La cañada todavía estaba a obscuras. El sol que empezaba a nacer por los
llanos de Tierra Colorada, aún no había podido entrar al fondo de estas peñas, todas quebradas con matorrales y pájaros. En el río, que pasa rebotando entre
las piedras de abajo, todavía estaba la noche con sus luciérnagas. Los
muchachos que andaban pasando por la última cresta del cerro, se llenaban los
ojos con la enorme naranja que hacía el sol brotando de entre las nubes. Estaba
amaneciendo; pero esto no se notaba en el fondo de esta cañada que le dicen del
Principio.
Los árboles enredaban las ramas unos en otros con la hamaca de los
bejucos. Las urracas estaban ya volando. El grito plateado de las peas se
colgaba de los panales y hacía zumbar los avisperos.
El coronel fue distribuyendo los puestos. Los hombres escogían el hueco
de una peña, o el tronco derribado de un árbol y algunos llegaban a trepar por
una ceiba y acomodarse entre las ramas, con la carabina suspendida a las
espaldas.
—No vayan a hacer ruido nomás; a lo mejor hay avanzadas –recomendaba el
coronel al señalar los apostaderos.
Los hombres preparaban las armas y se aseguraban de que los cartuchos
quedaran a mano. Algunos untaban saliva en la muesca de puntería, y trazaban
con los dedos cruces sobre la boca del cañón.
La ametralladora, que habían conseguido en el asalto a Mojarras, fue
emplazada en la boca de la cueva. Los tres hombres encargados de ella
prepararon lo necesario.
La cañada se fue llenando de ruidos. Las chachalacas volaron a la punta
del cerro y allí se quedaron desparramando su canto ronco y acezante. Seis
pavas pasaron cerca, con el vuelo pesado y torpe, y descendieron a las ramas de
un árbol de mulato que se levantaba al fondo, muy cerca del río.
Las dos paredes pedregosas de la cañada fueron ocupadas por los hombres.
Todos los puestos fueron cubiertos. Se hacían señas de saludo de un acantilado
al otro. Los últimos hombres fueron destinados a sus colocaciones. El coronel
recorrió toda la línea de tiradores. Estaba satisfecho.
—De esta no se pelan ¿verdad?
—Ni queriendo —contestó el asistente que con la carabina colgada del
hombro, caminaba a su lado.
—Andá a decirles que no vayan a hablar en voz alta. Si fuman que tapen
el humo y la lumbre con el sombrero, para que no nos vaya a delatar. Si no cae
la tropa en esta trampa podemos salir fregados. La señal de disparo la va a dar
la ametralladora.
—Voy señor.
Neófito se
acurrucó en una hondonada. Reclinó la espalda sobre la roca y revisó su
carabina. El día anterior se la habían entregado. Apenas si tuvo tiempo de
aprender su funcionamiento. Disparó unas cuantas veces sobre un papel que
alguien colocó en una barda de adobe. Después dieron la orden de iniciar la
marcha y ya no hubo oportunidad de seguir practicando.
Ahora, a las seis de la
mañana, sentado en este agujero de la peña, con la dotación de cartuchos
pesándole sobre la cintura, hacía funcionar el mecanismo de la carabina,
reluciente de aceite. Le gustaba sentir en sus manos la suave presión que
ofrecía el cerrojo al cerrarse. Sacó de la carrillera cinco cartuchos y los fue
colocando en su arma cuidadosamente. Con un movimiento seguro preparó el fusil
y lo apostó sobre la roca. Luego se frotó las manos sobre los pantalones y
encendió un cigarro.
—Hey, chamaco... —oyó que le llamaban. Levantó la vista y encontró la
cara morena y angulosa, con arrugas incipientes, de uno de los hombres. Sintió
que los ojos negros de aquel viejo le miraban con reproche.
—Que hubo.. — contestó, entrecerrando los párpados para no encandilarse
con la luz que empezaba a iluminar la cañada.
— Tené cuidado con el humo. Te puede delatar. Si los soldados llegan a mirarlo no entran a la cañada. Y si se pelan por tu culpa, capaz te cuelga el
viejo. . .
—¿Cuál viejo? . .
—El viejo... Don Pedro Pineda, el coronel. ¡Ah! Vos, como andás de
pichón sólo por el grado es que lo conocés; pero yo, que dende que se pronunció
en armas ando trotando tras su caballo, no muy me acostumbro a nombrarlo
ansina.
—¿A qué horas vendrán? —preguntó Neófito apagando el cigarro.
—¿Los soldados?... sepa la bola. A lo mejor de aquí una hora; capaz que
horita. Total: es la misma cuenta.
—¿Los acabaremos?
— Yo calculo. Es difícil que se pelen de una paliza de éstas —el viejo
se sonrió—. ¿Qué, andas ciscado?
—No, miedo no. Sólo que quién sabe a la hora de la hora.
—Si te empieza a llegar el pálpito, nomás agarras una ramita cuando
asomen y la mordés con gana. Eso da la juerza. Y ya en después, cuando empiece
la retumbadera, ya ni te vas a acordar de nada. Sólo andás buscando en dónde
colocar la bala.
—Ojalá vengan pronto.
—¿Es el bautizo?
—¿Cuál. . .? .
—¿La primera vez que echás bala sobre un cristiano?
—Sí. Ayer me incorporé en Tuxtla.
—¡Ah!. .. No te pongás nerviudo. Es cosa de escoger a uno y soltarle
plomo; y aluego a otro; y ansina ansina hasta que tocan el cuerno pa que
termine el agarrón.
Neófito se sonrió. Le costó trabajo hacerlo, pero sus dientes
aparecieron cuando extendió sus labios en la mueca. Luego se pasó la mano por
la boca para disimular el compromiso. El viejo le miró atentamente. Aún no
tenía bigote. Una sombra le ponía la pelusa que el joven cuidaba celosamente.
—Sos chamaco todavía. ¿Cuántos años tenés?
—Acabo de entrar a dieciséis.
—Podés ser hasta mi nieto. ¿Cómo te llamás?
—Neófito Guerra, servidor.
—¿Guerra? .. Qué casualidá, sos lo contrario de mi gracia.
—¿Por qué?
—A yo me nombro Augurio Paz. Y el hombre se rió con una risita sorda.
—Oí Neófito; ¿Y por qué andás en estos trotes?, en esto de la bola. . .
—Mataron a mi papá estos hijos de su madre.
El viejo se rascó la cabeza. Echó una mirada al fondo de la cañada.
Luego siguió, con la vista, el camino que ladeaba el río, por donde tenían que
pasar a fuerza los soldados. Reconoció el terreno palmo a palmo.
—No nos vayan a agarrar pujando —pensó.
Neófito quedó con su última frase repiqueteándole la boca.
—Mataron a mi papá estos hijos de su madre. .. mataron a mi papá estos
hijos de su madre. .. mataron a mi...
"Nos estábamos diciendo adiós con tu tata por cá María, cuando
sonaron los cascos de la caballada y aluego la retumbadera de los balazos. La
gente venía a tropel por las calles y se les echaba de ver el susto
salpicándoles la cara. Atrás de ellos vimos llegar a la pelonada. Venían como
doscientos jijos federales disparando a lo loco, en veces al aire y en veces
sobre el gentío. Tu tata me agarró de la espalda y me dió un empujón. —Pélate,
me dijo.
El pobre había llegado en la mañanita del rancho ontá trabajando,
nomás pa venirte a echar una miradita. Yo, en ese inter que me empujó, que lo
volteo a ver y lo vide que ya estaba trastabillando, y aluego me quedó viendo
con los ojos como de agua y me aventaba los brazos como queriendo pedir
ayuda; pero aluego hizo como que se iba a reír, pero le bulló la sangre por la
boca; de entre los dientes le asomaba como si estuviera comiendo una tuna.
Yo
lo quise ir a ver a tu tata, pero me ganó la muerte; se lo llevó antes de que
yo llegara. Fueron los federales, Neófito, ellos fueron los que mataron a tu
tata". Así se enteró Neófito Guerra de la muerte de su padre. El estaba
trabajando en Tuxtla, de aprendiz de zapatero, y allí, a su taller, se lo vino
a contar una vieja amiga de su padre.
Neófito sintió que le bailaba el paisaje, como si lo viera a través de
un vaso de agua. Se limpió rápido los ojos con el dorso de la mano, y acarició
de nuevo su carabina.
—Oí chamaco. .. vos, Neófito —le llamó el viejo Augurio.
—Dígame.. .
—¿Le cargás odio a los pelones?
—Imagínese...
—¿Vas a echar bala? ¿No te va a temblar el pulso? Como es la primera. .
.
Neófito vio largamente la cara del viejo. Su rostro tostado, su gran
bigote cano, sus pómulos fuertes. Bajó la vista y sopló el cañón de su
carabina.
—No te ofusqués. Te lo estoy diciendo porque entuavía me acuerdo de
cuando yo empecé... entre una brincadera de huesos y con ganas de quedarme
escondido y no soltar ni un trancazo; por eso es que te lo digo.
—¿Sabe? la verdad es que sí tengo miedo.
—Te lo estoy diciendo. Pero cálmate. Es cuestión de costumbre.
—No. No es eso. Es que la cosa de matar a un hombre...
—No digás sonseras. No sea que ahora te cunda el escrúpulo. Esa gente es
una partida de jijos de la sombrilla. Qué ¿no mataron a tu tata no más por
gusto?
—No, sí. Y por eso es que estoy aquí.
—¿Pos entonces?
—Es que, la verdá, no sé si a la hora de la hora me entre la tembladera
y...
—¡Ah, no! Allí va tu cuero por delante: O tiras o te tiran.
—Sí don Augurio, pero...
—Nada chamaco, nada. ¿Por qué creés que andamos alzados? Creés que es
por gusto que andamos correteando por la serranilla toreando los balazos? No
chamaco, es por que queremos que haiga tranquilidá pa en después. Que haiga paz
pa que cunda la alegría. —el viejo apretaba su fusil y los ojos se le ponían
más negros cuando hablaba—. Hay que finiquitar a todos esos que ahora andan con
los caballos bailando. Hay que bajarlos de la montura pa que circulen. Los
hombres son como el agua: hay que moverlos pa que no se empocen y resulten
jediendo a podrido.
Neófito observaba cómo el viejo se iba transformando. Le hubiera gustado
extender la mano y acariciarle los brazos; sentirlo más, que aquella seguridad
del viejo le entrara por los dedos.
—Qué. .. ¿entuavía no te convences?
—Sí don Augurio.
—Vas a pensar que si no fuera ansina, y porque tengo la seguridá que
sólo a balazos podemos dejar algo pa los que van a nacer, pa que crezcan
juertes y contentos, con cariño a la tierra y sin miedo a los caporales, si no
juera porque estoy en eso iba andar correteando federales? No chamaco; mejor me
hubiera quedado muriendo de hambre, pero seguro, con la vieja y los hijos, allá
en San Bartolomé de los Llanos.
—¿Y si no caen en esta trampa, y nos corretean y nos hacen salir de
pelada?
—Pos ni modo; ya pa la otra será. Nomás te cuidás la espalda y aluego te
reunís pa rehacer las juerzas como dice el viejo Pineda.
—Pero ¿y si nos toca?
—Qué ¿un trancazo? Pos algunos han de morir; eso que ni qué. En estas
danzas no queda otra.
Neófito arregló la correa de su carabina. Sopló unas briznas de polvo
que habían caído sobre el cañón. Después vio, a lo lejos, que alguien orinaba
oculto en el tronco de un espino. Hizo todos estos movimientos para no seguir
sintiendo los ojos negros del viejo y porque su pecho repiqueteaba con todo lo
que aquél había dicho y ya no quería seguir oyéndolo.
Pensó en su trabajo en Tuxtla. El pequeño taller de zapatería al que
había ingresado como aprendiz. La tranquilidad del cuarto en donde dormía se le
vino a retacar en la cabeza y él la comparó a esta peña, tras de la que se
ocultaba ahora con un rifle preparado y aguardando él unos hombres a los que
odiaba, sin haberles visto nunca de persona a persona, pero que había que
matarlos o tantear a la muerte que podía venir de esos mismos hombres.
Volvió a
palpar el recuerdo de la muerte de su padre, y un brillo le recrudeció el odio.
Golpeó con la mano la culata de la carabina; echó saliva en la muesca de
puntería y marcó una cruz en la boca del cañón, como había visto hacer a los
otros. El viejo lo observó y asomó sus dientes en una ancha sonrisa. Se arriscó
las alas del sombrero y untándose los dedos con saliva también marcó una cruz
en la carabina y se rió satisfecho.
El sol ya había caído hasta el fondo de la barranca. Un suave calorcito
subía de las peñas de abajo. Una pequeña neblina se empezaba a romper contra
las peñas. Las urracas, las peas y las chachalacas se alejaron. Sólo se oía el
largo chirriar de las chicharras que parecían hacer brillar las hojas de las
enredaderas. Los hombres estaban impacientes. El coronel, con unos prismáticos
anticuados, revisaba cada uno de los puestos. Luego sacó de la bolsa trasera
del pantalón un paliacate y se enjugó el sudor que brincaba de su frente.
De pronto, una bandera roja se agitó en lo alto del cerro.
—Ahí vienen! —fue un grito apenas contenido, que saltó de la boca de
todos los hombres. Era la señal convenida.
Hubo un acomodarse de cuerpos. Casi todos sentían la necesidad de
ocultarse más aún. El coronel corrió al puesto por él escogido.
Revisaron las armas por última vez. El enemigo no tardaría en llegar a esta
Cañada del Principio. Todos sabían qué era lo que les tocaba hacer.
El viejo Augurio se escupió las manos y se peinó el bigote. Estaba
alegre. Le hubiera encantado pegar un grito para avisar que allí estaba él,
Augurio Paz, para balacear a los federales.
—Ora sí chamaco; ya Ilegaron los jijos.
—Sí —sopló Neófito. Sintió la boca seca y dura la lengua.
—¿Entuavía dudas?
Neófito negó con la cabeza.
—En la madre hay que darles, chamaco. El viejo se acomodó en su
parapeto. Tosió muy quedo y volvió a poner saliva en la carabina.
Ya se escuchaba el metálico sonido de la marcha de los soldados sobre
las piedras del camino que corre al fondo de la cañada.
Neófito hubiera querido persignarse, pero desechó la idea pensando que
un hombre no debe hacer esas cosas. Es por miedo que lo hacen...
Ninguno de los hombres del coronel Pineda estaba tranquilo. Aguardaban,
con las narices dilatadas por una respiración fatigosa, a que los soldados
cayeran en la trampa.
Al lado de una gran piedra blanca, partida a la mitad, aparecieron dos
figuras verdes. Era la avanzada de la tropa. Venían con paso seguro pero
desconfiado. Pasaban los ojos por todas las peñas esperando descubrir algo. Una
cañada es un mal paso en época de revueltas; y eso lo sabían los dos soldados
que ahora vigilaban las paredes.
Los hombres de Pineda se ocultaron más, queriendo enterrarse entre las
piedras. Nadie hubiera podido descubrirlos. Los soldados describieron un amplio
ademán con los brazos y continuaron el avance. Atrás de ellos el ruido de las
pisadas aumentó.
Neófito apretó la carabina. No quiso poner el dedo sobre el gatillo por
temor a que le fueran a ganar los nervios y se le escapara un disparo.
El grueso de la tropa hizo su aparición al fondo del barranco. Al frente
venían cuatro oficiales a caballo. Platicaban entre sí y señalaban las peñas.
—Que no nos vean... que no nos vean —musitó Neófito.
Los soldados, instintivamente, al ir entrando a la trampa, se separaban
y descolgaban del hombro los fusiles. Se veían sudorosos los rostros debajo de
las gorras verdes. Ellos, en contraste con los oficiales no hablaban.
Neófito se mordió los labios. Sintió que un dolor le punzaba los
riñones. Los músculos del brazo se contraían. Abrió y cerró la boca varias
veces para frotar su mentón sobre la piedra en que descansaba la cabeza. Los
dedos le dolían como si hubiera estado trabajando, durante mucho tiempo, con la
lezna allá en el pequeño taller de zapatería. Sintió que el miedo se le estaba
reuniendo en el estómago. Cortó una ramita y la mordió desesperadamente.
Recordó al viejo y volteó la cara.
Augurio le guiñó un ojo y le sonrió.
—A darles en la madre chamaco —susurró. Neófito quisto repetir la mueca
pero no consiguió dibujarla.
La avanzada estaba ya a la mitad del barranco.
Sudaba de las manos. Quiso irse y que todo esto de la carabina, los
hombres, la tropa y la muerte, quedara sólo como un mal recuerdo. Aspiró fuerte
para destaparse las narices; iba a escupir sonoramente, pero se abstuvo, por
temor de indicar su presencia al enemigo.
La tropa federal estaba íntegra en la trampa. La retaguardia. compuesta
por tres soldados, entró a la cañada. El ruido de la marcha era grande. Había
rodar de piedras bajo las botas del ejército. Los oficiales se habían separado.
Sus caballos resaltaban, aquí y allá, rodeados de la marcha trabajosa de los
soldados. Todos indagaban con inquietud a las peñas y a los árboles.
Neófito apuntó a uno de los oficiales; lo vio moverse en el centro de su
muesca de puntería. Comprendió que la vida de aquel hombre estaba en sus manos;
con sólo jalar el gatillo y todo se habría terminado para aquel oficial del
Gobierno. Veía todos sus ademanes. Lo fue siguiendo con el cañón por una larga
parte del camino. Escogió la parte del cuerpo a la que dirigiría la bala. El
plomo le romperá la mitad del pecho. De pronto, las manos volvieron a
temblarle; ladeó la carabina. Cerró los ojos y el cuerpo le bailó con varias
temblorinas.
—No puedo. No voy a poder. No puedo –hubiera querido que el viejo lo
animara. Que le volviera a decir lo de antes. Deseaba sentir aquellas palabras
que le habían dado los ánimos necesarios. Volteó la cabeza al apostadero de
Augurio; no pudo descubrirlo. Con seguridad que el viejo estaría oculto,
estudiando los movimientos del enemigo. El combate se abriría en unos cuantos
momentos; decididamente el viejo no podía. hablarle.
Se dio cuenta de que estaba solo. El mismo tendría que escoger entre
ponerse a llorar y revolcarse de miedo y luego huir de su puesto en medio de
pujidos de angustia, o quedarse ahí y apretar fuerte la rama que tenía mordida
para calmarse y poder colocar la muerte en los cuerpos verdes de los soldados,
para vengar al padre, y para lograr todas aquellas cosas de que el viejo le
había hablado.
De pronto la ametralladora inició el quebradero de federales y las
carabinas corearon los disparos. Al fondo, los soldados se movían en desorden
como un camino de hormigas. Algunos quedaban doblados sobre una piedra. Otros a
rastras, buscaban un refugio.
El viejo estaba en su sitio, vociferando, mentándoles la madre a los
soldados, y efectuando, certero, uno tras otro los disparos.
Neófito se fue encogiendo. Plegó las piernas al vientre y metió los
brazos entre las rodillas. El ojo derecho le parpadeaba sin que él pudiera
evitarlo. Empezó a llorar.
Los federales contestaron el fuego. Sus balas rebotaban en las piedras y
zumbaban al igual que una caña que se agita con el viento. Una rama recibió un
impacto y crujiendo, cayó cerca del viejo. La piedra que protegía a Neófito
palpitó varias veces y le aparecieron puntos blancos. El muchacho se cubrió;
volvió a morder la varita hasta hacerla pedazos. Restregaba los pies sobre la
tierra y con las manos se cubría el cuello y la cabeza. No podía pensar en
nada. Su carabina yacía a su lado, quieta, callada, ajena al tiroteo.
Un crujir de huesos y el pujido de un herido cercano le causaron
sobresalto. Oyó el desprenderse de algo. Un sombrero pasó rodando. Neófito
arrojó la carabina y se incorporó para iniciar la fuga. Que se vaya al carajo
todo... A grandes saltos escaló las peñas rumbo a la cresta del cerro. Los
gritos roncos del viejo le llegaron a la espalda.
—¡Hey, chamaco!... No te peles. Eso es de viejas... Ya mero ganamos...
¡Heya, chamaco!
Neófito
no se detuvo. Llevaba las manos sangrando de arañar las peñas. Ya mero, ya
mero, se decía midiendo los últimos peñascos.
El viejo volvió a gritar. El muchacho se arrancó la carrillera y la
lanzó a lo lejos.
Augurio Paz lo encañonó con la carabina. Apuntó e hizo un disparo.
Después volvió a dirigir los tiros hacia los soldados.