Lo más cerca que había estado Garzón de un
modelo de alta costura fue el día que lució su traje de Primera Comunión. Mi
caso no era muy diferente; claro que, al menos, yo conocía la existencia de
pasarelas, diseñadores, colecciones de invierno y hasta había oído hablar de
Yves Saint-Laurent. El subinspector, no. Lo de colección le sonaba a sellos, la
pasarela a puente y a Saint-Laurent hubiera podido confundirlo con un mártir
francés. Puede que fuera debido a ese obvio desconocimiento de la materia por
lo que levantó ampollas nuestra designación. Todos los compañeros acusaron al
comisario Coronas de injusticia: «¿Por qué ellos y nosotros no?» era la
pregunta. Por una vez se morían de ganas de trabajar; en especial los jóvenes,
todos unos esnobs que se gastan la pasta en zapatos italianos, y camisas de
marca, y para quienes la palabra «diseñador» está muy por encima de cualquier
otro quehacer. Supongo que es cosa de épocas, en realidad. En la mía el
esnobismo era harapiento, con lo que al menos ahorrábamos y podíamos seguir
denostando al Capital. En tiempos del subinspector.... bueno imagino que con
tener una buena bufanda para pasar la posguerra ya podía uno sentirse
feliz.
Para que nos adjudicaran este caso supuso una
ventaja ser mujer. El comisario pensó que nosotras estamos más cercanas a la
moda, el costurero, la aguja y el dedal. Podía pensar lo que quisiera, no iba a
ponerme a discutir. Aunque en realidad toda aquella excitación alrededor del
caso no era tanto por el diseño como por estar cerca de las bellas modelos que
teóricamente nos rodearían por doquier. Pero nada resultó tan idílico y lo que
conseguimos fue cargar con un caso que conllevó un gran trabajo y acabó siendo
difícil de resolver.
Habían matado a una chica, una modelo
profesional. Apareció tendida por la mañana en el taller del diseñador por el
que estaba contratada. Yacía sobre el lago de su propia sangre, alta y hermosa,
como una zancuda a quien un cazador furtivo hubiera disparado sin piedad. Le
habían pegado un tiro en el corazón. Según el forense, a las doce de la noche
del día anterior. El arma era una pistola que el diseñador conservaba en el cajón
de una mesa por seguridad. Nunca la había usado. Estaba tirada junto al
cadáver, sin ninguna huella dactilar.
Cuando aparecimos por el taller el propio
diseñador salió a recibirnos envuelto en lágrimas, nervios y un kilométrico
fular. Todo aquello era trágico, impensable, patético. Que hubieran asesinado a
Luz Ribó, una belleza en plena juventud, ya era espantoso de por sí, pero
encima la cosa sucedía en su mismo establecimiento, y a dos días vista de que
se presentara la nueva colección.
-¿Se da cuenta,
inspectora?, dígame qué puedo hacer. No hay más remedio que seguir adelante, y
¿cómo puedo yo trabajar en medio de una conmoción tan espantosa? Estoy
destrozado por el dolor y ¡hay periodistas apostados en cada esquina de la
calle!
-¿Conocía bien a la chica?
-¿Está bromeando? ¡Yo la formé, trabajaba
casi exclusivamente para mí! ¡Era como mi hija!
-¿Cómo pudo
entrar por la noche en su taller?
-¡Tenía una
llave! Yo me fío de mi gente, inspectora. ¿Usted no?
Un tipo curioso,
el tal Pepín Rodríguez, modisto reputado, nervioso, frágil, de ademanes
exagerados y teatrales... Me negaba a caer en el tópico del diseñador gay, pero
a veces nada hay más seguro que un buen tópico. Solo con preguntarle a uno de
sus empleados ya tuve la confirmación de mi sospecha. «¿Que si es gay Pepín?»,
fue su respuesta y en ella flotaban los aires de obviedad. «¿Cristóbal Colón?,
descubridor de América, naturalmente». Perfecto, de ese modo podíamos descartar
la relación pasional entre el modelador y su modelo. Ya se sabe que las
pasiones no hacen sino enmarañar. Claro que la pasión no era del todo
eliminable tratándose de una mujer tan bella. En cualquier caso el modisto
tenía coartada. Había cenado en su casa con dos amigos. Ambos se hallaban
dispuestos a testificar. Lo harían sin duda alguna, pero de momento nos
disponíamos a empezar por la familia como hacíamos siempre.
Luz estaba independizada, vivía en un
apartamento del barrio de Sarriá. Los registros que allí efectuamos no nos
dejaron conocer ningún rasgo oculto de su carácter. Parecía una muchacha normal
y corriente cuya vida se centraba en el trabajo. Leía algunos libros de temas
variados, coleccionaba revistas de moda, alguna de decoración, y oía música
moderna en su nuevo y flamante compact disc. En las paredes del dormitorio se
alineaban posters de los personajes más contradictorios entre sí: el Papa, Brad
Pitt, Martina Navratilova, Che Guevara... Pero todos estamos habituados al
eclecticismo de los mitos, de modo que pocas enseñanzas pueden sacarse sobre
las ideas de una persona que los selecciona quizás al azar. Distribuidas por
toda la vivienda había muchas fotos enmarcadas: Luz en un desfile, Luz con
otras modelos al lado de Pepín, Pepín y Luz en una fiesta, Pepín solo con un
trofeo en las manos... Estaba claro que el modisto era algo más que su patrono,
quizás debiéramos considerarlo como su mentor.
Nada hacía pensar que la chica tomara drogas,
llevara una vida desordenada o estuviera conectada a algún tipo de marginación.
A la vista de su apartamento tampoco le faltaban medios económicos. Seguros de
que de allí no sacaríamos nada más, pasamos a visitar a la familia. En ese
punto se acabó el ambiente de sofisticación. El matrimonio Ribó y sus dos hijos
adolescentes vivían en la calle Virrey Amat, un barrio de clase trabajadora de
los más despersonalizados de Barcelona. El padre era conductor de autobús. De
lo primero que fuimos testigos fue de la absoluta desolación que reinaba allí.
El menguado piso estaba lleno de gente: vecinos, amigos, familiares, todos se
sentaban en sillas y suspiraban, al tiempo que había un curioso tráfico de
mujeres que servían refrescos y tazas de café. Pedimos hablar con los padres a
solas. Estaban devastados, como si sobre ellos hubiera caído una inundación o
un terremoto. A duras penas conseguían mantener la dignidad. Fue la madre quien
reunió el coraje suficiente para responder a nuestras preguntas mientras su
marido tenía la mirada fija en la pared.
Tal y como habíamos previsto, el relato de
las circunstancias y la personalidad de Luz estaba altamente idealizado. Su
hija poseía un montón de virtudes, todos los perfiles de un cuadro angelical.
Era amable, bondadosa, buena hija, cariñosa, trabajadora y responsable. A ellos
nada les faltaba, pero, sin embargo, la chica siempre se había empeñado en
ayudarles con alguna cantidad al mes. Y les hacía regalos: un gran televisor de
pantalla panorámica, motocicletas para sus hermanos, anillos de oro... De vez
en cuando interrumpía su enumeración para llorar.
-¿Cómo empezó su hija en el mundo de la moda,
señora Ribó?
-El señor Pepín
puso un anuncio en el periódico pidiendo modelos y ella se presentó. Como era
tan guapa la escogieron.
-¿La escogió el señor Pepín personalmente?
-Sí, y entonces
la envió a una escuela de modelos para que aprendiera. Él se lo pagó todo, dijo
que tenia muchísimo futuro. Luego le dio trabajo en su empresa.
-¿Siempre se ha
portado bien con ella?
-¿Bien?, era como su segundo padre.
-¿Ustedes lo conocen?
-Lo hemos visto
un par de veces.
-¿No ha venido
por aquí a darles el pésame?
-Llamó por
teléfono ayer. Dice que está tan destrozado que no puede ni acercarse a nuestra
casa, que cuando se encuentre más repuesto nos telefoneará.
-Entiendo. Una
pregunta más. ¿Sabe usted si su hija tenia algún novio o salía con alguien?
-Creo que no.
-¿Cree?
-Mi hija estaba
siempre muy ocupada, venía a visitarnos y nos contaba que se pasaba la vida
trabajando. Viajaba al extranjero, hacía sesiones de fotos, ni siquiera podía
tener amigas como cualquier chica de su edad.
En ese momento el
padre de la chica se echó a llorar inopinadamente.
-Si hubiera
tenido una profesión normal aún estaría viva. Si hubiera sido dependienta, o
camarera.
La mujer se
volvió bruscamente hacia él.
-¿Quieres dejar
eso ya? ¡Quién sabe lo que podría pasar si las cosas fueran de otra manera,
pero son como son!
-Yo no quería que
se hiciese modelo.
-Tú hubieras
querido que viviera como yo, toda la vida metida en casa y sin un duro.
-Señores, por
favor... -intenté cortar cualquier posibilidad de discusión enconada. El hombre
volvió a mirar a la pared. Y así lo dejamos, mirando a la pared dura y vacía
con la que sin duda volvería a encontrarse cada mañana durante el resto de su
existencia.
-Un asunto feo,
¿verdad? -le comenté a Garzón cuando salíamos.
-No pinta nada
bien.
-Si no hay
motivos pasionales, ni drogas, ni temas familiares...
-Permítame
decirle, inspectora, que está siendo anticuada e incluso sexista. Suponer que
porque se trate de una mujer solo puede haber familia, sexo o caída en la
debilidad... ¿Qué me dice del trabajo? Podemos encontrarnos ante un caso de
espionaje industrial, de celos profesionales...
-¡Caramba,
Fermín, hoy juega usted fuerte!, ¿está pretendiendo darme una lección?
-Ninguna que no
haya recibido antes de usted.
-Muy bien, de
acuerdo, touchée; pero reconózcame al menos que matar por espionaje no es lo
corriente.
-Tampoco estamos
en una profesión habitual. Usted sabe que esos diseñadores son como artistas.
Imaginemos que Pepín Rodriguez, después de haber criado a esa chica a sus
pechos, es un decir, descubre que está pasándole información de sus nuevos
modelos a la competencia. ¿No podría haber sufrido una reacción temperamental?
-¡Carajo!, creí
que no sabía nada sobre modas.
-Usted siempre
tiende a creer que soy como un oso en la caverna pasando la hibernación.
Lo miré con
sorna.
-Imposible,
Garzón, sería usted incapaz de resistir todo un invierno sin comer.
Un poco de
esgrima siempre es positivo. ¿Hasta cuándo me sorprendería mi compañero? No
tenia ni idea de si su conjetura podía ser atinada, pero lo sustancial de ella
era que apuntaba a Pepín, Sin duda el protagonismo del modisto en la vida de su
modelo resultaba lo suficientemente llamativo como para convertirlo en un
sospechoso. Siempre he desconfiado de las personas que modelan a otras
personas, me parece un proceso envenenado de raíz. Los pigmaliones acaban por
creerse con derechos sobre sus criaturas, y éstas tienden a pensar que todo se
lo deben a su mentor.
-No olvidemos que
el crimen se cometió con la pistola de Pepín. Aunque no haya sido él el
asesino, quien la haya cogido sabía en qué sitio del taller solía guardarla.
¿Ha investigado si tiene licencia?
-La tiene –dijo
Garzón-. Y justamente la reflexión que usted hace me inclina a pensar en un
problema profesional.
-Pero el
diseñador tiene coartada; por cierto, una coartada en la que debemos
profundizar. ¿Ha conseguido las direcciones de los amigos que cenaron con él?
-Sí. ¿Quiere que
los cite en comisaría?
-Esperemos un
poco, me inclino a empezar por las compañeras de trabajo de Luz. Habrá que
verlas a todas. ¿Le parece adecuado?
-Me parece de
perlas.
-Estaba
convencida.
Las chicas eran siete. ¿Compararlas con siete
flores resultaría cursi? Me temo que sí; inexacto, además. En realidad eran
como siete tallos firmes, enhiestos, flexibles, ondulantes. «La naturaleza es
injusta», pensé al ver tanta belleza reunida. Garzón no estaba de acuerdo, por
supuesto, o al menos tales injusticias no lo hacían sufrir. Se movía entre ellas
con un deje coqueto o, siguiendo con la comparación campestre, como un
distinguido abejorro encantado de mariposear.
El interrogatorio
a que las sometimos se hallaba cortado por el mismo patrón. Preguntábamos qué
tal relación tenían con la muerta, si habían observado cambios en su vida o en
su carácter últimamente, si conocían a sus amigos, si tenían datos que las
hicieran sospechar de alguien en concreto. Lo malo era que sus respuestas se
alineaban en idéntica uniformidad. Conocían a Luz, naturalmente, pero no tenían
con ella vínculos amistosos especiales, ni sabían qué tipo de personas
frecuentaba, aunque imaginaban que no salía demasiado. Eso se revelaba como
característica constante, y una de las chicas acertó a explicárnoslo muy bien.
-Nosotras apenas
hacemos vida social. Viajamos, tenemos compromisos profesionales, vamos al
gimnasio para estar en forma, no salimos por la noche, no bebemos alcohol, no
podemos asistir a cenas ni a comidas porque solo tomamos lechuga y comida
light... En fin, ya lo ven, no hay tiempo para los amigos.
-Detesto la
comida light... --comentó Garzón-, aunque me lo propusieran mil veces nunca me
haría modelo.
La chica sonrió
divertida, lanzando una mirada de soslayo a la pinta juncal de mi compañero.
Luego se volvió hacia mí y añadió:
-¿Han hablado con
Lena? Lena y Luz se llevaban bien, eran amigas. Seguro que ella sabe más cosas
sobre su vida.
Lena tenía el
cuerpo espigado como las otras, los hombros altos, el talle estrecho. Mostraba
una boca carnosa, quizá siliconada, y de su actitud emanaba un desprecio sutil,
un cierto desencanto.
-¿Que si éramos
amigas?, pues sí, hablábamos en los ratos libres.
-¿Cómo era Luz?
-Alegre, más
lista que estas otras.
-¿Qué quiere
decir?
-Mire, en este
oficio todas empezamos creyéndonos que un buen día aparecerá un productor de
Hollywood y nos propondrá pasarnos a hacer películas. Pero solo unas pocas nos
damos cuenta pronto de que eso no sucederá. Luz era de esas pocas.
-Y, por supuesto,
usted también.
-Sí, yo también.
Sé que puedo seguir tirando profesionalmente tres o cuatro años más. Se gana
dinero y no es un mal trabajo, pero soy una modelo del montón y tengo claro que
esto no va a durar toda la vida. En cuanto tenga un poco de pasta ahorrada, mi
proyecto es poner una buena tienda de jerseys.
-¿Era Luz de su
misma opinión?
-Era más clásica,
confiaba en el matrimonio. Pensaba que la solución pasaba por encontrar un buen
marido rico.
-¿Y se aplicaba a
ello?
-¡Qué va, era un
desastre! ¿Han visto esas comedias antiguas americanas que pasan por
televisión? Siempre tratan de chicas guapas que aspiran a casarse con un
millonario y acaban enamorándose de un pelagatos encantador. Pues Luz hacía lo
mismo.
-¿Tenía novio?
-Yo le he
conocido tres. Bueno, en realidad solo me presentó a dos. Del último me dijo
algo, pero poco. Se había enamorado como una loca de él, esta vez de verdad.
Pero no se atrevió a presentármelo, quizá sea basurero o algo peor... ¿Es guapo
por lo menos, inspectora?
-No sabemos de
quién habla, Lena. Nadie ha aparecido diciendo que es su novio y la familia nos
aseguró que Luz no salía con ningún hombre.
Lena se quedó
desconcertada. Sus grandes ojos ribeteados de negro me taladraron.
-¿Está segura de
la existencia de ese muchacho? -le pregunté.
La voz le tembló
un poco.
-No sé, la
verdad, me deja de una pieza. Que los padres no supieran nada es normal, nunca
les contaba mucho; pero que el tipo no se haya presentado... ¿Se habrá enterado
de que está muerta?
-Si la llama a su
casa verá que no está, lo normal es que pregunte por ella en el trabajo.
-Iré a investigar
si han dejado recados desde ayer --terció Garzón y se ausentó un momento. Al
cabo de cinco minutos volvió negando con la cabeza.
-¿Quién podría
conocer a ese chico, Lena?
-Le aseguro que
no lo sé.
-¿Quizás Pepín?
-Ni hablar. Pepín
la tenía dominada, peor que un padre era. Los otros dos novios se los ocultó.
-¿Y qué me dice
de la pistola, quién sabía que estaba en ese cajón?
-¡Todo el mundo,
inspectora!, era cosa de cachondeo. A mí me parecía que tenerla cargada era una
barbaridad. Alguna vez la habían sacado las chicas para gastar bromas. Se lo
avisé a Pepín, pero como es así...
-¿Cómo?
-¡Bah, un poco
despreocupado!, aunque es un buen hombre, la verdad.
-¿Tiene alguna
idea de quién mató a Luz?
-No, ni se me
ocurre. Pero le aseguro que ha sido un mazazo para mí. A veces pienso que todas
acabaremos igual.
-¿Cómo puede
decir algo semejante?
-Nosotras nos
exhibimos, inspectora, salimos en las revistas y hay tanto loco suelto...
-Muchos menos de
los que cree, se lo garantizo, De la locura no hay que esperar grandes males,
existen otras cosas que dan mucho más miedo.
Salimos del taller con
un ligero encogimiento de corazón. Yo decía que la chica era realista, pero el
subinspector la englobaba en un pesimismo casi anormal. Daba lo mismo, su
testimonio fue útil, como lo fueron los datos que nos dio para localizar a los
novios de Luz. A todos menos al tercero, naturalmente. Preguntamos a todo el
mundo en el taller y nadie sabía nada de ningún muchacho que alguna vez hubiera
ido a recoger a la muerta, ni que la hubiera llamado, ni que el último día se
hubiera presentado de improviso.
-Los fantasmas son
invisibles, inspectora.
-Siempre lo son por
algún motivo.
-La chica lo ocultaba
a los demás.
-¿Por qué?
-Para no perder su
trabajo. Las modelos con novio están mal vistas.
-En eso modelos y
policías somos iguales.
Localizar al primer novio de Luz fue casi tan
fácil como descartarlo. Era vendedor de electrodomésticos y desde hacía un año
había sido trasladado por su empresa a
una tienda de Valencia. Garzón lo confirmó y su propio jefe le dijo que el
joven había estado trabajando normalmente en las fechas del crimen. Punto final
a su carrera de sospechoso. La carrera del novio segundo era bastante más
prometedora. Se llamaba Ernesto Guzmán y estaba al frente de un establecimiento
de alquiler de películas de vídeo. El día que asesinaron a Luz realizaba el
turno nocturno que empezaba a las ocho y acababa a la una de la madrugada.
Aparentemente su coartada era perfecta. Sin embargo, Garzón y yo pensábamos que
podía tener agujeros. ¿Quién nos aseguraba que algún amigo no le había hecho el
favor de quedarse una hora en la tienda sustituyéndolo? Una hora no era mucho tiempo,
pero sí el suficiente como para llegar hasta el taller de Luz, discutir con
ella por motivos amorosos, coger la pistola del cajón (no sería la primera vez
que estaba allí), y volver a la tienda con el tiempo justo para cerrarla. ¿Por
qué a Garzón y a mí nos daba por pensar algo semejante? Sin duda por la actitud
de Guzmán, estaba celoso y resentido contra la muerta. Al parecer ella lo había
abandonado por el enamorado fantasma, no hubo transición del uno al otro. Con
una sonrisa irónica y crispada Guzmán nos lo contó.
-Se presentó
diciéndome que había conocido a alguien y que eso cambiaba las cosas. Así, por
las buenas, como si yo fuera un empleado al que se pudiera despedir.
-¿Le dijo quién
era ese alguien?
-No, ni a mí me
interesaba saberlo.
-¿Le comentó
algún detalle?
-¿Qué pasa, creen
que lo ha hecho ese hijo de puta?
-Limítese a
contestar, es muy importante.
-Solo me dijo que
era un tío que estaba más de acuerdo con su mundo. ¿Qué les parece?, su
mundo... como si ella perteneciera a una clase superior. Total era una
desgraciada igualito que yo, me había contado que su padre era conductor de
autobús. ¡Menuda nobleza! Miren, la verdad es que si no hubiera sido tan guapa
a lo mejor no hubiera pasado nada de esto. Se salió de lo que le correspondía y
esa ha sido su perdición.
Le pedí a Garzón
que alguien siguiera a aquel hombre las veinticuatro horas del día. Empezamos
también a investigar quién había entrado o salido de la videoteca de las doce a
la una del día de autos para verificar si Guzmán estaba al frente. Garzón era
escéptico ante estas precauciones.
-Este tipo no se
la ha cargado, inspectora, no la Pondría tan verde delante de nosotros.
-Seguramente
piensa que es eso lo que vamos a creer. Además, lo mismo dijo el padre de la
chica y seguro que no se la cargó: «Si no hubiera sido modelo ... ». la ve cómo
son ustedes los hombres, subinspector, en cuanto una mujer se libra de su
destino miserable...
-Yo creo que es
más bien una cuestión social. Cuando uno de clase baja se libra de su destino
miserable...
-No le digo que
no, pero si hubiera sido un hombre al que se hubieran cepillado nadie le
hubiera echado en cara medrar. Al contrario, hubieran dicho que se defendía
bien en la vida.
-¿De verdad
piensa eso, inspectora?
-No estoy muy
segura.
-Entonces no me
joda y sigamos trabajando.
No era un
prodigio de tacto, mi compañero, pero sus análisis tampoco estaban tan mal.
Además, llevaba razón en lo del trabajo. Dejar pasar el tiempo tras los
primeros días de un crimen es alejar la posibilidad de una resolución. Nos
fuimos a comisaría donde habíamos citado por turno a las dos personas que
declararon haber estado con Pepín Rodríguez la noche del asesinato. Debíamos
llevar a cabo una comprobación más minuciosa.
El primero de
ellos era su viejo amigo de toda la vida, también diseñador, aunque de ropa
masculina. En nada se parecía a Pepín. Era gordo, fuertote, relajado, aunque
por el modo en que gesticulaba y andaba vestido tampoco podíamos albergar dudas
de que era gay. Sus pestañas aleteaban más que la Paulova en El lago de los
cisnes, movía las manos al estilo minué y exhibía una camisa brillante con
tantas chorreras como un buen jamón. Corroboró la coartada de su colega,
aquella noche los había invitado a cenar para enseñarles los nuevos diseños de
la colección que preparaba.
-Y fuimos
encantados, desde luego, son más de veinte años de amistad. ¿Le ha contado
Pepín que somos del mismo pueblo? Nadie daba nada por nosotros cuando salimos,
todo eran bromas de mal gusto, escarnios y luego ya ve, han tenido que
callarse. Claro que hablo de otros tiempos, la gente era muy atrasada, cuando
se lo explico a Lolo ni siquiera se lo cree, pero él es tan joven aún...
-¿Lolo?
-¡Ay, sí,
perdone, por Dios!, Manolo García, es el chico que está fuera para pasar a
declarar. Lo llevé conmigo a la cena de esa noche. No crea que le gusta venir a
nuestras cenas, dice que somos unos carrozas que no paramos de hablar de cosas
del pasado, pero como no tenía nada mejor que hacer... Él también es modelo, la
joya de mis muchachos.
-¿Vive con usted?
Se quedó
mirándome con aire de escándalo. Soltó una carcajada de falsete.
-¡Por favor,
inspectora, qué indiscreción!, usted ya sabe cómo son estas cosas, él tiene su
apartamento. Además, ¿qué es eso de vivir?: vivir, amar, quizás soñar...
Nos regaló con
un nuevo arpegio de su voz atiplada.
-Muy bien, señor
Masrovira, tendrá que venir otro día a firmar su declaración.
Manolo García
corroboró la versión de su jefe. Era un chico extremadamente guapo, pero estaba
violento y cohibido. Comprendí que aparecer en público como el amante protegido
del orondo Edelio Masrovira no debía ser plato de gusto para él. Salió de
nuestro despacho corriendo como el viento, dejando tras de sí una estela de
perfume excesivo que formaba una mezcolanza infame con el perfume excesivo
anterior.
-Hemos topado con
la Orden de la Mariconería en pleno, ¿no le parece, inspectora?
-El tal Edelio
debe ser el Gran Maestre.
-¿Y qué me dice de
Pepín?
-Pues que ya va
siendo hora de interrogarlo como Dios manda. Vamos a su taller, con la coña de
la colección se pasa la vida allí encerrado. Estoy convencida de que Luz debió
contarle algo de su novio fantasma.
-¿Ha pensado que
se trate de un hombre importante?, recuerde las palabras de Guzmán: era alguien
Más cercano a su mundo.
-Pepín sabrá si
alguno de sus clientes tuvo contacto con ella.
-A lo mejor no
quiere escándalos y está intentando protegerlo.
-¿Le parece poco
escándalo tener un cadáver en la colección de invierno? Les presentaremos el
modelo Mortaja, con acabado en crepé y delicado canesu.
Garzón se
estremeció y me miró ceñudo.
-¡Carajo, Petra!
Con todos los respetos, hay veces que no entiendo su sentido del humor.
El taller de Pepín Rodriguez se había
convertido en un auténtico hervidero. ¡Ni en sus sueños eróticos más
alborotados había podido imaginar Garzón nada igual! Las modelos corrían medio
desnudas de un lado para otro, daban gritos, se sometían a las manos de
costureras y peluqueros. Cuando pasaban a nuestro lado sonreían o nos miraban
con cara de circunstancias. Tenían pieles aterciopeladas y ojos exageradamente
maquillados, dientes blancos. Perdí a Garzón entre aquel trajín, y entonces fue
cuando localicé a Rodriguez dando los últimos toques a la falda de una modelo.
Puso los ojos en blanco al verme.
-¡Por Dios,
inspectora!, ya me extrañaba que no me hicieran ampliar mi primera declaración.
Aunque la verdad es que no he tenido tiempo de extrañarme, ni de pensar
siquiera. Lo cual es perfecto, porque en cuanto presente la colección empezaré
a darle vueltas a lo que ha pasado y me hundiré por completo.
Mientras hablaba,
pinchaba alfileres sobre la túnica que lucía una chica angulosa.
-¿Podemos hablar
en privado un momento?
-Le advierto que
con mis niñas no tengo secretos.
-Por favor.
Me siguió de mala
gana hasta un rincón después de haber dado un montón de indicaciones a la
modista que lo sustituyó en la labor de pruebas.
-¿Han averiguado
algo? -me preguntó cuando estuvimos solos.
-Señor Rodríguez,
las pistas que tenemos nos llevan a pensar en los novios de Luz.
Dio un respingo
malhumorado.
-Los novios,
naturalmente, los novios, ese era su punto flaco; se lo advertí más de mil
veces, la avisé, pero no me hizo caso.
-¿Estaba usted al
corriente?
-¡No!, ¿cree que
me hubiera dicho algo? Ella sabía que esta profesión exige una entrega total
durante unos años, ¡como si hubieras ingresado en un convento! yo no sabía
nada, pero veía cosas, me imaginaba otras. Sí, los novios, los dichosos novios.
¿Quién les ha contado eso?
-Lena, su
compañera.
-Se hicieron muy
amigas. Fue mala influencia para Luz. Es una chica rebelde, follonera, que
frecuenta ambientes poco recomendables. Le he soportado demasiadas cosas. Acabo
de despedirla.
-¿Por qué?
-La gota que
colma el vaso. Vino con la pretensión de organizar un plante si no se
garantizaba a las modelos su seguridad. ¡Imagínese, a un día de la
presentación! He contratado a una modelo de agencia. Nadie es insustituible.
-Lo lamento por
ella.
-¿Les ha dicho
quiénes eran esos novios?
-No ha sido una
información completa. A ese respecto pensábamos que quizás usted pudiera
ayudarnos.
-Ya ve que no.
-¿Existe la
posibilidad, aunque no esté seguro, de que Luz hubiera empezado a salir con
algún cliente, o quizás algún director de empresa, alguien importante en el
mundo de la moda?
Se quedó parado
un momento, pensando.
-¡Y quién sabe,
era tan inconsciente que igual llegó hasta a eso, el más grave de los errores!
Espero que si se trata de uno de mis clientes o del marido de una clienta
actúen ustedes con la máxima discreción.
-No se preocupe,
pero no tendré más remedio que pedirle una lista de esos clientes habituales.
-No me hace
ninguna gracia pero se la daré, supongo que no puedo permitirme el lujo de
obstruir la Justicia.
Había esperado
más resistencia. Iba a agradecerle su colaboración cuando sonó mi teléfono
móvil. Aprovechó la ocasión para volver a sus jóvenes diosas. Era Coronas, el
comisario.
-¿Petra? Al
parecer han pescado a una de las modelos del tal Pepín Rodríguez intentando
comprar una pistola en los bajos fondos.
-¿Cómo se llama?
-Lena no sé qué.
Deberían venir ahora mismo, la tenemos en comisaría.
Cuando acudí a
buscar a Garzón lo hallé en una situación inverosímil. Rodeado de una buena
docena de modelos en quasí desabíllé, estaba contándoles algo que las mantenía
ensimismadas por completo. Él se encontraba en idéntica actitud de embeleso, ni
siquiera me vio.
-¿Puedo
interrumpir la investigación, subinspector?
-¡Ah, sí, Petra!;
en realidad solo estábamos charlando. Estas señoritas se interesan por el
funcionamiento de la policía y ya sabe, es un deber ciudadano informar.
-Soy consciente
de ello.
En el coche tuve
la persistente sensación de que mi compañero no me escuchaba del todo, inmerso
aún en su minuto de gloria entre pimpollos.
-¿Le parece Lena
una sospechosa aceptable?
-Es aceptable
cuando no hay nada seguro.
-¿Por qué demonio
estaría intentando comprar una pistola?
La respuesta que
nos dio la detenida fue simple: «Tenía miedo».
-Ha habido un
asesinato y ustedes no consiguen averiguar quién ha sido. Supongo que tengo
derecho a protegerme.
-¿De quién?
-¡No sé de quién!
Ya ve cómo es este asunto, nosotras somos como el ganado, se nos explota y
luego a la calle. Puede haber algún loco asesinando modelos por ahí.
-¿Quién le dijo
dónde comprar una pistola?
-Tengo buenos
amigos.
-Eso nos dijo
Pepín Rodríguez.
-¡A saber qué les
habrá dicho Pepín! ¿Y él, no puede haber matado él mismo a Luz? Al fin y al
cabo no lo he visto demasiado triste por esa muerte; sigue pensando solo en su
jodida colección.
-Él estuvo
cenando esa noche con el diseñador Edelio Masrovira y otro amigo.
-¿Con ese cerdo?
Garzón se
impacientó.
-Mire Lena, puede
que se encuentre usted resentida y asustada; pero con todo esto no vamos a
ninguna parte. Ni insultos ni críticas van a librarla de sus responsabilidades.
-¡Yo tampoco lo
pretendo, pero no me da la gana de pasar por una delincuente y que todos esos
tíos vayan de respetables! Puede que Edelio sea un diseñador muy importante,
pero también es un baboso que cada vez que ha venido por el taller ha intentado
tocarme y besuquearme. Así que no retiro lo de cerdo.
Nos quedamos
sorprendidos y callados. Por fin mi compañero preguntó quedamente:
-¿Y por qué haría
una cosa así?
Incluso disculpé a la hermosa Lena cuando le
respondió pletórica de sorna:
-¿Usted qué cree,
subinspector?
No digo que nos
dejáramos seducir inmediatamente por la posibilidad que Lena apuntaba, pero lo
cierto fue que, sin librarla de sospechas, su comentario airado sobre Edelio
abrió una puerta frente a nosotros que nos dispusimos a franquear. No sería la
primera persona que le daba a ambos sexos. Al fin y al cabo, la opción de Lena
como asesina no nos convencía a ninguno de los dos. Le faltaba un móvil
adecuado. Solo la eventualidad de que Edelio fuera el novio invisible de Luz
nos alargaba los dientes de placer. Claro que entonces Pepín Rodríguez debía
haber mentido para proporcionarle una coartada, y lo mismo el joven amante de
Edelio. Pero, entonces, ¿por qué la mató? -Ella lo amenazó con un escándalo, o
quizás incluso estaba siendo víctima de un chantaje. ¿Y qué me dice de la
siguiente conjetura?: Lena y Luz, hartas de los acosos de Edelio, se
compincharon para ligárselo y después sacarle pasta. El tipo reaccionó mal y se
la cargó. Eso explicarla que Lena esté asustada y que no confiese toda la
verdad.
Escuché
atentamente la teoría de Garzón. Tenía miga. Lo malo era que, para iniciar la
averiguación, debíamos estar seguros de la bisexualidad del sujeto. Garzón
estuvo investigando en el entorno de Edelio durante un par de días, y lo mismo
hice yo en varios bares de ambiente gay que Pepín frecuentaba. Pero determinar
las preferencias de alguien por vía interpuesta es muy complicado, y si la via
es policial muchísimo más. El subinspector no encontró a nadie dispuesto a
mojarse. «¿Que si Edelio es gay?, quizás. ¿Que si le gustan las mujeres?, ¡y a
quién no!» Un montón de frases tan ambiguas como el motivo que las provocaba.
Yo no tuve más suerte. Los camareros de los bares de alterne habían perdido la
memoria al unísono, todos victimas de la conocida amnesia protectora del
cliente.
-No hay más
remedio que echarle cojones, inspectora.
-¡Ay, por favor,
Garzón, no utilice esos términos tratándose de temas semejantes!, dígame
simplemente qué propone que hagamos.
-Una emboscada a
Edelio. Lo convocamos a comisaría, lo acorralamos y le decimos que Lena ha
confesado. Juraría que es batalla ganada, ya verá.
-Joder, un
procedimiento muy poco legal, y encima arriesgado!
-No conozco
estrategia sin riesgo.
-¡Deje de
expresarse como un general!
-¡Y usted deje de
criticar mi manera de hablar y decídase!
Me decidí, y no
sé si fue por causa de la autosugestión, pero el caso es que me pareció que
Edelio entraba en mi despacho acobardado. A Garzón debió parecerle lo mismo
porque en cuanto lo tuvo a tiro aprovechó el momento psicológico y le disparó.
-Hay una
confesión contra usted, será mejor que 1o sepa desde el principio.
Aunque era mayor
y corpulento el tipo dio un salto el, la silla. Se puso blanco al punto,
balbuceó.
-¿Una confesión?
Disculpe, no sé de qué me habla.
-Si que lo sabe,
sí, Lena ha confesado.
Noté que se
desconcertaba.
-¿Y quién es
Lena?
-No disimule, es
una modelo de la agencia de Pepín Rodríguez.
Volvió la cara
hacia mí.
-¿Qué quiere
decir con eso?, no logro entender...
Su expresión de
sorpresa me dio miedo, quizás no era esa la manera, intenté atajar:
-Esa chica nos ha contado que es usted
bisexual, señor Masrovira, espero que comprenda cuál es su postura en estos
momentos y decida hacer lo mejor para usted.
Pero su cara no
perdía el rictus de extrañeza. Pensé que estábamos metiendo la pata de manera
espantosa. Por desgracia Garzón reiniciaba su ataque ya imparable.
-¡No me joda,
Edelio, no finja no entender! Da igual si sabe quién es Lena o no. El caso es
que sabemos que a usted también le gustan las tías y que se cargó a Luz.
-Pero ¿quién les
ha dicho eso?
-¡Acabo de
explicarle que quién es lo de menos! ¡Se le ha caído el pelo y en paz! ¿Qué
hacía la chica, lo chantajeaba o solo lo amenazó con armar un jaleo en los
Periódicos? A lo mejor lo único que hizo fue negarse a follar con usted.
Tenía los ojos
abiertos de par en par. Estaba paralizado, enloquecido de terror. Me miró
buscando protección, movió la boca sin emitir palabras. Yo le devolví la mirada
con total frialdad. Por fin dijo:
-Inspectora... -y
de nuevo alargó sus manos hacia mí. Garzón seguía acosándolo sin pausa.
-Inspectora...
-repitió de modo entrecortado.
-Lo siento,
Edelio, no tiene salida, diga la verdad,
-No fui yo, no
fui yo.
Garzón le pegó un
grito inhumano.
-¡Suelta la
verdad de una puta vez!
Ante mi asombro,
Edelio gritó también.
-¡Basta!
Inspectora, dígale que se calle, por favor, quiero hablar, lo intento, pero no
puedo hacerlo así.
Me acerqué a él y
le puse una mano en el brazo. Él me la cogió con vehemencia.
-Inspectora,
quiero saber si ha sido Pepín quien les ha contado que yo asesiné a la chica.
¿Ha sido él o Lolo?
Completamente a
bulto y al borde del infarto susurré:
-Ha sido él.
Entonces el
diseñador apretó los dientes, se retrepó en la silla e intentó recobrar la
compostura.
-Inspectora, todo
esto es cosa de locos, quiero que me escuche y me crea. Es imprescindible que
me crea, voy a decir la verdad.
Le hice un gesto
a Garzón para que no se le ocurriera proseguir su acoso. Edelio dio un profundo
suspiro dolorido y comenzó su confesión.
-En primer lugar,
quiero que sepan que yo no maté a Luz. Lo único que hice fue secundar una
coartada que nunca existió. Supongo que eso me convierte en cómplice, pero no
en asesino, desde luego. A Luz la mató Pepín, él mismo me lo dijo. Se presentó
en mi casa desesperado; había tenido una terrible pelea con ella y perdió los
estribos, le disparó.
-¿Una pelea, por
qué motivo?
-Cuestión
pasional.
-¿Pero Pepín no
es gay?
-Pepín sí, pero
yo no, tampoco bisexual; puede que sea un solterón, putero incluso, pero solo
me gustan las mujeres, lo digo muy en serio.
-¿Y entonces
Lolo, su joven amante?
-No es mi amante,
sino el de Pepín. Tengo testigos para todo lo que digo. Yo aquella noche me
quedé trabajando en mi estudio hasta las dos de la mañana. El guardia de
seguridad que cuida los apartamentos se lo confirmará, estuvimos charlando un
rato cuando salí.
Garzón se
impacientó.
-un momento, un
momento, no entiendo nada. ¿Quiere aclararnos todo ese lío de amantes y sexos?
-Es muy sencillo.
Pepín estaba muy enamorado de Lolo; eran amantes desde hace más de un año,
aunque lo llevaban con la mayor discreción. Pero un buen día Lolo y Luz se
liaron. No me pregunte cómo pudo suceder porque no lo sé. Quizás el chico sí
era bisexual, aunque yo me inclino a pensar que estaba con Pepín por interés.
No le faltaba de nada con él, ¡hasta yo le daba un trato de favor en mis
colecciones por recomendación de mi amigo! Cuando Pepín se enteró de la
historia se puso como loco, no podía soportar una traición doble: su protegida
y su amor al mismo tiempo. Se demenció, intentó separarlos, los amenazó, pero
la chica le plantó cara. Aquella noche, en una discusión violenta, perdió el
juicio y la mató. Él me juró que no fue premeditado.
-¿Y el chico?
-Al chico
consiguió acojonarlo, le juró que si decía algo lo implicaría que se vería
tirado en la calle haciendo de chapero miserable, que contrataría a alguien
para matarlo también. ¡Qué sé yo!, perdió el juicio, y el chico se avino a
callar.
-¿Y usted?
-Yo me avine a
representar la mascarada de la falsa cena, a hacerme pasar por homosexual
delante de ustedes, a cargar con el falso amante... en fin, todo era horrible,
pero lo hice por amistad.
-Eso cuénteselo
al juez. ¿Y Lena, sabía algo Lena de toda la historia?
-No tengo ni
idea.
-Supongo que Luz
le contó algo. Por eso estaba asustada hasta el punto de intentar comprar una
pistola. ¿Lo entiende Garzón?
-¡Vaya que si lo
entiendo!, hay que joderse ¿eh?
En efecto, había que joderse, una complicada
historia sentimental que fue fácilmente corroborable. Dos segundos después de
hacerle la primera pregunta del interrogatorio a Lolo Sánchez, este se echó a
llorar. Un desmoronamiento en toda regla. Lloró y lloró, y entre lágrima e
hipido, vino a decir lo mal que se sentía y hasta tuvo el cuajo de reflexionar
sobre el triste papel de los modelos profesionales, siempre en manos de los
demás como simples objetos. Al final se maldijo a sí mismo por no haber
demostrado siquiera la dignidad de señalar al asesino de la mujer que amaba.
-¿Pero usted cree
que la amaba? -me preguntó Garzón cuando el caso estaba ya cerrado y tomábamos
una copa en el bar.
-¡Yo qué sé!; en
las historias pasionales todo se mezcla: amor, orgullo, miedo, interés...
-Pues el jodido Pepín ni siquiera después de
haber confesado parecía arrepentido.
-¡Al menos él
actuó, no se dejó manipular como hicieron esos chicos!
-Es verdad, los
ve uno tan guapos, tan sofisticados, tan superiores con su metro ochenta, pero
luego rascas y...
-Porque todos
estamos modelados en barro, Fermín, no hay más.
-¡Ni que lo
jure!; claro que prefiero el barro al plástico, no sé qué pensará al respecto.
-¿Y qué me dice
de uno de esos nuevos materiales?
-¿Un Adán y una
Eva de PVC?
Nos reímos un
rato en plan relajado y seguimos charlando sobre materiales de construcción.
Era un tema neutro e insólito, quizás un antídoto inconsciente contra tanto
barro y tanta carnalidad.