Phryne
Fisher estaba soportando aquella merienda en el Traveller’s Club con la señora
de William McNaughton por un motivo especial. Tampoco es que ese motivo hiciese
más agradable el suplicio, pero sí le daba la fortaleza vertebral necesaria. La
merienda en sí no tenía nada de malo, desde luego: había scones y mermelada de
frambuesa con nata hecha obviamente de leche de vacas felices. Había pastelitos
de colores deliciosos y barquillos de jengibre rellenos. Había té negro de
Ceilán en una tetera grande de plata, y tazas de porcelana fina para tomárselo.
La
única pega de la tarde era la señora de William McNaughton, una mujer pálida,
alicaída, vestida de un gris impropio. La melena de pelo blanquecino se le
escapaba rebelde de las horquillas. Dichos inconvenientes serían fáciles de
subsanar mediante la elección adecuada de peluquero y modista, pero la esencia
sensiblera de la personalidad de esa mujer no tenía remedio. A Phryne la señora
de William McNaughton le recordaba a un postre de gelatina, al álamo temblón y
a otras cosas trémulas, aunque tras esa actitud retraída se escondía auténtico
acero. Aquella mujer mostraba todas las señales del abuso a gran escala: los
ojos macilentos, los movimientos nerviosos, la costumbre de sobresaltarse ante
un sonido repentino. Aun así, había sobrevivido, a su modo. Quizá se encogiese
de miedo, pero no iba a dejar escapar una idea una vez que se hubiese aferrado
a ella, y sabía guardar un secreto o embarcarse en un viaje clandestino. Podría
ocultar su personalidad y sus deseos casi por completo, y ninguna tortura lograría
quebrarle la voluntad a esas alturas, cuando no había muerto a manos de su
pasado. No obstante, pese a haber motivos para ello, Phryne no conseguía que le
cayese bien: ella afrontaba todos los retos de cara, y el último mono es el que
se ahoga.
—Se
trata de mi hijo, señorita Fisher —dijo la señora McNaughton al tiempo que le
ofrecía té a Phryne—. Estoy preocupada por él.
—Bueno,
¿y qué le preocupa? —le preguntó Phryne, mientras vertía el anémico té sobrante
de su taza en el cuenquito destinado a ello, para servirse una infusión más
fuerte—. ¿Se lo ha comentado a él?
—¡No,
no!
La
señora McNaughton se retrajo. Phryne le añadió leche y azúcar al té y lo
removió pensativa. El proceso de descubrir qué era lo que inquietaba a
McNaughton se asemejaba a sacarle un diente a un buey poco colaborador.
—Bueno,
pues cuénteme, a ver si puedo ayudarla —sugirió Phryne.
—He
oído hablar de su talento, señorita Fisher —comentó la señora McNaughton en
tono ingenuo—. Confiaba en que fuese usted capaz de ayudarme sin levantar
ningún escándalo. Lady Rose habla
maravillas de usted. Está emparentada con la familia de mi madre, por si no lo
sabía.
—Ajá
—asintió Phryne con una sonrisa, mientras cogía un barquillo relleno.
Lady
Rose había traspapelado unos pendientes de esmeraldas y estaba segura de que su
sirvienta de toda la vida no se los había robado, lo que contradecía la versión
de su avaricioso sobrino y heredero, así como la de la policía local. La mujer
había contratado a Phryne para encontrar los pendientes, y la detective lo
había hecho en una sola tarde de pesquisas entre los Montes de Piedad de la
zona, donde su sobrino los había empeñado. El muchacho había invertido con poca
prudencia en la cuarta carrera de Flemington, apostando las ganancias a un
caballo poseído por un celo insuficiente e incapaz de amortizar el dinero. Lady Rose había sido menos que generosa
con los honorarios, pero más que generosa con las recomendaciones. Dado que
Phryne no necesitaba el dinero, estaba encantada con el trato. Lady Rose le había dicho a su conocida
cercana: «Puede parecer demasiado moderna y liberal (fuma cigarrillos y bebe
cócteles y creo que sabe pilotar un avión), pero tiene cerebro y buen fondo, y
le doy mi visto bueno sin ninguna duda».
Desde
que había tomado la decisión de hacerse detective, a Phryne no le había faltado
el trabajo. Había encontrado el gatito persa por el que penaba el hijo pequeño
del embajador español. El animal se había dejado seducir por las delicias del
almacén de una pescadería vecina y se había quedado encerrado dentro. Phryne lo
liberó y, después de sufrir tres baños, el gato fue devuelto al admirador que
lo adoraba. Phryne había trabajado tres semanas en una oficina, observando cómo
un empleado de contabilidad desplumaba el almacén y achacaba el déficit a la
ineficiencia de una empleada de ventas. La detective había disfrutado en cierto
modo pillando a ese tipo en concreto. Había vigilado a un marido brutal y
violento durante el tiempo suficiente para obtener las pruebas necesarias que
le permitiesen a su esposa maltratada divorciarse de él; y es que, aparte de
los moratones y los dedos rotos, ella tenía que demostrar un adulterio. Phryne,
que nunca se abstenía de reinterpretar un poco las normas del juego, le había
buscado al adúltero una pareja adecuada entre las muchachas trabajadoras que
conocía, y le había pagado al fotógrafo de su bolsillo. El marido fue informado
de que recibiría los negativos después de la sentencia de divorcio, y todo el
mundo se sorprendió de que un hombre tan obstinado y duro como él pasara por el
proceso de divorcio como un corderito. Su esposa divorciada disponía de medios
para llevar una vida cómoda y, según contaban, era muy feliz.
Como
resultado de todo ese trabajo, Phryne, para su sorpresa, estaba ajetreada y
ocupada y llevaba meses sin aburrirse. Consideraba que había encontrado su
oficio. Físicamente, la imponente lady
Rose había descrito a Phryne como «baja, delgada, con el pelo negro y peinado
en lo que, según me han dicho, es una melena corta, unos ojos desconcertantes
de color verde grisáceo y piel de porcelana. Parece una de esas muñecas
alemanas de madera». Phryne admitía que se trataba de una descripción justa.
Para
la entrevista con la señora McNaughton, había elegido un vestido beis de corte
varonil —que Phryne creía que la hacía parecer la directora de una cárcel de
mujeres— y unos zapatos de color gris pardo con medias a juego. Llevaba un
sombrero de campana, de fieltro y de un discreto color rosa grisáceo.
No
estaba llegando a ninguna parte con la señora McNaughton, quien al teléfono le
había sonado histérica, pero en esos momentos parecía incapaz de ir al quid de
la cuestión.
Phryne
le dio un mordisco al barquillo y esperó. La señora McNaughton —que no le había
pedido a Phryne que la llamase Frieda— tomó un sorbo del té aguado y por fin
soltó lo que le rondaba la cabeza.
—¡Tengo
miedo de que mi hijo vaya a matar a mi marido!
Phryne
se tragó el barquillo con cierta dificultad. No era eso lo que se esperaba.
—¿Por
qué cree tal cosa? —le preguntó Phryne con calma.
La
señora McNaughton tanteó en el interior de su bolso grande de costura, que
había apoyado en el sofá junto a ella, y le dio a Phryne una carta arrugada.
Con uno de los bordes chamuscado, parecía que la hubiesen rescatado del fuego.
Phryne
tuvo cuidado al abrirla, porque el papel era quebradizo.
—«Si
padre no se une a la fiesta, se acabó —leyó en alto—. Quizá haya que
eliminarlo. De todos modos, voy a hablar con él del tema esta noche, así que
deséame suerte, pequeña. —Estaba firmada—. Tuyo siempre, Bill».
—¿Lo
ve? —susurró la señora McNaughton—. Tiene intención de matar a William. ¿Qué
voy a hacer?
—¿Dónde
encontró esto? —le preguntó Phryne—. En la chimenea, ¿verdad?
—Sí,
qué inteligente es usted, señorita Fisher. Mi sirvienta lo vio esta mañana
cuando estaba haciendo las habitaciones; es una copia al carbón. Bill siempre
hace copias de sus cartas. Es muy profesional. Ha quedado con William en tener
un encuentro especial esta noche en el estudio para hablar sobre esa nueva
aventura suya, y yo… —La voz de la señora McNaughton titubeó—… y yo no sé qué
hacer.
—«Eliminar»
podría significar otras cosas, no «asesinar», señora McNaughton. ¿A qué tipo de
aventura se refiere?
—Alguna
cosa relacionada con aeroplanos. Es que Bill es piloto, y ha ganado todo tipo
de carreras y cosas. Como su madre que soy, señorita Fisher, me preocupa mucho
que vuele. Esos aviones no parecen lo bastante fuertes como para mantenerse en
el cielo, y en realidad no me creo que puedan hacerlo, cómo van a poder, si
pesan más que el aire. Bill dirige una escuela en Essendon, señorita Fisher, y
allí enseña a la gente a volar. Pero quiere pedirle capital a William para una
nueva aventura.
—¿Y
de qué se trata? —preguntó Phryne interesada; le encantaban los aviones.
—Quieren
sobrevolar el Polo Sur… Al parecer el Polo Norte está ya muy visto. «Nadie ha
probado aviones allí abajo», me dijo Bill. «No tiene sentido permanecer en
tierra firme. No hay más que hielo y desierto, pero en el aire podemos cubrir
kilómetros en minutos». Y quiere que William invierta dinero en eso.
—¿Y
su esposo no está de acuerdo?
—No
va a hacerlo. Han tenido ya unas peleas horribles por temas de dinero. William
puso el capital para abrir la escuela de vuelo, y la cosa no ha ido bien.
Insistió en ser el presidente del Consejo de Administración de la empresa, así
que todos los meses le pasan los libros, luego manda llamar a Bill y tienen
unas discusiones muy feas por cómo va el negocio. Se enfadó muchísimo por la
compra del avión nuevo.
—¿Por
qué?
—William
dice que una empresa con un problema de liquidez así no puede ampliar capital;
al menos, creo que eso fue lo que dijo. No conozco esa palabrería empresarial,
lo siento. Los dos son hombres grandes, de temperamento fuerte y opiniones muy
firmes. Se parecen mucho. Y es como si llevaran peleándose desde que Bill nació
—sentenció la señora McNaughton con sorprendente perspicacia—. Amelia se libró
en gran parte de todo eso porque es una niña, y William no espera nada de las
niñas. De todos modos, ella está haciendo ahora sus pinitos en el arte y casi
no para por aquí. Quería una paga para irse a vivir a un estudio, pero William
se negó en firme. «Ninguna hija mía va a irse a vivir como una bohemia», dijo,
y no consintió darle ningún dinero. De todos modos, Amelia se matriculó en la
escuela de arte contra la voluntad de su padre y solo viene a casa para dormir.
No da ningún problema —concluyó la señora McNaughton y cerró el tema de la hija
haciendo un gesto con la taza de té—. Sin embargo, Bill sí se atreve a
discrepar. Le muestra su desacuerdo a William a las claras. No creo que vayan a
llevarse bien nunca, y se comportan como si se odiasen. Todo son desplantes y
gritos, y mis nervios no aguantan mucho más. Ya he tenido que ir a Daylesford,
por las aguas medicinales. Tengo miedo de que Bill pierda los estribos y… y… y
haga lo que ha amenazado con hacer, señorita Fisher. ¿Puede usted intervenir?
—¿Qué
quiere que haga?
—No
lo sé —respondió la señora McNaughton en un gemido—. ¡Algo!
Daba
la impresión de que confiaba en que Phryne sacase una varita mágica. Cuando su
anfitriona pareció estar a punto de estallar, Phryne se apresuró a asentir.
—Bueno,
lo intentaré. ¿Dónde está Bill?
—Estará
en el aeródromo, señorita Fisher. La escuela Altos Vuelos. Es el hangar rojo,
en Essendon. No tiene pérdida.
—Acudiré
ahora mismo —respondió Phryne mientras soltaba la taza—. Y no creo que tenga
usted motivos para alterarse de verdad, señora McNaughton. Me parece que
«eliminar» se refiere más bien a «eliminarlo del Consejo de Administración» no
a «eliminarlo de este mundo». Pero, en cualquier caso, hablaré con Bill.
—Ay,
gracias, señorita Fisher —dijo la señora McNaughton, buscando a tientas las
sales aromáticas.
Phryne
arrancó el Hispano-Suiza, que era su orgullo y su posesión más preciada, y
aceleró de vuelta al hotel Windsor. Había encontrado una casa y estaba de
mudanza y esperaba que ese nuevo hogar fuese tan cómodo como el hotel. El
Windsor tenía todo lo que Phryne necesitaba: estilo, confort y servicio de
habitaciones. Aparcó el coche y corrió escaleras arriba.
—Dot,
¿quieres venirte a dar un paseo en avión? —le interpeló Phryne desde el baño a
su invaluable y fiel asistenta.
Dot,
que había acabado al servicio de Phryne por mediación de un intento de
homicidio, era una joven conservadora que, hasta entonces, había resistido la
tentación de cortarse en una melena su pelo largo y castaño. Se trataba de una
muchacha delgada y sencilla, y en esos momentos llevaba puesta su bata marrón
favorita. A Dot no le gustaba la idea del Hispano-Suiza, y pensar en verse
arrastrada físicamente por el firmamento, lugar en el que solo debería haber
aves y ángeles, no le atraía. Se acercó a la puerta del baño con una cazadora
de cuero, de las de aviación, echada sobre el brazo.
—No,
señorita. No quiero dar un paseo en avión.
—Bueno,
vale, señorita miedosa, ¿qué haces esta tarde? ¿Quieres venir a mirar, o tienes
algún plan interesante?
—Iré
a mirar, señorita, pero no me pida que suba en una de esas cosas. Aquí tiene
sus pantalones de vuelo y la cazadora de cuero. ¿Llevará sombrero, señorita?
—Debería
haber un casco de aviación en el baúl grande.
Phryne
se puso los pantalones, un jersey calentito y unos botines, luego hurgó en el
arcón hasta que encontró lo que parecía un cubo de cuero maltrecho.
—Ya
estamos. Coge un abrigo, Dot, venga. Tenemos que ir a Essendon a hablar con
Bill McNaughton. Regenta una escuela de vuelo. Su madre cree que va a matar a
su padre.
Dot,
habituada a las declaraciones impactantes a las que Phryne era propensa, cogió
su abrigo de invierno azul y siguió a su señora escaleras abajo.
—¿Y
es así, señorita?
—No
lo sé. La madre es la mujer más nerviosa a la que Dios haya dado vida. Tiene
pinta de que el padre y el hijo sean los dos unos camorristas. De todos modos,
ya veremos. Hace demasiado tiempo que no me subo a un avión.
El
Hispano-Suiza rugió cobrando vida. Phryne incorporó el gran vehículo al tráfico
con facilidad y eficacia, y Dot cerró los ojos, como siempre hacía al principio
de un viaje en aquel automóvil. Era tan grande, y tan rojo y llamativo, y el
estilo de conducción de Phryne tan insolente y rápido, que a Dot el conjunto le
parecía muy poco propio de una dama.
Recorrieron
el camino hasta Essendon en poco más de media hora y se detuvieron cerca de un
hangar rojo. Un letrero pintado con esmero las informaba de que aquella era la
ESCUELA ALTOS VUELOS S.R.L., TIT.: W. MC-NAUGHTON.
—Aquí
estamos, Dot, y allá vamos. A lo mejor la entrevista es turbulenta, así que
quédate un poco al margen y prepárate para una retirada rápida.
—¿Por
qué tantas complicaciones, señorita?
—Bueno,
procura pensar en un modo delicado de preguntarle a alguien si pretende matar a
su padre.
—Vaya.
Dot
se arrebujó en el abrigo azul. Era una tarde fría y despejada, con algo de
viento. Perfecta para volar, tal y como comprobó Phryne. Había tres avionetas
más o menos elevadas en el cielo, pilotadas por manos nerviosas y novatas. Un
biplano más grande y más veloz hizo un rápido balanceo de alas y cayó
limpiamente, aterrizando y recorriendo la franja de hierba con el mínimo
rebote. El piloto llevó el aparato hasta su puesto de descanso y se bajó,
gritando a pleno pulmón y entusiasmado:
—¡Qué
encanto de máquina! Controles ligeros y solo un poco pesada de morro, aunque
eso ya me lo advertiste, Bill. ¡Hola hola hola! ¿Quién es esta dama?
Phryne
se acercó lo bastante para extenderle la mano y estrechar el guante del
aviador.
—Soy
Phryne Fisher. He volado alguna que otra vez, pero nunca había visto un aerobús
así. ¿Qué es?
—Lo
ha fabricado la compañía alemana Fokker. Uno de estos sobrevoló el Polo Norte
montado en unos esquís. Jack Leonard, señorita Fisher. Encantado de conocerla.
Este es Bill McNaughton. El avión es suyo.
Phryne
extendió la mano y una zarpa enorme la engulló hasta la muñeca. La señora
McNaughton no le había contado que Bill medía metro ochenta y tenía la
constitución de un muro de ladrillos. Los ojos de Phryne subieron por el
andamiaje del traje de aviación de cuero hasta llegar a un rostro grande y feo.
Era rubio, con rizos, como un toro Hereford, y unos ojos azules intensos. La
cara se le compensaba con una sonrisa amable.
—Encantado
de conocerla, señorita Fisher. ¿Así que ya ha volado usted antes?
El
tono escéptico ofendió a Phryne. Tenía doscientas horas de vuelo en solitario a
sus espaldas y gustaba del vuelo acrobático. No era ninguna novata. A lo mejor
Bill necesitaba algo de persuasión.
—Sí,
un poco —respondió Phryne en tono dulce—. ¿Podría coger uno de los Moth?
—Yo
montaré también, señorita Fisher —le dijo Bill con condescendencia—. Para
hacerle compañía.
Phryne
sonrió de nuevo y subió al Moth. Era un biplano robusto, perfecto para
principiantes. Podía aterrizar y despegar en un pañuelo y tenía una velocidad
de entrada en pérdida de sesenta y cinco kilómetros por hora. Phryne se colocó
el casco, mientras respiraba el aroma vigorizante del combustible y la grasa de
aviación.
—Suéltelo,
Jack —gritó Phryne por encima del rugido machacante del motor.
Jack
Leonard giró la hélice. El Gipsy Moth avanzó sobre sus ruedas de bicicleta por
el prado herboso y se levantó en el aire con un movimiento embriagador. El
despegue era el momento preferido de Phryne: esa sacudida que le agitaba el
corazón cuando la gravedad cedía bajo la presión y la tierra dejaba ir el
avión.
Phryne
manejó el Moth describiendo un círculo impreciso sobre el aeródromo. Veía el
Hispano-Suiza abajo, brillando como un escarabajo de Navidad australiano, y las
siluetas de Dot y Jack Leonard semejantes a cerillas.
—No
ha estado mal ese despegue, señorita Fisher. ¿Qué más sabe hacer? —le gritó
Bill McNaughton desde atrás.
Phryne
tiró de la palanca de mando hacia atrás y el pequeño aparato ganó altura. La
detective exploró el cielo minuciosamente. No había nadie alrededor. El último
aprendiz nervioso ya había aterrizado. El cielo estaba vacío, sin nubes,
quieto. Phryne miró atrás por encima del hombro, lo bastante como para ver la
sonrisa engreída de Bill. Decidió que había llegado el momento de borrarle
aquella sonrisa de la cara y hundió la mano en los alerones.
Con
un quejido agonizado, el Moth empezó a girar. Phryne parpadeaba bajo las gafas
de pilotar mientras el aire se abría en torno a su cara. Bajó el tacón para
pisar el cable y paralizar así los controles parentales que Bill estaba
tratando de utilizar.
Cayendo
como una hoja, vertiendo el viento desde las alas, el Moth se desplomaba. A
ojos de todos, parecía fuera de control. Phryne, con el corazón en la boca,
esperó hasta que alcanzó a ver la mirada de horror en la cara de Dot con la
suficiente claridad; entonces lanzó la avioneta en una voltereta hacia delante,
volteándola al girar, y subió de nuevo al cielo en una espiral. Bill blasfemó
jadeante. Phryne dejó que el Moth recuperase estabilidad de nuevo y se giró con
su sonrisa más dulce.
—¿Cree
usted que sé volar, señor McNaughton? —gritó contra el viento.
Lo
vio asentir. A continuación, Phryne liberó el cable y siguió diciendo:
—Si
es capaz de mantenerlo a una velocidad constante de ochenta kilómetros por
hora, le enseñaré un truco interesante.
Phryne
estaba que no cabía en sí, deleitándose en su temeridad.
—Muy
bien, a ochenta está —aceptó Bill, asumiendo el control.
—Mantenga
las alas alineadas —gritó Phryne.
El
avión se niveló y volaba con bastante suavidad. Phryne agarró un puntal, se
aferró con firmeza y puso una rodilla sobre la parte superior del ala. Antes de
que un estupefacto Bill tuviese tiempo de chillar, Phryne había alcanzado la
superficie exterior y estaba caminando tranquilamente por el ala, mientras que
el piloto inclinaba con delicadeza el avión un poco para compensar el peso de
ella. El sudor le caía a Bill por la frente y se le metía en los ojos. Phryne
había llegado al extremo del ala. Se giró para regresar.
La
detective se colocó de cara a la corriente de aire, disfrutando. El viento no
era peor que en una carrera de coches y el ala del Moth estaba entrelazada por
puntales de un tamaño adecuado para calzar en ellos la punta del pie. Saludó al
grupo de abajo y caminó lentamente de vuelta, percatándose de lo bien que su
piloto controlaba la inclinación.
«Quizá
no sea un hombre apuesto, pero vuela como los ángeles», pensó Phryne,
agarrándose de nuevo con las manos a ciento ochenta metros de una tierra
implacable antes de dejarse caer de vuelta a la cabina.
—Buen
vuelo —le gritó a Bill, aunque él no respondió.
Phryne
manejó el Moth en un aterrizaje casi de manual y saltó del asiento del piloto
hacia una multitud llena de admiración.
—Por
Júpiter, señorita Fisher, ¿es que no tiene sangre en las venas? —le preguntó
Leonard, estrechándole la mano arriba y abajo—. Esto hay que celebrarlo con una
copa. Vamos a la cantina, tendremos que hacerla socia.
Dot,
que había dejado de mirar cuando Phryne se había subido al ala, caminaba hacia
el hangar acompañada por un joven atento que le prometía servirle un té. Bill
iba detrás, con paso lento y negando con la cabeza.
Jack
condujo a Phryne hasta una sala pequeña al fondo del hangar, donde había una
barra y un montón de sillas de madera curvada. De las paredes de metal colgaban
trofeos y fotografías de aviadores sonrientes con unos bigotes espectaculares,
así como una fotografía lúgubre de un biplano rompiéndose en el transcurso de
un rizo en vertical.
Jack
le preparó un whisky con soda a
Phryne y se sentó a admirarla.
—¿Dónde
aprendió a volar? —le preguntó, mientras Bill se unía a él con una copa grande
de brandi solo, que se bebió de un trago.
—En
Inglaterra. Aprendí a pilotar con un Moth. Son avionetas preciosas con las que
se puede hacer cualquier cosa.
—Ya
he visto. Ese trompo no parecía muy controlado desde aquí abajo, pero supongo
que usted sabía exactamente lo que estaba haciendo, ¿no, señorita Fisher? —Jack
estaba entusiasmado.
Bill
resopló.
—Es
una aviadora nata, señorita Fisher. Si le ha dado la impresión de que tenía
otra opinión sobre usted, me disculpo. Me ha tenido en un sinvivir todo el
tiempo que ha pasado encima de esa ala. ¡Menuda acrobacia! ¿Por qué no había
oído hablar de usted hasta ahora? ¿Le gustaría hacer algún vuelo de exhibición
para nosotros? —intervino Bill.
—¿A
quiénes se refiere con «nosotros»? —preguntó Phryne, mientras daba sorbos a su
copa y se preguntaba cuándo se le iban a descongelar las manos y las
espinillas.
—A
la escuela Altos Vuelos. Es mi empresa.
—Ah,
vale. Bueno, quizá podría organizarse algo. Señor Leonard, ¿le puedo molestar y
pedirle que le eche un vistazo a mi asistenta? Creo que sigue con el susto en
el cuerpo.
Phryne
le dedicó a Jack Leonard una sonrisa velada y él se acercó a hablar con Dot,
que se veía pálida y débil. La detective aprovechó el momento y fijó la mirada
en Bill.
—Esta
mañana he tomado el té con su madre. Quiere que le pida que no mate usted a su
padre —susurró Phryne, que vio encenderse aquella cara enorme.
—¿Cómo?
Bruja insolente, ¿a santo de qué se inmiscuye en mi familia?
—Procure
no alterarse ni levantar la voz. No creo que vaya usted a matar a su padre y,
como me vuelva a llamar «bruja insolente», le parto el brazo. —Phryne le colocó
una mano delicada en la muñeca derecha—. Este brazo en concreto. Si no sabe
controlar su temperamento, va a meterse en problemas. Escúcheme. Esta noche
tiene una especie de reunión con su padre, ¿verdad?
Aquel
gigante asintió sin decir palabra.
—Vale,
muy bien. A su madre le asusta tanto el modo escandaloso y airado que tienen su
padre y usted de manejar sus asuntos que está convencida de que sería usted
capaz de matar al pobre hombre. Si no sabe controlar el temperamento ese que
tiene, ¿por qué no prueba con unas formas más pacíficas? ¿Es necesario recurrir
a tanto grito y a tanta furia?
—Eso
no es cosa mía —protestó Bill—. Es él. Sabe mucho de negocios, pero de volar no
tiene ni idea. Le da miedo morir en el aire, solo ha subido una vez, y trata de
imponerme sus leyes en el tema de la aviación, y yo me enfado, y entonces él se
enfada, y entonces…
—Y
entonces su pobre madre tiene que aguantar una escena que vuelve a ponerla de
los nervios.
—Bueno,
pero ¿qué pinta usted en todo esto, señorita Fisher?
—Ya
se lo he dicho. Su madre me llamó para que evitase que matara usted a su padre.
Soy detective privada. No creo que tenga usted intenciones reales de asesinar a
ese hombre, pero debo hacer algo para ganarme el anticipo. A lo mejor podrían
llevarse sus discusiones a otra parte, si es así como deben ser las cosas.
Aquí, por ejemplo, que no hay vecinos cerca, y su madre nunca tendría por qué
enterarse.
—Es
una idea. Por supuesto, madre nunca ha sido muy fuerte, pero tampoco pensaba
que todo esto la estuviese perturbando tanto. Amelia siempre decía que madre se
sobresaltaba con el mínimo ruido, pero nunca la creí.
—¿Por
qué?
Bill
resopló una risa y se inclinó hacia delante para susurrar:
—Está
chiflada. Se largó para ser artista, se metió en la escuela de arte y no habla
de nada más que de luz y de color. Nunca le hago caso. Volar no le interesa
nada. Pero usted, señorita Fisher, usted es distinta. Haré lo que pueda —cedió
Bill—. No quiero que madre se preocupe.
—Qué
detalle por su parte —dijo Phryne con ironía, y pasó a hablar de cosas de
aviones.
Una
hora después, sacó a Dot de entre las amables atenciones de Jack Leonard y
condujo de vuelta a la ciudad, excitada por su aventura y satisfecha de que
Bill fuese a refrenar su ira cuando esa noche se viese con su padre.