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Los trapos sucios - Elvira Lindo

La crueldad de una madre

Después de que pasara lo que pasó, yo me puse tan tan triste que mi madre casi tiene que llamar a la psicóloga de guardia. La psicóloga de guardia es la misma que la de todos los días, la sita Espe; lo que pasa es que últimamente se ha comprado un móvil y los de la Asociación de Padres se encargaron de repartir el número por el colegio, así que cualquier padre que tenga una duda terrible, sea la hora que sea, marca el número de teléfono de la psicóloga de guardia y la sita Espe le da su opinión autorizada.

Por ejemplo, un ejemplo, son las ocho de la mañana de un sábado y la madre de Yihad llama a la sita:

—Que Yihad está pidiendo el desayuno a patadas en la puerta de mi habitación, ¿qué puedo hacer?

—Pues lo que te está pidiendo ese niño es una colleja de efecto sedante.

—Gracias, gracias, cómo no se me había ocurrido.

O por ejemplo, otro ejemplo, son las doce de la noche y la madre de la Susana Bragas-sucias llama a la psicóloga de guardia, desesperada, al borde del llanto:

—Que estoy mandando a la niña a dormir y me dice que no se mueve del sofá hasta que no acabe el programa de Lina Morgan.

—Lo que esa niña te pide a gritos es que le apagues la televisión y la pongas de patitas en su habitación sin más contemplaciones.

—Pero, Dios mío, claro, si no fuera por usted...

En realidad, los que empezaron a utilizar este Teléfono de la Esperanza (teléfono de la Espe, entre nosotros) fueron los padres del Orejones, que necesitaban tener a la psicóloga a mano durante todo el fin de semana, que es cuando el Orejones se pone completamente insoportable (los días de diario también, lo que pasa es que sus padres tienen menos tiempo de disfrutarlo) y en plan comando incontrolado. Como la madre del Orejones no se atreve ni a levantarle la voz, marca el teléfono mágico angustiada:

—Espe, que Ore me dice que si no le dejo dormir conmigo esta noche que se va con su padre. Y claro, ponte en mi lugar, ¿dónde meto a Pepín? No le voy a decir que se vaya a dormir a la cama de mi Ore para que mi Ore se salga con la suya.

—A ver, a ver, a ver... Vamos a optar por algo tradicional. Dile al Ore que como no se meta en su cama y os deje en paz que te quitas la zapatilla.

—La zapatilla... Bueno, se lo digo y te vuelvo a llamar a ver si surte efecto...

Ya sabes, la madre del Ore está divorciada y Pepín es su nuevo amor. Yo le tengo bastante manía a ese Pepín porque a mí la madre del Orejones me gusta cinco tacos de queso de bola. Pero no te creas que al padre del Orejones le quiero más, le llamo «El Plasta» y fue mi Rival n.° 1; mi Rival n.° 2, como habrás adivinado, es Pepín.

Pero ésta es una historia que algún día te contaré con muchísimos pelos y muchísimas señales. La cosa es que en este capítulo de mi terrible vida, mi madre no llamó a la psicóloga, entre otras cosas porque si la hubiera llamado a lo mejor las collejas de efecto retardado y las zapatillas hubieran sido para ella. Empezaré la historia por el principio de los tiempos.

Un día, la sita nos dijo que teníamos que comprar en la papelería papel cebolla, cartulina y pegamento porque en Plástica íbamos a aprovechar para hacer con nuestras propias manos un regalo a nuestras propias madres que, según dijo la sita, son unas santas porque nos aguantan cuando no está ella, que es una santa también aunque el Vaticano no se lo reconozca. El regalo era para el Día de la Madre y teníamos que mantenerlo en el máximo secreto.

Es difícil mantener un máximo secreto cuando vuelves a tu casa y extiendes la mano delante de tu madre y le dices que te tiene que dar dinero para la papelería y tu madre dice:

—¿Que te tengo que dar dinero OTRA VEZ para queeeeé?

Te dan ganas de contestarle que es para ella y sólo para ella, pero te callas porque piensas: «Algún día se arrepentirá de sus palabras. Mirará emocionada la obra de arte que le plantaré delante de sus narices y dirá: "lo has hecho pensando en mí y yo echándote la bronca, perdóname, hijo mío"». Estos pensamientos me ayudan a ser feliz y a soportarla en sus peores momentos.

Al final, como siempre, me dio el dinero para la papelería y al día siguiente empezamos a hacer el regalo de nuestras santas madres. Era un payaso que llevaba en la mano unas flores. Primero se pintaba el payaso a lápiz en la cartulina y luego se iban haciendo bolitas con el papel cebolla para ir pegándolas en el payaso.

Yo haciendo bolitas era superrápido, estoy perfectamente entrenado porque el sistema es el mismo que sigo normalmente con los mocos de la nariz. Lo sacas, haces una bolilla compacta y la dejas caer limpiamente al suelo. Al Orejones el sistema «bolilla-compacta» le cuesta más porque no tiene práctica, no está entrenado, él es de los que se sacan el moco y adiós muy buenas, lo lanza con los dedos hacia arriba y si te he visto no me acuerdo. Es un tío sin escrúpulos.

Todos los días, si nos sobraba un rato de clase, la sita decía:

—¡Hora de payasetes!

Y sacábamos nuestra cartulina de las cajoneras. La sita nos dijo que cada uno podía pintarlo de los colores que quisiera porque así hacíamos trabajar nuestra imaginación, que dice mi sita que nos hace mucha falta porque la tenemos atrofiada de tanto ver la tele. Y ahí le damos la razón todos, porque no tenemos imaginación pero somos muy sinceros.

Yihad quería hacer su payasete todo rojo, y la sita le dijo que vale, porque como es un problemático hay que dejarle a su bola siempre para que no moleste. A la semana le preguntó a la sita si podía ponerle a su payasete unos cuernos. A los pocos días le preguntó si le podía poner un tridente en vez de las flores y la sita le dijo que bueno, y luego le puso una nube de humo saliéndole de un rabo porque le dio la gana. Del antiguo payasete sólo quedó sana y salva la nariz. Debajo había puesto con rotulador: «Felicidades, mamá. Tu payasete diabólico».

Yo estaba bastante orgulloso de cómo me estaba quedando, hasta que vino Yihad a mi mesa y me dijo:

—Qué cursi es tu payasete, Gafotas.

Me dijo eso por envidia podrida, porque estaba perfecto, y se empezó a reír de mi payasete de tal forma que me comió la moral, de manera que decidí hacerle al payasete unas innovaciones. Primero le puse unas paletas enormes que le salían de los labios rojos y luego le coloqué el pelo rizado como si fuera un peluquín. Le quitabas hacia un lado la peluca naranja y el payasete se quedaba calvo y en la calva se veía un piojo en calzoncillos que decía: «¿Podría taparme otra vez, por favor?». A la sita, esta segunda versión le gustó menos, sobre todo porque a partir de ese momento todo el mundo se animó a hacerle cambios al dulce payasete. La Susana le puso unos colmillos que goteaban sangre; Mostaza le dibujó una pistola en vez de las flores; Arturo Román le dejó los ojos en blanco como si estuviera poseído (le quedó genial); y hasta Paquito Medina, el niño 10, quiso cambiarle el traje de payasete por el del equipo del Rayo Vallecano. El Orejones López, como es tan vago, no se metió en muchas innovaciones, pero le quitó las flores y le puso un letrero que decía: «Para que mami lo sepa: payasete se escribe con P de Pepín».

La sita dijo que no conocíamos los términos medios: o no teníamos imaginación o nos pasábamos de rosca. Y dijo además que no se hacía responsable de los payasetes, aunque reconoció que con el rollo de los cambios habíamos estado entretenidos bastantes ratos y ella había podido vivir en paz algunos momentos, mirando por la ventana con vistas a la cárcel de Carabanchel y pensando en la jubilación. Lo sé porque sonreía como tonta de vez en cuando. Aunque a lo mejor era el olor de los pegamentos que nos tenía a todos medio colgados.

Con nuestros payasetes, envueltos en papel transparente de colores y atados con unos lazos enormes, nos fuimos todos para casa ese jueves. No se podía meter en la cartera porque las bolillas se aplastaban, así que había que ingeniárselas para introducirlo en casa sin que tu madre te viera y esconderlo de tal manera que no lo pudiera descubrir hasta el domingo. Pensé que podía dejar el regalo en casa de la Luisa hasta el día M (de Madre).

Iba ya por el primero cuando oigo a la Luisa y a mi madre que estaban hablando. ¡Qué mala suerte! Me senté en los escalones y decidí esperar hasta que mi madre subiera otra vez para casa.

La Luisa y mi madre no paraban de reírse. Yo estaba tan aburrido que, con un sigilo enorme, subí otros tres escalones para escuchar de qué hablaban y así entretenerme un poco, porque, además, se me estaba quedando el culo helado. Y lo que escuché nunca se borrará de mi memoria inmemorial: mi madre le decía a la Luisa que estaba ansiosa por ver qué nuevo horror de la naturaleza le había hecho yo este año en el colegio para el Día de la Madre. Ahí les dio la risa.

—Y espérate tú, que cuando el hermano empiece también con la Plástica, voy a tener material para montar el Museo de los Horrores.

Ahí les dio la risa otra vez.

—Porque claro, luego a ellos les gusta que los regalos estén expuestos a la vista del público. Acuérdate, el año pasado tuve que tener el iglú un mes en el mostrador del mueble-bar, menos mal que se conformó cuando le dije que lo había puesto encima de la cisterna del váter para que el hermano no lo rompiera.

Otra vez las risas despiadadas.

¡Así que por eso estaba mi iglú en lo alto de la cisterna! Mi iglú, el que le hice con palillos de dientes usados por mi abuelo para que fueran más flexibles y no se rompieran al hacer las curvas de la casita polar. Le hice chupar dos cajas enteras de palillos de dientes, se los tenía que meter de dos en dos en la boca, uno a cada lado, pero a mi abu no le importaba porque él siempre va con su palillo, aunque no se haya puesto la dentadura. Dice que así se le calma la nostalgia de cuando llevaba el cigarro y de cuando tenía dentadura de verdad. La sita me preguntó:

—¿Cómo consigues que los palillos se doblen tan bien?

Y yo le expliqué el método y me copió toda la clase. Los que tenían a sus abuelos vivos y a mano lo tuvieron fácil, y los que no, se tuvieron que aguantar y reblandecerlos ellos mismos en el recreo o en el comedor del colegio. El Orejones, como tiene un morro que se lo pisa, se presentó en mi casa con la caja de palillos y le preguntó a mi abuelo que si se los podía chupar él porque sus abuelos estaban en Carcagente y su madre se había negado a hacer ese trabajo sucio (es que en Carabanchel [Alto] no se ve bien que una madre vaya por la calle con el palillo a un lado de la boca). El Orejones nos contó que había pensado pedírselo a Pepín pero que, sinceramente, le daba asco construir un iglú con palillos rechupeteados por el novio de su madre. «Así que —le dijo el Orejones a mi abuelo— sólo puedo confiar en ti para este trabajo.» ¡Qué pelota! Mi abuelo se los chupó todos, uno por uno. Acabó un poco mareado, pero mi abuelo no sabe decirle que no a casi nadie, y menos al Ore, que es mi mejor amigo (y cerdo a la vez).

Luego pintamos el iglú con baldosinín y todo el mundo que venía a mi casa y lo veía encima del mueble-bar, decía:

—Hay que ver qué iglú, si parece que está uno en el Polo Norte.

Lo dijo Bernabé, lo dijo la Luisa, lo dijo mi padre y también lo dijo mi madre cuando se lo di. Yo llevaba un año convencido de que le había encantado, de que le había gustado tanto tanto que lo tuvo que subir a la cisterna por miedo al manazas del Imbécil.

Pero allí, sentado en la escalera, escuchando cómo mi madre le describía a la Luisa todos los regalos que yo le había hecho: un gato con las conchas de las almejas o el joyero con el bote de Nesquick... y escuchando cómo se reían, me sentía un niño bastante desengañado de la vida, un niño muy viejo con un pasado atroz. Me puse a llorar muy bajito para que no me oyeran y las lágrimas caían, gordísimas, sobre el papel que envolvía el payasete y que yo sostenía en las manos. Lo que ocurrió es que, claro, al llorar se me montó un atasco de mocos, y como no llevaba pañuelo, tuve que echarlos para dentro con todas mis fuerzas y se ve que la Boni lo oyó y echó escaleras abajo moviendo la cola. Me encontró en ese terrible estado y estaba empeñada en chuparme la cara como hace con todos los que se agachan y se ponen a su altura. Detrás de la Boni vino la Luisa y detrás mi madre, porque yo al ver que la Boni me había descubierto, ya no me corté un pelo y me puse a llorar como me apetecía: a moco tendido.

La Luisa y mi madre se quedaron paradas, se les había acabado la risa y estaban ahí, mirándome, unos peldaños más arriba que yo. Supercortadas.

Yo deshice el lazo del regalo, le quité el envoltorio de papel rojo transparente, saqué el retrato del payasete y ¿sabes lo que hice? Lo rompí, delante de sus narices, en cuatro trozos. Y ahí seguían. Superestupefactas.

Me levanté y subí las escaleras, pasé entre las dos y seguí subiendo hasta mi casa. Y ahí se quedaron. Superparalizadas.

Me metí en el cuarto de baño y me senté en el váter sin quitarme ni la mochila, ni los pantalones, ni nada. Sólo quería estar tranquilo y ése es mi sitio favorito. Al rato oí abrirse la puerta: por las voces supe que habían llegado el Imbécil, el abuelo y mi madre.

Llamaron a la puerta del váter.

—Manolito, abre, corazón —dijo mi madre muy suave.

Yo fui a contestar: «Ahora salgo», pero me empezó a temblar la barbilla y me callé. Al rato vino mi abuelo:

—Manolito, majo, sal con nosotros.

Yo no salía porque ya no sabía con qué cara tenía que salir ni qué iba a decir cuando todos me miraran, así que seguí en silencio. Pasó otro rato y llamó el Imbécil.

—El nene quiere con Manolito en el váter.

Yo sabía que, si hay alguien que no se da por vencido en mi casa es el Imbécil. Aunque no le respondí, él siguió diciendo la misma frase una y otra vez. La decía cantando, la decía por sílabas y dando golpes en la puerta: ¡el! ¡ne! ¡ne! ¡quie! ¡re! ¡con! ¡Ma! ¡no! ¡li! ¡to! ¡en! ¡el! ¡vá! ¡ter!... la decía, la decía y la decía. Abrí la puerta y le dejé entrar. Él tampoco se había quitado todavía su mochila del colegio. Se sentó en el bidé y se quedó a mi lado. Estuvimos un rato en silencio, pero el silencio se rompió porque se oyeron unos ruidos extraños.

—Son las tripas del nene que tiene hambre —me dijo.

Se puso de pie y me llevó la mano a su barriga. Le crujían las tripas ferozmente. Se quitó la mochila y sacó medio bocadillo del martes anterior. La mochila del Imbécil siempre está llena de sorpresas, siempre lleva restos de comida, piedras y palos que encuentra por la calle. Partió el trozo de bocadillo por la mitad y me lo dio. No solamente estaba superduro sino que, además, el queso se había puesto verde.

—Esto no se puede comer.

—El nene se lo come. Al nene no le pasa nada.

Ya lo tenía dentro de la boca. Tuve que sacárselo.

—Que no, que te pones malo.

—Es que el nene tiene hambre.

Por la ranura de la puerta se estaba colando el olor del cocido que seguro que ya estaba en la mesa con sus garbancitos y sus fideos humeantes. Nuestras tripas sonaron al unísono. No hay tortura más grande que tener hambre y oler a cocido. Abrí la puerta y salimos. Como me había imaginado, los platos de mi abuelo, del Imbécil y mío estaban en la mesa. Mi madre no se había puesto plato, pero se sentó con nosotros y empezó a hacer algo que nunca olvidaré: cogió los trozos del payaso que yo había roto y con mucho cuidado los fue pegando (también las bolillas que se habían caído). Yo la miraba de reojo porque estaba bastante enfadado y cuando uno está enfadado no mira de frente a las personas. Mi madre lo hacía muy despacio y como si fuera una cosa muy delicada, así que estuvo mucho rato reconstruyéndolo. Luego, lo puso en la pared del mueble-bar, sujeto con cuatro chinchetas. Todo esto lo hacía sin decir nada, como si estuviera muy ocupada.

—Cata —dijo mi abuelo—, a ese payaso hay que ponerle un cristal, que si no las bolillas se le acabarán cayendo.

—Ya lo he pensado —dijo mi madre.

—Es Bernabé —dijo el Imbécil con la boca llena de garbanzos—. Tiene peluquín.

—Es verdad —dijo mi abu—, ya decía yo que me recordaba a alguien.

Mi madre trajo del cuarto de baño el iglú y lo puso encima de la televisión. Yo seguí sin decir nada, ni en ese momento ni cuando volví del colegio por la tarde.

Cuando llegó la hora de acostarse, mi madre vino a la terraza, yo creí que para darme el beso de por las noches, pero ella me cogió de la mano y me llevó a su habitación. Aquella noche de aquel viernes mi madre quiso que yo durmiera en su gigantesca cama. El Imbécil daba saltos en la cuna porque le encanta que su héroe (yo) duerma cerca. Oí a mi abuelo que decía en el salón:

—Así que esta noche me dejáis solo, bueno, bueno...

Mi madre apagó la luz y así, en la oscuridad, su voz sonó muy rara, como si fuera la voz de la madre de otro.

—Era una tontería lo que yo le decía a la Luisa. Me encanta el payasete, me encantaron el iglú, el gato de almejas y el joyero del Nesquick...

—El payasete ahora parece Frankenstein —le dije yo—, tiene cicatrices por todo el cuerpo.

—De las cicatrices tengo yo la culpa, Manolito.

—No es verdad que te guste, lo dices por conformarme.

—No, me gusta muchísimo, te lo juro.

—¿Por quién me lo juras, por... papá?

—Te lo juro por papá.

—¿Por el abuelo?

—También por el abuelo.

—¿Y por el Imbécil? —le pregunté, y sabía que era la pregunta más arriesgada, porque mi madre nunca juraría en falso por el niñito de su ojo derecho.

—Te lo juro por el Imbécil.

En ese momento nos cayó encima el niño del juramento, que había saltado de su cuna, como hace todas las noches, y se había dejado caer en la de mi madre. Se hizo sitio y se colocó en medio, pero mi madre lo puso a un lado y se quedó ella en medio de los dos. El Imbécil no estaba de acuerdo con la colocación y dijo con el chupete en la boca:

—El nene con Manolito.

Así que, aquella noche de aquel viernes, el que se quedó en medio por votación popular fui yo. Y me dormí pensando que merecía la pena haberse enfadado y tener como recompensa que todos te hicieran bastante caso y ser el centro del mundo mundial, aunque también pensé que a pesar del terrible juramento que me había hecho mi madre, a partir de ahora miraría al payaso y al iglú sin saber si eran bonitos o feos.

—Bueno —me dijo mi abuelo a la mañana siguiente—, eso mismo ha pasado con las grandes obras de arte de todos los tiempos. No siempre se han apreciado como se merecían.

La duda era la siguiente: ¿era yo un gran artista o es que mi abuelo era muy bueno? Son dos cosas demasiado buenas para que puedan suceder a la vez.

¡Cómo molo! - Elvira Lindo

 A vida o muerte


Cuando ayer por la mañana me miraba en el espejo de mi madre con el bañador nuevo, pensaba:

—Cómo molo.

Yo reconozco que es una frase un poco rara para decirla en voz alta, a no ser que seas un chulito como Yihad, pero estoy seguro de que pensarla la piensa mucha gente. La piensa el socorrista de la piscina de mi barrio, descarao: de vez en cuando, veo que se mira su superbíceps, y me corto un brazo si ese tío no está pensando: «Cómo molo». La piensa Bernabé cuando se peina con agua su peluquín de los domingos por la mañana y antes de salir a la calle se vuelve un momento para mirarse en el espejo del portal. Yo le veo sonreír y pensar: «Cómo molo». La piensa mi abuelo cuando se pone el chándal de las Tortugas Ninja y se baja a comprar el pan y la panadera le dice:

—Hay que ver lo bien que le pinta a usted ese chándal de las Tortugas Ninja. Le hace cincuenta años más joven.

Que me cuelguen del Árbol del Ahorcado si mi abuelo no piensa en esos precisos instantes:

—Cómo molo.

Lo piensa la Susana cuando pasa delante del banco del parque del Ahorcado donde estamos sentados Yihad, yo y el Orejones, y dejamos por un momento de insultarnos y de aburrirnos para mirarla cómo se va sin decirnos ni ahí os quedáis. Seguro que en el interior de su mente enigmática hay una frase con dos palabras que dice:

—Cómo molo.

Así que no es de extrañar que cuando yo me vi con aquel bañador de palmeras salvajes, hinchara el pecho, me diera dos o tres puñetazos mortales en las costillas y después de toser un rato (es que me di un poco fuerte) pensara lo mismo que pensaban las personas que acabo de nombrar. Yo también soy humano.

Lancé delante del espejo un grito que hubiera dejado sorda a la mismísima mona de Tarzán, al tiempo que pensaba para mis adentros y con todas mis fuerzas:

—¡Cómo mooooooolooooooo

    Nos íbamos a la piscina pero eso no era lo mejor: lo mejor era que íbamos a la piscina sin mi madre. Yo a mi madre la quiero hasta la muerte mortal pero en la piscina tenemos nuestras pequeñas diferencias: a ella no le gusta que hagamos gárgaras espectaculares, pedorretas acuáticas, que la salpiquemos, que nos tiremos a estilo bomba o que nos hagamos los pobres niños ahogados cuando pasa por nuestro lado. No entiende ese tipo de bromitas.

A mí no me gusta que me embadurne cada cinco minutos de crema, que me haga guardar dos horas de digestión y que me haga vestirme con ella en los vestuarios de chicas para tenerme controlado. Compréndelo, es un cortazo, te ves en unas situaciones prohibidas para menores de dieciocho años. Las chicas se desnudan delante de ti y encima luego se molestan si las miras a esas zonas del cuerpo humano donde sin querer se te van los ojos. A mí me dijo una el año pasado:

—Eh, chaval, mira para otro lado que te estás quedando pasmao.

Yo es que no entiendo ese tipo de reacciones, te lo juro.

Menos mal que esta vez nos llevaba mi abuelo, que aunque ha afirmado en varias ocasiones que le gustaría pasar también al vestuario de señoras, se tiene que conformar con el de caballeros.

En la puerta de la piscina habíamos quedado en que nos encontraríamos con el Orejones. Iba a ser un día total de la muerte. Iba a ser un día para recordarlo el resto de mi vida, fijo que sí.

La verdad es que nos costó mucho arrancar, porque mi madre se empeñó en vaciarnos el contenido de la nevera en la mochila. Iba ya por el décimo yogur cuando mi abuelo se interpuso entre la mochila y ella, y gritó:

—¡Catalina, por Dios, que no nos vamos a escalar el Aconcagua!

Mi madre, que jamás se da por vencida, pasó a la acción con otro tipo de cosas: nos metió la crema de protección 18 para el Imbécil, y las palas y los cubitos y el flotador, y dos bañadores de repuesto y dos albornoces, y unas tiritas y mercromina por si pisábamos unos cristales de una litrona que acabaran de romper unos macarras. Ella siempre se pone en lo más trágico. Así estoy yo, completamente enfermo de los nervios. Muchas veces me da por pensar en qué programa de sucesos de la tele me gustaría salir si me ocurriera una desgracia terrible. Mi señorita dice que tengo el cerebro destrozado de imaginar barbaridades terribles que salen por la televisión. Se equivoca. A mí me basta con las barbaridades terribles que se le ocurren a mi madre. De verdad, deberían contratarla en Hollywood para escribir la décima parte de Viernes 13.

Nos dio veinticinco besos en persona y nos tiró otros veinticinco por la ventana. Ya creíamos que nos habíamos librado de ella, cuando surgió como loca de una esquina. Qué susto nos dio la tía. Sólo quería recordarnos lo de la crema del Imbécil, y que le mojáramos la cabeza, y que le pusiéramos la gorra y que, por favor, no nos ahogáramos, que era muy desagradable. Por una vez, estábamos de acuerdo.

    Nuestro día espectacular lo empezamos regular. Mi abuelo se mosqueó con el cuidador de la piscina porque el señor cuidador decía que mi abuelo tenía que ponerse en bañador y mi abuelo decía que antes muerto que hacer el ridículo. Aunque no te lo creas, mi abuelo no se ha puesto en bañador en su vida y tiene la barriga como si se la hubiesen lavado con Ariel-Nueva Fórmula. El señor cuidador estaba empeñado en que mi abuelo se desnudase y mi abuelo le dijo al señor cuidador:

—No lo puedo entender. ¿Qué interés tiene usted en ver desnudo a un viejo? Que se lo diga mi nieto: no merece la pena.

Yo se lo dije al señor cuidador y era verdad: mi abuelo desnudo no es nada espectacular.

Al final llegaron a un acuerdo: mi abuelo aceptó cambiarse la boina por la gorra de los Picapiedra que habíamos traído para el Imbécil. El cuidador dijo:

—Bueno, esto ya es otra cosa, ya está usted más presentable.

Los cuidadores de piscina tienen unos gustos muy extraños.

Por fin nos dejaron pasar.

Mi abuelo se sentó en un banco de la piscina, se quitó la dentadura (para que luego digan que no se desnuda) y a los cinco minutos se quedó sopa con la boca abierta mirando al sol. Así es mi abuelo: como los girasoles. El Orejones y yo le pusimos unas gafas rosas de plástico auténtico del Imbécil para que no le diera el sol en los ojos, y nos fuimos oyendo sus aterradores ronquidos a nuestras espaldas.

Al Imbécil lo dejamos en la piscina de pequeños con todas sus palas y sus cincuenta cubos, y nosotros nos fuimos a hacernos unas ahogadillas mortales a la honda.

Estuvimos a punto de ahogarnos de la risa en bastantes ocasiones. Tirábamos mis gafas al fondo y buceábamos para rescatarlas. En fin, esas cosas tronchantes que a mi madre no le hacen ninguna gracia.

Nos intentamos tirar de cabeza, pero de momento sólo conseguimos aterrizar con la barriga. Es bastante doloroso pero hay cosas peores en la vida: ir al colegio, por ejemplo. Además, en mi barrio casi todos los niños se tiran en plancha, y ninguno se queja en voz alta. Sólo de vez en cuando nos echamos la mano a la tripa con un gesto terrible de dolor. Somos gente dura.

El Orejones se tiró tan fuerte que le empezó a salir sangre por la nariz. Al Orejones le sale sangre por la nariz todos los días, si no es por una cosa es por otra. La sita Espe dice que es psicológico, pero vamos, yo puedo afirmar que en esta ocasión no fue psicológico, fue porque el Orejones se pegó un planchazo que casi saca toda el agua de la piscina el tío.

Le salía tanta que los dos pensamos que lo mejor que podía hacer era quedarse metido en la piscina y limpiarse con el agua, que como tiene cloro, posee poderes cicatrizantes.     

Al momento ya estaban allí dos señoras que traían al socorrista y todo para que nos echara. Una de ellas estaba tan indignada que le quitó el pito y todo al socorrista para amenazarnos a pitadas. Qué numerazo. Decían las señoras que les daba asco y que dónde estaban nuestras madres para enseñarnos educación. Las señoras a veces no tienen humanidad. Sólo les conmueve la sangre de las películas, la sangre de verdad les da asco. Una de ellas le metió un algodón en la nariz al Orejones, que casi le asomaba por el ojo de lo dentro que se lo había metido. Encima les tuve que dar las gracias. Se las di yo, claro. El Orejones no tiene modales, lo que tiene es mucho morro.

Cuando se cortó la hemorragia volvimos al lugar del crimen, a la piscina, y pasamos un buen rato haciendo una alucinante pelea de cocodrilos; una pelea muy realista, valía morder y todo. Con este tipo de juegos nos mosqueamos en seguida. Es muy difícil controlarse a la hora de pegarle un mordisco al enemigo, así que nos sentamos en la escalerilla. El Orejones miró su fantástico reloj submarino: llevábamos media hora luchando en el agua y una hora desde que dejamos a mi abuelo sopinstant.

Ya teníamos los dedos como los garbanzos en remojo. Pensamos que había llegado ese momento crucial en que un abuelo te da dinero para un helado.     

Cuando íbamos hacia el banco de mi abuelo vimos a un grupo de señoras (incluidas las dos de antes) que rodeaban a un niño tumbado boca arriba con veinticinco palas en la mano. El niño estaba rojo como esos cangrejos que le gusta tanto chupar a mi madre. El niño rojo era mi hermano. Yo me puse a llorar inmediatamente. Lloraba por ver a mi hermano tan rojo y porque las señoras le estaban echando la bronca a mi abuelo porque decían que era un abuelo sin conocimiento ni decencia. El socorrista de los superbíceps cogió en brazos a mi hermano para montarlo en un taxi y que lo lleváramos al hospital. Mi abuelo y yo llorábamos andando detrás del socorrista. Parecía un entierro. Me salían tantas lágrimas que no veía nada detrás de las gafas. Las señoras decían que seguro que el Imbécil tenía un cuadro de insolación en primer grado. Eso debía de ser terrible.

Cuando llegamos al hospital llamé a mi madre para tranquilizarla y le dije:

—No te preocupes: es un caso a vida o muerte. Ven sin pérdida de tiempo.

Oí un grito desgarrador y luego no oí nada más. A mi abuelo se le juntó la próstata con los nervios y se tuvo que ir al váter. La señorita enfermera me preguntó que qué era yo del Imbécil y yo le dije que su hermano. La señorita enfermera me preguntó el nombre del Imbécil, y me puse a llorar otra vez y le dije que no me acordaba. Entonces llegó mi abuelo y dijo una frase histórica:

—El niño se llama Nicolás García Moreno.

Así que mi hermano se llama Nicolás, como mi abuelo. Qué bonito. En un futuro tendría que acostumbrarme a llamarle por su nombre.

Al rato llegó mi madre. No parecía mi madre: estaba blanca como Morticia, la de la Familia Addams. La había traído la Luisa con el pañuelo blanco fuera de la ventanilla. Mi madre no nos miró ni a mi abuelo ni a mí. Nos ignoró. Pasó directamente a ver a mi hermano. Cuando salió dijo que el Imbécil se quedaría allí toda la noche. Mi abuelo y yo nos pusimos a llorar. Y encima de que llorábamos nos echaron la bronca entre las dos. A mi abuelo le dijeron que era un abuelo sin conocimiento y a mí que era un hermano bastante malvado, que no le había puesto la protección 18, ni le había puesto la gorra (qué iba a hacer, la llevaba mi abuelo), que no le había cuidado porque no le quería. Eso sí que no era cierto. Lo puedo jurar con la mano en la Biblia y delante del presidente del gobierno si es necesario.

Ayer por la noche fue la cena más triste de nuestras vidas. No podíamos dejar de pensar en el Imbécil con esos calzoncillos blancos tan grandes que le habían puesto en el hospital. Seguro que se meaba a media noche. Mi madre me dijo que así aprendería a querer más a mi hermano. Como estaba tan triste me compró un supercucurucho de postre. Me lo comí, sí, pero se me caían las lágrimas. Me lo comí para consolarme y algo me consoló, la verdad.

Me metí en la cama sin bañarme porque un baño sin el Imbécil y sin nuestro espectacular campeonato de pedos acuáticos no tiene gracia, no es lo mismo.

Al día siguiente, la Luisa y mi madre se fueron a recoger al Imbécil. Mi abuelo y yo estuvimos todo el tiempo esperando en el portal. A la hora vimos aparecer el coche de la Luisa, que se le caló tres veces hasta llegar donde estábamos nosotros.

El Imbécil salió del coche cargado hasta los dientes: seguía con las palas, los cubos y unas pelotas con goma que le habían comprado. Se le había quitado bastante el color rojo y estaba más delgado porque en el hospital le habían contagiado una terrible culitis. El Imbécil no nos guardaba rencor, porque el Imbécil todavía no sabe lo que es el rencor y era chachi que estuviera otra vez con nosotros. Cuando llegó la noche no pudimos hacer el famoso campeonato acuático de pedos en la bañera porque teniendo culitis, ya se sabe, detrás del efecto sonoro viene la realidad completamente cruda.

Esta noche me lo han dejado en mi cama. No me importa que me la mee. Se ha dormido con la mano sujetándose el chupete en la boca. Yo creo que tiene miedo de que algún desaprensivo se lo robe. No es verdad que yo no quiera a mi hermano, sólo que se me olvidó ponerle la protección 18. Tengo mis despistes.

Por cierto, se me ha olvidado otra vez cómo se llama.

Cuentos del Club de los Casados Negros - David Langford

—Caballeros, creo que quizá yo tenga la solución a su problema —murmuró con voz humilde Isaac, el mayordomo, mientras servía el brandy.

—¡Es imposible! —jadeó Movias—. Esto no es más que un truco para impedirme que recite mi condensación del Diccionario de Johnson en verso libre.

—Continúa, Isaac —dijo Savimo—. No hagas caso de ese pesado.

—Gracias, señor. En primer lugar, enseguida me di cuenta de que el difunto doctor Osmavi era, evidentemente, un caballero muy erudito.

—¿Y qué pruebas tienes de eso? —preguntó Movias.

—Señor, el que en su apartamento estuviera presente La tabla periódica de Primo Levi. En otras palabras…, un libro.

—¡Por… supuesto!

—Bien, caballeros, ya sabemos que el Departamento de Policía de Nueva York examinó ese libro de la forma más concienzuda posible, buscando el código secreto que, según las últimas palabras del doctor Osmavi, debía encontrarse «en el libro». Buscaron por entre todas las páginas; hurgaron en el lomo y despegaron las tapas. Pero no se les ocurrió tomar en consideración la posibilidad de que, debido a su mentalidad erudita y cultivada, el doctor Osmavi podía haber pronunciado sus últimas palabras indicando no alguna tirilla de papel, sino ¡un mensaje realmente escrito en el libro!

—¡Dios mío! —dijo Movias.

—De hecho, sugiero que el código secreto, lo único que puede evitar la Tercera Guerra Mundial e impedir la invasión trantoriana, se encuentra… escrito a mano en uno de los márgenes.

—Isaac, esto es increíble —dijo Savimo sin perder la compostura—. Sin embargo, sigue sin servirnos de nada. No sabemos en qué margen mirar… o en qué página. Hay docenas de posibilidades. —Y contempló con expresión lúgubre el delgado volumen que yacía sobre la mesa del comedor.

—Con todos mis respetos, señor, creo que sí lo sabemos. Un hombre tan meticuloso como el doctor Osmavi debió inventarse indudablemente algún truco memorístico particular, algo capaz de asegurar que el número de la página no se le iría jamás de la cabeza. Y, caballeros, estoy seguro de que recordarán el informe policial según el cual el doctor Osmavi balbuceó una escena de Shakespeare durante sus delirios finales.

—¿Y qué? —gritó Movias con cara de pocos amigos.

—Señor, ¿se me permite sugerir que el único discurso shakesperiano que un policía sería capaz de reconocer es el famoso soliloquio de Hamlet? Dado que yo mismo soy existencialista en mis ratos libres, me he aprendido de memoria todo el pasaje. Ser o no ser…

—¡Ya lo tengo! —gritó Movias, golpeando la mesa con el puño y haciendo saltar las copas de brandy—. En esa frase hay dos letras E… ¡Eso quiere decir que el código estará en la segunda página! —Abrió el libro de un manotazo… y en su rostro brilló la más terrible decepción.

—Señor, dado que en un libro moderno el texto empieza normalmente en la página número tres, podemos eliminar esa posibilidad. El título del libro, junto con el hecho de que el doctor Osmavi estuviera licenciado en química, sugiere otra interpretación. Caballeros, el que haya dos letras E nos indica que en realidad debemos buscar la segunda letra del alfabeto, que es la B, y si a esa B le unimos la E, tendremos, naturalmente, el símbolo químico del berilio, el cuarto elemento de la tabla periódica. ¿Puedo sugerirles que examinen la cuarta página?

Movias pasó la página, y todos los Casados Negros lanzaron una exclamación de sorpresa al ver unas grandes letras mayúsculas escritas con tinta fosforescente de color verde en el margen. Movias leyó en voz alta lo que decían: «LA PALABRA CLAVE ES EVALCARBALAP».

—¡Isaac, esto es asombroso!

—Siempre me esfuerzo por servirles lo mejor posible, señor.

Pero ahora le tocaba a Savimo mostrarse insatisfecho.

—Tus deducciones parecen sólidas, Isaac…, pero, aunque hayas logrado dar con la verdad por pura suerte, tu lógica no es a prueba de bomba ni mucho menos. Diste por sentado que Osmavi era un hombre amante de la literatura basándote tan sólo en ese libro. Pero, ¿y suponiendo que el libro hubiera pertenecido a Vamsoi, el escritor, que compartía el apartamento con él?

Isaac sonrió.

—Señor, eliminé a Vamsoi dado que las pruebas demuestran que no es un auténtico escritor y, por lo tanto, es altamente improbable que posea libros. Recordarán que la policía registró el «despacho» de Vamsoi, y que nos proporcionó un inventario completo de su contenido. En ese inventario había dos omisiones muy significativas. Si se me permite volver a leer esa lista…

—No, no —se apresuró a decir Movias—. La recordamos perfectamente.

—Entonces, señor, estoy seguro de que no se les habrá pasado por alto la ausencia de dos artículos que son indudablemente esenciales en la parafernalia de un escritor.

—¿Una mesa, una silla, una máquina de escribir? —propuso Savimo—. ¿Revistas porno? ¿Una ventana por la que mirar? ¿Unos pantalones?

—Todos esos objetos estaban presentes en la lista, caballeros. Pero, ¿quién puede creer que en el despacho de un auténtico autor con un ego dotado de una salud normal no vaya a haber… un esbozo de autobiografía, o un espejo?

Puertas - Pablo De Santis


El hombre de impermeable esperó diez minutos a que le abrieran la puerta.
-Otro más -dijo el hombre de barba desde el umbral-. ¿Sabe con cuántos policías hablé los últimos días? Pase, se está mojando.

El hombre de impermeable se quedó en el pequeño hall.
-¿Me va a hacer alguna pregunta nueva? ¿O son las mismas que me hicieron los otros? -dijo el hombre de barba.
-A veces, una vieja pregunta encuentra una respuesta nueva.

Se sentaron en los sillones de cuero. El hombre de barba no lo invitó con nada. No quería prolongar durante horas aquella reunión.
-Vengo a preguntarle por sus libros.
-Pensé que hablaríamos del asesinato de mi mujer.
-Creo que hay una relación entre sus libros y la muerte de su mujer.

El hombre de barba señaló unos libros apilados sobre el mármol del hogar.
-Eso lo dice porque no los ha leído. No son novelas policiales. Son libros para niños.
-Cuando hay un asesinato, la policía en general tiene que hacer un gran esfuerzo para descubrir pistas. En este caso las pistas han sobrado.
-Razón de más para que den con el asesino. Y ni siquiera tienen un sospechoso firme.
-Usted sabe que existe un sospechoso firme.

El hombre de impermeable, sin pedir permiso, avanzó hacia la pared y tomó uno de los libros. En la portada se veía una puerta y la mano que la abría. Título: El hotel de las ventanas rotas. Colección: Puertas peligrosas. El hombre de impermeable volvió a su lugar.
-Su esposa apareció en su auto, bajo la lluvia, con un disparo en la cabeza. En el auto encontraron una colilla de cigarrillo manchada de lápiz labial, la carta de un hombre firmada sólo con una letra N, un encendedor con unas iniciales labradas, S. H., la tarjeta de un hotel, unos medicamentos para depresiones... Y cuanto más se investigaba, más pistas aparecían. Pasajes de tren, entradas de cine, monedas extranjeras...
-¿Y qué tiene que ver eso con mis libros para niños?
-La policía llegó a la conclusión de que el amante, ese tal N que aparece en las cartas, era una invención. Que el asesino llenó todo de pistas para que se abrieran nuevas posibilidades, nuevas líneas de investigación. Así las pistas reales quedaban completamente ocultas por las falsas.

Le mostró el libro, como si el hombre de barba no lo conociera.
-Usted ha ganado mucho dinero con esta colección: Puertas peligrosas. Leí sólo dos, pero imagino que todos son más o menos iguales.
-Ahora resulta que también es crítico literario...
-Quiero decir que el mecanismo es el mismo. El protagonista, generalmente un muchachito, tiene a cada paso la misma duda: ¿debe abrir una puerta o no? La puerta de la heladera, la de un auto, la de una habitación de hotel. A cada decisión corresponde continuar la historia en una página distinta.
-Así funciona siempre la cabeza del escritor. Ante cada situación debemos elegir si el personaje debe hacer tal cosa o tal otra. Yo quise que el lector viviera lo mismo que vive un escritor.
-En sus libros, a cada paso se abre un nuevo relato. Con estas pistas ocurre lo mismo. Aparece un pasaje arrugado de tren, y se deben investigar las circunstancias de ese viaje. Una carta y hay que buscar al tal N. Unas pastillas y se instala la hipótesis del suicidio.
-Pero los niños que leen mis libros deben elegir un camino, un relato, entre todas las posibilidades. Las posibilidades son infinitas, pero a cada momento el lector toma una decisión, y es la única. No hay otra moraleja que yo puedo dejar a mis lectores. Siempre, siempre estamos eligiendo. Elegimos una verdad en la que creer y un camino que tomar. ¿Cuál cree que es el relato que elegirá la policía? ¿El de N, el amante despechado? ¿El de la amiga que la odiaba? ¿El del asesino serial? ¿El del marido asesino?

El hombre de impermeable se puso de pie y sacó de su bolsillo una pequeña pistola plateada.
-La policía no sé qué elegirá. Pero yo, N, el amante de Clara, o como quiera llamarme, elijo el relato del marido asesino.

El hombre de barba no parecía asustado.
-Espere. Siempre hay una posibilidad para elegir. Discutamos cuál es la puerta que vamos a abrir, y a qué página nos lleva.
-Yo no veo ninguna puerta.

El hombre de barba llevó el libro a su pecho, como si pudiera protegerlo. La bala atravesó la puerta dibujada en la portada. 

El jardín de senderos que se bifurcan - Jorge Luis Borges

En la página 242 de la Historia de la Guerra Europea, de Liddell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el veinticuatro de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día veintinueve. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Liddell Hart) provocaron esa demora -nada significativa, por cierto-. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.

"... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y -pero eso parecía muy secundario, o debía parecérmelo- también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado, o asesinado. Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. 

Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición, ¿cómo no iba a abrazar y agradecer este milagroso favor: el descubrimiento, la captura, quizá la muerte, de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que ese día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. 

A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng, ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas que suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí... El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. 

En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi garganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. 

El nombre del preciso lugar del nuevo parte de artillería británico sobre el Ancre. Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en muchos (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. 

Si mi boca, antes que la deshiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que lo oyeran en Alemania... Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos... 

Dije en voz alta: Debo huir. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos- me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, una carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala.

Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de una única persona capaz de transmitir la noticia: vivía en un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.

Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra -un hombre modesto- que para mí no es menos que Goethe. 

Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe... Lo hice, porque yo sentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza, a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. 

Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. 

Recuerdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgrove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré; el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. 

Recorrí los coches: recuerdo unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un soldado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.

De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que ya estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. 

Argüí que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. 

De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignará cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo, mientras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove?, les pregunté a unos chicos en el andén. Ashgrove, contestaron. Bajé.

Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de sombra. Uno me interrogó: ¿Ud. va a casa del doctor Stephen Albert? Sin aguardar contestación, otro dijo: La casa queda lejos de aquí, pero Ud. no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda. 

Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Este, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. 

Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts'ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. 

Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. 

Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. 

El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. 

Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes. 

Llegué así, a un alto portón herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. 

Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.

Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma.

-Veo que el piadoso Hsi P'êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?

Reconocí el nombre de uno de nuestros cónsules y repetí desconcertado: -¿El jardín?

-El jardín de senderos que se bifurcan.

Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad: -El jardín de mi antepasado Ts'ui Pên.

-¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.

El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros artífices copiaron de los alfareros de Persia...

Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin "antes de aspirar a sinólogo".

Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.

-Asombroso destino el de Ts'ui Pên -dijo Stephen Albert-. Gobernador de su provincia natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. 

Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como usted acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea -un monje taoísta o budista- insistió en la publicación.

-Los de la sangre de Ts'ui Pên -repliqué- seguimos execrando a ese monje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorios. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts'ui Pên, a su Laberinto...

-Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.

-¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo...

-Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts'ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. 

El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts'ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto; la confusión de la novela me sugirió que ése era el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts'ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito: Otra: un fragmento de una carta que descubrí.

Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts'ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:

-Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista), se pone a referir textualmente la historia de las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. 

Imaginé también una obra platónica, hereditaria, trasmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de los mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Ts'ui Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado. 

Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. 

En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta -simultáneamente- por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. 

De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. 

Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen: por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.

Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera, un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla les parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. 

Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de una desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y a morir.

Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió: -No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. 

En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts'ui Pên fue un novelista genial, pero también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama -y harto lo confirma su vida- sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. 

Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas del Jardín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?

Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stepehn Albert me dijo: -En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida? Reflexioné un momento y repuse: -La palabra ajedrez.

-Precisamente -dijo Albert-. El jardín de senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrases evidentes, es quizás el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cada uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts'ui Pên. 

He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia: El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên. 

A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.

-En todos -articulé no sin un temblor- yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts'ui Pên.

-No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.

Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisibles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.

-El porvenir ya existe -respondí-, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta? Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.

Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusieron a Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. 

El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona de ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.