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Más allá del muro del sueño - H. P. Lovecraft

 «Entonces, el sueño se desplegó ante mí».

SHAKESPEARE

 

Con frecuencia me he preguntado si el común de los mortales se habrá parado alguna vez a considerar la enorme importancia de ciertos sueños, así como a pensar acerca del oscuro mundo al que pertenecen. 

Aunque la mayoría de nuestras visiones nocturnas resultan quizás poco más que débiles y fantásticos reflejos de nuestras experiencias de vigilia —a pesar de Freud y su pueril simbolismo—, existen no obstante algunos sueños cuyo carácter etéreo y no mundano no permite una interpretación ordinaria, y cuyos efectos vagamente excitantes e inquietantes sugieren posibles ojeadas fugaces a una esfera de existencia mental no menos importante que la vida física, aunque separada de esta por una barrera infranqueable. 

Mi experiencia no me permite dudar que el hombre, al perder su conciencia terrena, se ve de hecho albergado en otra vida incorpórea, de naturaleza distinta y alejada a la existencia que conocemos, y de la que solo los recuerdos más leves y difusos se conservan tras el despertar. 

De estas memorias turbias y fragmentarias es mucho lo que podemos deducir, aun cuando probar bien poco. Podemos suponer que en la vida onírica, la materia y la vida, tal como se conocen tales cosas en la tierra, no resultan necesariamente constantes, y que el tiempo y el espacio no existen tal como lo entienden nuestros cuerpos de vigilia. 

A veces creo que esta vida menos material es nuestra existencia real, y que nuestra vana estancia sobre el globo terráqueo resulta en sí misma un fenómeno secundario o meramente virtual.

Fue tras un ensueño juvenil colmado de especulaciones de tal clase, al despertar una tarde del invierno de 1900-1901, cuando ingresó en la institución psiquiátrica en la que yo servía como interno, un hombre cuyo caso me ha vuelto a la cabeza una y otra vez. 

Su nombre, según consta en el registro, era Joe Slater, o Slaader, y su aspecto resultaba el del típico habitante de la zona de la montaña Catskill; uno de esos vástagos extraños y repelentes de los primitivos pobladores campesinos, cuyo establecimiento durante tres siglos en esa zona montañosa y poco transitada les ha sumido en una especie de bárbara decadencia, en vez de avanzar al compás de sus iguales, más afortunados, asentados en distritos más populosos. 

Entre esa gente peculiar, que se corresponde con exactitud a los decadentes elementos de la «basura blanca» del Sur, no existen ley ni moral, y su nivel intelectual se halla probablemente por debajo del de cualquier otro grupo de la población nativa americana.

Joe Slater, que llegó a la institución bajo la atenta vigilancia de cuatro policías estatales, y que era descrito como de un carácter sumamente peligroso, no dio, sin embargo, muestras de tal peligrosidad la primera vez que lo vi. 

Aunque muy por encima de la talla media y de fornida constitución, mostraba una absurda apariencia de estupidez inofensiva debido a la mirada de sus ojillos acuosos de azul pálido y somnoliento, su rala, desatendida y jamás afeitada mata de barba amarillenta, y la apatía con que colgaba su grueso labio inferior. Se desconocía su edad, ya que entre su gente no hay registros familiares o lazos estables; pero por su calvicie frontal y por el mal estado de su dentadura, el cirujano le inscribió como hombre de unos cuarenta.

Por los documentos médicos y jurídicos supimos cuanto había recopilado sobre su caso. Este hombre, vagabundo, cazador y trampero, siempre había resultado un extraño a ojos de sus primitivos paisanos. 

Habitualmente solía dormir durante las noches más de lo normal, y tras el despertar acostumbraba a pronunciar palabras desconocidas en una forma tan extraña como para inspirar miedo aun en los corazones de aquella chusma sin imaginación. 

No es que su forma de hablar resultase totalmente insólita, ya que no hablaba sino en la decadente jerga de su entorno; pero el tono y el tenor de sus expresiones poseían una cualidad de misterioso exotismo, y nadie era capaz de escucharlas sin sentir aprensión. 

Él mismo se veía tan aterrado y confuso como su auditorio, y una hora después de despertar había olvidado todo lo dicho, o al menos qué le había llevado a decirlo, volviendo a la bovina y medio amigable normalidad del resto de los montañeses.

Según envejecía Slater, al parecer, sus aberraciones matutinas fueron aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que alrededor de un mes antes de su ingreso en la institución se desencadenó la estremecedora tragedia que había llevado a su arresto por parte de las autoridades. 

Un día, alrededor del mediodía, tras un profundo sueño en el que se había sumido tras una borrachera de whisky, en torno a las cinco de la tarde anterior, el hombre se había levantado con gran brusquedad, prorrumpiendo en aullidos tan terribles y ultraterrenos que atrajeron hasta su cabaña a varios vecinos… una sucia pocilga donde moraba con una familia tan impresentable como él mismo. 

Abalanzándose hacia el exterior, a la nieve, había alzado los brazos para comenzar una serie de saltos hacia el aire, al tiempo que vociferaba su decisión de alcanzar alguna «gran, gran cabaña con resplandores en techo y muros y suelos, y la sonora y extraña música de allá a lo lejos». 

Cuando dos hombres de respetable tamaño intentaron contenerlo, se había debatido con furia y fuerza maníaca, gritando su deseo y su necesidad de encontrar y matar a cierto «ser que brilla, se estremece y ríe». Al fin, tras derribar de momento a uno de quienes le sujetaban con un súbito golpe, se había lanzado sobre el otro en una demoníaca explosión de sed de sangre, vociferando infernalmente que «saltaría alto en el aire y se abriría paso a sangre y fuego entre quienes intentaran detenerlo». 

Familia y vecinos huyeron entonces presos del pánico y, cuando los más valientes regresaron, Slater se había ido, dejando tras de sí una pulpa irreconocible del que fuera un hombre vivo una hora antes. Ningún montañés había osado perseguirlo, y probablemente hubieran acogido con agrado su muerte en el frío; pero cuando varias mañanas más tarde oyeron sus gritos en un barranco lejano, comprendieron que se las había ingeniado de alguna forma para sobrevivir, y que era necesario neutralizarlo de una u otra forma. 

Entonces habían formado una patrulla armada de busca, cuyo propósito (fuera el que fuese) acabó convirtiéndose en pelotón del sheriff cuando uno de los pocas veces bien recibidos policías del estado descubrió casualmente a los buscadores, los interrogó y finalmente se unió a ellos.

Al tercer día hallaron inconsciente a Slater en el hueco de un árbol y lo condujeron a la cárcel más próxima, donde alienistas de Albany lo examinaron apenas recuperó el sentido. Él les contó una historia muy sencilla. Había, dijo, ido a dormir una tarde, hacia el anochecer, tras ingerir gran cantidad de licor. 

Se había despertado para descubrirse plantado, con las manos ensangrentadas, en la nieve ante su cabaña, el cadáver mutilado de su vecino Peter Sladen a los pies. Espantado, había huido a los bosques en un vano esfuerzo para escapar a la imagen de lo que debía tratarse de su propio crimen. 

Aparte de eso no parecía saber nada, sin que el experto examen de sus interrogadores pudiera suministrar hechos adicionales. Esa noche Slater durmió tranquilo y despertó a la mañana siguiente sin otros rasgos particulares que cierta alteración del gesto. 

El doctor Barnard, que mantenía en observación al paciente, creyó descubrir en sus ojos azul pálido cierto brillo de peculiar cualidad, y en los labios fláccidos una tirantez real, aunque casi imperceptible, como de inteligente determinación. Pero al ser interrogado, Slater se refugió en la vacuidad habitual de los montañeses, y tan solo abundaba en lo ya dicho el día anterior.

La tercera mañana tuvo lugar el primero de los ataques mentales del hombre. Tras algunas muestras de intranquilidad durante el sueño, estalló en un ataque tan terrible que se necesitó la fuerza combinada de cuatro hombres para embutirle una camisa de fuerza. 

Los alienistas escucharon con suma atención sus palabras, ya que su curiosidad se veía aguzada hasta un alto grado a través de las sugestivas, aunque en su mayor parte contradictorias e incoherentes, historias de familia y vecinos. Slater deliró alrededor de unos quince minutos, balbuciendo en su dialecto campesino acerca de grandes edificios de luz, océanos de espacio, extrañas músicas y montañas sombrías y valles. 

Pero sobre todo se explayó acerca de alguna entidad misteriosa y brillante que se estremecía, reía y burlaba de él. Esta vasta, vaga entidad, parecía haberle infligido un daño terrible, y su deseo supremo residía en matarla en venganza triunfante. Para lograrlo, decía, debía remontarse a través de abismos de vacío; abrasando cuantos obstáculos se interpusieran a su paso. Ese era su discurso, hasta que cesó de la forma más abrupta. 

El fuego de la locura se esfumó de sus ojos, y con asombro turbio observó a sus interrogadores y les preguntó por qué estaba atado. El doctor Barnard le retiró el arnés de cuero y no se lo colocó hasta la noche, cuando consiguió convencer a Slater de que lo aceptara por propia voluntad, por su propio bien. El hombre ya había admitido que a veces hablaba de forma extraña, aunque no sabía por qué.

En el transcurso de una semana se desencadenaron otros dos ataques, aunque los doctores aprendieron muy poco de ellos. Especularon ampliamente sobre la fuente de las visiones de Slater, ya que, no sabiendo leer ni escribir, y aparentemente nunca habiendo escuchado leyendas o cuentos de hadas, su prodigiosa imaginería resultaba inexplicable. Que no procedía de ningún mito o leyenda quedaba especialmente de manifiesto por el hecho de que aquel desdichado lunático se expresaba acerca de sí mismo tan solo en su sencillo lenguaje. 

Desvariaba sobre cosas que ni entendía ni podía interpretar; cosas que pretendía haber experimentado, pero que no podía haber aprendido a través de cualquier narración normal o coherente. 

Pronto, los alienistas decidieron que en esos sueños anormales residía la clave del problema; sueños tan vívidos que durante ciertos lapsos de tiempo podían dominar por completo a la mente despierta de ese ser humano, básicamente inferior. Slater fue enjuiciado por homicidio, siguiendo las debidas formalidades, absuelto gracias a su locura y recluido en la institución donde yo prestaba mis modestos servicios.

Ya he admitido ser un incansable especulador sobre la vida onírica, y por eso puede juzgarse con qué impaciencia me lancé al estudio del nuevo paciente apenas tuve pleno conocimiento de los hechos que rodeaban al caso. Parecía sentir alguna simpatía hacia mí, despertada sin duda por el interés, que yo no podía ocultar, así como por el modo amable en que yo lo interrogaba. 

Aunque nunca llegó a reconocerme en el transcurso de sus ataques, en los que yo me veía suspendido sin aliento sobre sus caóticas aunque cósmicas descripciones de su mundo, me reconocía en sus horas tranquilas, cuando podía sentarse junto a su ventana barrada tejiendo cestos de paja y sauce, y quizás añorando una libertad en las montañas que nunca recobraría. Su familia jamás intentó verlo; seguramente habían ya hallado otro cabeza de familia temporal, según las costumbres de esos degenerados montañeses.

Poco a poco comencé a sentir una subyugante admiración por las locas y fantásticas creaciones de Joe Slater. En sí mismo, el personaje era patéticamente inferior, tanto en intelecto como en forma de expresarse; pero sus rutilantes y titánicas visiones, aun cuando descritas en una jerga bárbara y deslabazada, eran sin duda algo que tan solo una mente superior o incluso excepcional podía concebir. 

¿Cómo, me preguntaba a menudo, podía la estulta imaginación de un degenerado de Catskill conjurar visiones cuya sola existencia indicaba la presencia de una chispa oculta de genialidad? ¿Cómo podía aquel gañán de las Chimbambas hacerse siquiera idea de esas regiones resplandecientes de brillos y espacios sobrehumanos sobre los que Slater divagaba durante sus furiosos delirios? 

Cada vez más iba haciéndome a la idea de que, en el penoso individuo que se acurrucaba ante mis ojos, se albergaba el núcleo trastornado de algo que trascendía mi comprensión, algo que se hallaba definitivamente más allá de la comprensión de mis colegas médicos y científicos, más experimentados pero menos imaginativos.

Y a pesar de todo yo no lograba obtener nada definitivo del personaje. El resultado de toda mi investigación residía en que, en un estado de vida onírica semiincorpórea, Slater vagabundeaba o flotaba a través de resplandecientes y prodigiosos valles, praderas, jardines, ciudades y palacios de luz; en una región prohibida y desconocida para el hombre. 

Que allí ya no era un labriego y un degenerado, sino una criatura de vida importante y activa; moviéndose orgullosa y dominante, y tan solo preocupada por cierto enemigo mortal que parecía tratarse de un ser de estructura visible aunque etérea, y que no parecía tener forma humana, ya que Slater jamás se refería a él como hombre, sino como un ser. 

El ser había causado a Slater algún daño odioso, aunque no formulado, del que el maníaco (si de un maníaco se trataba) había jurado vengarse. Por la forma en que Slater se refería a sus relaciones, apostaría a que él mismo y el ser luminoso se habían encontrado en igualdad de condiciones; que en esa existencia onírica el hombre era un ser luminoso de la misma estirpe que su enemigo. Esta impresión se sustentaba en las frecuentes referencias a vuelos por el espacio y a calcinar cuanto se opusiera a su avance. 

Sin embargo, tales conceptos eran formulados mediante rústicas palabras, completamente inadecuadas para expresarlos, algo que me hizo colegir que, si un mundo onírico existía realmente, el lenguaje oral no constituía el medio de transmisión de las ideas. 

¿Podría ser que el alma del durmiente que habitaba ese cuerpo inferior luchase desesperadamente tratando de decir cosas que la simple y titubeante lengua de la torpeza no podía proferir? ¿Estaría quizás frente a emanaciones intelectuales capaces de explicar el misterio, a condición de ser capaz de aprender a descubrirlas y leer en ellas? 

No comenté tales cosas con los viejos médicos, ya que la madurez resulta escéptica, cínica y mal predispuesta a las nuevas ideas. Además, el director de la institución últimamente me había llamado la atención, con sus maneras paternales, acerca de que yo estaba trabajando demasiado y que mi mente necesitaba algún reposo.

Yo había sostenido durante largo tiempo la creencia de que el pensamiento humano consiste básicamente en movimientos atómicos y moleculares, transformables en ondas etéreas de energía radiante, tales como el calor, la luz y la electricidad.

Tal creencia me había llevado muy pronto a contemplar la posibilidad de comunicación telepática o mental a través de aparatos adecuados, y en mis días de universidad había preparado un juego de instrumentos de transmisión y recepción, parecidos en cierta forma a los aparatosos mecanismos utilizados por la telegrafía sin hilos durante aquel tosco periodo previo a la radio. 

Los había probado con un compañero de estudios, pero, al no lograr resultado alguno, pronto los había arrinconado, en compañía de otras extravagancias científicas, con miras a su posible uso futuro. 

Ahora, llevado de mi intenso deseo de penetrar en la vida onírica de Joe Slater, acudí de nuevo a dichos instrumentos y empleé algunos días poniéndolos a punto. En cuanto estuvieron operativos de nuevo, no perdí oportunidad de probarlos. 

A cada ataque de violencia en Slater, acoplaba el transmisor a su frente y el receptor a la mía, realizando delicados ajustes para varias e hipotéticas longitudes de onda de la energía intelectual. Yo tenía muy poca idea de en qué forma las impresiones mentales, de tener lugar la comunicación, despertarían respuesta inteligente en mi cerebro; pero poseía la certeza de que podría detectarlas e interpretarlas. Así que proseguí con mis experimentos, aunque sin informar a nadie de su naturaleza.

Finalmente, todo ocurrió el 21 de febrero de 1901. Años después, mirando atrás, comprendo cuán irreal puede parecer, y a veces me pregunto a medias si el anciano doctor Fenton no tendría razón al achacar todo a mi imaginación sobreexcitada. 

Recuerdo que escuchó con gran amabilidad y paciencia cuanto le conté, pero acto seguido me suministró unos sedantes y dispuso para mí unas vacaciones de medio año que inicié a la semana siguiente. Aquella fatídica noche yo me encontraba agitado y perturbado en grado sumo, ya que, a pesar del excelente trato dispensado, Joe Slater agonizaba sin remisión. 

Quizás se trataba de la perdida libertad de montañés, o quizás el desorden de su cerebro se había vuelto excesivamente acusado para su organismo, perezoso en demasía; en todo caso, la llama de la vida se apagaba en aquel cuerpo degradado. Hacia el final se encontraba adormecido y, al caer la oscuridad, se sumió en un sueño inquieto. 

No le puse camisa de fuerza, tal como solía hacer cuando él iba a dormir, ya que veía que se encontraba demasiado débil como para resultar peligroso, aun si recaía en el desorden mental otra vez antes de expirar. Pero coloqué en su cabeza y la mía los dos terminales de mi «radio cósmica»; buscando, contra cualquier esperanza, lograr un primer y último mensaje del mundo onírico en el escaso tiempo que restaba. 

Con nosotros, en la celda, se encontraba un enfermero; un tipo mediocre que no comprendía el propósito del aparato, ni pensó en cuestionarse mis movimientos. Con el pasar de las horas, vi cómo su cabeza se vencía desmayadamente en el sueño, pero no lo molesté. Yo mismo, acunado por la rítmica respiración del sano y del agonizante, debí comenzar a cabecear poco después.

El sonido de una melodía lírica y extraña fue lo que me despabiló. Acordes, vibraciones y éxtasis armónicos resonaban apasionados por doquier mientras ante mi mirada hechizada se abría el formidable espectáculo de la belleza suprema. Muros, columnas y arquitrabes de fuego viviente llameaban refulgentes en torno al sitio en el que me parecía flotar por los aires, remontándose hasta una bóveda inconmensurablemente alta, de indescriptible esplendor. 

Entremezclado en ese despliegue de espléndida magnificencia, o más bien suplantándolo a veces en una calidoscópica rotación, había destellos de amplias llanuras y valles encantadores, altas montañas y grutas sugerentes, dotados con cualquier adorable atributo de imaginería que mis ojos deslumbrados pudieran concebir, aunque modelado por completo en alguna materia reluciente, etérea, plástica, cuya consistencia parecía tan espiritual como material. 

Según observaba, descubrí que la clave de esta encantadora metamorfosis se hallaba en mi propio cerebro, ya que cada panorama que aparecía ante mí era el que mi voluble mente deseaba contemplar. En estos jardines elíseos yo no resultaba un extraño, ya que cada imagen y sonido me resultaba familiar, tal como fuera durante incontables eones de eternidad en el pasado, tal como sería durante las eternidades del porvenir.

Luego, el aura resplandeciente de mi hermano en la luz se me allegó y mantuvo un coloquio conmigo, alma con alma, en silencio y perfecta comunión de pensamientos. Aquella hora era la de un próximo triunfo, ya que, ¿no iba mi compañero a escapar al fin de una degradante esclavitud transitoria, escapar por siempre y prepararse a perseguir al maldito opresor incluso hasta los supernos campos del éter, sobre los que lanzaría una incendiaria venganza cósmica que haría estremecer a las esferas? 

Flotamos así durante un tiempo, hasta que noté cierta turbiedad y desvanecimiento en los objetos circundantes, como si alguna fuerza me reclamase hacia la tierra… el lugar al que menos deseaba yo ir. El ser cercano a mí parecía sentir asimismo algún cambio, ya que gradualmente llevó su discurso a una conclusión, y él mismo se preparó para abandonar el lugar, esfumándose ante mis ojos de forma algo menos rápida que los demás objetos. 

Cambiamos unos pocos pensamientos más y supe que el ser luminoso y yo éramos reclamados por nuestras ataduras, aunque aquella sería la última vez para mi hermano en la luz. El doliente cascarón planetario hallaría su fin en menos de una hora y mi compañero se vería libre para perseguir al opresor a través de la Vía Láctea y más allá de las últimas estrellas, hasta los mismos confines del universo.

Un choque muy definido separa mi última impresión sobre la evanescente escena de luz de mi despertar repentino y algo avergonzado, así como de mi levantamiento de la silla al ver que la agonizante figura del camastro se removía inquieta. Joe Slater, de hecho, se despertaba, aunque probablemente por última vez. 

Al observarlo más detenidamente, vi que en la superficie de sus mejillas brillaban manchas de color que antes no tenía. Los labios, también, se veían diferentes, firmemente apretados por la fuerza de un carácter más decidido que el que poseyera Slater. 

Finalmente, todo el rostro fue tensándose, y la cabeza giró intranquila, con los ojos cerrados. No desperté al enfermero, sino que reajusté el dispositivo de cabeza, ligeramente desajustado, de mi «radio» telepática, intentando captar cualquier mensaje de partida que pudiera emitir el soñador. Todo a un tiempo, la cabeza giró bruscamente hacia mí y los ojos se abrieron de repente, causándome un gran desasosiego al contemplarlo. 

El hombre que fuera Joe Slater, el degenerado de Catskill, me miraba ahora con ojos luminosos, abiertos de par en par; ojos cuyo azul parecía haberse tornado en más profundo. No resultaban visibles ni manía ni degeneración alguna en tal mirada, y supe sin duda alguna que estaba frente a un rostro tras el que subyacía una mente activa y de primer orden.

En tal tesitura, mi cerebro comenzó a abrirse a una lenta influencia externa que operaba sobre mí. Cerré los ojos para concentrar más mis pensamientos y me vi recompensado por el conocimiento real de que el mensaje mental, por tanto tiempo esperado, llegaba por fin. 

Cada idea transmitida se formaba con rapidez en mi mente y, aun cuando no se utilizaba ningún idioma actual, mi habitual asociación de conceptos y expresiones resultaba tan grande que me parecía recibir el mensaje en inglés vulgar.

Joe Slater está muerto —así me llegó la impactante voz, o el agente de más allá del muro del sueño. Con los ojos abiertos busqué el lecho del dolor, lleno de miedo inexplicable; pero los ojos azules aún me contemplaban calmosos, y las facciones todavía mostraban una inteligencia animada—. Está mejor muerto, ya que no era adecuado para albergar la activa inteligencia de una entidad cósmica. 

Su tosco cuerpo no podía sobrellevar los ajustes necesarios entre la vida etérea y planetaria. Era mucho más que un animal, mucho menos que un hombre, aunque gracias a sus defectos has llegado a descubrirme, ya que, en verdad, las almas cósmicas y planetarias no debieran nunca llegar a encontrarse. 

Fue mi tormento y mi prisión durante cuarenta y dos de vuestros años terrestres. Yo soy una entidad igual a la que tú mismo asumes en la libertad que da el sueño sin sueños. Soy tu hermano de luz y he flotado contigo por los valles resplandecientes. No me está permitido hablarle a tu ser terrestre despierto acerca de tu ser real, pero somos vagabundos de los amplios espacios y viajeros por multitud de eras. 

El año próximo quizás esté morando en el oscuro Egipto que tú llamas antiguo, o en el cruel imperio de Tsan-Chan que se alzará dentro de tres mil años. Tú y yo hemos ido a la deriva entre los mundos que danzan en torno al rojo Arturo y habitado los cuerpos de los filósofos insectoides que se arrastran altaneros sobre la cuarta luna de Júpiter. ¡Cuán pequeño es el conocimiento del ser terrestre sobre la vida y su amplitud! ¡Cuán pequeño debe ser, asimismo, para garantizar su propia tranquilidad! 

Del opresor no puedo hablar. Vosotros, en la Tierra, habéis notado inconscientemente su lejana presencia… vosotros, que sin conocimiento, despreocupados, disteis a su parpadeante faro el nombre de Algoz la estrella del demonio. Es para hallar y vencer al opresor que me he esforzado en vano durante eones, retenido por ataduras corpóreas. 

Esta noche partiré como una Némesis, llevando justa y ardiente venganza cataclísmica. Contémplame en el cielo próximo a la estrella del demonio. No puedo hablar mucho más, ya que el cuerpo de Joe Slater se está volviendo frío y rígido, y el grosero cerebro cesa de vibrar como yo deseo. 

Has sido mi hermano en el cosmos; has sido mi único amigo en este planeta —la única alma en sentirme y buscarme dentro de la repelente forma que yace en este camastro. Volveremos a encontrarnos… quizás en las resplandecientes brumas de la Espada de Orión, quizás en una desierta meseta del Asia prehistórica. Quizás en un sueño esta misma noche, imposible de recordar; quizás en otra forma, en los eones por venir, cuando el sistema solar ya no exista.

En este momento, las ondas mentales cesaron bruscamente y los pálidos ojos del soñador —¿o debo decir el muerto?— comenzaron a vidriarse como los de un pez. Medio sumido en estupor, me acerqué al camastro y tomé su muñeca, pero la descubrí fría, rígida, sin pulso. Las fláccidas mejillas volvieron a palidecer, y los labios tensos se abrieron, descubriendo la repugnante dentadura podrida del degenerado Joe Slater. Me estremecí, pasé una manta sobre aquella cara espantosa y desperté al enfermero. Luego abandoné la celda y volví en silencio a mi cuarto. Necesitaba imperiosa e inexplicablemente dormir un sueño cuyos sueños no debo recordar.

¿El clímax? ¿Qué sencillo relato científico puede alardear de tal efecto retórico? Sencillamente he consignado algunos hechos que yo creo reales, permitiéndoos interpretarlos a vuestro antojo. Como ya he admitido, mi superior, el viejo doctor Fenton, niega la realidad de cuanto he dicho. Afirma que me hallaba colapsado por la tensión nerviosa y sumamente necesitado de las largas vacaciones con sueldo completo que tan generosamente me concedió. 

Jura por su honor profesional que Joe Slater no era sino un paranoico incurable, cuyas fantásticas concepciones debían proceder de la tosca herencia de cuentos populares que circulan aún en la más decadente de las comunidades. 

Todo eso dice… aunque no puedo olvidar lo visto en el cielo tras la noche de Slater. Para evitar que me creáis un testigo parcial, será otra pluma la que de este último testimonio, que quizás pueda suplir el clímax que esperabais. Reseñaré el siguiente informe sobre la estrella Nova Persei, extraído de las notas de esa eminente autoridad astronómica, el profesor Garrett P Serviss.

«El día 22 de febrero de 1901, una nueva y maravillosa estrella fue descubierta por el doctor Anderson, de Edimburgo, no lejos de Algol. Ningún astro era antes visible en ese lugar. En veinticuatro horas, la desconocida había alcanzado brillo suficiente como para opacar Capella. En una semana o dos había aminorado visiblemente, y con el paso de unos pocos meses apenas era visible a simple vista».

 

¡Dejadme dormir con mi mujer! - Victoria Robbins

¿Podrán mis palabras describir a Lucía? ¿Hasta qué límites tendría que llegar la prosa que reflejase exactamente la belleza, su lujuria, la pasión de sus besos, el hipnotismo de su mirada, esa morbosa obsesión suya hacia todo lo relacionado con el MÁS ALLÁ, y el grado de esclavitud al que llegó a someterme? 

¿Cómo lograría comunicar el inmenso pavor que me asaltó aquella madrugada cuando, después de una noche interminable esperándola, la vi entrar en nuestro dormitorio hediendo a azufre, y exultando una malignidad infinita, «¡porque acaba de poseerme el Demonio!»? ¿Y seríais capaces vosotros de entender que yo, en lugar de sentirme destruido por los celos, me echase a reír y a abrazarla igual que si me la hubieran devuelto más hermosa que nunca?

Sin embargo, antes, la protesta surgió de mi garganta, rabiosa y con pretensiones de ir en aumento, y hasta mis puños se alzaron dispuestos a golpearla. Entonces, sus ojos negros, esos carbúnculos de un fulgor subyugador, me lanzaron unos mensajes de lascivia, invitándome al desvarío. Y sin quererlo, lo mismo que el pajarillo que camina lentamente hasta la serpiente que va a devorarlo, yo me aproximé a su cuerpo.

Nada más que me situé a su alcance, Lucía saltó a por mi boca. ¡Sus labios se hicieron brasas en las que se fundió mi voluntad, y toda mi sensualidad alcanzó niveles de al rojo vivo!

Luego, revoleándome en la cama, riendo y gozando de un cuerpo que había sido madurado diabólicamente, torrente de orgasmos, infinito en sutilezas eróticas y dueño de una piel capaz de otorgar calidad de incombustible a la mía a pesar de estarla sometiendo a temperaturas de fundición, respondí a todas y a cada una de sus caricias, olvidados los celos. Y no nos detuvimos hasta el alba. En el momento que nuestras energías se hallaban en el límite de la mortal extenuación.

En realidad el Demonio me devolvió una gata en celo, una ninfómana insaciable para la que no existía ningún tipo de obstáculos. Por eso, al llegar la noche, luego de haberme saciado sexualmente, se escapaba en busca de otros lechos y de otras virilidades, entregada a una fiebre incurable.

Tardé en descubrir estas correrías nocturnas, debido a que su poderío carnal me dejaba materialmente exhausto. Necesité la colaboración de una impresionante tormenta, cuyos truenos me despertaron a la evidencia de que la otra mitad de mi cama se encontraba vacía.

Los celos me asaltaron, porque la casa estaba totalmente a oscuras. Cierto, en un principio supuse que Lucía podía encontrarse en el cuarto de baño o en la cocina. Pero los relámpagos no cesaban de señalarme una sola realidad: había sido burlado por una mujer a la que ni siquiera retenía en su hogar la furia de los elementos. Me vestí precipitadamente, fui en busca del impermeable y la linterna, y me dispuse a salir a la calle...

En aquel instante, escuché el ruido de la puerta. ¡Sólo podía ser ella! Corrí en busca de una válvula de escape para toda la cólera almacenada en los últimos minutos. Y me la encontré descalza, quitándose sigilosamente la gabardina, y con el extremo inferior del paraguas cubierto con un plástico, para que el agua que chorreaba no empapase la alfombra de la entrada.

–¿Dónde has estado, «gata salida»? ¿No irás a negarme que con todas esas precauciones lo que pretendes es que el «cornudo» de tu marido siga durmiendo? ¿Cuánto tiempo llevas pegándomela?

Lucía me miró con ojos burlones. Después, colgó su gabardina en el perchero, sin importarle ya dejar el testimonio de la lluvia en el suelo. Acto seguido, me hizo frente con una voz fría y preñada de una burla demoníaca:

–De acuerdo, soy una «gata salida», o mejor diré una «tía con un furor uterino», que le impide conformarse con pasar las noches en una sola cama y con un solo hombre. Eres un médico de pueblo. ¿Verdad que hablando así de claro tú y yo nos entendemos mucho mejor? Porque, al menos, debías estar agradeciéndome la delicadeza de no querer despertarte.

Su desfachatez, la osadía de sus gestos y la realidad de que yo me estaba excitando con la visión de su lengua, que se asomaba lujuriosamente entre sus labios, y con su amplísimo escote, donde los senos casi se exhibían en su totalidad, me impusieron una réplica volcánica. Mis puños la golpearon con odio, y mi garganta la insultó y la maldijo con unos gritos enloquecidos.

Pero ella no permaneció inmóvil, sino que reaccionó como el felino en el que se había convertido. Sus uñas se clavaron en mi carne, rasgándome la piel, y hasta me mordió en distintas partes del cuerpo. También replicó a mis voces estentóreas con mofas y escarnios dedicados a mi virilidad.

No sé cuánto tiempo permanecimos enzarzados en aquel terrible combate de fieras, ni recuerdo quién de los dos fue el primero que exclamó ese «¡basta ya!», acaso después de repetirlo por enésima vez. Esto nos obligó finalmente a detener la violencia, cuando estábamos deshechos, destrozados y mirándonos con los ojos tumefactos.

Con las ropas destrozadas, cubiertos de heridas y jadeantes, nos arrastramos hasta la estancia donde yo practicaba las curas a mis pacientes. Allí me entregué a aliviar sus heridas con un esmero acaso excesivo, a la vez que lamentaba nuestra pelea. 

Sin saber cómo me vi inmerso en una enorme sensación de culpa, en cuya savia emocional fue germinando una pasión arrasadora. Por este motivo, olvidando los destrozos que había sufrido mi cuerpo, la llevé a la cama. Para dar rienda suelta a unos instintos exacerbados que me transformaban en una bestia.

¡Y cómo se reía Lucía bajo mis besos y caricias, y cuando llegó la eyaculación casi epiléptica!

A la mañana siguiente, no fui al hospital, porque me cuidé de poner alambreras en todas las ventanas y me aseguré de que mi esposa jamás pudiera escapar de casa. Abrí la consulta a las seis de la tarde. Nada más que encontré a tres pacientes, cuando lo normal era que allí me estuvieran esperando más de veinte. 

Dos de ellos se marcharon, después de hacerme oír sus torpes disculpas. Y el que aceptó hablar conmigo, se preocupó más de mis arañazos, cardenales y tumefacciones de mi rostro y manos que de su propia dolencia.

Desde aquel momento me vi marginado por la mayoría de las gentes importantes del pueblo. Y es que siempre se encuentra una disculpa maliciosa para el «cornudo» que ignora su condición; pero nadie perdona a quien lo acepta, aunque se pegue con su mujer. 

Porque lo tradicional es, sin que importe la despenalización jurídica del adulterio, que el marido mate a la mujer infiel o, al menos, se niegue a seguir viviendo con ella.

* * *

Con el paso del tiempo me quedé totalmente sin pacientes, porque todos anularon sus igualas; y nadie volvió a llamar a mi casa para que atendiese un parto, un proceso febril o cualquier otra enfermedad imprevista. 

El director del hospital me llamó al orden, y hasta me aconsejó que tomara unas vacaciones, «si es posible llévese a su esposa con usted, pues únicamente de esta forma conseguirán los dos que se apague la indignación de las personas honorables de nuestra comunidad».

Así se lo propuse a Lucía; pero me tropecé con su negativa más rotunda. De nuevo nos enzarzamos en una discusión a grito pelado, la cual degeneró en unos insultos y en un conato de pelea. Luego, ignoro en qué momento, ella se echó en mis brazos e hicimos el amor con el mismo vigor sexual que las otras veces. Terminé en la cama, exhausto y pensando únicamente en mi descanso.

Horas más tarde, volví a descubrir que la otra mitad de la cama estaba vacía. Me dominó una furia de celos, aunque me dije que ella no podía haber escapado de casa. Acto seguido, la busqué por todas las habitaciones, mirando en el interior de los armarios y los baúles... ¡No estaba en ninguna parte! Pero ¿cómo era posible si todas las ventanas y puertas seguían cerradas herméticamente?

No podría explicar cómo me vi recorriendo el pueblo a pie, rastreando las sombras con el haz luminoso de mi linterna, examinando cada portal, y deteniéndome en el momento que escuchaba unos pasos. Siempre confiando que significasen el anuncio de que ella retornaba a mi lado.

Mientras, la inutilidad de este empeño parecía ir cerrando mi mente racional. Porque terminé gritando su nombre, suplicándole que no me abandonase, hasta que las pocas voces de las gentes a las que había despertado, sus burlas, sus insultos y algunos cubos de agua, así como las maderas, zapatos y otros proyectiles de la misma índole me permitieron recuperar un poco de razón.

Estaba amaneciendo cuando regresé a casa. La angustia de haber perdido a mi mujer ya me lastraba las piernas y los brazos. Lágrimas de desesperación herían mis ojos cuando metí la llave en la cerradura, abrí la puerta y me quité el abrigo y el sombrero.

Súbitamente, escuché unas risas y unos grititos lujuriosos. ¡Lucía estaba allí, en nuestro dormitorio!

Sin saber realmente por qué lo hacía, tal vez impulsándome algún recóndito presentimiento, cogí uno de mis bastones de paseo y caminé en busca de las necesarias explicaciones. Llegué a la habitación y...

Me vi frente a un enorme gato negro, de ojos más rojos que el fuego, tan tenso como una ballesta a punto de ser disparada y que bufaba escalofriantemente. Pero esta amenaza no era lo peor, ¡sino el hecho de que ella, completamente espatarrada, con lechosos testimonios en su pubis, significaba la más cruel evidencia de que acababa de ultrajar el lecho nupcial con otro de sus repugnantes adulterios!

Sentí tanta humillación que no me arredraron los ataques del gato, ni el dolor de las profundas heridas que me causaban sus garras. Conseguí propinarle dos certeros bastonazos. Y el inmundo animal escapó de allí, maullando lastimeramente y arrastrando una de las patas traseras. Pero, antes de que pudiese rematarlo, consiguió salir a la calle, por la puerta que yo había dejado torpemente sin cerrar, donde las tinieblas fueron sus aliadas.

Después de convencerme de la imposibilidad de darle caza, liberé la cólera en forma de maldiciones y blasfemias y, luego, regresé al dormitorio. Lucía continuaba en la misma insultante postura; además, pude comprobar que su boca se entreabría con una sonrisa voluptuosa.

No la golpeé. Preferí atarla a la cama, sin vestirla pero tapándola con la colcha y la sábana. Me aseguré de que no se podía soltar por sus propios medios, y la dejé en una total oscuridad: eché las persianas y las cortinas, cerré la puerta de la habitación, y hasta cubrí las rendijas con vendas y esparadrapos. Luego, marché a curarme las heridas. Seguía desconociendo cómo ella había podido salir y entrar en la casa sin forzar las ventanas y las puertas.

Mientras desinfectaba mi carne abierta y sangrante, caí en la cuenta de que Lucía no se había quejado ni una sola vez. Su pasividad hacia mi conducta había sido la misma que se puede ofrecer a una mosca o a cualquier otro animalillo al que se ha terminado por tolerar. Y esta certeza me hundió aún más en la vileza de mi situación.

Ya era la hora de entrada en el hospital. Me olvidé del reloj y de mis obligaciones. Me notaba invadido por un deseo escrupuloso de limpieza, por lo que me entregué a limpiar todos los testimonios de la corta pelea que acababa de sostener con la bestia. 

Sin embargo, como no dejaba de encontrar infinidad de minúsculas manchas en los sitios más inverosímiles, no dudé en fregar los suelos, las paredes y la chimenea del comedor; luego, utilicé todas mis provisiones de alcohol, para asegurarme de que la casa se hallaba libre de hasta el más minúsculo vestigio del maldito gato.

En el momento que me disponía a preparar la comida, escuché el timbre del teléfono. Me empeñé en no hacerle caso; pero, ante su insistencia, debí atender la llamada, aunque sólo fuera para eliminar tan molesto sonido. 

Era la directora de personal del hospital, amenazándome con tomar represalias si continuaba incumpliendo mi horario de trabajo. Intenté disculparme utilizando unos razonamientos demasiado torpes, con lo que di pie a que la agria solterona me hiciese escuchar un discurso sobre la obligación de avisar de mi inasistencia, ya que así podía buscarse un sustituto.

De pronto, las palabras que llegaban a través del auricular perdieron todo su sentido, transformándose en un ronroneo desagradable. Colgué el teléfono sin más miramientos, y me olvidé del mismo aunque estuvo sonando durante diez minutos.

Después, cuando me encontraba en la cocina, fue otro sonido muy distinto y más insufrible el que vino a hacer patente mi esclavitud a una pasión sobrehumana: Lucía estaba cantando unas letrillas lujuriosas, repletas de insinuaciones a mi virilidad, «tan inferior a la de ese gato al que te has enfrentado con un bastón, porque con tus armas naturales hubieras sido vencido igual que lo fuiste en la cama».

Como ella no se callaba, a pesar de llevar varias horas desafiándome, me vi forzado a entrar en el dormitorio. Blandía un cinturón y estaba dispuesto a azotarla. Sin embargo, la encontré totalmente desnuda e irresistiblemente insinuante. De alguna forma se había desprendido de la colcha y de la sábana.

–¿Te atreves a demostrarme que eres mejor macho que ese precioso animalito? –me preguntó, mirándome con los estiletes de sensualidad que encerraban sus pupilas.

Sé que fueron los celos el motor de mis manos. La azoté y la abofeteé repetidamente, y me eché sobre ella queriendo triturarla; no obstante, terminé recogiendo la miel de sus labios, la electricidad lujuriosa de su cuerpo y el panal de la gloria, o del infierno, que se me reservaba en su pubis. Y cuando mi excitación alcanzó techos demenciales, la desaté queriendo sentirme acariciado por cada partícula de su ser. ¡De verdad, jamás me sentí tan feliz!

Al final, abrazados y con los rostros unidos, se diría que con nuestras respiraciones agotadas por el esfuerzo sexual firmamos una especie de tregua. Porque vivimos quince días inmersos en un verdadero paraíso de sensualidad, gracias a que, sobre todo, ella no volvió a escaparse por las noches.

Al mismo tiempo, reanudé mi actividad profesional, brindando todas las disculpas que fueron necesarias, e intenté recuperar a mis antiguos pacientes. Sólo conseguí convencer a una décima parte de ellos, lo que constituyó un estímulo para seguir ganando todo el terreno perdido.

Sin embargo, en el momento que mi confianza era total, recibí la bofetada emotiva de la nueva desaparición de Lucía. Durante una semana la estuve buscando por todas partes, sintiéndome cada vez más desesperado e indefenso. Y en el momento que me echaba en la cama, después de toda una jornada siguiendo el rastro que alguien me había sugerido o que yo mismo era capaz de deducir, intentaba imaginar que ella se hallaba a mi lado, que volvíamos a encontrarnos durmiendo juntos. 

Pero el vacío que me rodeaba era tan desolador, y la humanidad de mi esposa tan imposible de recrear por mi cerebro humano, que las lágrimas arrasaban mis ojos, me clavaba las uñas en las palmas de tanto apretar los puños, y llegaba a golpearme la cabeza contra la pared.

¡La necesitaba más que a mi propia vida!

Durante el octavo día de búsqueda infructuosa, supe que Lucía se encontraba en la cantina de la estación. Corrí a su encuentro animado por el mismo impulso que si ella hubiera regresado de un largo viaje. Pero, al rebasar la puerta de cristal, la vi sentada en una mesa con tres hombres, a uno de los cuales estaba besando sin ningún pudor.

Nuevamente me cegaron los celos. Cogí una silla y arremetí como una catapulta contra los acompañantes de mi esposa, sin importarme su corpulencia y que fuesen demasiados enemigos. Creo que hubiese podido obligarles a huir, después de unos veinte minutos de pelea, de no ser porque aparecieron varios policías.

Me mantuvieron encarcelado durante veinticuatro horas, acaso para que me serenase lo suficiente. Luego, me dejaron en libertad, no sin antes prevenirme de que olvidase tomar cualquier tipo de represalias violentas contra mi esposa. Yo me comprometí a seguir una conducta civilizada.

Al volver a casa, encontré que Lucía me estaba esperando con la mejor de sus sonrisas, con un banquete servido en la mesa del comedor, cuyo centro lo ocupaba un cestito de flores y dos candelabros de plata con unas velas sin estrenar, y con un cuerpo, ¡el suyo!, más sensual y provocativo que nunca. 

Ante aquello resultaban innecesarias las preguntas, porque sólo había una interpretación: ella imponía el cambio de la sexualidad más refinada por el olvido de su larga desaparición.

¿Aceptaría yo el trato?

Jugué a su manera, dejándome arrastrar por algo que ya no podía ser igual que antes. Porque el recuerdo de los ocho días buscándola infructuosamente, a lo que debía añadirse mi destrucción total como hombre y como médico, suponía una muralla imposible de rebasar. 

Actué siguiendo la inercia de mis instintos, aletargados antes de verla y en ebullición durante todos aquellos momentos, siendo en manos de mi esposa un simple pelele incandescente. Comí, bebí, besé y amé. Pero sin llegar a la saturación en ninguna de estas acciones, que resultaron meramente fisiológicas al faltarles el chispazo de una imaginación totalmente rendida. Ni siquiera obtuve una sola eyaculación.

Y en la cama, hostigado por esos celos que no eran míos sino de la represión social, de los conceptos tatuados por otros en mi conciencia, fingí que me levantaba para ir a por la última copa de champaña. Cuando lo que pretendía, en realidad, era comportarme de la forma «más civilizada» con aquella «gata salida». En lugar de dirigirme a la pequeña bodega, preferí entrar en la clínica. Con una frialdad inusitada cogí algunas vendas, un carrete del esparadrapo más ancho y un potente somnífero.

Luego mezclé éste con la bebida burbujeante, y regresé a la habitación. Donde me esperaba la intranquilidad de Lucía, aunque no su desconfianza. Posé mis labios en los suyos, queriendo detener el chorro de sus palabras; seguidamente, le dejé la copa en las manos, y me tomé la que había traído para mí.

En el momento que Lucía apuró la suya, riendo la invité a que rompiésemos las copas igual que en las películas románticas. Con el estrépito de los cristales, se me disparó un apetito inusitado de su carne, acaso por una reacción de triunfo. Mientras la acariciaba y la besaba, empecé a sentirla cada vez más floja, su voz se fue haciendo pastosa y terminó por quedarse totalmente dormida.

Entonces, procedí a vestirla, a atarla y a amordazarla con evidente crueldad. ¡Era totalmente mía... Ya nunca más volvería a escaparse de casa!

De nuevo la dejé rodeada de la más absoluta oscuridad, y abandoné la habitación. El resto de la noche intenté dormir en la cama del cuarto de los huéspedes; pero me fue imposible descansar, debido a que mi cerebro únicamente proyectaba pesadillas, en las que Lucía se reía de mi virilidad, me rechazaba cuando yo pretendía poseerla, a pesar de ponerme de rodillas suplicando rastreramente, y terminaba por escaparse de casa atravesando las paredes como un espectro, ¡para llevarse el lujurioso desnudo de su cuerpo a «otros lechos y a otros hombres»!

Me desperté sudando, con la boca reseca y necesitando asegurarme de que Lucía seguía encontrándose en el dormitorio. Por eso me precipité a abrir la puerta, después de quitar los esparadrapos que cubrían todas las rendijas, encendí la luz, y me encontré con la crueldad de sus ojos: ¡todo un desafío incomprensible!

–¿Crees que terminarás derrotándome, como las otras veces, porque soy el más débil de los dos? –pregunté con un tono de ironía, que hasta mí mismo llegó a sorprenderme–. Existe un método infalible para «domar» a una «gata salida»... ¿Me mirarás de la misma forma cuando lleves tres o cuatro días sin comer ni beber, y siempre en esta misma postura? ¿Resistirá tu bello cuerpo la necesidad de defecar aquí, en la cama? Y una vez que hayas cedido al insoportable deseo fisiológico, ¿cómo te notarás bajo el contacto nauseabundo de los excrementos?

Las palabras eran liberadas por mis labios con el placer de quien se desliza por un tobogán: cada vez, más deprisa, y con las ideas creciendo en unos niveles de perversión y venganza impropios de una mente que se tenga por normal.

Cumplí con una de las amenazas, recreándome morbosamente en mi doble función de carcelero y verdugo. Y con el propósito de que nada ni nadie me molestase, eché todas las persianas y me moví por la casa con el simple resplandor de una vela. No atendí al timbre de la puerta e hice oídos sordos en las decenas de veces que sonó el teléfono. Todos debían creer que habíamos salido de viaje.

Me preparé el desayuno, y sólo tomé un sorbo de leche. También hice la comida y la cena, aunque nada más que probé los bocadillos y picoteé en los platos fríos. Porque me había cuidado de no encender el gas, así como evité todo alimento del que se desprendiera un olor fuerte. Mientras, en cada uno de los lentos segundos que iban transcurriendo, notaba que Lucía estaba más dentro de mí, por eso se iba adueñando de cada uno de mis pensamientos.

Sin embargo, todo esto terminé por considerarlo el simple testimonio de lo mucho que debía combatir. Al llegar la noche, di un nuevo vistazo al dormitorio. ¡Con que odio me contemplaron los ojos de mi prisionera! Pero mantenía las piernas estiradas y los muslos muy juntos. Alcé su falda, levanté un poco la braga y palpé su monte de venus.

–Estás a punto de reventar. De buena gana intentarías enchufarme con tu meada si yo estuviera más a tiro. Lástima que las mujeres no estéis provistas de un pene flexible y erecto, ¿verdad, «gatita salida»?

Bajo el esparadrapo que cubría su boca noté el impulso rabioso de escupirme. Sus pezones se hallaban en la máxima rigidez, su bajo vientre palpitaba y su piel aparecía tan erizada como las diminutas limaduras de acero que han sido atraídas por el imán.

Por eso me alejé de allí, rápidamente, negándome a volver a ser hechizado por ese cúmulo de elementos lujuriosos. Después de asegurarme de que la puerta quedaba cerrada herméticamente, me dirigí al cuarto de los huéspedes. 

Preso de una gran confusión me dejé caer en la cama, totalmente vestido. Cerré los ojos y me dispuse a entregarme al sueño. Pero, a pesar de haber cerrado los párpados, en la pantalla de mi mente se proyectó el pubis de Lucía y todas las zonas de su cuerpo que acababan de amenazar mis intenciones de «domarla».

Luego de dar infinidad de vueltas y de fumar toda una cajetilla de cigarrillos, la mayoría de los cuales los aplasté contra el suelo a medio consumir, comprendí que no podía dormir sin tenerla a mi lado. 

Regresé a la habitación; y nada más abrir la puerta, me abofeteó un hedor insoportable. Encendí la luz. ¡Sus ojos continuaban mirándome con el desafío del más fuerte!

Al acercarme a la cama, advertí que ella se había meado encima... ¿Ese hedor tan repulsivo era de su orina?

En seguida vencí la sensación de repugnancia, porque me resultaba más imperioso el deseo de acostarme a su lado. Así lo hice, sin desnudarme. Una singular lasitud me invadió, y estuve a punto de quedarme dormido. No obstante, el cuerpo de Lucía se encontraba demasiado pegado al mío: lo sentía vibrar, caliente, voluptuoso y convertido en una llamada a la lujuria...

Por eso estuve a punto de ceder, enloquecido bajo el hechizo carnal. De repente, se encendió en mi cerebro una llamada de emergencia... ¡No, no podía rendirme cuando estaba en juego algo tan importante como domarla, para que fuese únicamente mía!

Di un brinco en busca del suelo, salí corriendo hasta mi clínica y me tomé unas anfetaminas, con el fin de hallar un estímulo muy distinto al sexual. Esperé a que me hiciesen efecto; luego, me dio por reír y burlarme de ella, actuando como un perfecto imbécil; pero sin rendirme ante la fascinación pecaminosa de su belleza. Hasta conseguí dormir unas horas.

¡Qué victoria más absurda, y cómo me llevo a creer que marchaba por el camino de mi superioridad!

Sirviéndome del recurso de la droga, mantuve la actitud de carcelero-verdugo durante más de cincuenta horas. Sin embargo, en el momento que me estaba preparando la cena –llevaba todo el último día comiendo con buen apetito–, cortando embutido con el gran cuchillo de la cocina, me pareció haber escuchado un maullido lastimero. Sorprendido, llegué hasta el comedor, encendí la luz, ¡y, entonces, vi al enorme gato negro que me atacó semanas atrás!

Lo más extraño es que, en lugar de hacerme frente, corría por el pasillo que conducía a los dormitorios. Le seguí blandiendo el cuchillo; pero sin saber realmente dónde se había escondido. Más de media hora le estuve buscando. Súbitamente, volví a escuchar sus maullidos diabólicos... ¡Maldita bestia! ¿Cómo era posible que se hubiera metido en nuestra habitación si la puerta continuaba encontrándose cerrada herméticamente?

Abandoné las preguntas, que acaso me hubieran servido para no cometer el error más grande de mi vida, y preferí entregar mis fuerzas y mi inteligencia a la satisfacción del impulso homicida que me dominaba. Quité los esparadrapos, accioné la manija, y...

¡La bestia se arrojó a por mi rostro, bufando y con las garras como saetas disparadas por la más poderosa ballesta!

Hizo presa en mi pómulo derecho y en mi oreja izquierda, que casi me arrancó. ¡Pero yo conseguí mover en abanico el brazo armado, y clavé el cuchillo en la garganta del feroz, enemigo!

¿Por qué lo hice...? ¡Dios, Dios! ¿Por qué lo hice...?

El gato lanzó un alarido humano... ¡Y al desplomarse en el suelo, acusó una mutación, lenta y extraordinaria, hasta convertirse en el cuerpo desnudo de Lucía!

Creí que estaba viendo algo irreal, la secuela de las anfetaminas. Un destello de raciocinio me permitió recordar que llevaba más de diez, horas sin tomar ninguna. Encendí la luz del dormitorio... ¡La cama estaba vacía, las ataduras desgarradas y las ropas de mi esposa se mezclaban con unos excrementos humanos, que hedían como los de un gato! Con que facilidad identifiqué, en aquel momento, esta pestilencia.

Entonces, ¿había dado muerte a Lucía? ¡No, no... Aún palpitaba!

Me incorporé, después de escuchar los latidos de su corazón, la cogí en mis brazos y la llevé a la clínica.

Repentinamente, el enorme gato negro pasó corriendo por entre mis piernas, entró en el comedor, dio un salto para alcanzar las paredes internas de la chimenea, y ya no lo volví a ver.

En una fracción de segundo pensé que la chimenea también había sido la vía de escape de Lucía, cuando podía adquirir una forma gatuna al haber sido poseída por el Demonio.

¡En efecto, eso lo explicaba todo! ¡Y también me permitió tener la certeza de que, si conseguía curarla, ella quedaría exorcizada!

Con el mayor empeño me entregué a salvarle la vida. Le practiqué una eficaz, traqueotomía, le apliqué el oxígeno en el momento que corté la hemorragia y la desinfecté. El trabajo debió absorberme toda la atención, porque perdí la noción del tiempo. Cuando di por finalizada mi labor quirúrgica, comprobé... ¡Cielos... Lucía estaba muerta!

¡No, no podía reanimarla! ¡Debía aplicarle fuertes masajes en el corazón, inyectarle todos los estimulantes cardíacos que encontrase, hacerle transfusiones de sangre y demostrarle que contaba con la ayuda de un hombre que no temía al Demonio! ¡Sólo así volvería a la vida, lo mismo que había dejado de ser una gata por una voluntad satánica!

Horas y horas me entregué a la tarea de resucitarla, presionando mis manos acompasadamente sobre su cavidad torácica; luego, le practiqué una transfusión de mi propia sangre, sin que me preocupase el rudimentario utillaje que debí utilizar. Y en vista de que su corazón no recobraba el ritmo vital, continué insistiendo, insistiendo...

¿En qué momento me sacaron de casa? ¿Quién lo hizo? ¿Es que perdí el sentido...? ¿Y por qué me tenían encerrado en aquella habitación acolchada y me habían puesto una camisa de fuerza? ¿Cuál había sido mi conducta para que se me considerara un loco?

Desconocía el tiempo que llevaba encerrado, aunque debía ser mucho porque estaban cicatrizadas las terribles heridas que me hizo el gato. Sentí unos deseos irresistibles de gritar que yo no tenía que encontrarme allí. Pero entendí que ese no era el mejor camino. Acurrucado en un rincón, comencé a esforzar mi mente. Todo lo sucedido fue llegando a mi cabeza igual que las secuencias de una película.

Describir cada uno de los hechos seguro que resultaría excesivamente prolijo. Me limitaré a señalar que se me consideraba loco por el obsesivo empeño de repetir esta demanda: «¡dejadme dormir con mi mujer!».

Sirviéndome de mis conocimientos médicos, no me resultó difícil imponerme un disfraz. Por medio de la pasividad, del ahorro de palabras, de escuchar a los psiquiatras y de comer con apetito, fui consiguiendo salir de la celda, pasear por el jardín del manicomio, empezar a ayudar a los celadores y, al fin, que se me diera el alta...

¡Anoche he vuelto a dormir con ella!

Salté las tapias del cementerio, llevando una pala, una linterna y un mapa en el que se indicaba el emplazamiento de la tumba. ¡Con qué frenesí levanté la lápida, extraje la tierra, saqué el ataúd –es el primero de los cuatro que ocupan el mismo hueco–, desclavé su tapa y me encontré con Lucía!

¿Puede importarme algo que su belleza se haya perdido bajo los efectos de la putrefacción y de la labor devoradora de los gusanos, si sé que estando a su lado, durmiendo con ella diez noches, cien, mil o las que sean necesarias, conseguiré vencer el maleficio?

Sólo tengo que repetir el mismo proceso cada atardecer, sin que nada me desanime, ¡porque ahora yo sé dónde se encuentra Lucía todas las noches; nada más he de ir a su encuentro, porque ya no es una «gata salida» sino una mujer, ¡mi esposa!, que me necesita!