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Mostrando las entradas etiquetadas como Fisher

Muerte en el tren a Ballarat - Kerry Greenwood

—¡Ah, este debe ser el Gran Hipno! —exclamó Phryne mientras el Sr. Butler conducía a sus invitados al salón—. Esta es mi compañera, la Srta. Williams, y estamos encantados de conocerla. Siéntese. ¿Le gustaría tomar algo? El Gran Hipno sonrió con suficiencia e hizo una reverencia, le dio su abrigo y sombrero al Sr. Butler y tomó asiento, aceptando un whisky con soda. —¿Quería verme, Srta. Fisher? ¿De qué, si puedo preguntar? Debe de ser urgente, ya que me hizo secuestrar. Me alegra que mi fama siga vigente, llevo cinco años retirado de los escenarios. —Sí, ¿por qué se retiró? ¿No le van muy bien los contratos? El hombre se irritó, tirando de su brillante mechón. —Desde luego que no —dijo indignado. Encontré otro... eh... trabajo, tan apasionante que me exigía dedicarle todo mi tiempo. Sí, siempre he pensado que el proxenetismo debe ser una profesión agotadora. Bert, que se había quedado cerca de la puerta, asintió como si sus sospechas se hubieran confirmado. Cec observa...

Un misterio de altos vuelos - Kerry Greenwood

  Phryne Fisher estaba soportando aquella merienda en el Traveller’s Club con la señora de William McNaughton por un motivo especial. Tampoco es que ese motivo hiciese más agradable el suplicio, pero sí le daba la fortaleza vertebral necesaria. La merienda en sí no tenía nada de malo, desde luego: había scones   y mermelada de frambuesa con nata hecha obviamente de leche de vacas felices. Había pastelitos de colores deliciosos y barquillos de jengibre rellenos. Había té negro de Ceilán en una tetera grande de plata, y tazas de porcelana fina para tomárselo. La única pega de la tarde era la señora de William McNaughton, una mujer pálida, alicaída, vestida de un gris impropio. La melena de pelo blanquecino se le escapaba rebelde de las horquillas. Dichos inconvenientes serían fáciles de subsanar mediante la elección adecuada de peluquero y modista, pero la esencia sensiblera de la personalidad de esa mujer no tenía remedio. A Phryne la señora de William McNaughton le recorda...