Hoy
asistí al funeral de un conocido, ni siquiera era amigo cercano, así, apartada
del evento, pude observar el comportamiento de las personas.
En
principio el amigo que me avisó necesitaba de compañía y me “invitó”; en ese
caso no me pude negar, porque me lo pidió: “Acompáñame”. Moví mis “principios”
de amistad y fui con él, para esto debo decir que ODIO, con mayúsculas, ir a
funerales y mucho menos asistir al entierro. Son eventos que no puedo
sobrellevar.
Cuando
pasé por mi amigo a su casa, no le di el pésame, sólo lo abracé y nos fuimos al
velatorio. El conocido era su primo, creció con él, eran casi de la misma edad.
El primo se convirtió en difunto por quedarse dormido cuando conducía su auto.
Mi
amigo al que bautizaré Pablo, siempre se quejaba de su primo por ser necio y
meterse en problemas, pero se divertía mucho con él, porque era “el alma de la
fiesta”. La mamá de Pablo, lo detestaba, era una mala influencia para su hijo:
vago, flojo, sin trabajo fijo y ella sabía que usaba drogas. La mamá del difunto
protestaba porque no aportaba dinero a la casa, sólo generaba gastos, basura y
quehacer.
En
general lo que yo escuchaba sobre el primo, era disgusto y resentimiento, pero
¡se murió! y todos, comenzaron a dibujarle una vida ficticia, lo describían como
una maravillosa persona: apoyaba a su familia, siempre estaba para sus amigos,
era alguien confiable, responsable, trabajador, excelente novio y hubiera sido
el padre perfecto. (La novia anunció su embarazo en el funeral)
Como
dije, no traté al fallecido y al estar presente ante esas declaraciones, me
sacaron de mi balance, ¿eso era hipocrecía? ¿era un homenaje bizarro? No entendí por qué
cambiaban sus testimonios, ¿amabilidad? ¿conformismo? ¿un perdón? ¿una extraña
muestra de bondad?. Siempre he pensado que si no tienes nada bueno que decir,
no digas nada, pero hay un gran paso de guardar silencio a mentir.
Y
comencé a cuestionar ¿eso pasa en todos los funerales? El ser más despreciable
¿será glorificado al morir? El único honesto fue Pablo, no dijo nada. Al final
lo acompañé a su casa, cenamos y platicamos de cosas vanales, pero mi
curiosidad pudo más que la prudencia y le pregunté sobre sus sentimientos hacia
su primo.
Me
despedí y llegue a mi casa.
Ahora
pienso que a los muertos hay que dejarlos descansar en paz. Decir cosas buenas
sobre el fallecido puede ser para aliviar culpas o para quitar lo malo de su
personalidad y tener un bonito recuerdo de él; sin embargo, todo eso no alivia
el hecho de que la familia debe enfrentar de cerca a la muerte.
La
respuesta de Pablo me quitó las telarañas de la mente sobre los velorios, me
dejó ver la realidad y me hizo plantar los pies sobre la tierra, él sólo me
dijo: “El muerto al pozo y el vivo al gozo”.