INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta hijo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hijo. Mostrar todas las entradas

El elixir de la larga vida - Honoré de Balzac

En un suntuoso palacio de Ferrara, agasajaba don Juan Belvídero una noche de invierno a un príncipe de la casa de Este. En aquella época, una fiesta era un maravilloso espectáculo de riquezas reales de que solo un gran señor podía disponer. 

Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte, cuyos blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía. Vestidas de satén, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas. No diferían ni en las palabras, ni en las ideas; el aire, una mirada, algún gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos, melancólicos o burlones.

Una parecía decir:
—Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.

Otra:
—Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me adoran.

Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:
—En el fondo de mi corazón siento remordimientos —decía—. Soy católica, y temo al infierno. Pero os amo tanto, ¡tanto!, que podría sacrificaros la eternidad.

La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:
—¡Viva la alegría! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del pasado, ebria aún del encuentro de la víspera, agoto todas las noches una vida de felicidad, una vida llena de amor.

La mujer sentada junto a Belvídero le miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.
—¡No me confiaría a unos espadachines para matar a mi amante, si me abandonara! —después había reído; pero su mano convulsa hacía añicos una bombonera de oro milagrosamente esculpida.

—¿Cuándo serás Gran Duque? —preguntó la sexta al Príncipe, con una expresión de alegría asesina en los dientes y de delirio báquico en los ojos.

—¿Y cuándo morirá tu padre? —dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.

—¡Ah, no me habléis de ello! —exclamó el joven y hermoso don Juan Belvídero—. ¡Solo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo quien lo tenga!

Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de horror. Doscientos años más tarde y bajo Luis XV, las gentes de buen gusto hubieran reído ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de una orgía las almas tienen aún demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizá había aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya marchitos, torpes los ojos, y la embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta las sandalias. 

En aquel momento de silencio se abrió una puerta, y, como en el festín de Baltasar, Dios hizo acto de presencia y apareció bajo la forma de un viejo sirviente, de pelo blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró con una expresión triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con voz cavernosa estas sombrías palabras:
—Señor, vuestro padre se está muriendo.

Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría traducirse por un: «Lo siento, esto no pasa todos los días».

¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de los esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La muerte es tan repentina en sus caprichos como lo es una cortesana en sus desdenes; pero más fiel, pues nunca engañó a nadie.

Cuando don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta. La noche era negra. El silencioso sirviente que conducía al joven hacia la cámara mortuoria alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frío, el silencio, la oscuridad, y quizá por la embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó pensativo, como un procesado que se dirige al tribunal.

Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas riquezas y una sabiduría más valiosa —decía— que el oro y los diamantes, que ahora ya no le preocupaban lo más mínimo.

—Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber —exclamaba a veces sonriendo.

Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro:
—Querido hijo, haz solo tonterías que te diviertan.

Era el único anciano que se complacía en ver a un hombre joven, el amor paterno engañaba a su avanzada edad en la contemplación de una vida tan brillante. A la edad de sesenta años Belvídero se había enamorado de un ángel de paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de este amor tardío y pasajero. Desde hacía quince años este hombre lamentaba la pérdida de su amada Juana. 

Sus numerosos sirvientes y también su hijo atribuyeron a este dolor de anciano las extrañas costumbres que adoptó. Confinado en el ala más incómoda de su palacio, salía raramente, y ni el mismo don Juan podía entrar en las habitaciones de su padre sin haber obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venía por el palacio, o por las calles de Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le faltase; caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en conflicto con una idea o un recuerdo.

Mientras el joven daba fiestas suntuosas y el palacio retumbaba con el estallido de su alegría, los caballos resoplaban en el patio y los pajes discutían jugando a los dados en las gradas, Bartolomé comía siete onzas de pan al día y bebía agua. Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un perro de aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del ruido. 

Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los perros le sorprendían, se limitaba a decir: «¡Ah, es don Juan que vuelve!». Nunca hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven Belvídero, acostumbrado a tratarle sin ceremonias, tenía todos los defectos de un niño mimado. 

Vivía con Bartolomé como vive una cortesana caprichosa con un viejo amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa, vendiendo su buen humor, y dejándose querer. Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de sus años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería difícil echar en falta la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su corazón mientras atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero por haber vivido tanto tiempo. 

Le venían sentimientos de piedad filial del mismo modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que constituían los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda, respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se encontró en la antigua habitación del anciano, ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. 

Una lámpara, situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las ventanas mal cerradas; y la nieve, azorando las vidrieras, producía un ruido sordo. Aquella escena contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de abandonar, que no pudo evitar un estremecimiento. 

Después tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por el dolor, la boca entreabierta y desprovista de dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. 

A pesar de tales signos de destrucción brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder. Un espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba con su mirada moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. 

Aquella mirada, fija y fría, era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía en una inmovilidad semejante a la de los cráneos situados sobre la mesa de los médicos. Su cuerpo, dibujado por completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los ojos. Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.

Don Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume de la fiesta y el olor del vino.

—¡Te divertías! —exclamó el anciano cuando vio a su hijo.

En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompañaba, dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre. Don Juan no quiso oír aquel salvaje asentimiento.

Bartolomé dijo:
—No te quiero aquí, hijo mío.

Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de bondad.

—¡Qué remordimientos, padre! —dijo hipócritamente.

—¡Pobre Juanito! —continuó el moribundo con voz sorda—, ¿tan bueno he sido para ti que no deseas mi muerte?

—¡Oh! —exclamó don Juan—, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote parte de la mía! (Cosas así pueden decirse siempre, pensaba el vividor; ¡es como si ofreciera el mundo a mi amante!).

Apenas concluyó este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido comprendido por el perro.

—Ya sabía, hijo mío, que podía contar contigo —exclamó el moribundo—, viviré. Podrás estar contento. Viviré, pero sin quitarte un solo día que te pertenezca.

«Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:
—Sí, padre querido, viviréis ciertamente, porque vuestra imagen permanecerá en mi corazón.

—No se trata de esa vida —dijo el noble anciano, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse, porque le sobrecogió una de esas sospechas que solo nacen en la cabecera de los moribundos—. Escúchame, hijo —continuó con la voz debilitada por este último esfuerzo—, no tengo yo más ganas de morirme que tú de prescindir de amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.

«Estoy seguro de ello», pensó el hijo arrodillándose a la cabecera de la cama y besando una de las manos cadavéricas de Bartolomé.

—Pero —continuó en voz alta—, padre, padre querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.

—Dios soy yo —replicó el anciano refunfuñando.

—No blasfeméis —dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los rasgos de su padre—. Guardaos de hacerlo, habéis recibido la Extremaunción, y no podría hallar consuelo viéndoos morir en pecado.

—¿Quieres escucharme? —exclamó el moribundo, cuya boca crujió.

Don Juan cedió. Reinó un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de la nieve llegaron aún los acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como un día naciente. El moribundo sonrió.

—Te agradezco el haber invitado a cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta!, mujeres jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de la vida, haz que se queden. Voy a renacer.

—Es el colmo del delirio —dijo don Juan.

—He descubierto un medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa; podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.

—Ya está, padre.

—Bien, coge un pequeño frasco de cristal de roca.

—Aquí está.

—He empleado veinte años en… —en aquel instante, el anciano sintió próximo el final y reunió toda su energía para decir—: Tan pronto como haya exhalado el último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con esta agua, y renaceré.

—Pues hay bastante poco —replicó el joven.

Si bien Bartolomé ya no podía hablar, tenía aún la facultad de oír y de ver, y al oír esto, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento de escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como el de una estatua de mármol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a mirar de lado, sus ojos, más grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. 

Estaba muerto, muerto perdiendo su única, su última ilusión. Buscando asilo en el corazón de su hijo encontró una tumba más honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus muertos. Sus cabellos se habían erizado también por el horror, y su mirada convulsa hablaba aún. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir venganza a Dios.

—¡Vaya!, se acabó el buen hombre —exclamó don Juan.

Presuroso por acercar el misterioso cristal a la luz de la lámpara como un bebedor examina su botella al final de la comida, no había visto blanquear el ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta alternativamente a su amo muerto y el elixir, del mismo modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco. 

La lámpara arrojaba ráfagas ondulantes. El silencio era profundo, la viola había enmudecido. Belvídero se estremeció creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por la expresión rígida de sus ojos acusadores los cerró del mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos. 

De repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompió el silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer el frasco. De sus poros brotó un sudor más frío que el acero de un puñal. Un gallo de madera pintada surgió de lo alto de un reloj de pared, y cantó tres veces. Era una de esas máquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se hacían despertar para sus trabajos a una hora fija los sabios de la época. 

El alba enrojecía ya las ventanas. Don Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de pared era más fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes, mientras que don Juan poseía uno particular al hombre, llamado corazón. Para no arriesgarse a perder el misterioso licor, el escéptico don Juan volvió a colocarlo en el cajón de la mesita gótica. 

En tan solemne momento oyó un tumulto sordo en la galería: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se abrió y el Príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pésame de costumbre.

—¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? —dijo el Príncipe al oído de la de Brambilla.

—Su padre era un buen hombre —le respondió ella.

Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían imprimido a sus rasgos una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo. Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios secos por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron a rezar. 

Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor, las alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que es vida, se postraba así ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la vida disoluta y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la religión era un exceso, y los excesos una religión. 

El Príncipe estrechó afectuosamente la mano de don Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría desapareció, dejando la sala vacía. Ciertamente era una imagen de la vida. Mientras bajaban las escaleras le dijo el Príncipe a la Rivabarella:
—Y bien, ¿quién habría creído a don Juan un fanfarrón impío? ¡Ama a su padre!

—¿Os habéis fijado en el perro negro? —preguntó la Brambilla.

—Ya es inmensamente rico —dijo suspirando Blanca Cavatolino.

—¡Y eso qué importa! —exclamó la orgullosa Baronesa, aquella que había roto la bombonera.

—¿Cómo que qué importa? —exclamó el Duque—. ¡Con sus escudos él es tan príncipe como yo!

Don Juan, en un principio, asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias decisiones. Después de haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvió a la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoísmo. Encontró allí a toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho fúnebre en el cual iba a ser expuesto al día siguiente el difunto señor, en medio de una soberbia capilla ardiente, curioso espectáculo que toda Ferrara vendría a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.

—Dejadme solo aquí —dijo con voz alterada— y no entréis hasta que yo salga.

Cuando los pasos del anciano sirviente que salió el último solo sonaron débilmente en las losas, cerró don Juan precipitadamente la puerta, y seguro de su soledad exclamó:
—¡Veamos!

El cuerpo de Bartolomé estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a los ojos de todos el horrible espectáculo de un cadáver al que una decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los embalsamadores habían colocado una sábana sobre el cuerpo, envolviéndole todo menos la cabeza. Aquella especie de momia yacía en el centro de la habitación, y la sábana, amplia, dibujaba vagamente las formas, aun así duras, rígidas y heladas. 

El rostro tenía ya amplias marcas violeta que mostraban la necesidad de terminar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo que le acompañaba, don Juan tembló al destapar el mágico frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un temblor estuvo a punto de obligarle a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que aguijoneaba su viva curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que resonaron en su corazón: «¡impregna un ojo!». Tomó un paño y, después de haberlo empapado con parsimonia en el precioso licor, lo pasó lentamente sobre el párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.

—¡Ah! ¡Ah! —dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en sueños la rama de la que colgamos sobre un precipicio.

Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras, brillaba como ese único resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía. Todas las pasiones humanas se agitaban en él. 

Eran las más tiernas súplicas: la cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último escalón del patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo, que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que ladraban a su alrededor.

—¡Bien podría haber vivido cien años! —exclamó sin querer cuando, llevado ante su padre por una fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.

De repente, aquel párpado inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente, como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí!», don Juan no se hubiera asustado más.

«¿Qué hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos fueron vanos.

—¿Reventarlo? ¿Sería acaso un parricidio? —se preguntaba.

—Sí —dijo el ojo con un guiño de una sorprendente ironía.

—¡Ja! ¡Ja! ¡Aquí hay brujería! —exclamó don Juan, y se acercó al ojo para reventarlo. Una lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver, y cayó en la mano de Belvídero—. ¡Está ardiendo! —gritó sentándose.

Aquella lucha le había fatigado como si hubiera combatido contra un ángel, como Jacob.

Finalmente se levantó diciendo para sí:
«¡Mientras no haya sangre…!». Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser cobarde, reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar. Un gemido inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre perro de aguas expiró aullando.

«¿Sabría él el secreto?», se preguntó don Juan mirando al fiel animal.

Don Juan Belvídero pasó por un hijo piadoso. Levantó sobre la tumba de su padre un monumento y confió la realización de las figuras a los artistas más célebres de su tiempo. Solo estuvo completamente tranquilo el día en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en el fondo de la cual enterró el único remordimiento que hubiera rozado su corazón en los momentos de cansancio físico. 

Haciendo inventario de las inmensas riquezas amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ¿Acaso no tenía dos vidas humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y escrutadora, penetró en el principio de la vida social y abrazó mejor al mundo, puesto que lo veía a través de una tumba. 

Analizó a los hombres y las cosas para terminar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Futuro, desvelado por las Religiones. Tomó el alma y la materia, las arrojó a un crisol, no encontró nada, y desde entonces se convirtió en DON JUAN. 

Dueño de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, a la vida, despreciando al mundo, pero apoderándose del mundo. Su felicidad no podía ser una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario, con un agradable calentador de cama en invierno, una lámpara de noche y unas pantuflas nuevas cada trimestre. 

No; se asió a la existencia como un mono que coge una nuez y, sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le interesaban. No cometió el error de otros hombres poderosos que, imaginando que las almas pequeñas creen en las grandes almas, se dedican a intercambiar los más altos pensamientos del futuro con la calderilla de nuestras ideas vitalicias. 

Bien podía, como ellos, caminar con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo; pero prefería sentarse y secar bajo sus besos más de un labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte, allí por donde pasaba devoraba todo sin pudor, queriendo un amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y fáciles. 

Amando solo a la mujer en las mujeres, hizo de la ironía un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se servían de un lecho para subir a los cielos donde iban a perderse en el seno de un éxtasis embriagador, don Juan las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un estudiante alemán sabe serlo. 

Pero decía YO cuando su amante, loca, extasiada decía NOSOTROS. Sabía dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre era lo bastante fuerte como para hacerla creer que era un joven colegial que dice a su primera compañera de baile: «¿Te gusta bailar?», también sabía enrojecer a propósito, y sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores. Había burla en su simpleza y risa en sus lágrimas, pues siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su marido: «Dame un séquito o me moriré enferma del pecho».

Para los negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres, es un hombre; para ciertos espíritus es un salón, una camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era él. Modelo de gracia y de belleza, con un espíritu seductor, amarró su barca en todas las orillas; pero, haciéndose llevar, solo iba allí adonde quería ser llevado. 

Cuanto más vivió, más dudó. Examinando a los hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la prudencia, cobardía; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y, gracias a una fatalidad singular, se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas, justas, generosas, prudentes y valerosas, no obtenían ninguna consideración entre los hombres: ¡Qué broma tan absurda! —se dijo—. No procede de un dios. 

Y entonces, renunciando a un mundo mejor, jamás se descubrió al oír pronunciar un nombre, y consideró a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte. Pero también, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, no contradecía en exceso los prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan bien expresados en su escena con el Señor Dimanche. 

Fue, en efecto, el tipo de Don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth de Maturin. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de Europa, y a las que no faltarán quizá ni los acordes de Mozart ni la lira de Rossini. 

Terribles imágenes que el principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del cual se encuentran copias cada siglo: bien porque este tipo entra en conversaciones humanas encarnándose en Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironía como el divino Rabelais; o, incluso, se ría de los seres en lugar de insultar a las cosas como el mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las cosas como el más célebre de nuestros embajadores.

Pero la profunda jovialidad de don Juan Belvídero precedió a todos ellos. Se rio de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e ideas. En lo que respecta a la eternidad, había conversado familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final de la charla le había dicho riendo:
—Si es absolutamente preciso elegir, prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder unido a la bondad ofrece siempre más recursos que el genio del mal.

—Sí, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.

—¿Siempre pensáis en vuestras indulgencias? —respondió Belvídero—. ¡Pues bien!, tengo reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi primera vida.

—¡Ah!, si es así como entiendes la vejez —exclamó el papa—, corres el riesgo de ser canonizado.

—Después de vuestra ascensión al papado, puede creerse todo.

Fueron entonces a ver a los obreros que construían la inmensa basílica consagrada a San Pedro.

—San Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder —dijo el papa a don Juan—, merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a empezar…

Don Juan y el papa se echaron a reír, se habían entendido bien. Un necio habría ido a la mañana siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madama, pero Belvídero acudió a verle oficiar pontificalmente para convencerse de todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovere hubiera podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.

Sin embargo, esta leyenda no tiene por objeto el proporcionar material a aquellos que deseen escribir sobre la vida de don Juan, sino que está destinada a probar a las gentes honestas que Belvídero no murió en un duelo con una piedra como algunos litógrafos quieren hacer creer.

Cuando don Juan Belvídero alcanzó la edad de sesenta años, se instaló en España. Allí, ya anciano, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y como lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había observado que no somos tan tiernamente amados como por las mujeres en las que nunca pensamos. 
 
Doña Elvira, educada santamente por una anciana tía en lo más profundo de Andalucía, en un castillo a pocas leguas de Sanlúcar, era toda gracia y devoción. Don Juan adivinó que aquella joven sería del tipo de mujer que combate largamente una pasión antes de ceder, y por ello pensó poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue una broma seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus días de vejez. 

Fortalecido con los errores cometidos por su padre Bartolomé, don Juan decidió utilizar los actos más insignificantes de su vejez para el éxito del drama que debía consumarse en su lecho de muerte. De este modo, la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los sótanos de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su fortuna estableció una renta vitalicia para que le produjera intereses durante su vida, la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera haber practicado. 

Pero semejante maquiavélica especulación no le fue muy necesaria. El joven Felipe Belvídero, su hijo, se convirtió en un español tan concienzudamente religioso como impío era su padre, quizá en virtud del proverbio: a padre avaro, hijo pródigo.

El abad de Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la duquesa de Belvídero y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre santo, admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificación y diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. 

Quizá esperaba el anciano señor matar a algún monje antes de terminar su primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo don Juan, bien porque doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que España le otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un viejo cura rural, sin escándalos en su casa. 

A veces, sentía placer si encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les exigía realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. 

Sin embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero prodigaba a su persona, llegaron los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de impotencia, gritos tanto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. 

Aquel hombre, cuyo grado más alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los que él se mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizá. Aquel modelo de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte, gentil para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre, aquel hombre ingenio tenía una pituita pertinaz, una molesta ciática y una gota brutal. 

Veía cómo sus dientes le abandonaban, al igual que se van, una a una, las más blancas damas, las más engalanadas, dejando el salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas piernas se tambalearon, y una noche, la apoplejía le aprisionó sus manos corvas y heladas. Desde aquel fatal día se volvió taciturno y duro. 

Acusaba la dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos cuidados y delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía afectuosa para decirles: «Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonáis, verdad? Os atormento un poco. ¡Ay, gran Dios! ¿Cómo te sirves de mí para poner a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera ser su alegría, soy su calamidad». 

De este modo les encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo para con él.

Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarle, había que manejarle como una falúa que entra en un canal peligroso. Luego, llegó el día de la muerte. Aquel brillante y escéptico personaje de quien solo el entendimiento sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un confesor, los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con ellos. ¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir? Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como sombras las arrebatadoras delicias de la juventud.

Era una hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire, las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la naturaleza le daba pruebas ciertas de su resurrección, un hijo piadoso y obediente le contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel cándido ser.

—Felipe —le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al joven. Jamás había pronunciado así «Felipe» aquel padre inflexible.

—Escúchame, hijo mío —continuó el moribundo—. Soy un gran pecador. Durante mi vida, también he pensado en mi muerte. En otro tiempo, fui amigo del gran papa Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis sentidos me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir los santos óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana entre las rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha estado en la cabecera de mi cama… El precioso cristal podrá servirte aún, querido Felipe. Júrame, por tu salvación eterna, que ejecutarás puntualmente mis órdenes.

Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado la expresión de los sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada, como su padre había muerto en la desesperanza de su propia mirada.

—Tú merecías otro padre —continuó don Juan—. Me atrevo a confesarte, hijo mío, que en el momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el viático, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el de Dios.

—¡Oh, padre!

—Y me decía a mí mismo que, cuando Satán haga su paz, tendrá que acordar el perdón de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue. Iré, pues, al infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.

—¡Oh, decídmela pronto, padre!

—Tan pronto como haya cerrado los ojos —continuó don Juan—, unos minutos después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor de las estrellas deberá ser suficiente. Me despojarás de mis ropas, rezarás padrenuestros y avemarías elevando tu alma a Dios y humedecerás cuidadosamente con esta agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo; pero, hijo mío, el poder de Dios es tan grande, que no deberás asombrarte de nada.

Entonces, don Juan, que sintió llegar la muerte, añadió con voz terrible:
—Coge bien el frasco —y expiró dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lágrimas bañaron su rostro irónico y pálido.

Era cerca de la medianoche cuando don Felipe Belvídero colocó el cadáver de su padre sobre la mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la claridad de la luna, cuyos extraños reflejos iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe entrever indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. 

El joven impregnó un paño en el licor que, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos indescriptibles, pero los atribuía a los juegos de la brisa en la cima de los árboles. Cuando humedeció el brazo derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso le cogía el cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito desgarrador y dejó caer el frasco, que se rompió. 

El licor se evaporó. Las gentes del castillo acudieron, provistas de candelabros, como si la trompeta del juicio final hubiera sacudido el universo. En un instante, la habitación estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de su padre, que le apretaba el cuello. 

Después, cosa sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan bella como la de Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al que pertenecía. Un anciano servidor gritó:

—¡Milagro! —y todos los españoles repitieron—: ¡Milagro!

Doña Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia, mandó buscar al abad de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente y como abad, para aumentar sus ingresos. 

Declarando enseguida que don Juan sería canonizado sin ninguna duda, fijó la apoteósica ceremonia en su convento que en lo sucesivo se llamaría, dijo, San Juan de Lúcar. Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.

El gusto de los españoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no resultan difíciles de creer las hechicerías religiosas con que el abad de Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvídero a su iglesia. Días después de la muerte del ilustre noble, el milagro de su imperfecta resurrección era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de más de cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba cómico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum con antorchas. 

La antigua mezquita del convento de Sanlúcar, una maravillosa edificación construida por los moros, cuyas bóvedas escuchaban desde hacía tres siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la multitud que acudía a ver la ceremonia. Apretados como hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo y armados con sus espadas estaban de pie alrededor de las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que solo se doblaban allí. 

Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas dibujaban las amorosas formas, daban su brazo a ancianos de blancos cabellos. Jóvenes con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. Había, además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que se cogían de la mano, temerosos. Allí estaba aquella multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave tumulto en el silencio de la noche. 

Las amplias puertas de la iglesia se abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a la que nuestras modernas óperas solo podrían aproximarse débilmente. Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que concedieron un mágico aspecto al monumento. 

Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, las figuras sarracenas recortadas, los más delicados trazos de tan delicada escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se forman en un brasero al rojo.

Era un océano de fuego, dominado al fondo de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria habría podido rivalizar con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y de los exvotos, palidecía ante el relicario en que se encontraba don Juan. 
 
El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores, cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafín, y sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. 

El abad de Sanlúcar, adornado con los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su roqueta, su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de un lujo imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos plateados, revestidos de albas finas y que le rodeaban semejantes a los santos confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. 

El gran chantre y los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus vanidades eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes formadas por el incienso, semejantes a los astros que ruedan en el firmamento. Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del campo, y aquella inmensa asamblea lanzó a Dios el primer grito de alabanza con que comienza el Te Deum. ¡Sublime grito! 

Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en éxtasis unidas a las voces graves y fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas, que el órgano no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. Solo las agudas notas de la voz joven de los niños del coro y los amplios acentos de algunos bajos suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un sentimiento de amor.

¡Te Deum laudamus!

Aquel canto salía del seno de la catedral negra de mujeres y hombres arrodillados, semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió el silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con nubes de incienso que arrojaban entonces velos diáfanos y azulados sobre las fantasías maravillosas de la arquitectura. Todo era riqueza, perfume, luz y melodía. 

En el instante en que aquella música de amor y de reconocimiento se concentró en el altar, don Juan, demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado espiritual, por no decir burlón, respondió con una espantosa carcajada y se acomodó en su relicario. 

Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corría de ser tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleón. Turbó aquella melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del infierno. La tierra bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus antiguos cimientos.

¡Te Deum laudamus! —decía la asamblea.

—¡Al diablo todos!, ¡sois unas bestias! ¡Dios! ¡Dios!, ¡carajos demonios!, ¡animales, sois unos estúpidos con vuestro viejo Dios!

Y un torrente de imprecaciones discurrió como un río de lava ardiente en una erupción del Vesubio.

¡Deus Sabaoth, Sabaoth! —gritaron los cristianos.

—¡Insultáis la majestad del infierno! —contestó don Juan con un rechinar de dientes.

Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazó a la asamblea con gestos de desesperación e ironía.

—El santo nos bendice —dijeron las viejas mujeres, los niños y los novios, gentes crédulas.

Así somos frecuentemente engañados en nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de los que le elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que se burla en el fondo de su corazón.

Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:
Sancte Johannes ora pro nobis —entendió claramente—: ¡Oh, coglione!

—¿Qué pasa ahí arriba? —exclamó el deán al ver moverse el relicario.

—El santo hace diabluras —respondió el abad.

Entonces, aquella cabeza viviente se separó violentamente del cuerpo que ya no vivía y cayó sobre el cráneo amarillo del oficiante.

—¡Acuérdate de doña Elvira! —gritó la cabeza devorando la del abad.

Este profirió un horrible grito que turbó la ceremonia.

Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a su soberano.

—¡Imbécil! ¿Y dices que hay un Dios? —gritó la voz en el momento en que el abad, mordido en su cerebro, expiraba.

Mancha - Iban Zaldua

Era como un chancro que se extendía semana tras semana, casi imperceptiblemente, entre negro y gris, homogéneo, compacto. No lo creerán ustedes, pero al principio casi ni me enteraba: echaba un poco de lejía de la amarilla, un chorrito de limpiahogar con olor a pino, frotaba con más fuerza la escobilla y tiraba de la bomba, fundiendo todo el fondo de la taza del váter en una explosión de espuma, burbujas y agua limpia. 

No es una labor de esas que me entusiasmen mucho, la de limpiar el cuarto de baño, así que creo que se me puede excusar por no haber tenido suficiente cuidado cuando todo comenzó. Procuraba terminar cuanto antes para ver el programa de las tardes, ese en el que salen esas señoras tan simpáticas y tan, tan inteligentes, y luego esos invitados… 

En fin, que no me fijaba y me volvía enseguida para limpiar el suelo de azulejo, que es lo último que hago —con agua bien calentita— después de repasar a míster Roca. Lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que antes de tomar conciencia del problema ya había visto la mancha, pero que no le había dado ninguna importancia, tratándola como a otra mancha cualquiera. Fue, sin duda, un error.

El caso es que me iba poniendo cada vez más nerviosa. Es difícil de explicar. José volvía muy tarde del trabajo y no traía ganas de nada, solo de sentarse delante del aparato y mirar algún programa concurso de Tele 5. Ahora me doy cuenta de que ya entonces sabía que la mancha estaba avanzando, que lo sabía inconscientemente o así, pero que no acababa de hacerme cargo. Es verdad que notaba algo raro. 

Me demoraba cada vez más limpiando la taza. Incluso le pregunté a Jesús, mi hijo, si no notaba nada extraño en el cuarto de baño, pero como siempre que viene a casa después de pasar uno o dos meses en Madrid creo que ni me escuchó; para pedir dinero por teléfono cuando se le acaba a fin de mes ya se preocupa más, claro, entonces hasta me pregunta a ver qué tal estoy, que si mis varices me están dando mucha lata, que si he ido a la peluquería… y yo caigo como una tonta, normal. 

También se lo pregunté a José, pero sin ninguna esperanza; en eso es como mi hijo o peor, aunque quizás debería decir que es el hijo el que ha salido al padre. Hacía tiempo que no hablábamos de otra cosa que de facturas o de la tele y, durante los periodos electorales, de si iba a votar al partido, que el partido nos necesita ahora que las cosas están más difíciles que nunca, que hay que pararles los pies a esos chupatintas; así durante veinte o treinta días más o menos. Pero yo ya me había acostumbrado.

A lo que no terminaba de acostumbrarme era a la sensación de extrañeza que percibía en el baño. Tengo que decir que yo era la que más horas pasaba allí, pintándome por ejemplo —me gusta salir guapa a la compra— y no podía pasarlo por alto. 

El 13 de junio de 1993 —recuerdo perfectamente la fecha— la vi y supe. Se estaba extendiendo desde el fondo de la taza, desde la derecha, desde ese punto en que la curva se pierde de vista y se adivina el comienzo de la cañería de plomo que conduce al abismo. 

Aquel día froté como loca. Me pasé dos horas intentando limpiarla, abandonando incluso mi «tradicional» técnica de la escobilla, rebajándome a ponerme los guantes de goma —que no me gustan nada porque se pegan y luego no hay manera de quitárselos y hasta hacen daño—, a utilizar el Scotch-Brite, a arrodillarme. 

Inútilmente. José ni me hizo caso a la noche. Aún no estaba nerviosa, pero la verdad es que aquel lamparón que iba como corroyendo el esmalte me preocupaba, así que a la mañana siguiente lo primero que hice fue bajar al ultramarinos de la esquina a por algo más fuerte —y más caro— que mi limpiahogar habitual. Compré tres botellas de un producto muy espeso, alemán, de «eficacia probada», ecológico. 

Olía muy mal, pero en la propaganda decía que no había germen que se resistiera a su potencia limpiadora, y que con una gota bastaba para que una pudiera prepararse allí mismo el té con pastas que tomaba a la tarde con sus amigas. 

Fuera bromas, porque esa propaganda estaba mal e igual valía para Alemania o algún otro de esos países de Europa, que aquí lo más nos juntamos para charlar en torno a una taza de chocolate, acaso con churros, si alguna de nosotras comprueba que el de la caravana no se ha pasado con el aceitorro que suele utilizar; fuera bromas, digo, me apliqué en la tarea nada más llegar a casa, no sin apercibirme, con horror, de que la mancha había crecido más que considerablemente y cubría, como si fueran unos labios amoratados, todo lo que es la boca que se abre a la cañería y luego va a la cloaca y luego al colector y al río y vaya usted a saber si a algún mar. Daba miedo. 

Yo, desde luego, dejé de hacer mis necesidades allí: pensaba que de un momento a otro una rata o algún bicho horrible iba a salir de aquellas profundidades y me iba a morder, o peor todavía, que el propio orificio se alargaría, alargaría, negro como la pez, para pegárseme y absorberme y engullirme con un sonido como chuufff. Gasté los tres litros de producto alemán aquella misma mañana. Para que luego digan.

A la tarde no intenté nada, estaba demasiado cansada. Ni me atreví a acercarme al cuarto de baño. No podía dejar de pensar en que aquella mancha se estaba extendiendo, sin que nada pudiera impedirlo, taza arriba. Pensé en esa película horrorosa que pasaron el otro día por la tele, La invasión de los ultracuerpos, o algo así, donde una especie de sandías espaciales van tomando la forma de los seres humanos que tienen la desgracia de estar cerca de ellas… me estoy liando otra vez, vaya. Pero era una posibilidad. Un virus extraterrestre o similar. 

Se me ocurrió que podía mirar en alguno de los libros de Benítez —los tengo todos—, pero me dio tanto miedo encontrar algo que preferí dejarlo para cuando estuviera menos alterada, así que pasé el tiempo viendo la tele. 

Lo más que hice fue llamar a Jesús a la residencia, pero me dijeron que había salido, y no juzgué oportuno contárselo al padre Alonso, siempre atendiendo las llamadas, siempre tan amable, preguntándome si estaba preocupada por algo, que lo decía por mi tono de voz. Esperé a la noche para hablar con José, pero como si nada, que si la agrupación local esto, que si en la oficina aquello… 

El jueves por la mañana —¿o fue el viernes?— fui a la droguería a por salfumán. «Es lo más potente que hay», me dijo la dependienta, pero por si acaso me dio también unas sales «muy corrosivas. Mientras no le agujereen la tubería… ¿Es de plomo? Son las peores», y continuó con una interminable disquisición acerca de fontaneros, peritos, facturas y seguros, a la que procuré hacer el menor caso posible. 

Volví a casa con una mezcla de afán por limpiar aquella mácula de una maldita vez y de temor porque no sirviera de nada, de que nada sirviera. La mancha invadía ya la parte cóncava inmediatamente inferior al borde, mezclándose con los marronáceos regueros que bajaban de los lados, tan habituales en tazas con unos cuantos añitos: parecía como si la mancha los estuviera utilizando para ascender en su camino hacia Dios sabe dónde. 

Esto de los regueros lo menciono para demostrar que no soy ninguna maniática de la limpieza ni nada que se le parezca; conozco lo que es suciedad habitual, indeleble, con la que se puede convivir. La mancha era distinta, tanto que resistió también al salfumán, aunque destrocé un buen par de guantes de goma y casi, casi me asfixio en las dos horas y media que me pasé allí, frota que te frota. 

Cuando no pude más, que fue cuando se acabó mi arsenal químico, comprobé no solo que la mancha no había desaparecido, sino que había crecido hasta casi rebasar el borde. La punta de los dedos de los guantes, hechos jirones, estaban también tiznados de aquella negrura extraña. 

Era, bien mirado, como una mancha de tinta china extendiéndose con una lentitud exasperante, de forma tentacular, asquerosa. No pude más. Cerré el baño a cal y canto y esperé a que volviera mi marido.

La cosa fue mal. Llegó tarde, cansado, oliendo a tabaco y cerveza, comentando que si los renovadores, ¡ja!, los renovadores habían elevado al comité no sé qué propuesta, casi ni me atendió, esos mamones… «José», tuve que levantar la voz, «José», tuve que repetir más fuerte cuando siguió con su perorata sin mirarme siquiera, «José», y a la tercera dejó de dar vueltas por la sala y se volvió hacia mí, «¿Qué hostias pasa contigo?», no soporto que me hablen así, pero: «Es la mancha, cariño, no la puedo quitar y me da miedo…», y por supuesto, «¿Qué mancha?», hastiada: «Ya te comenté, esa del váter, la que está creciendo sin parar, hay que hacer algo…», «¿Cómo que algo? Se llama al fontanero y sanseacabó», lo que hubiera dado yo por un marido más mañoso, como pienso siempre, «Pero esto es distinto, José, que te digo yo que es muy raro, como si la mancha quisiera salirse, no sé», «Vamos a verlo», por primera vez con una voz varonil, o eso me figuré yo. 

Cuando entramos en el cuarto de baño observé que la catástrofe había adquirido, en aquellas pocas horas, proporciones verdaderamente preocupantes: la mancha engullía no solo ya el interior de la taza, sino que lanzaba sus oscuros tentáculos por encima del borde, los extendía hacia abajo, hacia la base del váter, amenazando con propagarse por el terrazo gris que cubría el piso. 

Era como si la mancha se hiciera una con la loza, como si esta adquiriera, tan naturalmente como era blanca, el color negro, brillante, amenazador de aquella. Podía imaginarme el lavabo, el bidé, la bañera, el resto del cuarto cubierto con aquella película diabólica, viva. No pude reprimir un grito. «¡¿Pero tú estás loca o qué?!», y me miraba como si allí, delante de él, no pasara absolutamente nada, como si mi grito le pareciera algo anormal. «Aquí no hay nada. Si tienes problemas con el váter y te vas a quedar más tranquila, llama a un fontanero y en paz. Déjanos vivir a los demás», y lo vi alejarse por el pasillo, despacio, exasperantemente, como si la escena se estuviera desarrollando a cámara lenta, eso es, y me lo imaginé llegando al salón y quitándose los mocasines, calzándose las zapatillas a cuadros, todo lenta, lentísimamente, sentándose, cogiendo El País y el paquete de tabaco, vociferando como siempre «¡¿Dónde está el mecherooo?!», hasta la náusea, y sentía mi boca seca, áspera, lenta también, no sé si me explico, no pude aguantarlo. 

En un suspiro atravesé el pasillo y, antes de que hubiera rebasado la puerta de nuestro cuarto, lo alcancé y no sé de dónde saqué las fuerzas, pero le hice volverse y, sin compadecerme siquiera de su carucha de sorpresa, empujé su cabeza contra la pared, una, dos, tres, cuatro veces —sonaba tan extraño: crack, crack, crack, crunch— hasta que una marca de sangre apareció sobre aquella pared que no habíamos pintado en años —no sé por qué, en ese momento, fue lo único que se me ocurrió— y resbaló junto a su cabeza y su cuerpo, inusitadamente rápida, hasta el parqué del suelo.

No supe qué hacer. Antes de llamar a la ambulancia probé a fumar uno de sus Ducados, con estilo, como en las películas, pero nunca he podido con el tabaco y la verdad es que me atraganté. El vaso de clarete me sentó bastante mejor. No di ninguna explicación a los enfermeros, no sé si me mirarían raro, pero les dije que iría un poco después al hospital; «Parece muy serio», me susurró uno de ellos a modo de reproche. 

Esperé un rato, sentada en la cocina, me serví otro vaso de vino. Estaba mucho más tranquila. Tuve una corazonada. Me acerqué sin prisa al cuarto de baño y miré. La mancha seguía allí, sí, pero había empezado a retirarse, estaba segura. Los bordes estaban otra vez inmaculados, más brillantes que nunca, y el negro del interior era como si hubiera perdido fuerza, se le veía sin brillo, casi gris. 

Me fui al hospital sin temor. Cuando volví, ya de madrugada, no quedaba prácticamente ni rastro de ella, solo una pequeña mota casi invisible, muy dentro, debajo del agua, debatiéndose, y me quedé unos minutos a ver cómo desaparecía, silenciosa y definitivamente.

¿No es sorprendente? Todo lo que les cuento es real, absolutamente verídico. Y fácil de reconstruir, me imagino, tendrán para eso técnicos buenísimos, con sus videos y todo eso; además, acabamos de cambiar los azulejos y todo, ha quedado un cuarto de baño monísimo, aunque me dirán que es una lástima que no se me ocurriera sacar ninguna foto, es que en el momento… Pero ¿a que es una historia digna de su programa? 

Mi marido ya está mucho mejor y a él también le encantará ir, ahora mismo me lo acaba de confirmar. Y si nos avisan con tiempo les prometo que también podrán ir con nosotros mi hijo y uno o los dos enfermeros de la ambulancia, no creo que sea difícil localizarlos. Llámennos, se lo ruego, en la tarjeta que le adjunto está nuestro número de teléfono. Nos encantará participar en sus Historias familiares extraordinarias. Les juro que no nos perdemos ni uno aquí, en nuestra casa.


Uno no sabe - Mónica Lavín

Uno no sabe que un día se irá a la cama y, cuando despierte, papá pondrá los cereales en la mesa, nervioso y sin haberse rasurado; las hermanas hablarán en voz baja y nadie dirá que mamá no está. 
Uno se irá a la escuela pensando que la verá al volver, pero será Trini quien abra la puerta del departamento, sirva la sopa de fideo y rezongue porque, de ese día en adelante, le toca disponer como si fuera la señora de la casa.
Uno piensa que alguien lanzará algo —un quejido, una pregunta, un plato— porque una madre no puede irse así. En vez de eso, las hermanas acarician la cabeza de uno, y papá llega por la noche a preguntar sobre la escuela y el fútbol con impostado interés. 
Sentado al borde de la cama, no se fija que uno no se lavó los dientes y parece que va a comenzar a explicar algo, pero los ojos se extravían entre las repisas con coches de juguete y suelta un «buenas noches» apresurado.
Uno no sabe que el silencio será la explicación, que todos andarán como si la voz de la madre ausente fuera humo, como si los domingos siempre hubieran sido cuatro a la mesa, como si vendieran los calcetines con hoyos y fuese normal que Trini lo llevara al doctor en un taxi. 
Y uno irá a la escuela con los ojos como platos, con el asombro pegando las pestañas a los párpados porque nadie se ha atrevido a llorar, a patear las puertas, porque el único cambio visible son las fotos removidas.
Sólo en el buró del padre está una en blanco y negro donde se miran los dos alegres, sentados en una banca. Vestigios de su madre en el cuarto que poco frecuenta uno, porque más vale no naufragar en el tamaño de la cama, en la doble almohada ni tras las puertas del clóset. 
Uno ni siquiera sabe si allí todavía cuelgan sus vestidos porque las hermanas se han encargado de echar llave, y son ellas las que van a los festivales de la escuela, firman las calificaciones, hablan con las maestras. 
El padre, callado, pasea por la casa como telón de fondo; uno supone que es la única forma posible de aceptar que no hubiera un beso de despedida.
Uno crece y se acostumbra a Trini malhumorada, a las hermanas a oscuras con los novios en la sala, a las reuniones con los abuelos, a las leves alusiones a ciertos rasgos de la madre repetidos en los hijos, como el paso de una franela que recoge el polvo de los muebles. 
 
Uno aprende a no visitar a la abuela Nona porque sólo habla de papá y su cerrazón, y porque las hermanas disgustadas no resisten que busque razones para la orfandad de sus nietos. Uno no quiere estar en casas ajenas que le recuerden a una madre de rasgos borrados.
Pasan los años y uno empieza a mirar las piernas de las mujeres, a imaginarse besándolas y acariciándolas; uno da todo por rodear una cintura apretada y aspirar un aliento dulce. Uno las besa y las abraza en la penumbra del cine y se masturba pensando en ellas, y cuando comienza a desear más allá de su cuerpo, su presencia y su ternura, uno se va sin despedida.
Por eso uno se puede ir un día sin dar explicaciones. Ha pescado una conversación furtiva entre el padre y la cuñada: alguien la vio en Nueva York, es mesera en una cafetería de la Segunda Avenida. Uno piensa que un destino así está lleno de grasa de frituras. Y el coraje se atiza. Uno tiene veintiún años y trabaja en el despacho de un tío abogado mientras estudia; ha juntado el dinero para pasar un mes en esa ciudad. Así que le dice a su padre que hará un viaje y no le indica cuándo ni a dónde.
Un día toma el avión y se sube ligero. Cafeterías en esa avenida tan larga hay muchas; descarta los restaurantes chinos, las pizzerías, los bares, pero aún queda un gran número de posibilidades. Alquila un cuarto de hotel de medio pelo en la Treinta y Dos y la Octava. Planea recorrer las dos aceras de la Segunda desde el *Lower East Side* hasta el *Spanish Harlem*. Está seguro de que acertará. Tiene el día entero para hacerlo, el dinero para consumir tés, refrescos y donas, porque no basta mirar desde la calle: hay que sentarse adentro. Debe reconocerla trece años después del recuerdo que tiene de su cara, que ya no será la de la foto del buró de su padre.
Uno anda en tenis y chaqueta gruesa porque a fines de abril puede sorprender la lluvia menuda o la nieve; uno no habla con nadie y no cuesta trabajo. Pasan dos semanas y ha mirado tras el vaho de los ventanales grasosos de las cafeterías donde las meseras lo llaman *dear*, y también entre la vajilla blanca y delicada de las cafeterías de los hoteles. Uno ha entrado por la mañana y por la tarde al mismo lugar porque quién sabe qué turno le toque a una mesera en una ciudad que nunca para. Antes de salir del hotel, marca el croquis y, como quien va al hipódromo, lanza sus apuestas: volver al Ruby’s, recorrer de la Cuarenta a la Sesenta. Navega entre el cálculo y la corazonada.
Por eso a las tres semanas, sin que su esperanza haya flaqueado, sin amasar resentimiento por las noches, cuando entra a la cafetería de la esquina de Madison y la Noventa y ocho —mientras dobla el croquis y lo guarda en el bolsillo— sabe que la ha encontrado. Uno la ha visto colocar los platos en la mesa de junto, inclinar el cuerpo en uniforme beige, y es la manera de recoger los platos lo que la delató. La súbita remisión a la mesa del comedor. Pensó que sería la mirada, o el cuello largo, o tal vez la nariz afilada lo que le permitiría reconocerla, no aquella postura alguna vez doméstica, hoy gaje del oficio. La quiere observar así, a distancia, pero ella advierte que un cliente aguarda. Uno se parapeta mirando la carta. Sabe que pronto escuchará su voz. Espía sus piernas y sus zapatos bajos de suela de hule.
—*Good morning, are you ready to order?* —le pregunta en un inglés extranjero.
Uno la mira porque está desconcertado, porque la quiere contemplar como una foto: el pelo pintado de rubio cenizo, la nariz afilada, una sonrisa a la fuerza. Insiste con otra pregunta: *What are we up to this morning?* Uno no sabe qué hacer cuando su madre le habla en inglés al mismo tiempo que vierte un café recalentado en la taza mustia. Antes de que se aleje dispuesta a atender otra mesa, porque el cliente no ha resuelto, ordena unos *hot cakes* por retenerla. Uno advierte que todos la llaman, que ella sirve y que le dejan monedas sobre la mesa. Uno no sabe qué hacer ante una madre que no despliega ninguna deferencia con ese cliente, pedazo suyo, al que no mira con más ahínco que al obrero de junto o a las señoras de la mesa de más atrás.
Cuando le trae los *hot cakes* humeantes, el *thank you* de él delata su extranjería.
—¿Visitando? —pregunta ella.
—Buscando trabajo —dice uno cortante mientras unta con lajas de mantequilla los *hot cakes*.
Observa cómo el calor las vuelve líquido. Se esmera en cercenar los redondeles hasta conseguir rebanadas homogéneas. Uno no sabe qué sigue. Las mastica y las traga con dificultad, ansioso por salir cuanto antes de aquella cafetería. Hace señas a su madre:
—La cuenta.
La mesera, acostumbrada a las prisas, deja la cuenta junto al plato enmielado.
Uno sale a caminar desorientado. Va a la esquina y retrocede, cruza la acera, echa a andar por cualquier calle. Se topa con el croquis de la ciudad en el bolsillo, lo arruga allí dentro y en el primer basurero lo tira. Uno vuelve por la mañana. ¿Cómo desperdiciar el precioso hallazgo? La noche le ha dado claridad. Pero uno no cuenta con que ese día ella descansa, porque no la ve en el restaurante. Se acerca una mesera negra. Uno pregunta por Olivia. Es su nombre, si no se lo ha cambiado. Le responde que mañana estará allí de nuevo. Un día parece un racimo de años, la suma de todos desde que Trini sirvió los fideos y comieron los tres hermanos solos. La rabia crece mientras el bolsillo mengua. No hay tiempo que perder.
Al día siguiente regresa y la descubre desde los ventanales que dan a la calle. Se detiene un rato para mirar el pelo recogido y la nariz afilada. Se sienta en la misma mesa y Olivia —su nombre está escrito en el gafete plastificado— le pregunta con una sonrisa si quiere otra vez *hot cakes*.
—Te busqué ayer, Olivia.
Para qué andarse con rodeos.
—Descansé. ¿Encontraste trabajo?
—De eso quiero hablar, podrías tomarte una copa conmigo en la noche.
Olivia titubea mientras acomoda el mantel de papel y vierte el café en la taza.
—No me gusta el café —dice uno.
Ella sigue llenando la taza.
—A las cinco, en el Mayfair, dos calles abajo —contesta Olivia.
—¿Cuánto es? —se levanta uno.
—Pero si no has ordenado.
—No importa.
Deja un dólar en la mesa y se va. Desde la caída de la tarde, uno bebe en la barra del Mayfair. Olivia se acerca erguida; con los zapatos de tacón luce más alta. Lleva un saco largo azul marino, el pelo suelto, le cae el fleco en la frente.
—Nunca he tomado una copa con alguien tan joven.
—Ni yo con una mesera en Nueva York —responde uno—. ¿Eres mexicana?
—¿Se nota? ¿Y tú?
—De El Salvador, pero estudié en México —miente.
Les sirven vodka tonics y uno quiere hablar lo menos posible. Evita saber de su vida, pero Olivia le cuenta que se enamoró de un hombre y por él dejó todo en México. Uno no pregunta qué pasó después, aunque percibe que ella desearía contar el desenlace. Pero ella sigue diciendo que dejó todo por nada y él, por ahogarle la voz, le acaricia las piernas. Ella guarda silencio. Uno deja las manos sobre los muslos resguardados por la falda de lana para cerciorarse de que es capaz de estar cerca de la piel de esa mujer.
Ella no habla y lo mira. Uno no resiste los ojos familiares. Aprieta el vaso por no estrellarlo contra el suelo. Pide otra copa para los dos e intuye que ella hace una concesión al aceptar. Salen sin que medie conversación alguna; la lleva deprisa y de la mano por la calle, la siente ligera como una cosa pequeña. Recuerda otros cuerpos cercanos y atolondra el sentimiento.
Apenas entran en la habitación, uno le quita el saco azul y la tumba boca arriba; el pelo se desparrama sobre el blanco percudido de la sábana. Uno se desabotona el pantalón veloz; Olivia se baja las medias y la pantaleta, ansiosa. Uno entra en ella sin dificultad. Observa su cara congestionada, los ojos cerrados que uno agradece. Entonces piensa que ha entrado por el mismo conducto que se distendió para que él naciera. Uno siente una lujuriosa repulsión y olvida las palabras a verter. Se tira exhausto sobre su pecho; Olivia se desliza hacia arriba buscando los cigarros que están en su bolsa sobre el buró. La cabeza de uno ha quedado sobre esos muslos desnudos, muy cerca del pubis. Uno no quiere mirarla, uno no quiere dejar el regazo caliente. Olivia le acaricia la cabeza con una mano mientras se lleva el cigarro a la boca con la otra.
—Espero que sea habitación de fumar —se ríe.
Uno sigue allí con los párpados apretados, con el silencio de la verdad aterido en su garganta, en su sexo vencido.
—Tú también tienes la nariz afilada —dice Olivia con ternura—. ¿Estás bien?
Uno no atina a clavar la puntilla: no dice «Olivia Sansores, soy tu hijo». Esconde la nariz afilada, la aplasta inútilmente contra la pierna de mujer. Uno se queda dormido, abrazándose a sí mismo, y amanece solo. Entonces persigue el olor de su madre sobre la almohada y encuentra la colilla en el cenicero. Uno se baña para volver por *hot cakes*. Localiza una mesa vacía que Olivia atienda. Cuando ella lo descubre, se acerca a servirle café.
—Te dije que no me gusta el café —obstruye la taza con la mano—. ¿Por qué te fuiste?
—No iba a esperar a que en la mañana confirmaras mis cuarenta y nueve años.
Uno come *hot cakes* atropelladamente y deja todo el dinero que le queda sobre la mesa. Esa noche toma el avión de regreso. Desde la ventanilla observa la retícula iluminada de la ciudad que queda atrás; después, el perfil de su nariz reflejado en el vidrio. Uno sólo sabe que es mejor partir sin despedirse.  

La tortuga de agua - Patricia Highsmith

Víctor oyó la puerta del ascensor, los rápidos pasos de su madre en el hall y cerró el libro de un golpe. Lo escondió debajo del almohadón del sofá y maldijo por lo bajo cuando oyó que el libro se resbalaba entre el sofá y la pared y caía al piso con un ruido sordo. La llave ya giraba en la cerradura.

—¡Viiiictor! —gritó su madre, agitando un brazo en el aire. Con el otro sostenía una bolsa grande de papel madera y de su mano colgaban una o dos bolsitas—. Fui a lo de mi editor y al mercado y a la pescadería —le dijo—. ¿Por qué no estás jugando? ¡Es un día lindísimo!

—Salí —dijo él— un ratito. Me dio frío.

—¡Uf! —la madre descargó la bolsa del almacén en la pequeña cocina detrás del vestíbulo—. Debes estar enfermito. ¡Tener frío en el mes de octubre! He visto a todos los niños jugando en la vereda. Hasta ese nene que te gusta, creo, ¿cómo se llama?

—No lo sé —dijo Víctor. De todos modos, su madre no estaba prestándole verdadera atención. Metió las manos en el bolsillo de sus pantalones cortos, que ya le ajustaban, y empezó a caminar sin rumbo por el living, mirándose los zapatones gastados. Su madre podría haberle comprado zapatos que le quedaran bien por lo menos. A ella le gustaban esos porque tenían las suelas más gruesas que jamás hubiera visto y la punta cuadrada, un poquito levantada, como botas de alpinista.

Víctor se detuvo frente a la ventana y miró el edificio de enfrente, de color tostado. Vivía con su madre en el piso dieciocho, cerca de la azotea. El edificio al otro lado de la calle era aún más alto que el de ellos. A Víctor le gustaba más el departamento donde habían vivido en Riverside Drive. También le gustaba más la escuela de ahí. En la nueva se reían de la ropa que usaba. En la otra se habían cansado de reírse de él.

—¿No quieres salir? —preguntó su madre, entrando en el living, mientras se secaba las manos con energía con una bolsa de papel. Se olió las manos—. ¡Puaj! ¡Qué olor horrible!

—No, mamá —dijo Víctor con paciencia.

—Hoy es sábado.

—Ya lo sé.

—¿Ya sabes los días de la semana?

—Por supuesto.

—¿A ver?

—No quiero decirlos. Los sé —los ojos se le pusieron vidriosos—. Hace años que los sé. Hasta nenes de cinco años saben los días de la semana.

Pero su madre no estaba escuchando. Estaba inclinada sobre el tablero de dibujo en un rincón de la habitación. Había estado trabajando hasta tarde la noche anterior. Víctor estuvo en su sofá cama en el rincón opuesto de la habitación sin poder dormirse hasta las 2, cuando ella fue a acostarse en el sofá cama.

—Ven acá, Viiiictor. ¿Ves esto?

Víctor se acercó arrastrando los pies, con las manos aún en los bolsillos. No, ni siquiera había echado un vistazo al tablero esa mañana; no había querido.

—Este es Pedro, el burrito. Lo inventé anoche. ¿Qué te parece? Y este es Miguel, el nene mexicano que lo monta. Andan y andan por todo México y Miguel piensa que están perdidos, pero Pedro sabe cómo volver a casa todo el tiempo y...

Víctor no escuchaba. Deliberadamente pensaba en otra cosa, acto que había aprendido al cabo de muchos años de práctica. Pero el aburrimiento y la frustración —sabía lo que quería decir la palabra frustración; había leído todo al respecto— le pesaban como una piedra sobre los hombros, sentía el odio y las lágrimas amontonadas en sus ojos, como un volcán a punto de estallar en su interior.

Había tenido la esperanza de que su madre captara la alusión cuando le dijo que tenía frío en sus estúpidos pantaloncitos cortos. Había tenido la esperanza de que su madre recordara lo que le había contado días antes, que el chico que había querido jugar, que parecía tener su misma edad, once años, se había reído de sus pantalones cortos el lunes por la tarde.

"¿Te hacen usar los pantalones de tu hermano o algo así?". Víctor se había alejado lleno de mortificación. ¿Qué habría pasado si el otro se hubiese enterado de que ni siquiera tenía un par de knickers y menos aún un par de pantalones largos, aunque fueran jeans? Su madre, por alguna razón disparatada, quería que pareciera como un francés y le hacía usar pantaloncitos cortos y medias tres cuartos y camisas tontas con cuellos redondos.

Su madre quería que él siguiera teniendo seis años toda su vida. Le gustaba mostrarle sus dibujos a él. "Víctor es mi tabla de armonía —les decía a veces a sus amigos—. Le muestro mis dibujos y sé de inmediato si a los niños les gustarán o no". A veces Víctor simulaba que le gustaban algunos cuentos que en realidad no le gustaban o dibujos que sentía que le resultaban indiferentes, porque sentía lástima por su madre y porque ella se ponía de mejor humor si él le decía esas cosas. 

Ya estaba cansado de las ilustraciones de cuentos infantiles, si es que alguna vez le habían gustado —en realidad no podía acordarse— y ahora tenía dos preferidos: las ilustraciones de Howard Pyle en algunos de los libros de Robert Louis Stevenson y las de Cruikshank en los de Dickens. Víctor pensaba que era una desgracia para él que fuera la última persona a la que su madre pedía opinión, pues simplemente odiaba las ilustraciones infantiles.

Y era un milagro que su madre no se diera cuenta de ello, porque hacía años y años que no había podido vender ninguna ilustración para libros; nada desde Wimple-Dimple. Un ejemplar de ese libro cuya sobrecubierta lucía agrietada y amarilla estaba ubicado en el estante central de la biblioteca en un espacio libre, para que todos pudieran verlo. 

Víctor tenía siete años cuando se publicó ese libro. 

Su madre siempre le contaba a la gente que él le había dicho lo que quería que ella dibujase, la había observado hacer cada dibujo, le había dado su opinión y, en fin, la había guiado totalmente. Víctor tenía sus serias dudas acerca de esto, primero porque el cuento era de otra persona y había sido escrito antes de que su madre hiciera los dibujos y, naturalmente, los dibujos debieron adaptarse a la historia.

Desde entonces, su madre solo había publicado unas pocas ilustraciones para revistas infantiles y preparado calabazas y gatos negros de papel para Halloween, la fiesta de las brujas, aunque siempre llevaba su carpeta de dibujos de editor en editor. 

Su padre les mandaba dinero. 

Era un rico hombre de negocios que vivía en Francia, un exportador de perfumes. Su madre decía que era muy rico y muy apuesto. Pero él se había vuelto a casar, nunca escribía y Víctor no tenía interés en él, ni siquiera le interesaba ver una foto de su padre. 

Su padre era un francés con algo de polaco y su madre era húngara francesa. La palabra húngara le hacía pensar a Víctor en gitanos, pero cuando una vez le preguntó a su madre, ella replicó enfáticamente que no tenía nada de sangre gitana. Se había mostrado muy molesta con Víctor por esa pregunta.

—¡Escucha! ¿Cuál te gusta más? "En todo México no había un burro más inteligente que Miguel, el burrito de Pedro". O si no: "Miguel, el burrito de Pedro, era el más inteligente de todo México".

—Creo... que prefiero la primera.

—¿Cómo era? —preguntó su madre, cubriendo con la palma de la mano la ilustración.

Víctor trató de recordar las palabras, pero se dio cuenta de que solo estaba mirando las marcas de lápiz en el borde del tablero de dibujo. El dibujo colorido del centro no le interesaba en absoluto. No estaba pensando. Esa era una sensación frecuente y familiar en él; había algo emocionante e importante en el no pensar. Víctor sentía que algún día iba a encontrar algo que hablara sobre eso —quizá con otro nombre— en la biblioteca pública o en los libros de psicología que había en su casa y que él hojeaba cuando su madre no estaba.

—¡Viiiictor! ¿Qué estás haciendo?

—Nada, mamá.

—Eso justamente. ¡Nada! ¿No puedes pensar siquiera?

Una ola caliente de vergüenza lo envolvió. Era como si su madre pudiera leerle los pensamientos, acerca del no pensar.

—¡Pero estoy pensando! —protestó—. Estoy pensando acerca del no pensar —su tono era desafiante. ¿Qué podía hacer ella en cuanto a eso, después de todo?

—¿Qué? —su madre inclinó la cabeza negra y enrulada y lo enfrentó con los ojos maquillados entrecerrados.

—El no pensar.

Su madre apoyó las manos llenas de anillos en las caderas.

—¿Sabes, Víctor, que tienes unas ideas medio raras? Estás enfermo. Enfermo mentalmente. Y eres un retardado. ¿Sabes lo que quiere decir eso? Que tienes la mentalidad de un nenito de cinco años —dijo con lentitud, acentuando las palabras—. Es mejor que pases las tardes de los sábados encerrado. Quién sabe, a lo mejor, si sales, puede pisarte un auto. Pero es por eso que te quiero, mi pequeñito Víctor.

Le pasó el brazo sobre los hombros y lo atrajo hacia ella. Por un instante, la nariz de Víctor permaneció apretada contra su pecho grande y suave. Ella llevaba su vestido color piel, el que se transparentaba un poco a la altura del busto.

Víctor alejó la cabeza con brusquedad, confundido por las emociones. No sabía si deseaba reír o llorar. Su madre reía alegremente, con la cabeza echada hacia atrás.

—¡Estás enfermo! ¡Mírate! Mi neniiito, con pantalonciiitos. ¡Ja, ja!

Entonces las lágrimas asomaron en los ojos de él, ¡y su madre se comportaba como si estuviera disfrutándolo! Víctor giró la cabeza para que ella no pudiera verle los ojos. Luego la miró repentinamente.

—¿Te crees que me gustan estos pantalones? A ti te gustan, no a mí, entonces, ¿por qué tienes que burlarte?

—Un neniiito que llora —continuó ella, riendo.

Víctor salió corriendo hacia el cuarto de baño, pero se desvió en el camino y se arrojó de cabeza en el sofá, con la cara contra los almohadones. Cerró los ojos con fuerza y abrió la boca, llorando pero sin llorar, de una manera que había aprendido con la práctica también. Con la boca abierta, la garganta cerrada, sin respirar por casi un minuto, podía en cierto modo sentir la satisfacción de llorar, hasta de gritar, sin que nadie se diera cuenta. 

Hundió la nariz, la boca abierta, los dientes en el almohadón rojo del sofá y, si bien siguió oyendo la voz de su madre, el tono burlón y la risa, imaginaba que esos sonidos se iban apagando y alejándose. Se imaginaba que estaba muriendo. Pero la muerte no era un escape; solo un hecho concentrado y doloroso, el clímax de su no llorar. Luego, volvió a respirar y a oír la voz de su madre.

—¿Me oíste? ¿Me oíste? La señora Badzerkian vendrá a tomar el té. Quiero que te laves la cara y que te pongas una camisa limpia. Y también que le recites algún versito. ¿Qué verso vas a recitarle?

—Cuando me voy a la cama en el invierno —dijo Víctor. Ella le había hecho memorizar cada poema de A Child's Garden of Verses. Víctor dijo el primero que se le cruzó por la cabeza, pero eso le causó problemas porque ya lo había recitado en la última visita.

—¡Dije ese porque no podía pensar otro en el momento! —gritó Víctor.

—¡No me grites! —exclamó su madre, lanzándose hacia él. Víctor recibió una bofetada antes de que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.

Quedó apoyado en un brazo del sofá, de espaldas, con las delgadas piernas de rodillas huesudas extendidas. "Está bien —pensó—, si así son las cosas, así son las cosas". La miró con odio. No iba a hacerle ver que la bofetada le había dolido, que aún le dolía. "Basta de lágrimas por hoy —juró—, basta de no llorar". 

Terminaría el día, soportaría el té como una piedra, como un soldado, sin pestañear siquiera. Su madre caminaba por el cuarto, toqueteándose los anillos sin cesar, mirándolo de vez en cuando, desviando la mirada rápidamente. La mirada de Víctor estaba fija en ella. Él no tenía miedo. Ella podía golpearlo otra vez, pero a él no iba a importarle.

Por fin ella anunció que se iría a lavar la cabeza y se escurrió al baño. Víctor se levantó del sofá y vagó por el cuarto. Hubiera querido tener un cuarto propio para poder estar solo. El departamento de Riverside Drive tenía tres ambientes: un living, su cuarto y el de su madre. Cuando ella estaba en el living, él podía estar en su dormitorio o viceversa, pero luego decidieron derrumbar el viejo edificio de Riverside Drive. No era algo en lo que le gustaba pensar.

De pronto recordó dónde había caído el libro, empujó el sofá y lo alcanzó. Era La mente humana, por Menninger, un libro lleno de historias clínicas fascinantes. Víctor no lo devolvió al estante donde estaba, entre un libro de astrología y otro de Cómo dibujar

A su madre no le gustaba que leyera libros de psicología, pero a Víctor le encantaban; sobre todo los que tenían historias clínicas. Los pacientes hacían lo que querían. Se comportaban con naturalidad. Nadie les daba órdenes. Víctor pasaba horas en la biblioteca del barrio, hojeando los libros de psicología. Estaban en la sección para adultos, pero al bibliotecario no le molestaba que se sentara allí porque se comportaba decentemente.

Víctor fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Mientras estaba de pie bebiendo, oyó un crujido en una de las bolsas de papel de su madre. Un ratón, pensó, pero cuando movió las bolsas no vio ningún ratón. El sonido provenía del interior de una de las bolsas. La abrió con cuidado y esperó que algo saltara. Miró el interior y vio una cajita de cartón blanco. La sacó con lentitud. El fondo estaba húmedo. Se abría como una caja de masitas. Al hacerlo, Víctor dio un salto de sorpresa. Se encontró con una tortuga, viva y volcada sobre su caparazón. Las patas se agitaban en el aire, el animal intentaba darse vuelta. 

Víctor se humedeció los labios y, frunciendo el ceño con concentración, tomó la tortuga por los bordes del caparazón con las dos manos, la dio vuelta y la volvió a colocar con suavidad en la caja. La tortuga encogió las patas, estiró la cabeza un poco y lo miró con fijeza. Víctor sonrió. ¿Por qué su madre no le había dicho que tenía un regalo para él? Los ojos de Víctor brillaron, mientras pensaba en sacar la tortuga a pasear, quizá con una correa alrededor del cuello, para mostrársela al que se había reído de sus pantalones cortos. Quizá cambiara de parecer acerca de ser su amigo si descubría que él tenía una tortuga.

—¡Eh, mamá, mamá! —gritó Víctor, apoyado contra la puerta del baño—. ¿Me trajiste una tortuga?

—¿Una qué? —había cesado el ruido de la ducha.

—¡Una tortuga! ¡En la cocina! —Víctor saltababa mientras pronunciaba estas palabras. De pronto se detuvo.

Su madre había dudado, también. La ducha volvió a oírse. Su madre gritó con voz chillona:

C’est une terrapène! Pour un ragoût!

Víctor comprendió y sintió un pequeño escalofrío. Cuando su madre le hablaba en francés era porque estaba dándole una orden que debía obedecer sin réplicas. De modo que la tortuga iría a parar a un guiso. 

Víctor regresó a la cocina, con perpleja resignación. Para un guiso. Bueno, ya que a la tortuga no le quedaba mucha vida, ¿qué le gustaría comer? ¿Lechuga? ¿Panceta cruda? ¿Papa hervida? Víctor abrió la heladera.

Sostuvo un pedazo de lechuga cerca de la boca callosa de la tortuga. Esta no abrió la boca, solo miró. Víctor sostenía la lechuga cerca de los dos agujeritos nasales pero, aunque la tortuga la olió, no mostró ningún interés. Víctor miró debajo de la pileta y sacó un fuentón grande. Lo llenó con dos dedos de agua y con suavidad puso a la tortuga adentro. La tortuga braceó por unos segundos; luego, descubriendo que el vientre se apoyaba en el fondo, se detuvo y encogió las patas. 

Víctor se puso de rodillas y estudió la cara del animal. El labio superior se encimaba al inferior, dándole una expresión algo testaruda y de pocos amigos, pero los ojos eran brillantes y vivaces. Víctor sonrió cuando los miró con fijeza.

—Está bien, Monsieur terrapène —dijo—, dime qué te gustaría comer y te lo conseguiremos. ¿Quizá quieras un poco de atún?

El día anterior habían cenado arroz con atún y había quedado un poco. Víctor tomó un pedacito con los dedos y se lo mostró a la tortuga. La tortuga no estaba interesada. Víctor miró a su alrededor, pensativo; luego, levantó el fuentón, lo llevó al living y lo colocó en el suelo de modo que el sol diera en el caparazón de la tortuga. "A todas las tortugas les gusta el sol", pensó Víctor. Se extendió en el piso a su lado, apoyado en un codo. 

La tortuga lo miró un momento, luego con mucha lentitud y con un aire de prudencia y cautela, estiró las patas y avanzó, se topó con el borde del fuentón y dobló a la derecha, con la mitad del cuerpo fuera del agua poco profunda. Quería salir. Víctor la tomó por el caparazón y dijo:

—Puedes salir y dar un paseíto.

Sonrió, mientras la tortuga comenzaba a andar rumbo al sofá. La agarró con facilidad, pues se movía lentamente. Cuando la volvió a colocar en la alfombra, el animal permaneció inmóvil, como si se hubiera detenido un poco a pensar lo que iba a hacer después, adónde ir. Era de color verde amarronado. 

Víctor pensó en el fondo del río, y en los océanos. ¿De dónde venían las tortugas? Se puso de pie de un salto y fue a buscar un diccionario a la biblioteca. El diccionario tenía un dibujo de una tortuga, pero era apagado, en blanco y negro, no se parecía en nada al ejemplar vivo. No aprendió nada nuevo, salvo que el nombre era de origen algonquino, que la tortuga de agua vivía en agua dulce o salobre, y que era comestible. 

Pero él no pensaba comer ninguna terrapène esa noche. Ese ragoût sería todo para su madre, y aunque ella lo golpeara y le hiciera aprender dos o tres poemas más, él no comería tortuga esa noche.

Su madre salió del baño.

—¿Qué estás haciendo ahí?

Víctor guardó el diccionario en su lugar. Su madre había visto el fuentón.

—Estoy mirando la tortuga —dijo, y enseguida se dio cuenta de que la tortuga había desaparecido. Se puso en cuatro patas y miró debajo del sofá.

—No la pongas encima de los muebles. Deja marcas —dijo su madre. Estaba de pie en el vestíbulo, secándose el pelo enérgicamente con una toalla.

Víctor encontró la tortuga entre el cesto de basura y la pared. La volvió a colocar en el fuentón.

—¿Te cambiaste la camisa? —preguntó su madre.

Víctor se cambió la camisa y luego, siguiendo las órdenes de su madre, se sentó en el sofá con el libro A Child's Garden of Verses a aprender otro poema para la señora Badzerkian. Leía en voz apenas alta, para sí; luego las repetía, dos, cuatro y seis líneas juntas hasta que sabía toda la poesía. Se la recitó a la tortuga. Después preguntó a su madre si podía jugar con la tortuga en la bañera.

—¡No! ¿Para que te salpiques la camisa?

—Puedo ponerme la otra camisa.

—¡No! Ya son casi las 16. ¡Sacá ese fuentón del living!

Víctor llevó el fuentón de regreso a la cocina. Su madre sacó la tortuga del fuentón sin temor y la volvió a poner en la caja de cartón blanco. Cerró la tapa y puso la caja en la heladera. Víctor se estremeció un poco cuando ella cerró la puerta de un golpe. Seguramente sería mucho frío para una tortuga ahí adentro. Pero pensó que el agua del río estaba fría de vez en cuando, también.

—Víctor, corta el limón —dijo su madre. Estaba preparando una bandeja grande con tazas y platillos. El agua estaba hirviendo en la pava.

La señora Badzerkian fue puntual como siempre. Su madre sirvió el té tan pronto como se desembarazó del tapado y el libro de bolsillo de la visitante en la silla del vestíbulo. La señora Badzerkian olía a ajo. Tenía una boca recta y chica, y un fino bigote en el labio superior que causaba fascinación a Víctor, pues nunca antes había visto una mujer con bigote, nunca de tan cerca. Jamás había mencionado el bigote de la señora Badzerkian a su madre, sabiendo que ella lo consideraría una cosa fea, pero curiosamente era el bigote lo que más le gustaba de ella. El resto era aburrido, sin interés e inamistoso. 

Siempre pretendía escuchar con atención mientras él recitaba, pero él sentía que se movía inquieta, que pensaba en otras cosas mientras él hablaba y que se sentía aliviada cuando terminaba. Ese día, Víctor recitó muy bien y sin titubear, de pie en el medio del living y frente a las dos mujeres, que estaban tomando la segunda taza de té.

Très bien —dijo su madre—. Ahora puedes comer una masita.

Víctor eligió una masita pequeña con un poco de dulce de naranja en el medio. Mantuvo las rodillas juntas cuando se sentó. Siempre tenía la sensación de que la señora Badzerkian le miraba las rodillas con disgusto. Muchas veces deseó que le hiciera algún comentario a su madre acerca de que él ya era lo suficientemente grande como para usar pantalones largos, pero nunca había dicho nada, o al menos él no lo había oído. 

Víctor se enteró por la conversación entre su madre y la señora Badzerkian de que los Lorentz irían a cenar al día siguiente. Probablemente el guiso era para ellos. Víctor se alegró de tener la tortuga un día más para poder jugar. A la mañana siguiente le preguntaría a su madre si podría llevar la tortuga a la vereda un ratito, con correa o dentro de la caja de cartón, si su madre insistía.

—... como un niiiño —decía su madre, riendo, echándole una mirada. La señora Badzerkian sonreía con astucia y la boquita apretada.

Víctor recibió permiso para retirarse y fue a sentarse en el sofá en el otro extremo del cuarto con un libro. Su madre le estaba contando a la señora Badzerkian que él había estado jugando con la tortuga. Víctor frunció las cejas y miró el libro, simulando que no oía. 

A su madre no le gustaba que él les hablara a los invitados una vez que le había dado permiso para retirarse. Pero lo que estaba oyendo lo hizo enrojecer de furia. Se incorporó, marcando la hoja que estaba leyendo con el dedo.

—¡No veo qué tiene de infantil mirar a una tortuga! —dijo tartamudeando—. Son animales muy interesantes, son...

Su madre lo interrumpió con una carcajada, pero una vez que la carcajada se desvaneció, dijo con severidad:

—Víctor, creí que te había dado permiso para retirarte. ¿Correcto?

Él dudó, viendo fugazmente la escena que tendría lugar cuando se fuera la señora Badzerkian.

—Sí, mamá. Perdóname —dijo. Luego se sentó y se concentró en su libro otra vez. Veinte minutos más tarde, la señora Badzerkian se despidió. Su madre lo retó, pero no fue un reto de cinco o diez minutos como se había imaginado. Como ella se había olvidado de la crema, le pidió a Víctor que bajara a comprarla. Víctor se puso el saco de lana gris y salió. Ese saco lo avergonzaba por llamar la atención, pues le llegaba un poco más abajo que los pantalones cortos y parecía que no tenía nada debajo del saco.

Echó una mirada a su alrededor para ver si encontraba a Frank en la vereda, pero no lo vio. Cruzó la Third Avenue y entró en la rotisería del edificio grande que se veía desde la ventana del living. A su regreso, vio a Frank caminando por la vereda, haciendo rebotar una pelota. Víctor se dirigió directamente hacia él.

—¡Eh! —dijo Víctor—. Tengo una tortuga de agua en mi casa.

—¿Una qué? —Frank tomó la pelota y se detuvo.

—Una tortuga de agua. Te la mostraré mañana por la mañana, si estás por aquí. Es bastante grande.

—¿Sí? ¿Por qué no la traes ahora?

—Porque debo ir a cenar ahora —dijo Víctor. Entró en su edificio. Sintió que había logrado algo. Frank se había mostrado muy interesado. A Víctor le hubiera gustado poder bajar la tortuga en ese momento, pero su madre no quería que saliera de noche y ya estaba casi oscuro.

Cuando Víctor entró, su madre estaba en la cocina. Vio una cacerola con huevos y una gran olla con agua en la hornalla de atrás.

—¡La sacaste otra vez! —chilló Víctor, viendo la caja de la tortuga sobre la mesada.

—Sí, voy a preparar el guiso esta noche —dijo su madre—. Por eso es que necesitaba la crema. Queda muy rico así.

Víctor la miró.

—¿Vas... vas a matarla esta noche?

—Sí, querido. Esta noche. —Su madre movió la cacerola con los huevos.

—Mamá, ¿puedo llevarla abajo un minuto para mostrársela a Frank? —preguntó Víctor con rapidez—. Solo un minuto, mamá. Frank está abajo ahora.

—¿Quién es Frank?

—Es el chico que me preguntaste hoy. El rubio que siempre vemos. Por favor, mamá.

Las cejas negras de su madre se fruncieron.

—¿Llevar la terrapène abajo? De ningún modo. No seas absurdo, mi bebé. ¡La terrapène no es un juguete!

Víctor trató de pensar en otra forma de persuadirla. Aún no se había sacado el abrigo.

—Tú querías que me hiciera amigo de Frank.

—Sí, ¿pero qué tiene eso que ver con la tortuga?

El agua en la olla grande comenzó a hervir.

—Verás, le prometí que... —Víctor observó que su madre sacaba la tortuga de la caja y, cuando la echó en el agua hirviendo, abrió la boca espantado—. ¡Mamá!

—¿Qué pasa? ¿Qué es ese alboroto?

Boquiabierto, Víctor miró a la tortuga, cuyas patas se batían con desesperación contra las paredes de la olla. La tortuga abrió la boca y, por un instante, fijó la mirada en Víctor, arqueó la cabeza hacia atrás con infinito dolor, hundió la boca abierta en el agua hirviendo... y fue el fin. Víctor pestañeó. Estaba muerta. Se acercó más, vio cuatro patas y una cola y la cabeza extendida en el agua. Miró a su madre.

Ella se estaba secando las manos con una toalla. Lo miró y exclamó:

—Diablos. —Se olió las manos y colgó la toalla en su lugar.

—¿Tenías que matarla de ese modo?

—¿De qué otro? Así es como se mata a las tortugas y las langostas. ¿No lo sabes? No sienten nada.

Él la miró con fijeza. Cuando se acercó para acariciarlo, Víctor retrocedió. Pensó en la boca abierta de la tortuga y, de repente, se le llenaron los ojos de lágrimas. La tortuga lo había mirado y no había podido oírla por el ruido de las burbujas. La tortuga lo había mirado, le había pedido que la sacara de allí, pero él no se movió para ayudarla. Su madre lo había engañado, lo había hecho tan rápido que no pudo salvarla. Retrocedió nuevamente.

—¡No! ¡No me toques!

Su madre le dio una bofetada, con fuerza y rapidez.

Víctor se cubrió la mandíbula con la mano. Después dio media vuelta, se dirigió al ropero, se sacó el abrigo y lo colgó. Fue al living y se arrojó en el sofá. No estaba llorando, pero tenía la boca abierta contra el almohadón del sofá. Entonces recordó la boca de la tortuga y cerró los labios. La tortuga había sufrido. De no haberlo hecho, no hubiera movido las patas a tanta velocidad. 

Víctor empezó a llorar silenciosamente, como la tortuga, con la boca abierta. Se cubrió el rostro con las dos manos para no mojar el sofá. Después de un largo rato, se puso de pie. Su madre tarareaba en la cocina, y de cuando en cuando él oía sus pasos rápidos y decididos mientras trabajaba. Víctor apretó los dientes otra vez. Caminó con lentitud hasta la puerta de la cocina.

La tortuga estaba sobre la tabla de picar y su madre, luego de echarle un vistazo al niño, aún canturreando, tomó un cuchillo, apretó la hoja hacia abajo y le cortó las uñitas a la tortuga. Víctor entrecerró los ojos, pero siguió mirando con fijeza. Su madre separó las uñas de las patas del animal muerto y las dejó caer en la bolsa de residuos. Después hizo girar el cuerpo exánime y, con el mismo cuchillo puntiagudo y filoso, empezó a quitar el pálido caparazón que le cubría el estómago. El pescuezo de la tortuga estaba inclinado hacia un lado. 

Víctor quería apartar la mirada, pero no pudo. 

Enseguida aparecieron las vísceras de la tortuga, rojas, blancas y verdosas. Víctor no prestó atención a lo que decía su madre acerca de que había cocinado tortugas en Europa antes de que él naciera. Su voz era suave y tranquilizadora, y de ningún modo se relacionaba con lo que estaba haciendo.

—¡Bueno, no me mires así! —le gritó repentinamente, golpeando el piso con el pie—. ¿Qué te pasa? ¿Estás loco? Sí, creo que estás loco. Estás enfermo, ¿sabías eso?

Víctor no pudo probar bocado de la cena, aunque el guiso de tortuga se serviría a la noche siguiente, y su madre no pudo obligarlo a comer, aunque lo sacudió por los hombros y lo amenazó con darle otra bofetada. No dijo una palabra. Se sentía muy distante de su madre, incluso cuando ella le gritaba en las narices. Se sentía muy raro, como esas veces cuando tenía ganas de vomitar, pero en ese momento no tenía ganas de vomitar. 

Cuando llegó la hora de acostarse, tuvo miedo de la oscuridad. 

Veía la cara de la tortuga en todas partes, con la boca abierta y los ojos desorbitados en una mirada de dolor. Víctor hubiera querido salir por la ventana y flotar, irse adonde quisiera, desaparecer y al mismo tiempo estar en todas partes. Imaginó las manos de su madre atenaceando sus hombros, si lo veía intentando salir por la ventana. Odiaba a su madre.

Se levantó y fue en silencio a la cocina. La casa estaba completamente a oscuras, pero Víctor dirigió su mano con precisión a la hilera de cuchillas y tomó con suavidad la que buscaba. Pensó en la tortuga, convertida en pedacitos, mezclada en la salsa de crema y huevo y jerez en la cacerola dentro de la heladera.

El grito de su madre pareció desgarrarle los oídos. La segunda puñalada penetró en su cuerpo y le perforó la garganta otra vez. Solo el cansancio lo hizo detenerse y, para entonces, oyó gente afuera que trataba de abrir la puerta. Víctor se dirigió a la puerta, corrió la cadena del pasador y abrió.

Lo llevaron a un edificio enorme, lleno de enfermeras y médicos. Víctor era muy callado y hacía todo lo que le pedían y contestaba las preguntas que le hacían, pero solo eso. Como nadie preguntó nada de la tortuga, no mencionó el tema.