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El mensajero de las sombras - David Zurdo

El chapoteo de la cascada subterránea era como un arrullo para los oídos de Miriam. Sólo allí se sentía a salvo, en la profundidad de una galería que, siglos antes, sirvió de conducto de ventilación para una antigua mina romana. Recordaba como si hubiera sido el día antes cuando su madre le mostró por primera vez su acceso, oculto en una pared de roca mediante ramas y arbustos que ella misma había colocado. Nadie en la aldea, salvo su madre, sabía de la existencia de esa entrada. «Si alguna vez te persiguen, escóndete aquí», rememoró las proféticas palabras que le dijo cuando Miriam tenía sólo ocho años. No le preguntó de qué podría verse obligada a huir ni por qué podría necesitar esconderse. A esa edad ya había sentido las miradas recelosas de los aldeanos y el temor que le tenían a su madre, e incluso a ella. 


Había corrido a esconderse en la mina tras huir de la abadía. Estaba hambrienta y tenía frío, pero confiaba en que nadie pudiera encontrarla allí. La oscuridad era total, aunque no le resultaba amenazadora. Al contrario, se sentía protegida dentro de ella, segura. Además, sólo le causaría inquietud ver los maderos colocados por los romanos para apuntalar la galería. El paso de los siglos y la humedad habían hecho estragos en ellos. Muchos estaban medio resquebrajados o peligrosamente torcidos. No tardarían en ceder del todo y hacer que la galería se colapsara, como había ocurrido con la mayoría del resto de la mina. Pero eso ya no le importaba. Había decidido dejar esa aldea en que había pasado toda su vida y probar suerte en cualquier otro lugar. Pensaba que no tenía elección si quería seguir viviendo, o al menos en libertad. 


Antes de marcharse para siempre iría una última vez a su casa. Se daba cuenta del riesgo, pero después de darle muchas vueltas llegó a la conclusión de que era necesario. No poseía casi nada, pero ese poco era todo lo que tenía. No mucho más que algunas ropas y los utensilios con los que hacía sus preparados y trataba de ganarse el pan de cada día. Sin unas y otros, le costaría aún más sobrevivir allá adonde fuera; ni siquiera llegaría a la población más próxima, pues se moriría de frío en el largo y duro camino. 


Se levantó y avanzó a oscuras sin vacilaciones, ayudándose sólo de una mano que iba rozando la pared de roca. Durante diez años se había obligado a memorizar cada recoveco de aquella mina, sus múltiples bifurcaciones, que se adentraban en la montaña y las profundidades de la tierra. Siempre pensó que eso quizá le salvara la vida si alguna vez tenía que huir. 


Redujo el paso al darse cuenta de que se acercaba al pozo, un imponente hueco vertical que se abría más adelante en el suelo. Ni siquiera su madre había sabido decirle qué profundidad tenía. Hacía mucho que se habían desmoronado los escalones de madera que permitían bajar por él a los buscadores de oro romanos. Sólo quedaban sus apoyos de piedra, firmemente insertados en las paredes verticales. De pequeña, Miriam se imaginaba que el pozo era tan hondo que llegaba hasta el mismo Infierno, si es que existía. 


Bordeó el hueco con cuidado, pegándose todo lo posible a la pared.
Nadie acudiría a salvarla si caía en él. Moriría sola y en la más completa oscuridad. Volvió a acelerar el paso y llegó a una nueva bifurcación. La galería de la derecha se sumergía en las entrañas de la mina. Ella tomó la otra, que llevaba al exterior. 

Llegó a la entrada oculta y retiró con cuidado los arbustos que la disimulaban. Ya era de noche, como suponía. Había estado esperándola para no toparse con nadie al regresar a la aldea y su casa. Salió de la mina y volvió a tapar concienzudamente el acceso. Podría haberlo dejado al descubierto, ya que no tenía intenciones de volver a usarlo, pero la costumbre es un tirano difícil de quebrantar. 

Avanzó campo a través mientras le fue posible, antes de verse obligada a tomar el camino hacia la aldea. Las tristes siluetas de las humildes viviendas eran sombras entre sombras. También las cruces que los aldeanos habían puesto por doquier, o pintado en sus puertas con sangre de animales sacrificados a su dios. Pensaban que así alejarían el Mal, pero Miriam sentía que ni todas las cruces del mundo serían capaces de ahuyentar a lo que notaba en cada fibra de su ser desde que cayó la estrella fugaz. 

Recordaba desde siempre ser capaz de percibir cosas que no conseguía explicar. En una ocasión, siendo todavía una cría, le preguntó la razón a su madre. «Eres como yo», fue la respuesta de ella, acompañada de una sonrisa melancólica. Luego le contó una historia sobre los orígenes de su familia y el colgante del que Miriam nunca se desprendía, su talismán. Lo acarició ahora, como entonces, con un gesto mil veces repetido. La historia empezaba más de dos mil años antes, en un lugar llamado Egipto, al otro lado del mundo; eso le dijo su madre. Aunque ya no fuera una niña, a Miriam seguía pareciéndole mágico el nombre de aquellas tierras desconocidas: «Egipto.» Según su madre, en esa época tan antigua había allí un poderoso sacerdote, el más poderoso de todos, a quien respetaba, e incluso temía, el propio faraón. «El faraón era el rey de Egipto, un dios en el cuerpo de un hombre», le explicó. A menudo pedía el consejo del sumo sacerdote, que tenía el poder de entrar en trance invocando al bienhechor dios Bes, y tener visiones de lo que iba a ocurrir. En una de ellas vio que algo terrible pasaría en un futuro muy lejano, un mal inimaginable que llegaría del cielo. 

En su visión aparecía también una mujer, una como ninguna otra, ungida por el propio dios Bes, protector de los malos espíritus. La distinguía una marca roja de nacimiento en su hombro derecho, con la forma de una estrella. «¡¿Como la mía?!», le había preguntado la pequeña Miriam, asombrada. «Como la tuya, así es. Exactamente igual que la tuya», respondió su madre, que tenía una marca idéntica justo en el mismo lugar. «Todas las mujeres de nuestra familia nacen con esa marca, porque todas venimos de aquella mujer egipcia, la que era especial... Como tú eres especial.» El sacerdote hizo un pacto con el dios Bes: entregarle su vida y su espíritu a cambio del de aquellos que morirían a manos de ese mal inimaginable. Durante largos años, buscó por todo Egipto a la mujer con la marca de la estrella. Cuando por fin la encontró, tuvo una hija con ella. Sus futuros descendientes se enfrentarían al mal caído del cielo. Ésa era su misión, su destino. Para protegerlos, fabricó un poderoso amuleto consagrado a Bes. Luego cumplió su parte del pacto, inmolándose a sí mismo al dios. Justo antes de morir, untó el amuleto con su sangre, para volverlo aún más poderoso. «Ese amuleto es el medallón que cuelga de tu cuello. Ha ido pasando de madre a hija desde entonces.» 

Miriam se había preguntado más de una vez si aquella historia era cierta o sólo algo imaginado por su madre. Ella no creía en el Bien y el Mal, ni en dioses ni demonios, sólo en la maldad de la mayoría de los hombres y en la bondad de unos pocos, como aquel fraile y el soldado que la habían salvado. O como el joven fray Alonso, que ahora yacía sin poder mover las piernas y a la espera de la muerte. Trató de advertirle aquel día de que no fuera tras el rastro de la estrella. Presintió que había llevado algo consigo. Algo... malo. No lograba darle un rostro ni una forma, o tan siquiera alguna explicación, pero era real como ella misma. Quizá fuera la propia Muerte, quizá fuera el mal que aquel sacerdote egipcio profetizó. 

Redobló las precauciones cuando llegó a la puerta de su vivienda, situada en el extremo de la aldea. Temía que estuvieran dentro esperándola, y esta vez no habría nadie dispuesto a defenderla. La celosía de la única ventana estaba cerrada. No conseguía recordar si ella la había dejado así o no, pero en cualquier caso le impidió escudriñar el interior de la casa. Pegó el oído a la puerta y escuchó, tratando de captar algún sonido delator. No oyó ninguno, y se sentía expuesta y vulnerable en el exterior, donde podrían verla si alguien se levantaba a hacer sus necesidades o por cualquier otra razón. 

Abrió la puerta y volvió a cerrarla deprisa después de entrar. Notó que había alguien dentro incluso antes de oír a una voz masculina decir: 

—Buenas noches. 

Miriam luchó torpemente con la puerta para intentar volver a abrirla y huir. El hombre fue más rápido y la agarró con fuerza de un brazo. A ella se le escapó un grito de rabia, que él se apresuró a ahogar tapándole la boca. 

—¡Cállate! —rugió el hombre. 

Miriam no se rindió. Clavó los dientes en la mano que la amordazaba y sacudió todo su frágil cuerpo, con codazos y pataleos, hasta que consiguió liberarse. 

Por fin logró abrir la puerta y lanzarse de nuevo a la noche. 

—¡Soy yo! —susurró el hombre a su espalda—. Soy José. 

Eso la hizo detenerse y mirar atrás. 

—¿José? 

—Entra antes de que alguien te vea —respondió el soldado. 

La joven dudó por un momento. Que le hubiera salvado la vida no le bastaba para fiarse de él. Nunca había confiado en nadie, salvo en su madre.
 —¡Entra! —insistió José. 

Lo que terminó de convencerla no fue su vehemencia, sino la nobleza que vio en sus ojos, a pesar de la sangre que le corría por la mano, donde ella lo había mordido sin contemplaciones. 

La puerta se cerró otra vez y el soldado se atrevió a encender una vela. 

—Casi me arrancas el dedo —se quejó, aunque sin rencor. 

Miriam no le pidió disculpas, sin importarle si era lo que él esperaba. José se sentó encima del camastro, como si fuera el dueño de la casa. Ella se mantuvo en pie donde estaba, cerca de la única entrada y dispuesta a huir de nuevo por ella en cuanto lo creyera necesario. 

—¿Qué haces aquí? —le preguntó—. ¿Qué quieres? 

—Estaba esperándote. He pasado horas buscándote por todas partes, hasta que se ha hecho de noche. No soy un hombre muy avispado, pero se me ocurrió que si no habías huido ya, quizá volvieras aquí antes de hacerlo. 

El soldado dio un repaso al interior de la vivienda. Los únicos muebles eran la cama y una alacena desvencijada, donde ella guardaba su escasa ropa, una manta raída y varios cacharros. En el fuego apagado del hogar había sólo unas cuantas perolas y otros utensilios de cocina, todo muy viejo y usado. 

—¿Qué quieres? —repitió Miriam. 

—Fray Gabriel quiere hablar contigo. 

—No tengo nada que decirle. 

Estaba decidida a recoger sus cosas cuanto antes y marcharse, como había planeado. Se puso a buscar dónde meter sus pertenencias. Entonces recordó lo que había guardado en un saco y escondido dentro de uno de los cajones de la alacena. Era un objeto que en realidad no le pertenecía. Lo robó de la abadía la noche en que murió el monje. No estaba donde ella lo había dejado. 

—¿Sabes? —dijo José—. Llevo media noche preguntándome qué es esto... 

Miriam le vio coger un saco del suelo al otro lado de la cama. Justo el mismo saco que ella estaba echando en falta. El soldado lo abrió y extrajo un objeto cúbico, de un negro imposible. 

—Está frío como el demonio —agregó José—. Y que el Diablo me lleve si he visto alguna vez algo parecido. 

—No sé qué es. 

Miriam decía la verdad, pero no toda. El soldado percibió ambas cosas. Se encogió de hombros y comentó: 

—Puede que fray Gabriel lo sepa. O que sea capaz de averiguarlo. Él es un hombre avispado como pocos. 

José volvió a meter el objeto en el saco y a depositarlo en el suelo, lejos de sí. Lo hizo con un movimiento en apariencia casual, pero Miriam juraría que le causaba inquietud. 

—Si no sabes lo que es —dijo el soldado—, al menos sabrás decirme de dónde lo has sacado. 

Miriam seguía teniendo dudas sobre si confiar o no en José. Una parte de ella le decía que podía hacerlo, pero si esa parte se equivocaba y le contaba al soldado toda la verdad, estaría perdida. 

—Si te lo digo, ¿dejarás luego que me vaya? 

—Te doy mi palabra. 

José no se llevó la mano al pecho ni hizo otro gesto ampuloso al decirlo. Nada que adornara su juramento para hacerlo parecer más férreo o convincente. 

—Está bien. Yo estuve en la abadía la noche en que murió aquel monje, Olegario. Quiero decir que estaba dentro de la abadía, en el mismo establo donde murió. 

Si al soldado le sorprendió esa revelación, no lo dejó traslucir. 

—Continúa. 

—Ese día, al atardecer, cayó algo del cielo. Pasó por encima de la abadía y se estrelló contra el otro lado del valle. Uno de los monjes, fray Alonso, fue a ver lo que era... No debió hacerlo —añadió sin pretenderlo, porque eso podría conducir a nuevas preguntas que no deseaba responder. 

—En la aldea me han hablado de esa bola de fuego... 

—Fray Alonso estaba como un lunático cuando salió a buscar dónde había caído. Nevaba mucho y empezaba a anochecer. Supongo que por eso el prior y otros monjes fueron tras él. No sé qué encontró ni qué le pasó, pero su caballo acabó muerto y él dejó de poder mover las piernas. Vi al prior y a los otros volver a la abadía. Fray Alonso casi no podía mantenerse sobre el caballo. Entonces supe que algo le había pasado. 

Miriam detuvo su historia. Ahora llegaba la parte que no quería contar, la que podría hacer que acabara enjaulada para siempre o incluso muerta. Y además iba a revelarle a un extraño la existencia del único lugar del mundo donde se sentía segura. 

—Sigue, te lo ruego. No tienes nada que temer de mí. 

—Hay una mina —soltó sin más, desarticuladamente—, una mina que dicen que fue de los romanos. La conocen todos en la aldea, pero creen que ya no hay forma de entrar en ella. Se equivocan. La entrada principal y todas las otras se derrumbaron hace mucho, antes de que existiera la aldea o hasta la abadía. Pero queda una entrada abierta, que mi madre conocía, aunque nunca he sabido cómo llegó a descubrirla. Desde entonces ha sido un secreto que he guardado sólo para mí. 

—Hasta ahora —comentó José, limitándose a atestiguar ese hecho. No había presunción alguna en sus palabras. 

—Hasta ahora, así es... Una de las galerías de la mina lleva a una entrada secreta dentro de la abadía. —Eso sí llamó la atención del soldado, que se puso más erguido—. Tampoco sé quién la construyó. Mi madre no estaba segura, pero pensaba que habían sido los romanos, y que conectaba con una fortificación que se dice que tenían donde está ahora la abadía. 

»Luego la aprovecharon los primeros monjes, como una forma de escapar si hacía falta. Ellos tenían que conocerla, porque la galería da a la cripta que hay debajo de la iglesia. 

—¿Y nadie la ha descubierto hasta ahora? 

—No lo sé. Espero que no. La entrada está en el sepulcro del patrón de la abadía. Dentro del sepulcro. 

—¿Está vacío? 

—Sí. Imagino que a nadie se le habrá ocurrido abrir nunca la losa que lo tapa. Pesa mucho menos de lo que parece y debajo hay un túnel estrecho que conduce a la mina. 

—Y tú entraste por él la noche en que mataron a ese monje, ¿no es así? ¿Para qué? 

—Intento usar la entrada lo menos posible, pero llevaba tres días sin comer. Todo lo que había en mi huerta se ha helado, en invierno es difícil encontrar en el campo algo que echarse a la boca, y cada vez me tienen todos más miedo... Casi nadie viene ya a mí para que los ayude a cambio de una hogaza de pan o un poco de leche. 

—¿No tienes a nadie que cuide de ti? ¿Un padre, una madre, algún otro familiar? 

—He aprendido a cuidar de mí misma. Mi madre murió, y también los familiares de que sabía. A mí padre no llegué a conocerle. Mi madre me contó que era un forastero, un hombre del norte de paso por la aldea, que la dejó preñada y se marchó. 

—¿Y entras en la abadía para robar comida? 

—Sólo cuando no me queda más remedio. Los monjes son los únicos a los que les sobra. Y, gracias a esa entrada, es más fácil robársela a ellos que a otros. Nadie ha notado nunca mis robos, o al menos nunca me han acusado de ellos. 

—¿Qué pasó la noche en que mataron a Olegario? 

—Entré en la mina y llegué a la entrada secreta de la abadía. 

—La que da al sepulcro del santo.
Miriam asintió. 

—Los monjes estaban celebrando en la iglesia el oficio de completas. —Con el tiempo, había aprendido la rutina diaria de la abadía. Tenía buenas razones para ello—. Siempre entro después de ese oficio, porque es cuando se van todos a acostar. Tuve que esperar a que acabara para salir. 

Se estremeció un poco al recordarse encerrada dentro del sepulcro de piedra, donde apenas cabía a pesar de su cuerpo menudo. No había nada en esta vida que odiara y temiera más que verse encerrada. 

Temía también siempre el momento de salir del falso sepulcro, que hubiera alguien fuera y la descubriera, aunque nunca se había encontrado con nadie dentro de la cripta. Estaba por debajo del altar y el suelo de la iglesia, y conectaba con ella mediante unos estrechos escalones en curva. Eso impedía ver el interior de la cripta a no ser que alguien bajara hasta ella. Además la protegía una verja cerrada con llave. Su madre le había dado una copia. 

Miriam siguió contando su historia. 

—Salí de la iglesia y fui al establo. 

—¿Estaba allí Olegario? 

—No, todavía no. Cuando yo entré estaba vacío. 

—¿Viste a alguien más? 

—No había nadie en la iglesia ni el patio. Y Olegario tampoco debía haber aparecido. A esa hora deberían estar todos los monjes en el dormitorio... Cogí una gallina del gallinero y le partí el cuello para llevármela. Hice unas marcas en la tierra para que pensaran que había sido un zorro. No iba a coger nada más, créeme. Sólo esa gallina, que me daría para comer durante más de una semana. 

»Entonces vi unas alforjas de cuero finamente repujadas. Pensé que alguien de la ciudad podría pagarme un buen dinero por ellas, con el que podría comprar comida para varios meses. Pero no las robé. Sabía que no podía llevármelas, porque llamaría demasiado la atención que desaparecieran. Dentro de las alforjas estaba eso. 

Miriam señaló el saco que contenía el objeto negro. No le contó a José que un estremecimiento feroz le sacudió el cuerpo la primera vez que lo vio, ni que la atrajo como la luz de los candiles a las polillas. Ni que se dijo que también ella quizá acabara quemándose, pero lo cogió de todos modos y lo metió dentro del saco de trigo donde ahora estaba. 

—Iba a marcharme ya cuando oí que alguien entraba en el establo —siguió—. Me escondí detrás de unos fardos, pero había dejado olvidada la gallina en el suelo. No sé si Olegario llegó a verla, porque salí por una ventana. 

—¿No sabes cómo murió? 
—Le oí gritar. Fue un grito que helaba la sangre... Y luego perdí los sentidos. 

—¿Que perdiste los sentidos? 

—Fue más bien como si estuviera soñando despierta. Como una pesadilla, pero no la recuerdo. —La expresión de Miriam se volvió distante y asustada, sumida en aquel recuerdo—. Sólo me acuerdo de estar en mitad del patio cuando salí de aquella horrible pesadilla. Nunca he sentido tanto miedo... Volví corriendo a la cripta y a casa. Al día siguiente me enteré de que habían matado a Olegario. 

—¿Y tampoco había nadie allí, aparte de él y tú, cuando le oíste gritar? 

—No había nadie más. 

El soldado se revolvió, incómodo. No le gustaban los misterios ni las muertes que no tuvieran la simple explicación del acero de una espada o la punta de una flecha. 

—¿Ahora vas a dejar que me marche? —le preguntó Miriam—... Deberíais iros también, tú y el fraile. Y todos los de la aldea y la abadía. Intentad convencerles, quizá a vosotros os presten oídos. Este lugar está ahora maldito. 

El soldado se puso en pie y se le acercó. Ella retrocedió un paso. 

—¿Cómo lo sabes? ¿Eres de verdad una bruja? 

Los ojos verdes de Miriam refulgieron con ira antes de contestar. 

—¡¿Una bruja?! ¡Eso piensan! ¡Todos ellos! Pero piden mi ayuda cuando sus mujeres no consiguen quedarse preñadas o cuando a sus hombres no se les levanta el colgajo que tienen entre las piernas. Yo... 

Se calló sin terminar lo que iba a decir. Su madre le había enseñado que las personas como ellas sólo podían sobrevivir si no llamaban la atención más de lo necesario, si se mantenían calladas. Y ella ya había hablado de más. 

—Yo no necesito tu ayuda —afirmó José—. No quiero dejar preñada a ninguna mujer y mi colgajo se levanta como el sol cada mañana. 

Ella se fijó en la expresión socarrona de aquel joven apuesto y valiente. Le había salvado la vida sin conocerla y ni siquiera se lo había agradecido. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió. 

El soldado levantó la mano que Miriam le había mordido y colocó delicadamente dos dedos sobre esa sonrisa. El primer instinto de la joven fue apartar el rostro, pero luego lo volvió hacia él para mirarlo cara a cara. Agarró la mano de José, enorme entre las suyas, y recorrió sus propios labios con los dedos de él, todavía extendidos, y la giró para acariciarse la mejilla con el dorso. Él llevó por sí mismo la mano a la otra mejilla. Miriam cerró los ojos, y abrió los labios apenas un suspiro ante el contacto de la piel encallecida del soldado. 
José empezó a aflojar el cordón que ceñía bajo el cuello el sayo de Miriam. Era de una lana burda y mal tejida, y la única ropa que la cubría. Debajo sólo estaba su cuerpo esbelto y desnudo. Por él resbaló el sayo hasta caer al suelo, a sus pies. El soldado contempló su vulnerable desnudez a la luz de la vela. La marca de nacimiento de su hombro, el pelo negro, los ojos intensamente verdes, la piel blanca, los senos pequeños y firmes, la curva de su vientre y sus caderas, el fruto prohibido de Miriam. 

—Qué hermosa eres —susurró, creyendo que lo había dicho sólo dentro de su cabeza. 

Se desnudó él también, de forma atropellada y sin dejar de mirarla. Después la cogió en brazos. Ella le permitió que lo hiciera. La llevó hasta la cama en un abrazo apretado, piel contra piel, carne contra carne, compartiendo y transmitiendo su tibieza, su deseo. 

Sintió un placer como nunca antes había sentido cuando José entró en ella, una unión como nunca creyó que fuera posible sentir. 

Miriam contempló al soldado, que dormía profundamente después de su encuentro carnal. Estaba desnudo, encima de la sábana. Quiso taparlo, pero sólo tenía una manta e iba a necesitarla para el camino. Apartó la vista para fijarse en el bulto que formaban sus pertenencias. Todo lo que tenía, su vida entera, cabía en un saco tan menudo... 

Rodeó la cama y se agachó junto al otro saco, donde estaba el objeto negro. Llegó a estirar la mano hacia él, pero se obligó a retirarla como si fuera a meterla en el fuego. No lo abrió para ver el objeto por última vez, por más tentada que se sintiera a hacerlo. Volvería a hechizarla como había hecho en la abadía, y no quería llevárselo consigo. Rogó, no sabía a quién, para que lo destruyeran. 

Se inclinó levemente sobre la cama y el soldado. 

—Márchate, José —susurró—. Haz que se marchen todos. 

Cogió el bulto con sus enseres y salió otra vez a la noche, sin hacer el menor ruido. Suspiró al dejar atrás las últimas casas de la aldea, no porque previera una futura añoranza, sino de puro alivio. En el descampado que se abría delante, el frío era cruel y la noche parecía más oscura de lo que debía ser. Y más despiadada. 

«Te espera un mundo duro, hija mía, pero yo cuidaré de ti», pensó, con una determinación salvaje. La semilla que el soldado había puesto dentro de ella iba a germinar y darle un hijo. Una hija. Lo supo con toda certeza, sin saber el porqué. 

Siguió caminando y llegó al humilladero sin cruz. Su cuerpo se tensó de repente en un espasmo atroz. El saco se soltó de sus manos, que se abrieron en una garra. Quiso gritar pero no pudo. Era incapaz de moverse. 

Se le quedaron los ojos en blanco y el mundo a su alrededor desapareció. Vio en su lugar el interior de la iglesia de la abadía, con la misma claridad diáfana que si estuviera en ella: la vela del sagrario, sus figuras de santos y mártires, el gran crucifijo tras el altar, que tanta inquietud le provocaba. 

Soñaba otra vez despierta, como le había ocurrido en la noche de la muerte de Olegario. Y en su pesadilla sintió un miedo negro y profundo inundándole el alma. Había alguien más allí... un fraile. 

—No, no vengas —susurró, aterrorizada—. ¡No entres!... ¡DIOOOS! 

Se desplomó en la tierra helada. Sus ojos desencajados podían ver de nuevo el camino y el humilladero. Se echó las manos a la garganta. Luchaba para robar un poco de aire. El horror la asfixiaba. Por fin logró engullir una bocanada de aire helado. Su cuerpo se sacudía, en el suelo, temblando de arriba abajo. 

Deseó con todas su fuerzas no recordar nada de lo que había visto, como la última vez. 

Pero su deseo no se cumplió. 

Robbie, David y el pequeño Dahl - W. Macfarlane

Brocaal era un planeta geológicamente joven y las máquinas de la sal eran monopolio del estado. Se ponía un penique en la rendija y la moneda rodaba hacia el interior y golpeaba un gong. El concesionario venía a inspeccionar la moneda y empujar la palanca que soltaba una cápsula por el tubo de salida.

Como de costumbre, al niño de ocho años Robbie Hasseldorf lo enviaron a que trajese la sal para la cena. Cuando volvió con la bolsa llena de cápsulas, hubo de soportar un chorro de consejos morales. 

Que el mecanismo de entrega podía averiarse no era cosa desconocida; lo que sí resultaba difícil averiguar era si la máquina de la sal estaba al servicio del estado o del templo.

—¿Te ha visto alguien?

Robbie meneó la cabeza. Su madre olisqueó piadosamente.

—Un regalo del cielo —concluyó.

El padre estaba en duda.

—La sal mantiene el templo. El estado está edificado sobre la sal. —Era maestro ansarero de las guardias del norte y tenía grandes aptitudes para la política práctica...

—Las máquinas iluminan la Undécima Llanura —dijo el hermano de Robbie con voz hueca. Estaba destinado a una carrera religiosa—. «El vivir tiene un precio, y el morir también... —citó toda la larga estrofa y terminó—: no se da nada de balde bajo las estrellas.» —Y deslizó unas cuantas cápsulas hacia su bolsa particular mientras la familia escuchaba con los ojos cerrados. Robbie atisbaba entre sus dedos—. Demos gracias —dijo el hermano, y cogió una más.

La hermana mayor de Robbie opinaba que habían de devolver las cápsulas al templo del barrio —bueno, unas cuantas— y la hermana menor rompió una y la lamió, escondida bajo el velo, entornando los ojos beatíficamente. 

Nadie preguntó a Robbie qué opinaba él; pero la familia Hasseldorf no compró sal durante unos cuantos días santos. 

Cuando le enviaron de nuevo a buscar sal, el milagro se repitió.

Evidentemente, la familia Hasseldorf se hallaba en estado de gracia. Un sentido piadoso bien desarrollado impedía que te anunciaran previamente esta situación. 

El padre de Robbie pagó por adelantado una serie de oraciones y compró un nuevo ánade al ansarero mayor de las extensiones del norte–noreste. 

Su madre tuvo la inspiración de comprar un nuevo y difícil modelo de calzado que llamó la Estrella de Brocaal. Su hermano compró un velo regio azul a los tejedores de seda; su hermana mayor tuvo el justiciero gesto de plantar veinte moreras y su hermana menor empezó a engordar.

En cierta ocasión había visto cómo los mecánicos del estado desmontaban la máquina de la sal. Como le dijeron que se largase, pidió prestado a su hermano el velo verde; pero le echaron otra vez. 

Entonces dio unos pasitos menudos, llevando el velo naranja de su hermana mayor —el que ella había perdido— y en tres prolongados períodos de observación decidió que la gente sólo recibía determinado número de cápsulas del cielo porque eran las que había guardadas en la tolva. Y sacó la conclusión de que un trozo de plástico largo y flexible había de resolver aquel problema teológico.

De ahí las milagrosas redadas habituales de Robbie...

Robbie era un muchacho callado y había observado que los que levantaban la cabeza por encima de la turba solían recibir coscorrones en ella.

En el colegio gritaba, a coro con los demás:

—¡La Tierra es hedionda, la Tierra está corrompida!

La sección vecina gritaba:

—¡Los elegidos vuelan con las alas de la gracia!

La tercera sección chillaba:

—¡En una caja de hierro a través de las tinieblas del espacio!

El maestro bramaba:

—¡Dios nos dio la Tierra a nosotros, el pueblo elegido!

La escuela entera retumbaba con:

—¡Proclamad nuestra gracia! ¡Load al Eterno! ¡Brocaal es el Cielo, la Tierra es el Infierno!

Robbie había recibido el estímulo de las lecciones sagradas cuando empezó sus estudios. Los condenados terrícolas hacían rodar los ojos y aullaban. Llevaban al descubierto la boca y los miembros inferiores y agitaban los brazos. No tenían vergüenza. Vendían sus almas a cambio de carros y camiones impulsados por el demonio. 

Las lenguas de los camiones azotaban el aire y los carros corrían locamente sin que nadie tirase de ellos. Era una visión de horror y caos. 

Las revelaciones posteriores resultaron menos interesantes. El vuelo espacial, la siembra en suelo fértil, el movimiento de la luna en el firmamento, los años de sueño celestial, la edificación de la Ciudad Armoniosa con los dieciséis radios arrancando del templo central, todo ello se lo repetían y hacían repetir interminablemente hasta que incluso el niño más torpe se moría de aburrimiento.

Era una dieta magra. La mente de Robbie se moría de hambre. La primera vez que su madre le envió a buscar sal, Robbie se hallaba en un estado de espíritu que casi aceptaba todo aquello. Pero entonces aprendió a disociar la mente de la boca.

Chillaba con todas sus fuerzas, pero se preguntaba cómo era que Dios no construía una máquina de sal con el tubo de salida en zigzag. Su mente cavilaba cómo era que Dios repartiera gachas sagradas desde el templo, todos los días, antes de la salida y antes de la puesta del sol. ¿Cómo no disponía Dios de una comida para el mediodía?

No formulaba nunca estas preguntas a su maestra ni a los Locutores. El espacio de libertad concedido a las jóvenes criaturas mientras se las moldeaba para la forma adulta no dejaba sitio para tales preguntas. Era precavido y no se había atontado. Las máquinas de sal mantenían despierta su afanosa mente.

Después de los dos regalos milagrosos del cielo, Robbie cogió la moneda que su madre le daba y, tal como estaba prescrito, la puso en la rendija. Lo hizo así porque habían abierto un agujerito de mira en la pared de la máquina. Además, habían modificado un poco la tolva.

Luego su hermano asumió la dignidad de acólito agrícola y abandonó el hogar para trabajar y rezar en los campos de cultivo de víveres del sur de la ciudad. Robbie tenía todo el ático para él solo. 

La familia Hasseldorf fue bendecida con varios hijos. Las familias corrientes, no santificadas, criaban uno o dos nada más, y las filas de casas habían sido construidas teniendo muy presente este detalle, de modo que hasta que se marchó su hermano, ellos, los dos muchachos de la familia, habían compartido el atiborrado desván. 

Al quedar dueño único del ático, Robbie dispuso del más raro bien que se daba en la Armoniosa: un escondite secreto. 

Encontró un madero del suelo mal encolado. Y la ventana del desván daba sobre el tejado del cobertizo. Durante las horas de oscuridad Robbie podía continuar instruyéndose libremente por propia iniciativa. Un plástico más largo y flexible daba buenos resultados hasta en las máquinas de sal modificadas.

Cuando Robbie llegó a los diez años, los latrocinios tenían gravemente preocupadas a las autoridades. En un país en que cada hombre era un ardiente celador de su hermano, las desviaciones hubieran debido quedar en plena evidencia. Y, sin embargo, la sal robada desaparecía, sencillamente. 

Se examinó los registros de consumo y no había disminuciones importantes de ventas en ningún sector. El problema dependía, pues, de factores humanos.

Una noche que el truhán estaba a punto de ser detenido, el vigilante especial halló que los pies se le escapaban de debajo del cuerpo a causa de unas cápsulas rápidamente sembradas por el suelo. 

El hombre se daba unos golpes terribles a la cabeza. Y describió al ladrón como un monstruo auxiliado por dos cómplices gigantes. Se interrogó a todos los hombres que midieran más de metro sesenta de estatura. 

El vigilante tuvo la buena suerte de que le encontrara un Locutor, porque a la hora en que se investigó el delito ya no había cápsula alguna por el suelo. 

El descenso en el volumen de ventas habido en aquella parte señaló al barrio entero, y el colegio de Robbie fue honrado con la misión de proporcionar la fuerza para la máquina de los azotes.

Cuatro muchachos se abotonaron las batas entre las piernas y trepaban tan aprisa como podían por la jaula de ardilla de costados abiertos y de un diámetro de unos cuatro metros y medio. 

Un árbol hacía girar unos engranajes que transmitían la energía a las cuatro estaciones. Al criminal lo ataban al bloque de los azotes, y los tambores redoblaban mientras los azotes llovían sobre su espalda. Cada delincuente miraba a un punto cardinal, de manera que la población veía bien el cuadro. 

En azotainas de esta naturaleza, se usaba azotes anchos que producían un golpe doloroso. Cuatro chicos para energía, cuatro hombres más, y mujeres o niños que aullaban. Los tambores gruñían y percutían. Resultaba un día estimulante para todo el mundo.

Un espíritu de latrocinio despertaba en los corazones de algunos concesionarios y los hurtos menudos, esporádicos, aumentaban la confusión. También Robbie tuvo buena suerte. 

Una noche húmeda visitó el radio del sud–sudoeste, y regresaba a casa cuando se le ocurrió abrir una cápsula y tuvo la sorpresa de ver que las blancas cápsulas se volvían oscuras bajo el aire húmedo. Después de meditarlo un poco, distribuyó la sal por los umbrales del radio sud–sudeste. 

Los labios azules que aparecieron por aquella vecindad intrigaban a las autoridades. Evidentemente, el producto químico añadido a la sal había delatado a quienes no debía delatar.

Robbie no se sentía completamente depravado porque la lengua no se le volvía negra por callarse la verdad. Era víctima de su propia e inquisitiva mente, en lo cual no tenía culpa alguna. Sucumbía a las tentaciones; pero pagaba sus delitos con períodos de depresión en los que la apatía universal le parecía casi envidiable.

Las labores que hacía su madre con la aguja, admiradas por todo el mundo, le mostraban la posibilidad de vivir dentro de los límites de la sociedad. Su padre era un estudioso apasionado de los gansos. 

Pero a pesar de los buenos ejemplos y las mejores resoluciones, el aburrimiento empujaba a Robbie hacia riesgos mayores todavía, y era frecuente que se adormilara durante las clases. Cuando, a los doce años, terminó su período de instrucción, le mandaron que trabajase y orase en las gamellas de sal del norte de la ciudad.

Allí le pusieron bajo el mando del maestro cerrajero constructor de cerraduras, artesano viejo y terco que tenía el taller y la capilla en la punta superior de las cubetas, lejos del enclave principal. 

Robbie Hasseldorf empezaba a ver un futuro bastante tolerable en ingletes y curvas, machiembrados, entalladuras y despatillados, y en todas las deliciosas complejidades que el viejo se empeñaba en realizar hasta para las construcciones plásticas más pasajeras.

Una mañana temprano, poco antes de cumplir los catorce años, cuando el sol estaba tan bajo que todo el tablero de ajedrez de los estanques de sal quedaba en la sombra, Robbie volvía a la tienda con las herramientas de aprendiz. 

Le habían llamado en mitad de la noche para que corrigiese la estupidez de un zanjero que había roto una puerta al empeñarse en colocarla golpeándola de costado.

Detrás de él se movía una sombra. La proyectaba un Locutor alto como una caña andando a grandes zancadas a lo largo del dique. El Locutor murmuraba para sí mismo:

—...La celestialidad del pecado y el peso de la santidad..., ¡muchacho! ¿Dónde vive el aprendiz Hasseldorf?

—Vive y reza en el taller de constructor de cerraduras, señor —contestó Robbie con absoluta formalidad—. Pero..., hummm..., ahora no está allí.

—Guíame hasta allá. Hablaré con su maestro, exorcizaré la colchoneta y esperaré el regreso del pecador.

—¿Se puede saber su pecado, señor?

—El mundo conoce su falta. ¿Por qué no habrías de saberla tú? El nombre de ese pecador es infamia. ¿Cómo te llamas tú, chico?

—David... David Devout, señor.

—David, ese nefasto Hasseldorf robaba sal. Sus padres y hermanos, sometidos a interrogatorio, han demostrado que eran inocentes. Ellos vivirán.

David estaba trastornado.

—¿Cómo es posible una cosa así? —preguntó con voz ronca.

—¡Muy bien puedes preguntarlo! Mi colega en investigación estaba bien impuesto en el Señor, David. ¡Que me perdonen a mí por haber dudado de los propósitos del Todopoderoso! El peso del Señor, añadido al de la cápsulas escondidas, hundieron el techo de la vivienda de los Hasseldorf. Y él cayó también, con centenares y centenares de cápsulas de sal.

—¿Sufrió algún daño, señor?

—Se rompió el cuello y su espíritu voló. Hasseldorf diablo irá a las parrillas. Sufrirá una maceración y volverá a la tierra con espíritu arrepentido. De ese modo servirá a la humanidad. Cultivará coles duras o acaso gruesos nabos. —El Locutor chasqueó los labios y continuó andando con pasos de tijera, mientras David Devout, anteriormente Robbie Hasseldorf, trotaba detrás.

El taller estaba desierto. El maestro artesano instalaba una reja de hierro en el templo de la sal. Los otros artesanos y aprendices la habían llevado allá antes del alba. David no le pudo ofrecer al Locutor gachas sagradas como refrigerio porque nadie había traído comida del templo. 

Hasseldorf el diablo había realizado experimentos secretos con las gachas y había hallado que era posible convertirlas en pastillas. Estas quedaban negras, pero se conservaban mucho tiempo, mientras que las gachas en sí no se conservaban más allá de dos días. David no creyó necesario enseñar el experimento al Locutor. 

En cambio, le ayudó a quemar el jergón de otro aprendiz. Luego captó el interés del hombre con el tipo más nuevo de cepo encargado por el templo central.

Tenía la forma de cubo bajo, con un refuerzo en X en los costados y un sujetador del cuello en el centro de la parte alta. Metido dentro de este artefacto, el pecador no podía sentarse ni tenderse. El poder o no poder apoyar el mentón dependía de si el cuello del aparato estaba armado de púas o no. El prototipo iba sin púas.

—Mi maestro deseaba ardientemente que viniera una persona con la magnifica talla que tiene usted, señor, para cerciorarse de si un solo modelo servirá para todos los pecadores —dijo David.

—Adelantemos el trabajo del tempo —dijo el Locutor.

David le ayudó a colocarse el sujetador del cuello y dio un tirón al sencillo cerrojo de un ángulo, muy apartado del alcance del pecador. Luego puso las negras pastillas de gachas en el maletín de las herramientas y se despidió cortésmente.

Afortunadamente el viento soplaba del mar, en dirección a las montañas peladas. David pudo escuchar llamadas y súplicas al Todopoderoso desde una distancia considerable. 

Sorprendía el tiempo que tardaron aquellos gritos en llamar la atención de los trabajadores que trabajaban a unos buenos ochocientos metros, amontonando sal del último estanque de concentración y cargándolo a paladas en un carro. David anduvo prestamente hacia el lejano dique, largo montón de tierra que separaba al río en crecida de los estanques de la salina. Luego se volvió para dirigir una última mirada al mundo conocido. 

La tierra plana se extendía hasta la confusa ciudad, y sólo el rocoso Monte Cluke interrumpía la larga línea azul del mar. La brigada de trabajadores había echado a correr tras él. Oía sus gritos. Robbie Hasseldorf se colocó en dirección a los montes y partió al trote. 

Había observado despojos en el río, ramas de unos árboles parecidos a las moreras, pero mayores. Una vez vio en el barro una embarcación de madera, y pensó que se le habría escapado de las manos a un chico joven. David vería de descubrir si era cierto...

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Brocaal se poblaba de una manera distinta a la de la mayoría de planetas. Allí los xenoecólogos proceden con un sentido de misión reverencial. Se toman un tiempo infinito en contabilizar las permutaciones de un millar de factores hasta tal punto que no se les pueda achacar ningún desastre evidente. 

Unos contratistas suministran la tierra estéril, razas puras de bacterias y hongos, los insectos aves y animales precisos, la enorme variedad de semillas, raíces y esquejes, las diatomeas, el plancton y el resto de la ecología marina adecuada a la temperatura y la salinidad imperantes en el sector. Esto exige mucho tiempo y un montón de dinero. Es —y era— el procedimiento general.

Pero el templo de la Tierra tenía fe, gente, una nave estelar más antigua y 160 acres de suelo bueno cerca de Cuppyville, Alabama. Habían recogido el suelo mejor, el superficial. Habían comprado su biología oceánica a precio de saldo, habían pedido todo lo que contenía el catálogo Burpee, habían conseguido cuatro lotes de árboles a buen precio, habían comprado animales en una subasta importante y habían despegado, en dirección a las estrellas con cuatro mil ochocientos treinta y cinco fieles reducidos a una especie de letargo y metidos en cajas de cartón. 

Habían localizado Brocaal y habían sembrado vida en él, habían remolcado un planetoide para que le sirviera de luna y lo habían situado en una órbita estable a unos cincuenta y cinco mil kilómetros de la superficie. Una luna provoca mareas, y las mareas son necesarias para convertir un planeta sin vida en un planeta habitable. 

Habían plantado semillas y árboles en el momento adecuado. Habían colocado despertadores convencionales y se habían puesto a descabezar el sueño. Se pasaron unos doscientos años durmiendo, quizá el reloj que había de registrar el tiempo se estropeó y las otras colonias fundadas quedaron olvidadas al fundarse la Ciudad Armoniosa.

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David no sabía nada de todo eso. Ahora corría porque llevaba buena delantera al perseguidor que tenía más cerca, y que era el Locutor tipo caña del cubo bajo. El Locutor impedía que la caja le pesara sobre los hombros levantando los refuerzos en X.  

David había puesto rumbo hacia los montes porque los temía y pensaba que otras personas acaso se sintieran tan incómodas como él en un terreno desigual. Al cabo de un rato aceleró la carrera porque el hombre le ganaba terreno.

En la primera cresta, David se paró para aliviarse el dolor del costado. Ahora los hombres con rastrillos y palas no corrían, andaban. El de la caja era un fanático. Estaba a mitad de la ladera del monte. David recobró el segundo aliento y voló por la larga y arenosa falda, descendiendo, para luego remontar la altura siguiente. 

El Locutor acortó distancias. El próximo valle tenía un curso de agua y en él crecía la hierba más alta y espesa que David hubiera visto en su vida. Jadeando, sorbiendo el aire a bocanadas, hizo un esfuerzo para cruzar y se hundió en el agua hasta el pecho. Al llegar a la otra orilla, se desplomó. 

Hurgó en su maletín de herramientas. No halló nada que pudiera auxiliarle. ¿De qué le serviría una lámpara de soldar? ¿Y la cola de pegar? ¿Y el cortatubos? ¿Y los planos de moldeo? ¿Y la rueda cortadora?

El hombre metido en el cubo atravesó el bambú del otro lado. David estaba cortando afanosamente un tallo de la alta hierba. El Locutor aulló unas frases ininteligibles y se lanzó al agua. David le metió el palo entre las piernas y Némesis cayó. El hombre jadeaba y parloteaba, mientras David cortaba más bambú. Cuando el pobre hombre pudo hablar con claridad ya parecía un montón informe, con bambú en todos los costados.

Las promesas que el Locutor hacía en voz alta habrían agotado a todos los muchachos de un colegio. Tenía una imaginación calenturienta. Quizá hubieran sido precisos dos colegios para servir las cosas que iba ideando. David se portó de la manera que parecía más razonable con una persona como aquélla. Luego se refugió pesadamente junto al río y se puso a caminar aguas arriba.

El primer día se comió cuatro de aquellas negras pastillas. El segundo día se comió las otras dos. Luego sintió más hambre, y halló que el morirse de inanición hacía sufrir. Como cualquier otro muchacho, Robbie Hasseldorf había comido hojas de morera y unos cuantos gusanos de seda. La sativa olía demasiado mal para comerla. 

Robbie no había visto nunca la granja de cultivo de comestibles del sur de la ciudad. Cuando dejaron de suministrarle el suplemento infantil, le dieron las gachas corrientes. Unas gachas que eran diferentes todos los días y consistían en una mezcla de alimentos cocidos y crudos, unas veces seca y otras veces jugosa. Nunca contenía ingredientes enteros, sin triturar.

Probó la hierba, pero la tiró. Observó a los pájaros, y probó su dieta. Las semillas resultaban muy pequeñas, y los insectos sabían mal. El sabía poco de los sistemas fundamentales de sostenimiento de la vida. En la Ciudad Armoniosa, la instrucción se dirigía a este fin. No disponiéndose de otras opciones, el Camino Recto era el único camino para el populacho. Hasta una vida de estrecheces era preferible a la única alternativa conocida.

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Cuando el planeta Brocaal se inseminó por primera vez con vida animal, escogieron para depredadores a los coyotes y los mapaches. Eran animales adaptables y mantenían el equilibrio de insectos, conejos, aves y ranas, con funciones ecológicas bien definidas y, naturalmente, los coyotes en especial eliminaban las cabezas de ganado y ovejas malheridas o débiles. 

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David se dejó caer bajo un árbol y vio cómo un coyote mataba un conejo y se ponía a devorarlo. Entonces se puso a gritar y ahuyentó a la fiera. Probó de comer conejo, pero se halló la boca llena de piel y pelo. Ya no pesaba sino unos cuarenta kilogramos y pico y se tambaleaba, cuando topó con un campo de maíz y halló un camino.

El camino conducía a una edificación que no le pareció una casa. Un hombre apareció en la esquina. Llevaba en brazos y piernas unos tubos de tela. No tenía barba. David supo que se trataba de un hombre gracias a la voz.

—¡Eh, Molly! ¡Hemos conseguido un trueque para aquel barril de brandy que tiene veinte años!

Una mujer se reunió con él. No llevaba velo. Sus tubos inferiores mostraban la forma de las piernas.

—Por el aspecto, se diría que valdrá la pena que lo lavemos y le demos de comer, ¿Qué piensas?, ¿es chica o chico? ¿Cómo te llamas?

El chico la miró y se sonrojó.

—Dahlton Bradley. —Se preguntaba si la lengua se le había puesto negra; pero los nombres de Robbie y David le habían traído mala suerte.

—Mi pequeño Dahl —dijo el hombre—. Bien, estás hecho un amasijo más que particular. ¿Cuándo comiste por última vez?

—No lo sé, señor. —La prenda de vestir que llevaba la mujer en la parte superior del cuerpo mostraba las formas de éste. El pequeño Dahl clavaba la vista en el suelo, que se movía bajo sus pies.

—No me llames señor. Soy Ed Waddell. Molly, este chavalillo necesita un trago, antes que nada. —La mujer entró en la brillante estructura y sacó una botella y un vaso. Waddell lo llenó hasta la mitad. El pequeño Dahl se entregó a las intenciones de aquella gente y apuró el contenido del vaso.

La mujer dijo:

—Yo soy Molly Wye. Tranquilízate, chico.

El chico no la oyó. El líquido descendía como una garra que se fuera clavando por su esófago, y estalló en el estómago. Los ojos de Dahl se abrieron de par en par y empezaron a manar lágrimas. Estornudaba continuamente, y cada estornudo era más fuerte que el anterior. 

El cuerpo se le movía a sacudidas, y lo mismo les ocurría a la pareja. Dahl lo vio a través de una neblina de lágrimas. No estaba habituado a reír; pero sonrió débilmente cuando estuvo bien seguro de que seguiría con vida.

En seguida le dieron una escudilla de una cosa a la que llamaban estofado. Le pareció una ración muy pequeña. El chico sufrió una desilusión, pero no se quejó. El hombre le acompañó hasta una lona rectangular atada a unos palos en ambos extremos. 

Los palos estaban atados a sendos árboles. Waddell le levantó y le depositó en el centro, en sentido paralelo a los palos. Los árboles giraban a su alrededor, aunque cuando abrió los ojos vio que no era cierto. Cuando los abrió por segunda vez, el sol estaba en el otro costado del firmamento.

Esta vez la escudilla de estofado era grande, y estaba llena de cosas desconocidas, cortadas en pedazos grandes. Era la mejor comida que el pequeño Dahl hubiera probado jamás. Robbie y David no habían catado nunca nada tan bueno. Ed Waddell y Molly Wye le miraban comer. No hablaban, porque si no él dejaba la cuchara con dedos temblorosos, enlazaba las manos en el regazo y aguardaba el permiso para volver a empezar.

Cuando hubo lamido la escudilla hasta dejarla limpia, como hace toda persona bien educada, dijo:

—Gracias. El templo de ustedes debe de estar muy cerca. No había comido nunca unas gachas tan buenas.

—¡Qué templo y qué diablos! Eso es estofado de ternera, muchacho. ¿Quieres decir que es cierto que os alimentan con bazofia, como nos habían contado? —exclamó Waddell.

—Habrán de pasar varios años para que recupere lo perdido en el capítulo de comida —dijo Molly—. ¿Cuántos tienes, Dahl?

—Catorce —respondió, preguntándose medio dormido donde estaba el día que los cumplió. Este año no habría bata nueva para él... y tampoco en los sucesivos. Pero se halló con que Molly Wye cortaba unos pantalones suyos propios y una camisa para ponérselos a la medida.

Trabajó —pero no rezó mucho— dos meses en el claro más apartado, río abajo, de la gente de Haven. La arraigada costumbre de obedecer le permitió resistir una serie interminable de choques. El alimento era una sorpresa constante. La casa metálica le tenía maravillado. 

La variedad de habilidades de que daban pruebas, con tanta naturalidad, marido y mujer, parecía imposible. La música que Molly arrancaba de la guitarra abría reinos enteros incomparables. Los simples aprovechamientos de la madera le dejaban tan pasmado como la utilización de los plásticos en la Armoniosa pasmaba a Ed y Molly.

La diferencia que le hacía mirar de reojo todas las pautas familiares, la diferencia que hacía de la vida un río que corría alegremente en lugar de un estanque de sal, la agridulce diferencia que arrancaba al pequeño Dahl de sus cimientos era la risa. 

Naturalmente, tenía noticia de lo que era reír: el breve ladrido que emitía el maestro cuando saltaba de la tarima y le mellaba el espinazo, la risita disimulada de cuando el viento levantaba la bata de una mujer por encima de los tobillos, la carcajadita desazonada de cuando azotaban a otros. Sí, estas clases de risa las comprendía. En cambio, Ed y Molly reían de puro contentos.

¡Y cómo se rieron cuando les explicó lo del Locutor dentro del cubo! Los ojos de ambos brillaban cuando les dijo que el hombre hubiera debido abrirse el cerrojo apretándolo contra la puerta, de dos hojas, del taller del cerrajero. 

Y las carcajadas se volvieron estentóreas cuando describió cómo había tirado del bambú que rodeaba las piernas del Locutor y había acumulado todo un montón informe alrededor de sus hombros. Y cómo había empujado el fardo hacia el centro del río y cómo el fardo se había alejado aguas abajo, la calva cabeza sobresaliendo de la maraña verde como un huevo encarnado de ánade soltando maldiciones dentro del nido.

El pequeño Dahl aprendió a corear las carcajadas de la pareja, aunque al principio le costaba bastante. Y trabajaba hasta que le decían que lo dejase. Hasta llegó a establecer ciertas cláusulas de convivencia con su cuerpo desnudo y aprendió a nadar en el río. Sabía cebar anzuelos en la cuerda y comer pescado. Los días no eran bastante largos para todas las cosas nuevas en que había de pensar.

Cuando las espigas estaban ya fuertes y secas, Ed puso en marcha la casa y la hizo flotar sobre el suelo en dirección al campo de maíz. Luego enseñó al pequeño Dahl a deshollejar maíz y a echarlo dentro de la carreta movida a motor. El pequeño Dahl no reía. Estaba sombrío y temeroso.

Molly se dio cuenta de su inquietud, y los últimos días de la recolección del maíz los dedicaron a explicarle los principios de la antigravedad: de qué manera la unidad de conversión de la energía solar ponía en movimiento la hélice de energía del telar magnético para tejer tiras de potencia. 

El chico entendía muy poca cosa de lo que le estaban explicando; pero perdió el miedo y ya no volvió a pensar en manos que tentaran el firmamento ni en lanzas de carreta que se clavaran en él. Una entre un centenar de ideas nuevas era la de que la costumbre dictaba qué era bueno y qué era malo.

Ed y Molly eran una pareja joven que vivía el primer verano de su primer matrimonio y hallaron en el pequeño Dahl una tercera parte muy útil en su recíproca exploración. Casi estaban tan tristes como él cuando emprendieron el largo viaje río arriba hacia Haven. 

El remolque estaba cargado a rebosar y la casa estaba medio llena de maíz, y se dijeron muy solemnemente el uno al otro que aquello pesaba demasiado para levantarlo por encima de las copas de los árboles, como les exigiría el seguir el camino más recto. 

Montaron, pues, unas ruedas de paletas, bajaron al agua una quilla y un timón, y siguieron los meandros del río durante una última y deliciosa semana. Recorrieron pausadamente unos mil trescientos kilómetros, penetraron en un afluente, lo siguieron hasta el lago y llevaron al hogar la cosecha, y también al pequeño Dahl.

Haven se hallaba dentro del segmento circular formado por una carretera que salía del lago y describía un arco para volver al lago. Dicho segmento estaba ocupado por casas escondidas entre los árboles. Ed y Molly retiraron la quilla y el timón, sacaron casa y remolque a la orilla y plegaron las paletas. Desde la pérgola, es decir, la caseta de cristal para el piloto que había en el tejado, el pequeño Dahl contemplaba el tráfico con ojos muy abiertos. 

Las otras casas estaban en el aire, guiadas por vientos de dirección constante. Ed dijo que era un problema de energía disponible para un uso constante. El y Molly elevaron su casa de manera similar y entregaron el maíz en los almacenes más o menos en mitad del arco que formaba la carretera. Después remolcaron la casa hacia su parcela residencia, dentro del segmento. Había un coche terrestre de uso común.

Ed dijo que era tiempo de recoger el brandy para el trueque. El pequeño Dahl estaba enterado de este asunto. La junta de gobierno de Haven ofrecía un premio a todo el que entregase un vecino, fuese quien fuere, de la Armoniosa en un estado relativamente bueno.

—Y tendrás que ir a alguna parte —dijo Molly tristemente. Subieron al coche terrestre y fueron hasta el edificio de gobierno, a la orilla del lago.

Tad Michels les dio la bienvenida y luego se fueron todos a la sala de exposiciones, donde se exhibía una quilla de precioso acabado. A Molly todavía le gustó más la placa de oro que les dieron. El alegre Ed estrechó la mano del pequeño Dahl, y la animada Molly rozó los labios del niño con un beso. Era el primero que el chiquillo recibía en su vida, y se frotó los labios para eliminar el cosquilleo.

Michels dijo:

—Bien, Dahlton —y sonrió. Era un hombre campechano, con el cabello canoso y unas arrugas alrededor de los ojos y la boca—. Te estarás preguntando si te han vendido como esclavo por un barrilito de brandy.

Nada de eso. Lo que inquietaba al pequeño Dahl era el observar que no sentía ninguna pena al tener que separarse de Ed y Molly. ¿Era él un monstruo insensible? Seguridad era, sin duda alguna, lo primero que deseaban todas las criaturas; pero a él le entusiasmaba la idea de vivir una experiencia nueva.

Tad Michels añadió:

—La libertad se conquista, y los perezosos siempre son esclavos, aun cuando lo sean solamente de sí mismos... ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—No, señor —respondió el pequeño Dahl.

—Necesitamos tu ayuda, jovencito. No se da muy a menudo el caso de que uno pueda escapar con vida de la Armoniosa. Hay que hacer justicia.

Fueron en coche más allá de la carretera en arco y dejaron el coche en un gran edificio excavado en una montaña. La explicación de Michels:

—Manufactura —no ilustró mucho al pequeño Dahl. La edificación tenía un cierto aire de antigua. Dahl y Michels entraron por una alta puerta que se deslizó hacia un lado—. Cierre de cuña —dijo Michels. Recorrieron un pasillo con puertas desproporcionadas en ambos costados, y Michels llamó a una de ellas. Una voz no humana contestó:

—Entre... —y la puerta se corrió hacia un lado. Al pequeño Dahl se le erizó el cabello de la nuca cuando vio la criatura tendida en el lecho de la pared.

Era un ser extraño, una caricatura de hombre. Aquel ser bajó los pies al suelo y se levantó. Era increíblemente alto y delgado. Los huesos ponían la piel tensa en las mejillas; la nariz era un promontorio estilo pico de ave y los ojos se habían hundido en unas cavernas de la frente. Se frotaba la hermosa cabeza con dedos de palo, y el pequeño Dahl casi esperaba que el negro pelaje crepitara.

—Capitán Sheppard, Dahlton Bradley ha llegado hace poco hasta nosotros, procedente de la Armoniosa —dijo Michels.

—¿Desplazado, chico? A mí me desplazaron temporalmente los Locutores. Yo, un arranca–pernos interfacial. Encontré este planeta y lo vendí al templo por una nave de exploración. Como el matarme y el pagarme era contrario a sus principios, los granujas hipócritas me hicieron la jugarreta de dejarme aletargado. Calculo que tengo trescientos ochenta y dos años, y quiero que me paguen. —Arrastraba las palabras de una manera que el pequeño Dahl no había oído nunca. Pero no importaba. Al fin y al cabo, tampoco las entendía.

—¿Qué planes tiene, Capitán? —dijo Michels con desenvoltura.

—Marcharme de este planeta de uno coma tres; pero no para regresar a la Tierra. Me iré a Faradis, con cierto retraso. Quiero ver si el promedio de nacimientos continúa siendo de cuatro hembras por un varón. ¿Todavía está metido en vuestra ciudad Cluke el Cara de Rana? —La cara del pequeño Dahl permaneció inexpresiva—. Me refiero a Arthur Otis Cluke, el viejo Cara de Rana, vuestro padre fundador.

El pequeño Dahl se tragó el nudo de la garganta. El Locutor Cluke, el jefe indomable, el Primer Locutor de Brocaal.

—El nos pro... protege desde el cielo, señor. Mi abuelo le vio en el tricentenario del aterrizaje.

—Excitado como un demonio, apuesto. No le podían dejar suelto. Cara de Rana nunca les tuvo simpatía alguna a los payasos rastreros que os gobiernan. Hay que reconocerle al viejo diablo este mérito. No es un pedante que se arrastre por el suelo. No hay que extrañarse de que lo drogaran y lo aletargasen. —El hombre suspiró—. ¿Conoces el templo central, muchacho?

El pequeño Dahl consiguió mover la cabeza afirmativamente. Su mundo se tambaleaba. El Monte Cluke dominaba la ciudad. El Locutor Cluke se sentaba a la diestra de Dios.

—¿Has estado en el cuarto de la energía? —preguntó Sheppard.

—Nnnn... no, señor. —La sola idea le hacía tartamudear—. E... e... es... sa... sagrado. Proporciona la energía para preparar comida y fabricar plástico.

—No entiendo por qué la Armoniosa utiliza plásticos en lugar de madera —dijo Michels—. ¡Qué derroche de tiempo cultivar cáñamo y criar gusanos de seda para material de edificación y ropas!

—Lo planearon con las mejores intenciones —dijo Sheppard—. Mantener a la gente abrumada de trabajo en una prisión sin rejas. Por esto aletargaron a Cara de Rana. El medievalismo moderno aleja arteramente a los hombres del país donde podrían aprender algo. Así se les vuelve sumisos como perros. Recurrirán a toda clase de tretas para poder quedarse en la patria.

—Pero ¿cómo lo soportan?

—¿Adonde se puede acudir? La seguridad es el mejor timo que se ha inventado. ¿Hay algún lugar más sagrado que el cuarto de la energía, muchacho?

—El rel–relicario, se–señor. —¿Cómo podía ser la Ciudad Armoniosa una cárcel si abría la puerta a la vida ultraterrena? ¿Qué podía hacer uno con su propia vida aquí y ahora, sino prepararla para la muerte?

—¿Sabes dónde está, pequeño Dahl?

—En el centro del centro, señor.

—Lo abriremos por la fuerza —dijo el Capitán Sheppard.

El día siguiente el pequeño Dahl continuaba sintiéndose como una hormiga sobre una hoja en medio de un torrente, excepto que él viajaba en una máquina a través de un océano de aire. Miró por una ventanilla y el mundo iba empequeñeciéndose allá abajo. Los ríos eran cordelitos de seda brillante. Unos tentáculos de cosas que crecían introducían los dedos por hondonadas y valles.

El Capitán Sheppard se acurrucó en el asiento, a su lado, y refunfuñó:

—Bufa y resuella y da traspiés por el país de nubes todo el día. A ciento veinte kilómetros por hora. Esa gente no tiene idea del tiempo. Bueno, muchacho, aterrizaremos en breve, descabezaremos el sueño un ratito, llevaremos a cabo un reconocimiento y consultaremos a la mano derecha de Dios... ¿Te parece bien?

—Sí, señor —respondió el pequeño Dahl, preguntándose si llegaría a entender nunca nada. El río le guiñaba el ojo. En la Armoniosa, los únicos espejos que había estaban en los templos. Maridos y padres montaban la guardia mientras las mujeres iban a mirarse. 

Anoche, en su dormitorio, el pequeño Dahl vio una figura que se acercaba hacia él, en un cuarto que era copia exacta del suyo. La figura tenía una espesa mata de cabello color amarillo de plástico, y una cara lisa, sin arrugas. Los ojos eran azules e inocentes. Tenían el brillo de la honradez, y no se parecían en nada a la persona escondida dentro de aquel cuerpo; una persona que había robado sal y empujado al Locutor hacia un río.

El Capitán Sheppard tarareaba una melodía triste. ¿Cómo podía ser tan infantil un hombre de trescientos ochenta y dos años? Sólo cantaban los niños. Los adultos sentían los tambores en los huesos y guardaban un silencio decente, en la Armoniosa. El hombre bostezó y dijo:

—En Haven la gente será como se quiera, pero no es tonta. No quieren que andemos por allí estropeándoles las cosas. Supongo —dijo con otro bostezo—, que podría tratarse de un sentido de equidad. A mí me hallaron soldado a un armario de escobas perdidas. Vamos, chico, gobierna tú un rato este maldito artilugio.

Y le enseñó cómo había de inclinar la palanca adelante para descender, y hacerla girar hacia la derecha o la izquierda para acelerar o disminuir la velocidad. El se revolvía en el asiento, demasiado pequeño, y no paraba ni un instante de hablar. El pequeño Dahl sólo se enteró de parte de lo que le decía, mientras cruzaban en línea recta por encima de las curvas del río... 

Un desconectador saltó al azar fuera de la superficie de separación... así fue cómo el Capitán Sheppard encontró Brocaal..., la nave de la Tierra se partió por en medio, el día del aterrizaje..., la gente de Haven eran reaccionarios —fuese lo que fuere que esto significase— y conservaban su cultura técnica. La Armoniosa fue fundada por idealistas —fuesen lo que fueren— interesados por la vida del espíritu a toda costa...

»...Y establecieron el convenio de no molestarse unos a otros, ¡jo, jo! Pero la población no se ha duplicado desde entonces, quizá por culpa de ese maldito, oneroso "uno, coma, tres", de modo que no hay presión de crecimiento... Mantente apartado de las nubes. Provocan saltos.

—Sí, señor —respondía el pequeño Dahl, sudando; pero no entendía nada en absoluto. Nadie empezaba nunca por el principio; y él se sentía sumergido en hechos contradictorios. Sheppard le explicó que la nave se había partido en dos porque había sido diseñada así a propósito como medida de seguridad. Seguridad, ¿respecto a qué? 

Y la nave no era una «caja de hierro» como aprendió en la escuela; pero los exploradores sí lo eran. La nave se parecía más bien a un par de cubos poco profundos, dentro de los cuales todo se sostenía por «mecánica ondulatoria». El pequeño Dahl había visto ondas y había visto mecanismos. Y gimió en voz alta.

Sheppard le miró.

—¡Eh, despierta! Allá en el horizonte aparece el delta. Pasa a marcha lenta. Deja la palanca recta. Acoda sobre esta rueda. Muy bien, aprendes pronto. Aterrizaremos en aquel vallecito de allá delante y dormiremos un rato. He comprobado. He mirado el aparato de alarma y funciona bien. 

Se dispara a las cuatro horas; luego, durante diez minutos hace sonar un timbre y después, durante cinco minutos, suena una alarma interior. Aunque en la Armoniosa tengan montado un servicio de escucha por radio, no se enterarán de eso. A continuación, el aparato se destruye a sí mismo. Los de Haven no quieren que los chiflados puedan hacérselo suyo.

—Sí, señor —comentó el pequeño Dahl, que había comprendido una palabra de cada tres. Y no pudo decir más. El río corría entre montañas y había un dibujo a trazos rectos, no mayor que una telaraña bajo la luz del sol poniente. Los estanques y las cubetas de la sal. Más allá, a la izquierda, estaba la Armoniosa. ¿Demasiado pequeña? ¿Era ésta la ciudad que dominaba tanto su mente?

Las bombas de la máquina de aire estaban silenciosas y no se oía el silbido de las boquillas de propulsión. La máquina se posó al lado de una espesura de bambúes. El pequeño Dahl estaba atontado de fatiga; pero no pudo dormir. Se hallaba en un estado de animación suspendida, como un puente de alambres que había visto en Haven. 

La tensión mental lo tenía prisionero entre el suelo y el firmamento. Acababa de comer unos bocadillos con el capitán; pero sentía la apetencia —una curiosa apetencia— de comer gachas sagradas. ¿Volvería a tener la sensación de encontrarse en su tierra? La noche transcurría bajo el concierto de ronquidos del Capitán Sheppard.

La alarma sonó. Sheppard se despertó inmediatamente. El pequeño Dahl se sentía como una tolva llena de cápsulas de sal. Se elevaron por encima del monte y hallaron la comarca del delta cubierta de un manto de niebla. Sheppard soltó unas maldiciones. Consultó la brújula y dirigió la nave, pausadamente, hacia el Monte Cluke, cuya oscura mole sobresalía sobre la niebla. 

Se hundieron en ella en medio de un silencio absoluto. La niebla no era muy densa. Vieron asomar allá abajo una calle; la hilera de casas aparecía oscura y hostil. Un templo de la vecindad era como una cuenta en el radio; pero Sheppard soltó un bufido cuando la calle terminó y empezó de nuevo el campo libre. Sheppard puso en marcha la máquina de aire y siguió por el radio en dirección al centro. La visibilidad alcanzaba hasta unos sesenta metros.

Ante el templo, retrocedió y describió un arco sobre los radios. La sativa la cultivaban por rotación. La tercera cuña había sido arada recientemente; la de al lado estaba en pleno crecimiento; las plantas medían unos dos metros setenta centímetros. El pequeño Dahl se quedó horrorizado cuando el capitán propuso que escondieran la máquina aérea en la sativa. 

Un tiempo atrás, Robbie Hasseldorf había cruzado los campos plantados con pie ligero; pero la máquina aérea aplastaría las plantas. El capitán refunfuñó y dijo que la Armoniosa podría subsistir con unos litros menos de furfural, que parecía creer era el producto más importante de la sativa. El pequeño Dahl no lo había oído mencionar nunca.

De modo que aterrizaron, sumidos en el pecado, a unos trece metros del pavimento central. Las plantas aplastadas despedían un hedor espantoso, cuya acidez penetrante arrugaba la nariz del pequeño Dahl. Y le daba una medida de lo mucho que se había desplazado. Porque aquel hedor le era familiar desde la infancia..., pero ahora casi le asfixiaba. Sheppard reprimió un acceso de tos.

—¡Playas soleadas! —exclamó en un susurro estridente—. ¡En verdad que ese hedor me retuerce las quijadas!

Se abrieron camino por la chorreante vegetación. La ancha acera estaba desierta. Cruzaron hacia un arco en el centro de uno de los sesenta y cuatro costados. Ante el edificio, tan conocido, Sheppard era un hombre–palo que se movía con el silencio de una araña. El pequeño Dahl se estremeció. Cuando llegaron al final del túnel, los dedos de palo se le clavaron en el hombro.

—La máquina de azotar —susurró el pequeño Dahl, señalando a la izquierda. Ahora sabía dónde se encontraba, exactamente en el radio oeste–noroeste. El centro del centro estaba allá delante, perdido en la niebla, perfectamente circular, después de unos ciento veinte metros de espacio abierto.

—Ahora —murmuró Sheppard. Cruzaron el pavimento, y el relicario emergió delante de ellos. Al pequeño Dahl le maravillaba lo mucho mejor que se corría con pantalones que con bata y, estimulado por un gusanillo ateo, se preguntó si las prendas de vestir de la Armoniosa las habían ideado para entorpecer al que las llevara.

Al llegar a la puerta, Sheppard contuvo el aliento.

—Exploración corriente. Combinación de números y letras. ¿Qué día fue el desembarco, pequeño Dahl?

—El pra... primer día.

—Déjame ver... Oh, diablos, agáchate encima, para esconder la luz. —El hombre dobló un tubo de plástico, y el frasco de plástico del interior se rompió, crepitando. El líquido que contenía era una solución diluida de peróxido de hidrógeno y un catalizador. Esta solución se mezclaba con un derivado del ácido salicílico. El tubo adquirió un color verde amarillento que resplandecía más y más—. Hubiéramos debido traer una tienda para esconderlo, recanastos —murmuró Sheppard—. Eh, creo recordar... —Hizo girar las esferas hacia Abril 1, 2026 y levantó cautelosamente la palanca. La puerta se abrió con un crujido.

Detrás de ellos se elevó un alarido salvaje. El capitán empujó al pequeño Dahl hacia el interior del edificio.

—¡Sacrilegio! ¡Violación! ¡Despertad todos! ¡Sacri...!

Sheppard cerró la puerta. Tanto él como el pequeño Dahl se habían quedado silenciosos como muertos. El chico se veía enfrentado, una vez más, con una terrible alternativa. ¿Preferiría exponerse a los riesgos del exterior, o se quedaría en aquella jaula de hierro con un hombre palo bañado en una luz verde amarillenta?

—Ha sido una buena intuición —comentó Sheppard muy satisfecho—. Abril, Día de los Tontos. —Desde el interior, modificó la cerradura de manera que se pudiera leer Julio 4, 1776. No le inquietaba lo más mínimo el quedarse encerrado dentro del relicario. En cambio, al pequeño Dahl le dominaba el terror. 

El capitán abrió la puerta interior y descendió por un pasillo. Lo habían edificado según sus medidas. Las puertas eran altas y la baranda de apoyo también lo era, demasiado alta para el pequeño Dahl. Al final del pasillo encontraron una habitación llena de maquinaria. El capitán canturreaba y se sentó en una silla hecha a su medida. Tocó un control, y dejó de canturrear. Ahora soltaba unas maldiciones horribles.

El pequeño Dahl se había quedado paralizado. Aquella luz verdosa era horrible. En el suelo, dentro de una caja transparente, había un cuerpo. No era el mismo Dios en persona, sino que era el Locutor Cluke. Visto así, al natural, como un ser viviente más —o un ser muerto— observó el pequeño Dahl, era un hombre–palo lo mismo que el Capitán Sheppard.

Sheppard profería unos comentarios nada piadosos. Se acercó a grandes zancadas y dio unos puntapiés a la caja. El pequeño Dahl se quedó pasmado, una vez más, por la conducta de aquel hombre. No se le veía encolerizado.

—Habremos de sacar a Cara de Rana del letargo. Alguien cogió el ovillo de la energía. Es posible que él sepa dónde lo pusieron. Déjame ver. —Se arrodilló junto a la caja, como un demonio bajo la luz crepitante. Mientras empujaba la base del ataúd y tiraba de ella, no cesaba de refunfuñar—: ...No querían al viejo diablo plantado sobre sus pies durante un tiempo..., es probable que armase una trapatiesta..., el letargo está muy bien, pero...

Logró levantar la tapa. Por su parte, el Locutor Cluke continuó con su extraño monólogo:

—...¡No lo toleraría! ¡No podéis tratarme así! El maldito narcótico acabó su acción, y os he de ver... a todos vosotros... ahorcados... —Parpadeaba.

—Hola, Cara de Rana —dijo Sheppard.

—¿En qué año estamos, Capitán?

—En el tresciento treinta y dos después del desembarco.

—¿Cómo has salido?

—Me encerraron en Beta, en un armario para las escobas. La gente de allí no me encontró hasta el mes pasado. ¿Cómo fue que te aletargaron?

—En parte, porque no me gustaba el trato que hicisteis. En parte, porque yo estaba a mitad de camino entre Alfa y Beta. ¿Cómo resultó Beta, Capitán?

—Siguen utilizando la unidad de fabricación, y las cintas trabajan estupendamente. Ahora escucha, viejo amigo, he aquí la situación en que nos hallamos... —Y le explicó que el ovillo de energía había desaparecido.

—Ayúdame a salir de la caja. Maldita sea esta tremenda gravedad. Que me cuelguen si la última vez que me levantaron, completamente drogado, no hicieron que se encogiera todo. Parecen una raza de enanos... ¡Allá hay uno!

—No, es que no ha llegado a la edad adulta. Es de confianza. ¿Qué me dices del ovillo?

—En la superficie de división del letargo. Yo me les adelanté un poco.

—Diablos —exclamó Sheppard—, ¿cómo lo conseguimos?

—No te apures —respondió la mano derecha de Dios—. Tengo un carruaje sagrado para dos propio para el espacio interfacial, una provisión de cinta movida por el sol. No te apures.

—Mejor será que lo saques en seguida —dijo Sheppard.

—¿Todavía quieres ir a Faradis?

—Lo más pronto posible, buen amigo.

Cluke vacilaba.

—Creo que necesitas un capellán. —Lo dijo con voz triste y meditativa—. Yo he visto la teología de la disciplina en acción, Dios me valga. Ahora me gustaría entender la teología de la pasión... Faradis parece un lugar apropiado. Iré contigo.

—Pequeño Dahl, estaremos ausentes una media hora —dijo Sheppard—. Quédate aquí, sentado y alerta, y partiremos juntos para Faradis.

El pequeño Dahl era incapaz de pensar. Si el mismísimo Primer Locutor hallaba que Brocaal era un lugar imposible... ¿O sería Cluke un diablo del infierno?

La mente del muchacho giraba como un torbellino. Parecía que no había transcurrido sino un instante, pero oía que los hombres ya regresaban. Huyó con pie silencioso. Corrió por el desproporcionado pasillo y cruzó la puerta del gabinete. Se arrojó sobre la palanca. La puerta se abrió. La niebla se había poblado de antorchas. Unos Locutores de semblante atormentado por el pánico se apartaron, cuando él cerró la puerta de golpe. No se apartaban por él.

Una voz enorme estaba diciendo:

—...¡Tontuelo del diablo! Has labrado tu fortuna —significara esto lo que significase—, y ahora apecharás con ella. Atrás todos. Atrás, os mando...

Dos Locutores le sujetaban firmemente. El pequeño Dahl inspiraba profundamente el aire cargado de niebla y hedor de antorchas y sativa, y hedor de miedo. Hubo un silencio, y después un horrible sonido de ahuguei–ahuguei.

Cuando los cimientos del centro del centro se resquebrajaron y el edificio crujió y se levantó, el pequeño Dahl se sintió invadido por una calma repentina. No quería verse macerado por los ralladores de la máquina de los azotes. Se soltó de las manos, que habían aflojado el apretón, de sus aprehensores y huyó a través de la multitud. Hubo un gemido de pánico, y unas figuras negras se precipitaron por el túnel con él. Huían por los senderos. El pequeño Dahl se hundió en la sativa y encontró la máquina aérea.

Esta palanca de aquí era lo que el capitán había empujado primero. Un Locutor de semblante enfurecido estaba dando golpes a la ventanilla. Ahora esta manivela. La máquina aérea se elevó. Y esto es lo que el capitán hizo a continuación..., pero no pasó nada.

Y allí quedó colgada la máquina hasta la mañana, momento en que una brisa arrastró lejos a la niebla. La máquina se marchó a la deriva con ella, y una multitud de hombres se reunió abajo y la siguió. Cuando salió el sol, el pequeño Dahl cobró ánimos, después de una noche de terror.

La alarma de aviso sonaba. La máquina se destruiría en quince minutos, y él no podría hacer nada para evitarlo. El Viento le levantó y le empujó más aprisa de lo que podía correr la gente. El zumbido de alarma se hacía más estentóreo. La máquina quedó parada en la cima de Monte Cluke, con la Ciudad Armoniosa extendida abajo. El pequeño Dahl saltó al suelo. Los hombres rodeaban el monte. Después de todo, el muchacho podía resultar un buen fertilizante.

De pronto, se pararon. Una sombra le cubría. Se volvió.

Una nave completamente extraña se posó en la cresta. Su costado se abrió, y una rampa se desplegó automáticamente. Un hombre vestido de encarnado y oro resplandeciente bajaba con paso ligero.

El pequeño Dahl no vaciló un momento.

—¡Sálvese, señorl —gritaba.

—¿Qué...?

—¡Son religiosos fanáticos! ¡Le harán pedazos! ¡Sálveme a mí, también!

—Hemos oído tu alarma interfacial, jovencito. ¿Te hallas en apuros?

El muchacho corrió, jadeando, hasta el pie de la rampa.

—¡Oh, señor, son unos locos antirracionales! Ellos... hummm..., ellos mataron a mis padres, cuando aterrizamos aquí. Yo era un niño de teta, casi. —Tanteaba el terreno con aire de sinceridad. La turba gritaba. El hombre de rojo parpadeo empezó a subir la escalera. El muchacho le siguió.

—Primitivos furiosos, ¿eh? Ven, pues. Nos iremos a estirar las piernas en otra parte. ¿Cómo te llamas, muchacho?

¿Robbie Hasseldorf? ¿David Devout? ¿Dahlton Bradley? No quería volver a llevar ninguna de estas vidas.

—Medlar, señor —dijo valerosamente. Y los azules ojos le brillaban de inocencia, y con una especie de sinceridad—. Eddie Medlar.