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Todo - José Luis Zárate

    Nadie puede reconocer a simple vista un hombre que lo ha perdido todo. Frente a la basta mesa del hostal quien estuvo en las más ricas mesas de Europa, frente a doctores, filósofos y científicos, bebe su cerveza agria de soledad.

    Una algarabía allá afuera, voces temerosas, llantos, desesperación, notas de música discordante que conoce bien.

    -Viene, ahí viene- grita la gente del pueblo que duda entre enfrentar la amenaza o huir. Huyan, piensa el hombre que una vez fue doctor. No lo pierdan todo. Como yo.

    Una silueta terrible a lo lejos

    La gente dispersa, gritando el nombre del terror:

    -¡Frankenstein! ¡Frankenstein!

    El doctor suspira. El monstruo le quitó todo. Incluso el nombre.

 

Almas cándidas - Horacio Quiroga

 

Un matrimonio joven que vivía en el campo tuvo un perro inteli­gente, grande y bueno. Se llamaba León. Vigilaba la chacra próspera, arreaba los bueyes, era su grande amigo. Mucho le querían; y si a un pe­rro así no se quiere, ¿a quién se va a tener cariño en este mundo? 

Cuan­do se enfermó, se miraron sin saber qué hacer. Dormía todo el día, se res­tregaba horas enteras contra el marco de las puertas. Una mañana Emi­lio le llamó y no pudo levantarse. Hizo un esfuerzo, alzó la cabeza a to­dos lados, desorientada, y la dejó caer gimiendo. Lo llevaron en seguida a la cocina.

Aunque viéndole envejecer y acercarse a una muerte injusta para el noble amigo, estuvieron todo el día preocupados. Cuando de noche fueron a verle, estaba peor. Se acostaron callados, uno al lado del otro; no tenían ciertamente ganas de hablar. Después de largo rato de silencio ella le pre­guntó:

-¿Es difícil curar a los perros, no?

-Difícil.

Todos los fieles recuerdos de León, a la muerte, surgieron entonces, uno tras otro.

A la mañana siguiente León no conocía más. Se estremecía sin cesar, y no pudieron abrirle la boca. En cuclillas a su lado, le miraban sin apartar la vista, esperando verle morir de un momento a otro.

De tarde murió. Esa noche comieron apenas.

-¿Murió a las dos?

-Sí, a las dos y media.

Cuando se pierde un animal así, bueno como pocos, justo es que no se piense sino en él. Mas en lo hondo sentíanse disgustados de sí mismos por haber sido injustos con León. ¿Para qué quererle así si al otro día habrían de tirarle en el monte, como a una cosa que no se quie­re más?

 De codos sobre la mesa jugaban distraídamente con el cuchillo. Dos o tres veces ella quiso hablar y se detuvo. Al fin dijo:

-Hay personas que entierran a los perros. Eso es ridículo, yo creo. Al cabo de un rato dijo de nuevo:

-A los perros no se los debe enterrar. Son buenos, sí, uno los quiere, pero no enterrarlos.

Los dos pensaban en la injusticia con su pobre León, abandonado así porque estaba muerto. ¿Qué gratitud hay entonces en uno? ¡Pobre León!

Ninguno se atrevía. Pero al fin sus miradas se encontraron y ella le miró con ojos suplicantes:

-Emilio: ¿vamos a enterrarlo?

Se levantaron y llevaron a su perro muerto en los brazos. El cavó mientras ella le alumbraba. Colocáronle de costado, apisonaron cuidadosa­mente la tierra, y se volvieron en silencio, con los ojos llenos de lágrimas.

El vivo al gozo - Dezohara Bollstadt

Hoy asistí al funeral de un conocido, ni siquiera era amigo cercano, así, apartada del evento, pude observar el comportamiento de las personas.

En principio el amigo que me avisó necesitaba de compañía y me “invitó”; en ese caso no me pude negar, porque me lo pidió: “Acompáñame”. Moví mis “principios” de amistad y fui con él, para esto debo decir que ODIO, con mayúsculas, ir a funerales y mucho menos asistir al entierro. Son eventos que no puedo sobrellevar.

Cuando pasé por mi amigo a su casa, no le di el pésame, sólo lo abracé y nos fuimos al velatorio. El conocido era su primo, creció con él, eran casi de la misma edad. El primo se convirtió en difunto por quedarse dormido cuando conducía su auto.

Mi amigo al que bautizaré Pablo, siempre se quejaba de su primo por ser necio y meterse en problemas, pero se divertía mucho con él, porque era “el alma de la fiesta”. La mamá de Pablo, lo detestaba, era una mala influencia para su hijo: vago, flojo, sin trabajo fijo y ella sabía que usaba drogas. La mamá del difunto protestaba porque no aportaba dinero a la casa, sólo generaba gastos, basura y quehacer.

En general lo que yo escuchaba sobre el primo, era disgusto y resentimiento, pero ¡se murió! y todos, comenzaron a dibujarle una vida ficticia, lo describían como una maravillosa persona: apoyaba a su familia, siempre estaba para sus amigos, era alguien confiable, responsable, trabajador, excelente novio y hubiera sido el padre perfecto. (La novia anunció su embarazo en el funeral)

Como dije, no traté al fallecido y al estar presente ante esas declaraciones, me sacaron de mi balance, ¿eso era hipocrecía?  ¿era un homenaje bizarro? No entendí por qué cambiaban sus testimonios, ¿amabilidad? ¿conformismo? ¿un perdón? ¿una extraña muestra de bondad?. Siempre he pensado que si no tienes nada bueno que decir, no digas nada, pero hay un gran paso de guardar silencio a mentir.

Y comencé a cuestionar ¿eso pasa en todos los funerales? El ser más despreciable ¿será glorificado al morir? El único honesto fue Pablo, no dijo nada. Al final lo acompañé a su casa, cenamos y platicamos de cosas vanales, pero mi curiosidad pudo más que la prudencia y le pregunté sobre sus sentimientos hacia su primo.

Me despedí y llegue a mi casa.

Ahora pienso que a los muertos hay que dejarlos descansar en paz. Decir cosas buenas sobre el fallecido puede ser para aliviar culpas o para quitar lo malo de su personalidad y tener un bonito recuerdo de él; sin embargo, todo eso no alivia el hecho de que la familia debe enfrentar de cerca a la muerte.

La respuesta de Pablo me quitó las telarañas de la mente sobre los velorios, me dejó ver la realidad y me hizo plantar los pies sobre la tierra, él sólo me dijo: “El muerto al pozo y el vivo al gozo”.