INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta rescate. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rescate. Mostrar todas las entradas

El Misterio Del Cementerio - H. P. Lovecraft

 Capítulo I La Tumba De Burns

 Era mediodía en la pequeña población de Mainville, y un penado grupo de gente estaba reunido alrededor de la tumba de Burns. Joseph Burns había muerto.

(Al morir había pronunciado las siguientes y extrañas instrucciones: Antes de meter mi cuerpo en la tumba, colocad esta bola en el suelo, en un punto marcado como “A”. Y entonces había tendido una pequeña bola dorada al rector).

La gente lamentaba mucho su muerte. Después de que los funerales hubieran concluido, el señor Dobson (El rector) dijo:

—Amigos, ahora hemos de cumplir las últimas voluntades del difunto.

Y, tras decir esto, bajó a la tumba (A poner la bola en el punto marcado como “A”). Pronto el grupo de dolientes comenzó a impacientarse y, al cabo de un tiempo, el señor Cha’s Greene (el abogado) bajó a echar un vistazo. En seguida regresó con cara de espanto y dijo:

—¡El señor Dobson no está ahí abajo!

 

 Capítulo II El Misterioso Señor Bell

Eran las tres y diez de la tarde cuando la campana de la puerta de la mansión Dobson resonó con fuerza, y el criado acudió a abrir la puerta, para encontrarse con un hombre entrado en años, de pelo negro y grandes patillas. Manifestó que quería ver a la señorita Dobson. Tras ser conducido a su presencia, dijo:

—Señorita Dobson, sé dónde está su padre, y por la suma de 10.000 libras haré que vuelva con usted. Puede llamarme señor Bell.

—Señor Bell —dijo la señorita Dobson— ¿Le importa que abandone por un momento la habitación?

—En absoluto —repuso el señor Bell.

Ella regresó al cabo de poco tiempo, para decir:

—Señor Bell, entiendo. Usted ha raptado a mi padre y ahora me está pidiendo un rescate.

  

Capítulo III En La Comisaría De Policía

Eran las tres y veinte de la tarde, cuando el teléfono sonó con furia en la comisaría de Nort End, y Gibson (el telefonista) preguntó qué sucedía.

—¡He averiguado algo sobre la desaparición de mi padre! —dijo una voz de mujer—. ¡Soy la señorita Dobson y mi padre ha sido secuestrado! ¡Llamen a King John!

King John era un famoso detective del Oeste.

En ese momento justo entró un hombre a toda prisa, y gritó.

—¡Oh! ¡Horror! ¡Vamos al cementerio!

  

Capítulo IV La Ventana Occidental

Volvamos ahora a la mansión Dobson. El señor Bell se había quedado bastante azarado ante la franca demostración, pero cuando volvió a hablar dijo:

—Tampoco hay que decir las cosas así, señorita Dobson, ya que yo...

Se vio interrumpido con la aparición de King John, que, con un par de revólveres en las manos, impidió cualquier retirada por la puerta. Pero, rápido como el pensamiento, Bell se lanzó hacia una ventana situada al oeste... y saltó.

 

 Capítulo V El Secreto De Una Tumba

Volvamos ahora a la comisaría. Cuando el excitado visitante se hubo calmado algo, pudo contar de un tirón su historia. Había visto a tres hombres en el cementerio gritando: “¡Bell! ¡Bell! ¿Dónde estás, viejo?”, y actuando de forma sumamente sospechosa. Los había seguido y ¡entraron en la tumba de Burns!

Los siguió hasta allí dentro y los vio tocar un resalte en cierto lugar marcado como “A”, y los tres desaparecieron.

—¡Quiero que venga enseguida King John! —dijo Gibson—. ¿Y usted cómo se llama?

—John Spratt —repuso el visitante.

  

Capítulo VI La Persecución De Bell

Ahora volvamos de nuevo a la mansión Dobson. King John se había visto sorprendido por el repentino salto de Bell, pero cuando se recobró de la sorpresa, lo primero que pensó fue en detenerlo. Por tanto, se lanzó en persecución del secuestrador. Lo siguió hasta la estación de ferrocarril y descubrió, para su desaliento, que había tomado el tren de Kent, una ciudad mayor situada al sur, que no tenía conexión telefónica ni telegráfica con Mainville. ¡Y el tren acababa de partir!

 

Capítulo VII El Caballerizo Negro

El tren de Kent se puso en marcha a las 10.35 y hacia las 10.6 un hombre excitado, polvoriento y cansado , irrumpió en la estación de postas de Mainville y dijo al caballerizo negro que estaba en la puerta:

—Si eres capaz de llevarme a Kent en 15 minutos, te doy un dólar.

—No sé cómo sería eso posible —dijo el negro—. No tenemos un par decente de caballos, y además...

—¡Dos dólares! —gritó el visitante.

—Vale —dijo el caballerizo.

 

 Capítulo VIII Bell, Sorprendido

Eran las once en punto en Kent y todas las tiendas, excepto una, estaban cerradas: una tienda sórdida, polvorienta y pequeña, hacia el extremo oeste del pueblo. Estaba entre el

 puerto de Kent y la vía que unía Mainville con Kent. En la dependencia delantera un individuo de ropajes desarrapados y edad incierta estaba conversando con una mujer de mediana edad y cabellos grises.

—He quedado en hacer el trabajo, Lindy —decía—. Bell llegará a las 11.30 y el coche está listo ya para llevarlo al muelle, de donde zarpa un buque, esta noche, rumbo a África.

—¿Pero qué pasa si se presenta King John? —preguntó Lindy.

—Entonces nos pillarán con las manos en la masa y Bell acabará en la horca —repuso el hombre.

Justo entonces sonó un golpeteo en la puerta.

—¿Eres tú, Bell? —preguntó Lindy.

—Sí —fue la respuesta—. Cogí el tren de las 10.35 y he despistado a King John, así que todo está bien.

A las 11.40, el grupo llegó al embarcadero, y vio un buque en la oscuridad. El Kehdive, África, estaba pintado en su casco, y justo cuando iban a subir a bordo, un hombre surgió de la oscuridad y dijo:

—¡John Bell, queda usted arrestado en nombre de la reina!

Era King John.

  

Capítulo IX El Proceso

El día del juicio había llegado y un buen grupo de gente se había reunido en torno a la pequeña arboleda (que servía como tribunal en verano) para presenciar el proceso de John Bell por secuestro.

—Señor Bell —dijo el juez—. ¿Cuál es el secreto de la tumba de Burns?

—Quedará bien claro —repuso Bell— si va a la tumba y toca cierto punto, marcado como “A”, que allí se encuentra.

—¿Y dónde está el señor Dobson? —inquirió el juez.

—¡Aquí! —dijo una voz a su espalda, y la figura del propio señor Dobson apareció en el umbral.

—¡Cómo ha llegado usted aquí!

—Es una larga historia —dijo Dobson.

 

Capítulo X La Historia De Dobson

—Cuando bajé a la tumba —dijo Dobson—, todo estaba oscuro y no podía ver nada.

Por fin distinguí la letra “A” impresa en blanco en el suelo de ónice y coloqué la bola sobre ella; inmediatamente, se abrió una trampilla y salió un hombre.

Era ese hombre que está aquí —dijo, apuntando a Bell, que temblaba en el banquillo de los acusados—, y me llevó a un lugar bien iluminado y lujosamente amueblado, en el que he estado hasta ahora. Un día llegó un hombre joven y gritó: ¡El secreto queda desvelado! Y se fue. No me vio. 

Una vez, Bell olvidó su llave, y yo saqué el molde en cera; al día siguiente estuve haciendo copias para abrir la cerradura. Al día siguiente, una de las llaves funcionó y, al otro día (es decir, hoy), escapé.

 

Capítulo XI El Misterio Desvelado

—¿Por qué el finado J. Burns le pediría a usted que pusiese la bola ahí? (En el punto “A”).

—Para causarme daño —replicó Dobson—. Él y Francis Burns, su hermano, estuvieron conspirando durante años contra mí, y yo no lo sabía, tratando de perjudicarme.

—¡Prendan a Francis Burns! —gritó el juez.

  

Capítulo XII Conclusión

Francis Burns y John Bell fueron condenados a cadena perpetua. El señor Dobson recibió la cordial bienvenida de su hija que, con el tiempo, se convertiría en la señora de King John. Lindy y su cómplice fueron condenados a treinta días en la prisión de Newgate por ayudar y participar de una fuga criminal.


Carne de su carne, sangre de su sangre - Isaac Asimov


La serie de catástrofes había tenido lugar hacía cinco años: cinco revoluciones de aquel planeta, HC-12549d según los mapas, y desprovisto de cualquier otro nombre. Más de seis revoluciones de la Tierra; pero, ¿quien lo contaba... ya?

Si la gente, allá en casa, lo supiera, quizá dijesen que era una lucha heroica, una epopeya del Cuerpo Galáctico: cinco hombres contra un mundo hostil, manteniendo una amarga defensa durante cinco (o más de seis) años... Y ahora estaban muriendo, perdida la batalla después de todo. Tres habían entrado en el coma final, un cuarto tenía aún abiertos sus ojos teñidos de amarillo, y el quinto seguía aún en pie.

Pero no se trataba, en lo más mínimo, de una cuestión de heroísmo. Habían sido cinco hombres enfrentándose con el aburrimiento y la desesperación y manteniendo su burbuja metálica de condiciones vitales únicamente por la menos heroica de las razones: que no había otra cosa que hacer mientras les quedase vida.

Si alguno de ellos se sintió estimulado por la batalla, jamás lo mencionó. Pasado el primer año, dejaron de hablar de rescate, y tras el segundo la palabra «Tierra» pasó a ser tabú.

Pero una palabra estaba siempre presente, y si no la pronunciaban, al menos la tenían en mente: amoniaco.

La habían pronunciado por primera vez cuando estaban tratando, contra toda posibilidad, de lograr un aterrizaje con sus motores averiados y su casco maltrecho.

Naturalmente, uno acepta la mala suerte... pero sólo si no es demasiado mala. Una explosión estelar quema los hipercircuitos: pueden repararse con el tiempo. Un meteorito desalinea las válvulas de alimentación: eso puede arreglarse, con el tiempo. Una trayectoria es mal calculada en un momento de tensión, y un instante de aceleración arranca las antenas de navegación y merma los sentidos de todos los hombres de la nave: pero las antenas pueden ser remplazadas y los sentidos se recobran, si hay tiempo.

Las posibilidades de que estas tres malas pasadas del destino sucedan al mismo tiempo son una por un número incontable de veces; y aún menos de que sucedan durante un aterrizaje particularmente complejo, cuando lo que más falta es ese factor indispensable para la corrección de todo error: el tiempo.

El Cruiser John se había encontrado con esa posibilidad casi imposible y había realizado su último aterrizaje, pues nunca volvería a alzarse de una superficie planetaria.

El que hubiera aterrizado prácticamente intacto era ya de por sí casi un milagro. Al menos, a los cinco les quedaba vida para algunos años; aparte de esto, sólo la accidental llegada de otra nave podría ayudarles, pero nadie lo esperaba. Habían tenido ya una cuota de coincidencias superior a la que cabe esperar en toda una vida, y todas ellas habían sido malas.

Así estaban las cosas.

Y la palabra clave era «amoniaco». Con la superficie subiendo en espiral hacia la nave y la muerte (piadosamente rápida) aguardándoles con una casi total seguridad, Chou había tenido, de alguna manera, tiempo para fijarse en el espectrógrafo de absorción, que estaba funcionando a toda marcha.

–Amoniaco –gritó.

Los otros lo oyeron, pero no tenían tiempo para prestarle atención. Sólo lo tenían para una lucha desesperada contra una muerte rápida, para lograr una muerte lenta.

Cuando finalmente aterrizaron, en un terreno arenoso, con una escasa y maltrecha vegetación azulada –hierbas, y unos objetos con forma de árboles, de corteza azul y sin hojas–, ningún signo de vida animal, y con un cielo casi verdoso cruzado por algunas nubes, la palabra volvió a su atención.

–¿Amoniaco? –dijo en voz alta Petersen.
–Cuatro por ciento –confirmó Chou.
–Imposible –exclamó Petersen.

Pero no lo era. Los libros no decían que fuera imposible. Lo que el Cuerpo Galáctico había descubierto era un planeta de una cierta masa y volumen y que se hallaba a una determinada temperatura: era un planeta oceánico; y los planetas oceánicos siempre tenían uno de estos dos tipos de atmósfera: nitrógeno/oxígeno o nitrógeno/dióxido de carbono.

En el primer caso la vida era abundante; en el segundo, primitiva.

Nadie se preocupaba ya en comprobar más que la masa, el volumen y la temperatura. Se suponía que la atmósfera sería una de las dos citadas. Pero los libros no decían que tuviera que ser así; sino que, hasta entonces, siempre había sido así. 

Termodinámicamente, eran posibles otras atmósferas; pero eran muy poco probables, así que, en la práctica, no eran halladas.

Hasta entonces. Los hombres del Cruiser John se habían encontrado con una, y tenían que permanecer durante todo el tiempo que pudieran sobrevivir bajo una atmósfera de nitrógeno/dióxido de carbono/amoniaco.

Los tripulantes convirtieron su nave en una burbuja subterránea con condiciones de vida de tipo terrestre. No podían despegar de la superficie ni trasmitir una onda de comunicación a través del hiperespacio, pero todo lo demás podía utilizarse. Para compensar las deficiencias de su sistema de reciclado, incluso podían aprovechar el suministro de aire y agua del propio planeta: siempre, claro está, que le quitasen el amoníaco.

Organizaron grupos de exploración, dado que sus trajes estaban en excelentes condiciones, y aquello ayudaba a pasar el tiempo. El planeta era inofensivo: no habla vida animal, y por todas partes la vida vegetal era escasa. Azul, siempre azul: clorofila amoniacada; proteína amoniacada.

Montaron laboratorios, analizaron los componentes de las plantas, estudiaron secciones microscópicas de las mismas, compilaron grandes volúmenes con sus hallazgos. Intentaron hacer crecer plantas nativas en una atmósfera sin amoniaco, y fracasaron. Se convirtieron en geólogos y estudiaron la corteza del planeta; en astrónomos, y estudiaron el espectro del sol del sistema.

A veces, Barrere decía:
–Algún día el Cuerpo llegará a este planeta y encontrará esperándole nuestro legado de conocimientos. Después de todo, es un planeta único. Quizá no haya otro planeta de tipo terrestre con amoniaco en toda la Vía Láctea.
–Maravilloso –dijo Sandropoulos, con amargura–. ¡Qué suerte hemos tenido!
Sandropoulos estudió el aspecto termodinámico de la situación.
–Es un sistema metaestable –dijo–. El amoniaco desaparece constantemente a causa de una oxidación geoquímica que forma nitrógeno; las plantas utilizan el nitrógeno y vuelven a producir amoniaco, adaptándose a la presencia de ese amoniaco. Si la producción de amoniaco por las plantas descendiese en un dos por ciento, se produciría una espiral descendente. La vida vegetal iría muriendo, reduciendo aún más el amoniaco, lo que influiría en las plantas que quedasen, etc., etc..
–¿Quieres decir que si matásemos suficientes plantas –preguntó Vlassov– podríamos acabar con el amoniaco?
–Si tuviéramos deslizadores aéreos y atomizadores de gran potencia, y un año para trabajar, quizá lo lográsemos –contestó Sandropoulos–, pero no lo tenemos, y hay un método mejor. Si lográsemos hacer crecer nuestras plantas, la formación de oxígeno a causa de la fotosíntesis incrementaría la velocidad de oxidación del amoniaco. Incluso un aumento pequeño y localizado haría disminuir el amoniaco de la región y estimularía aún más el crecimiento de las plantas terrestres, y, al inhibir el crecimiento de las nativas, haría que aún descendiese más el amoniaco, etcétera.

Se convirtieron en agricultores durante la estación de la siembra. Después de todo, aquello era rutina para el Cuerpo Galáctico. La vida en los planetas parecidos a la Tierra era habitualmente del tipo agua/proteína, pero la variación era infinita, y pocas veces los alimentos extraterrestres eran nutritivos, mientras que a menudo (no siempre, pero a menudo) sucedía que algunos tipos de plantas terrestres se imponían y acababan con la flora nativa. Y con la flora nativa en disminución, otras plantas terrestres podían echar raíces.

Docenas de planetas habían sido convertidos en nuevas Tierras mediante este método. En el proceso, las plantas terrícolas se habían desarrollado en centenares de variantes muy resistentes que florecían en las más difíciles condiciones; lo que mejoraba las posibilidades de que sobreviviesen en el siguiente planeta.

El amoniaco podía matar a cualquier planta de la Tierra, pero las semillas de que disponían en el Cruiser John no eran verdaderas plantas de la Tierra, sino mutaciones de esas plantas obtenidas en otros mundos. Lucharon bien, pero no lo bastante. Algunas variedades crecieron de forma débil y enfermiza, y acabaron muriendo.

Aún así se portaron mejor que la vida microscópica. Los bacterioides de aquel planeta eran mucho más florecientes que la anémica vida vegetal de color azul. Los microorganismos nativos acabaron con cualquier intento de competencia de sus congéneres terrestres. El intento de sembrar el suelo del planeta con flora bacteriana de tipo terrícola, con el fin de ayudar a las plantas de la Tierra, fracasó.

Vlassov agitó la cabeza:
–De todos modos, no iba a servir de nada. Si nuestras bacterias sobreviviesen, sería únicamente adaptándose a la presencia del amoníaco.
–Las bacterias no van a ayudarnos –dijo Sandropoulos–. Necesitamos las plantas; ellas son las que tienen sistemas de fabricación de oxígeno.
–Podríamos fabricarlo nosotros mismos –dijo Petersen–. Podríamos electrolizar el agua.
–¿Y cuánto tiempo nos duraría nuestro equipo? Si pudiésemos conseguir que nuestras plantas prosperasen, eso equivaldría a estar electrolizando agua constantemente, poco a poco, pero año tras año, hasta que el planeta se rindiese.
–Entonces, tratemos el suelo –intervino Barreré–. Está podrido de sales de amoniaco. Sacaremos las sales y dejaremos un suelo limpio de amoniaco.
–¿Y qué hay de la atmósfera? –preguntó Chou.
–En un suelo limpio de amoniaco quizá sobrevivan a pesar de la atmósfera. Ya casi lo consiguen sin eso.

Trabajaron como posesos, pero sin lograr ver un final a sus esfuerzos. Ninguno de ellos creía verdaderamente que fuera a funcionar y, aunque lo hiciese, no había futuro para ellos. Pero el trabajar ayudaba a pasar los días.

En la siguiente época de siembra tenían su suelo libre de amoniaco, pero las plantas terrestres seguían creciendo enfermizas. Incluso colocaron domos sobre algunas plantas y bombearon en su interior aire libre de amoniaco. Sirvió de algo pero no fue suficiente. Ajustaron la composición química del suelo de todas las maneras que les era posible, No obtuvieron premio.

Las débiles plantas producían sus pequeñas vaharadas de oxígeno, pero no era bastante para alterar el equilibrio de la atmósfera de amoniaco.

–Un empujón más –dijo Sandropoulos–, uno más. Estamos haciéndola tambalearse; se tambalea; pero no podemos derribarla.

Su equipo y herramientas se desgastaron y fueron fallando con el tiempo, y el futuro fue terminando para ellos. Cada mes tenían menos posibilidades de maniobra.

Cuando por último llego el final, fue con una premura que casi era de agradecer. No sabían qué nombre darle a aquella debilidad y aquellos vértigos, que nadie suponía que fueran debidos a un envenenamiento directo del amoniaco. 

Sin embargo, estaban viviendo de las algas que habían formado parte del sistema hidropónico de la nave, y durante aquellos años era posible que las algas hubieran sufrido una contaminación  del medio ambiente.

O tal vez hubiese sido la obra de algún microorganismo nativo que, al fin, hubiese aprendido cómo alimentarse de ellos. Aunque quizá hubiese sido un microorganismo terrestre, mutado bajo las condiciones de un mundo extraño.

Así que tres murieron por fin aunque, afortunadamente, lo hicieron sin sentir dolor. Estaban contentos de irse y poder dejar aquella inútil lucha.

Chou dijo en un susurro casi inaudible:
–Es tonto perder de esta manera.

Petersen, el único de los cinco que seguía en pie (¿sería inmune a aquella dolencia, fuera la que fuese?) volvió su rostro dolorido hacia su único compañero con vida.
–No mueras –le dijo–. No me dejes solo.
Chou trató de sonreír.
–No tengo elección, pero puedes seguirnos, viejo amigo. ¿Para qué luchar? Ya no tienes herramientas, y no hay forma de vencer, aunque quizá no la hubo nunca.

Aún así, Petersen combatió la desesperación final, concentrándose en la lucha contra la atmósfera. Pero su mente estaba cansada y su corazón desgastado, y cuando Chou murió a la hora siguiente, se quedó con cuatro cadáveres que eliminar.

Miró los cuerpos, evocando los recuerdos, volviendo hacia atrás (ahora que estaba solo y se atrevía a llorar) hasta llegar a la misma Tierra, que había visto por última vez en una visita hacia once años.

Tendría que enterrar los cuerpos. Rompería las azuladas ramas de los árboles nativos desprovistos de hojas y construiría cruces con ellas. Encima, colgaría el casco espacial de cada hombre y recostaría contra ella los cilindros de aire. Cilindros vacíos para simbolizar la lucha perdida.

Un sentimiento estúpido dedicado a hombres a los que ya no les importaba, y para ojos futuros que quizá jamás llegasen a verlo.

Pero en realidad lo estaba haciendo para él mismo, para mostrar respeto por sus amigos y también por sí mismo, pues no era el tipo de hombre que no se cuidase de sus amigos muertos mientras le fuera posible.

Además...

¿Además? Se sentó cansado, pensando durante un rato.
Mientras siguiera vivo lucharía con las herramientas de que dispusiese y enterraría a sus amigos.

Enterró a cada uno de ellos en un punto del suelo libre de amoniaco que habían logrado con tanto trabajo; los enterró sin sudario y sin ropa alguna, dejándolos desnudos en el suelo hostil, a merced de la lenta descomposición que producirían sus propios microorganismos antes de que también ellos muriesen por la inevitable invasión de los bacterioides nativos.

Petersen colocó cada cruz, con su casco y cilindros de aire, la aseguró con piedras y se volvió, hosco y triste, para regresar a la nave enterrada en la que ahora vivía solo.

Siguió trabajando y, al fin, también a él le llegaron los síntomas.

Se metió trabajosamente en su traje espacial y salió a la superficie en lo que sabía que sería su última visita.

Cayó de rodillas en los espacios cultivados. Las plantas terrestres se veían verdes. Habían vivido mucho más que nunca antes. Tenían un aspecto lozano, incluso vigoroso.

Habían tratado el suelo, cuidado la atmósfera, y ahora Petersen había utilizado la última herramienta, la única de que ya disponía, y también les había dado fertilizantes...

De la carne, en lenta descomposición, de los terrestres, salían los productos nutritivos que estaban proporcionando el último empujón. De las plantas terrestres surgía el oxígeno que derrotaría al amoniaco y sacaría al planeta del inexplicable nicho ecológico en el que se había visto encerrado.

Si los terrestres volvían alguna vez (¿cuándo?, ¿dentro de un millón de años?) se encontrarían con una atmósfera de nitrógeno/oxígeno y una flora limitada que recordaría extrañamente a la terrestre.

Las cruces se pudrirían y descompondrían, el metal se oxidaría y convertiría en polvo. Quizá los huesos se fosilizasen y quedasen para dar una pista de lo que había sucedido. Tal vez fueran hallados sus informes, que había dejado sellados.

Pero nada de aquello importaba. Si no encontraban ninguna de esas cosas, el planeta mismo, todo el planeta, sería su monumento.

Y Petersen se recostó para morir en medio de la victoria de aquel grupo de terrestres.

Draco, Draco - Tanith Lee

A veces habrán oído ustedes contar historias sobre hombres que lucharon contra dragones y los mataron. Todas son mentiras. No existe espadachín viviente alguno que haya matado jamás a un dragón, aunque sí algunos, ya muertos, que lo intentaron.

Y, sin embargo, en cierta ocasión viajé con un tipo que se ganó el sobrenombre de «Exterminador de dragones».

¿Un misterio? No. Se lo voy a contar.

Yo me dirigía hacia el sur, procedente del norte, de regreso a la civilización como quien dice, cuando le vi sentado en la cuneta del camino. Debo admitir que la primera sensación que experimenté fue la envidia. Era delgado e iba muy limpio para alguien que había estado en las zonas salvajes, y tenía todo el aspecto de un sureño acostumbrado a las ciudades, los baños y el dinero. 

También estaba loco, porque llevaba oro en las muñecas y en una oreja. Pero llevaba una aguda espada gris, una espada del ejército, de modo que quizá fuera perfectamente capaz de defenderse. También era más joven que yo, y bastante más guapo, aunque esto último no es nada difícil. Me preguntaba qué estaría haciendo cuando, despertando de su ensoñación, levantó la cabeza y me vio, mirándome con aspecto tosco, oscuro y poco afable, como una pieza retorcida de ropa vieja, mientras yo me acercaba montado en mi pequeño caballo.

—Saludos, extranjero. Hace buen día, ¿verdad?

Habló con una actitud relajada y, de algún modo, uno podía deducir que, en efecto, era capaz de cuidar de sí mismo. No es que él creyera que yo era inofensivo, no. Se trataba más bien de que todo su aspecto reflejaba su convicción de que podría arreglárselas si yo trataba de hacer algo. Yo llevaba conmigo la caja de sustancias que suelo llevar. La mayoría de la gente dice de mí que soy una especie de médico, gracias al aroma de las medicinas y las hierbas. 

Mi padre estuvo con los romanos, y quizá fuera el último romano de todos, con un pie en el barco, dispuesto a regresar a casa, y el otro con mi madre, apoyado contra el muro del corral. Ella decía que él era un médico de campamento, y quizá tuviera razón. 

En mí se fue desarrollando también una cierta idea de convenirme en médico, aunque, desde luego, no fue nada grandioso. Un farmacéutico itinerante es bienvenido en casi todas partes y puede lograr que hasta los bandidos se comporten civilizadamente. No es un estilo de vida nada maravilloso, pero es el único que conozco.

Admití ante el joven y elegante soldado que, en efecto, hacía un buen día, y añadí que, posiblemente, le gustaría aún más si no hubiera perdido su caballo.

—Sí, es una lástima. Pero siempre me puedes vender el tuyo.

—Este no es de tu estilo.

Él contempló la pequeña yegua y observé que hacía un gesto de asentimiento. Se me ocurrió pensar que podía matarme y quedarse con el animal, de modo que dije:

—Y todo el mundo sabe que me pertenece. Su posesión representaría un descrédito para ti. Tengo amigos en todas partes.

Él sonrió bonachonamente, con naturalidad. También tenía una dentadura en buen estado. Eso, y el pelo del color de la cebada y todos los detalles de su aspecto..., bueno, era de la clase de hombres que suele conseguir lo que quiere. Sentí curiosidad por saber en qué ejército había servido para haberse ganado aquella espada. 

Pero desde que las águilas huyeron hay reinos por todas partes, jefes, cabecillas, caballeros romanos, y toda marea trae consigo una invasión en cualquier playa. Y, bajo todo eso, uno puede sentir la tierra, el verdadero suelo, que ha sido medido y sobre el que se han construido buenos caminos. Una tierra que ha sido dominada, pero nunca sometida y que empieza a estremecerse. Como las sombras que surgen en cuanto se apaga una lámpara. Se trata de cosas antiguas, cosas que de algún modo están en mi sangre, de forma que no tengo problema alguno en reconocerlas.

Pero él era como una moneda recién acuñada que aún no conocía la suciedad, y que tampoco había tenido oportunidad de aprender mucho, aunque uno podía ver su propio reflejo en ella, y también cortarse con sus bordes.

Se llamaba Caiy. Finalmente, llegamos a un acuerdo y montó detrás de mí, sobre la grupa de «Negra». Donde yo nací hablaban un latín elemental y yo la llamé así incluso antes de conocerla, debido a su color oscuro. No pude denominarla por su fealdad, que es su otro y único atributo visible.

Lo cierto es que no me gustaba nada deambular por la zona de aquella manera. Uno o dos días antes me habían dicho que había sajones por la región hacia la que me dirigía, de modo que en ocasiones abandonaba los caminos y no tardaba en perderme. Cuando encontré a Caiy me agradaba el camino por el que cabalgaba, con la confianza de que condujera a alguna parte útil. 

Sin embargo, unos quince kilómetros después de que él se uniera a mí, el camino se perdía por entre un bosque. Mi pasajero también andaba perdido. Se dirigía hacia el sur, lo que por allí no era nada sorprendente, pero la noche anterior su caballo había roto las riendas mientras descansaban y se había perdido, dejándole en la estacada. No parecía una excusa muy convincente, pero no tenía ganas de discutir al respecto. Tuve la impresión de que alguien se lo había robado y Caiy no estaba dispuesto a confesarlo.

No había forma de rodear el bosque, de modo que seguimos el camino y éste se acabó en pleno bosque. Como era verano, los lobos serían escasos y los osos andarían por las colinas. De todos modos, los árboles producían una sensación que no me gustaba nada, sombreados y silenciosos, con el sonido de pequeñas corrientes de agua que parecían cadenas metálicas, y de pájaros que no cantaban, pero que aleteaban y saltaban. «Negra» ni relinchaba ni se quejaba —si hubiera esperado a conocerla mejor, le habría puesto un nombre relacionado con su valor y su afectuosidad—, pero tampoco parecía sentirse muy segura en medio de aquel bosque.

—Huele mal —dijo Caiy, que había sido lo bastante amable como para no comentarlo respecto a mí—, como si algo estuviera pudriéndose, o fermentando.

Gruñí. Pues claro que olía mal. ¿Qué se creía aquel tonto? Pero el olor le puede decir muchas cosas a uno. Cosas sobre los siglos. Allí estaban las sombras que habían regresado en cuanto Roma apagó su lámpara y se retiró, dejándonos envueltos en sombras.

Y entonces, Caiy, el idiota, empezó a cantar para sustituir a los pájaros que no lo hacían. Tenía una voz agradable, clara y brillante. No le dije que dejara de hacerlo. Las sombras ya sabían que nosotros estábamos allí.

Al llegar la noche, el bosque oscuro se cerró sobre nosotros como la puerta de un sótano.

Encendimos un fuego y compartimos mi sopa. Él también había perdido sus provisiones con el caballo.

—¿No deberías atar eso... tu caballo? —sugirió Caiy intentando no insultar a mi yegua, puesto que sabía que éramos buenos compañeros—. Mi caballo estaba atado, pero algo lo asustó y rompió las riendas y echó a correr. Me pregunto qué pudo haber sido —musitó, mirando el fuego.

Y eso fue lo que descubrimos unas tres horas después.

Yo estaba durmiendo, y soñando con una de mis mujeres, allá arriba, en el norte, y ella me regañaba, tratando de iniciar una disputa, que era lo que siempre hacía por ser más alta que yo y porque le gustaba que le zurrara de vez en cuando para sentirse frágil, femenina y dominada. En el instante en que vació la jarra de cerveza sobre mi cabeza, escuché un sonido procedente del cielo, como una tormenta que no era una tormenta. Y supe en seguida que ya no estaba soñando.

El sonido continuó en tres o cuatro estampidos secos que dejaron el bosque estremecido. Hubo una especie de temblor en el aire, como si los sedimentos se hubieran visto agitados. Y, además, percibí un olor distinto, un olor húmedo y malsano y, sin embargo, hormigueante. Abrí los ojos sólo después de que hubo desaparecido el sonido y los pelos de mi cuerpo se hubieron aquietado a lo largo de mi cuerpo.

«Negra» se hallaba pegada al suelo, con los ojos muy abiertos, pero en silencio. Caiy se había levantado, mirando hacia las copas de los árboles y el cielo sin estrellas. Después, me miró a mí.

—¿Qué ha sido eso, en el nombre del Toro?

Observé que el juramento mostraba su pertenencia al mitraísmo, lo que, en general, significaba a Roma. Me senté, me froté los brazos y el cuello para recuperar mi humanidad y fui a consolar a «Negra». A diferencia de aquel caballo tonto de mi compañero, mi yegua no se había soltado.

—No puede ser un pájaro —siguió diciendo él—, aunque habría jurado que algo ha volado sobre nosotros.

—No, no era un pájaro.

—Pues tenía alas. O..., no, no han podido ser de ese tamaño.

—Sí, pueden tenerlas. Aunque, desde luego, no les llevan muy lejos.

—Farmacéutico, deja de provocar. Si lo sabes, ¡dilo de una vez! Aunque no entiendo cómo puedes saberlo. Y no me digas que se trata de algún sangriento demonio de los bosques, porque no voy a creérmelo.

—No es nada de eso —le aseguré—. Es algo bastante real. Algo natural, a su modo. No es que haya visto ninguno con anterioridad —me apresuré a añadir—, pero sí he conocido a quien lo ha visto.

Caiy ya estaba medio loco, como un chiquillo que no puede solucionar un acertijo.

—¿Y bien?

Supongo que me había irritado lo suficiente como para hacérselo pasar mal, porque me limité a citar un canto sin sentido:

Bis terribilis... Bis appellare... ¡Draco! ¡Draco!

Finalmente, él tuvo que sentarse.

—¿Qué? —preguntó al fin.

A mi edad ya no debería ser tan presuntuoso.

—Era un dragón —dije.

Caiy se echó a reír. Pero lo había visto, y sabía mejor que yo que tenía razón.

Aquella noche no sucedió nada. A la mañana siguiente reanudamos nuestro camino y encontramos una senda estrecha, y el bosque empezó a aclararse. Poco más de un kilómetro después salimos a un páramo. El terreno bajaba hacia un valle, y al otro lado había unas colinas bañadas por el sol. Pero también había algo más.

Naturalmente, Caiy lo dijo primero, como si cualquier cosa nueva le sorprendiera, como si ninguno de nosotros hubiera estado esperándolo de algún modo.

—Este lugar huele mal.

—Hummm.

—No me gruñas, condenado curandero. Huele mal, ¿verdad? ¿Porqué?

—¿A ti qué te parece?

Él meditó un rato, pálido, tras de mí. «Negra» intentó patear la tierra y finalmente desistió.

Ninguno de los dos había dicho nada respecto a lo que había interrumpido nuestro sueño en el bosque, pero cuando le dije que ningún dragón podía llegar muy lejos volando, pues por todo lo que había oído decir sobre ellos eran demasiado grandes y sólo una caprichosa ligereza de sus huesos les permitía levantar el vuelo, supongo que él se lo creyó de veras. 

Y ahora, allí estaban el valle y las colinas, y aquel olor que lo impregnaba todo, un olor extraño, fétido que, en realidad, no podía compararse con nada. Porque era el olor del dragón. Reflexioné un momento. No cabía la menor duda: el dragón salía de patrulla aérea la mayoría de las noches, trazando círculos lo más amplios posible para ver qué había por allí que pudiera convenirle. También había oído decir otras cosas sobre ellos. Aquellas bestias cazaban por la noche, como los gatos. Al mismo tiempo, un dragón tiene los hábitos del cuervo. Es capaz de atacar y matar, pero normalmente mata carroña, cosas muertas o a punto de morir, o inmovilizadas. 

Es ligero, como tiene que ser para poder surcar los cielos, pero la falta de peso queda compensada por la armadura, los dientes y las garras. También había oído hablar de dragones capaces de escupir fuego, aunque esto último no acababa de convencerme. Me parece que es mucho más probable que tales monstruos vivan en cavernas volcánicas, siendo la propia montaña la que arroja el fuego, aunque el mérito se lo lleve el dragón. Pero quizá no sea así. 

Este dragón, estaba seguro de ello, no arrojaba fuego, porque en tal caso el terreno habría estado calcinado en varios kilómetros a la redonda. Había escuchado historias en que eso ocurría así. Y allí no había observado ninguna huella de fuego. Únicamente aquel olor fétido que ya conocíamos tan bien cuando empezamos a bajar hacia el valle, y que nos había impregnado de tal forma que ya apenas nos dábamos cuenta, ni del mal olor ni de nada más.

Le ofrecí toda esta información a mi pasajero. Siguió un prolongado silencio, hasta el punto que pensé que debía de haberse quedado sin habla ante tanta charlatanería por mi parte, pero finalmente dijo con voz muy baja:

—Tú crees en todo eso, ¿verdad?

No me molesté en replicar a algo que era evidente, y me limité a acariciar a «Negra», tratando de hacerla retroceder por el mismo camino por donde habíamos llegado. Pero el animal se mostraba inseguro, y por primera vez muy poco dispuesto a cooperar. De pronto, la fuerte mano de Caiy cayó sobre mi brazo.

—Espera, boticario. Si eso es cieno...

—Sí, sí —le dije, suspirando—. Quieres ir y desafiarlo y convertirte en un héroe.

Se mantuvo firme como el mármol, como si estuviera hablando de alguna mujer a la que él creyera amar. No veía razón alguna para malgastar mi tiempo y mi experiencia con un hombre como él, pero le dije:

—Nadie ha matado nunca a un dragón. Tienen todo el cuerpo blindado con placas, incluso en el vientre. Las flechas y las lanzas rebotan sobre él. Las espadas resuenan y se parten por la mitad. 

Sí, sí —repetí—, habrás oído hablar de hombres que le cortaron la lengua, o que le clavaron una estaca en un ojo. Déjame decirte que si se las arreglaron para llegar a ese extremo, lo único que consiguieron fue encolerizar aún más al bruto. Piensa en el tamaño y configuración de la cabeza de un dragón, tal y como se la representa. Se necesita un buen empuje para que la estaca penetre desde el ojo hasta el cerebro. Y, además, ya sabes que existe la teoría, de que el párpado también está blindado y puede bajarlo con gran rapidez.

—Boticario... —se limitó a decir.

Me pareció que sonaba a una peligrosa advertencia. Sabía qué aspecto debía de tener ahora Caiy. Elegante, noble y loco.

—En tal caso, no seré yo quien te lo impida —le dije—. Bájate, sigue tu camino y que tengas mucha suerte.

No sé por qué me preocupé. Tendría que haberle bajado de la yegua y alejado de allí a uña de caballo, aunque no estaba seguro de que «Negra» pudiera reaccionar con la rapidez suficiente, de lo inquieta que estaba. Pero no fue eso lo que hice, entre otras cosas porque al instante siguiente él tenía su espada junto a mi cuello, y ésta estaba tan afilada que me brotó la sangre.

—Tú eres el sabelotodo —me dijo—. Y parece que sabes mucho más que yo sobre esto. De modo que ahora eres mi guía, y tu escuálido caballo, si es que merece ese nombre, será mi medio de transporte. Así que, adelante los dos.

Eso fue todo. Nunca se me ocurrirá discutir con una espada desenvainada. Durante el día, el dragón estaría tumbado, digiriendo y medio dormido, y por la noche podría buscarme algún agujero donde esconderme. Al día siguiente, Caiy ya estaría muerto y, desde luego, yo habría visto un dragón.

Después de hora y media de marcha durante la que logré convencerle de que envainara la espada y me amenazara con una daga contra las costillas, lo que sería más cómodo para ambos, nos encontramos de pronto con un pueblo de cabañas de troncos. Era del estilo salvaje de los norteños, aunque grande, y no aparecía rodeado por un muro en todas sus partes. En aquel extremo sí que lo había y en la puerta había unos hombres observándonos.

Caiy se sintió ofendido al tener que cabalgar hacia ellos en la grupa del caballo de otro, pero ahora ya sabía lo difícil que le hubiera resultado tratar de manejar a «Negra» por sí solo. Quizá ni siquiera intentó pretender que era su caballo.

Cuando empezamos a recorrer el camino de guijarros que conducía hasta la puerta, saltó del caballo y echó a correr, llegando antes que yo, y empezó a hablar.

Cuando me acerqué le oí anunciar con su tono de voz más dramático y hermoso:

—... Y si eso es un hecho, juro por la Victoria de la Luz que me enfrentaré a esa cosa y la mataré.

Los hombres murmuraban. En aquel lugar el olor del dragón parecía más ácido, más saturado, aunque ya estábamos acostumbrados a él. La pobre «Negra» había estado temblando de terror durante todo el camino. Si teníamos suerte, encontraríamos algún terreno bajo, alguna cueva o lugar fuera del alcance, donde los del pueblo guardaran sus animales fuera de la vista del dragón, de modo que ella pudiera compartirlo con los otros.

Evidentemente, el dragón no siempre había estado activo en aquella región, pues en tal caso ellos no habrían construido su pueblo. No, tendría que haber ocurrido todo como en las historias que había oído contar. Los dragones viven siglos. Y también pueden dormir durante siglos. Sin sospecharlo, el hombre penetra en sus regiones, comienza a instalarse y a construir y a prosperar. Y entonces, el dragón dormido despierta un buen día. 

Se dice que, en ese sentido, son como los volcanes, lo que quizá también ayude a explicar el por qué tantas leyendas afirman que arrojan fuego cuando despiertan.

Lo más interesante de todo, sin embargo, fue que el pueblo no parecía admitir nada de la existencia del dragón, aun a pesar de su olor.

Caiy, una vez tomada la decisión de enfrentarse a él, y temiendo haberse equivocado, empezó a fanfarronear. Los hombres que vigilaban la entrada se asustaron y se volvieron peligrosos. Yo me aproximé, conduciendo a «Negra», señalé mi caja de pociones, y dije:

—Bueno, si no queréis que se mate a vuestro dragón, yo puedo remediar alguno de vuestros otros problemas. Tengo medicinas para casi todo: diviesos, verrugas, dolores de oídos y de dientes, ojos enfermos, enfermedades de la mujer. Aquí tengo...

—Cállate, sapo venenoso —me interrumpió Caiy.

Y, de pronto, uno de los guardias se echó a reír. Y la tensión desapareció.

Diez minutos más tarde nos permitieron cruzar la puerta y, caminando sobre estiércol de vaca y flores silvestres, cuyo olor se veía apagado por el otro olor, fuimos conducidos a la cabaña del jefe.

Fue unas dos horas después cuando descubrimos por qué se habían mostrado inquietos los guardianes ante el aspecto de caballero campeón y dispuesto al rescate de mi compañero.

Al parecer, habían regresado a la forma antigua de hacer las cosas, la propiciación, la víctima propiciatoria. Durante tres años habían estado ofreciendo una víctima al dragón en la primavera y a mediados del verano, cuando era probable que estuviera más activo.

Cualquiera que supiera algo de dragones a través de los libros les habría dicho que no era esa la mejor forma de tratarlos. Pero ellos conocían a su dragón a través del mito. Cada vez que hacían un sacrificio, imaginaban que la bestia era capaz de comprender y apreciar lo que hacían por ella y que, por lo tanto, sería más tratable.

En realidad, el dragón nunca había atacado el pueblo. Había atacado el ganado que pasaba la noche en los pastos, matando vacas viejas o enfermas, o corderos demasiado jóvenes o débiles para correr. También se había llevado a gente, pero sólo a las que estaban mutiladas y solas. 

Como ya he dicho, un dragón suele ser perezoso y prefiere la carroña o aquello que está indefenso. A pesar de que son grandes, no lo son tanto como para perseguir a toda una tribu de hombres. 

Y aunque ni cuarenta hombres juntos serían capaces de herirlo siquiera, podrían agotarlo si se decidieran a atacarlo todos juntos. Finalmente, lograrían que hincara la rodilla y entonces podrían vaciarle el cerebro. Sin embargo, nunca he oído hablar de cuarenta hombres capaces de atacar así a un dragón. 

Los dragones siguen estando rodeados de leyendas de temores nocturnos y misterios espirituales, y últimamente ha surgido una superstición oriental que habla de un poderoso demonio capaz de asumir la forma de un dragón invencible y que, naturalmente, arroja llamas por la boca. De modo que este pueblo, como tantos otros, elige a su víctima propiciatoria, una joven atada a un poste, y la deja allí para que el dragón se apodere de ella. ¿Por qué no? Ella está indefensa y mareada por el terror..., y es joven y tierna. 

Perfecto. Nunca se les podría convencer de que, en lugar de aplacar al monstruo, lo único que hacen con ese sacrificio es animarle a quedarse en la zona. Se puede considerar la cuestión desde el punto de vista del dragón. 

No sólo puede devorar sus cabezas de ganado muertas o enfermas, sino que de vez en cuando también puede darse un banquete con una joven damisela muy jugosa. Los dragones no piensan como los hombres, pero también tienen memoria.

Cuando Caiy se dio cuenta de lo que estaban a punto de hacer aquella noche, tal y como pudimos descubrir, se puso rojo y luego blanco, aunque no de rabia. Él no comprendía más que los del pueblo. Sólo sentía más horror que ellos.

Se levantó y asumió una postura inconscientemente impresionante, y nos aseguró que él salvaría a la muchacha. Lo juró delante de todos nosotros, del jefe, de los hombres y de mí. Y lo juró por el Sol, de modo que supe que estaba hablando muy en serio.

Ellos estaban asustados, pero ahora surgió una esperanza infantil. Aquello volvía a formar parte de su mitología. Toda mitología parece admitir esa línea de conducta: la oscuridad contra la luz, la Batalla Final. Son tonterías, pero es así.

Después de un brindis para sellar el juramento, gritaron alegremente, y el jefe ordenó que se celebrara un festín. A continuación, llevaron a Caiy a ver a la elegida para el sacrificio.

Se llamaba Niemeh, o algo parecido.

Estaba sentada en una pequeña celda. No había sido encadenada, pero un guardián custodiaba la entrada, y no había ventana en la celda. No tenía otra cosa que hacer que entretejer flores, que era lo que hacía, confeccionando guirnaldas para la procesión en honor de su muerte, que se celebraría aquella misma noche.

Cuando Caiy la vio, el color volvió a desaparecerle del rostro.

Permaneció de pie, mirándola, mientras que alguien explicaba que él era su campeón.

Aunque logró ponerme nervioso, en esta ocasión no se lo censuré tanto. La muchacha era la joven más hermosa que haya visto jamás. Joven, desde luego, y delgada, pero con unas formas de mujer perfectas y un pelo largo más rubio aún que el de Caiy, y unos ojos verdes como agua de mar estancada, y un rostro como una de aquellas flores blancas que trenzaba, y una boca dulce.

La miré mientras la joven escuchaba seriamente todo lo que se le decía. Recordé que en las leyendas siempre se elige para la cena del dragón a la muchacha más hermosa y gentil. Y eso es comprensible, pues una joven con un temperamento fogoso podría armar la gorda.

Una vez que Caiy hubo sido presentado y hubo jurado de nuevo por el Sol matar al dragón, ella se lo agradeció. Si las cosas hubieran sido diferentes, ella habría enrojecido y temblado ante la atención que le dedicaba Caiy. Pero ya se hallaba más allá de todo ese juego porque, en realidad, no creía que hubiera nadie capaz de salvarla. Pero, aun cuando debería de haber estado medio muerta de desesperación y terror, aún tenía fuerzas para mostrarse cortés.

Levantó la mirada por encima de la cabeza de Caiy y me miró, y me sonrió de tal manera que me sentí fuera de mí.

—¿Y quién es este hombre? —preguntó.

Todos los presentes parecieron asombrarse, pues se habían olvidado de mi presencia. Alguien que tenía verrugas en la cara recordó que yo había dicho que tenía algún remedio contra las verrugas, y contestó que era un boticario.

Un ligero estremecimiento sacudió entonces todo el cuerpo de la joven.

Era tan joven y tan bonita. Si yo hubiera sido Caiy habría dejado de fanfarronear sobre el dragón y habría encontrado algún medio de engañar a todo el pueblo, tomarla y huir. Pero eso también habría sido estúpido. Aún me queda bastante sangre vieja como para conocer bien esas cosas. 

Ella había sido destinada para el sacrificio y estaba resignada a ello, e incluso ni siquiera soñaba que pudiera ser de otro modo. De vez en cuando, he oído rumores sobre muchachas e incluso hombres elegidos para morir que finalmente escaparon. Pero el destino parece perseguirlos. Pueden ocultarse muy lejos, al otro lado de las grandes colinas, detrás de las extensiones de agua y, sin embargo, siguen sintiendo el peso de la decisión sobre sus almas. Al final, terminan por suicidarse o volverse locos. 

Y esta muchacha, esta Niemeh, haría también algo así. No, nunca podría haberla convencido para huir. Eso no habría servido de nada. Estaba convencida de que debía morir, como si hubiera visto la sentencia escrita por la luz sobre una piedra, y quizá la hubiera visto.

Volvió a dirigir su atención hacia las guirnaldas y Caiy, tenso como la cuerda de un arco, regresó con nosotros hacia la cabaña del jefe.

La carne se estaba asando y la comida fue acompañada de vino y buena conversación. De ese modo, uno puede matar todo lo que se le ponga por delante tantas veces como quiera.

No fue un mal festín. Pero mientras la gente gritaba, y fanfarroneaba y engullía la comida, yo no podía dejar de pensar en ella, encerrada en su celda, escuchando el jolgorio y consciente de la puesta del sol y de cómo sería morir... tal y como tendría que suceder. No comprendía cómo podía soportarlo.

A última hora de la tarde la mayoría estaban durmiendo la mona, y sólo Caiy tuvo el buen sentido suficiente como para salir y despejarse haciendo ejercicios militares en el patio, ante un grupo de embobados admiradores de ambos sexos.

Cuando alguien me tocó en el hombro, pensé que sería Warty después de su cura, pero no. Era el guardián de la celda de la muchacha, quien, en voz muy baja, me dijo:

—Dice que quiere hablar contigo. ¿Quieres venir ahora?

Me levanté y fui con él. Por un momento concebí la esperanza de que quizás ella no creyera necesario morir y que apelaría a mi para que la salvara. Pero en el fondo de mi corazón sabía que no se trataba de eso.

Había otro hombre bloqueando la entrada, pero me dejaron pasar solo, y allí estaba Niemen, sentada, haciendo todavía guirnaldas bajo una lámpara.

Levantó la cabeza para mirarme y sus manos cayeron como dos flores blancas sobre las guirnaldas que había en su regazo.

—Necesito una medicina —me dijo—. Pero no puedo pagarte. No tengo nada. Aunque mi tío...

—No te costará nada—dije apresuradamente.

—Es para esta noche —dijo ella, sonriendo.

—Oh.

—No soy valiente —añadió—, pero esto es algo mucho peor que tener miedo. Sé que voy a morir. Eso es necesario. Pero una parte de mí quiere vivir tanto... Mi razón me dice una cosa, pero mi cuerpo no quiere escuchar. Temo verme invadida por el pánico, resistirme y gritar y llorar... Y no quiero que suceda nada de eso. No sería correcto. Tengo que estar de acuerdo o el sacrificio no serviría de nada. ¿Lo sabías?

—Oh, sí—dije.

—Supuse que lo sabrías. En ese caso..., ¿puedes darme algo, una medicina o una hierba, para que no sienta nada? No me refiero al dolor. Eso no importa. Los dioses no podrán echarme en cara que grite en ese momento, pues no esperan que mi sacrificio vaya más allá del dolor. Sólo necesito algo para no preocuparme, para no querer vivir tanto.

—Una muerte fácil.

—Sí. —Sonrió de nuevo. Parecía serena y hermosa—. Oh, sí.

Bajé la mirada hacia el suelo.

—El guerrero. Quizá lo mate.

Ella no dijo nada.

Cuando levanté la vista, la expresión de su rostro ya no era serena. Estaba al borde del terror. De haberlo visto, Caiy se habría sentido insultado.

—¿Es que no puedes darme nada? ¿No tienes nada? Estaba segura de que tendrías algo. Que habías venido hasta aquí para... ayudarme, para que no tuviera que pasar yo sola por todo esto...

—Mira —la interrumpí—, sí, tengo algo. Justo lo adecuado. Lo utilizo con las mujeres que van a parir, cuando el bebé tarda en nacer y sienten mucho dolor. Actúa bien. Se sienten adormecidas y lejanas, casi como si estuvieran durmiendo. También amortiguará el dolor..., cualquier clase de dolor.

—Sí —susurró ella—, me gustaría algo así. —Y entonces me tomó de la mano y me la besó—. Sabía que lo harías —me dijo, como si yo le hubiera prometido lo mejor y más encantador de la tierra.

Cualquier otro hombre se habría desmoronado ante ella. Pero yo soy más duro que la mayoría.

Cuando me lo permitió, retiré la mano, le hice un gesto afirmativo para infundirle confianza, y salí. El jefe estaba despierto y parlanchín, de modo que hablé un rato con él. Le dije lo que me había pedido la muchacha.

—En el este —le dije—, es bastante habitual darles algo para ayudarlas a pasar lo malo. Lo llaman Néctar, la bebida de los dioses. Ella está de acuerdo, pero es muy joven y se siente muy asustada. No puedes negarle esto.

El jefe se mostró inmediatamente de acuerdo, tal y como yo había confiado. Supongo que si la muchacha se pusiera a gritar por las colinas sería un asunto muy delicado. No había pensado que pudiera haber ningún problema. Por otra parte, no quería que me cogieran dándole una poción a espaldas de todo el mundo.

Mezclé la droga en la celda para que ella lo observara. Se sentía interesada por todo lo que yo hacía, tal y como suelen sentirse los condenados, ávidos de conocer cada detalle que les rodea, incluso cómo cuelga una araña de su tela.

Le hice prometer que se lo bebería todo, pero que no lo tomaría hasta que vinieran a buscarla.

—De otro modo, puede que no durara tanto tiempo. Y no querrás que pierda sus efectos demasiado pronto... ¿verdad?

—No —contestó—. Haré exactamente lo que me dices.

Cuando estaba a punto de marcharme de nuevo, añadió:

—Si puedo pedirles a los dioses algo para ti cuando me encuentre con ellos...

Estuve a punto de contestar: «Diles que se vayan a la porra», pero no dije nada. Ella trataba de mantener intacta su fe en la recompensa, en la inmortalidad.

—Pídeles sólo que se ocupen de ti —le dije.

Tenía una boca tan dulce, tan dulce. Estaba hecha para el amor y para ser amada, para tener hijos y cantar canciones y morir de vieja, tranquilamente, mientras durmiera.

Y habría otras como ella. Otras jóvenes que también serían entregadas al dragón. Puede que al final no quedaran doncellas. El tabú asegura que tiene que ser una virgen para salvaguardar así a cualquier vida no nacida aún. Puesto que una virgen no puede estar embarazada —aunque existe una religión que dice lo contrario, pero no recuerdo cuál—, se estipula que deben ser vírgenes. 

Pero en último término se utiliza a cualquier mujer joven de la que se pueda estar seguro que no está embarazada. Y después escogerán a los chicos. Que es el sacrificio más antiguo que pueda hacerse.

Me crucé con una joven de aspecto lindo e inocente. Recordé haberla visto antes y no pude evitar el preguntarme a mí mismo si ella sería la siguiente. ¿Y quién vendría después de ella?

Niemeh era la quinta. Pero, como ya he dicho, los dragones tienen una larga vida. Y los sacrificios se tienen que hacer cada vez con mayor frecuencia. Ahora se celebraba dos veces al año. Durante el primer año sólo se había celebrado una vez. Pero dentro de un par de años sería con cada estación del año, quizá con tres víctimas durante el verano, cuando la monstruosa criatura estuviera más activa.

Y al cabo de otros diez años se haría un sacrificio cada mes, y para entonces ya habrían aprendido a atacar otros pueblos para raptar a jóvenes de ambos sexos para el sacrificio. Y, además, también habría muchos restos de tipos como Caiy, ex-terminadores de dragones.

Seguí a la joven y bebí una jarra de cerveza. Pero la bebida nunca me ha consolado mucho.

Y ya había llegado la hora de formar la procesión e iniciar la marcha hacia las colinas.

Emprendimos la marcha con la última y dorada luz del atardecer.

El valle era fértil y estaba protegido. La luz del oeste brillaba en los árboles y en las corrientes. Ya existía una especie de camino por el que habría resultado agradable caminar si no hubieran ido adonde iban.

Los últimos rayos del sol también calentaban las laderas de las colinas. El cielo aparecía casi sin nubes, transparente. De no haber sido por el olor del aire, nunca habría podido imaginar uno que algo andaba mal. 

Pero el camino rodeaba la primera cuesta y volvía a subir, y allí, a unos treinta metros de distancia, apareció ante nosotros una colina más alta una de cuyas laderas se perdía en las sombras del fondo, donde nunca llegaba el sol. 

En la parte inferior no había hierba y aparecía llena de cuevas, una de las cuales era mayor que las otras, muy oscura e impregnada de una extraña quietud, como si la luz, los fenómenos atmosféricos y el tiempo se hubieran detenido en su interior. Al contemplar la escena uno se daba cuenta inmediatamente de lo que significaba, incluso con el sol en el rostro y todo el lúcido cielo por encima.

La llevaron hasta aquel lugar en una litera romana que, de algún modo, era propiedad del pueblo. Había perdido el techo y las cortinas, y era más bien una especie de plataforma sobre palos, pero Niemeh se había tumbado en ella, inmóvil y silenciosa. Yo sólo la miré una vez, y observé que tenía el rostro inexpresivo y la mirada de los ojos opaca.

 La pócima que le entregué había actuada con bastante rapidez y ahora ella estaba ya muy lejos de nosotros. Sólo confiaba en que todo lo que sucediera a continuación ocurriera antes de que cambiara su estado actual.

Sus porteadores bajaron la litera al suelo y la extrajeron de ella. Tuvieron que sostenerla, pero ya conocían por experiencia casos de jóvenes debilitadas e incluso fuera de sí en una situación similar. Y supongo que las que se resistían y gritaban tendrían que ser forzadas a beber algún licor fuerte, o quizá dominadas con un golpe.

Todos caminamos un poco más, hasta que alcanzamos una empalizada natural de roca. Aquel lugar proporcionaba cobijo, permitiendo observar la cueva y el terreno situados inmediatamente debajo. Había una charca oscura y maloliente, y a un lado de donde nos encontrábamos, frente a la cueva, había un camino de césped en el que se elevaba un poste de la altura de un hombre de buena estatura.

Los dos guerreros que sostenían a Niemen siguieron caminando con ella hacia el poste. Los demás aguardamos tras las rocas, excepto Caiy.

Todos nosotros nos habíamos adornado con guirnaldas de flores. Hasta yo mismo tuve que ponerme una para no hacer el ridículo. ¡Pero qué más daba! Caiy, sin embargo, no la llevaba. Él era la parte del ritual que, aun siendo arcanamente aceptable, resultaba profana. Y esa era la razón por la que, aunque le permitieran atacar al dragón, no por ello habían dejado de traer a la joven para apaciguarlo.

En el poste había una especie de grilletes. No podían ser de hierro, puesto que hasta un dragón experimentaría alergia a cualquier metal negro en plena noche. Probablemente eran de bronce. Cerraron una de las partes alrededor de su cintura y la otra sobre el cuello. Ahora, únicamente los dientes y las garras podrían sacarla de sus ataduras, trozo a trozo.

Ella se dejó caer sobre los grilletes. Parecía finalmente inconsciente y yo deseaba que así fuera.

Los dos hombres regresaron apresuradamente, subiendo la cuesta y protegiéndose tras la roca, junto con el resto de nosotros. A veces, las historias cuentan que la gente se aleja del lugar en cuanto ha dejado allí a la persona destinada al sacrificio, pero habitualmente la gente se queda para ser testigo de los acontecimientos. Es algo bastante seguro. El dragón no perseguirá a nadie pudiendo disponer de alguien encadenado ante sus narices.

Caiy no permaneció junto al poste. Bajó hacia el borde de la charca contaminada, con la espada en la mano. Estaba preparado. Aunque el sol no podía penetrar en el fondo para arrancar brillo de su pelo o de la hoja de metal, tenía todo el aspecto de una figura grandiosa, heroicamente situada allí, entre la doncella y la Muerte.

Finalmente, el día se desvaneció con rapidez. De pronto, los lomos de las colinas se ensombrecieron y el cielo adquirió primero, tonos lavanda y después una especie de ámbar de tonalidades malva, y aparecieron las primeras estrellas.

No hubo advertencia alguna.

Yo estaba contemplando la charca, donde el dragón acudiría a beber, pensando en la cantidad de inmundicias que debía de haber en ella. De pronto, hubo un reflejo en la charca. No fue nada definido, y venía de arriba hacia abajo, pero el corazón se me subió a la garganta.

Detrás de la roca hubo como un estremecimiento, del mismo tipo que, según me han dicho, se produce en la primera línea de una formación de combate cuando aparece el enemigo. Y, además, otra sensación como cuando se está en el templo de algún dios, invocándole, y éste aparece de pronto.

Hice un esfuerzo para mirar hacia la boca de la cueva. Después de todo, aquella era la noche en que iba a ver a un dragón por primera vez, algo que contar a los demás, tal y como otros me lo habían contado a mí.

Salió reptando de la cueva, centímetro a centímetro, casi apoyado sobre su vientre, como un gato.

El cielo aún no se había oscurecido del todo porque, a menudo, el atardecer del norte parece interminable. Podía ver bien, e incluso cada vez mejor a medida que la sombra que surgía de la cueva avanzaba hacia la charca, donde había un poco más de claridad.

Al principio, no pareció darse cuenta de nada que no fuera él mismo a la luz del crepúsculo. Se dobló y se extendió. Había algo extraño incluso en aquellos movimientos tan simples, algo maligno. Y el tiempo pareció detenerse.

Los romanos conocen un animal al que llaman Elephantus, y recuerdo que un viejo funcionario de una ciudad me describió esa bestia con bastante exactitud, pues había visto una. Yo diría que el dragón no era tan grande como el elephantus. 

En realidad, no era más alto que un caballo de buen tamaño, aunque un poco más largo. Por la forma en que se arrastraba, se curvaba y flexionaba, se enroscaba y giraba la cabeza, su esqueleto parecía muy flexible.

Había muchos mosaicos y pinturas que lo representaban. Y los hombres lo habían representado así desde el principio. Esbelto, ahusado hasta la prolongada cabeza, que también es como la de un caballo, aunque nada parecida, y hasta la cola, aunque no poseía aquella punta en forma de espada que a veces se le atribuye, como si fuera un escorpión. Tenía púas a lo largo de la cola, la columna, el cuello y la cabeza.

Tenía las orejas tiradas hacia atrás, como un perro. Las patas eran cortas, pero eso no le convertía en un ser desgarbado. Siempre se percibía en el monstruo una especie de fantasmagórica flexibilidad, que le daba un cierto aspecto de gracilidad casi insoportable.

Tenía casi el mismo color que el cielo en aquellos momentos, de un gris azulado, como el metal pero apagado; las grandes placas de escamas que le recubrían el cuerpo no brillaban. Los ojos eran negros y, en realidad, no se les veía y, de pronto, emitieron luz de alguna parte y brillaron como dos monedas, como los ojos de un gato sin nada tras ellos, ni cerebro, ni alma.

Había salido a beber, pero había olfateado algo más interesante que el agua sucia de la charca: a la muchacha.

El dragón permaneció allí, estático como una roca, mirándola desde el otro lado de la charca. A continuación, gradualmente, abrió y desplegó las alas que había mantenido hasta entonces a lo largo de sus costados, como abanicos plegados.

Aquellas alas eran enormes, mucho mayores que todo el resto de su cuerpo. Ahora comprendía cómo era capaz de volar con ellas. A diferencia del cuerpo, no poseían escamas y estaban compuestas sólo de piel membranosa, con nervaduras de hueso externo. Se parecían mucho a las alas de un murciélago. Parecía probable que una espada pudiera atravesarlas, dañarlas, pero eso no produciría más que heridas, y lo más probable es que fueran más recias de lo que parecían.

Y entonces dejé de reflexionar. Con las alas aún desplegadas, como un cuervo, empezó a deslizarse rodeando la charca, con los brillantes ojos fijos en el poste del sacrificio.

Alguien lanzó un grito y mis entrañas se retorcieron. Entonces me di cuenta de que había sido Caiy. El dragón casi no se había dado cuenta de su presencia, de tan intensamente como fijaba su vista en el festín, de modo que él tuvo que llamarlo.

Bis terribilis... Bis appellare... ¡Draco! ¡Draco!

Nunca he podido comprender ese canto antiguo, y el latín de Caiy era execrable. Pero creo que da a entender que conocer la existencia de un dragón ya es bastante malo, y que llamarlo por su nombre dos veces es cosa de un maniaco.

El dragón se giró con toda facilidad. Su prolongada cabeza de caballo que no lo es se encontró ante él, y la afilada espada de Caiy lo atravesó de arriba abajo contra la mandíbula. Y ocurrió lo que dicen... las chispas saltaron brillantes en el aire. 

Y entonces la cabeza de la bestia pareció separarse, no a causa de ninguna herida, sino del abismo de sus enormes fauces. Emitió un sonido como un rugido ligero. Su respiración podía ser tan venenosa, tan peligrosa como el fuego. Vi que Caiy se tambaleaba y entonces una de las patas se extendió entre la oscuridad. 

El golpe pareció lento e inofensivo. Lanzó a Caiy a diez metros de distancia, justo al otro lado de la charca. Cayó junto a la entrada de la cueva y permaneció allí, quieto. Aún tenía la espada en la mano. Tuvo que haberla sujetado involuntariamente. Y supongo que en aquel momento también le habría gustado haberse mordido la lengua antes.

El dragón le contempló como si estuviera decidiendo dirigirse hacia él y cenar. Pero se sintió más atraído por el otro olor que había olfateado primero. Sabía que éste pertenecía a una carne más suave y digerible. De modo que ignoró a Caiy, dejándolo para más tarde, y giró de nuevo hacia el poste, descendiendo la cabeza a medida que se acercaba y apagando la luz en sus ojos.

Miré. La noche ya era bastante oscura, pero pude ver, y la oscuridad no pudo mantener cerrados mis oídos, porque también hubo sonidos. No voy a tratar de hacerles ver y escuchar lo que yo vi y escuché. Niemeh no gritó. Para entonces ya estaba completamente inconsciente, estoy seguro de ello. No sintió ni supo nada de lo que la bestia le hizo.

Más tarde, cuando bajé junto con los demás en dirección al poste, no quedaba mucho de ella. La bestia incluso se llevó algunos de sus huesos para roerlos en su cueva. Su guirnalda de flores estaba en el suelo, pues evidentemente el dragón no sintió el menor interés por adornarse con ella. Y las flores pálidas habían dejado de ser pálidas.

Ella se había mostrado de acuerdo, y no había tenido que soportarlo. He visto cómo los hombres hacían cosas mucho peores, y para los hombres sí que no existe excusa posible. Y, no obstante, nunca odié a ningún hombre como odié al dragón, con un odio tenebroso, mortal y nauseabundo.

La luna se elevaba en el cielo cuando todo terminó. El monstruo se dirigió de nuevo hacia la charca y bebió a grandes tragos. Después, se dirigió de nuevo hacia la cueva. Se detuvo junto a Caiy, lo olisqueó, pero no tenía prisa alguna. Tras haberse alimentado tan bien se sentía perezoso. Se introdujo en el agujero negro de la cueva y desapareció de la vista, poco a poco, tal y como había surgido.

Caiy se levantó entonces del suelo, apoyándose primero en las manos y las rodillas hasta incorporarse del todo.

Nosotros, los observadores, nos extrañamos. Le habíamos creído muerto, pero al parecer sólo había quedado conmocionado, según nos dijo más tarde. Lo bastante como para no haber podido levantarse y plantarse ante el dragón antes de que éste terminara su festín. Él se encontraba más cerca que ninguno de nosotros. 

Dijo que había enloquecido —como si ya no lo hubiera estado antes—, y así, aturdido y estupefacto como estaba, se incorporó y siguió al dragón al interior de la cueva. Y en esta ocasión tenía la intención de matarlo, sin importarle lo que le ocurriera a él.

En nuestro refugio tras la roca, nadie había dicho una sola palabra, y nadie habló tampoco ahora. Nos sentíamos todos como en una especie de comunión, en un trance. Nos inclinamos hacia delante mirando atentamente hacia la boca oscura de la cueva por donde habían desaparecido ambos.

Los ruidos empezaron quizás un minuto más tarde. Fueron bastante extraordinarios, como si todo el interior de la colina estuviera estremeciéndose. Pero era el dragón, desde luego. Al igual que el olor que despedía, los sonidos que hacía son indescriptibles. Podría decir que su aspecto era parecido al de un elephantus, un gato, un caballo o un murciélago. Pero los gritos y rugidos... no. 

Jamás había escuchado nada parecido, ni sabido de nadie que contara nada semejante. Hubo, sin embargo, otros ruidos, como el producido por un gran montón de cosas revueltas. Y piedras que se desmoronaban y caían.

La gente empezó a sentirse excitada o histérica. Algo así no había ocurrido nunca. Cualquier sacrificio solía ser predecible.

Se incorporaron y empezaron a gritar, a gruñir y a invocar la protección sobrenatural. Y entonces se produjo el silencio en el interior de la colina, y las gentes del pueblo guardaron igualmente silencio.

No recuerdo cuánto tiempo transcurrió. Parecieron meses.

Entonces, de pronto, algo se movió en el umbral de la cueva.

Hubo gritos de temor. Algunos de los presentes iniciaron la huida, aunque volvieron poco después, cuando se dieron cuenta de que los otros se mantenían inmóviles, señalando y lanzando exclamaciones que no eran de angustia, sino de pavor y respeto. Porque, en efecto, era Caiy y no el dragón quien emergía de la cueva.

Caminaba como un hombre que ha permanecido mucho tiempo sin aumento ni agua, con la cabeza inclinada, los hombros caídos, las piernas apenas capaces de sostenerle. Bordeó la charca y la espada se le deslizó de la mano, cayendo al agua. Después, subió tambaleándose la cuesta y se encontró ante nosotros. Entonces, logró levantar un poco la cabeza y pronunció la frase que nadie había esperado escuchar nunca.

—Está... muerto —dijo Caiy y se desmoronó en la inconsciencia, bajo la luz de la luna.

Utilizaron la litera para transportarle hasta el pueblo, puesto que Niemeh ya no la necesitaba.

Permanecimos en el pueblo durante unos diez días. Caiy ya se había recuperado por completo al tercero, y puesto que no hubo señales del dragón ni de día ni de noche, un grupo se dirigió hacia las colinas y encendieron antorchas y penetraron en la cueva para asegurarse.

Estaba efectivamente muerto. Lo podrían haber confirmado sólo por el olor, completamente distinto al anterior y limitado al interior y a los alrededores de la cueva. Ya en la segunda mañana había desaparecido el olor característico del dragón en todo el valle. Y uno podía percibir el olor de las cabras y el heno, del aguamiel y la carne sin lavar y de una veintena de variedades de flores.

Yo no entré en la cueva. Sólo me atreví a acercarme hasta el poste. Sabía que era seguro, pero sólo quería estar una vez más allí donde los pocos huesos que quedaban de Niemeh aparecían desparramados sobre la tierra. Y no sé por qué sentí esa necesidad, puesto que nada se puede explicar a los huesos.

Hubo regocijo y fiestas por todo el valle. Los hombres acudieron desde lugares apartados, con aspecto de salvajes. Querían contemplar a Caiy, el exterminador del dragón, tocarle para poder tener suerte. El no hacía más que reír. No había resultado gravemente herido, y a excepción de unos cuantos cardenales estaba perfectamente, pasando la mayor parte del tiempo en el henil, acompañado de muchachas complacientes, que seguramente afirmarían más tarde que sus retoños eran hijos del héroe. El resto de su tiempo estaba borracho en la cabaña del jefe.

Al final, cogí a «Negra», la alimenté con manzanas, y le dije que era el mejor caballo del mundo, algo que ella ya sabe es una mentira y no lo que le digo en otras ocasiones. Emprendí el camino alejándome tranquilamente y dejando que Caiy siguiera el suyo, pero apenas me había alejado unos centenares de metros del poblado cuando escuché el retumbar de los cascos de un caballo. Me alcanzó y puso su cabalgadura al paso junto a la mía. Por fin montaba un animal decente, la mejor yegua del establo del jefe, sin duda alguna, y me sonrió, señalándome dos pellejos llenos de cerveza.

Acepté uno y continuamos alejándonos juntos.

—Supongo que te encantarán las delicias de mi compañía — le dije al fin, casi una hora después, cuando ya se veía el bosque al otro lado de la pradera.

—¿Cómo podría ser de otro modo, boticario? Hasta lograste que desaparecieran mis ansias insaciables de robarte tu caballo. Ahora tengo mi caballo propio, el más hermoso.—

«Negra» le dirigió una mirada de soslayo como si hubiera querido morderle. Pero él no prestó atención. Trotamos durante un par de kilómetros más antes de que él añadiera—: Y también hay algo que quiero preguntarte.

Me mostré cauteloso y esperé a descubrir lo que pudiera venir a continuación. Finalmente, él dijo:

—Por tu profesión debes conocer una o dos cosas sobre cómo están ensamblados los cuerpos. Me refiero al dragón. Parecías saberlo todo sobre los dragones.

Gruñí, pero Caiy no hizo el menor caso de mi gruñido. Empezó a describir cómo había entrado en la cueva, algo que ya había contado más de trescientas veces en la cabaña del jefe del poblado. Le escuché con atención.

La entrada de la cueva era baja y horrible, y no tardaba en abrirse para formar una caverna. Había una luz fantasmagórica, más que suficiente para ver, y el agua corría por aquí y allá a lo largo de las paredes y sobre el suelo de piedra.

En el centro de la caverna, brillando como si fuera de plata sucia, estaba tumbado el dragón, sobre un montón de trastos, tal y como suelen acumular los dragones. En eso son como los cuervos y las urracas, que se sienten intrigados por las cosas y se apoderan de ellas para llevarlas a sus nidos y tumbarse encima. 

Los rumores de acumulación de cosas deben proceder de esto, pero habitualmente la colección no tiene el menor valor; se trata de cuchillos rotos, cristal impuro que ha brillado en algún momento bajo la luna, brazaletes robinados de alguna víctima, todo ello mezclado con sus propios excrementos y con huesos fragmentados.

Cuando vio todo aquello, el temerario corazón del héroe se le cayó a los pies. Pero hubiera hecho todo lo posible para acuchillar al dragón en el ojo, la raíz de la lengua, la abertura situada bajo la cola, aunque éste le destrozara por completo mientras tanto.

—Pero no tuve que hacerlo —me dijo Caiy entonces.

Esto, desde luego, no lo había dicho en el poblado. No. Había contado a las gentes las cosas normales, la afortunada embestida y el cerebro partido, y los rugidos de muerte, que por otro lado todos habían escuchado. Si alguien hubiera observado que su espada no estaba manchada de sangre... Bueno, la había dejado caer en la charca, ¿no?

—Mira —siguió diciendo Caiy—, estaba allí, tumbado y medio moribundo, y entonces comenzó a estremecerse de un lado a otro y experimentó una especie de espasmo. Algo cayó de la acumulación de trastos... una pieza se desprendió de golpe del blindaje, creo que era dorada... Y yo sentí náuseas y me desvanecí. Cuando recuperé el conocimiento, el dragón estaba tendido y tan muerto como la carne que comimos ayer.

—Hmmm —dije—. Hmmm.

—La cuestión —siguió diciendo Caiy mirando hacia el bosque y no a mí—, es que tuve que haberle hecho algo fuera de la cueva, cuando le di el primer golpe. Tuve que haberle dislocado algún hueso. Me dijiste que sus huesos no tienen médula. De modo que puede ser algo concebible. Un golpe afortunado que, sin embargo, tardó un tiempo en producir sus efectos.

—Hmmm.

—Porque... crees que lo maté, ¿verdad? —me preguntó Caiy con suavidad.

—Siempre ocurre así en las leyendas —contesté.

—Pero antes me dijiste que, en la realidad, un hombre no puede matar a un dragón.

—Uno lo hizo.

—En tal caso tuvo que haber sido algo que le hice fuera de la cueva. O quizá tenía los huesos frágiles. Ese primer golpe que le di...

—Es muy probable.

Hubo otro silencio. Después, Caiy dijo:

—¿Crees en algunos dioses, boticario?

—Quizá.

—¿Estarías dispuesto a jurar por ellos y llamarme «Exterminador del dragón» ? Digámoslo de otro modo: tú has sido de una gran ayuda, y no quiero darle la espalda a mis amigos... a menos que me vea obligado a ello.

Tenía la mano cerca de la espada, pero en realidad la verdadera espada estaba en sus ojos y en su voz serena. Caiy tenía que considerar ahora su reputación, pero yo no tenía reputación alguna, de modo que juré y le llamé «Exterminador del dragón», y cuando nuestros caminos se separaron mi pellejo estaba intacto. El se marchó a disfrutar de su gloria en alguna parte a la que yo nunca quise ir.

Bueno, he visto un dragón y, en efecto, tengo mis dioses. Pero cuando hice aquel juramento ya les advertí para mis adentros que probablemente lo rompería, y por otra parte ellos están acostumbrados a mí. No esperan de mí que me comporte con honor o como un caballero. Así son las cosas.

Caiy nunca llegó a matar al dragón. Fue Niemeh, la pobre y gentil Niemeh quien lo mató. En mi profesión, uno aprende cosas capaces de curar, de hacer dormir, de lograr un sueño prolongado que no conoce despertar. 

En este bendito mundo hay algunas miserias que sólo pueden terminar con la muerte, y cuanto más rápida sea ésta tanto mejor. Ya les dije que yo era un hombre duro. No pude salvarle, y ya expliqué por qué. Pero estaban todos aquellos que podrían haber seguido su misma suerte. Otras Niemehs. E incluso otros como Caiy. 

En la pócima que le entregué, puse sustancia suficiente como para arrancar la vida de cincuenta hombres fuertes. No le dolió, y no mostró que estaba muerta antes de que tuviera que estarlo. El dragón la devoró, y con ella ingirió la droga que yo le había proporcionado. Y fue así como Caiy se ganó la fama de exterminador del dragón.

Y eso no fue ningún misterio.

Y, bien, no he considerado la idea de hacer de eso una profesión. Cualquier cosa terrible es suficiente que ocurra una sola vez. Los héroes y los caballeros necesitan sus desafíos imposibles. Yo no estoy destinado a aparecer en ninguna canción romántica de bardo alguno, eso ya lo deben saber. Nunca me encontrará nadie en las colinas del norte gritando:

—¡Draco! ¡Draco!