Brocaal
era un planeta geológicamente joven y las máquinas de la sal eran monopolio del
estado. Se ponía un penique en la rendija y la moneda rodaba hacia el interior
y golpeaba un gong. El concesionario venía a inspeccionar la moneda y empujar
la palanca que soltaba una cápsula por el tubo de salida.
Como
de costumbre, al niño de ocho años Robbie Hasseldorf lo enviaron a que trajese
la sal para la cena. Cuando volvió con la bolsa llena de cápsulas, hubo de
soportar un chorro de consejos morales.
Que el mecanismo de entrega podía
averiarse no era cosa desconocida; lo que sí resultaba difícil averiguar era si
la máquina de la sal estaba al servicio del estado o del templo.
—¿Te
ha visto alguien?
Robbie
meneó la cabeza. Su madre olisqueó piadosamente.
—Un
regalo del cielo —concluyó.
El
padre estaba en duda.
—La
sal mantiene el templo. El estado está edificado sobre la sal. —Era maestro
ansarero de las guardias del norte y tenía grandes aptitudes para la política
práctica...
—Las
máquinas iluminan la Undécima Llanura —dijo el hermano de Robbie con voz hueca.
Estaba destinado a una carrera religiosa—. «El vivir tiene un precio, y el
morir también... —citó toda la larga estrofa y terminó—: no se da nada de balde
bajo las estrellas.» —Y deslizó unas cuantas cápsulas hacia su bolsa particular
mientras la familia escuchaba con los ojos cerrados. Robbie atisbaba entre sus
dedos—. Demos gracias —dijo el hermano, y cogió una más.
La
hermana mayor de Robbie opinaba que habían de devolver las cápsulas al templo
del barrio —bueno, unas cuantas— y la hermana menor rompió una y la lamió,
escondida bajo el velo, entornando los ojos beatíficamente.
Nadie preguntó a
Robbie qué opinaba él; pero la familia Hasseldorf no compró sal durante unos
cuantos días santos.
Cuando
le enviaron de nuevo a buscar sal, el milagro se repitió.
Evidentemente,
la familia Hasseldorf se hallaba en estado de gracia. Un sentido piadoso bien
desarrollado impedía que te anunciaran previamente esta situación.
El padre de
Robbie pagó por adelantado una serie de oraciones y compró un nuevo ánade al
ansarero mayor de las extensiones del norte–noreste.
Su madre tuvo la
inspiración de comprar un nuevo y difícil modelo de calzado que llamó la Estrella de Brocaal. Su hermano compró
un velo regio azul a los tejedores de seda; su hermana mayor tuvo el justiciero
gesto de plantar veinte moreras y su hermana menor empezó a engordar.
En
cierta ocasión había visto cómo los mecánicos del estado desmontaban la máquina
de la sal. Como le dijeron que se largase, pidió prestado a su hermano el velo
verde; pero le echaron otra vez.
Entonces dio unos pasitos menudos, llevando el
velo naranja de su hermana mayor —el que ella había perdido— y en tres
prolongados períodos de observación decidió que la gente sólo recibía
determinado número de cápsulas del cielo porque eran las que había guardadas en
la tolva. Y sacó la conclusión de que un trozo de plástico largo y flexible
había de resolver aquel problema teológico.
De
ahí las milagrosas redadas habituales de Robbie...
Robbie
era un muchacho callado y había observado que los que levantaban la cabeza por
encima de la turba solían recibir coscorrones en ella.
En
el colegio gritaba, a coro con los demás:
—¡La
Tierra es hedionda, la Tierra está corrompida!
La
sección vecina gritaba:
—¡Los
elegidos vuelan con las alas de la gracia!
La
tercera sección chillaba:
—¡En
una caja de hierro a través de las tinieblas del espacio!
El
maestro bramaba:
—¡Dios
nos dio la Tierra a nosotros, el pueblo elegido!
La
escuela entera retumbaba con:
—¡Proclamad
nuestra gracia! ¡Load al Eterno! ¡Brocaal es el Cielo, la Tierra es el
Infierno!
Robbie
había recibido el estímulo de las lecciones sagradas cuando empezó sus
estudios. Los condenados terrícolas hacían rodar los ojos y aullaban. Llevaban
al descubierto la boca y los miembros inferiores y agitaban los brazos. No
tenían vergüenza. Vendían sus almas a cambio de carros y camiones impulsados
por el demonio.
Las lenguas de los camiones azotaban el aire y los carros
corrían locamente sin que nadie tirase de ellos. Era una visión de horror y
caos.
Las revelaciones posteriores resultaron menos interesantes. El vuelo
espacial, la siembra en suelo fértil, el movimiento de la luna en el
firmamento, los años de sueño celestial, la edificación de la Ciudad Armoniosa
con los dieciséis radios arrancando del templo central, todo ello se lo
repetían y hacían repetir interminablemente hasta que incluso el niño más torpe
se moría de aburrimiento.
Era
una dieta magra. La mente de Robbie se moría de hambre. La primera vez que su
madre le envió a buscar sal, Robbie se hallaba en un estado de espíritu que
casi aceptaba todo aquello. Pero entonces aprendió a disociar la mente de la
boca.
Chillaba
con todas sus fuerzas, pero se preguntaba cómo era que Dios no construía una
máquina de sal con el tubo de salida en zigzag. Su mente cavilaba cómo era que
Dios repartiera gachas sagradas desde el templo, todos los días, antes de la
salida y antes de la puesta del sol. ¿Cómo no disponía Dios de una comida para
el mediodía?
No
formulaba nunca estas preguntas a su maestra ni a los Locutores. El espacio de
libertad concedido a las jóvenes criaturas mientras se las moldeaba para la
forma adulta no dejaba sitio para tales preguntas. Era precavido y no se había
atontado. Las máquinas de sal mantenían despierta su afanosa mente.
Después
de los dos regalos milagrosos del cielo, Robbie cogió la moneda que su madre le
daba y, tal como estaba prescrito, la puso en la rendija. Lo hizo así porque
habían abierto un agujerito de mira en la pared de la máquina. Además, habían
modificado un poco la tolva.
Luego
su hermano asumió la dignidad de acólito agrícola y abandonó el hogar para
trabajar y rezar en los campos de cultivo de víveres del sur de la ciudad.
Robbie tenía todo el ático para él solo.
La familia Hasseldorf fue bendecida
con varios hijos. Las familias corrientes, no santificadas, criaban uno o dos
nada más, y las filas de casas habían sido construidas teniendo muy presente
este detalle, de modo que hasta que se marchó su hermano, ellos, los dos
muchachos de la familia, habían compartido el atiborrado desván.
Al quedar
dueño único del ático, Robbie dispuso del más raro bien que se daba en la
Armoniosa: un escondite secreto.
Encontró un madero del suelo mal encolado. Y
la ventana del desván daba sobre el tejado del cobertizo. Durante las horas de
oscuridad Robbie podía continuar instruyéndose libremente por propia
iniciativa. Un plástico más largo y flexible daba buenos resultados hasta en
las máquinas de sal modificadas.
Cuando
Robbie llegó a los diez años, los latrocinios tenían gravemente preocupadas a
las autoridades. En un país en que cada hombre era un ardiente celador de su
hermano, las desviaciones hubieran debido quedar en plena evidencia. Y, sin
embargo, la sal robada desaparecía, sencillamente.
Se examinó los registros de
consumo y no había disminuciones importantes de ventas en ningún sector. El
problema dependía, pues, de factores humanos.
Una
noche que el truhán estaba a punto de ser detenido, el vigilante especial halló
que los pies se le escapaban de debajo del cuerpo a causa de unas cápsulas
rápidamente sembradas por el suelo.
El hombre se daba unos golpes terribles a
la cabeza. Y describió al ladrón como un monstruo auxiliado por dos cómplices
gigantes. Se interrogó a todos los hombres que midieran más de metro sesenta de
estatura.
El vigilante tuvo la buena suerte de que le encontrara un Locutor,
porque a la hora en que se investigó el delito ya no había cápsula alguna por
el suelo.
El descenso en el volumen de ventas habido en aquella parte señaló al
barrio entero, y el colegio de Robbie fue honrado con la misión de proporcionar
la fuerza para la máquina de los azotes.
Cuatro
muchachos se abotonaron las batas entre las piernas y trepaban tan aprisa como
podían por la jaula de ardilla de costados abiertos y de un diámetro de unos
cuatro metros y medio.
Un árbol hacía girar unos engranajes que transmitían la
energía a las cuatro estaciones. Al criminal lo ataban al bloque de los azotes,
y los tambores redoblaban mientras los azotes llovían sobre su espalda. Cada
delincuente miraba a un punto cardinal, de manera que la población veía bien el
cuadro.
En azotainas de esta naturaleza, se usaba azotes anchos que producían
un golpe doloroso. Cuatro chicos para energía, cuatro hombres más, y mujeres o
niños que aullaban. Los tambores gruñían y percutían. Resultaba un día
estimulante para todo el mundo.
Un
espíritu de latrocinio despertaba en los corazones de algunos concesionarios y
los hurtos menudos, esporádicos, aumentaban la confusión. También Robbie tuvo
buena suerte.
Una noche húmeda visitó el radio del sud–sudoeste, y regresaba a
casa cuando se le ocurrió abrir una cápsula y tuvo la sorpresa de ver que las
blancas cápsulas se volvían oscuras bajo el aire húmedo. Después de meditarlo
un poco, distribuyó la sal por los umbrales del radio sud–sudeste.
Los labios
azules que aparecieron por aquella vecindad intrigaban a las autoridades.
Evidentemente, el producto químico añadido a la sal había delatado a quienes no
debía delatar.
Robbie
no se sentía completamente depravado porque la lengua no se le volvía negra por
callarse la verdad. Era víctima de su propia e inquisitiva mente, en lo cual no
tenía culpa alguna. Sucumbía a las tentaciones; pero pagaba sus delitos con
períodos de depresión en los que la apatía universal le parecía casi
envidiable.
Las
labores que hacía su madre con la aguja, admiradas por todo el mundo, le
mostraban la posibilidad de vivir dentro de los límites de la sociedad. Su
padre era un estudioso apasionado de los gansos.
Pero a pesar de los buenos
ejemplos y las mejores resoluciones, el aburrimiento empujaba a Robbie hacia
riesgos mayores todavía, y era frecuente que se adormilara durante las clases.
Cuando, a los doce años, terminó su período de instrucción, le mandaron que
trabajase y orase en las gamellas de sal del norte de la ciudad.
Allí
le pusieron bajo el mando del maestro cerrajero constructor de cerraduras,
artesano viejo y terco que tenía el taller y la capilla en la punta superior de
las cubetas, lejos del enclave principal.
Robbie Hasseldorf empezaba a ver un
futuro bastante tolerable en ingletes y curvas, machiembrados, entalladuras y
despatillados, y en todas las deliciosas complejidades que el viejo se empeñaba
en realizar hasta para las construcciones plásticas más pasajeras.
Una
mañana temprano, poco antes de cumplir los catorce años, cuando el sol estaba
tan bajo que todo el tablero de ajedrez de los estanques de sal quedaba en la
sombra, Robbie volvía a la tienda con las herramientas de aprendiz.
Le habían
llamado en mitad de la noche para que corrigiese la estupidez de un zanjero que
había roto una puerta al empeñarse en colocarla golpeándola de costado.
Detrás
de él se movía una sombra. La proyectaba un Locutor alto como una caña andando
a grandes zancadas a lo largo del dique. El Locutor murmuraba para sí mismo:
—...La
celestialidad del pecado y el peso de la santidad..., ¡muchacho! ¿Dónde vive el
aprendiz Hasseldorf?
—Vive
y reza en el taller de constructor de cerraduras, señor —contestó Robbie con
absoluta formalidad—. Pero..., hummm..., ahora no está allí.
—Guíame
hasta allá. Hablaré con su maestro, exorcizaré la colchoneta y esperaré el
regreso del pecador.
—¿Se
puede saber su pecado, señor?
—El
mundo conoce su falta. ¿Por qué no habrías de saberla tú? El nombre de ese
pecador es infamia. ¿Cómo te llamas tú, chico?
—David...
David Devout, señor.
—David,
ese nefasto Hasseldorf robaba sal. Sus padres y hermanos, sometidos a
interrogatorio, han demostrado que eran inocentes. Ellos vivirán.
David
estaba trastornado.
—¿Cómo
es posible una cosa así? —preguntó con voz ronca.
—¡Muy
bien puedes preguntarlo! Mi colega en investigación estaba bien impuesto en el
Señor, David. ¡Que me perdonen a mí por haber dudado de los propósitos del
Todopoderoso! El peso del Señor, añadido al de la cápsulas escondidas,
hundieron el techo de la vivienda de los Hasseldorf. Y él cayó también, con
centenares y centenares de cápsulas de sal.
—¿Sufrió
algún daño, señor?
—Se
rompió el cuello y su espíritu voló. Hasseldorf diablo irá a las parrillas.
Sufrirá una maceración y volverá a la tierra con espíritu arrepentido. De ese
modo servirá a la humanidad. Cultivará coles duras o acaso gruesos nabos. —El
Locutor chasqueó los labios y continuó andando con pasos de tijera, mientras
David Devout, anteriormente Robbie Hasseldorf, trotaba detrás.
El
taller estaba desierto. El maestro artesano instalaba una reja de hierro en el
templo de la sal. Los otros artesanos y aprendices la habían llevado allá antes
del alba. David no le pudo ofrecer al Locutor gachas sagradas como refrigerio
porque nadie había traído comida del templo.
Hasseldorf el diablo había
realizado experimentos secretos con las gachas y había hallado que era posible
convertirlas en pastillas. Estas quedaban negras, pero se conservaban mucho
tiempo, mientras que las gachas en sí no se conservaban más allá de dos días.
David no creyó necesario enseñar el experimento al Locutor.
En cambio, le ayudó
a quemar el jergón de otro aprendiz. Luego captó el interés del hombre con el
tipo más nuevo de cepo encargado por el templo central.
Tenía
la forma de cubo bajo, con un refuerzo en X en los costados y un sujetador del
cuello en el centro de la parte alta. Metido dentro de este artefacto, el
pecador no podía sentarse ni tenderse. El poder o no poder apoyar el mentón
dependía de si el cuello del aparato estaba armado de púas o no. El prototipo
iba sin púas.
—Mi
maestro deseaba ardientemente que viniera una persona con la magnifica talla
que tiene usted, señor, para cerciorarse de si un solo modelo servirá para
todos los pecadores —dijo David.
—Adelantemos
el trabajo del tempo —dijo el Locutor.
David
le ayudó a colocarse el sujetador del cuello y dio un tirón al sencillo cerrojo
de un ángulo, muy apartado del alcance del pecador. Luego puso las negras
pastillas de gachas en el maletín de las herramientas y se despidió
cortésmente.
Afortunadamente
el viento soplaba del mar, en dirección a las montañas peladas. David pudo
escuchar llamadas y súplicas al Todopoderoso desde una distancia considerable.
Sorprendía el tiempo que tardaron aquellos gritos en llamar la atención de los
trabajadores que trabajaban a unos buenos ochocientos metros, amontonando sal
del último estanque de concentración y cargándolo a paladas en un carro. David
anduvo prestamente hacia el lejano dique, largo montón de tierra que separaba
al río en crecida de los estanques de la salina. Luego se volvió para dirigir
una última mirada al mundo conocido.
La tierra plana se extendía hasta la
confusa ciudad, y sólo el rocoso Monte Cluke interrumpía la larga línea azul
del mar. La brigada de trabajadores había echado a correr tras él. Oía sus
gritos. Robbie Hasseldorf se colocó en dirección a los montes y partió al
trote.
Había observado despojos en el río, ramas de unos árboles parecidos a
las moreras, pero mayores. Una vez vio en el barro una embarcación de madera, y
pensó que se le habría escapado de las manos a un chico joven. David vería de
descubrir si era cierto...
-.-.-.-.-.-.-
Brocaal
se poblaba de una manera distinta a la de la mayoría de planetas. Allí los
xenoecólogos proceden con un sentido de misión reverencial. Se toman un tiempo
infinito en contabilizar las permutaciones de un millar de factores hasta tal
punto que no se les pueda achacar ningún desastre evidente.
Unos contratistas
suministran la tierra estéril, razas puras de bacterias y hongos, los insectos
aves y animales precisos, la enorme variedad de semillas, raíces y esquejes,
las diatomeas, el plancton y el resto de la ecología marina adecuada a la
temperatura y la salinidad imperantes en el sector. Esto exige mucho tiempo y
un montón de dinero. Es —y era— el procedimiento general.
Pero
el templo de la Tierra tenía fe, gente, una nave estelar más antigua y 160
acres de suelo bueno cerca de Cuppyville, Alabama. Habían recogido el suelo
mejor, el superficial. Habían comprado su biología oceánica a precio de saldo,
habían pedido todo lo que contenía el catálogo Burpee, habían conseguido cuatro
lotes de árboles a buen precio, habían comprado animales en una subasta
importante y habían despegado, en dirección a las estrellas con cuatro mil
ochocientos treinta y cinco fieles reducidos a una especie de letargo y metidos
en cajas de cartón.
Habían localizado Brocaal y habían sembrado vida en él,
habían remolcado un planetoide para que le sirviera de luna y lo habían situado
en una órbita estable a unos cincuenta y cinco mil kilómetros de la superficie.
Una luna provoca mareas, y las mareas son necesarias para convertir un planeta
sin vida en un planeta habitable.
Habían plantado semillas y árboles en el
momento adecuado. Habían colocado despertadores convencionales y se habían
puesto a descabezar el sueño. Se pasaron unos doscientos años durmiendo, quizá
el reloj que había de registrar el tiempo se estropeó y las otras colonias
fundadas quedaron olvidadas al fundarse la Ciudad Armoniosa.
-.-.-.-.-.-.-
David
no sabía nada de todo eso. Ahora corría porque llevaba buena delantera al
perseguidor que tenía más cerca, y que era el Locutor tipo caña del cubo bajo.
El Locutor impedía que la caja le pesara sobre los hombros levantando los
refuerzos en X.
David había puesto rumbo hacia los
montes porque los temía y pensaba que otras personas acaso se sintieran tan
incómodas como él en un terreno desigual. Al cabo de un rato aceleró la carrera
porque el hombre le ganaba terreno.
En
la primera cresta, David se paró para aliviarse el dolor del costado. Ahora los
hombres con rastrillos y palas no corrían, andaban. El de la caja era un
fanático. Estaba a mitad de la ladera del monte. David recobró el segundo
aliento y voló por la larga y arenosa falda, descendiendo, para luego remontar
la altura siguiente.
El Locutor acortó distancias. El próximo valle tenía un
curso de agua y en él crecía la hierba más alta y espesa que David hubiera
visto en su vida. Jadeando, sorbiendo el aire a bocanadas, hizo un esfuerzo
para cruzar y se hundió en el agua hasta el pecho. Al llegar a la otra orilla,
se desplomó.
Hurgó en su maletín de herramientas. No halló nada que pudiera
auxiliarle. ¿De qué le serviría una lámpara de soldar? ¿Y la cola de pegar? ¿Y
el cortatubos? ¿Y los planos de moldeo? ¿Y la rueda cortadora?
El
hombre metido en el cubo atravesó el bambú del otro lado. David estaba cortando
afanosamente un tallo de la alta hierba. El Locutor aulló unas frases
ininteligibles y se lanzó al agua. David le metió el palo entre las piernas y
Némesis cayó. El hombre jadeaba y parloteaba, mientras David cortaba más bambú.
Cuando el pobre hombre pudo hablar con claridad ya parecía un montón informe,
con bambú en todos los costados.
Las
promesas que el Locutor hacía en voz alta habrían agotado a todos los muchachos
de un colegio. Tenía una imaginación calenturienta. Quizá hubieran sido
precisos dos colegios para servir las cosas que iba ideando. David se portó de
la manera que parecía más razonable con una persona como aquélla. Luego se
refugió pesadamente junto al río y se puso a caminar aguas arriba.
El
primer día se comió cuatro de aquellas negras pastillas. El segundo día se
comió las otras dos. Luego sintió más hambre, y halló que el morirse de
inanición hacía sufrir. Como cualquier otro muchacho, Robbie Hasseldorf había
comido hojas de morera y unos cuantos gusanos de seda. La sativa olía demasiado
mal para comerla.
Robbie no había visto nunca la granja de cultivo de
comestibles del sur de la ciudad. Cuando dejaron de suministrarle el suplemento
infantil, le dieron las gachas corrientes. Unas gachas que eran diferentes
todos los días y consistían en una mezcla de alimentos cocidos y crudos, unas
veces seca y otras veces jugosa. Nunca contenía ingredientes enteros, sin
triturar.
Probó
la hierba, pero la tiró. Observó a los pájaros, y probó su dieta. Las semillas
resultaban muy pequeñas, y los insectos sabían mal. El sabía poco de los
sistemas fundamentales de sostenimiento de la vida. En la Ciudad Armoniosa, la
instrucción se dirigía a este fin. No disponiéndose de otras opciones, el
Camino Recto era el único camino para el populacho. Hasta una vida de
estrecheces era preferible a la única alternativa conocida.
-.-.-.-.-.-.-
Cuando
el planeta Brocaal se inseminó por primera vez con vida animal, escogieron para
depredadores a los coyotes y los mapaches. Eran animales adaptables y mantenían
el equilibrio de insectos, conejos, aves y ranas, con funciones ecológicas bien
definidas y, naturalmente, los coyotes en especial eliminaban las cabezas de
ganado y ovejas malheridas o débiles.
-.-.-.-.-.-.-
David se dejó caer bajo un árbol y vio
cómo un coyote mataba un conejo y se ponía a devorarlo. Entonces se puso a
gritar y ahuyentó a la fiera. Probó de comer conejo, pero se halló la boca
llena de piel y pelo. Ya no pesaba sino unos cuarenta kilogramos y pico y se
tambaleaba, cuando topó con un campo de maíz y halló un camino.
El
camino conducía a una edificación que no le pareció una casa. Un hombre
apareció en la esquina. Llevaba en brazos y piernas unos tubos de tela. No
tenía barba. David supo que se trataba de un hombre gracias a la voz.
—¡Eh,
Molly! ¡Hemos conseguido un trueque para aquel barril de brandy que tiene
veinte años!
Una
mujer se reunió con él. No llevaba velo. Sus tubos inferiores mostraban la
forma de las piernas.
—Por
el aspecto, se diría que valdrá la pena que lo lavemos y le demos de comer,
¿Qué piensas?, ¿es chica o chico? ¿Cómo te llamas?
El
chico la miró y se sonrojó.
—Dahlton
Bradley. —Se preguntaba si la lengua se le había puesto negra; pero los nombres
de Robbie y David le habían traído mala suerte.
—Mi
pequeño Dahl —dijo el hombre—. Bien, estás hecho un amasijo más que particular.
¿Cuándo comiste por última vez?
—No
lo sé, señor. —La prenda de vestir que llevaba la mujer en la parte superior
del cuerpo mostraba las formas de éste. El pequeño Dahl clavaba la vista en el
suelo, que se movía bajo sus pies.
—No
me llames señor. Soy Ed Waddell. Molly, este chavalillo necesita un trago,
antes que nada. —La mujer entró en la brillante estructura y sacó una botella y
un vaso. Waddell lo llenó hasta la mitad. El pequeño Dahl se entregó a las
intenciones de aquella gente y apuró el contenido del vaso.
La
mujer dijo:
—Yo
soy Molly Wye. Tranquilízate, chico.
El
chico no la oyó. El líquido descendía como una garra que se fuera clavando por
su esófago, y estalló en el estómago. Los ojos de Dahl se abrieron de par en
par y empezaron a manar lágrimas. Estornudaba continuamente, y cada estornudo
era más fuerte que el anterior.
El cuerpo se le movía a sacudidas, y lo mismo
les ocurría a la pareja. Dahl lo vio a través de una neblina de lágrimas. No
estaba habituado a reír; pero sonrió débilmente cuando estuvo bien seguro de
que seguiría con vida.
En
seguida le dieron una escudilla de una cosa a la que llamaban estofado. Le
pareció una ración muy pequeña. El chico sufrió una desilusión, pero no se
quejó. El hombre le acompañó hasta una lona rectangular atada a unos palos en
ambos extremos.
Los palos estaban atados a sendos árboles. Waddell le levantó y
le depositó en el centro, en sentido paralelo a los palos. Los árboles giraban
a su alrededor, aunque cuando abrió los ojos vio que no era cierto. Cuando los
abrió por segunda vez, el sol estaba en el otro costado del firmamento.
Esta
vez la escudilla de estofado era grande, y estaba llena de cosas desconocidas,
cortadas en pedazos grandes. Era la mejor comida que el pequeño Dahl hubiera
probado jamás. Robbie y David no habían catado nunca nada tan bueno. Ed Waddell
y Molly Wye le miraban comer. No hablaban, porque si no él dejaba la cuchara
con dedos temblorosos, enlazaba las manos en el regazo y aguardaba el permiso
para volver a empezar.
Cuando
hubo lamido la escudilla hasta dejarla limpia, como hace toda persona bien
educada, dijo:
—Gracias.
El templo de ustedes debe de estar muy cerca. No había comido nunca unas gachas
tan buenas.
—¡Qué
templo y qué diablos! Eso es estofado de ternera, muchacho. ¿Quieres decir que
es cierto que os alimentan con bazofia, como nos habían contado? —exclamó
Waddell.
—Habrán
de pasar varios años para que recupere lo perdido en el capítulo de comida
—dijo Molly—. ¿Cuántos tienes, Dahl?
—Catorce
—respondió, preguntándose medio dormido donde estaba el día que los cumplió.
Este año no habría bata nueva para él... y tampoco en los sucesivos. Pero se
halló con que Molly Wye cortaba unos pantalones suyos propios y una camisa para
ponérselos a la medida.
Trabajó
—pero no rezó mucho— dos meses en el claro más apartado, río abajo, de la gente
de Haven. La arraigada costumbre de obedecer le permitió resistir una serie
interminable de choques. El alimento era una sorpresa constante. La casa
metálica le tenía maravillado.
La variedad de habilidades de que daban pruebas,
con tanta naturalidad, marido y mujer, parecía imposible. La música que Molly
arrancaba de la guitarra abría reinos enteros incomparables. Los simples
aprovechamientos de la madera le dejaban tan pasmado como la utilización de los
plásticos en la Armoniosa pasmaba a Ed y Molly.
La
diferencia que le hacía mirar de reojo todas las pautas familiares, la
diferencia que hacía de la vida un río que corría alegremente en lugar de un
estanque de sal, la agridulce diferencia que arrancaba al pequeño Dahl de sus
cimientos era la risa.
Naturalmente, tenía noticia de lo que era reír: el breve
ladrido que emitía el maestro cuando saltaba de la tarima y le mellaba el
espinazo, la risita disimulada de cuando el viento levantaba la bata de una
mujer por encima de los tobillos, la carcajadita desazonada de cuando azotaban
a otros. Sí, estas clases de risa las comprendía. En cambio, Ed y Molly reían
de puro contentos.
¡Y
cómo se rieron cuando les explicó lo del Locutor dentro del cubo! Los ojos de
ambos brillaban cuando les dijo que el hombre hubiera debido abrirse el cerrojo
apretándolo contra la puerta, de dos hojas, del taller del cerrajero.
Y las
carcajadas se volvieron estentóreas cuando describió cómo había tirado del
bambú que rodeaba las piernas del Locutor y había acumulado todo un montón
informe alrededor de sus hombros. Y cómo había empujado el fardo hacia el
centro del río y cómo el fardo se había alejado aguas abajo, la calva cabeza
sobresaliendo de la maraña verde como un huevo encarnado de ánade soltando
maldiciones dentro del nido.
El
pequeño Dahl aprendió a corear las carcajadas de la pareja, aunque al principio
le costaba bastante. Y trabajaba hasta que le decían que lo dejase. Hasta llegó
a establecer ciertas cláusulas de convivencia con su cuerpo desnudo y aprendió
a nadar en el río. Sabía cebar anzuelos en la cuerda y comer pescado. Los días
no eran bastante largos para todas las cosas nuevas en que había de pensar.
Cuando
las espigas estaban ya fuertes y secas, Ed puso en marcha la casa y la hizo
flotar sobre el suelo en dirección al campo de maíz. Luego enseñó al pequeño
Dahl a deshollejar maíz y a echarlo dentro de la carreta movida a motor. El
pequeño Dahl no reía. Estaba sombrío y temeroso.
Molly
se dio cuenta de su inquietud, y los últimos días de la recolección del maíz
los dedicaron a explicarle los principios de la antigravedad: de qué manera la
unidad de conversión de la energía solar ponía en movimiento la hélice de
energía del telar magnético para tejer tiras de potencia.
El chico entendía muy
poca cosa de lo que le estaban explicando; pero perdió el miedo y ya no volvió
a pensar en manos que tentaran el firmamento ni en lanzas de carreta que se
clavaran en él. Una entre un centenar de ideas nuevas era la de que la
costumbre dictaba qué era bueno y qué era malo.
Ed
y Molly eran una pareja joven que vivía el primer verano de su primer
matrimonio y hallaron en el pequeño Dahl una tercera parte muy útil en su
recíproca exploración. Casi estaban tan tristes como él cuando emprendieron el
largo viaje río arriba hacia Haven.
El remolque estaba cargado a rebosar y la
casa estaba medio llena de maíz, y se dijeron muy solemnemente el uno al otro
que aquello pesaba demasiado para levantarlo por encima de las copas de los
árboles, como les exigiría el seguir el camino más recto.
Montaron, pues, unas
ruedas de paletas, bajaron al agua una quilla y un timón, y siguieron los
meandros del río durante una última y deliciosa semana. Recorrieron
pausadamente unos mil trescientos kilómetros, penetraron en un afluente, lo
siguieron hasta el lago y llevaron al hogar la cosecha, y también al pequeño
Dahl.
Haven
se hallaba dentro del segmento circular formado por una carretera que salía del
lago y describía un arco para volver al lago. Dicho segmento estaba ocupado por
casas escondidas entre los árboles. Ed y Molly retiraron la quilla y el timón,
sacaron casa y remolque a la orilla y plegaron las paletas. Desde la pérgola,
es decir, la caseta de cristal para el piloto que había en el tejado, el
pequeño Dahl contemplaba el tráfico con ojos muy abiertos.
Las otras casas
estaban en el aire, guiadas por vientos de dirección constante. Ed dijo que era
un problema de energía disponible para un uso constante. El y Molly elevaron su
casa de manera similar y entregaron el maíz en los almacenes más o menos en
mitad del arco que formaba la carretera. Después remolcaron la casa hacia su
parcela residencia, dentro del segmento. Había un coche terrestre de uso común.
Ed
dijo que era tiempo de recoger el brandy para el trueque. El pequeño Dahl
estaba enterado de este asunto. La junta de gobierno de Haven ofrecía un premio
a todo el que entregase un vecino, fuese quien fuere, de la Armoniosa en un
estado relativamente bueno.
—Y
tendrás que ir a alguna parte —dijo Molly tristemente. Subieron al coche
terrestre y fueron hasta el edificio de gobierno, a la orilla del lago.
Tad
Michels les dio la bienvenida y luego se fueron todos a la sala de
exposiciones, donde se exhibía una quilla de precioso acabado. A Molly todavía
le gustó más la placa de oro que les dieron. El alegre Ed estrechó la mano del
pequeño Dahl, y la animada Molly rozó los labios del niño con un beso. Era el
primero que el chiquillo recibía en su vida, y se frotó los labios para
eliminar el cosquilleo.
Michels
dijo:
—Bien,
Dahlton —y sonrió. Era un hombre campechano, con el cabello canoso y unas
arrugas alrededor de los ojos y la boca—. Te estarás preguntando si te han
vendido como esclavo por un barrilito de brandy.
Nada
de eso. Lo que inquietaba al pequeño Dahl era el observar que no sentía ninguna
pena al tener que separarse de Ed y Molly. ¿Era él un monstruo insensible?
Seguridad era, sin duda alguna, lo primero que deseaban todas las criaturas;
pero a él le entusiasmaba la idea de vivir una experiencia nueva.
Tad
Michels añadió:
—La
libertad se conquista, y los perezosos siempre son esclavos, aun cuando lo sean
solamente de sí mismos... ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
—No,
señor —respondió el pequeño Dahl.
—Necesitamos
tu ayuda, jovencito. No se da muy a menudo el caso de que uno pueda escapar con
vida de la Armoniosa. Hay que hacer justicia.
Fueron
en coche más allá de la carretera en arco y dejaron el coche en un gran
edificio excavado en una montaña. La explicación de Michels:
—Manufactura
—no ilustró mucho al pequeño Dahl. La edificación tenía un cierto aire de
antigua. Dahl y Michels entraron por una alta puerta que se deslizó hacia un
lado—. Cierre de cuña —dijo Michels. Recorrieron un pasillo con puertas
desproporcionadas en ambos costados, y Michels llamó a una de ellas. Una voz no
humana contestó:
—Entre...
—y la puerta se corrió hacia un lado. Al pequeño Dahl se le erizó el cabello de
la nuca cuando vio la criatura tendida en el lecho de la pared.
Era
un ser extraño, una caricatura de hombre. Aquel ser bajó los pies al suelo y se
levantó. Era increíblemente alto y delgado. Los huesos ponían la piel tensa en
las mejillas; la nariz era un promontorio estilo pico de ave y los ojos se
habían hundido en unas cavernas de la frente. Se frotaba la hermosa cabeza con
dedos de palo, y el pequeño Dahl casi esperaba que el negro pelaje crepitara.
—Capitán
Sheppard, Dahlton Bradley ha llegado hace poco hasta nosotros, procedente de la
Armoniosa —dijo Michels.
—¿Desplazado,
chico? A mí me desplazaron temporalmente los Locutores. Yo, un arranca–pernos
interfacial. Encontré este planeta y lo vendí al templo por una nave de
exploración. Como el matarme y el pagarme era contrario a sus principios, los
granujas hipócritas me hicieron la jugarreta de dejarme aletargado. Calculo que
tengo trescientos ochenta y dos años, y quiero que me paguen. —Arrastraba las
palabras de una manera que el pequeño Dahl no había oído nunca. Pero no
importaba. Al fin y al cabo, tampoco las entendía.
—¿Qué
planes tiene, Capitán? —dijo Michels con desenvoltura.
—Marcharme
de este planeta de uno coma tres; pero no para regresar a la Tierra. Me iré a
Faradis, con cierto retraso. Quiero ver si el promedio de nacimientos continúa
siendo de cuatro hembras por un varón. ¿Todavía está metido en vuestra ciudad
Cluke el Cara de Rana? —La cara del pequeño Dahl permaneció inexpresiva—. Me
refiero a Arthur Otis Cluke, el viejo Cara de Rana, vuestro padre fundador.
El
pequeño Dahl se tragó el nudo de la garganta. El Locutor Cluke, el jefe
indomable, el Primer Locutor de Brocaal.
—El
nos pro... protege desde el cielo, señor. Mi abuelo le vio en el tricentenario
del aterrizaje.
—Excitado
como un demonio, apuesto. No le podían dejar suelto. Cara de Rana nunca les
tuvo simpatía alguna a los payasos rastreros que os gobiernan. Hay que
reconocerle al viejo diablo este mérito. No es un pedante que se arrastre por
el suelo. No hay que extrañarse de que lo drogaran y lo aletargasen. —El hombre
suspiró—. ¿Conoces el templo central, muchacho?
El
pequeño Dahl consiguió mover la cabeza afirmativamente. Su mundo se tambaleaba.
El Monte Cluke dominaba la ciudad. El Locutor Cluke se sentaba a la diestra de
Dios.
—¿Has
estado en el cuarto de la energía? —preguntó Sheppard.
—Nnnn...
no, señor. —La sola idea le hacía tartamudear—. E... e... es... sa... sagrado.
Proporciona la energía para preparar comida y fabricar plástico.
—No
entiendo por qué la Armoniosa utiliza plásticos en lugar de madera —dijo
Michels—. ¡Qué derroche de tiempo cultivar cáñamo y criar gusanos de seda para
material de edificación y ropas!
—Lo
planearon con las mejores intenciones —dijo Sheppard—. Mantener a la gente
abrumada de trabajo en una prisión sin rejas. Por esto aletargaron a Cara de
Rana. El medievalismo moderno aleja arteramente a los hombres del país donde
podrían aprender algo. Así se les vuelve sumisos como perros. Recurrirán a toda
clase de tretas para poder quedarse en la patria.
—Pero
¿cómo lo soportan?
—¿Adonde
se puede acudir? La seguridad es el mejor timo que se ha inventado. ¿Hay algún
lugar más sagrado que el cuarto de la energía, muchacho?
—El
rel–relicario, se–señor. —¿Cómo podía ser la Ciudad Armoniosa una cárcel si
abría la puerta a la vida ultraterrena? ¿Qué podía hacer uno con su propia vida
aquí y ahora, sino prepararla para la muerte?
—¿Sabes
dónde está, pequeño Dahl?
—En
el centro del centro, señor.
—Lo
abriremos por la fuerza —dijo el Capitán Sheppard.
El
día siguiente el pequeño Dahl continuaba sintiéndose como una hormiga sobre una
hoja en medio de un torrente, excepto que él viajaba en una máquina a través de
un océano de aire. Miró por una ventanilla y el mundo iba empequeñeciéndose
allá abajo. Los ríos eran cordelitos de seda brillante. Unos tentáculos de
cosas que crecían introducían los dedos por hondonadas y valles.
El
Capitán Sheppard se acurrucó en el asiento, a su lado, y refunfuñó:
—Bufa
y resuella y da traspiés por el país de nubes todo el día. A ciento veinte
kilómetros por hora. Esa gente no tiene idea del tiempo. Bueno, muchacho,
aterrizaremos en breve, descabezaremos el sueño un ratito, llevaremos a cabo un
reconocimiento y consultaremos a la mano derecha de Dios... ¿Te parece bien?
—Sí,
señor —respondió el pequeño Dahl, preguntándose si llegaría a entender nunca
nada. El río le guiñaba el ojo. En la Armoniosa, los únicos espejos que había
estaban en los templos. Maridos y padres montaban la guardia mientras las
mujeres iban a mirarse.
Anoche, en su dormitorio, el pequeño Dahl vio una
figura que se acercaba hacia él, en un cuarto que era copia exacta del suyo. La
figura tenía una espesa mata de cabello color amarillo de plástico, y una cara
lisa, sin arrugas. Los ojos eran azules e inocentes. Tenían el brillo de la
honradez, y no se parecían en nada a la persona escondida dentro de aquel
cuerpo; una persona que había robado sal y empujado al Locutor hacia un río.
El
Capitán Sheppard tarareaba una melodía triste. ¿Cómo podía ser tan infantil un
hombre de trescientos ochenta y dos años? Sólo cantaban los niños. Los adultos
sentían los tambores en los huesos y guardaban un silencio decente, en la
Armoniosa. El hombre bostezó y dijo:
—En
Haven la gente será como se quiera, pero no es tonta. No quieren que andemos
por allí estropeándoles las cosas. Supongo —dijo con otro bostezo—, que podría
tratarse de un sentido de equidad. A mí me hallaron soldado a un armario de
escobas perdidas. Vamos, chico, gobierna tú un rato este maldito artilugio.
Y
le enseñó cómo había de inclinar la palanca adelante para descender, y hacerla
girar hacia la derecha o la izquierda para acelerar o disminuir la velocidad.
El se revolvía en el asiento, demasiado pequeño, y no paraba ni un instante de
hablar. El pequeño Dahl sólo se enteró de parte de lo que le decía, mientras
cruzaban en línea recta por encima de las curvas del río...
Un desconectador
saltó al azar fuera de la superficie de separación... así fue cómo el Capitán
Sheppard encontró Brocaal..., la nave de la Tierra se partió por en medio, el
día del aterrizaje..., la gente de Haven eran reaccionarios —fuese lo que fuere
que esto significase— y conservaban su cultura técnica. La Armoniosa fue
fundada por idealistas —fuesen lo que fueren— interesados por la vida del
espíritu a toda costa...
»...Y
establecieron el convenio de no molestarse unos a otros, ¡jo, jo! Pero la
población no se ha duplicado desde entonces, quizá por culpa de ese maldito,
oneroso "uno, coma, tres", de modo que no hay presión de
crecimiento... Mantente apartado de las nubes. Provocan saltos.
—Sí,
señor —respondía el pequeño Dahl, sudando; pero no entendía nada en absoluto.
Nadie empezaba nunca por el principio; y él se sentía sumergido en hechos
contradictorios. Sheppard le explicó que la nave se había partido en dos porque
había sido diseñada así a propósito como medida de seguridad. Seguridad,
¿respecto a qué?
Y la nave no era una «caja de hierro» como aprendió en la
escuela; pero los exploradores sí lo eran. La nave se parecía más bien a un par
de cubos poco profundos, dentro de los cuales todo se sostenía por «mecánica
ondulatoria». El pequeño Dahl había visto ondas y había visto mecanismos. Y
gimió en voz alta.
Sheppard
le miró.
—¡Eh,
despierta! Allá en el horizonte aparece el delta. Pasa a marcha lenta. Deja la
palanca recta. Acoda sobre esta rueda. Muy bien, aprendes pronto. Aterrizaremos
en aquel vallecito de allá delante y dormiremos un rato. He comprobado. He
mirado el aparato de alarma y funciona bien.
Se dispara a las cuatro horas;
luego, durante diez minutos hace sonar un timbre y después, durante cinco
minutos, suena una alarma interior. Aunque en la Armoniosa tengan montado un
servicio de escucha por radio, no se enterarán de eso. A continuación, el
aparato se destruye a sí mismo. Los de Haven no quieren que los chiflados
puedan hacérselo suyo.
—Sí,
señor —comentó el pequeño Dahl, que había comprendido una palabra de cada tres.
Y no pudo decir más. El río corría entre montañas y había un dibujo a trazos
rectos, no mayor que una telaraña bajo la luz del sol poniente. Los estanques y
las cubetas de la sal. Más allá, a la izquierda, estaba la Armoniosa.
¿Demasiado pequeña? ¿Era ésta la ciudad que dominaba tanto su mente?
Las
bombas de la máquina de aire estaban silenciosas y no se oía el silbido de las
boquillas de propulsión. La máquina se posó al lado de una espesura de bambúes.
El pequeño Dahl estaba atontado de fatiga; pero no pudo dormir. Se hallaba en
un estado de animación suspendida, como un puente de alambres que había visto
en Haven.
La tensión mental lo tenía prisionero entre el suelo y el firmamento.
Acababa de comer unos bocadillos con el capitán; pero sentía la apetencia —una
curiosa apetencia— de comer gachas sagradas. ¿Volvería a tener la sensación de
encontrarse en su tierra? La noche transcurría bajo el concierto de ronquidos
del Capitán Sheppard.
La
alarma sonó. Sheppard se despertó inmediatamente. El pequeño Dahl se sentía
como una tolva llena de cápsulas de sal. Se elevaron por encima del monte y
hallaron la comarca del delta cubierta de un manto de niebla. Sheppard soltó
unas maldiciones. Consultó la brújula y dirigió la nave, pausadamente, hacia el
Monte Cluke, cuya oscura mole sobresalía sobre la niebla.
Se hundieron en ella
en medio de un silencio absoluto. La niebla no era muy densa. Vieron asomar
allá abajo una calle; la hilera de casas aparecía oscura y hostil. Un templo de
la vecindad era como una cuenta en el radio; pero Sheppard soltó un bufido
cuando la calle terminó y empezó de nuevo el campo libre. Sheppard puso en
marcha la máquina de aire y siguió por el radio en dirección al centro. La
visibilidad alcanzaba hasta unos sesenta metros.
Ante
el templo, retrocedió y describió un arco sobre los radios. La sativa la
cultivaban por rotación. La tercera cuña había sido arada recientemente; la de
al lado estaba en pleno crecimiento; las plantas medían unos dos metros setenta
centímetros. El pequeño Dahl se quedó horrorizado cuando el capitán propuso que
escondieran la máquina aérea en la sativa.
Un tiempo atrás, Robbie Hasseldorf
había cruzado los campos plantados con pie ligero; pero la máquina aérea
aplastaría las plantas. El capitán refunfuñó y dijo que la Armoniosa podría
subsistir con unos litros menos de furfural, que parecía creer era el producto
más importante de la sativa. El pequeño Dahl no lo había oído mencionar nunca.
De
modo que aterrizaron, sumidos en el pecado, a unos trece metros del pavimento
central. Las plantas aplastadas despedían un hedor espantoso, cuya acidez
penetrante arrugaba la nariz del pequeño Dahl. Y le daba una medida de lo mucho
que se había desplazado. Porque aquel hedor le era familiar desde la
infancia..., pero ahora casi le asfixiaba. Sheppard reprimió un acceso de tos.
—¡Playas
soleadas! —exclamó en un susurro estridente—. ¡En verdad que ese hedor me
retuerce las quijadas!
Se
abrieron camino por la chorreante vegetación. La ancha acera estaba desierta.
Cruzaron hacia un arco en el centro de uno de los sesenta y cuatro costados.
Ante el edificio, tan conocido, Sheppard era un hombre–palo que se movía con el
silencio de una araña. El pequeño Dahl se estremeció. Cuando llegaron al final
del túnel, los dedos de palo se le clavaron en el hombro.
—La
máquina de azotar —susurró el pequeño Dahl, señalando a la izquierda. Ahora
sabía dónde se encontraba, exactamente en el radio oeste–noroeste. El centro
del centro estaba allá delante, perdido en la niebla, perfectamente circular,
después de unos ciento veinte metros de espacio abierto.
—Ahora
—murmuró Sheppard. Cruzaron el pavimento, y el relicario emergió delante de
ellos. Al pequeño Dahl le maravillaba lo mucho mejor que se corría con
pantalones que con bata y, estimulado por un gusanillo ateo, se preguntó si las
prendas de vestir de la Armoniosa las habían ideado para entorpecer al que las
llevara.
Al
llegar a la puerta, Sheppard contuvo el aliento.
—Exploración
corriente. Combinación de números y letras. ¿Qué día fue el desembarco, pequeño
Dahl?
—El
pra... primer día.
—Déjame
ver... Oh, diablos, agáchate encima, para esconder la luz. —El hombre dobló un
tubo de plástico, y el frasco de plástico del interior se rompió, crepitando.
El líquido que contenía era una solución diluida de peróxido de hidrógeno y un
catalizador. Esta solución se mezclaba con un derivado del ácido salicílico. El
tubo adquirió un color verde amarillento que resplandecía más y más—.
Hubiéramos debido traer una tienda para esconderlo, recanastos —murmuró
Sheppard—. Eh, creo recordar... —Hizo girar las esferas hacia Abril 1, 2026 y
levantó cautelosamente la palanca. La puerta se abrió con un crujido.
Detrás
de ellos se elevó un alarido salvaje. El capitán empujó al pequeño Dahl hacia
el interior del edificio.
—¡Sacrilegio!
¡Violación! ¡Despertad todos! ¡Sacri...!
Sheppard
cerró la puerta. Tanto él como el pequeño Dahl se habían quedado silenciosos
como muertos. El chico se veía enfrentado, una vez más, con una terrible
alternativa. ¿Preferiría exponerse a los riesgos del exterior, o se quedaría en
aquella jaula de hierro con un hombre palo bañado en una luz verde amarillenta?
—Ha
sido una buena intuición —comentó Sheppard muy satisfecho—. Abril, Día de los
Tontos. —Desde el interior, modificó la cerradura de manera que se pudiera leer
Julio 4, 1776. No le inquietaba lo más mínimo el quedarse encerrado dentro del
relicario. En cambio, al pequeño Dahl le dominaba el terror.
El capitán abrió
la puerta interior y descendió por un pasillo. Lo habían edificado según sus
medidas. Las puertas eran altas y la baranda de apoyo también lo era, demasiado
alta para el pequeño Dahl. Al final del pasillo encontraron una habitación
llena de maquinaria. El capitán canturreaba y se sentó en una silla hecha a su
medida. Tocó un control, y dejó de canturrear. Ahora soltaba unas maldiciones
horribles.
El
pequeño Dahl se había quedado paralizado. Aquella luz verdosa era horrible. En
el suelo, dentro de una caja transparente, había un cuerpo. No era el mismo
Dios en persona, sino que era el Locutor Cluke. Visto así, al natural, como un
ser viviente más —o un ser muerto— observó el pequeño Dahl, era un hombre–palo
lo mismo que el Capitán Sheppard.
Sheppard
profería unos comentarios nada piadosos. Se acercó a grandes zancadas y dio
unos puntapiés a la caja. El pequeño Dahl se quedó pasmado, una vez más, por la
conducta de aquel hombre. No se le veía encolerizado.
—Habremos
de sacar a Cara de Rana del letargo. Alguien cogió el ovillo de la energía. Es
posible que él sepa dónde lo pusieron. Déjame ver. —Se arrodilló junto a la
caja, como un demonio bajo la luz crepitante. Mientras empujaba la base del
ataúd y tiraba de ella, no cesaba de refunfuñar—: ...No querían al viejo diablo
plantado sobre sus pies durante un tiempo..., es probable que armase una
trapatiesta..., el letargo está muy bien, pero...
Logró
levantar la tapa. Por su parte, el Locutor Cluke continuó con su extraño
monólogo:
—...¡No
lo toleraría! ¡No podéis tratarme así! El maldito narcótico acabó su acción, y
os he de ver... a todos vosotros... ahorcados... —Parpadeaba.
—Hola,
Cara de Rana —dijo Sheppard.
—¿En
qué año estamos, Capitán?
—En
el tresciento treinta y dos después del desembarco.
—¿Cómo
has salido?
—Me
encerraron en Beta, en un armario para las escobas. La gente de allí no me
encontró hasta el mes pasado. ¿Cómo fue que te aletargaron?
—En
parte, porque no me gustaba el trato que hicisteis. En parte, porque yo estaba
a mitad de camino entre Alfa y Beta. ¿Cómo resultó Beta, Capitán?
—Siguen
utilizando la unidad de fabricación, y las cintas trabajan estupendamente.
Ahora escucha, viejo amigo, he aquí la situación en que nos hallamos... —Y le
explicó que el ovillo de energía había desaparecido.
—Ayúdame
a salir de la caja. Maldita sea esta tremenda gravedad. Que me cuelguen si la
última vez que me levantaron, completamente drogado, no hicieron que se
encogiera todo. Parecen una raza de enanos... ¡Allá hay uno!
—No,
es que no ha llegado a la edad adulta. Es de confianza. ¿Qué me dices del
ovillo?
—En
la superficie de división del letargo. Yo me les adelanté un poco.
—Diablos
—exclamó Sheppard—, ¿cómo lo conseguimos?
—No
te apures —respondió la mano derecha de Dios—. Tengo un carruaje sagrado para
dos propio para el espacio interfacial, una provisión de cinta movida por el
sol. No te apures.
—Mejor
será que lo saques en seguida —dijo Sheppard.
—¿Todavía
quieres ir a Faradis?
—Lo
más pronto posible, buen amigo.
Cluke
vacilaba.
—Creo
que necesitas un capellán. —Lo dijo con voz triste y meditativa—. Yo he visto
la teología de la disciplina en acción, Dios me valga. Ahora me gustaría
entender la teología de la pasión... Faradis parece un lugar apropiado. Iré
contigo.
—Pequeño
Dahl, estaremos ausentes una media hora —dijo Sheppard—. Quédate aquí, sentado
y alerta, y partiremos juntos para Faradis.
El
pequeño Dahl era incapaz de pensar. Si el mismísimo Primer Locutor hallaba que
Brocaal era un lugar imposible... ¿O sería Cluke un diablo del infierno?
La
mente del muchacho giraba como un torbellino. Parecía que no había transcurrido
sino un instante, pero oía que los hombres ya regresaban. Huyó con pie
silencioso. Corrió por el desproporcionado pasillo y cruzó la puerta del
gabinete. Se arrojó sobre la palanca. La puerta se abrió. La niebla se había
poblado de antorchas. Unos Locutores de semblante atormentado por el pánico se
apartaron, cuando él cerró la puerta de golpe. No se apartaban por él.
Una
voz enorme estaba diciendo:
—...¡Tontuelo
del diablo! Has labrado tu fortuna —significara esto lo que significase—, y
ahora apecharás con ella. Atrás todos. Atrás, os mando...
Dos
Locutores le sujetaban firmemente. El pequeño Dahl inspiraba profundamente el
aire cargado de niebla y hedor de antorchas y sativa, y hedor de miedo. Hubo un
silencio, y después un horrible sonido de ahuguei–ahuguei.
Cuando
los cimientos del centro del centro se resquebrajaron y el edificio crujió y se
levantó, el pequeño Dahl se sintió invadido por una calma repentina. No quería
verse macerado por los ralladores de la máquina de los azotes. Se soltó de las
manos, que habían aflojado el apretón, de sus aprehensores y huyó a través de
la multitud. Hubo un gemido de pánico, y unas figuras negras se precipitaron
por el túnel con él. Huían por los senderos. El pequeño Dahl se hundió en la
sativa y encontró la máquina aérea.
Esta
palanca de aquí era lo que el capitán había empujado primero. Un Locutor de
semblante enfurecido estaba dando golpes a la ventanilla. Ahora esta manivela.
La máquina aérea se elevó. Y esto es lo que el capitán hizo a continuación...,
pero no pasó nada.
Y
allí quedó colgada la máquina hasta la mañana, momento en que una brisa
arrastró lejos a la niebla. La máquina se marchó a la deriva con ella, y una
multitud de hombres se reunió abajo y la siguió. Cuando salió el sol, el
pequeño Dahl cobró ánimos, después de una noche de terror.
La
alarma de aviso sonaba. La máquina se destruiría en quince minutos, y él no
podría hacer nada para evitarlo. El Viento le levantó y le empujó más aprisa de
lo que podía correr la gente. El zumbido de alarma se hacía más estentóreo. La
máquina quedó parada en la cima de Monte Cluke, con la Ciudad Armoniosa
extendida abajo. El pequeño Dahl saltó al suelo. Los hombres rodeaban el monte.
Después de todo, el muchacho podía resultar un buen fertilizante.
De
pronto, se pararon. Una sombra le cubría. Se volvió.
Una
nave completamente extraña se posó en la cresta. Su costado se abrió, y una
rampa se desplegó automáticamente. Un hombre vestido de encarnado y oro
resplandeciente bajaba con paso ligero.
El
pequeño Dahl no vaciló un momento.
—¡Sálvese,
señorl —gritaba.
—¿Qué...?
—¡Son
religiosos fanáticos! ¡Le harán pedazos! ¡Sálveme a mí, también!
—Hemos
oído tu alarma interfacial, jovencito. ¿Te hallas en apuros?
El
muchacho corrió, jadeando, hasta el pie de la rampa.
—¡Oh,
señor, son unos locos antirracionales! Ellos... hummm..., ellos mataron a mis
padres, cuando aterrizamos aquí. Yo era un niño de teta, casi. —Tanteaba el
terreno con aire de sinceridad. La turba gritaba. El hombre de rojo parpadeo
empezó a subir la escalera. El muchacho le siguió.
—Primitivos
furiosos, ¿eh? Ven, pues. Nos iremos a estirar las piernas en otra parte. ¿Cómo
te llamas, muchacho?
¿Robbie
Hasseldorf? ¿David Devout? ¿Dahlton Bradley? No quería volver a llevar ninguna
de estas vidas.
—Medlar,
señor —dijo valerosamente. Y los azules ojos le brillaban de inocencia, y con
una especie de sinceridad—. Eddie Medlar.