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El Misterio Del Cementerio - H. P. Lovecraft

 Capítulo I La Tumba De Burns

 Era mediodía en la pequeña población de Mainville, y un penado grupo de gente estaba reunido alrededor de la tumba de Burns. Joseph Burns había muerto.

(Al morir había pronunciado las siguientes y extrañas instrucciones: Antes de meter mi cuerpo en la tumba, colocad esta bola en el suelo, en un punto marcado como “A”. Y entonces había tendido una pequeña bola dorada al rector).

La gente lamentaba mucho su muerte. Después de que los funerales hubieran concluido, el señor Dobson (El rector) dijo:

—Amigos, ahora hemos de cumplir las últimas voluntades del difunto.

Y, tras decir esto, bajó a la tumba (A poner la bola en el punto marcado como “A”). Pronto el grupo de dolientes comenzó a impacientarse y, al cabo de un tiempo, el señor Cha’s Greene (el abogado) bajó a echar un vistazo. En seguida regresó con cara de espanto y dijo:

—¡El señor Dobson no está ahí abajo!

 

 Capítulo II El Misterioso Señor Bell

Eran las tres y diez de la tarde cuando la campana de la puerta de la mansión Dobson resonó con fuerza, y el criado acudió a abrir la puerta, para encontrarse con un hombre entrado en años, de pelo negro y grandes patillas. Manifestó que quería ver a la señorita Dobson. Tras ser conducido a su presencia, dijo:

—Señorita Dobson, sé dónde está su padre, y por la suma de 10.000 libras haré que vuelva con usted. Puede llamarme señor Bell.

—Señor Bell —dijo la señorita Dobson— ¿Le importa que abandone por un momento la habitación?

—En absoluto —repuso el señor Bell.

Ella regresó al cabo de poco tiempo, para decir:

—Señor Bell, entiendo. Usted ha raptado a mi padre y ahora me está pidiendo un rescate.

  

Capítulo III En La Comisaría De Policía

Eran las tres y veinte de la tarde, cuando el teléfono sonó con furia en la comisaría de Nort End, y Gibson (el telefonista) preguntó qué sucedía.

—¡He averiguado algo sobre la desaparición de mi padre! —dijo una voz de mujer—. ¡Soy la señorita Dobson y mi padre ha sido secuestrado! ¡Llamen a King John!

King John era un famoso detective del Oeste.

En ese momento justo entró un hombre a toda prisa, y gritó.

—¡Oh! ¡Horror! ¡Vamos al cementerio!

  

Capítulo IV La Ventana Occidental

Volvamos ahora a la mansión Dobson. El señor Bell se había quedado bastante azarado ante la franca demostración, pero cuando volvió a hablar dijo:

—Tampoco hay que decir las cosas así, señorita Dobson, ya que yo...

Se vio interrumpido con la aparición de King John, que, con un par de revólveres en las manos, impidió cualquier retirada por la puerta. Pero, rápido como el pensamiento, Bell se lanzó hacia una ventana situada al oeste... y saltó.

 

 Capítulo V El Secreto De Una Tumba

Volvamos ahora a la comisaría. Cuando el excitado visitante se hubo calmado algo, pudo contar de un tirón su historia. Había visto a tres hombres en el cementerio gritando: “¡Bell! ¡Bell! ¿Dónde estás, viejo?”, y actuando de forma sumamente sospechosa. Los había seguido y ¡entraron en la tumba de Burns!

Los siguió hasta allí dentro y los vio tocar un resalte en cierto lugar marcado como “A”, y los tres desaparecieron.

—¡Quiero que venga enseguida King John! —dijo Gibson—. ¿Y usted cómo se llama?

—John Spratt —repuso el visitante.

  

Capítulo VI La Persecución De Bell

Ahora volvamos de nuevo a la mansión Dobson. King John se había visto sorprendido por el repentino salto de Bell, pero cuando se recobró de la sorpresa, lo primero que pensó fue en detenerlo. Por tanto, se lanzó en persecución del secuestrador. Lo siguió hasta la estación de ferrocarril y descubrió, para su desaliento, que había tomado el tren de Kent, una ciudad mayor situada al sur, que no tenía conexión telefónica ni telegráfica con Mainville. ¡Y el tren acababa de partir!

 

Capítulo VII El Caballerizo Negro

El tren de Kent se puso en marcha a las 10.35 y hacia las 10.6 un hombre excitado, polvoriento y cansado , irrumpió en la estación de postas de Mainville y dijo al caballerizo negro que estaba en la puerta:

—Si eres capaz de llevarme a Kent en 15 minutos, te doy un dólar.

—No sé cómo sería eso posible —dijo el negro—. No tenemos un par decente de caballos, y además...

—¡Dos dólares! —gritó el visitante.

—Vale —dijo el caballerizo.

 

 Capítulo VIII Bell, Sorprendido

Eran las once en punto en Kent y todas las tiendas, excepto una, estaban cerradas: una tienda sórdida, polvorienta y pequeña, hacia el extremo oeste del pueblo. Estaba entre el

 puerto de Kent y la vía que unía Mainville con Kent. En la dependencia delantera un individuo de ropajes desarrapados y edad incierta estaba conversando con una mujer de mediana edad y cabellos grises.

—He quedado en hacer el trabajo, Lindy —decía—. Bell llegará a las 11.30 y el coche está listo ya para llevarlo al muelle, de donde zarpa un buque, esta noche, rumbo a África.

—¿Pero qué pasa si se presenta King John? —preguntó Lindy.

—Entonces nos pillarán con las manos en la masa y Bell acabará en la horca —repuso el hombre.

Justo entonces sonó un golpeteo en la puerta.

—¿Eres tú, Bell? —preguntó Lindy.

—Sí —fue la respuesta—. Cogí el tren de las 10.35 y he despistado a King John, así que todo está bien.

A las 11.40, el grupo llegó al embarcadero, y vio un buque en la oscuridad. El Kehdive, África, estaba pintado en su casco, y justo cuando iban a subir a bordo, un hombre surgió de la oscuridad y dijo:

—¡John Bell, queda usted arrestado en nombre de la reina!

Era King John.

  

Capítulo IX El Proceso

El día del juicio había llegado y un buen grupo de gente se había reunido en torno a la pequeña arboleda (que servía como tribunal en verano) para presenciar el proceso de John Bell por secuestro.

—Señor Bell —dijo el juez—. ¿Cuál es el secreto de la tumba de Burns?

—Quedará bien claro —repuso Bell— si va a la tumba y toca cierto punto, marcado como “A”, que allí se encuentra.

—¿Y dónde está el señor Dobson? —inquirió el juez.

—¡Aquí! —dijo una voz a su espalda, y la figura del propio señor Dobson apareció en el umbral.

—¡Cómo ha llegado usted aquí!

—Es una larga historia —dijo Dobson.

 

Capítulo X La Historia De Dobson

—Cuando bajé a la tumba —dijo Dobson—, todo estaba oscuro y no podía ver nada.

Por fin distinguí la letra “A” impresa en blanco en el suelo de ónice y coloqué la bola sobre ella; inmediatamente, se abrió una trampilla y salió un hombre.

Era ese hombre que está aquí —dijo, apuntando a Bell, que temblaba en el banquillo de los acusados—, y me llevó a un lugar bien iluminado y lujosamente amueblado, en el que he estado hasta ahora. Un día llegó un hombre joven y gritó: ¡El secreto queda desvelado! Y se fue. No me vio. 

Una vez, Bell olvidó su llave, y yo saqué el molde en cera; al día siguiente estuve haciendo copias para abrir la cerradura. Al día siguiente, una de las llaves funcionó y, al otro día (es decir, hoy), escapé.

 

Capítulo XI El Misterio Desvelado

—¿Por qué el finado J. Burns le pediría a usted que pusiese la bola ahí? (En el punto “A”).

—Para causarme daño —replicó Dobson—. Él y Francis Burns, su hermano, estuvieron conspirando durante años contra mí, y yo no lo sabía, tratando de perjudicarme.

—¡Prendan a Francis Burns! —gritó el juez.

  

Capítulo XII Conclusión

Francis Burns y John Bell fueron condenados a cadena perpetua. El señor Dobson recibió la cordial bienvenida de su hija que, con el tiempo, se convertiría en la señora de King John. Lindy y su cómplice fueron condenados a treinta días en la prisión de Newgate por ayudar y participar de una fuga criminal.


El vivo al gozo - Dezohara Bollstadt

Hoy asistí al funeral de un conocido, ni siquiera era amigo cercano, así, apartada del evento, pude observar el comportamiento de las personas.

En principio el amigo que me avisó necesitaba de compañía y me “invitó”; en ese caso no me pude negar, porque me lo pidió: “Acompáñame”. Moví mis “principios” de amistad y fui con él, para esto debo decir que ODIO, con mayúsculas, ir a funerales y mucho menos asistir al entierro. Son eventos que no puedo sobrellevar.

Cuando pasé por mi amigo a su casa, no le di el pésame, sólo lo abracé y nos fuimos al velatorio. El conocido era su primo, creció con él, eran casi de la misma edad. El primo se convirtió en difunto por quedarse dormido cuando conducía su auto.

Mi amigo al que bautizaré Pablo, siempre se quejaba de su primo por ser necio y meterse en problemas, pero se divertía mucho con él, porque era “el alma de la fiesta”. La mamá de Pablo, lo detestaba, era una mala influencia para su hijo: vago, flojo, sin trabajo fijo y ella sabía que usaba drogas. La mamá del difunto protestaba porque no aportaba dinero a la casa, sólo generaba gastos, basura y quehacer.

En general lo que yo escuchaba sobre el primo, era disgusto y resentimiento, pero ¡se murió! y todos, comenzaron a dibujarle una vida ficticia, lo describían como una maravillosa persona: apoyaba a su familia, siempre estaba para sus amigos, era alguien confiable, responsable, trabajador, excelente novio y hubiera sido el padre perfecto. (La novia anunció su embarazo en el funeral)

Como dije, no traté al fallecido y al estar presente ante esas declaraciones, me sacaron de mi balance, ¿eso era hipocrecía?  ¿era un homenaje bizarro? No entendí por qué cambiaban sus testimonios, ¿amabilidad? ¿conformismo? ¿un perdón? ¿una extraña muestra de bondad?. Siempre he pensado que si no tienes nada bueno que decir, no digas nada, pero hay un gran paso de guardar silencio a mentir.

Y comencé a cuestionar ¿eso pasa en todos los funerales? El ser más despreciable ¿será glorificado al morir? El único honesto fue Pablo, no dijo nada. Al final lo acompañé a su casa, cenamos y platicamos de cosas vanales, pero mi curiosidad pudo más que la prudencia y le pregunté sobre sus sentimientos hacia su primo.

Me despedí y llegue a mi casa.

Ahora pienso que a los muertos hay que dejarlos descansar en paz. Decir cosas buenas sobre el fallecido puede ser para aliviar culpas o para quitar lo malo de su personalidad y tener un bonito recuerdo de él; sin embargo, todo eso no alivia el hecho de que la familia debe enfrentar de cerca a la muerte.

La respuesta de Pablo me quitó las telarañas de la mente sobre los velorios, me dejó ver la realidad y me hizo plantar los pies sobre la tierra, él sólo me dijo: “El muerto al pozo y el vivo al gozo”.

La última espera - Mario Lamo Jiménez

Llevo ya diecisiete horas de muerto y nada, que no me entierran. ¡Qué aburridora es la muerte! Si por lo menos pudiera fumarme un chicote, no me molestaría tanto tener que esperar. Pude haber pasado al otro toldo con más elegancia, pero hasta mi misma muerte fue un fracaso. Al atravesar la séptima, clavo mi mirada en una morena que pasa contoneándose, me distraigo y me atropella el mensajero de la droguería con su cicla. Me doy la nuca contra la acera y ahí quedo como un pollo congelado exhibido en una vitrina, los papeles del juzgado regados por toda la calle, los ojos vidriosos y la lengua babeante. Hasta un perro que pasaba me lamió la herida. Lo espantó la sirena de la ambulancia que, como es obvio, llegó demasiado tarde. Una vez en el hospital, muerto ya, no me querían admitir por no tener la tarjeta del seguro social. Entre los curiosos me habían desvalijado la billetera y el reloj. El reloj no me importa porque ni para dar la hora servía, pero la billetera sí me duele porque era de piel de camello y me traía recuerdos de Elisa. En la funeraria me probaron seis cajones pero ninguno era de mi talla. Finalmente, para ahorrar dinero, mi mujer se decidió por uno imitación caoba y como no cabía en él, me quitaron los zapatos y me doblaron los pies. Ahora me van a enterrar con las medias rotas. ¡Yo que sólo ganaba noventa mil pesos mensuales! Mi mujer al principio se puso a llorar, pero cuando le dijeron que el seguro de vida pagaba novecientos mil pesos, lo único que dijo fue: "Entonces no ha pasado nada, es como si se fuera a morir dentro de diez meses". Aquí estoy en la sala de mi casa esperando a que me entierren. Recostada en una pared está la corona barata que me mandaron los compañeros de la oficina. Sólo Gil vino a despedirme. Le debía veinte mil pesos y ahora está consolando a mi mujer.
Nunca me gustó esta sala. Las paredes están cubiertas de cuadros descoloridos y los muebles están raídos. Jamás me imaginé que mi última espera la pasaría precisamente en este sitio. Cuando Gil y mi mujer me dejaron solo, un ratón se asomó por la tapa del ataúd y casi me mata del susto. En estos momentos me conformaría aunque fuera con un café sin azúcar, como los que me preparaba Elisa. Se ve que está haciendo frío. Ahora no puedo llamar ni siquiera a Elisa para despedirme. La conocí hace tres años cuando trabajaba en el juzgado haciendo su tesis. Ella era estudiante de derecho. Nos enamoramos ahí mismo. Consuelo nunca supo nada. No valía la pena decirle, ella era muy celosa y su reino era la cocina. ¡Quién la ve ahora! ¡Mosquita muerta! Tan arrimada a Gil y ni siquiera me llora.
Esta noche estaría yo tomando cerveza y jugando tejo como todos los domingos, en cambio me toca pasar todo el fin de semana muerto y aguardando mi propio entierro. Si por lo menos me hubiera muerto un lunes o un martes, no habría tenido que ir al trabajo y hoy estaría divirtiéndome. El colmo de la mala suerte: morirme en mi día libre.
Ahora me toca esperar a que sean las once de la mañana, me metan en el cadillac negro y me paseen por todos los huecos del barrio. El cura debe de estar contento. "Por fin se murió este ateo", dirá tapándose la nariz cuando me entren a la iglesia oliendo a muerto. Me estremece la idea de tener que escuchar una misa. Será la misma ceremonia de siempre que me atormentaba desde niño: el cura cantando con su voz ronca, la iglesia llena de incienso y un poco de viejas llenas de arrugas llorando al muerto de turno a moco tendido. Siempre he sido alérgico al incienso, ya me veo estornudando en medio de la misa. Pensar que por eso cobran dos mil quinientos pesos. Yo no pagaría ni un peso por una misa de entierro. Después, cuando acabe la misa y se oigan las campanitas del vendedor de paletas a la puerta de la iglesia, me llevarán al hueco. Quién sabe quién me toque de vecino en el cementerio. Me imagino que uno no tiene derecho de escogerlo. Dios me libre, porque si me toca una paisa habladora me tocará quedarme toda una eternidad despierto escuchando sus quejas y sus lamentos. ¿Qué pasará cuando lleguen los sepultureros, doblen las campanas por última vez, me pongan la lápida y todo se quede a oscuras? No quiero ni pensarlo. No sé por qué, pero en estos momentos, preferiría estar como cada día, simplemente archivando papeles en la oficina del juzgado, o jugando billar en El Aventino. ¡Una noche es una cosa muy larga cuando uno está muerto! Todavía faltan diecisiete horas para que me entierren.