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El elixir de la larga vida - Honoré de Balzac

En un suntuoso palacio de Ferrara, agasajaba don Juan Belvídero una noche de invierno a un príncipe de la casa de Este. En aquella época, una fiesta era un maravilloso espectáculo de riquezas reales de que solo un gran señor podía disponer. 

Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte, cuyos blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía. Vestidas de satén, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas. No diferían ni en las palabras, ni en las ideas; el aire, una mirada, algún gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos, melancólicos o burlones.

Una parecía decir:
—Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.

Otra:
—Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me adoran.

Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:
—En el fondo de mi corazón siento remordimientos —decía—. Soy católica, y temo al infierno. Pero os amo tanto, ¡tanto!, que podría sacrificaros la eternidad.

La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:
—¡Viva la alegría! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del pasado, ebria aún del encuentro de la víspera, agoto todas las noches una vida de felicidad, una vida llena de amor.

La mujer sentada junto a Belvídero le miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.
—¡No me confiaría a unos espadachines para matar a mi amante, si me abandonara! —después había reído; pero su mano convulsa hacía añicos una bombonera de oro milagrosamente esculpida.

—¿Cuándo serás Gran Duque? —preguntó la sexta al Príncipe, con una expresión de alegría asesina en los dientes y de delirio báquico en los ojos.

—¿Y cuándo morirá tu padre? —dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.

—¡Ah, no me habléis de ello! —exclamó el joven y hermoso don Juan Belvídero—. ¡Solo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo quien lo tenga!

Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de horror. Doscientos años más tarde y bajo Luis XV, las gentes de buen gusto hubieran reído ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de una orgía las almas tienen aún demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizá había aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya marchitos, torpes los ojos, y la embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta las sandalias. 

En aquel momento de silencio se abrió una puerta, y, como en el festín de Baltasar, Dios hizo acto de presencia y apareció bajo la forma de un viejo sirviente, de pelo blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró con una expresión triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con voz cavernosa estas sombrías palabras:
—Señor, vuestro padre se está muriendo.

Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría traducirse por un: «Lo siento, esto no pasa todos los días».

¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de los esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La muerte es tan repentina en sus caprichos como lo es una cortesana en sus desdenes; pero más fiel, pues nunca engañó a nadie.

Cuando don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta. La noche era negra. El silencioso sirviente que conducía al joven hacia la cámara mortuoria alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frío, el silencio, la oscuridad, y quizá por la embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó pensativo, como un procesado que se dirige al tribunal.

Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas riquezas y una sabiduría más valiosa —decía— que el oro y los diamantes, que ahora ya no le preocupaban lo más mínimo.

—Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber —exclamaba a veces sonriendo.

Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro:
—Querido hijo, haz solo tonterías que te diviertan.

Era el único anciano que se complacía en ver a un hombre joven, el amor paterno engañaba a su avanzada edad en la contemplación de una vida tan brillante. A la edad de sesenta años Belvídero se había enamorado de un ángel de paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de este amor tardío y pasajero. Desde hacía quince años este hombre lamentaba la pérdida de su amada Juana. 

Sus numerosos sirvientes y también su hijo atribuyeron a este dolor de anciano las extrañas costumbres que adoptó. Confinado en el ala más incómoda de su palacio, salía raramente, y ni el mismo don Juan podía entrar en las habitaciones de su padre sin haber obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venía por el palacio, o por las calles de Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le faltase; caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en conflicto con una idea o un recuerdo.

Mientras el joven daba fiestas suntuosas y el palacio retumbaba con el estallido de su alegría, los caballos resoplaban en el patio y los pajes discutían jugando a los dados en las gradas, Bartolomé comía siete onzas de pan al día y bebía agua. Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un perro de aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del ruido. 

Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los perros le sorprendían, se limitaba a decir: «¡Ah, es don Juan que vuelve!». Nunca hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven Belvídero, acostumbrado a tratarle sin ceremonias, tenía todos los defectos de un niño mimado. 

Vivía con Bartolomé como vive una cortesana caprichosa con un viejo amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa, vendiendo su buen humor, y dejándose querer. Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de sus años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería difícil echar en falta la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su corazón mientras atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero por haber vivido tanto tiempo. 

Le venían sentimientos de piedad filial del mismo modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que constituían los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda, respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se encontró en la antigua habitación del anciano, ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. 

Una lámpara, situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las ventanas mal cerradas; y la nieve, azorando las vidrieras, producía un ruido sordo. Aquella escena contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de abandonar, que no pudo evitar un estremecimiento. 

Después tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por el dolor, la boca entreabierta y desprovista de dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. 

A pesar de tales signos de destrucción brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder. Un espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba con su mirada moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. 

Aquella mirada, fija y fría, era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía en una inmovilidad semejante a la de los cráneos situados sobre la mesa de los médicos. Su cuerpo, dibujado por completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los ojos. Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.

Don Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume de la fiesta y el olor del vino.

—¡Te divertías! —exclamó el anciano cuando vio a su hijo.

En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompañaba, dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre. Don Juan no quiso oír aquel salvaje asentimiento.

Bartolomé dijo:
—No te quiero aquí, hijo mío.

Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de bondad.

—¡Qué remordimientos, padre! —dijo hipócritamente.

—¡Pobre Juanito! —continuó el moribundo con voz sorda—, ¿tan bueno he sido para ti que no deseas mi muerte?

—¡Oh! —exclamó don Juan—, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote parte de la mía! (Cosas así pueden decirse siempre, pensaba el vividor; ¡es como si ofreciera el mundo a mi amante!).

Apenas concluyó este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido comprendido por el perro.

—Ya sabía, hijo mío, que podía contar contigo —exclamó el moribundo—, viviré. Podrás estar contento. Viviré, pero sin quitarte un solo día que te pertenezca.

«Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:
—Sí, padre querido, viviréis ciertamente, porque vuestra imagen permanecerá en mi corazón.

—No se trata de esa vida —dijo el noble anciano, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse, porque le sobrecogió una de esas sospechas que solo nacen en la cabecera de los moribundos—. Escúchame, hijo —continuó con la voz debilitada por este último esfuerzo—, no tengo yo más ganas de morirme que tú de prescindir de amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.

«Estoy seguro de ello», pensó el hijo arrodillándose a la cabecera de la cama y besando una de las manos cadavéricas de Bartolomé.

—Pero —continuó en voz alta—, padre, padre querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.

—Dios soy yo —replicó el anciano refunfuñando.

—No blasfeméis —dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los rasgos de su padre—. Guardaos de hacerlo, habéis recibido la Extremaunción, y no podría hallar consuelo viéndoos morir en pecado.

—¿Quieres escucharme? —exclamó el moribundo, cuya boca crujió.

Don Juan cedió. Reinó un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de la nieve llegaron aún los acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como un día naciente. El moribundo sonrió.

—Te agradezco el haber invitado a cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta!, mujeres jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de la vida, haz que se queden. Voy a renacer.

—Es el colmo del delirio —dijo don Juan.

—He descubierto un medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa; podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.

—Ya está, padre.

—Bien, coge un pequeño frasco de cristal de roca.

—Aquí está.

—He empleado veinte años en… —en aquel instante, el anciano sintió próximo el final y reunió toda su energía para decir—: Tan pronto como haya exhalado el último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con esta agua, y renaceré.

—Pues hay bastante poco —replicó el joven.

Si bien Bartolomé ya no podía hablar, tenía aún la facultad de oír y de ver, y al oír esto, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento de escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como el de una estatua de mármol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a mirar de lado, sus ojos, más grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. 

Estaba muerto, muerto perdiendo su única, su última ilusión. Buscando asilo en el corazón de su hijo encontró una tumba más honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus muertos. Sus cabellos se habían erizado también por el horror, y su mirada convulsa hablaba aún. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir venganza a Dios.

—¡Vaya!, se acabó el buen hombre —exclamó don Juan.

Presuroso por acercar el misterioso cristal a la luz de la lámpara como un bebedor examina su botella al final de la comida, no había visto blanquear el ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta alternativamente a su amo muerto y el elixir, del mismo modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco. 

La lámpara arrojaba ráfagas ondulantes. El silencio era profundo, la viola había enmudecido. Belvídero se estremeció creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por la expresión rígida de sus ojos acusadores los cerró del mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos. 

De repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompió el silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer el frasco. De sus poros brotó un sudor más frío que el acero de un puñal. Un gallo de madera pintada surgió de lo alto de un reloj de pared, y cantó tres veces. Era una de esas máquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se hacían despertar para sus trabajos a una hora fija los sabios de la época. 

El alba enrojecía ya las ventanas. Don Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de pared era más fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes, mientras que don Juan poseía uno particular al hombre, llamado corazón. Para no arriesgarse a perder el misterioso licor, el escéptico don Juan volvió a colocarlo en el cajón de la mesita gótica. 

En tan solemne momento oyó un tumulto sordo en la galería: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se abrió y el Príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pésame de costumbre.

—¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? —dijo el Príncipe al oído de la de Brambilla.

—Su padre era un buen hombre —le respondió ella.

Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían imprimido a sus rasgos una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo. Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios secos por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron a rezar. 

Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor, las alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que es vida, se postraba así ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la vida disoluta y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la religión era un exceso, y los excesos una religión. 

El Príncipe estrechó afectuosamente la mano de don Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría desapareció, dejando la sala vacía. Ciertamente era una imagen de la vida. Mientras bajaban las escaleras le dijo el Príncipe a la Rivabarella:
—Y bien, ¿quién habría creído a don Juan un fanfarrón impío? ¡Ama a su padre!

—¿Os habéis fijado en el perro negro? —preguntó la Brambilla.

—Ya es inmensamente rico —dijo suspirando Blanca Cavatolino.

—¡Y eso qué importa! —exclamó la orgullosa Baronesa, aquella que había roto la bombonera.

—¿Cómo que qué importa? —exclamó el Duque—. ¡Con sus escudos él es tan príncipe como yo!

Don Juan, en un principio, asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias decisiones. Después de haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvió a la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoísmo. Encontró allí a toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho fúnebre en el cual iba a ser expuesto al día siguiente el difunto señor, en medio de una soberbia capilla ardiente, curioso espectáculo que toda Ferrara vendría a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.

—Dejadme solo aquí —dijo con voz alterada— y no entréis hasta que yo salga.

Cuando los pasos del anciano sirviente que salió el último solo sonaron débilmente en las losas, cerró don Juan precipitadamente la puerta, y seguro de su soledad exclamó:
—¡Veamos!

El cuerpo de Bartolomé estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a los ojos de todos el horrible espectáculo de un cadáver al que una decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los embalsamadores habían colocado una sábana sobre el cuerpo, envolviéndole todo menos la cabeza. Aquella especie de momia yacía en el centro de la habitación, y la sábana, amplia, dibujaba vagamente las formas, aun así duras, rígidas y heladas. 

El rostro tenía ya amplias marcas violeta que mostraban la necesidad de terminar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo que le acompañaba, don Juan tembló al destapar el mágico frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un temblor estuvo a punto de obligarle a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que aguijoneaba su viva curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que resonaron en su corazón: «¡impregna un ojo!». Tomó un paño y, después de haberlo empapado con parsimonia en el precioso licor, lo pasó lentamente sobre el párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.

—¡Ah! ¡Ah! —dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en sueños la rama de la que colgamos sobre un precipicio.

Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras, brillaba como ese único resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía. Todas las pasiones humanas se agitaban en él. 

Eran las más tiernas súplicas: la cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último escalón del patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo, que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que ladraban a su alrededor.

—¡Bien podría haber vivido cien años! —exclamó sin querer cuando, llevado ante su padre por una fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.

De repente, aquel párpado inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente, como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí!», don Juan no se hubiera asustado más.

«¿Qué hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos fueron vanos.

—¿Reventarlo? ¿Sería acaso un parricidio? —se preguntaba.

—Sí —dijo el ojo con un guiño de una sorprendente ironía.

—¡Ja! ¡Ja! ¡Aquí hay brujería! —exclamó don Juan, y se acercó al ojo para reventarlo. Una lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver, y cayó en la mano de Belvídero—. ¡Está ardiendo! —gritó sentándose.

Aquella lucha le había fatigado como si hubiera combatido contra un ángel, como Jacob.

Finalmente se levantó diciendo para sí:
«¡Mientras no haya sangre…!». Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser cobarde, reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar. Un gemido inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre perro de aguas expiró aullando.

«¿Sabría él el secreto?», se preguntó don Juan mirando al fiel animal.

Don Juan Belvídero pasó por un hijo piadoso. Levantó sobre la tumba de su padre un monumento y confió la realización de las figuras a los artistas más célebres de su tiempo. Solo estuvo completamente tranquilo el día en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en el fondo de la cual enterró el único remordimiento que hubiera rozado su corazón en los momentos de cansancio físico. 

Haciendo inventario de las inmensas riquezas amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ¿Acaso no tenía dos vidas humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y escrutadora, penetró en el principio de la vida social y abrazó mejor al mundo, puesto que lo veía a través de una tumba. 

Analizó a los hombres y las cosas para terminar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Futuro, desvelado por las Religiones. Tomó el alma y la materia, las arrojó a un crisol, no encontró nada, y desde entonces se convirtió en DON JUAN. 

Dueño de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, a la vida, despreciando al mundo, pero apoderándose del mundo. Su felicidad no podía ser una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario, con un agradable calentador de cama en invierno, una lámpara de noche y unas pantuflas nuevas cada trimestre. 

No; se asió a la existencia como un mono que coge una nuez y, sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le interesaban. No cometió el error de otros hombres poderosos que, imaginando que las almas pequeñas creen en las grandes almas, se dedican a intercambiar los más altos pensamientos del futuro con la calderilla de nuestras ideas vitalicias. 

Bien podía, como ellos, caminar con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo; pero prefería sentarse y secar bajo sus besos más de un labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte, allí por donde pasaba devoraba todo sin pudor, queriendo un amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y fáciles. 

Amando solo a la mujer en las mujeres, hizo de la ironía un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se servían de un lecho para subir a los cielos donde iban a perderse en el seno de un éxtasis embriagador, don Juan las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un estudiante alemán sabe serlo. 

Pero decía YO cuando su amante, loca, extasiada decía NOSOTROS. Sabía dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre era lo bastante fuerte como para hacerla creer que era un joven colegial que dice a su primera compañera de baile: «¿Te gusta bailar?», también sabía enrojecer a propósito, y sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores. Había burla en su simpleza y risa en sus lágrimas, pues siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su marido: «Dame un séquito o me moriré enferma del pecho».

Para los negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres, es un hombre; para ciertos espíritus es un salón, una camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era él. Modelo de gracia y de belleza, con un espíritu seductor, amarró su barca en todas las orillas; pero, haciéndose llevar, solo iba allí adonde quería ser llevado. 

Cuanto más vivió, más dudó. Examinando a los hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la prudencia, cobardía; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y, gracias a una fatalidad singular, se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas, justas, generosas, prudentes y valerosas, no obtenían ninguna consideración entre los hombres: ¡Qué broma tan absurda! —se dijo—. No procede de un dios. 

Y entonces, renunciando a un mundo mejor, jamás se descubrió al oír pronunciar un nombre, y consideró a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte. Pero también, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, no contradecía en exceso los prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan bien expresados en su escena con el Señor Dimanche. 

Fue, en efecto, el tipo de Don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth de Maturin. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de Europa, y a las que no faltarán quizá ni los acordes de Mozart ni la lira de Rossini. 

Terribles imágenes que el principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del cual se encuentran copias cada siglo: bien porque este tipo entra en conversaciones humanas encarnándose en Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironía como el divino Rabelais; o, incluso, se ría de los seres en lugar de insultar a las cosas como el mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las cosas como el más célebre de nuestros embajadores.

Pero la profunda jovialidad de don Juan Belvídero precedió a todos ellos. Se rio de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e ideas. En lo que respecta a la eternidad, había conversado familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final de la charla le había dicho riendo:
—Si es absolutamente preciso elegir, prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder unido a la bondad ofrece siempre más recursos que el genio del mal.

—Sí, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.

—¿Siempre pensáis en vuestras indulgencias? —respondió Belvídero—. ¡Pues bien!, tengo reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi primera vida.

—¡Ah!, si es así como entiendes la vejez —exclamó el papa—, corres el riesgo de ser canonizado.

—Después de vuestra ascensión al papado, puede creerse todo.

Fueron entonces a ver a los obreros que construían la inmensa basílica consagrada a San Pedro.

—San Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder —dijo el papa a don Juan—, merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a empezar…

Don Juan y el papa se echaron a reír, se habían entendido bien. Un necio habría ido a la mañana siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madama, pero Belvídero acudió a verle oficiar pontificalmente para convencerse de todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovere hubiera podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.

Sin embargo, esta leyenda no tiene por objeto el proporcionar material a aquellos que deseen escribir sobre la vida de don Juan, sino que está destinada a probar a las gentes honestas que Belvídero no murió en un duelo con una piedra como algunos litógrafos quieren hacer creer.

Cuando don Juan Belvídero alcanzó la edad de sesenta años, se instaló en España. Allí, ya anciano, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y como lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había observado que no somos tan tiernamente amados como por las mujeres en las que nunca pensamos. 
 
Doña Elvira, educada santamente por una anciana tía en lo más profundo de Andalucía, en un castillo a pocas leguas de Sanlúcar, era toda gracia y devoción. Don Juan adivinó que aquella joven sería del tipo de mujer que combate largamente una pasión antes de ceder, y por ello pensó poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue una broma seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus días de vejez. 

Fortalecido con los errores cometidos por su padre Bartolomé, don Juan decidió utilizar los actos más insignificantes de su vejez para el éxito del drama que debía consumarse en su lecho de muerte. De este modo, la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los sótanos de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su fortuna estableció una renta vitalicia para que le produjera intereses durante su vida, la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera haber practicado. 

Pero semejante maquiavélica especulación no le fue muy necesaria. El joven Felipe Belvídero, su hijo, se convirtió en un español tan concienzudamente religioso como impío era su padre, quizá en virtud del proverbio: a padre avaro, hijo pródigo.

El abad de Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la duquesa de Belvídero y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre santo, admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificación y diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. 

Quizá esperaba el anciano señor matar a algún monje antes de terminar su primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo don Juan, bien porque doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que España le otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un viejo cura rural, sin escándalos en su casa. 

A veces, sentía placer si encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les exigía realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. 

Sin embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero prodigaba a su persona, llegaron los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de impotencia, gritos tanto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. 

Aquel hombre, cuyo grado más alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los que él se mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizá. Aquel modelo de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte, gentil para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre, aquel hombre ingenio tenía una pituita pertinaz, una molesta ciática y una gota brutal. 

Veía cómo sus dientes le abandonaban, al igual que se van, una a una, las más blancas damas, las más engalanadas, dejando el salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas piernas se tambalearon, y una noche, la apoplejía le aprisionó sus manos corvas y heladas. Desde aquel fatal día se volvió taciturno y duro. 

Acusaba la dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos cuidados y delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía afectuosa para decirles: «Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonáis, verdad? Os atormento un poco. ¡Ay, gran Dios! ¿Cómo te sirves de mí para poner a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera ser su alegría, soy su calamidad». 

De este modo les encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo para con él.

Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarle, había que manejarle como una falúa que entra en un canal peligroso. Luego, llegó el día de la muerte. Aquel brillante y escéptico personaje de quien solo el entendimiento sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un confesor, los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con ellos. ¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir? Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como sombras las arrebatadoras delicias de la juventud.

Era una hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire, las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la naturaleza le daba pruebas ciertas de su resurrección, un hijo piadoso y obediente le contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel cándido ser.

—Felipe —le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al joven. Jamás había pronunciado así «Felipe» aquel padre inflexible.

—Escúchame, hijo mío —continuó el moribundo—. Soy un gran pecador. Durante mi vida, también he pensado en mi muerte. En otro tiempo, fui amigo del gran papa Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis sentidos me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir los santos óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana entre las rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha estado en la cabecera de mi cama… El precioso cristal podrá servirte aún, querido Felipe. Júrame, por tu salvación eterna, que ejecutarás puntualmente mis órdenes.

Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado la expresión de los sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada, como su padre había muerto en la desesperanza de su propia mirada.

—Tú merecías otro padre —continuó don Juan—. Me atrevo a confesarte, hijo mío, que en el momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el viático, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el de Dios.

—¡Oh, padre!

—Y me decía a mí mismo que, cuando Satán haga su paz, tendrá que acordar el perdón de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue. Iré, pues, al infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.

—¡Oh, decídmela pronto, padre!

—Tan pronto como haya cerrado los ojos —continuó don Juan—, unos minutos después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor de las estrellas deberá ser suficiente. Me despojarás de mis ropas, rezarás padrenuestros y avemarías elevando tu alma a Dios y humedecerás cuidadosamente con esta agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo; pero, hijo mío, el poder de Dios es tan grande, que no deberás asombrarte de nada.

Entonces, don Juan, que sintió llegar la muerte, añadió con voz terrible:
—Coge bien el frasco —y expiró dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lágrimas bañaron su rostro irónico y pálido.

Era cerca de la medianoche cuando don Felipe Belvídero colocó el cadáver de su padre sobre la mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la claridad de la luna, cuyos extraños reflejos iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe entrever indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. 

El joven impregnó un paño en el licor que, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos indescriptibles, pero los atribuía a los juegos de la brisa en la cima de los árboles. Cuando humedeció el brazo derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso le cogía el cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito desgarrador y dejó caer el frasco, que se rompió. 

El licor se evaporó. Las gentes del castillo acudieron, provistas de candelabros, como si la trompeta del juicio final hubiera sacudido el universo. En un instante, la habitación estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de su padre, que le apretaba el cuello. 

Después, cosa sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan bella como la de Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al que pertenecía. Un anciano servidor gritó:

—¡Milagro! —y todos los españoles repitieron—: ¡Milagro!

Doña Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia, mandó buscar al abad de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente y como abad, para aumentar sus ingresos. 

Declarando enseguida que don Juan sería canonizado sin ninguna duda, fijó la apoteósica ceremonia en su convento que en lo sucesivo se llamaría, dijo, San Juan de Lúcar. Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.

El gusto de los españoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no resultan difíciles de creer las hechicerías religiosas con que el abad de Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvídero a su iglesia. Días después de la muerte del ilustre noble, el milagro de su imperfecta resurrección era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de más de cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba cómico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum con antorchas. 

La antigua mezquita del convento de Sanlúcar, una maravillosa edificación construida por los moros, cuyas bóvedas escuchaban desde hacía tres siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la multitud que acudía a ver la ceremonia. Apretados como hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo y armados con sus espadas estaban de pie alrededor de las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que solo se doblaban allí. 

Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas dibujaban las amorosas formas, daban su brazo a ancianos de blancos cabellos. Jóvenes con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. Había, además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que se cogían de la mano, temerosos. Allí estaba aquella multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave tumulto en el silencio de la noche. 

Las amplias puertas de la iglesia se abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a la que nuestras modernas óperas solo podrían aproximarse débilmente. Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que concedieron un mágico aspecto al monumento. 

Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, las figuras sarracenas recortadas, los más delicados trazos de tan delicada escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se forman en un brasero al rojo.

Era un océano de fuego, dominado al fondo de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria habría podido rivalizar con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y de los exvotos, palidecía ante el relicario en que se encontraba don Juan. 
 
El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores, cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafín, y sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. 

El abad de Sanlúcar, adornado con los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su roqueta, su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de un lujo imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos plateados, revestidos de albas finas y que le rodeaban semejantes a los santos confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. 

El gran chantre y los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus vanidades eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes formadas por el incienso, semejantes a los astros que ruedan en el firmamento. Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del campo, y aquella inmensa asamblea lanzó a Dios el primer grito de alabanza con que comienza el Te Deum. ¡Sublime grito! 

Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en éxtasis unidas a las voces graves y fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas, que el órgano no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. Solo las agudas notas de la voz joven de los niños del coro y los amplios acentos de algunos bajos suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un sentimiento de amor.

¡Te Deum laudamus!

Aquel canto salía del seno de la catedral negra de mujeres y hombres arrodillados, semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió el silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con nubes de incienso que arrojaban entonces velos diáfanos y azulados sobre las fantasías maravillosas de la arquitectura. Todo era riqueza, perfume, luz y melodía. 

En el instante en que aquella música de amor y de reconocimiento se concentró en el altar, don Juan, demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado espiritual, por no decir burlón, respondió con una espantosa carcajada y se acomodó en su relicario. 

Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corría de ser tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleón. Turbó aquella melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del infierno. La tierra bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus antiguos cimientos.

¡Te Deum laudamus! —decía la asamblea.

—¡Al diablo todos!, ¡sois unas bestias! ¡Dios! ¡Dios!, ¡carajos demonios!, ¡animales, sois unos estúpidos con vuestro viejo Dios!

Y un torrente de imprecaciones discurrió como un río de lava ardiente en una erupción del Vesubio.

¡Deus Sabaoth, Sabaoth! —gritaron los cristianos.

—¡Insultáis la majestad del infierno! —contestó don Juan con un rechinar de dientes.

Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazó a la asamblea con gestos de desesperación e ironía.

—El santo nos bendice —dijeron las viejas mujeres, los niños y los novios, gentes crédulas.

Así somos frecuentemente engañados en nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de los que le elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que se burla en el fondo de su corazón.

Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:
Sancte Johannes ora pro nobis —entendió claramente—: ¡Oh, coglione!

—¿Qué pasa ahí arriba? —exclamó el deán al ver moverse el relicario.

—El santo hace diabluras —respondió el abad.

Entonces, aquella cabeza viviente se separó violentamente del cuerpo que ya no vivía y cayó sobre el cráneo amarillo del oficiante.

—¡Acuérdate de doña Elvira! —gritó la cabeza devorando la del abad.

Este profirió un horrible grito que turbó la ceremonia.

Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a su soberano.

—¡Imbécil! ¿Y dices que hay un Dios? —gritó la voz en el momento en que el abad, mordido en su cerebro, expiraba.

El fantasma solo llama una vez - Jane Sherrod Singer

Lea este relato desde el punto de vista que más convenga a su fantasía. Si es un admirador de Alfred Hitchcock, es posible que su extraño final le haga reír entre dientes. Pero si, por el contrario, está usted de acuerdo con Shakespeare en aquello de que «existen más cosas en el cielo y en la tierra... que las que pueda imaginar nuestra mente», entonces permítame que me apresure a asegurarle que este caso real fue investigado y debidamente reconocido como auténtico por miembros de la Sociedad Británica para la Investigación Psíquica.

Aquellos lectores amantes de indagar sucesos inexplicables en el reino de lo sobrenatural deben hacer una pausa para reflexionar..., y aquellos otros que deseen relajarse con la lectura del siguiente relato deben ser precavidos con algunas páginas capaces de poner los cabellos de punta.

Los hechos registrados, acaecidos el 26 de mayo de 1897, y recogidos por sir Anthony Wister, son los siguientes:

Dado que soy una persona de espíritu metódico y lógico, he decidido empezar por el principio de esta cadena de sucesos en vez de sobrecoger inicialmente al lector con aquellos detalles ambientales y terroríficos que se presentaron, por desgracia, casi al final de la muy corta vida de Ernest Melbourne.

Para ser un conservador, Ernest era, a sus veinticinco años, un joven de acentuada personalidad. Me imagino que algunos lo describirían como un poco petimetre, pero yo, en cambio, más bien admiraba su melindrosa forma de vestir y su inmaculado acicalamiento, sobre todo después de llegar a conocerlo profundamente como amigo. 
 
Dado que pertenecíamos al mismo club, a menudo estábamos juntos, y como los dos nos interesábamos más por la gente, la conversación y las ideas, que por aquellos juegos aburridos y silenciosos como el ajedrez y el whist, solíamos enfrascarnos en profundas y eruditas conversaciones.

En muchos sentidos éramos muy parecidos y, sin embargo, demasiado diferentes. Ernest era un gran aficionado a la música, lo mismo que yo, pero su entusiasmo no pasaba la frontera de la admiración, mientras que yo, por el contrario, me había visto obligado a sujetar un violín bajo mi beligerante y poco colaboradora barbilla como parte de mi educación juvenil. 
 
Ernest era un gran connaisseur de excelentes manjares y exquisitos vinos, aunque esta cualidad era más bien una pasión que había aprendido y cultivado, mientras que mis gustos en este aspecto no pasaban de simples inclinaciones a la buena cocina. 
 
En resumen, gracias a su inteligencia, espíritu observador, jactancia e incluso astucia, Ernest Melbourne se elevó de un nivel social bastante bajo, empleando las más sutiles maquinaciones, hasta llegar al mismo círculo social en el que yo me introduje sin desearlo, como uno de los derechos de mi noble cuna.

A excepción de nuestra ascendencia y tradiciones familiares, ambos teníamos muchas cosas en común, incluyendo el hecho de que nos comportamos una vez, sólo una vez, como unos insoportables tumbacuartillos. 
 
Sin revelar el nombre de la dama, Ernest me contó con amargura que había abandonado a una linda muchacha que lo amaba profundamente, después de haber abusado ignominiosamente de su generoso cuerpo. Se trataba de una camarera que trabajaba en la taberna de su padre. 
 
De los detalles de esta historia me enteré una noche en que ambos habíamos bebido más de la cuenta y en la que me contó, además, cómo había ascendido de su bajo estrato social hasta nuestra clase de élite. 
 
Impresionado por aquella confidencia de mi amigo, que demostraba su confianza en mí, yo también le revelé un secreto, es decir, que había roto el compromiso que mi padre arreglara para casarme con una duquesa, tan bella y encantadora que muy a menudo era invitada al Palacio de Buckingham. 
 
Después de un espantoso, aunque justo, altercado con mi padre, me marché de la casa solariega, mientras que la que debía haber sido mi esposa abandonó Inglaterra para ir a mitigar su desilusión y su dolor en los Alpes suizos.

El único motivo que me lleva a mencionar mi vergonzosa conducta es el de exponer otra razón por la que Ernest y yo nos hicimos tan íntimos amigos, unidos por tan dispares historias, secretos y admiración recíproca: él apreciaba mi privilegiada situación en la vida, y yo le ayudé en su tenaz y acertada aspiración de ingresar en mi estrato social.

Recuerdo perfectamente los sucesos que se desarrollaron poco antes de aquella horrible noche del 26 de mayo, ya que el día 24, Ernest y yo comimos en el club, mientras refunfuñábamos de aquella eterna llovizna que mantenía a toda Inglaterra húmeda, fría y mojada; luego nos enfrascamos en una conversación en la que discutimos acaloradamente.

El tema de la misma era demasiado trivial. Un amigo común, aunque considero más justo el llamarle una amistad casual, había muerto, y nuestra discusión estribaba en si debíamos o no arriesgarnos a asistir a sus funerales y agarrar un resfriado. Durante nuestra conversación intercambiamos nuestras posiciones como dos niños en el juego del columpio. 
 
Según mi punto de vista, sostenía que debíamos a sir Gilbert nuestro último homenaje, mientras Ernest argumentaba que odiaba los funerales, fueran en el sitio que fuesen, pero sobre todo en Kensington. Dio a entender que había una cierta razón.

Luego, una vez que hubo paladeado su pierna de cordero fuertemente condimentada, dulcificó su voz e insistió en que debíamos asistir al funeral. Confieso sinceramente que me encolericé, ya que al comprobar los astutos razonamientos de mi amigo no pude dominar mis nervios. 
 
Era obvio que Ernest, por otra parte, se daba cuenta de que mucha gente importante asistiría a aquel funeral y tendría la oportunidad de codearse con aristócratas, y conquistar así otro puesto más dentro de la alta sociedad británica.

Por un instante lo aborrecí, ya que pretendía aprovecharse de un funeral en beneficio suyo; pero cuando salimos del club aquella noche, volvimos a ser tan amigos como siempre. Al final nos pusimos de acuerdo en que Ernest asistiría al funeral a pesar de su aversión por la fría y oscura iglesia de Kensington y su húmedo cementerio, en el que las tumbas estaban cubiertas de losas de mármol negro, y en las que se podían leer los hechos importantes llevados a cabo en vida por sus fenecidos y actuales ocupantes.

Pero incluso en el cementerio de Kensington había cierta discriminación social entre su inmóvil población de cadáveres, ya que los condes y los duques, los ricos banqueros y los poderosos industriales, se hallaban en suntuosos panteones familiares a ambos lados de la puerta principal de la iglesia, mientras que, en la parte posterior de la misma, bien ocultos por una empalizada, se hallaba el último lugar de reposo de las almas menos importantes; quizá no menos en el sentido de la humanidad, pero sí ciertamente en cuanto a su posición social, prestigio y la suficiente cantidad de dinero como para reposar en un panteón bajo una marmórea losa sepulcral exquisitamente esculpida y engalanada.

El 26 de mayo fue una jornada tan miserable como lo habían sido los diez fríos y húmedos días anteriores. Por ello me quedé en casa no sin cierto regocijo, ordené a Hugh, mi ayuda de cámara, que me trajera la merienda con una buena taza de hirviente té indio, y comencé a leer las tediosas cláusulas del testamento de mi padre. 
 
En ese momento, acudió a mi mente la imagen del pobre Ernest, saludando y haciendo reverencias, siendo presentado a personas importantes de la aristocracia, y fijándose cuidadosamente, muy cuidadosamente, en sus rostros, con el fin de poder recordarlos en una futura gala de ópera o de teatro. 
 
A lo mejor Ernest estaba, en aquel preciso instante, besándole la mano a alguna hermosa y joven duquesa que, quizá, en un día no muy lejano, le aportaría una rica dote y un tierno cariño de esposa. «Pues no me importa si Ernest se divierte en este momento —pensé—, al menos, mañana no tendré un fastidioso resfriado y una roja nariz goteando moco»; y arrojé otro tronco al fuego de la chimenea.

Alrededor de las cinco de la tarde, el cielo parecía tan plomizo como en pleno invierno. Hugh me sirvió mi tradicional copa de jerez y le volví a repetir mis instrucciones de que pensaba cenar en mi biblioteca.

La cena fue más bien ligera, y la intranquilidad empezó a adueñarse de mi mente. Traté de leer un libro, pero las palabras carecían de significado. Entonces pensé en relajarme, ya que recordaba que esta práctica, tan recomendada por los médicos, estaba muy indicada en los momentos de tensión nerviosa.

Como solía hacer en aquellas tardes en que me quedaba en casa, me puse mi horrible pero confortable batín de lana, me calcé unas cómodas zapatillas de cuero que en otras ocasiones mi mayordomo había intentado tirar a la basura, lamenté no tener un mastín para que se acostara junto a mi chimenea, a mis pies, y me puse a cargar una pipa con refinado y amoroso cuidado.

Debía haberme quedado adormecido con el libro en mi regazo, cuando Hugh me despertó para anunciarme que me llamaban por teléfono. Perezosamente cogí el aparato.

Una voz frenética al otro extremo del hilo me dijo que acudiera inmediatamente, que era muy urgente. No había un minuto que perder. Mi amigo, Ernest Melbourne, se hallaba al borde de la muerte. En realidad, continuó diciéndome aquella voz desconocida para mí, está economizando el aire que respira en un esfuerzo para mantenerse vivo hasta su llegada.

Rápidamente me puse el primer traje que encontré a mano, alquilé un taxi y me dirigí a toda prisa al elegante piso de Ernest. La puerta me fue abierta por uno de mis antiguos criados, Stephen, el cual se hallaba extremadamente aturrullado hasta el punto de parecer enloquecido.

—Sir Anthony —me dijo, hecho un manojo de nervios—, es espantoso, es horriblemente espantoso. Me temo que no llegará a tiempo.

—Tranquilízate, querido Stephen —le dije, tratando de que hablara en voz baja—. Cualquier cosa que haya ocurrido, por favor, ten la bondad de mantenerte en tu sano juicio. Vamos, condúceme inmediatamente al lado de míster Melbourne.

El tono severo que empleé calmó algo a Stephen, pero cuando me conducía hacia el salón biblioteca, me empujó de pronto y rudamente hacia un lado. Me sorprendí ante aquella extraña conducta de mi excriado, pero luego comprendí que lo que pretendía era que yo no pisara una serie de huellas barrosas que conducían a la estancia donde se hallaba mi amigo.

Ernest estaba acostado en un diván. Aunque en su rostro no había ninguna señal de violencia, me costó trabajo reconocerle. Incluso hoy día me es difícil describir la transformación que se había operado en sus facciones.

Sus ojos, que generalmente miraban a todas partes plenos de curiosidad, estaban paralizados, fijos en un punto del techo, como si pendieran de él mediante dos cuerdas. Su sonrosada piel que yo, como pálido londinense, en ciertas ocasiones había envidiado en secreto, se había disuelto en un gris de cal apagada. Venas azules sobresalían en sus manos, muñecas y garganta, y morados verdugones cubrían sus sienes. Su lengua pendía grotescamente a un lado de su boca abierta.

Haciendo un esfuerzo para dominar mi repugnancia, me acerqué a él y le dije todo aquello que suele decirse en estos casos. «Aquí me tienes... ¿Qué te ha sucedido...? Ánimo, hombre. Vamos, cuéntame lo que te ha pasado...»

Ernest reaccionó lentamente. Un indefinido fulgor apareció en sus ojos. Después de varios intentos, al final estuvo en condiciones de hablarme de forma que yo pudiera entenderle.

—Anthony —murmuró—, debes escucharme..., pero, sobre todo, debes creer en mí, debes creerme.

Luego permaneció en silencio, sofocado, tosió y trató de incorporarse. Cogí una almohada y se la puse a la espalda, mientras le decía en voz baja a Stephen que fuera inmediatamente a buscar un médico. La retirada del criado fue sumamente ruidosa, pues tropezó con una silla y se cayó al suelo. Pero Ernest se hallaba muy lejos de la realidad para darse cuenta de ello.

Me senté cerca de mi amigo, mostrándome tan afectivo como un elefante macho intentando cuidar una liebre herida. Yo sabía que Ernest no debía agotarse hablándome, pero eran tan intensos los pensamientos que en aquellos instantes torturaban su mente que no tuve más remedio que permitírselo.

—Anthony —murmuró Ernest—, debo ser breve. Me queda muy poco tiempo de vida. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Y, en nombre de Dios, créeme.

Después de una breve pausa, continuó.

—Fui al funeral de sir Gilbert. Fue espantoso. Tú sabías que yo no quería ir, pero no sabías por qué. Gladys, el amor del que renegué, la chica a quien abandoné, yace en una tumba del cementerio de Kensington... Estaba aún lloviendo cuando sacaron el ataúd de sir Gilbert de la iglesia. Permanecí allí mojado y helado de frío. De repente, guiado por los remordimientos o quizá empujado por el mismo demonio, me hallé explorando el cementerio, pisando aquel terreno sucio y fangoso, buscando algo, una flor de lis, una rosa, algo que fuera bello, fresco y joven. De pronto vi un seto vallado en el que había una entrada que daba a otro cementerio en el que las losas sepulcrales estaban muy cerca unas de otras... Anthony, ¿me estás escuchando?

Alargué mi mano y le cogí la suya, pero, no queriendo distraer sus pensamientos, permanecí en silencio. Vi que el rostro de Ernest se relajaba, cerró la boca y un alarmante color de cera se extendió por su piel. Después de unos instantes continuó.

—Empujado por una fuerza misteriosa, me dirigí a la tumba más insignificante, más raída, más pobre de todas. La losa sepulcral ostentaba el número 298, y gotas de lluvia caían al suelo desde el punto en el que estaba esculpido el nombre de Gladys Moore..., mi Gladys que tanto me había amado hace muchos años.

Evidentemente, comprendía el dolor y la pena de Ernest, sin embargo, me parecía imposible que la vista de la tumba de su querida Gladys hubiera podido causarle aquel espantoso daño físico. Ernest continuó hablando, pero cada vez más rápido, como si considerara que el tiempo estaba en contra de su reserva vital y de su monólogo.

—El temor más espantoso se apoderó de mí. Mi primer impulso fue sacar inmediatamente el ataúd de aquel lugar tan deprimente y colocarlo en aquella parte del cementerio reservada a la gente ilustre para que así la tumba de mi Gladys ocupase el mejor sitio de todos; pero este noble pensamiento se me borró en el acto para ser sustituido por otro: si la gente llegara a enterarse de mis antiguas relaciones amorosas con una tabernera, todos mis proyectos se vendrían a tierra, todo aquello por lo que había luchado durante toda mi vida quedaría arruinado.

Un suspiro estremeció el cuerpo de mi amigo. Después de una pausa, Ernest continuó:

—Cuando regresé a casa, Stephen me sirvió la comida. No tenía apetito, por lo que le ordené que retirara los platos, limitándome a beber tres copas de oporto. Creo que me quedé dormitando durante varias horas. Cuando me desperté, tuve la sensación de haber sido drogado, o sometido a un trance hipnótico. Luego sentí la necesidad de telefonear a alguien. ¡Cogí el aparato y marqué el 298 de Kensington! Después de un corto tiempo, una voz de mujer contestó. Sonaba como si estuviera muy lejos, aunque sus palabras eran perfectamente audibles. La voz dijo: «Oh, amor mío, qué gentil has sido en telefonearme. He estado mucho tiempo esperando esta llamada. Iré inmediatamente a verte».

Miré asombrado a Ernest. La habitación pareció llenarse de repente de un aire viscoso y estancado. Sentí que se me contraía la piel y se erizaban mis cabellos cuando oí aquel horroroso relato. Ernest movía la cabeza a un lado y otro sobre la almohada, como tratando de luchar con aquellos pensamientos que torturaban su mente.

—Me senté en el sillón y esperé —continuó mi amigo—. ¿Esperar qué? No lo sabía en aquel momento. Entonces oí que la puerta principal se abrió completamente, a pesar de que Stephen siempre la tenía cerrada. Las cortinas empezaron a agitarse como la vela de un barco, al mismo tiempo que una corriente de aire helado penetraba en mi habitación. Luego sentí un penetrante olor de moho, de tierra y de humedad. Vestida de blanco, llegó ella...

La voz de Ernest se quebró. Su rostro se volvió azulado; empezó a dar boqueadas; sus ojos se revolvieron. Como nunca había visto morir a nadie, me sentí estupefacto, fascinado, profundamente asustado, incapaz de gritar pidiendo auxilio. Su cuerpo se puso tieso y luego cayó hacia atrás. Cogí mi pañuelo y cerré cuidadosamente aquellos ojos fijos y brillantes.

Entonces llamé..., bueno, temo que empecé a gritar llamando a Stephen. El rostro de este reflejaba palpablemente su aflicción y ansiedad. Le rogué que telefoneara a un médico y a la policía.

Mientras esperaba al lado de mi amigo muerto, me puse a observar cuidadosamente la habitación.

En línea directa desde la puerta al sillón favorito de Ernest estaban aquellas huellas fangosas de pasos que Stephen me había impedido pisar hacía unos instantes. Me levanté para estudiarlas más cuidadosamente. Entonces vi horrorizado que en las pelusas de la alfombra que cubría el suelo de madera, estaban grabadas las huellas inconfundibles de unos zapatos de mujer.

El Misterio Del Cementerio - H. P. Lovecraft

 Capítulo I La Tumba De Burns

 Era mediodía en la pequeña población de Mainville, y un penado grupo de gente estaba reunido alrededor de la tumba de Burns. Joseph Burns había muerto.

(Al morir había pronunciado las siguientes y extrañas instrucciones: Antes de meter mi cuerpo en la tumba, colocad esta bola en el suelo, en un punto marcado como “A”. Y entonces había tendido una pequeña bola dorada al rector).

La gente lamentaba mucho su muerte. Después de que los funerales hubieran concluido, el señor Dobson (El rector) dijo:

—Amigos, ahora hemos de cumplir las últimas voluntades del difunto.

Y, tras decir esto, bajó a la tumba (A poner la bola en el punto marcado como “A”). Pronto el grupo de dolientes comenzó a impacientarse y, al cabo de un tiempo, el señor Cha’s Greene (el abogado) bajó a echar un vistazo. En seguida regresó con cara de espanto y dijo:

—¡El señor Dobson no está ahí abajo!

 

 Capítulo II El Misterioso Señor Bell

Eran las tres y diez de la tarde cuando la campana de la puerta de la mansión Dobson resonó con fuerza, y el criado acudió a abrir la puerta, para encontrarse con un hombre entrado en años, de pelo negro y grandes patillas. Manifestó que quería ver a la señorita Dobson. Tras ser conducido a su presencia, dijo:

—Señorita Dobson, sé dónde está su padre, y por la suma de 10.000 libras haré que vuelva con usted. Puede llamarme señor Bell.

—Señor Bell —dijo la señorita Dobson— ¿Le importa que abandone por un momento la habitación?

—En absoluto —repuso el señor Bell.

Ella regresó al cabo de poco tiempo, para decir:

—Señor Bell, entiendo. Usted ha raptado a mi padre y ahora me está pidiendo un rescate.

  

Capítulo III En La Comisaría De Policía

Eran las tres y veinte de la tarde, cuando el teléfono sonó con furia en la comisaría de Nort End, y Gibson (el telefonista) preguntó qué sucedía.

—¡He averiguado algo sobre la desaparición de mi padre! —dijo una voz de mujer—. ¡Soy la señorita Dobson y mi padre ha sido secuestrado! ¡Llamen a King John!

King John era un famoso detective del Oeste.

En ese momento justo entró un hombre a toda prisa, y gritó.

—¡Oh! ¡Horror! ¡Vamos al cementerio!

  

Capítulo IV La Ventana Occidental

Volvamos ahora a la mansión Dobson. El señor Bell se había quedado bastante azarado ante la franca demostración, pero cuando volvió a hablar dijo:

—Tampoco hay que decir las cosas así, señorita Dobson, ya que yo...

Se vio interrumpido con la aparición de King John, que, con un par de revólveres en las manos, impidió cualquier retirada por la puerta. Pero, rápido como el pensamiento, Bell se lanzó hacia una ventana situada al oeste... y saltó.

 

 Capítulo V El Secreto De Una Tumba

Volvamos ahora a la comisaría. Cuando el excitado visitante se hubo calmado algo, pudo contar de un tirón su historia. Había visto a tres hombres en el cementerio gritando: “¡Bell! ¡Bell! ¿Dónde estás, viejo?”, y actuando de forma sumamente sospechosa. Los había seguido y ¡entraron en la tumba de Burns!

Los siguió hasta allí dentro y los vio tocar un resalte en cierto lugar marcado como “A”, y los tres desaparecieron.

—¡Quiero que venga enseguida King John! —dijo Gibson—. ¿Y usted cómo se llama?

—John Spratt —repuso el visitante.

  

Capítulo VI La Persecución De Bell

Ahora volvamos de nuevo a la mansión Dobson. King John se había visto sorprendido por el repentino salto de Bell, pero cuando se recobró de la sorpresa, lo primero que pensó fue en detenerlo. Por tanto, se lanzó en persecución del secuestrador. Lo siguió hasta la estación de ferrocarril y descubrió, para su desaliento, que había tomado el tren de Kent, una ciudad mayor situada al sur, que no tenía conexión telefónica ni telegráfica con Mainville. ¡Y el tren acababa de partir!

 

Capítulo VII El Caballerizo Negro

El tren de Kent se puso en marcha a las 10.35 y hacia las 10.6 un hombre excitado, polvoriento y cansado , irrumpió en la estación de postas de Mainville y dijo al caballerizo negro que estaba en la puerta:

—Si eres capaz de llevarme a Kent en 15 minutos, te doy un dólar.

—No sé cómo sería eso posible —dijo el negro—. No tenemos un par decente de caballos, y además...

—¡Dos dólares! —gritó el visitante.

—Vale —dijo el caballerizo.

 

 Capítulo VIII Bell, Sorprendido

Eran las once en punto en Kent y todas las tiendas, excepto una, estaban cerradas: una tienda sórdida, polvorienta y pequeña, hacia el extremo oeste del pueblo. Estaba entre el

 puerto de Kent y la vía que unía Mainville con Kent. En la dependencia delantera un individuo de ropajes desarrapados y edad incierta estaba conversando con una mujer de mediana edad y cabellos grises.

—He quedado en hacer el trabajo, Lindy —decía—. Bell llegará a las 11.30 y el coche está listo ya para llevarlo al muelle, de donde zarpa un buque, esta noche, rumbo a África.

—¿Pero qué pasa si se presenta King John? —preguntó Lindy.

—Entonces nos pillarán con las manos en la masa y Bell acabará en la horca —repuso el hombre.

Justo entonces sonó un golpeteo en la puerta.

—¿Eres tú, Bell? —preguntó Lindy.

—Sí —fue la respuesta—. Cogí el tren de las 10.35 y he despistado a King John, así que todo está bien.

A las 11.40, el grupo llegó al embarcadero, y vio un buque en la oscuridad. El Kehdive, África, estaba pintado en su casco, y justo cuando iban a subir a bordo, un hombre surgió de la oscuridad y dijo:

—¡John Bell, queda usted arrestado en nombre de la reina!

Era King John.

  

Capítulo IX El Proceso

El día del juicio había llegado y un buen grupo de gente se había reunido en torno a la pequeña arboleda (que servía como tribunal en verano) para presenciar el proceso de John Bell por secuestro.

—Señor Bell —dijo el juez—. ¿Cuál es el secreto de la tumba de Burns?

—Quedará bien claro —repuso Bell— si va a la tumba y toca cierto punto, marcado como “A”, que allí se encuentra.

—¿Y dónde está el señor Dobson? —inquirió el juez.

—¡Aquí! —dijo una voz a su espalda, y la figura del propio señor Dobson apareció en el umbral.

—¡Cómo ha llegado usted aquí!

—Es una larga historia —dijo Dobson.

 

Capítulo X La Historia De Dobson

—Cuando bajé a la tumba —dijo Dobson—, todo estaba oscuro y no podía ver nada.

Por fin distinguí la letra “A” impresa en blanco en el suelo de ónice y coloqué la bola sobre ella; inmediatamente, se abrió una trampilla y salió un hombre.

Era ese hombre que está aquí —dijo, apuntando a Bell, que temblaba en el banquillo de los acusados—, y me llevó a un lugar bien iluminado y lujosamente amueblado, en el que he estado hasta ahora. Un día llegó un hombre joven y gritó: ¡El secreto queda desvelado! Y se fue. No me vio. 

Una vez, Bell olvidó su llave, y yo saqué el molde en cera; al día siguiente estuve haciendo copias para abrir la cerradura. Al día siguiente, una de las llaves funcionó y, al otro día (es decir, hoy), escapé.

 

Capítulo XI El Misterio Desvelado

—¿Por qué el finado J. Burns le pediría a usted que pusiese la bola ahí? (En el punto “A”).

—Para causarme daño —replicó Dobson—. Él y Francis Burns, su hermano, estuvieron conspirando durante años contra mí, y yo no lo sabía, tratando de perjudicarme.

—¡Prendan a Francis Burns! —gritó el juez.

  

Capítulo XII Conclusión

Francis Burns y John Bell fueron condenados a cadena perpetua. El señor Dobson recibió la cordial bienvenida de su hija que, con el tiempo, se convertiría en la señora de King John. Lindy y su cómplice fueron condenados a treinta días en la prisión de Newgate por ayudar y participar de una fuga criminal.