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La cañada del principio - Eraclio Zepeda

 

La cañada todavía estaba a obscuras. El sol que empezaba a nacer por los llanos de Tierra Colorada, aún no había podido entrar al fondo de estas peñas, todas quebradas con matorrales y pájaros. En el río, que pasa rebotando entre las piedras de abajo, todavía estaba la noche con sus luciérnagas. Los muchachos que andaban pasando por la última cresta del cerro, se llenaban los ojos con la enorme naranja que hacía el sol brotando de entre las nubes. Estaba amaneciendo; pero esto no se notaba en el fondo de esta cañada que le dicen del Principio.

Los árboles enredaban las ramas unos en otros con la hamaca de los bejucos. Las urracas estaban ya volando. El grito plateado de las peas se colgaba de los panales y hacía zumbar los avisperos.

El coronel fue distribuyendo los puestos. Los hombres escogían el hueco de una peña, o el tronco derribado de un árbol y algunos llegaban a trepar por una ceiba y acomodarse entre las ramas, con la carabina suspendida a las espaldas.

—No vayan a hacer ruido nomás; a lo mejor hay avanzadas –recomendaba el coronel al señalar los apostaderos.

Los hombres preparaban las armas y se aseguraban de que los cartuchos quedaran a mano. Algunos untaban saliva en la muesca de puntería, y trazaban con los dedos cruces sobre la boca del cañón.

La ametralladora, que habían conseguido en el asalto a Mojarras, fue emplazada en la boca de la cueva. Los tres hombres encargados de ella prepararon lo necesario.

La cañada se fue llenando de ruidos. Las chachalacas volaron a la punta del cerro y allí se quedaron desparramando su canto ronco y acezante. Seis pavas pasaron cerca, con el vuelo pesado y torpe, y descendieron a las ramas de un árbol de mulato que se levantaba al fondo, muy cerca del río.

Las dos paredes pedregosas de la cañada fueron ocupadas por los hombres. Todos los puestos fueron cubiertos. Se hacían señas de saludo de un acantilado al otro. Los últimos hombres fueron destinados a sus colocaciones. El coronel recorrió toda la línea de tiradores. Estaba satisfecho.

—De esta no se pelan ¿verdad?

—Ni queriendo —contestó el asistente que con la carabina colgada del hombro, caminaba a su lado.

—Andá a decirles que no vayan a hablar en voz alta. Si fuman que tapen el humo y la lumbre con el sombrero, para que no nos vaya a delatar. Si no cae la tropa en esta trampa podemos salir fregados. La señal de disparo la va a dar la ametralladora.

—Voy señor.

Neófito se acurrucó en una hondonada. Reclinó la espalda sobre la roca y revisó su carabina. El día anterior se la habían entregado. Apenas si tuvo tiempo de aprender su funcionamiento. Disparó unas cuantas veces sobre un papel que alguien colocó en una barda de adobe. Después dieron la orden de iniciar la marcha y ya no hubo oportunidad de seguir practicando. 

Ahora, a las seis de la mañana, sentado en este agujero de la peña, con la dotación de cartuchos pesándole sobre la cintura, hacía funcionar el mecanismo de la carabina, reluciente de aceite. Le gustaba sentir en sus manos la suave presión que ofrecía el cerrojo al cerrarse. Sacó de la carrillera cinco cartuchos y los fue colocando en su arma cuidadosamente. Con un movimiento seguro preparó el fusil y lo apostó sobre la roca. Luego se frotó las manos sobre los pantalones y encendió un cigarro.

—Hey, chamaco... —oyó que le llamaban. Levantó la vista y encontró la cara morena y angulosa, con arrugas incipientes, de uno de los hombres. Sintió que los ojos negros de aquel viejo le miraban con reproche.

—Que hubo.. — contestó, entrecerrando los párpados para no encandilarse con la luz que empezaba a iluminar la cañada.

— Tené cuidado con el humo. Te puede delatar. Si los soldados llegan a mirarlo no entran a la cañada. Y si se pelan por tu culpa, capaz te cuelga el viejo. . .

—¿Cuál viejo? . .

—El viejo... Don Pedro Pineda, el coronel. ¡Ah! Vos, como andás de pichón sólo por el grado es que lo conocés; pero yo, que dende que se pronunció en armas ando trotando tras su caballo, no muy me acostumbro a nombrarlo ansina.

—¿A qué horas vendrán? —preguntó Neófito apagando el cigarro.

—¿Los soldados?... sepa la bola. A lo mejor de aquí una hora; capaz que horita. Total: es la misma cuenta. 

—¿Los acabaremos?

— Yo calculo. Es difícil que se pelen de una paliza de éstas —el viejo se sonrió—. ¿Qué, andas ciscado?

—No, miedo no. Sólo que quién sabe a la hora de la hora.

—Si te empieza a llegar el pálpito, nomás agarras una ramita cuando asomen y la mordés con gana. Eso da la juerza. Y ya en después, cuando empiece la retumbadera, ya ni te vas a acordar de nada. Sólo andás buscando en dónde colocar la bala.

—Ojalá vengan pronto.

—¿Es el bautizo?

—¿Cuál. . .? .

—¿La primera vez que echás bala sobre un cristiano?

—Sí. Ayer me incorporé en Tuxtla.

—¡Ah!. .. No te pongás nerviudo. Es cosa de escoger a uno y soltarle plomo; y aluego a otro; y ansina ansina hasta que tocan el cuerno pa que termine el agarrón.

 

Neófito se sonrió. Le costó trabajo hacerlo, pero sus dientes aparecieron cuando extendió sus labios en la mueca. Luego se pasó la mano por la boca para disimular el compromiso. El viejo le miró atentamente. Aún no tenía bigote. Una sombra le ponía la pelusa que el joven cuidaba celosamente.

—Sos chamaco todavía. ¿Cuántos años tenés?

—Acabo de entrar a dieciséis.

—Podés ser hasta mi nieto. ¿Cómo te llamás?

—Neófito Guerra, servidor. 

—¿Guerra? .. Qué casualidá, sos lo contrario de mi gracia.

—¿Por qué?

—A yo me nombro Augurio Paz. Y el hombre se rió con una risita sorda.

—Oí Neófito; ¿Y por qué andás en estos trotes?, en esto de la bola. . .

—Mataron a mi papá estos hijos de su madre.

El viejo se rascó la cabeza. Echó una mirada al fondo de la cañada. Luego siguió, con la vista, el camino que ladeaba el río, por donde tenían que pasar a fuerza los soldados. Reconoció el terreno palmo a palmo.

—No nos vayan a agarrar pujando —pensó.

Neófito quedó con su última frase repiqueteándole la boca. 

—Mataron a mi papá estos hijos de su madre. .. mataron a mi papá estos hijos de su madre. .. mataron a mi...

 

"Nos estábamos diciendo adiós con tu tata por cá María, cuando sonaron los cascos de la caballada y aluego la retumbadera de los balazos. La gente venía a tropel por las calles y se les echaba de ver el susto salpicándoles la cara. Atrás de ellos vimos llegar a la pelonada. Venían como doscientos jijos federales disparando a lo loco, en veces al aire y en veces sobre el gentío. Tu tata me agarró de la espalda y me dió un empujón. —Pélate, me dijo. 

El pobre había llegado en la mañanita del rancho ontá trabajando, nomás pa venirte a echar una miradita. Yo, en ese inter que me empujó, que lo volteo a ver y lo vide que ya estaba trastabillando, y aluego me quedó viendo con los ojos como de agua y me aventaba los brazos como queriendo pedir ayuda; pero aluego hizo como que se iba a reír, pero le bulló la sangre por la boca; de entre los dientes le asomaba como si estuviera comiendo una tuna. 

Yo lo quise ir a ver a tu tata, pero me ganó la muerte; se lo llevó antes de que yo llegara. Fueron los federales, Neófito, ellos fueron los que mataron a tu tata". Así se enteró Neófito Guerra de la muerte de su padre. El estaba trabajando en Tuxtla, de aprendiz de zapatero, y allí, a su taller, se lo vino a contar una vieja amiga de su padre.

Neófito sintió que le bailaba el paisaje, como si lo viera a través de un vaso de agua. Se limpió rápido los ojos con el dorso de la mano, y acarició de nuevo su carabina.

—Oí chamaco. .. vos, Neófito —le llamó el viejo Augurio.

—Dígame.. .

—¿Le cargás odio a los pelones?

—Imagínese...

—¿Vas a echar bala? ¿No te va a temblar el pulso? Como es la primera. . .

Neófito vio largamente la cara del viejo. Su rostro tostado, su gran bigote cano, sus pómulos fuertes. Bajó la vista y sopló el cañón de su carabina.

—No te ofusqués. Te lo estoy diciendo porque entuavía me acuerdo de cuando yo empecé... entre una brincadera de huesos y con ganas de quedarme escondido y no soltar ni un trancazo; por eso es que te lo digo.

—¿Sabe? la verdad es que sí tengo miedo.

—Te lo estoy diciendo. Pero cálmate. Es cuestión de costumbre.

—No. No es eso. Es que la cosa de matar a un hombre...

—No digás sonseras. No sea que ahora te cunda el escrúpulo. Esa gente es una partida de jijos de la sombrilla. Qué ¿no mataron a tu tata no más por gusto?

—No, sí. Y por eso es que estoy aquí.

—¿Pos entonces?

—Es que, la verdá, no sé si a la hora de la hora me entre la tembladera y...

—¡Ah, no! Allí va tu cuero por delante: O tiras o te tiran.

—Sí don Augurio, pero...

—Nada chamaco, nada. ¿Por qué creés que andamos alzados? Creés que es por gusto que andamos correteando por la serranilla toreando los balazos? No chamaco, es por que queremos que haiga tranquilidá pa en después. Que haiga paz pa que cunda la alegría. —el viejo apretaba su fusil y los ojos se le ponían más negros cuando hablaba—. Hay que finiquitar a todos esos que ahora andan con los caballos bailando. Hay que bajarlos de la montura pa que circulen. Los hombres son como el agua: hay que moverlos pa que no se empocen y resulten jediendo a podrido.

Neófito observaba cómo el viejo se iba transformando. Le hubiera gustado extender la mano y acariciarle los brazos; sentirlo más, que aquella seguridad del viejo le entrara por los dedos.

—Qué. .. ¿entuavía no te convences?

—Sí don Augurio.

—Vas a pensar que si no fuera ansina, y porque tengo la seguridá que sólo a balazos podemos dejar algo pa los que van a nacer, pa que crezcan juertes y contentos, con cariño a la tierra y sin miedo a los caporales, si no juera porque estoy en eso iba andar correteando federales? No chamaco; mejor me hubiera quedado muriendo de hambre, pero seguro, con la vieja y los hijos, allá en San Bartolomé de los Llanos.

—¿Y si no caen en esta trampa, y nos corretean y nos hacen salir de pelada?

—Pos ni modo; ya pa la otra será. Nomás te cuidás la espalda y aluego te reunís pa rehacer las juerzas como dice el viejo Pineda.

—Pero ¿y si nos toca?

—Qué ¿un trancazo? Pos algunos han de morir; eso que ni qué. En estas danzas no queda otra.

Neófito arregló la correa de su carabina. Sopló unas briznas de polvo que habían caído sobre el cañón. Después vio, a lo lejos, que alguien orinaba oculto en el tronco de un espino. Hizo todos estos movimientos para no seguir sintiendo los ojos negros del viejo y porque su pecho repiqueteaba con todo lo que aquél había dicho y ya no quería seguir oyéndolo.

Pensó en su trabajo en Tuxtla. El pequeño taller de zapatería al que había ingresado como aprendiz. La tranquilidad del cuarto en donde dormía se le vino a retacar en la cabeza y él la comparó a esta peña, tras de la que se ocultaba ahora con un rifle preparado y aguardando él unos hombres a los que odiaba, sin haberles visto nunca de persona a persona, pero que había que matarlos o tantear a la muerte que podía venir de esos mismos hombres. 

Volvió a palpar el recuerdo de la muerte de su padre, y un brillo le recrudeció el odio. Golpeó con la mano la culata de la carabina; echó saliva en la muesca de puntería y marcó una cruz en la boca del cañón, como había visto hacer a los otros. El viejo lo observó y asomó sus dientes en una ancha sonrisa. Se arriscó las alas del sombrero y untándose los dedos con saliva también marcó una cruz en la carabina y se rió satisfecho.

El sol ya había caído hasta el fondo de la barranca. Un suave calorcito subía de las peñas de abajo. Una pequeña neblina se empezaba a romper contra las peñas. Las urracas, las peas y las chachalacas se alejaron. Sólo se oía el largo chirriar de las chicharras que parecían hacer brillar las hojas de las enredaderas. Los hombres estaban impacientes. El coronel, con unos prismáticos anticuados, revisaba cada uno de los puestos. Luego sacó de la bolsa trasera del pantalón un paliacate y se enjugó el sudor que brincaba de su frente.

De pronto, una bandera roja se agitó en lo alto del cerro.

—Ahí vienen! —fue un grito apenas contenido, que saltó de la boca de todos los hombres. Era la señal convenida.

Hubo un acomodarse de cuerpos. Casi todos sentían la necesidad de ocultarse más aún. El coronel corrió al puesto por él escogido. Revisaron las armas por última vez. El enemigo no tardaría en llegar a esta Cañada del Principio. Todos sabían qué era lo que les tocaba hacer.

El viejo Augurio se escupió las manos y se peinó el bigote. Estaba alegre. Le hubiera encantado pegar un grito para avisar que allí estaba él, Augurio Paz, para balacear a los federales.

—Ora sí chamaco; ya Ilegaron los jijos. 

—Sí —sopló Neófito. Sintió la boca seca y dura la lengua.

—¿Entuavía dudas?

Neófito negó con la cabeza.

—En la madre hay que darles, chamaco. El viejo se acomodó en su parapeto. Tosió muy quedo y volvió a poner saliva en la carabina.

Ya se escuchaba el metálico sonido de la marcha de los soldados sobre las piedras del camino que corre al fondo de la cañada.

Neófito hubiera querido persignarse, pero desechó la idea pensando que un hombre no debe hacer esas cosas. Es por miedo que lo hacen...

Ninguno de los hombres del coronel Pineda estaba tranquilo. Aguardaban, con las narices dilatadas por una respiración fatigosa, a que los soldados cayeran en la trampa.

Al lado de una gran piedra blanca, partida a la mitad, aparecieron dos figuras verdes. Era la avanzada de la tropa. Venían con paso seguro pero desconfiado. Pasaban los ojos por todas las peñas esperando descubrir algo. Una cañada es un mal paso en época de revueltas; y eso lo sabían los dos soldados que ahora vigilaban las paredes.

Los hombres de Pineda se ocultaron más, queriendo enterrarse entre las piedras. Nadie hubiera podido descubrirlos. Los soldados describieron un amplio ademán con los brazos y continuaron el avance. Atrás de ellos el ruido de las pisadas aumentó.

Neófito apretó la carabina. No quiso poner el dedo sobre el gatillo por temor a que le fueran a ganar los nervios y se le escapara un disparo.

El grueso de la tropa hizo su aparición al fondo del barranco. Al frente venían cuatro oficiales a caballo. Platicaban entre sí y señalaban las peñas.

—Que no nos vean... que no nos vean —musitó Neófito.

Los soldados, instintivamente, al ir entrando a la trampa, se separaban y descolgaban del hombro los fusiles. Se veían sudorosos los rostros debajo de las gorras verdes. Ellos, en contraste con los oficiales no hablaban.

Neófito se mordió los labios. Sintió que un dolor le punzaba los riñones. Los músculos del brazo se contraían. Abrió y cerró la boca varias veces para frotar su mentón sobre la piedra en que descansaba la cabeza. Los dedos le dolían como si hubiera estado trabajando, durante mucho tiempo, con la lezna allá en el pequeño taller de zapatería. Sintió que el miedo se le estaba reuniendo en el estómago. Cortó una ramita y la mordió desesperadamente. Recordó al viejo y volteó la cara.

Augurio le guiñó un ojo y le sonrió.

—A darles en la madre chamaco —susurró. Neófito quisto repetir la mueca pero no consiguió dibujarla.

La avanzada estaba ya a la mitad del barranco.

Sudaba de las manos. Quiso irse y que todo esto de la carabina, los hombres, la tropa y la muerte, quedara sólo como un mal recuerdo. Aspiró fuerte para destaparse las narices; iba a escupir sonoramente, pero se abstuvo, por temor de indicar su presencia al enemigo.

La tropa federal estaba íntegra en la trampa. La retaguardia. compuesta por tres soldados, entró a la cañada. El ruido de la marcha era grande. Había rodar de piedras bajo las botas del ejército. Los oficiales se habían separado. Sus caballos resaltaban, aquí y allá, rodeados de la marcha trabajosa de los soldados. Todos indagaban con inquietud a las peñas y a los árboles.

Neófito apuntó a uno de los oficiales; lo vio moverse en el centro de su muesca de puntería. Comprendió que la vida de aquel hombre estaba en sus manos; con sólo jalar el gatillo y todo se habría terminado para aquel oficial del Gobierno. Veía todos sus ademanes. Lo fue siguiendo con el cañón por una larga parte del camino. Escogió la parte del cuerpo a la que dirigiría la bala. El plomo le romperá la mitad del pecho. De pronto, las manos volvieron a temblarle; ladeó la carabina. Cerró los ojos y el cuerpo le bailó con varias temblorinas.

—No puedo. No voy a poder. No puedo –hubiera querido que el viejo lo animara. Que le volviera a decir lo de antes. Deseaba sentir aquellas palabras que le habían dado los ánimos necesarios. Volteó la cabeza al apostadero de Augurio; no pudo descubrirlo. Con seguridad que el viejo estaría oculto, estudiando los movimientos del enemigo. El combate se abriría en unos cuantos momentos; decididamente el viejo no podía. hablarle.

Se dio cuenta de que estaba solo. El mismo tendría que escoger entre ponerse a llorar y revolcarse de miedo y luego huir de su puesto en medio de pujidos de angustia, o quedarse ahí y apretar fuerte la rama que tenía mordida para calmarse y poder colocar la muerte en los cuerpos verdes de los soldados, para vengar al padre, y para lograr todas aquellas cosas de que el viejo le había hablado.

De pronto la ametralladora inició el quebradero de federales y las carabinas corearon los disparos. Al fondo, los soldados se movían en desorden como un camino de hormigas. Algunos quedaban doblados sobre una piedra. Otros a rastras, buscaban un refugio.

El viejo estaba en su sitio, vociferando, mentándoles la madre a los soldados, y efectuando, certero, uno tras otro los disparos.

Neófito se fue encogiendo. Plegó las piernas al vientre y metió los brazos entre las rodillas. El ojo derecho le parpadeaba sin que él pudiera evitarlo. Empezó a llorar.

Los federales contestaron el fuego. Sus balas rebotaban en las piedras y zumbaban al igual que una caña que se agita con el viento. Una rama recibió un impacto y crujiendo, cayó cerca del viejo. La piedra que protegía a Neófito palpitó varias veces y le aparecieron puntos blancos. El muchacho se cubrió; volvió a morder la varita hasta hacerla pedazos. Restregaba los pies sobre la tierra y con las manos se cubría el cuello y la cabeza. No podía pensar en nada. Su carabina yacía a su lado, quieta, callada, ajena al tiroteo.

Un crujir de huesos y el pujido de un herido cercano le causaron sobresalto. Oyó el desprenderse de algo. Un sombrero pasó rodando. Neófito arrojó la carabina y se incorporó para iniciar la fuga. Que se vaya al carajo todo... A grandes saltos escaló las peñas rumbo a la cresta del cerro. Los gritos roncos del viejo le llegaron a la espalda.

—¡Hey, chamaco!... No te peles. Eso es de viejas... Ya mero ganamos... ¡Heya, chamaco!

Neófito no se detuvo. Llevaba las manos sangrando de arañar las peñas. Ya mero, ya mero, se decía midiendo los últimos peñascos.

El viejo volvió a gritar. El muchacho se arrancó la carrillera y la lanzó a lo lejos.

Augurio Paz lo encañonó con la carabina. Apuntó e hizo un disparo. Después volvió a dirigir los tiros hacia los soldados.

El libro de arena - Jorge Luis Borges


...thy rope of sands...
George Herbert (1593-1623)
 
 
La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es este, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
 
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente.
 
Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
 
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
 
—Vendo biblias —me dijo.
 
No sin pedantería le contesté:
 
—En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
 
Al cabo de un silencio me contestó:
 
—No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
 
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
 
—Será del siglo diecinueve —observé.

—No sé. No lo he sabido nunca —fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

—Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

—Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

—No —me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

—Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

—Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

—Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

—No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

—Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

—¿Usted es religioso, sin duda?

—Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

—Y de Robbie Burns —corrigió.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

—¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

—No. Se lo ofrezco a usted —me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

—Le propongo un canje —le dije—. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

—A black letter Wiclif —murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

—Trato hecho —me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las mil y una noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. 

Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar.
 
Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.