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El Misterio Del Cementerio - H. P. Lovecraft

 Capítulo I La Tumba De Burns

 Era mediodía en la pequeña población de Mainville, y un penado grupo de gente estaba reunido alrededor de la tumba de Burns. Joseph Burns había muerto.

(Al morir había pronunciado las siguientes y extrañas instrucciones: Antes de meter mi cuerpo en la tumba, colocad esta bola en el suelo, en un punto marcado como “A”. Y entonces había tendido una pequeña bola dorada al rector).

La gente lamentaba mucho su muerte. Después de que los funerales hubieran concluido, el señor Dobson (El rector) dijo:

—Amigos, ahora hemos de cumplir las últimas voluntades del difunto.

Y, tras decir esto, bajó a la tumba (A poner la bola en el punto marcado como “A”). Pronto el grupo de dolientes comenzó a impacientarse y, al cabo de un tiempo, el señor Cha’s Greene (el abogado) bajó a echar un vistazo. En seguida regresó con cara de espanto y dijo:

—¡El señor Dobson no está ahí abajo!

 

 Capítulo II El Misterioso Señor Bell

Eran las tres y diez de la tarde cuando la campana de la puerta de la mansión Dobson resonó con fuerza, y el criado acudió a abrir la puerta, para encontrarse con un hombre entrado en años, de pelo negro y grandes patillas. Manifestó que quería ver a la señorita Dobson. Tras ser conducido a su presencia, dijo:

—Señorita Dobson, sé dónde está su padre, y por la suma de 10.000 libras haré que vuelva con usted. Puede llamarme señor Bell.

—Señor Bell —dijo la señorita Dobson— ¿Le importa que abandone por un momento la habitación?

—En absoluto —repuso el señor Bell.

Ella regresó al cabo de poco tiempo, para decir:

—Señor Bell, entiendo. Usted ha raptado a mi padre y ahora me está pidiendo un rescate.

  

Capítulo III En La Comisaría De Policía

Eran las tres y veinte de la tarde, cuando el teléfono sonó con furia en la comisaría de Nort End, y Gibson (el telefonista) preguntó qué sucedía.

—¡He averiguado algo sobre la desaparición de mi padre! —dijo una voz de mujer—. ¡Soy la señorita Dobson y mi padre ha sido secuestrado! ¡Llamen a King John!

King John era un famoso detective del Oeste.

En ese momento justo entró un hombre a toda prisa, y gritó.

—¡Oh! ¡Horror! ¡Vamos al cementerio!

  

Capítulo IV La Ventana Occidental

Volvamos ahora a la mansión Dobson. El señor Bell se había quedado bastante azarado ante la franca demostración, pero cuando volvió a hablar dijo:

—Tampoco hay que decir las cosas así, señorita Dobson, ya que yo...

Se vio interrumpido con la aparición de King John, que, con un par de revólveres en las manos, impidió cualquier retirada por la puerta. Pero, rápido como el pensamiento, Bell se lanzó hacia una ventana situada al oeste... y saltó.

 

 Capítulo V El Secreto De Una Tumba

Volvamos ahora a la comisaría. Cuando el excitado visitante se hubo calmado algo, pudo contar de un tirón su historia. Había visto a tres hombres en el cementerio gritando: “¡Bell! ¡Bell! ¿Dónde estás, viejo?”, y actuando de forma sumamente sospechosa. Los había seguido y ¡entraron en la tumba de Burns!

Los siguió hasta allí dentro y los vio tocar un resalte en cierto lugar marcado como “A”, y los tres desaparecieron.

—¡Quiero que venga enseguida King John! —dijo Gibson—. ¿Y usted cómo se llama?

—John Spratt —repuso el visitante.

  

Capítulo VI La Persecución De Bell

Ahora volvamos de nuevo a la mansión Dobson. King John se había visto sorprendido por el repentino salto de Bell, pero cuando se recobró de la sorpresa, lo primero que pensó fue en detenerlo. Por tanto, se lanzó en persecución del secuestrador. Lo siguió hasta la estación de ferrocarril y descubrió, para su desaliento, que había tomado el tren de Kent, una ciudad mayor situada al sur, que no tenía conexión telefónica ni telegráfica con Mainville. ¡Y el tren acababa de partir!

 

Capítulo VII El Caballerizo Negro

El tren de Kent se puso en marcha a las 10.35 y hacia las 10.6 un hombre excitado, polvoriento y cansado , irrumpió en la estación de postas de Mainville y dijo al caballerizo negro que estaba en la puerta:

—Si eres capaz de llevarme a Kent en 15 minutos, te doy un dólar.

—No sé cómo sería eso posible —dijo el negro—. No tenemos un par decente de caballos, y además...

—¡Dos dólares! —gritó el visitante.

—Vale —dijo el caballerizo.

 

 Capítulo VIII Bell, Sorprendido

Eran las once en punto en Kent y todas las tiendas, excepto una, estaban cerradas: una tienda sórdida, polvorienta y pequeña, hacia el extremo oeste del pueblo. Estaba entre el

 puerto de Kent y la vía que unía Mainville con Kent. En la dependencia delantera un individuo de ropajes desarrapados y edad incierta estaba conversando con una mujer de mediana edad y cabellos grises.

—He quedado en hacer el trabajo, Lindy —decía—. Bell llegará a las 11.30 y el coche está listo ya para llevarlo al muelle, de donde zarpa un buque, esta noche, rumbo a África.

—¿Pero qué pasa si se presenta King John? —preguntó Lindy.

—Entonces nos pillarán con las manos en la masa y Bell acabará en la horca —repuso el hombre.

Justo entonces sonó un golpeteo en la puerta.

—¿Eres tú, Bell? —preguntó Lindy.

—Sí —fue la respuesta—. Cogí el tren de las 10.35 y he despistado a King John, así que todo está bien.

A las 11.40, el grupo llegó al embarcadero, y vio un buque en la oscuridad. El Kehdive, África, estaba pintado en su casco, y justo cuando iban a subir a bordo, un hombre surgió de la oscuridad y dijo:

—¡John Bell, queda usted arrestado en nombre de la reina!

Era King John.

  

Capítulo IX El Proceso

El día del juicio había llegado y un buen grupo de gente se había reunido en torno a la pequeña arboleda (que servía como tribunal en verano) para presenciar el proceso de John Bell por secuestro.

—Señor Bell —dijo el juez—. ¿Cuál es el secreto de la tumba de Burns?

—Quedará bien claro —repuso Bell— si va a la tumba y toca cierto punto, marcado como “A”, que allí se encuentra.

—¿Y dónde está el señor Dobson? —inquirió el juez.

—¡Aquí! —dijo una voz a su espalda, y la figura del propio señor Dobson apareció en el umbral.

—¡Cómo ha llegado usted aquí!

—Es una larga historia —dijo Dobson.

 

Capítulo X La Historia De Dobson

—Cuando bajé a la tumba —dijo Dobson—, todo estaba oscuro y no podía ver nada.

Por fin distinguí la letra “A” impresa en blanco en el suelo de ónice y coloqué la bola sobre ella; inmediatamente, se abrió una trampilla y salió un hombre.

Era ese hombre que está aquí —dijo, apuntando a Bell, que temblaba en el banquillo de los acusados—, y me llevó a un lugar bien iluminado y lujosamente amueblado, en el que he estado hasta ahora. Un día llegó un hombre joven y gritó: ¡El secreto queda desvelado! Y se fue. No me vio. 

Una vez, Bell olvidó su llave, y yo saqué el molde en cera; al día siguiente estuve haciendo copias para abrir la cerradura. Al día siguiente, una de las llaves funcionó y, al otro día (es decir, hoy), escapé.

 

Capítulo XI El Misterio Desvelado

—¿Por qué el finado J. Burns le pediría a usted que pusiese la bola ahí? (En el punto “A”).

—Para causarme daño —replicó Dobson—. Él y Francis Burns, su hermano, estuvieron conspirando durante años contra mí, y yo no lo sabía, tratando de perjudicarme.

—¡Prendan a Francis Burns! —gritó el juez.

  

Capítulo XII Conclusión

Francis Burns y John Bell fueron condenados a cadena perpetua. El señor Dobson recibió la cordial bienvenida de su hija que, con el tiempo, se convertiría en la señora de King John. Lindy y su cómplice fueron condenados a treinta días en la prisión de Newgate por ayudar y participar de una fuga criminal.


El nombre - Cesare Pavese

Quiénes  eran  mis   compañeros  de  aquellos días, no lo recuerdo. Vivían en una casa del pueblo, me parece, enfrente de la nuestra, algunos muchachos desharrapados -dos-; quizá hermanos. Uno se llamaba Pale, por Pasquale, y podría ser que atribuyera su nombre al otro. ¡Pero eran tantos los muchachos que conocía aquí y allá!

Este Pale -muy muy largo, con una boca de caballo- cuando su padre le daba una paliza escapaba de casa y desaparecía por dos o tres días; por lo cual, cuando finalmente aparecía, el padre ya lo estaba esperando con la correa y volvía a despellejarlo, y él escapaba otra vez y su madre lo llamaba en alta voz, maldiciéndolo, desde aquella ventana descascarada que miraba a los prados, a los bosques del río, hacia la boca del valle. 

Ciertas mañanas me despertaba el aullido lastimero, cadencioso, de aquella mujer desde aquella ventana. Muchas viejas llamaban así a sus hijos, pero el nombre que hacía enmudecer a todos y que a ciertas horas resonaba exasperante como los disparos de los cazadores, era el de Pale. 

A veces también nosotros gritábamos aquel nombre, por desafío o por burla. Creo que hasta el mismo Pale se divertía en gritarlo.

Así el día que subimos juntos las cuestas áridas de la colina de enfrente -antes, cuando el sol abrasaba, habíamos recorrido el río y los cañizales- no sé bien si estábamos solos, yo y Pale. Es cierto que mi socio tenía los dientes descubiertos y la cabeza roja, y lo recuerdo porque yo le contaba que el león, que vive en los lugares áridos, tenía los dientes como los suyos y el pelo rojo. 

Aquel día estábamos agitados porque lo habíamos empleado en hacer una búsqueda metódica de la serpiente. Nos habíamos empapado hasta el vientre y asado la nuca al sol; alguna rana había saltado afuera desde abajo de las piedras removidas, mis tobillos estaban morados. 

A Pale, además, le chorreaba de los dientes jugo verde de una hierba que había querido masticar. Después, en el silencio de las plantas y del agua, se había sentido débil, pero nítidamente que el viento traía un grito de llamado.

Recuerdo que agucé el oído, por si acaso llamaran a mí.

Pero el grito no se repitió. Dejamos, poco después, el bajo del río y subimos la cuesta, diciéndonos que íbamos a buscar setas, pero sabiendo que el objetivo esta vez era la víbora. 

Fue mientras subíamos el sendero entre los enebros que comencé a hablar, envalentonado, de los leones. Me había vuelto a poner los zapatos, como para conjurar con un gesto de niño bueno los peligros implícitos en la rendición de cuentas de la noche. Silbaba.

-Termínala. No es así como se llama a la víbora -rezongó mi socio, deteniéndose.

Estábamos provistos de dos varas de horquilla, y con ellas debíamos inmovilizar al animal y matarlo. Si en el agua habíamos andado varios estoy seguro de que aquel sendero lo subimos nosotros dos solos. 

Pale -bien distinto de mi- caminaba descalzo sobre las piedras y las espinas, sin preocuparse. Iba a decírselo, cuando de improviso se detuvo frente a un zarzal y empezó a silbar muy despacio, inclinado hacia adelante balanceando la cabeza. El zarzal salía de una hendidura rocosa, y desde allí se veía el cielo.

-Era mejor si agarráramos la serpiente -dije, en silencio.

Mi amigo no respondió, y continuó susurrando, como un hilo de agua en una canilla. La víbora no salía.

Nos sorprendió un clamor imprevisto en el viento, algo como un aullido o un sacudón. De nuevo, desde el pueblo, habían llamado: era la voz de siempre, lastimera y rabiosa: "¡Pale! ¡Pale!"

Pensé inmediatamente en los míos, en casa. Pale se había detenido, con la cabeza adelantada, erguido sobre una sola pierna, y me pareció que hacía una de sus muecas diabólicas. 

Pero apenas el silencio había vuelto a reinar, cuando de nuevo la voz -inhumana en aquel salto de aire- se desgañitó: "¡Pale! ¡Pale!" Y fue entonces cuando mi socio arrojó con rabia la vara y dijo de prisa: -Esos degenerados. Si la víbora siente el nombre mientras la buscamos, después me conoce.

-Vámonos -dije con un hilo de voz. La vieja maldita continuaba llamando. Me la veía allá en la ventana, asomarse cada tanto con un lactante en brazos y lanzar aquel chillido como si cantase. Pale me tomó de repente por la muñeca y gritó: -¡Escapa! -Fue una sola carrera hasta la llanura; nos gritábamos "¡La víbora!" para excitarnos, pero nuestro miedo -el mío al menos- era algo mucho más complejo, un sentido de haber ofendido a las potencias, que yo conozco, del aire y de las piedras.

Cayó la noche y nos encontró sentados sobre los travesaños del puente. Pale callaba y escupía en el agua.

-Tomemos el fresco en el balcón -dije a Pale-. Era aquélla la hora en que todas las mujeres del país comenzaban a llamar a éste y aquel pero por el momento había una paz maravillosa, y se sentía solamente algún grillo.

"No me han llamado todavía", pensaba; y dije: -¿Por qué no respondes cuando te llaman? Esta noche te la dan.
Pale alzó los hombros e hizo una mueca. -Qué quieres que comprendan las mujeres.
-¿Es verdad que si la víbora siente un nombre después lo va a buscar?
Pale no contestó. A fuerza de escapar de casa se había vuelto taciturno como un hombre.
-Pero entonces tu nombre deberían saberlo todas las serpientes de estas colinas.
-También el tuyo -dijo Pale con una son risa de mofa.
-Pero yo contesto enseguida.
-No se trata de eso -dijo Pale-. ¿Crees que a la víbora le importa que te hagas el niño bueno? La víbora quiere matar a quienes la buscan...

Pero en aquel momento recomenzó el aullido de antes. La vieja había vuelto a colocarse en la ventana. Chirriaron las ruedas de un carro y se oyó la caída de un balde en el pozo. Entonces me dirigí hacia casa, y Pale se quedó en el puente.

La cañada del principio - Eraclio Zepeda

 

La cañada todavía estaba a obscuras. El sol que empezaba a nacer por los llanos de Tierra Colorada, aún no había podido entrar al fondo de estas peñas, todas quebradas con matorrales y pájaros. En el río, que pasa rebotando entre las piedras de abajo, todavía estaba la noche con sus luciérnagas. Los muchachos que andaban pasando por la última cresta del cerro, se llenaban los ojos con la enorme naranja que hacía el sol brotando de entre las nubes. Estaba amaneciendo; pero esto no se notaba en el fondo de esta cañada que le dicen del Principio.

Los árboles enredaban las ramas unos en otros con la hamaca de los bejucos. Las urracas estaban ya volando. El grito plateado de las peas se colgaba de los panales y hacía zumbar los avisperos.

El coronel fue distribuyendo los puestos. Los hombres escogían el hueco de una peña, o el tronco derribado de un árbol y algunos llegaban a trepar por una ceiba y acomodarse entre las ramas, con la carabina suspendida a las espaldas.

—No vayan a hacer ruido nomás; a lo mejor hay avanzadas –recomendaba el coronel al señalar los apostaderos.

Los hombres preparaban las armas y se aseguraban de que los cartuchos quedaran a mano. Algunos untaban saliva en la muesca de puntería, y trazaban con los dedos cruces sobre la boca del cañón.

La ametralladora, que habían conseguido en el asalto a Mojarras, fue emplazada en la boca de la cueva. Los tres hombres encargados de ella prepararon lo necesario.

La cañada se fue llenando de ruidos. Las chachalacas volaron a la punta del cerro y allí se quedaron desparramando su canto ronco y acezante. Seis pavas pasaron cerca, con el vuelo pesado y torpe, y descendieron a las ramas de un árbol de mulato que se levantaba al fondo, muy cerca del río.

Las dos paredes pedregosas de la cañada fueron ocupadas por los hombres. Todos los puestos fueron cubiertos. Se hacían señas de saludo de un acantilado al otro. Los últimos hombres fueron destinados a sus colocaciones. El coronel recorrió toda la línea de tiradores. Estaba satisfecho.

—De esta no se pelan ¿verdad?

—Ni queriendo —contestó el asistente que con la carabina colgada del hombro, caminaba a su lado.

—Andá a decirles que no vayan a hablar en voz alta. Si fuman que tapen el humo y la lumbre con el sombrero, para que no nos vaya a delatar. Si no cae la tropa en esta trampa podemos salir fregados. La señal de disparo la va a dar la ametralladora.

—Voy señor.

Neófito se acurrucó en una hondonada. Reclinó la espalda sobre la roca y revisó su carabina. El día anterior se la habían entregado. Apenas si tuvo tiempo de aprender su funcionamiento. Disparó unas cuantas veces sobre un papel que alguien colocó en una barda de adobe. Después dieron la orden de iniciar la marcha y ya no hubo oportunidad de seguir practicando. 

Ahora, a las seis de la mañana, sentado en este agujero de la peña, con la dotación de cartuchos pesándole sobre la cintura, hacía funcionar el mecanismo de la carabina, reluciente de aceite. Le gustaba sentir en sus manos la suave presión que ofrecía el cerrojo al cerrarse. Sacó de la carrillera cinco cartuchos y los fue colocando en su arma cuidadosamente. Con un movimiento seguro preparó el fusil y lo apostó sobre la roca. Luego se frotó las manos sobre los pantalones y encendió un cigarro.

—Hey, chamaco... —oyó que le llamaban. Levantó la vista y encontró la cara morena y angulosa, con arrugas incipientes, de uno de los hombres. Sintió que los ojos negros de aquel viejo le miraban con reproche.

—Que hubo.. — contestó, entrecerrando los párpados para no encandilarse con la luz que empezaba a iluminar la cañada.

— Tené cuidado con el humo. Te puede delatar. Si los soldados llegan a mirarlo no entran a la cañada. Y si se pelan por tu culpa, capaz te cuelga el viejo. . .

—¿Cuál viejo? . .

—El viejo... Don Pedro Pineda, el coronel. ¡Ah! Vos, como andás de pichón sólo por el grado es que lo conocés; pero yo, que dende que se pronunció en armas ando trotando tras su caballo, no muy me acostumbro a nombrarlo ansina.

—¿A qué horas vendrán? —preguntó Neófito apagando el cigarro.

—¿Los soldados?... sepa la bola. A lo mejor de aquí una hora; capaz que horita. Total: es la misma cuenta. 

—¿Los acabaremos?

— Yo calculo. Es difícil que se pelen de una paliza de éstas —el viejo se sonrió—. ¿Qué, andas ciscado?

—No, miedo no. Sólo que quién sabe a la hora de la hora.

—Si te empieza a llegar el pálpito, nomás agarras una ramita cuando asomen y la mordés con gana. Eso da la juerza. Y ya en después, cuando empiece la retumbadera, ya ni te vas a acordar de nada. Sólo andás buscando en dónde colocar la bala.

—Ojalá vengan pronto.

—¿Es el bautizo?

—¿Cuál. . .? .

—¿La primera vez que echás bala sobre un cristiano?

—Sí. Ayer me incorporé en Tuxtla.

—¡Ah!. .. No te pongás nerviudo. Es cosa de escoger a uno y soltarle plomo; y aluego a otro; y ansina ansina hasta que tocan el cuerno pa que termine el agarrón.

 

Neófito se sonrió. Le costó trabajo hacerlo, pero sus dientes aparecieron cuando extendió sus labios en la mueca. Luego se pasó la mano por la boca para disimular el compromiso. El viejo le miró atentamente. Aún no tenía bigote. Una sombra le ponía la pelusa que el joven cuidaba celosamente.

—Sos chamaco todavía. ¿Cuántos años tenés?

—Acabo de entrar a dieciséis.

—Podés ser hasta mi nieto. ¿Cómo te llamás?

—Neófito Guerra, servidor. 

—¿Guerra? .. Qué casualidá, sos lo contrario de mi gracia.

—¿Por qué?

—A yo me nombro Augurio Paz. Y el hombre se rió con una risita sorda.

—Oí Neófito; ¿Y por qué andás en estos trotes?, en esto de la bola. . .

—Mataron a mi papá estos hijos de su madre.

El viejo se rascó la cabeza. Echó una mirada al fondo de la cañada. Luego siguió, con la vista, el camino que ladeaba el río, por donde tenían que pasar a fuerza los soldados. Reconoció el terreno palmo a palmo.

—No nos vayan a agarrar pujando —pensó.

Neófito quedó con su última frase repiqueteándole la boca. 

—Mataron a mi papá estos hijos de su madre. .. mataron a mi papá estos hijos de su madre. .. mataron a mi...

 

"Nos estábamos diciendo adiós con tu tata por cá María, cuando sonaron los cascos de la caballada y aluego la retumbadera de los balazos. La gente venía a tropel por las calles y se les echaba de ver el susto salpicándoles la cara. Atrás de ellos vimos llegar a la pelonada. Venían como doscientos jijos federales disparando a lo loco, en veces al aire y en veces sobre el gentío. Tu tata me agarró de la espalda y me dió un empujón. —Pélate, me dijo. 

El pobre había llegado en la mañanita del rancho ontá trabajando, nomás pa venirte a echar una miradita. Yo, en ese inter que me empujó, que lo volteo a ver y lo vide que ya estaba trastabillando, y aluego me quedó viendo con los ojos como de agua y me aventaba los brazos como queriendo pedir ayuda; pero aluego hizo como que se iba a reír, pero le bulló la sangre por la boca; de entre los dientes le asomaba como si estuviera comiendo una tuna. 

Yo lo quise ir a ver a tu tata, pero me ganó la muerte; se lo llevó antes de que yo llegara. Fueron los federales, Neófito, ellos fueron los que mataron a tu tata". Así se enteró Neófito Guerra de la muerte de su padre. El estaba trabajando en Tuxtla, de aprendiz de zapatero, y allí, a su taller, se lo vino a contar una vieja amiga de su padre.

Neófito sintió que le bailaba el paisaje, como si lo viera a través de un vaso de agua. Se limpió rápido los ojos con el dorso de la mano, y acarició de nuevo su carabina.

—Oí chamaco. .. vos, Neófito —le llamó el viejo Augurio.

—Dígame.. .

—¿Le cargás odio a los pelones?

—Imagínese...

—¿Vas a echar bala? ¿No te va a temblar el pulso? Como es la primera. . .

Neófito vio largamente la cara del viejo. Su rostro tostado, su gran bigote cano, sus pómulos fuertes. Bajó la vista y sopló el cañón de su carabina.

—No te ofusqués. Te lo estoy diciendo porque entuavía me acuerdo de cuando yo empecé... entre una brincadera de huesos y con ganas de quedarme escondido y no soltar ni un trancazo; por eso es que te lo digo.

—¿Sabe? la verdad es que sí tengo miedo.

—Te lo estoy diciendo. Pero cálmate. Es cuestión de costumbre.

—No. No es eso. Es que la cosa de matar a un hombre...

—No digás sonseras. No sea que ahora te cunda el escrúpulo. Esa gente es una partida de jijos de la sombrilla. Qué ¿no mataron a tu tata no más por gusto?

—No, sí. Y por eso es que estoy aquí.

—¿Pos entonces?

—Es que, la verdá, no sé si a la hora de la hora me entre la tembladera y...

—¡Ah, no! Allí va tu cuero por delante: O tiras o te tiran.

—Sí don Augurio, pero...

—Nada chamaco, nada. ¿Por qué creés que andamos alzados? Creés que es por gusto que andamos correteando por la serranilla toreando los balazos? No chamaco, es por que queremos que haiga tranquilidá pa en después. Que haiga paz pa que cunda la alegría. —el viejo apretaba su fusil y los ojos se le ponían más negros cuando hablaba—. Hay que finiquitar a todos esos que ahora andan con los caballos bailando. Hay que bajarlos de la montura pa que circulen. Los hombres son como el agua: hay que moverlos pa que no se empocen y resulten jediendo a podrido.

Neófito observaba cómo el viejo se iba transformando. Le hubiera gustado extender la mano y acariciarle los brazos; sentirlo más, que aquella seguridad del viejo le entrara por los dedos.

—Qué. .. ¿entuavía no te convences?

—Sí don Augurio.

—Vas a pensar que si no fuera ansina, y porque tengo la seguridá que sólo a balazos podemos dejar algo pa los que van a nacer, pa que crezcan juertes y contentos, con cariño a la tierra y sin miedo a los caporales, si no juera porque estoy en eso iba andar correteando federales? No chamaco; mejor me hubiera quedado muriendo de hambre, pero seguro, con la vieja y los hijos, allá en San Bartolomé de los Llanos.

—¿Y si no caen en esta trampa, y nos corretean y nos hacen salir de pelada?

—Pos ni modo; ya pa la otra será. Nomás te cuidás la espalda y aluego te reunís pa rehacer las juerzas como dice el viejo Pineda.

—Pero ¿y si nos toca?

—Qué ¿un trancazo? Pos algunos han de morir; eso que ni qué. En estas danzas no queda otra.

Neófito arregló la correa de su carabina. Sopló unas briznas de polvo que habían caído sobre el cañón. Después vio, a lo lejos, que alguien orinaba oculto en el tronco de un espino. Hizo todos estos movimientos para no seguir sintiendo los ojos negros del viejo y porque su pecho repiqueteaba con todo lo que aquél había dicho y ya no quería seguir oyéndolo.

Pensó en su trabajo en Tuxtla. El pequeño taller de zapatería al que había ingresado como aprendiz. La tranquilidad del cuarto en donde dormía se le vino a retacar en la cabeza y él la comparó a esta peña, tras de la que se ocultaba ahora con un rifle preparado y aguardando él unos hombres a los que odiaba, sin haberles visto nunca de persona a persona, pero que había que matarlos o tantear a la muerte que podía venir de esos mismos hombres. 

Volvió a palpar el recuerdo de la muerte de su padre, y un brillo le recrudeció el odio. Golpeó con la mano la culata de la carabina; echó saliva en la muesca de puntería y marcó una cruz en la boca del cañón, como había visto hacer a los otros. El viejo lo observó y asomó sus dientes en una ancha sonrisa. Se arriscó las alas del sombrero y untándose los dedos con saliva también marcó una cruz en la carabina y se rió satisfecho.

El sol ya había caído hasta el fondo de la barranca. Un suave calorcito subía de las peñas de abajo. Una pequeña neblina se empezaba a romper contra las peñas. Las urracas, las peas y las chachalacas se alejaron. Sólo se oía el largo chirriar de las chicharras que parecían hacer brillar las hojas de las enredaderas. Los hombres estaban impacientes. El coronel, con unos prismáticos anticuados, revisaba cada uno de los puestos. Luego sacó de la bolsa trasera del pantalón un paliacate y se enjugó el sudor que brincaba de su frente.

De pronto, una bandera roja se agitó en lo alto del cerro.

—Ahí vienen! —fue un grito apenas contenido, que saltó de la boca de todos los hombres. Era la señal convenida.

Hubo un acomodarse de cuerpos. Casi todos sentían la necesidad de ocultarse más aún. El coronel corrió al puesto por él escogido. Revisaron las armas por última vez. El enemigo no tardaría en llegar a esta Cañada del Principio. Todos sabían qué era lo que les tocaba hacer.

El viejo Augurio se escupió las manos y se peinó el bigote. Estaba alegre. Le hubiera encantado pegar un grito para avisar que allí estaba él, Augurio Paz, para balacear a los federales.

—Ora sí chamaco; ya Ilegaron los jijos. 

—Sí —sopló Neófito. Sintió la boca seca y dura la lengua.

—¿Entuavía dudas?

Neófito negó con la cabeza.

—En la madre hay que darles, chamaco. El viejo se acomodó en su parapeto. Tosió muy quedo y volvió a poner saliva en la carabina.

Ya se escuchaba el metálico sonido de la marcha de los soldados sobre las piedras del camino que corre al fondo de la cañada.

Neófito hubiera querido persignarse, pero desechó la idea pensando que un hombre no debe hacer esas cosas. Es por miedo que lo hacen...

Ninguno de los hombres del coronel Pineda estaba tranquilo. Aguardaban, con las narices dilatadas por una respiración fatigosa, a que los soldados cayeran en la trampa.

Al lado de una gran piedra blanca, partida a la mitad, aparecieron dos figuras verdes. Era la avanzada de la tropa. Venían con paso seguro pero desconfiado. Pasaban los ojos por todas las peñas esperando descubrir algo. Una cañada es un mal paso en época de revueltas; y eso lo sabían los dos soldados que ahora vigilaban las paredes.

Los hombres de Pineda se ocultaron más, queriendo enterrarse entre las piedras. Nadie hubiera podido descubrirlos. Los soldados describieron un amplio ademán con los brazos y continuaron el avance. Atrás de ellos el ruido de las pisadas aumentó.

Neófito apretó la carabina. No quiso poner el dedo sobre el gatillo por temor a que le fueran a ganar los nervios y se le escapara un disparo.

El grueso de la tropa hizo su aparición al fondo del barranco. Al frente venían cuatro oficiales a caballo. Platicaban entre sí y señalaban las peñas.

—Que no nos vean... que no nos vean —musitó Neófito.

Los soldados, instintivamente, al ir entrando a la trampa, se separaban y descolgaban del hombro los fusiles. Se veían sudorosos los rostros debajo de las gorras verdes. Ellos, en contraste con los oficiales no hablaban.

Neófito se mordió los labios. Sintió que un dolor le punzaba los riñones. Los músculos del brazo se contraían. Abrió y cerró la boca varias veces para frotar su mentón sobre la piedra en que descansaba la cabeza. Los dedos le dolían como si hubiera estado trabajando, durante mucho tiempo, con la lezna allá en el pequeño taller de zapatería. Sintió que el miedo se le estaba reuniendo en el estómago. Cortó una ramita y la mordió desesperadamente. Recordó al viejo y volteó la cara.

Augurio le guiñó un ojo y le sonrió.

—A darles en la madre chamaco —susurró. Neófito quisto repetir la mueca pero no consiguió dibujarla.

La avanzada estaba ya a la mitad del barranco.

Sudaba de las manos. Quiso irse y que todo esto de la carabina, los hombres, la tropa y la muerte, quedara sólo como un mal recuerdo. Aspiró fuerte para destaparse las narices; iba a escupir sonoramente, pero se abstuvo, por temor de indicar su presencia al enemigo.

La tropa federal estaba íntegra en la trampa. La retaguardia. compuesta por tres soldados, entró a la cañada. El ruido de la marcha era grande. Había rodar de piedras bajo las botas del ejército. Los oficiales se habían separado. Sus caballos resaltaban, aquí y allá, rodeados de la marcha trabajosa de los soldados. Todos indagaban con inquietud a las peñas y a los árboles.

Neófito apuntó a uno de los oficiales; lo vio moverse en el centro de su muesca de puntería. Comprendió que la vida de aquel hombre estaba en sus manos; con sólo jalar el gatillo y todo se habría terminado para aquel oficial del Gobierno. Veía todos sus ademanes. Lo fue siguiendo con el cañón por una larga parte del camino. Escogió la parte del cuerpo a la que dirigiría la bala. El plomo le romperá la mitad del pecho. De pronto, las manos volvieron a temblarle; ladeó la carabina. Cerró los ojos y el cuerpo le bailó con varias temblorinas.

—No puedo. No voy a poder. No puedo –hubiera querido que el viejo lo animara. Que le volviera a decir lo de antes. Deseaba sentir aquellas palabras que le habían dado los ánimos necesarios. Volteó la cabeza al apostadero de Augurio; no pudo descubrirlo. Con seguridad que el viejo estaría oculto, estudiando los movimientos del enemigo. El combate se abriría en unos cuantos momentos; decididamente el viejo no podía. hablarle.

Se dio cuenta de que estaba solo. El mismo tendría que escoger entre ponerse a llorar y revolcarse de miedo y luego huir de su puesto en medio de pujidos de angustia, o quedarse ahí y apretar fuerte la rama que tenía mordida para calmarse y poder colocar la muerte en los cuerpos verdes de los soldados, para vengar al padre, y para lograr todas aquellas cosas de que el viejo le había hablado.

De pronto la ametralladora inició el quebradero de federales y las carabinas corearon los disparos. Al fondo, los soldados se movían en desorden como un camino de hormigas. Algunos quedaban doblados sobre una piedra. Otros a rastras, buscaban un refugio.

El viejo estaba en su sitio, vociferando, mentándoles la madre a los soldados, y efectuando, certero, uno tras otro los disparos.

Neófito se fue encogiendo. Plegó las piernas al vientre y metió los brazos entre las rodillas. El ojo derecho le parpadeaba sin que él pudiera evitarlo. Empezó a llorar.

Los federales contestaron el fuego. Sus balas rebotaban en las piedras y zumbaban al igual que una caña que se agita con el viento. Una rama recibió un impacto y crujiendo, cayó cerca del viejo. La piedra que protegía a Neófito palpitó varias veces y le aparecieron puntos blancos. El muchacho se cubrió; volvió a morder la varita hasta hacerla pedazos. Restregaba los pies sobre la tierra y con las manos se cubría el cuello y la cabeza. No podía pensar en nada. Su carabina yacía a su lado, quieta, callada, ajena al tiroteo.

Un crujir de huesos y el pujido de un herido cercano le causaron sobresalto. Oyó el desprenderse de algo. Un sombrero pasó rodando. Neófito arrojó la carabina y se incorporó para iniciar la fuga. Que se vaya al carajo todo... A grandes saltos escaló las peñas rumbo a la cresta del cerro. Los gritos roncos del viejo le llegaron a la espalda.

—¡Hey, chamaco!... No te peles. Eso es de viejas... Ya mero ganamos... ¡Heya, chamaco!

Neófito no se detuvo. Llevaba las manos sangrando de arañar las peñas. Ya mero, ya mero, se decía midiendo los últimos peñascos.

El viejo volvió a gritar. El muchacho se arrancó la carrillera y la lanzó a lo lejos.

Augurio Paz lo encañonó con la carabina. Apuntó e hizo un disparo. Después volvió a dirigir los tiros hacia los soldados.

Travesía a Dilfar - Roger Zelazny

 Cuando Dilvish el Maldito salió de Portaroy, trataron de detenerle en Qaran, luego en Tugado y de nuevo en Maestar, Mycar y Bildesh. Cuatro jinetes le aguardaron en la ruta de Dilfar; y cuando el primero flaqueó, el siguiente le sustituyó con un caballo fresco. Pero ninguno pudo sostener el paso de Black, el caballo hecho de acero. Se rumoreaba que el Coronel del Oriente había trocado parte de su alma por el caballo.

Un día y una noche había cabalgado, para adelantar a los ejércitos en pleno avance de Lylish, Coronel del Occidente, porque sus hombres yacían rígidos y vestidos en los ondulados campos de Portaroy.

Al ver que era el último hombre en pie en el lugar de la matanza, Dilvish llamó junto a él a Black, se acomodó en la silla que era una parte de él mismo y le ordenó huir. Los relucientes cascos de Black le llevaron a través de una línea de lanceros; las lanzas se apartaron igual que trigo y resonaron cuando las metálicas puntas tropezaron con su piel de medianoche.

—¡A Dilfar! —gritó, y Black se desvió en ángulo recto y le condujo hasta la faz de un peñasco donde sólo las cabras podían subir.

Al pasar cerca de Qaran, Black volvió la cabeza.

—Gran Coronel del Oriente —le dijo—, han minado el aire y el aire que hay bajo el aire con las estrellas de la muerte.

—¿Podrás pasar? —preguntó Dilvish.

—Si vamos por la ruta de las postas —dijo Black—, es posible que lo consiga.

—Entonces apresurémonos a intentarlo.

Los menudos ojos plateados, que miraban desde el espacio debajo del espacio y contenían las motas infernales de polvo estelar parpadearon y rielaron cuando Black se lanzó adelante.

Entraron en la senda.

Ya en la senda de las postas, el primer jinete salió de detrás de una roca y ordenó a Dilvish que se detuviera. Su montura era un enorme caballo bayo sin jaeces.

—Ten las riendas, Coronel del Oriente —dijo—. Tus hombres han muerto. La ruta que te espera está sembrada de muerte y flanqueada por los hombres de Lylish...

Pero Dilvish pasó velozmente junto a él sin responder, y el caballero azuzó con sus espuelas al bayo y le siguió.

Le siguió toda la mañana, por la ruta de Tugado, hasta que el bayo, que estaba cubierto de sudor, se derrumbó y lanzó al jinete contra las rocas.

En Tugado, Dilvish encontró el camino obstruido por el jinete del garañón rojo como la sangre, que le lanzó un dardo con una ballesta.

Black se empinó y el dardo rebotó en su pecho. Sus ollares se hincharon y brotó de ellos un sonido como el grito de un gran pájaro. El garañón rojo como la sangre saltó apartándose de la senda y se metió en el campo.

Black se lanzó hacia adelante, y el otro jinete dio media vuelta y le siguió.

El caballero les dio caza hasta que el sol llegó a lo alto del cielo, y entonces el caballo rojo cayó convertido en un montón de jadeos. Dilvish continuó.

En Maestar, el camino estaba atajado en el paso de Resht.

Un muro de troncos llenaba la estrecha senda hasta dos veces la altura de un hombre.

—Por encima —dijo Dilvish, y Black describió un arco en el aire, igual que un negro arco iris, para saltar la fortificación.

Por delante, al final del paso, el jinete de la yegua blanca aguardaba.

Black relinchó de nuevo, pero la yegua permaneció firme.

La luz se reflejó en los espejos de los cascos de acero de Black, y su pelada piel era casi azulada con la brillante luz del mediodía. No frenó su paso, y el jinete de la yegua, al ver que el caballo era completamente metálico, se apartó del paso y sacó la espada.

Dilvish sacó su arma de debajo de la capa y paró un golpe a la cabeza al pasar junto al otro jinete. Luego el caballero le siguió y le gritó:

—¡Aunque hayas pasado las estrellas de la muerte y saltado esta barrera, nunca llegarás a Dilfar! ¡Ten las riendas! ¡Montas un espíritu menor que ha tomado la forma de un caballo, pero te detendremos en Mycar, o en Bildesh... o antes!

Pero el Coronel del Oriente no replicó, y Black siguió conduciéndole con largas y fáciles zancadas.

—¡Cabalgas en una montura que nunca se cansa! —gritó el jinete—. ¡Pero no te servirá contra otras brujerías! ¡Entrégame tu espada!

Dilvish se echó a reír, y su capa fue un ala al viento.

Antes de que el día diera paso a la noche, también la yegua cayó, y Dilvish se encontraba en las cercanías de Mycar.

Black se detuvo de pronto al acercarse al río llamado Kethe. Dilvish se aferró al cuello del caballo para no salir despedido.

—No está el puente —dijo Black— y yo no puedo nadar.

—¿Puedes saltarlo?

—No lo sé, mi coronel. Es muy ancho. Si no consigo saltarlo, jamás volveremos a salir a la superficie. El Kethe se introduce mucho en la tierra.

Y en ese momento los emboscados salieron de pronto de los árboles, algunos a caballo y otros a pie. Los soldados de a pie llevaban picas.

—Inténtalo —dijo Dilvish.

Black se puso al galope de inmediato, más rápido que cualquier caballo, y el mundo dio vueltas y cayó alrededor de Dilvish, aferrado a su montura con las rodillas y sus grandes manos llenas de cicatrices. El caballo relinchó al lanzarse al aire.

Al tocar la otra orilla, los cascos de Black se hundieron un palmo en la roca y Dilvish se tambaleó en la silla. El jinete siguió montado, pese a todo, y Black liberó sus cascos.

Al mirar a la otra orilla, Dilvish vio a los atacantes inmóviles, mirándole fijamente. Luego contemplaron el Kethe y alzaron de nuevo la mirada hacia Dilvish y Black.

En marcha una vez más, el jinete del garañón moteado apareció detrás de Black.

—¡Aunque hayas reventado tres caballos —gritó—, te detendremos entre este punto y Bildesh! ¡Ríndete!

Luego Dilvish y Black estuvieron muy por delante de él, y lo dejaron atrás.

—Creen que eres un demonio, montura mía —dijo Dilvish.

El caballo contuvo la risa.

—Quizá sería mejor que lo fuera.

Y cabalgaron hasta que el sol desapareció del cielo y por fin el caballo moteado se derrumbó y el jinete maldijo a Dilvish y a Black, y ellos siguieron adelante.

Los árboles empezaron a caer en Bildesh.

—¡Trampas! —gritó Dilvish.

Pero Black ya estaba interpretando su danza de prevención y avance. Se detuvo, se encabritó; y brincó apoyándose en las patas traseras y saltó sobre un tronco caído. Se detuvo de nuevo y repitió la maniobra. Luego cayeron dos árboles al mismo tiempo, a ambos lados de la senda, y Black se echó hacia atrás y volvió a saltar por encima de los dos.

Dos profundas zanjas tuvo que saltar más tarde, y salvar una andanada de flechas que resonaron al rebotar en sus costados. Un dardo hirió en el muslo a Dilvish.

El quinto jinete arremetió contra ellos. Del color de oro de nueva acuñación era su caballo, llamado Ocaso, y el jinete era tan sólo un joven de escaso peso, elegido al parecer para prolongar la persecución tanto como fuera preciso. Blandía una mortífera lanza que golpeó el cuerpo de Black sin desviarlo. Ocaso siguió galopando en pos de Dilvish.

—¡Largo tiempo ha que admiro al Coronel del Oriente, y por ello no deseo verlo muerto! —gritó el jinete—. ¡Te ruego que te rindas! ¡Serás tratado con la suma cortesía que merece tu rango!

Dilvish se rió y replicó:

—¡No, amigo mío! ¡Mejor morir que rendirme a Lylish! ¡Adelante, Black!

Y Black redobló su paso y el joven quedó muy detrás y se inclinó sobre el cuello de Ocaso y les persiguió. Llevaba una espada al cinto, pero en ningún momento tuvo oportunidad de usarla. Aunque estuvo galopando la noche entera, más tiempo y más distancia que los anteriores perseguidores, también Ocaso se derrumbó cuando el este empezaba a palidecer.

Allí, tratando de levantarse, el joven prorrumpió en gritos.

—¡Aunque hayas escapado de mí, caerás ante Lance!

Y al rato Dilvish, llamado el Maldito, cabalgaba solitario por las montañas de Dilfar, portando un mensaje para aquella ciudad. 

Y a pesar de que montaba al caballo de acero, llamado Black, temía igualmente un encuentro con Lance el de la Armadura Invencible antes de haber entregado el mensaje.

Al bajar la última senda, su camino estaba bloqueado una vez más, por un hombre acorazado a lomos de un caballo acorazado. El caballero dominaba por completo la senda, y aunque llevaba visera, Dilvish dedujo por los emblemas que se trataba de Lance, la Mano Derecha del Coronel del Occidente.

—¡Detente y ten las riendas, Dilvish! —gritó—. ¡No puedes pasar estando yo aquí!

Lance permaneció inmóvil como una estatua.

Dilvish detuvo a Black y aguardó.

—Te ordeno rendirte ahora.

—No —dijo Dilvish.

—Entonces, tendré que matarte.

Dilvish sacó su espada.

El otro jinete se echó a reír.

—¿No sabes que mi armadura es indestructible?

—No —dijo Dilvish.

—Muy bien, pues —dijo Lance, y pareció reír entre dientes—. Estamos solos aquí, tienes mi palabra. Desmonta. Yo lo haré al mismo tiempo. Cuando compruebes que es inútil, podrás seguir vivo. Serás mi prisionero.

Desmontaron.

—Estás herido —dijo Lance.

Dilvish arremetió contra el cuello del otro sin replicar, esperando reventar la juntura. Pero la armadura resistió y no quedó en el metal ni siquiera un rasguño tras el potente golpe capaz de haber decapitado a otro hombre.

—Ahora debes reconocer que es imposible romper mi armadura. Fue forjada por las mismas Salamandras y sumergida en la sangre de diez vírgenes...

Dilvish arremetió contra la cabeza de Lance y, tras la réplica de éste, describió un lento círculo hacia la izquierda, de tal modo que su rival quedó de espaldas al caballo de acero, llamado Black.

—¡Ahora, Black! —gritó Dilvish.

Y Black se alzó sobre sus patas traseras y cayó, atacando a Lance con los cascos delanteros.

El hombre llamado Lance se volvió con rapidez y recibió un golpe en el pecho. Cayó.

Dos relucientes huellas de casco quedaron impresas en su peto.

—Tenía razón —dijo Dilvish—. Es indestructible.

Lance gimió de nuevo.

—...Y podría matarte ahora, metiendo la hoja por la ranura de tu visera. Pero no lo haré, porque no te he vencido justamente. Cuando te recobres, informa a Lylish que Dilfar estará preparada para recibirle. Sería mejor que retrocediera.

—Tendré un saco para tu cabeza cuando tomemos la ciudad —dijo Lance.

—Te mataré en la llanura delante de la ciudad —replicó Dilvish, y montó de nuevo a Black y descendió por la senda, dejando a Lance en el suelo.

—Cuando os enfrentéis —le dijo Black mientras se alejaban—, golpea las marcas de mis cascos. La armadura cederá en ese punto.

Al llegar a la ciudad, Dilvish recorrió las calles en dirección al palacio sin hablar con la gente que se apiñaba alrededor.

Entró en el palacio y se anunció.

—Soy Dilvish, Coronel del Oriente —dijo—, y estoy aquí para informar que Portaroy ha caído y está en manos de Lylish. Los ejércitos del Coronel del Occidente avanzan en esta dirección y estarán aquí dentro de dos días. Apresúrate a armarte. Dilfar no debe caer.

—Que suenen pues las trompetas —ordenó el rey, levantándose de su trono— y que se congreguen los guerreros. Debemos prepararnos para la batalla.

Y mientras sonaban las trompetas, Dilvish bebió un vaso del magnífico vino tinto de Dilfar. Y mientras le traían comida y hogazas de pan, se maravilló una vez más de la fuerza de la armadura de Lance, y comprendió que debería poner a prueba de nuevo la invulnerabilidad de aquella coraza.