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El mensajero de las sombras - David Zurdo

El chapoteo de la cascada subterránea era como un arrullo para los oídos de Miriam. Sólo allí se sentía a salvo, en la profundidad de una galería que, siglos antes, sirvió de conducto de ventilación para una antigua mina romana. Recordaba como si hubiera sido el día antes cuando su madre le mostró por primera vez su acceso, oculto en una pared de roca mediante ramas y arbustos que ella misma había colocado. Nadie en la aldea, salvo su madre, sabía de la existencia de esa entrada. «Si alguna vez te persiguen, escóndete aquí», rememoró las proféticas palabras que le dijo cuando Miriam tenía sólo ocho años. No le preguntó de qué podría verse obligada a huir ni por qué podría necesitar esconderse. A esa edad ya había sentido las miradas recelosas de los aldeanos y el temor que le tenían a su madre, e incluso a ella. 


Había corrido a esconderse en la mina tras huir de la abadía. Estaba hambrienta y tenía frío, pero confiaba en que nadie pudiera encontrarla allí. La oscuridad era total, aunque no le resultaba amenazadora. Al contrario, se sentía protegida dentro de ella, segura. Además, sólo le causaría inquietud ver los maderos colocados por los romanos para apuntalar la galería. El paso de los siglos y la humedad habían hecho estragos en ellos. Muchos estaban medio resquebrajados o peligrosamente torcidos. No tardarían en ceder del todo y hacer que la galería se colapsara, como había ocurrido con la mayoría del resto de la mina. Pero eso ya no le importaba. Había decidido dejar esa aldea en que había pasado toda su vida y probar suerte en cualquier otro lugar. Pensaba que no tenía elección si quería seguir viviendo, o al menos en libertad. 


Antes de marcharse para siempre iría una última vez a su casa. Se daba cuenta del riesgo, pero después de darle muchas vueltas llegó a la conclusión de que era necesario. No poseía casi nada, pero ese poco era todo lo que tenía. No mucho más que algunas ropas y los utensilios con los que hacía sus preparados y trataba de ganarse el pan de cada día. Sin unas y otros, le costaría aún más sobrevivir allá adonde fuera; ni siquiera llegaría a la población más próxima, pues se moriría de frío en el largo y duro camino. 


Se levantó y avanzó a oscuras sin vacilaciones, ayudándose sólo de una mano que iba rozando la pared de roca. Durante diez años se había obligado a memorizar cada recoveco de aquella mina, sus múltiples bifurcaciones, que se adentraban en la montaña y las profundidades de la tierra. Siempre pensó que eso quizá le salvara la vida si alguna vez tenía que huir. 


Redujo el paso al darse cuenta de que se acercaba al pozo, un imponente hueco vertical que se abría más adelante en el suelo. Ni siquiera su madre había sabido decirle qué profundidad tenía. Hacía mucho que se habían desmoronado los escalones de madera que permitían bajar por él a los buscadores de oro romanos. Sólo quedaban sus apoyos de piedra, firmemente insertados en las paredes verticales. De pequeña, Miriam se imaginaba que el pozo era tan hondo que llegaba hasta el mismo Infierno, si es que existía. 


Bordeó el hueco con cuidado, pegándose todo lo posible a la pared.
Nadie acudiría a salvarla si caía en él. Moriría sola y en la más completa oscuridad. Volvió a acelerar el paso y llegó a una nueva bifurcación. La galería de la derecha se sumergía en las entrañas de la mina. Ella tomó la otra, que llevaba al exterior. 

Llegó a la entrada oculta y retiró con cuidado los arbustos que la disimulaban. Ya era de noche, como suponía. Había estado esperándola para no toparse con nadie al regresar a la aldea y su casa. Salió de la mina y volvió a tapar concienzudamente el acceso. Podría haberlo dejado al descubierto, ya que no tenía intenciones de volver a usarlo, pero la costumbre es un tirano difícil de quebrantar. 

Avanzó campo a través mientras le fue posible, antes de verse obligada a tomar el camino hacia la aldea. Las tristes siluetas de las humildes viviendas eran sombras entre sombras. También las cruces que los aldeanos habían puesto por doquier, o pintado en sus puertas con sangre de animales sacrificados a su dios. Pensaban que así alejarían el Mal, pero Miriam sentía que ni todas las cruces del mundo serían capaces de ahuyentar a lo que notaba en cada fibra de su ser desde que cayó la estrella fugaz. 

Recordaba desde siempre ser capaz de percibir cosas que no conseguía explicar. En una ocasión, siendo todavía una cría, le preguntó la razón a su madre. «Eres como yo», fue la respuesta de ella, acompañada de una sonrisa melancólica. Luego le contó una historia sobre los orígenes de su familia y el colgante del que Miriam nunca se desprendía, su talismán. Lo acarició ahora, como entonces, con un gesto mil veces repetido. La historia empezaba más de dos mil años antes, en un lugar llamado Egipto, al otro lado del mundo; eso le dijo su madre. Aunque ya no fuera una niña, a Miriam seguía pareciéndole mágico el nombre de aquellas tierras desconocidas: «Egipto.» Según su madre, en esa época tan antigua había allí un poderoso sacerdote, el más poderoso de todos, a quien respetaba, e incluso temía, el propio faraón. «El faraón era el rey de Egipto, un dios en el cuerpo de un hombre», le explicó. A menudo pedía el consejo del sumo sacerdote, que tenía el poder de entrar en trance invocando al bienhechor dios Bes, y tener visiones de lo que iba a ocurrir. En una de ellas vio que algo terrible pasaría en un futuro muy lejano, un mal inimaginable que llegaría del cielo. 

En su visión aparecía también una mujer, una como ninguna otra, ungida por el propio dios Bes, protector de los malos espíritus. La distinguía una marca roja de nacimiento en su hombro derecho, con la forma de una estrella. «¡¿Como la mía?!», le había preguntado la pequeña Miriam, asombrada. «Como la tuya, así es. Exactamente igual que la tuya», respondió su madre, que tenía una marca idéntica justo en el mismo lugar. «Todas las mujeres de nuestra familia nacen con esa marca, porque todas venimos de aquella mujer egipcia, la que era especial... Como tú eres especial.» El sacerdote hizo un pacto con el dios Bes: entregarle su vida y su espíritu a cambio del de aquellos que morirían a manos de ese mal inimaginable. Durante largos años, buscó por todo Egipto a la mujer con la marca de la estrella. Cuando por fin la encontró, tuvo una hija con ella. Sus futuros descendientes se enfrentarían al mal caído del cielo. Ésa era su misión, su destino. Para protegerlos, fabricó un poderoso amuleto consagrado a Bes. Luego cumplió su parte del pacto, inmolándose a sí mismo al dios. Justo antes de morir, untó el amuleto con su sangre, para volverlo aún más poderoso. «Ese amuleto es el medallón que cuelga de tu cuello. Ha ido pasando de madre a hija desde entonces.» 

Miriam se había preguntado más de una vez si aquella historia era cierta o sólo algo imaginado por su madre. Ella no creía en el Bien y el Mal, ni en dioses ni demonios, sólo en la maldad de la mayoría de los hombres y en la bondad de unos pocos, como aquel fraile y el soldado que la habían salvado. O como el joven fray Alonso, que ahora yacía sin poder mover las piernas y a la espera de la muerte. Trató de advertirle aquel día de que no fuera tras el rastro de la estrella. Presintió que había llevado algo consigo. Algo... malo. No lograba darle un rostro ni una forma, o tan siquiera alguna explicación, pero era real como ella misma. Quizá fuera la propia Muerte, quizá fuera el mal que aquel sacerdote egipcio profetizó. 

Redobló las precauciones cuando llegó a la puerta de su vivienda, situada en el extremo de la aldea. Temía que estuvieran dentro esperándola, y esta vez no habría nadie dispuesto a defenderla. La celosía de la única ventana estaba cerrada. No conseguía recordar si ella la había dejado así o no, pero en cualquier caso le impidió escudriñar el interior de la casa. Pegó el oído a la puerta y escuchó, tratando de captar algún sonido delator. No oyó ninguno, y se sentía expuesta y vulnerable en el exterior, donde podrían verla si alguien se levantaba a hacer sus necesidades o por cualquier otra razón. 

Abrió la puerta y volvió a cerrarla deprisa después de entrar. Notó que había alguien dentro incluso antes de oír a una voz masculina decir: 

—Buenas noches. 

Miriam luchó torpemente con la puerta para intentar volver a abrirla y huir. El hombre fue más rápido y la agarró con fuerza de un brazo. A ella se le escapó un grito de rabia, que él se apresuró a ahogar tapándole la boca. 

—¡Cállate! —rugió el hombre. 

Miriam no se rindió. Clavó los dientes en la mano que la amordazaba y sacudió todo su frágil cuerpo, con codazos y pataleos, hasta que consiguió liberarse. 

Por fin logró abrir la puerta y lanzarse de nuevo a la noche. 

—¡Soy yo! —susurró el hombre a su espalda—. Soy José. 

Eso la hizo detenerse y mirar atrás. 

—¿José? 

—Entra antes de que alguien te vea —respondió el soldado. 

La joven dudó por un momento. Que le hubiera salvado la vida no le bastaba para fiarse de él. Nunca había confiado en nadie, salvo en su madre.
 —¡Entra! —insistió José. 

Lo que terminó de convencerla no fue su vehemencia, sino la nobleza que vio en sus ojos, a pesar de la sangre que le corría por la mano, donde ella lo había mordido sin contemplaciones. 

La puerta se cerró otra vez y el soldado se atrevió a encender una vela. 

—Casi me arrancas el dedo —se quejó, aunque sin rencor. 

Miriam no le pidió disculpas, sin importarle si era lo que él esperaba. José se sentó encima del camastro, como si fuera el dueño de la casa. Ella se mantuvo en pie donde estaba, cerca de la única entrada y dispuesta a huir de nuevo por ella en cuanto lo creyera necesario. 

—¿Qué haces aquí? —le preguntó—. ¿Qué quieres? 

—Estaba esperándote. He pasado horas buscándote por todas partes, hasta que se ha hecho de noche. No soy un hombre muy avispado, pero se me ocurrió que si no habías huido ya, quizá volvieras aquí antes de hacerlo. 

El soldado dio un repaso al interior de la vivienda. Los únicos muebles eran la cama y una alacena desvencijada, donde ella guardaba su escasa ropa, una manta raída y varios cacharros. En el fuego apagado del hogar había sólo unas cuantas perolas y otros utensilios de cocina, todo muy viejo y usado. 

—¿Qué quieres? —repitió Miriam. 

—Fray Gabriel quiere hablar contigo. 

—No tengo nada que decirle. 

Estaba decidida a recoger sus cosas cuanto antes y marcharse, como había planeado. Se puso a buscar dónde meter sus pertenencias. Entonces recordó lo que había guardado en un saco y escondido dentro de uno de los cajones de la alacena. Era un objeto que en realidad no le pertenecía. Lo robó de la abadía la noche en que murió el monje. No estaba donde ella lo había dejado. 

—¿Sabes? —dijo José—. Llevo media noche preguntándome qué es esto... 

Miriam le vio coger un saco del suelo al otro lado de la cama. Justo el mismo saco que ella estaba echando en falta. El soldado lo abrió y extrajo un objeto cúbico, de un negro imposible. 

—Está frío como el demonio —agregó José—. Y que el Diablo me lleve si he visto alguna vez algo parecido. 

—No sé qué es. 

Miriam decía la verdad, pero no toda. El soldado percibió ambas cosas. Se encogió de hombros y comentó: 

—Puede que fray Gabriel lo sepa. O que sea capaz de averiguarlo. Él es un hombre avispado como pocos. 

José volvió a meter el objeto en el saco y a depositarlo en el suelo, lejos de sí. Lo hizo con un movimiento en apariencia casual, pero Miriam juraría que le causaba inquietud. 

—Si no sabes lo que es —dijo el soldado—, al menos sabrás decirme de dónde lo has sacado. 

Miriam seguía teniendo dudas sobre si confiar o no en José. Una parte de ella le decía que podía hacerlo, pero si esa parte se equivocaba y le contaba al soldado toda la verdad, estaría perdida. 

—Si te lo digo, ¿dejarás luego que me vaya? 

—Te doy mi palabra. 

José no se llevó la mano al pecho ni hizo otro gesto ampuloso al decirlo. Nada que adornara su juramento para hacerlo parecer más férreo o convincente. 

—Está bien. Yo estuve en la abadía la noche en que murió aquel monje, Olegario. Quiero decir que estaba dentro de la abadía, en el mismo establo donde murió. 

Si al soldado le sorprendió esa revelación, no lo dejó traslucir. 

—Continúa. 

—Ese día, al atardecer, cayó algo del cielo. Pasó por encima de la abadía y se estrelló contra el otro lado del valle. Uno de los monjes, fray Alonso, fue a ver lo que era... No debió hacerlo —añadió sin pretenderlo, porque eso podría conducir a nuevas preguntas que no deseaba responder. 

—En la aldea me han hablado de esa bola de fuego... 

—Fray Alonso estaba como un lunático cuando salió a buscar dónde había caído. Nevaba mucho y empezaba a anochecer. Supongo que por eso el prior y otros monjes fueron tras él. No sé qué encontró ni qué le pasó, pero su caballo acabó muerto y él dejó de poder mover las piernas. Vi al prior y a los otros volver a la abadía. Fray Alonso casi no podía mantenerse sobre el caballo. Entonces supe que algo le había pasado. 

Miriam detuvo su historia. Ahora llegaba la parte que no quería contar, la que podría hacer que acabara enjaulada para siempre o incluso muerta. Y además iba a revelarle a un extraño la existencia del único lugar del mundo donde se sentía segura. 

—Sigue, te lo ruego. No tienes nada que temer de mí. 

—Hay una mina —soltó sin más, desarticuladamente—, una mina que dicen que fue de los romanos. La conocen todos en la aldea, pero creen que ya no hay forma de entrar en ella. Se equivocan. La entrada principal y todas las otras se derrumbaron hace mucho, antes de que existiera la aldea o hasta la abadía. Pero queda una entrada abierta, que mi madre conocía, aunque nunca he sabido cómo llegó a descubrirla. Desde entonces ha sido un secreto que he guardado sólo para mí. 

—Hasta ahora —comentó José, limitándose a atestiguar ese hecho. No había presunción alguna en sus palabras. 

—Hasta ahora, así es... Una de las galerías de la mina lleva a una entrada secreta dentro de la abadía. —Eso sí llamó la atención del soldado, que se puso más erguido—. Tampoco sé quién la construyó. Mi madre no estaba segura, pero pensaba que habían sido los romanos, y que conectaba con una fortificación que se dice que tenían donde está ahora la abadía. 

»Luego la aprovecharon los primeros monjes, como una forma de escapar si hacía falta. Ellos tenían que conocerla, porque la galería da a la cripta que hay debajo de la iglesia. 

—¿Y nadie la ha descubierto hasta ahora? 

—No lo sé. Espero que no. La entrada está en el sepulcro del patrón de la abadía. Dentro del sepulcro. 

—¿Está vacío? 

—Sí. Imagino que a nadie se le habrá ocurrido abrir nunca la losa que lo tapa. Pesa mucho menos de lo que parece y debajo hay un túnel estrecho que conduce a la mina. 

—Y tú entraste por él la noche en que mataron a ese monje, ¿no es así? ¿Para qué? 

—Intento usar la entrada lo menos posible, pero llevaba tres días sin comer. Todo lo que había en mi huerta se ha helado, en invierno es difícil encontrar en el campo algo que echarse a la boca, y cada vez me tienen todos más miedo... Casi nadie viene ya a mí para que los ayude a cambio de una hogaza de pan o un poco de leche. 

—¿No tienes a nadie que cuide de ti? ¿Un padre, una madre, algún otro familiar? 

—He aprendido a cuidar de mí misma. Mi madre murió, y también los familiares de que sabía. A mí padre no llegué a conocerle. Mi madre me contó que era un forastero, un hombre del norte de paso por la aldea, que la dejó preñada y se marchó. 

—¿Y entras en la abadía para robar comida? 

—Sólo cuando no me queda más remedio. Los monjes son los únicos a los que les sobra. Y, gracias a esa entrada, es más fácil robársela a ellos que a otros. Nadie ha notado nunca mis robos, o al menos nunca me han acusado de ellos. 

—¿Qué pasó la noche en que mataron a Olegario? 

—Entré en la mina y llegué a la entrada secreta de la abadía. 

—La que da al sepulcro del santo.
Miriam asintió. 

—Los monjes estaban celebrando en la iglesia el oficio de completas. —Con el tiempo, había aprendido la rutina diaria de la abadía. Tenía buenas razones para ello—. Siempre entro después de ese oficio, porque es cuando se van todos a acostar. Tuve que esperar a que acabara para salir. 

Se estremeció un poco al recordarse encerrada dentro del sepulcro de piedra, donde apenas cabía a pesar de su cuerpo menudo. No había nada en esta vida que odiara y temiera más que verse encerrada. 

Temía también siempre el momento de salir del falso sepulcro, que hubiera alguien fuera y la descubriera, aunque nunca se había encontrado con nadie dentro de la cripta. Estaba por debajo del altar y el suelo de la iglesia, y conectaba con ella mediante unos estrechos escalones en curva. Eso impedía ver el interior de la cripta a no ser que alguien bajara hasta ella. Además la protegía una verja cerrada con llave. Su madre le había dado una copia. 

Miriam siguió contando su historia. 

—Salí de la iglesia y fui al establo. 

—¿Estaba allí Olegario? 

—No, todavía no. Cuando yo entré estaba vacío. 

—¿Viste a alguien más? 

—No había nadie en la iglesia ni el patio. Y Olegario tampoco debía haber aparecido. A esa hora deberían estar todos los monjes en el dormitorio... Cogí una gallina del gallinero y le partí el cuello para llevármela. Hice unas marcas en la tierra para que pensaran que había sido un zorro. No iba a coger nada más, créeme. Sólo esa gallina, que me daría para comer durante más de una semana. 

»Entonces vi unas alforjas de cuero finamente repujadas. Pensé que alguien de la ciudad podría pagarme un buen dinero por ellas, con el que podría comprar comida para varios meses. Pero no las robé. Sabía que no podía llevármelas, porque llamaría demasiado la atención que desaparecieran. Dentro de las alforjas estaba eso. 

Miriam señaló el saco que contenía el objeto negro. No le contó a José que un estremecimiento feroz le sacudió el cuerpo la primera vez que lo vio, ni que la atrajo como la luz de los candiles a las polillas. Ni que se dijo que también ella quizá acabara quemándose, pero lo cogió de todos modos y lo metió dentro del saco de trigo donde ahora estaba. 

—Iba a marcharme ya cuando oí que alguien entraba en el establo —siguió—. Me escondí detrás de unos fardos, pero había dejado olvidada la gallina en el suelo. No sé si Olegario llegó a verla, porque salí por una ventana. 

—¿No sabes cómo murió? 
—Le oí gritar. Fue un grito que helaba la sangre... Y luego perdí los sentidos. 

—¿Que perdiste los sentidos? 

—Fue más bien como si estuviera soñando despierta. Como una pesadilla, pero no la recuerdo. —La expresión de Miriam se volvió distante y asustada, sumida en aquel recuerdo—. Sólo me acuerdo de estar en mitad del patio cuando salí de aquella horrible pesadilla. Nunca he sentido tanto miedo... Volví corriendo a la cripta y a casa. Al día siguiente me enteré de que habían matado a Olegario. 

—¿Y tampoco había nadie allí, aparte de él y tú, cuando le oíste gritar? 

—No había nadie más. 

El soldado se revolvió, incómodo. No le gustaban los misterios ni las muertes que no tuvieran la simple explicación del acero de una espada o la punta de una flecha. 

—¿Ahora vas a dejar que me marche? —le preguntó Miriam—... Deberíais iros también, tú y el fraile. Y todos los de la aldea y la abadía. Intentad convencerles, quizá a vosotros os presten oídos. Este lugar está ahora maldito. 

El soldado se puso en pie y se le acercó. Ella retrocedió un paso. 

—¿Cómo lo sabes? ¿Eres de verdad una bruja? 

Los ojos verdes de Miriam refulgieron con ira antes de contestar. 

—¡¿Una bruja?! ¡Eso piensan! ¡Todos ellos! Pero piden mi ayuda cuando sus mujeres no consiguen quedarse preñadas o cuando a sus hombres no se les levanta el colgajo que tienen entre las piernas. Yo... 

Se calló sin terminar lo que iba a decir. Su madre le había enseñado que las personas como ellas sólo podían sobrevivir si no llamaban la atención más de lo necesario, si se mantenían calladas. Y ella ya había hablado de más. 

—Yo no necesito tu ayuda —afirmó José—. No quiero dejar preñada a ninguna mujer y mi colgajo se levanta como el sol cada mañana. 

Ella se fijó en la expresión socarrona de aquel joven apuesto y valiente. Le había salvado la vida sin conocerla y ni siquiera se lo había agradecido. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió. 

El soldado levantó la mano que Miriam le había mordido y colocó delicadamente dos dedos sobre esa sonrisa. El primer instinto de la joven fue apartar el rostro, pero luego lo volvió hacia él para mirarlo cara a cara. Agarró la mano de José, enorme entre las suyas, y recorrió sus propios labios con los dedos de él, todavía extendidos, y la giró para acariciarse la mejilla con el dorso. Él llevó por sí mismo la mano a la otra mejilla. Miriam cerró los ojos, y abrió los labios apenas un suspiro ante el contacto de la piel encallecida del soldado. 
José empezó a aflojar el cordón que ceñía bajo el cuello el sayo de Miriam. Era de una lana burda y mal tejida, y la única ropa que la cubría. Debajo sólo estaba su cuerpo esbelto y desnudo. Por él resbaló el sayo hasta caer al suelo, a sus pies. El soldado contempló su vulnerable desnudez a la luz de la vela. La marca de nacimiento de su hombro, el pelo negro, los ojos intensamente verdes, la piel blanca, los senos pequeños y firmes, la curva de su vientre y sus caderas, el fruto prohibido de Miriam. 

—Qué hermosa eres —susurró, creyendo que lo había dicho sólo dentro de su cabeza. 

Se desnudó él también, de forma atropellada y sin dejar de mirarla. Después la cogió en brazos. Ella le permitió que lo hiciera. La llevó hasta la cama en un abrazo apretado, piel contra piel, carne contra carne, compartiendo y transmitiendo su tibieza, su deseo. 

Sintió un placer como nunca antes había sentido cuando José entró en ella, una unión como nunca creyó que fuera posible sentir. 

Miriam contempló al soldado, que dormía profundamente después de su encuentro carnal. Estaba desnudo, encima de la sábana. Quiso taparlo, pero sólo tenía una manta e iba a necesitarla para el camino. Apartó la vista para fijarse en el bulto que formaban sus pertenencias. Todo lo que tenía, su vida entera, cabía en un saco tan menudo... 

Rodeó la cama y se agachó junto al otro saco, donde estaba el objeto negro. Llegó a estirar la mano hacia él, pero se obligó a retirarla como si fuera a meterla en el fuego. No lo abrió para ver el objeto por última vez, por más tentada que se sintiera a hacerlo. Volvería a hechizarla como había hecho en la abadía, y no quería llevárselo consigo. Rogó, no sabía a quién, para que lo destruyeran. 

Se inclinó levemente sobre la cama y el soldado. 

—Márchate, José —susurró—. Haz que se marchen todos. 

Cogió el bulto con sus enseres y salió otra vez a la noche, sin hacer el menor ruido. Suspiró al dejar atrás las últimas casas de la aldea, no porque previera una futura añoranza, sino de puro alivio. En el descampado que se abría delante, el frío era cruel y la noche parecía más oscura de lo que debía ser. Y más despiadada. 

«Te espera un mundo duro, hija mía, pero yo cuidaré de ti», pensó, con una determinación salvaje. La semilla que el soldado había puesto dentro de ella iba a germinar y darle un hijo. Una hija. Lo supo con toda certeza, sin saber el porqué. 

Siguió caminando y llegó al humilladero sin cruz. Su cuerpo se tensó de repente en un espasmo atroz. El saco se soltó de sus manos, que se abrieron en una garra. Quiso gritar pero no pudo. Era incapaz de moverse. 

Se le quedaron los ojos en blanco y el mundo a su alrededor desapareció. Vio en su lugar el interior de la iglesia de la abadía, con la misma claridad diáfana que si estuviera en ella: la vela del sagrario, sus figuras de santos y mártires, el gran crucifijo tras el altar, que tanta inquietud le provocaba. 

Soñaba otra vez despierta, como le había ocurrido en la noche de la muerte de Olegario. Y en su pesadilla sintió un miedo negro y profundo inundándole el alma. Había alguien más allí... un fraile. 

—No, no vengas —susurró, aterrorizada—. ¡No entres!... ¡DIOOOS! 

Se desplomó en la tierra helada. Sus ojos desencajados podían ver de nuevo el camino y el humilladero. Se echó las manos a la garganta. Luchaba para robar un poco de aire. El horror la asfixiaba. Por fin logró engullir una bocanada de aire helado. Su cuerpo se sacudía, en el suelo, temblando de arriba abajo. 

Deseó con todas su fuerzas no recordar nada de lo que había visto, como la última vez. 

Pero su deseo no se cumplió. 

La prueba - H. G. Ewers

Toby Warwick tenía miedo. Dos horas antes se había separado disimuladamente de sus compañeros de clase, porque con su alboroto ahuyentaban a los animales del bosque, que a él tanto le gustaba obser­var. Ahora, en cambio, añoraba la presencia de sus ruidosos amigos. Pero eso no tenía remedio. Toby se había extraviado. 

Sin duda la señora Barlett, su profesora, habría observado ya su desaparición. Toby se imaginó durante unos momentos cómo le llama­ban todos. Algo absurdo, porque era sordo de naci­miento. No era la primera vez, en sus trece años de vida, que Toby se daba cuenta de lo que le dife­renciaba de los demás, pero nunca había sentido tan profundamente su desgracia como ahora.

Dentro de su mala fortuna, sin embargo, Toby podía considerarse dichoso. La gran suerte del mu­chacho se llamaba Gardner Warwick y era su pa­dre, que con inagotable paciencia había ido ense­ñando al niño el difícil arte de leer en los labios, de modo que Toby podía asistir a la misma escuela que los chicos normales y con harta frecuencia lle­gaba a olvidar su incapacidad de oír.

Toby siguió un estrecho sendero. No sabía si avanzaba en la dirección acertada. Sólo estaba se­guro de hallarse en los bosques casi vírgenes de las Colinas Negras y que, en alguna parte, en diez kilómetros a la redonda, corría la carretera que con­ducía de Lead a Newcastle. Y allí, en un estaciona­miento situado a cuatro kilómetros de Lead, aguar­daba el autobús escolar que había trasladado los niños desde Newcastle hasta los bosques.

Toby tenía conciencia que no todos los cami­nos llevaban a la carretera salvadora. Si tomaba la dirección contraria, le tocaría andar por lo menos diecisiete kilómetros para salir a la de Moorcroft-Spearfish. Y también podía equivocarse e ir a parar al triángulo de bosques que se extendía al sudoeste. Eso significaría tener que recorrer ochenta kilóme­tros de selva virgen sombría, montañosa y en buena parte llena de pantanos, y en realidad la distancia sería aún mayor, ya que le resultaría imposible avan­zar siempre en línea recta. Por si fuera poco, dos horas más tarde anochecería.

Si Toby hubiera sabido que en aquellos instantes la señora Barlett iniciaba su búsqueda desde la ca­rretera, ayudada por casi cincuenta muchachos, pro­bablemente habría permanecido donde estaba. Pero, dadas las circunstancias, hizo todo lo contrario. Los animales del bosque, por los cuales se había apar­tado de sus compañeros, eran ahora para él la en­carnación del temor y del abandono. 

Al no poder oír cómo se acercaban, su presencia le sorprendía cada vez de nuevo y hacía que, pese a su carácter inofensivo, le pareciesen malos espíritus. Su fantasía infantil poblaba el silencioso bosque de todos los personajes imaginables y Toby aceleró el paso más y más hasta que, por fin, quedó agotado.

Llegó como pudo hasta un pequeño calvero, y allí se dejó caer, jadeante, entre poas y sellos de Salomón, cubriéndose la cara con las manos, como si con ello apartara de sí el peligro. Pasado un rato, se fue calmando. Echó la cabeza hacia atrás y con­templó el cielo. Allí arriba refulgía solitaria una estrella..., tan solitaria como él. Pero la estrella tendría pronto compañía, mientras que él permane­cería incomunicado.

De súbito, los ojos del muchacho se abrieron des­mesuradamente. En línea, diagonal descendente se deslizaba, por el cielo, un pálido resplandor que ad­quirió después un brillo azulado y pareció posarse detrás de las cercanas copas de los árboles. Perma­neció allí un rato cual silenciosa columna de fuego para adquirir poco a poco la forma de una flecha indicadora que destacaba refulgente contra el fondo gris del crepúsculo y disolverse de arriba abajo como una exhalación.

Toby respiraba con angustia. ¿Qué habría sido eso? ¿Una estrella fugaz? Nunca había visto un cuer­po luminoso tan claro, y mucho menos en pleno anochecer. Entonces recordó que, con frecuencia, los equipos de localización empleaban bengalas para anunciar su presencia a las personas extraviadas, y Toby quedó convencido que todo Lead y al me­nos la mitad de los habitantes de Newcastle le an­daba buscando. Con aquel cohete querían indicarle el camino. La esperanza dio nuevas fuerzas al niño, que echó a correr al encuentro de la ansiada sal­vación.

Una hora más tarde, Toby no había descubierto todavía a ningún miembro del equipo de salvamento y el abatimiento volvió a apoderarse de él. Lenta­mente se abrió paso entre la espesura. Cada vez le costaba más luchar contra el creciente cansancio. De pronto se movieron las ramas que tenía delante. Du­rante unos segundos se hizo visible la borrosa si­lueta de un ser humano.

—¡Aquí estoy! —chilló el muchacho, temeroso de no ser visto.

Los arbustos se entreabrieron. Primero asomó el doble cañón de una escopeta de caza, y a conti­nuación surgió de la semioscuridad la forma de algo que hacía ya mucho tiempo que no merecía el nom­bre de sombrero. Debajo de eso apareció otra cosa extraña, semejante a una maraña de estopa. Toby necesitó unos momentos para comprender que aque­llo era una barba mal cuidada. 

El aspecto del indi­viduo hizo que se arrepintiera de haber delatado su presencia. La gente de Newcastle hablaba mucho de delincuentes que tenían su escondrijo en las Colinas Negras, y la idea que Toby se había formado de uno de esos bandidos correspondía exactamente al tipo del desconocido.

Entretanto, el hombre se aproximaba al niño. El olor a aguardiente y tabaco de mascar que des­pedía no contribuyó, ciertamente, a inspirarle más confianza.

—¿Qué haces aquí? —rugió una voz procedente del negro agujero que se abría entre la pelambre que cubría la parte inferior de la cara, desde la nariz de ave de rapiña.

Toby tuvo dificultad para leer las palabras en aquellos labios.

—Yo..., yo busco... —tartamudeó, aunque se corrigió en seguida—: La gente de Lead y Newcastle me buscan. Seguramente llegarán de un momento a otro. No hace mucho, vi la bengala...

El muchachito confiaba en que el hombre se asus­tara y pusiera pies en polvorosa, pero no fue así.

—¡Ah...! —dijo el desconocido, a la par que ba­jaba el arma—. Conque te buscan, ¿eh? ¿Te has escapado? —añadió, alargando las palabras.

El hombre avanzó y Toby retrocedió temeroso. Pero el otro fue más rápido y le agarró por el cuello de la camisa.

—¡Eh! —exclamó—. ¡Nada de escabullirte, amiguito! ¿Crees que los vecinos de Lead y Newcastle no tienen otras cosas que hacer que correr detrás de ti?

El viejo sonrió de pronto, y Toby sintió casi cier­ta simpatía por él, lo que le hizo suspirar de alivio.

El hombre guiñó los ojos en una pícara mueca.

—De modo que tenías miedo de mí... ¡Ja, ja, ja! Desde luego, el viejo Lister no está muy presentable. Pero eso sería mucho pedir de un guardabosques, ¿no te parece?

Toby experimentó un sentimiento de alivio. ¡Era Lister, el guarda! En Newcastle ya había oído hablar de él. Propiamente era el mismo Lister quien se había nombrado guardabosques, ya que no existía designación oficial alguna, pero como el hombre no pedía dinero a cambio ni causaba daño, se le tole­raba de manera tácita. Y lo cierto era que más de un caminante solitario que se había perdido le de­bía la vida.

Toby observaba atento su boca, para no perderse ni una sola palabra. Pero de pronto, su mirada se desvió. Detrás del viejo Lister acababa de percibir otro movimiento. El guardabosques demostró ser hombre de ojo avizor, porque observó en seguida el cambio de expresión en el rostro de Toby. 

Se volvió con brusquedad y quedó aterrado al ver la extraña aparición que oscilaba ligeramente en la os­curidad y destacaba pálida contra la negrura de la maleza. Toby había oído hablar mucho de fantas­mas, aunque no creía en ellos. Ahora, sin embargo, las viejas historias de miedo de Mammy Rahel pa­recían haber adquirido vida.

Lo que allí permanecía inmóvil, no era hombre ni animal. Toby tuvo la impresión que era un capullo de gusano de seda que flotaba a poca dis­tancia del suelo, compuesto de hilos indescriptible­mente finos, blancos y además fluorescentes... Sólo que se trataba de un capullo de dimensiones gigan­tescas, ya que al menos medía un metro de largo y veinticinco centímetros de ancho.

Estaban tan asustados que ni el chico ni el an­ciano guardabosques se atrevían a moverse. Final­mente, cuando del centro de la sedosa cubierta sur­gieron poco a poco tres largos tentáculos o tubos, del grueso de un dedo, que se movían de un lado a otro como si el viento los meciese, Lister salió de su estupor. Con gesto decidido alzó la escopeta y apuntó contra la misteriosa figura. Pero no apretó el gatillo. Por lo visto, no sabía en qué categoría de espíritus incluir aquella aparición.

Pero también el fantasma vaciló. De momento volvió a introducir sus miembros, o lo que fueran, en el capullo, y en su lugar asomó una masa rosada y pulsante. Toby observó, con mirada desorbitada, cómo la reluciente masa iba adquiriendo forma de boca casi humana. Los «labios» se movieron, pero el muchacho estaba demasiado sorprendido para leer algo en ellos. Tampoco Lister reaccionó. Enton­ces, la aparición debió perder la paciencia, porque comenzó a acercarse al anciano con boca súbitamente inmóvil. Lister no supo ya qué hacer y dis­paró.

Toby vio el fogonazo y el humo producido por la pólvora. Comprobó asimismo que la figura se tam­baleaba, aunque con asombrosa rapidez volvía a re­cobrar el equilibrio. Y de nuevo se movieron los labios, de forma que el niño pudo descifrar al fin una palabra.

—¡Tatvamahsi!

Toby no entendió el significado de aquella expre­sión. Absorto, siguió con los ojos clavados en la extraña boca. Dos veces repitió la misma palabra. ¿Qué pretendía con ello aquel extraño ser? El mu­chachito buscó al viejo con la mirada..., y quedó horrorizado. Dio un grito ahogado, y cayó sin sen­tido.

Aun así, la terrible visión le acompañó en su in­consciencia.

¡La imagen de un hombre que se transformaba en un convulso bolo gelatinoso!

Cuando Toby Warwick despertó, estaba bañado en sudor. Notó que su cuerpo temblaba y supo en seguida que tenía miedo de algo espantoso. Sin em­bargo, no logró recordar de qué se trataba. ¿Le ha­bía martirizado alguna pesadilla? El muchacho buscó a tientas la lamparita de la mesa de noche, pero no la encontró. En cambio, sus dedos chocaron contra una cosa fría que se escurrió al momento.

De súbito se encendió una luz. Cegado por ella, Toby no se dio cuenta que se aproximaba una figura blanca. La vio sólo cuando estaba ya junto a su cama. Instintivamente, Toby se estremeció. Aque­lla figura le había traído un recuerdo confuso. Sus ojos se deslizaron hacia arriba por la blanca super­ficie. El rostro rosado de una enfermera le miraba sonriente.

—¿Qué, por fin despertaste, pequeño fugitivo? —leyó Toby en sus labios.

El niño arrugó la frente. ¿Fugitivo él? No acaba­ba de comprenderlo...

—¿Dónde..., dónde estoy? —musitó.

—En el hospital, Toby. Pero no temas, que no tienes nada de particular. Únicamente estás todavía un poco agotado, lo que no es de extrañar, después de tanto correr de un lado a otro.

—¿Yo de un lado a otro...?

—Ahora debes descansar, muchacho.

La enfermera barrió en silencio los fragmentos de un vaso roto. Él lo habría tirado al suelo sin darse cuenta. Poco después, la enfermera se acercó a la cama con un nuevo vaso de agua en el que echó unos polvos blancos, y se lo ofreció a Toby:

—Bebe esto, pequeño, y verás cómo sientes ali­vio.

El chico obedeció y vació el vaso de un solo trago, pues de pronto sentía una sed abrasadora. La enfermera dijo entonces:

—Ahora sé bueno y vuelve a echarte, ¿eh? Yo no tardaré en estar otra vez contigo.

Toby hizo un mohín de disgusto. Aquella enfer­mera le resultaba empalagosa. ¡Al fin y al cabo tenía ya trece años! Se recostó en la almohada y cerró los ojos, dispuesto a no abrirlos cuando regresara la mujer. Pero no necesitó llevar a cabo ese propó­sito porque, mucho antes que volviera la enfer­mera, Toby dormía profundamente.

De momento, el chico no supo qué le había des­pertado. Un rostro delgado y enérgico, con gafas de concha, se inclinaba sobre él.

—¿Me entiendes, Toby? —pronunciaron los labios.

El muchacho asintió, todavía un poco amodo­rrado.

La cara desapareció para retornar a los pocos instantes.

—¿Quién es usted? —preguntó Toby.

—Soy el doctor Berull, hijo. ¿Crees tener sufi­ciente fuerza para levantarte?

—¡Quiero volver a casa, con papá! —declaró el niño, enérgico.

El rostro se movió de arriba abajo, en un gesto afirmativo.

—Claro que sí, Toby. Puedes irte en seguida. Sólo que... —evidentemente, el médico buscaba las pala­bras adecuadas—, hay unos señores, muy amables por cierto, que desean hablarte antes. ¿Harás el fa­vor de atenderles?

Toby asintió de nuevo. Conocía de sobra a los mayores para saber que una negativa no iba a ser­virle de nada. Se vistió con prisa, una vez que el doctor le hubo ayudado a salir de la cama. El mu­chacho tenía prisa por salvar el último obstáculo que le separaba de su padre, porque lentamente, y de modo incompleto, volvían a su memoria los su­cesos de las Colinas Negras.

Cuando el doctor Berull le hizo cruzar una puer­ta que daba a un despacho, Toby experimentó un desengaño. No se había hecho una idea concreta de esos «amables señores» que le aguardaban, pero sí confiaba en que su aspecto fuese un poco extraordi­nario. 

Pero nada de eso. Se trataba de tres señores de cierta edad y cara bondadosa que, en primer lu­gar, se interesaban por las revistas que tenían exten­didas delante. El muchacho permaneció cosa de un segundo en la habitación sin que le hicieran caso, y se sintió pequeño e insignificante.

Por fin, el mayor y más grueso de los tres dejó la lectura y miró a Toby con sus ojos claros, de mirada franca.

—¡Ah, ya tenemos aquí a nuestro fugitivo! —ex­clamó, a la vez que alargaba la mano para asir a Toby y hacerle sentar en un cuarto sillón.

También los otros dos señores dejaron sus revis­tas y sonrieron al niño con benevolencia, aunque de manera un poco enigmática.

—Ante todo, vamos a presentarnos —dijo el más viejo—. Yo soy Ray. Ray Stinson. Tío Ray para ti, y estos señores —añadió, señalando con un ligero gesto de la mano a sus acompañantes, que hasta entonces no habían abierto la boca— son Joe Welsh y Rex Hine. Y tú eres Toby Warwick...

Lo último fue más una constatación que una pre­gunta. No obstante, Toby contestó con un vacilante «sí, señor».

—¡Tío Ray! —le corrigió el hombre grueso, que se reclinó comodón en su butaca, hizo salir azulados aros de humo del cigarro y volvió a enmudecer. Toby, nervioso, se escurría de un lado a otro de su asiento. Ansiaba poder relatar lo vivido en el bosque.

—Pues bien... —el tío Ray reanudó la conversa­ción—. Cuéntanos ahora todo lo que ocurrió desde que te extraviaste. Pero procura hacerlo de forma ordenada.

Por vez primera apareció una chispa de interés en los ojos de sus compañeros. Pero Toby estaba demasiado excitado para fijarse en ello. Empezó a explicar sus aventuras. Al principio, con inseguridad y naciendo muchas pausas. Luego, las palabras bro­taron de sus labios como un torrente. Sus oyentes demostraban atención y paciencia. Sólo cuando, al término de su relato, volvió a tartamudear un poco, intervino el tío Ray con un carraspeo:

—Está bien, muchacho... Conque el señor Lister disparó con su escopeta contra el..., el espíritu. ¿Sa­bes si le dio?

Toby hizo un gesto de afirmación, pensativo.

—Creo que sí. El fantasma o lo que fuera se tambaleó unos instantes, pero el tiro no pareció haberle hecho daño.

—¡Claro, a un espíritu poco puede importarle que le suelten un balazo o toda una andanada de perdi­gones! —rió uno de los hombres.

—¡Cállese, Joel —le increpó Ray Stinson—. Con­tinúa, muchacho. ¿Qué más sucedió?

—Pues... —prosiguió Toby con voz temblorosa—. Entonces gritó algo..., y, de pronto, el..., el guarda­bosques desapareció.

—¡Ah! ¿Adónde se fue el viejo Lister? —inquirió Ray, inclinándose hacia el muchacho.

Toby sacudió la cabeza.

—No se marchó. Eso puedo jurarlo. La maleza era tan espesa, que le hubiera costado trabajo abrirse camino. Desapareció, simplemente. Pero allí donde él había estado, quedó una..., una...

—Una masa gelatinosa de color verde —le ayudó el tío Ray.

El chico miró a Stinson con reproche.

—No era una masa, sino un bolo, un bolo de un metro de altura, más o menos, y el cañón de la escopeta asomaba un trozo de esa forma rara...

—¡Exactamente lo que nosotros encontramos! —intervino el hombre llamado Joe—. ¡Pero un ser humano no puede convertirse así como así en un bolo de gelatina! ¿Estás seguro que ese «espí­ritu» no llevaba un arma en la mano?

—¡Sí no tenía manos! —repuso Toby, molesto.

Joe lanzó un suspiro.

—Está bien... Quizá carecía de manos, como tú afirmas. Sin embargo, algo tuvo que hacer...

—Sólo dijo una palabra. Nada más. Lo leí clara­mente en su boca.

—¿Y qué dijo?

Tres pares de ojos se clavaron en el muchacho.

—A ver... Ta..., ta... No, no era eso. Takamah... ¡Ya lo tengo! La palabra era tatvamahsi.

Mientras intentaba recordar tan extraña expre­sión, Toby había cerrado los ojos para concentrar­se mejor. Después, cuando los abrió, creyó morir de espanto. Los tres hombres habían desaparecido. En su lugar, los sillones estaban ocupados por tres bolos de una gelatina verdosa.

El muchacho fue incapaz de mover ni un dedo. En cambio, chilló. Chillaba todavía cuando el mé­dico se presentó en compañía de dos enfermeras. También éstas empezaron a gritar. El doctor fue el único que, aun con visible esfuerzo, logró dominarse y agarrar el teléfono.

 —¡Habla de una vez! ¿Qué ocurrió en el despa­cho del hospital? ¿Qué les hiciste a mis tres hom­bres?

La voz del desconocido era dura y amenazadora. Todo lo contrario de la del desdichado tío Ray. Pero Toby no era capaz de distinguirlo, aunque por el rostro congestionado del inspector comprendió que estaba fuera de sí. No había duda: echaban la culpa a Toby de los misteriosos sucesos. La presencia de seis policías armados hasta los dientes era suficien­temente elocuente.

Toby se echó a llorar. Ni siquiera recordaba con claridad cómo le habían transportado desde el hos­pital. ¡Pero él era inocente! ¿Sí...? ¿Lo era en rea­lidad? Poco a poco, Toby fue comprendiendo la si­tuación, lo que le hizo aún más obstinado.

El inspector golpeó la mesa con una regla. Luego dio media vuelta bruscamente y agarró a Toby por el cuello de la camisa.

—Amigo —comenzó—, voy a decirte una cosa. ¡O bien me explicas en seguida todo lo ocurrido, sin pérdida de tiempo, o te encerraremos en nuestra celda más oscura!

El inspector Thorcraft no era el monstruo por el que Toby le tomaba. Pero el hombre había lle­gado al límite de su resistencia. Lo que acababa de pasar le parecía tan horrible, tan escalofriante, que no por ser policía estaba menos impresionado que los demás.

—¿Qué me respondes? —insistió en tono amena­zador.

Toby tragó saliva. En su martirizado cerebro ha­bía nacido una idea salvadora...

—Deme lápiz y papel, por favor, y entonces es­cribiré la palabra. Temo que, si la pronuncio...

El inspector levantó una ceja, pero sin más co­mentarios se volvió de cara a la mesa y entregó al muchacho lo que había pedido. Toby dio las gra­cias con un gesto de cabeza y, con grandes y torpes letras, se puso a escribir la misteriosa palabra TATVAMAHSI.

—Tome, señor —dijo con voz insegura—, pero le ruego que no lea eso en voz alta. La desgracia podría repetirse...

Thorcraft estudió ceñudo la hoja de papel.

—Hum... De acuerdo, Toby. Espero que no nos hayas ocultado nada y que ésta sea realmente la palabra, aunque no me explico cómo...

—No les engaño, señor. ¿Puedo irme ahora a casa?

—Todavía no, hijo. Antes tenemos que compro­bar la veracidad de tu declaración, ¿entiendes? —contestó el inspector, pese a que no tenía aún la menor idea de cómo demostrar el efecto de aquel vocablo fatal. Si Toby no había mentido, era total­mente imposible hacerlo.

—De momento regresa a tu habitación —prosi­guió—. Nada debes temer si dijiste la verdad.

Hizo una señal a los dos agentes uniformados, que flanquearon a Toby y se lo llevaron.

Sólo entonces entró en escena el delgado cien­tífico de cabellos grises que mientras tanto había permanecido silencioso en un rincón. Thorcraft le miró muy serio.

—¿Qué opina de esta historia, profesor Prayer?

—¡Que es fantástica! —susurró el sabio—. Tengo la impresión, sin embargo, que el chico no mien­te. Claro que será muy difícil probarlo. ¿Qué no­ticias han llegado de las Colinas Negras, inspector?

—Nada nuevo —replicó Thorcraft, a la vez que encendía un pitillo—. Los equipos de investigación no han encontrado nada, por ahora, ninguna huella de la extraña aparición. Se diría que se la ha tragado el suelo, si no existió solamente en la imaginación de ese chiquillo.

—Sí, claro, también hay que admitir tal posibi­lidad —admitió Prayer de mala gana—. Pero con­tamos con testigos cada vez más numerosos que, aquel anochecer, se produjo un fenómeno celeste muy raro... Todos coinciden en que una columna de fuego descendió poco a poco sobre la Tierra y desa­pareció en la misma parte de bosque donde luego fue encontrado Toby.

Thorcraft movió la cabeza.

—Un meteorito. ¿Qué iba a ser, si no? ¿Relaciona usted acaso los dos sucesos?

—Naturalmente, inspector, y usted debiera ha­cer lo mismo. Porque ese fenómeno celeste no fue un aerolito, según el informe del observatorio de Yerkes, en la bahía de Williams.

—¿Y qué relación ven los astrónomos entre una cosa y otra?

—Ninguna, inspector. ¿Supone que hablé a esos señores de nuestro problema? Por ahora no debe correr la voz, pero nosotros debemos reflexionar muy en serio sobre el asunto. ¿Qué sería más fan­tástico: la aparición de un auténtico fantasma o..., el aterrizaje de un ser no terrestre?

—¿De un... extraterrestre?

Thorcraft saltó de su asiento, pero luego movió la cabeza en sentido negativo.

—Perdone, profesor, pero no puedo aceptar tal cosa. ¿Qué iba a buscar aquí uno de esos seres?

—Trate de adivinarlo, inspector —contestó Pra­yer, y con estas palabras dejó solo al policía.

Thorcraft le siguió con la mirada, caviloso, y apretó los labios.

—Empiezo a dudar de mi cordura —murmuró—, pero..., ¡diantre! Sea como fuere, tengo que redac­tar el informe para el gobernador.

Al cabo de media hora, el inspector firmó el do­cumento estrictamente confidencial y lo mandó por medio de un correo. Había pensado en todo, pues, en lo referente a su trabajo, Thorcraft era hombre exacto hasta la pedantería. Tampoco omitía la adver­tencia de Toby. Al final del informe aparecía sub­rayada con tres líneas rojas.

Pero, ¿quién lee un escrito de abajo arriba?

 El gobernador se hallaba todavía en su despacho de Cheyenne, capital del estado de Wyoming, cuan­do le llegó el informe del inspector. Ordenó al por­tador, un robusto sargento, que aguardara la posible respuesta y se dejó caer con un suspiro de fatiga en el sillón situado detrás de su enorme mesa de trabajo. Sus pensamientos nada tenían de amables. 

El dudoso suceso se había producido en una zona donde se unían las fronteras de Wyoming y Dakota del Sur. De haber ocurrido la cosa trescientos me­tros más al este, sería su colega de Pierre quien ten­dría que enfrentarse con el engorroso problema.

«...Debo comunicarle, muy a pesar mío, que los equipos encargados de la búsqueda no han descubierto aún huella alguna del misterioso ser. Sin embargo, dado el peligro a que se extienda el pánico, me permito recomendar que el asunto se mantenga en el más absoluto se­creto...»

—¡En el más absoluto secreto! —gruñó el gober­nador entre dientes, al mismo tiempo que por su tosca pipa hecha con una mazorca de maíz echaba volutas de humo azulado—. ¡Ese Thorcraft se ha creído que es más listo que yo!

Con cara de pocos amigos prosiguió la lectura... Según declaraba el testigo Toby Warwick, la trans­formación se presentaba siempre como efecto de una palabra al parecer sin sentido, la palabra tatvamahsi.

Y repitió en voz baja:

Tatvamahsi...

Allí, a media frase, terminó la existencia de lo que había sido el gobernador del estado federal de Wyoming. Un aro de humo brotó de la pipa, que permaneció todavía un instante pegada a un bolo de gelatina verdosa y luego cayó al suelo.

Cuando la secretaria llamó tímidamente a la puer­ta media hora más tarde, no obtuvo respuesta. Va­ciló todavía algunos segundos y, por fin, abrió con decisión. El sargento que esperaba en la habitación contigua llegó a tiempo de sujetarla entre sus bra­zos cuando la mujer, dando un grito terrible, se derrumbó desmayada. El suboficial Hawkins la acos­tó cuidadosamente en una butaca y penetró en el despacho.

Lo único que logró decir al descubrir el gelati­noso bolo verde, fueron estas duras palabras:

—¡Qué tipo más idiota! Ahora los problemas serán para mí...

Se dirigió furioso al teléfono y pidió inmediata comunicación con el inspector Thorcraft.

La indiscreción de los periodistas es tan prover­bial, que no hace falta destacarla de nuevo. Malo sería el reportero que no averiguara hasta los más ocultos secretos de estado.

Roland Denoyer, responsable de los programas de los recién inaugurados estudios de televisión de Kaycee, no sintió remordimientos de conciencia cuan­do entregó al locutor de turno el informe especial, redactado con el máximo esmero. Denoyer consideró un deber patriótico poner a sus conciudadanos so­bre aviso respecto del peligro que corrían a causa de su desprevención.

Quizá se habría evitado más de una desgracia si Ernest Hobble, llamado por sus colegas «el bello Ernest» no hubiera tenido la mala costumbre de prescindir del reglamento que ordenaba leer al me­nos dos veces cada texto, en silencio, antes de la emisión. Estaba seguro de su talento como locutor, y lo lucía.

Los estudios de Kaycee eran algo aún descono­cido para los habitantes del estado de Wyoming. Para remediar pronto tal situación, Denoyer se ha­bía ocupado de incluir en el programa algunos es­pacios sensacionalistas y, en efecto, mucha gente se apresuró a buscar en sus aparatos el nuevo canal.

También la familia Haggadey lo hizo. En la semioscuridad de la sala de estar se oía un gorgoteo. El señor Haggadey bebía cerveza, aunque sin apartar ni por un segundo los ojos del televisor. A su lado crujieron papeles. La señora Haggadey se dedicaba a abrir una caja de bombones, a despecho del con­sejo del médico y de la circunferencia de su propio abdomen. 

Los oídos de la mujer captaban entusias­mados la música para transmitirla a su alma, mientras que el marido se interesaba más por las bien formadas piernas de las bailarinas.

En consecuencia, y aunque por distinta causa, los dos se mostraron disgustados cuando la pan­talla se oscureció tras resplandecer brevemente. De cualquier forma no llegaron a protestar abiertamen­te, ya que la pantalla volvió a iluminarse y en ella apareció, cual deslumbrante cometa, el elegante Ernest Hobble. 

A la señora Haggadey se le atragantó el bombón de licor que tenía en la boca, y no se le pasó la tos hasta que el esposo le hubo dado unos cuantos golpecitos en la espalda. Ella le apartó de un empujón, al fin, y así pudieron, entender los dos las palabras del locutor:

 «... Resulta incomprensible que la policía y el gobernador silencien tan graves sucesos. En nuestra opinión, el pueblo tiene derecho a ser protegido de un destino espantoso mediante rá­pida información...»

—¡Debe andar suelto algún maníaco sexual! —ex­clamó indignada la señora Haggadey.

—¡Silencio! —bramó el marido, a la vez que abría ruidosamente una lata de cerveza. La cuarta.

 «... by Warwick. Éste fue testigo de los ho­rribles sucesos y es, además, el único supervi­viente. En círculos bien informados se habla del aterrizaje de una nave espacial marciana. Numerosos habitantes de Lead presenciaron la caída de una especie de cabellera de fuego que, sin duda, procede del ingenio que tomó tierra en las Colinas Negras. Habla también en favor de una invasión marciana el método de ataque del monstruo. 

Según Warwick con­siste en una palabra evidentemente mágica ca­paz de producir la transformación de las per­sonas en una especie de bolos de gelatina ver­dosa. Y como quiera que tal palabra surte igualmente efecto si una persona la pronuncia, ad­vertimos a todos los telespectadores que la pa­labra tatvamahsi...»

La voz del locutor se interrumpió bruscamente. Pero nadie tuvo tiempo de extrañarse, porque los miles y miles de bolos gelatinosos sentados ante los ahora mudos televisores eran ya incapaces de ha­blar. Los últimos ruidos que hubo en casa de los Haggadey consistieron en el sordo choque contra el suelo de una lata de cerveza a medio vaciar, y en otro, más suave, que produjo la caja de bombones al resbalar sobre la alfombra.

Y todo ello era consecuencia de un error. De un pequeñísimo error. Ernest Hobble había leído dema­siado tarde la observación, subrayada con una grue­sa raya roja, que decía: «¡Proyectar la palabra sin pronunciarla

Aquella estancia envuelta en la luz de un cre­púsculo azulado no se hallaba en la Tierra, sino en la proa de una nave cilíndrica que volaba alrededor del tercer planeta solar. Los blanquecinos seres en forma de gigantesco capullo de gusano de seda, que flotaban silenciosos en torno a las paredes violáceas de un cerebro mecánico, parecían fruto de una pe­sadilla. Sin embargo, es de suponer que a un hu­mano le hubiera impresionado más el fantasmal si­lencio que la enigmática existencia de los enormes capullos.

Pero el silencio era sólo aparente. Los seres esta­ban enzarzados en una viva discusión que no nece­sitaba de la palabra hablada, ya que sus pensamien­tos saltaban invisibles e inaudibles de un cerebro a otro.

—¿Qué revela la última evaluación, Anshagom? —preguntó el comandante de la nave espacial al psicólogo especializado en razas extrañas.

—Nada bueno, Huhbarum. Cuatro quintas partes de la comunidad de seres ha sido víctima del tatvamahsi. Sospecho que volvimos a presentarnos de­masiado pronto.

—O sea que el resultado es negativo, como la úl­tima vez. No podemos hacer nada. Anota esto para el fichero, Anshagom: la segunda visita a la Tierra ha demostrado que el comienzo está hecho. La Tie­rra posee una vida rica, pero todavía no cuenta con una especie que predomine por completo. 

Sin em­bargo, ciertos seres convivientes prometen una evo­lución favorable, si bien su actual reacción a la pa­labra clave no indica suficiente inteligencia. Se pro­pone, por lo tanto, reducir los intervalos entre las inspecciones a un millón de años.

—Listo, Huhbarum. ¿Suspendo los efectos del tatvamahsi?

—Sí. No les asustemos innecesariamente. Conecta el revertidor. ¡La prueba de inteligencia ha termi­nado!