que hiciese.


En efecto, se dirigía a las caballerizas. Entonces hizo salir él mismo a su caballo favorito, lo ensilló personalmente y con el esmero de un hombre que concede la mayor importancia a los menores detalles. Vestía el mismo traje con el que lo había conocido la primera vez. Solo que, por toda arma, llevaba su alfanje.


Cuando hubo ensillado el caballo, dirigió sus ojos una vez más a mi aposento. Luego, al no verme, saltó sobre la silla, mandó abrir la misma puerta por la que había salido y por la que debía regresar su hermano, y se alejó al galope, en dirección al monasterio de Hango.


Entonces mi corazón se encogió de una manera terrible; un presentimiento fatal me decía que Kostaki iba al encuentro de su hermano.


Me quedé en aquella ventana mientras pude distinguir aquel camino, que, a un cuarto de legua del castillo, hacía un recodo, y se perdía al comienzo de un bosque. Pero la noche se volvía cada momento más cerrada, y el camino no tardó en desaparecer totalmente de mi vista. Seguí en la ventana. Finalmente mi inquietud, por su propio exceso, me devolvió las fuerzas, y, como era, evidentemente, abajo en la sala donde debía recibir las primeras noticias de uno o del otro de los dos hermanos, bajé.


Mi primera mirada fue para Smeranda. Por la serenidad de su rostro comprendí que no sentía ningún recelo; daba sus órdenes para la cena como de costumbre, y los cubiertos de los dos hermanos estaban en su sitio.


Yo no me atrevía a preguntar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiese podido preguntar? Nadie en el castillo, a excepción de Kostaki y de Gregoriska, hablaba ninguna de las dos únicas lenguas que yo sabía.


Al menor ruido me estremecía.


Normalmente era a las nueve cuando nos sentábamos a la mesa para cenar. Yo había bajado a las ocho y media; y seguía con la mirada el minutero, cuya marcha era casi visible en la amplia esfera del reloj.


La aguja viajera rebasó la distancia que la separaba del cuarto. Sonó el cuarto. La vibración resonó sombría y triste; luego la aguja retomó su marcha silenciosa, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la regularidad y la lentitud de una punta de compás.


Unos minutos antes de las nueve, me pareció oír el galope de un caballo en el patio. Smeranda también lo oyó, pues volvió la cabeza del lado de la ventana; pero la noche era demasiado espesa para que ella pudiera ver.


¡Oh! ¡Si ella me hubiese mirado en aquel momento, seguro que habría podido adivinar lo que pasaba en mi corazón! No se había oído más que el trote de un único caballo, y era muy simple. Ya sabía perfectamente que no regresaría más que un solo jinete.


Pero ¿cuál?


Unos pasos resonaron en la antecámara. Estos pasos eran lentos y parecían muy titubeantes; cada uno de estos pasos parecía pesar sobre mi corazón.


Se abrió la puerta, y vi en la oscuridad dibujarse una sombra. La sombra se detuvo un momento en la puerta. Yo tenía el corazón en vilo.


La sombra avanzó, y, a medida que entraba dentro del círculo de luz, yo respiraba.


Reconocí a Gregoriska. Un instante de duda más y mi corazón se hubiera roto.


Reconocí a Gregoriska, pero pálido como un muerto. Nada más verle, se intuía que algo terrible acababa de pasar.


—¿Eres tú, Kostaki? —preguntó Smeranda.


—No, madre —respondió Gregoriska con una voz sorda.


—¡Ah!, aquí estáis —dijo ella—; ¿y desde cuándo vuestra madre debe esperaros?


—Madre mía —dijo Gregoriska echando una mirada al péndulo—, no son más que las nueve.


Y en ese momento, en efecto, dieron las nueve.


—Es cierto —dijo Smeranda—. ¿Dónde está vuestro hermano?


A mi pesar, pensé que era la misma pregunta que Dios había hecho a Caín.


Gregoriska no respondió.


—¿Nadie ha visto a Kostaki? —preguntó Smeranda.


El vatar, o mayordomo, se informó a su alrededor.


—A eso de las siete —dijo—, el conde ha ido a las caballerizas, ha ensillado su caballo él mismo y ha tomado el camino de Hango.


En ese momento, mi mirada se cruzó con la de Gregoriska. Yo no sabía si era una realidad o una alucinación, pero me pareció que había una gota de sangre en medio de su frente.

Llevé lentamente mi dedo a mi propia frente, indicando el lugar donde creía ver esta mancha.

Gregoriska comprendió; tomó su pañuelo y se secó.


—Sí, sí —murmuró Smeranda—, se habrá encontrado a algún oso, o a algún lobo, y se habrá divertido en perseguirlo. Por eso es por lo que un niño hace esperar a su madre. ¿Dónde lo habéis dejado, Gregoriska? Decid.


—Madre mía —respondió Gregoriska con una voz emocionada, pero firme—, mi hermano y yo no hemos partido juntos.


—¡Está bien! —dijo Smeranda—. Que sirvan, sentaos a la mesa y que cierren las puertas; el que se quede fuera pasará la noche fuera.


Las dos primeras partes de esta orden fueron ejecutadas al pie de la letra: Smeranda ocupó su lugar, Gregoriska se sentó a su derecha y yo a su izquierda.


Acto seguido los servidores salieron para cumplir la tercera, es decir, para cerrar las puertas del castillo.


En aquel momento se oyó un gran ruido en el patio, y un criado completamente trastornado entró en la sala diciendo:

—Princesa, el caballo del conde Kostaki acaba de entrar en el patio, solo, y todo cubierto de sangre.

—¡Oh! —murmuró Smeranda alzándose pálida y amenazadora—, así es como regresó un atardecer el caballo de su padre.


Dirigí mi mirada hacia Gregoriska: ya no estaba pálido, sino lívido.


En efecto, el caballo del conde Koproli había entrado un atardecer en el patio del castillo, totalmente cubierto de sangre, y, una hora después, los servidores habían encontrado y traído el cuerpo cubierto de heridas.


Smeranda tomó una antorcha de las manos de uno de los criados, avanzó hacia la puerta, la abrió y bajó al patio.


El caballo, totalmente espantado, era refrenado a su pesar por tres o cuatro servidores que unían sus esfuerzos para apaciguarlo.


Smeranda se adelantó hacia el animal, miró la sangre que manchaba su silla y reconoció una herida en la parte alta de su testuz.


—Kostaki ha muerto de frente —afirmó ella—, en duelo y por la mano de un solo enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos a su asesino.


Como el caballo había regresado por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron por aquella puerta, y se vio perderse por los campos sus antorchas e internarse en el bosque, igual que en un bonito atardecer de verano se ve resplandecer las luciérnagas en las llanuras de Niza y de Pisa.


Smeranda, como si estuviese convencida de que la marcha no sería larga, esperó de pie en la puerta. Ni una lágrima corría de los ojos de esta madre desolada, y sin embargo se sentía rugir la desesperación en el fondo de su corazón.


Gregoriska permanecía detrás de ella, y yo estaba cerca de Gregoriska.


Al abandonar la sala, hizo un amago de ofrecerme el brazo, pero no se atrevió.


Al cabo de un cuarto de hora aproximadamente, se vio por un recodo del camino reaparecer una antorcha, luego dos, y acto seguido todas las demás.


Solo que esta vez, en lugar de dispersarse por los campos, estaban agrupadas en torno a un centro común.


Pronto pudo verse que este centro común se componía de unas parihuelas y de un hombre tendido sobre ellas.


El fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero avanzaba. Al cabo de diez minutos, estuvo ante la puerta. Al ver a la madre viva que esperaba al hijo muerto, los que lo portaban se descubrieron instintivamente, luego entraron silenciosos en el patio.


Smeranda echó a andar tras ellos, y nosotros seguimos a Smeranda. Se llegó así a la gran sala, en la que fue depositado el cuerpo.


Entonces, haciendo un gesto de suprema majestad, Smeranda mandó apartarse a todo el mundo y, acercándose al cadáver, hincó una rodilla en tierra delante de él, apartó los cabellos que velaban su rostro, lo contempló largamente, con los ojos secos en todo momento. Luego, abriendo la casaca moldava, apartó la camisa manchada de sangre.


La herida estaba en el lado derecho del pecho. Debía de haber sido hecha por una hoja recta y de doble filo.


Me acordé de que había visto ese mismo día, en el costado de Gregoriska, el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a su carabina.


Busqué esta arma en su costado, pero había desaparecido.


Smeranda pidió agua, empapó su pañuelo en ella y lavó la herida.


Una sangre fresca y pura enrojeció los labios de la herida.


El espectáculo que tenía ante mis ojos presentaba un no sé qué de atroz y de sublime al mismo tiempo. Aquella amplia estancia, ahumada por las antorchas de resina, esos rostros bárbaros, esos ojos relucientes de ferocidad, esas costumbres extrañas, esa madre que calculaba, a la vista de la sangre todavía caliente, cuánto tiempo hacía que la muerte le había arrebatado a su hijo, ese gran silencio, solo interrumpido por los sollozos de esos bandidos, cuyo jefe era Kostaki, todo ello, repito, era atroz y sublime de ver.


Finalmente, Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo, y acto seguido, tras levantarse y echarse hacia atrás las largas trenzas de sus blancos cabellos que se habían desprendido, dijo:

—¿Gregoriska?

Gregoriska se estremeció, meneó la cabeza y, abandonando su atonía, repuso:


—¿Sí, madre?


—Venid aquí, hijo mío, y escuchadme.


Gregoriska obedeció estremeciéndose, pero obedeció.


A medida que se acercaba al cuerpo, la sangre brotaba de la herida, más copiosa y más bermeja. Por fortuna, Smeranda no miraba ya de ese lado, pues, a la vista de aquella sangre acusadora, no hubiera tenido ya necesidad de buscar quién era el asesino.


—Gregoriska —dijo—, bien sabes que Kostaki y tú no os tenéis ningún aprecio. Sé perfectamente que tú eres Waivady por parte de padre, y él Koproli por parte del suyo; pero, por parte de vuestra madre, sois los dos Brancovan. Sé que tú eres un hombre de las ciudades de Occidente, y él un hijo de las montañas orientales; pero, por el seno que os trajo al mundo a ambos, sois hermanos. Pues bien, Gregoriska, quiero saber si vamos a llevar a mi hijo al lado de su padre sin que el juramento haya sido pronunciado, si puedo llorar tranquila por fin, como una mujer, pudiendo confiar en vos, es decir, en un hombre, para el castigo.


—Decidme el nombre del asesino de mi hermano, señora, y solo tenéis que darme una orden; os juro que antes de una hora, si así lo exigís, habrá dejado de vivir.


—Jurad, Gregoriska, jurad, so pena de mi maldición, ¿entendido, hijo mío?, jurad que el asesino morirá, que no dejaréis piedra sobre piedra de su casa; que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida perecerán por vuestra mano. Jurad, y, al hacerlo, que la ira del cielo caiga sobre vos si faltáis a este sagrado juramento. ¡Si faltáis a este sagrado juramento, someteos a la miseria, a la execración de vuestros amigos, a la maldición de vuestra madre!


Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver.


—¡Juro que el asesino morirá! —dijo.


A este extraño juramento, y cuyo verdadero sentido solo el muerto y yo, tal vez, podíamos comprender, vi o creí ver producirse un prodigio espantoso. Los ojos del cadáver se volvieron a abrir y se clavaron en mí más vivos de lo que los había visto jamás, y sentí, como si ese doble rayo hubiese sido palpable, penetrar un hierro candente hasta mi corazón.


Era más de lo que podía soportar y me desvanecí. 

 

IV. EL MONASTERIO DE HANGO

 
Cuando me desperté, estaba en mi aposento, acostada en mi cama; una de las dos mujeres velaba cerca de mí. Yo pregunté dónde estaba Smeranda; se me respondió que velaba cerca del cuerpo de su hijo. Yo pregunté dónde estaba Gregoriska; se me respondió que estaba en el monasterio de Hango. Ni hablar de una huida. Pues ¿acaso Kostaki no estaba muerto? Ni tampoco de casarme con él. Pues ¿acaso podía desposarse el fratricida?

Pasaron tres días y tres noches en medio de unos sueños extraños. En mi vigilia o en mi sueño, veía en todo momento esos dos ojos vivos en medio de aquel rostro muerto: era una visión horrible. Era al tercer día cuando debía tener lugar el enterramiento de Kostaki. Por la mañana de aquel día me trajeron de parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo puse y bajé. La casa parecía vacía; todo el mundo estaba en la capilla. Me encaminé hacia el lugar de la ceremonia. En el momento en que franqueé el umbral, Smeranda, a la que llevaba tres días sin ver, vino hacia mí.


Parecía una efigie encarnada del dolor. Con un movimiento lento como el de una estatua, posó sus labios gélidos en mi frente y, con una voz que parecía salir ya de la tumba, pronunció estas palabras habituales:


—Kostaki os ama.


No podéis haceros una idea del efecto que produjeron en mí tales palabras. Esta declaración de amor hecha en tiempo presente, en lugar de hacerla en tiempo pasado; ese «os ama», en lugar de «os amaba»; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en la vida, me produjo una terrible impresión. 

Al mismo tiempo, un extraño sentimiento se apoderaba de mí, como si yo hubiera sido, en efecto, la mujer de aquel que estaba muerto y no la prometida del que estaba vivo. Ese féretro me atraía hacia él, a mi pesar, dolorosamente, como se dice que la serpiente atrae al pájaro que fascina. Busqué los ojos de Gregoriska; lo vi, pálido y erguido contra una columna; sus ojos miraban al cielo. No puedo asegurar que él me viera.


Los monjes del convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando unas salmodias del rito griego, algunas veces muy armoniosas, pero las más, muy monótonas. También yo quería rezar, pero la oración moría en mis labios; tenía el espíritu tan trastornado que me parecía más bien estar asistiendo a una junta de diablos que a una reunión de sacerdotes. 

En el momento en que levantaron el cuerpo, yo quise seguirlo, pero mis fuerzas se negaron a ello. Sentí que me flaqueaban las piernas y me apoyé en la puerta. Entonces Smeranda vino hacia mí e hizo una señal a Gregoriska.


Gregoriska obedeció y se acercó. Smeranda me dirigió la palabra en lengua moldava.


—Mi madre me ordena que os repita palabra por palabra lo que ella va a decir —dijo Gregoriska.


Entonces Smeranda habló de nuevo; y, cuando hubo terminado, dijo:

—He aquí las palabras de mi madre: «Lloráis a mi hijo, Jadwige, pues lo amabais, ¿no es así? Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de ahora en adelante vos seréis mi hija como si Kostaki hubiera sido vuestro esposo; tenéis de ahora en adelante una patria, una madre, una familia. Derramemos la suma de lágrimas debidas a los muertos, luego volvamos a ser de nuevo dignas las dos de aquel que no está…, ¡yo su madre, y vos su mujer! Adiós, volved a vuestro aposento; yo voy a seguir a mi hijo hasta su última morada; a mi vuelta, me encerraré con mi dolor, y vos no me veréis hasta que lo haya vencido; estad tranquila, lo venceré, pues no quiero que sea él el que me venza a mí».

No pude responder a estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, más que con un gemido. Volví a subir a mi aposento, el cortejo se alejó. Lo vi desaparecer por un recodo del camino. El convento de Hango no estaba más que a una media legua del castillo en línea recta; pero los obstáculos del suelo obligaban a que el camino se desviara, por lo que se tardaba cerca de dos horas en recorrerlo. 

Estábamos en el mes de noviembre. Los días se habían vuelto fríos y cortos. A las cinco de la tarde era ya noche cerrada. Hacia las siete, vi reaparecer unas antorchas. Era el cortejo fúnebre que venía de regreso. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres. Estaba todo dicho.


Ya os he confesado presa de qué extraña obsesión vivía desde el fatal suceso que nos había vestido a todos de luto, y sobre todo desde que yo había visto reabrir y clavarse en mí los ojos que la muerte había cerrado. Aquella tarde, abrumada por las emociones de la jornada, estaba más triste aún. 

Escuchaba dar las diferentes horas en el reloj del castillo, y me entristecía conforme el tiempo que volaba me acercaba al instante en que Kostaki debía de haber muerto. Oía sonar las nueve menos cuarto.


Entonces una extraña sensación se apoderó de mí. Era un terror estremecedor que corría por todo mi cuerpo y lo helaba; luego, con este terror, algo como un sueño invencible que entorpecía mis sentidos; sentí una opresión en el pecho, mis ojos se velaron, extendí los brazos y, retrocediendo, fui a caer sobre mi cama. 

Sin embargo, no había perdido a tal punto mis sentidos para no poder oír cómo unos pasos se acercaban a mi puerta; luego me pareció que mi puerta se abría. Luego no vi y no oí ya nada. Únicamente sentí un vivo dolor en el cuello. Tras lo cual, caí en un completo letargo.


Me desperté a medianoche; mi lámpara todavía ardía; quise levantarme, pero estaba tan débil que tuve que intentarlo dos veces. Sin embargo, vencí esta debilidad y, como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que había experimentado en mi sueño, me arrastré, apoyándome contra la pared, hasta el espejo y miré. Algo parecido a un pinchazo de alfiler señalaba la arteria de mi cuello. Pensé que algún insecto me habría mordido mientras dormía, y, como estaba muerta de cansancio, me acosté y me dormí.


Al día siguiente, me desperté como de costumbre. Y como de costumbre quise levantarme en cuanto mis ojos se hubieron abierto; pero sentí una debilidad que no había experimentado todavía más que una sola vez en mi vida, al día siguiente de un día en que me habían aplicado una sangría. 

Me acerqué al espejo y me quedé sorprendida de mi palidez. La jornada pasó triste y sombría; experimentaba una cosa extraña; sentía la necesidad de quedarme allí donde estaba, pues todo desplazamiento suponía una fatiga. 

Cuando llegó la noche, me trajeron mi lámpara; mis mujeres, al menos eso comprendía por sus gestos, se ofrecían a quedarse a mi lado. Yo les di las gracias; ellas salieron. A la misma hora que la víspera, experimenté los mismos síntomas. Entonces quise levantarme y pedir socorro; pero no pude ir hasta la puerta. 

Oí vagamente el carillón del reloj que daba las nueve menos cuarto, resonaron los pasos, la puerta se abrió; pero yo no veía, no oía ya nada; al igual que la víspera, había ido a caer desplomada sobre mi cama. Al igual que la víspera, sentí un dolor agudo en el mismo sitio. Al igual que la víspera, me desperté a medianoche; solo que me desperté más débil y más pálida que la víspera.


Al día siguiente se repitió también la horrible obsesión. Estaba decidida a bajar para estar al lado de Smeranda, por más débil que estuviese, cuando una de mis mujeres entró en mi aposento y pronunció el nombre de Gregoriska. 

Gregoriska venía detrás de ella. Quise levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón. Él lanzó un grito al verme y quiso abalanzarse hacia mí; pero yo tuve fuerzas para extender el brazo hacia él.


—¿Qué venís a hacer aquí? —le pregunté.


—¡Ay! —dijo él—, ¡venía a deciros adiós! Venía a deciros que abandono este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y sin vuestra presencia; venía a deciros que me retiro al convento de Hango.


—Os veis privado de mi presencia, Gregoriska —le respondí—, pero no de mi amor. Lamentablemente, os sigo amando, y mi gran dolor es que de ahora en adelante este amor sea poco menos que un crimen.


—Entonces, ¿puedo esperar que rezaréis por mí, Jadwige?


—Sí, solo que no rezaré por largo tiempo —añadí con una sonrisa.


—¿Qué os ocurre, en efecto, y por qué estáis tan pálida?


—¡Que… Dios se apiada de mí, sin duda, y me llama con Él!


Gregoriska se acercó a mí, me tomó de una mano que yo no tuve fuerzas de retirar y, mirándome con fijeza, dijo:

—Esta palidez no es natural, Jadwige; ¿de qué os viene? Hablad.

—Si os lo dijera, Gregoriska, creeríais que estoy loca.


—No, no, hablad, Jadwige, os lo suplico; nos encontramos en un país que no se parece a ningún otro, en una familia que no se parece a ninguna otra familia. Hablad, decidlo todo, os lo suplico.


Le conté todo: esa extraña alucinación que me dominaba a la misma hora en que debía de haber muerto Kostaki; ese terror, ese amodorramiento, ese frío gélido, esa postración que me obligaba a acostarme, ese ruido de pasos que creía oír, esa puerta que creía ver abrirse y, por último, ese dolor agudo seguido de una palidez y de una debilidad que no hacían sino ir en aumento. 

Yo había creído que mi relato le parecería a Gregoriska un principio de locura, y lo concluí no sin una cierta timidez, cuando, por el contrario, vi que prestaba a este relato una profunda atención. Cuando hube dejado de hablar, él reflexionó unos instantes.


—¿Así que —preguntó— os dormís todas las noches a las nueve menos cuarto?


—Sí, por más esfuerzos que haga por resistir al sueño.


—¿Así que creéis ver abrirse vuestra puerta?


—Sí, aunque echo el cerrojo.


—¿Así que sentís un dolor agudo en el cuello?


—Sí, aunque apenas mi cuello conserva la señal de una herida.


—¿Me permitiríais que la viera? —preguntó.


Eché mi cabeza sobre un hombro. Él examinó esa cicatriz.

—Jadwige —dijo, al cabo de unos instantes—, ¿tenéis confianza en mí?

—¿Y me lo preguntáis? —repuse yo.


—¿Creéis en mi palabra?


—Como si fuera el Evangelio.


—Pues bien, Jadwige, a fe mía, os juro que no os quedan ocho días de vida si no aceptáis hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros.


—¿Y si acepto?


—Si aceptáis, tal vez podréis salvaros.


—¿Tal vez?


Guardó silencio.


—Sea lo que sea lo que haya de pasar, Gregoriska —proseguí—, haré lo que me mandéis hacer.


—Pues bien, escuchad —dijo—, y sobre todo no os asustéis. En vuestro país, como en Hungría, como en nuestra Rumanía, existe una tradición.


Me estremecí, pues me había vuelto esta tradición a la memoria.


—¡Ah! —dijo él—, ¿sabéis a lo que me refiero?


—Sí —respondí—, he visto en Polonia personas sometidas a esta horrible fatalidad.


—Os referís a los vampiros, ¿no es cierto?


—Sí, en mi infancia vi cómo desenterraban en el cementerio de un pueblo que pertenecía a mi padre a cuarenta personas, muertas en quince días, sin que hubiera podido adivinarse la causa de su fallecimiento. Entre estos muertos, diecisiete mostraban señales de vampirismo, es decir, fueron encontrados lozanos, bermejos y parecidos a seres vivos; los otros eran sus víctimas.


—¿Y qué se hizo para liberar a la región de ellos?


—Se les clavó una estaca en el corazón y, a continuación, se los quemó.


—Sí, así es como se actúa de ordinario; pero eso para nosotros no basta. Para liberaros del fantasma, primero quiero conocerlo, y vive Dios que lo conoceré. Sí, y si es preciso lucharé cuerpo a cuerpo con él, sea quien sea.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo aterrada.


—Ya lo he dicho: quienquiera que sea, repito. Pero para llevar a buen fin esta terrible aventura, es preciso que aceptéis todo lo que voy a exigir de vos.


—Hablad.


—Estad preparada a las siete, bajad a la capilla y hacedlo sola; tenéis que vencer vuestra debilidad, Jadwige, tenéis que hacerlo. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consentid a ello, querida mía; es preciso, para defenderos, que ante Dios y ante los hombres tenga yo derecho a velar por vos. Volveremos a subir aquí y entonces veremos.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo—, ¡si es él, os matará!


—No temáis nada, mi querida Jadwige. Limitaos a dar vuestro consentimiento.


—Sabéis muy bien que haré cuanto queráis, Gregoriska.


—Hasta el atardecer, pues.


—Sí, haced por vuestra parte lo que se os antoje y yo os secundaré del mejor modo; podéis iros.


Salió. Un cuarto de hora después, vi a un jinete correr precipitadamente por el camino del convento: ¡era él! Apenas lo hube perdido de vista, cuando caí de rodillas y recé, como no se reza ya en vuestros países incrédulos, y esperé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el sacrificio de mis pensamientos: no volví a levantarme hasta el momento en que dieron las siete. 

Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta. Me toqué con un gran velo negro, bajé la escalera, sosteniéndome contra las paredes, y me dirigí a la capilla sin haberme encontrado con nadie.


Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, superior del convento de Hango. Llevaba a un costado una espada santa, reliquia de un viejo cruzado que había tomado Constantinopla con Villehardouin y Balduino de Flandes.


—Jadwige —dijo dando un golpe en su espada con una mano—, con la ayuda de Dios, esto es lo que romperá el hechizo que amenaza vuestra vida. Acercaos, pues, resueltamente; he aquí un santo varón que, tras haber recibido mi confesión, va a recibir nuestros juramentos.


Dio comienzo la ceremonia; tal vez nunca ha habido algo más sencillo y más solemne a la vez. Nadie ayudaba al pope; él mismo nos colocó sobre la cabeza las coronas nupciales. 

Vestidos de luto los dos, dimos la vuelta al altar con un cirio en la mano; luego el religioso, tras haber pronunciado las palabras santas, añadió:


—Ahora podéis iros, hijos míos, y que Dios os infunda la fuerza y el valor de luchar contra el enemigo del género humano. Estáis armados de vuestra inocencia y de su justicia; venceréis al demonio. Id y benditos seáis.


Nosotros besamos los libros sagrados y salimos de la capilla. 

Entonces, por primera vez, me apoyé en el brazo de Gregoriska y me pareció que, al tocar aquel valeroso brazo, que al contacto con aquel noble corazón, la vida retornaba a mis venas. Me creía segura de triunfar, puesto que Gregoriska estaba conmigo; volvimos a subir a mi aposento. Dieron las ocho y media.


—Jadwige —me dijo entonces Gregoriska—, no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormirte como de costumbre y que todo suceda durante tu sueño? ¿O quieres permanecer despierta y verlo todo?


—A tu lado no temo nada, por lo que quiero permanecer despierta, quiero verlo todo.


Gregoriska extrajo de su pecho una ramita de boj bendecido, completamente húmeda aún de agua bendita, y me la entregó.


—Coge, pues, esta ramita —dijo—, acuéstate en tu cama, di las oraciones a la Virgen y espera sin temor. Dios está con nosotros. Sobre todo, no dejes caer tu ramita; con ella podrás mandar hasta en el mismísimo infierno. No me llames, no grites; reza, ten esperanza y aguarda.

Yo me acosté en la cama. Crucé mis manos sobre mi pecho, sobre el cual apoyé la ramita bendecida. En cuanto a Gregoriska, se escondió detrás del dosel al que ya me he referido y que ocultaba el rincón de mi aposento. Yo contaba los minutos y sin duda Gregoriska los contaba también por su parte. 

Dieron los tres cuartos. El resonar del martillo vibraba aún cuando sentí ese mismo amodorramiento, ese mismo terror, ese mismo frío glacial; pero acerqué la ramita bendecida a mis labios y esta primera sensación se disipó. Entonces oí muy claramente el ruido de esos pasos lentos y mesurados que resonaban en la escalera y que se acercaban a mi puerta. 

Luego mi puerta se abrió lentamente, sin ruido, como empujada por una fuerza sobrehumana, y entonces…


La voz se detuvo como ahogada en la garganta de la narradora.


Y entonces —continuó no sin esfuerzo—, vi a Kostaki, pálido como lo había visto sobre las parihuelas; sus largos cabellos, esparcidos sobre sus hombros, goteaban sangre: llevaba su traje habitual, solo que abierto a la altura del pecho, y dejaba ver su herida sangrante. Todo estaba muerto, todo era cadáver, carne, ropa, andares…, únicamente los ojos, esos ojos terribles estaban vivos. 

Al ver esto, ¡cosa extraña!, en lugar de sentir redoblarse mi espanto, sentí aumentar mi valor. Me lo infundía Dios, sin duda, para que pudiera juzgar yo mi situación y defenderme contra el infierno. Al primer paso que el fantasma dio hacia mi cama, crucé osadamente mi mirada con esa mirada plomiza y le presenté la ramita bendecida.


El espectro trató de avanzar; pero un poder más fuerte que el suyo lo mantenía en su sitio. Se detuvo.


—¡Oh! —murmuró—, no duerme; lo sabe todo.


Hablaba en moldavo y, sin embargo, yo entendía como si sus palabras hubiesen sido pronunciadas en una lengua que yo comprendiera. Estábamos así enfrente el uno del otro, el fantasma y yo, sin que mis ojos pudieran desviarse de los suyos, cuando vi, sin necesitar volver la cabeza hacia su lado, a Gregoriska salir de detrás de la silla de coro de madera, parecido al ángel exterminador y empuñando la espada. 

Se santiguó con la mano izquierda y avanzó lentamente con la espada tendida hacia el fantasma; este, al reconocer a su hermano, había sacado a su vez su alfanje con una carcajada terrible; pero apenas el alfanje hubo tocado el acero bendito cuando el brazo del fantasma volvió a caer inerme al lado de su cuerpo.


Kostaki dejó escapar un suspiro lleno de lucha y desesperación.


—¿Qué quieres? —preguntó a su hermano.


—En el nombre de Dios vivo —dijo Gregoriska—, te suplico que respondas.


—Habla —dijo el fantasma con un rechinar de dientes.


—¿Fui yo quien te esperó?


—No.


—¿Fui yo quien te atacó?


—No.


—¿Fui yo quien te hirió?


—No.


—Fuiste tú quien se arrojó sobre mi espada, eso es todo. Por tanto, a los ojos de Dios y de los hombres, no soy culpable del crimen de fratricidio; por tanto, no has recibido ninguna misión divina, sino infernal; por eso has salido de la tumba no como una sombra santa, sino como un espectro maldito, y volverás a tu tumba.


—Con ella, sí —exclamó Kostaki haciendo un esfuerzo supremo para apoderarse de mí.


—Solo —exclamó a su vez Gregoriska—; esta mujer es mía.


Y al pronunciar estas palabras, con la punta del acero bendecido tocó la herida viva. Kostaki lanzó un grito como si una espada flamígera le hubiese tocado y, llevándose la mano izquierda a su pecho, dio un paso hacia atrás. 

Al mismo tiempo, y con un movimiento que parecía acompasado con el suyo, Gregoriska dio un paso hacia delante; entonces, con los ojos fijos en los ojos del muerto, la espada contra el pecho de su hermano, comenzó una marcha lenta, terrible, solemne; algo parecido al paso de Don Juan y del Comendador; el espectro retrocediendo ante la espada sagrada, ante la voluntad irresistible del campeón de Dios; este siguiéndole paso a paso sin pronunciar una palabra, los dos jadeando, los dos lívidos, el vivo empujando al muerto delante de él y obligándole a abandonar aquel castillo, que fuera su morada en el pasado, por la tumba, que era su morada en el futuro. ¡Oh! Era un espectáculo horrible, os lo juro.


Y sin embargo, movida yo misma por una fuerza superior a mí, invisible, desconocida, sin darme cuenta de lo que hacía, me levanté y les seguí. Bajamos la escalera, alumbrados tan solo por las pupilas ardientes de Kostaki. Atravesamos así la galería y también el patio. Franqueamos la puerta con esos mismos pasos mesurados: el espectro retrocediendo, Gregoriska con el brazo tendido, yo siguiéndolos. 

Este recorrido fantástico se prolongó por espacio de una hora: era preciso llevar de nuevo al muerto a su tumba; solo que, en lugar de seguir el camino habitual, Kostaki y Gregoriska atajaron yendo en línea recta, sin preocuparse por unos obstáculos que habían dejado de existir: bajo sus pies, el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles retrocedían, las rocas se apartaban; por lo que hace a mí, se operaba el mismo milagro que se operaba para con ellos; solo que todo el cielo me parecía cubierto de un crespón negro, la luna y las estrellas habían desaparecido, y yo no veía brillar en la noche en todo momento más que los ojos llameantes del vampiro.


Llegamos así a Hango, pasamos así a través del seto de arbustos que servía de cerca al cementerio. Apenas en su interior, distinguí en la sombra la tumba de Kostaki situada al lado de la de su padre; ignoraba que estuviese allí y, sin embargo, la reconocí. Esa noche lo sabía todo. Al borde de la fosa abierta, Gregoriska se detuvo.


—Kostaki —dijo—, no ha terminado todo aún para ti, y una voz del cielo me dice que serás perdonado si te arrepientes: ¿prometes, pues, volver a entrar en tu tumba, prometes no volver a salir de ella, prometes consagrar, por último, a Dios el culto que has consagrado al infierno?


—¡No! —respondió Kostaki.


—¿Te arrepientes? —preguntó Gregoriska.


—¡No!


—Por última vez, ¿te arrepientes, Kostaki?


—¡No!


—¡Pues bien, invoca en tu ayuda a Satanás, que yo invoco a Dios en la mía, y veamos una vez más de parte de quién se decantará la victoria!


Dos gritos resonaron al mismo tiempo; los aceros se cruzaron despidiendo chispas, y el combate se prolongó por espacio de un minuto que me pareció un siglo. Kostaki se desplomó; vi alzarse la espada terrible, la vi hundirse en su cuerpo y clavar ese cuerpo en la tierra recién removida. Un grito supremo, y que nada tenía de humano, recorrió los aires.


Yo acudí. Gregoriska se había quedado de pie, pero tambaleándose. Yo acudí y lo sostuve en mis brazos.


—¿Estáis herido? —le pregunté con ansiedad.


—No —me dijo—; pero en un duelo semejante, querida Jadwige, no es la herida la que mata, sino la lucha. Yo he luchado con la muerte y pertenezco a la muerte.


—¡Amigo, amigo! —exclamé yo—, aléjate, aléjate de aquí, y la vida tal vez retorne.


—No —dijo él—, esta es mi tumba, Jadwige: pero no perdamos tiempo; coge una poca de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala sobre la mordedura que él te ha hecho; es el único medio para preservarte en el futuro de su horrible amor.


Yo obedecí temblando. Me agaché para recoger aquella tierra ensangrentada y, al hacerlo, vi el cadáver clavado en el suelo; la espada bendecida le atravesaba el corazón y una sangre negra y copiosa brotaba de su herida, como si acabara de morir en ese mismo instante. Amasé un poco de tierra con la sangre y apliqué el horrible talismán en mi herida.


—Ahora, mi adorada Jadwige —dijo Gregoriska con una voz debilitada—, escucha bien mis últimas instrucciones: abandona el país en cuanto puedas. La distancia es la única seguridad para ti. El padre Basilio ha recibido hoy mis últimas voluntades y las cumplirá. ¡Jadwige! ¡Un beso! ¡El último, el único, Jadwige! Me muero.


Y, diciendo estas palabras, Gregoriska se desplomó cerca de su hermano. En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres tendidos uno al lado del otro, me hubiese vuelto loca; pero, ya lo he dicho, Dios me había infundido unas fuerzas parejas a los sucesos de los que Él me hacía no solo testigo, sino también protagonista. 

En el momento en que miré en torno mío, buscando alguna ayuda, vi abrirse la puerta del claustro y los monjes, conducidos por el padre Basilio, avanzaron de dos en dos, llevando unas antorchas encendidas y cantando las preces por los difuntos. El padre Basilio acababa de llegar al convento; había previsto lo sucedido y, a la cabeza de toda la comunidad, se dirigía al cementerio. 

Me encontró viva cerca de los dos muertos. Kostaki tenía el rostro trastornado por una última convulsión. Gregoriska, por el contrario, estaba sereno y casi sonriente.


Tal como había pedido Gregoriska, lo enterraron cerca de su hermano, el cristiano guardando al condenado. Smeranda, al tener conocimiento de esa nueva desgracia y la parte que había tenido yo en ella, quiso verme; vino a visitarme al convento de Hango y supo por mi boca todo lo sucedido en aquella terrible noche. Yo le conté con todo pormenor la fantástica historia, pero ella me escuchó como me había escuchado Gregoriska, sin asombro ni espanto.


—Jadwige —respondió tras unos momentos de silencio—, por más extraño que resulte lo que acabáis de contar, no habéis dicho sin embargo más que la pura verdad. La raza de los Brancovan es una raza maldita, hasta la tercera y la cuarta generación, y ello porque un Brancovan dio muerte a un sacerdote. Pero la maldición ha tocado a su fin; pues, aunque esposa, sois virgen, y conmigo se acaba la raza. Si mi hijo os ha legado un millón, tomadlo. Después de mí, aparte de los legados piadosos que pienso hacer, el resto de mi fortuna será para vos. Ahora seguid el consejo de vuestro esposo, regresad cuanto antes a los países donde Dios no permite que ocurran estos terribles prodigios. Yo no tengo necesidad de nadie conmigo para llorar a mis hijos. Mi dolor exige soledad. Adiós, no preguntéis más por mí. Mi suerte futura pertenece solo a mí y a Dios.


Y tras besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de Brancovan. Ocho días después, partí para Francia. Tal como había esperado Gregoriska, mis noches dejaron de verse hostigadas por el terrible fantasma. Restablecida mi salud, no he guardado de este acontecimiento más que esa palidez mortal que acompaña hasta la tumba a toda criatura humana que ha sufrido el beso de un vampiro.


La dama se calló, dieron las doce de la noche, y casi me atrevería a decir que el más valiente de nosotros se estremeció al oír el carillón del reloj de péndulo.

La alcoba negra - Johann–August Apfel

Tippel llegó a Berlín al anochecer. Era un muchacho grueso y pesado, que había conseguido, después de muchos esfuerzos, un título universitario en Jena, sin excesivo aprovechamiento. No obstante, le habían ofrecido un empleo de preceptor en casa del consejero Wermuth, quien vivía en un enorme y triste caserón de los alrededores de Tempelhof.

Cuando Tippel se hizo anunciar y se presentó con sus referencias y sus recomendaciones, el consejero se mostró sumamente contrariado: su mujer y sus dos hijos se disponían a partir hacia las montañas bávaras para pasar allí la primavera. Incluso él mismo iba a preparar su equipaje, pues le esperaban en Viena. Realmente, se había olvidado por completo de Tippel...

Pero el señor Wermuth era un hombre sensible, y Tippel, a pesar de su extremada gordura, le resultó simpático.
 
–Mi casa será la suya durante mi ausencia –declaró–. En cuanto a sus futuros alumnos... ¡bien!, les concederemos aún un poco de tranquilidad antes de sumergirles en los libros.

Tippel no podía pedir nada mejor. Con manutención y cama aseguradas, y algo de dinero en el bolsillo para adquirir cerveza y tabaco...
 
A este respecto el consejero le tranquilizó totalmente, alineando algunas monedas de oro frente a él.
 
–No creo que sus habitaciones estén preparadas –dijo Wermuth, excusándose–, pero Hammer, mi ayuda de cámara, se ocupará de usted y no permitirá que le falte nada.

Dicho esto, Wermuth tomó su equipaje y llamó al cochero.

Hammer era un hombre anciano, algo sordo y muy conversador. Tardó bastante tiempo en comprender lo que Tippel solicitaba de él; entonces, levantó los brazos al cielo en señal de impotencia.
 
–Pero, si todas las habitaciones están cerradas, señor Tippel –se lamentó–. Y, además, toda la lencería ha sido cuidadosamente ordenada y guardada bajo llave... Por otra parte, tampoco puedo darle a usted una habitación de la servidumbre; sería mi deshonor para toda la vida. Pero, espere... ¡nos queda aún la alcoba negra!

–¿La alcoba negra? –preguntó Tippel.
–A decir verdad, no es negra. Sus paredes tienen un bello matiz anaranjado; pero los muebles están hechos con una magnífica madera extranjera, negra como el azabache. Creo que se llama ébano. ¿Querría usted contentarse con esta solución hasta que regresen los señores?

Tippel inspeccionó la alcoba, y la encontró muy agradable, a pesar de sus excesivas dimensiones, de los extraños muebles y, especialmente, le disgustó lo alejada que se hallaba de los otros aposentos habitados del gran caserón.

Hammer acudió a servirle personalmente en la alcoba negra, excusándose una vez más; parte del personal de servicio partió acompañando a madame Wermuth a Baviera, y el resto había ido a Viena con el consejero. Tan sólo quedaba la cocinera, mujer de carácter autoritario, que se negaba a ocuparse de otra cosa que no fueran sus trabajos culinarios.

La cena era exquisita; pollo, muy en su punto, pastel de anchoas noruegas y un vino excelente.

Hammer ayudó a Tippel a ordenar sus efectos, pero cuando el profesor se disponía a abrir un alto armario de madera negra, para guardar en él su manta de viaje, el viejo criado exclamó vivamente:
–¡Este armario no se abre! ¡No, de ninguna manera, jamás se ha abierto!

Le facilitó un candelabro de plata maciza provisto de tres gruesas velas de cera amarillenta que expandían una suave y conveniente claridad.

Tippel había viajado durante todo el día en un incómodo carruaje de alquiler, comiendo mal y bebiendo aún peor. Se sentía fatigado y el vino y la buena mesa le habían dejado medio adormecido.

Tan pronto como se acostó en la cama, ancha como una calesa, se durmió, no sin antes haber apagado concienzudamente las velas, pues siempre preveía la posibilidad de un incendio.

Pensaba dormir hasta el amanecer, por lo que se sorprendió mucho al darse cuenta de que estaba totalmente despierto mientras, en algún lugar lejano del caserón, un reloj daba las doce...

Su asombro aumentó al observar que la alcoba no permanecía totalmente a oscuras: un débil resplandor azulado parecido a un rayo de luna, la iluminaba suavemente.
 
Intentó en vano descubrir de dónde procedía.
 
Era una luminosidad imprecisa y suave, que parecía flotar en el aire y que permitía distinguir los contornos de todo lo que se hallaba en la alcoba.

Tippel se incorporó y, de pronto, se fijó en el alto armario negro.
 
Entonces, su estupor se convirtió en verdadero pánico; una de las puertas del armario se abría lentamente, giraba sobre sus goznes sin ningún ruido, como si estuvieran recientemente engrasados, y tras unos instantes que a él le parecieron siglos, la puerta quedó totalmente abierta.

Nada había en el interior; la puerta quedó abierta mostrando una oscuridad absoluta.
 
A Tippel no le faltó valor y, afirmando la voz tanto como pudo, preguntó:
–¿Quién está ahí?

No obtuvo respuesta alguna, pero observó cómo el misterioso resplandor azulado convergía hacia el armario y penetraba en sus oscuras profundidades.

Tippel lanzó un alarido de terror o, por lo menos, esto le pareció ser el débil gemido que escapó de su garganta.

Una forma horrible intentaba salir del armario. Ciertamente, tenía una apariencia casi humana, pero, ¡cuán deforme y repugnante era!
 
La cabeza, aplastada por un terrible golpe, no era más que una masa informe de carne machacada y de huesos triturados. Solamente dos ojos enormes y fijos destacaban, rojos como brasas, mientras que la boca bostezaba salvajemente con los labios arrancados.

Dos grandes brazos surgían del cuerpo, haciendo furiosos gestos, como para escapar a una invisible influencia.

Tippel notó los ojos de fuego fijos en él, y comprendió que el monstruo fantasmal intentaba salir del armario con la intención de precipitarse sobre él. Pero, a pesar de sus desesperados esfuerzos, no conseguía avanzar ni un milímetro.

Tippel creyó perder la razón y se dio cuenta de que las fuerzas le abandonaban. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, saltó del lecho y corrió hacia la puerta.

En el mismo instante, con un rugido espantoso, la aparición se libró de sus invisibles ligaduras.
 
Una garra asió el gorro de noche del profesor arrancándoselo violentamente y asiéndose a su cuello; pero ya este corría por los oscuros pasillos del caserón, llamando a gritos a Hammer con voz delirante.

Se desorientó completamente en su loca carrera, y estuvo varias veces a punto de romperse los huesos contra un muro o de saltar al vacío por una escalera.

Por fin, percibió una débil claridad al fondo de un corredor: el viejo criado, con una vela en la mano, venía a su encuentro.
–¡Señor Tippel! –balbució el anciano–. ¿Lo habéis visto...? ¡Dios mío! ¡Responded...! ¿Lo habéis visto?

Pero Tippel se desmayó, perdidas ya sus últimas fuerzas.

Volvió en sí en un sillón, cerca de una gran cocina todavía caliente. Sintió un fuerte gusto de aguardiente en la boca, a la vez que observaba un gran vaso colocado a su lado; comprendió que el criado le había hecho beber.
 
–¿Lo habéis visto? –murmuró Hammer, temblando–. Hace casi cincuenta años que vivo en esta casa, y jamás me he atrevido a entretenerme más de la cuenta en la alcoba negra, ni tan sólo de día.

–Pues entonces, ¿por qué me la habéis dado para pasar en ella esta noche infernal? –gimió el profesor.

–Ya no creía en ello –dijo Hammer en un susurro–. O mejor dicho, esperaba que él ya nos habría abandonado. Hace tantos años que ocurrió aquello...

–¿Qué cosa? –preguntó Tippel.

–Desde que se le mató en esta alcoba... –explicó el anciano–. Era el abuelo de la señora, el conde Graumark von Dietrichstein. Por encargo de él, hicieron estos malditos muebles negros con madera que hizo traer del corazón de África. 
 
Era un hombre terrible, a quien las juergas, la lujuria y la bebida, acabaron por volver loco. Cierto día estranguló con sus propias manos a una joven criada que se opuso a sus innobles deseos. Sus familiares consiguieron librarle del rigor de la justicia pero para ello tuvieron que encerrarle en esa alcoba. 
 
La joven criada tenía un novio, un leñador de Spreewald, quien consiguió introducirse en la casa para cumplir su venganza. Mató al loco a hachazos... y después arrojó los horribles restos en el gran armario negro. Y..., y... murió en pecado mortal, por lo que el eterno reposo le está negado... ¡y vuelve!

–Verdaderamente, fue un acto de justicia –dijo Tippel, quien ya había recuperado su presencia de ánimo gracias al aguardiente que Hammer le iba sirviendo continuamente–. Supongo que no detuvieron al leñador.

–No –respondió el anciano–, jamás se supo quién le había matado.

–¿De verdad? –preguntó Tippel sin ninguna intención.

–Ciertamente... ¿Por qué..., por qué me mira de este modo? –exclamó vivamente el criado.
 
De repente, se levantó y, en actitud defensiva blandió sus descarnados puños.
–Usted lo ha adivinado..., me doy cuenta. Debería desconfiar de las personas cultas como usted. ¡Pues bien! Sí..., yo soy el leñador..., soy yo quien destrocé a este loco miserable. ¡Lo destrocé con mi hacha!

–¡Diablo! –gritó Tippel, alarmado.

–Y puesto que ha vuelto, voy a matarle una vez más –rugió Hammer.
 
Con una velocidad y una agilidad totalmente insospechadas en un anciano tan decrépito, se lanzó hacia las tinieblas del caserón.

–¡Hammer! –gritó Tippel–. ¡Vuelva aquí!
Pero los pasos de Hammer ya se perdían en la lejanía.

Siguió un gran silencio, después, bruscamente gritos y alaridos horribles.
 
Allá arriba, en las estancias lejanas del maldito caserón, se desarrollaba una terrible lucha, de la que Tippel percibía perfectamente los espantosos ecos.

A medio vestir, se lanzó a la calle.
No regresó hasta el alba, acompañado por los gendarmes.

La alcoba negra estaba abierta, y su aspecto era tan espantoso que los gendarmes retrocedieron horrorizados.
Los muebles estaban destrozados, el gran armario no era más que un montón de astillas, y en el mismo estado de ruina estaban las paredes y los cuadros. Además... ¡todo rezumaba sangre!

–¡Mirad...! ¡Mirad aquí! –gritó un gendarme, retrocediendo.
Tippel vio en el suelo, a sus pies, una enorme mano, como una garra de fiera, cortada a la altura de la muñeca, y que llevaba aún un pesado grillete de hierro como los que se ponen a los presidiarios y a los locos furiosos. Un sargento la recogió.

–Parece... –dijo indeciso–, parece seco como un madero para quemar. Diríase que es una mano de... de...

–De momia –suspiró Tippel.

–Justamente, señor. Una mano de momia.

Jamás volvió a encontrarse ni rastro del anciano criado Hammer.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...)