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El Misterio Del Cementerio - H. P. Lovecraft

  Capítulo I La Tumba De Burns   Era mediodía en la pequeña población de Mainville, y un penado grupo de gente estaba reunido alrededor de la tumba de Burns. Joseph Burns había muerto. (Al morir había pronunciado las siguientes y extrañas instrucciones: Antes de meter mi cuerpo en la tumba, colocad esta bola en el suelo, en un punto marcado como “A”. Y entonces había tendido una pequeña bola dorada al rector). La gente lamentaba mucho su muerte. Después de que los funerales hubieran concluido, el señor Dobson (El rector) dijo: —Amigos, ahora hemos de cumplir las últimas voluntades del difunto. Y, tras decir esto, bajó a la tumba (A poner la bola en el punto marcado como “A”). Pronto el grupo de dolientes comenzó a impacientarse y, al cabo de un tiempo, el señor Cha’s Greene (el abogado) bajó a echar un vistazo. En seguida regresó con cara de espanto y dijo: —¡El señor Dobson no está ahí abajo!     Capítulo II El Misterioso Señor Bell Eran las tres y diez ...

El nombre - Cesare Pavese

Quiénes  eran  mis   compañeros  de  aquellos días, no lo recuerdo. Vivían en una casa del pueblo, me parece, enfrente de la nuestra, algunos muchachos desharrapados -dos-; quizá hermanos. Uno se llamaba Pale, por Pasquale, y podría ser que atribuyera su nombre al otro. ¡Pero eran tantos los muchachos que conocía aquí y allá! Este Pale -muy muy largo, con una boca de caballo- cuando su padre le daba una paliza escapaba de casa y desaparecía por dos o tres días; por lo cual, cuando finalmente aparecía, el padre ya lo estaba esperando con la correa y volvía a despellejarlo, y él escapaba otra vez y su madre lo llamaba en alta voz, maldiciéndolo, desde aquella ventana descascarada que miraba a los prados, a los bosques del río, hacia la boca del valle.  Ciertas mañanas me despertaba el aullido lastimero, cadencioso, de aquella mujer desde aquella ventana. Muchas viejas llamaban así a sus hijos, pero el nombre que hacía enmudecer a todos y que a ciertas ho...

La cañada del principio - Eraclio Zepeda

  La cañada todavía estaba a obscuras. El sol que empezaba a nacer por los llanos de Tierra Colorada, aún no había podido entrar al fondo de estas peñas, todas quebradas con matorrales y pájaros. En el río, que pasa rebotando entre las piedras de abajo, todavía estaba la noche con sus luciérnagas. Los muchachos que andaban pasando por la última cresta del cerro, se llenaban los ojos con la enorme naranja que hacía el sol brotando de entre las nubes. Estaba amaneciendo; pero esto no se notaba en el fondo de esta cañada que le dicen del Principio. Los árboles enredaban las ramas unos en otros con la hamaca de los bejucos. Las urracas estaban ya volando. El grito plateado de las peas se colgaba de los panales y hacía zumbar los avisperos. El coronel fue distribuyendo los puestos. Los hombres escogían el hueco de una peña, o el tronco derribado de un árbol y algunos llegaban a trepar por una ceiba y acomodarse entre las ramas, con la carabina suspendida a las espaldas. —No vay...

Travesía a Dilfar - Roger Zelazny

  Cuando Dilvish el Maldito salió de Portaroy, trataron de detenerle en Qaran, luego en Tugado y de nuevo en Maestar, Mycar y Bildesh. Cuatro jinetes le aguardaron en la ruta de Dilfar; y cuando el primero flaqueó, el siguiente le sustituyó con un caballo fresco. Pero ninguno pudo sostener el paso de Black, el caballo hecho de acero. Se rumoreaba que el Coronel del Oriente había trocado parte de su alma por el caballo. Un día y una noche había cabalgado, para adelantar a los ejércitos en pleno avance de Lylish, Coronel del Occidente, porque sus hombres yacían rígidos y vestidos en los ondulados campos de Portaroy. Al ver que era el último hombre en pie en el lugar de la matanza, Dilvish llamó junto a él a Black, se acomodó en la silla que era una parte de él mismo y le ordenó huir. Los relucientes cascos de Black le llevaron a través de una línea de lanceros; las lanzas se apartaron igual que trigo y resonaron cuando las metálicas puntas tropezaron con su piel de medianoche. ...