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616 Todo es Infierno - David Zurdo

Capítulo 14 

Audrey cortó sin responder la llamada de Joseph a su teléfono celular. El bombero no había dejado de intentar hablar con ella en los últimos días. La memoria del contestador de la casa de Audrey estaba llena de mensajes suyos, y la secretaria de la consulta no sabía ya cómo decirle que su jefa llevaba días sin acudir al despacho. La psiquiatra estaba evitando a Joseph y él ya tenía que haberse dado cuenta de ello. Pero no iba a desistir. De momento se limitaba a esas insistentes llamadas telefónicas. No había aparecido aún en casa de Audrey, ni tampoco en la residencia de ancianos, aunque lo haría más tarde o más temprano. Joseph era una buena persona y estaba preocupado por ella. ¿Cómo podría no estarlo después del estado en que se presentó en su casa aquella noche, empapada y completamente aturdida?

Audrey había ido al apartamento de Joseph siguiendo un impulso. Buscaba el más primitivo de los consuelos: el abrazo de otro ser humano. Se sentía dolida y desamparada, y eso le hizo cometer un error que ahora trataba de enmendar. Ella y Joseph habían acabado acostándose y haciendo el amor, algo que Audrey no buscaba ni pretendía cuando fue a casa del bombero. Era la primera vez que estaba con un hombre desde… no recordaba desde cuándo. Joseph había sido tierno y cariñoso con ella, y eso no hacía sino empeorar la situación y volver más difícil lo que Audrey tenía que hacer. No quería empezar ninguna relación de ningún tipo. Ni siquiera con alguien tan encantador como Joseph. Quería centrar todas sus fuerzas en encontrar de nuevo a su hijo Eugene. Solo eso le importaba.

Ante la insistencia de Joseph, Audrey le había contado aquella noche cómo la mujer de su amigo Michael McGale acababa de morir de un infarto repentino en un restaurante próximo a su consulta. Lo hizo de un modo atropellado y confuso, y demasiadas cosas quedaron por aclarar. Pero Joseph no la presionó para que le contara más de lo que Audrey quiso contarle. Esta dejó el apartamento poco antes del amanecer, tras despertarse de un sueño ligero e inquieto, cuajado de pesadillas. Joseph había pasado buena parte de la noche intentando serenar a Audrey en los peores momentos. Realmente era una buena persona. Pero Audrey debía seguir adelante. Ella sola. No quería involucrarle en lo que iba a ocurrir y en su incierto y temible desenlace.

Daniel estaba poseído por el Demonio. La madre superiora tenía razón. A Audrey ya no le quedaban dudas sobre eso. «Demuéstrame que lo que dices es cierto y creeré en ti», le había dicho Audrey al Daniel oscuro, cuando este dejó ver que era el Demonio y afirmó que podría contarle la verdad sobre Eugene. Audrey no le creyó, e ingenuamente le exigió una prueba. Él ansiaba dársela. Y lo hizo. La falta de fe de Audrey había condenado a la mujer de su amigo Michael. Una muerte más con la que su alma tendría que cargar. Ese fue el precio para que se le abrieran los ojos, porque ahora sí tenía fe. Ahora sí creía que Daniel sabía la verdad sobre Eugene, y que el Demonio hablaba por su boca.

Audrey deseaba conocer esa verdad. Lo necesitaba atormentadamente. Cada segundo que pasaba en la ignorancia de lo que había sido de Eugene era un nuevo clavo que le atravesaba el alma. El ser que poseía a Daniel podía acabar con ese sufrimiento. Pero Audrey tendría que pagar un precio por ello. Las enseñanzas de sus padres y su formación religiosa coincidían en que el Demonio nunca da nada a cambio de nada. Y a Audrey le aterraba perder lo único que aún le importaba, aparte de encontrar a Eugene: su alma.

Se hallaba en medio de dos abismos igual de profundos, entre los que parecía que iba a verse obligada a elegir. Pero había vuelto a la residencia con la firme esperanza de no tener que hacerlo. Días antes creía haber descubierto un modo de hacer hablar al ser diabólico que habitaba el interior de Daniel sin condenarse por eso irremisiblemente a las llamas del Infierno. Una sola posibilidad, que, además, salvaría también al viejo jardinero, inocente de todo aquello.

En pocos minutos, un sacerdote enviado por la diócesis de Boston llevaría a cabo con Daniel un ritual de exorcismo. La madre superiora se había ocupado de hacer los preparativos y de acelerarlos todo lo posible. Se mostró de acuerdo con la idea del exorcismo en cuanto Audrey se la propuso. La religiosa sospechaba ya desde hacía tiempo de la presencia del Maligno en Daniel, pero no quería ser ella quien propusiera un exorcismo, a no ser que Audrey estuviera también convencida. Y ese momento había llegado.

Ante la entrada de la residencia, quieta y con la mirada perdida en los vetustos muros, Audrey rezó. Por primera vez en muchos años, lo hizo con auténtica humildad. Le pidió a Dios que la ayudara en este trance, para que el exorcista consiguiera arrancar de Daniel al Demonio y para que ella pudiera arrancarle al Demonio la verdad sobre Eugene. Audrey sabía que el exorcismo era peligroso y que podría sacar a la luz hechos oscuros de su pasado, pero no había alternativa. Además, eso ya no la preocupaba. El Demonio no le mintió cuando dijo que nada es más importante que la verdad.

Se sentía débil y mareada. El hedor a enfermedad y orines rancios de la entrada le revolvió el estómago, aunque no había nada en él excepto un poco de agua. Llevaba tres días sin comer alimentos sólidos. El padre Tomás Gómez, que celebraría el exorcismo, le había comunicado a la madre superiora que un ayuno riguroso de todos los que fueran a asistir al ritual era imprescindible para combatir eficazmente al Demonio. Eso decidió que solo Audrey y el sacerdote participaran en el exorcismo de Daniel. La madre Victoria insistió con terquedad en hacerlo también, pero Audrey logró disuadirla. La psiquiatra argumentó primero que la edad avanzada de la religiosa no le permitiría un ayuno absoluto, pues eso pondría en peligro su salud. Pero la religiosa no cedió. Estaba dispuesta a arriesgarse si con eso ayudaba a liberar a Daniel del Maligno. Frente a esta actitud, Audrey utilizó otro argumento, el único capaz de convencerla: la fragilidad de la madre superiora no solo no ayudaría a Daniel, sino que podría fortalecer al ser que lo poseía y hacer que resultara imposible expulsarlo de él. La monja cedió por fin, para alivio de Audrey, aunque una parte egoísta de ella habría deseado que no lo hiciera.

El exorcismo iba a celebrarse en la habitación de Daniel. Era el lugar más discreto aparte de la sala de terapia, que enseguida fue descartada. Tanto a la madre Victoria como a Audrey les daba la impresión de que la sala era un «terreno favorable» para el Enemigo.

Antes de dirigirse hacia la habitación, Audrey pasó por el despacho de la religiosa. La conversación que mantuvieron fue corta. Empezó con una petición de la monja: «Ve con Daniel. Está muy asustado y el padre Gómez no me permite verlo. Nosotras rezaremos por él en la capilla», y terminó con un ruego afligido: «Que Dios nos proteja».

Un inusual olor a incienso se mezclaba con el tufo rutinario a desinfectante en el pasillo que conducía hasta Daniel. Delante de la puerta de su habitación, el exorcista esperaba a Audrey, vestido para el combate. Pues de eso se trataba, de un combate. Sobre el hábito llevaba puesta la túnica ceremonial de lino blanco, el alba, y de su cuello colgaba una estola morada. Cuando habló, fue muy directo en sus palabras:

—Señorita Barrett, soy el padre Gómez. Aunque la Iglesia recomienda ahora que esté presente un psiquiatra en los exorcismos, sus conocimientos científicos aquí no sirven de nada por sí mismos, así es que haga el favor de observar y no intervenir en ningún momento, salvo cuando yo se lo diga. ¿Estamos de acuerdo?

—Por supuesto.

Quizá por influencia del cine, Audrey esperaba encontrarse con un sacerdote ya anciano, de aspecto sabio y mirada profunda, con un gesto duro esculpido en mil batallas contra el Príncipe del Mal. Esa era la imagen que Audrey tenía de un sacerdote exorcista. Y no pudo evitar sentirse decepcionada, además de temerosa. El padre Gómez era un hombre joven, de origen puertorriqueño y gesto altivo. Su voz afectada y su comentario desdeñoso revelaban una soberbia que la inquietó. Un exorcismo es una lucha despiadada entre el Bien y el Mal, una tierra de nadie donde las fuerzas de ambos bandos se encuentran más igualadas que en ningún otro caso. Para vencer la batalla son necesarias fe y perseverancia. Pero también humildad. Un exorcista que carezca de ella puede caer fácilmente en las trampas del Demonio. Dios es quien sale victorioso en un exorcismo, y no el exorcista, que es su mero instrumento. Ojalá el padre Gómez no se olvidara de ello.

—¿Es este su primer exorcismo? —Audrey tuvo que preguntar. Había demasiado en juego.

—¡Claro que no! ¡Por supuesto que no es mi primer exorcismo!

—Me alegro. Para mí, sí lo es.

Él la miró con desdén y, sin añadir nada más, entró en la habitación de Daniel. Allí el olor a incienso era casi sofocante. Daniel estaba sentado encima de la cama. A su lado, el exorcista había puesto el crucifijo que normalmente colgaba de la pared. Y Audrey detectó también otro cambio: sobre la mesilla en la que solía haber una lámpara, el padre Gómez había colocado una imagen de la Santísima Virgen y dos pequeños recipientes, uno con agua bendita y otro con sal.

—¡Au… drey! Tengo… miedo.

—Vuelve a sentarte —le ordenó a Daniel el sacerdote, cuando vio que el anciano iba a levantarse de la cama.

—No hace falta que le hable así —dijo Audrey—. ¿No ve que está aterrorizado? Tranquilo, Daniel. Yo estoy aquí. No va a pasarte nada.

El exorcista puso una mueca exasperada, antes de decir:

—Señorita Barrett, ya le he dicho que usted debe limitarse a hacer lo que yo le diga. Si eso no le parece bien, será mejor que se marche ahora mismo y que no participe en el ritual. No se puede ser condescendiente con Satanás.

Audrey pensó: «Este no es Satanás, pedazo de imbécil. Es solo un pobre anciano retrasado que está muerto de miedo». Sin embargo, lo que dijo fue:

—Haré todo lo que me ordene.

—Muy bien —la voz del padre Gómez sonó aguda, de complacencia—. Puede empezar poniéndole esto a Daniel.

Al ver lo que el exorcista sacó de su maletín, Audrey tuvo que contenerse otra vez.

—Yo… no quiero… co… rreas.

La expresión doliente de Daniel le partió a Audrey el corazón.

—Daniel, ¿confías en mí?

—Sí.

—Entonces ¿me crees si te digo que es necesario que te pongas las correas? —Daniel asintió—. No las apretaré mucho.

—Apriételas todo lo posible.

Por tercera vez, Audrey no dijo lo que estaba pensando. La mirada de odio que le dirigió al exorcista fue más que elocuente.

—Tengo que hacerle caso al padre Gómez. ¿Lo entiendes, Daniel?

—Yo… con… fío… en ti.

Siguiendo las instrucciones del exorcista, Audrey ató con las correas las manos de Daniel; una a la cabecera de la cama y otra a su pie. El anciano quedó así con los brazos extendidos, como el propio Cristo que descansaba a su lado. La penosa imagen hizo asentir, satisfecho, al padre Gómez. Luego, rebuscó de nuevo en su maletín, del que esta vez sacó una pequeña cámara de vídeo digital.

—¿Va a grabar el exorcismo? —Esto había cogido a Audrey por sorpresa. Se había resignado a que, durante el ritual, pudieran revelarse acontecimientos de su pasado que habría preferido mantener ocultos. Pero nunca se le ocurrió que fueran a quedar registrados en una cinta.

—Yo grabo todos mis exorcismos. De hecho, es preceptivo cuando los medios técnicos lo permiten.

—¿De verdad lo cree necesario, padre Gómez?

En la respuesta de él volvió a percibirse su hiriente y peligrosa soberbia.

—El registro de imagen y sonido en el exorcismo es un procedimiento habitual en el siglo XXI. ¿Acaso le molesta?

«Claro que me molesta, engreído de mierda».

—No. No me molesta.

El padre Gómez puso la cámara digital sobre una cómoda apoyada en la pared hacia la que miraba Daniel. Después de graduar el zoom y el enfoque, oprimió el botón de grabación y volvió atrás.

—Empecemos de una vez. La cámara ya está en marcha. Puede orar en silencio por Daniel, pero se lo repito una vez más: no intervenga en ningún momento, salvo cuando yo se lo ordene expresamente.

—Así lo haré.

El exorcista se colocó a la izquierda de Daniel e indicó a Audrey que se pusiera al otro lado. La psiquiatra vio al padre Gómez mirar al objetivo de la cámara. Él mostraba una estúpida autocomplacencia. Incluso llegó a arreglarse los cabellos, como si fuera a prepararse para un concurso de belleza masculina, en vez de para un combate contra el Demonio. Por fin, sacó de un bolsillo el libro con el ritual del exorcismo y, tras cerrar los ojos, comenzó a orar para sus adentros. Terminado el rezo preparatorio, hizo la señal de la cruz, que exhortó a Audrey a hacer también, y dijo:

—En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Usted debe responder «amén».

—Amén.

Extendiendo los brazos y las manos, el exorcista prosiguió:

—Dios, Padre Omnipotente que quiere que todos los hombres se salven, esté con todos vosotros. —Hacia Audrey, dijo—: Y con tu espíritu.

—Y con tu espíritu.

—Daniel, te pido tu permiso para expulsar a los demonios que te atormentan. ¿Me lo concedes?

Daniel no sabía qué responder. Por eso, miró a Audrey, que asintió y le dijo en un murmullo: «Di que sí».

—Sí… Sí.

Ahora, el exorcista tomó un puñado de sal, que echó en el recipiente con agua bendita:

Te suplicamos, Dios Todopoderoso, que bendigas en tu bondad esta sal creada por ti. Tú mandaste al profeta Eliseo arrojarla en el agua estéril para hacerla fecunda. Concédenos, Señor, que al recibir la aspersión de esta agua mezclada con sal nos veamos libres de los ataques del enemigo, y la presencia del Espíritu Santo nos proteja siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor

El padre Gómez volvió a mirar hacia Audrey. Pero ella no contestó «Amén». Estaba ensimismada.

—¡Responda amén! —exclamó el padre Gómez.

—Amén.

Airado, el exorcista comenzó la súplica litánica. La furia de su voz desvirtuó las dulces palabras de la oración:

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios, para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda bondadosamente la invocación de su Iglesia a favor de nuestro hermano Daniel, que sufre gravemente.

El anciano estaba sufriendo, sí. Pero el demonio que llevaba dentro no parecía resentirse en absoluto por el ritual. De hecho, Audrey aún no había notado siquiera su maléfica presencia.

—Arrodillémonos para comenzar las letanías —dijo el exorcista—. Tú no, Daniel.

Este no habría podido arrodillarse aunque hubiera tenido que hacerlo, porque las correas que lo sujetaban a la cama se lo habrían impedido. El jardinero sudaba. De la frente húmeda le caían gotas sobre los ojos sin que pudiera limpiárselas con sus manos atadas. Audrey vio la mirada suplicante del anciano y estuvo a punto de levantarse para enjugarle ella misma el sudor. No lo hizo porque sabía que, en ese caso, el exorcista la echaría de la habitación. Fijó cobardemente su mirada en el suelo, incapaz de soportar la angustia de Daniel.

—Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Así inició el padre Gómez una monótona y larga oración, por la que se imploraba a Dios, la Virgen, los ángeles y todos los santos que intercedieran por Daniel. El ruego terminó con las palabras: «Cristo, escúchanos». Fue entonces cuando Audrey, que tenía ya doloridas las rodillas desnudas, levantó de nuevo los ojos hacia Daniel. Él la observaba fijamente. Y Audrey no habría necesitado leer en sus labios las mudas palabras «Aquí estoy» para saber que el Demonio había ocupado una vez más su cuerpo. De nada de esto se percató el padre Gómez, ni tampoco de cómo le temblaban las piernas a Audrey cuando él dijo:

—Levantémonos. Señor y Dios nuestro, a quien pertenece compadecerse siempre y perdonar, escucha nuestra súplica para que la compasión de tu misericordia libere a este servidor tuyo, Daniel, que está sujeto por las cadenas del dominio diabólico. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

—A… mén —dijo Audrey con voz entrecortada.

El inocente jardinero había abandonado la habitación. Su cuerpo lo habitaba ahora el ser que llevaba atormentándolo desde el incendio del convento. Con ese fuego se inició el torrente de sucesos casi inimaginables que había desembocado en este exorcismo, en el preciso momento de medir realmente las fuerzas del Bien y del Mal. Porque los dos contendientes se encontraban ya en el campo de batalla.

—Buenas tardes, padre Gómez —dijo el Daniel oscuro, en un remedo de burlona cortesía. Mientras hablaba, se dedicó a mirar con curiosidad las correas que lo aferraban a la cama.

—¡Por fin te atreves a mostrarte, cobarde Satanás!

Audrey tuvo que reconocer que el exorcista había identificado al momento la presencia diabólica y que no se había amilanado ante ella. Lo que Audrey deseaba era que esa entereza se mantuviera y que su exceso de confianza no le hiciera fracasar.

—¿Me llamas cobarde, sacerdote?

El tono del Daniel oscuro seguía siendo burlesco, pero el exorcista ignoró sus palabras. Eso le habían enseñado a hacer. Aferró con más fuerza que nunca el libro que sostenía entre las manos, y leyó:

—Bajo la protección del Altísimo, les he dado poder de caminar sobre serpientes y para vencer todas las fuerzas del enemigo…

—¿No me contestas? ¿Te niegas a escucharme? —preguntó Daniel.

El padre Gómez alzó la voz:

—Tú eres, Señor, mi refugio. Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío». Tú eres, Señor, mi refugio.

—Eso pensaba también aquella muchacha de Guatemala… Que el Señor era su refugio. Pobre insensata…

El exorcista vaciló. Su silencio no llegó a durar un segundo, pero Audrey se dio cuenta de que vaciló antes de proseguir con la letanía:

—Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa…

—Vivía en aquella cabaña infecta —siguió hablando Daniel, con su voz insidiosa—. Tenía solo doce años, ¿verdad?

Audrey se apartó aún más de Daniel. Este seguía sentado en el borde de la cama, con los brazos extendidos. Pero su semejanza con un Cristo crucificado resultaba ahora blasfema. Daniel exhalaba una maleficencia casi física, con la que Audrey temía contagiarse, quizá irracionalmente. O quizá no. El padre Gómez se mantuvo firme, en cambio. Aunque Audrey juraría que, de no haber tenido él que sujetar el libro del ritual entre las manos, se habría tapado con ellas los oídos para no tener que escuchar las palabras venenosas de Daniel.

—… Te cubrirá con sus plumas —dijo el exorcista, en voz más alta—, y hallarás un refugio bajo sus alas. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol. Tú, Señor, eres mi refugio.

—La niña tenía solo doce años, sí. Y ya guardaba un pequeño secreto.

Daniel miró a Audrey, que se estremeció.

—Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza…

—¡ESCÚCHAME, SACERDOTE!

Las correas se rasgaron por sí solas con un ruido breve y seco. Una ráfaga de aire fétido les agitó las ropas. El grito de Audrey se perdió entre las manos con las que se tapó la boca.

—… Con solo dirigir una mirada, verás el castigo de los malos.

Nervioso, el padre Gómez continuó. Pero Daniel volvió a interrumpirle mientras se desataba tranquilamente los restos de las correas que seguían atados a sus muñecas:

—He dicho que… ¡ME ESCUCHES!

El exorcista se quedó rígido y, luego, comenzó a andar hacia atrás, hasta estrellarse contra la cómoda sobre la que descansaba la cámara digital. Faltó poco para que el fuerte impacto la hiciera caer al suelo. Alguien que viera grabado ese momento podría pensar que fue el propio exorcista quien caminó de espaldas y se tropezó accidentalmente con la cómoda. Pero Audrey sabía que no era eso lo que había ocurrido. Ella vio la mueca de pánico que se apoderó del rostro del padre Gómez. El exorcista no se había movido por su voluntad. Daniel le había hecho moverse como una marioneta. El anciano jardinero habló otra vez. Y su voz era temible:

—Tú la mataste.

—¡Fue el demonio que la poseía quien la mató!

Así se defendió el exorcista. Estaba gateando por el suelo, bajo la pérfida mirada de Daniel, con el rostro desencajado y balbuceando: «El libro, ¿dónde está el libro?».

—¿Sabías que estaba embarazada?

El padre Gómez se quedó mudo y se detuvo. No lo sabía. Audrey, que estaba acurrucada en una esquina, se limitaba a observar. El libro que buscaba el exorcista había ido a parar entre los pies de Daniel, que lo cogió del suelo y se lo lanzó por el aire.

—Aquí tienes tu libro, sacerdote.

Él se incorporó a duras penas, con el libro aferrado en su mano diestra. Respirando agitadamente, buscó el punto del ritual en el que este se había interrumpido, pero no consiguió encontrarlo. Desesperado, agarró la cruz que había sobre la cama y, poniéndola entre él y Daniel, a modo de escudo, comenzó a leer a gritos en una página cualquiera:

—¡Apártate de este siervo Daniel, a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo de su misericordia! ¡Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto…!

Estas palabras hicieron que ocurriera lo que ya parecía imposible. Daniel empezó a retorcerse, como si las simples palabras fueran flechas ardientes. Audrey contempló horrorizada los terribles cambios que se desataron en el cuerpo del anciano y que la cámara no llegó a captar de un modo claro. Algo se movía por debajo de la piel de Daniel. Algo escurridizo, que deformó su cara y que le hizo arrancarse la camisa entre aullidos de dolor.

—¡Dios, Dios, Dios! —gimió Audrey.

El torso de Daniel estaba surcado por una malla de venas negras. Palpitantes. Vivas. Que iban cambiando de forma y de posición por debajo de su piel. Audrey se volvió hacia el exorcista. La expresión de él era casi lunática. Y la misma locura se transmitía a sus palabras, dichas a voces:

—¡… Superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la cruz y, resucitado del sepulcro, transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura, de Daniel, a la cual Cristo al nacer hizo su hermano y al morir lo redimió con su sangre! ¡TE CONJURO, SATANÁS, QUE ENGAÑAS AL GÉNERO HUMANO…!

De la boca de Daniel surgió una mezcla de mil voces abominables, que gritaron su agonía en mil lenguas distintas. Era el momento. El demonio que poseía a Daniel estaba a punto de ser derrotado. Audrey tenía que preguntarle por Eugene. Ahora que estaba más débil que nunca. Antes de que el exorcista lo expulsara por completo.

Audrey se arrodilló junto a la cama en la que Daniel continuaba retorciéndose, aullando de un modo espeluznante. El padre Gómez estaba tan absorto que no se molestó en reprenderla. Se limitó a proseguir con el ritual, gritando con todas sus fuerzas las palabras que creía poderosas. Del oído derecho de Daniel emergió de pronto un líquido negro que salpicó el rostro de Audrey. Olía a muerte y a decadencia. Ella sintió una arcada y, a continuación, unos dolorosos calambres le comprimieron el estómago vacío. Con un sabor amargo a bilis en la boca, Audrey se dispuso a preguntarle a Daniel qué había ocurrido con su hijo Eugene. La cara de Daniel estaba mirando al lado contrario de la psiquiatra. Cuando la volvió hacia Audrey, todas sus esperanzas se desvanecieron.

El demonio que lo poseía y que el exorcista pensaba estar muy cerca de derrotar, le había guiñado un ojo, como ya hiciera en otra ocasión. Había vuelto a engañarla. Los había engañado a los dos. Una risa cruel e infinitamente remota surgió de aquella criatura maléfica, que gritó:

—¡TODO ES INFIERNO!

Las palabras del exorcista se detuvieron. Y Audrey, simplemente, se rindió.

—Acércate —pidieron las voces demoníacas que hablaban como una sola. Ellas susurraron algo al oído de Audrey. La verdad que ansiaba conocer.


La satanista - Mary Crawford Fraser

 El mensaje que Léonie recibió de Yolanda no era muy explícito, pero algo en el tono le produjo un escalofrío mientras se dirigía apresuradamente a casa de su amiga. Nada más entrar, esta la llevó de inmediato a la sala de estar, cerró la puerta y la sentó de un empujón en el sofá.

—No me tomes por loca, Léonie —empezó a decir Yolanda con gran energía—, pero ha llegado el momento de que responda a toda la confianza que me has brindado con tu sincera amistad. Y voy a hacerlo ahora mismo. Ahora mismo… —repitió, dándose la vuelta y acercándose a una alta lámpara de pie—. ¿Puedes venir aquí, por favor? Quiero que me desabroches el corpiño. No te asustes, pero haz lo que te pido.

Léonie se levantó y la siguió, como sumida en un trance, con esa pasividad impuesta por la extraña ineluctabilidad de la acción y petición de su amiga.

—Yolanda, querida, ¿es absolutamente necesario? —fue lo único que preguntó—. En ese caso, lo haré.

Solo una vez, cuando la blusa de seda se abrió y mostró un poco de ropa interior blanca, titubeó Léonie, presa de una terrible desazón que le obligó a apartar la mirada.

—Yolanda, ¿estás segura? —le preguntó en tono de súplica—. Puede haber cosas que… que tal vez lamentes después.

—No… —respondió su amiga, con tan firme determinación que a Léonie no le quedó más remedio que ceder. La nuca de la muchacha, curvada con indómita docilidad, como si esperase un golpe mortal, así como sus dos manos, con las que se sujetaba la falda por ambos lados con furiosa resolución, expresaban una orden que no podía ser desobedecida—. Vamos, Léonie. No lo hagas más difícil de lo que ya es.

Léonie obedeció. Aflojó los bordes del cambray bordado y los separó, dejando al descubierto la piel blanca como la leche de debajo de los omóplatos; y entonces, sobrecogida por otra cosa que había revelado el movimiento de sus dedos, se inclinó hacia delante bajo la luz de la lámpara y soltó un grito de horror.

—Ah, ¿ya lo has visto? —dijo Yolanda con un suspiro, relajando su cuerpo—. Entonces vuelve a taparlo, por favor. Ahora ya puedo contarte lo que espero no tener que contarle nunca a nadie más; excepto a un sacerdote, algún día, cuando haya disfrutado de mi ración de felicidad en este mundo y esté cansada del amor… suponiendo que eso pueda llegar a suceder. Vamos, Léonie, dime, ¿todavía te extraña que sea tan celosa de mi feminidad que prefiera reservarle mi vida al amor y la confianza de un hombre antes que perderla, quizá, y su amor con ella, para conseguir mi salvación?

Léonie, demasiado repugnada y perpleja por lo que había visto para elaborar siquiera una frase completa, solo acertó a decir unas pocas palabras inconexas con las que quiso expresarle una tierna compasión, mientras volvía a abrochar las delicadas prendas para ocultar lo que había herido tan hondamente su imaginación.

—Oh, mi pobre niña, ¡mi pobre niña! —tartamudeó, mientras las lágrimas la cegaban de tal modo que apenas veía nada—. Mi pobre Yolanda, ¿quién te ha podido hacer una maldad así?

Cuando acabó de abrochársela de nuevo, besó la blusa, movida por un acceso de ternura, como si quisiera restañar así la herida que ocultaba.

Yolanda se dio la vuelta entonces, soltó la cola de su vestido, que se había enrollado en las muñecas, y alzó la vista con una deslumbrante sonrisa, como un alma que se hubiera librado de los grilletes de la fatiga y el dolor físico.

—No sufras, mi dulce Léonie; el dolor ha desaparecido ya —dijo—. Nunca volverá a torturarme ni a avergonzarme. Volvamos al sofá y te contaré lo que no te he contado nunca: cómo he llegado a ser lo que soy. No creo que me lleve mucho tiempo.

Con la barbilla apoyada en las manos, y los codos descansando en sus rodillas cruzadas, Yolanda miraba fijamente el fuego en busca de fragmentos esparcidos de su memoria para unirlos de nuevo antes de dar comienzo a su historia. Al cabo de un momento, sin cambiar de posición, dijo:

—Ahora que lo pienso, Léonie, esta es la primera vez que te hablo de mi vida antes de conocerte. De eso hace cinco años. ¿Por qué nunca me has preguntado nada sobre mí?

—Y ¿qué derecho tenía, Yolanda? Tú estuviste dispuesta a aceptarme sin condiciones, ¿cómo podía yo hacer otra cosa? Me sentí atraída por ti desde el principio; la noche en que fuimos las dos únicas personas en abandonar la reunión de la logia romana antes de… antes de la inconcebible parte del ceremonial. Supe al instante que estabas allí por lo mismo que yo, por miedo a ellos, y lo lamenté por ti. Ni siquiera sabía tu nombre, ¿te acuerdas?, y yo te dije el mío cuando salíamos de allí juntas. Nunca me preguntaste por qué me había unido a ellos, y a mí nunca se me ocurrió preguntártelo a ti. Las dos sufríamos porque nos despreciábamos y nos avergonzábamos de nosotras mismas, y con eso me bastaba.

Yolanda le puso una mano en la rodilla como si tocase algo sagrado, con suavidad, prolongando la caricia unos segundos.

—Gracias por todo lo que has significado para mí desde entonces —continuó—. Y gracias por no preguntarme nunca por qué estaba donde me encontraste la primera vez, Léonie. Pero ahora, como te decía, ha llegado el momento de contártelo. Si es posible, me gustaría que pensaras en mí con un poco de compasión, aun cuando parezca que solo merezco repulsa. ¡Bien sabe Dios que daría cualquier cosa por reconciliarme con Él!…

»Pues bien, todo comenzó el día que nací —prosiguió—. Se esperaba que fuera un niño, ya sabes, pero no era más que una niña. Así que lo tuve todo en contra desde el principio. Y el hecho de no tener ni hermanos ni hermanas no mejoró en absoluto las cosas.

»A veces pienso que, en ciertos casos, si los niños pudieran ser apartados por completo de sus padres y educados por otras personas que no esperasen obtener provecho alguno de ellos, hasta que fueran lo suficientemente mayores para disponer de su propia armadura moral, sería mejor para todas las partes, tanto para los padres como para los hijos.

»No llegaste a conocer a mi madre, porque yo no quise. Me daba miedo que pudiera enseñarte incluso a ti, en aquellos últimos años de su vida, a mirarme como si yo fuera algo que no conviniera tocar sin guantes.

—¡Yolanda! ¿Tu propia madre? Pero…

—Intenta no interrumpirme si puedes evitarlo, Léonie… aunque lo que vas a escuchar bastará para obligarte a guardar silencio. Quiero ser lo más justa posible al hablar de mi madre. Le causé una herida, y no estaba en su naturaleza perdonar heridas. Era una mujer desgraciada, además, en muchos sentidos. No practicaba religión alguna, y la sola mención de otra vida bastaba para que montase en cólera, porque implicaba la idea de la muerte y… y de la claudicación ante una providencia con la que nunca estuvo dispuesta a reconciliarse, en venganza por la crueldad con que, a su modo de ver, la había tratado. Nunca he conocido a nadie a quien la idea de morir le suscitase tanto odio y tan horrible amargura; era una monomanía, una obsesión.

»He hablado de una herida que le había causado. Es fácil de entender. En primer lugar, como te he dicho, que yo fuera una niña en vez de un niño le supuso una amarga decepción, porque ya se había hecho a la idea de tener un hijo que cosechase los beneficios de la carrera política de mi padre; y, en segundo lugar, a raíz de mi nacimiento perdió la salud y la belleza. Hasta entonces había sido una de las mujeres más hermosas de su época; cuando su fortaleza y su belleza la abandonaron, no le quedó nada, tal y como lo veía ella, por lo que vivir. Me atrevo a decir que, de tanto mortificarse dándole vueltas a esta pérdida, con el paso del tiempo su cabeza acabó profundamente afectada. En cualquier caso, así prefiero pensarlo ahora, en favor del recuerdo que guardo de ella. Se sentía demasiado infeliz, humillada y amargada para conservar la cordura.

»Ojalá hubiera sido capaz de juzgarla con tanta benevolencia cuando aún estaba viva.

»Jamás me hablaba con amabilidad si podía evitarlo. Tenía que guardar las apariencias en público, por supuesto, pero no me besó ni una sola vez, ni entró nunca en mi dormitorio, cuando aún era una niña pequeña, para darme las buenas noches. Pero si alguna vez tengo la oportunidad de darle las buenas noches a un hijo mío…

Hizo una pausa antes de continuar.

—Cuando yo tenía unos doce años, y ella se dio cuenta de que iba a ser una joven atractiva, las cosas se volvieron tan monstruosas que la gente empezó a percatarse, hasta que finalmente mi padre me mandó un par de años a un colegio de monjas en el sur, en Milán. Creo que tenía miedo de que ella me hiciese algo y se armase un escándalo. En cualquier caso, me tuvo alejada de casa todo el tiempo que le permitió la decencia. Ni siquiera me dejó volver a pasar las vacaciones hasta que pensó, supongo, que había tenido tiempo de superar su desagrado por mí; si bien es cierto que hacía el esfuerzo de viajar él solo a Milán dos veces al año para llevarme a pasar un mes o seis semanas a Candenabia o Mentone. Siempre fue amable conmigo. Cuando yo ya me había convertido en una muchacha atractiva, presumía de hija delante de cualquier amigo que se encontraba en los hoteles. Ellos me hacían los cumplidos más tontos para complacerle (no todos de buen gusto, por cierto), pero yo los agradecía igual.

»Antes de ir al colegio, la religión no había significado para mí, en ningún sentido, lo que significa para la mayoría de los niños: una especie de guardería o cuarto de juegos espiritual. No era más que media hora en la iglesia una vez a la semana (papá siempre insistía en que fuera, a pesar de que a él no lo veían por allí ni en pintura) y cuatro o cinco minutos arrodillada a solas todas las mañanas, rezándole a no sabía muy bien qué. No tenía a nadie que me estimulase, como a otros niños, para mirar las cosas desde una perspectiva religiosa; nadie que me escuchase rezar mis oraciones y me hablase de Dios y del ángel de la guarda.

»Las monjas de Milán hicieron cuanto estaba en su mano para interesarme por las cosas que significaban tanto para ellas. Pero era demasiado tarde para influirme con sus métodos; no encontraron cimientos sobre los que levantar nada, aunque, insisto, hicieron lo que pudieron. Me confirmaron y se encargaron de que recibiese mi primera comunión como es debido; después, no pudieron más que tratarme como a las otras niñas, protegiéndome de cualquier daño mientras estuviese a su cuidado. Lo único que me aportó mi estancia allí, aparte de una educación muy esmerada, fue la acendrada convicción de que Dios intervenía en los asuntos cotidianos. No se trataba ni mucho menos de amor a Dios, pues en mí no había sitio para el amor (en todo caso para la admiración); era solo eso: una convicción inquietante y pertinaz, más rebelde que dócil. Seguro que entiendes que yo pensara que las monjas se lo tomaban todo demasiado en serio, mientras que oía a papá hablar con sus amigos sobre lo que él llamaba “la lamentable estrechez de miras y la falta de generosidad del actual sistema de la Iglesia”. Yo veía que era un gran hombre, un personaje importante, y que ellas, en cambio, eran solo mujeres sin su conocimiento del mundo ni su energía ni su inteligencia.

»Después de volver con él a casa, lo cierto es que las cosas fueron al principio un poco mejor de como habían sido antes. Tenía la impresión, y yo por entonces era lo suficientemente perspicaz para darme cuenta de esas cosas, de que mi madre me tenía bastante miedo (aunque me equivocaba en una cosa: a quien le tenía miedo era a papá), y no me pasaba desapercibido que se esforzaba mucho, cuando estábamos los tres juntos, por hacerle creer que sus sentimientos por mí habían cambiado. Pero yo ponía buen cuidado en no quedarme a solas con ella. No me cabía la menor duda de que su desagrado era muy superior a sus fuerzas, y de que, si se presentaba la oportunidad, se adueñaría de ella. Fue entonces cuando empecé a odiarla de veras: a odiar su maldad, la fealdad subyacente en todo lo que me decía y me hacía siempre que papá tenía un ojo puesto en nosotras dos.

»Durante esas primeras semanas, observé mis deberes religiosos de forma un tanto mecánica, pero me molestaba que interfirieran de modo intolerable con mi odio a mi madre. Recuerdo que una noche, cuando llegué a lo de “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos…”, etc., sencillamente no fui capaz de decirlo. No pude continuar. Tuve que ponerme de pie y quedarme allí plantada, enfurecida por la injusticia de aquella petición. “No tienes derecho a pedirme eso; yo no soy quien la ha ofendido. ¿Por qué tengo que mentir? No lo haré, ¡no lo haré! ¿Por qué Te pones de su parte? ¿Qué daño os he hecho nunca a Ti o a ella?”.

La nota de resentimiento que se apreciaba en su tono, incluso ahora, mientras revivía de nuevo aquel espantoso momento a través de sus nítidos recuerdos, era más de lo que Léonie podía soportar sin conmoverse.

—¡Yolanda, no! —gritó—. Fue hace mucho tiempo… Y ¡tú no eras más que una niña! No desentierres el pasado. ¡Piensa en lo que tienes que decirme y continúa!

—Tienes razón, Léonie —replicó la voz mágica—. El pasado descansará relativamente en paz en su tumba a partir de esta noche. Pero por esta vez debes permitirte mirarlo. Desde ese día hasta hace cuatro años, cuando nos dejó mi madre, no recé ni una sola vez. Como he dicho, no era capaz. Desde entonces, he rezado, por ella y por mí; no muy a menudo, me temo, ni de la forma más ortodoxa, pero he rezado pese a todo. Y sabes que nunca he sido capaz de perder mi fe.

»Después de aquella noche, fue como si mis palabras hubieran desatado los poderes oscuros en la casa. No pasaba ni un solo día, ni una sola hora, sin que tuviera la impresión de que el espíritu del odio estaba a punto de escapar al control de mi madre; incluso el aire, denso y viciado, parecía anunciarlo, y por las noches nunca me acostaba sin pasar el pestillo de mi habitación. Supe así lo que era el miedo. Pero ese miedo solo sirvió para fortalecer mi obstinación contra la sumisión y el perdón; contra pedir perdón y misericordia para conseguir la victoria sobre mí misma. Fue entonces cuando empecé (de forma inconsciente, pues ni siquiera había oído hablar de esas cosas) a deambular por la frontera del territorio que ellos tienen bajo su dominio.

»He de decirte que fue por aquellos días cuando a una doncella, Rosina Delré, se le encargó la tarea de cuidar de mí y de mi ropa.

—¡Esa criatura! —estalló Léonie.

—Bueno, ahora ya está muerta, así que intentemos no pensar en ella con demasiada severidad; además, estaba sinceramente arrepentida al final. Hasta entonces yo apenas la había visto unas pocas veces. Era muy rápida y discreta haciendo lo que tenía que hacer; pero la sorprendí una o dos veces mirándome como si quisiera decirme algo pero no estuviera segura de cómo me lo tomaría. Tenía la impresión de que sentía pena por mí, y estuve tentada de tomarla como confidente y aliada (la soledad empezaba a hacérseme insoportable), pero no me decidía, y tuve la boca cerrada hasta que, por fin, las circunstancias me empujaron a contárselo todo.

Hizo otra pausa, con el fin de cerciorarse de su propio valor antes de continuar.

—Una mañana, hacia el final de aquel verano, yo estaba en el jardín con papá cuando llegó un telegrama para él en el que se le informaba de que debía marcharse de inmediato a Monza.

»Se habían producido allí grandes inundaciones, y se requería su ayuda para coordinar las medidas de socorro. Los ríos se habían desbordado por las lluvias torrenciales, a pesar de que en casa llevábamos semanas sin ver una gota de lluvia y el calor era asfixiante.

»Cogió el primer tren después del mediodía, y yo me quedé sola con mi madre y los criados; ¡puedes hacerte una idea de cómo me sentía ante semejante perspectiva!

»Cómo mi madre y yo fuimos capaces de sobrevivir a la comida es algo que no puedo explicarte. Fue como comer con un gato grande y artero; sus ojos, aunque nunca me miraban directamente, tampoco llegaban a perderme de vista. Parecía que estaba continuamente midiendo su fuerza y la mía. Sin embargo, solo habló una vez, para decirle al mayordomo que esa tarde no estaría disponible para nadie.

»Cuando estábamos terminando de comer, la ira y la expectación que sentía eran tales que habría sido capaz de pegarle. Recuerdo perfectamente lo mucho que deseaba que ella hiciera o dijera algo que me provocase y me hiciera perder el control. Pero se limitaba a seguir comiendo y bebiendo del mismo modo deliberado y cruel; apenas comía, pero bebía sin parar… hasta que algo que apenas parecía humano me miró a través de sus ojos.

»Supe que el momento que tanto había temido aquellas tres semanas, pero que para entonces esperaba ya con impaciencia, estaba muy cerca.

»Después de comer, mi madre salió del comedor y fue al estudio, al otro lado del vestíbulo; mi intención era dejarla allí sola y subir a mi habitación, pero se dio la vuelta y me detuvo.

»“¿Dónde vas?”, me preguntó. Nos habíamos quedado solas, y la puerta del comedor estaba cerrada. “A mi cuarto”, le dije. Me percaté de que me temblaba la voz por la ira y los nervios, y vi que ella también se había dado cuenta, y que había estado esperando algo así, porque tragó saliva un par de veces y rompió a reír con una especie de regocijo ante mi aire indefenso.

»Al verla reír, todo empezó a darme vueltas en medio de una neblina rojiza. No pude hacer otra cosa que agarrarme a la barandilla de la escalera hasta que me recuperé del mareo, y me di cuenta de que me estaba ordenando que hiciera algo.

»“¿Me has oído?”, preguntó, con una voz que era apenas un susurro, y, cuando negué con la cabeza, me cogió por los hombros y me condujo hasta la puerta del estudio. Estaba tan aturdida, tan poco preparada para aquel odio terrible que se me había echado encima, que la dejé hacer lo que quiso; apenas podía tenerme en pie, cuánto menos reunir valor para plantarle cara.

»Abrió de golpe la puerta del estudio y se separó de mí de forma tan repentina que, al intentar recuperarme, tropecé y caí hacia delante contra el gran escritorio de papá, que ocupaba el centro de la estancia. Me di con la cabeza en la esquina de la mesa, y el golpe me dejó un poco atontada… O eso creo, al menos, pues solo guardo un recuerdo muy vago de lo que ocurrió a continuación.

»Debí de pasarme varios minutos tirada en el suelo, hasta que empecé a preguntarme tontamente qué hacía tumbada ni más ni menos que en la moqueta del estudio, con la blusa subida hasta las muñecas a plena luz del día. Al principio pensé que debía de tratarse de una pesadilla y decidí despertarme, así que intenté ponerme de pie, pero me vi empujada de nuevo contra el suelo y oí la voz de mi madre repitiendo una y otra vez: “¡Vas a gritar! ¡Vas a gritar!”. Fue entonces cuando me acordé de todo, y (Léonie, intenta ponerte en mi lugar) me mordí la mano para evitar satisfacerla. Empezaba a recobrar los sentidos… pero no voy a hablar de eso. Lo has visto con tus propios ojos. Sigo sin saber con certeza lo que utilizó. Sospecho que fue algo de metal; hasta entonces ella había llevado siempre una chateleine con una larga cadena, que no he vuelto a ver desde entonces. Al fin conseguí levantarme, pero ella estaba demasiado agotada para hacer otra cosa que no fuera derrumbarse en la silla más cercana, riéndose y cantando como una loca.

»La dejé allí; y yo, tal como iba, salí al vestíbulo y subí a mi dormitorio. Dio la casualidad de que no me encontré con ningún criado, pero no creo que me hubiera preocupado si así hubiera sido. En mi cabeza solo había sitio para una idea, la de que, en adelante, me atrevería a pensar sin la sensación de que iba a perder la cabeza si lo hacía. Ten en cuenta que acababa de cumplir catorce años; no era más que una niña por edad, pero mi corazón y mi determinación eran de mujer, y no precisamente de una bondadosa.

»Cuando entré en mi habitación, vi a alguien inclinado sobre la cómoda, guardando ropa de cama. Era Rosina. Sin pensarlo un segundo, me arrojé a sus brazos y me aferré a ella, hundiendo mi cara en su hombro, para que no pudiera ver que estaba a punto de ceder al dolor y estallar en llanto. No dijo nada; se limitó a dejar que la abrazase, sin intentar inmiscuirse en mis esfuerzos por respirar (pues algo parecía estar asfixiándome) hasta que, cuando empecé a decirle lo que había ocurrido, me hizo sentarme en la cama y cerró la puerta con pestillo.

»Aun sabiendo lo malvada que ha sido, Léonie, nunca olvidaré lo que hizo por mí; si hubiera sido su propia hija, no podría haberme tratado con más ternura; durante todo el tiempo que estuvo bañándome y vistiéndome, no dejó de intentar consolarme, cubriéndome de apelativos cariñosos y de lágrimas.

»No tardé en contarle toda la desgraciada historia. Cuando llegué a los sucesos de las últimas tres semanas, y a cómo me había resultado imposible rezar mis oraciones, Rosina pareció de pronto embargada por el entusiasmo, por así decirlo (no sé de qué otra forma llamarlo), y empezó a besarme como si sintiera un gran alivio.

»—Sé lo que sientes —dijo—. Pero no estás sola. ¿Crees que eres la única que ha comprendido la injusticia y la crueldad de la vida? Ya lo creo que no; hay miles como nosotros, un ejército. Te unirás a nosotros y te consolaremos. Como a todos los demás, también a ti te han atiborrado de mentiras, las viejas mentiras de los sacerdotes, que no soportan que alguien se libere de ellos y de su Dios, su Jehová. ¿Te gustaría ser feliz, ser libre, libre para amar y para odiar? ¿Ser capaz de reírte de la tiranía de eso que llaman religión, para ser lo que la naturaleza quería que fueras, fiel únicamente a sus leyes y a ti misma?

»Tuve la impresión de que decía aquello como si lo hubiera memorizado de un libro, lo que otorgaba a sus palabras un peso y una autoridad de las que habrían carecido si hubieran salido simplemente de una campesina inculta como ella. Como bien sabes, acerté de pleno.

»—Sí —dije, tan entusiasmada como ella—. Eso es lo que quiero: libertad para ser yo misma y hacer lo que me plazca. Pero ¿cómo se consigue eso? No soy más que una chiquilla, y tengo que hacer lo que me dicen; ir a la iglesia y fingir que me gusta.

»Como es lógico, me resulta imposible acordarme, palabra por palabra, de lo que pasó exactamente entre nosotras. Pero intentaré reconstruirlo lo mejor que pueda.

»—Es verdad —respondió—, tienes que fingir, pero, al fin y al cabo, es lo que hacemos la mayoría. Es inevitable. Debes aceptarlo como parte de tu venganza contra todo lo que te ha engañado y hecho daño: los sacerdotes y su Dios, quienes te han obligado, intentando obtener de ti, por medio de la fuerza y el engaño, una adoración contra la que se subleva todo tu ser. Pero, si prometes guardar el secreto, te enseñaré a derrotarlos.

»Le prometí hacer todo lo que me dijera, y continuó:

»—En primer lugar, ¿crees en Lucifer, el arcángel que prefirió renunciar al Cielo que a su orgullo?

»—Sí —dije—, supongo que sí.

»Entonces me expuso el plan muy hábilmente, siempre con artera elocuencia, como si repitiese una lección aprendida; el plan elaborado por ellos y su credo del triunfo final de Lucifer sobre Dios, así como su explicación de por qué Lucifer era todopoderoso y estaba siempre dispuesto a recompensar a sus servidores, no con las promesas de placeres indeterminados del Cielo cristiano, sino con bienes tangibles de este mundo.

»—Los propios sacerdotes —dijo— lo reconocen en su Biblia, donde cuentan cómo Lucifer cogió a su Cristo “y lo condujo a la cima de una alta montaña, y le mostró todos los reinos del mundo en un instante; y le dijo: Te daré el poder y la gloria de todos ellos; pues a mí me han sido entregados, y a quien yo quiera se los daré. Así pues, si te postras ante mí, todo será tuyo”.

—Ah, ¡cuántas veces he oído hablar de ellos! —exclamó Léonie—. ¡La vieja historia… sin el contexto!

—Sí, ahora sabemos cómo hay que leerlo en verdad; pero entonces era distinto. Me quedé atónita ante aquel mar de posibilidades que desplegó ante mí. No obstante, algo en mi interior pareció resistirse durante un tiempo a aprovecharlas y disfrutar de ellas; pero, finalmente, la resistencia fue quebrándose poco a poco. Cuando Rosina me vio titubear, se marchó un segundo y volvió con un libro, una copia de los poemas de Carducci. Lo abrió y me mostró aquel himno espantoso; supongo que lo conoces:

Salute, O Satana, O Ribellione,

O Forza vindice della Ragione,

Sacri à te salgano gl’incensi e i voti,

Hai vinto il Geova de i Sacerdoti!

—Sí, lo conozco —dijo Léonie—. ¡Pobrecilla Yolanda! ¿Cómo no ibas a caer?

—Yo había conocido a Carducci cuando estaba con papá, y le había oído hablar de la «humanidad» y del «progreso» y de la «hermandad universal del hombre». Había oído a papá mostrarse de acuerdo con él, y aquel recuerdo puso en cierto modo un sello de autoridad en los versos abominables de Carducci, dotándolos de un poder que no habrían tenido de otra forma.

»Los leí una y otra vez. Aunque no podía evitar sentirme horrorizada por su blasfemia, me daba cuenta de que mis únicas opciones eran suscribirla o recoger otra vez mi carga de donde la había dejado; mi carga de lealtad al cristianismo. Como seguía dudando, Rosina fingió enfadarse conmigo y me arrebató el libro de las manos.

»—Si tienes miedo de los sacerdotes, vuelve con ellos —dijo—. Si eres tan cobarde como para dejarte castigar como un animal, no es asunto mío. ¡Siento haberte ofrecido ayuda!

»Y así, se marchó y me dejó a solas con mis pensamientos.

»Pasaron las horas, y nadie vino a verme. No se oía nada, excepto algún que otro trueno a través de las ventanas abiertas de la habitación (la misma que sigo utilizando en casa, y que da a los jardines). Conforme pasaba el tiempo, fue oscureciendo hasta que apenas pude distinguir el tocador entre las ventanas. Te doy estos detalles para que entiendas lo que estaba pasando allí sola; la penumbra y la soledad que me rodeaban eran exactamente las mismas que llevaba dentro de mí.

»Cuanto más oscurecía a mi alrededor, más oscuros eran mis pensamientos, hasta que el último atisbo de luz pareció abandonarlos. Mientras esto ocurría, y yo me decía que nada me privaría de mi odio, y que preferiría perder mi alma que perdonar a mi madre por lo que me había hecho, la habitación se iluminó de pronto por una luz que bailaba y se movía entre la cama y la ventana, para a continuación desaparecer, dejándolo todo más oscuro que antes.

»No eran más que relámpagos, por supuesto, pero para mí fue como si mi elección se hubiera anotado y registrado sin posibilidad de vuelta atrás. Pero, aunque estaba convencida, la idea no tuvo efecto en mí, si no fue para endurecer mi determinación de no permitir que nada me privase de mi odio. Estaba demasiado orgullosa de él incluso para levantarme y cerrar la ventana contra la tormenta que empezaba a colarse rugiendo en mi interior. Además, no había día que no me despertase con la impresión de que mi cuerpo estaba ardiendo.

»No pasó mucho tiempo antes de oír cómo se abría la puerta de nuevo. Rosina había vuelto, y me traía algo de comida.

»—Aquí tienes, para que comas algo —dijo—. Debes de tener hambre. Cerraré las ventanas y encenderé las velas. ¿Quieres que hablemos mientras cenas? Tu madre no nos molestará; ya me he encargado de eso. Tiene demasiado miedo a que tu padre llegue a enterarse para hacer nada más.

»Pero lo único que yo quería era beber, pues me ardía la garganta. Rosina se percató enseguida de que tenía fiebre y se aprovechó. Me dio un poco de vino y agua y me dijo que me lo bebiera poco a poco. Entonces me preguntó si seguía teniendo miedo de ser libre.

»A partir de ese momento, no me quedó ni un ápice de voluntad, y Rosina parecía hacer lo que quería conmigo.

»No desaprovechaba ninguna oportunidad para sermonearme; cuando pienso en la extraordinaria astucia con que lo orquestó todo, no deja de asombrarme; cualquier circunstancia era buena para afianzar su argumento y convertirme en su esclava.

»Empezó por alabar mi belleza. Habló de amor (me niego a incluso a pensar en cómo hablaba de él) y dijo que los sacerdotes y la Iglesia eran sus enemigos, y que, como yo era cristiana, me lo prohibirían. Después, dedicó un buen rato a trabajar mi odio contra mi madre por su crueldad conmigo, y en atizar todo mi resentimiento contra Dios, hasta que por fin vio que estaba lista para cualquier cosa y que nada, por muy antinatural o repulsivo que fuera, me parecería excesivo. Me obligó a repetir con ella el himno de Carducci (para entonces me resultaba muy fácil) y a continuación me pidió que dijera que yo pertenecía a Lucifer. Por algún motivo, yo no quería hacerlo, pero me obligó.

»—Dilo. Dilo: “Ahora pertenezco a Lucifer, no a los sacerdotes”. Quiero oír cómo lo dices.

»Cuando lo hice, me dijo que tendría que demostrarlo prestándole un pequeño servicio a mi nuevo amo.

»—¿De qué se trata? —pregunté.

»—Nada difícil o peligroso —respondió—. Está relacionado simplemente con la hostia que los sacerdotes te dan al “tomar la comunión”, como lo llaman ellos. En vez de tragártela, como tienes costumbre de hacer, debes guardártela la próxima vez y dármela.

»Mientras decía esto, se inclinó sobre mí y acercó tanto sus ojos a los míos que no pude siquiera cerrarlos, solo mirar los suyos. Había perdido todo deseo de pensar por mí misma. Solo quería lo que ella quería, y dije: “De acuerdo”, porque no era capaz de pensar en otra cosa que decir.

Yolanda hizo una pausa para mirar el pequeño reloj en la repisa de la chimenea. Se estaba haciendo tarde, por lo que se dio prisa en terminar su relato.

—Unos diez días después, cuando me hube recuperado lo suficiente para ir a comulgar otra vez —prosiguió—, fui a la catedral con Rosina, que no se separó de mi lado, ni siquiera en el comulgatorio. Después de la misa, volvimos a casa juntas y subimos a mi habitación, donde cogí lo que ella quería de mi pañuelo y se lo di, sin mirarlo siquiera; eso seguía resultándome imposible.

»Sin embargo, pasó casi un mes hasta que logré convencerla de que me presentara a esos otros (ellos) de los que me había hablado tanto. Durante todo ese tiempo, siempre que tenía oportunidad de estar conmigo a solas, me hablaba de la felicidad de los satanistas, y de su espléndida libertad para divertirse a su gusto. Me dio también algunos libros (unos libros horribles con ilustraciones) que me obligaba a guardar bajo llave en mi habitación. Al principio no me atrevía más que a mirarlos; ¡con solo tocarlos sentía la necesidad de lavarme las manos! Durante días me dio vergüenza mirarme en los espejos.

»Pero, poco a poco, me acostumbré a la idea de querer leerlos (solo tenía catorce años, Léonie, que no se te olvide), y mi curiosidad me ganó la batalla, así que los leí. Desde entonces he tenido que pelear contra el efecto que tuvieron en mi cerebro.

»Lo que me parece asombroso es que no sea peor de lo que soy, y que aquellos libros no liquidasen mi alma del todo. Pero sí consiguieron algo que Rosina iba buscando al dármelos: labraron mi imaginación y la prepararon para recibir la realidad de ellos y de sus bárbaras atrocidades (la misa negra y todo lo demás) de un modo que ella sabía muy bien que no habría logrado por medio de las palabras. ¡Ese fue mi noviciado!

»Por fin, cuando pensó que me había curtido lo suficiente para soportarlo, me llevó con ella, un viernes por la noche, a aquella casa horrible que tú y yo conocemos tan bien… ¡por desgracia!

»Imagina mi sorpresa cuando, después de que Rosina diera la contraseña y nos dejaran entrar, me encontré delante de Botti, ¡el hombre que había conocido toda mi vida como nuestro viejo médico! Parecía sentirse a sus anchas, y nos guio hasta el piso de arriba, ya sabes, donde hablaron un buen rato de lo que me sucedería si alguna vez los traicionaba, y también a mi padre. Después tuve que hacer un juramento y firmar con mi nombre, y a continuación volvimos a bajar al vestíbulo, donde abrieron la puerta que daba a la capilla: la puerta al infierno.

»No hace falta que intente describirte lo que siguió, Léonie. La primera bocanada ponzoñosa de los braseros; el hedor a hierbajos quemados; la abominable caricatura del crucifijo; la grotesca monstruosidad de Botti con su birrete y los cuernos rojos de búfalo, y su vestimenta con el repugnante bordado en la espalda; el tremendo golpe que aquella primera misa negra asesta a la inteligencia.

»Cuando llegó la parte en la que Botti consagraba la Sagrada Hostia y se la tiraba a los miserables que andaban a la rebatiña por conseguirla, me puse enferma (literalmente), y Rosina tuvo que sacarme de allí.

»Creo que estaba preocupada, incluso entonces, porque no fuese capaz de callarme y buscase consuelo en mi padre o en un sacerdote, y me repitió las amenazas de Botti hasta que volvió a confiar en mí, y a asegurarse de que le tenía mucho más miedo a él que a ninguna otra cosa.

»Pero nunca he sido capaz de asistir a una misa negra sin tener que cerrar los ojos cuando llegaba el momento de la horrible consagración. Y, una vez acabada, jamás he permitido, gracias a Dios, que me retuvieran allí más de un segundo; si alguien lo hubiera intentado, lo habría matado antes que soportarlo. Desde que soy adulta, nunca he entrado en esa casa sin un arma; me crees, ¿verdad, Léonie?

Léonie alzó la vista rápidamente.

—Nunca he creído otra cosa, Yolanda.

Los ojos de Léonie se posaron en la cara pálida de su amiga y recorrieron después su bien proporcionada figura, que temblaba con la energía de su atractivo. Entonces los bajó de nuevo y se quedó callada.

—Además —continuó Yolanda—, hay algo que no te he contado. He encontrado una solución.

¿Una solución?

—Un término medio, para no tener que pecar como antes. Durante los últimos meses he estado…

—Ya, claro, ¿qué has estado haciendo, Yolanda? ¿Has evitado el pecado principal? Es decir, ¿acaso no has estado haciendo tratos con ellos todo este tiempo?

—No sé qué dirás cuando te lo cuente —respondió la joven—. Se trata de lo siguiente: ni una sola hostia de las que le he dado a Botti últimamente había sido consagrada. ¿No te das cuenta? He robado las que no habían sido consagradas todavía, por la noche, de donde las tienen guardadas en la sacristía de la catedral…

—¿Qué quieres que te diga, Yolanda? ¡Es todo espantoso…, odioso!

—Pero no veo qué otra cosa puedo hacer. Al menos no es tan feo como robar las hostias consagradas en la comunión o del tabernáculo.

Para sorpresa de Yolanda, sin embargo, Léonie no hizo el menor esfuerzo por discutir con ella, sino que volvió a guardar silencio durante un rato, como si estuviera en íntima comunión consigo misma y pensando en otro asunto.

—Yolanda, querida —dijo por fin—, quiero que sepas que, en todo lo que pueda ayudarte, lo haré encantada. Pero nos enfrentamos a las fuerzas del mal, y nuestra tarea no será fácil. Tiemblo al pensar en el futuro.

Dicho esto, Léonie cayó de rodillas y comenzó a rezar para que les fueran concedidas la sabiduría y la fortaleza necesarias para salir indemnes de lo que se encontrasen en el camino, y vencer a lo que las acechaba en la oscuridad de la noche…