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El jardín de senderos que se bifurcan - Jorge Luis Borges

En la página 242 de la Historia de la Guerra Europea, de Liddell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el veinticuatro de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día veintinueve. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Liddell Hart) provocaron esa demora -nada significativa, por cierto-. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.

"... y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y -pero eso parecía muy secundario, o debía parecérmelo- también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado, o asesinado. Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. 

Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición, ¿cómo no iba a abrazar y agradecer este milagroso favor: el descubrimiento, la captura, quizá la muerte, de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que ese día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. 

A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng, ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas que suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí... El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. 

En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi garganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. 

El nombre del preciso lugar del nuevo parte de artillería británico sobre el Ancre. Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en muchos (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. 

Si mi boca, antes que la deshiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que lo oyeran en Alemania... Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos... 

Dije en voz alta: Debo huir. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos- me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, una carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala.

Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de una única persona capaz de transmitir la noticia: vivía en un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.

Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra -un hombre modesto- que para mí no es menos que Goethe. 

Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe... Lo hice, porque yo sentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza, a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. 

Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. 

Recuerdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgrove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré; el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. 

Recorrí los coches: recuerdo unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un soldado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.

De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que ya estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. 

Argüí que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. 

De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignará cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo, mientras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove?, les pregunté a unos chicos en el andén. Ashgrove, contestaron. Bajé.

Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de sombra. Uno me interrogó: ¿Ud. va a casa del doctor Stephen Albert? Sin aguardar contestación, otro dijo: La casa queda lejos de aquí, pero Ud. no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda. 

Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Este, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. 

Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts'ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. 

Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. 

Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. 

El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. 

Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes. 

Llegué así, a un alto portón herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. 

Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.

Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma.

-Veo que el piadoso Hsi P'êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?

Reconocí el nombre de uno de nuestros cónsules y repetí desconcertado: -¿El jardín?

-El jardín de senderos que se bifurcan.

Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad: -El jardín de mi antepasado Ts'ui Pên.

-¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.

El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros artífices copiaron de los alfareros de Persia...

Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin "antes de aspirar a sinólogo".

Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.

-Asombroso destino el de Ts'ui Pên -dijo Stephen Albert-. Gobernador de su provincia natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. 

Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como usted acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea -un monje taoísta o budista- insistió en la publicación.

-Los de la sangre de Ts'ui Pên -repliqué- seguimos execrando a ese monje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorios. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts'ui Pên, a su Laberinto...

-Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.

-¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo...

-Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts'ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. 

El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts'ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto; la confusión de la novela me sugirió que ése era el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts'ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito: Otra: un fragmento de una carta que descubrí.

Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts'ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:

-Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista), se pone a referir textualmente la historia de las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. 

Imaginé también una obra platónica, hereditaria, trasmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de los mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Ts'ui Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado. 

Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. 

En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta -simultáneamente- por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. 

De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. 

Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen: por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.

Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera, un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla les parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. 

Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de una desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y a morir.

Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió: -No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. 

En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts'ui Pên fue un novelista genial, pero también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama -y harto lo confirma su vida- sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. 

Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas del Jardín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?

Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stepehn Albert me dijo: -En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida? Reflexioné un momento y repuse: -La palabra ajedrez.

-Precisamente -dijo Albert-. El jardín de senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrases evidentes, es quizás el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cada uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts'ui Pên. 

He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia: El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên. 

A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.

-En todos -articulé no sin un temblor- yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts'ui Pên.

-No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.

Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisibles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.

-El porvenir ya existe -respondí-, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta? Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.

Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusieron a Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. 

El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona de ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.

El Hipnoglifo - John Anthony

 Jaris tenía el objeto en la palma de la mano mientras acariciaba con el pulgar el hueco de la cara pulida.
—Es realmente la pieza que más estimo en mi colección —dijo—, pero no tiene nombre. La llamo el hipnoglifo.
—¿El hipnoglifo? —dijo Maddick dejando otra vez en la mesa un magnífico ópalo venusino, del tamaño de un huevo de ganso y de colores abigarrados.
 
Jaris le sonrió al hombre más joven.
—El hipnoglifo —repitió—. Tome, échele una ojeada.
 
Maddick sostuvo el objeto en la palma, acariciándolo suavemente, pasando lentamente el pulgar por el hueco.
—¿Esto es su pieza más estimada? —preguntó—. Pero cómo, no es más que un pedazo de madera.
—Un hombre —dijo Jaris— puede ser descrito como nada más que un pedazo de carne, pero tiene algunas propiedades insólitas.
 
Maddick paseó la mirada por el cuarto de tesoros mientras acariciaba el hueco con el pulgar.
—Es  verdad.  Nunca he visto más propiedades en un cuarto.
 
La voz de Jaris apartó suavemente el filo de codicia que había asomado en la voz del hombre más joven.
—La vida de usted no ha sido muy larga. Quizá aún pueda aprender algo nuevo.
 
Maddick enrojeció un instante, frunció apenas los labios y se encogió de hombros.
—Bueno, ¿para qué sirve? —preguntó extendiendo la mano y mirándose los dedos que acariciaban el objeto.
 
Jaris rió entre dientes.
—Para lo que usted está haciendo, exactamente. El objeto es irresistible. Una vez que lo toma usted en la mano, el pulgar acaricia automáticamente el hueco, y odia automáticamente tener que dejar de acariciarlo.
 
La voz de Maddick tuvo ese tono que los muy jóvenes reservan para complacer a los muy viejos.
—Es un aparatito agradable —dijo—. ¿Pero por qué ese nombre tan presuntuoso?
—¿Presuntuoso? —dijo Jaris—. Me parece descriptivo, nada más. El objeto es realmente hipnótico. —Sonrió observando cómo los dedos de Maddick jugaban con el objeto.— Quizá usted recuerde a un escultor llamado Gainsdale que creó cosas parecidas a fines del siglo veinte. Fundó una escuela llamada Tropismo.
 
Maddick se encogió de hombros, absorto aún en el objeto.
—Todos y cada uno fundaron una escuela de algo en esa época.
—Era una teoría interesante —dijo Jaris tomando un cristal arturiano del espacio y mirando el abanico de rayos luminosos—. Gainsdale argumentaba, y con razones suficientes me parece, que en la superficie de todo organismo hay respuestas táctiles naturales. Un gato prefiere naturalmente que lo acaricien de cierto modo. Un heliotropo se mueve naturalmente hacia la luz.
—Y a uno le toman naturalmente el pelo —se burló Maddick—. Hasta ahora hemos enumerado ciertas ideas básicas de tropismo, con una t minúscula. ¿Qué más?
—No importan tanto las ideas sino las aplicaciones prácticas —dijo Jaris, ignorando la rudeza del hombre más joven—. Gainsdale llevó simplemente sus estudios de tropismo más allá que ningún otro. Que ningún otro en la Tierra, por lo menos. Opinaba que todas las superficies del cuerpo responden naturalmente a ciertas formas y texturas, y comenzó a esculpir objetos que de acuerdo con sus propias palabras hacían naturalmente felices a las superficies del cuerpo. Creó objetos para frotarse la nuca, o para frotarse la frente. Hasta pretendía curar así el dolor de cabeza.
—Antigua terapéutica china, simplemente —dijo Maddick—. No hace más de una semana compré un talismán del siglo octavo que cura reumatismos por frotamiento. Una mera curiosidad.
—Gainsdale conoció ciertamente la glíptica oriental —dijo Jaris—, pero trató de sistematizar esas ideas en una serie de principios. En una ocasión intentó resucitar la moda de los netzké japoneses, esas figuritas pulidas que los samuráis llevaban en los cinturones. Sin embargo, Gainsdale prefería esculpir para todo el cuerpo. Experimentó con la joyería psíquica y diseñó brazaletes que eran naturalmente agradables para el brazo. Durante un tiempo creó sillas que eran irresistibles para las nalgas.
—Todo un arte —dijo Maddick, haciendo girar el objeto que tenía en la mano y tomándolo otra vez como antes para que el pulgar pudiese acariciar la pequeña concavidad—. Podríamos decir que bajó directamente a los fundamentos.
 
Le sonrió a Jaris como celebrando su propio ingenio, pero no encontró respuesta.
—Era, realmente, todo un hombre —dijo Jaris muy serio—. No sé si se le ocurrió la idea por ese asunto de las sillas y las nalgas, pero poco después comenzó a experimentar con accesorios que preservarían la potencia sexual. Una liga de defensa de esto o de aquello le impidió seguir adelante, pero vale la pena recordar que tuvo un hijo cuando ya había cumplido los ochenta y cuatro.
 
Maddick miró brevemente a Jaris, de soslayo.
—¡Al fin una aplicación práctica Jaris —observó la mano de Maddick que aún acariciaba el hipnoglifo. Los dedos del joven se movían automáticamente.
—Luego —dijo Jaris ignorando la mirada de Maddick— se puso a esculpir  bloques de dormir,  almohadas de madera parecidas a esos bloques de porcelana del Japón, pero moldeadas para dar placer a la cabeza. Gainsdale decía que provocaban hermosos sueños.   Pero   sobre   todo   esculpió objetos para las manos, como los artífices japoneses de talismanes que se limitaron a crear netzkés. Al fin y al cabo, la mano no es sólo el órgano táctil natural. Tiene además la clase de movilidad que responde más agradablemente a la textura y a la masa.
 
Jaris dejó el cristal del espacio y contempló la mano de Maddick.
—Exactamente como hace usted en este momento —dijo—. Gainsdale buscaba el objeto que la mano humana no puede resistir.
 
Maddick se miró la mano. Los dedos se le movían como si estuviesen solos con la cosa, separados del brazo y de la mente.
—Reconozco que es agradable —dijo—. ¿Pero no le parece un poco traído por los pelos? No me hará creer usted que el placer es realmente irresistible. Si no podemos dominar nuestros deseos de placer, ¿cómo no nos estrangulamos luchando por acariciar este objeto?
—Quizá —dijo Jaris suavemente— porque mi deseo de acariciarlo es menor que el suyo.
 
Maddick paseó los ojos por el cuarto de tesoros.
—Quizá pueda usted permitírselo —dijo, y durante un instante no hubo suavidad en su voz. Pareció darse cuenta él mismo, pues cambió inmediatamente de tema—. Pero yo creía que usted sólo coleccionaba objetos extraterrestres. ¿Cómo se explica que tenga esto aquí?
—Por una curiosa coincidencia —dijo Jaris—. O una de las muchas curiosas coincidencias. El objeto que usted tiene en la mano es extraterrestre.
—¿Y las otras curiosas coincidencias? —dijo Maddick.
 
Jaris encendió un cigarro infecto.
—Me   parece   que   debiéramos comenzar por el principio —dijo a través del humo.
—Algo me hacía presentir que había aquí una historia —dijo Maddick—. Ustedes los coleccionistas son todos iguales. Nunca he conocido a ninguno que no fuese un aficionado a los cuentos. Quizá éstos sean la verdadera razón de una colección. Jaris sonrió.
—Una enfermedad profesional. ¿Coleccionamos para contar historias, o contamos historias para poder coleccionar? Quizá si se la cuento bien pueda coleccionarlo a usted. Bueno, siéntese y trataré de superarme. Un nuevo auditorio, una nueva oportunidad.
 
Le indicó a Maddick que se sentara en un sillón de hueso, muy tallado. Puso la vasija humectante, los sellos de la droga, y una garrafa de brandy del Danubio al alcance de la mano de Maddick, y se sentó al escritorio invitándolo con una seña a que se sirviera él mismo.
—Supongo —dijo Jaris luego de esa pausa anterior al relato que ningún narrador puede omitir—, supongo que una de las razones por las que aprecio tanto este objeto es que me lo procuré en mi último viaje al espacio exterior. Como usted ve —añadió señalando la colección con un leve movimiento de la mano—, cometí el error de regresar rico, y eso mató en mí la inquietud de los viajes. Heme pues aquí atado a la Tierra por mi propia avidez.
 
Maddick, hundido en su sillón, acariciaba el hueco con el pulgar.
—Ser insolentemente rico no es el peor destino imaginable.
 
Pero Jaris estaba enfrascado en su historia.
—Yo había estado buscando cristales del espacio en los alrededores de Deneb Kaitos —continuó— cuando de pronto la fortuna se me cruzó realmente en el camino: un anillo de asteroides, un enjambre de esos maravillosos cristales. Cargamos la nave con cantidad suficiente como para comprar dos veces la Tierra, y ya nos volvíamos cuando descubrimos que Deneb Kaitos tenía un sistema planetario. Distintas expediciones habían visitado ya la región, pero nadie había mencionado el sistema y nosotros habíamos estado tan ocupados con la carga que no habíamos hecho muchas observaciones. Comprendí entonces que el supuesto anillo de asteroides era en realidad un planeta que había estallado y que describía una órbita alrededor de su sol. Los fragmentos contenían un ocho por ciento de diamantes puros, de modo que habíamos descubierto sin duda el mayor filón del universo.
"Inspeccionamos rápidamente el sistema y decidimos posarnos en DK-8 para las verificaciones habituales y la búsqueda de formas de vida. En DK-8 había ya indicaciones de vida, pero insuficientes para justificar una escala suplementaria. En cambio, en DK-8 las indicaciones eran notables. Tan notables que era muy posible que ganáramos el Premio de la Federación. Comparado con una nave cargada de cristales del espacio, aun un millón de unidades no era más que unas monedas, pero la idea de descubrir un nuevo grupo inteligente nos atraía mucho. El complejo de Colón, presumo.
"En fin, nos posamos en DK-8, y allí conseguí ese objeto que usted tiene en la mano. En DK-8 es un implemento de caza.
 
Maddick pareció estupefacto.
—De caza —dijo—. ¿Quiere usted decir como en el caso de David y Goliath? ¿La piedra de una honda?
—No —dijo Jaris—. No es un proyectil. Es una trampa. Los nativos la emplean para cazar animales.
 
Maddick miró el dispositivo, acariciándolo siempre.
—Oh, por favor —dijo—. No querrá decir que disponen las trampas, esperan a que entren las termitas y luego se comen a las termitas. No esa clase de trampa.
 
La voz se le endureció a Jaris un instante.
—Hay muchas cosas raras en el espacio. —En seguida dijo con una voz más dulce:— Es usted joven todavía. Tiene bastante tiempo. Ese dispositivo, por ejemplo, usted no creerá que es el fundamento de toda una cultura. No está preparado para creerlo.
 
La sonrisa de Maddick decía: "Bueno, al fin y al cabo, no esperará usted que acepte esas bobadas".
—Un cuento es un cuento —dijo en alta voz—. Prosiga.
—Sí —dijo Jaris—. Supongo que es increíble. Como todo el espacio, por otra parte: una constante recurrencia  de  lo  increíble.  Al cabo de un  tiempo uno olvida qué es la norma. Uno es entonces ya un verdadero hombre del espacio. —Miró un momento la colección  brillante  a  su  alrededor.— DK-8, por ejemplo.  Una vez que el indicador nos advirtió que encontraríamos inteligencia, no nos sorprendió descubrir seres casi humanos.  En esa  época  se creía universalmente que la inteligencia era propia de los primates y de sus familias. La inteligencia no podría nacer si no se tiene una mano prensil y un arco supraorbital. Un mono se adapta a su ambiente desarrollando una cola y unas manos que le permiten pasar de árbol a árbol y unos ojos que miden la distancia de los saltos. Pero ocurre que la mano es buena también para tomar cosas y que los ojos son buenos para mirarlas de cerca, y pronto el mono se pone a recoger cosas y comienza a tener ideas. Y pronto también comienza a emplear utensilios. Un ungulado no podría servirse de una herramienta ni aun en un billón de años; no tiene nada con que sostenerla. No hay razón, me parece, para que los lagartos no tengan una cierta inteligencia, excepto que no la tienen. Es probable que la causa sea un sistema nervioso inferior.
 
Jaris se interrumpió de pronto comprendiendo que se había dejado llevar por el entusiasmo de la argumentación.
—En realidad, he regresado hace poco tiempo —dijo con una sonrisa—. En el espacio estos temas son motivo de discusiones acaloradas. —Habló otra vez con una voz más suave.— Decía yo que no nos sorprendió mucho encontrar seres casi humanos, pues ya habíamos advertido indicaciones de vida inteligente...
—Es raro que no haya oído hablar de eso —dijo Maddick—. Estoy bastante al corriente, y una verdadera similitud...
—Ocurre —interrumpió Jaris a su vez— que no informamos.
 
La sorpresa alteró la voz de Maddick.
—Cielo santo, ¿y me lo dice usted a mí? ¿Qué puede impedirme que lo denuncie en la Base de la Federación del Espacio donde le sondearán el cerebro? —Paseó los ojos una vez más por la sala de tesoros como haciendo un inventario, y frunció los labios ávidamente, un momento. En seguida dijo con voz más tranquila:— Claro, antes tendría que creerle.
 
Jaris se reclinó en su silla, como perdido en sus propios pensamientos, y durante un instante pareció que hablaba desde el fondo de una caverna.
—No tiene ninguna importancia —dijo—. Y además —continuó con una sonrisa, hablando ahora desde más cerca, —usted ha dicho que no me cree.
 
Maddick se miró la mano que acariciaba continuamente las superficies lisas del objeto. El pulgar serpeaba en la concavidad pulida, entrando, subiendo y saliendo, entrando, subiendo y saliendo. Maddick alzó los ojos, buscando la mirada de Jaris.
—¿Debiera creerle? —preguntó.
 
Una vez más examinó la cámara de tesoros, deteniéndose un rato en el gabinete de cristales del espacio.
 
Jaris advirtió la mirada de Maddick y sonrió.
—Sí, yo también lo he pensado. Una víctima fácil para un chantajista.
 
Maddick apartó los ojos.
—Si el chantajista acepta esa historia.
 
Jaris sonrió.
—Siempre la misma duda. ¿Qué opinaría usted si le dijese que esa similitud permite que los terrestres se acoplen con los DK?
 
Maddick esperó largo rato antes de contestar, con los ojos clavados en el objeto, en los dedos que se movían y acariciaban. Meneó la cabeza como queriendo alejar una idea.
—Ya nada puede sorprenderme, realmente. Es raro, pero le creo a usted. Y hay algo más raro aún. Se que yo debiera decirle que es imposible. —De pronto elevó la voz.— Un momento. ¿Qué significan estos disparates? —En seguida dijo otra vez con calma:— Muy bien. Sí, así es. Le creo a usted. Debo de estar loco, pero le creo a usted.
—¿Lo suficiente como para denunciarme?
 
Maddick enrojeció.
—Me temo que no le harán caso y le dirán que es imposible —continuó Jaris—. Una verdadera lástima —añadió con cansancio—. Como le dije antes, yo hubiese sido una buena presa para un chantajista. —Hizo una pausa y concluyó, dulcemente:— No se preocupe, hijo.
 
Maddick no se indignó. Se miró la mano que acariciaba aún el objeto y dijo con indiferencia:
—¿Es un desafío?
 
Jaris meneó la cabeza.
—Un lamento —dijo. Echó una bocanada de humo y habló más animadamente—.  Además,   todos los argumentos que niegan esta posibilidad son muy sólidos. Distintas formas de vida pueden acoplarse en algunas de las ramas de  evolución divergentes si las especies están relacionadas entre sí por un antecesor común bastante próximo. El león y el tigre, por ejemplo, o el caballo y el asno. Pero no ocurre lo mismo en las evoluciones convergentes. Es probable que se desarrolle en otro mundo una especie que se parece de algún modo al hombre, y con espacio y tiempo suficientes podrían desarrollarse muchos individuos, pero la química y la fisiología del huevo y del esperma son demasiado complejas para que sea posible una relación sin un antecesor común. No obstante, los terrestres pueden acoplarse con las mujeres DK, y se han acoplado con ellas. Esto parece increíble, dicho así en este cuarto, pero al cabo de un tiempo uno descubre que no hay nada imposible en las profundidades del espacio.
—Las profundidades del espacio —dijo Maddick dulcemente, como si acariciase las palabras con el mismo placer sensual con que acariciaba el objeto pulido.
 
Jaris advirtió este cambio de tono en la voz de Maddick y asintió.
—Tiene usted tiempo. Un día irá allá. Pero volvamos a DK-8. La única diferencia real entre un DK y un ser humano es el pelo y la estructura de la piel. DK-8 tiene una atmósfera densa y tropical, con abundancia de anhídrido carbónico y nieblas perpetuas. Los rayos del sol atraviesan difícilmente la atmósfera. Por consiguiente, la vida animal de la que nacieron las criaturas inteligentes de DK nunca tuvo que desarrollar una piel protectora. El pelo es desconocido en el planeta. En cambio, las formas de vida de DK desarrollaron una piel extremadamente sensible a los rayos difusos del sol. La piel es blanda y pálida como la de una babosa. Si un DK fuese expuesto a los rayos directos del sol durante unos pocos minutos, moriría de insolación.
 
Jaris adelantó el cigarrillo y echó una nube de humo sobre el extremo encendido.
—La naturaleza —dijo— juega siempre dos cartas al mismo tiempo. La mano prensil se desarrolló por un motivo y se convirtió en algo útil para otra cosa. Del mismo modo, la piel extremadamente sensible de los DK se desarrolló en un principio para absorber la mayor cantidad posible de luz solar, y se convirtió con el tiempo en la base de un sentido táctil tremendamente desarrollado.
"Todo esto es válido para los animales dominados por los tropismos. Cuando un animal empieza a acariciar uno de esos objetos, como usted ahora, no puede ya detenerse.
 
Maddick sonrió y se miró la mano sin responder. Los costados pulidos del objeto brillaban opacamente, y su pulgar corría bajando, entrando y subiendo, en la pequeña concavidad. Bajando, entrando y subiendo.
—Casi podría decirse —continuó Jaris— que los DK han desarrollado una ciencia táctil, hasta un grado desconocido para nosotros. La energía que hemos consumido para crear una cultura de utensilios, la han empleado ellos para crear una cultura táctil. No es una sociedad muy desarrollada, de acuerdo con nuestras normas: un matriarcado de tribus muy rígido con unas pocas herramientas básicas que sólo las mujeres pueden manejar, una casta particular de mujeres. Las otras descansan en terrazas ordenadamente distribuidas en las faldas de las lomas, y se pasan la vida inmóviles absorbiendo energía solar o ideando hechizos basados principalmente en el hipnotismo y en las gratificaciones táctiles.
 
Jaris hizo una pausa y habló en seguida con una voz más dulce y algo distante.
—Por supuesto, estas mujeres son increíblemente obesas. Al principio nos pareció repulsivo verlas tendidas de ese modo, pero en DK-8 la obesidad es realmente una característica de supervivencia. La mayor superficie absorbe mayor energía solar. Y estas mujeres controlan de un modo tan perfecto la superficie de la propia piel que tienen cuerpos curiosamente bien proporcionados.
 
Jaris se echó hacia atrás y entornó los ojos.
—Asombroso control —susurró.
 
En seguida rió entre dientes.
—Pero usted estará preguntándose seguramente cómo pueden trabajar una madera tan dura casi sin herramientas. Si mira usted atentamente verá que el objeto no tiene casi grano. No es en realidad de madera, sino una especie de semilla gigante, parecida a una nuez de aguacate. Sabrá usted que una nuez fresca de aguacate puede ser moldeada como arcilla, pero cuando se la deja secar se vuelve extremadamente dura.
—Extremadamente dura —asintió Maddick, distante.
—Las mujeres del clan moldean estas cosas, y los hombres las llevan a los bosques. Como usted ya habrá supuesto, los hombres son debiluchos y poco numerosos y pronto se morirían de hambre si sólo contasen para la caza con sus propios músculos. Estos dispositivos se encargan de todo. Los animales, de una sensibilidad táctil muy elevada, se pasean por los bosques y encuentran de pronto una de estas cosas. Empiezan a acariciarla, a tocarla, y no pueden detenerse. Los hombres ni siquiera los matan. La carnicería es prerrogativa del clan gobernante de mujeres. Los hombres esperan simplemente a que el animal haya entrado en el estado adecuado y lo llevan luego al matadero. El animal no sale del estado hipnótico, por supuesto.
—Por supuesto —asintió Maddick moviendo los dedos suave y rítmicamente.
 
Jaris se recostó en la silla.
—Hay aún una cosa que usted debiera saber —dijo con la misma cortesía de siempre, pero con un leve tono de triunfo—. Los hombres no son siempre dóciles. El problema se resuelve hipnotizándolos casi en el momento mismo en que nacen. Es una práctica secular.
"Lamentablemente, la naturaleza siempre tiene una carta oculta. Una especie que vive mucho tiempo inmóvil pierde su propio impulso y deja de desarrollarse. Luego de generaciones de hipnosis los machos DK han perdido el deseo de vivir y procrear. Parece casi que el esperma y los mismos genes se retiraran lentamente. Cuando descendimos en DK-8 apenas había hombres para poner las trampas.
 
Jaris se inclinó hacia adelante sonriendo.
—Ya se imagina usted cómo nos habrán recibido esas mujeres, sobre todo cuando descubrieron que podíamos fecundarlas. Nuevos machos vigorosos, un nuevo comienzo, sangre nueva para la corriente de la vida.
 
Hizo una pausa y habló con una voz monótona y seca:
—Quizá entienda ahora por qué regresé solo. El único macho que dejó alguna vez DK-8. Aunque —concluyó— podría decirse también que nunca lo he dejado.
—...nunca... lo... he... dejado. . . —dijo Maddick.
 
Jaris asintió con un movimiento de cabeza y se puso de pie. Se acercó a Maddick e inclinándose sobre él le echó una bocanada de humo en los ojos abiertos. Maddick no se movió. Miraba fijamente adelante y parecía clavado en el sillón. Sólo los dedos de la mano derecha se le movían ahora, acariciando el objeto pulido mientras el pulgar se le deslizaba en la pequeña concavidad, saliendo y entrando.
 
Jaris se enderezó, sonriendo tristemente, se acercó al escritorio, tomó una campanilla curiosamente labrada, y llamó una vez. En el extremo de la sala se abrió una puerta mostrando una alcoba en sombras donde asomaba algo enorme y pálido.
—Está a punto, querida —dijo Jaris.